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Los miserables - Tomo 2 (de 2) cover

Los miserables - Tomo 2 (de 2)

Chapter 23: LIBRO QUINTO ABUELO Y NIETO
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LIBRO QUINTO
ABUELO Y NIETO

I
Donde se ve de nuevo el árbol de la plancha de cinc

Algún tiempo después de los acontecimientos que venimos narrando, el tío Boulatruelle tuvo una viva emoción.

El tío Boulatruelle, aquel peón caminero de Montfermeil que hemos ya entrevisto en las partes tenebrosas de este libro.

Boulatruelle, como se recordará tal vez, era hombre que se ocupaba en cosas turbias y distintas. Desmenuzaba las piedras y desvalijaba á los viajeros en la carretera...

Pontonero y ladrón, soñaba sin cesar con tesoros escondidos en el bosque de Montfermeil. Esperaba en que el día menos pensado encontraría dinero enterrado al pie de algún árbol, y mientras esperaba, buscábalo en el bolsillo de los transeúntes.

Por de pronto, sin embargo, era prudente. Acababa de librarse de una buena, pues, como ya dijimos, le cogieron en el desván de Jondrette con los demás bandidos. Utilidad de un vicio: su borrachera le había salvado. No se pudo averiguar si estaba allí en clase de robado ó de ladrón; de donde resultó la providencia de sobreseimiento fundado en su notorio estado de embriaguez en aquella terrible noche, y se le devolvió su libertad.

Volvió pues á tomar la clave del bosque y á ocupar el camino de Gagny y Lagny, bajo la vigilancia judicial, á seguir engravando por cuenta del Estado, cabizbajo, meditabundo, disgustado del robo que estuvo á pique de perderle, y cada vez con mayor cariño al vino, que acababa de ser su salvador.

En cuanto á la viva emoción que experimentó al poco tiempo de haber vuelto bajo el techo de césped de su choza de peón caminero, hela aquí:

Una madrugada, cuando Boulatruelle se dirigía, como de costumbre, á su trabajo, y quizá al sitio desde donde acechaba, divisó entre las ramas á un hombre que estaba de espaldas hacia él, pero cuya traza, y por lo que pudo colegir desde lejos y á la luz del crepúsculo, no le era del todo desconocida.

Boulatruelle, aunque borracho, tenía clara y excelente memoria, arma defensiva indispensable á todo el que se pone en lucha con el orden legal.

—¿Dónde diablos he visto yo algo parecido á ese hombre?—preguntóse á sí mismo.

Pero la única respuesta que se le ocurrió fué, que se parecía á alguien, cuya figura medio confusa guardaba en su memoria.

Por lo demás, Boulatruelle, prescindiendo de la identidad que no le fué posible fijar, hizo comparaciones y echó cálculos. Aquel hombre no era del país, y acababa de llegar á pie indudablemente; pues ningún carruaje público pasaba á tales horas por Montfermeil. Había andado toda la noche. ¿De dónde venía? La distancia no debía ser muy grande, pues no llevaba lío ni morral.

De París, sin duda.

¿Por qué estaba en aquel bosque y á tales horas? ¿Á qué había ido allí? Boulatruelle pensó en el tesoro. Á fuerza de atormentar su memoria, recordó vagamente haber tenido ya, algunos años antes, otro encuentro parecido con un hombre que se le figuró podría muy bien ser aquel mismo.

Mientras meditaba, había bajado la cabeza, como cediendo á la presión del pensamiento; lo cual, aunque natural, fué poco hábil. Cuando volvió á levantarla ya no vió nada.

El hombre había desaparecido en el bosque entre las vaguedades del crepúsculo.

—¡Diantre!—dijo Boulatruelle;—yo he de dar con él. Yo descubriré la parroquia de ese parroquiano. Yo sabré á qué viene aquí ese paseante de Patrón Minette. Nadie tiene secretos en mi bosque que yo no averigüe.

Tomó su pico que era muy puntiagudo.

—He aquí,—murmuraba,—con qué desentrañar la tierra y á ese hombre.

Y como quien ata un cabo á otro cabo, arreglando el paso lo mejor que pudo al itinerario del desconocido, se puso en marcha á través de la enramada.

Cuando hubo dado un centenar de pasos, ayudóle el día, que empezaba á clarear. Pisadas impresas acá y allá en la arena, yerbas aplastadas, matorrales tronchados, retoños doblados entre el ramaje y que volvían á enderezarse con la graciosa lentitud de una linda muchacha que levanta sus brazos desperezándose, le indicaron una especie de pista. Siguióla, pero la perdió luego. Entretanto se pasaba el tiempo. Internóse en el bosque, y llegó á una especie de eminencia.

Un cazador madrugador que cruzaba á lo lejos de un lado á otro, silbando el aire de Guillery, le inspiró la idea de encaramarse en un árbol. Aunque viejo, era ágil. Había allí una corpulenta haya, digna de Títiro y de Boulatruelle. Subióse á ella lo más alto que pudo.

La idea era buena. Al explorar aquel sitio por el lado en que es el bosque más intrincado y agreste, Boulatruelle vió de repente al hombre.

Apenas le distinguió, cuando volvió á perderle de vista.

