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Los miserables - Tomo 2 (de 2)

Chapter 21: LIBRO TERCERO CIENO Y ALMA
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En la versión de texto sin formatear el texto en cursiva está encerrado entre guiones bajos (_cursiva_), el texto en negritas está marcado =así=, el texto en Versalitas está marcado en MAYÚSCULAS y un superíndice (texto en tamaño más pequeño por encima de la línea de escritura) está indicado por el símbolo ^, de modo que, por ejemplo, ^e representa al superíndice e. El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido en general el de respetar las reglas vigentes de la Real Academia Española cuando la presente edición de esta obra fue publicada. El lector interesado puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de la Real Academia Española.

LIBRO TERCERO
CIENO Y ALMA

I
La cloaca y sus sorpresas

Era en el alcantarillado de París donde se encontraba Juan Valjean.

Otra de las semejanzas de París con el mar. El buzo puede desaparecer en él como en el océano.

La transición era inaudita. En el centro mismo de la ciudad, Juan Valjean había salido de ella, y en un abrir y cerrar de ojos, el tiempo preciso de levantar una tapa y volverla á dejar caer, había pasado de la luz á las tinieblas, del medio día á la media noche, del estrépito al silencio, del torbellino de los truenos al estancamiento de la tumba; y por una peripecia más prodigiosa aún que la de la calle de Polonceau, del extremo del peligro á la seguridad más absoluta.

Caída violenta en una cueva; desaparición en los calabozos perdidos de París. Dejar aquella calle, donde en todas partes se veía la muerte, por una especie de sepulcro, donde debía encontrar la vida, fué un instante extraordinario.

Permaneció algunos segundos como aturdido, escuchando estupefacto.

Habíase abierto de improviso ante sus pies la trampa de salvación, cogiéndole, digámoslo así, á traición la bondad celeste. ¡Adorables emboscadas de la Providencia!

Solamente que el herido no se movía, y Juan Valjean ignoraba si lo que llevaba consigo en aquella fosa, era un vivo ó un muerto.

Su primera sensación fué la de que estaba ciego. Repentinamente no vió nada más. Parecióle también que en un minuto se había vuelto sordo. Nada oía.

El frenético huracán de matanza que se desencadenaba á algunos pasos de allí no llegaba hasta él; ya lo hemos dicho, gracias al espesor de la tierra que le separaba de la escena, si no apagado y confuso como un rumor en una profundidad.

Conoció únicamente que pisaba sobre terreno sólido; ¿pero era esto suficiente?

Extendió un brazo, luego otro, tocando ambas paredes, de donde infirió que el pasillo era estrecho. Resbaló, y dedujo que la baldosa estaba mojada.

Adelantó un pie con precaución, temiendo encontrar algún agujero, algún sumidero, algún precipicio, cerciorándose de que el embaldosado se prolongaba. Una bocanada de aire fétido le indicó cuál era el lugar en que se hallaba.

Pasados algunos instantes no estaba ya ciego. Un poco de luz descendía del respiradero por donde había entrado, y ya su mirada se había acostumbrado á aquella cueva. Empezó á distinguir algo.

El pasillo donde se había soterrado (ninguna otra palabra expresa mejor la situación), estaba cerrado con pared á su espalda. Era uno de aquellos callejones sin salida que el lenguaje especial llama empalmes.

Tenía delante de sí otra pared, pared de tinieblas. La claridad del respiradero concluía á diez ó doce pasos del punto en que se encontraba Juan Valjean, y apenas reflejaba una blancura pálida á algunos metros de la húmeda pared de la alcantarilla.

Más allá eran las tinieblas compactas; parecía horrible penetrar en ellas, y la entrada tenía visos de inmersión. Sin embargo, podía penetrar en aquella pared de bruma, y hasta era necesario darse prisa á ello.

Juan Valjean calculó que aquella reja que él había visto debajo de los adoquines, era posible que la viesen los soldados. Todo pendía de la casualidad, pues nada podía evitar que los soldados bajasen también al pozo y lo registrasen.

No había momento que perder.

Recogió á Mario del suelo, se lo echó á cuestas y emprendió la marcha, penetrando resueltamente por aquella obscuridad.

La verdad es que estaban menos á salvo de lo que Juan Valjean creía. Aguardábanles peligros de otro género, y no tal vez menores.

Después del torbellino fulgurante de la lucha, la caverna de los miasmas y de las emboscadas; después del caos, la cloaca. Juan Valjean había caído de uno en otro círculo del infierno.

Cuando hubo andado cincuenta pasos, le fué preciso detenerse. Se le ofreció una duda. El pasillo iba á parar á otro ramal con el que tropezaba trasversalmente. Allí se le presentaban dos caminos. ¿Cuál debía elegir? ¿El de la derecha ó el de la izquierda? ¿Cómo orientarse en aquel obscuro laberinto?

Este laberinto, como ya lo hemos hecho notar, tenía un hilo, la pendiente; siguiéndola se iba al río.

Juan Valjean lo comprendió, desde luego.

Pensó que estaba probablemente en la alcantarilla del Mercado; que si tomaba á la izquierda y seguía la pendiente, llegaría antes de un cuarto de hora á alguna boca junto al Sena, entre el puente del Change y el puente Nuevo; es decir, que aparecería en medio del día en el punto más concurrido de París; quizá también iría á parar á algún recodo de encrucijada.

Estupor de los transeúntes al ver surgir del suelo bajo sus pies á dos hombres ensangrentados; llegada inmediata de los gendarmes; alarma del cuerpo de guardia más próximo, y prisión segura antes de haber sacado el cuerpo.

Era preferible internarse en el laberinto, fiarse de la obscuridad, y encomendarse á la Providencia para la salida.

Subió la pendiente, y tomó á la derecha.

Cuando hubo doblado el ángulo de la galería, la lejana claridad del respiradero desapareció, la cortina de tinieblas volvió á caer ante sus ojos, y volvió á quedar ciego de nuevo. Continuó, sin embargo, avanzando, tan rápidamente como le fué posible.

Los dos brazos de Mario rodeaban el cuello de Juan Valjean, y sus pies colgaban por detrás; Juan Valjean sostenía los brazos con una mano, y con la otra iba tentando la pared.

La mejilla de Mario tocaba, y se pegaba á la suya con la sangre. Sentía correr por encima de él y penetrar sus vestidos una corriente tibia que procedía de Mario. Sin embargo, la sensación de calor húmedo en la oreja próxima á la boca del herido, indicaba que éste respiraba, y de consiguiente que vivía.

El pasillo por donde caminaba Juan Valjean era menos estrecho que el primero. Era el andar bastante penoso. La lluvia del día anterior no se había desaguado aún, y formaba un pequeño torrente en el centro de la cuneta, de suerte que era preciso arrimarse á la pared para no meter los pies en el agua.

Así iba andando Juan Valjean por entre las tinieblas. Parecíase á los seres nocturnos que marchan á tientas en lo invisible, perdidos subterráneamente entre las venas de la sombra.

No obstante, poco á poco, fuese que otros respiraderos lejanos enviasen alguna luz flotante á aquella opaca bruma, fuese que sus ojos se acostumbrasen á la obscuridad, comenzó otra vez á entrever confusamente, ya la pared á que iba arrimado, ya la bóveda por debajo de la cual caminaba.

La pupila se dilata en las tinieblas, y acaba por percibir claridad, del mismo modo que el alma se dilata con la desgracia, y acaba por encontrar á Dios.

Era difícil dirigir el rumbo.

El trazado de las alcantarillas refleja, digámoslo así, el de las calles superpuestas.

Había en el París de aquella época mil doscientas calles. Imagínese debajo de él esa selva de tenebrosas ramas que se denomina alcantarillado.

El total de las alcantarillas existente á la sazón, y colocadas punta con punta, hubiera medido una longitud de once leguas. Hemos dicho antes que la red actual, gracias á la actividad especial de los últimos treinta años, no cuenta menos de sesenta leguas.

Juan Valjean principió por engañarse. Creyó estar debajo de la calle de San Dionisio, y no era así desgraciadamente.

Hay debajo de esa calle una alcantarilla vieja de piedra, que pertenece á los tiempos de Luis XIII, y va en derechura á la cloaca colectora, llamada Gran Cloaca, con un solo codo á la derecha, á la altura del antiguo Patio de los Milagros, y un solo ramal, la alcantarilla de San Martín, cuyos brazos se cortan en forma de cruz. Pero el ramal de la Petite Truanderie, cuya entrada estaba próxima al figón de Corinto, no ha comunicado nunca con el subterráneo de la calle de San Dionisio; va á parar á la alcantarilla Montmartre, que era donde se había internado Juan Valjean.

Abundaban allí las probabilidades de extraviarse. La alcantarilla Montmartre es una de las intrincadas de la antigua red.

Afortunadamente Juan Valjean había dejado detrás de sí la alcantarilla del Mercado, cuyo plano geométrico figura una multitud de masteleros de juanete entretejidos; pero tenía delante de sí más de un tropiezo embarazoso, y más de una esquina de calle (porque son calles, en efecto) que aparecían en la obscuridad como interrogantes.

Primero; á su izquierda, la vasta alcantarilla Platrière, especie de enredijo chino, que conduce y embrolla su caos de T y de Z por debajo de la casa de correos y de la rotonda de alhóndiga hasta el Sena, donde termina en Y.

Segundo; á su derecha, el corredor en línea curva de la calle del Cuadrante, con sus tres dientes, que son otros tantos callejones sin salida.

Tercero; á su izquierda, el empalme de Mail, complicado, casi desde la entrada, por una especie de horquilla, yendo á parar de zigzags á la gran cripta exutoria del Louvre, abierta y ramificada en todos sentidos.

Por último, á su derecha, el pasillo sin salida de la calle de Jeuneurs, sin contar otros pequeños rincones aquí y acullá antes de llegar á la alcantarilla de circunvalación; era la única capaz de conducirle á alguna salida bastante lejana para poder suponerla segura.

Si Juan Valjean hubiese tenido alguna noción de todo lo que acabamos de indicar, habría advertido pronto, con sólo tocar la pared, que no estaba en la galería subterránea de la calle de San Dionisio. En lugar de la piedra sillar vieja, en lugar de la arquitectura antigua, altiva y regia hasta en el albañal, con fondo y asiento de granito, y mezcla de cal grasa que costaba á razón de ochocientos francos la toesa, hubiera sentido al tacto la baratura contemporánea, el recurso económico, la piedra asperón revestida de cal hidráulica sobre capa de hormigón, que cuesta á doscientos francos el metro, la mampostería plebeya denominada de pequeño material; pero no sabía nada de todo esto para poder regirse.

Seguía adelante, con ansiedad, pero con calma, sin ver ni saber nada, á la ventura, es decir, en manos de la Providencia.

Gradualmente, digámoslo también, cierto horror se apoderaba de él. La sombra que envolvía su espíritu. Caminaba en medio de un enigma. Aquel acueducto de la cloaca es formidable; crúzanse sus galerías vertiginosamente. Es muy lúgubre verse sumido en aquel París de tinieblas.

Juan Valjean estaba obligado á encontrar y casi á inventar su camino sin verle.

En aquel lugar desconocido, podía ser, cada paso que daba, el último de su vida.

¿Cómo salir de allí? ¿Hallaría por dónde? Y en ese caso, ¿llegaría á tiempo? Aquella colosal esponja subterránea con alvéolos de piedra, ¿se dejaría penetrar y horadar? ¿Tropezaría con algún nudo inesperado de obscuridad? ¿Iría á parar á lo enmarañado é insuperable? ¿Morirían allí, Mario de hemorragia, y él de hambre? ¿Acabarían de extraviarse ambos, quedando reducidos á esqueletos en un rincón de aquella noche?

Lo ignoraba. Á ninguna de esas preguntas que él se hacía, sabía qué contestar.

El intestino de París es un precipicio. Estaba, como el profeta, en el vientre de un monstruo.

De repente se sintió sorprendido. Cuando menos lo esperaba, y sin haber cesado de caminar en línea recta, notó que ya no subía; el agua del arroyo le daba en los talones y no en la punta de los pies. La alcantarilla bajaba entonces. ¿Por qué? ¿Iba, pues, á llegar inesperadamente al Sena?

El peligro era grande; pero podía ser mayor el que resultaría retrocediendo. Siguió pues adelante.

No se dirigía al Sena. La albardilla que forma el suelo de París en la ribera derecha, vacía una de sus vertientes en el Sena, y otra en la Gran Cloaca. La cima de esta albardilla, que determina la división de las aguas, traza una línea muy caprichosa.

El punto culminante, sitio en que se dividen los desagües, está en la alcantarilla de Sainte-Avoye, más allá de la calle de Michel le Comte; en la alcantarilla del Louvre, cerca de los boulevares, y en la alcantarilla Montmartre, junto á los Mercados. Á ese punto culminante había llegado Juan Valjean. Dirigíase á la cloaca de circunvalación; y estaba pues en buen camino, pero ignorándolo.

Cada vez que encontraba un ramal, buscaba á tientas los ángulos, y si la abertura que se ofrecía ante él era menos ancha que el corredor donde estaba, seguía sin hacer caso juzgando, con razón, que toda senda más estrecha le llevaría á un callejón sin salida, lo que equivaldría á alejarle del objeto principal, que era salir de la alcantarilla. Así logró evitar el cuádruple lazo que le tendían en la obscuridad los cuatro laberintos mencionados.

Poco después supo que se separaba del París petrificado por el motín, donde las barricadas, habían suprimido la circulación, y que iba por debajo del París vivo y normal. De pronto sintió sobre su cabeza como el ruido del trueno, lejano, pero continuado. Era el rodar de los carruajes.

Según sus cálculos, hacía media hora poco más ó menos que caminaba, y no había pensado aún en descansar, contentándose con cambiar la mano que sostenía á Mario. La obscuridad era más profunda que nunca; pero esta obscuridad le tranquilizaba.

De pronto vió su sombra delante de sí. Destacábase sobre un rojo claro, que teñía vagamente el pavimento á sus pies y la bóveda sobre su cabeza, y que resbalaba á derecha é izquierda, por las dos viscosas paredes del corredor. Volvióse, estupefacto.

Detrás de él, en la parte del pasillo que acababa de dejar á una distancia que le pareció inmensa, resplandecía rayando la tenebrosa espesura, una especie de astro horrible que parecía mirarle.

Era la sombría estrella de la policía, que aparecía en el albañal.

Detrás de aquella estrella se movían confusamente ocho ó diez formas negras, derechas, perceptibles y espantosas.

II
Explicación

Durante el 6 de junio dispúsose una batida en las alcantarillas. Temíase que los vencidos se refugiasen en ellas; el prefecto Gisquet se encargó de registrar el París oculto, mientras el general Bugeaud barría el París público; doble operación que exigía una doble estrategia de la fuerza pública, representada arriba por el ejército y abajo por la policía.

Tres grupos de agentes y de poceros exploraron la vialidad subterránea de París; la primera por la orilla derecha; la segunda por la izquierda, y la tercera por el centro, ó sea la Cité. Los agentes iban armados de carabinas, rompe cabezas, espadas y puñales.

Lo que en aquel momento reflejaba la luz sobre Juan Valjean era la linterna de la ronda de la orilla derecha.

Aquella ronda acababa de visitar la galería curva y los tres callejones sin salida que están debajo de la calle del Cuadrante. Mientras la ronda registraba estos callejones, Juan Valjean había tropezado con la entrada de la galería, y viendo que era más estrecha que el pasillo principal, no penetró en ella, y siguió adelante.

Los agentes de policía, al dejar la galería del Cuadrante, habían creído oir ruido de pisadas en la dirección de la cloaca de circunvalación. Eran, en efecto, las pisadas de Juan Valjean.

El sargento que mandaba la ronda levantó la linterna, y la ronda se puso á mirar, en medio de la bruma, hacia el lado de donde venía el ruido.

Fué éste para Juan Valjean un minuto inexplicable.

Afortunadamente, aunque él veía bien la linterna, ésta le veía mal á él. La linterna era la luz y él era la sombra. Hallábase muy lejos y confundido en el fondo obscuro del subterráneo. Arrimóse á la pared y se detuvo.

Por lo demás, Juan Valjean no tenía cabal idea de lo que se movía detrás de él. El insomnio, la falta de alimento y las emociones, le habían hecho también visionario.

Veía un resplandor, y junto á aquel resplandor, larvas. ¿Qué significaba aquello? No lo comprendía.

Paróse Juan Valjean, y cesó el ruido.

Los de la ronda escuchaban y no oían; miraban y no veían. Consultaron entre ellos.

Había á la sazón en aquel punto de la alcantarilla de Montmartre una especie de encrucijada, llamada de servicio, que se suprimió después á causa de la laguna interior que formaban allí las aguas pluviales en las grandes tormentas. La ronda pudo agruparse en el lugar de aquella encrucijada. Juan Valjean vió aquel corro de larvas cuyas cabezas de sabueso se juntaban pareciendo cuchichear.

El resultado de la conferencia celebrada por los perros guardianes, fué que se habían engañado, que no había habido ruido, que no había allí nadie, que era inútil internarse en la cloaca de circunvalación, que sería perder el tiempo; pero que convendría darse prisa en ir hacia San Merry, pues si había algo que hacer y algún bonigote que rastrear, era por aquella parte.

De vez en cuando los partidos echan suelas nuevas á sus antiguas injurias. En 1832 la palabra bonigote era el punto de enlace entre la palabra jacobino y ya olvidada, y la palabra demagogo, casi inusitada á la sazón, y que tan excelente servicio ha prestado después.

El jefe dió la orden de torcer á la izquierda, dirigiéndose á la vertiente del Sena. Si les hubiese ocurrido dividirse en dos grupos y marchar en dirección opuesta, Juan Valjean habría caído en sus manos. Esto estuvo en un hilo.

Es posible que las instrucciones de la prefectura, previendo el caso de un combate, y suponiendo á los insurrectos en gran número, prohibiesen á la ronda el fraccionarse.

Los sabuesos volvieron á ponerse, pues, en marcha, dejando tras de ellos á Juan Valjean. De todo aquel movimiento, Valjean no percibió nada, salvo el eclipse de la linterna, que dió la vuelta repentinamente.

Antes de continuar la marcha, el jefe de la ronda, para descargo sin duda de la conciencia de policía, descargó su carabina en dirección al sitio que ocupaba Juan Valjean. La detonación rodó de eco en eco bajo la cripta, como el borborismo de aquel intestino titánico.

Un pedazo de yeso que cayó en el arroyo fué á agitar el agua á pocos pasos de Juan Valjean, advirtiéndole de que la bala había dado en la bóveda sobre su cabeza.

Pisadas lentas y á compás resonaron un buen espacio sobre las baldosas, desvaneciéndose á medida que se aumentaba la distancia; después aquel grupo de formas negras se perdió en la sombra; una luz osciló bosquejando en la bóveda un arco rojizo que decreció, desapareciendo enseguida. Volvió á ser el silencio profundo, la obscuridad, completa; la ceguedad y la sordera volvieron á posesionarse de las tinieblas, y Juan Valjean, no osando aún moverse, permaneció bastante tiempo apoyado contra la pared, atento al oído y dilatada la pupila, mirando disiparse aquella patrulla de fantasmas.

III
El hombre filado

Es preciso hacer á la policía de aquel tiempo la justicia de que, aún en las circunstancias públicas más graves, cumplía imperturbablemente su deber de inspección y vigilancia. Un motín no era á sus ojos un pretexto para soltar la rienda á los malhechores, y descuidar la sociedad por la razón de que el gobierno estaba en peligro. El servicio ordinario se desempeñaba correctamente á través del servicio extraordinario, y sin resentirse en lo más mínimo.

En medio de un incalculable suceso político comenzado, y bajo la presión de una revolución posible, sin dejarse distraer por la insurrección ni por la barricada, el agente seguía imperturbable la pista al ladrón.

Algo parecido á esto ocurrió en la tarde del 6 de junio á orillas del Sena, en el ribazo de la derecha, un poco más allá del puente de los Inválidos.

Hoy ya no hay allí ribazo. El aspecto de aquellos lugares ha cambiado por completo.

En el ribazo, dos hombres, separados uno de otro por cierta distancia, parecían observarse, evitándose mutuamente. Á medida que el que iba delante procuraba alejarse, ponía el que iba detrás empeño en acercársele.

Era como una partida de ajedrez que se jugase de lejos y en silencio.

Ni uno ni otro parecían llevar prisa; los dos caminaban despacio como si cada cual temiese, por apresuramiento, hacer que su compañero avivase el paso.

Hubiérase dicho ser un apetito andando tras una presa, sin aparentar intención deliberada. La presa era socarrona, y estaba en guardia.

Observábanse las proporciones debidas entre la garduña hostigada y el perro hostigador. El que trataba de escapar tenía mala traza y una figura raquítica, y el que quería echarle mano, era de elevada estatura y rudo aspecto, dando á entender que su choque había de ser contundente.

El primero, sintiéndose más débil, evitaba al segundo; pero hacíalo de manera harto furiosa; los que hubieran podido examinarlo de cerca habrían visto en sus ojos la sombría hostilidad de la fuga y toda la amenaza que cabe en el miedo.

El ribazo era solitario; no pasaba un alma, ni siquiera se veía al barquero ó al descargador de leña en las barcazas amarradas acá y allá.

No podían distinguirse bien aquellos dos hombres sino desde el muelle de enfrente, y así vistos, el que iba delante hubiera aparecido como un ser erizado, andrajoso, torcido é inquieto, y tiritando bajo una blusa harapienta; y el otro, como un personaje clásico y oficial, con la levita de la autoridad abrochada hasta la barba.

El lector reconocerá quizás á estos dos hombres viéndoles más cerca.

¿Qué objeto se proponía el último?

Probablemente suministrar al primero ropa de más abrigo.

Cuando un hombre vestido por el Estado persigue á otro hombre harapiento, es con el objeto de convertirle también en hombre vestido por el Estado. La cuestión estriba tan sólo en el color. El traje azul se considera glorioso; el encarnado denigrante.

Hay una púrpura que procede de abajo.

Era probablemente algún disgusto, y algo de esta púrpura lo que el primero deseaba evitar.

Si el otro le permitía ir delante y no se apoderaba de él aún, era, según las apariencias, con la esperanza de ver cómo se dirigía á alguna cita significativa, ó á algún grupo que fuese buena presa.

Esta operación delicada se llama «acechamiento».

Lo que hace probable esta conjetura, es que el hombre de la levita abrochada, divisando desde el ribazo un coche de alquiler que iba vacío hizo alguna indicación al cochero.

Éste la comprendió; y conociendo evidentemente con quién se las había, cambió de dirección, y empezó á seguir poco á poco desde lo alto del muelle á aquellos dos hombres.

De esto no se enteró el personaje de mala traza y harapiento que iba delante.

El coche pasaba junto á los árboles de los Campos Elíseos, y por encima del parapeto se veía pasar el busto del cochero con la fusta en la mano.

En una de las instrucciones secretas de la policía á los agentes, se lee este artículo: «Tener siempre dispuestos un carruaje de plaza por si fuese necesario».

Maniobrando cada cual por su parte con estrategia irreprochable, acercábanse aquellos dos individuos á una rampa del muelle que descendía hasta el ribazo, la que permitía entonces á los cocheros que venían de Passy llevar á beber al río á sus caballos. Dicha rampa se ha suprimido después, por exigirlo así la simetría. Los caballos se mueren de sed, pero la vista goza.

Era verosímil que el hombre de blusa subiese por la rampa, á fin de intentar la evasión por los Campos Elíseos, sitio lleno de árboles; pero en cambio muy frecuentado por agentes de policía, y en el cual podía el otro encontrar fácilmente quien le ayudara.

Este punto del muelle dista muy poco de la casa traída de Moret á París en 1824 por el coronel Brack, y denominada casa de Francisco I. Allí cerca había un cuerpo de guardia.

Con gran sorpresa de su observador, el hombre filado no tomó por la rampa del abrevadero, sino que continuó avanzando por el ribazo á lo largo del muelle.

Evidentemente su posición iba resultando crítica.

¿Qué iba á hacer, salvo no arrojarse al Sena?

Ya no había forma de volver á subir al muelle; ni rampa, ni escalera; y estaban ya próximos al sitio marcado por el ángulo del río hacia el puente de Jena, donde el ribazo, cada vez más estrecho, acababa en una débil lengua perdiéndose en el agua.

Allí iba inevitablemente á encontrarse bloqueado entre el muro perpendicular á la derecha, el río á la izquierda y enfrente, y la autoridad á la espalda.

Es cierto que el término del ribazo estaba oculto á la vista por un montón de escombros de seis á siete pies de altura, producto de no se sabe qué demolición. Pero ¿esperaba aquel hombre poderse esconder con provecho en un sitio donde no había para descubrirle, más que dar la vuelta? El recurso hubiera sido pueril. Él no soñaba de seguro en ello; la inocencia de los ladrones no llega á tal extremo.

Aquel montón de ruinas formaba al borde del agua una especie de eminencia que se extendía como un promontorio hasta la pared del muelle.

El hombre perseguido llegó á la pequeña colina y la dobló, dejando entonces de ser visto por el otro.

Este último aprovechó el momento en que ni veía ni le veían, y dejando disimulos aparte, se puso á caminar con rapidez. En breves instantes llegó junto á los escombros, dió la vuelta al montón, y quedóse estupefacto.

El hombre á quien perseguía no estaba allí.

Eclipse total del hombre de la blusa.

El ribazo apenas tenía, desde el montón de escombros, unos treinta pasos más; sumergíase allí en el agua que batía la pared del muelle.

El fugitivo no hubiera podido arrojarse al Sena, ni escalar el muelle sin que le viese su perseguidor. ¿Qué se había hecho, pues?

El hombre del levitón abrochado caminó hasta la punta del ribazo, y permaneció allí un instante pensativo, con los puños convulsos, y registrándolo todo con los ojos.

De improviso se dió un golpe en la frente, pues acababa de percibir, en el sitio donde terminaba la tierra y empezaba el agua, una reja de hierro ancha y baja, arqueada, provista de una enorme cerradura y de tres sólidos goznes. Aquella reja, especie de puerta en la parte inferior del muelle, daba al río lo mismo que al ribazo. Por debajo pasaba un arroyo negruzco que iba á desaguar en el Sena.

Al otro lado de los pesados y mohosos barrotes se distinguía una especie de corredor abovedado y obscuro. El hombre se cruzó de brazos y miró la reja con el aire de quien se echa algo en cara.

Como no bastaba mirar trató de empujarla; sacudió fuertemente la reja, pero ésta resistió el empuje.

Era probable que acabasen de abrirla, aunque no se hubiese oído ruido alguno; cosa rara, tratándose de una reja tan pesada; de todos modos no había duda de que la habían vuelto á cerrar. Esto indicaba que aquél para quien había girado sobre los goznes tenía, no una ganzúa, sino una llave.

Pronto asaltó esta evidencia al espíritu del hombre que se esforzaba en violentar la reja, pues prorumpió indignado en el siguiente epifonema:

—¡Esto sí que es grave! ¡Una llave del gobierno!

Luego, calmándose de súbito, expresó todo un mundo interior de ideas con esta bocanada de monosílabos, pronunciados casi irónicamente:

—¡Ta... ta... ta... ta!

Dicho esto, esperando, no se sabe si ver salir al de la blusa, ó entrar otros, se puso en acecho detrás del montón de ruinas, con la rabia paciente de un perro de muestra.

Por su parte, el carruaje de plaza, que seguía todas sus evoluciones, se paró junto al parapeto.

El cochero, previendo que no sería cosa de uno ni dos minutos, ató el húmedo saco de avena al hocico de sus caballos, ese saco tan conocido de los parisienses á quienes los gobiernos, sea dicho entre paréntesis, suelen ponérselo algunas veces.

Los escasos transeúntes del puente de Jena volvían la cabeza antes de alejarse, fijándose un instante en aquellos dos detalles inmóviles del paisaje: hombre en el ribazo, y el coche en el muelle.

IV
También lleva su cruz

Juan Valjean emprendió de nuevo su marcha, y ya no se detuvo más.

Era una marcha que se hacía más dificultosa á cada paso. El nivel de aquellas bóvedas varía; la elevación media es de unos cinco pies y seis pulgadas, habiendo sido calculada para la estatura de un hombre. Juan Valjean se veía pues obligado á doblarse, por temor de que Mario diese contra la bóveda. Á cada instante tenía que bajarse, volviendo á enderezarse luego, é iba sin cesar tentando la pared.

La humedad de las piedras y la viscosidad del piso eran malos puntos de apoyo, así para la mano, como para el pie.

Tropezaba en el fiemo de la ciudad.

Los intermitentes reflejos de los respiraderos no aparecían sino á larguísimos intervalos, y tan débiles, que el sol en su mayor fuerza semejaba la claridad de la luna.

Lo demás era niebla, miasma, obscuridad, negrura.

Juan Valjean tenía hambre y sed; sed sobre todo; pero como en el mar, había allí mucha agua de la que no se podía beber. Su fuerza, prodigiosa, como ya sabemos, y muy poco debilitada por la edad, gracias á una vida casta y sobria, empezaba, sin embargo, á abandonarle. Sobreveníale la fatiga, y á medida que perdía vigor aumentábase el peso de la carga. Mario, muerto quizá, pesaba como pesan los cuerpos inertes.

Juan Valjean le sostenía de manera que el pecho no se le oprimiese del todo ó que la respiración pudiese pasar lo mejor posible. Sentía deslizársele las ratas rápidamente por entre las piernas. Una se asustó hasta el extremo de querer morderle.

De cuando en cuando llegaban hasta él ráfagas de aire fresco procedentes de las bocas de la alcantarilla, que le reanimaban.

Podrían ser como las tres de la tarde cuando entró en la cloaca de circunvalación.

Al principio le sorprendió aquel ensanchamiento repentino. Encontróse de súbito en una galería, cuyas paredes no alcanzaba tocar con los brazos abiertos, y bajo una bóveda mucho más alta que él.

La Gran Cloaca tiene efectivamente ocho pies de ancho por siete de alto.

En el punto en que la alcantarilla Montmartre se une con la Gran Cloaca, otras dos galerías subterráneas, la de la calle de Provence y la del Abattoir, forman una encrucijada. Entre estas cuatro vías, cualquiera menos sagaz hubiera vacilado. Juan Valjean eligió la más ancha; es decir, la alcantarilla de circunvalación.

Pero renovábase la duda entre subir ó bajar. Calculó que la situación era apurada, y que necesitaba á todo trance llegar al Sena, ó lo que era lo mismo, bajar. Torció, pues, á la izquierda.

Acertó pues atinadamente; porque hubiera sido un error imaginar que la alcantarilla de circunvalación tuviese dos salidas, una hacia Bercy y otra hacia Passy. Como lo indica su nombre, es la que circuye subterráneamente á París del lado de la orilla derecha.

La Gran Cloaca, que no es sino el antiguo arroyo Menilmontant, va á parar, subiendo á un callejón sin salida, esto es, al primitivo punto de partida, á su origen, al pie del cerrillo Menilmontant.

No se comunica directamente con el ramal que recoge las aguas de París en el barrio de Popincourt, y que desemboca en el Sena por la alcantarilla Amelot, por encima de la antigua isla de Louviers.

Este ramal, que completa el albañal colector, se halla separado de él, bajo la misma calle de Menilmontant, por un paredón que indica el punto en que se dividen las aguas río abajo y río arriba.

Si Juan Valjean hubiese optado por subir, habría llegado, después de mil esfuerzos, aniquilado de fatiga, espirando en las tinieblas, á una pared; y habría estado perdido sin remedio.

En rigor, retrocediendo un poco, internándose en el pasillo de Filles-du Calvaire, á condición de no titubear en la pata de ganso subterránea de la encrucijada Boucherat; tomando por el corredor de San Luis, después á la izquierda, por el ramal de San Gil, y torciendo luego á la derecha, procurando evitar la galería de San Sebastián, hubiera podido llegar á la alcantarilla Amelot, y desde allí, no extraviándose en la especie de F que hay debajo de la Bastilla, salir al Sena junto al Arsenal. Pero para esto era indispensable conocer á fondo, en todas sus ramificaciones y aberturas, la enorme madrépora de las alcantarillas. Debemos, no obstante, repetirlo, él ignoraba la disposición de aquel horrible alcantarillado por donde caminaba; y si se le hubiese preguntado dónde se hallaba, habría respondido: en la noche.

Su instinto le servía perfectamente. Bajar era realmente la única salvación posible.

Dejó á la derecha los dos pasillos que se ramifican en figura de grifo bajo la calle Laffitte y la de San Jorge, y el largo corredor bifurcado de la Chaussée d'Antin.

No mucho más allá de un afluente, que era, al parecer, el ramal de la Magdalena, se detuvo. Estaba muy cansado. Un respiradero bastante ancho, probablemente el de la calle de Anjou, daba una luz casi viva. Juan Valjean, con la suavidad de movimientos que pondría un hermano tratándose de un hermano herido, dejó á Mario sobre el andén de la alcantarilla. El rostro ensangrentado de Mario apareció á la blanca luz del respiradero como en el fondo de una tumba.

Tenía los ojos cerrados, los cabellos pegados á las sienes como pinceles secos empapados de rojo, las manos caídas y muertas, los miembros fríos, la sangre coagulada al borde de los labios.

Se había formado un gran cuajarón de sangre pegado al lazo de la corbata; la camisa penetraba en las heridas, y el paño del traje rozaba por las aberturas en la carne viva.

Juan Valjean, separando con la punta de los dedos la ropa, le puso la mano en el pecho, y vió que aún latía el corazón.

Rasgó la camisa, vendó las heridas lo mejor que pudo y restañó la sangre que corría; luego, inclinándose sobre Mario, que continuaba sin conocimiento y casi sin respiración, le miró con cierto inexplicable odio.

Al desabrochar el vestido de Mario encontró en su bolsillo dos cosas; el pan que estaba allí olvidado desde la víspera, y su cartera. Comió el pan, y abrió la cartera. En la primera página vió las cuatro líneas escritas por Mario. Decían, como ya sabemos:

«Me llamo Mario Pontmercy. Que lleven mi cadáver á casa de mi abuelo, señor Guillenormand, calle de las hijas del Calvario, número 6, en el Marais».

Juan Valjean leyó á la luz del respiradero estas cuatro líneas, y permaneció un momento absorto en sí mismo, repitiendo á media voz: calle de las Hijas del Calvario, número 6, señor Guillenormand, y volvió á colocar la cartera en el bolsillo de Mario.

Había comido, y se sentía reanimado.

Cargóse otra vez á cuestas el cuerpo de Mario, apoyó cuidadosamente la cabeza en su hombro derecho, y continuó descendiendo por la alcantarilla.

La Gran Cloaca encaminada al lecho inferior del valle de Menilmontant, tiene cerca de dos leguas de largo y está embaldosada en la mayor parte del trayecto.

La luz de la denominación de las calles de París con que mostramos al lector el recorrido subterráneo de Juan Valjean, éste no la tenía. Ni sabía la zona de la ciudad que atravesaba ni la distancia que había andado. Solamente por la mayor palidez de los rayos de luz que de cuando en cuando encontraba, iba entendiendo que el sol se retiraba del empedrado y que el día no tardaría en declinar; y luego que siendo el ruido de los carruajes cada vez menos perceptible, llegando á cesar casi, dedujo que no estaba ya debajo del París central, y que se iba acercando á algún lugar solitario próximo á los boulevares exteriores ó á los últimos muelles.

Donde hay menos casas y menos calles, tiene la cloaca menos respiraderos. La obscuridad crecía pues alrededor de Juan Valjean; sin embargo no dejó de seguir adelante tanteando en la sombra.

Esta sombra trocóse inesperadamente en terrible.

V
La arena, como la mujer, tiene cierta finura pérfida

Sintió luego que penetraba en el agua, y que tenía debajo de los pies, no baldosas, sino cieno.

Acontece á veces, en ciertas costas de Bretaña ó de Escocia, que un hombre, viajero ó pescador, caminando con la marea baja por el arenal, á cierta distancia de la orilla advierte de improviso que desde hace rato anda difícilmente.

La playa resulta bajo sus pies como resinosa; péganse á ella las suelas del calzado; no parece aquello arena, sino liga. La arena no presenta señales de humedad, y sin embargo, cada paso, en cuanto se ha levantado el pie, deja un hueco que se llena de agua. No obstante, la vista no ha notado cambio alguno. La inmensa playa aparece tranquila; el arenal conserva el mismo aspecto; nada distingue el suelo sólido del suelo no sólido; la alegre nubecilla de pulgones de mar continúa saltando tumultuosamente sobre los pies del caminante. El hombre sigue su marcha siempre hacia delante pisando con fuerza y logrando acercarse á la costa. No está inquieto. ¿Por qué ha de estarlo? Sólo siente como si la pesadez de sus pies se aumentare á cada uno de sus pasos.

De repente se hunde; se hunde dos ó tres pulgadas.

Es de seguro que no va por el buen camino. Se detiene para orientarse.

Mira á sus pies; los pies han desaparecido bajo la arena; los saca y procura retroceder. Vuelve atrás, y se hunde más aún. La arena le llega á los tobillos. Con un esfuerzo se arranca de allí y se dirige á la izquierda; la arena le llega á media pierna. Con otro esfuerzo se dirige á la derecha; la arena le alcanza las corvas.

Entonces conoce con indecible terror que se encuentra en un arenal movedizo, centro espantoso donde no puede caminar el hombre ni andar el pez. Si lleva alguna carga la arroja, como el buque cuando le acosa la tormenta. Pero ya no es tiempo; la arena le cubre las rodillas.

Llama, agita el sombrero ó el pañuelo; la arena sube y sube más.

Si está la playa desierta, si la tierra se halla demasiado distante, si el banco de arena con su mala fama aleja á los transeúntes, si no hay héroes en los alrededores, no tiene remedio, queda condenado al hundimiento.

Vese condenado vivo á ese espantoso enterramiento, largo, infalible, implacable, imposible de retardar ni de apresurar, que dura algunas horas, que no acaba; que le coge de pie, libre, en completa salud, y tira de él hacia abajo; que á cada esfuerzo que hace, á cada grito que lanza, le atrae un poco más; que parece castigar su resistencia aumentando la presión; que le introduce lentamente en la tierra, dejándole tiempo bastante para ir viendo el horizonte, los árboles, la verde campiña, el humo de las aldeas en la llanura, las velas de los buques en el mar, los pájaros que vuelan y que cantan el sol y el cielo.

Este deslizamiento es el sepulcro convertido en marea, que va subiendo desde el fondo de la tierra hacia un ser vivo. Cada minuto es un enterramiento inexorable.

El desventurado trata de sentarse, de echarse, de arrastrarse, y estos variados movimientos contribuyen á enterrarle más y más.

Se incorpora y se hunde; se siente engullir. Grita, implora, retuerce los brazos ansiosamente, se desespera...

La arena le llega al vientre; poco después al pecho, y luego no es ya más que un busto.

Levanta las manos, lanza gemidos de terror, clava las uñas en el suelo como para asirse de aquella ceniza, se apoya en los codos, queriendo librarse de aquel estuche resbaladizo, llora y suspira frenéticamente; la arena continúa subiendo.

La arena le llega hasta los hombros, le alcanza al pescuezo; ya no se ve más que una cabeza. La boca grita, la arena la llena: viene el silencio.

Aún miran los ojos, la arena los ciega; llegó la noche.

Después la frente va decreciendo; una mota de cabello se estremece sobre la arena; sale una mano, escarba la superficie del suelo, se agita y desaparece. Siniestro desvanecimiento de un hombre.

Á veces el jinete se hunde con el caballo, ó el carretero con su vehículo, todo zozobra bajo la arena.

Es el naufragio fuera de las aguas; es la tierra ahogando al hombre.

La tierra penetrada por el océano se convierte en trampa. Ofrécese á la vista como una llanura, y se abre como la ola. El abismo tiene estas traiciones.

Esa fúnebre aventura, siempre posible en tal ó cual playa del mar, éralo también, hace treinta años, en las alcantarillas de París.

Antes de los importantes trabajos comenzados en 1833, el desagüe subterráneo de París estaba expuesto á hundimientos repentinos.

Infiltrábase el agua en ciertos terrenos subyacentes particularmente deleznables; el fondo, fuese ya embaldosado, como en las alcantarillas antiguas, ó de cal hidráulica sobre hormigón como en las galerías modernas, careciendo de punto de apoyo, cedía; y en un piso de esta clase ceder es rajarse, es hundirse.

El solado desaparecía en cierta extensión. La grieta que se abría boca de un abismo de cieno, tenía en el lenguaje técnico el nombre de hundidero.

¿Qué viene á ser un hundidero? Es la arena movediza de las orillas del mar, que se encuentra de repente debajo de la tierra; es el arenal del monte de San Miguel en una alcantarilla.

El suelo humedecido está como en fusión; todas sus moléculas se hallan suspendidas en un medio blando, que ni es tierra ni es agua. La profundidad suele ser muy grande, y nada hay más terrible que semejante encuentro. Si el agua domina, la muerte es rápida, á causa de la inmersión; si domina la tierra, la muerte es lenta, verificándose por hundimiento.

Figurémonos el horror de semejante muerte.

Si es espantoso desaparecer en la arena del mar, ¿qué ha de ser la desaparición en la cloaca?

En lugar del aire libre, de la luz del día, del brillante horizonte, del ruido de esas nubes que esparcen la vida, de esos barcos que se ven de lejos, de la esperanza bajo todas las formas; de los transeúntes probables, del socorro posible hasta el postrer minuto; en lugar de todo eso, la sordera, la ceguedad, una bóveda negra, un interior de fosa abierta, la muerte en el fango bajo una tapadera, la asfixia lenta por las emanaciones de la podredumbre, una caja de piedra donde esta asfixia abre su garra en el cieno y nos coge por la garganta; la fetidez mezclada al estertor; el légano en vez de la arena; el hidrógeno sulfurado en vez del huracán; la basura en vez del océano.

¡Y el tormento de llamar, de rechinar los dientes, de retorcerse, de agitarse, de agonizar teniendo esa enorme ciudad, que nada sabe, sobre nuestra cabeza!

¡No cabe explicación posible del horror de semejante muerte!

La muerte encuentra á veces la compensación de sus atrocidades en cierta indignidad terrible. Se puede ser grande en la hoguera y en el naufragio; es posible una actitud sublime, así en medio de las llamas, como entre las olas. Cabe transfiguración en el abismarse. Aquí no. Aquí la muerte es sucia. Humillante espirar. Las supremas visiones flotantes son abyectas. El lodo es sinónimo de vergüenza. Es raquítico, infame y feo.

Morir en un tonel de malvasía, como Clarence, pase; pero morir en la fosa del pocero, como Escoubleau es horrible.

Debatirse en el cieno es asqueroso. Al par que se agoniza, se chapotea.

Hay tinieblas bastantes para que sea aquello el infierno, y fango de sobra para que no sea más que un lodazal; de suerte que aquel moribundo no sabe si va á convertirse en espectro ó en sapo. Siempre es el sepulcro siniestro, pero en este caso resulta disforme.

La profundidad de los hundideros variaba, como también su longitud y densidad, en razón de la mejor ó peor calidad del terreno. Ora tenía tres ó cuatro pies de profundidad, ora ocho ó diez, ora no se encontraba el fondo. Unas veces el fango era casi sólido, otras casi líquido.

En el hundidero de Lunière, un hombre hubiera tardado un día en desaparecer, mientras que hubiera sido absorbido en cinco minutos en el lodazal de Phelippeaux.

El fango sostiene más ó menos, según es más ó menos denso.

Un niño se salva donde un hombre se pierde.

La primera ley de salvación es despojarse de toda clase de carga. El pocero que sentía ceder el suelo bajo sus pies, arrojaba el saco con las herramientas del oficio, ó la banasta ó el cubo.

Los hundideros provenían de diferentes causas: congelamiento del suelo; algún derrumbamiento á una profundidad fuera del alcance del hombre; los violentos chaparrones del verano; la lluvia incesante del invierno; las lloviznas menudas y continuadas.

Á veces el peso de las casas vecinas en un terreno margoso ó arenoso hacía inclinar las bóvedas de las galerías subterráneas; ó sucedía que el embaldosado estallaba y se abría bajo aquel empuje terrible. De este modo, el asiento del Panteón destruyó, hace un siglo, parte de las cuevas de la montaña de Santa Genoveva.

Cuando se hundía una alcantarilla bajo la presión de las casas, el desorden, en ciertas ocasiones, se manifestaba arriba, en la calle, por una especie de grietas, como dientes de sierra, entre los adoquines, que formaban una línea serpentina en toda la longitud de bóveda hundida, y entonces, como el daño era visible, podía aplicársele pronto remedio. Acontecía también con frecuencia que el destrozo interior no se revelaba por ninguna grieta exterior. En ese caso, ¡pobres poceros! Entrando sin precaución en la alcantarilla hundida, estaban expuestos á abismarse. Los antiguos registros hacen mención de varios poceros sepultados por esta causa, y hasta citan los nombres de las víctimas; entre otros, el de uno que se perdió en el hundimiento debajo del ramal de la calle Careme-Prénant, llamado Blas Pontrain, hermano de Nicolás Pontrain, el último sepulturero del cementerio conocido por el Osario de los Inocentes, en 1785, época en que este cementerio desapareció.

Algo parecido le sucedió al joven y elegante vizconde de Escoubleau, de quien ya hemos hablado, que fué uno de los héroes del sitio de Lérida, donde se dió el asalto con medias de seda y una vanguardia de músicos tocando violines. Escoubleau, sorprendido una noche en casa de su prima, la duquesa de Sourdis, pereció ahogado por un hundimiento del albañal de Beautreillis, donde se había refugiado huyendo del duque.

La señora duquesa, cuando le dieron cuenta de esta muerte, pidió su frasco, y se olvidó de llorar á fuerza de respirar sales.

En casos semejantes, no hay amor que queme; la cloaca lo apaga.

Hero se niega á lavar el cadáver de Leandro. Tisbe se tapa las narices delante de Píramo, exclamando: ¡Puf!

VI
El hundidero

Juan Valjean se encontró ante un hundidero.

Esta especie de hundimientos eran entonces muy frecuentes en el subsuelo de los Campos Elíseos, que se sometía con dificultad á los trabajos hidráulicos, y conservaba poco las construcciones subterráneas, por su excesiva fluidez. Esta fluidez deja atrás la inconsistencia misma de las pérfidas arenas del barrio de San Jorge, que han necesitado un afirmado de hormigón, y de las capas gredosas infectadas de gas del barrio de los Mártires, tan líquidas, que no ha podido practicarse el paso por debajo de la galería de los Mártires, sino por medio de un tubo de hierro colado.

Cuando en 1836 se demolió en el arrabal de San Honorato, para volverla á construir, la antigua alcantarilla de piedra, donde ahora encontramos á Juan Valjean, la arena movediza que constituye el subsuelo de los Campos Elíseos hasta el Sena, fué un obstáculo tal, que hizo durar la obra cerca de seis meses, con gran escándalo de los ribereños, sobre todo de los ribereños de palacios y carrozas.

Los trabajos, sobre ser difíciles, fueron peligrosos, si bien es verdad que hubo cuatro meses y medio de lluvia y tres crecidas del Sena.

El hundidero que encontró Juan Valjean provenía del chaparrón de la víspera.

El empedrado, mal sostenido por la arena subyacente, había flaqueado, produciendo un estancamiento de agua.

Siguióse la filtración y luego el derrumbamiento.

El solado desunido se había sumergido en el cieno. ¿Hasta qué extensión? se ignoraba.

En aquel punto la obscuridad era más espesa que en las demás partes. Era un agujero de lodo en una caverna de noche.

Juan Valjean sintió que el embaldosado desaparecía bajo sus pies, y penetró en el fango. Agua en la superficie, légamo en el fondo.

Era preciso pasar, pues que retroceder era imposible.

Mario estaba expirante, y Juan Valjean extenuado ya y sin aliento.

Por otra parte, ¿adónde había de ir?

Juan Valjean siguió adelante; creyendo sobre todo que era el hundidero poco profundo.

Pero á medida que avanzaba, sus pies se iban hundiendo. Pronto el cieno le llegó á media pierna, y el agua sobre las rodillas. Caminaba, no obstante, sosteniendo con los brazos levantados á Mario, lo más que podía, sobre el agua.

El cieno le pasaba ya de las corvas y el agua de la cintura. Imposible volver atrás. Hundíase á cada paso más, y aquel fango, bastante denso para el peso de un hombre, no podía sostener el de dos. Trabajo les hubiera costado á Mario y á Juan Valjean salir de allí andando separados.

Juan Valjean continuó avanzando con aquel moribundo, que quizá era ya un muerto.

El agua le llegaba á los sobacos. Conocía que iba á zozobrar, y apenas podía moverse en la profundidad de cieno en que se hallaba. La densidad, que era el sostén, era al propio tiempo el obstáculo.

Tenía levantado siempre á Mario sobre el agua, y con esfuerzos inauditos seguía adelante; pero no sin sumergirse más, hasta no quedarle visibles sino la cabeza y los brazos levantando á Mario.

En las antiguas pinturas del diluvio se ve á una madre haciendo otro tanto con su hijo.

Hundióse aún más, y para poder respirar, volvía la cara hacia atrás.

Quien le hubiese visto en aquella obscuridad, habría creído ver una máscara flotante en la sombra.

Divisaba vagamente por encima de él la cabeza colgante y el rostro lívido de Mario. Hizo un esfuerzo desesperado y adelantó un pie. El pie tropezó en una cosa sólida; era un punto de apoyo. Ya era tiempo.

Afirmóse é irguióse con cierta furia en aquel punto de apoyo, lo cual le produjo el efecto del primer peldaño de una escalera para subir nuevamente á la vida.

Aquel punto de apoyo que halló en el fango en el momento supremo, era el principio de la otra vertiente del solado, que había cedido sin romperse, encorvándose debajo del agua como una tabla de una sola pieza.

Los embaldosados bien construidos son abovedados y presentan esta clase de resistencia. Aquel fragmento del solado, en parte sumergido, pero sólido, era una verdadera rampa; y una vez alcanzada, se estaba á salvo.

Juan Valjean subió por aquel plano inclinado, y pronto estuvo al otro lado del hundidero.

Al salir del agua tropezó en una piedra, y cayó de rodillas. Parecióle muy justo, y permaneció allí algún tiempo, con el alma abismada hablando á Dios.

Levantóse tiritando, helado, infecto, doblándose bajo el peso del moribundo que llevaba, chorreando cieno, y con el alma inundada por una luz extraña.

VII
Á veces se encalla donde se cree desembarcar

Emprendió su camino otra vez aún.

Por lo demás, si bien no dejó la vida en el hundidero, parecía haber dejado las fuerzas. Habíale aniquilado aquel supremo esfuerzo; y era tal su fatiga, que á cada tres ó cuatro pasos tenía que recobrar aliento y apoyarse en la pared.

Tuvo una vez necesidad de sentarse en el andén para cambiar de posición á Mario, y creyó no volver á levantarse.

Pero si el vigor había muerto en él, no así la energía, y se levantó.

Caminó desesperadamente, casi de prisa; anduvo de este modo unos cien pasos, sin alzar la cabeza, sin respirar apenas, cuando, de súbito, tropezó en la pared.

Había llegado á uno de los ángulos de la alcantarilla con la cabeza baja, y de ahí el choque. Abrió los ojos, y en la extremidad del subterráneo, delante de él, lejos, muy lejos, percibió la luz. No era esta vez la claridad terrible, sino una claridad purísima. Era la luz del día.

Juan Valjean veía la salida.

El alma de un condenado que en medio de las llamas divisase de repente la salida del infierno, experimentaría lo que experimentó Juan Valjean. Volaría desatinadamente con sus quemadas alas hacia la radiante puerta.

Juan Valjean no sintió ya fatiga, no sintió ya el peso de Mario; recobró sus piernas de acero, y se puso á correr mejor que á caminar. Á medida que se aproximaba distinguía mejor la salida.

Era un arco abovedado, más bajo que la bóveda, la cual por grados iba decreciendo, y menos ancho que la galería, que iba estrechándose al par que la bóveda bajaba. El túnel terminaba en forma de embudo; término vicioso, imitado de los calabozos de las cárceles, lógico en un penal, ilógico en una cloaca, y por esto tal vez se ha corregido.

Juan Valjean llegó á la salida.

Allí se detuvo.

Era, en efecto, una salida, pero no se podía salir.

Estaba cerrado el arco con una fuerte reja, y la reja que, al parecer, giraba muy pocas veces sobre sus oxidados goznes, estaba sujetada al dintel de piedra por una gruesa cerradura, rojiza de orín, que parecía un enorme ladrillo. Veíase el ojo de la llave, y el macizo pestillo profundamente encajado en la chapa de hierro. La cerradura era de doble vuelta, de la forma de las de las Bastillas, tan en uso en el París antiguo.

Al otro lado de la raja, el aire libre, el río, el día, el ribazo muy estrecho, pero suficiente para marcharse; los muelles lejanos, París, ese gran abismo donde es tan fácil esconderse; el vasto horizonte, la libertad. Á la derecha, río abajo, se distinguía el puente de Jena, y á la izquierda, río arriba, el puente de los Inválidos. El sitio hubiera sido á propósito para esperar la noche y evadirse. Era uno de los puntos más solitarios de París; el ribazo que da frente al Gros Caillou.

Las moscas entraban y salían al través de los barrotes de la verja.

Serían como las ocho y media de la tarde. El día iba desapareciendo.

Juan Valjean colocó á Mario junto á la pared, en la parte seca del embaldosado; después se dirigió á la reja, y cogió con sus dos manos crispadas los barrotes.

El sacudimiento fué frenético, la conmoción nula. La reja no se movió. Juan Valjean fué probando los barrotes uno después de otro, por ver si podía arrancar el menos sólido, y convertirle en palanca para levantar la puerta ó para romper la cerradura. Ninguno cedió.

Los dientes del tigre dentro de sus alvéolos no tienen mayor solidez. Ni palanca, ni fuerza alguna para aquel obstáculo invencible. No había medio de abrir la puerta.

¿Debía, pues acabar todo allí? ¿Qué hacer? ¿Qué partido tomar?

Para retroceder, y desandar el horrible camino recorrido, no se sentía con fuerzas suficientes. Por otra parte, ¿cómo atravesar de nuevo aquel lodazal de donde había salido por milagro? Y después del lodazal, ¿no estaba allí la ronda de policía de la cual no era fácil escaparse dos veces?

¿Dónde ir, pues? ¿Qué dirección tomar?

Seguir la pendiente, no era alcanzar el fin. Aunque se encontrase otra salida, ¿no había de estar también cerrada con reja ó tapón?

Todas las salidas se hallaban indudablemente cerradas como aquélla. La casualidad había hecho desencajar la reja por donde había entrado; pero era evidente que todas las demás bocas de la alcantarilla estarían cerradas.

Sólo había logrado evadirse, para caer en un gran calabozo.

Todo había acabado. Cuanto había hecho Juan Valjean resultaba inútil.

La fatiga produciendo el aborto.

Estaban ambos cogidos en las sombrías é inmensas redes de la muerte, y Juan Valjean sentía correr por sus negros hilos, estremeciéndose en las tinieblas, á la espantosa araña.

Volvióse de espaldas á la reja, se dejó caer en el suelo junto á Mario, que continuaba inmóvil, y hundió la cabeza entre ambas rodillas. No había salida. Era la última gota del cáliz de la angustia.

¿En qué pensaba durante aquel profundo abatimiento?

Ni en él, ni en Mario. Pensaba en Cosette.

VIII
El jirón de la levita

En medio de aquel anonadamiento, sintió una mano en el hombro y una voz que hablando por lo bajo decía:

—Parte para dos.

¿Quién podía ser entre aquellas sombras?

Nada se parece tanto al sueño como la desesperación, y Juan Valjean creyó estar soñando. No había oído pasos. ¿Era aquello posible? Levantó los ojos.

Había un hombre delante de él.

Este hombre vestía blusa é iba descalzo; llevaba los zapatos en la mano izquierda; sin duda se los había quitado para llegar hasta Juan Valjean sin ser oído.

Juan Valjean no vaciló un momento. Á pesar de cogerle tan de improviso, conoció al hombre. Era Thénardier.

Aunque despertando, digámoslo así, sobresaltado, Juan Valjean, acostumbrado á vivir alerta y práctico en los golpes imprevistos que conviene parar pronto, recobró enseguida toda su presencia de ánimo. Además, la situación no podía empeorar, pues hay desastres que no pueden acrecentarse, y ni el mismo Thénardier era capaz de ennegrecer aquella tenebrosa noche.

Hubo un momento de tregua.

Thénardier, levantando la mano derecha á la altura de la frente en forma de pantalla, frunció las cejas y achicó los ojos, lo cual acompañado de una contracción de labios, caracterizaba la atención sagaz de un hombre que quiere reconocer á otro. No lo consiguió sin embargo.

Como antes hemos dicho, Juan Valjean se volvía de espaldas á la luz, y estaba además tan desfigurado é iba tan lleno de fango y de sangre, que ni aún en medio de la luz del día le hubiera reconocido nadie.

Al contrario, Thénardier, que, alumbrado el rostro por la luz de la reja, lívida, es verdad, pero clara en su lividez, saltó, como dice la enérgica metáfora vulgar, desde luego á los ojos de Juan Valjean. Esta desigualdad de situación bastaba para dar alguna ventaja á Juan Valjean en el misterioso duelo que iba á empeñarse. El encuentro se realizaba entre Juan Valjean disfrazado y Thénardier sin máscara.

Juan Valjean advirtió inmediatamente que Thénardier no le conocía.

Se consideraron un momento en la penumbra, y como si trataran de medirse. Thénardier fué el primero en romper el silencio.

—¿Cómo te las vas á componer para salir?

Juan Valjean no respondió.

Thénardier continuó:

—Es imposible forzar la puerta, y es preciso, sin embargo, que salgas de aquí.

—Ciertamente,—dijo Juan Valjean.

—Pues bien; parte para entrambos.

—¿Qué quieres decir?

Tú has matado á ese hombre; bien. Pero yo tengo la llave.

Thénardier indicaba con el dedo á Mario, y prosiguió:

—No te conozco, pero quiero ayudarte. Debes ser un camarada.

Juan Valjean empezó á comprender. Thénardier le tomaba por un asesino.

Thénardier repuso:

—Oye, buen amigo, no habrás matado á ese hombre sin mirar lo que llevaba en los bolsillos. Dame la mitad, y te abro la puerta, proporcionándote cómo deshacerte del muerto.

Dejando asomar entonces una enorme llave por debajo de su blusa hecha jirones, añadió:

—¿Quieres ver cómo se porta la llave del campo? Pues míralo.

Juan Valjean «se quedó tonto», según el dicho de Corneille, hasta el punto de dudar de la realidad de lo que veía.

Era la Providencia con formas horribles; era el ángel bueno que surgía de la tierra en la persona de Thénardier.

Thénardier metió la mano en un gran bolsillo que llevaba oculto bajo la blusa, sacó una cuerda y la alargó á Juan Valjean, diciéndole:

—Toma, te doy además la cuerda que te hace falta.

—¿Y para qué esta cuerda?

—Necesitas también una piedra; pero afuera la hallarás. Junto á la reja las hay de sobra en un montón.

—¿Y para qué la piedra?

—Imbécil, puesto que vas á arrojar el cadáver al río, si no le atas una piedra al cuello, va á flotar sobre el agua.

Juan Valjean tomó maquinalmente la cuerda. No hay quién no tenga de estas aceptaciones maquinales.

Thénardier hizo castañetear sus dedos, como si le hubiese asaltado de repente una idea.

—Pero, camarada, ¿cómo has podido salir del lodazal? Yo no me he atrevido con él. ¡Puf! ¡Y cómo hueles!

Después de una pausa añadió:

—Te estoy haciendo preguntas, y haces tú muy bien en no contestarme. Es un ensayo para cuando comparezcas ante el juez, que es por cierto un cuarto de hora bien poco gracioso. Además de que, quien calla no dice nada. ¡Bah! Porque no vea tu cara ni conozca tu nombre, no te figures que ignoro lo que eres y lo que quieres. Lo sé. Le has estropeado un lado á ese mozo, y ahora desearías ocultarle en algún sitio. Te hace falta el río, que es el gran escóndelo todo. Voy á sacarte del apuro. Me gusta ayudar á la gente lista.

Al mismo tiempo de aprobar el silencio de Juan Valjean, trataba visiblemente de hacer que hablase. Empujóle en el hombro, para poder examinarle de perfil; y sin salir del tono bajo en que se mantenía en su voz, díjole:

—Ahora que me acuerdo; eres un tonto. ¿Por qué no arrojaste á ese hombre en el lodazal?

Juan Valjean guardó silencio.

Thénardier, alzando hasta la nuez de la garganta el harapo que le servía de corbata, gesto que completa el aire de importancia de un hombre de peso, continuó:

—Bien puede ser que obrases cuerdamente, porque mañana los trabajadores, al venir á tapar el hueco, habrían tropezado con el cadáver, y de hilo en hilo, hebra por hebra, quizá se hubiera llegado hasta ti. Alguien ha entrado en la alcantarilla... ¿Quién? ¿Por dónde ha salido?... ¿Le han visto salir?...

La policía es muy ingeniosa. La alcantarilla es traidora y denuncia. Semejante hallazgo es una rareza, y llama la atención; pocas gentes se valen de la cloaca para sus negocios, mientras que el río es de todos. El río es la verdadera sepultura. Al cabo de un mes se pesca al hombre en las redes de Saint Cloud. ¡Y bien! ¿Qué importa? Un cuerpo muerto medio deshecho. ¡Vaya en gracia! ¿Quién le mató? París. Ni siquiera se da parte á la justicia. Has hecho muy bien.

Cuanto mayor era la locuacidad de Thénardier, más mudo se iba quedando Juan Valjean.

Thénardier le sacudió de nuevo sobre el hombro.

—Terminemos nuestro asunto. Partamos. Has visto mi llave; muéstrame tu dinero.

Thénardier aparecía huraño, fosco, mirado siniestramente algo amenazador; pero el tono era pacífico.

Notábase una cosa extraña. Los modales de Thénardier no tenían nada de sencillos. Estaba como violento. Aunque sin afectar misterio, hablaba bajo, y de vez en cuando ponía el dedo en la boca murmurando: ¡chist!

No era fácil adivinar la causa.

Allí no había nadie más que ellos dos solos, y Juan Valjean supuso que habían otros bandidos ocultos en algún rincón no lejano, y que Thénardier no tenía intención de partir con ellos.

—Acabemos,—repitió Thénardier.—¿Cuánto tenía ese mozo en la faltriquera?

Juan Valjean metió la mano en la suya.

Recuérdese que su costumbre era llevar siempre dinero consigo. Así se lo exigía la vida de azares imprevistos á que se veía condenado.

Esta vez, sin embargo, le cogió casi completamente desprevenido. Al ponerse la noche anterior el uniforme de guardia nacional, se había olvidado, abrumado como estaba de pensamientos lúgubres, de llevar la cartera. Sólo tenía algunas monedas en el bolsillo del chaleco. Volvióle del revés, empapado como estaba de fango, y vació en el solado de la banqueta un luis de oro, dos monedas de cinco francos y diez ó doce sueldos.

Thénardier alargó el labio inferior, y torció el cuello en ademán significativo.