LIBRO SEGUNDO
LA CAÍDA
I
La tarde de un día de marcha
En uno de los primeros días del mes de octubre de 1815, como cosa de una hora antes de ponerse el sol, un hombre que viajaba á pie, entraba en la pequeña ciudad de D***. Los pocos habitantes que se encontraban en aquel momento en las ventanas ó puertas de sus casas, fijábanse en el viajero con cierta inquietud. Difícil hubiera sido dar con un transeunte de aspecto más miserable. Era éste un hombre de mediana estatura, rechoncho y fuerte, en la robustez de su edad. Podía tener como unos cuarenta y seis ó cuarenta y ocho años. Un casquete con visera de cuero barnizado cubría una buena parte de sus facciones tostadas por el sol y el aire, sudando por todos sus poros. Su camisa de gruesa y amarillenta tela, sujetada al cuello por un pasador de plata, dejaba ver su velludo pecho; llevaba la corbata retorcida en cuerda; un pantalón de cutí azul, viejo y usado, blanco en una de las rodillas y roto en la otra; una blusa vieja que había sido gris, hecha jirones, remendada por uno de los codos con un pedazo de paño verde cosido con bramante: llevando á la espalda un morral de soldado, lleno y muy bien cerrado, completamente nuevo; traía en la mano un enorme y nudoso palo, y los pies sin medias, calzados en zapatos claveteados, la cabeza rapada y la barba larga.
El sudor, el calor, el viajar á pie y el polvo del camino prestaban un tinte sórdido y siniestro á aquel aspecto destrozado y roto.
Sus cabellos cortados al rape, estaban erizados en lo que cabía, puesto que empezaban ya á crecer.
Nadie le conocía. No era evidentemente más que un pasajero. ¿De dónde venía? Del Mediodía; de las orillas del mar tal vez, puesto que hacía su entrada en D*** por la misma calle que siete meses antes había presenciado la del emperador Napoleón yendo de Cannes á París. Aquel hombre debía haber andado todo el día. Parecía muy fatigado. Algunas mujeres del antiguo arrabal de la parte baja de la ciudad, le habían visto pararse bajo los árboles del boulevard Gassendi y beber en la fuente situada al extremo del paseo. Había de por fuerza tener mucha sed, porque los niños que le seguían le vieron pararse á beber nuevamente, doscientos pasos más arriba, en la fuente de la plaza-mercado.
Al llegar á la esquina de la calle Poichevert, tomó por la izquierda dirigiéndose á la Alcaldía, donde entró; volviendo á salir después de un cuarto de hora. Un gendarme estaba sentado junto á la puerta, en el mismo banco de piedra en el que el general Drouot subió el 4 de marzo, para leer á la espantada multitud de los habitantes de D***, la proclama del golfo Juan. El hombre llevó la mano á su casquete, saludando humildemente al gendarme.
El gendarme, sin contestar al saludo fijó su atención en él, siguiéndole algún tiempo con los ojos y entrando luego en la casa de la ciudad.
Existía á la sazón en D*** una buena posada llamada de La Cruz de Colbes. El dueño de la tal posada se llamaba Joaquín Labarre, muy considerado en la ciudad por su parentesco con otro Labarre, dueño en Grenoble de la posada de los Tres Delfines, el cual había servido en los batallones de Guías. Cuando el desembarco del Emperador, había dado lugar la tal posada á muchas habladurías. Decíase que el general Bertrand, vestido de carretero, había hecho allí frecuentes viajes durante el mes de enero, y que había distribuido cruces de honor á los soldados, y puñados de napoleones á los paisanos. Lo cierto es, que el Emperador, al entrar en Grenoble, había rehusado instalarse en el palacio de la perfectura, después de haber dado las gracias al alcalde, diciendo: Voy á casa de un bello sujeto á quien ya conozco: instalándose en Los tres Delfines. Aquella gloria del Labarre de Los tres Delfines se reflejaba á veinticinco leguas de distancia en el Labarre de La cruz de Colbes. Y se decía de él en la ciudad: Es primo del de Grenoble.
Dirigióse nuestro hombre hacia dicha posada, que era la mejor de la comarca. Entró en la cocina, la cual abría una de sus puertas á la calle. Todos los hornillos estaban encendidos; en la chimenea ardía alegremente una gran llama. El hostelero, que era al mismo tiempo el jefe de cocina, iba muy atareado del hogar á las cacerolas, ocupado en servir una gran comida á unos carreteros, á quienes se oía reir y hablar á grandes voces en la pieza inmediata. Cualquiera que haya viajado, sabe que nadie come á mejor precio que los carreteros. Una gran marmota acompañada de perdices blancas y de pollos silvestres, volteaban en un largo asador junto á la lumbre; en los hornillos estaban cociéndose dos grandes carpas del lago de Lauzet, y una trucha del de Alloz.
El hostelero, al oir que se abría la puerta y que entraba un nuevo huésped, dijo sin separar los ojos de sus hornillos:
—¿Qué se os ofrece?
—Comer y dormir,—dijo el hombre.
—Nada más fácil,—contestó el hostelero. En aquel momento volvió la cabeza, abarcando de una ojeada todo el conjunto del viajero, y añadió:—En pagándolo...
El hombre sacó un gran bolsón de cuero de la faltriquera de su blusa y contestó:
—Tengo dinero.
—En este caso, estoy á vuestras órdenes,—dijo el hostelero.
El hombre volvió á meter su bolsa en el bolsillo; dejó el morral en tierra junto á la puerta, quedóse con el palo en la mano y fué á sentarse junto al hogar. D*** está en las montañas y las veladas de octubre son ya frías.
Entretanto, yendo y viniendo de una parte á otra iba el posadero observando al nuevo huésped.
—¿Comeremos pronto?—preguntó el hombre.
