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Los miserables - Tomo 2 (de 2) cover

Los miserables - Tomo 2 (de 2)

Chapter 10: LIBRO SÉPTIMO LA GERMANÍA
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LIBRO SÉPTIMO
LA GERMANÍA

I
Origen

Pigritia es una palabra terrible.

Engendra un mundo; el piger, léase el robo; y un infierno, la pigraria ó sea el hambre.

Así es que la pereza es madre.

Tiene un hijo, el robo, y una hija, el hambre.

¿Adónde estamos en este momento? En la germanía.

¿Y qué es la germanía? Es á un tiempo nación é idioma; es el robo bajo sus dos especies: pueblo y lengua.

Cuando, hace treinta y cuatro años, el narrador de esta grave y sombría historia, introducía en un libro escrito con el mismo objeto que éste[4] á un ladrón hablando en germanía, produjo esto asombro y clamoreo.

—¡Qué, qué es eso! ¡Germanía! ¡Pero la germanía es atroz! ¡Es la jerigonza de la chusma, del presidio, de la cárcel, de todo lo más abominable de la sociedad! Etc., etc.

Nunca hemos comprendido ese género de objeciones.

Después, dos eminentes novelistas, de los cuales uno es un observador profundo del corazón humano y el otro un amigo intrépido del pueblo; Balzac y Eugenio Sue, hicieron hablar á los bandidos en su lengua natural, como había hecho en 1828 el autor del Último Día de un condenado, y se suscitaron las mismas reclamaciones.

Repitióse como antes: «¿Qué pretenden los escritores con esa jerigonza repugnante? ¡La germanía es odiosa! ¡La germanía hace estremecer!».

¿Quién lo niega? Sin duda alguna.

Cuando se trata de sondar una llaga, un abismo ó una sociedad, ¿ha sido nunca una falta penetrar muy adentro, llegar hasta el fondo?

Siempre habíamos creído que esto era algunas veces un acto de valor, y por lo menos una acción sencilla y útil, digna de la atención simpática que merece el deber aceptado y cumplido.

¿Por qué no se ha de explorar y estudiarlo todo? ¿Por qué detenernos en el camino?

El pararse es efecto de la sonda, y no del que sondea.

En verdad que ir á buscar en el último fondo del orden social, allí donde acaba la tierra y empieza el fango, registrar en esos cenegales, perseguir, coger y arrojar todavía palpitante sobre la superficie, ese idioma abyecto que chorrea cieno así expuesto á la luz, ese vocabulario pustuloso del que cada palabra parece un anillo inmundo de un monstruo de lodo y de tinieblas, no es empresa cómoda ni halagüeña.

Nada tan lúgubre como contemplar así, al desnudo, á la luz del pensamiento, el hormiguero espantoso de la germanía.

Parece, en efecto, como si fuera una especie de animal horrible creado para vivir en la noche, y al que se le arranca de su cloaca. Créese ver una terrible maleza viva y erizada que tiembla, se mueve, se agita, reclamada por la sombra que amenaza y mira.

Tal palabra parece una garra, tal otra un ojo apagado y sangriento: tal frase parece moverse como una tenaza de langosta.

Todo eso vive con esa vitalidad repugnante de las cosas que se han organizado en la desorganización.

Ahora bien; ¿desde cuándo el horror excluye á la ciencia? ¿Desde cuándo la enfermedad rechaza al médico?

¿Qué significaría un naturalista que se negase á estudiar la víbora, el murciélago, el escorpión, la escolopendra, la tarántula, y que las relegase á las tinieblas, diciendo: ¡Qué feos!?

El pensador que no se fijara en la germanía, se asemejaría al cirujano que volviese la cabeza ante una úlcera ó una verruga; sería un filólogo vacilando en examinar un hecho de la lengua; sería un filósofo dudando en escudriñar un hecho de la humanidad. Porque es preciso decirlo á los que lo ignoran: la germanía es á un tiempo mismo un fenómeno literario y una consecuencia social.

¿Qué es la germanía propiamente dicha? Esa jerigonza, ¿qué es?

La germanía es la lengua de la miseria.

Aquí podría interrumpirnos alguno, generalizando el hecho; lo cual algunas veces es una manera de atenuarle. Puede decírsenos que todos los oficios, todas las profesiones, hasta los accidentes todos de la jerarquía social y las formas todas de la inteligencia, tienen su jerigonza:

El comerciante que dice: «Montpellier disponible, Marsella buena calidad».

El agente de Bolsa que dice: «Trasferencia, prima, fin de mes...».

El jugador que dice: «Tercera de triunfo, fallo á espadas...».

El escribano de diligencia en las islas normandas que dice: «El feudatario deteniéndose en su feudo no puede reclamar los frutos de este feudo durante el embargo herencial de los inmuebles del renunciador...».

El autor dramático que dice: «Soltaron el oso...»[5].

El cómico que dice: «Arrebaté».

El filósofo que dice: «Triplicidad fenomenal...».

