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Los miserables - Tomo 2 (de 2) cover

Los miserables - Tomo 2 (de 2)

Chapter 19: LIBRO PRIMERO LA GUERRA ENTRE CUATRO PAREDES
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About This Book

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QUINTA PARTE
JUAN VALJEAN

LIBRO PRIMERO
LA GUERRA ENTRE CUATRO PAREDES

I
La Caribdis del arrabal de San Antonio, y la Scila del arrabal del Temple

Las dos barricadas más memorables que el observador de las enfermedades sociales puede mencionar, no pertenecen al período en que tuvo lugar la acción de este libro. Esas barricadas, símbolo ambas, bajo distintos aspectos, de una terrible situación, surgieron durante la fatal insurrección de junio de 1848, la guerra más grande de las calles que ha visto la historia.

Acontece á veces que, así contra los principios, como contra la libertad, la igualdad y la fraternidad, y aún contra el voto universal, contra el gobierno de todos para todos, desde el fondo de sus descorazonamientos, de sus angustias, de sus desalientos, de su desnudez, de su fiebre, de sus aflicciones, de sus miasmas, de su ignorancia y de sus tinieblas, esa gran desesperada, la canalla protesta, y el populacho da la batalla al pueblo.

Los indigentes atacan el derecho común; la oclocracia se insurrecciona contra el demos.

Son estos días lúgubres, porque existe siempre, en esa misma demencia, cierta parte de derecho; hay algo de suicidio en ese duelo; y estas mismas palabras, que parecen ser otras tantas injurias: indigente, canalla, oclocracia y populacho, prueban ¡ay! antes la culpa de los que reinan, que la de los que sufren; mejor la falta de las clases privilegiadas que la de los desheredados.

Por nuestra parte nunca pronunciamos esas palabras sin dolor y respeto; porque cuando la filosofía sondea los hechos á que corresponden, encuentra en ellos frecuentemente muchas grandezas al lado de las miserias.

Atenas era una oclocracia, los mendigos formaron la Holanda, el populacho salvó muchas veces á Roma, y la canalla seguía á Jesucristo.

No es propio de pensadores dejar de contemplar á veces las magnificencias de abajo.

En esa canalla pensaba sin duda San Jerónimo, en esas pobres gentes, en todos esos vagabundos, en todos esos miserables, de donde salieron los apóstoles y los mártires, cuando dijo esta misteriosa frase: Fex urbis, lex orbis.

Las exasperaciones de la muchedumbre que sufre y mana sangre; sus violencias contrarias á los principios que constituyen su vida; sus atropellos al derecho común, son golpes de Estado populares, y deben ciertamente reprimirse.

El hombre probo se sacrifica á hacerlo, y combate á esa muchedumbre por lo mismo que la ama.

Pero ¡cuán excusable le parece á pesar de combatirla! ¡Cómo la venera á pesar de resistirla!

Es uno de esos momentos raros en que, haciendo lo que debe hacerse, se siente uno algo desconcertado y como disuadido de seguir adelante.

Es preciso insistir; pero la conciencia siente una triste satisfacción, y el cumplimiento del deber se resiente de la angustia del corazón.

Lo acontecido en junio de 1848, apresurémonos á decirlo, fué un hecho aparte y casi imposible de clasificar en la filosofía de la historia.

Todas las palabras que acabamos de escribir están de más, tratándose de este motín extraordinario, donde se vió la santa ansiedad del trabajo reclamando sus derechos.

Fué necesario combatirle, y era un deber hacerlo, porque atacaba á la república; pero en el fondo, ¿qué fué junio de 1848? Una rebelión del pueblo contra sí mismo.

Donde no se pierde de vista el asunto, no hay digresión. Así, permítasenos llamar por un momento la atención del lector hacia las dos barricadas, únicas en su clase, que acabamos de nombrar, y que caracterizaron aquella insurrección.

Cerraba la una la entrada del arrabal de San Antonio; cerraba la otra, el paso al arrabal del Temple.

Aquéllos, ante cuyos ojos se levantaron á la luz del hermoso cielo azul de junio, estas dos terribles obras maestras de la guerra civil, no las olvidarán jamás.

La barricada de San Antonio era monstruosa. Tenía la altura de tres pisos y la anchura de setecientos pies.

Cerraba de uno á otro ángulo la vasta embocadura del arrabal, es decir, tres calles; abarrancada, dentellada, cortada en picachos, con una inmensa hendidura por almena, con sus contrafuertes á guisa de baluartes, con sus rebellines y cabos aquí y allá, fuertemente apoyada en los dos grandes promontorios de casas del arrabal, elevábase como una calzada ciclópea en el fondo de la terrible plaza que ha visto el 14 de julio.

Diez y nueve barricadas se sucedían en la profundidad de las calles, detrás de esa barricada madre.

Sin más que verla, sentíase en todo el arrabal el inmenso sufrimiento de agonía, llegado ya el punto extremo en que la desesperación quiere convertirse á todo trance en catástrofe.

¿De qué estaba hecha aquella barricada? De los destrozos de tres casas de seis pisos, demolidas expresamente para ello, decían unos; del prodigio de todas las iras, decían otros.

Tenía el deplorable aspecto de todas las construcciones del odio: la ruina.

Podía decirse á un mismo tiempo: ¿quién ha edificado esto? ¿quién ha destruido esto?

Era la obra improvisada de la fermentación.

¡Ea! ¡Esa puerta! ¡Esa reja! ¡Aquel alero! ¡Ese dintel! ¡Aquel hornillo roto! ¡Aquellas ollas melladas! ¡Ea! ¡Venga todo! ¡Que venga todo acá; cavad allá! ¡Arrojadlo todo! ¡Echad, desmantelad, derribad, demoledlo todo!

Era la cooperación del adoquín, de la piedra, de la viga, del barrote, del trapo, del cascote, de la silla desfondada, del troncho de col, del pingajo, del harapo y de la maldición.

Era una mezcla de lo grande y de lo pequeño; el abismo parodiado por el barullo; la masa junto al átomo; el lienzo de la pared derribada y la escudilla rota; una fraternización amenazadora de todos los escombros.

Sísifo había arrojado allí su peñasco, y Job su tiesto.

Era una suma terrible. Era el acrópolis de los descamisados.

Carretas volcadas accidentaban el declive; un inmenso carromato aparecía tumbado al través con el eje hacia arriba, semejando una cuchillada en aquel frontispicio tumultuoso; un ómnibus, subido alegremente á fuerza de brazos á la cima de aquel hacinamiento de cosas, como si los arquitectos de aquella salvajada hubiesen querido añadir la burla del pillastre al espanto, ofrecía su lanza sin arreos á los ignorados caballos del aire.

Aquella masa gigantesca, aluvión del motín, figuraba al espíritu el Osa sobre el Polión de todas las revoluciones; el 93 sobre el 89, el 9 de Termidor sobre el 10 de agosto; el 18 de Brumario sobre el 21 de enero; Vendimiario sobre Pradial; 1848 sobre 1830.

La situación valía la pena, y semejante barricada era digna de aparecer en el punto mismo de donde había desaparecido la Bastilla.

Si el océano construyese diques, los construiría de igual manera.

La furia de la ola estaba impresa en aquel obstáculo deforme.

¿Pero qué ola? la muchedumbre.

Creíase ver el tumulto petrificado. Creíase oir zumbar, sobre la barricada, como sobre una colmena, á las enormes abejas tenebrosas del progreso violento.

¿Era aquello un conjunto de malezas? ¿Era una bacanal? ¿Era una fortaleza?

El vértigo parecía haberlo construido con sus alas.

Tenía aquel reducto algo de cloaca, y algo de olímpico aquel montón.

Veíanse, en una mezcolanza llena de desesperación, caballetes de tejados, pedazos de buhardillas con su papel pintado, vidrieras enteras esperando el cañón sobre los escombros, chimeneas arrancadas, armarios y mesas, bancos en imponente confusión, y los mil y mil desechos del mendigo mismo, que contienen á la vez el furor y la nada.

Habríase dicho que era el andrajo de un pueblo, andrajo de madera, de hierro, de bronce y de piedra; y que el arrabal de San Antonio lo había lanzado á su puerta de un escobazo colosal, haciendo de su miseria su barricada.

Pedruscos que parecían tajos, cadenas dislocadas, armazones de vigas en forma de horcas, ruedas horizontales, todo esto, saliendo de entre los escombros, amalgamaba á aquel edificio de la anarquía el sombrío aspecto de los antiguos suplicios sufridos por el pueblo.

La barricada de San Antonio echaba mano de todo; todo cuanto la guerra civil puede arrojar á la cabeza de la sociedad salía de ella.

No era un combate, sino un paroxismo.

Las carabinas que defendían aquel reducto, entre las cuales había algunos trabucos, enviaban cascos de loza, huesecillos, botones, incluso ruedecillas de butacas, proyectiles peligrosos á causa del cobre.

La barricada estaba frenética, atronaba los aires con un clamor indecible; en ciertos instantes, provocando al ejército, se cubría de gente y de tempestad; coronábala una cohorte de flameantes cabezas; hervía dentro un hormiguero; tenía una cresta espinosa de fusiles, sables, palos, hachas, picas y bayonetas; una inmensa bandera roja parecía abofetear el viento á sus mismos impulsos; oíanse las voces de mando, las canciones de ataque, los redobles del tambor, los llantos de las mujeres y las carcajadas tenebrosas de los muertos de hambre.

Era descomunal y viviente, y como del lomo de un animal eléctrico, salía de su superficie un continuado centelleo.

El espíritu de la Revolución envolvía en su nube aquella cima, en donde resonaba la voz del pueblo, semejante á la de Dios mismo.

Desprendíase una majestad extraña de aquella titánica espuerta de escombros.

Era un montón de inmundicia, y era al propio tiempo el Sinaí.

Como hemos dicho antes, atacaba en nombre de la Revolución, ¿á quién? á la Revolución.

Aquella barricada, el acaso, el desorden, el azoramiento, el error, lo desconocido, tenía frente de sí á la Asamblea constituyente, á la soberanía del pueblo, el sufragio universal, la nación y la república; era la Carmañola desafiando á la marsellesa.

Desafío insensato, pero heroico; porque ese antiguo arrabal es un héroe.

El arrabal y su reducto se auxiliaban mutuamente.

El arrabal se apoyaba en el reducto, y el reducto tenía su apoyo en el arrabal.

La inmensa barricada se ostentaba como un arrecife, en el cual se estrellaba la estrategia de los grandes generales de la guerra de África.

Sus cavernas, sus excrecencias, sus verrugas, sus jorobas, gesticulaban, por así decirlo, y se mofaban bajo el humo.

La metralla se perdía en lo deforme; los obuses se sumergían y engolfaban allí; las balas no servían sino para hacer agujeros en los agujeros.

¿Á qué objeto cañonear el caos?

Y los regimientos, acostumbrados á las más espantosas visiones de la guerra, miraban con inquietos ojos aquella especie de reducto, fiera salvaje; jabalí, por lo erizado, y montaña, por lo enorme.

Á un cuarto de legua de allí, de la esquina de la calle del Temple, que desemboca en el boulevard, cerca del Château d'Eau, si se sacaba atrevidamente la cabeza fuera de la punta formada por el pórtico del almacén Dallemagne, se percibía á lo lejos, más allá del canal, en la calle que enfila las rampas de Belleville, en el punto culminante de la subida, un muro extraño que llegaba al segundo piso de las fachadas, especie de guión entre las casas de la derecha y de la izquierda, como si la calle hubiese doblado por sí misma su pared más alta para cerrarse bruscamente.

Esta pared estaba construida de adoquines, y era recta, perpendicular, nivelada con la escuadra, tirada á cordel, alineada con la plomada.

Faltábale, sin duda, la argamasa: pero, como en ciertos muros romanos, esto no alteraba su rígida arquitectura.

Adivinábase la profundidad de todo aquello viendo su elevación.

La cornisa era matemáticamente paralela á la base.

Distinguíanse á trechos sobre la plomiza superficie, troneras casi invisibles, parecidas á hilos negros, y separadas unas de otras por espacios iguales.

La calle, hasta donde alcanzaba la vista, estaba desierta, y todas las puertas y ventanas cerradas.

Surgía en el fondo aquella barrera, que transformaba la calle en callejón sin salida, la pared inmóvil y tranquila, donde no se veía á nadie, ni se oía nada, ni siquiera un grito, ni el más leve ruido, ni un soplo. Como si se tratara de un sepulcro.

El resplandeciente sol de junio inundaba con su luz aquel terrible objeto.

Era la barricada del arrabal del Temple.

Aun los más atrevidos, desde que llegaban á aquel sitio y la veían, no podían dejar de quedar pensativos ante aquella misteriosa aparición.

Era una obra bien proporcionada; las partes ajustaban y encajaban perfectamente; el todo rectilíneo, simétrico y fúnebre.

Había allí ciencia y tinieblas. Conocíase que el jefe de la barricada era un geómetra ó un espectro.

Mirábase aquello y se hablaba en voz baja.

De cuando en cuando, si alguno, soldado, oficial ó representante del pueblo, se aventuraba á atravesar la calzada solitaria, oíase un silbido agudo y débil, y el transeúnte caía herido ó muerto, ó si se libraba, veíase penetrar en algún postigo cerrado, en el hueco entre dos piedras ó en el rebozo de la pared, una bala ó un casco de metralla.

La gente de la barricada había hecho de dos trozos de tubos de bronce de los del gas, tapados en un extremo con estopa y tierra refractaria, dos cañoncitos.

No se gastaba inútilmente la pólvora; casi todos los tiros daban en el blanco.

Había acá y allá algunos cadáveres, y charcos de sangre en el arroyo de la calle.

El autor conserva el recuerdo de una mariposa blanca que volaba de un lado á otro. El estío no abdica jamás.

En los alrededores, el piso de las puertas cocheras estaba cubierto de heridos.

Conocía uno allí que era blanco de algún fusil invisible, y que toda la calle estaba bajo la puntería de las bocas de fuego.

Los soldados de la columna de ataque, agrupados detrás de la especie de joroba que forma, á la entrada del arrabal del Temple, el puente cintrado del canal, observaban, graves y pensativos, aquel lúgubre reducto, aquel objeto inmóvil, impasible, de donde salía la muerte.

Algunos se arrastraban á cuclillas hasta lo alto de la curva del puente, cuidando de que no asomasen sus chacós.

El valiente coronel Monteynard admiraba estremecido aquella barricada.

¡Qué bien construida está!—decía á un representante.—No hay una piedra que salga más que otra. Parece una porcelana.

En aquel momento una bala le rompió la cruz que llevaba sobre el pecho, y cayó.

—¡Cobardes!—gritaban otros.—Pero ¡si no se presentan! ¡Que se los vea al menos! ¡No se atreven! ¡Se esconden!

La barricada del arrabal del Temple, defendida por ochenta hombres nada más, y atacada por diez mil, resistió tres días.

Al cuarto se hizo como en Zaatcha y Constantina; se agujerearon las casas, se entró en ellas por los techos, y así pudo tomarse la barricada.

Ninguno de aquellos ochenta cobardes pensó en huir: todos fueron muertos, excepto el jefe, Barthélemy, de quien hablaremos luego.

La barricada de San Antonio era el tumulto de los truenos, la del Temple era el silencio.

Entre ambos reductos había la misma diferencia que entre lo formidable y lo siniestro.

Parecía el uno la boca de una fiera; el otro, la de un mascarón.

Admitiendo que la gigantesca y tenebrosa insurrección de junio se compusiera de una cólera y de un enigma, sentíase en la primera barricada al dragón, y detrás de la segunda la esfinge.

Aquellas dos fortalezas habían sido edificadas por dos hombres, llamados Cournet el uno, y Barthélemy el otro.

Cournet había hecho la barricada de San Antonio, y Barthélemy la barricada del Temple.

Cada una de ambas era la imagen de aquél que la había levantado.

Cournet era hombre de elevada estatura, anchas espaldas, rostro colorado, fuerza colosal, corazón atrevido, alma leal, ojo sincero y terrible. Era intrépido, enérgico, irascible, violento; el más cordial de los hombres y el más formidable de los combatientes. La guerra, la lucha y la reyerta eran su elemento y le ponían alegre. Había sido oficial de marina, y en sus gestos y voz se adivinaba que salía del Océano y que procedía de la tempestad: continuaba el huracán en la batalla.

Salvo el genio, había en Cournet algo de Dantón, así como, prescindiendo de la divinidad, había en Dantón algo de Hércules.

Barthélemy, flaco, de pobre apariencia, pálido, taciturno, era una especie de pilluelo trágico, que abofeteado por un municipal, le acechó, le aguardó y le mató, habiendo ido á presidio á los diez y siete años. Salió é hizo aquella barricada.

Algún tiempo después (¡complicación fatal!), estando en Londres proscriptos ambos, Barthélemy mató á Cournet. Fué éste un duelo fúnebre.

Más tarde, cogido en el engranaje de una de esas misteriosas aventuras en que se mezcla la pasión, catástrofe en que la justicia francesa ve circunstancias atenuantes, y la justicia inglesa sólo ve la muerte, Barthélemy fué ahorcado.

La sombría construcción social está hecha de manera que, gracias á la desnudez material y gracias á la obscuridad moral, aquel desgraciado ser que contenía una inteligencia indudablemente social, grande quizá, empezó por el presidio en Francia, y acabó por la horca en Inglaterra.

Barthélemy, cuando llegaba el caso, no enarbolaba más que una bandera: la negra.

II
Qué se ha de hacer en el abismo sino hablar

Diez y seis años se habían pasado en la subterránea educación del motín, y junio de 1848 era más sabio que junio de 1832.

La barricada de la calle de la Chanvrerie era sólo un esbozo y un embrión, comparada con las dos colosales barricadas que acabamos de delinear; mas para su época, era formidable.

Los insurrectos, bajo la inspección de Enjolrás, pues Mario no veía ya nada, habían aprovechado la noche.

La barricada había sido, no sólo reparada, sino reforzada. Había crecido dos pies más.

Algunas barras de hierro, saliendo de entre las piedras, parecían lanzas en ristre.

Escombros agregados de diferentes clases, traídos de todas partes, complicaban el armazón exterior.

El reducto había sido hábilmente rehecho por dentro como pared y por fuera como maleza.

Habíase recompuesto la gradería de adoquines que permitía subir á él como al muro de una ciudadela.

Se había dado un limpión á la barricada: la parte baja estaba libre de estorbos, la cocina del bodegón convertida en hospital, y la cura de los heridos practicada; se había recogido la pólvora esparcida por el suelo, y en las mesas fundido balas, fabricado cartuchos, aprontado hilas, distribuido las armas caídas, barrido el interior del reducto, quitado los escombros y llevado los cadáveres.

Los muertos habían sido depositados en la callejuela de Mondetour, de la que los insurrectos continuaban siendo dueños.

Por mucho tiempo siguieron las manchas rojas sobre el empedrado.

Entre los muertos había cuatro guardias nacionales de las afueras, cuyos uniformes mandó recoger Enjolrás.

Había aconsejado Enjolrás dos horas de sueño; un consejo suyo era una consigna, y sin embargo, sólo se aprovecharon de él tres ó cuatro.

Feuilly empleó aquellas dos horas en grabar esta inscripción en la pared frontera á la taberna:

¡VIVAN LOS PUEBLOS!

Estas tres palabras, grabadas en la piedra con un clavo, se leían allí en 1848 todavía.

Las tres mujeres habían aprovechado el descanso de la noche para desaparecer definitivamente; con lo cual respiraban más á sus anchas los insurrectos.

Sin duda habían hallado medio de refugiarse en alguna casa vecina.

La mayor parte de los heridos podían y querían combatir aún.

Había en la cocina, que hacía las veces de hospital, sobre una litera formada de colchones y haces de paja, cinco hombres gravemente heridos, entre ellos dos guardias municipales. Á estos últimos se les había atendido en primer lugar.

En la sala baja no quedaron más que Mabeuf, cubierto con el paño negro, y Javert atado al poste.

—Ésta es la sala de los muertos,—dijo Enjolrás.

En lo interior de esta sala, apenas alumbrada por una vela, hacia el fondo, hallándose la mesa mortuoria detrás del poste, como una barra horizontal, resultaba una especie de cruz vaga formada por Javert de pie y Mabeuf tendido.

La lanza del ómnibus, aunque rota por los disparos de la fusilería, estaba aún en disposición de sostener una bandera, y Enjolrás que poseía las cualidades propias de un jefe, ejecutando siempre lo que decía, ató á aquella asta el levitón ensangrentado y hecho jirones del viejo mártir.

No era posible comida ninguna, pues carecían de pan y carne.

Los cincuenta hombres de la barricada, en las diez y seis horas que llevaban de estar allí, habían consumido pronto las mezquinas provisiones del figón.

En un instante dado, toda barricada que resiste se convierte inevitablemente en la balsa de los náufragos de la Medusa.

Fué preciso resignarse á tener hambre.

Eran las primeras horas del 6 de junio, de aquel día espartano, en que Jeanne, en la barricada de San Merry, rodeado de insurrectos que le pedían pan, cuando todos aquellos combatientes decían: ¡Á comer!, respondió:

—¿Para qué? Si son ya las tres, y á las cuatro todos habremos muerto.

Como no había que comer, Enjolrás prohibió que se bebiera.

Privóles del vino, y puso tasa al aguardiente.

Habíanse encontrado en la cueva quince botellas llenas, herméticamente tapadas.

Enjolrás y Combeferre las examinaron.

El último dijo mientras subía:

—Esto pertenece al antiguo almacén del tío Hucheloup, que empezó por tener tienda de comestibles.

—Debe ser verdadero vino,—observó Bossuet.—Es una fortuna que Grantaire duerma; pues de que no, peligrarían esas botellas.

Enjolrás, á pesar de los murmullos, puso su veto á las quince botellas; y para que nadie las tocara y se las considerase como sagradas, las mandó colocar debajo de la mesa donde yacía Mabeuf.

Á eso de las dos de la madrugada se contaron los combatientes; aún quedaban treinta y siete.

El día empezaba á despuntar, y apagaron la antorcha que se había vuelto á colocar en su alvéolo de adoquines.

El interior de la barricada, especie de patio usurpado á la calle, estaba anegado en tinieblas, y se asemejaba, á través del vago horror crepuscular, al puente de un navío desamparado.

Los combatientes, yendo y viniendo, se movían allí como formas negras.

Por encima de aquel aterrador nido de sombra, se bosquejaban lívidamente los pisos de las casas mudas, y en la parte superior se veía blanquear las chimeneas.

El cielo ofrecía aquel su hermoso é indeciso matiz entre blanco y azul.

Los pájaros volaban, cantando alegremente.

La casa alta que formaba el fondo de la barricada, mirando hacia Levante, ostentaba en su techo un reflejo de color de rosa.

En el ventanillo del tercer piso, el aire de la mañana agitaba los blancos cabellos de la cabeza del hombre muerto.

—Me alegro de que hayan apagado la antorcha,—decía Courfeyrac á Feuilly.—Dábame grima verla doblarse á impulso del viento; parecía tener miedo. La luz de las antorchas es como la prudencia de los cobardes; alumbra mal porque tiembla.

El alba despierta los ánimos, como despierta á los pájaros; todos hablaban.

Joly, al ver á un gato andando sobre la canal de un tejado, prorrumpió en este arranque filosófico:

—¿Qué es el gato? Es un correctivo. Después de haber hecho Dios el ratón,—exclamó:—«¡Vaya! He hecho una tontería». É hizo inmediatamente al gato. El gato es la fe de erratas del ratón. El ratón y el gato, son la prueba revisada y corregida de la creación.

Combeferre, rodeado de estudiantes y de obreros, hablaba de los muertos, de Juan Provaire, de Bahorel, de Mabeuf, y hasta de Cabuc y de la tristeza severa de Enjolrás, y decía:

—Armodio y Aristógiton, Bruto, Chereas, Estéfano, Cromwell, Carlota Corday, Sand, todos han sentido, después del golpe, su momento de angustia. Nuestro corazón es tan propenso á estremecerse, y la vida humana es un misterio tan grande, que, aun en el caso de un homicidio cívico, de un homicidio libertador, si los hay, el remordimiento de haber herido á un hombre excede á la alegría de haber servido al género humano.

Y un instante después, como acontece de ordinario en el laberinto de la palabra, por una transición á que dieron lugar los versos de Juan Provaire, Combeferre se puso á comparar entre sí á los traductores de las Geórgicas, á Raux con Cournand, á Cournand con Délille, indicando los pasajes traducidos por Malfilatre, sobre todo los prodigios de la muerte de César.

El nombre de César le condujo naturalmente á hablar de Bruto.

—César,—decía Combeferre,—mereció caer. Cicerón trató con severidad á César, y tenía razón para ello. Aquella severidad suya no es en modo alguno la diatriba. Zoilo insultando á Homero, Mevio insultando á Virgilio, Visé insultando á Molière, Pope insultando á Shakespeare, Frerón insultando á Voltaire, es el cumplimiento de una antigua ley de envidia y de odio; el genio atrae la injuria; los grandes hombres son siempre más ó menos zaheridos.

«Pero Zoilo y Cicerón son dos: Cicerón es el justiciero del pensamiento, como es Bruto el justiciero de la espada.

«Por mi parte, vitupero esta última justicia, la espada; pero la antigüedad la admitía.

«César, violador del Rubicón, confiriendo, como procedentes de él, las dignidades que procedían del pueblo, no levantándose á la entrada del Senado, hacía, como dice Eutropio, cosas de rey y casi de tirano; regia ac pene tyrannica.

«Era un grande hombre; tanto peor, ó tanto mejor; pues así la lección es más alta. Sus veintitrés heridas me afectan menos que la saliva escupida á la frente de Jesucristo. César es acuchillado por senadores; Cristo es abofeteado por lacayos. Á mayor ultraje, mayor sentimiento de Dios.

Bossuet, dominando desde la cima de un montón de adoquines toda aquella charla, gritaba, carabina en mano:

—¡Oh Cydathenaeum! ¡Oh Myrrhinus! ¡Oh Probalintho! ¡Oh Gracias de la Æántide! ¡Oh, quién me diera el pronunciar los versos de Homero como un griego de Laurio ó de Edapteón!».

III
Luz y sombra

Enjolrás había ido á hacer un reconocimiento, saliendo por la callejuela de Mondetour, y serpenteando á lo largo de las casas.

Los insurrectos, debemos decirlo, estaban llenos de esperanza.

La manera como habían rechazado el ataque de la noche, les inducía casi á despreciar anticipadamente el ataque de la mañana. Aguardábanle sonriendo, y creían en el triunfo tanto como en la causa que sustentaban.

Por otra parte iba á llegarles evidentemente un socorro, y contaban con él.

Arrastrados por esa facilidad de profecía victoriosa, que es una de las fuerzas del francés combatiendo, dividían en tres fases seguras el día próximo á alumbrar: á las seis de la mañana pronunciamiento de un regimiento que estaba ya trabajado; á las doce, insurrección de todo París; á la puesta del sol, la Revolución.

Oíase la campana de San Merry, que no había cesado un solo minuto de tocar á rebato desde la víspera, lo cual probaba que la otra barricada, la grande, la de Jeanne, seguía resistiendo.

Todas estas esperanzas se comunicaban de uno á otro grupo con una especie de cuchicheo alegre é imponente á la vez, que parecía el zumbido belicoso de una colmena.

Enjolrás apareció de nuevo. Volvía de su sombrío paseo de águila en la obscuridad exterior. Escuchó un instante todo aquel regocijo con los brazos cruzados y la mano en la boca.

Después, fresco y sonrosado, en medio de la blancura matinal creciente, díjoles:

—Todo el ejército de París está sobre las armas. La tercera parte de esa tropa pesa sobre la barricada que defendéis, y además la Guardia nacional. He distinguido los chacós del quinto de línea, y los banderines de la legión sexta. Dentro de una hora seremos atacados. En cuanto al pueblo, ha mostrado ayer efervescencia, pero hoy ya no se mueve. No hay nada que esperar; ni un arrabal, ni un regimiento. Estamos abandonados.

Estas palabras cayeron sobre los bulliciosos grupos, produciendo el efecto de la primera gota de la tempestad sobre un enjambre. Todos quedaron mudos y como anonadados.

Hubo un momento de inexplicable silencio, en que se hubiera oído volar á la muerte.

Este momento fué breve.

Una voz, que salió del fondo de los grupos, gritó á Enjolrás:

—Está bien. Elevemos la barricada á veinte pies de altura, y muramos aquí todos. Ciudadanos, hagamos la protesta de los cadáveres. Mostremos que, si el pueblo abandona á los republicanos, los republicanos no abandonamos al pueblo.

Esas palabras expresaban, en medio de la nube penosa de ansiedades individuales, el pensamiento de todos, y así fueron acogidas de uno á otro extremo de la barricada con aclamación entusiasta.

Nunca ha llegado á saberse el nombre del individuo que habló así; alguno quizá de éstos que visten blusa, ignorado, desconocido, olvidado; un héroe del momento, ese grande anónimo que se mezcla siempre en las crisis humanas y en los génesis sociales, y que en un instante dado pronuncia con tono sublime la palabra decisiva, desvaneciéndose en las tinieblas, después de representar por un instante la luz del relámpago, al pueblo y á Dios.

Esa resolución inexorable estaba de tal manera en el ambiente del 6 de junio de 1832, que casi á la misma hora, en la barricada de San Merry, los insurrectos lanzaban este clamor, conservado por la historia y consignado en el proceso que se formó luego:

—Désenos ó no se nos dé auxilio, ¡qué importa! Hagámonos matar desde el primero al último.

Como se ve, las dos barricadas, aunque materialmente aisladas, se comunicaban.

IV
Cinco de menos y uno más

Después que hubo hablado el desconocido que derrotó «la protesta de los cadáveres», dando la fórmula del sentimiento común, salió de todas las bocas un grito terrible de extraña satisfacción; fúnebre por el sentido y triunfal por el acento.

—¡Viva la muerte! Nadie salga de aquí.

—¿Por qué todos?—dijo Enjolrás.

—¡Todos! ¡Todos!

Enjolrás repuso:

La posición es buena, la barricada es fuerte. Si bastan treinta hombres ¿á qué sacrificar cuarenta?

Ellos replicaron:

—Porque ninguno querrá marcharse.

—Ciudadanos,—exclamó Enjolrás con cierta vibración casi irritada de su acento,—la república no es tan rica en hombres que pueda hacer inútiles dispendios. La vanagloria es un despilfarro. Sí, para algunos, resulta el deber de marcharse, hay que cumplirlo como otro deber cualquiera.

Enjolrás, el hombre principio, tenía sobre sus correligionarios la singular omnipotencia que se desprende de lo absoluto; y sin embargo, por grande que fuera su poderío, empezaron á oírse murmullos.

Enjolrás, jefe hasta la punta de los dedos, viendo que había quien murmuraba, insistió, y repuso con altivez:

—Que los que teman no ser treinta, lo digan desde luego.

Redobláronse los murmullos.

—Además,—observó una voz de entre el grupo,—marcharse es cosa muy fácil de decir. La barricada está cercada por todas partes.

—Menos por la del Mercado,—dijo Enjolrás.—La calle Mondetour está libre, y siguiendo la de Predicadores se puede llegar á la plazuela de los Inocentes.

—Y allí,—añadió otra voz del grupo,—no habrá medio de escapar. Se tropezará con alguna patrulla de tropa de línea ó de las afueras, que al ver á un hombre de blusa y gorra le preguntará: ¿De dónde vienes? ¿De la barricada quizá? Y examinando las manos del fugitivo, y viendo que huelen á pólvora, le fusilarán.

Enjolrás, sin responder, tocó á Combeferre en el hombro, y ambos entraron en la sala baja.

Después de un momento salieron. Enjolrás traía en sus dos manos los cuatro uniformes que había mandado reservar, y Combeferre le seguía con las fornituras y chacós.

—Vistiendo este uniforme,—dijo Enjolrás,—es fácil mezclarse en las filas y huir. Hay aquí para cuatro.

Y arrojó en el suelo desempedrado los cuatro uniformes.

Nadie se movió en aquel estoico auditorio.

Combeferre tomó la palabra:

—Vamos,—dijo,—es preciso tener un poco de lástima. ¿Sabéis de qué se trata? Pues se trata de las pobres mujeres. Vamos á ver. ¿Hay esposas? ¿sí ó no? ¿Hay hijos? ¿sí ó no? ¿Hay ó no hay madres que mecen las cunas con sus pies, y que tienen alrededor de sí un ato de chiquillos? Aquél de entre vosotros que no haya visto jamás el seno de una madre criando que alce el dedo.

«¡Ah! ¿Queréis morir? También yo, yo que os estoy hablando, pero no quiero ver junto á mí espectros de mujeres retorciendo los brazos de desesperación. Morid, si así lo deseáis, pero no ocasionéis la muerte. Los suicidios, como el que va á verificarse aquí, son sublimes; pero el suicidio debe reducirse á los más estrechos límites; y en cuanto se extienda á vuestros parientes toma el nombre de asesinato. Acordaos de las cabecitas rubias; pensad en los cabellos blancos.

«Ahora bien, oídme. Enjolrás, hace un instante, según me ha dicho, ha visto en la esquina de la calle del Cisne una pobre ventana de un quinto piso, con luz, y al través de los vidrios la vacilante sombra de una cabeza de anciana, que tenía trazas de haber pasado la noche aguardando. Quizá sea la madre de alguno de vosotros. Pues bien, ése que se marche, que se dé prisa á ir en busca de su madre, y decirle: «¡Madre, aquí estoy!», y que vaya tranquilo, pues no dejaremos por eso de cumplir nuestro deber.

«Cuando se sostiene á los parientes con el trabajo de los brazos, no hay derecho á sacrificarse, porque equivale á desertar de la familia.

«Pero, ¡y los que tienen hijas, los que tienen hermanas! ¿Habéis pensado en ello bien? Desafiar la muerte, morir; en buen hora. ¿Y mañana? Ahí quedan esas muchachas sin pan... ¡Porvenir terrible! El hombre mendiga; la mujer se vende.

«¡Ah! Esos bellísimos seres tan llenos de gracia y dulzura, que se adornan la cabeza con flores, que llenan la morada de castidades, que cantan, que charlan, que son como un perfume viviente, que prueban la existencia de los ángeles en el cielo con la pureza de las vírgenes en la tierra; esa María, esa Luisita, esa Lola, adorables y honestas criaturas, que son vuestra bendición y vuestro orgullo... ¡Pobrecitas! ¿Van á tener hambre!

«¡Qué! ¿Queréis que os lo diga? Hay un mercado de carne humana; y no serán vuestras sombras, con sus manos trémulas alrededor de ellas, las que las guarden de entrar en él. Pensad en la calle; pensad en las aceras llenas de transeúntes; pensad en las tiendas, por delante de las cuales pasan y vuelven á pasar mujeres descotadas y sumidas en el fango. También esas mujeres han sido puras. Aquéllos de vosotros que tengan hermanas deben pensar en ello.

«La miseria, la prostitución, los agentes municipales, la cárcel de San Lázaro, tales son los abismos que se abren ante esas delicadas y bellas muchachas frágiles maravillas del pudor, del donaire y de la belleza, más frescas que las lilas de mayo. ¡Ah! ¡Morir vosotros! ¡No estar ya á su lado! Perfectamente; habréis querido librar al pueblo de los reyes, entregando vuestras hijas á la policía.

«Amigos, tened, cuando menos, compasión. ¡Se piensa de ordinario tan poco en las mujeres, en las infelices mujeres! Se fía en que no han recibido la educación de los hombres; se les impide leer, pensar, ocuparse en política... Pero ¿se les impedirá que vayan esta tarde al depósito de la Morgue, y reconozcan allí vuestros cadáveres?

«¡Ea! Es preciso que los que tengan familia se hagan el cargo de su deber como buenos, que nos den un apretón de manos y se marchen, dejándonos aquí solos con nuestra faena. Comprendo que se necesita valor para marcharse, que es difícil; pero cuanto mayor es la dificultad, mayor resulta el mérito.

«Dícese: «Tengo un fusil, estoy en la barricada, y me quedo». Estas cosas se dicen fácilmente; pero, amigos míos, hay un mañana, y ese mañana no amanecerá para vosotros, y sí para vuestras familias. Y ¡cuántos sufrimientos!

«¿Sabéis lo que es de un lindo niño, sano, fresco y colorado como una manzana, que picotea, retoza, ríe y exhala dulcísimo frescor al darle un beso, en cuanto se le abandona?

«He visto uno que apenas levantaba tres palmos del suelo. Su padre había muerto, y unas pobres gentes le habían recogido por caridad. Pero es el caso que no tenían pan para sí, y el niño estaba siempre hambriento. Era en invierno. No lloraba.

«Veíasele arrimado á la estufa donde jamás había lumbre, y cuyo tubo, como sabéis, se ajusta con tierra amarilla. El pobre niño arrancaba con sus deditos un poco de esa tierra, y se la comía.

«Tenía la respiración ronca, la cara lívida, las piernas flojas, el vientre abultado. No decía nada. Si le hablaban, no respondía.

«Murió. Le llevaron á morir al hospicio de Necker. Estando yo allí de practicante le vi.

«Ahora, si hay entre vosotros algún padre de los que tienen á dicha ir á pasear el domingo, llevando de su robusta mano la manita de su tierno hijo, vea en aquel niño el suyo.

«¡Pobrecillo! Me parece verle todavía desnudo sobre la mesa de disecciones, con las costillas asomándole bajo la piel, como las fosas bajo la yerba de un cementerio. Se le encontró una cosa parecida á lodo en el estómago, y ceniza en los dientes.

«¡Vamos! Probemos á consultar nuestra conciencia y nuestro corazón. La estadística demuestra que la mortalidad de los niños abandonados es de cincuenta y cinco por ciento. Lo repito; aquí se trata de las esposas, de las madres, de las hijas, de los niños. Nadie habla de nuestras propias personas.

«Harto se sabe lo que valéis todos; harto se sabe que sois todos unos valientes; ¡pardiez! que os alegráis y envanecéis de dar la vida por la santa causa, que os creéis elegidos para morir útil y dignamente, y que todos queréis participar del triunfo. Enhorabuena. Pero no estáis solos en el mundo. Hay otras personas en quienes es preciso pensar, y no debemos ser egoístas».

Todos bajaron la cabeza con aire sombrío.

¡Extrañas contradicciones del corazón humano en sus momentos más sublimes! Combeferre, que hablaba así, no era huérfano. Acordábase de las madres de los otros y olvidaba la suya. Iba á morir; era «egoísta».

Mario, en ayunas, calenturiento, sucesivamente burlado en todas sus esperanzas, embarrancado en el dolor, el más sombrío de todos los náufragos, saturado de emociones violentas, y sintiendo aproximarse el fin, estaba cada vez más sumido en ese visionario estupor que precede siempre á la hora fatal, voluntariamente aceptada.

Un fisiólogo hubiera podido estudiar en él los síntomas crecientes de esa absorción febril, conocida y clasificada por la ciencia, y que es respecto del sufrimiento lo que la voluptuosidad respecto del placer.

También la desesperación tiene sus éxtasis, y éste era el éxtasis de Mario.

Asistía á todo lo que allí pasaba, como si lo contemplase desde afuera.

Conforme hemos dicho antes, las cosas que sucedían á su vista se le figuraban lejanas; aunque distinguía el conjunto, no percibía los pormenores.

Veía á los que iban y venían al través de un inmenso resplandor. Las voces llegaban á él como si saliesen del fondo de un abismo.

Pero, sin embargo, eso le conmovió.

Había en aquella escena algo que penetró hasta él, y le despertó.

Su única idea era la de morir, y no quería distraerse de ella un solo instante; pero comprendió en su sonambulismo fúnebre, que por el mero hecho de perderse, no le estaba vedado salvar á alguien.

Levantó la voz:

—Enjolrás y Combeferre tienen razón,—dijo;—nada de sacrificios inútiles. Opino como ellos, y hay que darse prisa. Lo que Combeferre ha dicho no admite réplica. Entre vosotros se encuentran algunos que tienen familia, madres, hermanas, esposas, hijas. Salgan ésos de las filas.

Nadie se movió.

—¡Salgan de las filas los hombres casados, y los que son el sostén de sus familias!—repitió Mario.

Su autoridad era grande; pues si bien se consideraba á Enjolrás como jefe de la barricada, mirábase á Mario como su salvador.

—Lo mando,—exclamó Enjolrás.

—Os lo ruego,—dijo Mario.

Entonces, conmovidos por el discurso de Combeferre, por la orden de Enjolrás, y por la súplica de Mario, aquellos hombres heroicos empezaron á denunciarse unos á otros.

—Cierto,—decía un joven á un hombre ya formado; tú eres padre de familia. Márchate.

Á ti es á quien te toca irse,—respondía el hombre,—pues mantienes á tus dos hermanas.

Y empeñóse una lucha inaudita, no queriendo ninguno dejarse de poner á la puerta del sepulcro.

—Despachemos,—dijo Combeferre;—dentro de un cuarto de hora ya será tarde.

—Ciudadanos,—prosiguió Enjolrás,—reina aquí la república, y el sufragio universal con ella. Designad vosotros mismos quiénes deben irse.

Obedecieron.

Á los pocos minutos fueron designados cinco por unanimidad, y salieron de las filas.

—¡Son cinco!—exclamó Mario.

No había más que cuatro uniformes.

—Bueno,—dijeron los cinco.—Es preciso que se quede uno.

Y empezó de nuevo la generosa querella, buscando cada cual razones para no marcharse, y para convencer á los otros de que debían hacerlo.

—Tú tienes una mujer que te ama.

—Tú tienes á tu madre anciana.

—Tú no tienes padre ni madre; ¿qué va á ser de tus hermanitos?

—Tú eres padre de cinco hijos.

—Tú tienes derecho á vivir, pues sólo cuentas diez y siete años. Sería morir demasiado pronto.

Esas grandes barricadas revolucionarias eran centros de heroísmo. Lo inverosímil parecía allí sencillo, y aquellos hombres no se admiraban unos de otros.

—Despachemos,—repitió Courfeyrac.

Desde los grupos gritaron á Mario:

—Designad vos el que deba quedarse.

—Sí,—dijeron los cinco;—elegid y os obedeceremos.

Mario no se creía ya capaz de emociones, y sin embargo, á la idea de elegir un hombre para la muerte, toda su sangre refluyó hacia el corazón. Se hubiera puesto pálido, si le hubiese sido posible aún palidecer.

Dirigióse á los cinco, que le aguardaban con la sonrisa en los labios, cada uno de los cuales, brillando en sus ojos esa gran llama que se ve en el fondo de la historia sobre las Termópilas, le gritaba:

—¡Yo! ¡yo! ¡yo!

Y Mario los contó como un estúpido. No había remedio; ¡eran cinco! Luego fijó la vista en los cuatro uniformes.

En aquel instante el quinto uniforme cayó, como llovido del cielo, sobre los otros cuatro. El quinto hombre se había salvado.

Mario alzó los ojos y reconoció al señor Fauchelvent.

Juan Valjean acababa de entrar en la barricada.

Sea en virtud de indicaciones recibidas, sea por instinto, sea por casualidad, llegaba por la callejuela de Mondetour. Gracias á su uniforme de guardia nacional, nadie le había puesto el menor obstáculo.

El centinela, colocado por los insurrectos en la calle de Mondetour, no creyó dar la señal de alarma tratándose de un guardia nacional solo. Dejó que se internara en la calle, diciéndose: «será probablemente un refuerzo, y cuando no, un prisionero».

El momento era demasiado grave para que el centinela pudiera distraerse de su deber y dejar su puesto de observación.

Al entrar Valjean en el reducto, nadie le echó de ver, estando todos los ojos fijos en los cinco individuos elegidos y en los cuatro uniformes.

Juan Valjean lo había visto y oído todo; y despojándose silenciosamente de su uniforme, lo arrojó, como dejamos dicho, en el montón de los cuatro.

La emoción fué indescriptible.

—¿Quién es ese hombre?—preguntó Bossuet.

—Un hombre que salva á los demás,—contestó Combeferre.

Mario añadió con voz grave:

—Le conozco.

Esta afirmación satisfacía á todos.

Enjolrás se volvió á Juan Valjean, diciéndole:

—Bienvenido, ciudadano.

Y añadió:

—Ya sabéis que aquí se va á morir.

Juan Valjean, sin decir una palabra, ayudó al insurrecto, á quien acababa de salvar, á vestir su uniforme.

V
¡El horizonte que se descubre desde lo alto de la barricada!

La situación de todos en aquella hora fatal y en aquel lugar inexorable, tenía por resultado extremo la suprema melancolía de Enjolrás.

Enjolrás abarcaba dentro de sí la plenitud de la revolución, y no obstante, era tan incompleto como pueda serlo lo absoluto. Tenía demasiado de Saint Just, y no lo bastante de Anacarsis Clootz.

Su espíritu, sin embargo, en la sociedad de los amigos del A B C, había acabado por someterse á la influencia magnética de las ideas de Combeferre. Hacía algún tiempo que, saliendo poco á poco del estrecho molde del dogma, cedía al empuje del progreso, llegando á aceptar, como evolución definitiva y magnífica, la trasformación de la gran república francesa en la inmensa república humana.

En cuanto á los medios inmediatos, dada una situación violenta, queríalos también violentos; en esta parte no había variado, y permanecía fiel á la escuela épica y formidable, que se resume en este número: Noventa y tres.

Enjolrás estaba de pie sobre la gradería de adoquines, con un codo apoyado en el cañón de su carabina.

Meditaba, y de vez en cuando se estremecía, como si sintiese pasar un hálito misterioso... En los lugares que visita la muerte, suelen notarse esos efectos de las antiguas trípodes.

De sus pupilas, que reflejaban la mirada interior, salían como llamas comprimidas.

De repente levantó la cabeza; sus cabellos rubios como el oro cayeron hacia atrás, como los del ángel sobre el sombrío carro de estrellas, semejantes á la melena de un león erizada en forma de resplandeciente aureola. Entonces Enjolrás habló así:

—Ciudadanos, imaginaos el porvenir. ¡Las calles de las ciudades inundadas de luz, ramas verdes en los umbrales, las naciones hermanas, los hombres justos, los viejos bendiciendo á los niños, el pasado amando lo presente, los pensadores en libertad completa, los creyentes iguales entre sí, por religión el cielo, Dios, sacerdote directo, la conciencia humana convertida en altar, extinguido el odio; el taller y la escuela fraternizando, por penalidad y por recompensa la notoriedad; para todos el trabajo, para todos el derecho, la paz para todos, sin más derramamientos de sangre, sin más guerras, y las madres dichosas!

«El primer paso es sojuzgar la materia; el segundo realizar el ideal.

«Reflexionad en lo que ha hecho ya el progreso hasta nuestros días.

«En otros tiempos las primeras razas humanas veían aterrorizadas pasar ante sus ojos la hidra que soplaba sobre las aguas, el dragón que vomitaba fuego, el grifo que era el monstruo del aire, y que volaba con alas de águila y garras de tigre; espantosas fieras que resultaban superiores al hombre.

«Sin embargo, el hombre ha tendido sus redes, las sagradas redes de la inteligencia, y ha acabado por coger en ellas á los monstruos.

«Hemos domado á la hidra, y ahora se le llama buque de vapor; hemos domado al dragón, y ahora se le llama locomotora; estamos á punto de domar el grifo, le tenemos ya cogido, y se llama ya globo.

«El día en que esta obra de Prometeo termine, unciendo el hombre definitivamente al carro de su voluntad, la triple Quimera antigua, la hidra, el dragón y el grifo, ese día será dueño del agua, del fuego y del aire, y vendrá á ser para el resto de la creación animada, lo que para él eran en otro tiempo los antiguos dioses.

«¡Valor, y adelante! ¿Adónde vamos, ciudadanos? Á la ciencia convertida en gobierno, á la fuerza de las cosas erigida en única fuerza pública, á la ley natural con su sanción y su penalidad en sí misma y promulgada por la evidencia, á una alborada de verdad que corresponda al albor del día.

«Caminamos á la unión de los pueblos; caminamos á la unidad del hombre.

«No más ficciones, no más parásitos. Lo real gobernado por lo verdadero; éste es el fin.

«La civilización celebrará sus asambleas en las alturas de Europa, y luego en el centro de los continentes, en un gran Parlamento de la inteligencia.

«Hase visto ya algo parecido á esto. Los anfictiones tenían dos juntas al año; una en Delfos, mansión de los dioses, y otra en las Termópilas, mansión de los héroes.

«Europa tendrá sus anfictiones, y el globo los tendrá también á su vez.

«Francia lleva dentro de su seno ese porvenir sublime. En ella está la gestación del siglo XIX. Lo que bosquejó Grecia, merece ser terminado por Francia.

«Oye, tú, Feuilly, valiente obrero, hombre del pueblo, hombre de los pueblos. Yo te venero. Sí, tú ves con claridad las futuras edades; sí, tienes razón.

«Carecías de padre y madre, Feuilly, y has adoptado por madre la humanidad y por padre el derecho. Vas á morir aquí; esto es, á triunfar.

«¡Ciudadanos! Suceda hoy lo que quiera, venzamos ó seamos vencidos, vamos á producir una revolución. Así como los incendios iluminan toda una ciudad, las revoluciones iluminan todo el género humano.

«¿Y qué revolución produciremos? Acabo de decirlo: la revolución de lo Verdadero.

«Bajo el punto de vista político, no hay más que un principio: la soberanía del hombre sobre sí mismo. Esta soberanía del yo sobre el yo se llama Libertad.

«Desde el punto en que dos ó más de estas soberanías se asocian, comienza el Estado. Pero en esta asociación no hay abdicación ninguna.

«Cada soberanía cede cierta parte de sí misma para formar el derecho común; parte que es igual para todos. Y esta identidad de concesiones hechas por los individuos en beneficio de la humanidad se llama Fraternidad.

«El punto de intersección de todas estas soberanías que se agregan, es lo que recibe el nombre de Sociedad. Siendo esta intersección una unión, el punto en que se verifica es un nudo. De ahí lo que se llama vínculo social.

«Algunos dicen contrato social, y viene á ser lo mismo, por cuanto la palabra contrato se forma etimológicamente con la idea de vínculo.

«Entendámonos acerca de la igualdad; puesto que si la libertad es la cima, la igualdad es la base.

«La igualdad, ciudadanos, no significa toda la vegetación á nivel; una sociedad de matas grandes y de robles pequeños; un vecindario de envidiosos mordiéndose entre sí; civilmente, la igualdad significa el camino abierto á todas las aptitudes; políticamente, los votos de todos teniendo un mismo peso; religiosamente, todas las conciencias poseyendo igual derecho.

«La igualdad tiene un órgano, y este órgano es la instrucción gratuita y obligatoria. El derecho al alfabeto: por ahí es por donde se debe empezar.

«La escuela primaria impuesta á todos; la escuela secundaria ofrecida á todos: tal es la ley.

«De la escuela idéntica sale la sociedad igual.

«¡Sí, enseñanza! ¡Luz! ¡Luz! De la luz emana todo, y todo vuelve á ella.

«Ciudadanos, el siglo XIX es grande; pero el siglo XX será dichoso.

«Entonces no habrá nada que se parezca á la antigua historia; no habrá que temer, como hoy, una conquista, una invasión, una usurpación, una rivalidad de naciones á mano armada, una interrupción de civilización por el casamiento de algún rey; no habrá que temer un nacimiento de las tiranías hereditarias, un reparto de pueblos acordado en congresos, desmembraciones por hundimientos de dinastías, combates de religiones al encontrarse frente á frente, como los machos cabríos, en la sombra, sobre el puente de lo infinito; no habrá que temer el hambre, la explotación, la prostitución por la miseria, la miseria por falta de trabajo, y el cadalso y la cuchilla, y las batallas y todos esos latrocinios del acaso en la obscura selva de los acontecimientos.

«Casi pudiera decir, que no habrá ya acontecimientos, porque en la marcha natural del progreso no hay sacudidas ni accidentes.

«Todos serán felices.

«El género humano cumplirá su ley, como el globo terrestre cumple la suya; la armonía entre el alma y el astro se restablecerá; el alma gravitará en torno de la verdad, como el astro en torno de la luz.

«Amigos, la hora en que estamos y en que os hablo es una hora sombría: pero tales son las terribles condiciones de la conquista del porvenir.

«Una revolución es un peaje.

«¡Oh! El género humano será libertado, sacado de su postración, consolado. Lo afirmamos desde esta barricada.

«¿De dónde ha de salir el grito de amor, sino del altar del sacrificio?

«¡Oh, hermanos míos! Aquí está el lazo de unión entre los que piensan y los que sufren; esta barricada no está hecha ni de adoquines, ni de maderos, ni de hierro viejo; está hecha de dos hacinamientos, uno de ideas, otro de dolores.

«La miseria se encuentra en ella con lo ideal.

«En ella, el día abrazado á la noche, le dice: Voy á morir contigo, y tú conmigo vas á renacer.

«Del estrecho abrazo de todas las aflicciones brota la fe. Los padecimientos traen aquí su agonía, y las ideas su inmortalidad.

«Esta agonía y esta inmortalidad van á mezclarse y á componer nuestra muerte.

«Hermanos, el que muere aquí, muere en la irradiación del porvenir, y nosotros bajamos á una tumba completamente iluminada por la aurora».

Enjolrás se detuvo; era ello más bien una interrupción que el fin de su discurso.

Sus labios seguían moviéndose en silencio, como si continuase hablando consigo mismo; y sus compañeros, atentos y ansiosos de recoger aquellas palabras, no apartaban la vista de él.

No hubo aplausos, pero se cuchicheó durante un buen rato.

La palabra es un soplo; los estremecimientos de la inteligencia se parecen al estremecimiento de las hojas.

VI
Mario rudo y Javert lacónico

Digamos lo que pasaba en la imaginación de Mario.

Recuérdese el estado de su alma.

Como hemos vuelto á indicar, para él ahora todo se había reducido á una visión. Sus ideas eran confusas.

Mario, repitámoslo, se hallaba bajo las sombras de las grandes alas de lo tenebroso, abiertas sobre los agonizantes. Sentía que había penetrado en él el sepulcro, y parecíale que estaba al otro lado de la barrera, no viendo ya las caras de los vivos sino por los ojos de un muerto.

¿Cómo y por qué se encontraba allí el señor Fauchelvent? ¿Qué iba á hacer á la barricada? Mario no trató de averiguar nada de esto; pues siendo propio de nuestra desesperación extenderse á cuanto nos rodea, encontraba lógico que todos fuesen á morir en aquel sitio.

Pensó, sin embargo, en Cosette, con indecible angustia.

Por lo demás, el señor Fauchelvent no le habló, ni le miró siquiera, y hasta pareció no haber oído cuando Mario, levantando la voz, dijo: «Le conozco».

Esta actitud del señor Fauchelvent aliviaba á Mario de un gran peso, y aun diríamos que le agradaba, si tratándose de tales impresiones, pudiera emplearse semejante palabra.

Habíase sentido siempre incapaz de hablar á aquel hombre enigmático, que era para él á la vez equívoco é imponente.

Además, hacía mucho tiempo que no le había visto, lo cual, unido al carácter tímido y reservado de Mario, aumentaba más aún la imposibilidad.

Los cinco hombres designados salieron de la barricada por la callejuela de Mondetour; parecían verdaderos guardias nacionales.

Uno de ellos se fué llorando. Antes de partir, dieron un abrazo á los que se quedaban.

Cuando aquellos cinco hombres, devueltos á la vida, se marcharon, Enjolrás pensó en el sentenciado á muerte, y entró en la sala baja.

Javert, atado al poste, meditaba.

—¿Necesitas algo?—le preguntó Enjolrás.

Javert contestó:

—¿Cuándo me mataréis?

—Aguarda. En este momento necesitamos todos nuestros cartuchos.

—Entonces, dadme de beber,—dijo Javert.

Enjolrás le presentó él mismo un vaso de agua, y como Javert estaba atado, le ayudó á beber.

—¿Quieres algo más?—preguntó de nuevo Enjolrás.

—Estoy mal en este poste,—respondió Javert.—Habéis tenido alma para dejarme pasar así la noche. Atadme como queráis, pero bien podíais echarme sobre una mesa como al otro.

Y con un movimiento de cabeza indicaba el cadáver del señor Mabeuf.

Recordará el lector que en el fondo de la sala había una mesa grande, donde se habían fundido balas y hecho cartuchos; empleada, pues, toda la pólvora, y hechos todos los cartuchos, aquella mesa quedaba libre.

Por orden de Enjolrás, cuatro insurrectos desataron á Javert del poste, mientras un quinto hombre apoyaba en su pecho una bayoneta.

Dejáronle las manos atadas detrás, sujetáronle los pies con una cuerda delgada, pero fuerte, de modo que pudiera dar pasos de quince pulgadas, como se hace con los que van á subir al patíbulo, y se le condujo hasta la mesa del fondo, tendiéndole allí, y atándole perfectamente por la mitad del cuerpo.

Para mayor seguridad, y por medio de una cuerda fijada al cuello, se añadió el sistema de ligaduras, que le ponían en la imposibilidad de evadirse, esa especie de lazo, llamado en las cárceles gamarra, que partiendo de la nuca se bifurca en el estómago, y llega á las manos después de haber pasado por entre las piernas.

Mientras sujetaban á Javert, un hombre, en el umbral de la puerta, le estaba contemplando con atención singular.

La sombra que producía aquel hombre hizo volver la cabeza á Javert. Alzó los ojos y reconoció á Juan Valjean. Sin el menor estremecimiento volvió á bajarlos de nuevo con cierta altivez, limitándose á decir:

—¡No tiene nada de particular!

VII
La situación se agrava

El día adelantaba rápidamente, pero las ventanas y las puertas permanecían cerradas. Era la aurora, no el despertar.

El extremo de la calle Chanvrerie, opuesto á la barricada, había sido evacuado por las tropas, como hemos dicho; parecía pues estar libre, dando paso al transeúnte con una tranquilidad siniestra.

La calle de San Dionisio estaba muda como el paseo de las esfinges en Tebas. Ni un solo ser viviente se veía en las encrucijadas que blanqueaba un reflejo de sol.

Nada hay tan lúgubre como esa claridad de las calles desiertas.

Aunque no se veía á nadie, en cambio se oía.

Notábase á cierta distancia un movimiento misterioso.

Era evidente que el instante crítico iba á llegar.

Como la víspera por la noche, los centinelas se replegaron, pero esta vez no quedó ninguno.

La barricada estaba más fuerte que en el primer ataque, y desde la partida de los cinco se la había elevado más aún.

Enjolrás, avisado por el vigía á quien tocó observar la parte del Mercado, temeroso de ser sorprendido por ella, adoptó una resolución grave. Mandó hacer una barricada en la pequeña bocacalle de la de Mondetour, que había permanecido libre hasta entonces.

Para eso fué preciso arrancar algunas hiladas más de adoquines.

De este modo la barricada, tapiando tres calles, la de la Chanvrerie por delante, la del Cisne y la Petite Truanderie á la izquierda, y la de Mondetour á la derecha, era en verdad casi inexpugnable, si bien constituía igualmente un encierro fatal.

Tenía tres frentes, pero no le quedaba salida.

—Fortaleza y ratonera al mismo tiempo,—dijo riéndose Courfeyrac.

Enjolrás mandó hacinar junto á la puerta del bodegón unos treinta adoquines, «arrancados de más»,—decía Bossuet.

El silencio era ya tan profundo por el lado de dónde debía venir el ataque, que Enjolrás hizo que cada cual ocupase de nuevo su respectivo puesto.

Distribuyóse á todos una ración de aguardiente. Nada hay más curioso que una barricada preparándose á recibir el asalto.

Cada cual elige su sitio como en el teatro. Se recuestan, apoyan los codos, se respaldan, y hasta algunos forman sillones con los adoquines.

Si la esquina de una pared incomoda, todos se apartan; si sobresale un ángulo protector, á él se acogen todos.

Los zurdos hacen buena obra, pues ocupan los sitios que molestan á los otros.

Muchos se disponen á combatir sentados, queriendo estar cómodos así para matar como para morir.

En la funesta guerra de junio de 1848, un insurrecto que tenía una puntería terrible y que hacía fuego desde una azotea, había dispuesto que le llevasen un sillón á la Voltaire: en él murió de un casco de metralla.

En cuanto el jefe manda el zafarrancho de combate, todos los movimientos desordenados cesan; no más empellones, no más corrillos, no más apartes; todo lo que bulle en los ánimos converge y se cambia en ansiedad, esperando la embestida.

Antes del peligro una barricada es el caos; en el peligro es la disciplina. Del peligro nace el orden.

Desde que Enjolrás tomó su carabina de dos cañones, y se situó en una especie de almena que se había reservado, todos callaron.

Oyóse un ruido de golpes secos resonar confusamente en toda la extensión de la barricada. Era que se montaban los fusiles.