—Enseguida,—contestó el patrón.
Mientras el recién llegado se estaba calentando vuelto de espaldas al posadero, el digno Joaquín Labarre sacó un lápiz de su faltriquera, luego rasgó un pedazo de un periódico viejo que estaba sobre una mesa junto á la ventana. Escribió en lo blanco del margen una ó dos líneas, doblólo sin cerrarlo, y mandó aquel papel por un muchacho que le servía á la vez de lacayo y marmitón, no sin decirle antes al chico unas palabras al oído. Éste salió corriendo en dirección á la Alcaldía.
EL viajero no vió nada de esto.
Volviendo á preguntar de nuevo:
—¿Comeremos pronto?
—Al momento,—repitió el hostelero.
Volvió el muchacho. Entrególe un papel que el hostelero desdobló precipitadamente como el que espera ansioso una contestación. Pareció leerlo con mucha atención, luego meneó la cabeza, y después de estar como pensativo unos instantes, se dirigió resuelto al viajero, quien parecía estar sumido en un mar de reflexiones no muy serenas.
—Señor mío,—le dijo,—no puedo recibiros.
El hombre se medio incorporó sobre su asiento.
—¡Cómo! ¿teméis que no os pague? ¿queréis que os adelante el gasto? Ya os he dicho que tengo dinero.
—Nada de esto.
—¿Entonces qué?
—Tenéis dinero...
—Sí,—dijo el hombre.
—Y yo,—dijo el hostelero,—no tengo habitación.
—Acomodadme en la cuadra,—repuso el hombre tranquilamente.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque los caballos la tienen ocupada.
—No importa,—dijo el hombre,—un rincón del granero... sobre un poco de paja. Ya veremos eso luego de haber comido.
—Es que tampoco puedo daros de comer.
Esta declaración, hecha en tono comedido, pero firme, parecióle muy grave al viajero, quien levantándose dijo:
—¡Ah! ¡Bah! me estoy muriendo de hambre. He salido al despuntar el día. He andado doce leguas. Pago. Quiero comer.
—No tengo qué daros,—dijo el hostelero.
El hombre lanzó una carcajada, y señalando la chimenea y los hornillos, exclamó:
—¡Nada! ¿y todo esto?
—Es todo de encargo.
—¿Para quién?
—Para estos señores arrieros.
—¿Cuántos son?
—Doce.
—Aquí hay comida para veinte.
—Lo han encargado y pagado anticipadamente.
El hombre sonrió y dijo sin levantar la voz:—Estoy en la hostería, tengo hambre y me quedo.
El hostelero se le acercó entonces y le dijo al oído, con acento que le hizo estremecer:
—Salid de aquí.
El viajero estaba en aquel momento, encorvado; empujando unas brasas hacia el fuego con la ferrada contera de su bastón, y al volver la cabeza é ir á abrir la boca para replicar, miróle fijamente el hostelero, repitiendo en voz baja:
—Mirad, basta de palabras. ¿Queréis que os diga vuestro nombre? ¿Os llamáis Juan Valjean? ¿Queréis además que os diga lo que sois? En cuanto os he visto entrar ya me he sospechado yo algo parecido; he mandado á la alcaldía, y he aquí lo que se me ha contestado. ¿Sabéis leer?
Y así diciendo, presentaba al viajero el papel desdoblado que acababa de recorrer el trayecto que iba desde la posada á la alcaldía y desde la alcaldía á la posada. El hombre le dirigió una mirada, y el hostelero repuso, después de una pausa:
—Tengo la costumbre de ser cortés con todo el mundo. Idos enhorabuena.
El hombre bajó la cabeza, recogió el morral que había dejado en el suelo y salió.
Tomó por la calle mayor, caminando al azar, rozando las fachadas de las casas como hombre humillado y triste, sin volver la cabeza una sola vez. Si la hubiera vuelto, habría visto al hostelero de la Cruz de Colbes junto al umbral de la puerta, rodeado de todos los viajeros de la posada y de todos los transeuntes de la calle, hablando con viveza y señalándole con el dedo; y en las miradas de desconfianza y horror de aquel grupo, hubiera adivinado que antes de poco sería su llegada el acontecimiento de la ciudad.
Él nada de esto vió. Las personas agobiadas no miran nunca tras de sí. Están demasiado ciertas de que es la mala suerte quien les sigue.
Caminó en esta forma un buen espacio, andando siempre á la ventura y cruzando calles que no conocía, olvidándose de la fatiga, como acontece á las personas tristes. De súbito, se sintió vivamente aguijoneado por el hambre. La noche estaba encima, miró á su alrededor en busca de un asilo cualquiera.
La rica hostería le había cerrado sus puertas, buscaba pues una humilde taberna, cualquier miserable figón.
Precisamente vió brillar una luz al fin de la calle; una rama de pino colgada de una horquilla de hierro se destacaba sobre los blancos celajes del crepúsculo. Allá se dirigió.
Era efectivamente una taberna, la taberna de la calle de Chaffaut.
El viajero se paró un momento, miró por las vidrieras el interior de los bajos de la taberna, alumbrados por una lamparilla puesta sobre la mesa, y por un gran fuego en el hogar. Varios hombres estaban bebiendo. El tabernero se calentaba. La llama estaba haciendo hervir una marmita de hierro colgado de las llares.
Entrábase en la taberna, que tenía al mismo tiempo algo de posada, por dos puertas. La una daba á la calle y la otra á un pequeño patio lleno de basura. El viajero no se atrevió á entrar por la puerta de la calle. Deslizóse por el patio, vaciló todavía un momento; luego, levantó tímidamente el pestillo y empujó la puerta.
—¿Quién va?—preguntó el tabernero.
—Alguien que quisiera cenar y dormir.