El cazador que dice: «Está escamada, huye la pista...».

El frenólogo que dice: «Amatividad, combatividad, secretividad...».

El soldado de infantería que dice: «Mi corneta...».

El jinete que dice: «Mi montura...».

El maestro de esgrima que dice: «Tercera, cuarta, á fondo...».

El impresor que dice: «Sacar pliego...».

Todos: impresor, maestro de esgrima, jinete, soldado, frenólogo, cazador, filósofo, cómico, autor dramático, escribano, jugador, agente de Bolsa y comerciante, hablan en germanía.

El pintor que dice: «Mi granuja...».

El notario que dice: «Mi salta arroyos...».

El barbero que dice: «Mi pescadilla...».

El remendón que dice: «Mi ramplón...».

Hablan también en germanía.

En rigor, si se quiere también, hablando en absoluto, todas esas diferentes maneras de decir la derecha y la izquierda: el marinero, babor y estribor; el maquinista de teatro, lado patio y lado jardín; el sacristán, lado de la Epístola y lado del Evangelio, son germanía.

Hay la germanía de las encopetadas, como la hubo de las marisabidillas; el palacio de Rambouillet confinaba algo con el Patio de los Milagros.

Hay también la germanía de las duquesas, como lo prueba la siguiente frase de un billete amoroso escrito por una gran señora, muy linda por cierto, en tiempo de la Restauración: «Encontraréis en esas chismerías una infinidad de razones para que yo me liberte».

Las cifras diplomáticas son germanía; la cancillería pontificia, diciendo 26 por Roma, grkztntgzyal por envío, y abfxustgrnogrkzutu tu XI por duque de Módena, hablan en germanía.

Los médicos de la Edad Media, que, para decir zanahoria, rábano y nabo, decían: Opoponach, perfroschinum, reptitalmus, dracatholicum angelorum, postmegorum, hablan en germanía.

El fabricante de azúcar que dice: «Virgen, terciado, clarificado, terrón, pilón, bastardo, común, tostado, en panes», este honrado industrial habla en germanía.

Cierta escuela crítica que decía hace veinte años: «La mitad de Shakespeare, es un juego de palabras y retruécanos», hablaba en germanía.

El poeta y el artista, que, con sentido profundo, calificaron al noble señor de Montmorency de plebeyo, si no entendía de versos ni de estatuas, hablan en germanía.

El académico clásico que llama á las flores Flora, á las frutas Pomona, al mar Neptuno, al amor los fuegos, á la belleza los atractivos, á un caballo un corcel, á la escarapela blanca ó tricolor la rosa de Belona, al sombrero de tres picos el triángulo de Marte, ese académico clásico habla en germanía.

El álgebra, la medicina y la botánica tienen su germanía.

La lengua que se emplea á bordo, esa lengua admirable del mar, tan completa y pintoresca, que hablaron Juan Bart, Duquesne, Suffren y Duperré, que se mezcla con el silbido del aparejo, con el ruido de la bocina, con el choque de las hachas de abordaje, con el vaivén, con el viento, con la ráfaga y el cañón, es toda una germanía heroica y esplendente, que viene á ser á la jerigonza atroz de la ignominia lo que el león al chacal.

Sin duda alguna todo eso es muy cierto. Pero, dígase lo que se quiera, ese modo de comprender la palabra germanía es una extensión con la que todo el mundo no estará conforme.

Para nuestro concepto, conservamos á esa palabra su antigua aceptación precisa, circunscrita y determinada, y restringimos la germanía á la germanía.

La germanía verdadera, la germanía por excelencia, si es que estas dos palabras pueden acoplarse, la germanía inmemorial que era un reino, no es otra cosa, repetimos, sino la lengua fea, inquieta, cazurra, traidora, ponzoñosa, cruel, torcida, vil, profunda, fatal de la miseria.

Hay en la extremidad de todas las degradaciones y de todos los infortunios, una última miseria que se subleva y que se decide á entrar en lucha contra el conjunto de los hechos afortunados y de los derechos reinantes; lucha horrible, que, ora astuta, ora violenta, á un tiempo malsana y feroz, ataca el orden social á alfilerazos por medio del vicio, y á martillazos por medio del crimen.

Para las necesidades de esa lucha, la miseria ha inventado una lengua de combate, que es la germanía.

Hacer sobrenadar y mantener por cima del olvido, por cima del abismo, aunque no sea más que un fragmento de un lenguaje cualquiera que el hombre ha hablado, y que se perdería; es decir, uno de los elementos buenos ó malos que componen ó complican la civilización, es extender los datos de la observación social, es servir á la misma civilización.

Igual servicio rindió Plauto, con voluntad ó sin ella, haciendo hablar en fenicio á dos soldados cartagineses; igual servicio prestó Molière haciendo hablar el levantino y toda clase de jerga á tantos personajes.

