WeRead Powered by ReaderPub
Los miserables - Tomo 2 (de 2) cover

Los miserables - Tomo 2 (de 2)

Chapter 11: LIBRO OCTAVO ENCANTOS Y DESOLACIONES
Open in WeRead

About This Book

En la versión de texto sin formatear el texto en cursiva está encerrado entre guiones bajos (_cursiva_), el texto en negritas está marcado =así=, el texto en Versalitas está marcado en MAYÚSCULAS y un superíndice (texto en tamaño más pequeño por encima de la línea de escritura) está indicado por el símbolo ^, de modo que, por ejemplo, ^e representa al superíndice e. El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido en general el de respetar las reglas vigentes de la Real Academia Española cuando la presente edición de esta obra fue publicada. El lector interesado puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de la Real Academia Española.

LIBRO OCTAVO
ENCANTOS Y DESOLACIONES

I
Plena luz

El lector ha comprendido ya que habiendo conocido Eponina, á través de la verja, al inquilino de la calle Plumet, adonde la había enviado Magnon, había empezado por alejar á los bandidos de la calle Plumet, y luego había llevado allí á Mario; quien, después de muchos días de éxtasis ante aquella verja, arrastrado por la fuerza que impulsa al hierro hacia el imán, y al amante hacia las piedras que forman la casa de su amor, había concluido por entrar en el jardín de Cosette, como Romeo en el jardín de Julieta.

Pero le había sido más fácil que á Romeo, porque éste tuvo que escalar una pared, y Mario no tuvo que hacer más que forzar un poco una de las barras de la decrépita verja, que vacilaba en su alvéolo enmohecido, como los dientes en las encías de los viejos.

Mario era delgado, y pasó fácilmente.

Como jamás había nadie en la calle, y Mario sólo entraba de noche en el jardín, no corría peligro de ser visto.

Á partir de aquella hora bendita y santa en que un beso unió dos almas, Mario seguía yendo todas las noches.

Si en aquel momento de su vida Cosette hubiera caído en el amor de un hombre poco escrupuloso y libertino, se habría perdido; porque hay naturalezas generosas que se entregan por completo, y Cosette era una de ellas.

Una de las magnanimidades de la mujer es ceder.

El amor á esa altura en que es absoluto, se complica con una indefinible y celestial ceguedad del pudor.

¡Y cuántos peligros corréis, oh almas nobles!

Muchas veces dais el corazón y nosotros tomamos el cuerpo; y os queda luego el corazón y le miráis en la sombra estremecidas.

El amor no tiene términos medios; ó pierde ó salva.

El destino humano está encerrado en ese dilema; dilema de perdición ó salud que ninguna fatalidad le establece tan inexorablemente como el amor.

«El amor es la vida, cuando no es la muerte; es cuna, pero ataúd también».

El mismo sentimiento dice sí y no, en el corazón humano.

De todas las cosas que Dios creó, el corazón humano es la que despide más luz; ¡oh sí! pero también más sombra.

Dios quiso que el amor que Cosette encontrase fuese uno de esos amores que salvan.

Durante el mes de mayo de 1832, hubo todas las noches en aquel pobre jardín salvaje, bajo el follaje, cada día más embalsamado y más frondoso, dos seres respirando castidad é inocencia, sumergidos en las felicidades celestes, más cercanos á los arcángeles que á los hombres; puros, castos, embriagados, esplendentes, que brillaban el uno para el otro en las tinieblas.

Parecíale á Cosette que Mario tenía una corona, y á Mario que Cosette tenía un nimbo.

Se acercaban, se miraban, se cogían las manos, se apretaban uno contra otro; pero había una distancia que no atravesaban. Y no era que la respetasen, sino que la ignoraban.

Mario tenía una barrera, la pureza de Cosette; Cosette tenía un apoyo, la lealtad de Mario. El primer beso había sido el último.

Mario después no había pasado de tocar con sus labios la mano, ó el vestido, ó un rizo de los cabellos de Cosette.

Cosette era para él un perfume y no una mujer; la respiraba.

Ella no le negaba nada; él nada la pedía. Ella era feliz y él estaba satisfecho.

Vivían en ese feliz estado, que se podría llamar el deslumbramiento de un alma por un alma.

Era aquello el inefable primer abrazo de dos virginidades en lo ideal; dos cisnes encontrándose en las aguas de la pureza.

En aquella hora del amor en que la voluptuosidad se calla absolutamente bajo el poderío del éxtasis, Mario, el puro y seráfico Mario, hubiera sido más bien capaz de subir á casa de una mujer pública que de levantar el vestido de Cosette á la altura del tobillo.

Una vez, á la luz de la luna, Cosette se bajó á coger algo del suelo, se entreabrió su corpiño y dejó ver el nacimiento de su garganta.

Mario apartó los ojos.

¿Qué pasaba entre aquellos dos seres?

Nada; se adoraban.

Por la noche, cuando estaban allí, el jardín parecía un lugar viviente y sagrado.

Todas las flores se abrían en torno suyo y les enviaban perfumes, y ellos abrían sus almas y las derramaban sobre las flores.

La vegetación ardiente y vigorosa temblaba llena de savia y de alegría en torno de aquellos dos inocentes, y ellos se decían palabras de amor que hacían estremecer los árboles.

¿Y qué palabras eran esas?

Soplos, nada más.

Y aquellos soplos bastaban á turbar y conmover toda aquella naturaleza.

Poder mágico que apenas se podía comprender si se leyesen en un libro todas aquellas conversaciones nacidas para ser arrastradas y disipadas como el humo por el viento bajo las hojas.

Quitad á los murmullos de dos amantes aquella melodía que sale del alma, y que los acompaña como una lira, y lo que queda no es más que sombra.

Y decís: «¡Qué! ¡No es más que eso!».

—¡Sí; niñerías, repeticiones, risas por cualquier cosa, tonterías, bobadas, lo más sublime y profundo que existe; las solas cosas que merecen ser dichas y oídas!

El hombre que no ha dicho ni escuchado nunca semejantes tonterías y pequeñeces, es un imbécil ó un perverso.

Sí, porque eso es la inocencia.

Cosette decía á Mario:

—¿Sabes?...

(Con todo eso y al través de esa celeste virginidad, y sin que les hubiera sido posible al uno ni al otro decir el cómo, se tuteaban).

—¿Sabes? Me llamo Eufrasia.

—¿Eufrasia? No, hija, no; tú te llamas Cosette.

—¡Oh! Cosette es un nombre muy feo que me pusieron cuando era niña. Pero mi verdadero nombre es Eufrasia. ¿No te gusta este nombre?

—Sí... Pero Cosette no es feo.

—¿Te gusta más que Eufrasia?

—Pues... Sí.

—Entonces también á mí me gusta más. Es verdad, es muy bonito. ¡Cosette! Llámame Cosette.

Y la sonrisa con que acompañaba estas palabras hacía de este diálogo un idilio digno de un bosque que estuviera en el cielo.

Otras veces le miraba ella fijamente, exclamando:

—Caballero, sois muy lindo, muy guapo; tenéis talento; no sois tonto en modo alguno; sabéis más que yo; pero os desafío á pronunciar esta palabra: ¡Te amo!

Y Mario, en medio de un placer celestial, creía oir una estrofa entonada por una estrella.

O bien ella le daba un golpecito porque tosía, diciéndole:

—No tosáis, caballero. No quiero que nadie tosa en mi casa sin mi permiso. Es muy feo eso de toser é inquietarme. Quiero que estés bueno; porque si estuvieras malo, sería yo muy desgraciada. ¿Qué quieres que le haga?