—Está bien. Aquí se cena y se duerme.
Entró el hombre. Todos los que estaban bebiendo se volvieron. La lámpara le daba luz por una parte, el fuego por la otra. Todos le examinaron de arriba abajo, mientras se descargó de su morral.
Díjole el tabernero:
—Ahí tenéis fuego. La cena se está cociendo en la marmita. Venid y os calentareis, camarada.
Fué á sentarse el hombre junto el patrón, acercando al hogar sus pies estropeados por la fatiga; un olor agradable salía de la hirviente marmita. Todo lo que podía distinguirse de su fisonomía bajo su encasquetada gorra, tomó una vaga apariencia de bienestar, mezclado al doloroso y punzador aspecto que produce la costumbre del sufrimiento.
Era, por lo tanto, su semblante, firme, enérgico y triste. Aquella fisonomía presentaba un compuesto bastante extraño, pues comenzaba por parecer humilde y acababa por semejar severa. Su mirada brillaba bajo sus cejas, como debajo de malezas la llama.
No obstante, uno de los hombres sentados á la mesa era un pescadero que antes de entrar en la taberna de la calle de Chaffau, había ido á dejar su caballo en la cuadra de la hostería de Labarre. La casualidad había querido que aquella misma mañana se hubiese encontrado con aquel forastero de mala catadura, caminando entre Bras d'Asse y... (he olvidado el nombre: creo que sería Escoublon). Al encontrarle, el hombre que parecía ya muy fatigado, le había pedido que le permitiera subir á la grupa; á lo que el pescadero había contestado redoblando el paso. El pescadero formaba parte, media hora antes, del grupo que rodeaba á Joaquín Labarre, y asimismo había contado su desagradable encuentro de por la mañana á los viajeros de la Cruz de Colbes. Hizo á la sazón, desde su asiento, una seña imperceptible al tabernero. Éste se le acercó. Cambiáronse entre ambos algunas palabras en voz baja. El hombre estaba abismado en sus reflexiones.
El tabernero se acercó de nuevo á la chimenea, puso bruscamente su mano sobre la espalda del hombre, y le dijo:
—Vete de aquí.
El viajero volvió la cabeza y dijo dulcemente:
—¡Ah! ¿Sabéis vos?...
—Sí.
—¿Que me han despedido de otra posada?
—Como se te echa de ésta.
—¿Dónde queréis que vaya?
—Á otra parte.
El hombre tomó su palo y su morral, y se fué.
En cuanto salió, algunos muchachos que habían venido siguiéndole desde La Cruz de Colbes y que parecían esperarle, le tiraron algunas piedras. Volvió el hombre colérico, sobre sus pasos, amenazándoles con el palo; los muchachos se dispersaron como una bandada de gorriones.
Pasó por delante de la cárcel. Á la puerta pendía una cadena de hierro unida á una campana. Llamó.
Abrióse un postigo.
—Señor portero,—dijo quitándose respetuosamente la gorra,—¿queréis hacer el favor de abrirme y dejarme pasar aquí la noche?
Una voz respondió:
—Una cárcel no es una posada; haceos prender y se os abrirá.
El postigo volvió á cerrarse.
Penetró entonces en una callejuela á la que dan muchísimos jardines. Algunos no están cerrados más que por sencillas cercas, lo cual embellece la calle. En medio de aquellos jardines y cercas, vió una casita de un solo piso, cuya ventana estaba iluminada. Miró entonces por entre los cristales como había hecho antes en la taberna. Vió una grande habitación blanqueada con cal, con una cama cuyo cobertor era de indiana rameda, una cuna en un ángulo, algunas sillas de madera y una escopeta de dos cañones colgada de la pared. Una mesa servida ocupaba el centro de la estancia. Un velón de cobre alumbraba el blanco mantel de grosera tela, una jarra de estaño, brillante como de plata, y llena de vino y la humeante sopera de caldo obscuro. Estaban sentados á la mesa, un hombre de unos cuarenta años, de aspecto abierto y jovial, haciendo saltar un chiquillo sobre sus rodillas. Junto á él una mujer muy joven daba de mamar á otra criatura. El padre reía, reía el muchacho y sonreía la madre.
El forastero estuvo un momento contemplando aquel espectáculo tierno y apacible. ¿Qué pasó por él? Él sólo hubiera podido decirlo. Es muy posible que creyese que aquella alegre morada había de ser hospitalaria, y que allí donde veía tanta dicha, encontrara, tal vez, un poco de piedad.
Dió, para llamar, un ligero golpe con la mano en la vidriera.
No fué oído.
Llamó por segunda vez.
Oyó que decía la mujer: creo que han llamado.
—No,—contestó el marido.
Llamó entonces por tercera vez.
Levantóse el marido, tomó el velón y abrió la puerta.
Era un hombre de elevada estatura, mitad campesino y menestral; llevaba un gran delantal de cuero que le subía hasta su hombro izquierdo, debajo del cual guardaba, marcándose perfectamente el bulto, un martillo, un pañuelo encarnado, un frasco de pólvora y varios otros objetos retenidos por la cintura, como dentro de un bolsillo. Volvió, inmutado, la cabeza hacia atrás; su camisa, muy abierta y desabrochada, dejaba ver un cuello de toro, blanco y desnudo. Tenía las cejas muy pobladas y grandes patillas negras; los ojos á flor de frente, y el resto de la cara formando hocico; y sobre todo esto, tenía el aire inexplicable de quien se encuentra en su casa.
—Señor,—dijo el viajero,—perdonad; pero, pagando, ¿podríais darme un plato de sopa, y dejarme un rincón donde pasar la noche en este cobertizo del jardín? Decidme: ¿podéis darme, pagando, lo que os pido?
—¿Quién sois?—preguntó el amo de la casa.