El hombre entró, ó mejor, se deslizó en un claro bastante lejano, oculto por grandes árboles, pero que Boulatruelle conocía muy bien por haber notado allí, cerca de un elevado montón de piedras de asperón un castaño enfermo, vendado con una plancha de zinc clavada sobre la corteza. Aquel claro es el que llamaban en otro tiempo el soto de Blarú. El montón de piedras, destinado no se sabe á qué, estaba allí hacía treinta años, y allí continúa sin duda todavía. No hay longevidad como la de un montón de piedras, á no ser la de una empalizada de tablas, sobre todo si es provisional. ¡Qué mayor razón para durar!

Boulatruelle, con la rapidez que da la alegría, se dejó caer en vez de bajar del árbol. Había encontrado la guarida, y ya sólo se trataba de apoderarse de la fiera. El famoso tesoro de sus sueños estaba allí sin duda.

No era muy fácil llegar al soto. Por los senderos trillados, llenos de revueltas incómodas, se necesitaba algo más de un cuarto de hora. En línea recta, por la espesura, allí sumamente compacta, espinosa y agreste, había que emplear una media hora larga.

Boulatruelle cometió la torpeza de no comprenderlo. Creyó en la línea recta; ilusión de óptica respetable, pero que pierde á muchos hombres. La espesura, erizada y todo, le pareció el mejor camino.

—Tomemos por la calle de Rívoli de los lobos,—se dijo.

Boulatruelle, acostumbrado á caminar siempre de través, cometió entonces la falta de ir derecho.

Internóse resueltamente entre las malezas.

Tuvo que habérselas con acebos, ortigas, espinos, agavanzos, cardos y zarzas muy irascibles, y salió lleno de arañazos.

Al pie del barranco encontró una charca que le fué preciso atravesar.

Llegó por fin, después de cuarenta minutos, al soto de Blarú, sudando, mojado, jadeante, arañado y feroz.

No había nadie.

Boulatruelle corrió al montón de piedras. El montón estaba en su sitio; nadie se lo había llevado.

En cuanto al hombre, ni la sombra. Habíase desvanecido en la selva.

Se había evadido, ¿por dónde? ¿hacia qué lado? ¿en qué espesura? No había medio de adivinarlo.

Lo más doloroso era que detrás del montón de piedras, al pie del árbol de la plancha de cinc, se notaba la tierra recientemente removida, y había un azadón olvidado ó abandonado, y un pequeño hoyo.

Este hoyo estaba vacío.

—¡Ladrón!—gritó Boulatruelle, enseñándole los puños al horizonte.

II
Deja Mario la guerra civil y se apresta para la guerra doméstica

Mario estuvo largo tiempo entre la muerte y la vida. Durante algunas semanas tuvo fiebre acompañada de delirios y síntomas cerebrales de bastante gravedad, causados más bien por la conmoción de las heridas de la cabeza, que por las heridas mismas.

Repetía el nombre de Cosette durante noches enteras en medio de la locuacidad lúgubre de la fiebre, y con la sombría obstinación del agonizante. La extensión de ciertas lesiones era un peligro serio, pues la supuración de las llagas podía fácilmente reabsorberse, y matar por consiguiente al enfermo bajo ciertas influencias atmosféricas, á cada cambio de tiempo, al menor huracán, el médico se inquietaba sobremanera.

—Sobre todo que el herido no experimente la menor emoción,—decía á cada paso.

Las curas eran complicadas y difíciles, pues en aquella época no se conocía todavía el modo de fijar los aparatos y vendajes por medio del esparadrapo.

Nicolasita gastó en hilas una sábana «del tamaño de un cielo-raso», decía ella. No sin poco trabajo se pudo conseguir atajar la gangrena con lociones de cloro y el nitrato de plata.

Mientras duró el peligro, el señor Guillenormand, desatinado y sin moverse de la cabecera del lecho de su nieto estuvo, como Mario, entre la vida y la muerte.

Diariamente y muchas veces de mañana y tarde, un caballero de pelo blanco y muy bien puesto, (tales eran las señas que daba el portero), iba á preguntar por el enfermo, y dejaba para las curas un gran paquete de hilas.

Por último, el 7 de septiembre, á los cuatro meses, día por día, contados desde la fatal noche en que le habían traído moribundo á casa de su abuelo, declaró el médico que respondía del enfermo. Empezaba la convalecencia.

No obstante, tuvo Mario que permanecer aún más de dos meses tendido en un sillón á causa de los accidentes producidos por la fractura de la clavícula. Queda siempre, como quedó entonces, una llaga última que no quiere cerrarse, y que eterniza la cura y los vendajes con grande aburrimiento del paciente.

En cambio, aquella larga enfermedad, y la no menos larga convalecencia, le libraron de las pesquisas judiciales.

No hay cólera en Francia, aún siendo pública, que á los seis meses no se extinga. En el estado actual de la sociedad, todos tienen su parte de culpa en los motines, y por lo mismo todos sienten la necesidad de cerrar los ojos. El oficio de acusador resulta entonces más odioso que nunca.

Añadamos también que el incalificable edicto de Gisquet, mandando á los médicos que denunciasen á los heridos, indignó de tal modo á la opinión pública y no sólo al público, sino al mismo rey en primer lugar, que los heridos se encontraron cubiertos y protegidos por aquella indignación.

Excepción hecha de los que habían sido cogidos en el sitio del combate, los consejos de guerra no se atrevieron á molestar á nadie. Dejóse, pues, tranquilo á Mario.

