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Los miserables - Tomo 2 (de 2) cover

Los miserables - Tomo 2 (de 2)

Chapter 13: LIBRO DÉCIMO EL 5 DE JUNIO DE 1832
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LIBRO DÉCIMO
EL 5 DE JUNIO DE 1832

I
El exterior de la cuestión

¿De qué se compone un motín?

De todo y de nada.

De electricidad que se desarrolla poco á poco, de una llama que se forma de súbito, de una fuerza vaga, de una ráfaga que pasa.

Esta ráfaga encuentra cabezas que hablan, cerebros que piensan, almas que padecen, pasiones que arden, miserias que aúllan, y las arrastra.

¿Adónde?

Al acaso...

Á través del Estado, á través de las leyes, á través de la prosperidad y de la insolencia de los demás.

Las convicciones irritadas, los entusiasmos agriados, las indignaciones conmovidas, los instintos de guerra comprimidos, los ánimos jóvenes exaltados, las ceguedades generosas; la curiosidad, el placer por los cambios de objeto, la sed de lo inesperado, el sentimiento que hace experimentar placer al leer el cartel de un nuevo espectáculo, y al oir en el teatro el silbato del maquinista; los odios vagos, los rencores, las contrariedades, toda vanidad que cree haber fracasado su destino; el malestar, los sueños insensatos, las ambiciones rodeadas de abismos; todo el que espera de un derrumbamiento una salida, y en fin, más abajo, la turba, ese lodo que se convierte en fuego; tales son los elementos del motín.

Cuanto hay de más grande y más ínfimo, los seres que vagan alrededor de todo esperando la ocasión, perdidos, gentes sin profesión, vagabundos de las encrucijadas, los que duermen por la noche en un desierto de casas, sin más techo que las frías nubes del cielo; los que piden cada día su pan al azar y no al trabajo, los desconocidos de la miseria y de la nada, los brazos desnudos, los pies descalzos, pertenecen al motín.

Todo el que tiene en el alma una rebelión secreta contra un hecho cualquiera del Estado, de la vida ó de la suerte, linda con el motín, y desde que se presenta empieza á temblar y á sentirse frecuentemente conmovido por el torbellino.

El motín es una especie de tromba de la atmósfera social, que se forma de repente en ciertas condiciones de temperatura, y que en sus remolinos sube, corre, truena, arranca, corta, rompe, demuele, desarraiga, arrastrando consigo los ánimos grandes y los pequeños, al hombre fuerte y al débil, al tronco del árbol y la arista de la paja.

¡Desgraciado aquel ó quien arrastra lo mismo que aquel con quien choca!

Los estrella uno contra otro.

Comunica á los que coge un poder extraordinario. Lleva al primero que encuentra con la fuerza de los sucesos, y hace de todo proyectiles; convierte un canto en bala, y un mozo de cordel en general.

Si hemos de creer á ciertos oráculos de la política recelosa, bajo el punto de vista del poder, un motín es cosa de desear.

Para ellos es un axioma que el motín afirma á los gobiernos cuando no los derriba; porque pone á prueba el ejército, concentra los ciudadanos, estira los músculos de la policía, y pone de manifiesto las fuerzas de la osadía social.

Es un ejercicio gimnástico, casi higiénico. El poder se siente mejor después de un motín, como el hombre después de una fricción.

El motín, hace treinta años, se consideraba además bajo otros puntos de vista.

Para todo hay su teoría que se llama á sí misma «del sentido común». Felinto contra Alcestes; mediación ofrecida entre lo verdadero y lo falso, explicación, admonición, atenuación un poco altiva, que porque tiene cierta mezcla de culpa y de excusa, se cree la sabiduría, cuando no es más que la pedantería.

De ahí ha salido toda una escuela política, llamada del justo medio.

Entre el agua fría y el agua caliente, hay el partido del agua tibia.

Esa escuela, con sus falsas profundidades enteramente superficiales, que disecan los efectos sin remontarse á las causas, censura desde lo alto de una semi-ciencia las agitaciones de la plaza pública.

Oigamos á la tal escuela:

«Los motines que complicaron la revolución de 1830, quitaron á este gran acontecimiento una parte de su pureza.

«La revolución de julio había sido un majestuoso huracán popular, seguido inmediatamente de la calma; pero los motines volvieron á nublar el cielo; hicieron que degenerase en querella esta revolución, tan notable al principio por su unanimidad.

«En la revolución de julio, como en todo progreso que se realiza por una sacudida, había habido fracturas secretas; el motín las hizo sensibles, y pudo decirse: ¡Ah! ¡Esto está roto!

«Después de la revolución de julio, sólo se sentía la libertad; después de los motines se sintió la catástrofe.

«Cualquier motín cierra las tiendas, hace bajar los fondos, asusta á la Bolsa, suspende el comercio, suspende los negocios, precipita las quiebras; huye el dinero, las fortunas privadas se inquietan, el crédito público se ve perdido y la industria desconcertada; los capitales retroceden, el trabajo es menos retribuido; en todas partes reina el miedo, la reacción repercute en todas las ciudades.

«De ahí nacen precipicios profundos.

«Se ha calculado que el primer día de motín cuesta á Francia veinte millones de francos, el segundo cuarenta, y él tercero sesenta.

«Un motín de tres días cuesta ciento veinte millones; es decir, que no teniendo en cuenta más que este resultado económico, equivale á un desastre, á un naufragio ó una batalla perdida que destruye una escuadra de sesenta navíos de línea.

«Sin duda, históricamente, los motines tuvieron sus bellezas; la guerra de las calles no es menos grandiosa, ni menos patética que la guerra del campo; en la una está el alma de los bosques, y en la otra el corazón de las ciudades; la una tiene á Juan Chuan, y la otra á Juana de Arco.

«Los motines enrojecieron espléndidamente todos los rasgos más originales del carácter parisiense, la generosidad, el desinterés, la alegría tempestuosa, los estudiantes probando que el valor forma parte de la inteligencia, la guardia nacional inquebrantable, los vivacs de los tenderos, las fortalezas de los pilluelos, y el desprecio de la muerte en los transeúntes.

«Las escuelas y los regimientos vinieron á las manos y chocaron unas contra otros.

«Bien considerado todo, entre los combatientes no había más que una diferencia, la de edad; eran de la misma raza, los mismos hombres estoicos que mueren á los veinte años por sus ideas, y á los cuarenta por su familia.

«El ejército, siempre triste en las guerras civiles, oponía la prudencia á la audacia.

«Los motines, al mismo tiempo que manifestaron la intrepidez popular, educaron en el valor al ciudadano.

«Pero, ¿vale todo esto la sangre vertida?

«Y á esa sangre añádase el porvenir obscurecido, el progreso comprometido, la inquietud entre los mejores, los liberales honrados desesperanzados, el absolutismo extranjero viendo con placer estas heridas abiertas por sí misma á la revolución, los vencidos de 1830 triunfando y diciendo: ¡Ya lo habíamos dicho!

«Agréguese á esto, que si París tal vez se engrandece, de seguro se empequeñece la Francia; y añádase por último, pues debe decirse todo, los asesinatos que deshonraban con frecuencia la victoria del orden convertido en ferocidad sobre la libertad enloquecida.

«Suma total, los motines han sido funestos».

Así habla esa casi sabiduría con que la burguesía, esa especie de semipueblo, se queda tan satisfecha.

Por nuestra parte, rechazamos esa palabra tan extensa, y por consiguiente tan cómoda: los motines.

Entre un movimiento popular y otro movimiento popular, hacemos una distinción.

No nos preguntamos si un motín cuesta tanto como una batalla.

Y en primer lugar, ¿por qué una batalla?

Aquí surge la cuestión de la guerra.

¿Acaso es menos un azote la guerra que es el motín una calamidad?

Además, ¿son calamidades todos los motines?

Aun cuando el 14 de julio costase ciento veinte millones de francos, ¿qué tiene eso que ver?

La instalación de Felipe V en España costó á Francia dos mil millones; por el mismo precio preferiríamos el 14 de julio.

Por otra parte, negamos esas cifras que parecen razones, y no son más que palabras.

Dado un motín, examinémoslo en sí mismo.

En todo lo que dice la objeción doctrinaria expuesta más arriba, no es sino cuestión del efecto; nosotros buscamos la causa; precisamos.

II
El fondo de la cuestión

Existe el motín y existe la insurrección; son dos cóleras diversas, una equivocada, otra con razón.

En los Estados democráticos, únicos fundados en la justicia, sucede á veces que una fracción es usurpadora; entonces todo se levanta y la reivindicación necesaria de su derecho, puede llegar hasta á tomar las armas.

En todas las cuestiones que llegan á la soberanía colectiva, la guerra del todo contra la fracción es insurrección; el ataque de la fracción contra el todo es motín; según estén las Tullerías habitadas por el rey ó por la Convención, son justa ó injustamente atacadas.

El mismo cañón asestado contra la multitud no tiene razón el 10 de agosto, y la tiene el 14 de vendimiario.

Su apariencia es, pues, semejante, al fondo distinto; los suizos defienden lo falso. Bonaparte lo verdadero.

Lo que el sufragio universal ha hecho con su libertad y con su soberanía, no puede ser deshecho por las calles.

Lo mismo sucede en las cosas de pura civilización; el instinto de las masas, ayer previsor, puede estar mañana turbado.

La misma ira es legítima contra Terray y absurda contra Turgot.

La destrucción de máquinas, el pillaje de los almacenes, la ruptura de vías, la demolición de muelles, los extravíos de la multitud, la injusta oposición del pueblo al progreso, Ramus asesinado por los escolares, Rousseau expulsado de Suiza á pedradas, son motines.

Israel contra Moisés, Atenas contra Foción y Roma contra Escipción, son motines.

París contra la Bastilla, es la insurrección.

Los soldados contra Alejandro, los marineros contra Cristóbal Colón, es la rebelión misma, rebelión impía. ¿Y por qué? Porque Alejandro hace por Asia con la espada lo que Cristóbal Colón por América con la brújula; Alejandro como Colón descubre un mundo.

Estos dones de mundos á la civilización son tales acrecentamientos de luz, que toda resistencia es criminal.

Algunas veces el pueblo se miente fidelidad á sí mismo, y la multitud hace traición al pueblo.

¿Hay, por ejemplo, nada más extraño que esa larga y sangrienta protesta de los falsificadores políticos, legítima rebelión crónica, que en el momento decisivo, en el día de la salvación, en la hora del triunfo popular se alza con el trono, se hace vendeana, y de insurrección en contra, se trueca en motín á favor? ¡Sombría obra maestra de la ignorancia!

El falsificador político escapa á las horcas reales, y con un resto de cuerda al cuello, enarbola la escarapela blanca.

¡Mueran las gabelas! supone un ¡viva el rey!

Matadores de la noche de San Bartolomé, degolladores de septiembre, destructores de Aviñón, asesinos de Coligny, asesinos de la señora de Lamballe, asesinos de Brune, Miqueletes, Verdetes, Cadenettes, compañeros de Jehú, caballeros de Brassard; he aquí el motín.

La Vendée es un gran motín católico.

El rumor del derecho en movimiento se reconoce; no sale siempre del temblor de las masas agitada; hay furores locos, como hay campanas rajadas; no suenan los somatenes siempre á bronce.

El estremecimiento de la pasión y de la ignorancia es distinto de la sacudida del progreso.

Levantaos, sí, pero para engrandeceros; mostradme hacia dónde vais; solo hay insurrección marchando adelante.

Cualquier otro levantamiento es malo; todo paso violento hacia atrás, es un motín; el retroceso es una vía de hecho contra el género humano.

La insurrección es el acceso de furor de la verdad; los adoquines que mueve la insurrección despiden la chispa del derecho.

Esos adoquines en otras manos no dejan al motín sino su lodo.

Dantón contra Luis XVI es la insurrección; Hebert contra Dantón es el motín.

De ahí proviene que si la insurrección, en estos casos dados, puede ser, como ha dicho Lafayette, el más santo de los deberes, el motín puede ser el más fatal de los atentados.

Hay también alguna diferencia en la intensidad del calórico; la insurrección suele ser un volcán, el motín es con frecuencia fuego de paja.

La rebelión, como hemos dicho, parte algunas veces del poder. Polignac es un bullanguero; Camilo Desmoulins un gobernante.

Á veces, insurrección es resurrección.

La solución de todo por el sufragio universal es un hecho absolutamente moderno, y toda la historia anterior á este hecho desde hace cuatro mil años, llena de violaciones del derecho y de sufrimientos de los pueblos, cada época de la historia lleva consigo la protesta que le es posible.

Bajo los Césares no hubo insurrecciones, pero hubo un Juvenal.

El facit indignatio reemplaza á los Gracos.

Bajo los Césares hay el desterrado de Siena, é igualmente el autor de los Anales.

Y no hablamos del gran desterrado de Patmos, que también él condena al mundo real con una protesta en nombre del mundo ideal; hace de la visión una sátira enorme, y arroja sobre Roma Nínive, sobre Roma Babilonia, sobre Roma Sodoma, la flamígera reverberación del Apocalipsis.

Juan, sobre su peñasco, es el esfinge sobre su pedestal; puédese no comprenderle; es un judío, y es como si hablara en hebreo; pero el hombre que escribe los Anales es un latino, ó, mejor dicho, un romano.

Reinando los Nerones de una manera sombría, sombríamente deben ser pintados.

El trabajo del buril por sí solo sería pálido; es preciso verter en los blancos una prosa concentrada y mordiente.

Los déspotas entran por algo en la mente de los pensadores. Palabra encadenada es palabra terrible.

El escritor duplica y triplica su estilo, cuando un amo le impone silencio al pueblo.

De este silencio nace cierta plenitud misteriosa que se filtra y se solidifica como bronce en el pensamiento.

La compresión de la historia produce la concisión en el historiador.

La solidez granítica de tal prosa célebre no es más que un apisonamiento hecho por el tirano.

La tiranía obliga al escritor á contracciones de diámetro, que son acrecentamientos de fuerza.

La frase ciceroniana, apenas suficiente para Verres, se embotaría contra Calígula.

Á menor extensión del período, mayor intensidad de golpe.

Tácito piensa con el brazo contraído.

La honradez de un gran corazón, condensada en justicia y en verdad, fulmina como el rayo.

Sea dicho de paso, es de notar que Tácito no esté históricamente sobrepuesto á César; estanle reservados los Tiberios.

César y Tácito son dos fenómenos sucesivos, cuyo encuentro parece misteriosamente evitado por aquel que al sacar los siglos á la escena, arregla las entradas y salidas.

César es grande, Tácito es grande; Dios dirige estas dos grandezas evitando que choquen una contra otra.

El justiciero, hiriendo á César, podía herir demasiado y ser injusto, y Dios no lo quiere.

Las grandes guerras de África y de España, los piratas de Cilicia destruidos, la civilización introducida en la Galicia, en Bretaña, en Germania, toda esta gloria cubre al Rubicón. Hay en esto una especie de delicadeza de la justicia divina, dudando en dejar caer sobre el usurpador ilustre al historiador formidable, haciendo á César gracia de Tácito, y concediendo circunstancias atenuantes al genio.

En verdad que el despotismo es despotismo siempre, aún bajo el déspota de genio. Hay corrupción bajo los tiranos ilustres; pero la peste moral es más repugnante aún bajo los tiranos infames.

En tales reinados, nada vela la vergüenza; y los autores de ejemplos, Tácito, como Juvenal, abofetean más provechosamente en presencia del género humano, á esa ignominia sin réplica.

Roma apesta más en tiempos de Vitelio que en tiempos de Sila.

Bajo Claudio y bajo Domiciano hay una deformidad de bajeza correspondiente á la fealdad del tirano; la villanía de los esclavos es un producto directo del déspota; de esas conciencias corruptas se exhala el miasma del reflejo del amo; los poderes públicos son inmundos, los corazones pequeños, las conciencias romas; las almas repugnantes; así sucede con Caracalla, así con Cómodo, así con Heliogábalo, mientras que del senado romano bajo César, no sale más que el olor del fiemo natural de los nidos de águila.

De ahí, pues, la venida, al parecer tardía, de los Tácitos y Juvenales; el demostrador sólo aparece á la hora de la evidencia.

Pero Juvenal y Tácito, como los Isaías en los tiempos bíblicos, y como Dante en la Edad media, son el hombre; el motín y la insurrección son la multitud, que tan pronto tiene razón, como no la tiene.

En la generalidad de los casos, el motín sale de un hecho material; la insurrección es siempre un fenómeno moral.

El motín es Masaniello; la insurrección es Espartaco.

La insurrección confina con la inteligencia, el motín con el estómago.

Gaster se irrita; pero Gaster, en verdad, no tiene razón siempre.

En las cuestiones de hambre, el motín. Buzançais, por ejemplo, tiene un punto de partida verdadero, patético y justo. Sin embargo, no pasa de motín.

¿Por qué? Porque teniendo razón en el fondo, no la tiene en la forma. Terrible, aún teniendo derecho, violento aunque fuerte, ha herido al acaso; ha marchado como el elefante ciego, rompiéndolo todo; ha dejado detrás de sí cadáveres de ancianos, de mujeres y de niños; ha vertido sin saber por qué la sangre de seres inofensivos é inocentes.

Alimentar al pueblo, es un buen fin; pero destrozarle es un mal medio.

Todas las protestas armadas, aún las más legítimas, aún el 10 de agosto, y el 14 de julio, empiezan por la misma agitación.

Antes que el derecho se desprenda, hay tumulto y espuma.

Al comenzar la insurrección es motín, como es torrente, el río. Ordinariamente llega á desembocar á este océano: revolución.

Algunas veces, sin embargo, nacida en las altas montañas que dominan el horizonte moral, la justicia, la prudencia, la razón, el derecho; formada de la más pura nieve de lo ideal, después de una larga caída de roca en roca, después de haber reflejado el cielo en su transparencia, y haber crecido con cien afluentes en el majestuoso camino del triunfo, la insurrección se pierde de repente en alguna quebrada popular, como el Rhin en un pantano sin fondo.

Todo esto se refiere á lo pasado; el porvenir se presenta de otra manera.

El sufragio universal tiene de admirable, que disuelve el motín en su principio, y dando el voto á la insurrección, le quita las armas.

La desaparición de las guerras, de la guerra de las calles, como de la guerra de las fronteras, es el progreso inevitable.

Sea el Hoy lo que quiera, el Mañana es la paz.

Por lo demás, insurrección, motín, cualquiera que sea su diferencia, estos matices apenas existen para el ciudadano propiamente tal.

Para él, todo es sedición, rebelión pura y simple, rebelión del perro contra el amo; intención de morder que hay que castigar con la cadena y el encierro; ladrido, aullido, hasta el día en que la cabeza del perro, crecida de repente, se esboza vagamente en la sombra con cara de león.

Entonces el burgués grita: ¡Viva el pueblo!

Después de esta explicación, ¿qué viene á ser para la historia el movimiento de junio de 1832? ¿Un motín, ó una insurrección?

Una insurrección.

Podrá sucedernos, al traer á la escena este acontecimiento terrible, que le llamemos alguna vez motín, pero sólo para calificar los hechos de la superficie; haciendo siempre la distinción necesaria entre la forma ó motín, y el fondo ó insurrección.

Este movimiento de 1832 tuvo en su rápida explosión y en su lúgubre extinción, tal magnitud, que aún aquellos que no ven en él más que un motín, hablan de él con respeto. Para éstos es como un residuo de 1830.

Las imaginaciones conmovidas, dicen, no se calman en un día; una revolución no se corta á pico; tiene siempre necesariamente ciertas ondulaciones antes de volver al estado de paz, lo mismo que una montaña antes de extinguirse en la llanura.

No hay Alpes sin Jura, ni Pirineos sin Asturias.

Esta crisis patética de la historia contemporánea, que la memoria de los parisienses llama la época de los motines, es seguramente una hora característica entre las más tempestuosas de este siglo.

Digamos la última frase antes de entrar en la narración.

Los hechos que vamos á referir pertenecen á esa realidad dramática y viva que el historiador desprecia muchas veces por falta de tiempo y de espacio.

En ella, sin embargo, insistimos en decirlo, en ella está la vida, la palpitación, el estremecimiento humano.

Los pormenores, creemos haberlo dicho ya, son, por hablar así, el follaje de los grandes acontecimientos, y se pierden en la lontananza de la historia.

La época llamada de los motines abunda en hechos de este género.

Los procesos judiciales, por otras razones que las de la historia, no lo han revelado todo; quizá tampoco lo han profundizado.

Vamos, pues, nosotros á sacar á luz, entre particularidades conocidas y publicadas, cosas que no se han sabido, hechos sobre los cuales ha pasado el olvido de unos á la muerte de otros.

La mayor parte de los actores de estas escenas gigantescas han desaparecido; al día siguiente se callaban; pero nosotros podemos decir de lo que contamos: «lo hemos visto».

Cambiaremos algunos nombres, pasaremos por alto otros, porque la historia refiere y no denuncia; pero pintaremos cosas verdaderas.

En las condiciones del libro que escribimos, no manifestaremos más que un lado y un episodio, seguramente el menos conocido, las jornadas de los días 5 y 6 de junio de 1832; pero lo haremos de modo que el lector entrevea, bajo el sombrío velo que vamos á levantar, la fisonomía verdadera de aquella espantosa aventura pública.

III
Un entierro: ocasión de renacer

En la primavera de 1832, aunque hacía tres meses que el cólera tenía helados los espíritus y velada la agitación con cierta lúgubre tranquilidad, París estaba hacía tiempo dispuesto para una conmoción. Como hemos dicho ya, la gran ciudad parece un cañón; cuando está cargado, basta una chispa para que salga el tiro.

En junio de 1832 la chispa fué la muerte del general Lamarque.

Lamarque era un hombre de fama y de acción.

Había tenido sucesivamente, bajo el Imperio y bajo la Restauración, las dos clases de valor necesarias en ambas épocas: el valor de los campos de batalla, y el valor de la tribuna.

Tenía tanta elocuencia como había tenido valor; su palabra parecía una espada.

Como Foy, su antecesor, después de haber mantenido á gran altura el mando militar, mantenía á gran altura la libertad.

Sentábase entre la izquierda y la extrema izquierda, era querido del pueblo, porque aceptaba las probabilidades del porvenir, y querido de la multitud, porque había servido bien al emperador.

Era, con los condes Gerard y Drouet, uno de los mariscales in petto de Napoleón. Los tratados de 1815 le sublevaron como una ofensa personal. Odiaba á Wellington con un odio directo que agradaba á la multitud desde diez y siete años, y sin fijarse apenas en los acontecimientos intermedios, guardaba majestuosamente la tristeza de Waterloo.

En su agonía, en su última hora, había apretado contra su pecho una espada que le habían dedicado los oficiales de los Cien Días.

Napoleón murió pronunciando la palabra ejército; Lamarque pronunciando la palabra patria.

Su muerte, prevista ya, era considerada por el pueblo como una pérdida y por el gobierno como una oportunidad.

Aquella muerte fué un duelo. Como todo lo que es amargo, puede el duelo cambiarse en revuelta. Así fué.

La víspera y la mañana del 5 de junio, día fijado para el entierro del general Lamarque, el arrabal de San Antonio, por el cual debía pasar el cortejo, tomó un aspecto temible.

Aquella tumultuosa red de calles se llenó de rumores.

Armábanse todos como podían.

Los carpinteros llevaban la herramienta de sus talleres «para derribar las puertas».

Uno de ellos se había hecho un puñal de un gancho de zapatero, rompiendo el gancho y aguzando la espiga.

Otro, con la fiebre por «atacar», dormía vestido hacía tres días.

Un aserrador, llamado Lombier, encontró á un compañero, que le preguntó:

—¿Adónde vas?

—¡Pst! No tengo armas.

—Pues, ¿y entonces?

—Me voy á la carpintería á coger un compás.

—¿Para qué?

—No lo sé,—decía Lombier.

Otro llamado Jacqueline, hombre de recursos, se acercaba á cada uno de los obreros que pasaban, y les decía:

—¡Ven!

Les pagaba un cuartillo de vino y añadía:

—¿Tienes trabajo?

—No.

—Pues ve á casa de Filspierre, entre el portillo de Montreuil y el de Charonne, y te darán trabajo.

En casa de Filspierre encontraban armas y cartuchos.

Ciertos jefes conocidos corrían la posta; es decir, iban de una á otra parte para reunir la gente.

En la taberna de Barthélemy, cerca del arco del Trono, en el figón de Capel, en el petit Chapeau, los bebedores se acercaban con aire sombrío, y se les oía decir:

—¿Dónde tienes tu pistola?

—Debajo de la blusa. ¿Y tú?

—Debajo de la camisa.

En la calle Traversière, delante del taller Roland, y en la plaza de la Casa Quemada, frente al taller del instrumentista Bernier, cuchicheaban algunos grupos. Distinguíase entre ellos un tal Mavot, que nunca estaba una semana en un taller, pues los maestros le despedían, «porque les obligaba á disputar con él diariamente».

Mavot fué muerto al día siguiente en la barricada de la calle Menilmontant.

Pretot, que debía morir también en la lucha, seguía á Mavot, y á esta pregunta: «¿qué quieres?» respondía: «la insurrección».

Algunos obreros, reunidos en la esquina de la calle de Bercy, esperaban á un tal Lemarin, agente revolucionario del arrabal de San Marcelo.

Las órdenes de aviso se cambiaban casi públicamente.

El 5 de junio, pues, con un día mezclado de lluvia y sol, el cortejo del general Lamarque atravesó las calles de París con la pompa militar oficial, algo aumentada con las precauciones.

Dos batallones con los tambores enlutados y los fusiles á la funerala, diez mil guardias nacionales con el sable al cinto, las baterías de la artillería y de la guardia nacional, escoltaban el féretro.

El carro fúnebre era conducido por jóvenes. Los oficiales de Inválidos le seguían inmediatamente, llevando ramas de laurel.

Después venía un gentío innumerable, agitado, extraño, los seccionarios de los Amigos del Pueblo, la Escuela de Jurisprudencia, la de Medicina, los proscritos de todas las naciones, banderas españolas, italianas, alemanas, polacas, banderas tricolores horizontales, toda clase de enseñas posibles, niños agitando ramas verdes, picapedreros y carpinteros, que á la sazón se habían declarado en huelga, impresores que se distinguían por sus gorros de papel, marchando de dos en dos, de tres en tres, dando gritos, agitando palos casi todos, sables algunos de ellos, sin orden, y á pesar de esto con un solo pensamiento, ora en tropel, ora en columna.

Algunos pelotones habían elegido sus jefes; un hombre armado con un par de pistolas, perfectamente visible, parecía pasar revista á otros, cuyas filas se abrían para dejarle paso.

En las calles de los boulevares, en las copas de los árboles, en los balcones, en las ventanas, en los tejados, hormigueaban las cabezas, de hombres, mujeres y chiquillos, llenos los ojos de ansiedad.

Pasaba una multitud armada y otra multitud asustada miraba.

El gobierno, por su parte, observaba; observaba con la mano en el puño de la espada.

Podíase ver dispuestos á marchar, llenas las cartucheras, y cargados fusiles y carabinas, en la plaza de Luis XV, cuatro escuadrones de carabineros, montados, con los clarines al frente; en el barrio Latino y en el Jardín Botánico, la guardia municipal, escalonada de calle en calle; en el Mercado de Vinos, un escuadrón de dragones; en la plaza de Grève, una mitad del 12.° de ligeros, y la otra mitad en la Bastilla; el 6.° de dragones en los Celestinos, y la artillería llenando la plaza del Louvre.

El resto de las tropas estaba retenido en los cuarteles, sin contar los regimientos de los alrededores de París.

El poder, inquieto, tenía suspendidos sobre la muchedumbre amenazadora veinticuatro mil soldados dentro de la población, y treinta mil en las afueras. En el acompañamiento circulaban diversos rumores más ó menos absurdos.

Se hablaba de intrigas legitimistas; se hablaba del duque de Reichstadt, á quien Dios señalaba para la muerte en el momento mismo en que la multitud le designaba para el imperio.

Un individuo, cuyo nombre permanece desconocido, anunciaba que, á una hora dada, dos contramaestres ganados abrirían al pueblo las puertas de una fábrica de armas.

En las frentes descubiertas de la mayor parte de los asistentes dominaba un entusiasmo mezclado de abatimiento.

Veíanse igualmente aquí y allá entre aquella multitud, presa de tantas emociones violentas, pero nobles y verdaderos, rostros malhechores, y labios innobles que decían: «¡Robemos!».

Hay ciertas agitaciones que remueven el fondo de los pantanos, y que hacen subir á la superficie del agua nubes de cieno. Fenómeno á que no es extraña la policía «bien montada».

El acompañamiento caminaba con una lentitud febril, desde la casa mortuoria por las calles principales hasta la Bastilla.

Llovía de cuando en cuando; pero la lluvia no incomodaba á aquella muchedumbre.

En el tránsito habían ocurrido varios incidentes: el ataúd paseado alrededor de la columna Vendôme, piedras tiradas contra el duque de Fitz James, que estaba en un balcón con el sombrero puesto, el gallo galo arrancado de una bandera popular y arrastrado por el lodo, un gendarme herido de un sablazo en la Puerta de San Martín, un oficial del 12.° de ligeros diciendo en alta voz: «Yo soy republicano», la escuela politécnica llegando después, según su consigna forzada, con los gritos de «¡Viva la escuela politécnica! ¡Viva la república!», mareaban el curso de la comitiva.

En la Bastilla, las grandes filas de temibles curiosos procedentes del arrabal de San Antonio, se unieron con el acompañamiento, y empezó á levantarse cierta conmoción terrible en medio del gentío.

Oyóse á un hombre que le decía á otro:

—Fíjate bien en aquel de la perilla roja. Pues ése dirá cuándo hemos de hacer fuego.

Parece ser que aquella misma perilla roja se encontró después ejerciendo el mismo cargo en otro motín, el de Quenisset.

El féretro pasó la Bastilla, siguió por el Canal, atravesó el puente pequeño, llegando á la explanada del puente de Austerlitz.

Allí se detuvo.

En aquel momento, el gentío, mirado á vista de pájaro, ofrecía el aspecto de un cometa, cuya cabeza estuviese en la explanada, y cuya cola, desarrollada por el muelle Bourdon, cubriera la Bastilla, y se prolongara por los boulevares hasta la puerta de San Martín.

Trazóse un círculo alrededor del carro fúnebre; la inmensa comitiva guardó silencio. Lafayette habló, y dió el último adiós á Lamarque.

Fué aquel un momento tierno y augusto; todas las cabezas se descubrieron, todos los corazones palpitaron.

De pronto se presentó en medio del grupo un hombre á caballo, vestido de negro, con una bandera roja, y según otros, con una pica coronada por el gorro frigio.

Lafayette volvió la cabeza y Exelmans abandonó el cortejo.

Aquella bandera roja levantó una tempestad y desapareció. Uno de esos horribles clamores parecidos á una marejada conmovió á la multitud desde el boulevard de Bourdon hasta el puente de Austerlitz.

Alzáronse dos gritos prodigiosos: ¡Lamarque al Panteón! ¡Lafayette á la Casa ayuntamiento!

Al oir estas exclamaciones, algunos jóvenes arrastraron el carro fúnebre de Lamarque por el puente de Austerlitz, y á Lafayette en un coche por el muelle de Morland.

En la muchedumbre que rodeaba y aclamaba á Lafayette, se distinguía y era señalado un alemán, llamado Ludwig Snyder, que murió luego centenario, el cual había hecho la guerra de 1776, y peleado en Trenton á las órdenes de Washington, y en Brandywine á las de Lafayette.

Entre tanto, por la orilla izquierda, la caballería municipal se ponía en movimiento, é iba á ocupar el puente; por la orilla derecha los dragones salían de los Celestinos, y se desplegaban á lo largo del muelle Morland.

El grupo que conducía á Lafayette los vió repentinamente en la esquina del muelle, y gritó: «¡Los dragones! ¡Los dragones!».

Estos avanzaban al paso, en silencio, con las pistolas en las pistoleras, los sables envainados, las carabinas en bandolera, con sombrío aire de espera.

Á doscientos pasos del puente pequeño hicieron alto.

El coche en que iba Lafayette llegó hasta ellos; abrieron sus filas, le dejaron pasar, y volvieron á cerrarse interceptando á los que le seguían.

En aquel momento se tocaban los dragones y la multitud; las mujeres huyeron con terror.

¿Qué pasó en aquel minuto fatal? No hay quien pueda decirlo.

Fué el terrible y tenebroso momento del choque de dos nubes.

Unos dicen que hacia la parte del Arsenal se oyó una trompeta tocando ataque; otros que un muchacho dió una puñalada á un dragón.

El hecho es que se oyeron tres tiros, el primero mató al jefe de escuadrón Cholet, el segundo á una vieja sorda que estaba cerrando una ventana en la calle de Contrescarpe, y el tercero quemó la charretera de un oficial.

Una mujer gritó: «¡Se empieza muy pronto!», y de repente se vió al lado opuesto al muelle Morland, un escuadrón de dragones, que se había quedado en el cuartel, desembocar al galope, con el sable desnudo, por la calle de Bassompierre y el boulevard Bourdon, barriendo todo lo que se les ponía delante.

Y entonces ya no hay más que decir; se desencadenó la tempestad, llovieron las piedras, sonaron los fusiles; unos se precipitan por los ribazos pasando el estrecho brazo del Sena, cegado hoy día: los almacenes y cobertizos de la isla Louviers, vasta ciudadela hecha de por sí, se erizó de combatientes; arrancáronse las estacas, disparáronse pistolezos, bosquejóse en fin una barricada.

Los jóvenes rechazados atravesaron el puente de Austerlitz con el féretro á paso de carga, atacando á la guardia municipal; acudieron los carabineros, acuchillaron los dragones, dispersándose la multitud en todas direcciones; un rumor de guerra surgió de los cuatro extremos de París gritando ¡á las armas! Se corre, se tropieza, se huye y se resiste.

La cólera comunica el motín, como el viento la llama.

IV
El hervor de otros tiempos

Nada tan extraordinario como las primeras agitaciones de un motín.

Todo estalla en todas partes al mismo tiempo.

¿Estaba previsto? Sí.

¿Estaba preparado? No.

¿De dónde sale todo? De las piedras de la calle.

¿De dónde cae? De las nubes.

La insurrección tiene en unas partes el carácter de un complot; en otras el de una improvisación.

El primero que llega se apodera de la corriente de la multitud, y la lleva donde quiere. Principio lleno de espanto, al que se mezcla una alegría formidable.

Empieza por el clamoreo, se cierran las tiendas, desaparecen los escaparates; después se oyen algunos tiros aislados, huye la gente, los culatazos chocan en las puertas cocheras, y las criadas ríen en los patios de las casas, diciendo: ¡Va á haber jarana!

No había transcurrido todavía un cuarto de hora, y he aquí lo que ya pasaba en veinte puntos de París.

En la calle de Santa Cruz-de-la-Bretonerie, una veintena de jóvenes, de barba y cabellos largos, entraban en una taberna, y salían un momento después, llevando una bandera tricolor horizontal, cubierta de un crespón; á la cabeza iban tres hombres armados, con sable el uno, otro con un fusil y el tercero con una pipa.

En la calle de Nonaindières, un burgués bien vestido, panzudo, de voz sonora, calvo, frente elevada, barba negra, y uno de esos bigotes rebeldes que no pueden dominarse, ofrecía públicamente cartuchos á los transeúntes.

En la calle de San Pedro de Montmartre, varios hombres, con los brazos desnudos paseaban una bandera negra, en que se leían estas palabras en letras blancas: República ó muerte.

En la calle de Jeuneurs, en la del Cuadrante, en la de Montorgueil, en la de Mandar, aparecían grupos agitando banderas, en que se leía en letras de oro, la palabra sección y un número. Una de estas banderas era roja y azul, con una imperceptible faja blanca.

En la calle ancha de San Martín se saqueaba una fábrica de armas, y otras tres tiendas de armeros, la primera en la calle Beaubourg, la segunda en la calle Michel-le-Compte, y la otra en la calle del Temple.

En algunos minutos, las mil manos de la muchedumbre se apoderaban de doscientas treinta escopetas, casi todas de dos cañones, de sesenta y cuatro sables y ochenta y tres pistolas.

Á fin de que hubiera más gente armada, cogía uno el fusil y otro la bayoneta.

Enfrente del muelle de la Grève, varios jóvenes armados de mosquetes se instalaban en casas de mujeres para tirar. Uno de ellos llevaba un mosquete de rueda.

Llamaban, entraban y se ponían á hacer cartuchos.

Una de aquellas mujeres dijo después: Yo no sabía lo que eran cartuchos; mi marido me lo dijo.

Un grupo invadía una tienda de curiosidades de la calle de Vieilles-Haudriettes, y allí se armaban de yataganes y armas turcas.

El cadáver de un albañil, muerto de un tiro de fusil, yacía en la calle de la Perla.

Además, en la orilla derecha del río, en la izquierda, en los muelles, en los boulevares, en el barrio Latino, en el cuartel de los Mercados, hombres jadeantes, obreros, estudiantes y seccionarios, leían proclamas y gritaban: «¡Á las armas!». Rompían los faroles, desenganchaban los coches, desempedraban las calles, echaban abajo las puertas de las casas, desarraigaban los árboles, registraban las cuevas, rodaban los toneles, amontonaban las piedras, los adoquines, los muebles, las tablas; en una palabra: hacían barricadas.

Obligaban á los burgueses á ayudarles; entraban en las casas, y hacían entregar á las mujeres el sable y el fusil de sus maridos ausentes, y escribían con blanco España en la puerta: Están entregadas las armas.

Algunos firmaban, «con sus nombres», recibos de fusiles y de sables, y decían: Mandad por ellos mañana á la alcaldía.

Desarmaban en la calle á los centinelas aislados y á los guardias nacionales que se dirigían á su punto de reunión. Arrancábanse las charreteras á los oficiales.

En la calle del Cementerio de San Nicolás, un oficial de la guardia nacional, perseguido por un tropel armado de palos y estoques, se refugió con gran dificultad en una casa, de donde no pudo salir hasta la noche, y aún disfrazado.

En el barrio de Santiago, los estudiantes salían á enjambres de sus posadas, y subían por la calle de San Jacinto al café del Progreso, ó bajaban al café de los Siete Billares, calle de los Maturinos. Ahí, delante de las puertas, algunos jóvenes subidos en guarda cantones distribuían armas. Se saqueó el depósito de maderas de la calle Trasnonain para hacer barricadas.

En un solo punto hacían resistencia los habitantes, en la esquina de las calles de Santa-Avoye y Simón le Franc, donde destruían ellos mismos la barricada.

En un solo punto se replegaban los insurrectos abandonando una barricada principiada, la calle del Temple, después de haber hecho fuego contra un destacamento de la guardia nacional, y huían por la calle de la Corderie.

El destacamento recogió en la barricada una bandera roja, un paquete de cartuchos y trescientas balas de pistola.

Los guardias nacionales desgarraron la bandera, y se llevaron los pedazos en la punta de sus bayonetas.

Todo lo que referimos aquí lenta y sucesivamente se verificaba á un tiempo en todos los puntos de la ciudad, en medio de un tumulto inmenso, como un tropel de relámpagos en un solo trueno.

En menos de una hora salieron de la tierra veintisiete barricadas solamente en el barrio de los Mercados.

En su centro estaba aquella famosa casa; número 50, que fué la fortaleza donde se resistió Jeanne y sus ciento seis compañeros, y que, flanqueada por un lado por la barricada de San Merry, y por el otro por una barricada en la calle Maubuée, dominaba tres calles, la de Arcis, la de San Martín y la de Aubry-le-Boucher, á que daba frente.

Dos barricadas formando escuadra se dirigían una por la calle Montorgueil hasta la Grande Truandería, y otra por la calle Geofroy Lagevin, hasta la calle de Santa-Avoye.

Eso sin contar innumerables barricadas en otros veinte barrios de París, en el Marais, en la montaña de Santa Genoveva, una en la calle de Menilmontant, donde se veía una puerta cochera arrancada de sus goznes; otra cerca del puentecillo del Hotel Dieu, con un ómnibus desenganchado y tumbado á trescientos pasos de la Prefectura de policía.

En la barricada de la calle de Menetriers, un hombre bien vestido distribuía dinero á los trabajadores.

En la de la calle Grenetat se presentó un jinete y entregó al que parecía jefe de la barricada un rollo, que parecía un cartucho de dinero, diciéndole: Tomad, para pagar los gastos, vino, etc.

Un joven rubio sin corbata, iba de una barricada á otra dando el santo y seña.

Otro, sable en mano y una gorra azul de polizonte, colocaba centinelas.

En lo interior, más allá de las barricadas, las tabernas y los portales estaban convertidos en cuerpos de guardia.

Por lo demás, el motín estaba dirigido según la más ingeniosa táctica militar.

Las calles estrechas, desiguales, tortuosas, llenas de ángulos y recodos, habían sido elegidas con acierto; y los alrededores de los Mercados en particular, laberinto de calles más embrollado que un bosque.

La sociedad de los Amigos del Pueblo, se decía que había tomado la dirección de la insurrección en el barrio de Santa Avoye.

Á un hombre que mataron en la calle de Ponceau, y fué registrado, se le encontró un plano de París.

En realidad, la dirección del motín pertenecía á una especie de impetuosidad desconocida que reinaba en la atmósfera.

La insurrección había bruscamente levantado las barricadas con una mano, y se había apoderado con la otra, de casi todos los cuerpos de guardia.

En menos de tres horas, como un reguero de pólvora que se inflama, los insurrectos habían invadido y ocupado en la orilla derecha del Sena, el Arsenal, la alcaldía de la Plaza Real, todo el Marais, la fábrica de armas de Popincourt, la Galiota, el Château d'Eau, todas las calles próximas á los Mercados; en la orilla izquierda, el cuartel de Veteranos, Santa Pelagia, la plaza Maubert, el polvorín de los Dos Molinos, y todas las barreras.

Á las cinco de la tarde eran dueños de la Bastilla, de la Lingerie, de Blancs Monteaux; sus avanzadas llegaban á la plaza de las Victorias, amenazando el Banco, el cuartel de Petits Pères y la casa de Correos.

Los amotinados ocupaban en perfecta posesión la tercera parte de París.

En todas partes se había empeñado gigantescamente la lucha. Con los desarmes, con las visitas domiciliarias, con las tiendas de armeros saqueadas, había resultado que el combate empezado á pedradas continuaba á tiros.

Á eso de las seis de la tarde, el pasaje de Saumón se convirtió en campo de batalla.

Los insurrectos estaban en un extremo, y la tropa en el opuesto; se fusilaban desde una puerta á otra.

Un observador, un curioso, el autor de este libro, que había ido á ver de cerca el volcán, se encontró cogido entre dos fuegos dentro del pasaje, sin tener, para guarecerse de las balas, más que el hueco de las medias columnas que separan las tiendas; y estuvo en esta peligrosa situación casi media hora.

Entre tanto, el tambor tocaba llamada, los guardias nacionales se vestían y armaban apresuradamente, los batallones partían de las alcaldías y los regimientos salían de los cuarteles.

Enfrente del pasaje del Ancora, uno de los tambores recibía una puñalada. En la calle del Cisne era asaltado otro, por un grupo de jóvenes, que le rompían el tambor y le quitaban el sable.

Otro yacía muerto en la calle del Pósito de Saint Lazaire.

En la de Michel-le-Comte caían muertos tres oficiales, uno tras otro.

Muchos guardias municipales, heridos en la calle de los Lombardos, retrocedían.

Delante de la Cour-Batave, un destacamento de guardias nacionales encontraba una bandera roja con esta inscripción: Revolución republicana, número 127.

¿Era aquello efectivamente una revolución?

El motín había hecho del centro de París una especie de ciudadela inextricable, tortuosa y colosal.

Allí estaba el foco, allí estaba evidentemente la cuestión. Lo demás no pasaba de escaramuzas, y la prueba de que todo había de decidirse allí, era que aún no había empezado el combate.

En algunos regimientos, los soldados andaban vacilantes, lo cual aumentaba la obscuridad aterradora de la crisis.

Recordaban la ovación popular que había merecido en julio de 1830 la neutralidad del regimiento 53 de línea.

Dos hombres intrépidos probados en las grandes guerras, el mariscal Lobau y el general Bugeaud mandaban las tropas: Bugeaud á las órdenes de Lobau.

Nutridas patrullas, compuestas de batallones de línea y de compañías enteras de guardias nacionales, precedidas cada una de un comisario de policía con faja, iban reconociendo las calles sublevadas.

Los insurgentes, por su parte, ponían vigías en las esquinas de las encrucijadas, y enviaban audazmente patrullas fuera de las barricadas.

Observábanse por ambas partes.

El gobierno, con un ejército en la mano, vacilaba: acercábase la noche y se empezaba á oir el toque de rebato en Saint-Merry.

El ministro de la Guerra, que era el mariscal Soult, el que había estado en Austerlitz, contemplaba aquello con aire sombrío.

Los antiguos marinos, acostumbrados á las maniobras correctas, sin más recurso ni más guía que la táctica, brújula de las batallas, estaban desorientados en presencia de aquella inmensa espuma que se llama cólera pública.

El viento de las revoluciones no es manejable.

Los guardias nacionales de las cercanías acudían apresuradamente y en desorden. Un batallón del 12.° regimiento ligero venía á paso de carga de San Dionisio; el 14.° de línea llegaba de Courbevoie; las baterías de la Escuela militar se habían emplazado en el Carrousel; los cañones bajaban de Vincennes.

La soledad reinaba en las Tullerías; Luis Felipe estaba completamente sereno.

V
Originalidad de París

Desde hacía dos años, como hemos dicho, París había visto más de una insurrección.

Exceptuando los barrios sublevados, nada es por lo regular más extrañamente tranquilo que la fisonomía de París durante un motín.

París se acostumbra muy fácilmente á todo, «no es más que un motín», exclama, y como París tiene tantos negocios, no se altera por tan poca cosa.

Solamente estas ciudades colosales pueden dar tales espectáculos; solamente estos inmensos centros de población pueden contener en su recinto, á un tiempo mismo, la guerra civil y cierta peregrina tranquilidad.

Es ya costumbre, cuando empieza la insurrección, cuando se oye el tambor, el toque de llamada ó de generala, que el tendero se limite á decir:

—Parece que en la calle de San Martín hay jaleo.

Ó:

—En el arrabal de San Antonio.

Regularmente añade con indiferencia:

—Por ahí, no sé dónde.

Después, cuando se oye el estrépito desgarrador y lúgubre de la fusilería y de las descargas por pelotones, el tendero dice:

—¡Se va calentando! ¡Calle! ¡Parece que quema!

Un momento después, si el motín se acerca, cierra precipitadamente su tienda, y se pone en seguida el uniforme; es decir, pone en seguridad sus mercancías, y en peligro su persona.

Mientras se fusila en una encrucijada, en un pasaje, en un callejón; se toman, se pierden y se recobran barricadas; corre la sangre, la metralla acribilla las fachadas de las casas, las balas matan á los vecinos en sus alcobas y los cadáveres se amontonan en la calle; á pocas calles de aquélla se oye el chocar de las bolas de billar en los cafés.

Los teatros abren sus puertas y representan comedias alegres, los curiosos hablan y ríen á dos pasos de los puntos en que reina la guerra; los coches hacen sus viajes; los habitantes van á comer de convite; y algunas veces esto sucede en el mismísimo barrio en que se combate.

En 1831 se suspendió un tiroteo para dar paso á una boda.

Cuando la insurrección del 12 de mayo de 1839, en la calle de San Martín, un viejo achacoso, que conducía un carretón con un pedazo de tela tricolor y cargado de botellas de un líquido cualquiera, iba y venía de la barricada á la tropa, y de la tropa á la barricada, ofreciendo imparcialmente refrescos á la anarquía y al gobierno.

Nada tan singular; y ése es, sin embargo, el carácter propio de los motines de París, que no se encuentra en ninguna otra capital; porque para ello son necesarias dos cosas: la grandeza de París y su alegría. Es preciso ser á un tiempo la ciudad de Voltaire y la de Napoleón.

Esta vez, sin embargo, durante la alarma del 5 de junio de 1832, la gran ciudad sintió algo que era quizá más fuerte que ella. Tuvo miedo.

Vióse por todas partes, en los barrios más lejanos y más desinteresados, que las puertas y ventanas estaban cerradas en pleno día.

Los valientes se armaron, los cobardes se escondieron. El transeúnte indiferente ú ocupado desapareció. Muchas calles estaban desiertas como á las cuatro de la madrugada.

Hacíanse correr detalles alarmantes, difundíanse noticias fatales.

Que ellos eran dueños del Banco.

Que sólo en el claustro de San Merry había seiscientos encerrados, parapetados en la iglesia.

Que la tropa de línea no inspiraba confianza.

Que Armando Carrel había ido á ver al mariscal Clausel, y que el mariscal había dicho: «Contad desde luego con un regimiento».

Que Lafayette estaba enfermo; pero que, sin embargo, había dicho: «Soy de los vuestros; os seguiré á todas partes donde haya sitio para una silla».

Que era preciso estar apercibidos, pues á la noche habría gente que saquearía las casas aisladas en los extremos y rincones desiertos de París (en esto se descubría la imaginación de la policía, esa Ana Radcliffe mezclada con el gobierno).

Que se había establecido una batería en la calle Aubry-le-Boucher.

Que Lobau y Bugeaud se ponían de acuerdo, y que á la media noche ó al despuntar el alba lo más tarde, marcharían cuatro columnas á la vez sobre el centro del motín, la primera procedente de la Bastilla, la segunda de la Puerta de San Martín, la tercera de la Grève y la cuarta de los Mercados.

Que quizá las tropas evacuarían París y se retirarían al campo de Marte.

Que no se sabía lo que sucedería; pero, que de seguro, había de ser grave.

Preocupaban mucho las vacilaciones del mariscal Soult.

¿Por qué no atacaba enseguida?

Lo cierto es que estaba profundamente absorbido. El viejo león parecía olfatear en aquella sombra un monstruo desconocido.

Llegó la noche; los teatros no se abrieron; las patrullas circulaban con aire irritado; registrábase á los transeúntes, y prendíase á los sospechosos.

Á las nueve pasaban ya de ochocientos los individuos presos; la prefectura de policía estaba llena, la Conserjería estaba llena, y la Fuerza llena también de presos.

Particularmente en la Conserjería, el largo subterráneo llamado la calle de París estaba cubierto de haces de paja, sobre los cuales yacían en montón los arrestados, á quienes el hombre de Lyon, Lagrange, arengaba con valentía.

Toda aquella paja, removida por todos aquellos hombres, producía el ruido de un aguacero.

En otros lados estaban acostados los presos al aire libre, unos sobre otros en medio de los patios.

Reinaba por todas partes la ansiedad y cierto temblor poco acostumbrado en París.

Los vecinos se atrancaban dentro de las habitaciones; las esposas y las madres se inquietaban; no se oía más que este clamor: ¡Ay, Dios mío! ¡Todavía no ha vuelto! Oíase apenas á lo lejos y muy de tarde en tarde el rodar de algunos carruajes.

Escuchábase desde los portales, los rumores, los gritos, los tumultos, los ruidos sordos é indistintos de cosas de que se decía: «Es la caballería», ó «los trenes que van al galope», los clarines, los tambores, los tiros de fusil, y sobre todo aquel triste clamoreo de la campana de San Merry.

Esperábase el primer cañonazo.

En las esquinas de las calles aparecían y desaparecían hombres que gritaban: «¡Retirarse á casa!».

Y cada cual se apresuraba á echar los cerrojos á las puertas.

Decíase: «¿En qué terminará todo esto?».

De un momento á otro y á medida que caía la noche, parecía iluminarse París más lúgubremente, con el formidable fulgor del motín.