Y esto era sencillamente una cosa divina.

Una vez Mario la dijo á Cosette:

—Figúrate que hubo un día en que creí que te llamabas Úrsula.

Y esto les dió que reir toda la noche.

Otra vez, en medio de una de aquellas pláticas, exclamó Mario:

—¡Oh! ¡Un día en el Luxemburgo tuve deseos de acabar de estropear á un inválido!

Pero se detuvo, y no fué más allá. Le habría sido preciso hablar á Cosette de la liga, y esto era imposible.

Existía entre ellos una especie de barrera desconocida, la carne, ante la cual retrocedía con cierto espanto sagrado aquel inmenso é inocente amor.

Mario se figuraba que era aquello vivir con Cosette, y que no había un más allá en el mundo; ir todas las noches á la calle Plumet, separar el complaciente hierro de la verja del presidente, sentarse junto á ella en aquel banco, mirar al través de los árboles las titilaciones del comienzo de la noche, poner en contacto el pliegue de la rodilla de su pantalón con la falda de Cosette, acariciarle la uña del dedo pulgar, tutearse, aspirar la misma flor uno en pos del otro, siempre é indefinidamente.

Entre tanto, las nubes pasaban sobre sus cabezas. Cada vez que sopla el viento arrastra más sueños de hombre que nubes del cielo.

Aquel casto amor, casi salvaje, no rechazaba absolutamente la galantería, no.

«Hacer cumplimientos» á quién se ama, es el primer modo de hacer caricias; es una prueba de audacia.

El cumplimiento obsequioso es como un beso al través del velo.

El deleite envuelve en él su germen, ocultándose.

Los requiebros de Mario, saturados de quimeras, eran, por así decirlo, celestiales.

Los pájaros, cuando vuelan por lo alto, al lado de los ángeles, oyen forzosamente palabras como ésas. En ellas se mezclaba, sin embargo, la vida, la humanidad, toda la cantidad de positivo de que Mario era capaz.

Es lo que se dice en la gruta, preludio de lo que ha de decirse en la alcoba; una efusión lírica, la estrofa y el soneto mezclados, las caballerescas hipérboles del arrullo; todos los refinamientos de la adoración colocados en un ramillete y exhalando un suave perfume celestial, un inefable susurro de corazón á corazón.

—¡Oh!—murmuraba Mario:—¡Qué hermosa eres! No me atrevo á mirarte. Por eso te contemplo. Eres una gracia. No sé lo que tengo. El bajo de tu vestido, cuando asomas la punta del pie, me trastorna. ¡Qué resplandor desprendes cuando se entreabre tu pensamiento! Siempre hablas con asombroso juicio. Hay instantes en que me parece que eres un sueño. Habla; yo te escucho, yo te admiro. ¡Oh! ¡Qué raro y que encantador es todo esto! Estoy verdaderamente loco. Sois adorable, señorita. Estudio tus pies con el microscopio, y tu alma con el telescopio.

Y Cosette respondía:

—Te amo un poco más, por el tiempo que ha transcurrido, desde esta mañana.

Preguntas y respuestas iban como podían en este diálogo, cayendo siempre de acuerdo sobre el amor, como los dominguillos de saúco sobre el clavo.

Cosette era la sencillez, la ingenuidad, la trasparencia, la blancura, el candor, la luz.

Podía decirse de ella que era diáfana.

Causaba á todo el que la veía una sensación como el abril y la aurora; aparecía el rocío en sus ojos.

Cosette era la condensación del resplandor boreal en forma de mujer.

Era, por cierto, muy sencillo que Mario, adorándola, la admirase.

Pero la verdad es que aquella colegiala, tierna flor del convento, hablaba con penetración exquisita, y decía á cada momento toda clase de palabras propias y delicadas.

Lo que en otra hubiera sido cháchara, era en ella conversación; no se engañaba en ningún asunto, y sabía siempre apreciar lo justo.

La mujer siente y habla con el tierno instinto del corazón, que es infalible.

Nadie puede decir cosas tiernas y profundas á la vez como una mujer.

Dulzura y profundidad; he ahí la mujer, he ahí el cielo.

En aquella felicidad plena asomaban á cada instante lágrimas en sus ojos.

Un insectillo aplastado, una pluma caída de un nido, una rama de árbol desgajada, los enternecía, y aquellos éxtasis, dulcemente impregnados de melancolía, parecía que sólo pedían una lágrima.

El síntoma más grande del amor es un enternecimiento que llega á veces á lo insoportable.

Y después de esto, porque tales contradicciones son el juego de los relámpagos en amor, se reían de buena gana y con expansiva libertad, y tan familiarmente, que parecían algunas veces un par de niños.

Sin embargo, aún ignorándolo los mismos corazones ebrios de castidad, se encuentran siempre en la inolvidable naturaleza.

Allí está con su objeto sublime y brutal; y cualquiera que sea la inocencia de las almas, se siente, en la conversación íntima más púdica, el adorable y misterioso matiz que separa á dos amantes de dos amigos.

Se idolatraban.

Lo permanente y lo inmutable subsisten siempre.

Los amantes se aman, se sonríen, se ríen, se hacen muecas tan imperceptibles para los demás como expresivas para ellos, con la punta de los labios; entrelazan los dedos de las manos, se tutean, sin que todo ello se oponga para nada á la eternidad.

Dos amantes se ocultan en la noche, en el crepúsculo, en lo invisible, como los pájaros, como las rosas; se fascinan uno á otro en la sombra con sus corazones, que ponen en sus ojos; murmuran, cuchichean, y al mismo tiempo el grandioso movimiento de los astros sigue llenando el infinito.

II
El aturdimiento de la felicidad completa

Existían vagamente agobiados de felicidad.

No habían notado que el cólera diezmaba á París precisamente en aquel mismo mes.

Se habían hecho todas las confianzas posibles; pero no habían pasado más allá de sus nombres.

Mario había dicho á Cosette que se llamaba Mario Pontmercy, que era abogado, que vivía de escribir para los libreros, que su padre era coronel y había sido un héroe, y que estaba disgustado con su abuelo, que era muy rico.

Le había indicado también que era barón; pero esto no había producido el menor efecto en Cosette.

¿Mario, barón? No lo comprendía; no sabía lo que esta palabra quería decir. Para ella, Mario era Mario.

Cosette, por su parte, le había dicho que se había educado en el convento del Petit Picpus, que su madre había muerto como la de él, que su padre se llamaba Fauchelevent, que era muy bueno, que daba muchas limosnas, que era, á pesar de ello, pobre, y que se privaba de todo, no privándola á ella de nada.

Y ¡cosa rara! en la especie de sinfonía en que vivía Mario, desde que visitaba á Cosette, lo pasado, aún lo más reciente, se había hecho para él tan confuso y lejano, que lo que Cosette le contaba le satisfacía por completo.

No se le ocurrió siquiera hablarle de la aventura nocturna del caserón de los Thénardier, de la quemadura y de la extraña actitud y singular huida de su padre.

Mario había olvidado enseguida todo aquello; no sabía por la noche ni lo que había hecho por la mañana, ni dónde había almorzado, ni quién le había hablado; tenía en el oído una música que le ensordecía para cualquier otro pensamiento; sólo se daba cuenta de su existencia durante las horas en que veía á Cosette. Y entonces, como estaba en el cielo, era natural que olvidase la tierra.

Ambos llevaban con languidez el peso indefinible de los deleites inmateriales.