El señor Guillenormand atravesó primero todas las angustias para experimentar luego todos los éxtasis. Costó mucho impedirle que pasase las noches enteras junto al herido. Hizo que le llevaran su colosal sillón al lado de la cama de Mario, y exigió que su hija emplease el mejor lienzo de la casa en hacer compresas y vendas. La señorita Guillenormand, obrando como persona prudente y mayor, halló medio de economizar la batista, dejando al propio tiempo al abuelo en la creencia de que le obedecía. El señor Guillenormand no permitía que le explicasen que se sacan mejores hilas del lienzo grueso que de la batista, y del usado que del nuevo. Asistía á todas las curas que el pudor vedaba presenciar á la señorita soltera.

Cuando se cortaban con las tijeras las carnes muertas, él exclamaba: ¡ay! ¡ay! Nada tan conmovedor como verle alargar al herido, con su trémula mano senil, una tisana. Abrumaba al médico á preguntas, sin advertir que siempre le repetía las mismas.

El día en que le anunció el doctor que Mario estaba fuera de peligro, el buen hombre se volvió medio loco. Dió tres luises de propina al portero.

Por la noche, al entrar en su cuarto, bailó una gavota castañeteando con los dedos índice y pulgar, y cantando esta canción:

Juana nació bretona,
Que es nido de pastoras;
Yo adoro su jubón;
Bribón.

En ella amor se anida.
Pues clava con su vista
De su aljaba los frutos,
Astutos.

Yo la canto, y yo quiero
Más que á Diana, ¡salero!
Sus dos melocotones,
Bretones.

Arrodillóse luego sobre una silla, y Vasco, que le observaba por la rendija de la puerta, tuvo por cierto que estaba rezando.

Hasta entonces no había creído mucho en Dios.

Á cada nueva fase de mejoría que iba notando, aumentaba el abuelo sus extravagancias. Hacía un sinfín de acciones maquinales, llenas de alegría; subía y bajaba las escaleras sin saber por qué. Una vecina, no mal parecida por cierto, se quedó asombrada al recibir una mañana un gran ramo de flores. Era el señor Guillenormand quien se lo enviaba, y fué ello causa de una escena de celos con el marido. El señor Guillenormand intentaba coger y sentar á Nicolasita sobre sus rodillas.

Llamaba á Mario el señor barón, y gritaba á veces: ¡Viva la república!

Á cada instante preguntaba al médico:

—¿Verdad que ya no hay peligro?

Miraba á Mario con ojos de abuela. Mirábale comer como alelado. No se cuidaba ni se atendía para nada á sí mismo. Mario era el dueño de la casa; en el colmo de su alegría había abdicado, resultando ser el nieto de su nieto.

En medio de aquella alegría era el más venerable de los niños. Por temor de fatigar ó de importunar al convaleciente, se colocaba detrás de él para prodigarle sus sonrisas. Estaba contento, gozoso, fuera de sí; había rejuvenecido. Sus cabellos blancos realzaban con suave majestad el alegre resplandor que brotaba de su rostro.

Cuando la gracia se mezcla con las arrugas, es adorable; hay siempre cierta aurora en las expansiones de la vejez.

En cuanto á Mario, mientras se dejaba curar y velar, no tenía más que una idea fija: Cosette.

Desde que se calmó la fiebre y el delirio, no volvió á pronunciar este nombre; parecía que no pensaba ya en él, y precisamente estaba silencioso porque tenía allí su alma.

No sabía lo que había sido de Cosette; todos los sucesos de la calle de la Chanvrerie vagaban como una nube en su memoria; sombras casi imperceptibles flotaban en su espíritu, Eponina, Gravroche, Mabeuf, los Thénardier, todos sus amigos envueltos lúgubremente en el humo de la barricada; la extraña aparición del señor Fauchelvent en aquella sangrienta aventura le causaba el efecto de un enigma en una tempestad; no comprendía nada de su propia vida; no sabía cómo ni por quién había sido salvado, y nadie en su derredor lo sabía tampoco.

Lo único que pudieron decirle fué, que le habían traído de noche en un carruaje de alquiler á la calle de las Hijas del Calvario. Pasado, presente, porvenir, todo no era en él más que las nebulosidades de una idea vaga; pero en medio de aquella bruma había un punto inmóvil, una línea clara y precisa, una cosa de granito, una resolución, una voluntad: encontrar á Cosette. Para él la idea de la vida no era distinta de la idea de Cosette; había decretado en el fondo de su corazón que no aceptaría lo uno sin lo otro; y estaba inquebrantablemente decidido á exigir de quien quiera que quisiese, obligarle á continuar viviendo, fuese su abuelo, la suerte ó el infierno, la restitución de su perdido Edén.

Mas no se hacía ilusiones respecto de los obstáculos.

Debemos apuntar aquí un detalle: no se dejaba ganar ni enternecer por todas las solicitudes y ternezas de su abuelo. Tampoco estaba, por otra parte, en el secreto de todas ellas, y luego en sus divagaciones de convaleciente, calenturientas todavía quizá, desconfiaba de aquellas dulzuras como de una cosa extraña y nueva, cuyo objeto fuese sojuzgarle. Manteníase frío. El abuelo le prodigaba inútilmente sus áridas sonrisas de anciano.

Decíase Mario para sí que, no hablando y dejándose llevar, todo iría buenamente; pero que, tratándose de Cosette, encontraría quizá otro semblante, y aparecería entonces desenmascarada la verdadera expresión del abuelo.