El hombre contestó:
—Vengo de Puy Moyssoon. He andado todo el día; he hecho doce horas de camino. ¿Podéis, como os he dicho, pagando?...
—Yo no rehusaría,—dijo el menestral,—en dar lo que pedís, pagando. Pero, ¿porqué no habéis ido á la posada?
—No hay sitio en ella.
—¡Bah! Es imposible, no siendo hoy, como no es, día de feria, ni de mercado. ¿Habéis estado en casa Labarre?
—Sí.
—¿Y qué?
El viajero turbado contestó:
—No sé, pero no me ha recibido.
—¿Habéis estado en la taberna de... la calle de Chaffaut?
La turbación del viajero iba en aumento; entonces balbuceó:
—Tampoco han querido recibirme.
La fisonomía del menestral tomó toda la expresión de la desconfianza; y fijándose en el recién llegado de los pies á la cabeza, exclamó de súbito como extremecido:
—¿Seríais por ventura el hombre?...
Y después de dirigir otra mirada al forastero, retrocedió tres pasos, dejó el velón sobre la mesa y descolgó su escopeta de la pared.
Mientras el artesano decía: ¿seriáis por ventura el hombre?... habíase levantado la mujer, y tomando en brazos ambas criaturas, se refugiaba precipitadamente detrás de su marido, mirando al forastero horrorizada, desnudo el pecho, espantosos los ojos, murmurando por lo bajo:—Tso-maraude[1].
Todo esto tuvo lugar en menos tiempo del que es necesario para figurárselo. Después de haber examinado por algunos instantes al hombre, como se examina una víbora, el amo de la casa se acercó nuevamente á la puerta y dijo:
—Vete.
—Por favor,—repuso el hombre,—un vaso de agua.
—¡Un tiro!—exclamó el artesano.
Luego cerró violentamente la puerta y el hombre oyó como corría dos grandes cerrojos. Un momento después, cerráronse también las hojas de la ventana, oyéndose además el ruido de una barra de hierro que las afirmaba.
La noche avanzaba. El frío viento de los Alpes soplaba con furia. Á la luz del expirante día, advirtió el forastero dentro de uno de los jardines que bordean la calle una especie de barraca que le pareció hecha de pedazos de césped. Franqueó resueltamente la empalizada y se encontró en el jardín. Llegóse á la barraca; tenía ésta por puerta una estrecha abertura, bastante baja, pareciéndose á esas construcciones que los peones camineros levantan junto á las carreteras. Creyóse en efecto que era aquella la barraca de algún peón; sentía frío y hambre; estaba resignado al hambre, pero á lo menos quería aprovechar aquel abrigo contra el frío.
Semejantes barracas no acostumbran á estar habitadas por la noche. Agachóse cuanto pudo, y arrastrándose sobre el suelo logró deslizarse dentro de la barraca. Estaba caliente y tenía además un buen lecho de paja. Estuvo unos instantes echado sobre aquel lecho sin poder hacer un sólo movimiento, tal era su cansancio. Luego, como el morral entre ambas espaldas le incomodaba y podía por otra parte servirle de almohada, empezó á desatar una de las correas que le sujetaban. En aquel momento creyó oir un gruñido feroz. Levantó los ojos. La cabeza de un enorme perro de presa se dibujó en la sombra de la abertura de la barraca. Era aquella barraca una perrera.
El hombre era igualmente vigoroso y fuerte; armóse con su palo, hizo de su morral broquel, y salió de la perrera como pudo, no sin aumentar los jirones de su harapiento traje.
Salió igualmente del jardín, caminando hacia atrás, obligado para tener el perro á distancia, á recorrer al manejo del palo, que los maestros en semejante esgrima llaman el molinete.
Cuando hubo no sin trabajo, franqueado de nuevo la empalizada y volvió á encontrarse otra vez en la calle; sólo, sin cama, sin techo, sin abrigo, rechazado igualmente de aquel lecho de paja y de aquella miserable barraca, dejose caer, mejor que se sentó, sobre una piedra, y parece que no faltó transeunte que le oyó exclamar:
—¡Soy menos que un perro!
Luego se levantó de nuevo y echó á andar. Salía de la ciudad en la esperanza de encontrar algún árbol ó algún pajar del campo, que le diese abrigo.
Caminó así, por algún tiempo, siempre con la cabeza baja. Cuando se vió lejos de toda morada humana, levantó los ojos mirando á su alrededor. Se encontraba en el campo; levantábase delante de él una de estas colinas bajas, cubiertas de rastrojo, que parecen, después de la siega, cabezas rapadas.
Veía el horizonte completamente negro, no sólo por las sombras de la noche, sí que también á causa de algunas nubes muy bajas que parecían apoyarse en la misma colina, y que se elevaban llenando todo el cielo. No obstante, como iba á salir la luna y flotaba todavía en el zénit un rayo de luz crepuscular, formaban aquellas nubes en lo alto del cielo una especie de bóveda blanquecina que lanzaba sobre la tierra cierto resplandor.
La tierra resultaba, pues, más iluminada que el cielo, lo cual es de un efecto particularmente siniestro, y aquella colina de pobres y mezquinos contornos, se dibujaba vaga y blanquecina sobre el horizonte tenebroso. Todo aquel conjunto resultaba horroroso, pequeño, lúgubre y limitado. Nada se veía en el campo ni en la colina mas que un árbol deforme, que se retorcía como tembloroso á pocos pasos del viajero.
Aquel hombre se encontraba evidentemente muy lejos de poseer aquellos delicados hábitos de inteligencia y de espíritu que nos hacen sensibles á los misteriosos aspectos de las cosas; no obstante, había en aquel cielo y en aquella colina, en aquella llanura y en aquel árbol, algo tan profundamente desconsolador, que después de un instante de inmovilidad y de contemplación, el hombre aquel retrocedió, dejando el camino bruscamente. Hay momentos en que la misma naturaleza nos parece hostil.
Volvió sobre sus pasos. Las puertas de D*** estaban cerradas. D***, que sostuvo largos sitios durante las guerras religiosas, estaba todavía circuida en 1815 de antiguas murallas flanqueadas de torreones cuadrados, que han sido demolidas después. Pasando por una brecha, se encontró de nuevo en la ciudad.
Serían como las ocho de la noche. Como las calles le eran desconocidas, empezó nuevamente su paseo á la ventura.
Dió, andando así, con la prefectura, después con el seminario. Al pasar junto á la catedral, mostró á la iglesia su puño cerrado.
Existe en un ángulo de esta plaza una imprenta. Es en la que fueron impresas, por primera vez, las proclamas del emperador y de la guardia imperial al ejército, traídas de la isla de Elba y redactadas por Napoleón mismo.
Agobiado por el cansancio y sin esperar nada, acostóse sobre el banco de piedra que existía junto á la puerta de la imprenta.
Una anciana que salía en aquel momento de la iglesia, observó á aquel hombre echado en la sombra.
—¿Qué hacéis aquí, buen amigo?—le dijo.
Él contestó rudamente encolerizado:
—Ya lo veis, buena mujer, me acuesto.
La buena mujer, bien digna en efecto de tal nombre, era la señora marquesa de R.
—¿Sobre este banco?—repuso ella.
—He dormido durante diez y nueve años en colchón de madera,—dijo el hombre;—hoy le tengo de piedra.
—¿Habéis sido soldado?
—Sí, buena mujer, soldado.
—¿Por qué no vais á la hostería?
—Porque no tengo dinero.
—¡Ay!—exclamó la señora de R.,—no tengo en mi bolsa mas que cuatro sueldos.
—Dádmelos.
El hombre tomó los cuatro sueldos.
La marquesa de R. continuó:
—Con tan poco dinero no podréis encontrar alojamiento. ¿Lo habéis solicitado? Es imposible que paséis así la noche. Sentís indudablemente frío y hambre. Pudieran haberos alojado por caridad.
—Ya he llamado á todas las puertas.
—¿Y qué?
—De todas me han echado.
La «buena mujer» tocó el brazo del hombre, y señalando hacia la otra parte de la plaza una pequeña casa junto al palacio del obispo.
—¿Habéis,—repuso ella,—llamado á todas las puertas?
—Sí.
—¿Habéis llamado á aquélla?
—No.
—Llamad pues.
II
La prudencia aconseja á la Sabiduría
Aquella noche, el señor obispo de D***, después de su paseo por la ciudad, se estuvo hasta muy tarde encerrado en su cuarto. Andaba ocupado en un gran trabajo acerca de los Deberes, el cual quedó desgraciadamente sin concluir. Consistía en extractar cuidadosamente todo cuanto los Padres y los Doctores han dicho sobre materia tan grave. Su libro estaba dividido en dos partes: primeramente trataba de los deberes de todos, y en segundo lugar, de los deberes de cada uno, según la clase á la cual pertenezca. Los deberes de todos son los grandes deberes. Éstos son cuatro. San Mateo los designa así: Deberes para con Dios (Math., VI), deberes para nosotros mismos (Math., V, 29, 30), deberes para con el prójimo (Math., VII, 12), deberes para con las criaturas (Math., VI, 20, 25). Para los demás deberes, había el obispo encontrado indicaciones y prescripciones en diversas partes: para los soberanos y los súbditos, en la Epístola á los Romanos; para los magistrados, las esposas, las madres y los jóvenes, en san Pedro; para los maridos, padres, hijos y servidores, en la Epístola á los Efesios; para los fieles, en la Epístola á los Hebreos; para las doncellas, en la Epístola á los Corintios. Estaba haciendo trabajosamente de todas estas prescripciones reunidas, un conjunto armonioso que quería presentar á las almas.
Á las ocho estaba trabajando todavía, escribiendo muy incómodamente en pequeñas cuartillas de papel, con un gran libro abierto sobre las rodillas, cuando la señora Magloria entró, según costumbre, para sacar la plata del armario que había junto á la cama. Un instante después, comprendiendo el obispo que estaba ya servida la mesa y que su hermana le estaría esperando tal vez, cerró su libro, dejó su mesa de escribir y entró en el comedor.
Era el comedor una pieza oblonga con chimenea, con una puerta en la calle, como hemos dicho, y ventana al jardín.
La señora Magloria acababa efectivamente de poner los cubiertos.
Mientras iba poniendo la mesa conversaba con la señorita Batistina.
Sobre la mesa había una lámpara; la mesa estaba junto á la chimenea, en la cual ardía una gran llama.
Puede uno figurarse fácilmente aquellas dos mujeres que habían ambas atravesado los sesenta: la señora Magloria, pequeña regordeta, vivaracha; y la señorita Batistina, dulce, delicada, pálida, un poco más alta que su hermano, con su vestido de seda marrón, color muy de moda en 1806, que ella había comprado á la sazón en París y que le duraba todavía. Por valernos de una locución vulgar, que tiene el mérito de expresar con una sola palabra una idea para la cual no basta á veces una página, la señora Magloria tenía el aire de una mujer y la señorita Batistina el de una señora. La señora Magloria llevaba gorra blanca acanalada; al cuello una crucecita de oro, única joya de mujer en aquella casa; un pañuelito blanquísimo asomaba debajo de un vestido de buriel negro de mangas anchas y cortas; un delantal de tejido de algodón á cuadros encarnados y verdes, sujetado al talle con una cinta verde, con su pitillo prendido á los hombros con alfileres; calzaba zapatos gruesos y medias amarillas, como las mujeres de Marsella.
El vestido de la señorita Batistina, cortado sobre patrones de 1806, tenía el talle corto, falda estrecha, mangas de hombreras con picos y botones. Cubría sus cabellos grises con una peluca de rizos llamada de niño. La señora Magloria tenía el aire inteligente, vivo y bueno; los dos ángulos de su boca desigualmente levantados, y el labio superior, algo más grueso que el inferior, le prestaban cierto carácter testarudo é imperioso. Tanto, que cuando monseñor se callaba, hablaba ella resueltamente, mezclando al respeto la libertad; pero desde que monseñor empezaba á hablar, trocábase aquella libertad en una obediencia pasiva muy parecida á la de la señorita Batistina, sin decir una palabra más. Ésta se limitaba sencillamente á obedecer y complacer. Ni aún de joven, había sido bonita; tenía grandes ojos azules al nivel de la frente y la nariz larga y aplastada, pero el todo de su fisonomía, toda su persona, ya lo hemos dicho al principio, respiraba inefable bondad. Siempre había sido como predestinada á la mansedumbre; pero la fe, la caridad y la esperanza, estas tres virtudes que prestan dulce calor al alma, habían elevado poco á poco aquella mansedumbre hasta la santidad. La naturaleza había hecho de ella una simple oveja; la religión la había elevado á ángel. ¡Pobre y santa mujer! ¡Dulce recuerdo desvanecido!
La señorita Batistina ha contado después tantas veces lo que tuvo lugar aquella noche en casa del obispo, que muchas personas que viven todavía, recuerdan perfectamente los menores detalles.
En el momento en que entró el señor obispo, la señora Magloria estaba hablando con alguna vivacidad. Referíase en su conversación con la señorita de cierto asunto que le era muy conocido, y del cual estaba Su Ilustrísima muy enterado. Tratábase del pestillo de la puerta de entrada.
Parece que al ir por algunas provisiones para la cena, había oído hablar de ciertas cosas, en diferentes sitios. Se trataba de un vagamundo de mala catadura; decíase que este vagamundo sospechoso acababa de llegar, que había de estar en una parte ú otra de la ciudad, y que era muy posible tuviese un mal encuentro, cualquiera de los que aquella noche se viese obligado á retirarse tarde á casa. Que la policía estaba muy mal atendida; por otra parte, gracias á que el señor Prefecto y el señor alcalde eran muy poco amigos, buscando perjudicarse mutuamente con el resultado de los acontecimientos que pudiesen sobrevenir. Y que debían, por lo tanto, las personas prudentes, cuidar por sí mismas de lo que descuidaba la policía, guardándose mucho, y teniendo buen cuidado de echar cerrojos y atrancar y cerrar bien las puertas.
La señora Magloria marcó mucho la última frase; pero el obispo que venía de su cuarto, en el que se sentía mucho el frío, se sentó delante de la chimenea y empezó á calentarse, pensando tal vez en algo muy distinto. No se fijó pues para nada en la frase que la señora Magloria acababa de pronunciar. Ésta volvió á repetirla. Entonces la señorita Batistina, queriendo complacer á la señora Magloria, sin disgustar á su hermano, se aventuró á decir tímidamente:
—Hermano mío, ¿has oído lo que dice la señora Magloria?
—He oído vagamente algo,—respondió el obispo.
Luego, dando media vuelta á la silla, puestas ambas manos sobre sus rodillas, y elevando hacia su antigua servidora la mirada con aire cordial y sencillamente risueño, é iluminado desde abajo por la llama del hogar:
—Veamos. ¿Qué hay? ¿Qué sucede? ¿Nos amenaza algún peligro grave?
Entonces la señora Magloria volvió á repetir la historia exagerándola algún tanto, sin duda. Parece, según dijo, que un gitano, un descamisado, una especie de mendigo peligroso, se encontraba á la sazón en la ciudad. En vano había pretendido alojarse en casa de Juoaquín Labarre, quien no había querido recibirle. Se le había visto después por el boulevard Gassendi, y vagar por varias calles al anochecer. Un hombre de morral y garrote, de horrible catadura.
—¿De veras?—exclamó el obispo.
Esta condescendencia en interrogarla alentó á la señora Magloria pues ello parecía indicarle que el obispo no andaba muy lejos de alarmarse; prosiguió entonces en ademán triunfante:
—Sí, monseñor. Como os lo digo. Esta noche va á pasar alguna desgracia en la ciudad. Todo el mundo lo dice. Además como la policía está tan descuidada (repetición útil). ¡Vivir en un país montañoso como éste, y no tener de noche faroles en las calles! Sale uno. ¿Dónde está la seguridad? Y decía yo, monseñor, y la señorita decía igualmente...
—Yo,—interrumpió la hermana,—yo no digo nada. Lo que haga mi hermano es lo bien hecho.
La señora Magloria prosiguió como si no hubiese oído la protesta:
—Decíamos nosotras, que no es esta casa muy segura; que si lo permite monseñor, iré yo misma á decir á Paulino Musebois, el cerrajero, que venga á poner de nuevo los antiguos cerrojos á la puerta, que están ahí; es obra de un instante; repito que es preciso reponer los cerrojos aunque no sea más que por esta noche; porque, digo yo, que una puerta que puede abrirse desde fuera, con sólo levantar el pestillo, el primer recién llegado, es muy de temer; y con la costumbre que tiene monseñor de decir siempre: entrad, y que luego, como á media noche. ¡Dios mío! no hay necesidad de pedir permiso...
En aquel momento llamaron á la puerta dando un golpe violento.
—Adelante,—dijo el obispo.
III
Heroísmo de la obediencia pasiva
La puerta se abrió.