Aquí vuelven á suscitarse las objeciones: el fenicio, ¡magnífico! El levantino, ¡en buen hora! La jerga, ¡pase! Pero ¿la germanía? ¿Á qué fin conservar la germanía? ¿Para qué es bueno «hacer sobrenadar» la germanía?

Á esto sólo respondemos una cosa. Ciertamente, si la lengua que habló una nación ó una provincia es digna de interés, hay algo que es más digno todavía de atención y estudio, la lengua que ha hablado una miseria.

Es la lengua que ha venido hablando en Francia, por ejemplo, desde hace cuatro siglos, no sólo una miseria, sino la miseria, toda la miseria humana posible.

Y luego, volvemos á insistir en ello, estudiar las deformidades y dolencias sociales, y señalarlas para curarlas, no es una tarea en que sea permitida la elección.

El historiador de costumbres y de ideas no tiene la misión menos austera que el historiador de acontecimientos.

Á éste incumbe la superficie de la civilización, las luchas de las coronas, los nacimientos de príncipes, los casamientos de reyes, las batallas, las asambleas, los grandes hombres públicos, las revoluciones á la luz del día, todo lo exterior.

Al otro historiador le pertenece el interior, el fondo, el pueblo que trabaja, que sufre y espera; la mujer abatida, el niño que agoniza, las guerras sordas de hombre á hombre, las ferocidades obscuras, las preocupaciones, las iniquidades convenidas, los rechazos y repercusiones subterráneas de la ley, las evoluciones secretas de las almas, los estremecimientos indistintos de las multitudes; los hambrientos, los descalzos, los rotos, los desheredados, los huérfanos, los desgraciados y los infames, todas las larvas que vagan en la sombra.

Le es preciso descender, con el corazón lleno de caridad y de severidad á un mismo tiempo, como hermano y como juez, hasta esas casamatas impenetrables donde se arrastran confundidos los que se desangran y los que hieren, los que lloran y los que maldicen, los que ayunan y los que devoran, los que sufren el mal y los que lo causan.

¿Tienen por ventura estos historiadores de los corazones y de las almas, deberes menos positivos que los analistas de los hechos exteriores? ¿Puede creerse que Alighieri tenga menos que decir que Maquiavelo?

Lo inferior de la civilización, más profundo quizá y más sombrío, ¿es acaso menos importante que lo superior? ¿Se conoce bien la montaña cuando se desconoce la caverna?

Empero, como de algunas palabras de lo que precede podría inferirse una separación manifiesta entre ambas clases de historiadores, debemos advertir al pasar que semejante separación no existe en nuestro espíritu.

Nadie es buen historiador de la vida patente, visible, ostentosa y pública de los pueblos, si al propio tiempo no es, hasta cierto punto, historiador de su vida profunda y oculta; y nadie es buen historiador de lo interno, si no sabe ser, siempre que fuere preciso, historiador de lo externo.

La historia de las costumbres y de las ideas penetra la historia de los sucesos, y recíprocamente. Son dos órdenes de hechos diferentes que se corresponden, que se encadenan siempre y se engendran mutuamente con frecuencia.

Todos los lineamientos que la Providencia traza en la superficie de una nación, tienen en el fondo sus paralelos sombríos, pero distintos, y todas las convulsiones del fondo producen levantamientos en la superficie.

Estando la verdadera historia mezclada en todo, en todo se mezcla el historiador verdadero.

El hombre no es un círculo con un solo centro, sino que es una eclipse con dos focos. Los hechos son el uno, las ideas el otro.

La germanía no es otra cosa sino un vestuario donde el lenguaje, teniendo que cometer alguna mala acción, se desfigura. Allí se reviste de frases enmascaradas, metáforas de andrajos.

Así es que aparece horrible.

Apenas puede reconocérsela. ¡Y es ella la lengua francesa, la gran lengua humana!

Y ahí está pronta á salir á la escena y á replicar al crimen, y dispuesta para desempeñar todos los papeles del repertorio del mal.

Y ya no anda, sino que cojea, y cojea con las muletas del Patio de los Milagros, muleta que se metamorfosea en maza.

Esa lengua se llama truhanería. Todos los espectros, sus ayudas de cámara, la han acicalado para la farsa: y se arrastra y se empina con la cualidad del reptil.

Ya está dispuesta para representar todos los personajes; el falsario la ha hecho tortuosa, el envenenador le ha dado color de verde-gris, el incendiario la ha tiznado de hollín, y el asesino le presta su tinte rojo.

Cuando se oye ese lenguaje, por el lado de las gentes honradas, á la puerta de la sociedad, se sorprende el diálogo de los que en él hablan por defuera. Distínguense las preguntas y las respuestas; percíbese, sin comprenderle, un murmullo repugnante, que suena casi como el acento humano, pero más semejante al alarido que á la palabra. Tal es la germanía.

Las palabras son deformes y están impregnadas de cierta bestialidad fantástica. Parece que oye uno hablar á las hidras.

Es lo ininteligible en lo tenebroso. Es una jerigonza que rechina y cuchichea, completando el crepúsculo con el enigma.