Y el choque tendría que ser violento; recrudescencia de las cuestiones de familia, comparación de posiciones, todos los sarcasmos y todas las objeciones á la vez; Fauchelvent, Cortaelviento, la fortuna, la pobreza, la miseria, la piedra al cuello, el porvenir. Resistencia violenta y, conclusión: Negativa.

Mario se prevenía de antemano.

Y después, á medida que iba recobrando vida, reaparecían sus antiguos agravios, abríanse de nuevo las envejecidas llagas de su memoria, pensaba en el pasado, el coronel Pontmercy se interponía entre él y el abuelo, imaginando así que ninguna bondad positiva podía esperar de quien había sido tan injusto y tan duro para con su padre. Y con la salud renacía en él cierta aspereza contra su abuelo. El buen viejo la resistía dulcemente.

El señor Guillenormand observaba también, aunque nada decía, que Mario, desde su vuelta á casa y de haber recobrado el conocimiento, no le había dicho una sola vez padre mío. No le decía tampoco señor, es cierto, pero hallaba medio de no decir lo uno ni lo otro, con el giro que daba á las frases.

Se aproximaba evidentemente una crisis.

Como sucede casi siempre en tales casos, Mario, á fin de probar sus fuerzas, intentó una escaramuza antes de empeñar la batalla. Esto se llama tantear el terreno.

Cierta mañana en que el señor Guillenormand, á propósito de un periódico que le vino á mano, habló ligeramente de la Convención, y lanzó un epifonema realista contra Dantón, Saint Just y Robespierre.

—Los hombres del '93 eran gigantes,—dijo Mario con severidad. El viejo se calló, y no volvió á chistar en todo el día.

Mario, que tenía presente siempre el espíritu inflexible del abuelo de sus primeros años, vió en aquel silencio, una profunda concentración de cólera; auguró una lucha encarnizada, y aumentó en lo más recóndito de su pensamiento los preparativos de combate.

Resolvió que en caso negativo, se arrancaría los aparatos, dislocaría de nuevo su clavícula, descubriría las heridas que aún estaban abiertas, y rechazaría todo alimento. Las heridas eran sus municiones. Obtener á Cosette ó morir.

Esperaba el momento favorable con la paciencia muda de los enfermos. Este momento vino.

III
Mario ataca

Un día el señor Guillenormand, mientras que su hija ponía en orden los frascos y las tazas sobre el mármol de la cómoda, inclinándose sobre Mario, le dijo con la mayor ternura:

—¿Sabes, hijo mío, que yo en tu lugar preferiría ahora la carne al pescado? Un lenguado frito es muy bueno al principio de la convalecencia; pero después, al irse á levantar el enfermo, no hay como una buena chuleta.

Mario, que había recobrado ya casi todo su vigor, hizo un esfuerzo, se incorporó en el lecho, apoyó las manos en la ropa de la cama, miró á su abuelo de frente, y con aire y acento terrible, dijo:

—Esto me pone en el caso de deciros una cosa.

—¿Cuál?

—Que quiero casarme.

—Lo había previsto,—dijo el abuelo soltando una carcajada.

—¿Cómo previsto?

—Sí, previsto. Tendrás tu novia.

Mario, estupefacto y abrumado de admiración, temblaba con todos sus miembros.

El señor Guillenormand continuó:

—Sí, la tendrás; tendrás á tu linda y tierna niña. Todos los días viene bajo la forma de un respetable anciano á preguntar por ti. Desde que estás herido, se pasa el tiempo llorando y haciendo hilas. Me he informado. Vive en la calle del Hombre Armado, número 7. ¡Ah! ¡Ya estamos en ello! La quieres ¿no es eso? pues bien; la tendrás. Esto te admira. Habías formado tu pequeño complot, y te habías dicho: Voy á decírselo así, crudamente á mi abuelo, á esa momia de la Regencia y del Directorio, á ese antiguo pisaverde, á ese Dorante convertido en Geronte. También ha tenido él sus ligerezas, y sus amoríos, y sus modistillas, y sus Cosettes. También él ha tenido sus arrullos y tendido sus alas y picoteado el pan de sus abriles; preciso será que se acuerde. Vamos á verlo. Batalla. ¡Ah! ¡Así coges al saltón de los cuernos! Vaya en gracia. Te ofrezco una chuleta y me respondes que quieres casarte. ¡Ésta sí que es transformación! Habrás contado con que habría pelotera. No sabiendo que era yo un viejo cobarde.

«¿Qué dices á ello? Te contraría. No esperabas encontrar al abuelo más tonto que tú, y te hallas con que resulta inútil el discurso que ibas á endilgarme. ¿No es verdad, señor abogado, que hay para desesperarse? Pues bien; desesperarse y barajar. Hago pues lo que quieres, y todo es culpa tuya, imbécil. Óyeme.

«Me he informado, pues yo también soy un tanto cazurro, y sé que es hermosa y muy prudente; lo del lancero no resultó verdad; ha hecho un montón de hilas; es un estuche; te adora; y si te hubieras muerto, habríamos sido tres; su ataúd habría acompañado al mío.

«Se me ocurrió la idea desde que te vi mejor de colocártela á la cabecera sin más ni más; pero solamente en las novelas se introduce así de rondón á las muchachas lindas en las alcobas de los simpáticos heridos que les interesan. Esto ya no se hace. ¿Qué hubiera dicho tu tía?

«Casi siempre estabas medio desnudo, señorito. Pregúntale á Nicolasita, que no se ha separado de ti un momento, si era posible que una mujer se acercase á tu cama. Y luego, ¿qué hubiera dicho el médico? Una joven bonita no es el mejor remedio contra la fiebre.

«Por fin ¿á qué hablar más de ello? Es negocio concluido; es cosa hecha; ya está dicho; tómala. Ésta es mi ferocidad. He visto que ya no me querías, y he dicho para mí: ¿Qué haría yo para que me quisiera ese tunante? Tengo á mano su Cosette y voy á dársela; preciso será que me ame un poco ó me diga por qué.

«¡Ah! ¡Pensabas que el viejo iba á gritar como un energúmeno, á levantar su bastón contra esa aurora! Nada de eso. Venga Cosette, y venga el amor enhorabuena. No deseo otra cosa. Señorito, tomaos la molestia de casaros. ¡Y sé feliz, hijo de mi alma!».

Dicho esto el anciano, rompió á llorar.

Cogió la cabeza de Mario, la estrechó contra su corazón, y el viejo y el joven lloraron juntos.

El llanto es una de las manifestaciones de suprema dicha.

—¡Padre mío!—exclamó Mario.

—¡Ah! ¡Conque me amas!—dijo el anciano.

Hubo un momento inefable. Ambos se ahogaban y no podían hablar.

Por fin, tartamudeó el abuelo:

—¡Vamos! Ya desembuchó; ya me ha llamado padre.

Mario desprendió su cabeza de los brazos del anciano y dijo suavemente:

—Pero, padre mío, ahora que estoy mejor, me parece que podría verla.

—También lo tenía previsto. La verás mañana.

—¡Padre mío!

—¿Qué?

—¿Por qué no hoy?

—Pues bien, hoy. ¡Vaya por hoy! Me has llamado tres veces «padre mío», y bien vale ello que la veas. Voy á ocuparme. Te la traerán. Lo tenía previsto, créeme. Esto ha sido ya puesto en verso. Es el desenlace de la elegía del Joven enfermo de Andrés Chenier, á quien degollaron los malva... los gigantes del '93.

Creyó el señor Guillenormand notar un ligero fruncimiento de cejas en Mario, quien, á decir verdad, ya no le escuchaba, transportado como estaba en amoroso éxtasis, y pensando mucho más en Cosette que en 1793.

El abuelo, temblando de haber citado tan fuera de propósito á Andrés Chenier, repuso precipitadamente:

—Degollaron, no es la palabra. El hecho es que los grandes genios revolucionarios, que no eran malvados, esto es incontestable, que eran héroes, ¡pardiez! conocían que Andrés Chenier les molestaba un poco, y le hicieron guilloti... Es decir, que aquellos grandes hombres, el 7 de Termidor, por el bien público, suplicaron á Andrés Chenier que tuviese la bondad de ir...

El señor Guillenormand, enredado en su propia frase, no pudo continuar. No acertando pues á concluir ni á retractar la frase, aprovechó un momento en que su hija arreglaba la almohada de Mario, y trastornado con tan vivas emociones, salió fuera del cuarto tan aprisa como se lo permitieron sus años, cerró tras de sí la puerta, encendido el rostro, sofocado, echando espumarajos, desencajados los ojos, y hallándose de manos á boca con el buen Vasco, que estaba limpiando las botas en la antecámara, le cogió del cuello, y le gritó furioso á la cara:

—¡Por todos los diablos del infierno! ¡Sí, sí, aquellos bandidos le asesinaron!

—¿Á quién, señor?

—¡Á Andrés Chenier!

—Sí, señor,—dijo Vasco asustado.

IV
La señorita Guillenormand acaba por no parecerle mal que el señor
Fauchelvent hubiese entrado con algo bajo el brazo

Cosette y Mario volvieron á verse.

Renunciamos á describir la entrevista. Hay cosas de las que no se debe intentar la pintura; el sol es una de ellas.

Toda la familia, incluso Vasco y Nicolasita, estaba reunida en el cuarto de Mario cuando entró Cosette.

Apareció en el umbral; hubiérase dicho que la circundaba una aureola.

Precisamente en aquel instante iba á sonarse el anciano, y se quedó parado, cogida la nariz en el pañuelo, y mirando por encima á Cosette.

—¡Adorable!—exclamó.

Después se sonó estrepitosamente.

Cosette estaba embriagada de gozo, embelesada, asustada, en el cielo. Estaba todo lo asombrada que se puede estar en la dicha. Balbuceaba, ya pálida, ya encendida, queriendo echarse en brazos de Mario, y sin atreverse. Avergonzábase de amar delante de tanta gente. No se tiene jamás compasión á los amantes dichosos; se está junto á ellos cuando más desearían verse solos. ¡Qué necesidad tenían de la gente!

Con Cosette había entrado un hombre de cabellos blancos, grave, y risueño á la vez, si bien resultaba aquella sonrisa vaga y dolorosa. Era el señor Fauchelvent; esto es, Juan Valjean.

Vestido muy decentemente, como había dicho el portero, luciendo un traje negro y nuevo, y con corbata blanca.