Abrióse vivamente, por completo como si alguien la hubiese empujado con resolución y energía.
Entró un hombre.
Á este hombre lo conocemos ya. Era el viajero á quien hemos visto andar en busca de un asilo.
Entró, dió un paso y se quedó parado, dejando tras sí la puerta abierta. Llevaba su morral á la espalda, el garrote en la mano; su expresión era ruda, atrevida, fatigada y violenta la mirada. El fuego de la chimenea le alumbraba. Estaba horrible. Era una siniestra aparición.
La señora Magloria no tuvo siquiera la fuerza necesaria para dar un grito. Estremecióse, quedando inmóvil.
La señorita Batistina volvió la cabeza, vió al hombre que entraba, y se levantó medio espantada: después, volviendo poco á poco la cabeza hacia la chimenea, levantó los ojos mirando á su hermano, tomando entonces su fisonomía el aspecto de profunda calma y severidad.
El obispo fijó en el hombre su mirada tranquila.
Al abrir la boca para preguntar sin duda al recién llegado qué se le ofrecía, éste, apoyando ambas manos sobre su garrote, dirigió una mirada alternativa al anciano y á las dos mujeres, y sin atender á que el obispo hablase, dijo en voz alta y ruda:
—Heme aquí. Me llamo Juan Valjean. Soy un presidiario. He pasado en presidio diez y nueve años. Estoy libre desde hace cuatro días y me dirijo á Pontarlier, donde voy destinado. Cuatro días que camino desde Tolón acá. Hoy he hecho doce leguas á pie. Esta tarde al llegar á la población, he estado en una posada de la cual he sido echado á causa de mi pasaporte amarillo, que había ya presentado á la Alcaldía, como era mi deber. He ido á otra posada. Se me ha dicho: ¡Vete! En una y otra parte me han repetido lo mismo. Nadie quiere recibirme. He ido á la cárcel, el portero no me ha querido abrir. Me he metido en la barraca de un perro, y el perro me ha mordido y me ha echado, como si fuera un hombre. Hubiérase dicho que sabía quién yo era. He salido al campo para dormirme á la luz de las estrellas; no hay estrellas esta noche. Temiendo que iba á llover y que no hubiese un buen Dios que impidiera la lluvia, he vuelto á entrar en la ciudad, para buscar el hueco de una puerta. Allá, en la plaza, íbame á echar sobre una piedra; una buena mujer me ha enseñado esta casa y me ha dicho: Llamad ahí. He llamado. ¿Qué casa es ésta? ¿una posada? Tengo dinero; el de mis alcances. Ciento nueve francos y quince sueldos, que he ganado en presidio con mi trabajo de diez y nueve años. Yo pagaré, no importa, tengo dinero. Estoy rendido, doce leguas á pie, tengo hambre. ¿Queréis que me quede?
—Señora Magloria,—dijo el obispo,—poned en la mesa otro cubierto.
El hombre dió tres pasos, y se acercó á la lámpara que estaba en la mesa.
—Mirad,—repuso,—como si no hubiese comprendido bien, esto no es esto. ¿Me habéis entendido? Soy un presidiario. Un forzado. Vengo de presidio: Y sacando de su bolsillo un gran pliego de papel amarillo, que desdobló—ved, dijo, mi pasaporte. Amarillo, como estáis viendo. Sirve para que se me eche de todas partes. ¿Queréis leer? ¿Yo sé leer también; he aprendido en presidio. Hay allí una escuela para los que quieren. Mirad, ved lo que han escrito en mi pasaporte: «Juan Valjean, presidiario cumplido, natural de...». Esto os es indiferente. «Ha estado diez y nueve años en presidio. Cinco años por robo con fractura. Catorce años por haber intentado evadirse cuatro veces distintas. Es hombre muy peligroso». ¡Ya lo sabéis! Todo el mundo me echa. ¿Queréis vos recibirme? ¿Es esto una posada? ¿Queréis darme cena y cama? ¿Tenéis caballerizas?
—Señora Magloria,—dijo el obispo,—poned sábanas limpias en la cama de la alcoba.
Hemos ya explicado qué clase de obediencia era la de aquellas dos mujeres.
La señora Magloria salió para cumplir lo que se le había mandado.
El obispo se volvió hacia el hombre:
—Amigo mío, sentaos y calentaos. Dentro un momento vamos á cenar, y se os arreglará la cama mientras...
El hombre acabó por comprender. La expresión de su rostro, sombría y dura hasta entonces, impregnóse de estupefacción, de duda, de alegría, de asombro, tartamudeando como un loco:
¿Es verdad que me recibís? ¡no esquiváis á un presidiario! ¡me llamáis amigo! y ¿no me tuteáis? y no me echáis diciendo: ¡Vete, perro! como me dice todo el mundo. Yo creía que no me recibiríais. Por esto os he dicho enseguida quién soy. ¡Oh! ¡qué buena mujer la que me ha dirigido aquí! ¡Voy á cenar! ¡á dormir en cama con sábanas y colchón! ¡como todo el mundo! ¡una cama! ¡hace diez y nueve años que no he descansado en ella! ¿queréis de veras que no me vaya? ¡Oh! ¡qué buenos sois! Por lo demás, ¡tengo dinero! Pagaré bien. Permitidme, señor posadero, ¿cómo os llamáis? Pagaré todo lo que queráis. Sois un gran hombre. ¿Sois posadero, no es verdad?
—Soy,—dijo el obispo,—un cura que vive aquí.
—¡Un cura!—repuso el hombre.—¡Oh! ¡un gran cura! ¿Entonces no me pediréis dinero? ¿El párroco, no es verdad? ¿El párroco de esta gran iglesia? ¡Y es verdad! ¡qué torpe! no me había fijado en vuestro solideo.
