LIBRO NOVENO
¿Á DÓNDE VAN?
I
Juan Valjean
Aquel mismo día, á eso de las cuatro de la tarde, Juan Valjean estaba sentado, solo, en uno de los declives más solitarios del Campo de Marte.
Ya fuese por prudencia ó por ese deseo de recogimiento que sigue á los cambios insensibles de costumbres que van penetrando poco á poco en todas las existencias, salía á la sazón muy poco con Cosette.
Vestía su traje de obrero con su pantalón gris; la ancha visera de la gorra le ocultaba el rostro.
Estaba tranquilo, y era feliz respecto de Cosette porque se había desvanecido lo que le había asustado durante algún tiempo; pero hacía una semana ó dos que le perseguía una ansiedad de diversa naturaleza.
Un día, paseándose por el boulevard, había visto á Thénardier, y gracias á su disfraz, éste no le había reconocido; pero desde entonces, Juan Valjean le había vuelto á ver varias veces, y adquirido la certeza de que rondaba su barrio. Esto bastaba para determinarle á tomar una gran resolución.
Estando allí Thénardier, estaban todos los peligros á un tiempo.
Además, París no estaba tranquilo. Las agitaciones políticas ofrecían el inconveniente para todo el que tuviera que ocultar algo de su vida, que la policía andaba inquieta y recelosa, y que buscando la pista de un hombre como Pepin ó Morey, podía muy bien encontrarse con un hombre como Juan Valjean.
Se había decidido á abandonar á París, y hasta la Francia, é ir á Inglaterra.
Había, pues, prevenido á Cosette, porque quería partir antes de ocho días.
Estaba, como decimos, sentado en la cuestecilla del Campo de Marte, dando vueltas en su cerebro á toda clase de pensamientos; Thénardier, la policía, el viaje, y la dificultad de hacerse con un pasaporte.
Todas estas cosas le inquietaban igualmente.
Además, un hecho inexplicable que acababa de sorprenderle, y que le tenía aún impresionado, aumentaba su desasosiego.
Aquel día por la mañana se había levantado temprano, y paseándose por el jardín antes de que Cosette hubiese abierto su ventana, había echado de ver este letrero grabado en la pared, probablemente con un clavo:
16, Calle de la Verrerie.
La obra debía ser reciente, porque los perfiles estaban aún blancos sobre la ennegrecida argamasa, y porque una mata de ortigas que había al pie de la pared estaba cubierta de polvo de yeso.
Aquello había sido escrito probablemente durante la noche.
Pero ¿qué era? ¿Una dirección? ¿Una señal para otros? ¿Un aviso para él? En todo caso, era evidente que había sido violado el jardín, y que había penetrado en él algún desconocido.
Entonces recordó los extraños incidentes que habían alarmado ya á la casa; meditó sobre aquella inscripción y se guardó muy bien de hablar de él á Cosette por miedo de asustarla.
En medio de estos pensamientos se fijó en una sombra que el sol proyectaba, sin duda de alguien que acababa de detenerse en lo alto de la cuestecita detrás de allí donde él estaba sentado.
Iba á volverse, cuando cayó sobre sus rodillas un papel doblado y vuelto á doblar, y como si una mano le hubiera dejado caer sobre su cabeza.
Cogió el papel, lo desdobló, y leyó estas palabras, escritas con lápiz en gruesos caracteres:
Mudaos.
Juan Valjean se levantó vivamente; pero nadie había en lo alto del talus. Buscó por todas partes, y descubrió un ser más grande que un niño y más pequeño que un hombre, vestido con blusa gris y pantalón de pana color de polvo, que saltando el parapeto, desaparecía en el foso del Campo de Marte.
Juan Valjean volvió á entrar inmediatamente en su casa muy pensativo.
II
Mario
Mario había salido trastornado de casa del señor Guillenormand.
Había entrado en ella con pocas esperanzas, y salía completamente desesperado.
Por lo demás, y cuantos han observado el corazón humano lo comprenderán, el lancero, el oficial, el necio, el primo Teódulo, no había dejado sombra alguna en su espíritu, ni la más pequeña nube.
El poeta dramático podría esperar algunas complicaciones de esta revelación hecha á quema ropa al nieto por el abuelo; pero lo que con esto ganaría el drama lo perdería la verdad.
Mario estaba en esa edad en que no se cree nada malo; después viene la edad en que se cree todo.