Resulta obscuro en la desgracia, pero aún más obscuro resulta en el crimen; estas dos obscuridades amalgamadas componen la germanía. Sombría en la atmósfera, sombría en sus actos y sombría en sus voces.

¡Espantoso idioma reptil que va, viene, brinca, se arrastra, babea y se mueve monstruosamente en esa inmensa bruma plomiza, compuesta de lluvia, de noche, de hambre, de vicio, de mentira, de injusticia, de desnudez, de asfixia y de invierno, pleno día de los miserables!

¡Tengamos lástima de los castigados! ¡Ay! Y en verdad, ¿qué somos nosotros mismos? ¿Qué soy yo que os hablo? ¿Qué sois vosotros que me ois? ¿De dónde venimos? ¿Estamos bien seguros de no haber hecho nada antes de nacer?

La tierra no deja de tener su parecido como una cárcel. ¡Quién sabe si es el hombre un sentenciado de la Justicia divina!

Mirad de cerca la vida. Está hecha de manera que por todas partes sentimos el castigo.

¿Sois acaso de los que llaman felices? Pues bien. Estáis tristes todos los días. Todos los días tenéis un gran pesar ó un pequeño cuidado.

Ayer temblabais por una salud que os es querida, hoy teméis por la vuestra; mañana será una inquietud de dinero, pasado mañana la diatriba de un calumniador, al otro la desgracia de un amigo; después los tiempos que corren, luego algún objeto roto ó pérdida, más tarde un placer que la conciencia y la columna vertebral os reprochan; otra vez, la marcha de los negocios públicos. Sin contar las penas del corazón. Y así sucesivamente.

Disípase una nube, fórmase otra. Un día apenas, entre ciento, de plena alegría y completo sol. ¡Y eso que pertenecéis al corto número de los felices!

En cuanto á los demás hombres, pesa sobre ellos la noche eterna.

Los espíritus reflexivos hacen poco uso de esta locución: los dichosos y los desgraciados. En este mundo, vestíbulo evidente de otro mundo, no hay felices.

La verdadera división humana es esta: los luminosos y los tenebrosos.

Disminuir el número de los tenebrosos, aumentar el de los luminosos: he ahí el objeto. He ahí porque gritamos: ¡enseñanza, ciencia! Aprender á leer, es encender el fuego: cada sílaba deletreada es una chispa.

Por lo demás, quien dice luz no dice necesariamente alegría. Se sufre en la luz; el exceso abrasa. La llama es enemiga del ala. Arder sin cesar de volar; ese es el prodigio del genio.

Cuando ya sepáis y cuando améis, sufriréis todavía. El día nace entre lágrimas.

Los luminosos lloran, aunque no sea más que por los tenebrosos.

II
Raíces

La germanía es la lengua de los tenebrosos.

El pensamiento se conmueve en sus más sombrías profundidades; la filosofía social se ve solicitada hacia sus meditaciones más dolorosas, en presencia de ese dialecto enigmático, á la vez marchitado y rebelde.

Aquí sí que hay castigo visible. En cada sílaba se manifiesta su sello.

Las palabras de la lengua vulgar aparecen en esa jerga como contraídas y arrugadas por el hierro candente del verdugo; algunas parece que humean todavía.

Tales frases hacen el efecto del hombro marcado de un ladrón, puesto bruscamente al desnudo.

La idea se niega casi á dejarse expresar por esos sustantivos vigilados por la justicia.

La metáfora es algunas veces tan descarada, que se conoce que ha estado expuesta á la vergüenza de la argolla.

Por lo demás, á pesar de todo esto y á causa también de todo esto, esa jerigonza extraña tiene de derecho su casilla en la gran estantería imparcial, donde hay sitio para el ochavo oxidado como para la medalla de oro, llamado literatura.

La germanía, quiérase ó no se quiera, tiene su sintaxis y su poesía. Es un idioma.

Sí; por lo deforme de ciertos vocablos, se reconoce que ha andado en la boca de Mandrin, y por lo espléndido de ciertas metonimias se advierte que ha pasado por los labios de Villon.

Este verso tan delicado y tan célebre:

¿Dó están las nieves de antan?

es un verso de germanía. Antan, antaño, ante annum, es una palabra de la germanía de Thunas, que significaba el año pasado, y por extensión, en otro tiempo.

Todavía podía leerse hace treinta y cinco años, cuando salió la gran cadena de presidiarios en 1827, en uno de los calabozos de Bicetre, esta máxima, grabada con un clavo en la pared por un rey de Thunas condenado á presidio: Los dabs d'antan trimaient siempre pour la pièrre du Coësre.

Esto quiere decir: Los reyes de antaño iban siempre á hacerse consagrar.

En la mente de aquel rey del crimen, la consagración era el presidio.