Así hablando, había dejado su palo y su morral en un rincón, había vuelto á meterse su pasaporte en el bolsillo, y se había sentado. La señorita Batistina le contemplaba con cierta dulzura. Él prosiguió:
—Sois muy humano, señor cura; vos no despreciáis. ¡Qué bueno es un buen cura! ¿Entonces, no tenéis necesidad de que yo os pague?
—No,—dijo el obispo.—guardaos vuestro dinero. ¿Cuánto tenéis? Creo que me habéis dicho ciento nueve francos?
—Y quince sueldos,—añadió el hombre.
—Ciento nueve francos y quince sueldoos. ¿Y cuánto tiempo habéis empleado para ganar eso?
—Diez y nueve años.
—¡Diez y nueve años!
El obispo suspiró profundamente.
El hombre prosiguió:—Conservo aún todo mi dinero. En cuatro días no he gastado sino veinte y cinco sueldos, que me gané ayudando á descargar unos carros en Grasse. Y ya que sois sacerdote, voy á deciros, que en el presidio teníamos un limosnero. Y luego, un día vi un obispo, un monseñor, como allí le llaman. Era el obispo de la Mayor de Marsella. Es el cura que manda á los curas, ¿entendéis? Dispensad si me equivoco; ¡pero yo entiendo tan poco de eso! ¡Ya os haréis cargo! Aquel obispo dijo su misa en medio del patio, en un altar, llevaba una cosa puntiaguda, de oro, en la cabeza. Al sol del medio día brillaba aquello. Nosotros estábamos colocados en tres filas á los dos lados y al centro, teniendo los cañones con las mechas caladas frente de nosotros. No le veíamos muy bien. Habló, pero como lo hizo desde el fondo, no le entendimos. Ya sabéis lo que es un obispo.
Mientras hablaba el hombre, el obispo se levantó y entornó la puerta que había quedado abierta del todo.
La señora Magloria reapareció. Traía un cubierto que dejó sobre la mesa.
—Señora Magloria,—dijo el obispo,—colocad este cubierto lo más cerca posible del fuego.—Y volviéndose á su huésped:—El aire de la noche es muy crudo en los Alpes. Y vos, señor mío, tendréis necesidad de calentaros.—Cada vez que el obispo decía la palabra señor, con su acento dulcemente grave y familiar, la fisonomía del hombre se iluminaba. Señor á un presidiario, esto es dar un vaso de agua á un náufrago de la Medusa. La ignomia está sedienta de consideraciones.
—He aquí,—dijo el obispo,—una lámpara que no alumbra apenas.
La señora Magloria entendió enseguida, y fué á buscar, sobre la chimenea del cuarto de monseñor, los dos candeleros de plata, que encendió y puso sobre la mesa.
—Señor cura,—dijo el hombre,—sois muy bueno; no me despreciáis. Me recibís en vuestra casa. Encendéis estos cirios para mí. Y eso que no os he ocultado de donde vengo y que yo soy un hombre despreciable.
El obispo, sentado junto á él, golpeó suavemente su mano.—Podíais no haberme dicho quien vos erais. Esta no es mi casa, es la casa de Jesucristo. Aquella puerta no pregunta jamás al que entra por su nombre, pero sí, si tiene alguna pena. Vos sufrís; vos tenéis hambre y sed; sed bienvenido. No me debéis gracias, ni digáis que os recibo en mi casa. Esta casa no es de nadie, sino del que necesita asilo. Yo os digo, caminante; estáis en vuestra casa estando aquí, mejor que yo mismo. Todo lo que hay aquí os pertenece. ¿Qué necesidad tengo de saber vuestro nombre? Y luego que, sin que vos me lo dijeseis, tenéis uno que ya me lo sabía yo.
El hombre abrió los ojos admirado.
—¿De veras? ¿Sabéis cómo me llamo?
—Sí,—respondió el obispo,—os llamáis mi hermano.
—¡Caramba, señor cura!—exclamó el hombre,—tenía mucha hambre al entrar aquí; pero sois tan bueno, que ya no sé ahora lo que tengo. Creo que se me ha pasado.
El obispo le miró de nuevo y dijo:
—¿Habéis sufrido mucho?
—¡Oh! la chaqueta roja, el grillete al pie, una tarima para dormir, el calor, el frío, el trabajo, la chusma, los palos, la doble cadena por cualquier cosa, el calabozo por una palabra, ¡y siempre la cadena aun en la misma cama estando enfermo! ¡Los perros, los perros son mucho más felices! ¡Diez y nueve años! tengo cuarenta y seis. Y además pasaporte amarillo. Ya lo veis.
—Sí;—repuso el obispo,—salís de un lugar de tristezas. Oídme: existe más gloria en el cielo por las lágrimas de un pecador, que por la blanca túnica de cien justos. Si habéis dejado aquel lugar de pena y de dolor, con propósitos de odio y de cólera contra los hombres, sois digno de compasión; si habéis salido de él con intenciones benévolas, de dulzura y de paz, valéis más que cualquiera de nosotros.
Entretanto, la señora Magloria había servido la cena; una sopa hecha de agua, aceite, pan y sal; un poco de tocino, un pedazo de carnero, higos, queso tierno y un gran pan de centeno. Habiéndose añadido á la comida ordinaria del obispo, una botella de vino de Mauves.
La fisonomía del obispo tomó de pronto esa expresión de alegría propia de las naturalezas hospitalarias.—¡Á la mesa!—exclamó con viveza! Como tenía por costumbre siempre que algún forastero cenaba con él, hizo sentar al hombre á su derecha. La señorita Batistina, perfectamente apacible y natural, colocóse á su izquierda.
El obispo bendijo la mesa, y luego sirvió por sí mismo la sopa, conforme su costumbre. El hombre empezó á comer con avidez.