LIBRO DECIMOSEGUNDO
CORINTO
I
Historia de Corinto desde su fundación
Los parisienses que, al entrar hoy en la calle Rambuteau por la parte del Mercado, notan á su derecha, enfrente de la calle Mondetour, una cestería cuya muestra es un canastillo figurando á Napoleón el Grande con esta inscripción:
NAPOLEÓN HECHO
TODO DE MIMBRES,
no sospechan quizá las escenas terribles que se verificaron en aquel sitio apenas hace treinta años.
Allí estaba la calle de la Chanvrerie, que en las antiguas lápidas se escribía Chanverrerie, y el célebre figón llamado Corinto.
El lector recordará cuanto hemos dicho sobre la barricada construida en este sitio, y eclipsada después por la de San Merry.
Á aquella famosa barricada de la calle de la Chanvrerie, sumergida hoy en una profunda obscuridad, es á la que vamos á dar un poco de luz, refiriendo los pormenores notables que en ella ocurrieron.
Permítasenos recurrir antes, para mayor claridad de nuestra narración, al medio sencillo que empleamos ya al hablar de Waterloo.
Las personas que quieran representarse de una manera bastante exacta las manzanas de casas que se elevaban en dicha época cerca del ángulo de San Eustaquio, al Nordeste del Mercado de París, donde está hoy la entrada de la calle Rambuteau, no tienen más que figurarse, tocando á la calle de San Dionisio por el vértice y por la base al Mercado, una N, cuyos dos palos verticales fueran las calles de la Grande Truanderie y de la Chanvrerie, y el palo trasversal la calle de la Petite Truanderie.
La antigua calle Mondetour cortaba los tres palos por los ángulos más tortuosos.
El cruzamiento laberíntico de estas cuatro calles era tal, que tomaba, en un espacio de cien toesas cuadradas, entre el Mercado y la calle de San Dionisio por una parte, y la calle del Cisne y la de Predicadores por otra, siete manzanas de casas caprichosamente cortadas, de distintos tamaños, colocadas de través y como al acaso, y separadas apenas, como los sillares en las canteras, por estrechas distancias.
Decimos estrechas, porque no podemos dar idea más exacta de aquellas callejuelas obscuras, apretadas, angulosas, flanqueadas de caserones de ocho pisos.
Estos caserones eran tan decrépitos, que en las calles de la Chanvrerie y de la Petite Truanderie, las fachadas se apuntalaban con vigas, que iban de una casa á otra.
La calle era estrecha y el arroyo ancho, de modo que el transeúnte andaba siempre sobre un suelo mojado, costeando tiendas parecidas á cuevas, grandes guarda cantones rodeados de aros de hierro, montones crecientes de basura, puertas de pasadizos armadas de enormes verjas seculares.
La apertura de la gran calle Rambuteau devastó todo esto.
El nombre Mondetour pinta maravillosamente las sinuosidades de aquellas calles. Un poco más lejos aparecían mejor expresadas aún por la calle Pirouette, que salía á la calle Mondetour.
El transeúnte que pasaba desde la calle de San Dionisio á la de la Chanvrerie, la veía estrecharse poco á poco delante de sí, como si hubiese entrado en un enorme embudo prolongado.
Al final de la calle, que era muy corta, hallaba cerrado el paso del lado del Mercado por una elevada fila de casas, y creía encontrarse cortado el paso en callejón sin salida, á no descubrir á derecha é izquierda dos, al parecer negras zanjas, donde podía escapar. Daban acceso á la calle Mondetour, la cual iba á unirse por un lado con la de Predicadores, y por el otro con la del Cisne y la Petite Truanderie.
En el fondo de aquella especie de callejón, y en el ángulo de la cortadura de la derecha, se veía una casa menos alta que las demás, formando así como un cabo saliente sobre la calle.
En dicha casa, que no tenía sino dos pisos, estaba instalado, hacía tres siglos, un ilustre figón, que producía siempre un ruido alegre en el mismo paraje indicado por el viejo Teófilo en estos versos:
Allí se mece el esqueleto horrible
De un pobre enamorado que se ahorcó.
El sitio era bueno, y los figoneros se sucedían de padres á hijos.
En tiempos de Maturin Regnier, aquel figón se llamaba la Maceta de Rosas, y como los jeroglíficos estaban de moda, tenía por muestra un poste pintado de color de rosa[7].
Durante el siglo último, el digno Natoire, uno de los maestros caprichosos desdeñados hoy día por la escuela rígida, habiéndose achispado muchas veces en aquel figón, en la misma mesa en que se había emborrachado Regnier, había pintado, en prueba de agradecimiento, un racimo de uvas de Corinto sobre el poste de color de rosa.
El tabernero, entusiasmado, había cambiado su título, haciendo escribir en letras doradas al pie del racimo estas palabras: Á las uvas de Corinto. De ahí el nombre de Corinto.
Nada más propio de los borrachos que la elipsis. La elipsis es la espiral de la frase. Corinto fué poco á poco destronando la Maceta de Rosas.
El último bodegonero de la dinastía, el tío Hucheloup, ignorando ya la tradición, había hecho pintar la tabla de azul.
Este bodegón se componía de una sala baja donde estaba el mostrador, otra encima con el billar, una escalera de caracol que atravesaba el techo; vino en las mesas, humo en las paredes, y luz artificial al medio día.
En la sala baja había una escalera con su trampa para bajar á la cueva.
En el segundo piso estaban las habitaciones de los Hucheloup; se subía á ellas por una escalera, ó más bien escala, y tenía por toda entrada una puerta de escape en la sala grande del primer piso.
Debajo del tejado había dos grandes desvanes abuhardillados, que eran los nidos de las criadas.
La cocina dividía la planta baja con la sala del mostrador.
El tío Hucheloup había nacido químico tal vez; el hecho es que resultó cocinero; en su figón no sólo se bebía, sino que se daba también de comer.
Hucheloup había inventado una cosa excelente, que no se comía más que en su casa, carpas rellenas que él llamaba carpas cebadas (carpes au gras).
Comíanse á la luz de una vela de sebo, ó de un quinqué del tiempo de Luis XVI, en mesas que tenían, á guisa de mantel, un hule clavado. Iban la gente á comerlas desde muy lejos.
Hucheloup, una mañana, tuvo la inspiración de anunciar á los transeúntes «su especialidad»; mojó un pincel en una olla de pintura negra, y como tenía su ortografía propia, lo mismo que su arte culinario propio también, improvisó sobre la pared esta notable inscripción:
CARPES HOGRAS
Un invierno, la lluvia y los chaparrones tuvieron el capricho de borrar varias letras y la mitad de una A, de modo que quedó el letrero en esta forma:
CARPE HO RAS
De suerte que con el auxilio del tiempo y de la lluvia, aquel humilde anuncio gastronómico se convirtió en un consejo profundo.
Así pues, el tío Hucheloup, que no sabía ni aún su lengua, se había encontrado con que sabía latín, con que había hecho salir de la cocina la filosofía, y con que queriendo simplemente eclipsar al gran cocinero Careme, se había nivelado á Horacio.
Y lo más notable era que también aquello quería decir: «Entrad en mi bodegón».
Nada de todo eso existe hoy. El dédalo Mondetour fué abierto y ensanchado desde 1847, y probablemente no queda ya nada á la hora presente. Las calles de la Chanvrerie y Corinto han desaparecido bajo el empedrado de la calle Rambuteau.
Como hemos dicho, Corinto era uno de los puntos de reunión, ya que no el cuartel general de Courfeyrac y sus amigos.
Grantaire había sido el descubridor de Corinto.
Había entrado allí á causa del carpe ho ras, y había vuelto á causa de las carpes au gras.
Allí se bebía, se comía, se gritaba, se pagaba poco, se pagaba mal, no se pagaba á veces; pero siempre se encontraba buen recibimiento. El tío Hucheloup era un buen hombre.
Hucheloup, buen hombre acabamos de decir, era un figonero con bigotes, variedad divertida.
Tenía siempre la cara de mal humor; parecía querer intimidar á sus parroquianos; refunfuñaba á los que entraban en su casa, y tenía el aspecto más propio para buscar camorra con ellos, que para servirles la sopa. Y sin embargo, mantenemos lo dicho, todos eran bien recibidos.
Esta rareza suya había acreditado su establecimiento, y acudían á él los jóvenes, diciéndose: «Ven, oirás gruñir al tío Hucheloup».
Había sido maestro de armas. Se reía á carcajadas á lo mejor; tenía la voz gruesa; era un diablo bueno. Mostraba cierto fondo cómico con apariencia trágica; no quería más que causar miedo, por el estilo de esas cajas de rapé que tienen la forma de una pistola. La detonación es un estornudo.
Su mujer, la tía Hucheloup, era un ser barbudo y feísimo.
Hacia 1830 murió el tío Hucheloup, y con él desapareció el secreto de las carpas cebadas.
Su viuda, no muy consolable, continuó con la taberna.
Pero la cocina degeneró, llegando á ser malísima; el vino, que antes había sido solamente malo, llegó á ser pésimo.
Courfeyrac y sus amigos siguieron yendo á Corinto á pesar de ello, «por compasión», al decir de Bossuet.
La viuda Hucheloup era una mujerona carrilluda y disforme, con recuerdos campestres, cuya única gracia consistía en la pronunciación. Tenía un modo especial de decir las cosas con que sazonaba sus reminiscencias primaverales y de aldea.
Decía, por ejemplo, que en otro tiempo había sido su gran placer oir «cantar al ruiseñor en la madresierva».
La sala del primer piso, donde estaba «el comedor», era una pieza grande y larga, llena de taburetes, de escabeles, de sillas, de bancos y de mesas, con una mesa coja de billar.
Se subía por la escalera de caracol, que remataba en el ángulo de la sala por un agujero cuadrado, semejante á una escotilla de navío.
Esta sala, iluminada por una sola ventana estrecha, y por un quinqué siempre encendido, parecía una buhardilla.
Todos los muebles de cuatro pies estaban como si sólo tuvieran tres.
Las paredes, blanqueadas con cal, no tenían más adorno que este cuarteto en honor de la señora Hucheloup:
Á diez pasos admira, como á los dos espanta,
Una verruga habita su nariz asombrosa;
Teme uno á cada instante si sonar se le antoja,
Que á parar á la boca el mejor día vaya.
Estos versos estaban escritos con carbón en la pared.
La señora Hucheloup estaba yendo y viniendo por delante de este cuarteto todo el día con la más perfecta tranquilidad.
Dos criadas, llamadas Matelote y Gibelotte, sin que nunca se haya sabido que tuvieran otros nombres, ayudaban á la señora Hucheloup á poner en las mesas los jarros de vino y la variedad de guisotes que se servían á los hambrientos en cazuelas de barro.
Matelote, gruesa, redonda, roja y vocinglera, antigua sultana favorita del difunto Hucheloup, era fea, más fea que cualquier monstruo mitológico, sin embargo, como conviene que la criada sea siempre menos que el ama, era menos fea que la señá Hucheloup.
Gibelotte era alta, delgada, de blancura linfática, con los ojos hundidos, los párpados caídos, siempre como fatigada y rendida, dominada por lo que podría llamarse laxitud crónica; se levantaba la primera y se acostaba la última; servía á todo el mundo, inclusa la otra criada, en silencio y con dulzura; sonriendo bajo el peso del trabajo con cierta vaga sonrisa adormecida.
Antes de entrar en la sala-comedor, se leía sobre la puerta este verso, escrito con yeso por Courfeyrac:
Regálate si puedes, y come si te atreves.
II
Alegrías previas
Laigle de Meaux, como sabemos, vivía más en casa de Joly que en otra parte.
Tenía un alojamiento, como tiene el pájaro una rama.
Los dos amigos vivían juntos, comían juntos y dormían juntos.
Todo les era común, hasta Musichetta; eran lo que alguno ha llamado á ciertos clérigos que dicen dos misas en un día, bini.
La mañana del 5 de junio se fueron á almorzar á Corinto.
Joly tenía un fuerte resfriado, del cual empezaba á participar Laigle.
La levita de Laigle estaba ya muy usada, pero Joly vestía bien.
Serían como las nueve de la mañana cuando empujaron ellos la puerta de Corinto.
Subieron al primer piso.
Matelote y Gibelotte los recibieron.
—Ostras, queso y jamón,—dijo Laigle.
Y se sentaron á la mesa.
El bodegón estaba vacío; no había en la sala más que ellos dos solos.
Gibelotte, conociendo á Laigle y á Joly, empezó por ponerles delante una botella de vino.
Cuando estaban aún comiendo las primeras ostras, apareció una cabeza en la escotilla de la escalera, y se oyó una voz que decía:
—Pasaba por ahí; he humeado desde la calle un delicioso olor á queso de Brie, y he subido.
Era Grantaire.
Grantaire cogió un taburete y se sentó.
Gibelotte, viéndole, puso dos botellas en la mesa.
De modo que ya eran tres.
—¿Vas á beberte esas dos botellas?—preguntó Laigle á Grantaire.
Y éste respondió:
—Todos son ingeniosos; tú sólo eres ingenuo. Dos botellas no asustan nunca á un hombre.
Los otros habían empezado por comer; Grantaire empezó por beber, y apuró de un sorbo media botella.
—¿Tienes algún agujero en el estómago?—preguntó Laigle.
—Tú le tienes en el codo,—contestó Grantaire.
Y después de haber vaciado su vaso, añadió:
—¡Ah, Laigle de las oraciones fúnebres! Tu levita está vieja.
—Lo creo,—respondió Laigle.—Eso hace que hagamos buenas migas mi levita y yo; ella ha tomado todos mis pliegues, y no me incomoda para nada, puesto que se ha amoldado á mis deformidades, y se presta con facilidad á todos mis movimientos; no la siento sino porque me abriga. Los vestidos viejos son lo mismo que los amigos antiguos.
—Es verdad,—exclamó Joly entrando en la conversación;—un traje viejo es un abrigo viejo.
—Sobre todo,—dijo Grantaire,—para la boca de un hombre resfriado.
—Grantaire,—interrogó Laigle,—¿vienes de los boulevares?
—No.
—Joly y yo acabamos de ver pasar la cabeza del entierro.
—Es un espectáculo maravilloso,—dijo Joly.
—¡Qué tranquila está esta calle!—exclamó Laigle.—¿Quién sospecharía aquí, que París está trastornado? ¡Cómo se conoce que antes todo esto eran conventos? Breul, Sauval y el presbítero Lebeuf traen la lista. Los había en todo alrededor; aquí hormigueaban calzados, descalzos, tonsurados, barbudos, grises, negros, blancos, franciscanos, mínimos, capuchinos, carmelitas, recoletos, agustinos, viejos agustinos... ¡Cómo pululaban!
—No hablemos de frailes,—dijo Grantaire,—eso da ganas de rascarse.
Y luego exclamó:
—¡Bah! Acabo de tragar una ostra mala; ya me acomete la hipocondría. Las ostras están pasadas, y las criadas son feas. Odio á la especie humana. Acabo de pasar por la calle de Richelieu, delante de la gran librería pública; aquel montón de conchas de ostras que se llama una biblioteca me quita la gana de pensar. ¡Cuánto papel! ¡Cuánta tinta! ¡Cuántos garabatos! ¡Todo eso se ha escrito! ¡Qué necio ha sido el que ha dicho que el hombre es un bípedo sin pluma!
«Después he encontrado á una muchacha que me conocía, bella como la primavera, digna de llamarse Floreal, y entusiasmada, alegre, feliz como un ángel, la miserable, porque ayer un espantoso banquero picado de viruelas se ha dignado solicitarla. ¡Ay! La mujer acecha al pagano lo mismo que al galán; las gatas cazan lo mismo á los ratones que á los pájaros.
«Esta doncella no hace aún dos meses era honesta en su buhardilla; ajustaba circulitos de cobre á los ojetes de un corsé, ¿cómo le llaman á eso? Cosía, tenía un catre de tijera, vivía al lado de una maceta de flores, estaba contenta. Ahora está hecha una banquera. La transformación se ha hecho esta noche.
«Por la mañana encontré á esa víctima muy alegre; y lo más horrible es que esa bribonzuela estaba hoy tan linda como ayer. No se traslucía al banquero en su rostro. Las rosas tienen esta propiedad, de más ó de menos, comparadas con las mujeres, y es que las huellas que les causan los insectos son visibles.
«¡Ah! No hay moral en la tierra; y pongo por testigo al mirto, símbolo del amor; al laurel, símbolo de la guerra; al olivo, ese asno, símbolo de la paz; al manzano, que por poco atraganta á Adán con su pepita, y á la higuera, abuela de las faldas.
«En cuanto al derecho, ¿queréis saber lo que es el derecho?
«Los galos codician á Clusio, Roma protege á Clusio, y les pregunta, ¿qué mal os ha hecho Clusio?
«Breno responde: El daño que os ha hecho Alba, el daño que os ha hecho Fidena, el daño que os han hecho los Equos, los Volscos y los Sabinos, que fueron vuestros vecinos, los Clusanos son los nuestros. Entendemos la vecindad como vosotros lo entendéis. Habéis robado á Alba; nosotros tomamos á Clusio.
«Roma dice: Pues no tomaréis á Clusio. Breno tomó á Roma; y después gritó; Væ victis.
«Y he ahí lo que es derecho.
«¡Ah! En este mundo no hay más que aves de rapiña, ¡águilas! ¡águilas! Yo me encojo como gallina asustada».
Y alargó su vaso á Joly, que se lo llenó; bebióselo, y prosiguió, sin detenerse casi por este vaso de vino, en que nadie reparó, ni él mismo siquiera:
—Breno, tomando á Roma, es un águila; el banquero que toma á la modistilla, es un águila. No hay más pudor en el uno que en el otro. No creamos, pues, en nada; no hay más que una realidad: beber.
«Cualquiera que sea vuestra opinión, ya estéis por el gallo flaco como el cantón de Uri, ó por el gallo gordo como el cantón de Glaris, poco importa: bebed.
«Me habláis de los boulevares, del entierro, etc... ¿Y qué? ¡Que va á haber otra revolución!
«Esta pobreza de medios por parte de Dios, me asombra. Es preciso que á cada momento esté dando sebo al carril de los acontecimientos. Esto se atasca, esto no marcha. Ea, pronto, una revolución.
«El buen Dios tiene siempre las manos negras de ese maldito sebo. Yo en su lugar lo haría más sencillamente, no montaría á cada instante mi maquinaria, sino que llevaría al género humano con movimiento uniforme; tejería los hechos malla á malla, sin romper el hilo, y no echaría mano del acaso ni tendría repertorios extraordinarios.
«Lo que vosotros llamáis progreso, es impulsado por dos motores: los hombres y los sucesos. Pero ¡lástima grande! que de cuando en cuando sea necesario lo excepcional. Para los sucesos como para los hombres la tropa ordinaria no basta; es preciso que haya genios entre los hombres y revoluciones entre los sucesos.
«Los grandes accidentes son la ley; el orden de las cosas no puede prescindir de ellos; y al ver las apariciones de los cometas, está uno dispuesto á creer que hasta el cielo tiene necesidad de actores representantes.
«En el momento en que menos se espera, Dios hace aparecer un meteoro en el firmamento; se presenta alguna estrella caprichosa subrayada por una enorme cola. Y esto mata á César; Bruto le da una puñalada y Dios un cometazo.
«Crac; he ahí una aurora boreal, he aquí una revolución, he aquí un grande hombre; 93 en gruesos caracteres, Napoleón acechando el cometa de 1811 sobre el aviso.
«¡Ah! ¡Qué hermoso cartel azul, tachonado de súbitas llamaradas! ¡Bum! ¡Bum! Espectáculo extraordinario. Alzad los ojos, papanatas; todo es descabellado; el astro como el drama.
«Buen Dios, esto es demasiado, y no es bastante. Esos recursos excepcionales tomados en su exención, parecen magnificencia, y son pobreza. Amigos míos, la Providencia necesita también de expedientes.
«¿Qué prueba una revolución? Que Dios alcanza poco. Da un golpe de Estado, porque hay solución de continuidad entre el presente y el porvenir, y porque él, siendo Dios, no ha podido reunir los dos cabos.
«Todo esto me afirma en mis conjeturas acerca de la situación de fortuna de Jehová: y al ver tanto malestar arriba y abajo, tanta mezquindad y miseria; tanta mezquindad y pequeñez en el cielo y en la tierra, desde el pájaro que no tiene un grano de mijo, hasta mí, que no tengo cien mil francos de renta; al ver el destino humano gastado ya, y aún el destino regio que enseña la trama, testigo el príncipe de Condé pendiente de la horca; al ver el invierno que no es más que un rasgón en el zenit por donde sopla el viento; al ver tantos harapos hasta en la púrpura nuevecita de la mañana sobre las colinas; al ver que las gotas de rocío son perlas falsas; al ver la escarcha ser imitación del cristal; al ver la humanidad descosida y los sucesos remendados, y tantas manchas en el sol, y tantos agujeros en la luna; al ver tanta miseria por todas partes, supongo que Dios no es muy rico.
«Advierto que tiene apariencia de riqueza; es verdad; pero se descubre la necesidad.
«Nos da una revolución, como un comerciante, cuya caja está vacía, da un baile.
«No se debe juzgar á los dioses por las apariencias. Bajo el oro del cielo entreveo un universo pobre; la creación está en quiebra; por eso estoy descontento.
«Mirad, hoy es el 5 de junio, y está el día como si fuera de noche. Desde esta mañana estoy esperando que venga el día, y no ha venido, y apuesto á que no vendrá. Esto es una falta de un dependiente mal pagado.
«Sí, todo está mal arreglado; nada se ajusta bien; este viejo mundo está derrengado. Me paso á la oposición.
«Todo marcha al revés; el Universo es una pura contradicción. Sucede lo que con los hijos; los que los desean no los tienen; los que no los desean los tienen.
«Total: tengo mal humor.
«Además, Laigle de Meaux, ese calvo me entristece cuando le miro; me humilla el pensar que soy de la misma edad que esa rodilla.
«Yo critico, pero no insulto. El Universo es lo que es; hablo aquí sin mala intención, por lo que me dicta mi conciencia.
«Padre Eterno, recibid la seguridad de mi distinguida consideración. ¡Ah! Por todos los santos olímpicos, y por todos los dioses del paraíso, yo no nací para parisiense, es decir, para estar dando vueltas siempre como un volante entre dos raquetas, desde el grupo de los ociosos al grupo de los revoltosos.
«Yo nací para ser turco, para estar mirando todo el día á las bailarinas orientales en esos bailes exquisitos del Egipto, lúbricos como los sueños de un hombre casto; ó aldeano de Beocia, ó hidalgo veneciano, rodeado de nobles matronas; ó principillo alemán contribuyendo con medio soldado á la Confederación Germánica, y empleando sus ocios en secar sus calcetas en su seto, es decir, en su frontera.
«¡Para uno de esos destinos he nacido yo!
«Sí, he dicho turco, y no me arrepiento. No comprendo que se hable de los turcos habitualmente mal; Mahoma tiene cosas buenas; ¡respeto al inventor de los serrallos de hurís y de los paraísos de odaliscas! ¡No insultemos al mahometismo, única religión que está adornada de gallinero!
«Apoyándome en lo cual insisto en beber.
«La Tierra es una gran majadería. Parece que van á pelear todos esos imbéciles, á romperse las narices, á matarse en pleno estío, en el mes de junio, cuando podrían ir cogidos del brazo de una tierna joven á respirar en los campos la inmensa taza de té del heno segado.
«En verdad que se cometen muchas necedades, y de nada sirve lo pasado.
«Una antigua linterna rota que acabo de ver en una prendería me ha sugerido una reflexión. Ya es tiempo de iluminar al género humano.
«Sí, y ya estoy triste otra vez. ¡Lo que es comer una ostra, y encontrarse con una revolución! Me vuelvo lúgubre.
«¡Oh! ¡espantoso mundo viejo! ¡Donde todo se anima, todo se desvirtúa, todo se prostituye, todo se mata, y á todo se acostumbra!».
Y Grantaire, después de este acceso de elocuencia, tuvo otro de tos bien merecido.
—Á propósito de revolución,—dijo Joly,—parece que Mario está decididamente enamorado.
—¿Se sabe de quién?—preguntó Laigle.
—No.
—¿No?
—Te digo que no.
—¡Los amores de Mario!—exclamó Grantaire.—Los veo desde aquí. Mario es una niebla, y habrá encontrado un vapor. Es de la raza de los poetas, y quien dice poeta, dice loco. Thymbræus Apollo. Mario y su María, ó su Marieta, ó su Mariquita, ó su Mariana, deben ser unos amantes muy graciosos. Me explico perfectamente lo que ello ha de ser. Éxtasis en que se olvidan los besos. Castos sobre la tierra, pero uniéndose en el infinito. Son almas con sentidos. Duermen juntos entre las estrellas.
Grantaire empezaba su segunda botella, y tal vez su segunda arenga, cuando se presentó un nuevo personaje en la abertura cuadrada de la escalera.
Era un muchacho de menos de diez años, harapiento, muy pequeño, descolorido, de boca grande y ojos vivos, enormemente cabelludo, calado por la lluvia, y alegre.
El muchacho, eligiendo sin vacilar entre los tres, aunque evidentemente no conocía á ninguno, dirigióse á Laigle de Meaux.
—¿Sois vos el señor Bossuet?—le preguntó.
—Ése es mi sobrenombre,—respondió Laigle.—¿Qué me quieres?
—Esto. Uno muy rubio me ha dicho en el boulevard: «¿Conoces á la tía Hucheloup?». Y yo le he dicho: «Sí, en la calle de la Chanvrerie, la viuda del viejo». Y me ha dicho: «Pues ya estás andando; allí encontrarás al señor Bossuet, y le dirás de mi parte A. B. C.». ¿Es una burla que os hace, verdad? Me ha dado diez sueldos.
—Joly, préstame diez sueldos,—dijo Laigle.
Y volviéndose hacia Grantaire:
—Grantaire, préstame diez sueldos.
Lo cual sumó hasta veinte sueldos, que Laigle dió al muchacho.
—Gracias, señor,—dijo éste.
—¿Cómo te llamas?—le preguntó Laigle.
—Navet, el amigo de Gavroche.
—Quédate con nosotros,—dijo Laigle.
—Almuerza con nosotros,—añadió Grantaire.
El muchacho respondió:
—No puedo; soy de la comitiva fúnebre; soy de los que van gritando: ¡Abajo Polignac!
Y estirando el pie cuanto pudo por detrás de sí, que es el más respetuoso de los saludos, se fué.
Cuando hubo desaparecido el muchacho, Grantaire tomó la palabra:
—Ése es el pilluelo puro. Hay muchas variedades en el género. El pilluelo escribano se llama salta arroyos; el pilluelo cocinero se llama marmitón; el pilluelo panadero se llama mitrón; el pilluelo criado se llama groom: el pilluelo marino se llama murgo; el pilluelo soldado se llama gazapón; el pilluelo pintor se llama rapaz; el pilluelo comerciante se llama trotón; el pilluelo cortesano se llama menino; el pilluelo rey se llama delfín; el pilluelo dios se llama Cupido.
Entre tanto, Laigle estaba meditabundo, y dijo á media voz:
—A. B. C., es decir entierro de Lamarque.
—El muy rubio,—dijo Grantaire,—es Enjolrás que te manda avisar.
—¿Iremos?—dijo Bossuet.
—Llueve,—respondió Joly,—y yo he jurado ir al fuego, y no al agua. No quiero resfriarme.
—Yo me quedo aquí,—dijo Grantaire;—prefiero un almuerzo á un entierro.
—Conclusión: nos quedamos,—repuso Laigle.—Pues entonces bebamos. Puede faltarse al entierro sin por eso faltar al motín.
—¡Eh! Al motín no faltaré yo,—exclamó Joly.
Laigle se frotó las manos.
—Se va, pues, á repasar la revolución de 1830. Lo cierto es que molestan al pueblo sus costuras.
—Nada me importa vuestra revolución,—dijo Grantaire.—Yo no execro al gobierno que nos rige; es la corona atemperada por el gorro de algodón; es un cetro acabando en paraguas. Pienso en ella hoy por el tiempo que hace; Luis Felipe podrá utilizar su realismo para dos fines; dirigir el extremo cetro contra el pueblo, y abrir el extremo paraguas contra el cielo.
La sala estaba obscura; grandes nubes habían acabado de suprimir el día. No había nadie en el figón, ni en la calle; todo el mundo se había ido á ver «los sucesos».
—¿Es medio día ó media noche?—preguntó Bossuet.—No veo gota. ¡Gibelotte, una luz!
Grantaire, cariacontecido, seguía bebiendo.
—Enjolrás me desdeña,—murmuró.—Enjolrás ha dicho:—«Joly está malo. Grantaire borracho»; y ha enviado á Navet para que busque á Bossuet. Si hubiera venido á llamarme á mí, le habría seguido. ¡Tanto peor para Enjolrás! No iré á su entierro.
Tomada esta resolución, Bossuet, Joly y Grantaire no se movieron del figón.
Á eso de las dos de la tarde, la mesa á que estaban sentados se veía cubierta de botellas vacías. Ardían sobre ella dos velas, una en una palmatoria de cobre perfectamente verde, y la otra en el cuello de una botella rota.
Grantaire había arrastrado á Joly y á Bossuet al vino, y Bossuet y Joly habían hecho renacer la alegría en Grantaire.
En cuanto á éste, desde las doce había pasado más allá del vino, triste origen de ensueños.
El vino para los borrachos serios sólo alcanza muy mediano aprecio.
En materia de embriaguez, hay la magia blanca y hay la magia negra; el vino no es más que la magia blanca. Grantaire era un atrevido bebedor de sueños.
Las tinieblas de una embriaguez terrible entreabierta ante él, lejos de detenerle le atraían.
Había dejado las botellas y acudido á la ponchera. La ponchera es el abismo. No teniendo á mano ni opio, ni haschís, y queriendo llenarse el cerebro de crepúsculo, había recurrido á esa horrible mezcla de aguardiente, de cerveza fuerte y de ajenjo que produce letargos tan terribles.
De estos tres vapores, cerveza, aguardiente y ajenjo, se hace el plomo del alma. Son tres tinieblas en que se ahoga la mariposa celeste; y en un humo membranoso vagamente condensado en alas de murciélago, se forman tres furias mudas, la pesadilla, la noche y la muerte, revoloteando sobre Psiquis adormecida.
Grantaire no estaba todavía en esa fase lúgubre; lejos de eso. Estaba prodigiosamente alegre, y Bossuet y Joly le hacían la contra.
Todos brindaban chocando los vasos; bebían y volvían á brindar con estrépito.
Grantaire añadía á la pronunciación excéntrica de las palabras y de las ideas la divagación del gesto; apoyaba con dignidad el puño izquierdo sobre la rodilla, doblando en ángulo recto el brazo, con la corbata deshecha, á caballo de un taburete, el vaso lleno en la mano derecha, y dirigía á la criada gruesa Matelote estas palabras solemnes:
—¡Que se abran las puertas del palacio! ¡Que todo el mundo sea de la Academia, y tenga yo el derecho de abrazar á la señora Hucheloup! ¡Bebamos!
Y volviendo hacia la tía Hucheloup, añadía:
—¡Mujer antigua y consagrada por el uso, acércate que yo te contemple!
Joly gritaba ó exclamaba:
—Bartelote y Gibelotte, no deis más vino á Grantaire: se está comiendo locamente el dinero; desde esta mañana ha devorado en prodigalidades sin seso dos francos y ochenta y cinco sueldos.
Grantaire continuaba:
—¿Quién ha desclavado las estrellas sin mi permiso, para ponerlas en la mesa por velas?
Bossuet, aunque muy bebido, había conservado su calma habitual.
Habíase sentado en el quicio de la ventana abierta, y la lluvia le mojaba la espalda mientras contemplaba á sus dos amigos.
De repente oyó detrás de sí un tumulto de pasos precipitados, y gritos de ¡á las armas!
Se volvió, y descubrió en la calle de San Dionisio, al cabo de la calle de la Chanvrerie, á Enjolrás que pasaba con la carabina en la mano á Gavroche con su pistola, á Feuilly con su sable, á Courfeyrac con su espada, á Juan Provaire con su mosquete, á Combeferre con su fusil, á Bahorel con su fusil también, y todo el grupo armado y tumultuoso que le seguía.
La calle de la Chamvrerie apenas tenía el alcance de una carabina. Bossuet improvisó con sus dos manos una bocina, y gritó:
—¡Courfeyrac! ¡Courfeyrac! ¡Eh, eh!
Courfeyrac oyó las voces, vió á Bossuet, dió algunos pasos en la calle de la Chanvrerie, y dijo:
—¿Qué quieres?
Palabras que se cruzaron al mismo tiempo en el aire con estas otras.
—¿Adónde vas?
—Á hacer una barricada,—respondió Courfeyrac.
—¡Pues bien, aquí! Este sitio es á propósito; levántala aquí.
—Es verdad, Águila,—dijo Courfeyrac.
Y á una señal de Courfeyrac, toda la turba se precipitó en la calle de la Chanvrerie.
III
La noche empieza á dominar sobre Grantaire
El sitio estaba, en efecto, admirablemente indicado; la entrada de la calle ancha, el fondo estrecho y á modo de callejón sin salida; Corinto formando allí una angostura; la calle Mondetour, fácil de atrancar á derecha é izquierda; no siendo posible ningún ataque sino por la calle de San Dionisio, es decir, de frente y al descubierto.
Bossuet, borracho, había tenido el golpe de vista de Aníbal en ayunas.
Á la irrupción del grupo, se había apoderado el espanto de toda la calle; todos los transeúntes se eclipsaron, y en un abrir y cerrar de ojos, por todas partes, á derecha é izquierda, las tiendas, los establecimientos, las puertas, las ventanas, las persianas, las buhardillas, los postigos de todas dimensiones se cerraron, desde el piso bajo hasta el tejado.
Una vieja, llena de miedo, colgó un colchón delante de su ventana en una cuerda que servía para poner á secar la ropa, con objeto de amortiguar el efecto de la fusilería.
El bodegón únicamente permanecía abierto, y esto sólo por razón de que allí se había instalado el grupo.
—¡Ah! ¡Dios mío! ¡Dios mío!—exclamaba suspirando la tía Hucheloup.
Bossuet había bajado á recibir á Courfeyrac.
Joly se había asomado á la ventana y gritaba:
—Courfeyrac, ¿por qué no has tomado un paraguas? Te vas á resfriar.
Entre tanto, en pocos minutos habían sido arrancadas veinte barras de hierro de las rejas de la fachada del figón, y desempedradas diez toesas de la calle.
Gavroche y Bahorel habían cogido al pasar y derribado un carro de un fabricante de cal, llamado Anceau; este carro contenía tres toneles llenos de cal, que fueron colocados bajo montones de adoquines.
Enjolrás había levantado la trampa de la cueva, y todos los barriles vacíos de la tía Hucheloup habían ido á flanquear los de cal.
Feuilly, con sus dedos acostumbrados á iluminar delicados países de abanico, había reforzado los toneles y el carro con dos macizas pilas de pedruscos; pedruscos improvisados como todo lo demás, y cogidos sin saber dónde.
Habíanse arrancado también unos puntales de la fachada de una casa próxima, y cruzado á lo largo sobre los barriles.
Cuando Bossuet y Courfeyrac se volvieron, la mitad de la calle estaba ya cerrada por una muralla más alta que un hombre.
No hay nada como la mano popular para construir todo lo que se construye demoliendo.
Matelote y Gibelotte se habían mezclado con los trabajadores; Gibelotte iba y venía cargada de maderos; su laxitud se empleaba en la barricada, y servía adoquines como hubiera servido vino, adormecida.
Un ómnibus que llevaba dos caballos blancos, pasó por el extremo de la calle.
Bossuet salió por encima de los materiales, corrió, detuvo al cochero, hizo bajar á los viajeros, dió la mano «á las señoras», despidió al conductor, y volvió trayéndose el coche y los caballos de la brida.
—Los ómnibus,—dijo,—no pasan por delante de Corinto. Non licet ómnibus adire Corinthum.
Un instante después los caballos desenganchados se iban al acaso por la calle Mondetour, y el ómnibus volcado completaba la barricada.
La señora Hucheloup, trastornada, se había refugiado en el primer piso.
Tenía los ojos vagos, y miraba sin ver, exclamándose por lo bajo; sus gritos de espanto no se atrevían á salir de su garganta.
—Éste es el fin del mundo,—murmuraba.
Joly, dando un beso en el grueso, rojo y arrugado cuello de la señora Hucheloup, decíale á Grantaire:
—Querido, siempre he considerado el cuello de una mujer como una cosa infinitamente delicada.
Pero Grantaire llegaba ya á las más altas regiones del ditirambo. Matelote había vuelto á subir al primer piso. Grantaire la había cogido por el talle, y daba en la ventana grandes carcajadas.
—¡Matelote es fea!—gritaba.—Matelote es el sueño de la fealdad. Matelote es una quimera. Voy á descubrir el secreto de su nacimiento: Un Pigmalión gótico que hacía mascarones de catedrales, enamoróse un día de uno de ellos, del más horrible; suplicó al Amor que le animase, y resultó Matelote. ¡Miradla, ciudadanos! ¡Tiene los cabellos de amarillo de cromo, como la querida del Ticiano, y es una buena muchacha! Yo os respondo que se peleará bien; en toda muchacha de bien se encierra un héroe.
«En cuanto á la tía Hucheloup, es una vieja valerosa. ¡Mirad qué bigotes tiene! Los ha heredado de su marido. ¡Es un húsar! ¡Bah! ¡Peleará bien como tal! Dos como ella aterrarían la comarca.
«Compañeros, derribaremos el gobierno; tan cierto como que hay quince ácidos intermedios entre el ácido margárico y el ácido fórmico. Por lo demás, á mí lo mismo me da.
«Caballeros, mi padre me ha odiado siempre, porque yo no podía comprender las matemáticas; yo no comprendo más que el amor y la libertad. ¡Soy Grantaire, el bueno!
«Como nunca he tenido dinero, no tengo costumbre de tenerle; lo cual es causa de que nunca me haya hecho falta; pero si hubiera sido rico, no habría habido pobres. ¡Ya hubierais visto! ¡Oh! ¡Si todos los buenos corazones tuviesen grandes bolsillos! ¡Cuánto mejor no iría todo! ¡Figúrome á Jesucristo con la fortuna de un Rostchild! ¡Cuánto bien no haría!
«Matelote, ¡abrázame! Eres voluptuosa y tímida. Tienes unas mejillas que solicitan el beso de una hermana, y labios que reclaman el beso de un amante».
—¡Cállate, tonel!—dijo Courfeyrac.
Grantaire respondió:
—¡Soy capitular y maestro en juegos florales!
Enjolrás, que estaba de pie encima de la barricada, con el fusil en la mano, levantó su rostro bello y austero. Ya sabemos que tenía algo del espartano como del puritano. Hubiera muerto en las Termópilas con Leónidos, y quemado á Drogheda con Cromvell.
—¡Grantaire!—exclamó.—Vete á dormir la mona fuera de aquí. Éste es el lugar de la embriaguez, y no de la borrachera. ¡No deshonres la barricada!
Estas palabras irritadas produjeron en Grantaire un efecto singular, como si le hubiesen arrojado un vaso de agua fría al rostro. Pareció que había vuelto en sí.
Sentóse, apoyó los codos sobre la mesa cerca de la ventana, miró á Enjolrás con indecible dulzura, y le dijo:
—Déjame dormir aquí.
—Vete á dormir á otra parte.
Pero Grantaire, fijando de nuevo en él sus ojos tiernos y turbados, respondió:
—Déjame dormir aquí... hasta que aquí muera.
Enjolrás le miró desdeñosamente, diciendo:
—Grantaire, eres incapaz de creer, de pensar, de querer, de vivir y de morir.
Grantaire replicó con voz grave:
—Ya verás.
Murmuró algunas palabras ininteligibles, dejó caer su cabeza pesadamente sobre la mesa, y por un efecto bastante habitual del segundo período de la embriaguez, á que Enjolrás le había rudamente impulsado, se quedó dormido un instante después.
IV
Prueba de consuelo hacia la viuda Hucheloup
Bahorel, admirado de la barricada, exclamaba:
—¡He aquí la calle decapitada! ¡Qué buen efecto hace!
Courfeyrac, al par que demolía algo de la taberna, procuraba consolar á la viuda tabernera.
—Tía Hucheloup, ¿no os quejabais el otro día de que os hubiesen llamado á juicio y declarado delincuente, porque Gibelotte había sacudido un cobertor desde la ventana?
—Sí, mi buen amigo Courfeyrac. ¡Ay, Dios mío! ¿Vais á poner también esta mesa en la barricada? Y no sólo por el cobertor, sino también por una maceta que se cayó desde la buhardilla á la calle, el gobierno me ha hecho pagar cien francos de multa. ¿No es ello una picardía?
—Pues bien, tía Hucheloup; nosotros os vengamos.
La tía Hucheloup, no comprendía al parecer, muy bien, todo el beneficio de esa reparación.
Quedaba satisfecha á la manera de aquella mujer árabe, que, habiendo recibido un bofetón de su marido, fué á ver á su padre pidiendo venganza, y diciéndole:
—Padre, debes á mi marido afrenta por afrenta.
El padre preguntó:
—¿En qué mejilla te ha dado el bofetón?
—En la izquierda.
El padre entonces le dió un bofetón en la derecha, y añadió:
—Ya estás satisfecha. Ve y dile á tu marido, que si él ha abofeteado á mi hija, yo he abofeteado á su mujer.
La lluvia había cesado; iban llegando reclutas; los obreros habían llevado bajo las blusas un barril de pólvora, una cesta de botellas de vitriolo, dos ó tres hachas de viento, y un canasto lleno de vasos y de lamparillas, «restos de la fiesta del rey», recientemente celebrada el primero de mayo. Se decía que enviaba aquellas municiones un droguero del arrabal de San Antonio, llamado Pepin.
Rompieron el único farol de la calle de la Chanvrerie, la farola de la calle de San Dionisio, y todas las demás de las calles circunvecinas de Mondetour, del Cisne, de Predicadores, y de la grande y pequeña Truanderie.
Enjolrás, Combeferre y Courfeyrac lo dirigían todo.
Á un tiempo se construían dos barricadas, apoyadas ambas en la misma casa de Corinto, formando escuadra: la mayor cerraba la calle de la Chanvrerie, y la otra la de Mondetour, por el lado de la calle del Cisne; esta última barricada, muy estrecha, estaba construida sólo de toneles y piedras. Había allí unos cincuenta trabajadores; una treintena de ellos con fusiles, porque de pasada habían saqueado la tienda de un armero.
Nada más extraño y abigarrado que aquella tropa.
Uno llevaba levita, un sable de caballería y dos pistolas de arzón; otro iba en mangas de camisa, con sombrero redondo y una bolsa de pólvora colgada al lado; un tercero estaba cubierto de un peto hecho con nueve hojas de papel, y armado con una aguja de enjalmar.
Había uno que gritaba: ¡Exterminemos hasta el postrero, y muramos en la punta de nuestras bayonetas!
El que decía esto no llevaba bayoneta.
Otro mostraba encima de su levita unas correas y una cartuchera de guardia nacional, con la funda adornada con esta inscripción de lana roja: Orden público.
Portafusiles con el número de las legiones, pocos sombreros, ninguna corbata, muchos brazos desnudos, y algunas picas...
Añádase á eso todas las edades, todas las fisonomías, jovenzuelos pálidos, y obreros ennegrecidos.
Todos se apresuraban, y al mismo tiempo que trabajaban, hablaban de los sucesos posibles:
Que se recibirían socorros á las tres de la mañana;
Que se contaba seguramente con un regimiento;
Que París se sublevaría...
Suposiciones terribles, con las cuales se mezclaba una especie de alegría cordial.
Parecían hermanos, y ninguno sabía el nombre de los otros. Los grandes peligros tienen el privilegio de hacer fraternizar á los desconocidos.
En la cocina de Corinto se había encendido lumbre, y se fundían en un molde de balas todas las vasijas, cucharas, tenedores y demás vajilla de estaño del bodegón.
Á pesar de todo se bebía también. Los pistones y municiones andaban revueltos en las mesas con los vasos de vino.
En la sala del billar, Hucheloup, Matelote y Gibelotte, relativamente afectadas por el terror, atontada la una, sofocada la otra y sobresaltada la tercera, desgarraban groseros y viejos paños de mano, y hacían hilas; tres insurrectos las ayudaban, tres mocetones cabelludos, barbudos y bigotudos, que deshilaban la tela con dedos de costurera, y las hacían temblar.
El hombre de elevada estatura que había llamado la atención de Courfeyrac, Combeferre y Enjolrás, en el instante en que se unía al grupo en la esquina de la calle de Billettes, trabajaba en la pequeña barricada y era útil; Gavroche trabajaba en la grande.
En cuanto al joven que había esperado á Courfeyrac en su casa, y le había preguntado por el señor Mario, había desaparecido poco después del momento en que fué detenido el ómnibus.
Gavroche, completamente entusiasmado y radiante, se había encargado de hacer adelantar la obra. Iba, venía, subía, bajaba, volvía á subir; metía ruido, brillaba; parecía que estaba allí para animar á todos.
¿Sentía algún aguijón? Sí, ciertamente; la miseria. ¿Tenía alas? Sí, indudablemente; su alegría.
Gavroche era un torbellino. Se le veía sin cesar; se le oía continuamente; llenaba todo el espacio, encontrándose en todas partes á la vez; era una especie de ubicuidad casi irritante; no había nada que pudiese detenerle; la enorme barricada sentía su acción.
Molestaba á los transeúntes curiosos, excitaba á los perezosos, reanimaba á los fatigados, impacientaba á los pensativos, ponía de buen humor á unos, daba aliento á otros, encolerizaba á algunos y movía á todos; pinchaba á un estudiante, mordía á un obrero; se paraba, volvía enseguida á su faena, volaba por encima del tumulto; saltaba de éstos á aquéllos, murmuraba, zumbaba, y hostigaba á todo aquel tiro; era la mosca del inmenso coche revolucionario.
En sus pequeños brazos estaba el movimiento continuo, y en sus pequeños pulmones el perpetuo clamor.
—¡Bravo! ¡Más adoquines! ¡Más barriles! ¡Más trastos! ¿Dónde los hay? Una pellada de yeso para tapar este agujero. Es muy baja esa barricada; es preciso que suba más. Poned, poned ahí, echadlo todo, arriba con todo. Deshaced la casa. Una barricada es una tetera chinesca. Tomad, ahí tenéis una puerta vidriera.
Esto hizo exclamar á los trabajadores:
—¡Una puerta vidriera! ¿Para qué quieres que sirva una puerta-vidriera, tubérculo?
—Los tubérculos sois vosotros,—respondió Gavroche.—Una puerta-vidriera en una barricada, es cosa excelente; no impide el ataque, pero es un obstáculo más para tomarla. ¿No habéis robado nunca manzanas por encima de una pared cubierta de cascos de botella? Una puerta-vidriera corta los callos de los guardias nacionales cuando quieren subir á la barricada. ¡Pardiez! El vidrio es muy traidor. ¡No tenéis imaginación desenfrenada, amigos míos!
Por lo demás, estaba furioso con su pistola sin gatillo. Iba de uno á otro pidiendo:
—¡Un fusil! ¡Quiero un fusil! ¿Por qué no me dan un fusil?
—¡Un fusil á ti!—dijo Combeferre.
—¡Toma!—replicó Gavroche.—¿Por qué no? ¡Bien tuve uno en 1830 cuando se disputaba con Carlos X!
Enjolrás se encogió de hombros diciendo:
—Cuando los haya para los hombres, se darán á los muchachos.
Gavroche volvió la cabeza con altanería, y le respondió:
—Si te matan antes que á mí, cogeré el tuyo.
—¡Pilluelo!—dijo Enjolrás.
—¡Boquirrubio!—replicó Gavroche.
Un elegante descarriado que pasaba curioseando por el extremo de la calle, vino á distraerles.
Gavroche le gritó:
—¡Veníos con nosotros, joven! Pues qué, ¿no se ha de hacer nada para la vieja patria?
El elegante se escabulló.
V
Los preparativos
Los periódicos de aquel tiempo, que dijeron que la barricada de la calle de la Chanvrerie, aquella construcción casi inexpugnable, como la llamaban, llegaba á la altura de los primeros pisos, se equivocaron. No pasaba de seis ó siete pies, término medio.
Estaba construida de manera que los combatientes pudiesen, á voluntad, ocultarse detrás, ó dominar el paso, y aún subir á la cima por medio de una cuádruple fila de adoquines sobrepuestos, y colocados á manera de gradas interiormente.
Por fuera, el frente de la barricada, compuesta de pilas de adoquines y de toneles, unidos por medio de vigas y tablas que se encabestraban en las ruedas del carro del calero Anceau y del ómnibus, presentaba el aspecto de un obstáculo erizado é inextricable.
Una cortadura suficiente para que un hombre pudiese pasar por ella, dejaba espacio suficiente entre el extremo de la barricada más apartado del bodegón y las casas, de modo que era posible hacer una salida.
La lanza del ómnibus estaba puesta verticalmente; y á ella, atada con cuerdas, una bandera roja flotando sobre la barricada.
La pequeña barricada Mondetour, oculta detrás de la casa del figón, no se veía. Las dos barricadas reunidas formaban un verdadero reducto.
Enjolrás y Courfeyrac no habían creído conveniente hacer otra en el segundo extremo de la calle Mondetour, que abre paso á la calle de Predicadores para salir al mercado, queriendo sin duda conservar la posibilidad de una comunicación con el exterior, y temiendo poco el ser atacados por la peligrosa y difícil callejuela de los Predicadores.
Con esta salida libre, que constituía lo que Folar en su estilo estratégico hubiera llamado ramal de trinchera, y con la estrecha cortadura de la calle de la Chanvrerie, el interior de la barricada, en que el figón hacía un ángulo saliente, presentaba un cuadrilátero irregular, cerrado por todas partes.
Había unos veinte pasos de intervalo entre el muro de la barricada y las elevadas casas que formaban el fondo de la calle; de modo que se podía decir que la barricada estaba apoyada en aquellas casas, todas habitadas, pero cerradas de arriba á abajo.
Toda esta obra se hizo sin el menor obstáculo en menos de una hora, y sin que aquel puñado de hombres atrevidos viese aparecer una gorra de pelo ni una bayoneta.
Los pocos paisanos que se atrevían á pasar en aquel instante del motín por la calle de San Dionisio, daban una mirada á la calle Chavrerie, veían la barricada, y apretaban el paso.
Terminadas que fueron las dos barricadas, y enarbolada la bandera, se sacó una mesa fuera del bodegón y se subió en ella Courfeyrac.
Enjolrás trajo el cofre cuadrado, que estaba lleno de cartuchos, y Courfeyrac lo abrió.
Cuando aparecieron los cartuchos, temblaron los más valientes y hubo un momento de silencio.
Courfeyrac los distribuyó sonriendo.
Cada uno recibió treinta cartuchos.
Muchos tenían pólvora, y se pusieron á hacer más con las balas que se estaban fundiendo en el bodegón.
En cuanto al barril de pólvora, estaba sobre una mesa aparte cerca de la puerta; y se guardó en reserva.
El toque de llamada que recorría todo París no cesaba, pero había acabado por no ser más que un ruido monótono del que nadie hacía caso; un ruido que se aproximaba, ó se alejaba, con lúgubres ondulaciones.
Cargaron los fusiles y las carabinas todos á la vez, sin precipitación, con gravedad solemne.
Enjolrás colocó tres centinelas fuera de las barricadas; uno en la calle de la Chanvrerie, otro en la calle de Predicadores, y el tercero en la esquina de la Petite-Truanderie.
Construidas las barricadas, designados los puestos, cargados los fusiles, colocados los centinelas, solos en aquellas calles temibles, por donde no pasaba ya nadie, rodeados de aquellas casas mudas, y como muertas, donde no palpitaba el menor movimiento humano, envueltos en las sombras crecientes del crepúsculo que empezaba ya en medio de aquella obscuridad y de aquel silencio en que se sentía avanzar algo que tenía cierto sabor trágico y terrorífico, aislados, armados, resueltos, y tranquilos, esperaron.
VI
Esperando
Durante aquellas horas de espera, ¿qué hicieron?
Es preciso decirlo, porque ello pertenece á la historia.
Mientras los hombres hacían cartuchos, y las mujeres hilas; mientras una gran cacerola llena de estaño y plomo fundido para la fabricación de balas, humeaba sobre un hornillo ardiente; mientras los centinelas velaban arma al brazo en la barricada; mientras Enjolrás, á quien nada podía distraer, cuidaba de los centinelas, Combeferre, Courfeyrac, Juan Provaire, Feuilly, Bossuet, Joly, Bahorel y algunos otros, se buscaron y se reunieron como en los días más pacíficos de sus conversaciones estudiantiles, y en un rincón de aquella taberna convertido en casamata, á dos pasos del reducto que habían construido, con las carabinas cebadas, cargadas y apoyadas en el respaldo de su silla, aquellos jóvenes, tan próximos á una hora suprema, se pusieron á entonar versos amorosos. ¿Qué versos? Helos aquí: