LIBRO DECIMOTERCERO
MARIO ENTRA EN LA SOMBRA
I
Desde la calle Plumet al barrio de San Dionisio
Aquella voz que al través del crepúsculo había llamado á Mario á la barricada de la calle Chanvrerie, le había producido el mismo efecto que la voz del destino.
Quería morir, y se le presentaba la ocasión; llamaba á la puerta de la tumba, y una mano en la sombra le entregaba la llave.
Esas lúgubres brechas que se abren en las tinieblas ante la desesperación, son tentadoras.
Mario separó la verja que le había dejado pasar tantas veces; salió del jardín, y dijo: «¡Vamos!».
Loco de dolor, no sintiendo nada fijo y sólido en su cerebro, incapaz de aceptar nada de la suerte después de aquellos dos meses pasados en la embriaguez de la juventud y del amor, abrumado á la vez por todas las cavilaciones de la desesperación, no tenía más que un deseo: acabar rápidamente con la vida.
Empezó á andar rápidamente; precisamente iba armado de los dos cachorrillos que le dió Javert.
El joven á quien había creído ver, se había perdido en la obscuridad de las calles.
Mario, que había salido de la calle Plumet por el boulevard, atravesó la explanada y el puente de los Inválidos, los Campos Elíseos, la plaza de Luis XV, y llegó á la calle de Rívoli.
Las tiendas estaban abiertas, el gas brillaba bajo los arcos, las mujeres compraban en las tiendas, se servían sorbetes en el café Laiter, y se comían pastelillos en la pastelería inglesa.
Solamente algunas sillas de posta partían al galope del hotel de los Príncipes y del hotel Mauricio.
Mario entró por el pasaje Délorme en la calle de San Honorato.
Las tiendas estaban cerradas, los comerciantes hablaban delante de sus puertas entreabiertas, los transeúntes circulaban, los faroles estaban encendidos; desde el primer piso, todas las ventanas estaban iluminadas como de ordinario.
En la plaza del Palacio Real había caballería.
Mario siguió por la calle de San Honorato.
Á medida que se alejaba del Palacio Real, veía menos ventanas iluminadas; las tiendas estaban completamente cerradas; nadie hablaba en los umbrales; la calle se obscurecía, y al mismo tiempo se engrosaba la multitud, porque los transeúntes formaban ya muchedumbre.
Nadie hablaba al parecer entre la muchedumbre aquélla; y sin embargo, salía de la misma un murmullo sordo y profundo.
Hacia la fuente del Árbol Seco había grupos inmóviles y sombríos, que se destacaban entre los que iban y venían como piedras en medio de una corriente.
Á la entrada de la calle de Prouvaires, la multitud no andaba ya. Era una masa resistente, sólida, compacta, casi impenetrable, de personas amontonadas, que hablaban en voz baja.
Apenas había allí levitas negras ni sombreros redondos; chaquetones, blusas, gorras, cabezas erizadas y terrosas.
Aquella multitud ondulaba confusamente en la bruma nocturna.
Sus cuchicheos tenían el ronco sonido de un estremecimiento.
Aunque ninguno andaba, se oía un continuado pisoteo en el lodo.
Más allá de este espesor de muchedumbre, en la calle de Roule, en la de Prouvaires y en la prolongación de la de San Honorato, no había una sola vidriera en que brillase una luz.
Veíase perder á lo lejos en aquellas calles la hilera solitaria y decreciente de los faroles.
Los faroles de aquel tiempo parecían grandes estrellas rojas colgadas de cuerdas, proyectando en el suelo una sombra que tenía la forma de una enorme araña.
Estas calles no estaban desiertas. Veíanse en ellas fusiles en pabellones, bayonetas que se movían y tropas que vivaqueaban.
Ningún curioso pasaba de aquel límite; allí cesaba la circulación; allí terminaba la multitud, y empezaba el ejército.
Mario iba decidido; con la voluntad del hombre desesperanzado, le habían llamado y debía ir.
Halló medio de atravesar por entre la multitud y las tropas; sorteó las patrullas y evitó los centinelas.
Dió un rodeo, llegó á la calle Bethisy, y se dirigió hacia el Mercado.
Después de haber atravesado la zona de la multitud, había pasado el límite de la tropa; se encontraba envuelto por algo terrible.
Ni un transeúnte, ni un soldado, ni una luz; nada. El silencio, la soledad, la noche, un frío que le sobrecogía. Entrar en una calle, era entrar en una cueva.
Continuó avanzando.
Dió algunos pasos. Alguien pasó corriendo por su lado. ¿Era un hombre? ¿Era una mujer? ¿Eran más de uno? No hubiera podido decirlo. Aquello había pasado, y se había desvanecido.
De rodeo en rodeo, llegó hasta una callejuela que creyó ser la de la Poterie, y hacia el medio de esta calle encontró un obstáculo.
Extendió las manos, y tropezó con una carreta volcada; pisaba al mismo tiempo charcos de agua, baches, adoquines amontonados y esparcidos. Había allí una barricada bosquejada y abandonada.
Saltó por encima de los adoquines y se encontró al otro lado del obstáculo.
Iba siempre junto á los guarda cantones y guiándose por la pared de las casas.
Un poco más allá de la barricada le pareció distinguir alguna cosa blanca; se acercó y vió dos bultos; eran dos caballos blancos; los del ómnibus que desenganchó Bossuet por la mañana, los cuales habían andado errantes todo el día, y concluido por pararse allí con esa pasividad sumisa de los brutos que no comprenden las acciones del hombre, como no comprende éste las de la Providencia.
Mario pasó adelante.
Cuando llegó á una calle que le pareció la del Contrato Social, un tiro que no sabía de dónde venía y atravesaba la obscuridad, al azar, silbó á su lado mismo, y la bala fué á dar por encima de su cabeza á una bacía colgada á la puerta de una barbería.
En 1846 se veía aún en la calle del Contrato Social, en el ángulo de los pilares del Mercado, aquella bacía agujereada.
Aquel tiro de fusil era aún de vida; á partir de aquel instante, ya no encontró nada.
Todo este itinerario parecíase á un descenso por una escalera de gradas sombrías.
Pero no dejó por eso Mario de seguir adelante.
II
París á vista de búho
Un ser que hubiese podido cernerse sobre París en aquel momento en alas de murciélago ó de mochuelo, hubiera descubierto un lúgubre espectáculo.
Todo el antiguo barrio del Mercado, que viene á ser como una ciudad dentro de otra, atravesado por las calles de San Dionisio y de San Martín, en que se cruzan mil callejuelas, de las cuales habían hecho los insurrectos sus reductos y su plaza de armas, se le habría presentado como un enorme agujero sombrío, abierto en el centro de París.
La mirada se perdía allí en un abismo; y á causa de los faroles rotos y de las ventanas cerradas, allí terminaba toda luz, toda vida, todo rumor, todo movimiento.
La policía invisible del motín velaba en todas partes, y conservaba el orden, es decir, la noche; porque la táctica necesaria de la insurrección es ocultar los pocos en la gran obscuridad, multiplicando los combatientes con las posibilidades de la lobreguez.
Al caer el día, todas las ventanas con luz habían recibido un balazo que la apagaba como también, alguna vez, la vida del vecino.
Así nada se movía; reinaba sólo el temor, la tristeza, el estupor en las casas, y en las calles una especie de horror sagrado.
Ni siquiera se distinguían las largas filas de ventanas y balcones, ni los cañones de las chimeneas, los tejados, á los vagos reflejos que salen siempre del empedrado lleno de agua y lodo.
El que hubiera mirado desde lo alto entre aquel conjunto de sombras, habría descubierto quizá aquí y allá, de trecho en trecho, algunos resplandores que permitían ver líneas quebradas y caprichosas, perfiles de extrañas construcciones, algo parecido á luces que fueran y vinieran por entre ruinas; eran las barricadas.
El resto era un lago de obscuridad, brumoso, pesado, fúnebre, por encima del cual se elevaban las masas inmóviles y lúgubres de la torre de Santiago, de la iglesia de San Merry, y otros dos ó tres edificios, de esos que son gigantes elevados por el hombre, y que la noche trueca en fantasmas.
Alrededor de aquel laberinto desierto y alarmante, en los barrios donde aún no había cesado la circulación, donde aún había algunos faroles, el observador aéreo habría podido distinguir el centelleo metálico de los sables y bayonetas, el sordo rumor de la artillería, y el latido de los batallones silenciosos, que se aumentaban de minuto en minuto; formidable muralla que se estrechaba y cerraba alrededor del motín.
El barrio de la insurrección no era sino una especie de monstruosa caverna; allí todo parecía dormido ó inmóvil, y como acabamos de decir, cada calle no ofrecía más que una espesa sombra.
Sombra feroz, llena de peligros, de choques desconocidos y temibles; sombra en que era terrible penetrar y espantoso permanecer; donde los que entraban temblaban ante los que esperaban, y los que esperaban temblaban ante los que venían; combatientes invisibles ocultos en las esquinas; las bocas del sepulcro ocultas en las espesuras de la noche.
Allí no podía esperarse otra claridad que el relámpago de los fusiles, ni otro encuentro que la aparición brusca y rápida de la muerte.
¿Dónde? ¿Cómo? No se sabía; pero era cierto é inevitable.
Allí, en aquel lugar designado para la lucha, el gobierno y la insurrección, la Guardia Nacional y las sociedades populares, el orden y el motín, iban á buscarse á tientas.
Para unos y para otros la necesidad era la misma.
Salir de allí muertos ó vencedores, ésta era la única salida posible.
Situación tan extremada, obscuridad tan poderosa, que los más tímidos se sentían llenos de resolución, y los más atrevidos de terror.
Por lo demás, había por ambas partes igual furia, igual encarnizamiento, igual decisión.
Para los unos, avanzar era morir, y nadie pensaba en retroceder; para los otros, quedarse era morir, y nadie pensaba en la fuga.
Era preciso que al nacer el día quedase todo terminado, que el triunfo estuviese ya en uno ú otro bando, que la insurrección fuese una revolución ó un chispazo apagado.
El gobierno lo comprendía así, lo mismo que los partidos, lo mismo que el último ciudadano.
De ahí nacía la angustia, que se mezclaba con la impenetrable sombra de aquel barrio, donde todo iba á decidirse; de ahí un exceso de ansiedad alrededor de aquel silencio, de donde iba á salir la catástrofe.
No se oía más que un solo ruido: ruido doloroso como el estertor de la muerte, amenazador como una maldición: el toque á rebato de San Merry.
Nada más glacial que el clamor de aquella campana perdida y desesperada lamentándose en las tinieblas.
Como sucede frecuentemente, la naturaleza parecía haberse puesto de acuerdo con lo que los hombres iban á hacer; nada se oponía á las armonías de aquel conjunto.
Las estrellas habían desaparecido; pesadas nubes cubrían el horizonte con sus melancólicos pliegues.
Un cielo negro cubría aquellas calles muertas, como si se desplegase un inmenso sudario sobre aquella tumba inmensa.
Mientras se preparaba una batalla política en aquel sitio que había presenciado ya tantos acontecimientos revolucionarios; mientras la juventud, las sociedades secretas, las escuelas en nombre de las teorías y la clase media en nombre de los intereses, se aproximaban para chocar, para luchar y derribarse; mientras cada uno se apresuraba y evocaba la hora última y decisiva de la crisis, á lo lejos, fuera de aquel barrio fatal, en lo más profundo de las cavidades insondables del viejo París, del París miserable que desaparece bajo el esplendor del París dichoso y opulento, se oía murmurar sordamente la sombría voz del pueblo.
Voz tremenda y sagrada compuesta del bramido de la fiera y de la palabra de Dios, que aterroriza á los débiles y advierte á los sabios, que viene siempre de abajo como el rugido del león, y de lo alto como la voz del trueno.
III
El último extremo
Mario había llegado á los Mercados.
Allí todo estaba más tranquilo, más obscuro é inmóvil aun que en las calles próximas.
Parecía que la paz glacial del sepulcro había salido de la tierra extendiéndose bajo el cielo.
Sin embargo, por encima de las casas que cerraban la calle de la Chanvrerie, por el lado de San Eustaquio, se descubría una claridad rojiza.
Era el reflejo de la antorcha que ardía en la barricada de Corinto.
Mario se dirigió hacia aquel resplandor; siguiéndole, llegó al Marché aux Poirées, distinguió la tenebrosa embocadura de la calle de Predicadores, y entró en ella.
El centinela de los insurrectos que vigilaba al otro lado de la calle no le vió.
Conocía que estaba ya cerca de lo que andaba buscando, y andaba de puntillas.
Así llegó al recodo del trozo de la calle Mondetour, que era la única comunicación conservada por Enjolrás con el exterior.
En la esquina de la última casa, á la izquierda, adelantó la cabeza y miró en aquel trozo de calle.
Un poco más allá de la esquina que formaba el callejón con la calle de la Chanvrerie, que producía una larga proyección sombría, donde él mismo se hallaba metido, divisó algún resplandor en los adoquines, que era la entrada del figón; una lamparilla agonizando en una especie de muralla informe, y hombres acurrucados con fusiles entre las rodillas.
Todo eso estaba á diez toesas de él.
Era el interior de la barricada.
Las casas que flanqueaban la callejuela por la derecha le ocultaban el resto del figón, la gran barricada y la bandera.
Mario no tenía que dar sino un paso.
Entonces el desgraciado joven se sentó en un guarda cantón, cruzó los brazos, y se puso á pensar en su padre.
Pensó en aquel heroico coronel Pontmercy, que había sido tan valiente soldado, que había defendido en tiempos de la república las fronteras de Francia, y llegado con el emperador á las fronteras del Asia; que había visto á Génova, Alejandría, Milán, Turín, Madrid, Viena, Dresde, Berlín y Moscú; que había dejado, en todos aquellos campos de gloria de Europa, gotas de la misma sangre que él sentía en sus venas; que había envejecido antes de tiempo en la disciplina y el mando; que había vivido con el cinturón abrochado, con las charreteras cayendo sobre el pecho, con la escarapela ennegrecida por la pólvora, con la frente arrugada por el casco, en las barracas, en el campamento, en el vivac, en los hospitales de campaña, y que después de veinte años, había vuelto de las grandes guerras con una cicatriz en la mejilla, con el semblante risueño, sencillo, tranquilo, admirable, puro como un niño, habiendo hecho todo lo posible en favor de Francia y nada contra ella.
Pensó que ya le había llegado su día, que había sonado su hora, y que después de su padre, él también iba á ser valiente, intrépido, atrevido; iba á correr el peligro de las balas, á ofrecer su pecho á las bayonetas, á derramar su sangre, á buscar al enemigo, á buscar la muerte; que iba á hacer la guerra á su vez, á bajar al campo de batalla, y que este campo de batalla, á que descendía, era la calle, y que la guerra que iba á hacer, era la guerra civil.
Vió la guerra delante de sí como un precipicio en que iba á caer.
Estremecióse entonces.
Se acordó de aquella espada de su padre, vendida por su abuelo á un prendero, y que él había echado de menos con tan dolorosa pesadumbre.
Pensó que había hecho muy bien aquella valiente y casta espada huyendo de sus manos, perdiéndose irritada en las tinieblas; que si había huido de esta manera, era porque tenía inteligencia y preveía el porvenir; porque presentía el motín, la guerra de las calles, las descargas por los respiraderos de las cuevas, los golpes dados y recibidos por la espalda; porque viniendo de Marengo y de Friedland, no quería ir á la calle de la Chanvrerie; porque después de haber hecho lo que había hecho con su padre, no quería servir el hijo para aquello.
Pensó que si aquella espada estuviese allí, que si habiéndola recibido de la cabecera de su difunto padre se hubiera atrevido á empuñarla y á llevarla á aquel combate nocturno, entre franceses, en una encrucijada, de seguro le había de quemar las manos y fulguraría á su vista como la espada del ángel.
Pensó igualmente que era una felicidad no llevarla consigo, y que hubiera desaparecido, porque así era justo; que su abuelo había sido el verdadero guardián de la gloria de su padre, y que era mejor que la espada del coronel hubiera sido subastada en almoneda, vendida á un prendero, tirada entre hierro viejo, que empleada en herir á la patria.
Después se puso á llorar amargamente.
Esto era horrible.
Pero ¿qué hacer? Vivir sin Cosette era imposible; y puesto que se había ausentado, era preciso morir.
¿No le había dado su palabra de honor de que moriría?
Ella había partido sabiéndolo así; luego le agradaba que Mario muriera.
Además, era evidente que ella no le amaba, pues que se había ido de aquella manera, sin avisarle, sin decirle una palabra, sin escribirle una letra, no ignorando, como no ignoraba, su dirección.
¿Para qué, pues, vivir ya?
Y luego, ¡haber ido allí y retroceder! ¡Haberse acercado al peligro y huir! ¡Haber ido á ver la barricada y alejarse! Alejarse temblando y diciendo: «¡He hecho lo bastante: he visto, y es suficiente. Esto es la guerra civil, me voy!».
¡Abandonar á sus amigos que le esperaban, que quizá le necesitaban, que eran un puñado contra un ejército! ¡Faltar á todo á la vez, al amor, á la amistad, á su palabra! ¡Dar á su cobardía el pretexto del patriotismo!
¡Oh! Esto era imposible; y si el fantasma de su padre estuviese allí en la sombra y le viese retroceder, le cruzaría con la espada de plano, gritándole: «¡Adelante, cobarde!».
Dominado por el vaivén de estos pensamientos, bajó la cabeza.
De pronto la levantó. Acababa de verificarse en su espíritu una especie de rectificación espléndida.
Hay una dilatación del pensamiento propia de la aproximación de la tumba; el estar cerca de la muerte hace que se vea la verdad.
La visión de la lucha, en la cual se sentía próximo á entrar, se le presentaba, no ya horrible, sino soberbia.
La guerra de la calle se transfigura súbitamente por efecto de cierto trabajo interior del alma ante los ojos de su pensamiento.
Todos los tumultuosos interrogantes del desvarío se le aparecieron otra vez en conjunto, pero sin turbarle y sin que dejara de responder á ninguno.
Veamos:
¿Por qué se indignaría su padre? ¿Acaso no hay circunstancias en que la insurrección se eleva hasta la dignidad del deber? ¿Qué había, pues, de pequeño para el hijo del coronel Pontmercy en el combate que iba á empeñarse?
No era, en verdad, Montmirail, ni Champaubert; era otra cosa. No se trataba de un territorio sagrado, sino de una idea santa.
La patria se queja, en buen hora; pero la humanidad aplaude.
Pero ¿es verdad que la patria se queja?
Cierto que la Francia vierte sangre, pero la humanidad sonríe, y ante la sonrisa de la libertad, Francia olvida su herida.
Además, viendo las cosas desde punto más elevado, ¿quién vendría hablando de guerra civil?
¡La guerra civil! ¿Qué quiere decir esto? ¿Acaso hay guerras extranjeras? ¿Acaso toda guerra entre hombres deja de ser una guerra fratricida?
La guerra no se califica por su objeto.
No hay ni guerra extranjera, ni guerra civil, no hay más que guerra justa ó guerra injusta.
Hasta el día en que se concluya el gran concordato humano, la guerra, al menos la que representa el esfuerzo del porvenir que se apresura contra el pasado que se atrasa, puede ser necesaria. ¿Qué hay que censurar, pues, en esa guerra?
La guerra no es una vergüenza; la espada no se convierte en puñal sino cuando asesina al derecho, al progreso, á la razón, á la civilización, á la verdad. Entonces guerra civil ó guerra extranjera es inicua, y se llama crimen.
Fuera de esta cosa santa, la justicia, ¿con qué derecho una forma cualquiera de guerra puede condenar á otra?
¿Con qué derecho la espada de Washington renegará de la pica de Camilo Desmoulins?
Leónidas contra el extranjero, Timoleón contra el tirano, ¿cuál de estos dos es más grande? El uno es defensor, el otro libertador.
Si hemos de censurar, sin pensar en el fin, toda alarma en lo interior de las ciudades, debemos infamar á Bruto, á Marcelo, á Arnoldo, de Blankenheim, á Coligny.
¡Guerra de emboscadas! ¡Guerra en las calles! ¿Por qué no? Ésa era la guerra de Ambiorix, de Arteveldo, de Marnix, de Pelayo. Pero Ambiorix luchaba contra Roma, Arteveldo contra Francia, Marnix contra España, Pelayo contra los moros; todos contra el extranjero.
Pues bien; la monarquía es extranjera, la opresión es extranjera, el derecho divino es extranjero.
El despotismo viola la frontera moral, como la invasión viola la frontera geográfica.
Expulsar al tirano ó expulsar al inglés, es en ambos casos recuperar el propio territorio.
Llega una hora en que no basta protestar; después de la filosofía es menester la acción; la viva fuerza concluye lo que la idea bosqueja. Prometeo encadenado empieza, Aristogitón concluye; la Enciclopedia ilumina las almas, y el 10 de agosto las electriza.
Después de Esquilo, viene Trasibulo; después de Diderot, Dantón.
Las multitudes tienen cierta tendencia á admitir amo. Su masa supone apatía; una multitud se totaliza fácilmente en obediencia.
Es preciso remover, empujar, alentar bruscamente á los hombres con el beneficio mismo de su libertad, deslumbrar sus ojos con lo verdadero, arrojarles la luz á grandes puñados.
Es preciso que se vean algo deslumbrados por su propia salvación; este deslumbramiento les despierta.
De ahí procede la necesidad de los somatenes y de las guerras.
Es preciso que aparezcan grandes combatientes, que iluminen á las naciones con su audacia y sacudan á esta triste humanidad, á la que cubren de sombra el derecho divino, la gloria de los Césares, la fuerza, el fanatismo, el poder irresponsable y las majestades absolutas, cohorte estúpidamente ocupada en contemplar en su esplendor crepuscular, los triunfos sombríos de la noche.
¡Abajo el tirano!
¡Pero qué! ¿De quién habíais? ¿Llamáis tirano á Luis Felipe? No; ni tampoco á Luis XVI.
Ambos son lo que la historia suele llamar buenos reyes: pero los principios no se dividen; la lógica de lo verdadero es rectilínea; la verdad no tiene complacencias. No debe haber, pues, concesión; toda compasión hacia el hombre debe reprimirse.
Hay derecho divino en Luis XVI; lo hay por lo de Borbón en Luis Felipe; ambos representan, dentro cierto espacio, la confiscación del derecho; y para derribar la usurpación universal, es preciso, es indispensable combatirlos, y Francia, como siempre, es la que empieza. Cuando el amo cae en Francia, cae en todas partes.
En suma, restablecer la verdad social, volver su trono á la libertad, volver el pueblo al pueblo, volver al hombre la soberanía, volver á colocar la púrpura en la cabeza de la Francia, restaurar en su plenitud la razón y la equidad, suprimir todo germen de antagonismo restituyendo á cada cual lo propio, aniquilar el obstáculo que la regia corona presenta á la inmensa concordia universal; poner al género humano al nivel del derecho, ¿puede haber causa más justa, y por consiguiente guerra más grande? Tales guerras consolidan la paz.
Una enorme fortaleza de preocupaciones, de privilegios, de supersticiones, de mentiras, de exacciones, de abusos, de violencias, de iniquidades, de tinieblas, permanece todavía de pie sobre el mundo con sus torres de odio.
Hay que echarla abajo. Hay que derrumbar esa masa monstruosa.
Vencer en Austerlitz es grande; pero tomar la Bastilla es inmenso.
No hay nadie que no haya advertido en sí mismo, que el alma (y ésa es la maravilla de su unidad llena de ubicuidad) tiene la rara aptitud de reflexionar casi fríamente en los extremos más violentos, y sucede, á veces, que la pasión desolada y la profunda desesperación, aun en la agonía de sus más sombríos monólogos, tratan de ciertos asuntos y aun discuten tesis.
La lógica se mezcla con la convulsión, y el hilo del silogismo flota, sin romperse, en la lúgubre tempestad del pensamiento.
Éste era el estado de ánimo de Mario.
Al mismo tiempo que así pensaba, decaído, pero resuelto, vacilando no obstante y, en fin, temblando ante lo que iba á hacer, su mirada vagaba por lo interior de la barricada.
Los insurrectos estaban hablando á media voz, sin moverse; se sentía ese, casi silencio, que distingue la última fase de la espera.
Sobre de ellos, en una ventana de un tercer piso, Mario distinguía una especie de espectador ó testigo, que le parecía singularmente atento. Era el portero muerto por Cabuc.
Desde abajo, á la reverberación de la antorcha clavada en el suelo, se descubría vagamente aquella cabeza.
Nada más singular, entre aquella claridad sombría é incierta, que aquella faz lívida, inmóvil, atónita, con los cabellos erizados, los ojos abiertos y fijos, la boca entreabierta é inclinada hacia la calle en actitud de curiosidad.
Hubiérase dicho que aquel muerto contemplaba á los que iban á morir.
Un prolongado reguero de sangre, salida de aquella cabeza, venía recorriendo en hilos rojizos desde la ventana á la altura del primer piso, donde se había detenido.