La palabra decarade, que expresa el arranque de un carruaje pesado al galope, se atribuye á Villon, y es digna de él. Es la palabra que echa chispas por las cuatro patas, resume en una onomatopea magistral todo este verso admirable de La Fontaine:

Tiraban de un coche seis fuertes caballos.

Bajo el punto de vista puramente literario, pocos estudios habrá más curiosos y fecundos que el de la germanía. Es todo un idioma dentro del idioma, una especie de excrecencia enfermiza, un injerto malsano que ha producido una vegetación, una parásita que tiene sus raíces en el viejo tronco galo, y cuyo follaje siniestro se arrastra por una gran parte de la lengua. Esto es en cuanto á lo que podría llamarse el primer aspecto, el aspecto vulgar de la germanía.

Pero para aquellos que estudian la lengua como debe estudiarse; es decir, como los geólogos estudian la tierra, la germanía aparece como un verdadero aluvión.

Conforme que se profundiza más ó menos hondamente, se encuentra en la germanía, por bajo del antiguo francés popular, el provenzal, el castellano, el italiano, el levantino, lengua de los puertos del Mediterráneo, el inglés y el alemán, el romance en sus tres variedades; romance francés, romance italiano, romance propiamente tal, el latín; en fin, el vasco, y el celta.

Formación profunda y extraña; edificio subterráneo fabricado en común por todos los miserables.

Cada raza maldita ha depositado su capa; cada sufrimiento ha dejado caer una piedra; cada corazón ha dado un guijarro.

Una multitud de almas perversas, bajas ó irritadas, que han atravesado la vida y han ido á desvanecerse en la eternidad, están allí casi enteras y en cierto modo visibles todavía bajo la forma de una palabra monstruosa.

¿Se quieren voces castellanas? La antigua germanía gótica las tiene en abundancia. Ahí está boffette, que viene de bofetón; vantane, después vanterne, que viene de ventana; gat, que viene de gato; acite, que viene de aceite.

¿Se quieren voces italianas? Ahí está spade, que viene de spada; carvel, que viene de caravella (barco).

¿Se quieren inglesas? Ahí está bischot, obispo, que viene de bishop; raille, espía, que viene de rascal, rascalión, bribón; pilche, estuche, que viene de pilcher, vaina.

¿Se quieren alemanas? Ahí está caleur, mozo, de kellner; hers, señor, de herzog, duque.

¿Se quieren latinas? Ahí está frangir, romper, de frangere; affurer, robar, de fur; cadene, cadena, de catena.

Hay una palabra que reaparece en todas las lenguas del continente con una especie de poderío y autoridad misteriosa; es la palabra magnus. Escocia ha hecho de ella su mac, que designa el jefe de la tribu, Mac Farlane, Mac Callumore; el gran Farlane, el gran Callumore. (Obsérvese, sin embargo, que mac, en celta, significa hijo). La germanía ha sacado el meck, y luego el meg, es decir, Dios.

¿Se quieren voces del vascuence? Ahí está gahisto, el diablo, que viene de gaiztoa, malo; sorgabon, buenas noches, que viene de gabon.

¿Se quieren del celta? Ahí está blavin, pañuelo, que viene de blavet, agua que salta; menesse, mujer (en mal sentido), que viene de meinec, lleno de piedras; barant, arroyo, de baranton, fuente; goffeur, cerrajero, de goff, herrero; la guedouze, la muerte, que viene de guenn du, blanca negra.

¿Se quiere historia, en fin? La germanía llama malteses á los escudos, su recuerdo de la moneda que corría en las galeras de Malta.

Además de los orígenes filológicos que acaban de indicarse, la germanía tiene otras raíces más naturales aún, y que salen, por así decirlo, del espíritu mismo del hombre.

Primeramente, la creación directa de las palabras, que es donde está el misterio de las lenguas.

Pintar con palabras que tienen, sin saber cómo ni por qué, figuras; he ahí el fondo primitivo de todo lenguaje humano, y que podría llamarse el granito de su construcción.

La germanía abunda en palabras de este género; palabras inmediatas, creadas de un golpe, no se sabe dónde ni por quién, sin etimologías, sin analogías, sin derivados; palabras sueltas, bárbaras, alguna vez repugnantes, que tienen una fuerza singular de expresión, y que por ello viven.

El verdugo, taule; la selva, sabri; el miedo, la fuga, taf; el lacayo, larbin; el general, el prefecto, el ministro, phoros; el diablo, rabouin.

Nada tan extraño como esas palabras que enmascaran y evidencian. Algunas, como rabouin, por ejemplo, son al mismo tiempo grotescas y terribles, y producen el efecto de una mueca ciclópea.

En segundo lugar, la metáfora. La cualidad de una lengua que quiere decirlo todo ocultándolo todo, es una abundancia de figuras. La metáfora es un enigma donde se refugia el ladrón que medita un golpe y el preso que combina una evasión.

Ningún idioma es más metafórico que la germanía. Devisser le coco, torcer el cuello; tortiller, comer; être gerbé, ser juzgado; un rat, un ladrón de pan; il lansquine, llueve, antigua figura notable, que en cierto modo lleva su fecha con ella, que asimila las largas líneas oblicuas de la lluvia á las picas espesas é inclinadas de los lansquenetes ó sacanates, y que contiene en una sola palabra la metonimia popular: il pleut des hallebardes (llueven chuzos).

Algunas veces, á medida que la germanía va de la primera época á la segunda, las palabras pasan del estado salvaje y primitivo al sentido metafórico. El diablo deja de ser el rabouin y se convierte en el panadero, el que mete en el horno. Es más ingenioso, pero menos grande. Algo como Racine después de Corneille, como Eurípides después de Esquilo.

Hay ciertas frases de germanía que participan de las dos épocas, y tienen á un tiempo el carácter bárbaro y el carácter metafórico, las cuales parecen fantasmagorías. Les sorgueurs vont sollicer des gails á la lune (los vagos van á robar caballos por la noche); esto pasa ante la mente como un grupo de espectros. No se sabe lo que se ve.

En tercer lugar, los expedientes. La germanía vive de los mismos recursos que le presta el lenguaje. Usa de éste á su antojo, le toma al azar y se limita con frecuencia, cuando urge la necesidad, á desnaturalizarlo sumaria y groseramente.

Á veces con las palabras usuales así deformadas y complicadas con palabras de germanía pura, se componen locuciones pintorescas, en las que se advierte la mezcla de los dos elementos precedentes, la creación directa y la metáfora: «Le dab jaspine, je marronne que la roulotte de Pantin trime dans le sobri»: ladra el perro, es de creer que la diligencia de París pasa por el bosque.

«Le dab est sinve, la dabuge est merloussière, la fée est bative»: el señor es bestia, la señora es astuta, la hija es linda.

Lo más frecuente, á fin de desorientar á los que escuchan, es añadir única é indistintamente á todas las palabras de la lengua una especie de colilla ignoble, una terminación en gue, en lla, en orgue ó en uche. ¿Legue paracella buenorgue estella fritouche? Frase que dirigió Cartouche á un llavero á fin de saber si la suma ofrecida para la evasión le convenía.

La terminación en mar es una de las que se han usado más modernamente.

Siendo la germanía el idioma de la corrupción, se corrompe presto.

Además, como trata siempre de esconderse, en cuanto es comprendida se transforma.

Al revés de otra vegetación; en ella todo rayo de luz mata cuanto toca.

Por eso la germanía va descomponiéndose y recomponiéndose sin cesar; trabajo obscuro y rápido que no se detiene jamás.

Así es que recorre más camino en diez años que la lengua en diez siglos.

Así larton (pan), se convierte en lartif; gail (caballo), se convierte en gaye; fertanche (paja), en fertille; momignard (muñeco), en momacque; figues (ropas), en frusques; chique (iglesia), en egrugoir; colabre (cuello), en colas.

El diablo es primeramente gahisto, después rabouin, luego panadero.

El clérigo es el ratichón, después el jabalí.

El puñal es el veintidós, después surin, luego lingre.

Los agentes de policía son los railles, luego los roussins, después rousses, después mercaderes de agujetas, galladores, cascantes.

El verdugo es el taule, después charlot, luego l'atigeur, luego becquillard.

En el siglo XVII, batirse, era darse tabaco; en el XIX, es mascarse el gaznate. Veinte locuciones diferentes han pasado entre esos dos extremos.

Cartouche hablaría en hebreo para Lacenaire.

Todas las palabras de esa jerigonza están en perpetua fuga, como los hombres que las pronuncian.

Sin embargo, de cuando en cuando, y á causa de ese mismo movimiento, la antigua germanía reaparece y vuelve á hacerse nueva. Hay puntos principales en que se mantiene.

El Temple, en París, conservaba la germanía del siglo XVII; Bicetre, cuando era cárcel, conservaba la germanía de Thunas. Allí se oía la terminación en anche de los tunos antiguos: ¿Bebanches tú (bebes tú)? Así creanche (así cree).

Mas no por eso deja de ser una ley el movimiento perpetuo.

Si por un momento llega á fijarse el filósofo en esa lengua para observarla, se ve desvanecerse sin cesar, y cae en dolorosas y útiles meditaciones.

No hay estudio más eficaz y fecundo en enseñanzas. Ni una metáfora; no existe una etimología de germanía que no contenga una lección.

Entre esos hombres, batir es fingir; se bate una enfermedad; la astucia es su fuerza.

Para ellos la idea del hombre no se separa de la idea de la sombra. La noche se dice la sorgue, el hombre l'orgue. El hombre es un derivado de la noche.

Se han acostumbrado á considerar á la sociedad como una atmósfera que les mata, como una fuerza fatal, y hablan de su libertad, como pudieran hablar de su salud. Un hombre preso es un enfermo; un hombre sentenciado, es un muerto.

Lo más terrible para el prisionero, dentro de las cuatro paredes de piedra que le sepultan, es una especie de castidad glacial; así es que llama al calabozo el castus.