Que es así como viven esos sonámbulos que se llaman enamorados.

¡Ah! ¿Quién no ha pasado por algo parecido? ¿Por qué llega una hora en que se ha de abandonar ese cielo? ¿Por qué continua luego la vida?

El amor reemplaza casi al pensamiento; es una completa abstracción de todo lo demás.

¡Idle á pedir lógica á la pasión!

No hay encadenamiento lógico absoluto en el corazón humano, como no hay ninguna figura geométrica perfecta en la mecánica celeste.

Para Cosette y Mario no existía nada más que Mario y Cosette.

El universo en su derredor estaba como caído en un abismo.

Vivían en un minuto de oro.

No miraban adelante ni atrás; Mario apenas pensaba en que Cosette tuviese padre. En su cerebro había algo semejante á un deslumbramiento que todo lo borra.

¿De qué hablaban aquellos amantes?

Ya lo hemos dicho: de las flores, de las golondrinas, del sol poniente, de la salida de la luna, de todas las cosas importantes; se lo decían todo; esto es, el todo de los enamorados, que es la nada.

Pero el padre, las realidades, aquel desván, aquellos bandidos, aquella aventura, ¿qué les importaba?

¿Estaban seguros de que había existido aquel sueño?

Eran dos, se adoraban, no había más que esto; todo lo demás no existía.

Es probable que este desvanecimiento del infierno detrás de nosotros es inherente á la llegada al paraíso.

¿Acaso se ha visto á los demonios? ¿Los ha habido? ¿Se ha tenido miedo? ¿Se ha sufrido? Ya no se sabe; todo eso lo cubre una nube de rosa.

Así vivían, pues, aquellos dos seres, á grande altura, con toda la inverosimilitud que hay en la naturaleza; ni en el nadir, ni en el zenit, entre el hombre y el serafín; entre el fango y el éter; en la nube; apenas carne y hueso; alma y éxtasis de pies á cabeza; demasiado sublimes para andar por la tierra, pero con bastante humanidad aún para desaparecer en lo azul, en suspensión, como átomos que esperan el precipitado; en apariencia fuera del destino; ignorando la miseria del ayer y del hoy como del mañana; maravillados, pasmados, flotantes, aligerados por momentos para la desaparición en lo infinito; casi dispuestos á emprender el vuelo eterno.

Dormían despiertos en aquel arrullo. ¡Oh letargo espléndido de la realidad llena de idealismo!

Algunas veces, por más que Cosette fuese tan bella, cerraba Mario los ojos en su presencia. Con los ojos cerrados es como se ve el alma.

Mario y Cosette no se preguntaban adónde aquello podía conducirles.

No alcanzaban á ver un más allá.

Es una extraña pretensión de los hombres la de querer que el amor conduzca á alguna parte.

III
Principio de sombra

Juan Valjean, por su parte, nada sospechaba.

Cosette, algo menos soñadora que Mario, estaba alegre, y esto le bastaba á Juan Valjean para ser feliz.

Los pensamientos de Cosette, sus tiernas ilusiones, la imagen de Mario que llenaba su alma, no perjudicaban en nada la pureza incomparable de su hermosa frente casta y risueña.

Estaba en la edad en que las vírgenes llevan su amor como los ángeles su azucena.

Estaba, pues, tranquilo Juan Valjean.

Y luego, cuando dos amantes se entienden, todo va perfectamente bien; y un tercero cualquiera que pudiera turbar su amor, queda envuelto en una perfecta obscuridad con sólo algunas precauciones, siempre las mismas para todos los enamorados.

Así es que Cosette nunca hacía objeciones á Juan Valjean. ¿Quería pasear? Sí, papaíto. ¿Quería quedarse? Muy bien. ¿Quería pasar la noche al lado de Cosette? Perfectamente; siempre ella tan contenta.

Como Juan Valjean se retiraba ordinariamente á las diez de la noche, no iba en tales noches Mario al jardín hasta después de la hora indicada, cuando oía desde la calle que Cosette abría la puerta ventana de la escalinata.

No hay que decir que durante el día no parecía Mario por allí.

Juan Valjean no se acordaba ya ni de la existencia de tal hombre.

Sólo una vez, una mañana, le dijo á Cosette:

—¡Calle! ¡Cómo tienes la espalda de yeso!

La noche anterior, Mario, en un momento de transporte, había estrechado á Cosette contra la pared.

La vieja Santos, que se acostaba muy temprano, no pensaba más que en dormir después de concluido su trabajo, y lo ignoraba todo como Juan Valjean.

Mario no ponía nunca los pies en la casa.

Cuando estaba con Cosette, se ocultaba en un ángulo cerca de la escalinata para que no le viesen ni oyesen desde la calle.

Sentábanse allí, contentándose muchas veces con apretarse las manos veinte veces por minuto, mirando las ramas de los árboles.

Durante aquellos instantes, aunque hubiera caído un rayo á treinta pasos de ellos, no lo habrían notado; de tal modo la fantasía del uno se absorbía y sumergía profundamente en la del otro.

¡Purezas límpidas! ¡Horas diáfanas, casi todas iguales!

Esta clase de amor es una colección de hojas de lirio y plumas de paloma.

Todo lo ancho del jardín los separaba de la calle.

Cada vez que Mario entraba y salía, ajustaba cuidadosamente la barra de la verja, de modo que no se advertía el menor desperfecto.

Se iba generalmente á media noche, volviéndose á casa de Courfeyrac. Courfeyrac decía á Bahorel:

—¿Lo creerás? Mario se retira ahora de madrugada.

Bahorel respondía:

¿Qué quieres? No es nuevo ni aun raro el que se encierre un petardo en un seminarista.

Algunas veces Courfeyrac se cruzaba de brazos, y poniéndose serio, le decía á Mario:

—¡Andáis descaminado, joven!

Courfeyrac, hombre práctico, no veía con buenos ojos ese reflejo de un paraíso invisible en Mario; estaba poco acostumbrado á las pasiones inéditas; se impacientaba, y hacía frecuentes reflexiones á Mario para que volviese á lo real.

Una mañana le dirigió esta pregunta:

—Querido, se me antoja que te has instalado en la luna, reino del delirio, provincia de las ilusiones, capital de la pompa de jabón. Vamos, sé bueno y franco: ¿quién es ella?

Pero no había medio de «hacer hablar» á Mario. Antes le hubieran arrancado las uñas que una de las tres sílabas sagradas que componían este nombre inefable: Cosette.

El amor verdadero es luminoso como la aurora, y silencioso como la tumba.

Courfeyrac había notado únicamente en Mario que tenía una taciturnidad radiante.

En aquel alegre mes de mayo, Mario y Cosette conocieron estas inmensas felicidades:

Querellarse tratándose de vos, sólo para tutearse luego más á gusto.

Hablar largamente y con los más minuciosos detalles de personas que no les importaban nada absolutamente; nueva prueba de que en esa ópera seductora que se llama el amor, el libreto es casi nada.

Para Mario, oir á Cosette hablar de telas.

Para Cosette, oir á Mario hablar de política.

Escuchar, juntas las rodillas, el ruido de los coches que pasaban por la calle de Babilonia.

Contemplar el mismo planeta en el cielo, ó el mismo gusano de luz en la hierba.

Callarse ambos á un tiempo; placer mayor aún que conversar.

Etc., etc.

Entretanto, se aproximaban algunas complicaciones.

Una noche que Mario iba por el boulevard de los Inválidos, con la cabeza baja según su costumbre, al volver la esquina de la calle de Plumet, oyó que le decían al lado:

—Buenas noches, señor Mario.