El portero estaba muy lejos de reconocer en aquel anciano burgués, en aquel notario probable, al horrible conductor de cadáveres que apareció á sus ojos la noche del 7 de junio, harapiento, enlodado, asqueroso, enmascarado de sangre y cieno, sosteniendo en brazos á Mario sin sentidos; y sin embargo, su olfato de portero estaba excitado. Cuando el señor Fauchelvent llegó con Cosette, no pudo menos de decir por lo bajo á su mujer:

—No sé por qué, pero cada día se me antoja que he visto otra vez esta cara.

El señor Fauchelvent, en el cuarto de Mario, permaneció como aparte y junto á la puerta.

Llevaba bajo el brazo un paquete, muy parecido á un tomo en octavo, envuelto en papel. Esta cubierta de papel era verduzca, y parecía mohosa.

—¿Llevará siempre ese buen señor libros bajo el brazo?—preguntó por lo bajo á Nicolasita la señorita Guillenormand, poco amiga de libros.

—¡Y qué!—respondió en el mismo tono el señor Guillenormand, que la había oído.—Será algún sabio. Además, ¿qué tiene eso de particular? ¿Es culpa suya? El señor Boulard, á quien conocí, no salía nunca sin su libraco contra el pecho. Y saludando, dijo en alta voz:

—Señor Tranchelvent...

El abuelo Guillenormand no lo hizo adrede, pues la poca atención á los nombres propios era en él un rasgo aristocrático.

—Señor Tranchelvent, tengo el honor de pediros para mi nieto, el señor barón Mario de Pontmercy, la mano de esta señorita.

«El señor Tranchelvent» se inclinó.

—Negocio concluido,—exclamó el abuelo.

Y volviéndose á Mario y Cosette, con ambos brazos extendidos en actitud de bendecirlos, gritó:

—Permiso para adoraros.

No dieron ellos lugar á que se repitiese la autorización. Y empezó el gorjeo.

Hablábanse en voz baja, Mario recostado en su ancho sillón, Cosette de pie junto á él.

—¡Dios mío!—murmuraba Cosette.—¡Os vuelvo á ver! ¡Eres tú! ¡Sois vos! ¡Haber ido á batirse de aquel modo! ¿Y por qué? Es horrible. Durante cuatro meses no he vivido. ¡Oh! ¡Qué maldad haber tomado parte en esta lucha! ¿Qué os había hecho yo? Os perdono; pero no volváis á ello jamás. Ahora mismo, cuando han ido á decirnos que viniéramos, volví á creer que me moría; pero era de gozo. ¡Estaba tan triste! No me detuve en vestirme, y así, debo pareceros horrible. ¿Qué dirán vuestros parientes si reparan en mi pañoleta toda arrugada? ¡Pero habla! Dejas que hable yo sola. Seguimos viviendo en la calle del Hombre Armado.

«¡Parece que la herida del hombro era terrible! Me han asegurado que cabía el puño dentro. Además, parece que os han cortado la carne con tijeras. Esto es horroroso. He llorado hasta agotarse el raudal de mis ojos.

«¡Es bien extraño que se pueda sufrir tanto!

«¡Qué aspecto tan bondadoso tiene vuestro abuelo! No os molestéis ni os apoyéis en el codo, vais á haceros daño. ¡Oh! ¡Qué feliz soy! ¡Acabóse, pues, la desgracia!

«Soy una tonta. Quería deciros cosas que ya no recuerdo. ¿Me amáis como antes?

«Vivimos en la calle del Hombre Armado. Allí no hay jardín.

«He estado haciendo hilas todo este tiempo. ¡Aquí tenéis; señor mío; la culpa es vuestra, se me ha encallecido el dedo!».

—¡Ángel mío!—exclamó Mario.

Ángel es la sola palabra de la lengua que no se gasta nunca. Ninguna otra podría resistir al obstinado empleo que hacen de ella los enamorados.

Después, como había gente delante, cesaron de hablar, contentándose con estrecharse suavemente la mano.

El señor Guillenormand se volvió á los que estaban en el cuarto, y les gritó:

—Vamos, señores, hablar alto, hacer ruido, formar aparte. ¡Qué diablo! Bullicio, bullicio, que estos muchachos puedan charlar á su gusto.

Y acercándose á Mario y Cosette les dijo por lo bajo:

—Tuteaos. No os hagáis violencia.

La señorita Guillenormand asistía con estupor á esa irrupción de claridad en su interior de vieja solterona; pero este estupor no tenía nada de agresivo; no era por ningún concepto la mirada escandalizada y envidiosa de una lechuza á dos tortolillas; era buenamente el ojo atónito de una pobre inocente de cincuenta y siete años; era la vida sin vida contemplando este triunfo del amor.

—Ya te lo tenía yo dicho,—exclamaba su padre,—no podía dejar de suceder esto.

Permaneció un instante silencioso, y añadió luego:

—Contempla la dicha de los demás.

Volviéndose enseguida hacia Cosette, exclamó:

—¡Bellísima, encantadora! Es una magnífica pintura de Greuze. ¿Y vas tú solo á poseer semejante tesoro, polizonte? ¡Ah, pícaro! De buena te libras conmigo. Si tuviera yo quince años menos, nos disputaríamos su mano á estocadas.

