LIBRO DECIMOQUINTO
LA CALLE DEL HOMBRE ARMADO
I
Carta canta
¿Qué son las convulsiones de una ciudad al lado de las conmociones del alma? El hombre es una profundidad mayor aún que el pueblo.
Juan Valjean en aquel momento sentía en su interior una revolución violenta.
El abismo se había vuelto á abrir para él y temblaba como París en el umbral de un cambio formidable y obscuro.
Algunas horas habían bastado para que su destino y su conciencia se cubriesen de opacas sombras.
Y podía decirse de él como de París: los dos principios se encuentran frente á frente: el ángel de la luz y el ángel de la noche van á luchar cuerpo á cuerpo al borde del abismo.
¿Cuál de ellos precipitará al otro? ¿Quién vencerá á quién?
La víspera de aquel día, Juan Valjean, acompañado de Cosette y de la tía Santos, se había instalado en la calle del Hombre Armado; allí le esperaba una nueva peripecia.
Cosette no había abandonado la calle Plumet sin cierta resistencia.
La primera vez, desde que vivían juntos, la voluntad de Cosette y la de Juan Valjean se habían presentado distintas; y si no chocado, se habían contradicho al menos. Hubo objeciones por un lado, é inflexibilidad tenaz por otro.
El brusco consejo: Mudaos, lanzado por un desconocido á Juan Valjean, le había alarmado hasta el punto de hacerle absoluto; se creía ya descubierto y perseguido.
Cosette había tenido que ceder.
Ambos habían llegado á la calle del Hombre Armado sin desplegar los labios, sin hablar una palabra, absortos cada uno en su meditación particular; Juan Valjean tan inquieto, que no veía la tristeza de Cosette, y Cosette tan triste, que no veía la inquietud de Juan Valjean.
Juan Valjean había mandado seguirle á la tía Santos, lo cual no había hecho él nunca en sus ausencias anteriores; preveía quizá que no había de volver á la calle Plumet, y no podía, ni dejarla á ella detrás de sí, ni decirle su secreto, aunque la creía fiel y reservada; pues desde la criada á la señora, la traición empieza por la curiosidad.
Pero la tía Santos, como si estuviese predestinada á servir á Juan Valjean, no era curiosa.
Decía en medio de su tartamudez, en su lenguaje de aldeana de Barneville: «Yo soy así; hago lo mío, pues nada tengo que ver con lo demás».
En aquella mudanza de la calle Plumet, que había sido casi una huida, Juan Valjean no había llevado más que la maletita embalsamada bautizada por Cosette con el nombre de inseparable.
Otros bultos habrían exigido mozos, y los mozos son testigos; había mandado ir un coche á la puerta de la calle de Babilonia, y en él se habían trasladado.
Solamente la tía Santos, aunque difícilmente, consiguió permiso para empaquetar alguna ropa blanca, vestidos, y unos pocos objetos de tocador.
Cosette no había llevado más que su pupitre y su cartapacio.
Juan Valjean, para hacer mayor la soledad y la sombra de aquella desaparición, no había querido dejar el pabellón de la calle Plumet hasta la caída de la tarde, lo cual había dado tiempo á Cosette para escribir su esquelita á Mario.
Cuando llegaron á la calle del Hombre Armado, era ya cerrada la noche.
Se habían acostado silenciosamente.
La nueva habitación estaba situada en un patio interior; era un segundo piso, compuesto de dos alcobas, un comedor y una cocina al lado del comedor, con un camarachón, en que había un catre de tijera, que se destinó para la tía Santos.
El comedor era al propio tiempo recibimiento, y separaba las dos alcobas; la habitación tenía todos los muebles necesarios.
La confianza se apodera de nosotros como la inquietud; tal es la naturaleza humana.
Apenas llegó Juan Valjean á la calle del Hombre Armado, disminuyó su ansiedad, y fué disipándose por grados.
Hay sitios de calma que obran como mecánicamente sobre el espíritu.
La calle era obscura, los vecinos pacíficos, y Juan Valjean sintió una especie de contagio de tranquilidad en aquella callejuela del antiguo París, tan estrecha, que estaba cerrada á los coches por una viga trasversal, sostenida por dos estacas; sorda y muda en medio del rumor de la ciudad, con luz crepuscular en medio del día, é incapaz de emociones, por así decirlo, entre sus dos filas de altos edificios seculares, que se callan como viejos que son.
Hay en aquella calle cierto olvido estancado.
Juan Valjean respiró. ¿Cómo habían de poder encontrarle allí?
Su primer cuidado fué poner el inseparable á su lado.
Durmió bien. Dícese que la noche aconseja, y puede añadirse que tranquiliza.
Á la mañana siguiente se despertó casi alegre. Parecióle muy bonito el comedor, que era feo, y estaba amueblado con una antigua mesa redonda, un aparador bajo con un espejo inclinado encima, un sofá apolillado, y algunas sillas, en que estaban los paquetes que había hecho la tía Santos.
En uno de ellos se descubría por la abertura, el uniforme de guardia nacional de Juan Valjean.
En cuanto á Cosette, había mandado á la Santos que le llevara un caldo á su cuarto, y no se la vió hasta por la tarde.
Á eso de las cinco, Santos, que iba y venía muy ocupada en sus quehaceres, puso en la mesa del comedor un ave fiambre, que Cosette, por deferencia á su padre, consintió en mirar.
Hecho esto, Cosette, pretextando una jaqueca persistente, había dado las buenas noches á Juan Valjean, y se había encerrado en su alcoba.
Juan Valjean había comido un alón con apetito; y apoyado de codos sobre la mesa, serenándose poco á poco, iba recobrando su antigua serenidad.
Mientras hacía esta sobria comida, había oído confusamente dos ó tres veces el tartamudeo de la tía Santos, como diciendo:
—Señor, hay revoltina; andan á tiros por estas calles.
Pero absorto en una multitud de combinaciones interiores, no había hecho caso; ó por mejor decir, no lo había oído.
Se levantó y comenzó á pasear de la puerta á la ventana y de la ventana á la puerta, cada vez más tranquilizado.
Con la calma, iba reapareciendo también en su imaginación Cosette, su único pensamiento.
No porque le inquietase aquella jaqueca, crisis nerviosa de poca importancia, desazón de muchacha, nube de momento, que podía durar uno ó dos días, sino que pensaba en el porvenir, y como siempre, pensaba con dulzura; y no veía ningún obstáculo para que la vida feliz recobrase su curso.
Hay horas en que todo parece imposible, como las hay en que todo parece fácil.
Juan Valjean atravesaba una de esas horas buenas, que suelen venir después de las horas tristes, como el día después de la noche, por la sencilla ley de sucesión y del contraste que está en la esencia misma de la naturaleza, y que los hombres superficiales, no sabiendo qué nombre darles, llaman antítesis.
En aquella calle pacífica donde se había refugiado Juan Valjean se desprendía de todo lo que le había turbado durante algún tiempo.
Por lo mismo que había visto muchas tinieblas, empezaba á descubrir un poco la luz.
Haber abandonado la calle Plumet sin complicaciones ni incidentes, era haber ya dado un gran paso.
Tal vez sería conveniente alejarse por algún tiempo, é ir á Londres.
Pues bien, iría; ¿qué más le daba estar en Francia que en Inglaterra, con tal de tener á su lado á Cosette?
Cosette era su patria; bastaba á su felicidad; la idea de que él no fuese suficiente para la felicidad de Cosette, idea que en otro tiempo había sido su pesadilla y su fiebre, ni aun se presentaba entonces á su ánimo.
Estaba, puede decirse, en el amortiguamiento de todos sus pasados dolores, en pleno optimismo.
Teniendo á Cosette á su lado parecíale que era suya; efecto de óptica que todo el mundo ha experimentado.
Arreglaba en sí mismo con toda facilidad el viaje á Inglaterra con Cosette; veía elaborarse su felicidad, no importaba dónde, allá en las perspectivas de su fantasía.
Mientras se paseaba lentamente de un lado á otro, su mirada se fijó en una cosa extraña.
Vió enfrente de sí, en el espejo inclinado sobre el aparador, y leyó claramente estas líneas:
«Mi amado bien: ¡ay! mi padre quiere que partamos inmediatamente. Estaremos esta noche en la calle del Hombre Armado, número 7, y dentro de ocho días en Inglaterra.—Cosette—4 de junio».
Juan Valjean se detuvo sobresaltado y atónito.
Cosette, al llegar, había puesto el cartapacio sobre el aparador, delante del espejo, y en su dolorosa agonía lo había olvidado, sin notar que lo dejaba abierto precisamente por la hoja de papel secante, sobre la cual había apoyado para secar los renglones escritos por ella, y que había encomendado al muchacho que pasaba por la calle Plumet.
Lo escrito había quedado marcado en el papel secante.
El espejo reflejaba la escritura.
Resultaba lo que se llama en geometría la imagen simétrica, de tal modo, que la escritura al revés sobre el papel se presentaba al derecho en el espejo; así es que Juan Valjean tenía delante de sí la carta escrita durante la víspera por Cosette á Mario.
Era una cosa tan sencilla como terrible.
Juan Valjean se dirigió al espejo, volvió á leer aquellas líneas, pero no lo creyó; le parecía que se le presentaban á la luz del delirio. Era una alucinación, una cosa imposible; aquello no existía.
Poco á poco fué precisándose su percepción, miró el cartapacio de Cosette, y recobró el sentimiento de la realidad.
Tomólo en la mano y dijo:
—De aquí proviene eso.
Examinó convulsivamente los renglones estampados en el papel secante; pero lo escrito al revés formaba tales garabatos confusos, que no dió con el sentido.
Entonces dijo para sí:
—Esto no significa nada; no hay aquí nada escrito.
Y respiró, lleno de aliento todo el pecho, con indecible alivio.
¿Quién no ha tenido esas necias alegrías en momentos horribles?
El alma no se entrega á la desesperación sin haber agotado antes todas las ilusiones.
Tenía el cartapacio en la mano y contemplándolo, en un estado de feliz estupidez, casi dispuesto á reirse de la alucinación de que había sido víctima.
De repente su mirada cayó de nuevo sobre el espejo, y se le presentó otra vez la visión.
Aquellos renglones se dibujaban con una claridad inexorable.
Esta vez no era ya una ilusión. La reincidencia de una visión es una realidad; era aquello palpable: era la escritura reflejada al derecho en el espejo.
Todo lo comprendió.
Juan Valjean vaciló, soltó el cartapacio y se dejó caer en el viejo sillón, al lado del aparador, con la cabeza abatida y las pupilas vidriosas y extraviadas.
Se dijo que aquello era evidente, que la luz del mundo se le había eclipsado para siempre, que Cosette había escrito aquello á alguien, y entonces oyó á su alma, convertida en fiera, lanzar, en medio de las tinieblas, un sordo rugido.
¡Idle pues á quitar al león el perro que tiene en su jaula!
¡Cosa extraña y triste! En aquel momento Mario no había recibido aún la carta de Cosette, y ya la traidora casualidad se la había dado á Juan Valjean.
Hasta aquel día ninguna prueba había sido bastante poderosa á vencer á Juan Valjean.
Se había visto sometido á pruebas horribles; la desgracia había sido pródiga con él; la ferocidad de la suerte, armada con todas las venganzas y con todos los desprecios sociales, le había hecho su víctima encarnizándose en él.
Pero Juan Valjean no había retrocedido ni decaído ante nada; había aceptado por necesidad todos los extremos; había sacrificado su inviolabilidad de hombre reconquistada, entregado su libertad, arriesgado su cabeza; lo había perdido, lo había sufrido todo, y había permanecido desinteresado y estoico, hasta el punto de habérsele podido considerar á veces fuera de sí mismo como un mártir.
Su conciencia, aguerrida en todos los asaltos posibles de la adversidad, parecía inaccesible.
Pero á la sazón, cualquiera que hubiese podido ver su fuero interno, habría augurado que fácilmente aquella conciencia flaqueaba.
Y es que de todas las torturas que había sufrido en aquel prolongado interrogatorio á que le sometía el destino, era ésta la más terrible.
Jamás le habían asido tenazas semejantes. Experimentaba el sacudimiento misterioso de todas las sensibilidades latentes; sentía el atenazamiento de fibras desconocidas.
¡Ay! La prueba suprema, ó mejor dicho, la prueba única, es la pérdida del ser amado.
El pobre anciano Juan Valjean no amaba ciertamente á Cosette sino como un padre; pero ya lo hemos hecho notar anteriormente, en aquella paternidad, la viudez misma de su vida había mezclado todos los amores; amaba á Cosette como hija; amábala como madre, como hermana; y como nunca había tenido ni amante, ni esposa; como la naturaleza es un acreedor que no acepta ninguna excusa, este sentimiento, también el más necesario de todos, se había mezclado vagamente con los demás, sin conocerlo, puro con la pureza de la ceguedad, inconsciente, celestial, angélico, divino; más bien como instinto que como sentimiento; y aún más que como instinto, como un atractivo imperceptible é invisible, pero real.
El amor, propiamente dicho, se hallaba en su gran ternura para Cosette, como el filón de oro en la montaña, tenebroso y virgen.
Recuérdese la pintura que ya hemos bosquejado de ésa su actitud de corazón.
Entre ambos no era posible unión alguna, ni aún la de las almas; y sin embargo, ello es cierto que sus destinos estaban ligados en consorcio.
Exceptuando á Cosette; es decir, una infancia, Juan Valjean no había conocido en toda su larga vida nada de lo que se puede amar.
Las pasiones y los amores que se suceden no habían producido en él esos verdes matices sucesivos, verde tierno sobre verde sombrío, que se notan en las hojas que han pasado al invierno, y en los hombres que han pasado de los cincuenta.
En suma; toda esa fusión interior, como ya hemos insistido en ello varias veces, todo ese conjunto, cuya resultante era una gran virtud, acababa por hacer de Juan Valjean un padre para Cosette, padre extrañamente formado del abuelo, del hijo, del hermano y del marido; padre en que había hasta una madre; padre que amaba y adoraba á Cosette, y que tenía aquella hija como su luz, su morada, su familia, su patria, su paraíso.
Así, cuando vió que todo estaba decididamente concluido, que se le escapaba, que se le deslizaba de las manos, que se perdía, que era como una nube, como agua que se evaporaba; cuando tuvo ante los ojos esta evidencia terrible: «Otro es el objeto de su corazón, otro el deseo de su vida; tiene su amado, y yo no soy más que su padre, yo no existo ya»; cuando no pudo dudar más, cuando se dijo: «¡Se va de mí!» el dolor que experimentó traspasó los límites de lo posible.
¡Haber hecho todo lo que había hecho para ir á parar en aquello! ¡Cómo, pues! ¡Á no ser nada!
Entonces, según acabamos de decir, se estremeció de pies á cabeza, sublevándose consigo mismo. Sintió hasta en la raíz de sus cabellos que se despertaba el egoísmo, y el yo bramó en el abismo de su conciencia.
Hay derrumbamientos interiores. La certidumbre de la desesperación no penetra en el hombre sin separar y romper ciertos elementos profundos, que son alguna vez el hombre mismo.
El dolor, cuando llega á ese punto, es un grito de alarma para todas las fuerzas de la conciencia.
Entonces se verifican las crisis fatales, y pocos salen de ella semejantes á sí mismos y firmes en el deber.
Cuando se desborda el límite del padecimiento, llegan á desconcertarse las virtudes más imperturbables.
Juan Valjean volvió á tomar el cartapacio, y se convenció de nuevo, permaneciendo inclinado y como petrificado sobre aquellas líneas irrecusables, fija la vista, formándose en su interior tal nube, que no parecía sino que se derrumbaba toda su alma.
Examinó aquella revelación, á través del aumento que le prestaba la fantasía, con una tranquilidad aparente y terrible; porque la tranquilidad del hombre es espantosa cuando llega á la frialdad de la estatua.
Midió el gran paso que su destino había dado sin que él lo sospechara; recordó sus temores del verano anterior tan locamente disipados; reconoció el precipicio; seguía siendo el mismo, con la diferencia de que Juan Valjean no estaba ya á la orilla, sino en el fondo.
¡Cosa inaudita y dolorosa! había caído sin notarlo.
Se había apagado toda luz de su vida, mientras él creía estar viendo el sol.
Su instinto no vaciló un momento. Reunió ciertas circunstancias, ciertas fechas, ciertos rubores y palideces de Cosette, y se dijo: «Es él».
La adivinación del hombre desesperado es una especie de arco misterioso que siempre da en el blanco.
Desde su primera conjetura esperaba encontrarse con Mario; no sabía su nombre, pero dió al instante con él. Descubrió claramente, en el fondo de la implacable evocación del recuerdo, al desconocido rondador del Luxemburgo, á aquel miserable buscador de amoríos, á aquel haragán de novela, á aquel imbécil, á aquel cobarde, porque es una cobardía el ir á hacer guiños de ternura á las muchachas que tienen á su lado un padre que las ama.
Luego de haber comprobado que en el fondo de aquella situación existía aquel joven, y que todo venía de ello, Juan Valjean, el hombre regenerado, el hombre que había trabajado tanto por su alma, el hombre que había hecho tantos esfuerzos para convertir toda la vida, toda la miseria y toda la desgracia en amor, miró dentro de sí mismo, y vió un espectro: el Odio.
Los grandes dolores llevan el decaimiento en sí mismos. Descorazonan el ser. El hombre en quien penetran siente desaparecer algo de su interior. En la juventud, su visita es lúgubre; más tarde es siniestra.
¡Ay! Si cuando la sangre está caliente, cuando son negros los cabellos, cuando la cabeza se endereza sobre el cuerpo como la llama sobre la antorcha; cuando la rueda del destino tiene todavía todo su espesor; cuando el corazón, lleno de amor apetecible, tiene aún latidos que pueden ser correspondidos; cuando se tiene delante de sí tiempo de reparar; cuando se ofrecen á la vista todas las mujeres, todas las sonrisas, todo el porvenir y todo el horizonte; si cuando la fuerza de la vida está completa, la desesperación es una cosa terrible, ¿qué será en la vejez cuando los años se precipitan cada vez más pálidos, en la triste hora crepuscular en que comienzan á verse las estrellas de la tumba?
Durante esta meditación, entró la tía Santos.
Juan Valjean se levantó y la preguntó:
—¿En dónde pasa esto? ¿Lo sabéis?
Santos, estupefacta, sólo pudo responderle:
—¿Os gusta?
—¿No me habéis dicho hace un momento que están batiéndose?—repuso él.
—¡Ah! Sí, señor. Hacia San Merry.
Hay movimientos maquinales que proceden, sin que lo sepamos, de nuestros pensamientos más profundos.
Sin duda, á impulsos de un movimiento de este género, y del que apenas tuvo conciencia, se halló Juan Valjean en la calle cinco minutos después.
Estaba con la cabeza descubierta, sentado en el poyo de la puerta de su casa, pareciendo escuchar.
Era ya de noche.
II
El pilluelo enemigo de las luces
¿Cuánto tiempo pasó así? ¿Cuáles fueron los flujos y reflujos de aquella meditación trágica? ¿Se reanimó ó permaneció abatido? ¿Le encorvó el dolor hasta la ruptura? ¿Pudo levantarse aún, y sentar el pie en su conciencia sobre algo sólido?
Ni él mismo hubiera podido decirlo probablemente.
La calle estaba desierta. Algunos vecinos inquietos que volvían rápidamente á sus casas apenas le vieron.
En los momentos de peligro, cada uno mira sólo para sí.
El farolero vino, como siempre, á encender el farol, que estaba colocado precisamente enfrente de la puerta del número 7, y se fué.
Si alguien hubiese examinado á Juan Valjean en aquella sombra, no le hubiera creído vivo.
Estaba así sentado en el umbral de la puerta, inmóvil como una larva de hielo. En la desesperación siéntese cierta congelación.
Oíase el toque de rebato y varios rumores tempestuosos.
En medio de todas aquellas convulsiones de la campana mezclada con el motín, el reloj de San Pablo dió gravemente las once sin apresurarse, porque el toque de rebato es el hombre y la hora es Dios.
El sonido del reloj no causó el menor efecto en Juan Valjean; no se movió.
Pero poco después oyó una violenta detonación por el lado del Mercado; al poco rato la siguió otra más violenta aún; era probablemente el ataque de la barricada de la calle de Chanvrerie, que, según hemos visto, fué rechazado por Mario.
Al oir estas dos descargas, cuya furia parecía crecer con el estupor de la noche, Juan Valjean tembló; levantóse mirando hacia el sitio de donde venía el ruido, y después cayó sobre el poyo, cruzó los brazos, dejando caer lentamente la cabeza sobre el pecho.
Así prosiguió su tenebroso diálogo consigo mismo.
De repente levantó los ojos; alguien andaba por la calle; oía los pasos muy cerca; miró á la luz del farol, y por el lado de la calle que va á los Archivos descubrió una figura lívida, joven y alegre.
Gavroche acababa de entrar en la calle del Hombre-Armado.
Iba mirando al aire como buscando algo. Veía perfectamente á Juan Valjean, pero sin hacerle el menor caso.
Gavroche, después de haber mirado al aire, miraba al suelo; andaba de puntillas, tocando las puertas y las ventanas del piso bajo. Todas estaban cerradas con barras y cerrojo.
Después de haber reconocido cinco ó seis puertas cerradas de este modo, el pilluelo se encogió de hombros, y entró en materia, consigo mismo, en estos términos:
—¡Pardiez!
Y volvió á mirar al aire.
Juan Valjean, que un momento antes, en la situación de alma en que estaba, no hubiese preguntado ni respondido á nadie, se sintió irresistiblemente impulsado á dirigir la palabra á aquel muchacho:
—Chiquillo,—le dijo,—¿qué es lo que tienes?
—Tengo hambre,—contestó secamente Gavroche; y añadió:—el chiquillo seréis vos.
Juan Valjean metió la mano en el bolsillo, y sacó una moneda de cinco francos.
Pero Gavroche que pertenecía á la familia de las nevatillas, y que pasaba rápidamente de un gesto á otro, acababa de coger una piedra. Acababa de ver el farol.
—¡Calle!—exclamó.—¿Tenéis todavía faroles por aquí? No estáis por cierto en regla, amigos míos. Esto es un desorden. Reparad eso.
Y tiró la piedra al farol, cayendo los vidrios con tanto estrépito, que los vecinos, ocultos detrás de las cortinas de la casa de enfrente, gritaron:
—¡He aquí el Noventa y tres!
El farol osciló con violencia y se apagó. La calle quedó á obscuras desde luego.
—Esto es, calle vieja,—dijo Gavroche,—ponte el gorro de dormir.
Y volviéndose hacia Juan Valjean, le preguntó:
—¿Cómo se llama ese monumento gigantesco que está allí al cabo de la calle? Los Archivos, ¿verdad? Sería preciso aplastarles un poco la cara á esas columnas bestiales, haciendo con ellas una bonita barricada.
Juan Valjean se acercó á Gavroche.
—¡Pobrecillo!—dijo á media voz y hablando consigo mismo.—Tiene hambre.
Y le puso en la mano la pieza de cien sueldos.
Gavroche levantó los ojos asombrado de la magnitud de aquel gran sueldo; le miró en la obscuridad, y quedó deslumbrado de su blancura.
Conocía de oídas las piezas de á cinco francos, y le gustaba su reputación; quedó pues encantado de ver una tan de cerca, y dijo:
—Contemplemos el tigre.
Miróla extasiado por algunos momentos; pero volvióse luego á Juan Valjean, le alargó la moneda y dijo majestuosamente:
—Ciudadano, me gusta más romper los faroles. Recoged vuestra fiera. Á mí no se me corrompe. Eso tiene garras, pero á mí no me cogen.
—¿Tienes madre?—le preguntó Juan Valjean.
Gavroche respondió:
—Tal vez más que vos.
—Pues bien,—dijo Juan Valjean,—guarda ese dinero para tu madre.
Gavroche se sintió conmovido. Además, había notado que el hombre que le hablaba no llevaba sombrero, y esto le inspiraba confianza.
—¿De veras no es esto para que no rompa los faroles?
—Rompe todo lo que quieras.
—Sois todo un hombre,—dijo Gavroche.
Y se guardó la moneda en el bolsillo.
Aumentándose así su confianza, preguntó:
—¿Sois de esta calle?
—Sí, ¿por qué?
—¿Podríais indicarme el número 7?
—¿Para qué buscas el número 7?
El muchacho se detuvo; temió haber dicho demasiado, y se metió enérgicamente los dedos entre el pelo, limitándose á responder:
—¡Ah! Para saberlo.
Una idea súbita atravesó la mente de Juan Valjean. La angustia tiene momentos de lucidez. Así fué que le dijo al muchacho:
—¿Eres tú el que me traes una carta que estoy esperando?
—¡Vos!—exclamó Gavroche.—Vos no sois mujer.
—La carta es para la señorita Cosette, ¿no es eso?
—¿Cosette?—murmuró Gavroche.—Sí, creo que es ese el nombre.
—Pues bien,—añadió Juan Valjean;—yo soy quien tengo que entregarle la carta. Dámela.
—¿En ese caso, debéis saber que vengo de la barricada?
—Sin duda,—dijo Juan Valjean.
Gavroche metió la mano en uno de sus bolsillos, y sacó un papel plegado en cuatro dobleces.
Luego hizo un saludo militar, diciendo:
—Respétese el despacho; viene del gobierno provisional.
—Dámelo,—repitió Juan Valjean.
Gavroche tenía el papel en la mano levantado sobre su cabeza.
—No creáis que es un billete amoroso; es para una mujer, pero es para el pueblo. Nosotros peleamos, pero respetamos al bello sexo. No somos como en el gran mundo, donde hay señores leones que mandan pollitos á los camellos.
—Dame, pues.
—En verdad,—continuó Gavroche,—me parecéis tener todo el aspecto de un buen hombre.
—Dámela pronto.
—¡Tomad!
Y entregó el papel á Juan Valjean.
—Y despachaos, señor Cosa; porque la señorita Cosilla está esperando.
Gavroche se quedó muy satisfecho de aquel juego de palabras.
Juan Valjean repuso:
—¿Hay que llevar la respuesta á San Merry?
—Haríais entonces un pan como unas hostias,—exclamó Gavroche.—Esta carta viene de la barricada de la Chanvrerie, y allá me vuelvo. Buenas noches, ciudadano.
Y diciendo y haciendo se fué, ó mejor dicho, voló como un pájaro escapado hacia el sitio de donde había venido.
Se sumergió en la obscuridad como si abriese en ella un agujero con la rígida rapidez de un proyectil.
La callejuela del Hombre Armado quedó silenciosa y solitaria; en un abrir y cerrar de ojos, aquella extraña criatura, que participaba de la sombra y del sueño, penetró en la bruma por entre aquellas filas de casas negras, perdiéndose como el humo en las tinieblas; y hubiera podido creerse que se había disipado completamente, si algunos minutos después el ruido de un vidrio roto y el estruendo de un farol cayendo al suelo, no hubiese despertado nuevamente á los burgueses indignados.
Era Gavroche que pasaba por la calle del Chaume.
III
Durante el sueño de Cosette y Santos
Juan Valjean volvió á entrar en la casa con la carta de Mario.
Subió la escalera á tientas, satisfecho de las tinieblas como un búho que lleva ya su presa; abrió y cerró suavemente la puerta, escuchó si se oía algún ruido, se aseguró de que, según todas las apariencias, Cosette y Santos dormían, consumió tres ó cuatro pajuelas fosfóricas, de aquellas antiguas, antes de producir la luz ¡tanto le temblaba la mano! porque había algo de robo en lo que acababa de hacer.
Por fin, encendió la vela, se recostó en la mesa, desdobló el papel, y leyó:
En las emociones violentas, no se lee, se atropella, por así decirlo, el papel; se le oprime como á una víctima; se le estruja; se le clavan las uñas de la cólera ó de la alegría; se corre hacia el fin; se salta al principio; la atención es febril; comprende en conjunto, sobre poco más ó menos, lo esencial; se apodera de un punto, y todo lo demás desaparece.
En la carta de Mario á Cosette, Juan Valjean no vió más que estas palabras:
«...Muero; cuando leas esto, mi alma estará á tu lado».
Al ver ese renglón sintió un deslumbramiento horrible; se quedó un instante como pasmado del cambio de emoción que se verificaba en él; miraba la carta de Mario con una especie de asombro embriagador; tenía ante sus ojos aquel esplendor, la muerte del ser aborrecido.
Dió un terrible grito de alegría interior.
Así pues, todo estaba ya terminado. El desenlace llegaba más presto de lo que él se habría atrevido á esperar.
El ser que oponía un obstáculo á su destino desaparecía, y desaparecía por sí mismo, libremente, de buena voluntad, sin que él hubiera hecho nada para conseguirlo; sin que fuese culpa suya, «aquel hombre» iba á morir; quizá había ya muerto.
Aquí su fiebre comenzó á echar cálculos.
No, no ha muerto todavía. Esta carta ha sido escrita indudablemente para que Cosette la lea mañana por la mañana; después de las dos descargas que he oído entre once y doce no ha habido nada, la barricada no será atacada formalmente hasta el amanecer; pero es igual, desde el momento en que «ese hombre» se ha metido en esa guerra, está perdido; será arrastrado por el engranaje de sus ruedas.
Juan Valjean se sentía desembarazado; iba á encontrarse de nuevo solo con Cosette; cesaba la competencia; empezaba de nuevo el porvenir.
No tenía que hacer más sino guardarse aquella carta en el bolsillo, y Cosette no sabría nunca lo que había sido de «aquel hombre».
«No hay más sino dejar que las cosas se cumplan. Ese hombre no puede escapar. Si no ha muerto ya, es seguro que va á morir. ¡Qué dicha!».
Diciendo todo esto allá en su interior, se puso sombrío.
Bajó y despertó al portero.
Como cosa de una hora después, Juan Valjean salía vestido de guardia nacional y armado.
El portero había encontrado fácilmente en la vecindad con qué completar su equipo.
Llevaba pues un fusil cargado y una cartuchera llena de cartuchos.
Dirigióse hacia los Mercados.
IV
El exceso de celo de Gavroche
Entretanto, acababa de pasarle una nueva aventura á Gavroche.
Después de haber apedreado al farol de la calle de Chaume, llegó á la de Vieilles-Haudriettes, y no viendo ni «un perro» siquiera, creyó que era buena ocasión de entonar todas las canciones de que era capaz.
Su paso, lejos de acortarse con el canto, se aceleraba.
Y echó á volar á lo largo de las casas dormidas ó aterradas estas coplas incendiarias:
Medita el ave en las sombras,
pretendiendo que fué Atala
ayer, de un ruso en campaña...
Donde van las buenas mozas.
Lon la.
Mucho, Perico, alborotas
por Mila en noche buena
me llamó junto á su reja...
Donde van las buenas mozas.
Lon la.
Las garbosas picaronas
lanzan de sus ojos chispas
que acabarán con Orfila.
Donde van las buenas mozas.
Lon la.
Viva el amor y sus bromas,
vivan Inés y Pamela;
Lisa ardió dando candela.
Donde van las buenas mozas.
Lon la.
Dije cuando vi de Concha
y Susana la mantilla,
entre sus pliegues me líen.
Donde van las buenas mozas.
Lon la.
Amor, que cubres de rosas
á Juana en tu selva amena,
mira que así me condenas.
Donde van las buenas mozas.
Lon la.
Estando á tu espejo, Lola,
poniéndote la camisa,
el corazón se me iba...
Donde van las buenas mozas.
Lon la.
Dejando el baile á deshora,
mirad á Luz mi lucero,
digo á las luces del cielo.
Donde van las buenas mozas.
Lon la.
Gavroche, al mismo tiempo que cantaba, prodigaba la pantomima.
El gesto es el punto de apoyo del estribillo.
Su semblante, repertorio inagotable de muecas, hacía gestos más convulsivos y fantásticos que las bocas de un lienzo agujereado durante un vendaval.
Desgraciadamente, como estaba solo y era de noche, no era visto ni visible. Existen muchas riquezas perdidas de este jaez. De repente se detuvo, diciendo:
—Interrumpamos la canción.
Acababa de distinguir en el hueco de una puerta cochera lo que se llama en pintura un grupo, es decir, un ser y una cosa; era la cosa un carretón de mano, y el ser un auvernés que dormía en él.
Los brazos del vehículo se apoyaban en el suelo, y la cabeza del auvernés en la tabla del carretón.
Tenía el cuerpo arremolinado en aquel plano inclinado, y los pies tocando al suelo.
Gavroche, con su experiencia de las cosas de este mundo, conoció que estaba borracho.
Era, sin duda, algún mozo de cordel que había bebido demasiado, y dormía demasiado también.
—Ahí se ve,—pensó Gavroche,—para qué sirven las noches de verano. El auvernés se duerme en su carretón; pues yo cojo el carretoncillo para la república y dejo el auvernés á la monarquía.
Habíase iluminado de repente su inteligencia con esta idea:
—Este carretón representaría un buen papel en nuestra barricada.
El auvernés roncaba.
Gavroche separó suavemente el carretón por detrás, y al auvernés por delante, es decir, por los pies, y al cabo de un minuto, el pobre hombre, imperturbable, reposaba de plano sobre el suelo.
El carretoncillo estaba libre.
Gavroche, acostumbrado á hacer frente en todas ocasiones á lo imprevisto, lo llevaba siempre todo consigo; metió la mano en un bolsillo, y sacó un pedazo de papel y una punta de lápiz rojo escamoteado á algún carpintero, y escribió:
«República francesa»:
«Recibí tu carretón».
Y firmó: «Gavroche».
Hecho esto, puso el papel en el bolsillo del chaleco de pana del auvernés, que seguía roncando; cogió el carretón, y partió hacia el Mercado, empujando el vehículo á gran galope y alborotando en aire triunfal.
Esto era peligroso, porque en la Imprenta Real había un cuerpo de guardia.
Gavroche no pensó en ello.
Aquella guardia la montaban nacionales de las cercanías, que empezaban á despertar, cuyas cabezas iban levantándose sobre las almohadas de las camas de campaña.
Los faroles rotos á pedradas y aquel cantar á gritos, eran cosas demasiado graves en calles tan miedosas como aquéllas, que desean acostarse al ponerse el sol y apagan las luces muy temprano.
Hacía una hora que el pilluelo estaba metiendo en el barrio el mismo alboroto que un moscardón en una botella.
El sargento jefe de la guardia estaba escuchando, y esperaba. Era un hombre prudente.
El estrépito del carretón rodando, llenó la medida de su expectación posible, en vista de lo cual determinó el sargento hacer un reconocimiento, diciendo:
—¡Viene toda una partida! Vayamos despacio.
Era claro que la hidra de la anarquía había salido de su agujero, y se revolvía por el barrio.
El sargento se aventuró á salir fuera del cuerpo de guardia con sordo paso.
De repente Gavroche, empujando su carretón en el instante en que iba á desembocar en la calle de Vieilles Haudriettes, se encontró frente á frente con un uniforme, un chacó, un plumero y un fusil.
Se detuvo por segunda vez, y exclamó:
—¡Calle! ¡Es él! Buenas noches, orden público.
Las admiraciones de Gavroche eran siempre breves, y se pasaban pronto.
—¿Adónde vas, granuja?—gritó el sargento.
—Ciudadano,—dijo Gavroche,—aún no os he llamado señor. ¿Por qué me insultáis?
—¿Adónde vas, renacuajo?
—Señor mío,—respondió Gavroche,—ayer érais tal vez un hombre de talento, pero lo habéis perdido esta mañana.
—Te pregunto ¿que adónde vas, tunante?
Gavroche respondió:
—¡Vaya un modo de hablar! Nadie os concedería los años que tenéis. Deberíais vender vuestros cabellos á cien francos la pieza, y así os ganaríais quinientos francos.
—¿Adónde vas, adónde vas? ¿Adónde vas, bandido?
Gavroche replicó:
—¡Vaya unas palabrotas! La primera vez que os den de mamar, deben limpiaros mejor la boca.
El sargento cruzó la bayoneta.
—¿Me dirás por fin adónde vas, miserable?
—Mi general,—dijo Gavroche,—voy á buscar al comadrón para mi esposa, que está de parto.
—¡Á las armas!—gritó el sargento.
Salvarse con lo mismo que ha sido causa de su perdición, es la sublimidad de los hombres fuertes; Gavroche midió de una ojeada toda la situación; el carretoncillo lo había comprometido; el carretoncillo debía protegerle.
En el momento en que el sargento iba á caer sobre Gavroche, el carretón convertido en proyectil y empujado á toda fuerza, rodaba sobre él con furia, y dándole en medio del vientre lo derribó hacia atrás en el arroyo, al mismo tiempo que se disparaba su fusil en el aire.
Al grito del sargento salieron atropelladamente los que estaban en el cuerpo de guardia; el tiro dió motivo á una descarga general al acaso, después de la cual cargaron los fusiles y empezaron de nuevo el fuego.
Este fuego á la gallina ciega duró un buen cuarto de hora, y mató no pocos cristales.
Entre tanto, Gavroche, que había retrocedido corriendo, se detuvo cinco ó seis calles más allá, y se sentó sofocado en el guarda-cantón de la esquina de la d'Enfants Rouges.
Allí se puso á escuchar.
Después de haber respirado unos instantes, se volvió hacia el sitio donde se oía el fuego graneado, levantó la mano izquierda á la altura de la nariz, y la lanzó tres veces hacia adelante, golpeándose con la derecha en la nuca; gesto soberano en el que la pillería parisiense ha condensado la ironía francesa; y que es evidentemente eficaz, puesto que dura hace ya medio siglo.
Una amarga reflexión turbó aquella alegría.
—Sí,—dijo,—me desternillo, me muero de risa, reviento de gozo; pero pierdo camino, y tengo ahora que dar un rodeo. ¡Mientras llegue á tiempo á la barricada!
Y luego emprendió nuevamente su carrera.
Así corriendo volvió á decir:
—¡Ah! ¿Y dónde estaba yo?
Entonó otra vez su canción, atravesando rápidamente las calles. El canto de Gavroche fué extinguiéndose en las tinieblas.