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Los miserables - Tomo 2 (de 2) cover

Los miserables - Tomo 2 (de 2)

Chapter 22: LIBRO CUARTO
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About This Book

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LIBRO CUARTO

I
Javert desviado

Javert se había alejado á paso lento de la calle del Hombre Armado.

Caminaba con la cabeza baja por primera vez en su vida, y también por primera vez en su vida con las manos cruzadas atrás.

Hasta aquel día Javert no había tomado de las dos actitudes de Napoleón, otra que la que denota resolución, los brazos cruzados sobre el pecho; la que expresa incertidumbre, esto es, la de las manos detrás, le era desconocida. Habíase verificado en él un gran cambio; toda su personalidad, lenta y sombría aparecía impresa de ansiedad.

Internóse por calles silenciosas.

Sin embargo, seguía una dirección.

Tomó por el camino más corto hacia el Sena, llegó al muelle de los Olmos, le costeó, dejó tras de sí la Grève, y se detuvo á cierta distancia del cuerpo de guardia de Châtelet, en el ángulo del puente de Nuestra Señora. El Sena, entre el puente de Nuestra Señora y el Pont au Change por un lado, y los muelles de la Megisserie y de las Flores por el otro, forma una especie de lago cuadrado atravesado por una corriente.

Este punto del Sena, desagrada mucho á los marineros.

Nada tan peligroso como aquella corriente, irritada en aquella época por las estacas del molino del puente, hoy demolido.

Los dos puentes, tan próximos uno á otro, aumentan el peligro, y el agua se precipita de una manera formidable debajo de los arcos. Rueda allí formando ondas horribles; acumúlase, amontónase, forcejea contra los pilares como queriendo arrancarlos con gruesas cuerdas líquidas.

Los hombres que allí caen no reaparecen más; allí los más diestros nadadores se ahogan.

Javert apoyó los dos codos en el parapeto, la barba en ambas manos, y mientras sus uñas se crispaban maquinalmente en sus pobladas patillas, púsose á meditar.

En el fondo de su alma acababa de pasar una novedad, una revolución, una catástrofe, y debía examinarse.

Javert sufría horriblemente.

Hacía algunas horas que había cesado de ser sencillo. Estaba turbado; aquel cerebro, tan límpido en su ceguera, había perdido su trasparencia; una nube empañaba aquel cristal. Javert sentía en su conciencia dividirse el deber, y no podía disimulárselo.

Cuando encontró tan inesperadamente á Juan Valjean en el ribazo del Sena, sintió en su interior algo del lobo que se apodera de nuevo de su presa, y del perro que vuelve á hallar á su amo.

Veía entre sí dos sendas, igualmente rectas; pero eran dos, y esto le aterraba, que en toda su vida no había conocido jamás sino una sola línea derecha. Y para colmo de angustias, aquellas dos sendas eran opuestas. La una de aquellas dos rectas excluía la otra.

¿Cuál sería la verdadera?

Su situación era inexplicable.

Deber la vida á un malhechor; aceptar y reembolsar esta deuda; ser, á pesar de sí mismo, nivelado á un perseguido por la justicia, y pagarle un servicio con otro servicio; dejar que le dijese: «Vete», y decirle á su vez: «Se libre»; sacrificar á causas personales el deber, esta obligación general, y sentir en aquellas causas personales algo de general también, y tal vez superior; traicionar á la sociedad por ser fiel á su conciencia y realizarse semejantes absurdos, acumulándose sobre su persona, le aterraba en verdad.

Una cosa le había admirado, y era que Juan Valjean le hubiese perdonado; y otra cosa le petrificaba y era, que él, Javert, hubiese perdonado á Juan Valjean.

¿Dónde estaba él entonces? Buscábase, y no acertaba á dar consigo.

¿Qué había de hacer? Entregar á Juan Valjean, era mal hecho; pero mal hecho también era dejarle libre.

