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Los miserables - Tomo 2 (de 2) cover

Los miserables - Tomo 2 (de 2)

Chapter 14: LIBRO UNDÉCIMO EL ÁTOMO FRATERNIZANDO CON EL HURACÁN
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LIBRO UNDÉCIMO
EL ÁTOMO FRATERNIZANDO CON EL HURACÁN

I
Algunas notas aclaratorias acerca de los orígenes de la poesía de Gavroche, é influencia de un académico en dicha poesía

En el instante en que la insurrección surgía del choque del pueblo con la tropa enfrente del Arsenal, prodújose un movimiento de retroceso en la muchedumbre que seguía el féretro, la cual en toda la longitud de la gran calle de los boulevares, pesaba, por así decirlo, sobre la cabeza de la comitiva, verificóse un terrible reflujo.

Conmovióse el tropel, rompiéronse las filas, corrieron todos, partieron á escape, los unos con los gritos del ataque, los otros con la palidez de la fuga.

El gran río que llenaba los boulevares se dividió en un abrir y cerrar de ojos, desbordó á derecha é izquierda, y se extendió en torrentes por doscientas calles á la vez con la impetuosidad de una esclusa suelta.

En aquel momento, un muchacho harapiento que bajaba por la calle de Menilmontant, llevando en la mano una rama de ébano silvestre en flor que acababa de coger en las alturas de Belleville, descubrió en la puerta de una prendería una pistola vieja de arzón.

Arrojó su rama florida al suelo, y gritó á la prendera:

Señora Fulana, os tomo prestada esta máquina.

Y se escapó con la pistola.

Dos minutos después, un grupo de vecinos espantados, que huían por la calle Amelot y la calle Basse, se topó con aquel muchacho, que blandía su pistola é iba cantando:

Nada se ve de noche,
De día se ve bien,
Por un escrito apócrifo
Se espeluzna el burgués;
Sombreros puntiagudos
Practicad siempre el bien.

Era Gavrochillo que iba á la guerra.

Al llegar al extremo de la calle, notó que la pistola no tenía gatillo.

¿De quién era aquella copla que le servía para marcar el paso, y todas las demás canciones, que, cuando se le ocurría, entonaba con tanta gracia? Lo ignoramos. ¿Quién sabe? Acaso suya.

Por otra parte, Gavroche estaba al corriente de todos los cantos populares en boga, mezclando con ellos sus originales gorgoritos.

Diablillo y galopín, hacía un batiburrillo con las voces de la naturaleza y las de París. Combinaba el repertorio de las aves con el repertorio de los talleres.

Conocía á muchos discípulos de artistas, tribu contigua á la suya.

Parece ser que había sido tres meses aprendiz de impresor.

Cierto día llegó á cumplir un encargo del señor Baour Lormain, uno de los cuarenta miembros de la Academia.

Gavroche era un pilluelo literario.

Por lo demás, no se figuraba ciertamente que en aquella noche lluviosa en que había ofrecido á dos pequeñuelos la hospitalidad de su elefante, era por sus propios hermanos para quienes había hecho el oficio de Providencia.

Á sus hermanos por la tarde, á su padre por la mañana; tal había sido el empleo de aquella noche.

Al dejar la calle de los Bailes, al amanecer, se había vuelto á toda prisa al elefante, había sacado industriosamente de allí á los dos chicuelos, había partido con ellos un desayuno cualquiera que improvisara, y luego se había marchado, confiándolos á esa buena madre, la calle, que sobre poco más ó menos le crió á él.

Al dejarlos, les había dado cita para la noche en el mismo paraje, dirigiéndoles por despedida este discurso:

—«Yo tomo las de Villadiego, ó de otra manera, yo me najo, ó como dicen en la corte, me escurro. Monigotes, si no encontráis á papá ni á mamá, volved aquí por la noche. Os improvisaré una cena y os acostaré».

Los dos pequeñuelos, recogidos por algún vigilante de policía y enviados al depósito de la prefectura, ó robados por algún saltimbanqui, ó simplemente perdidos en el inmenso torbellino de París, no aparecieron.

El bajo fondo del mundo social contemporáneo está lleno de esos vestigios perdidos. Gavroche no había vuelto á verlos.

Habían transcurrido diez ó doce semanas desde la noche aquélla; y habíale sucedido más de una vez rascarse la parte superior de la cabeza y decir:

—¿Dónde diablos estarán mis dos chiquillos?

Á todo esto, había llegado con su pistola en la mano á la calle de Pont aux Choux.

Notó que no había en toda la calle más que una tienda abierta; y, cosa digna de reflexión, una pastelería.

Era, pues, una ocasión providencial de comer un pastelillo de manzana antes de entrar en lo desconocido.

Gavroche se paró, se tentó los costados, registró los bolsillos, los volvió, no encontró nada, ni un sueldo, y empezó á gritar: «¡Socorro!».

Es muy duro eso de carecer del bocado supremo.

Gavroche no por esto se detuvo en su camino.

Dos minutos después estaba en la calle de San Luis.

Al atravesar la del Parque Real sintió la necesidad de desquitarse del imposible pastelillo de manzana, y gozó el inmenso placer de rasgar en pleno día los carteles de los espectáculos.

Un poco más allá, viendo pasar un grupo de individuos bien puestos, que le parecieron propietarios, se encogió de hombros, y escupió esta bocanada de bilis filosófica:

—¡Esos rentistas, qué gordos están! ¡Cómo se regalan con los buenos bocados! ¡Preguntadles qué hacen de su dinero! No lo saben. ¡Se lo comen! ¡Y qué! ¡Todo para el vientre!

II
Gavroche en marcha

La agitación de una pistola sin gatillo ostentada en la mano en plena calle y á mitad del día, es una función pública tal, que Gavroche sentía crecer su verbosidad á cada paso.

Gritaba, entre algunos trozos de la Marsellesa que iba cantando:

—Todo va bien. Me duele mucho la pata izquierda; me he roto la crisma, pero estoy contento, ciudadanos. Los burgueses no tienen qué hacer sino agarrarse bien; voy á echarles unas coplas subversivas. ¿Qué son los soplones? Gatos. ¡Por vida de Cris! No faltemos al respeto á los gatos. Ya quisiera yo tener uno chiquitín para mi pistola. Vengo de los boulevares, amigos míos, y se va calentando la cosa; ya cuece un poco, ya hierve. Ya es tiempo de espumar el puchero. ¡Adelante, hombres! ¡Que la sangre impura inunde los surcos! Yo doy mi vida por la patria, y ya no volveré á ver á mi querida, no, no, ni, ni, ya concluí, chichí; pero me es igual. ¡Viva la alegría! ¡Luchemos, caramba! Estoy ya cansado de despotismo.

En aquel momento, el caballo de un guardia nacional de lanceros que pasaba á su lado cayó al suelo.

Gavroche puso su pistola en tierra, levantó al jinete y después ayudó á levantar el caballo. Enseguida cogió la pistola, y continuó su camino.

En la calle de Thorigny todo era paz y silencio. Esta apatía, propia del Marais formaba contraste con el inmenso rumor que la rodeaba.

En el escaño de una puerta estaban charlando cuatro comadres.

La Escocia tiene tercetos de hechiceras, pero París tiene cuartetos de comadres, y el «tú serás rey» sería tan lúgubre dicho á Bonaparte en la encrucijada Baudoyer, como á Macbeth en la selva de Armuyr; sería, poco más ó menos, el mismo graznido.

Las comadres de la calle Thorigny sólo se cuidaban de sus asuntos.

Eran tres porteras, y una trapera con cesto y su gancho.

De pie como estaban, parecían las cuatro esquinas de la vejez, que son: la caducidad, la decrepitud, la ruina y la tristeza.

La trapera era humilde. En ese mundo al aire libre, la trapera saluda y la portera protege.

Esto depende de la calidad de la basura, según quieren las porteras que sea aprovechable ó inútil, al antojo de quien la amontona. Hasta en el barrido puede haber bondad.

Esta trapera era un cesto agradecido, y se sonreía, ¡con qué sonrisa! hablando con las tres porteras.

Decían cosas como éstas:

—¡Ah! ¡vuestro gato sigue siendo tan malo!

—¡Dios mío! Ya sabéis que los gatos son naturalmente enemigos de los perros; y los perros son los que se quejan.

—Y las gentes también.

—Sin embargo, las pulgas de los gatos no pasan á las personas.

—Y además, los perros son peligrosos. Me acuerdo de un año en que había tantos, que lo pusieron en los periódicos. Era cuando había en las Tullerías unos borregos grandes que tiraban del cochecito del rey de Roma: ¿Os acordáis del rey de Roma?

—Yo quería más al duque de Burdeos.

—Pues yo he conocido á Luis XVI, y prefiero á Luis XVII.

—¡Lo que está caro es la carne, señá Patagona!

—¡Oh! No me habléis de eso; son un horror los carniceros; un horror espantoso. No venden más que piltrafas.

En esto intervino la trapera, diciendo:

—Señoras, el comercio está paralizado. Los montones de basura están consumidos. No se tira nada; todo se come.

—Otros hay más pobres que vos, tía Vargulema.

—Sí, es verdad,—respondió la trapera con deferencia;—yo tengo una profesión.

Hubo una pausa, y la trapera cediendo á esa necesidad de hablar que reside en la misma naturaleza del hombre, añadió:

—Al volver á mi casa por la mañana desocupo la cesta, hago mi reparación (separación probablemente), y formo montoncitos en mi cuarto. Pongo los trapos en un canastillo, los tronchos en el barreño, las tiras de tela en mi baúl, las de paño en mi cómoda, los papeles viejos en el ángulo de la ventana, lo que se puede comer en una cazuela, los pedazos de vidrio en la chimenea, los zapatos detrás de la puerta, y los huesos debajo de la cama.

Gavroche, que se había parado detrás, estaba escuchando.

—Viejas,—les dijo,—¿qué tenéis que hablar de política?

El pilluelo recibió por respuesta la andanada de un sofión cuádruple.

—¡Vaya otro bribón!

—¿Qué es lo que lleva en la mano? ¡Una pistola!

—¡Miren el andrajoso galopín!

—Éstos no están tranquilos mientras no derriban la autoridad.

Gavroche desdeñándolas, se limitó por toda represalia á hacerles un gesto, levantando la punta de la nariz con el dedo pulgar y abriendo enteramente la mano.

La trapera gritó:

—¡Anda, pillete sin zapatos!

La que respondía al nombre de señá Patagona chocó ambas manos escandalizada.

—Va á haber desgracias; de seguro. El galopín de al lado, que lleva perilla, sale todos los días del brazo con una mozuela de gorro de color de rosa, y hoy le he visto pasar dando el brazo á un fusil. La señá Bacheux dice que la semana pasada hubo una revolución en... en... en... ¡dónde está el becerro!... en Pontoise, y luego, ¡le veis ahí con su pistola, á ese grandísimo tuno! Parece, según dicen, que en los Celestinos está todo lleno de cañones. ¿Qué queréis que haga el gobierno con esos haraganes que no saben qué inventar para revolver el mundo, cuando empezaba á estar un poco tranquilo, después de todas las desgracias que pasaron? ¡Santo Dios, yo que me acuerdo de aquella pobre reina, á quien vi llevar en una carreta! Y todo eso, por supuesto, va á ser causa de que se suba el rapé. ¡Es una infamia! Ten por seguro que iré á verte guillotinar, malvado, tunantón.

—Te se cae algo, mi buena vieja, suénate,—dijo Gavroche.—Suénate ese promontorio.

Y siguió adelante.

Cuando estaba ya en la calle Pavée, vínole á las mientes la trapera, y empezó este monólogo:

—Haces mal en insultar á los revolucionarios, tía Pincha trapos porque esta pistola sirve á tus intereses, sirve para que tengas en el cesto buenas cosas que comer.

De repente oyó un ruido detrás de sí: era la portera Patagona que lo había seguido, y que desde lejos le enseñaba el puño, gritando:

—¡Eres hijo de la Inclusa!

—¡Bah!—dijo Gavroche,—dejadme reir. ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!

Poco después pasó por delante del hotel Lamoignon, y allí hizo esta llamada:

—¡En marcha para la batalla!

Pero le sobrecogió un acceso de melancolía; miró su pistola con cierto aire de reconvención parecido al enternecimiento, diciendo:

—Yo parto, pero tu tiro no partirá.

Un gatillo puede distraer de otro. Al mismo tiempo acertó á cruzar de una puerta á otra un gato pequeño y flaquísimo, que se le marcaban todas las costillas.

Gavroche tuvo lástima, y le dijo:

—¡Pobre minino, te has zampado todo un barril, que te se ven los aros!

Después se dirigió hacia el Olmo de San Gervasio.

III
Justa indignación de un peluquero

El digno peluquero que había echado de su tienda á los chiquillos á quienes Gavroche había abierto el vientre paternal del elefante, estaba en aquel momento afeitando á un antiguo soldado legionario que había servido en tiempos del Imperio.

Estaban charlando. El peluquero había hablado naturalmente al veterano del motín, después del general Lamarque, y de Lamarque había pasado á hablar del emperador; de lo cual resultó una conversación de barbero á soldado, que Prudhomme, si hubiera estado presente, habría enriquecido con arabescos, y titulado: Diálogo entre la navaja y el sable.

—Señor mío,—decía el peluquero,—¿cómo montaba el emperador á caballo?

—Mal. No sabía caer; por esto no cayó nunca.

—¿Tenía buenos caballos? ¡Debía tener buenos caballos!

—El día en que me dió la cruz, me fijé en su cabalgadura. Era una yegua corredora, enteramente blanca, con las orejas muy apartadas, la silla profunda, la cabeza delgada, y marcada con una estrella negra, el cuello muy largo, las rodillas fuertemente articuladas, las costillas salientes, el lomo oblicuo, la grupa poderosa. Un poco más de quince palmos de alta.

—¡Hermoso caballo!—dijo el peluquero.

—Era el favorito de su majestad.

El peluquero comprendió que después de estas palabras era conveniente un poco de silencio; se calló y dijo luego:

—El emperador sólo fué herido una vez. ¿No es verdad?

El veterano respondió con el acento tranquilo y soberano del hombre que lo ha visto:

—En el talón, en Ratisbona. Nunca le vi más apuesto que aquel día; estaba radiante como un sueldo nuevo.

—Y vos, señor veterano, ¿habéis sido herido muchas veces?

—¿Yo?—dijo el soldado.—¡Eh, no es cosa! Recibí en Marengo dos sablazos en la nuca; en Austerlitz una bala en el brazo derecho; en Jena otra en la cadera izquierda; en Friedlan un bayonetazo... aquí; en la moscowa siete ú ocho lanzazos, no importa dónde; en Lutzen un tiro de obús, que me rompió un dedo... ¡Ah! Y luego en Waterloo un balazo de cañón en el muslo. Nada más.

—¡Qué hermoso es eso,—exclamó el barbero con acento pindárico,—eso de morir en el campo de batalla! Yo, palabra de honor, antes que morir en mi cama de enfermedad, lentamente y poco á poco entre drogas, cataplasmas, jeringas y medicinas, preferiría recibir en el pecho una bala de cañón.

—¡No tenéis mal gusto!—prorrumpió el soldado.

Apenas acababa de decirlo, cuando resonó en la tienda un horrible estrépito: había sido roto violentamente en forma de estrella un vidrio del escaparate.

El peluquero se puso descolorido.

—¡Ay, Dios mío!—exclamó.—¡Ahí está una!

—¿Una qué?

—Una bala de cañón.

—Hela aquí,—dijo el soldado.

Y recogió una cosa que rodaba por el suelo; era un guijarro.

El peluquero corrió hacia el cristal roto, y vió á Gavroche que huía á escape hacia el mercado de San Juan.

Al pasar por delante de la peluquería, Gavroche, que recordada á los dos chicos, no pudo resistir el deseo de darle los buenos días, y le tiró una piedra á los cristales.

—¡Pero no veis!...—exclamó iracundo el peluquero, que de pálido había pasado á azul.—Éste hace el mal, sólo por hacer mal. ¿Quién le ha hecho nada á este pilluelo?

IV
El niño se admira del anciano

Entre tanto, Gavroche, en el mercado de San Juan, cuyo cuerpo de guardia había sido desarmado ya, acababa de ser incorporado á un grupo guiado por Enjolrás, Courfeyrac, Combeferre y Feuilly.

Casi todos iban armados. Bahorel y Juan Prouvaire los habían encontrado, y engrosaban el grupo.

Enjolrás llevaba una escopeta de caza de dos cañones; Combeferre un fusil de guardia nacional con el número de la legión, y en la cintura dos pistolas, que se le veían bajo su levita desabrochada; Juan Prouvaire, un antiguo mosquete de caballería, y Bahorel una carabina.

Courfeyrac blandía un estoque desenvainado.

Feuilly, con un sable desnudo en la mano, marchaba delante gritando: «¡Viva Polonia!».

Venían del muelle Morland, sin corbatas, sin sombreros, agitados, mojados por la lluvia y el relámpago en la mirada.

Gavroche se acercó á ellos tranquilamente.

—¿Adónde vamos?—preguntó.

—Ven,—le dijo Courfeyrac.

Detrás de Feuilly iba, ó por mejor decir, saltaba, Bahorel, como un pez en el agua del motín.

Llevaba su chaleco carmesí, y soltaba palabras de ésas que todo lo rompen.

Su chaleco espantó á un transeúnte, que gritó asustado:

—¡He aquí los rojos!

—¡El rojo, los rojos!—replicó Bahorel.—¡Pícaro miedo, ciudadano! Yo por mí no tiemblo ante una amapola; el gorro encarnado no me inspira temor alguno; creedme, ciudadano burgués, dejemos el miedo á lo rojo para los animales cornudos.

Descubrió una esquina en que había un papel de lo más pacífico del mundo, un permiso para comer huevos, un precepto cuaresmal dirigido por el arzobispo de París á sus «ovejas».

Bahorel, exclamó:

—¡Ovejas! Buen modo de llamarles gansos.

Y arrancó el cartel de la esquina.

Con este acto se conquistó á Gavroche; quien desde aquel instante se puso á estudiar á Bahorel.

—Bahorel,—dijo Enjolrás,—haces mal. No deberías haber roto ese cartel, porque nada tenemos que hacer de él y gastas inútilmente tu cólera; guarda tu repuesto, porque no debe hacerse nunca fuego fuera de línea, ni con el alma, ni con el fusil.

—Cada cual sigue sus inclinaciones,—respondió Bahorel;—me choca esa prosa de obispo, y quiero comer huevos sin que me lo permitan. Tú tienes tu genio frío que arde; yo me divierto. Y por otra parte, yo no me gasto, antes bien cobro bríos; si he arrancado este cartel, ¡Hercle! ha sido para hacer boca.

La palabra Hercle chocó á Gavroche, quien buscaba todas las ocasiones de instruirse, y había simpatizado ya con aquel destripa carteles; por lo cual le preguntó:

—¿Qué quiere decir Hercle?

Bahorel respondió:

—Quiere decir: sacro nombre de perro, en latín.

Estando en esto reconoció Bahorel en una ventana á un joven pálido con barba negra que los estaba mirando pasar, probablemente un amigo del A B C, y le gritó:

—¡Pronto, cartuchos! Para bellum.

—¡Bello hombre! Es verdad,—dijo Gavroche, que ya empezaba á comprender el latín.

Acompañábales un cortejo tumultuoso compuesto de estudiantes, artistas, jóvenes afiliados á la Cogurda de Aix, obreros, y hombres de porte, armados de palos y de bayonetas, algunos, como Combeferre, con pistolas sujetas en la pretina de los pantalones.

Un viejo que parecía de mucha edad, iba también en el grupo. No llevaba armas, dábase mucha prisa para no quedarse atrás, é iba al parecer pensativo.

Gavroche se fijó en él:

—¿Qués eso? (¿qué es eso?)—preguntó á Courfeyrac.

—Un viejo.

Era el señor Mabeuf.

V
El anciano

Digamos lo que había pasado.

Enjolrás y sus amigos estaban en el boulevard Bourdon, cerca del Pósito, en el momento en que los dragones dieron la carga.

Enjolrás, Courfeyrac y Combeferre eran del grupo que había seguido por la calle Bassompierre gritando: «¡Á las barricadas!».

En la calle Lesdiguieres habían encontrado á un anciano, que iba por allí, el cual les llamó la atención porque andaba haciendo eses como si estuviera bebido. Llevaba además el sombrero en la mano, á pesar de que había estado lloviendo toda la mañana, y aún seguía lloviendo bastante fuerte.

Courfeyrac reconoció en él al señor Mabeuf, á quien conocía por haber acompañado muchas veces á Mario á su casa.

Sabiendo las costumbres pacíficas y más que tímidas del antiguo obrero bibliófilo, y extrañando verle en medio de aquel tumulto, á dos pasos de las cargas de caballería, casi en medio del fuego, con la cabeza descubierta, lloviendo, y andando entre las balas, se le había dirigido, y el bullanguero de veinticinco años tuvo con el octogenario este diálogo:

—Señor Mabeuf, volveos á casa.

—¿Por qué?

—Porque va á haber jaleo.

—Bueno.

—Sablazos y tiros, señor Mabeuf.

—Bueno.

—Y cañonazos.

—Bueno. ¿Y adónde vais vosotros?

—Á derribar al gobierno.

—Está bien.

Y continuó andando con ellos sin volver á pronunciar otra palabra.

Su paso se había vuelto firme casi de repente; algunos obreros le habían ofrecido el brazo, y él había rehusado con un movimiento de cabeza. Iba casi en la primera fila de la columna, teniendo á la vez los movimientos de un hombre que anda y las apariencias del que duerme.

—¡Vaya un hombre templado!—murmuraban algunos estudiantes.

Corría entre el grupo el rumor de que era un antiguo convencional, un viejo regicida.

El grupo había tomado por la calle de la Verrerie.

Gavrochillo iba delante cantando su marcha á grito herido, de suerte que venía á ser como el corneta.

Decía así:

Mira ya salió la luna,
¿Cuándo nos vamos al bosque?
Dice Carlos á Carlota.
Tú tú tú,
Por Chatú.
Sin más que un Dios, un rey, un cuarto y una bota.

Por beber, van de mañana,
Como tomillo y rocío,
Dos mirlos de chirigota.
Sí sí sí,
Por Passy.
Sin más que un Dios, un rey, un cuarto y una bota.

Y á aquellos dos lobeznuelos,
Embriagados como mirlos,
Decía un tigre chacota:
Don don don,
á Meudon.
Con sólo un Dios, un rey, un cuarto y una bota.

Jura el uno y clama el otro,
¿Cuándo nos vamos del bosque?
Carlos pregunta á Carlota.
Tin tin tin,
Por Partin.
Con sólo un Dios, un rey, un cuarto y una bota.

Dirigíanse á San Merry.

VI
Reclutas

El grupo crecía á cada instante.

Hacia la calle de Billettes, un hombre de elevada estatura, entrecano, y en cuyo rostro rudo y atrevido se fijaron Courfeyrac, Enjolrás y Combeferre, pero á quien nadie conocía, se les unió.

Gavroche, distraído con su canción, sus silbidos y sus gritos, en abrir la marcha y golpear en las tiendas con la culata de su pistola sin gatillo, no se fijó en el hombre.

Al pasar por la calle de la Verrerie, y al llegar á la puerta de la casa de Courfeyrac, dijo éste:

—Me alegro, porque me he olvidado la bolsa, y he perdido el sombrero.

Y separándose del grupo, subió los escalones de cuatro en cuatro, cogiendo un sombrero viejo y la bolsa. Tomó igualmente un cofre cuadrado del tamaño de una maleta grande, que estaba oculto entre la ropa sucia.

Al bajar la escalera le gritó la portera:

—¡Señor de Courfeyrac!

—Portera, ¿cómo os llamáis?—contestó Courfeyrac.

La portera se quedó atónita.

—Ya lo sabéis; soy la portera, y me llamo la tía Veuvain.

—Pues bien; si seguís llamándome señor de Courfeyrac, yo os llamaré señora de Veuvain. Ahora, hablad: ¿qué hay? ¿qué ocurre?

—Ahí está uno que quiere hablaros.

—¿Quién es?

—No sé.

—¿Dónde está?

—En mi cuarto.

—¡Ah, diablo!—prorrumpió Courfeyrac.

—¡Pero es que está esperando hace más de una hora vuestra vuelta,—añadió la portera.

Y al mismo tiempo, un muchacho en traje de obrero, pálido, delgado, pequeño, con manchas rojizas en la piel, vistiendo una blusa agujereada y un pantalón de pana remendado, que tenía más bien facha de una mozuela vestida de muchacho que de hombre, salió de la portería y dijo á Courfeyrac con una voz, que no era por cierto de mujer:

—El señor Mario. ¿Queréis hacerme el favor?...

—No está.

—¿Volverá esta noche?

—Lo ignoro.

Y Courfeyrac añadió:

—Lo que es yo no volveré.

El muchacho le miró fijamente, y le preguntó:

—¿Por qué?

—Porque no.

—¿Adónde vais?

—¿Qué te importa?

—¿Queréis que os lleve ese cofre?

—Voy á las barricadas.

—¿Queréis que os acompañe?

—¡Si quieres tú!...—respondió Courfeyrac.—La calle es libre; las piedras son de todos.

Y salió corriendo para reunirse otra vez con sus amigos.

Cuando los hubo alcanzado, dió el cofre para que lo llevase á uno de ellos. Hasta pasado un cuarto de hora no advirtió que el muchacho les había ido siguiendo.

Una agrupación de aquel género no va precisamente adonde quiere. Ya hemos dicho que la lleva el viento.

Pasaron más allá de San Merry, encontrándose, sin saber cómo, en la calle de San Dionisio.