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Los miserables - Tomo 1 (de 2) cover

Los miserables - Tomo 1 (de 2)

Chapter 8: LIBRO SEXTO JAVERT
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About This Book

La narrativa sigue a un hombre liberado de una larga pena que intenta rehacer su vida, proteger a una niña vulnerable y expiar errores pasados, mientras un funcionario inflexible persigue el orden jurídico. Entre entrelazadas historias de sacrificio, desesperación y pequeñas bondades, se exponen la explotación, la miseria urbana y la hipocresía social. El texto alterna episodios dramáticos con amplias digresiones históricas y filosóficas sobre justicia, misericordia y redención, mostrando cómo actos individuales y estructuras sociales afectan destinos personales.

LIBRO SEXTO
JAVERT

I
Principio del reposo

El señor Magdalena hizo llevar á Fantina á la enfermería de su propia casa. Confiola á las hermanas, que la metieron en cama. Le había sobrevenido una gran calentura. Pasó una parte de la noche delirando y hablando en alta voz. No obstante, acabó por conciliar el sueño.

Al día siguiente, á eso del medio día, despertó. Parecióle oir alguien que respiraba junto á su lecho. Separó la cortina y vió al señor Magdalena como mirando algo por encima de su cabeza. Aquella mirada estaba impregnada de piedad, de angustia y de súplica. Siguió ella la dirección de su mirada, y vió que se dirigía á un crucifijo pendiente de la pared.

El señor Magdalena se había transfigurado á los ojos de Fantina. Le pareció verle envuelto en luz. Estaba absorto sin duda en alguna oración. Contemplóle un buen espacio sin atreverse á interrumpirle. Por último, le dijo tímidamente:

—¿Qué hacéis?

El señor Magdalena estaba allí hacía una hora. Esperaba que Fantina despertase. Tomóle la mano, observóle el pulso, y contestó:

—¿Cómo estáis?

—Bien, he dormido,—dijo ella,—creo que estoy mejor. Esto no será nada.

Y él repuso, como respondiendo á la primera pregunta que ella le había dirigido, como si la acabase de oir entonces:

—Estaba rogando al mártir que está en lo alto.

Añadiendo interiormente:—Por la mártir que está aquí abajo.

El señor Magdalena había pasado la noche y la mañana informándose. Ya lo sabía todo. Conociendo ya con todos sus detalles la historia de Fantina, continuó:

—Habéis sufrido mucho, pobre madre. ¡Ah, no os quejéis, habéis ganado el dote de los elegidos! Así es como los hombres hacen ángeles. La falta no es suya, puesto que no saben hacerlo de otro modo. Mirad, este infierno del que acabáis de salir, es la faz primera del cielo. Es preciso empezar por ahí.

Él suspiró profundamente. Ella al mismo tiempo sonrió, con aquella sonrisa sublime á la que le faltaban dos dientes.

Javert, durante aquella noche misma, había escrito una carta. Púsola, á la mañana siguiente, por sí mismo al correo de M* sur M*. Iba dirigida á París, con este sobrescrito: Al señor Chabouillet, secretario del señor prefecto de policía. Como el sucedido del cuerpo de guardia había recorrido la población, la directora de la estafeta y algunas otras personas que vieron la carta antes de salir y que conocieron la letra de Javert en la dirección, creyeron que iba en ella la dimisión de su cargo.

El señor Magdalena se apresuró á escribir á los Thénardier. Fantina les debía ciento veinte francos. Él les mandó trescientos, diciéndoles que se cobrasen de aquella cantidad y que mandasen enseguida la niña á M* sur M*, donde su madre enferma la reclamaba.

Esto deslumbró á Thénardier.

—¡Diablo!—dijo él á su mujer, no debemos soltar la chiquilla. ¡Cuidado que esta alondra nos va á producir lo que una vaca de leche! ¡Ya sé yo lo que es ello! Algún infeliz que se habrá enamorado de la madre.