En el primer caso, el representante de la autoridad caía más bajo que el presidiario; en el segundo, el presidiario se sobreponía á la ley y la pisoteaba. En ambos casos, era el deshonor para Javert.

En cualquier partido que tomara había caída.

El destino tiene extremados precipicios sobre lo imposible, más allá, de los cuales la vida no es más que un abismo.

Javert se encontraba en el borde de uno de estos precipicios.

Angustiábale tener que pensar. La misma violencia de todas aquellas emociones contradictorias le obligaba á ello. ¡Pensar! Cosa inusitada para él y singularmente dolorosa.

Hay siempre en el pensamiento cierta cantidad de rebelión interior, y le irritaba sentirla en sí.

El pensar sobre cualquier asunto ajeno al estrecho círculo de sus funciones, hubiera sido para él, en todos casos, siempre inútil y fatigoso; pero tratándose de lo de aquel día que acababa de transcurrir, resultaba un tormento. Sin embargo, había que examinar la conciencia después de tales sacudimientos, y darse cuenta de sí mismo y á sí mismo.

Estremecíale lo que acababa de hacer, él, Javert, decidiendo contra todos los reglamentos de policía, contra toda la organización social y judicial, contra el código entero, poner en libertad á un hombre, porque así le había convenido, sustituyendo sus negocios particulares á los negocios públicos. ¿No era esto incalificable?

Cada vez que fijaba su mente en aquella acción sin nombre, temblaba de pies á cabeza.

¿Qué resolución debería tomar?

Un solo recurso le quedaba; volver enseguida á la calle del Hombre-Armado, y apoderarse de Juan Valjean. Era evidente que no debía hacer otra cosa. Y no podía.

Algo le cerraba el camino por aquel lado.

¿Algo? ¿qué? ¿Hay algo en el mundo después de los tribunales, de las sentencias ejecutorias, de la policía y de la autoridad? Javert estaba trastornado. ¡Sagrado un presidiario! ¡Un presidiario no debía ser preso por la justicia! ¡Y esto por culpa de Javert!

¿No era horrible que Javert y Juan Valjean, el hombre nacido para castigar, y el hombre nacido para sufrir, ambos á dos dependientes de la ley, hubiesen llegado al extremo de sobreponerse á ella?

¿Cómo? ¡Habían de ocurrir semejantes atrocidades y sin que nadie fuera castigado! ¡Juan Valjean, más fuerte que todo el orden social, se vería libre, y Javert continuaría comiendo el pan del gobierno!

Poco á poco aquella meditación tomaba un aspecto terrible.

Hubiera podido dirigir también á su conciencia algún cargo con motivo del insurrecto conducido á la calle de las Hijas del Calvario, pero no pensaba en él. La falta menor se perdía en la mayor.

Además, tratábase de un hombre evidentemente muerto, y con la muerte termina la persecución legal.

Juan Valjean: ése era el peso que abrumaba su espíritu.

Juan Valjean le desconcertaba. Los axiomas que habían sido los puntos de apoyo de toda su vida, caían por tierra ante aquel hombre. La generosidad de Valjean para con él le tenía agobiado.

Recordaba hechos que en otro tiempo había calificado de mentira y locuras, y que á la sazón le parecían realidades.

El señor Magdalena reaparecía detrás de Juan Valjean, superponiéndose ambas figuras sin formar más que una, que era venerable. Javert sentía penetrar en su alma algo horrible; la admiración hacia un presidiario. Pero ¿es concebible el respeto á un presidiario? Esta obra le horrorizaba, y sin embargo no podía sustraerse á ella.

Por esfuerzos que hiciera se veía obligado á confesar en su fuero interno la sublimidad de aquel miserable. Esto era odioso.

Un malhechor benéfico, un presidiario compasivo, dulce, clemente; recompensando el mal con el bien; dando contra el odio el perdón; prefiriendo la piedad á la venganza; conformándose con perderse á sí mismo antes que perder á su enemigo; salvando al que le había maltratado, arrodillado en lo más elevado de la virtud, más cerca del ángel que del hombre; era un monstruo cuya existencia tenía que confesar Javert.