Alzó la cabeza y reconoció á Eponina.

Esto le causó un efecto singular.

Ni una sola vez había vuelto á acordarse de aquella muchacha desde el día en que le había llevado á la calle Plumet; no la había vuelto á ver, y se había borrado por completo de su memoria.

Tenía motivos para estarle agradecido, y le debía su felicidad presente; sin embargo, le disgustó encontrarla.

Es un error creer que la pasión, cuando es pura y feliz, conduce al hombre á un estado de perfección; le conduce simplemente, como hemos dicho, á un estado de olvido.

En tal situación el hombre se olvida de ser malo; pero olvida también el ser bueno.

El agradecimiento, el deber, los recuerdos esenciales é importunos se desvanecen.

En cualquier otro tiempo, Mario habría sido de otro modo distinto para Eponina.

Absorbido por Cosette, ni aún se había explicado claramente que aquella Eponina se llamaba Eponina Thénardier, que llevaba un nombre escrito en el testamento de su padre, el mismo nombre por que se hubiera sacrificado generosamente algunos meses antes.

Presentamos á Mario tal como era; hasta el nombre de su padre desaparecía un poco bajo los esplendores de su amor.

Respondió, pues, con cierto embarazo:

—¡Ah! ¿Sois vos, Eponina?

—¿Por qué me tratáis de vos? ¿Os he hecho algo?

—No,—respondió él.

Es verdad que nada sentía contra ella; todo lo contrario. Pero conocía que no podía hacer otra cosa; llamando de tú á Cosette, debía tratar de vos á Eponina.

Como Mario se callase, díjole ella:

—Decid, pues...

Y se detuvo. Parecía que le faltaban palabras á aquella criatura, en otro tiempo tan poco aprensiva y tan atrevida.

Trató de sonreír y no pudo. Volvió á decir:

—¿Y bien?

Luego se calló nuevamente y bajó los ojos.

—Buenas noches, señor Mario,—dijo luego, de repente; y se fué.

IV
Cab: rueda en inglés y ladra en germanía

El día siguiente, que era el 3 de junio de 1832, fecha que debemos consignar á causa de los sucesos graves que estaban suspendidos en el horizonte de París en estado de nubes cargadas, Mario, al caer la noche, seguía el mismo camino que la víspera, con los mismos alegres pensamientos en el corazón, cuando vió entre los árboles del boulevard á Eponina, que se dirigía hacia él.

Dos días seguidos de encontrarse era demasiado.

Se volvió rápidamente, salió del boulevard, cambió de camino y se fué á la calle Plumet por la calle de Monsieur.

Eponina le siguió hasta la calle Plumet, lo que no había hecho nunca hasta entonces, pues se había contentado con verle pasar por el boulevard sin tratar de pararle.

Sólo la víspera le había hablado.

Eponina le siguió, pues, sin que él lo supiese; le vió separar el hierro de la verja y penetrar en el jardín.

—¡Calle!—dijo.—¡Entra en la casa!

Se acercó á la verja, tentó los hierros uno después de otro, y dió fácilmente con el que Mario había separado.

Entonces murmuró á media voz, con lúgubre acento:

—¡Nada de eso, Lisette!

Sentóse en el estribo de la verja, y al lado del hierro, como si le estuviese guardando.

Aquel punto era precisamente el extremo de la verja que tocaba á la casa próxima, formándose allí un ángulo obscuro, en el que Eponina se ocultó completamente.

Así permaneció más de una hora sin moverse y sin respirar, entregada á sus imaginaciones.

Hacia las diez de la noche, una de las dos ó tres personas que pasaban por la calle Plumet, un viejo que se había retardado y pasaba muy de prisa por aquel sitio desierto y de malísima fama, costeando el averjado, al llegar al ángulo de la verja con el jardín, oyó una voz sorda y amenazadora, que decía:

—¡Ya no me admiro de que venga todas las noches!

El transeúnte miró en derredor, no vió á nadie, no se atrevió á mirar á aquel rincón obscuro, tuvo miedo y redobló el paso.

Aquel transeúnte hizo bien en marcharse corriendo, porque pocos momentos después, seis hombres, que iban separados y á corta distancia uno de otro á lo largo de la pared, y que habrían podido confundirse con una patrulla de policía, entraron en la calle Plumet.

El primero que llegó á la verja del jardín se detuvo y esperó á los demás; un segundo después estaban reunidos todos.

Aquellos hombres se pusieron á hablar en voz baja y en germanías.

—Aquí es,—dijo uno de ellos.

—¿Hay algún cab (perro) en el jardín?—preguntó otro.

—No lo sé. Pero por si acaso, he traído una morcilla, que le haremos tragar.

—¿Has traído la pasta para romper los vidrios sin hacer ruido?

—Sí.

—La verja es muy vieja,—dijo el quinto, que tenía voz de ventrílocuo.

—Tanto mejor,—dijo el segundo que había hablado.—Así no sonará al forzarla, ni nos costará mucho trabajo entrar.

El sexto, que no había abierto aún la boca, se puso á examinar la verja, como había hecho Eponina una hora antes, empuñando sucesivamente cada una de las barras, y moviéndolas con precaución. Así llegó al hierro que Mario solía separar.

Cuando iba á cogerle, una mano que salió bruscamente de la sombra le agarró el brazo; al mismo tiempo se sintió rechazado por medio del pecho, y oyó una voz que le decía sin gritar:

—Hay un cab (perro).

Y vió á una joven pálida delante de sí.

El hombre sintió esa conmoción que produce siempre lo inesperado.

Quedóse terriblemente atónito; nada hay tan formidable como las fieras inquietas; su aspecto atemorizado es temible. Retrocedió y murmuró:

—¿Quién es esa tunantuela?

—Vuestra hija.

En efecto, era Eponina que hablaba á Thénardier.

Á la aparición de Eponina, los otros cinco, es decir, Claquesous, Gueulemer, Babet, Montparnasse y Brujón, se habían acercado sin ruido, sin precipitación, sin decir una palabra, con la siniestra prontitud propia de estos hombres nocturnos.

Veíanseles algunos útiles repugnantes en la mano. Goulemer tenía una de esas pinzas cortas á las que los vagos llaman tenaza.

—¡Ah! ¿Qué haces ahí? ¿Qué nos quieres? ¿Estás loca?—exclamó Thénardier, gritando todo lo que se puede gritar en voz baja.—¿Quieres acaso impedirnos de trabajar?

Eponina se echó á reir, y saltó á su cuello.

—Estoy aquí, padre mío, porque estoy aquí. ¿No me es permitido sentarme ahora sobre las piedras? Vos sois el que no debe estar aquí. ¿Á qué venís, si esto es un bizcocho? Ya se lo dije á la Magnon. No hay nada que hacer aquí. Pero, abrazadme, padre mío. ¡Cuánto tiempo hace que no os he visto! ¿Estáis ya fuera? ¡Libre!

Thénardier trató de librarse de los brazos de Eponina, y murmuró:

—Está bien. Ya me has abrazado. Sí, estoy fuera. No estoy dentro. Ahora vete.

Pero Eponina no dejaba de acariciarle.

—Papaíto, ¿cómo lo habéis hecho? Mucha habilidad habéis de tener por haber salido de allí. ¡Contádmelo! ¿Y mi madre? ¿Dónde está mi madre? Dadme noticias de mamá.

Thénardier respondió:

—Está buena; no sé; déjame; dígote que te vayas.

—No quiero irme ahora,—dijo Eponina con un melindre de niño enfadado.—¿Me rechazáis después de cuatro meses que no os he visto, y cuando apenas he tenido tiempo de abrazaros?

Y volvió á echar los brazos al cuello de su padre, á pesar de la resistencia de éste.

—¡Ah! ¡Vaya! ¡Qué tonta eres!—dijo Babet.

Despachemos,—dijo Gueulemer,—que pueden pasar los corchetes.

La voz del ventrílocuo midió estos versos.

No es día ni es hora ya
De gritar papá ó mamá.

Eponina se volvió hacia los cinco bandidos.

—¡Calle! Brujón. Buenas noches, Babet. Buenas noches, Claquesous. ¿No me conocéis ya Gueulemer? ¿Qué tal va, Montparnasse?

—Sí, se acuerdan de ti,—dijo Thénardier.—Pero buenas noches, y largo. Déjanos tranquilos.

—Ésta es la hora de los lobos y no de las gallinas,—dijo Montparnasse.

—Ya ves que tenemos que hacer aquí,—añadió Babet.

Eponina cogió la mano á Montparnasse.

—¡Ten cuidado!—díjole éste.—Te vas á cortar; tengo la navaja abierta.

—Mi querido Montparnasse,—respondió Eponina dulcemente,—es preciso tener confianza en las personas. Yo soy quizá la hija de mi padre. Babet, Gueulemer, á mí es á quien se encargó el dar luz á este negocio.

Es de notar que Eponina no hablaba en germanía. Desde que conocía á Mario se le había hecho imposible este horrible lenguaje.

Apretó con su pequeña mano, huesosa y débil como la de un esqueleto, los gruesos dedos de Gueulemer, y continuó:

—Ya sabéis que no soy tonta. Por lo general se cree lo que digo. Os he prestado servicios algunas veces. Pues bien; me he informado, y os expondríais inútilmente. De seguro. Os juro que no hay nada que hacer en esta casa.

—No hay más que mujeres solas,—dijo Gueulemer.

—No. Los inquilinos se han mudado.

—Pero las luces parece que no,—prorrumpió Babet.

Y enseñó á Eponina al través de la copa de los árboles una luz que se paseaba por la buhardilla del pabellón.

Era la tía Santos, que había velado para poner la ropa blanca á secar.

Eponina intentó un último recurso:

—Pues bien,—dijo;—esta gente es pobrísima, y viven en una casucha donde no hay un ochavo.

—¡Vete al diablo!—exclamó Thénardier.—Cuando hayamos registrado la casa, y puesto la cueva arriba y el granero abajo, ya te diremos lo que hay dentro, y si son francos, monedas ó sueldos.

Y la empujó para pasar adelante.

—Mi buen amigo Montparnasse,—dijo Eponina,—á vos os lo ruego; vos que sois un buen muchacho; no entréis.

—Ten cuidado; mira que te vas á cortar,—respondió Montparnasse.

Thénardier añadió con su acento decisivo:

—Lárgate, muchacha, y deja á los hombres que hagan su negocio.

Eponina soltó la mano, que había vuelto á coger á Montparnasse, y dijo:

—¿Os empeñáis, pues, en entrar en esta casa?

—Algo hay de eso,—contestó el ventrílocuo con acento burlón.

Entonces ella se recostó en la verja, hizo frente á los seis bandidos armados hasta los dientes, y que parecían en la noche unos demonios, y dijo con voz firme y baja:

—Pues bien; yo no quiero.

Ellos se detuvieron estupefactos.

El ventrílocuo, sin embargo, acabó su risa burlona.

Ella continuó:

—Amigos, oid bien. La cosa cambia de aspecto. Ahora hablo yo. Si entráis en el jardín, si tocáis á esta verja, yo grito, golpeo en las puertas, despierto á la vecindad, y hago que os prendan á los seis, llamando á los agentes de policía.

—Y lo hará como lo dice,—dijo Thénardier en voz baja á Brujón y al ventrílocuo.

Ella meneó la cabeza, y añadió:

—¡Empezando por mi padre!

Thénardier se aproximó á ella.

—No tan cerca, buen hombre,—le dijo Eponina.

Él retrocedió, murmurando entre dientes:

—Pero, ¿qué es lo que tiene esta chica?

Y añadió:

—¡Perra!

Echándose á reir de una manera terrible.

—Seré lo que queráis, pero no entraréis. No soy hija de perro, puesto que soy hija de lobo. Sois seis; ¿y eso qué importa? Sois hombres; pues bien, yo soy mujer. No me dais miedo; marchaos, os digo que no entréis en esta casa; porque no quiero. Si os acercáis, ladro. Ya os lo he dicho; el cab (perro) soy yo, y no me importáis todos juntos un bledo. Seguid vuestro camino adelante, que ya me fastidiáis. Idos donde queráis, pero no vengáis aquí, os lo prohíbo. Vosotros á puñaladas y yo á zapatazos; me es igual. ¡Adelante pues!

Y dió un paso hacia los bandidos; estaba espantosa, y soltó una carcajada.

—¡Caramba! Que no tengo miedo. En verano tendré hambre, en invierno tendré frío. ¡Serán fanfarrones estos brutos de hombres creyéndose que inspiran miedo á una mujer! ¿De qué? ¡Miedo! ¡Ah! Sí. ¡Vaya! ¡Por qué tenéis queridas torpes que se esconden debajo de la cama cuando ahuecáis la voz! ¡Por eso! ¡Yo no tengo miedo de nada!

Y mirando fijamente á Thénardier, añadió:

—¡Ni aún de vos, padre!

Luego prosiguió, paseando sobre los bandidos sus sangrientas pupilas de espectro:

—¡Qué me importa á mí que me recojan mañana del arroyo de la calle Plumet, asesinada á puñaladas por mi padre, ó que me encuentren dentro de un año en las redes de Saint Cloud, ó en la isla de los Cisnes, en medio de tapones de corcho podridos y de perros ahogados!

Le fué preciso detenerse aquí; la había acometido una tos seca; su aliento salía como un estertor de su pecho angosto y débil.

Luego repuso:

—No tengo que hacer más que gritar, y vienen, y pataplum. Sois seis; yo soy todo el mundo.

Thénardier hizo un movimiento cauteloso para acercarse á Eponina.

—¡No os acerquéis!—gritó ella.

Thénardier se detuvo y la dijo con dulzura:

—Pues bien; no, no me acercaré; pero no hables tan alto. Hija, ¿quieres que no trabajemos? Tenemos que ganarnos la vida. ¿No tienes ya cariño á tu padre?

—Me aburrís,—dijo Eponina.

—Pero es preciso que vivamos, que comamos...

—¡Reventad!

Y esto diciendo, se sentó en el estribo de la verja, cantando:

Mi brazo gordito,
Mi pierna bien hecha
Y el tiempo perdido.

Tenía el codo puesto sobre la rodilla y la barba sobre la mano, meneando el pie con aire de indiferencia.

Su vestido roto dejaba ver sus descarnadas clavículas.

Un farol cercano iluminaba su actitud y su perfil; no podía verse nada más resuelto y sorprendente.

Atónitos los seis ladrones, y sombríos de que los tuviera así en jaque una mujer, se retiraron á la sombra que proyectaba el farol, y allí celebraron una especie de consejo con movimientos de hombro, humillados y furiosos.

Ella entre tanto los miraba con aire pacífico y esquivo.

