LIBRO QUINTO
DESCENSO
I
Historia de un adelanto en la fabricación de abalorios negros
Mientras aquella madre que, al decir de las gentes de Montfermeil, parecía haber abandonado á su hija, ¿qué había sido de ella? ¿dónde estaba? ¿qué hacía?
Después de haber dejado á su pequeña Cosette á los Thénardier, continuó su camino hasta llegar á M* sur M*.
Recordemos que esto pasaba en 1818.
Fantina había dejado su provincia hacía unos diez años. M* sur M* había cambiado de aspecto. En tanto que Fantina descendía lentamente de miseria en miseria, su ciudad natal había prosperado.
Desde hacía unos dos años, había realizado uno de aquellos hechos industriales que son grandes acontecimientos en lugares pequeños.
Es un detalle importante que creemos conveniente consignar, y casi diríamos subrayar.
De tiempo inmemorial, M* sur M*, poseía como industria especial la imitación del azabache inglés y de los abalorios negros de Alemania. Esta industria había vegetado solamente á causa de la carestía de las materias primas que recaía sobre la mano de obra. Cuando Fantina volvió á M* sur M* acababa de realizarse una gran transformación en la manera de producir aquellos «artículos negros». Á fines de 1815, un hombre, un desconocido, fué á establecerse en la ciudad, habiendo ideado sustituir en semejante fabricación, la goma laca á la resina, y para los brazaletes particularmente, los colgantes simplemente ajustados á la chapa, á los colgantes soldados á la misma.
Este pequeño cambio había producido una revolución.
Este pequeño cambio, en efecto, había reducido prodigiosamente el precio de la materia prima, lo cual había permitido, primeramente, elevar el precio de la mano de obra en beneficio del país, en segundo lugar mejoraba la fabricación en provecho del consumidor, y en el tercero podíase vender más barato, triplicando el beneficio en provecho del industrial.
Así es que una idea producía tres resultados.
En menos de tres años el autor del procedimiento se había hecho rico, lo cual no dejaba de ser una gran cosa, pero había enriquecido á los que le rodeaban, lo cual es todavía mucho mejor. Era forastero en el departamento. De su origen, nada se sabía; de sus principios, muy poca cosa.
Decíase que había llegado á la ciudad con muy poco dinero, algunos centenares de francos todo lo más.
Pero de aquel mísero capital, puesto al servicio de una idea ingeniosa fecundada por el método y el cálculo, había sacado una fortuna y la de la comarca.
Á su llegada á M* sur M* no poseía más que el traje, las apariencias y el lenguaje del obrero.
Parece que el mismo día en que hizo como de escondidas su entrada en la pequeña ciudad de M* sur M*, al caer de una tarde de diciembre, el morral á la espalda y el palo de espino en la mano, acababa de declararse un grande incendio en la casa de la ciudad. Aquel hombre se precipitó en las llamas, salvando, con peligro de su vida, dos niños, que resultaron ser luego hijos del capitán de la gendarmería, lo cual hizo que nadie soñara en pedirle su pasaporte. Después de ello se supo su nombre. Llamábase el tío Magdalena.
II
Magdalena
Era hombre de unos cincuenta años escasos, de aire preocupado y buen sujeto. He aquí todo lo que podía decirse de él.
Gracias á los progresos rápidos de aquella industria que había reanimado tan admirablemente, M* sur M* había llegado á ser un centro de negocios importante. España, que consume mucho azabache negro, encargaba cada año grandes cantidades. M* sur M*, en semejante comercio, competía casi con Londres y Berlín. Los beneficios del tío Magdalena eran tales, que desde el segundo año pudo levantar una gran fábrica, en la cual había dos vastos talleres, uno para hombres y para mujeres otro. Cualquiera que tuviese hambre podía presentarse en la seguridad de encontrar allí trabajo y pan. El tío Magdalena pedía á los hombres buena voluntad, á las mujeres costumbres puras, y á todos probidad. Había dividido los talleres á fin de separar los sexos, y que, así las niñas como las mujeres, pudiesen estar tranquilas. En este punto era inflexible. En esto sólo se manifestaba intolerante. Y estaba tanto más fundada semejante severidad, cuanto, siendo M* sur M* ciudad guarnecida, las ocasiones de corrupción eran frecuentes. Por lo demás, su llegada había sido un beneficio y su presencia era providencial. Antes de la llegada del tío Magdalena todo languidecía en el país; desde ella, todo vivía la saludable vida del trabajo. Un gran movimiento de circulación daba calor y penetraba en todo. La holganza y la miseria eran desconocidas. No había allí bolsillo, por obscuro que fuése, donde no pudiese encontrarse algún dinero, ni casa tan pobre que no encerrase un poco de alegría.
El tío Magdalena empleaba á todo el mundo. No exigía más que una cosa: ser hombre honrado, ser honrada mujer.
Como hemos dicho, en medio de aquella actividad de la cual era causa y sostén, el tío Magdalena hacía su fortuna, pero cosa rarísima en un simple hombre de negocios, no parecía en modo alguno que fuése ello su principal cuidado. Parecía que se preocupaba mucho más de los otros, que de sí mismo. En 1820 se sabía que tenía colocado en su nombre, en casa de Laffitte, un capital de seiscientos treinta mil francos; pero antes de reservarse estos seiscientos treinta mil francos, había empleado más de un millón para la ciudad y para los pobres.
El hospital estaba mal dotado, fundó en él diez camas. M* sur M* está dividida en población alta y baja. La parte baja, que era en la que él vivía, no tenía más que una mala escuela, en una casa medio arruinada; mandó construir dos: una para niñas y otra para niños. Pensionaba de su bolsillo particular dos profesores con una gratificación doble á su mezquino sueldo oficial, y cierto día, en que alguien le preguntó admirado el porqué, dijo él: «Los dos primeros funcionarios del Estado, son la nodriza y el maestro de escuela». Había creado á su costa una sala de asilo, cosa desconocida á la sazón en Francia, y una caja de socorros para los obreros viejos é imposibilitados. Su fábrica era un centro, un nuevo barrio surgido á su alrededor, en el que no faltaban familias indigentes; estableció pues allí una farmacia gratuita.
Al principio, cuando se le vió empezar, decían las buenas almas: «Es un atrevido que quiere hacerse rico». Cuando se le vió enriquecer al país antes que enriquecerse á sí propio, las mismas buenas almas dijeron: «Es un ambicioso». Y esto parecía tanto más probable, cuanto era aquel hombre religioso, practicando sus actos con cierta regularidad, cosa muy bien vista en aquella época. Iba regularmente á oir misa todos los domingos. El diputado local que husmeaba competencias en todas partes, no tardó en preocuparse de aquella religiosidad. El tal diputado, que había sido miembro del cuerpo legislativo del imperio, participaba de las ideas religiosas de un padre del Oratorio; conocido bajo el nombre de Fouché, duque de Otrante, del que había sido hechura y amigo. Á puerta cerrada se reía de Dios bonitamente. Pero cuando vió al rico industrial Magdalena oyendo la misa de las siete de la mañana, entrevió en él un candidato posible y resolvió superarle, tomando desde luego un confesor jesuita, asistiendo á vísperas y á misa mayor. La ambición, en aquellos tiempos, era, en la excepción directa de la palabra, una carrera al campanario. Los pobres aprovecharon de aquel temor, así como Dios mismo, porque el honorable diputado fundó también dos camas en el hospital, y fueron ya doce.
Sin embargo, en 1819, corrió una mañana por la ciudad el rumor de que, á propuesta del señor prefecto y en consideración á los muchos servicios prestados al país, el tío Magdalena iba á ser nombrado por el rey alcalde de la ciudad. Aquéllos que habían tildado de «ambicioso» al forastero, aprovechaban satisfechos aquella ocasión, deseada por todos, exclamando: «¡He aquí lo que decíamos nosotros!». Todo el vecindario se enteró de ello. El rumor era cierto. Algunos días después apareció el nombramiento en el Moniteur. Al día siguiente el tío Magdalena renunció.
Durante aquel mismo año 1819, los productos del nuevo procedimiento inventado por Magdalena figuraron en la exposición de la industria; fundándose en el informe del jurado, nombró el rey al inventor, caballero de la Legión de honor. Nuevos rumores en la población. ¡Ah! ya; ¡era la cruz lo que quería! El tío Magdalena renunció á la cruz.
Decididamente, era aquel hombre un enigma. Las buenas almas quedaron satisfechas diciendo: después de todo, no pasa de ser un aventurero.