«¡Vaya! estoy enamorado de vos, damisela. Es muy sencillo, pues... ¡Está en su derecho! ¡Ah qué lindas, qué alegres bodas vamos á tener! Nuestra parroquia es San Dionisio del Santísimo Sacramento; pero obtendré una dispensa para que os caséis en San Pablo, que es mejor iglesia. La construyeron los jesuitas. Es más graciosa. Está mirando á la fuente del cardenal de Birague. La obra maestra de la arquitectura de los jesuitas está en Namur; se llama Saint Loup. Será preciso ir á verla después de casados. Vale la pena de hacer el viaje.

«Señorita, soy completamente de vuestro modo de pensar; quiero que se casen las muchachas, pues para eso han nacido. No me gustan las santas Catalinas vírgenes. Quedarse solteras es meritorio, pero frío. La Biblia dice: Multiplicaos. Para salvar al pueblo se necesita á Juana de Arco, la doncella; mas para que no se acabe la especie, se necesitan madres. Casaos, pues, hermosas. ¿De qué sirve permanecer solteras? Yo sé bien que hay para ellas una capilla aparte en la iglesia, y que se acogen á la hermandad de la Virgen; pero, caramba, un lindo marido, mozo de provecho, y al cabo de un año un monín rollizo y rubio, que mame como un ganapán y que tenga buenas roscas de carne en los muslos y que coja á manos llenas el pecho de la madre con sus deditos sonrosados, riendo como la aurora, vale esto mucho más, á mi ver, que llevar á vísperas un cirio, y cantar: Turris eburnea».

El abuelo hizo una pirueta sobre sus talones de noventa años, y prosiguió en su charla, como resorte en movimiento:

¿Con que, por fin, dejándote de vaguedades falsas
Resulta verdadero, Alcipo, que te casas?

—Á propósito.

—¿Qué, padre mío?

—¿No tenías un amigo íntimo?

—Sí, Courfeyrac.

—¿Qué se ha hecho de él?

—Ha muerto.

—Más vale así.

Sentóse junto á ellos, hizo sentar también á Cosette, y cogió sus cuatro manos entre las suyas arrugadas por la edad, diciendo:

—Delicadilla es la niña. ¡Es una obra maestra esta Cossette! Es tan linda muchacha como gran señora. Lástima que se quede en baronesa, pues su nacimiento es de marquesa. ¡Y qué pestañas tiene!

«Hijos míos, fijad bien en vuestras cabezuelas que estáis ahora en lo cierto. Amaos como bobos. El amor es la barbaridad de los hombres y el espíritu de Dios. Adoraos. Sólo que,—y dijo esto poniéndose triste de repente.—¡Qué lástima! Ahora pienso en ello. Más de la mitad de mi renta es vitalicia. Mientras yo viva, todo irá bien; pero después de mi muerte, de aquí á veinte años, ¡ah, pobrecillos! no tendréis un cuarto. Esas bonitas y blancas manos, señora baronesa, dispensarán al diablo el favor de tirarle de la cola».

Oyóse aquí una voz grave y tranquila, que dijo:

—La señorita Eufrasia Fauchelvent tiene seiscientos mil francos.

Era la voz de Juan Valjean.

No había desplegado aún los labios; nadie parecía cuidarse siquiera de que estuviese allí, y él permanecía de pie é inmóvil detrás de aquellos seres felices.

—¿Quién es la señorita Eufrasia en cuestión?—preguntó el abuelo, asustado.

—Yo,—respondió Cosette.

—¡Seiscientos mil francos!—repuso el señor Guillenormand.

—Menos catorce ó quince mil á corta diferencia,—dijo Juan Valjean.

Y dejó sobre la mesa el paquete que el señor Guillenormand había tomado por un libro.

Juan Valjean abrió por sí mismo el paquete; era un legajo de billetes de banca. Hojeáronlos y contáronlos. Había quinientos billetes de mil francos, y ciento sesenta y ocho de quinientos. Total: quinientos ochenta y cuatro mil francos.

—¡He aquí un buen libro!—dijo el señor Guillenormand.

—¡Quinientos ochenta y cuatro mil francos!—murmuró la tía.

—Esto allana muchas cosas, ¿no es verdad señorita Guillenormand mayor?—dijo el abuelo.—¡Ese diablo de Mario ha ido á desenterrar en la región de los sueños una griseta millonaria! ¡Fiad luego en los amoríos de muchachos! Los estudiantes encuentran estudiantes de seiscientos mil francos. Mejor trabaja Cherubin que Rotschild.

—¡Quinientos ochenta y cuatro mil francos!—repetía á media voz el señor Guillenormand. ¡Quinientos ochenta y cuatro mil! Vale tanto como decir seiscientos mil. ¡Vaya!

En cuanto á Mario y Cosette, se estaban mirando el uno al otro durante este tiempo, sin fijarse apenas en aquel detalle.

V
Depositad antes el dinero en un bosque cualquiera que en casa de un notario

Se habrá comprendido, sin alargar explicaciones, que Juan Valjean, después del lance judicial de Champmathieu, había podido, gracias á su primera evasión de algunos días, ir á París, y retirar á tiempo de casa de Laffite la suma ganada por él con el nombre de señor Magdalena, en Montreuil sur Mer; y que temeroso de que le cogiesen, lo cual no tardó en suceder, había ocultado aquella suma, enterrándola en el bosque de Montfermeil en el sitio llamado el soto de Blarú.