—Algo le pasa,—dijo Babet.—¿Qué razón? ¿Estará tal vez enamorada del perro? ¡Lástima es que perdamos esto! Dos mujeres, un viejo que vive en el fondo del patio, buenos cortinajes en las ventanas. El viejo debe ser un quirol (judío). ¡El negocio no me parece despreciable!

—Pues bien; entrad vosotros,—dijo Montparnasse.—Yo me quedaré con la muchacha; y si chista...

É hizo relucir á la luz del farol la navaja que llevaba abierta en la manga.

Thénardier no decía palabra, y parecía dispuesto á todo.

Brujón que tenía algo de oráculo, y que, como ya hemos dicho, era el «inventor del golpe», no había hablado aún, y parecía pensativo. Estaba por no retroceder ante ningún obstáculo sabiéndose, como se sabía, que había robado sólo por bravear, uno de los cuartelillos de la policía. Además, hacía versos y canciones, lo que le daba mucha autoridad entre sus compañeros.

Babet le preguntó:

—¿Y tú no dices nada, Brujón?

Brujón permaneció un instante silencioso; después movió la cabeza en diversos sentidos, decidiéndose por fin á levantar la voz:

—Vamos á ver: esta mañana tropecé con dos gorriones picoteándose; esta noche tropiezo con una mujer que riñe. Todo esto es de mal augurio. Vámonos.

Y se fueron.

Al marcharse, Montparnasse murmuró:

—Es igual; pero si hubieran querido, yo le habría dado el golpe de gracia.

Babet respondió:

—Yo no. Siempre guardo respeto á las espaldas de las damas.

Al estar en el extremo de la calle se pararon, y en voz sorda cambiaron entre sí este diálogo enigmático:

—¿Adónde iremos á dormir esta noche?

—Debajo de Pantin (París).

—¿Llevas la llave de la reja, Thénardier?

—¡Diantre!

Eponina, que no apartaba de ellos la vista, les vió tomar el camino por donde habían venido.

Después se levantó, y arrastrándose detrás de ellos arrimada á las paredes y á las casas, fué siguiéndoles hasta el boulevard.

Allí se separaron; y vió á aquellos seis hombres perderse en la obscuridad, como fundiéndose entre las sombras.

V
Cosas de la noche

Después de marcharse los bandidos, la calle de Plumet volvió á tomar su tranquilo aspecto nocturno.

Lo que acababa de pasar en aquella calle no habría asombrado en un bosque.

El arbolado, los sotos, los brezos, las ramas ásperamente cruzadas, las hierbas crecidas, todo eso existe de una manera sombría; el hormigueo salvaje entrevé allí las súbitas apariciones de lo invisible; lo que está por debajo del hombre distingue á través de la bruma lo que está por encima del mismo; y las cosas ignoradas de nosotros, los vivos, se miran allí cara á cara, en la noche.

La naturaleza erizada y feroz se asusta á la aproximación de ciertas cosas en que ella cree adivinar lo sobrenatural.

Las fuerzas de la sombra se conocen, y tienen entre sí misteriosos equilibrios.

Los dientes y las garras temen lo que es inasible.

La bestialidad sedienta de sangre, los voraces apetitos hambrientos en busca de la presa, los instintos armados de uñas y mandíbulas, que tienen el vientre por principio y por fin, miran y husmean con inquietud el impasible perfil del espectro vagando bajo un sudario, de pie, envuelto en su temblorosa hopalanda, el cual les parece vivir una vida muerta y terrible.

Semejantes brutalidades, que no son sino materia, temen confusamente tener que habérselas con la inmensa obscuridad condensada en un ser desconocido.

Una figura negra, atravesándosele al paso, detiene instantáneamente á una bestia feroz.

Lo que sale del cementerio intimida y desconcierta á lo que surge del antro; lo feroz tiene miedo de lo siniestro; los lobos retroceden ante el encuentro de una boca abierta.

VI
Mario retrocede hasta la realidad, llegando á dar las señas de su casa á Cosette

Mientras que aquella perra con figura humana daba la guardia en la verja y los seis bandidos retrocedían ante una mujer, Mario permanecía al lado de Cosette.

Nunca había estado el cielo tan estrellado y hermoso, ni los árboles tan temblorosos, ni las plantas tan embalsamadas; nunca los pájaros se habían dormido entre las hojas con más suave arrullo; nunca todas las armonías de la serenidad universal habían correspondido mejor á las melodías interiores del amor; nunca Mario había estado tan conmovido, tan feliz, tan extasiado. Pero había encontrado triste á Cosette.

Cosette había llorado; tenía los ojos encarnados.

Aquélla era la primera nube de su admirable sueño.

Las primeras palabras de Mario fueron:

—¿Qué tienes?

Ella respondió:

—¡Ya verás!

Después sentóse ella en el banco junto á la escalinata; y mientras que él se sentaba á su lado tembloroso, continuó así:

—Mi padre me ha dicho esta mañana que estuviese dispuesta, porque tenía negocios que tal vez nos harían partir.

Mario se estremeció de pies á cabeza.

Al fin de la vida, morir es partir; pero al principio, partir es morir.

Hacía unas seis semanas que Mario, poco á poco, lentamente, por grados, iba tomando cada día posesión de Cosette, posesión enteramente ideal, pero profunda.

Como hemos dicho ya, en el primer amor se toma el alma antes que el cuerpo; después se toma el cuerpo antes que el alma, y aún algunas veces no se llega á tomar del todo el alma.

Los Foblás y los Proudhomme añaden: «porque no la hay»; pero el sarcasmo es, afortunadamente, una blasfemia.

Mario, pues, poseía á Cosette como poseen los espíritus; pero la envolvía con toda su alma, y la poseía con increíble convicción.

Poseía su sonrisa, su aliento, su perfume; las irradiaciones profundas de sus ojos azules, la suavidad de su cutis cuando le tocaba la mano, la encantadora señal que tenía al cuello, todos sus pensamientos.

Habían convenido en no dormirse jamás sin soñar el uno con el otro, y se habían cumplido la palabra.

Poseía, pues, todos los sueños de Cosette.

La miraba sin cesar; movía á veces con su aliento los ligeros y nacientes cabellos que aterciopelaban la nuca de Cosette, y se decía, que no había ni uno solo de aquellos cabellos que no perteneciese á Mario.

Contemplaba y adoraba todo lo que ella se ponía; el lazo de cintas, sus guantes, sus adornos, sus botitas como objetos sagrados de su pertenencia.

Pensaba que era el dueño de aquellos lindos peines de concha que ostentaba en la cabeza; y aún se decía, por un sordo y confuso murmullo de deleite que se dejaba sentir, que no había ni un solo hilo de su vestido, ni un punto de sus medias, ni un pliegue de su corsé que no fuese suyo.

Junto á Cosette se consideraba cerca de su bien, cerca de su felicidad, cerca de su dueña y de su esclava.

Parecía que habían mezclado sus almas de tal modo, que si hubiesen querido volver á tomar cada uno la suya, les habría sido imposible conocerlas.

Habrían tenido que disputar:

—Ésta es la mía.

—No; es la mía.

—Te aseguro que te engañas.

—Ése soy yo.

—Lo que tomas por tuyo es mío.

Mario era un algo que formaba parte de Cosette; Cosette era otro algo que formaba parte de Mario.

Mario conocía que Cosette vivía en él; tener á Cosette, poseerla, no era para él distinto de respirar.

En medio de aquella fe, de aquella embriaguez, de aquella posesión virginal, inaudita y absoluta, de aquella soberanía, cayeron estas palabras: «Vamos á partir». La agreste voz de la realidad le gritó: «¡Cosette no es tuya!».

Mario despertó.

Hacía seis semanas que vivía, como hemos dicho, fuera de la vida; esta palabra, ¡partir! le hizo volver á ella violentamente.

No halló una palabra que responder; Cosette sintió solamente que su mano estaba helada, y le dijo á su vez:

—¿Qué tienes?

Él respondió tan bajo, que apenas lo oyó Cosette.

—No comprendo lo que has dicho.

Y ella añadió:

—Esta mañana, mi padre me ha dicho que tenga prontas todas mis cosas, y esté dispuesta para partir; que prepare mi ropa para encerrarla en una maleta, que se veía obligado á hacer un viaje; que teníamos que partir; que necesitábamos una maleta grande para mí, y otra pequeña para él, y que lo preparase todo en una semana, porque tal vez iríamos á Inglaterra.

—¡Pero eso es monstruoso!—exclamó Mario.

Y ciertamente, en aquel momento, en el ánimo de Mario ningún abuso de poder, ninguna violencia, ninguna abominación del más atroz tirano, ninguna acción de Busiris, de Tiberio ó de Enrique VIII hubiera igualado en ferocidad á ésta: El señor Fauchelevent se lleva á su hija á Inglaterra, porque tiene allí negocios.

Preguntó, pues, con voz débil:

—¿Y cuándo partirás?

—No lo ha dicho.

—¿Y cuándo volverás?

—No lo ha dicho.

Mario se levantó y dijo fríamente:

—Cosette, ¿iréis?

Cosette volvió hacia él sus hermosos ojos preñados de angustia, respondiendo con acento extraviado:

—¿Adónde?

—Á Inglaterra. ¿Iréis?

—¿Por qué me hablas de vos?

—Os pregunto si iréis.

—¿Qué quieres que haga?—dijo ella juntando las manos.

—¿Es decir, que iréis?

—¡Si va mi padre!

—¿Iréis, pues?

Cosette tomó la mano á Mario estrechándola sin responder.

—Está bien,—dijo Mario.—Entonces yo me iré á otra parte.

Cosette sintió, más bien que comprendió, el significado de esta frase de despecho ó de amenaza; palideciendo con la conmoción de modo que su rostro apareció blanco en la obscuridad, y balbuceó:

—¿Qué quieres decir?

Mario la miró; luego alzó lentamente los ojos hacia el cielo, y respondió:

—Nada.

Cuando bajó los párpados, vió que Cosette se sonreía mirándole.

La sonrisa de la mujer amada tiene una claridad que desvanece las tinieblas.

—¡Qué tontos somos! Mario, se me ocurre una idea.

—¿Cuál?

—¡Parte, si partimos los dos! Te diré dónde. Ven á buscarme donde esté.—Mario era entonces un hombre completamente despierto. Había vuelto á la realidad; y dijo á Cosette:

—¡Partir con vosotros! ¿Estás loca? Es preciso dinero para eso, y yo no lo tengo. ¡Ir á Inglaterra! Ahora debo más de diez luises á Courfeyrac, un amigo á quien tú no conoces. Tengo un sombrero viejo que no vale tres francos, una levita sin botones por delante, mi camisa está toda rota, llevo los codos por fuera, mis botas se calan; hace seis semanas que no pienso en nada, y no te lo he dicho. Cosette, soy un miserable.

«Tú no me ves más que por la noche, y me das tu amor; ¡si me vieras de día, me darías una limosna! ¡Ir á Inglaterra! ¡Y no tengo con qué pagar el pasaporte!

Y se recostó contra un árbol que había allí, de pie, con las dos manos sobre la cabeza, con la frente contra la corteza, sin sentir ni la aspereza que le desgarraba la frente, ni la fiebre que agitaba sus sienes, inmóvil, y próximo á caer al suelo como la estatua de la Desesperación.

Así permaneció largo rato. En esos abismos se podría permanecer una eternidad: por fin se volvió, y oyó detrás de sí un ruido sofocado y triste.

Era Cosette que sollozaba.

Lloraba hacía ya más de dos horas al lado de Mario, que estaba soñando.

Mario se acercó, cayó de rodillas prosternándose lentamente, cogió la punta del pie que salía por bajo del vestido, y la besó.

Ella se lo permitió sin dejar su silencio.

Hay momentos en que la mujer acepta como una diosa sombría y resignada la religión del amor.

—No llores,—dijo Mario.

Y ella murmuró:

—¡Qué he de hacer, si voy á marcharme y no puedes venir!

Y él respondió:

—¿Me amas?

Cosette le contestó sollozando esta frase del paraíso, que nunca es tan seductora como al través de las lágrimas:

—¡Te adoro!

Él continuó con una entonación de voz, que no era sino una inexplicable caricia:

—No llores. Di, ¿quieres hacerme el favor de no llorar por mí?

—¿Me amas?—dijo ella.

Mario le tomó la mano.

—Cosette, nunca he dado mi palabra de honor á nadie, porque mi palabra de honor me causa miedo; conozco que al darla está mi padre á mi lado. Pues bien; te doy mi palabra de honor sacratísima que, si te vas, me muero.

Había en el acento con que pronunció estas palabras una melancolía tan solemne y serena, que Cosette tembló. Sintió ese frío que produce al pasar una cosa sombría y verdadera, y sobrecogida por ello cesó de llorar.

—Ahora escucha,—dijo él;—no me esperes mañana.

—¿Por qué?

—Ni me esperes hasta pasado mañana.

—¡Oh! ¿por qué?

—Ya lo verás.

—¡Un día sin verte! Eso es imposible.

—Sacrifiquemos un día para obtener tal vez toda la vida.

Y Mario añadió á media voz, y aparte:

—Es un hombre que no cambia nunca sus costumbres, y no recibe á nadie más que de noche.

—¿De quién hablas?—preguntó Cosette.

—¡Yo! No he dicho nada.

—¿Qué esperas, entonces?

—Espérame hasta pasado mañana.

—¿Lo quieres?

—Sí, Cosette.

Cosette entonces le cogió la cabeza entre sus manos, alzándose sobre la punta de sus pies para igualar su estatura, tratando de ver en sus ojos la esperanza.

Mario continuó:

—Creo que conviene que sepas las señas de mi casa por lo que pueda suceder; vivo en casa de ese amigo, llamado Courfeyrac, calle de la Verrerie, número 16.

Metió la mano en el bolsillo, sacó un cortaplumas, y con la hoja escribió en el yeso de la pared:

Calle de la Verrerie, 16.

Cosette entre tanto había vuelto á contemplar sus ojos.

—Dime lo que piensas, Mario; tienes una idea. Dímela. ¡Oh! ¡Dímela para que pase bien la noche!

—Mi pensamiento es éste: Es imposible que Dios quiera separarnos. Espérame pasado mañana.

—¿Y qué haré yo hasta entonces?—dijo Cosette.—¡Tú estás libre, vas y vienes! ¡Qué felices sois los hombres! ¡Yo me quedo sola! ¡Oh! ¡Qué triste voy á estar! ¿Qué vas á hacer tú mañana por la noche? Dímelo.

—Voy á hacer una tentativa.

—En ese caso, rogaré á Dios y pensaré en ti hasta entonces para que salgas de ella en bien. No te pregunto más porque no quieres. Eres mi dueño. Pasaré la noche de mañana cantando el coro de Euryanto, que tanto te gusta, y que viniste á oir una noche debajo de mi ventana. Pero pasado mañana, ¿vendrás temprano? Te esperaré á la noche á las nueve en punto; te lo prevengo. ¡Dios mío! ¡Qué triste es esto de que los días sean tan largos! ¿Lo has oído? Al dar las nueve estaré en el jardín.

—Y yo también.

Y sin decir nada más, movidos por el mismo pensamiento, arrastrados por esas corrientes eléctricas que ponen á dos almas en comunicación continua, embriagados ambos de deleite hasta en su dolor mismo, cayeron uno en brazos del otro, sin notar que sus labios estaban juntos, mientras que sus ojos, llenos de éxtasis y de lágrimas, contemplaban las estrellas.

Cuando salió Mario, la calle estaba desierta. En aquel momento Eponina seguía á los bandidos hasta el boulevard.

Mientras que Mario meditaba, con la cabeza apoyada en el árbol, se le había ocurrido una idea; una idea ¡ah! que él mismo tenía por insensata é imposible.

Había tomado un partido violento.

VII
Un corazón viejo y un corazón joven colocados de frente

El señor Guillenormand contaba á la sazón noventa y un años cumplidos. Seguía viviendo con la señorita Guillenormand en la calle de las Hijas del Calvario, número 6, en aquella casa antigua de su propiedad. Era, como recordará el lector, uno de esos viejos rancios que esperan la muerte á pie firme, que cargan con los años sin doblegarse, y que no se encorvan ni aún con los pesares.

Sin embargo, hacía ya algún tiempo que su hija decía: «Mi padre va decayendo».

Ya no abofeteaba á las criadas; ya no golpeaba con el bastón, y con acompañamiento de voces, la puerta de la escalera cuando Vasco tardaba en abrirle.

La revolución de julio apenas le había exasperado durante seis meses. Había visto casi sin inmutarse en el Monitor esta agrupación de palabras: «Humblot Conté, par de Francia».

El hecho es que el viejo estaba abatido. No se doblegaba, no se rendía, porque esto era imposible, así en su naturaleza física como en la moral; pero se sentía desfallecer interiormente.

Hacía cuatro años que esperaba á Mario á pie firme, esta es la frase, con la convicción de que aquel picaruelo extraviado llamaría algún día á su puerta; pero en ciertos momentos tristes llegaba á decirse que por poco que Mario tardase en venir...

Y no era la muerte lo que temía, sino la idea de no ver más á su nieto.

No volver á ver á Mario era una idea que aún no había cuajado en su cerebro; esta idea, que empezaba á manifestarse, le dejaba helado.

La ausencia, como sucede siempre con los sentimientos naturales y verdaderos, sólo había conseguido aumentar su cariño de abuelo hacia el niño ingrato que se había marchado con tanta indiferencia.

En las noches de invierno, cuando el termómetro marca diez grados bajo cero, es cuando más se piensa en el sol.

El señor Guillenormand era, ó se creía por lo menos, incapaz de dar un paso hacia su nieto; «antes reventar», decía.

Él no encontraba en sus hechos culpa ninguna; pero pensaba en Mario con profundo enternecimiento, y con la muda desesperación de un viejo que anda en las tinieblas.

Principiaba á perder los dientes, lo cual aumentaba su tristeza.

El señor Guillenormand, sin confesárselo á sí mismo, porque esta declaración le hubiera enfurecido y avergonzado, no había amado á ninguna querida tanto como á Mario.

Había mandado colocar en su cuarto, junto á la cabecera de la cama, como la primera cosa que quisiera ver al despertar, un antiguo retrato de su otra hija, la que había muerto, la señora de Pontmercy, retrato hecho cuando tenía ella diez y ocho años.

Contemplaba sin cesar este retrato, llegando á decir un día contemplándolo:

—Encuentro que se le parece.

—¿Á mi hermana?—dijo la señorita Guillenormand.—Sí, se parece.

El viejo añadió:

—Y á él también.

Otra vez, estando sentado juntas las rodillas y los ojos casi cerrados, en actitud de abatimiento, su hija se atrevió á decirle:

—Padre, ¿continuáis tan enfadado con él?

Y se detuvo, no atreviéndose á ir más allá.

—¿Con quién?—preguntó él.

—Con ese pobre Mario.

El señor Guillenormand levantó su decaída cabeza, puso su delgado y arrugado puño sobre la mesa, y gritó con el acento más vibrante é irritado:

—¡Pobre Mario, dices! Ese caballerito es un tuno, un miserable bribón, un vanidoso ingrato, sin corazón, sin alma; un orgulloso, un perverso.

Y se volvió para que su hija no viese una lágrima que asomaba en sus ojos.

Tres días después rompió un silencio que duraba cuatro horas para decirle á su hija de repente:

—Tuve el honor de rogar á la señorita Guillenormand que no me hablase nunca de él.

La tía de Mario renunció á toda tentativa, y formó este diagnóstico profundo:

—Mi padre no ha querido nunca á mi hermana después de su calaverada. Es natural que deteste á mi sobrino.

«Después de su calaverada» significaba después de haberse casado con el coronel.

Por lo demás, como puede haberse conocido, la señorita Guillenormand había visto defraudada su tentativa de sustituir con su favorito el oficial de lanceros á Mario.

El sustituto Teódulo no había cuajado; el señor Guillenormand no había aceptado el quid pro quo, porque el vacío del corazón no se acomoda á un alma cualquiera.

Á Teódulo, por su parte, aunque codiciando la herencia, le repugnaba la servidumbre de agradar.

El buen hombre fastidiaba al lancero, y el lancero le chocaba al buen hombre.

El teniente Teódulo era alegre sin duda, pero charlatán; frívolo, y luego vulgar; buen vividor, pero de mala sociedad; tenía también sus queridas, y hablaba mucho de ellas, es verdad; pero hablaba mal. Todas sus cualidades tenían un defecto.

El señor Guillenormand estaba ya harto de oirle hablar de sus aventuras afortunadas que le ocurrían alrededor de su cuartel en la calle de Babilonia. Y luego, el teniente Guillenormand se presentaba alguna que otra vez de uniforme con la escarapela tricolor.

Todo esto le hacía buenamente imposible; y el señor Guillenormand había acabado por decirle á su hija:

—Ya estoy cansado de Teódulo. Me gustan poco los guerreros en tiempo de paz. Recíbele tú, si quieres; no sé si preferir los acuchilladores á los que andan arrastrando el sable. El crujido de las espadas en la batalla es menos rastrero que el ruido que hace la vaina en el suelo. Además, gallardearse como un matasiete y apretarse el talle como una muchacha, gastar corsé debajo de la coraza, es ser doblemente ridículo. El que es hombre verdaderamente, está á igual distancia de la fanfarronada que de la puerilidad. Ni Fierabrás, ni corazón de almíbar. Guárdate tu Teódulo.

Su hija le contestó:

—Sin embargo es vuestro nieto.

Sin embargo, Guillenormand, que era abuelazo hasta la punta de los dedos, dió á entender que no era en modo alguno tío abuelo.

En realidad, como tenía ingenio y comparaba, Teódulo sólo había servido para hacerle sentir más la falta de Mario.

Una noche, la del 4 de junio, lo cual no impedía que el señor Guillenormand tuviera una buena lumbre en la chimenea, había despedido á su hija, que cosía en la pieza inmediata.

Estaba solo en su cuarto de pinturas pastoriles, con los pies sobre los morillos, medio rodeado por un ancho biombo chinesco de nueve hojas, recostado en la mesa, sobre la cual había dos bujías con pantalla verde, sumergido en un sillón de tapicería, con un libro en la mano pero sin leer, y vestido, según su moda, de increíble. Parecía un antiguo retrato de Garat.