Ya lo hemos visto, el país le debía mucho, los pobres se lo debían todo; era tan útil, que era preciso acabar por venerarle, y tan cariñoso, que era indispensable acabar por amarle; sus obreros, en particular, le adoraban, y él admitía semejante adoración con cierta gravedad melancólica. Cuando se le consideró rico, «las personas de sociedad» le saludaron y se le llamaba en la ciudad el señor Magdalena; sus obreros y los chicos siguieron, no obstante, llamándole el tío Magdalena, siendo esto lo único que le hacía sonreir agradablemente. Á medida que iba encumbrándose, las invitaciones llovían sobre él. «La sociedad» le reclamaba. Las tertulias del buen tono que había en la ciudad y, que naturalmente, se hubieran cerrado en los primeros tiempos al artesano, abríanse de par en par al millonario. Á todas le invitaban. Á ninguna asistía.
Tampoco entonces las buenas almas se dieron á partido.—«Es un hombre ignorante y de poca educación. Quién sabe de dónde ha salido. No sabría como conducirse en sociedad. Aún no está probado que sepa leer».
Cuando se le había visto ganar dinero, decíase: es un comerciante. Cuando se le vió repartir sus riquezas, se dijo: es un ambicioso. Cuando se le vió renunciar los honores, dijeron: es un aventurero; y cuando se le vió esquivar el mundo, se le llamó bruto.
En 1820, cinco años después de su llegada á la población, los servicios que había prestado al país eran tan notables y tan unánime la opinión de toda la comarca, que volvió nuevamente el rey á nombrarle alcalde de la ciudad. Renunció todavía, pero el prefecto no admitió la renuncia; todos los notables fueron á rogarle; el pueblo en plena calle le suplicaba; fué tanta la insistencia, que no tuvo más remedio que aceptar. Parece ser que lo que más le inclinó á semejante aceptación, fué el apóstrofe casi irritado de una vieja, mujer del pueblo, la cual exclamó desde el umbral de la puerta con desenfado: Un buen alcalde es útil. ¿Quién retrocede ante el bien que puede hacer?
Ésta fué la tercera fase de su ascensión. El tío Magdalena había llegado á ser el señor Magdalena, el señor Magdalena era el señor alcalde.
III
Sumas depositadas en casa Laffitte
Sin embargo, el señor Magdalena, continuó tan sencillo como el primer día. Tenía el cabello gris, la mirada seria, el color tostado de un obrero, el aspecto reflexivo del filósofo. Llevaba de ordinario un sombrero de alas anchas, y un gabán largo de paño grueso abotonado hasta la barba. Llenaba sus funciones de alcalde, pero después de ello, vivía solitario. Hablaba muy poco. Excusaba los cumplimientos: saludaba de paso y sin detenerse; sonreía para ahorrarse el hablar, pasando por calles apartadas hasta para excusarse de sonreir. Las mujeres decían de él: «¡Buen oso!». Su mejor entretenimiento era pasear por el campo.
Comía siempre solo, con un libro abierto delante, en el cual leía. Tenía una pequeña pero escogida biblioteca. Gustaba de los libros; los libros son amigos fríos y seguros. Á medida que aumentaba su tiempo con su fortuna, parecía que lo aprovechaba para cultivar su espíritu. Desde que se había establecido en la ciudad, notóse que de año en año su lenguaje iba puliéndose, siendo cada vez más delicado y suave.
Llevaba frecuentemente en sus paseos campestres su escopeta, pero raras veces se servía de ella. Cuando llegaba el caso, por casualidad, su tiro era inefable. Jamás había matado un animal inofensivo. Jamás había tirado á un pajarillo.
Aun cuando no era ya joven, decíase que tenía una fuerza prodigiosa. Ofrecía siempre su golpe de mano á quien pudiera necesitar de ello; levantaba un caballo, sacaba una rueda del atolladero y detenía por los cuernos un toro á la carrera. Llevaba siempre llenos sus bolsillos al salir, y vacíos al volver. Cuando atravesaba alguna aldea, los chiquillos harapientos se le acercaban alegremente, rodeándole como una nube de mosquitos.
Creíase que había, en otros tiempos, vivido en el campo, porque poseía toda clase de secretos útiles que revelaba á los campesinos. De él aprendían á destruir la polilla de los trigos, aspergeando los graneros é inundando las hendiduras del suelo con una disolución de sal común, y á extirpar el gorgojo, suspendiendo por todas partes, en las paredes, en los techos, en los pajares y en las casas, romero en flor. Poseía «recetas» para extirpar de los campos la nigela, la arvejana, la cola de zorro, y tantas cuantas yerbas parásitas se comen el trigo. Salvaba una conejera de los ratones, nada más que con el olor de un marranillo de Berbería que hacía entrar.
Un día vió gran número de campesinos ocupados en arrancar ortigas, fijóse en aquel montón de plantas arrancadas y ya secas diciendo:—Están muertas. Y no obstante sería de gran provecho si se supiesen utilizar. Cuando la ortiga es tierna, su hoja es una legumbre excelente; cuando seca, tiene filamentos y fibras como el cáñamo y el lino. La tela de ortiga valdría lo que la del cáñamo. Machacada la ortiga, es buena para la volatería; molida, es buena para los cornúpetos. La semilla de la ortiga mezclaba con el forraje da brillantez al pelo de los animales; la raíz mezclada con sal produce un hermoso color amarillo. Siendo, finalmente, un excelente heno que puede ser segado dos veces. Y ¿qué necesita la ortiga? Un poco de tierra, ningún cuidado ni cultivo alguno. Solamente que la semilla va cayendo á medida que la planta muere, y es algo difícil su recolección. Esto es todo. Tomándose un poco de trabajo, la ortiga sería de mucha utilidad; se la descuida y es dañina. Entonces se la mata. ¡Cuántos hombres se parecen á la ortiga! Añadiendo después de una pausa: Amigos míos, tened esto muy presente: no hay malas hierbas ni hombres malos. No hay sino malos cultivadores.
Los muchachos le amaban igualmente, porque sabía hacer juguetes muy lindos con paja y cáscaras de coco.
Cuando veía la puerta de una iglesia colgada de negro, entraba; buscaba los entierros, como buscan otros los bautizos. La viudez y la desgracia ajenas le atraían, á causa de su gran benignidad; mezclábase á los amigos en duelo, á las familias enlutadas, á los sacerdotes plañideros al rededor de un féretro. Parecía que daba gustoso por texto á sus pensamientos aquellas salmodias llenas de la vislumbre de otro mundo. Fija su mirada en el cielo, escuchaba con una especie de aspiración hacia los misterios de lo infinito, aquellas tristes voces que cantaban junto al borde del obscuro abismo de la muerte.
Realizaba gran número de buenas acciones, escondiéndose para ello como se esconden otros por las malas. Penetraba ocultamente, de noche, en las casas, y subía furtivamente las escaleras. Más de un pobre diablo se encontraba, á lo mejor, al volver á su guardilla, con que la puerta había sido abierta, tal vez forzada, durante su ausencia. ¡El pobre hombre se creía que había estado allí algún ladrón! Entraba, y lo primero que veía era una moneda de oro olvidada sobre algún mueble. El «ladrón» que había estado allí, había sido el tío Magdalena.
Era afable y triste á la vez. El pueblo decía: «He aquí un rico que no tiene nada de orgulloso. Un hombre feliz que parece no estar contento».
Algunos pretendían que fuése un personaje misterioso, afirmando que no entraba nadie en su cuarto, el cual era una verdadera celda de anacoreta, ¡llena de relojes de arena alados, y adornada de tibias puestas en cruz y de calaveras! Esto se decía mucho, si bien algunas jóvenes elegantes y maliciosas, fueron un día á su casa y le dijeron:—Señor alcalde, enseñadnos vuestro cuarto. Se cuenta por ahí que es una gruta.—Sonrió, y les abrió inmediatamente la puerta de su «gruta», lo cual castigó merecidamente su curiosidad. Era una habitación sencillamente adornada con muebles de caoba bastante feos, como todos los de este género, tapizada con papel de doce sueldos. Nada había allí notable, como no fueran dos candeleros de forma antigua, colocados sobre la chimenea y que tenían todas las trazas de ser de plata, «pues estaban contrastados». Observación llena de espíritu de los pueblos pequeños. Á pesar de la visita, no por eso se dijo menos que nadie penetraba en su cuarto; y que era una especie de caverna de ermitaño, una cueva, un agujero, una tumba.
Susurrábase también, que poseía «sumas inmensas» depositadas en casa Laffitte, con la particularidad de estar siempre á su inmediata disposición; de tal suerte, añadíase, que el señor Magdalena puede llegar el mejor día á casa Laffitte, firmar un recibo y llevarse sus dos ó tres millones, en diez minutos. En realidad, «aquellos dos ó tres millones» se reducían, como hemos dicho, á seiscientos treinta ó cuarenta mil francos.
IV
El señor Magdalena de luto
Á principios de 1821 los periódicos publicaron la muerte del señor Myriel, obispo de D***, conocido generalmente por «monseñor Bienvenido», fallecido en olor de santidad á la edad de ochenta y dos años.
El obispo de D***, añadiendo aquí un detalle que omitieron los periódicos, hacía cuando murió, algunos años que estaba ciego, y con todo y estar ciego, tenía á su hermana junto á él.
Digámoslo de paso: ser ciego y ser amado, es en efecto, sobre la tierra, donde no hay nada completo, una de las formas más extrañas y exquisitas de la felicidad. Tener continuamente á nuestro lado una mujer, una hija, una hermana, un ser encantador que está junto á nosotros porque necesitamos de él y porque no puede prescindir de nosotros, saber que somos indispensables á quien no es necesario, poder medir incesantemente su afecto por la cantidad de presencia que nos da, y poder decirnos: puesto que me consagra ella todo su tiempo, prueba que poseo todo su corazón; ver el pensamiento á falta de la figura; comprobar la fidelidad de un ser en el total eclipse del mundo; percibir el roce de un vestido como aleteo, sentirle ir y venir, salir, volver á entrar, hablar y cantar, y recordar luego que somos el centro de aquellos pasos, de aquellas palabras y aquellos cantos; patentizar á cada paso su propia atracción; conocerse uno tanto más poderoso cuanto más imposibilitado; llegar á ser en la obscuridad y por la obscuridad el astro en torno del cual gravita aquel ángel, pocas son las felicidades que igualen á ésta. La suprema dicha de la vida es la convicción de que uno es amado; amado por sí mismo; decimos mal, amado á pesar de nosotros mismos; esta convicción la alcanza el ciego. En semejante desgracia, ser servido es ser acariciado. ¿Falta algo entonces? No. Que no pierde la luz quien tiene amor. ¡Y qué amor! ¡Un amor compuesto únicamente de virtud! No hay ceguera donde hay certeza. El alma busca á tientas el alma, y la encuentra. Y aquella alma encontrada y comprobada es una mujer. Os sostiene una mano, es la suya; besa vuestra frente una boca, es su boca; sentís junto á vosotros una respiración, es ella. Todo tenerlo de ella, desde su culto hasta su piedad: no encontrarse jamás abandonado, tener aquella dulce debilidad para socorreros, apoyarse en aquella inquebrantable caña, tocar con nuestras manos la Providencia y poder retenerla en nuestros brazos como un Dios tangible, ¡qué arrobamiento! El corazón, esa obscura flor celestial, ábrese á cierta expansión misteriosa. ¡Nadie cambiaría semejante sombra por toda la luz! El alma ángel está allí, siempre allí; si se aleja, es para volver; se desvanece como el sueño y reaparece como la realidad. Siéntese el calor que se aproxima, allí está. Siéntese un exceso de serenidad, de gozo, de éxtasis, es un rayo de luz en medio de la noche. Y mil cuidados insignificantes. Nadas que resultan enormes en aquel vacío. Los más inefables acentos de la voz femenina empleados en acariciarnos y en suplirnos en el universo desvanecido. Siéntese así el cariño del alma. Nada se ve, pero se siente uno adorado. Es un paraíso en las tinieblas.
Desde este paraíso, pasó al otro, monseñor Bienvenido. La noticia de su muerte fué reproducida por el diario local de M* sur M*. El señor Magdalena apareció al día siguiente vestido de negro con gasa en el sombrero.
Notóse en el pueblo aquel luto, y se comentó. Parecióles una luz acerca del origen del señor Magdalena. Acabóse por creer que tenía algún parentesco con el venerable obispo. Viste luto por el obispo de D***, díjose en las tertulias, lo cual levantó mucho el concepto del señor Magdalena dándole súbita y repentinamente cierta consideración entre la nobleza de M* sur M*. El microscópico arrabal de San Germán de aquella ciudad pensó en levantar la cuarentena impuesta al señor Magdalena, pariente probable de un obispo. El señor Magdalena comprendió el adelantamiento que había obtenido en el aumento de reverencias que le hicieron las señoras mayores, y en las sonrisas más frecuentes que le dirigieron los jóvenes. Una tarde, cierta decana de aquel pequeño gran mundo, curiosa por derecho de ancianidad, se permitió preguntarle:
—Señor alcalde, ¿seríais tal vez primo del difunto señor obispo de D***?
Él contestó:
—No, señora.
—Pero,—repuso la noble viuda,—¿el luto que vestís es por él?
Á lo que respondió el señor Magdalena:—Es que durante mi juventud fuí lacayo de su familia.
Otra circunstancia debemos consignar todavía, y es que cada vez que pasaba por la ciudad algún niño saboyano recorriendo el país en busca de chimeneas que deshollinar, hacíale llamar el señor alcalde, y después de preguntarle su nombre le daba dinero. Los saboyanitos se lo decían unos á otros, así es que pasaban muchos.
V
Vagos relámpagos en el horizonte
Poco á poco y con el tiempo, todas las oposiciones se desvanecieron. Había habido en el encumbramiento del señor Magdalena, por esa especie de ley que subsiste siempre junto á los que se elevan, sus correspondientes injurias y calumnias, que se trocaron luego en sólo murmuraciones, más tarde en malicias, desvaneciéndose por último completamente; la consideración llegó á ser cumplida, unánime, cordial, y llegó un momento, hacia 1821, en el cual esta frase: el señor alcalde se pronunciaba en M* sur M* casi con el mismo acento que esta otra, el señor obispo era pronunciada en D*** en 1815. Muchos eran los que, de diez leguas á la redonda, iban á consultar á Magdalena. Él terminaba las diferencias, hacía que cesaran los pleitos y reconciliaba á los enemigos. Todo el mundo le quería por juez de su derecho. Parecía encerrar en su espíritu el libro de la ley natural. Era aquello como un contagio de veneración que, en seis ó siete años progresivamente, llegó á extenderse por todo el país.
Sólo un hombre, así en la población como en la comarca, se libró absolutamente de aquel contagio; é hiciese lo que quisiere Magdalena, continuaba rebelde, como si algún instinto secreto é imperturbable le desvelase é inquietase. Parece, efectivamente, que existe en ciertos hombres un verdadero instinto bestial, puro é íntegro como todo instinto, que crea las antipatías y las simpatías, que separa fatalmente una naturaleza de otra naturaleza, que no titubea, que no se turba, ni guarda silencio, ni se desmiente jamás; claro en medio de su obscuridad, infalible, imperioso, refractario á todo consejo de la inteligencia y á todos los disolventes de la razón, y que, de cualquier manera que se presenten los destinos, advierte secretamente al hombre-perro de la presencia del hombre-gato, y al hombre-zorro de la presencia del hombre-león.
Frecuentemente, cuando el señor Magdalena pasaba por una calle, tranquilo, afectuoso, rodeado de las bendiciones de todos, sucedía que un hombre de elevada estatura, vistiendo una levita color de plomo obscuro, armado con un grueso bastón y cubierta la cabeza con un sombrero rebajado, se volvía bruscamente hacia él y le seguía con la mirada hasta que había desaparecido, cruzado de brazos, moviendo lentamente la cabeza y levantando el labio superior impulsado por el inferior hasta la nariz, especie de mueca significativa que podría traducirse por:—Pero ¿qué es lo que es este hombre?—De fijo yo le he visto en alguna parte.—En todo caso no ha de engañarme siempre.
Aquel grave personaje, de gravedad casi amenazadora, era de éstos que, por rápidamente que se les mire, preocupan al observador.
Llamábase Javert y era de la policía.
Desempeñaba en M* sur M* las penosas pero útiles funciones de inspector. No había visto los principios del señor Magdalena. Javert debía el puesto que ocupaba á la protección del señor Chabouillet, secretario del ministro de Estado, conde Anglès, entonces prefecto de policía de París. Cuando Javert llegó á M* sur M*, la fortuna del gran industrial era ya un hecho, y el tío Magdalena era ya el señor Magdalena.
Muchos agentes de policía tienen una fisonomía especial que se complica con cierto aire de bajeza mezclado á cierto aire de autoridad. Javert tenía una de estas fisonomías, pero sin la bajeza.
Estamos convencidos de que si las almas fuesen visibles á los ojos, se vería claramente la rareza de que cada uno de los individuos de la especie humana, corresponde á algunas de las diversas especies de la creación animal; y entonces podría reconocerse fácilmente esta verdad, apenas vislumbrada por el pensador, que, desde la ostra hasta el águila, desde el puerco al tigre, todos los animales están en el hombre, y que cada uno de ellos está en un hombre. Y á veces, igualmente, varios de ellos á un mismo tiempo.
Los animales no son otra cosa que las figuras de nuestras virtudes y de nuestros vicios, errantes ante nuestros ojos; los fantasmas visibles de nuestras almas. Dios nos los muestra para hacer que reflexionemos. Solamente que como los animales no son más que sombras, Dios no les ha hecho educables en toda la extensión de la palabra; ¿para qué? Al contrario, siendo nuestras almas realidades, y teniendo un fin propio, Dios les ha dado la inteligencia, es decir, la posibilidad de la educación. La educación social bien dirigida, puede siempre sacar de un alma, sea cual fuere, toda la utilidad que en ella se encierre.
Sea ello dicho y bien entendido, desde el punto de vista terrestre aparente, y sin prejuzgar la cuestión profunda de la personalidad anterior ó ulterior de los seres que no son el hombre. El yo visible no autoriza en ningún caso al pensador para negar el yo latente.
Hecha esta observación, prosigamos.
Por lo tanto, si se admite de momento con nosotros, que en todo hombre se encierra una de las especies animales de la creación, nos será más fácil decir quién era el inspector Javert.
Los aldeanos de Asturias están convencidos de que en cada camada de loba se encuentra un perro al cual mata la madre, á fin de evitar que en creciendo devore á los pequeños.
Dadle un rostro humano á este perro, hijo de loba, y éste será Javert.
Javert había nacido en una cárcel, de una de esas mujeres que echan la cartas, cuyo marido estaba en presidio. Al ser mayor, vió que se encontraba fuera de la sociedad, desesperanzado de poder entrar jamás en ella. Observó que la sociedad mantiene irremisiblemente separados de ella á dos clases de hombres, los que la atacan y los que la guardan; no podía elegir más que entre estas dos clases; y al mismo tiempo, sentíase poseído de no sé qué fondo de rigidez, de regularidad y de probidad, mezclada con cierto inexplicable odio hacia aquella raza de gitanos de la cual había nacido. Entró en la policía. Hizo carrera. Á los cuarenta años era inspector.
Había estado, durante su juventud, empleado en los presidios del Mediodía.
Antes de seguir adelante, expliquemos la frase, rostro humano, que hemos aplicado hace poco á Javert.
El rostro humano de Javert consistía en una nariz achatada, con dos profundas ventanas, desde las cuales subían por los carrillos dos enormes patillas. Sentíase uno desagradablemente impresionado la primera vez que veía aquellas dos cavernas. Cuando Javert reía, lo cual era tan raro como espantoso, sus delgados labios parecían correrse, dejando ver, no solamente sus dientes, sino también sus encías, y se formaba al rededor de su nariz una arruga abultada y salvaje como si fuera el hocico de un animal carnívoro. Javert serio era un perro de presa; cuando reía, un tigre. Por lo demás, tenía poco cráneo, mucha mandíbula; los cabellos cubrían su frente y le caían sobre las orejas; entre ambos ojos un ceño central permanente como una estrella de cólera, la mirada obscura, la boca contraída y temible, y una expresión de mando feroz.
Este hombre se componía de dos sentimientos tan sencillos como relativamente buenos, pero que él hacía casi malos á fuerza de exagerarlos; el respeto á la autoridad y el odio á la rebeldía; pues á sus ojos el robo, el asesinato, todos los crímenes, no eran otra cosa que otras tantas formas de la rebeldía. Envolvía en una especie de fe ciega y profunda, á todo el que desempeñaba alguna función del Estado, desde el primer ministro al guarda bosque. Cubriendo igualmente de desprecio, aversión y desagrado á todo el que había saltado una vez el dique legal de la maldad. Era absoluto sin admitir excepciones. Por una parte, decía:—El funcionario no puede engañarse; el magistrado jamás se equivoca.—De la otra, decía:—Éstos están irremisiblemente perdidos. Nada de bueno pueden dar.—Era su opinión completamente partidaria de la de esos espíritus extremados, que atribuyen á la ley humana no sé qué facultad para hacer, ó, si se quiere, patentizar demonios, y que ponen una Estigia en la parte baja de la sociedad. Era estoico, serio, austero; pensador triste; humilde y altivo como los fanáticos. Su mirada era una barrena, una barrena fría, y así taladraba. Todo su modo de ser estaba encerrado en estas dos palabras: velar y vigilar. Había introducido la línea recta en lo que hay en el mundo más tortuoso; tenía conciencia de su utilidad, la religión de sus funciones, y era espía como hubiera sido sacerdote. ¡Desdichado del que caía en sus manos! Hubiera detenido á su padre á intentar escaparse de presidio y denunciando á su madre al huir de la cárcel. Y lo hubiera hecho con aquella especie de satisfacción interna que produce la virtud. Además, su vida era toda privación, aislamiento, abnegación, castidad; jamás una sola distracción. Era el mismo deber implacable; la policía comprendida, como los espartanos comprendían á Esparta; una vigilancia despiadada, una honradez bárbara, un espía de mármol. Bruto encarnado en Vidocq.
Todo en la persona de Javert revelaba al hombre que espía y que se esconde. La escuela mística de José Maistre, la cual, en aquella época, salpimentaba con su elevada cosmogonía los llamados periódicos ultras, no hubiera dejado de decir que Javert era un símbolo. No se le veía la frente, que desaparecía bajo su sombrero; no se le veían los ojos, que se perdían bajo sus cejas; no se le veía la barba, que se hundía dentro la corbata; no se veían sus manos, que se quedaban dentro las mangas; no se le veía el bastón, por llevarlo siempre bajo la levita. Pero en llegando la ocasión, veíase de súbito salir de aquellas sombras, como de una emboscada, una frente angulosa y deprimida, una mirada funesta, una barba amenazadora, unas manos enormes y un rebenque monstruoso.
En sus momentos de ocio, bien escasos por cierto, á pesar de odiar los libros, leía; debiéndose á ello que no fuése ignorante del todo. Esto se reconocía fácilmente en cierto énfasis que había en sus palabras.
No tenía ningún vicio, ya lo hemos dicho. Cuando estaba satisfecho de sí mismo, se permitía tomar un polvo de tabaco. Por ahí solamente estaba unido á la humanidad.
Comprendíase fácilmente que Javert fuése el terror de toda aquella, clase de gente que la estadística anual del ministerio de Justicia designa bajo el epígrafe: Gentes de oficio desconocido. Con sólo pronunciar el nombre de Javert se desbandaban; la figura de Javert apareciendo, les petrificaba.
Tal era aquel hombre formidable.
Javert era como un ojo fijo constantemente sobre el señor Magdalena. Ojo lleno de sospechas y conjeturas. El señor Magdalena había acabado por comprenderlo y sin embargo parecía no dar á ello la menor importancia. Jamás le hizo á Javert la menor pregunta; no le buscaba ni le evitaba, soportando, sin fijarse, al parecer, aquella mirada pesada y casi provocadora. Trataba á Javert como á todo el mundo, con sencilla bondad.
Por algunas palabras escapadas á Javert, adivinábase que había buscado secretamente, con la curiosidad propia de la raza, en la cual entran por igual el instinto y la voluntad, todos los vestigios anteriores que Magdalena hubiese podido dejar en alguna parte. Parecía saber, y algunas veces lo dejaba entender, bajo palabras más ó menos veladas, que alguien había tomado ciertos informes en cierto país, sobre cierta familia desaparecida. Una vez llegó á decir hablando consigo mismo:—¡Creo que ya le tengo! Luego estuvo tres días como ensimismado sin decir una palabra. Parecía que el hilo que se creía haber atrapado se le hubiese roto.
Por lo demás, y es éste el correctivo necesario á lo que el sentido de ciertas frases pudieran presentar de demasiado absoluto, no puede haber nada verdaderamente infalible en ninguna criatura humana, y es propio del instinto precisamente el poder ser turbado, despistado, desorientado. Sin esto resultaría superior á la inteligencia, y el bruto resultaría entonces mejor iluminado que el hombre.
Javert estaba evidentemente algo desconcertado, viendo la tranquila serenidad de Magdalena.
Cierto día, no obstante, sus extrañas maneras parecieron causar cierta impresión en Magdalena.
He aquí el motivo.
VI
Fauchelevent
Pasando una mañana el señor Magdalena por una calle sin empedrar de M* sur M*, oyó un gran barullo y vió un grupo á corta distancia. Acercóse á ver lo que era, y vió que un viejo, llamado el tío Fauchelevent, acababa de caer debajo de su carro, cuyo caballo estaba rendido.
Era Fauchelevent uno de los raros enemigos que tenía aún el señor Magdalena en aquella época. Cuando Magdalena había llegado á la ciudad, Fauchelevent, antiguo tabelión y campesino casi letrado, practicaba cierta clase de negocios que empezaban á irle mal. Fauchelevent había visto aquel simple obrero que iba enriqueciéndose, mientras, que él, maestro, se arruinaba. Esto le había llenado de envidia, haciendo que aprovechara cuantas ocasiones se le presentaran para atacar á Magdalena. Cuando ya arruinado y viejo, sin quedarle más que un carro y un caballo, sin familia y sin hijos por otra parte, se hizo carretero para poder vivir.
El caballo se había roto, al caer, ambas piernas, y no podía moverse. El viejo estaba cogido entre las ruedas. La caída había sido verdaderamente desgraciada, pues todo el peso del carruaje gravitaba sobre su pecho. El carro estaba completa y pesadamente cargado. El pobre Fauchelevent lanzaba gritos lastimeros. Habíase probado de arrancarle de allí, pero inútilmente. Un esfuerzo desordenado, una ayuda mal dada, una sacudida en falso podían aplastarle. Era imposible salvarle de otra manera que no fuése levantar el carro por debajo. Javert, que había aparecido en el momento del accidente, había mandado á buscar un gato.
El señor Magdalena llegó. Apartóse respetuosamente todo el mundo.
—¡Ayudadme!—gritaba el viejo Fauchelevent.—¿No habrá por ahí algún buen hombre para salvar á este pobre viejo?
Magdalena volvióse hacia los allí reunidos:
—¿No hay un gato de albañil?
—Han ido á buscar uno—contestó un hombre.
—¿Cuánto tardará en estar aquí?
—Sí, han ido por el que podía encontrarse más cerca, á Flachot, en casa el herrero; en fin, sea como fuere, siempre tardará un buen cuarto de hora.
—¡Un cuarto de hora!—exclamó Magdalena.
Á la víspera había llovido, y estaba el suelo empapado, así es que el carro se iba hundiendo en el suelo, comprimiendo más y más el pecho del viejo carretero. Era casi seguro que antes de cinco minutos tendría rotas las costillas.
—Es imposible esperar un cuarto de hora,—dijo Magdalena á los artesanos que estaban mirando.
—¡Y no hay otro medio!
—Pero no habrá tiempo; ¿no estáis viendo como va hundiéndose el carro?
—¡Virgen santísima!
—Oid,—repuso Magdalena,—queda todavía debajo del carro espacio bastante para que un hombre pueda penetrar y levantarle luego con la espalda. En medio minuto se arranca del peligro á este pobre hombre. ¿Hay alguien por aquí que tenga fuerza y corazón para ello? ¡Cinco luises de oro que ganar!
Nadie de los del grupo contestó.
—¡Diez luises!—dijo Magdalena.
Los asistentes bajaron los ojos. Uno de ellos murmuró:—Sería preciso ser de hierro. ¡Luego es muy fácil quedar aplastado!
—Á ver,—volvió á decir Magdalena,—¡veinte luises!
El mismo silencio.
—No es la buena voluntad lo que hace falta,—dijo una voz.
El señor Magdalena volvió la cabeza, y reconoció á Javert. No le había notado al llegar.
Javert continuó:
—Se necesita gran fuerza. Sería preciso ser un hombre terrible para levantar un carro como éste con la espalda.
Luego, mirando con fijeza á Magdalena, prosiguió acentuando mucho las palabras que iba pronunciando:
—Señor Magdalena, no he conocido en mi vida más que un solo hombre capaz de hacer lo que proponeis.
Magdalena se estremeció.
Javert continuó con aire indiferente, pero sin apartar los ojos de Magdalena:
—Era un presidiario.
—¡Ah!—exclamó Magdalena.
—De Tolón.
Magdalena palideció.
Entretanto continuaba el carro hundiéndose poco á poco. El infeliz Fauchelevent rugía y aullaba.
—¡Me ahogo! ¡se rompen mis costillas! ¡un gato, una palanca, cualquier cosa! ¡Ah!
Magdalena miraba en torno suyo.
—¿No hay quién se quiera ganar veinte luises y salvar la vida á este pobre viejo?
Ninguno de los asistentes se movió: Javert repuso:
—Yo jamás he conocido otro hombre capaz de reemplazar el gato, que el presidiario.
—¡Ah! ¡ved que me aplasta!—exclamaba el viejo.
Magdalena irguió la cabeza, encontrando la mirada de halcón de Javert siempre fija sobre él, vió también todos los hombres del corro inmóviles, y sonrió tristemente.
Inmediatamente, y sin decir más palabra, doblóse sobre sus rodillas, y antes que la gente agrupada tuviese tiempo de lanzar un grito, estuvo ya debajo del carruaje.
Hubo entonces un momento espantoso de expectación y de silencio.
Vióse á Magdalena casi aplanado sobre el suelo bajo aquel peso, intentar por dos veces inútilmente, apoyar los ante-brazos en las rodillas. Gritábanle:
—¡Tío Magdalena! ¡retiraos!
El viejo Fauchelevent mismo exclamó:
—¡Señor Magdalena, salid de aquí! ¡no tengo más remedio que morir, ya lo veis! ¡dejadme! ¿Queréis haceros aplastar también?
Magdalena no dijo una palabra.
Los del corro alentaban apenas. Las ruedas habían continuado hundiéndose, y era ya casi imposible que Magdalena pudiese salir de debajo del carro.
De pronto se vió como si la enorme masa vacilara, el carro fué levantándose lentamente, las ruedas acababan de salir del carril. Oyóse entonces una voz ahogada que exclamaba: Pronto, dadme ayuda. Era Magdalena que estaba haciendo el último esfuerzo.
Todo el mundo se precipitó. La resolución de uno solo estaba dando fuerza y valor á todos. El carro se vió sostenido por veinte brazos. El viejo Fauchelevent estaba salvado.
Magdalena se levantó. Estaba pálido, aunque bañado en sudor. Sus vestidos estaban desgarrados y cubiertos de barro. Todos lloraban. El viejo besaba sus rodillas y le llamaba su Providencia. Él, manifestaba en su expresión una especie de sufrimiento dichoso y celestial, fijando su tranquila mirada sobre Javert, que seguía mirándole sin pestañear.
VII
Fauchelevent, Jardinero en París
Fauchelevent se había lesionado la rodilla en la caída. El señor Magdalena le hizo trasladar á la enfermería que tenía establecida para sus obreros en el mismo edificio de la fábrica, la cual estaba servida por dos hermanas de la Caridad. Al día siguiente por la mañana se encontró el pobre viejo un billete de mil francos en su mesa de noche, con estas palabras escritas por el propio Magdalena: Os compro vuestro carro y vuestro caballo. El carro estaba roto, el caballo muerto. Fauchelevent curó, pero la rodilla quedó dislocada. El señor Magdalena, por recomendación de las hermanas de la Caridad y de su cura, hizo colocar al buen viejo, de jardinero en un convento de monjas del cuartel de San Antonio de París.
Algún tiempo después, el señor Magdalena fué nombrado alcalde. La primera vez que Javert vió al señor Magdalena revestido con la banda que le daba el carácter de primera autoridad de la población, sintió una especie de estremecimiento como el que podría sentir un dogo olfateando un lobo bajo los vestidos de su dueño. Desde entonces, evitó el verle cuanto pudo. Cuando las necesidades del servicio lo exigían imperiosamente y no podía hacer otra cosa que hablar directamente con el señor alcalde, cumplía su deber con profundo respeto.
Aquella prosperidad de M* sur M* creada por el tío Magdalena, tenía, sobre los signos visibles que hemos indicado, otro síntoma que, no por dejar de ser visible, era menos significativo. Este síntoma no engaña jamás. Cuando la población sufre, cuando el trabajo falta, cuando el comercio es nulo, el contribuyente resiste los impuestos por penuria, apura y deja pasar los plazos, y el Estado sufre grandes pérdidas en apremios y reembolsos. Cuando el trabajo abunda, cuando el país es dichoso y rico, los impuestos se pagan fácilmente y cuestan poco al Estado. Puede decirse que la miseria y la riqueza pública tienen un termómetro infalible, los gastos de percepción del impuesto. En siete años habían sido reducidos estos gastos de tres cuartas partes en el distrito de M* sur M*, lo cual hacía que frecuentemente citase dicho distrito como modelo entre todos los demás, el señor de Villèle, ministro de Hacienda á la sazón.
Tal era la situación de aquel país cuando regresó Fantina. Nadie se acordaba de ella. Afortunadamente la puerta de la fábrica del señor Magdalena era lo que una cara conocida. En cuanto se presentó, fué admitida en el taller de mujeres. Era el oficio enteramente nuevo para Fantina, y no podía por lo tanto ser diestra en él, por cuya razón sacaba un jornal bastante escaso; sin embargo, era lo suficiente á sus principales necesidades; estaba pues resuelto el problema de ganarse la vida.
VIII
La señora Victurnien emplea treinta francos en moralidad
Cuando vió Fantina que podía vivir, tuvo un momento de alegría. Vivir honestamente del trabajo propio, ¡qué favor del cielo! El amor al trabajo renació verdaderamente en ella. Compróse un espejo, regocijándose al ver su juventud, sus hermosos cabellos y sus bellísimos dientes; olvidóse de muchas cosas para no pensar sino en Cosette y en las posibilidades del porvenir y fué dichosa. Alquiló un cuartito que amuebló á crédito de su trabajo futuro, resto de sus costumbres desordenadas.
No pudiendo decir que estaba casada, guardóse muy bien, como hemos ya dejado entrever, de hablar de su hija.
En sus principios, según se ha visto, pagaba exactamente á los Thénardier. Como no sabía más que firmar, tuvo necesidad de escribir por la mediación de un escribiente público.
Escribía frecuentemente, lo cual se notó, empezándose á decir por lo bajo en el taller de mujeres, que Fantina «escribía cartas» y que tenía «ciertos aires».
Nadie más á propósito para espiar las acciones de las gentes que aquellas personas con quienes no tienen nada que ver.—¿Por qué este señor no viene nunca antes de anochecer? ¿Por qué el señor tal no cuelga los jueves la llave en su lugar? ¿Por qué anda siempre por callejones? ¿Por qué la señora baja siempre del coche antes de llegar á la casa? ¿Por qué manda á comprar un cuadernillo de papel de cartas, teniendo «llena su papelera»?, etc., etc. Existen seres que, por conocer el objeto de tales enigmas, los cuales les son, por otra parte, perfectamente indiferentes, emplean más dinero, gastan más tiempo, y se dan más trabajo del que sería necesario para diez buenas acciones; y esto gratuitamente, por gusto, sin ser pagada su curiosidad más que por la curiosidad misma. Seguirán días enteros á éste ó aquél, pasarán horas y horas de guardia en las esquinas, de noche, entre los árboles, desafiando lluvias y fríos, sobornarán criados, emborracharán cocheros y lacayos, comprarán doncellas, harán suyos los porteros. ¿Para qué? para nada. Por encarnizamiento de ver, de saber y de penetrar. Pura comezón de murmurar y nada más. Y frecuentemente conocidos semejantes secretos, tales misterios publicados, expuestos á la luz del día los enigmas, producen catástrofes, duelos, descréditos, ruinas de familias, amargando innumerables existencias, por el gran placer de quienes lo han «descubierto todo» sin interés, sólo por instinto. ¡Triste cosa por cierto!
Ciertas personas son malas únicamente por necesidad de hablar. Sus palabras, conversando en la tertulia y charlando en la antecámara, son como las chimeneas que consumen pronto la leña; les hace falta mucho combustible, siendo su combustible el prójimo.
Se observó pues á Fantina.
Á más de ello, no faltaba quien tuviese envidia de sus rubios cabellos y de sus dientes blancos.
Súpose que en el taller, en medio de las otras se volvía frecuentemente para enjugar una lágrima. Era en los momentos en que recordaba á su hija, y también, tal vez, el hombre á quien amó.
Es un trabajo penosísimo el de romper los sombríos nudos del pasado.
Se averiguó también que escribía, al menos dos veces cada mes, siempre con la misma dirección, y franqueando las cartas. Se pudo adquirir un sobre en que se leía: Al señor Thénardier, hostelero, en Montfermeil. Se hizo hablar en la taberna al escribiente, un infeliz viejo que no conseguía llenar su estómago de vino tinto sin desembarazar su pecho de secretos. Para abreviar: súpose que Fantina tenía un hijo, «que debía ser tal vez una hija». Se encontró comadre que hizo el viaje, á Montfermeil; habló con los Thénardier, y dijo á su vuelta: «Con los treinta francos que me ha costado el viaje, lo he sacado todo en limpio. ¡He visto la criatura!».
La comadre, que tal hizo, era una gorgona llamada señora Victurnien, guardiana y portera de la virtud de todo el mundo. La señora Victurnien contaba cincuenta y seis años, y doblaba la máscara de su fealdad con la máscara de la vejez. Voz temblorosa, espíritu caprichoso. Aquella vieja había sido joven, parecía mentira. Durante su juventud, en pleno 93, casóse con un fraile escapado del claustro, con gorro encarnado, pasando de los Bernardinos á los Jacobinos. Era seca, ruda, áspera, espinosa, venenosa casi; acordándose siempre del fraile de quien había enviudado y que le había domado y doblegado. Era una ortiga en la que se notaba desde luego el roce del hábito frailuno. Durante la restauración se hizo beata, pero con tal energía, que los clericales le perdonaron su enlace con el fraile. Tenía una pequeña posesión que había legado ruidosamente á una comunidad religiosa. Estaba pues muy considerada en el obispado de Arras. Esta Victurnien fué quien estuvo en Montfermeil, y volvió diciendo: «Yo he visto la criatura».
Todo esto necesitó su tiempo; Fantina estaba ya, más de un año hacía, en la fábrica, cuando una mañana la encargada del taller le entregó, de parte del señor alcalde, cincuenta francos, diciéndole que quedaba despedida, y que de parte también del propio señor alcalde, se la invitaba á dejar la población.
Éste tuvo lugar, precisamente, en el mismo año que los Thénardier, después de pedirle doce francos en lugar de seis, le estaban exigiendo quince francos en lugar de doce.
Fantina quedó aterrada. No podía dejar el pueblo. Estaba debiendo el alquiler y los muebles. Cincuenta francos no eran suficientes á saldar estas deudas. Balbuceó algunas frases suplicantes. La encargada le significó que debía salir inmediatamente del taller. Fantina no era, por otra parte, más que una obrera mediana. Agobiada de vergüenza más que de desesperación, salió del taller y se fué á su cuarto. ¡Su falta era ya conocida de todo el mundo!
No se juzgaba con fuerzas para decir una palabra. Se le aconsejó que viera al señor alcalde, á lo que no se atrevió. El alcalde le había dado cincuenta francos, porque era bueno y la despedía, porque era justo. Sometióse pues á este mandato.
IX
Triunfo de la señora Victurnien
La viuda del fraile fué útil para algo.
Por otra parte, el señor Magdalena no sabía un palabra de todo aquello. Tales son las combinaciones de sucesos de que está llena la vida. El señor Magdalena tenía la costumbre de no entrar casi nunca en el taller de mujeres.
Había colocado á la cabeza de dicho taller una vieja solterona que le habían recomendado, y tenía toda su confianza en esta mujer, persona verdaderamente respetable, firme, equitativa é íntegra, poseída del espíritu de caridad, que consiste en dar, pero sin sentir en el mismo grado el alma de la caridad que vive de la comprensión y que perdona. El señor Magdalena descansaba en ella. Los mejores hombres se ven obligados frecuentemente á delegar su autoridad. Así, pues, dentro de sus plenos poderes y en la convicción de que obraba bien, la celadora del taller instruyó el proceso, juzgó, condenó, y ejecutó á Fantina.
En cuanto á los cincuenta francos, ella los había dado sacándolos de una cantidad que el señor Magdalena le había confiado para limosnas y socorros de obreras, de la que no daba cuenta.
Fantina se ofreció á servir de criada, y al efecto fué de puerta en puerta buscando colocación. Nadie aceptó sus servicios. No había podido dejar la población. El prendero á quien ella debía sus muebles, ¡qué muebles! le había dicho: «si os marcháis, os haré prender como ladrona». El propietario, al cual adeudaba el alquiler, díjole: «Sois joven y bonita, por lo tanto no ha de faltaros con qué pagar». Partió los cincuenta francos entre el propietario y el prendero; devolvió á éste las tres cuartas partes de su mobiliario, no quedándose más que con lo indispensable, y se encontró sin trabajo, sin oficio, sin más que su cama, y debiendo todavía cerca de cien francos.
Púsose á coser camisas ordinarias para los soldados de la guarnición, ganando doce sueldos al día. Su hija le costaba diez. Entonces fué cuando empezó á no pagar puntualmente á los Thénardier.
Sin embargo, una pobre vieja, que encendía su luz cuando ella volvía por la noche, le enseñó el arte de vivir en la miseria. Después de vivir con poco, viene el vivir con nada: son ello dos cuartos, obscuro el primero, el segundo negro.
Fantina aprendió la manera de pasar sin fuego todo un invierno, como se prescinde del pajarillo que se os comía un sueldo de alpiste cada dos días, cómo se hace de las sayas cobertor y del cobertor sayas, cómo se ahorra la vela, cenando á la luz de la ventana de enfrente. ¿Quién es capaz de acertar todo lo que ciertos seres débiles, que han envejecido en la indigencia y la honradez, saben sacar de un sueldo? Acaba ello por ser una ciencia. Fantina llegó á poseerla, y con ella recobró cierto valor.
En aquella época, decíale ella á una de sus vecinas: «¡Bah! me digo yo: no durmiendo más que cinco horas, y dedicando todas las demás á la costura, podré ganar casi diariamente para pan. Luego cuando se está triste, se come menos. Así es que con los sufrimientos é inquietudes, un poco de pan por una parte, y los disgustos por otra, todo en junto me irá alimentando».
Dentro esta apurada situación, el tener á su hija junto á ella hubiera sido una singular dicha. Llegó á pensar en hacerla venir. Pero, ¿por qué hacerla participar de su desnudez? Luego ¡estaba adeudando á los Thénardier! ¿cómo saldar su cuenta, y luego, el viaje, cómo pagarlo?
La vieja que le había dado, lo que podríamos llamar lecciones de la vida indigente, era una santa mujer llamada Margarita, devota de buena fe, pobre y caritativa para con los pobres, y aún para con los ricos; sabía escribir lo bastante para firmar Margarita, y creía en Dios que es la existencia.
Existen muchas de estas virtudes en lo bajo; un día estarán en lo alto. Esta vida tiene siempre una mañana.
Al principio, Fantina estaba tan avergonzada, que apenas se atrevía á salir.
Cuando estaba en la calle, adivinaba que las gentes se volvían atrás para señalarla con el dedo; todo el mundo se fijaba en ella y nadie la saludaba; el menosprecio acre y frío de los transeuntes penetraba sus carnes, y aún su alma, como el viento norte.
En las poblaciones pequeñas, parece que una desgraciada se encuentre sin abrigo entre el sarcasmo y la curiosidad general. En París, al menos, nadie les conoce, y semejante obscuridad viene á ser un vestido. ¡Oh! ¡cómo hubiera querido ella volver á París! Era imposible.
Fué indispensable acostumbrarse al desprecio, como se había acostumbrado á la miseria. Poco á poco fué ella tomando su partido. Después de dos ó tres meses, llegó á sacudir sus aprensiones y salir á la calle como si nada hubiera pasado. «Todo me es igual», díjose.
Iba pues, y venía, con la cabeza erguida, sonriendo amargamente y sintiendo que iba perdiendo la vergüenza.
La señora Victurnien la miraba pasar algunas veces desde su ventana, advirtiendo la desdicha de «aquella criatura», gracias á ella «colocada donde debía estar», y se felicitaba. Las gentes malas tienen la dicha negra.
El exceso de trabajo fatigaba á Fantina, y la tosecilla seca que tenía iba en aumento. Algunas veces decía á su vecina Margarita: «Tocad, ved mis manos como arden».
No obstante, por la mañana, cuando peinaba con un peine viejo y roto sus hermosos cabellos, que brillaban como la seda floja, gozaba un instante de feliz coquetería.
X
Prosigue el triunfo
Había sido despedida del taller á fines del invierno; se pasó el verano, pero volvió el invierno. Días cortos, menos trabajo. El invierno carece de calor, de luz, de medio día; la tarde va unida á la mañana, niebla y crepúsculo, la ventana parece empañada, no se ve claro. El cielo es un tragaluz. El día entero una cueva. El sol tiene el aspecto de un pobre. ¡El horror impera! El invierno trueca en piedras el agua del cielo y el corazón del hombre. Sus acreedores la acosaban.
Fantina ganaba muy poco. Sus deudas habían crecido. Los Thénardier, mal pagados, le escribían cartas á cada instante, cuyo contenido la desolaba al par que sus portes la arruinaban. Cierto día le escribieron que su pequeña Cosette estaba completamente desnuda con el frío que hacía, que tenía necesidad de una saya de lana, y que era preciso que mandase la madre, para ello, diez francos por lo menos. Al recibir la carta se pasó todo el día estrujándola entre sus manos. Por la noche entró en casa de un barbero que vivía en un extremo de la calle, y se quitó el peine que le sujetaba el pelo. Su admirable cabellera rubia se extendió y cayó hasta las caderas.
—¡Bonito cabello!—exclamó el barbero.
—¿Cuánto me daríais por él?—preguntó Fantina.
—Diez francos.
—Cortadlos.
Compró inmediatamente una saya de punto de lana y se la mandó á los Thénardier.
Esta saya puso furiosos á los Thénardier. Era el dinero lo que ellos querían: Dieron pues la saya á su Eponina. La pobre Alondra continuó tiritando.
Fantina pensaba:—«Mi hija no tiene ya frío. La he vestido con mis cabellos».—Púsose entonces una gorrita redonda, ajustada á su cabeza rapada, con la cual estaba aún graciosa.
Operóse entonces una evolución tenebrosa en el corazón de Fantina.
Cuando vió que no podía peinarse, comenzó á sentir odio á todo cuanto la rodeaba. Había, por largo tiempo, participado de la veneración general hacia el tío Magdalena, á pesar de lo cual á fuerza de repetirse que había sido él quien la había despedido, y que era él la causa de su desgracia, llegó á odiarle á él más que á todos. Cuando pasaba junto á la fábrica á las horas que los obreros acostumbran á estar á la puerta, afectaba reir y cantar.
Una obrera ya vieja, que la observó una vez, mientras cantaba y reía de aquella manera, exclamó:—He aquí una chica que acabará mal.
No tardó la chica en tener un amante; el primero que se le acercó, un hombre á quien no amaba, por despecho, con todo el peso del dolor en el corazón. Fué un miserable, una especie de músico mendicante, un ocioso, un perdido; que la maltrataba, y que la dejó como ella le había tomado, con disgusto.
Ella adoraba á su hija.
Cuanto más descendía, más iban creciendo las sombras á su alrededor, brillando más en el fondo de su alma aquel dulce y tierno ángel de su corazón. Ella decía: «Cuando seré rica, tendré á mi Cosette conmigo»; y se reía. La tos no la dejaba, y sentía dolores en la espalda.
Un día recibió de los Thénardier una carta concebida en los siguientes términos: «Cosette está enferma de una fiebre generalizada en la comarca, llamada fiebre miliar. Son precisos medicamentos caros. Esto nos arruina y no podemos continuar pagándolos. Si no nos mandáis desde luego cuarenta francos, antes de ocho días habrá muerto la niña».
Rompió á reir á grandes carcajadas, y dijo, dirigiéndose á su anciana vecina:
—¡Buena es ésa! ¡cuarenta francos! esto es: dos napoleones de oro. ¿Y de dónde quieren que yo los saque? ¡Qué estúpidas son estas gentes!
Sin embargo, dirigióse á la escalera y junto á una ventana volvió á leer la carta.
Luego bajó precipitadamente la escalera, y siguió corriendo, saltando y riendo siempre.
Alguien que la encontró la dijo:—¿Qué es lo que os pasa que estáis tan alegre?
Ella respondió:—Una barbaridad que acaban de escribirme unos campesinos. Me piden cuarenta francos. ¡Lugareños habían de ser!
Como pasase por la plaza, fijóse en un gran grupo de gente que rodeaba un carruaje de forma caprichosa, sobre el imperial del cual peroraba un hombre vestido de encarnado. Era un titiritero, sacamuelas en ejercicio, que ofrecía al público dentaduras completas, opiatas, polvos y elixires.
Fantina se mezcló al grupo, riéndose como las demás con aquella arenga, la cual participaba de germanía para la canalla y de juerga para la gente corriente.—El sacamuelas fijándose en aquella linda joven, que se reía, exclamó de súbito:—¡Hermosos dientes! á vos, á vos que os estáis riendo, lo digo. Si queréis venderme los dos paletos os doy de cada uno un napoleón de oro.
—¿Qué es eso? ¿qué son los paletos?—preguntó Fantina.
—Paletos,—repuso el sacamuelas,—son los dientes centrales de la mandíbula superior.
—¡Qué horror!—exclamó Fantina.
—¡Dos napoleones de oro!—murmuró una vieja sin diente alguno.—¡He aquí una mujer feliz!
Fantina se marchó corriendo y tapándose las orejas para no oir la voz ronca del titiritero que seguía gritando:—¡Pensadlo bien, hermosa! Dos napoleones de oro no son una bicoca. Si el corazón os lo dicta, id á verme esta tarde á la hostería del Tablado de plata; allí me encontraréis.
Fantina entró de nuevo en su cuarto; estaba furiosa, y contó el caso á su buena vecina Margarita.—¿Comprendéis esto? ¿No es verdad que es un hombre despreciable? ¿Cómo se permite que recorran el país semejantes hombres? ¡Arrancarme los dos dientes! ¡Quedaría horrible! ¡El pelo vuelve á crecer, pero los dientes! ¡Ah, hombre monstruoso! ¡Preferiría arrojarme sobre el empedrado desde un quinto piso y aplastarme el cráneo. Ha dicho que estaría esta tarde en el Tablado de plata.
—¿Y cuánto os ha ofrecido?—preguntó Margarita.
—Dos napoleones de oro.
—¡Caramba! ¡cuarenta francos!
—Sí,—dijo Fantina, son cuarenta francos.
Fantina se quedó meditabunda y se puso á trabajar. Pasado como un cuarto de hora, dejó el trabajo para leer de nuevo la carta de los Thénardier en la escalera.
Y al volver á entrar díjole á Margarita, que trabajaba también junto á ella:
—¿Qué es fiebre miliar? ¿lo sabéis?
—Sí,—respondió la anciana,—una enfermedad.
—¿Y son necesarios muchos remedios?
—¡Oh! remedios terribles.
—¿Y se adquiere fácilmente?
—Nos coge á lo mejor.
—¿También á las criaturas?
—Á las criaturas sobre todo.
—¿Y mueren muchos?
—¡Muchísimos!—dijo Margarita.
Fantina volvió á salir á la escalera para leer nuevamente la carta.
Por la tarde bajó y se la vió dirigirse hacia la parte de la calle de París, donde están las posadas.
Al día siguiente, por la mañana, como entrase Margarita en el cuarto de Fantina antes de amanecer, pues trabajaban siempre juntas, y de esta manera no tenían que encender más que una luz para las dos, encontró á Fantina pálida y helada sentada sobre la cama. No se había acostado. Su gorra se le había caído sobre las rodillas. La vela había ardido toda la noche, y estaba casi consumida por completo.
Margarita se paró en el umbral, petrificada por aquel enorme desorden, y exclamó:
—¡Señor, Dios mío! ¡Se ha consumido toda la vela! ¿Qué es lo que sucede?
Luego contempló á Fantina que volvió hacia ella su cabeza rapada.
Fantina durante aquella noche había envejecido diez años.
—¡Jesús!—dijo Margarita;—¿qué os pasa Fantina?
—Nada,—contestó Fantina.—Al contrario. Mi hija no morirá ya de la terrible enfermedad por falta de socorros. ¡Estoy contenta!
Al hablar así, enseñaba á la vieja dos napoleones de oro que brillaban sobre la mesa.
—¡Ah! ¡Jesús, Dios mío!—dijo Margarita.—¿Pero eso es una fortuna? ¿de dónde habéis sacado estos luises de oro?
—Los he ganado,—contestó Fantina.
Al mismo tiempo sonrió tristemente. La vela alumbraba su cara. La sonrisa de Fantina manaba sangre. Una saliva sonrosada señalaba los bordes de sus labios, y veíase en la boca un agujero negro.
Los dos dientes se habían arrancado.
Mandó, pues, los cuarenta francos á Montfermeil.
Por lo demás, la consabida carta no había sido más que una trampa de los Thénardier para coger dinero. Cosette no estaba enferma.
Fantina tiró su espejo por la ventana. Desde mucho tiempo había dejado su cuartito del segundo piso, por un tabuco cerrado con un pestillo en la guardilla; una de estas habitaciones en que el techo forma ángulo con el suelo y en que á cada instante se topa de cabeza. El pobre no puede penetrar en el fondo de su habitación, como en el fondo de su destino, sino doblegándose muchísimo. Fantina no tenía ya cama, le quedaba sólo un pingajo, al que llamaba su cobertor, un mal colchón sobre el suelo y una silla rota. Un pequeño rosal que tenía se le había secado, olvidado en un rincón. En el otro lado había un bote que había sido de manteca, el cual servía para poner el agua que se helaba en invierno y en la cual se iban marcando los diferentes niveles del líquido, por círculos de hielo. Había perdido el pudor, luego perdió también la coquetería. Última señal de decadencia. Salía con gorras sucias á la calle. Fuése por falta de tiempo ó por indiferencia, no repasaba siquiera sus vestidos. Á medida que los talones se rompían iba metiendo las medias en los zapatos. Esto se descubría por algunos pliegues perpendiculares. Remendaba su corpiño viejo y usado, con pedazos de percal que se rompían al menor movimiento. Las gentes á quienes debía, le armaban «escándalos», sin dejarle el menor reposo. Se encontraba con ellas en la calle como en las escaleras. Pasábase las noches pensando y llorando. Tenía los ojos muy brillantes, y sentía un dolor fijo en la espalda debajo del omóplato izquierdo. Tosía mucho. Odiaba profundamente al tío Magdalena y nunca se quejaba. Cosía diez y siete horas diarias; pero un contratista del trabajo de las cárceles, que hacía trabajar con rebaja á las presas, causó de súbito una baja en los precios, con lo cual se limitó aún más el miserable jornal de las obreras libres: á nueve sueldos ¡Diez y siete horas de trabajo y nueve sueldos diarios! Sus acreedores se mostraban entonces implacables como nunca. El prendero que había recobrado casi todos sus muebles, le decía continuamente: ¿Cuándo me pagarás, pícara? ¡Qué más querían de ella, Dios bueno! Encontrábase acorralada, é íbase desarrollando en ella algo de fiera. También entonces Thénardier le escribió que decididamente había esperado ya mucho tiempo con demasiada bondad, y que necesitaba cien francos enseguida, y que si no, pondría á la pequeña Cosette en la calle, á pesar de estar convaleciente de aquella grave enfermedad, con el frío y por los caminos á que fuése de ella lo que fuere, aunque reventase, si así lo quería.
—Cien francos,—pensó Fantina.—¿Pero dónde encontrar trabajo con el cual ganar cien sueldos diarios?
—¡Andando!—exclamó,—vendamos el resto.
Y la desventurada se hizo mujer pública.
XI
Christus nos liberavit
¿Qué significa la historia de Fantina? La sociedad comprando una esclava.
¿Á quién? Á la miseria.
Al hambre, al frío, al aislamiento, al abandono, á la desnudez. Venta dolorosa. Una alma por un pedazo de pan. La miseria ofrece, la sociedad acepta.
La santa ley de Jesucristo gobierna nuestra civilización, pero no la penetra aún; dícese que la esclavitud ha desaparecido de la civilización europea. Es un error. Existe todavía; pero ya no pesa más que sobre la mujer, y se llama prostitución.
Pesa sobre la mujer, es decir, sobre la gracia, sobre la debilidad, sobre la belleza, sobre la maternidad. ¡No es ello una de las menores ignominias del hombre!
Al punto de este doloroso drama al cual hemos llegado, nada le quedaba á Fantina de lo que en otro tiempo había sido. Se había convertido toda en mármol al lanzarse al lodo. Quién la toca se estremece de frío. Para ella, os sufre é ignora quién sois; es la imagen deshonrada y severa. La vida y el orden social le han dicho su última palabra. Le ha pasado cuanto podía pasarle. Todo lo ha sentido, todo lo ha sobrellevado, todo lo ha sufrido, todo lo ha experimentado, todo lo ha perdido y lo ha llorado todo. Está resignada con aquella resignación que se parece á la indiferencia, como la muerte se parece al sueño. No teme ni evita nada. Nada cree tampoco. ¡Caiga sobre ella toda la nube y pase sobre ella todo el océano! ¡Qué le importa! Es ya una esponja empapada en todas sus amarguras.