Contestó mandando una cuenta de quinientos francos muy bien hecha. En esta cuenta figuraban por más de trescientos francos dos documentos incontestables; una cuenta del médico y otra del boticario, los cuales habían asistido y medicado, durante dos largas enfermedades, á Eponina y Azelma. Cosette, ya lo hemos dicho, no había estado enferma. Todo se redujo á una simple sustitución de nombres. Thénardier escribió al pie de la cuenta:

Recibido á cuenta trescientos francos.

El señor Magdalena mandó inmediatamente trescientos francos más y escribió. «Mandad cuanto antes á Cosette».

—¡Cristo!—exclamó Thénardier,—no hay que soltar la niña.

Entretanto Fantina continuaba, sin restablecerse, en la enfermería.

Las hermanas, por de pronto, no habían recibido ni cuidado á aquella «chica» sino con repugnancia. Quien haya visto los bajos-relieves de Reims, recordará la expresión del labio inferior de las vírgenes prudentes contemplando las vírgenes locas. Aquel antiguo menosprecio de las vestales por las ebubeyas, es uno de los más profundos instintos de la dignidad femenina, las hermanas lo sentían también, con el aumento que agregaba al mismo la religión. Pero, á los pocos días, Fantina las había desarmado. Empleaba solamente palabras tan tiernas y humildes, que la madre que en ellas se manifestaba, enternecía. Un día, las hermanas la oyeron decir al través de la fiebre.

—He sido una pecadora, pero cuando tenga á mi hija junto á mí, querrá ello decir que Dios me ha perdonado. Mientras he sido mala, no he deseado jamás tener á Cosette á mi lado, pues no hubiera podido soportar su triste admiración. Y era sin embargo, por ella por quien yo hacía el mal, lo cual hace sin duda que Dios me perdone. Sentiré las bendiciones del cielo cuando esté aquí Cosette. Yo la contemplaré, encontrando en su inocencia mi consuelo. Ella no sabe nada. Es un ángel, ya veis, hermanas mías. Á su edad no se han perdido las alas todavía.

El señor Magdalena la visitaba dos veces cada día, y ella le preguntaba siempre:

—¿Veré pronto á Cosette?

Y él contestaba:

—Puede que mañana por la mañana. Llegará de un momento á otro; la estoy esperando.

Y el pálido semblante de la madre, irradiaba.

—¡Oh!—exclamaba,—¡qué feliz voy á ser!

Hemos dicho ya que Fantina no se restablecía. Al contrario, su estado parecía agravarse semanalmente. Aquel puñado de nieve aplicada al centro de los dos omóplatos, había determinado una supresión súbita de la traspiración, gracias á lo cual, la enfermedad que venía incubando hacía algunos años, acabó por manifestarse violentamente. Empezábanse entonces á seguir para el estudio y tratamiento de las enfermedades del pecho, las acertadas indicaciones de Laënnec. El médico auscultó á Fantina, y movió tristemente la cabeza.

El señor Magdalena preguntó al médico:

—¿Y bien, doctor, cómo sigue?

—¿No tiene una hija á quien desea ver?—dijo el médico.

—Sí.

—Pues bien, haced que venga luego.

El señor Magdalena se estremeció.

Preguntóle Fantina:

—¿Qué ha dicho el médico?

El señor Magdalena se esforzó en sonreir.

—Ha dicho que hiciera venir pronto á vuestra hija. Que esto os volvería la salud.

—¡Oh!—dijo ella,—¡tiene razón! pero, ¿qué hacen estos Thénardier, que no mandan á mi Cosette? ¡Oh! va á venir. ¡Por fin, veré la felicidad á mi lado!

Thénardier, sin embargo, no soltaba la niña, buscando para ello mil pretextos. Que Cosette estaba delicada para ponerse en camino en invierno. Después, que quedaban algunas pequeñas deudas cuyas cuentas iba reuniendo, etc., etc.

—¡Mandaré á cualquiera á buscar á Cosette!—dijo el señor Magdalena, y si es preciso iré yo mismo.

Entonces escribió, dictadas por Fantina, las siguientes líneas que le hizo firmar.

«Señor Thénardier,

«Entregad á Cosette al portador.
Os serán pagados todos los picos.
Tengo el honor de saludaros respetuosamente.