Aquello no podía seguir así.

Es verdad que él no se había rendido de buen grado á aquel monstruo, á aquel ángel infame, á aquel héroe horrible, que le causaba tanta indignación como asombro. Veinte veces había sentido tentaciones de arrojarse sobre Juan Valjean, cogerle y devorarle, esto es, prenderle.

¿Había, en efecto, nada más sencillo?

Gritar delante del primer cuerpo de guardia; «¡un presidiario escapado!»; llamar á los gendarmes y decirles: «¡Ahí tenéis este hombre!»; marcharse enseguida, dejar allí á aquel condenado, ignorar lo que siguiese, y no volverse á ocupar más de ello. Ese hombre debía ser para siempre el prisionero de la ley; la ley debía hacer de él lo que quisiera. ¿Hay algo más justo?

Javert había pensado todo esto, había querido ponerlo en ejecución, prender á aquel hombre, y entonces, como ahora, habíale sido imposible; cada vez que la mano del inspector de policía se levantaba convulsivamente sobre Juan Valjean por cogerle del cuello, aquella mano, como si tirase de ella una fuerza enorme, había vuelto á caer, y en el fondo de su pensamiento oía una voz, una voz extraña que le gritaba: «Está bien. Entrega á tu salvador; haz traer enseguida la jofaina de Poncio Pilatos, y lávate las garras».

Después se examinaba á sí mismo, y junto á Juan Valjean ennoblecido, contemplaba degradado á Javert.

¡Un presidiario era su bienhechor!

Pero, ¿por qué le había permitido á aquel hombre perdonarle la vida?

En aquella barricada tenía el derecho de morir, y hubiera debido hacer uso de este derecho. Hubiera debido llamar á los otros insurrectos en auxilio suyo contra Juan Valjean, hacer que por fuerza le fusilasen; esto era preferible.

Su angustia suprema era la desaparición de la certidumbre. Se sentía desencajado. El código no era ya más que algo descompuesto en su mano. Acometíanle escrúpulos de una especie desconocida.

Efectuábase en él una revelación de sentimientos enteramente distinta de la afirmación legal, su regulador único hasta entonces. Continuar en su honradez antigua no era ya bastante.

Un orden completo de hechos inesperados surgía y le subyugaba. Era aquello para su alma un mundo nuevo: el beneficio aceptado y devuelto, el sacrificio, la misericordia, la indulgencia, las violencias hechas por la piedad á la austeridad, la acepción de personas, nada de sentencias definitivas, nada de condenas, la posibilidad de una lágrima en los ojos de la ley, una justicia ignorada según Dios, dirigida en sentido contrario según los hombres.

Creía estar viendo en las tinieblas la imponente aparición de un sol moral desconocido, que le producía á la vez horror y deslumbramiento. Búho obligado á las miradas del águila.

Decíase á sí mismo que había excepciones, que la autoridad podía desconcertarse, que la regla podía resultar incompleta ante un hecho, que no cabía todo en el texto del código, que lo imprevisto se hacía obedecer, que la virtud de un penado podía tender un lazo á la virtud de un funcionario, que lo monstruoso podía ser divino, que el destino tenía emboscadas como aquélla y calculaba en su desesperación que, ni él mismo, estaba al abrigo de una sorpresa.

Veíase obligado á reconocer que existía la bondad. Aquel presidiario había sido bueno; y él mismo, ¡oh rareza! iba siendo bueno también. Es decir, se estaba depravando.

Se creía cobarde, y se horrorizaba de sí mismo.

El ideal para Javert no era ser humano, grande ó sublime, sino ser irreprensible. Entonces él estaba pues faltando.

¿Cómo había podido llegar á tanto? ¿Cómo había pasado todo aquello? No hubiera sabido contestarse á sí mismo.

Oprimía su cabeza con ambas manos; pero por más que hacía, no acertaba á explicárselo.

Había tenido siempre, á no dudarlo, la intención de poner á Juan Valjean en poder de la ley, de que era cautivo, y de la cual él, Javert, era esclavo.

Ni por un momento mientras le tuvo en sus manos, le había ocurrido la idea de dejarle ir. Había abierto la mano en cierto modo, á pesar de su voluntad, y se le había escapado. Toda clase de interrogantes estaban titilando ante sus ojos. Dirigíase preguntas, dábase respuestas, y aquellas respuestas le aterraban. Preguntábase: ¿qué ha hecho ese presidiario, ese desesperado, á quien he perseguido sin cesar, que me ha tenido bajo sus pies, que podía y debía vengarse, tanto por rencor como por seguridad propia, dejándome la vida, perdonándome? ¿Ha cumplido su deber? No. Algo más. Y yo dejándole á mi vez libre, ¿qué he hecho? ¿Mi deber? No. Algo más.

¿Existe algo entonces superior al deber?

Al llegar aquí se asustaba; desafinábase su balanza; uno de los platillos caía en el abismo, el otro se elevaba á los cielos, y Javert se espantaba tanto por el que subía como por el que bajaba.

Sin ser, ni aun en último grado, lo que se llamaba volteriano ó filósofo, ó incrédulo y respetuoso, al contrario, instintivamente con la Iglesia establecida considerábala tan sólo como un fragmento augusto del edificio social; para él no había más dogma que el orden, y esto le bastaba. Desde que tuvo edad de hombre y empezó á desempeñar su cargo, cifró en la policía casi toda religión. Empleamos aquí las palabras sin la menor ironía y en su acepción más seria—siendo espía como se es sacerdote. Tenía un superior, llamado Gisquet; apenas había pensado hasta entonces en la existencia de otro superior llamado Dios.

Ese nuevo jefe, Dios, lo sentía dentro de sí inesperadamente, y esto le mortificaba.

Aquella presencia inesperada le desorientaba; no sabía qué hacer de aquel superior; él, que no ignoraba que el subordinado está obligado á doblar siempre la cabeza, no debiendo ni desobedecer, ni censurar, ni discutir, y que respecto á un superior que asombra demasiado, el inferior no tiene otro remedio que presentar la dimisión.

Pero ¿cómo hacerlo para presentar la dimisión á Dios?

Fuese como fuere, y esta idea reaparecía siempre, el hecho predominante para él era que acababa de cometer una infracción espantosa. Había cerrado los ojos ante un criminal reincidente; había dado libertad á un presidiario; había robado á las leyes un hombre que le pertenecía. Nada menos que eso había hecho, y no se daba cuenta de sí mismo. No estaba seguro de su persona. Ni siquiera concebía las razones de su modo de obrar, lo cual le producía vértigo.

Hasta entonces, había vivido con la fe ciega que engendra la probidad tenebrosa. Abandonándole aquella fe, le faltaba esta probidad. Todo cuando había creído se desvanecía. Las verdades que él no quería oir, le asediaban inexorablemente.

Era preciso ser otro hombre para lo sucesivo.

Sufría los extraños dolores de una conciencia á la que se le hubiese hecho bruscamente la operación de la catarata. Veía lo que le repugnaba ver. Sentíase vacío, inútil, dislocado de su pasada vida, destituido, disuelto. Había muerto en él la autoridad. No tenía ya pues el corazón de ser.

¡Terrible situación! Estar conmovido.

¡Ser de granito y dudar! ¡Ser la estatua del Castigo fundida por completo en el molde de la ley, y hallar de repente que bajo el pecho de bronce hay algo de absurdo y de rebelde que se parece al corazón! ¡Pagar un bien con otro bien, aunque hasta allí se hubiese creído que aquel bien era el mal! ¡Ser el perro de guardia y lamer! ¡Ser hielo y derretirse! Ser la tenaza y trocarse en mano! ¡Sentir de súbito que los dedos se abren para soltar la presa! ¡Espantosa acción!

¡El hombre proyectil sin saber ya el camino y retrocediendo!

¡Verse obligado á confesarse á sí mismo que la infalibilidad no es infalible, que puede haber error en el dogma, que no está dicho todo porque el código haya hablado, que la sociedad no es perfecta, que la autoridad está complicada con la vacilación, que son posibles las conmociones en lo inmutable, que los jueces son hombres, que la ley puede engañarse, que los tribunales pueden equivocarse! ¡Ver una reja en el inmenso cristal azul del firmamento!

Lo que molestaba á Javert era el Fampoux de una conciencia recta, el descarrilamiento del alma, el aplastamiento de una probidad lanzada irresistiblemente en línea recta que se estrella contra Dios.

¡Es cierto que no deja de ser extraño que el fogonero del orden, que el maquinista de la autoridad, montado sobre el ciego caballo férreo de la rígida vía, pudiese verse desmontado por un rayo de luz; que lo inconmutable, que lo directo, lo correcto, lo geométrico, lo pasivo, lo perfecto pudiera doblegarse; que hubiera para la locomotora una vía flexible!

¿Comprendía Javert á Dios, siempre interior en el hombre, conciencia verdaderamente refractaria á la falsa conciencia; prohibición para la chispa de apagarse; orden para el rayo de acordarse del sol; inducción para el alma de reconocer la verdad absoluta puesta en confrontación con el absoluto ficticio; la humanidad imperdible; el corazón humano inadmisible; este fenómeno espléndido, el más bello quizá de nuestros prodigios interiores, Javert lo comprendía? ¿Lo penetraba? ¿Se daba cuenta de él?

No, evidentemente.

Pero bajo la presión de ese incomprensible sin contestación, sentía entreabrírsele el cráneo.

No era menor el individuo transfigurado, que la víctima de aquel prodigio; y sucumbía exasperado.

En todo ello no veía más que una inmensa dificultad de ser. Parecíale que en adelante su respiración sería un tormento continuado.

Javert no había visto nunca de lo desconocido sino lo inferior.

Hasta entonces, cuanto había habido por encima de él había sido para su mirada una superficie lisa, igual, límpida; nada ignorado, ni nuevo; nada que no fuese definido, coordinado, encadenado, preciso, exacto, circunscrito, limitado, firme, todo previsto; la autoridad era una cosa llana; ningún tropiezo en ella, ningún vértigo en su presencia. Javert no había sentido nunca nada desconocido sobre su cabeza. Lo irregular, lo inesperado, la abertura desordenada en el caos, el desliz posible en un precipicio; todo ello era propio de las regiones inferiores, de los rebeldes, de los malos, de los miserables. Á la sazón Javert retrocedía bruscamente espantado de aquella aparición inaudita: un abismo en lo alto.

¡Cómo, pues! ¡Aquel desarreglo de arriba abajo, cómo estaba todo desconcertado en absoluto!

¿De qué fiar entonces? ¡Todo aquello de que se está convencido puede hundirse!

¡Cómo! ¡Y era un miserable magnánimo quien podía encontrar la parte vulnerable de la coraza de la sociedad! ¡Y un honrado servidor de la ley podía verse cogido entre dos crímenes, el crimen de dejar escapar á un hombre, y el crimen de prenderle! ¡No era, pues, cierto todo en la consigna dada por el Estado al funcionario! ¡Podía haber callejones sin salida en el deber!

¡Cómo pues! ¡Todo eso era realmente efectivo! ¿Era cierto que un antiguo criminal, doblegado bajo el peso de las condenas, pudiera enderezarse y acabar por tener razón? ¿Era esto creíble?

¿Existían casos, pues, en que la ley debía retirarse ante el crimen transfigurado, balbuceando disculpas?

—¡Sí, era ello verdad! ¡Javert lo veía, y Javert lo tocaba! Y no sólo no podía negarlo, sino que tomaba en ello parte. Eran las realidades como era abominable que los hechos positivos pudiesen llegar á semejante deformidad. Á cumplir los hechos con su deber, se hubieran limitado á ser las pruebas de la ley; los hechos, es Dios quien los envía. ¿Iría pues entonces la anarquía á descender de lo alto?

Así... y en el acrecentamiento de la angustia, y en la ilusión óptica de la consternación, borrábase todo lo que hubiese podido restringir y corregir su impresión, resumiéndose ya en lo sucesivo á sus ojos la sociedad, el género humano, y el universo entero en un simple y terrible contorno; así la penalidad, la cosa juzgada, la fuerza debida á la legislación, las sentencias de los tribunales soberanos, la magistratura, el gobierno, la prevención y la represión, la sabiduría oficial, la infalibilidad legal, el principio de autoridad, todos los dogmas sobre que reposa la seguridad política y civil, la soberanía, la justicia, la lógica que emana del código, el absoluto social, la verdad pública, todo eso se convertía en escombros, desbarajuste y caos; y aún él, Javert, el vigilante del orden, la incorruptibilidad al servicio de la policía, el perro providencial de la sociedad, quedaba vencido y anonadado... y sobre toda aquella ruina un hombre en pie, con el gorro verde en la cabeza y la aureola en la frente.

He aquí el trastorno que había alcanzado; he aquí la visión espantosa que embargaba su alma.

¿Era aquello soportable? No.

¡Estado violento, sí lo hubo! Sólo había dos maneras de salir de él. Era la una, irse resueltamente á Juan Valjean y devolver al calabozo el hombre del presidio, la otra...

Javert dejó el parapeto, é irguiendo esta vez la cabeza, dirigióse con paso firme al cuerpo de guardia indicado por un farol en una de las esquinas de la plaza del Châtelet.

Al llegar, distinguió dentro, al través de los cristales, á un gendarme, y entró. Con la sola manera de empujar la puerta de un cuerpo de guardia, los hombres de policía se conocen entre sí. Javert dijo su nombre, mostró su tarjeta al gendarme, y se sentó junto á la mesa, sobre la cual ardía una vela. Había en la mesa una pluma, un tintero de plomo y papel para los casos de sumaria eventual y escribir los partes de las rondas nocturnas.

Aquella mesa, con su correspondiente silla de paja, además es una institución; existe en todos los puestos de policía, invariablemente adornada con un platillo de boj lleno de serrín, y una caja de cartón con obleas encarnadas. Es el primer escalón del sitio oficial. Allí empieza la literatura del Estado.

Javert tomó la pluma y un pliego de papel, y se puso á escribir. He aquí lo que escribió:

ALGUNAS OBSERVACIONES EN BIEN DEL SERVICIO

«En primer lugar: suplico al señor prefecto que pase la vista por estas líneas.

«Segundo: los detenidos que vienen del interrogatorio se quitan los zapatos y permanecen descalzos sobre el embaldosado mientras se les registra. Muchos tosen cuando se los vuelve al encierro. Esto ocasiona gastos de enfermería.

«Tercero: la acechamiento es una cosa buena, pero con agentes de relevo de distancia en distancia, pues convendría que, en casos importantes, dos agentes al menos no se perdiesen de vista, en razón á que, si por cualquier causa un agente afloja en el servicio, el otro le vigile y haga sus veces.

«Cuarto: no se comprende por qué motivo el reglamento especial de cárcel de las Magdalenas prohíbe al preso que tenga una silla, aún pagándola.

«Quinto: en la cantina de las Magdalenas no hay más que dos barrotes, y esto permite á la cantinera dejarse tocar la mano por los detenidos.

«Sexto: los detenidos, llamados ladrones, que llaman á los otros al locutorio, exigen dos sueldos de cada preso por gritar su nombre distintamente. Esto es un robo.

«Séptimo: por el hilo ordinario se retienen diez sueldos al preso en el taller de los tejedores; lo cual es un abuso del contratista, pues no por eso el lienzo vale menos.

«Octavo: no está muy bien que los que van á visitar la fuerza, tengan que atravesar por el patio de los monicacos para ir al locutorio de Santa María Egipcíaca.

«Noveno: es cierto que diariamente se oye á los gendarmes referir en el patio de la prefectura los interrogatorios hechos por los jueces á los detenidos. En un gendarme, que debiera ser sagrado, repetir lo que ha oído en el gabinete de instrucción es una falta grave.

«Décimo: la señora Henry es una buena mujer; su cantina está muy aseada; pero es muy malo que esté al cuidado de una mujer el ventanillo del calabozo de incomunicados. Esto no es digno de la Conserjería de una gran civilización».

Javert trazó las anteriores líneas con mano firme y estilo correcto, no omitiendo una sola coma, y haciendo crujir el papel bajo su pluma. Al pie de la última línea firmó:

Javert, inspector de primera clase.

«En el cuerpo de guardia de la plaza del Châtelet, 7 junio de 1832, á eso de la una de la madrugada».

Secó la tinta fresca sobre el papel, doblólo en forma de carta, le puso una oblea, y escribió encima: Nota para la Administración. Dejóle sobre la mesa, y salió del cuerpo de guardia. La vidriera enrejada se cerró tras él.

Cruzó de nuevo diagonalmente la plaza del Châtelet, llegó al muelle, y fué á situarse con una exactitud automática en el punto mismo que había abandonado hacía un cuarto de hora; los codos, como antes, sobre el parapeto, en actitud idéntica.

Parecía no haberse movido.

Reinaba completa obscuridad. Era el momento sepulcral que sigue á la media noche. Espesas nubes cubrían las estrellas. El cielo tenía un aspecto siniestro.

No se veía una sola luz en las casas de la Cité; no pasaba un alma; cuanto alcanzaba la vista entre las sombras de calles y muelles estaba desierto; Nuestra Señora y las torres del palacio de Justicia parecían siluetas de la noche. Un farol alumbraba el pretil del muelle. Los perfiles sombríos de los puentes iban desapareciendo uno tras otro en las tinieblas. El río había engrosado con las lluvias.

El lugar en que se había apoyado Javert estaba, como se recordará, situado sobre la corriente rápida del Sena, perpendicular á la formidable espiral de remolinos que se desata y vuelve á anudar como un tornillo sin fin.

Javert inclinó la cabeza y miró.

Todo estaba negro. Nada se distinguía. Oíase el ruido de las oleadas pero no se veía el río. De cuando en cuando aparecía en aquella profundidad vertiginosa una luz que serpenteaba vagamente. Es virtud que tiene el agua de coger la luz, no se sabe dónde, en medio de la noche más completa, y convertirla en culebra.

La claridad no tardaba en disiparse, y todo volvía á quedar confuso y negro. La inmensidad parecía estar allí abierta.

Abajo, no era aquello agua, sino abismo.

La pared del muelle, abrupta, confusa, mezclada de vapor y ocultándose enseguida, producía el efecto de una muralla: lo infinito. No se veía nada, pero se sentía la frialdad hostil del agua, y el olor insípido de la piedra mojada. Subía de aquel abismo un hálito salvaje. La crecida del río, que se adivinaba mejor que se veía, el trágico susurrar de la corriente, la lóbrega grandiosidad de los arcos del puente, la caída imaginable en aquel vacío tenebroso, toda aquella sombra estaba impregnada de horror.

Javert permaneció inmóvil algunos minutos, mirando aquel abismo de tinieblas. Contemplaba lo invisible con una fijeza parecida á la atención.

Zumbaba el agua.

De pronto se quitó el sombrero, dejándolo sobre el reborde del parapeto.

Luego después una figura alta y negra, que desde lejos cualquier viandante trasnochador hubiera podido tomar por un fantasma, apareció enhiesta sobre el parapeto, se inclinó hacia el Sena, volvió á erguirse de nuevo y cayó inmediatamente en las tinieblas. Oyóse un chapoteo sordo, pero sólo la sombra estuvo en el secreto de las convulsiones de aquella forma obscura, desaparecida bajo el agua.