En ese fúnebre lugar, siempre aparece la vida exterior bajo su aspecto más risueño.

El encarcelado tiene grillos en los pies; ¿creéis acaso que piensa que los pies son para andar? No, piensa que con ellos se baila.

Así es que cuando llega á romper sus hierros, su primera idea es que ya puede bailar, y llama por lo mismo á la sierra bastringue (sala de baile).

Un nombre es un centro; profunda asimilación.

El bandido tiene dos cabezas, una que razona sus acciones y le guía durante su vida entera, otra que tiene sobre sus hombros el día de su muerte; á la cabeza que le aconseja el crimen la llama la sorbona, y á la que le expía, el troncho.

Cuando ha llegado el hombre á no llevar más que andrajos sobre el cuerpo y vicios en el corazón; cuando se halla al final de esa doble degradación material y moral que caracteriza en sus dos acepciones la palabra andrajoso, está ya preparado para el crimen; por eso la germanía no dice «un andrajoso», sino un aderezado.

¿Qué es el presidio? Un brasero de condenación, un infierno. El presidiario se llama un leño.

En fin, ¿qué nombre dan los malhechores á la prisión? El colegio. Todo un sistema penitenciario puede salir de esta palabra.

¿Se quiere saber dónde han nacido la mayor parte de las canciones de presidio, esos refranes llamados lirlonfa en su vocabulario especial?

Pues atended:

Había en el Châtelet de París un subterráneo muy grande que estaba á ocho pies bajo el nivel del Sena. No tenía ni ventanas ni respiraderos; la única abertura era la puerta; los hombres podían entrar allí, el aire no.

Este subterráneo tenía por techo una bóveda de piedra, y por suelo diez pulgadas de fango.

Había estado embaldosado; pero las baldosas se habían podrido y agrietado con el rezumo de las aguas.

Á ocho pies del suelo atravesaba de parte á parte aquel subterráneo una larga viga maciza, de la cual pendían, de trecho en trecho, cadenas de tres pies de largo, en cuyo extremo había una argolla.

Encerrábase en aquella cueva á los condenados á presidio hasta el día que salían para Tolón.

Los empujaban hasta debajo de aquella viga, donde á cada cual le esperaba su herramienta oscilando en las tinieblas.

Las cadenas, esos brazos pendientes y las argollas, esas manos abiertas, cogían aquellos miserables por el cuello.

Remachábanse los hierros y se les dejaba allí.

La cadena resultaba corta y no podían echarse. Permanecían inmóviles dentro de aquella cueva, en aquella noche, bajo aquella viga, casi colgados, obligados á hacer esfuerzos inauditos para alcanzar el pan ó el cántaro, con la bóveda sobre la cabeza, el cieno á media pierna, corriéndoles el excremento por las corvas, destrozados de fatiga, doblándose por las caderas y rodillas, agarrándose con las manos á la cadena para reposar, no pudiendo dormir sino de pie y despertándose á cada instante por el rozamiento de la argolla. Algunos de ellos ni siquiera llegaban á despertar.

Para comer, subían con el talón á lo largo de la tibia hasta la mano el pan que les arrojaban en el lodo.

¿Cuánto tiempo permanecían así?

Un mes, dos meses, á veces hasta seis; hombre hubo que se pasó allí un año.

Tal era la antesala de los presidios donde se entraba á veces por haber robado una liebre al rey.

En ese sepulcro-infierno ¿qué hacían?

Lo que se puede hacer en un sepulcro, agonizar, y lo que se puede hacer en un infierno, cantar, porque donde no hay esperanza, queda el canto.

En las aguas de Malta, cuando se acercaba una galera, oíanse los cantos antes que el ruido de los remos.

El pobre cazador furtivo Survincent, que había pasado por la prisión subterránea del Châtelet, decía: «Las rimas son las que me han sostenido».

Inutilidad de la poesía. ¿Para qué sirve la rima?

En aquel subterráneo es donde nacieron casi todas las canciones de germanía. Del calabozo del Gran Châtelet de París viene aquel melancólico mote de la galera de Montgomery: Tímaloumisaine, timaloumison.

La mayor parte de estas canciones son lúgubres; algunas son alegres; una hay tierna:

Aquí está el teatro
Del niño dardero

Hágase lo que se quiera, nunca se podrá arrancar ese eterno residuo del corazón del hombre, el amor.

En ese mundo de acciones sombrías, cada cual guarda su secreto. El secreto es propiedad de todos.

El secreto, para esos miserables, es la unidad que sirve de base á la unión.

Romper el secreto, es arrancar á cada miembro de esa comunidad feroz algo de sí mismo.

Delatar, en la lengua enérgica de germanía, se dice: «Comer el bocado», como si el delator sacase para sí un poco de la substancia de todos y se alimentase con un bocado de la carne de cada uno.

¿Qué es recibir un bofetón? La metáfora vulgar responde: «Ver treinta y seis candelas».[6]

Aquí interviene la germanía y dice á su vez: «Candela, humo». Con lo que el lenguaje usual ha hecho «humazo», sinónimo de bofetón.

Así, por una especie de penetración de abajo hacia arriba, ayudando la metáfora, esa conductora incalculable, la germanía sube de la caverna á la Academia; y diciendo Pulallier: «Yo enciendo mi humo» (candela), le hace escribir á Voltaire: «Langleviel de la Beaumelle merece cien humazos» (bofetones).

Una investigación en la germanía trae un descubrimiento á cada paso. El estudio profundo de ese extraño idioma conduce al misterioso punto de intersección de la sociedad regular con la sociedad maldita.

El ladrón tiene también su carne de cañón, la materia robable: vosotros, yo, cualquiera que pasa; el «pantre». («Pan», todo el mundo).

La germanía es el verbo convertido en presidiario.

Que pueda el principio pensador del hombre ser empujado hasta nivel tan bajo, pueda ser arrastrado y agarrotado allí por las obscuras tiranías de la fatalidad; que pueda quedar sujeto á lazos desconocidos en ese principio, es desconsolador.

¡Oh pobre pensamiento de los miserables!

¡Ay! ¿No acudirá nadie en socorro del alma humana entre las sombras? ¿Es acaso su destino esperar allí por siempre jamás al espíritu, al libertador, al inmenso jinete de los pegasos y de los hipogrifos, al caballero de color de aurora, que desciende del empíreo entre dos alas, al radiante caballero del porvenir?

¿Tendrá ella que llamar siempre inútilmente en su auxilio la lanza de luz del ideal?

¿No hay ya para esa pobre alma aherrojada más que el sudario de la materia, las ignominias del oprobio?

¿Está condenada á oir llegar espantosamente en el espesor del abismo al Mal, y entrever, cada vez más cerca, bajo las aguas asquerosas, aquella cabeza draconiana, aquellas fauces arrojando baba, aquella ondulación serpenteante de garras, de hinchamientos y de anillos?

¿Habrá de permanecer allí, sin un rayo de luz, sin una esperanza, entregada á esa aproximación formidable del monstruo, sintiéndola vagamente, temblando, despavorida, retorciendo los brazos, encadenada para siempre á la roca de la noche, sombría Andrómeda, pálida y desnuda en las tinieblas?

III
Germanía que llora y germanía que ríe

Como se ve, la germanía toda entera, lo mismo la germanía de hace cuatrocientos años que la germanía de hoy día, está penetrada de ese sombrío espíritu simbólico que da á todas las palabras, ora un aspecto dolorido, ora un aire amenazador.

Se adivina en ellas la antigua tristeza feroz de aquellos truhanes del Patio de los Milagros que jugaban á las cartas con naipes peculiares suyos, de los cuales se han conservado algunos.

El ocho de bastos, por ejemplo, representaba un gran árbol con ocho hojas enormes de trébol, especie de personificación fantástica de la selva.

Al pie de ese árbol se veía una hoguera en que tres liebres asaban á un cazador puesto en su asador, y detrás, en otra hoguera, una marmita humeante, de la que salía la cabeza de un perro.

Nada tan lúgubre como esas represalias en pintura, en una baraja de naipes, teniendo á la vista las hogueras en que se quemaba á los contrabandistas y las calderas en que se cocía á los monederos falsos.

Las diversas formas que tomaba el pensamiento en el reino de la germanía, hasta la canción, hasta la burla, hasta la amenaza, tenían todas ese carácter impotente y humillado.

Todos los cantares, de los que se han recogido algunas melodías, eran humildes y lastimeros hasta hacer llorar.

El pigre llama el pobre pigre, y siempre es la liebre que se esconde, el ratón que se escapa, el pájaro que huye.

Apenas reclama, se concreta á suspirar; uno de sus gemidos ha llegado hasta nosotros:

Je n'entrave que le dait comment meck, le daron des orgues, peut atigen ses mômes et ses momignards el les locher criblant sans être agité lui-même (No comprendo cómo Dios, padre de los hombres, puede atormentar á sus hijos y á sus pequeñuelos, y oirlos gritar sin atormentarse á sí mismo).

El miserable, siempre que tiene ocasión de pensar, se hace pequeño ante la ley y raquítico ante la sociedad; se está boca abajo, suplica, se vuelve del lado de la piedad; se le ve reconocer su falta.

Hacia mediados del último siglo verificóse un cambio. Los cánticos de las cárceles, los ritornelos de los ladrones tomaron, por así decirlo, un gesto característico y jovial. El plañidero maluré fué reemplazado por larifla.

Encuéntrase en el siglo XVIII, en casi todas las canciones de las cárceles y presidios, como entre las chusmas, una alegría diabólica y enigmática.

Se oye allí este estribillo estridente y saltón que parece iluminado por una luz fosforescente y como arrojado en el bosque por un fuego fatuo, tocando el pífano: