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Los miserables - Tomo 2 (de 2) cover

Los miserables - Tomo 2 (de 2)

Chapter 2: LIBRO SÉPTIMO PATRON-MINETTE
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LIBRO SÉPTIMO
PATRON-MINETTE

I
Las minas y los mineros

Las sociedades humanas tienen todas lo que en los teatros se llama el foso. El suelo social está por lo tanto minado por todas partes, ya en favor del bien, ya en favor del mal. Estas obras se superponen. Hay las minas superiores y las minas inferiores. Hay un alto y un bajo en ese obscuro subsuelo que se abre á veces bajo la civilización, y que nuestra indiferencia y dejadez huellan á cada paso. La Enciclopedia del siglo último era una mina casi á cielo abierto.

Las tinieblas, esas sombrías incubadoras del cristianismo primitivo, sólo esperaban una ocasión para explotar en tiempo de los Césares, y para inundar de luz al género humano. Porque en las tinieblas sagradas hay luz latente. Los volcanes están llenos de una sombra capaz de arrojar llamas. Toda lava comienza por ser noche. Las catacumbas, donde se dijo la primera misa, no eran sólo la cueva de Roma, sino que eran á la vez el subterráneo del mundo.

Hay bajo el edificio social, la complicada maravilla de los sótanos de todo edificio grande, excavaciones de todas clases. Hay la mina religiosa, la mina filosófica, la mina política, la mina económica y la mina revolucionaria. Unos cavan con las ideas, otros con las cifras, otros con la cólera. Se llaman y se responden desde una catacumba á otra. Las utopías caminan por bajo tierra en las galerías, y se ramifican en todos sentidos. Encuéntranse á veces y fraternizan. Juan Jacobo presta su piqueta á Diógenes, quien á su vez le presta su linterna. Algunas veces luchan. Calvino anda á la greña con Socino. Pero nada detiene ni interrumpe la tensión de todas esas energías hacia su fin, ni la vasta actividad simultánea que va y viene, sube, baja, y vuelve á subir en aquellas obscuridades, y que transforma lentamente lo superior desde abajo, y lo exterior desde dentro; inmenso hormiguero desconocido. La sociedad apenas sospecha esta excavación, que le deja la superficie y le cambia las entrañas. Tantos pisos subterráneos suponen otros tantos trabajos diferentes, otras tantas extracciones diversas. ¿Qué sale de todas esas profundas simas? El porvenir.

Cuanto más se ahonda, más misteriosos resultan los trabajadores. El trabajo es bueno hasta el grado que el filósofo social sabe conocer. Más allá de este grado es dudoso y mixto; más abajo llega á ser terrible. Á cierta profundidad, las excavaciones no son ya penetrables al espíritu de civilización; el límite respirable del hombre está traspasado, y es posible pues, que sea aquello un principio de monstruos.

La escala descendente es extraña; cada uno de sus escalones corresponde á un piso en que la filosofía puede racionalmente asentar todavía el pie, y donde se encuentra alguno de esos obreros, á veces divinos, otras deformes. Más abajo de Juan Huss, se encuentra á Lutero; más abajo de Lutero, está Descartes; después de Descartes, está Voltaire; después de Voltaire, está Condorcet; después de Condorcet, se encuentra Robespierre; más abajo de Robespierre, Marat; más abajo de Marat, está Babeuf. Y así va siguiendo. Más abajo todavía, en los límites que separan lo indistinto de lo invisible, se divisan confusamente otros hombres sombríos, que acaso no existen todavía. Los de ayer son espectros; los de mañana larvas. La vista del espíritu los distingue vagamente. El trabajo embrionario del porvenir es una de las visiones del filósofo.

¡Un mundo en el limbo, en el estado de feto! ¡Qué bosquejo más raro!

Saint Simón, Owen, Fourier, se hallan allí también en cavidades laterales.

Realmente, aunque cierto encadenamiento divino, invisible, une entre sí, y sin ellos mismos saberlo, á todos esos mineros subterráneos que casi siempre se creen aislados, y no lo están, sus trabajos son muy diversos, y la luz de los unos contrasta con las llamaradas de los otros. Los unos son paradisíacos, los otros trágicos. Sin embargo, sea el que quiera el contraste, todos estos trabajadores, desde el más brillante al más obscuro, desde el más sabio al más loco, tienen una semejanza, y es: el desprendimiento. Marat se olvida á sí mismo como Jesús. Prescinden de sí propios, abandonan su individualidad, no piensan en ellos; ven otra cosa antes que á sí mismos. Tienen una mirada, y esa mirada busca lo absoluto. El primero tiene todo el cielo en los ojos; el último, por enigmático que sea, tiene también en sus pupilas la pálida claridad del infinito. Venerad, haga lo que haga, á quienquiera que tiene por signo la pupila estrella.

La pupila sombra es el otro signo.

En ella empieza el mal. Ante quien no tenga mirada, meditad y estremeceos. El orden social tiene también sus mineros negros.

Hay un punto donde el ahondar es enterrarse, y donde se apaga la luz. Por debajo de todas esas minas que acabamos de indicar, más abajo de todas esas galerías, más abajo de todo ese inmenso sistema venoso subterráneo del progreso y de la utopía, mucho más tierra adentro, más bajo que Marat, más bajo que Babeuf, más bajo, muchísimo más bajo, y sin relación ninguna con los pisos superiores, está la última cavidad. Lugar formidable. Es lo que hemos designado con el nombre de foso de teatro. Es la fosa de las tinieblas. Es la cueva de los ciegos. Inferi.

Ésta comunica con los abismos.

II
La hondonada

Allí el desinterés desaparece. El demonio se bosqueja vagamente; cada cual para sí. El yo sin ojos aúlla, busca, tantea y corroe. El Ugolino social se halla en ese abismo.

Las sombras esquivas que vagan por esa mina, medio brutos y medio fantasmas, no se ocupan en el progreso universal; ignoran la idea y la palabra; no se cuidan más que de la voracidad individual. Casi son inconscientes, y hay en su interior una especie de descomposición aterradora. Tienen dos madres, madrastra una y otra: la ignorancia y la miseria. Tienen un guía, la necesidad; y para todas las formas de la satisfacción, el apetito. Son brutalmente voraces, es decir, feroces; no á la manera del tirano, sino á la del tigre. Del sufrimiento pasan esas larvas al crimen; filiación fatal, engendro vertiginoso, lógica de la sombra. Lo que se arrastra en el foso social, no es ya la reclamación ahogada de lo absoluto; es la protesta de la materia. El hombre se convierte en dragón. Tener hambre y sed es el punto de partida; ser Satanás, el punto de llegada. De esa cueva sale Lacenaire.

Acabamos de ver ha poco, en el libro cuarto, uno de los compartimientos de la mina superior, de la gran cavidad política, revolucionaria y filosófica. Allí, como hemos dicho también, todo es noble, puro, digno y honrado. Allí ciertamente puede uno engañarse, y se engaña; pero el error es venerable, porque lleva en sí el heroísmo. El conjunto del trabajo que allí se realiza, tiene un nombre: el Progreso.

Ha llegado el momento de entrever otras profundidades: las profundidades repugnantes.

Existe bajo la sociedad, insistimos en ello, y existirá hasta el día en que sea destruida la ignorancia, la gran caverna del mal.

Esta cueva es la última de todas y la enemiga de todas. Es el odio sin excepciones. Esta cueva no conoce filósofo ninguno; su cuchillo jamás ha cortado una pluma. Su negro no tiene relación ninguna con el negro sublime de la tinta. Nunca los dedos de la noche, que se crispan bajo aquel techo asfixiante, han hojeado un libro ni desplegado un periódico. Babeuf es un explotador para Cartouche; Marat es un aristócrata para Schinderhannes. Esta cueva tiene por fin el hundimiento general.

General, inclusas las cavidades superiores, á las cuales execra. No mina solamente, en su horrible hormiguero, el orden social actual; mina también la filosofía, mina la ciencia, mina el derecho, mina el pensamiento humano, la civilización, la revolución y el progreso. Se llama simplemente robo, prostitución, homicidio y asesinato. Es tinieblas, y quiere el caos. Su bóveda estriba en la ignorancia.

Todas las demás minas, las de arriba, no tienen otro objeto: suprimir á ésta. Á eso tienden por todos sus órganos á la vez, así por el mejoramiento de lo real como por la contemplación de lo absoluto, la filosofía y el progreso. Destruid la cueva Ignorancia, y habréis destruido el topo Crimen.

Condensemos en pocas palabras una parte de lo que acabamos de escribir.

El único peligro social es la sombra.

Humanidad, es identidad. Todos los hombres son del mismo barro. No existe diferencia alguna, al menos aquí bajo, en la predestinación. La misma sombra antes, la misma carne ahora, el mismo polvo después. Pero la ignorancia, mezclada con la pasta humana, la ennegrece.

Esta miserable negrura penetra en el interior del hombre, y se convierte allí en el mal.

III
Babet, Gueulemer, Claquesous y Montparnasse

Un cuarteto de bandidos, Claquesous, Gueulemer, Babet y Montparnasse, gobernaron desde 1830 á 1835 el foso de París.

Gueulemer era un Hércules sin clasificar. Tenía por antro la alcantarilla del Arche Marión. Tenía seis pies de estatura, pecho de mármol, piernas de acero, respiración de caverna, torso de coloso, y cráneo de pájaro.

Creíase ver en él al Hércules Farnesio vestido con pantalón de cutí y chaqueta de veludillo. Formado de esta manera escultural, Gueulemer hubiera podido domar monstruos; sin embargo, le pareció mejor y más corto ser uno de ellos. Frente baja, sienes anchas, menos de cuarenta años y ya la pata de gallo, el pelo áspero y corto, las mejillas de cepillo y barba de jabalí: tal era el hombre. Sus músculos solicitaban el trabajo; su estupidez lo rechazaba. Era una gran fuerza perezosa. Era asesino por negligencia. Se le suponía criollo. Probablemente había estado algo en contacto con el mariscal Brune, pues que en 1815 había sido mozo de cuerda en Avignon. Después de esto, se hizo bandido.

La diafanidad de Babet contrastaba con las carnes de Gueulemer.

Babet era flaco y sabio. Era transparente, pero impenetrable. Veíase la luz al través de sus huesos, pero no en su pupila. Decía ser químico. Había sido bufón en casa de Bobêche, y payaso en casa de Bobino. Había sido cómico en San Mihiel. Era hombre intencionado, muy hablador, que subrayaba las sonrisas, y entrecomaba los gestos. Su industria consistía en vender al aire libre bustos de yeso y retratos del jefe del Estado. Además era sacamuelas. Había exhibido fenómenos en las ferias, y poseído una barraca con trompeta, y un cartel que decía:

«Babet, artista sacamuelas, miembro de varias academias; hace experimentos físicos en metales y metaloides, saca los dientes y extirpa los raigones desahuciados por sus colegas. Precio: una muela, un franco cincuenta sueldos; dos muelas, dos francos; tres muelas, dos francos cincuenta. Aprovechar la ocasión». (Este «aprovechar la ocasión» significaba: Haceos arrancar todas las muelas posibles). Había sido casado y tenido mujer é hijos; pero no sabía que había sido de la primera ni de los últimos. Los había perdido como se pierde un pañuelo. Rarísima excepción en el obscuro mundo á que pertenecía: Babet leía los periódicos. Un día, al tiempo en que vivía con él su familia en su barraca ambulante, leyó en el Mensajero, que una mujer había dado á luz un niño suficientemente viable, el cual tenía hocico de ternera, y exclamó: ¡Qué fortuna! ¡No será mi mujer la que tenga el ingenio de darme un hijo por el estilo!

Después lo abandonó todo para «hacer algo en París». Dicho suyo.

¿Quién era Claquesous? Era la noche. Esperaba para presentarse á que el cielo se cubriera de negro. Por la noche salía de un agujero, adonde volvía á entrar antes que fuese de día. ¿Dónde estaba su agujero? Nadie lo sabía.

Siempre en la más completa obscuridad; nunca hablaba á sus cómplices sino vuelto de espaldas.

¿Se llamaba Claquesous? No. Él solía decir: «Yo me llamo Nadie».

En cuanto aparecía una luz, se ponía una careta. Era ventrílocuo. Babet decía: Claquesous es un nocturno á dos voces. Claquesous era un ser vago, errante, terrible. No había seguridad de que tuviese nombre, pues que Claquesous era apodo; no era seguro que tuviese voz, pues su vientre hablaba por lo regular más que su boca; no era seguro que tuviese rostro, pues nadie había visto más que su máscara. Desaparecía como un fantasma, y aparecía como de bajo tierra.

Montparnasse era un ser lúgubre; era casi un niño. Tenía menos de veinte años, linda cara, labios parecidos á las cerezas, hermoso cabello negro, y la claridad de la primavera en los ojos; tenía todos los vicios, y aspiraba á todos los crímenes. La digestión de lo malo le daba apetito para devorar lo peor. Era el pilluelo convertido en ladrón, y el ladrón convertido en bandido. Era lindo, afeminado, gracioso, robusto, blando, feroz. Llevaba el ala del sombrero levantada hacia la izquierda para dejar bien al descubierto el mechón de pelo rizado, conforme á la moda de 1829. Vivía de robar violentamente. Su levita tenía el mejor corte, pero estaba siempre raída: Era Montparnasse una especie de figurín entregado á la miseria, y cometiendo homicidios. La causa de todos los atentados de este adolescente era el deseo de ir bien vestido. La primera griseta que le había dicho: «Eres guapo», había derramado la mancha de las tinieblas en su corazón, haciendo un Caín de aquel Abel. Viéndose lindo quiso ser elegante. Ahora bien; la primera elegancia es la ociosidad; y la ociosidad del pobre es el crimen. Pocos ladrones eran tan temidos como Montparnasse. Á los diez y ocho años había ya dejado tras sí algunos cadáveres. Más de un transeúnte con los brazos extendidos, yacía á la sombra de este miserable, hundida la cara en un charco de sangre.

Rizado, perfumado, ajustado el talle, con caderas de mujer y busto de oficial prusiano, objeto de murmullo de admiración de las muchachas del boulevard, sabiamente anudada la corbata, con una cachiporra en el bolsillo y una flor en el ojal; tal era este petimetre del sepulcro.

IV
Composición de la cuadrilla

Estos cuatro bandidos formaban por sí solos una especie de Proteo, que serpenteando entre la policía, y procurando librarse de las miradas indiscretas del jefe Vidocq, «bajo las diversas apariencias del árbol, llama ó fuente», prestándose unos á otros sus nombres y sus guaridas, ocultándose en su propia sombra, siendo cajas de secreto y asilos unos de otros; deshaciéndose de sus personalidades como se quita uno la nariz postiza en un baile de máscaras; simplificándose á veces hasta el punto de no ser más que uno; multiplicándose otras hasta el extremo de que el mismo Coco Lacour los tomaba por una turba.

Estos cuatro hombres no eran cuatro hombres; eran una especie de ladrón misterioso de cuatro cabezas, trabajando mucho sobre París; componían el pólipo monstruoso del mal, habitando la cripta de la sociedad.

Gracias á sus ramificaciones y á la red subyacente de sus relaciones, Babet, Gueulemer, Claquesous y Montparnasse, tenían la empresa general de las acechanzas del departamento del Sena. Los inventores de ideas en este género, los hombres de imaginación tenebrosa se dirigían á ellos para la ejecución. Se daba á estos cuatro bribones el argumento, y ellos se encargaban de la representación. Trabajaban en el mismo escenario. Siempre se hallaban en situación de proporcionar un personal adecuado y conveniente para todos los atentados que necesitasen ayuda, y fuesen suficientemente lucrativos. Cuando un crimen tenía necesidad de brazos se subarrendaban cómplices. Tenían una compañía de actores de tinieblas á disposición de todas las tragedias de caverna.

Reuníanse generalmente al caer la noche, hora de su despertar, en los alrededores de la Salpetrière, y allí conferenciaban. Tenían ante sí doce horas negras y las distribuían.

Patrón Minette, tal era el nombre que en la circulación subterránea se daba á la asociación de aquellos cuatro hombres. En el antiguo lenguaje popular fantástico, que va borrándose diariamente, Patrón Minette, en francés, significa la madrugada, lo mismo que entre perro y lobo significa el anochecer. Este apelativo, Patrón Minette, procedía probablemente de la hora en que concluían su trabajo, pues que el alba es la hora en que se desvanecen los fantasmas y se separan los bandidos. Bajo esa razón social, pues, eran conocidos aquellos cuatro hombres. Cuando el presidente del tribunal de los jurados visitó á Lacenaire en la cárcel, le habló de una fechoría que éste negaba: ¿Quién ha hecho esto? le preguntó; Lacenaire dió esta respuesta enigmática para el magistrado, pero clara para la policía: Tal vez haya sido Patrón-Minette.

Á veces se adivina toda una obra dramática con sólo la enunciación de los personajes; lo mismo casi se puede apreciar una banda por la lista de los bandidos. Véase, puesto que esos nombres sobrenadan en las memorias especiales, á qué apelativos respondían los principales afiliados de Patrón Minette.

Panchaud (a) Primaveral, (a) Bigornia.

Brujón, (había toda una dinastía de Brujones de la cual no renunciamos á decir algo).

Boulatruelle, el caminero que ya conocemos.

Laveuve (La viuda).

Finisterre.

Homero-Hogu, negro.

Mardisior (Malanoche).

Dépêche (Estafeta).

Fauntleroy (a) la Ramilletera.

Glorieux, presidiario cumplido.

Barrecarrosse (Tentecoches) (a) Dupont (señor Delpuente).

La explanada del Sur.

Poussagrive (Lanzatordos).

Carmagnolet (Carmañoleto).

Kruideniers (a) Bizarro.

Mangedentelle (Tragaencaje).

Les-pieds-en-l'air (Volatinero).

Demi liand (Medio ochavo) (a) Millonario.

Etc., etc.

Omitimos otros, y no de los peores. Estos nombres tienen rostros. No expresan solamente seres, sino especies. Cada uno de estos nombres corresponde á una variedad de esos deformes hongos de las capas inferiores de la civilización.

Aquellos seres, poco pródigos de sus caras, no eran de ésos que se ven pasar por la calle.

De día, cansados de las noches terribles que pasaban, se iban á dormir, ya á los hornos de yeso, ya á las canteras abandonadas de Montmartre ó de Montrouge, y á veces á las alcantarillas. Se enterraban.

¿Qué ha sido de esos hombres? Existen siempre; siempre han existido. Horacio habla de ellos: Ambubaiarum collegia, pharmacopolæ, mendici, mimæ; y mientras sea la sociedad lo que es, serán ellos lo que son. Bajo el obscuro techo de su cueva renacen continuamente de las filtraciones sociales. Reaparecen como espectros, siempre idénticos; solamente que no llevan los mismos nombres, ni se cubren con las mismas pieles.

Extirpados los individuos, subsiste la tribu.

Tienen siempre las mismas facultades. Del truhán al vago, la raza se mantiene pura. Adivinan el dinero en los bolsillos, y huelen los relojes en los chalecos. El oro y la plata tienen para ellos olor. Hay burgueses sencillos de quienes puede decirse que están predestinados á ser robados. Estos hombres siguen pacientemente á esos burgueses. Al paso de un extranjero ó de un provinciano se estremecen como arañas.

Estos hombres, cuando hacia la media noche en algún boulevard desierto se les descubre ó se los ve, son espantosos. No parecen hombres, sino formas hechas de bruma viviente. Diríase que generalmente constituyen cuerpo con las tinieblas, que no se distinguen de éstas, que no tienen más alma que la sombra, y que sólo momentáneamente, y para vivir por espacio de algunos minutos con una vida monstruosa, se han desprendido de la noche.

¿Qué es menester para desvanecer esas larvas? Luz, luz á torrentes.

No hay murciélago que resista el alba.

Iluminad la sociedad en su parte baja.