LIBRO DECIMOCUARTO
GRANDEZAS DE LA DESESPERACIÓN
I
La bandera: primer acto
Nadie venía aún; las diez habían dado en San Merry.
Enjolrás y Combeferre habían ido á sentarse, empuñando la carabina, junto á la cortadura de la gran barricada; no hablaban, escuchaban tratando de oir hasta el ruido de los pasos más sordos y lejanos.
De repente, en medio de aquella calma lúgubre, se oyó una voz clara, joven, alegre, que parecía venir de la calle de San Dionisio, y que empezó á cantar, con la cadencia de la antigua cantinela popular. Á la luz de la luna, esta poesía que terminaba con un grito parecido al canto del gallo:
Mi nariz de lágrimas,
Amigo Bugead;
Préstame gendarmes
Para hablarles yo.
Capote azulado,
Gallina al chacó.
¡Ahí tienes el colmo!
¡Co—coricó!
Ellos se apretaron la mano.
—Es Gavroche,—dijo Enjolrás.
—Nos avisa,—dijo Combeferre.
Una carrera precipitada turbó el silencio de la calle desierta; Gavroche saltó con más agilidad que un clown por encima del ómnibus, y cayó en medio de la barricada, sofocado y gritando:
—¡Mi fusil! ¡Ahí están!
Un estremecimiento eléctrico recorrió toda la barricada, y se oyó el movimiento de las manos buscando los fusiles.
—¿Quieres mi carabina?—dijo Enjolrás al pilluelo.
—Quiero el fusil grande,—respondió Gavroche.
Y tomó el fusil de Javert.
Casi al mismo tiempo que entró Gavroche se habían retirado dos centinelas, el de la esquina de la calle y el vigía de la Petite-Truanderie; el de la esquina de la calle de Predicadores había permanecido en su puesto, lo que indicaba que por el lado de los puentes y del Mercado no venía nadie.
La calle de la Chanvrerie, en que apenas se distinguían algunos adoquines al reflejo de la luz que se proyectaba sobre la bandera, ofrecía á los insurrectos el aspecto de un gran pórtico vagamente abierto en una humareda.
Cada cual se había colocado en su puesto de combate.
Cuarenta y tres insurrectos, entre los cuales se contaban Enjolrás, Combeferre, Courfeyrac, Bossuet, Joly, Bahorel y Gavroche, se habían arrodillado en la gran barricada, con las cabezas á flor de la línea del parapeto, los cañones de los fusiles y de las carabinas enfilados por entre los adoquines como por troneras, atentos, mudos, y dispuestos á hacer fuego.
Otros seis, mandados por Feuilly, se habían instalado, con el fusil á la cara, en las ventanas de los dos pisos de Corinto.
Pasáronse así algunos instantes; después se oyó claramente por el lado de San Leu un ruido de pasos regular, lento, numeroso.
Aquel ruido, débil al principio, más fuerte luego, luego más sordo y sonoro, se aproximaba pesadamente sin hacer un alto, sin interrupción, con una continuidad tranquila y horrorosa.
No se oía más que eso.
Era al mismo tiempo el silencio y el ruido de la estatua del Comendador; pero aquellas pisadas de piedra tenían algo de enorme y de múltiple, que despertaba la idea de una muchedumbre al mismo tiempo que la idea de un espectro.
Parecía oirse los pasos de la terrible estatua Legión.
Los pasos se aproximaron, se aproximaron más, y se detuvieron.
Al extremo de la calle se oía como el aliento de muchos hombres.
No se veía nada, sin embargo; se distinguía únicamente en el fondo, entre aquella espesa obscuridad, una multitud de hilos metálicos, finos como agujas, y casi imperceptibles, que se agitaban, semejantes á esas indescriptibles redes fosfóricas que se perciben en el momento de dormirse, bajo los párpados cerrados, en las primeras tinieblas del sueño. Eran las bayonetas y los cañones de los fusiles, confusamente iluminados por la reverberación lejana de la antorcha.
Hubo todavía una pausa, como si se esperase algo por ambos lados.
De repente, desde el fondo de aquella sombra, una voz tanto más siniestra cuanto que no se veía á nadie, y parecía hablar con la misma obscuridad, gritó:
—¿Quién vive?
Al mismo tiempo oyóse el choque de los fusiles que caían sobre las manos.
Enjolrás respondió con acento vibrante y altanero.
—¡Revolución francesa!
—¡Fuego!—dijo la voz.
Un relámpago iluminó todas las fachadas de la calle como si la puerta de un horno se hubiese abierto y cerrado rápidamente.
Una terrible detonación estalló sobre la barricada.
Cayó al suelo la bandera roja.
La descarga había sido tan violenta y tan compacta que cortó el asta, es decir, la punta de la lanza del ómnibus.
Las balas que habían rebotado en las fachadas de las casas penetraron en la barricada, é hirieron á muchos hombres.
La impresión de esta primera descarga fué glacial. El ataque era violento y de tal naturaleza, que pareció grave á los más atrevidos. Era evidente que tenían que habérselas con un regimiento entero.
—Compañeros,—gritó Courfeyrac,—no gastemos pólvora en balde. Esperemos á que entren en la calle para contestarles.
—En primer lugar,—dijo Enjolrás,—icemos de nuevo la bandera.
Y la levantó de nuevo, pues había caído precisamente á sus pies.
Oíase por fuera el chocar de las baquetas en los fusiles; la tropa cargaba las armas otra vez.
Enjolrás añadió:
—¿Quién tiene corazón aquí? ¿Quién se atreve á clavar la bandera sobre la barricada? Ninguno respondió.
Subir á la barricada en el momento en que estaban apuntando de nuevo, era morir, y el más valiente duda en condenarse á muerte. Enjolrás mismo sintiendo cierto temblor, repitió:
—¿No hay quién se atreva?
II
La bandera: acto segundo
Desde que los insurrectos habían llegado á Corinto y comenzado á levantar las barricadas, nadie se había acordado del señor Mabeuf quien, sin embargo, no se había separado del grupo.
Había entrado en el piso debajo de la taberna, y se había sentado detrás del mostrador.
Allí se había anonadado en sí mismo, por decirlo así; parecía que no veía ni pensaba.
Courfeyrac y otros se le habían acercado advirtiéndole del peligro, y aconsejándole que se retirara, sin que pareciera haberlos oído.
Cuando no le hablaban, se movían sus labios como si contestase á alguien, pero en cuanto se le hablaba, permanecían inmóviles sus ojos, y se apagaban.
Algunas horas antes de que fuese atacada la barricada había tomado una postura que no había abandonado; con ambas manos apoyadas sobre las rodillas y la cabeza inclinada hacia adelante, parecía contemplar un abismo.
Nada había podido sacarle de aquella actitud; no parecía que su pensamiento estuviese en la barricada.
Cuando ocupó cada uno su puesto de combate, no quedaron en la sala baja más que Javert atado al poste, un insurrecto con el sable desnudo custodiándole, y el señor Mabeuf.
En el momento de ataque, de la detonación, le conmovió una sacudida física, y como si despertase se levantó bruscamente, atravesó la sala y apareció en la puerta del figón en el instante en que Enjolrás repetía por segunda vez su pregunta:
—¿No hay quién se atreva?
La presencia del anciano causó una especie de conmoción en todos los grupos; y se oyeron estos gritos:
—¡Es el volante! ¡El convencional! ¡El representante del pueblo!
Es probable que él no lo oyera.
Dirigióse hacia Enjolrás mientras los insurrectos se apartaban á su paso con religioso temor; cogió la bandera de manos de Enjolrás que retrocedió petrificado, y sin que nadie se atreviese á detenerle ni á auxiliarle, aquel anciano de ochenta años, con la cabeza temblorosa y el pie firme, empezó á subir lentamente la gradería interior de adoquines que formaba la barricada.
Era aquello tan sombrío y grande, que todos gritaron á su alrededor: «¡Abajo los sombreros!».
Á cada escalón que subía, sus cabellos blancos, sus faz decrépita, su espaciosa frente calva y arrugada, sus ojos hundidos, su boca asombrada y abierta, sustentando la bandera roja en su diestra, saliendo de súbito de la sombra, agrandándose á la claridad sangrienta de la antorcha, parecía como que fuese surgiendo de la tierra el espectro del 93 con la bandera del terror en la mano.
Cuando estuvo en lo alto del último escalón, cuando aquel fantasma tembloroso y terrible, de pie, sobre aquel montón de escombros, en presencia de mil doscientos fusiles invisibles, se levantó enfrente de la muerte, como si fuese más fuerte que ella, toda la barricada tomó en las tinieblas, cierto aspecto sobrenatural y grandioso.
Hízose aquel silencio que se produce únicamente en derredor de los prodigios.
En medio del silencio semejante, el anciano agitó la bandera roja y gritó:
—¡Viva la revolución! ¡Viva la república! ¡Fraternidad! ¡Igualdad! ¡Y muerte!
Oyóse desde la barricada un cuchicheo bajo y breve, semejante al de un cura apresurado que murmura una oración.
Era probablemente el comisario de policía que hacía las intimaciones legales desde la otra parte de la calle.
Después, la misma voz vibrante que había dicho ¿quién vive? gritó:
—¡Retiraos!
El Señor Mabeuf, pálido, con los ojos extraviados, y las pupilas iluminadas con lúgubres fulgores, levantó la bandera sobre su cabeza, y repitió:
—¡Viva la república!
—¡Fuego!—dijo la voz.
Una segunda descarga parecida á un metrallazo fué á dar contra la barricada.
El anciano se dobló sobre sus rodillas, luego se levantó, escapósele la bandera de las manos, y cayó hacia atrás inerte sobre el suelo, á todo lo largo, con los brazos en cruz.
La sangre corrió á chorros de todo su cuerpo. Su arrugado rostro, pálido y triste, parecía mirar al cielo.
Una de esas emociones superiores al hombre, que le hacen olvidarse aún de su propia defensa, sobrecogió á los insurrectos, y se acercaron al cadáver con horrible espanto.
—¡Qué grandes hombres estos regicidas!—dijo Enjolrás.
Courfeyrac se inclinó al oído de Enjolrás.
—Esto únicamente para ti, sin querer disminuir tu entusiasmo; pero este hombre no ha sido nunca regicida. Le conocía; se llamaba Mabeuf, y no sé qué tendría hoy, pero es un pobre infeliz; mira su cabeza.
—Cabeza de topo y corazón de Bruto,—respondió Enjolrás.
Después levantando la voz, exclamó:
—Ciudadanos, éste es el ejemplo que los viejos dan á los jóvenes. Vacilábamos, y él se ha presentado; retrocedíamos; y él ha avanzado. ¡He aquí cómo los que tiemblan de viejos enseñan á los que tiemblan de miedo! Este anciano es augusto á los ojos de la patria, ha tenido una larga vida y una gran muerte. Retiremos ahora el cadáver, y que cada uno de nosotros defienda á este anciano muerto como defendería á su padre vivo; ¡que su presencia haga inaccesible nuestra barricada!
Un murmullo de enérgica y sombría adhesión sucedió á estas palabras.
Encorvose Enjolrás, levantó la cabeza del anciano besándola con solemnidad en la frente; después, separándole los brazos y manejándole con tierna solicitud, como si temiera hacerle daño, le quitó la levita, enseñó sus ensangrentados agujeros, y dijo:
—He aquí ahora nuestra bandera.
III
Más le hubiera valido á Gavroche tomar la carabina de Enjolrás
Cubriose el cuerpo del señor Mabeuf con un viejo pañuelo negro de la viuda Hucheloup; seis hombres hicieron con sus fusiles una camilla de campaña, colocaron en ella el cadáver, y la llevaron, descubierta la cabeza, con solemne lentitud, á la mesa grande de la sala baja.
Aquellos hombres comprometidos en la sagrada y grave empresa que estaban realizando, no se acordaban de su peligrosa situación.
Cuando el cadáver pasó junto á Javert, que continuaba impasible, Enjolrás dijo al espía:
—¡Y tú enseguida!
Entre tanto, Gavrochillo, único que no había abandonado su puesto, quedándose en observación, creyó ver algunos hombres que se acercaban como lobos á la barricada. De repente exclamó:
—¡Desconfiad!
Courfeyrac, Enjolrás, Juan Prouvaire, Combeferre, Joly, Bahorel y Bossuet, todos salieron en tumulto de la taberna.
Era ya casi tarde.
Veíase un gran espesor de bayonetas serpenteando sobre la barricada.
Guardias municipales, de buena talla, penetraban, unos saltando el ómnibus, otros por la cortadura, empujando al pilluelo, que retrocedía, pero sin huir.
El momento era crítico. Era el primer minuto terrible de la inundación cuando el río se eleva al nivel de sus barreras, y el agua empieza á filtrarse por las hendiduras de los diques.
Un momento más, y la barricada estaba perdida sin remedio.
Bahorel se lanzó sobre el primer guardia, y le mató de un tiro con su carabina, á quema-ropa; el segundo mató á Bahorel de un bayonetazo.
Otro había derribado á Courfeyrac, que gritaba: ¡Á mí!
El más alto de todos, una especie de coloso, se dirigía contra Gavroche con la bayoneta calada.
El pilluelo cogió con sus pequeñas manos el enorme fusil de Javert, apuntó resueltamente al gigante, y dejó caer el gatillo; pero el tiro no salió.
El guardia soltó una carcajada y levantó la bayoneta sobre el muchacho.
Pero antes que hubiera podido tocarle, el fusil se escapó de manos del soldado, cayendo éste de espaldas herido de un balazo en la frente.
Una segunda bala daba en mitad del pecho del otro guardia que había acometido á Courfeyrac.
Era Mario que acababa de aparecer en la barricada.
IV
El barril de pólvora
Mario, siempre escondido en el recodo de la calle Mondetour, había asistido á la primera fase del combate, irresoluto y tembloroso.
Sin embargo, no había podido resistir mucho tiempo á tan misterioso y soberano vértigo, que podríamos llamar la atracción del abismo.
Ante la inminencia del peligro, ante la muerte del señor Mabeuf, fúnebre enigma para él, ante Bahorel muerto, ante Courfeyrac gritando: ¡Á mí! ante aquel muchacho amenazado, ante sus amigos, á quienes debía socorrer ó vengar, se desvaneció toda vacilación, y se lanzó á la pelea con sus dos pistolas en la mano.
Del primer tiro había salvado á Gavroche, y del segundo á Courfeyrac.
Á los tiros y á los gritos de los guardias heridos, la columna había subido al parapeto, en cuya cumbre se veía sobresalir hasta medio cuerpo y en tumulto á guardias municipales, soldados de línea y guardias nacionales de las cercanías, empuñando el fusil.
Cubrían ya más de dos tercios de la barricada, pero no saltaban dentro, como si dudasen, temiendo caer en algún lazo.
Miraban á la obscura barricada, como si mirasen á una cueva de leones; la luz de la antorcha no iluminaba más que las bayonetas, las gorras de pelo, y lo alto de los rostros inquietos é irritados.
Mario no tenía ya armas, había tirado sus pistolas descargadas; pero había visto el barril de pólvora en la sala baja junto á la puerta.
Al volverse de lado mirando hacia aquel sitio, le apuntó un soldado; pero en el mismo punto una mano agarró el cañón del fusil, tapándole la boca. Quien así se había cogido al fusil era el obrero jovencillo del pantalón de pana.
Salió el tiro, le atravesó la mano, y quién sabe si el cuerpo también, porque cayó al suelo, sin que la bala tocase á Mario.
Todo esto pasó en medio del humo, y fué más bien vislumbrado que visto.
Mario, que entraba al propio tiempo en la sala baja, apenas lo notó.
Sin embargo, había visto confusamente aquel fusil que le apuntaba, y aquella mano que le tapara, y había oído el tiro; pero en tales momentos, todo lo que se ve resulta vacilante y precipitado, y nada le detiene á uno; todo es sombra, y nos sentimos impulsados hacia otra sombra mayor.
Los insurrectos sorprendidos, pero no asustados, se habían reorganizado.
Enjolrás había gritado: «¡Esperarse! ¡No tirar al acaso!». En efecto, en la confusión del primer momento podían herirse unos á otros.
La mayor parte habían subido á la ventana del primer piso y á las buhardillas, desde donde dominaban á la tropa.
Los más arriesgados, con Enjolrás, Courfeyrac, Juan Provaire y Combeferre, se apoyaban valerosamente en las casas del fondo, á descubierto, dando la cara á las filas de soldados y de guardias que coronaban la barricada.
Todo esto se hizo sin precipitación, con esa gravedad extraña y amenazadora que precede al combate.
Por ambas partes se apuntaban á quema-ropa; estaban tan cerca, que podían hablarse al alcance de la voz.
Cuando llegó el momento en que va á saltar la chispa, un oficial con gola y grandes charreteras, extendió la espada, y dijo:
—¡Abajo las armas!
—¡Fuego!—gritó Enjolrás.
Las dos detonaciones partieron á un mismo tiempo, y todo desapareció entre una nube de humo.
Humo acre y sofocante, entre el cual se arrastraban dando gemidos débiles y sordos, los heridos y los moribundos.
Cuando se disipó el humo, se vió por ambos lados á los combatientes, disminuidos, pero en su mismo sitio, cargando las armas en silencio.
De repente oyóse una voz tunante que gritaba:
—¡Retirarse, ó hago volar la barricada!
Todos se volvieron hacia el punto de donde partía aquella voz.
Mario había entrado en la sala baja, y había cogido el barril de pólvora; después se había aprovechado del humo y de la especie de obscura niebla que llenaba el espacio cerrado para deslizarse á lo largo de la barricada hasta el nicho de adoquines donde estaba la luz.
Coger ésta, poner en su lugar el barril de pólvora, empujar la pila de adoquines sobre el barril, cuya tapa se había abierto inmediatamente con una especie de obediencia terrible, todo esto lo había hecho Mario en el tiempo meramente indispensable de bajarse y levantarse.
En aquel momento, todos, guardias nacionales, municipales, oficiales y soldados, apiñados en el extremo de la calle, le miraban con estupor, con el pie sobre los adoquines, la antorcha en la mano, su altivo rostro iluminado por aquella resolución fatal, inclinando la llama del hachón hacia aquel promontorio terrible donde se veía el barril de pólvora roto y se le oía á él este grito aterrador:
—¡Retirarse, ó hago volar la barricada!
Mario en aquella barricada, después del octogenario, era la representación de la juventud revolucionaria después de la aparición de la revolución vieja.
—¡Volar la barricada!—exclamó un sargento.—¡Tú volarás también!
Mario respondió:
—¡Y yo también!
Y acercó la mecha al barril de pólvora.
Pero ya no había nadie en el parapeto.
Los agresores, dejando sus heridos y sus muertos, se retiraban atropelladamente hacia el extremo de la calle, perdiéndose de nuevo en la obscuridad.
Fué aquello un «sálvese el que pueda».
La barricada quedó libre.
V
Fin de los versos de Juan Provaire
Todos rodearon á Mario, Courfeyrac se abalanzó á su cuello.
—¿Tú aquí?
—¡Qué fortuna!—dijo Combeferre.
—¡Has llegado á tiempo!—prorrumpió Bossuet.
—¡Si no es por ti, muerto estaba!—repuso Courfeyrac.
—¡Sin vos, me zampan!—añadió Gavroche.
Mario preguntó:
—¿Quién es el jefe?
—Tú,—le contestó Enjolrás.
Mario había tenido todo el día un volcán en el cerebro; entonces sentía un torbellino, que le producía el efecto de estar en él y sacarle fuera de él, arrebatándole. Parecíale que estaba ya á una distancia inmensa de la vida.
Aquellos dos meses luminosos de amor y de alegría yendo á parar bruscamente en aquel horrible precipicio, Cosette perdida para él, la barricada, Mabeuf haciéndose matar por la república, él convertido en jefe de los insurrectos, todas estas cosas le parecían una monstruosa pesadilla.
Tenía que hacer un esfuerzo de voluntad para convencerse de la realidad de cuanto le rodeaba.
Mario había vivido harto poco todavía para saber que nada hay tan inminente como lo imposible, y que lo que hay que prever siempre es lo imprevisto.
Asistía á su propio drama como á una escena que no se explica.
Entre aquella bruma en que estaba sumergido su pensamiento, no conoció á Javert que, atado al poste, no había hecho ni un movimiento de cabeza durante el ataque de la barricada, y que veía agitarse la rebelión en su derredor con la resignación de un mártir y la majestad de un juez. Mario ni siquiera le vió.
Entre tanto los agresores no avanzaban; se les oía andar y hormiguear al extremo de la calle, pero no se aventuraban, fuese que estuviesen esperando órdenes, ó que quisiesen recibir refuerzos antes de atacar aquel reducto inaccesible.
Los insurrectos habían puesto centinelas; algunos, que eran estudiantes de medicina, curaban los heridos.
Habíanse sacado todas las mesas fuera del bodegón, excepto dos, destinadas á las hilas y á los cartuchos, y otra, en que estaba tendido el señor Mabeuf; las habían agregado á la barricada, reemplazándolas en la sala baja con los colchones de la cama de la tía Hucheloup y de las criadas; en estos colchones se habían colocado los heridos.
En cuanto á las tres pobres mujeres que vivían en Corinto, no se sabía qué había sido de ellas; por último se las encontró escondidas en la bodega como aletargadas.
Una emoción dolorosa vino á entristecer la alegría del recobrado parapeto.
Pasóse lista, y faltaba uno de los insurrectos; uno de los más queridos, uno de los más valientes: Juan Provaire.
Le buscaron entre los heridos, no estaba; entre los muertos, no estaba; sin duda había caído prisionero.
Combeferre dijo á Enjolrás:
—Nos han cogido al amigo; pero su agente es nuestro. ¿Tienes empeño en la muerte de ese soplón?
—Sí,—respondió Enjolrás,—pero menos que por la vida de Juan Provaire.
Esto pasaba en la sala baja cerca del poste al cual estaba atado Javert.
—Pues bien,—dijo Combeferre,—voy á atar mi pañuelo á mi bastón, á presentarme como parlamentario, y á ofrecerles el canje de su hombre por el nuestro.
—Atiende,—dijo Enjolrás,—poniendo su mano sobre el brazo de Combeferre.
Oíase al extremo de la calle un crujido de armas significativo.
Después se oyó una voz vigorosa que gritó:
¡Viva la Francia! ¡Viva el porvenir!
Conocieron la voz de Juan Provaire.
Pasó un relámpago y sonó una detonación.
Volvió á suceder el silencio.
—¡Le han matado!—exclamó Combeferre.
Enjolrás miró á Javert, y le dijo:
—¡Los tuyos acaban de fusilarte!
VI
La agonía de la muerte después de la agonía de la vida
Una particularidad de este género de guerra es que el ataque de las barricadas se verifica casi siempre de frente, y por lo general los asaltantes se abstienen de buscar las revueltas á las posiciones, ya porque teman las emboscadas, ya porque teman meterse en calles tortuosas.
Toda la atención de los insurrectos se dirigía, pues, á la gran barricada, que era evidentemente el punto más amenazado, y donde debía empezar infaliblemente la lucha.
Mario, sin embargo, pensó en la barricada pequeña, y fué á ella; la encontró desierta, guardada sólo por la lamparilla temblando entre las piedras.
La calle Mondetour y las encrucijadas de la Petite Truanderie y del Cisne estaban profundamente tranquilas.
Cuando Mario se retiraba, después de hacer su visita de inspección, oyó que le llamaban débilmente:
—¡Señor Mario!
Estremecióse, porqué reconoció la misma voz que le había llamado dos horas antes por la verja de la calle Plumet.
Solamente que aquella voz parecía entonces sólo un soplo.
Miró en derredor suyo y no vió á nadie.
Mario creyó que se había engañado, que aquella voz podía ser una ilusión añadida por su espíritu á las realidades extraordinarias que pasaban ante sus ojos, y dió un paso para salir del profundo recodo en que estaba la barricada.
—¡Señor Mario!—repitió la voz.
Esta vez no podía dudar; la había oído claramente; miró y nada vió.
—Aquí; á vuestros pies,—dijo la voz.
Entonces se inclinó y vió en la sombra un bulto que se arrastraba hacia él; era el que hablaba.
La lamparilla le permitió distinguir una blusa, un pantalón de pana roto, unos pies descalzos, y algo parecido á un mar de sangre. Mario entrevió un rostro pálido que procuraba alzarse hacia él, y que le dijo:
—¿Me conocéis?
—No.
—Eponina.
Mario se bajó rápidamente. Era, en efecto, aquella infeliz muchacha vestida de hombre.
—¿Cómo estáis aquí? ¿qué hacéis?
—¡Me muero!—dijo ella.
Hay palabras é incidentes que vigorizan al hombre decaído. Mario exclamó sobresaltado:
—¡Estáis herida! Esperad, voy á llevaros á la sala. Allí os curarán. ¿Es cosa grave? ¿Cómo he de cogeros para no haceros daño? ¿Sufrís mucho? ¡Socorro! ¡Socorro! Pero, Dios mío, ¿qué habéis venido á hacer aquí?
Y trató de pasar el brazo por debajo de Eponina para levantarla.
Al levantarla encontró su mano.
Ella dió un grito débil.
—¿Os he hecho daño?—preguntó Mario.
—Un poco.
—Pero no he hecho más que tocaros la mano.
Eponina acercó la mano á los ojos de Mario, y éste vió en medio de ella un agujero negro.
—¿Qué tienes en esta mano?—la preguntó.
—Está atravesada.
—¿Atravesada?
—Sí.
—¿De qué?
—De una bala.
—¿Cómo?
—¿No habéis visto un fusil que os estaba apuntando?
—Sí, y una mano que le tapó.
—Era la mía.
Mario se estremeció.
—¡Qué locura! ¡Pobre niña! Pero, en fin, más vale que sea así, pues eso no será nada; voy á llevaros á una cama, y os la vendarán; no se muere nadie por tener una mano atravesada.
Ella murmuró:
—La bala atravesó la mano; pero salió por la espalda. Es inútil moverme de aquí. Os diré cómo podéis curarme mejor que un cirujano. Sentaos á mi lado en esta piedra.
Mario obedeció; ella puso la cabeza sobre sus rodillas, y dijo sin mirarle:
—¡Oh, qué placer! ¡Qué bien estoy! ¡Así! ¡Ya no padezco!
Permaneció un instante en silencio; después volvió el rostro haciendo un esfuerzo, y miró á Mario:
—¿Sabéis, señor Mario, que me disgustaba que entraseis en aquel jardín? era una tontería, pues precisamente era yo quien os había enseñado la casa, y luego, al fin, bien había de conocer que un joven como vos...
Aquí se detuvo; y saltando por las sombrías transiciones que estaban sin duda en su alma, añadió con sonrisa angustiosa:
—Yo debía pareceros fea, ¿verdad?
Y continuó:
—¡Ya veis, estáis perdido! Ahora nadie va á salir de la barricada. Yo soy quien os ha traído aquí, y vais á morir. ¡Ah! Así lo creo. Y sin embargo cuando vi que os apuntaban puse mi mano en la boca del fusil. ¡Cosa rara! Pero es que quería yo morir antes que vos. Cuando recibí el balazo, me arrastré hasta aquí; no me han visto, y no me han recogido. Yo os esperaba á vos, y me decía: ¿Y no vendrá?
«¡Oh! ¡Si supierais! Me mordía la blusa; ¡sufría tanto! Pero ahora estoy bien.
«¿Recordáis aquel día que entré en vuestro cuarto y me miré en vuestro espejo, y el día que volví á encontraros en el boulevard dónde estaban trabajando unas mujeres? ¡Cómo cantaban los pájaros! No hace mucho tiempo. Me disteis cien sueldos y os contesté: No quiero vuestro dinero. ¿Recogisteis la moneda? Vos no sois rico, y no me acordé de deciros que la cogieseis. Hacía un sol hermoso; no se sentía frío. ¿Os acordáis, señor Mario? ¡Oh! ¡Qué feliz soy! ¡Todo el mundo va á morir!
Eponina tenía un aspecto insensato, grave, extraviado. Por entre la blusa desgarrada se veía su garganta desnuda. Al mismo tiempo que hablaba, apoyaba la mano herida sobre el pecho, donde tenía otro agujero, del cual salían á intervalos borbotones de sangre como el chorro de vino de un tonel destapado.
Mario contemplaba aquella infortunada criatura con profundo dolor.
—¡Oh!—repuso ella de súbito.—¡Me repite otra vez! ¡Me ahogo!
Cogió la blusa y la mordió; sus piernas se estiraban sobre el pavimento.
En aquel instante la voz de pollo del pequeño Gavroche resonó en la barricada. El muchacho se había subido sobre una mesa para cargar el fusil, y cantaba alegremente esta canción, tan popular en aquella época:
En viendo á Lafayette
Los gendarmes decían:
¡Salvémonos! ¡salvémonos! ¡salvémonos!
Eponina se incorporó, y escuchó; después dijo en voz baja:
—¡Es él!
Y volviéndose hacia Mario:
—Ahí está mi hermano. No hay necesidad de que me vea; me regañaría.
—¿Vuestro hermano?—preguntó Mario, que estaba pensando allá dentro de su dolorido y amargo corazón en los deberes que su padre le había legado con respecto á los Thénardier.—¿Quién es vuestro hermano?
—Este chiquillo.
—¿El que canta?
—Sí.
Mario hizo un movimiento.
—¡Oh! ¡No os vayáis!—dijo ella.—¡Ahora ya no será esto muy largo!
Estaba casi sentada; pero su voz era débil, interrumpida ya por el estertor.
Acercaba cuanto podía su rostro al rostro de Mario, y añadió con cierta extraña expresión:
—Escuchad, no quiero en verdad haceros una broma; tengo en el bolsillo una carta para vos desde ayer. Me habían encargado que la echara al correo, y me la he guardado, no queriendo que la recibierais. Pero tal vez me guardaríais rencor cuando dentro de poco nos volvamos á ver. Los que se mueren vuelven á verse ¿verdad? Tomad vuestra carta.
Cogió convulsivamente la mano de Mario con la suya herida, aunque parecía no sentir dolor, y llevóla al bolsillo de la blusa.
Mario tocó realmente un papel.
—Tomadla,—dijo ella.
Mario sacó la carta.
Entonces Eponina hizo un movimiento de satisfacción y alegría.
—Ahora, por mi trabajo, prometedme...
Y se detuvo.
—¿Qué?—preguntó Mario.
—¡Prometédmelo!
—Os lo prometo.
—Prometedme darme un beso en la frente cuando haya muerto. Yo lo sentiré.
Dejó caer su cabeza sobre las rodillas de Mario, y sus párpados se cerraron.
Él creyó que aquella pobre alma había ya partido.
Eponina continuaba inmóvil; pero de repente, en el momento en que Mario la creía dormida para siempre, abrió lentamente los ojos, apareciendo en ellos la sombría profundidad de la muerte, y le dijo con un acento, cuya dulzura parecía venir ya de otro mundo.
—Mirad, señor Mario, creo que estaba un poco enamorada de vos.
Trató todavía de sonreír, y espiró.
VII
Gavroche, profundo calculador de distancias
Mario cumplió su promesa, dando un beso en aquella frente lívida, en la que perleaba un sudor glacial.
Aquel beso no era una infidelidad á Cosette; era un adiós reflexivo y dulce á un alma desgraciada.
Mario no había podido tocar sin estremecerse la carta que Eponina le había dado; comprendió desde luego que encerraba algo grave, y estaba impaciente por leerla.
Así es el corazón del hombre; no había apenas cerrado los ojos la desventurada muchacha, cuando Mario no pensaba ya sino en desdoblar aquel papel. Separó suavemente á Eponina, dejándola en el suelo, y se fué.
Algo interior le decía que no podía leer la carta delante de aquel cadáver.
Acercóse á una vela de la sala baja.
Era un billetito doblado y cerrado con ese distinguido esmero de las mujeres. Las señas de letra de mujer eran éstas:
«Al señor Mario Pontmercy, en casa Courfeyrac, calle de la Verrerie, número 16».
Abrió el sobre, y leyó:
«Mi amado bien: ¡ay! mi padre quiere que partamos inmediatamente. Estaremos esta noche en la calle del Hombre Armado, número 7, y dentro de ocho días en Inglaterra.—Cosette—4 de junio».
Tal era la inocencia de estos amores, que Mario no conocía aún la letra de Cosette.
Lo que había pasado puede decirse en breves palabras.
Eponina lo había hecho todo.
Desde la noche del 3 de junio tuvo dos proyectos: hacer fracasar el golpe que intentaban dar su padre y los bandidos en la casa de la calle Plumet, y separar á Mario de Cosette.
Había cambiado de harapos con el primer granuja que encontró, á quien le pareció muy divertido vestirse de mujer mientras Eponina se vestía de hombre.
Ella era quien había dado á Juan Valjean, en el Campo de Marte, el aviso expresivo de: Mudaos.
Juan Valjean había vuelto á su casa, y dicho á Cosette:
—Nos vamos esta noche á la calle del Hombre Armado con Santos, y la semana que viene estaremos en Londres.
Cosette, aterrada con este golpe imprevisto, había escrito apresuradamente dos líneas á Mario.
Pero ¿cómo hacer para echar la carta al correo? Ella no salía sola, y la tía Santos, extrañando tal encargo, si se le hubiese dado, de seguro habría enseñado la carta al señor Fauchelevent.
En esta ansiedad, Cosette había visto á través de la verja á Eponina, vestida de hombre, que andaba rondando sin cesar alrededor del jardín.
Cosette llamó á «aquel joven obrero» y dándole cinco francos y la carta, le dijo: «Llevad enseguida esta carta á su destino».
Y Eponina se guardó la carta en el bolsillo.
Al día siguiente, 5 de junio, fué á casa de Courfeyrac á preguntar por Mario, no para entregarle la carta, sino «para ver», cosa que comprenderá toda alma celosa y enamorada.
Allí esperó á Mario ó á Courfeyrac, siempre «para ver». Y cuando éste le dijo: «Vamos á las barricadas», se le ocurrió de repente una idea: buscar aquella muerte como habría buscado otra cualquiera, precipitando en ella á Mario.
Siguió pues, á Courfeyrac, se informó del sitio en que levantaban la barricada; y como estaba segura de que Mario acudiría, como todas las noches, á la cita, puesto que no había recibido la carta, fué á la calle Plumet, esperó á Mario, y le dió, en nombre de sus amigos, aquel aviso, pensando llevarle á la barricada.
Contaba con la desesperación de Mario cuando no encontrase á Cosette, y no se engañaba.
Volvió enseguida á la calle de la Chanvrerie, donde ya hemos visto lo que había hecho.
Murió con esa alegría trágica, propia de los corazones celosos que arrastran en su muerte al ser amado, diciendo: «¡Nadie le poseerá!».
Mario cubrió de besos la carta de Cosette.
¡Ella le amaba pues!... Por un momento creyó que ya no debía morir; pero después se dijo: «Se marcha; su padre la lleva á Inglaterra, y mi abuelo me niega el permiso para casarme. En nada ha cambiado la fatalidad».
Comprendió, pues, que le quedaban dos deberes que cumplir: informar á Cosette de su muerte y enviarle un supremo adiós, salvando de la catástrofe inminente que se preparaba á aquel pobre muchacho, hermano de Eponina é hijo de Thénardier.
Llevaba consigo su cartera, la misma en que había escrito tantos pensamientos de amor para Cosette, arrancó una hoja y escribió con lápiz estas líneas:
«Nuestro casamiento era imposible. He hablado á mi abuelo y se opone. Yo no tengo bienes ni tú tampoco. He ido á tu casa y no te he hallado; ya sabes la palabra que te di, y la cumplo. Voy á morir. Te amo. Cuando leas estas líneas, mi alma estará cerca de ti, y te sonreirá».
No teniendo con qué cerrar la carta, dobló sólo el papel, y puso estas señas:
Á la señorita Cosette Fauchelevent, en casa del señor Fauchelevent, calle del Hombre Armado, número 7.
Doblada la carta, permaneció un momento pensativo; volvió á coger su cartera, la abrió y escribió con el mismo lápiz en la primera página estas otras líneas:
«Me llamo Mario Pontmercy. Que lleven mi cadáver á casa de mi abuelo Guillenormand, calle de las Hijas del Calvario, número 6, en el Marais».
Guardó la cartera otra vez en el bolsillo de la levita, y llamó á Gavroche.
El pilluelo acudió á la voz de Mario con semblante alegre y servicial.
—¿Quieres hacer algo por mí?
—Todo lo que queráis,—dijo Gavroche.—¡Dios santo! á no ser por vos me hubieran frito.
—¿Ves esta carta?
—Sí.
—Tómala, sal de la barricada al instante—(Gavroche inquieto empezó á rascarse la oreja), y mañana por la mañana la llevarás adonde dice el sobre, á la señorita Cosette, en casa del señor Fauchelevent, calle del Hombre Armado, número 7.
El heroico muchacho contestó:
—¡Está bien! Pero... durante este tiempo podrán tomar la barricada, y yo no estaré aquí.
—No atacarán la barricada hasta el amanecer, según todas las apariencias, y no será tomada hasta el medio día.
El nuevo respiro que los sitiadores concedían á la barricada se prolongaba en efecto; era una de las intermitencias frecuentes en los combates nocturnos, que van siempre seguidas de doble encarnizamiento.
—¿Y si yo llevase la carta mañana por la mañana?
—Sería tarde. La barricada será probablemente bloqueada; se cerrarán todas las calles, y no podrás salir. Ve enseguida.
Gavroche no encontró nada que replicar; quedó indeciso y rascándose la oreja tristemente. De repente, con uno de esos movimientos de pájaro que le eran propios, cogió la carta, diciendo:
—Está bien.
Y salió corriendo por la calle Mondetour.
Se le había ocurrido una idea, que le había decidido, pero que se había callado, temeroso de que Mario le hiciese alguna objeción.
He aquí la idea:
—Apenas es aún media noche; la calle del Hombre Armado no está lejos; voy á llevar la carta desde luego y estaré de vuelta oportunamente.