«

Fantina».

Estando en eso, sobrevino un incidente grave. En vano pretendemos cortar y pulimentar el misterioso bloque de nuestra existencia; la negra vena del destino reaparece siempre.

II
De cómo Juan puede llegar á ser champ

Cierta mañana, en que estaba el señor Magdalena en su gabinete ocupado en despachar con tiempo algunos asuntos perentorios de la alcaldía para el caso de que se decidiese á hacer el viaje á Montfermeil, pasáronle aviso de que el inspector de policía, Javert, deseaba hablarle. Al oir pronunciar este nombre, no pudo evitar Magdalena una desagradable impresión. Desde la aventura de la oficina de policía, Javert le había excusado más que nunca, y Magdalena no le había vuelto á ver.

—Hacedle entrar,—dijo.

Javert entró.

Magdalena continuó sentado junto á la chimenea con la pluma en la mano y la mirada fija en un cuaderno que estaba hojeando y anotando, el cual contenía las actas de algunos procesos verbales de distintas contravenciones de policía urbana. Prosiguió, no obstante, en su tarea, sin fijarse en Javert. No podía dejar de preocuparse por la pobre Fantina, y le pareció conveniente mostrarse glacial.

Javert saludó respetuosamente al señor alcalde que estaba de espaldas, y quien, sin volver la cabeza, continuó anotando.

Javert, dió dos ó tres pasos hacia dentro, parándóse luego sin romper el silencio.

Un fisonomista que hubiese estado familiarizado con el modo de ser de Javert, que hubiese estudiado, por algún tiempo, á aquel salvaje puesto al servicio de la civilización, aquel compuesto singular de romano y espartano, de fraile y de cabo de escuadra, aquel espía incapaz de mentir, aquel moscardón virgen; un fisonomista enterado de su secreta y antigua aversión al señor Magdalena, de su disgusto con el alcalde por lo de Fantina, y que hubiese observado á Javert en aquel momento, se hubiera dicho: ¿Qué habrá pasado? Hubiérale sido evidente porque habría conocido aquella conciencia recta, clara, sincera, proba, austera y feroz, que Javert acababa de ser víctima de algún grave é íntimo suceso. Javert no sentía nada en el alma que no se revelase en su semblante. Estaba, como todos los caracteres violentos, sujeto á variaciones bruscas. Jamás había estado su fisonomía tan extrañamente demudada y tan incomprensible. Al entrar, se había inclinado delante del alcalde dirigiéndole una mirada en la que no había rencor, ni odio, ni cólera, ni desconfianza; se había detenido á algunos pasos detrás del sillón, quedándose firme, de pie, en actitud casi militar, con la rudeza sencilla y fría del hombre que desconoce la dulzura y que es de ordinario un seríais pasivo, esperando, sin decir una palabra, sin hacer un gesto, con verdadera humildad y en la más tranquila resignación, á que el señor alcalde se volviese; sereno y grave, con el sombrero en la mano, bajos los ojos, con una expresión que participaba por igual de la del soldado delante de su oficial y de la del reo delante del juez. Todos los sentimientos, como todos los recuerdos que se le pudiesen suponer, habían desaparecido. Nada se veía en su semblante impenetrable y duro como el granito, más que una tristeza melancólica. Todo en su persona respiraba firmeza y humildad, y como cierto abatimiento valeroso.

Por fin, dejó su pluma el señor alcalde, y se medio volvió:

—¡Y bien! ¿qué hay? ¿qué es ello, Javert?

Javert permaneció un instante silencioso aún, como recogiéndose en sí mismo, luego levantó la voz con cierta triste solemnidad, de la que no excluyó la sencillez, diciendo:

—Hay, señor alcalde, que se ha cometido un hecho penable.

—¿Qué hecho?

—Un agente inferior de la autoridad ha faltado al respeto debido á un magistrado, de un modo gravísimo. Yo vengo en cumplimiento de mi deber á daros conocimiento del hecho.

—¿Quién es ese agente?—preguntó el señor Magdalena.

—Yo,—dijo Javert.

—¿Vos?

—Yo.

—¿Y quién es el magistrado ofendido por el agente?

—Vos, señor alcalde.

Magdalena se incorporó en su sillón, Javert prosiguió, con aire severo y los ojos bajos:

—Señor alcalde, vengo á pediros que os sirváis proponer á la autoridad mi destitución.

Magdalena, estupefacto, abrió la boca, Javert le interrumpió.

—Vos diréis tal vez, que yo hubiera podido presentar mi dimisión, pero esto no era bastante. Presentar la dimisión es honroso, pero yo he faltado y debo ser castigado. Es forzoso que se me destituya.

Y, después de una pausa añadió:

—Señor alcalde: estuvisteis el otro día muy severo conmigo, injustamente. Sedlo hoy con justicia.

—¿Y eso á qué?—exclamó Magdalena.—¿Qué galimatías es éste? ¿qué es lo que queréis decir? ¿dónde está este acto culpable cometido por vos contra mí? ¿Qué me habéis hecho? ¿en qué me habéis faltado? ¿Os acusáis para ser reemplazado?...

—Separado,—dijo Javert.

—Separado, sea si es preciso, pero no lo entiendo.

—Ya lo comprenderéis, señor alcalde.

Javert suspiró profundamente y repuso, siempre fría y tristemente:

—Señor alcalde, hace seis semanas, luego de la escena que tuvo lugar por aquella chica, que, estando yo furioso, os denuncié.

—¿Me denunciásteis?

—Á la prefectura de policía de París.

El señor Magdalena, que no se reía mucho más que Javert, sonrió.

—¿Como alcalde que se antepone á la policía?

—Como antiguo presidiario.

El alcalde palideció.

Javert, que no había levantado los ojos, continuó:

—Yo lo creía así. Estuve mucho tiempo con esta idea. Una gran semejanza, las indagaciones que habéis hecho practicar en Faverolles, vuestra fuerza muscular, la aventura del viejo Fauchelevent, vuestra puntería, vuestra pierna un poca coja y, ¿qué sé yo qué más? ¡Barbaridades! en fin, que os tomé por un tal Juan Valjean.

—¿Un tal?... ¿Cómo habéis dicho?

—Juan Valjean. Un presidiario á quien conocí hace veinte años, cuando era yo ayudante de guarda chusma en Tolón. Al salir del penal, ese Juan Valjean, á lo que parece, robó en casa de un obispo, y luego cometió otro robo á mano armada y en un camino público contra un niño saboyano. Ha estado oculto, no sé cómo, unos ocho años, y eso que se le andaba buscando. Yo llegué á figurarme... En fin, ¡que me atreví á ello! La cólera me hizo decidir, y os denuncié á la prefectura.

El señor Magdalena, que había vuelto á hojear el cuaderno, hacía un momento, repuso con acento de perfecta indiferencia.

—¿Y qué se os ha contestado?

—Que estaba loco.

—¿Y bien?

—¡Que bien pueden tener razón!

—¡Bueno es que lo reconozcáis!

—Es preciso, puesto que el verdadero Juan Valjean ha reaparecido.

Cayósele de las manos al señor Magdalena el papel que tenía en ellas, levantó la cabeza, miró fijamente á Javert, y dijo con acento inexplicable:

—¡Ah!

Javert continuó:

—He aquí lo que ha pasado, señor alcalde. Parece que existía en este país, hacia la parte de Ailly-le-Haut-Clocher, una especie de buen hombre á quien llamaban el tío Champmathieu. Era el tal un miserable. Nadie se había fijado en él. Esta clase de gente ignora todo el mundo como viven. Últimamente, durante el otoño, el tío Champmathieu, estuvo preso por un robo de manzanas, cometido en... En fin, el punto es lo de menos; es el caso que hubo robo, escalamiento y algunas ramas de árbol desgajadas. Se detuvo á Champmathieu, teniendo todavía una rama de manzanas en la mano. Metiósele en la cárcel. Hasta aquí no pasaba de ser ello una ligera falta correccional. Mas ahora ved lo que hay en el caso de providencial. Estando la cárcel medio arruinada, el señor juez de instrucción dispuso que fuése trasladado Champmathieu á la cárcel departamental de Arras. En dicha, cárcel, se hallaba á la sazón, un antiguo presidiario llamado Brevet, que estaba preso por yo no sé qué y que hacía de calabocero por su buen comportamiento. Señor alcalde, en cuanto llegó allí Champmathieu, aún antes de entrar, exclamó enseguida Brevet:

—¡Diantre! yo conozco este hombre. Es un Fagot[4].—¡Miradme bien, buen hombre! ¡Vos sois Juan Valjean!

—¡Juan Valjean! ¿qué Juan Valjean?

Champmathieu se hacía el admirado.

No te hagas el desentendido,—dijo Brevet:—eres Juan Valjean y has estado en el penal de Tolón. Hace veinte años. Estábamos juntos.

Champmathieu negaba. ¡Está claro! ¿Comprendéis el porqué? Se profundiza, se indaga. Y así se hizo, hasta que se sacó en limpio lo siguiente: Que Champmathieu, hace unos treinta años, era jornalero podador en la comarca, habiendo trabajado en varios puntos, y particularmente en Faverolles. Aquí se perdió el rastro. Algún tiempo después se le vió nuevamente en Auvernia, luego en París, donde según dijo, fué carretero y tuvo una hija lavandera, y aunque esto no está probado, resulta que por fin se vino por acá. Ahora, pues, antes de ir á presidio por robo comprobado, ¿qué era Juan Valjean? Podador. ¿Dónde? En Faverolles. Otro hecho. El Valjean se llamaba por nombre de pila Juan, y su madre se apellidaba Mathieu.

¿Qué puede haber de más natural que al salir del presidio tomara para ocultarse el apellido de su madre y se hiciese llamar desde entonces Juan Mathieu? Pasa luego á Auvernia, donde el acento del país cambia el Juan (Jean) en chan, y se le llama Chan-Mathieu. Acepta nuestro hombre este cambio y catadlo transformado en Champmathieu. Vais comprendiendo, ¿verdad? Se practica una información en Faverolles. Nada se sabe de la familia de Juan Valjean. Vos no ignoráis que las familias de esta clase de gente se desvanecen con la mayor facilidad. Se las busca á lo mejor, y nada se encuentra. Estas gentes, cuando no son lodo son polvo. Además como el principio de esta historia data de treinta años, no hay nadie en Faverolles que haya conocido á Juan Valjean. Se piden informes á Tolón. Á más de Brevet, no hay más que dos presidiarios que hayan conocido á Juan Valjean. Estos son dos condenados á cadena perpetua, llamados Cochepaille y Chenildieu. Se les saca del penal y se les hace venir. Se les carea con el pretendido Champmathieu. Ninguno de los dos vacila. Para ellos, lo mismo que para Brevet, es este Juan Valjean. La misma edad, cincuenta y cuatro años, la misma estatura, el mismo aire, en fin, el mismo hombre. En este tiempo precisamente mandé yo mi denuncia á la prefectura de París. Allí se me contestó que yo había perdido el tino y que Juan Valjean se encuentra en Arras y en poder de la justicia. ¡Comprended si esto había de asombrarme, á mí, que creía tener aquí al mismo Juan Valjean! Escribí luego al señor Juez de instrucción, quien me mandó llamar, y me presentó á Champmathieu...

—¿Y qué?—interrumpió el señor Magdalena.

Javert contestó con cara imperturbable y triste:

—Señor alcalde, la verdad es la verdad. Y aún que sea á pesar mío, confieso que aquel hombre es Juan Valjean. Yo mismo le reconocí.

El señor Magdalena le preguntó en voz baja:

—¿Estáis seguro?

Javert sonrió de la manera dolorosa con que se acostumbraba á expresar una profunda convicción.

—¡Oh! ¡seguro!

Estuvo unos momentos pensativo, tomando y soltando maquinalmente, con las puntas de los dedos, polvos de serrín de los que había en la salvadera de sobre la mesa, y añadió luego:

—Y ahora, después de haber visto al verdadero Juan Valjean, no acierto á explicarme cómo pude creer otra cosa. Pídoos, por lo tanto, perdón, señor alcalde.

Al dirigir esta frase suplicante y grave, al mismo á quien hacía seis semanas, le había humillado en pleno cuerpo de guardia diciéndole: «¡Salid!». Javert, el hombre altivo, se manifestaba á la sazón lleno de sencilla dignidad.

El señor Magdalena no contestó á la súplica mas que con esta pregunta seca:

—Y, ¿qué dice este hombre?

—Cáspita, señor alcalde, mal negocio es éste para él. Si es Juan Valjean hay reincidencia. Saltar un muro, romper una rama, y tomar unas manzanas, esto, para un muchacho, es una falta correccional; para un hombre sería ya delito, y para un presidiario resulta un crimen. Escalamiento y robo, nada le falta. No es, pues, para el caso de policía correccional, sino competencia del tribunal en lo penal. Y no será ello cosa de una temporada de cárcel, sino presidio de por la vida. Y luego existe también el robo del niño saboyano que también ha de salir. ¡Diantre! Ya le dará que hacer, diréis, ¿no es verdad? Sí, á otro que no fuera Juan Valjean. Pero Juan Valjean es muy listo. También en esto yo le reconozco. Otro sentiría ya el calor; se movería, gritaría, como grita el puchero puesto al fuego; no querría ser de ninguna manera Juan Valjean, etc. Pero él presentándose como si nada comprendiera, dice: «¡Yo soy Champmathieu, yo no puedo decir más!». Parece admirado, ó embrutecido, por decirlo mejor. ¡Oh, el papel está bien estudiado! pero no importa, las pruebas existen. Le han reconocido cuatro personas, y el pícaro viejo será condenado. Ha sido trasladado á la audiencia de Arras. Debo ir allá como testigo. Estoy ya citado para ello.

El señor Magdalena se había vuelto otra vez hacia la mesa, tomando de nuevo su legajo, y lo hojeaba tranquilamente, leyendo y escribiendo á la vez como hombre atareado. Volviéndose después á Javert, dijo:

—Basta, Javert. Al fin y á la postre, nada me importan estos detalles. Estamos perdiendo el tiempo, y hay mucho que hacer y que despachar con urgencia. Javert, debéis ir inmediatamente á casa de la tía Buseaupied, que vende hierbas allá en la esquina de la calle Saint-Saulve. Decidle que presente su queja contra el carretero Pedro Chesnelong. Es éste un hombre brutal, que por poco aplasta á esta mujer y á su hijo. Es forzoso que sea castigado. Vais luego á casa de Carcellay, calle de Montre de Champigny, quien se queja de que una gotera de la casa del lado que vierte en la suya el agua de lluvia, perjudica los cimientos de su propiedad. Después os enteraréis de las faltas de policía denunciadas en la calle de Guiborg, en la casa de la viuda Doris, y en la calle de Garraud Blanc, en casa de la señora Renata le Bossé, é instruiréis proceso verbal. Pero os estoy dando mucho que hacer. ¿No vais á marcharos? ¿No me habéis dicho que debíais pasar á Arras para este negocio dentro ocho ó diez días?

—Mucho antes, señor alcalde.

—¿Qué día entonces?

—Creo haber dicho al señor alcalde que la causa se veía mañana, y que yo salgo en la diligencia de esta noche.

Magdalena hizo un movimiento imperceptible.

—¿Y cuánto ha de durar esta vista?

—Á lo más, un día. La sentencia se pronunciará, á más tardar, mañana por la noche. Pero yo no esperaré el fallo, que no puede faltar; después de prestada mi declaración, volveré.

—Está bien,—dijo Magdalena.

Y entonces despidió á Javert alargando la mano.

Javert no se movió.

—Perdonad, señor alcalde,—dijo.

—¿Hay más?—preguntó Magdalena.

—Señor alcalde, me falta recordaros una cosa.

—¿Cuál?

—Que debo ser destituido.

El señor Magdalena se levantó.

—Javert, sois un hombre honrado y os aprecio. Habéis exagerado vuestra falta. Siendo además ella una ofensa que me concierne á mí únicamente. Javert, sois digno de ascender más que de bajar. Creo que debéis conservar vuestro puesto.

Javert fijó su mirada cándida en el señor Magdalena, en el fondo de la cual parecía vislumbrarse aquella conciencia no bien despejada, pero rígida y pura, diciendo con acento tranquilo:

—Señor alcalde no puedo concederos lo que decís.

—Y yo os repito,—replicó Magdalena,—que es ello de mi incumbencia.

Pero Javert, fijo en su única idea, continuó:

—En cuanto á exagerar, no exagero jamás. Ved cómo razono. He sospechado de vos injustamente. Esto no significa nada. Estamos en nuestro derecho sospechando de quien quiera que sea, aún cuando haya abuso en la sospecha de un superior nuestro. ¡Pero sin pruebas, cediendo á un exceso de cólera, deseando vengarme, os denuncié como presidiario, á vos, á un hombre respetable, á un alcalde, á un magistrado! lo cual no es solamente grave, sino gravísimo. He ofendido en vuestra persona á la autoridad, yo agente de ella! Si cualquiera de mis subordinados hubiese hecho lo que he hecho yo, le hubiera declarado indigno del servicio, y le hubiera destituido. ¡Pues bien! Atended, señor alcalde, una palabra. Yo generalmente he sido severo. Con los demás, he sido justo. He obrado bien. Pero ahora, si no fuése severo conmigo, todo lo que yo he hecho en justicia, resultaría injusto. ¿Debo yo ser distinto de los demás? ¡De ninguna manera! ¡Porque no hubiera sido bueno sino para castigar á los otros, y no á mí! ¡y sería yo, por lo tanto, un miserable y cuantos me llamasen: ¡el bribón de Javert! tendrían razón. Señor alcalde, no deseo de ninguna manera que me tratéis con benevolencia; vuestra benevolencia me ha requemado la sangre cuando ha favorecido á los demás, y no puedo quererla para mí. La bondad que consiste en dar la razón á la mujer pública contra el propietario, al agente de policía contra el alcalde, á cualquier inferior contra el superior, á ésta le llamo yo mala voluntad. Con semejantes bondades se desorganiza la sociedad. ¡Dios mío! Es muy fácil ser bueno; la dificultad está en ser justo. ¡Vedlo sino! Si vos hubiérais sido lo que yo creía, no hubiera yo sido bueno para vos. ¡Ya lo hubiérais visto! Señor alcalde, yo debo tratarme como trataría á cualquier otro. Cuando yo reprendía á los malhechores, cuando castigaba á los perdidos, me decía muchas veces á mí mismo: Si delinques, si caes en falta alguna vez, puedes estar tranquilo! ¡He tropezado, he caído en falta, tanto peor! Estoy por lo tanto perdido, echado, destituido; es lo equitativo. Conforme. Tengo brazos, trabajaré en la tierra; me es igual. Señor alcalde, el buen servicio exige un ejemplo. Pido sencillamente la destitución del inspector Javert.

Todo lo dicho, era pronunciado con acento humilde, valeroso, desesperado y convencido, lo cual daba cierta grandeza particular á aquel extraño y honrado personaje.

—Veremos,—dijo el señor Magdalena. Y le tendió la mano.

Javert retrocedió, y dijo en tono casi salvaje:

—Perdonad, señor alcalde, pero esto no puede ser. Un alcalde no le da la mano á un esbirro.

Y añadió entre dientes:

—Esbirro, sí; desde el momento en que he abusado de la policía, no soy más que un esbirro.

Después saludó profundamente, y se dirigió á la puerta.

Luego volviendo sobre sus pasos y siempre con los ojos bajos:

—Señor alcalde,—dijo:—continuaré en mi puesto hasta que se me reemplace.

Salió Javert, y el señor Magdalena quedó admirado y pensativo, escuchando aquel andar firme y seguro que se perdía sobre el pavimento del corredor.