Las sospechas no son más que arrugas, y la primera juventud no las tiene.
Lo que anonada á Otelo, se desliza sencillamente en Cándido. ¡Sospechar de Cosette! Antes hubiera Mario cometido mil crímenes.
Púsose á andar por las calles, recurso de todos los que padecen, y no pensó en nada de que pudiera acordarse.
Á las dos de la madrugada entró en casa de Courfeyrac, y se dejó caer, vestido, sobre su colchón.
Había salido ya el sol cuando se durmió, con ese horrible y pesado sueño que deja ir y venir las ideas en el cerebro.
Al despertarse, vió á Courfeyrac, Enjolrás, Feuilly y Combeferre, de pie, con el sombrero puesto, preparados para salir, y muy afanosos.
Courfeyrac le dijo:
—¿Vienes al entierro del general Lamarque?
Parecióle que Courfeyrac hablaba en chino.
Salió de casa poco tiempo después de ellos. Se metió en el bolsillo los dos cachorrillos que Javert le había entregado para la aventura del 3 de febrero, y que se habían quedado en su poder.
Los cachorrillos estaban cargados aún.
Sería difícil decir qué obscuro pensamiento tenía en su cabeza al llevarlos consigo.
Todo el día lo pasó vagando, sin saber por dónde iba; estaba lloviendo á intervalos; pero no lo notaba; compró para comer un bollo de dos sueldos en un despacho de pan, se lo guardó en el bolsillo, y no volvió á acordarse de él.
Parece también que se bañó en el Sena, sin tener conciencia de lo que hacía.
Hay momentos en que se tiene un horno bajo el cráneo, y Mario estaba en uno de estos momentos.
Ya no esperaba nada, ni temía nada; había dado este paso desde la víspera.
Esperaba la noche con impaciencia febril; no tenía sino una sola idea clara: que á las nueve vería á su amada Cosette.
Esta última felicidad era todo su porvenir; después sólo le quedaba la sombra.
Por intervalos, paseando por las calles más desiertas, le parecía oir en París ruidos extraños, y saliendo de su meditación, decía: «¿Es que pelean?».
Al caer la noche, á las nueve en punto, como se lo había prometido á Cosette, estaba en la calle Plumet.
Cuando se acercó á la verja todo lo olvidó.
Hacía cuarenta y ocho horas que no había visto á Cosette; iba á verla, y todas las demás ideas se borraron; no sentía sino profunda alegría.
Esos minutos en que se vive un siglo tienen una cosa soberana y admirable; en el espacio que pasan llenan por completo el corazón.
Mario abrió la verja, y se precipitó en el jardín.
Cosette no estaba en el sitio en que le esperaba siempre.
Atravesó la espesura y llegó al ángulo cerca de la escalinata.
—Me espera allí,—dijo para sí.
Cosette no estaba.
Levantó los ojos y vió que los postigos de la ventana estaban cerrados. Dió la vuelta al jardín, y vió que estaba desierto.
Entonces dió la vuelta á la casa, y perdido de amor, loco, asustado, exasperado de dolor y de inquietud, como un amo que entra en su casa á deshora, llamó fuertemente á la ventana.
Llamó y volvió á llamar, expuesto á ver abrirse la ventana y asomar por ella la sombría cabeza del padre, y oir que le preguntara:
—¿Qué queréis?
Esto era nada comparado con lo que sospechaba.
Cuando hubo golpeado la ventana, gritó y llamó á Cosette.
—¡Cosette!
—¡Cosette!—repitió imperiosamente.
Todo había concluido.
No había nadie en el jardín, nadie en la casa.
Mario fijó sus ojos desesperados en aquella casa lúgubre, tan negra, tan silenciosa y más vacía que una tumba, y se fijó después en el banco de piedra donde había pasado horas tan felices al lado de Cosette.
Entonces se sentó en la escalinata con el corazón lleno de dolor y de resolución, bendijo su amor en el fondo de su pensamiento, y se dijo, que, puesto que Cosette se había marchado, no tenía que hacer ya sino morir.
De repente oyó una voz que parecía salir de la calle, y que gritaba á través de los árboles:
—¡Señor Mario!
—¿Quién es?—dijo.
—Señor Mario, ¿estáis ahí?
—Sí.
—Señor Mario,—añadió la voz,—vuestros amigos os esperan en la barricada de la calle de Chanvrerie.
Esta voz no le era enteramente desconocida.
Se parecía á la voz ronca y áspera de Eponina.
Mario corrió á la verja, separó el hierro móvil, pasó la cabeza, y vió una figura, que le pareció la de un joven, desaparecer corriendo en el crepúsculo.
III
El señor Mabeuf
La bolsa de Juan Valjean había sido inútil al señor Mabeuf, porque éste, en su venerable austeridad infantil, no había aceptado el regalo de los astros; no había admitido que una estrella podía convertirse en monedas de oro, y no había podido adivinar que lo que caía del cielo viniera de Gavroche.
Había llevado la bolsa al comisario de policía del barrio, como objeto perdido, puesto por el que le había hallado á disposición del que lo reclamase.
La bolsa, en efecto, se perdió.
No hay que decir que nadie la reclamó, sin que sirviese de socorro al señor Mabeuf.
Por lo demás, el señor Mabeuf continuaba viniendo á menos.
Los ensayos sobre el añil no habían dado mejor resultado en el Jardín Botánico que en su jardín de Austerlitz.
El año anterior debía el salario á su ama, y á la sazón debía, como hemos visto el alquiler de la casa.
El Monte de Piedad, después de cumplidos trece meses, había vendido las planchas de su Flora, y algún calderero había hecho de ellas cacerolas.
Perdidas, pues, sus planchas, y no pudiendo completar los ejemplares descabalados de su Flora, que poseía aún, había cedido á bajo precio á un librero chalán, planchas y textos como de saldos.
Nada le quedó de la obra de toda su vida. Empezó á comerse el dinero de aquellos ejemplares.
Cuando vió que este miserable recurso se agotaba, renunció á su jardín abandonando el cultivo.
Antes, mucho tiempo antes había renunciado á los dos huevos y el pedazo de carne que comía de cuando en cuando.
Sólo se alimentaba con pan y patatas; había vendido sus últimos muebles; después todo lo que tenía doble en materia de ropa de cama, vestidos y mantas; después sus herbarios y sus estampas; pero aún conservaba los libros más preciosos, entre los cuales había algunos rarísimos, como: Los cuadritos históricos de la Biblia, edición de 1560; La concordancia de las Biblias, de Pedro de Besse; Las Margaritas de la Margarita, de Juan de la Haye, con dedicatoria á la reina de Navarra; el libro del Cargo y dignidad de Embajador, por el señor de Williers Hotman; un Florilegium rabbinicum, de 1644; un Tibulo, de 1567, con esta espléndida inscripción: Venetiis, in œdibus Manutianis; y en fin, un Diógenes Laercio, impreso en Lyon en 1644, en que se hallaban las famosas variantes del manuscrito 411 del siglo XIII, del Vaticano y las de los dos manuscritos de Venecia 393 y 394, tan fructuosamente consultados por Enrique Estienne, y todos los pasajes en dialecto dórico, que no se encuentran más que en el célebre manuscrito del siglo XII de la biblioteca de Nápoles.
El señor Mabeuf no encendía nunca lumbre en su cuarto, y se acostaba con el día para no encender luz.
Parecía que no tenía vecinos, porque evitaban su encuentro cuando salía; él lo había notado.
La miseria de un niño conmueve á una madre; la miseria de un mozo conmueve á una muchacha; pero la miseria de un viejo no conmueve á nadie, y es de todas las infelicidades la más fría.
Pero el señor Mabeuf no había perdido enteramente su serenidad de niño; sus ojos despedían aún luz cuando se fijaban en sus libros, y se sonreía cuando contemplaba el Diógenes Laercio, que era ejemplar único.
Su armario con cristales era lo único que había conservado además de lo indispensable.
Un día le dijo la tía Plutarco:
—No tengo con que traer comida.
Lo que ella llamaba comida era un pan y cuatro ó cinco patatas.
—Fiado,—dijo el señor Mabeuf.
—Ya sabéis que me lo niegan.
El señor Mabeuf abrió su biblioteca, miró mucho tiempo sus libros, uno después de otro, como un padre obligado á diezmar á sus hijos los miraría antes de elegir; después cogió uno de repente, se le puso debajo del brazo, y salió.
Á las dos horas volvió sin nada debajo del brazo, y poniendo treinta sueldos sobre la mesa, dijo:
—Traed comida.
Desde aquel momento la tía Plutarco vió cubrirse el cándido semblante del señor Mabeuf de un velo sombrío, que no desaparecía nunca.
El día siguiente, el otro, todos los demás, fué preciso hacer otro tanto.
El señor Mabeuf salía con un libro, y volvía con una moneda de plata.
Como los libreros chalanes le veían obligado á vender, le compraban por veinte sueldos los libros porque había dado veinte francos alguna vez á ellos mismos.
Así concluyó toda su biblioteca, tomo á tomo.
En algunos momentos se decía: «Sin embargo, tengo ochenta años», como si tuviese alguna esperanza de llegar antes al fin de sus días que al fin de sus libros.
Su tristeza iba en aumento; pero una vez tuvo una alegría.
Salió con un Roberto Estienne, que vendió en treinta y cinco sueldos en el muelle de Malaquais, y volvió con un Alde que había comprado por cuarenta en la calle de Grés.
—Debo cinco sueldos,—dijo muy alegre á la tía Plutarco.
Aquel día no comieron.
Pertenecía á la Sociedad de Horticultura donde sabían su pobreza.
El presidente de esta Sociedad fué á verle, le prometió hablar de él al ministro de Agricultura y Comercio, y lo cumplió:
—¡Cómo!—exclamó el ministro.—¡Ya lo creo! ¡Un sabio anciano! ¡Un botánico! ¡Un hombre inofensivo! ¡Es preciso hacer algo por él!
Al día siguiente el señor Mabeuf recibió una invitación para comer con el ministro. Enseñó la carta temblando de alegría á la tía Plutarco, diciéndola:
—¡Nos hemos salvado!
El día fijado fué á casa del ministro. Notó que su corbata arrugada, su antiguo frac cuadrado y sus zapatos embetunados, asombraban á los porteros.
Nadie le habló, ni aún el ministro.
Á eso de las diez de la noche, como estuviese todavía esperando una palabra, oyó á la mujer del ministro, hermosa señora, descotada, á quien no había atrevido á acercarse, que preguntaba:
—¿Quién es ese caballero anciano?
Volvióse á su casa, á pie, á media noche, bajo una fuerte lluvia. Había vendido un Elzevir para pagar el coche á la ida.
Tenía la costumbre de leer todas las noches, antes de acostarse, algunas páginas de su Diógenes Laercio; sabía bastante griego para encontrar un placer en las particularidades del texto que poseía; ya no tenía otros goces.
Pasáronse algunas semanas; pero de pronto la tía Plutarco cayó enferma.
Hay una cosa más triste que no tener para comprar pan en la tahona, y es no tener para comprar medicinas en la botica: una noche el médico recetó una poción muy cara.
Además, agravándose la enferma, necesitaba una persona que la cuidara.
El señor Mabeuf abrió la biblioteca, y ya no tenía nada; había vendido hasta el último volumen; no le quedaba más que su Diógenes Laercio.
Se puso el ejemplar único bajo el brazo y salió; era el 4 de junio de 1832.
Fué á la puerta de Santiago, á casa del sucesor de Royol, y volvió con cien francos.
Puso el montoncito de napoleones sobre la mesa de noche de la vieja criada, y se volvió á su cuarto sin decir una sola palabra.
Al día siguiente, en cuanto amaneció, se sentó en el guarda-cantón que había en el jardín, y pudo vérsele por cima del seto toda la mañana inmóvil, con la cabeza inclinada, y la vista vagamente fija en sus marchitos cuadros.
Llovía á intervalos, pero el viejo no lo notaba.
Á mediodía estalló en París un ruido extraordinario; parecía que se oían tiros de fusil y clamores populares.
El señor Mabeuf levantó la cabeza.
Vió pasar un jardinero y le preguntó:
—¿Qué es eso?
El jardinero respondió con su azadón al hombro y con el acento más tranquilo:
—Un motín.
—¡Cómo! ¿Un motín?
—Sí, se están batiendo.
—¿Y porqué se baten?
—¡Diablo!—prorrumpió el jardinero.
—¿Hacia qué lado?—preguntó el señor Mabeuf.
—Por la parte del Arsenal.
El señor Mabeuf volvió á entrar en su casa, buscó maquinalmente un libro para llevárselo debajo del brazo, no le encontró, y dijo:
—¡Ah, es verdad!
Y salió con aire extraviado.