La cantidad, consistente en seiscientos treinta mil francos, toda en billetes de Banco, abultaba poco y cabía en una caja; sólo que, para preservar esta caja de la humedad, la había puesto dentro de un cofrecito de roble, lleno de virutas de castaño. En el mismo cofrecillo guardaba otro tesoro, los candeleros del obispo. Se recordará que los llevó consigo al evadirse de Montreuil sur Mer.

El hombre á quien Boulatruelle vió una noche por primera vez, era Juan Valjean. Luego, cada vez que Juan Valjean necesitaba dinero, iba á buscarle al soto de Blarú. De ahí las ausencias de que hemos hablado. Tenía escondido un azadón entre los matorrales, en un lugar sólo de él conocido.

Cuando vió á Mario convaleciente, presintiendo que se acercaba la hora en que aquel dinero podría ser útil, fué á buscarlo; y él fué también á quien Boulatruelle vió en el bosque, pero esta vez por la mañana y no por la noche. Boulatruelle heredó el azadón.

La suma verdadera ascendía á quinientos ochenta y cuatro mil quinientos francos. Juan Valjean guardó los quinientos para él.

«Luego veremos»,—dijo para sí.

La diferencia entre esa cantidad y los seiscientos treinta mil francos retirados de casa de Laffite, representaban el gasto de diez años, de 1823 á 1833. Los cinco que permaneció en el convento no habían costado más que cinco mil francos.

Juan Valjean colocó los dos candeleros de plata sobre la chimenea, donde brillaron con grande admiración de la tía Santos.

Por lo demás, Juan Valjean sabía que estaba ya libre de Javert. Oyó referir, y lo vió confirmado en el Monitor, el caso de un inspector de policía, llamado Javert, á quien se encontró ahogado debajo de la bancada de las lavanderas, entre el Pont au Change y el Puente Nuevo; y que un escrito que había dejado aquel hombre, por otra parte irreprensible y muy estimado de sus jefes, hacía creer que sólo un acceso de enajenación mental había podido producir el suicidio.

—En efecto,—pensó Juan Valjean,—puesto que me dejó libre teniéndome cogido, loco debía de estar.

VI
Los dos viejos, cada uno á su modo, hacen cuanto pueden para que Cosette sea feliz

Dispúsose todo para la boda. Consultado el médico, declaró que podía verificarse en febrero. Se estaba en diciembre. Algunas semanas de perfecta é inefable dicha pasaron como un sueño.

No era el abuelo el menos venturoso. Pasábase extasiado cuartos de hora enteros contemplando á Cosette.

—¡Qué admirable niña!—exclamaba.—¡Qué aire tan dulce y bondadoso el suyo! No hay que decir prenda de mi corazón; es la muchacha más encantadora que he visto en mi vida. Día vendrá en que sus virtudes olerán á violeta. Es una verdadera monada; no se puede dejar de vivir noblemente acompañado de semejante criatura; Mario, hijo mío, eres barón, eres rico; no ejerzas de abogado; te lo suplico.

Cosette y Mario habían pasado bruscamente del sepulcro al paraíso. La transición había sido tan inesperada, que sólo el deslumbramiento les impidió perder el sentido.

—¿Comprendes algo de todo esto?—preguntábale Mario á Cosette.

—No,—respondía Cosette:—pero me parece que el buen Dios nos mira.

Juan Valjean lo hizo todo, lo allanó todo, lo concilió y facilitó todo, para apresurar la dicha de Cosette, tan solícito y alegre en apariencia como Cosette misma.

El haber sido alcalde le sirvió para resolver muy bien un problema delicado, cuyo secreto le pertenecía exclusivamente: el estado civil de Cosette. Decir secamente su origen, ¿quién sabe? tal vez hubiese podido impedir el casamiento. Separó de Cosette toda dificultad, arreglándole una familia de individuos ya difuntos, lo cual era el mejor medio de evitar reclamaciones. Cosette era el último vástago de una rama extinguida. Cosette no era hija suya, sino de otro Fauchelevent, hermano suyo. Los dos hermanos habían sido jardineros en el convento del Petit Picpus.

Se preguntó al convento; y allí dieron los más excelentes é irreprochables informes. Aquellas buenas mujeres, poco á propósito y sin inclinación á sondear las cuestiones de paternidad ni encontrar en ello la menor malicia, nunca supieron de cierto de cuál de los dos Fauchelevent era hija Cosette. Dijeron lo que se quiso, y lo dijeron con celo.

Extendióse una acta oficial; y Cosette llegó á ser ante la ley la señorita Eufrasia Fauchelvent, declarada huérfana de padre y madre. Juan Valjean se arregló de manera que se le designase con el nombre de Fauchelvent, como tutor de Cosette, con el señor Guillenormand en calidad de subrogado suyo.

En cuanto á los quinientos ochenta y cuatro mil francos, resultaron ser un legado hecho á Cosette por una persona ya difunta, que deseaba permanecer ignorada.

El legado primitivo había sido de quinientos noventa y cuatro mil francos; pero se habían gastado diez mil en la educación de la señorita Eufrasia, la mitad de los cuales los había cobrado el propio convento. Aquella manda depositada en manos de un tercero, debía entregarse á Cosette al llegar á su mayor edad, ó cuando se casase. Como se ve, todo esto era muy aceptable, mucho más tratándose de una suma que pasaba de medio millón.

Existían naturalmente acá y acullá algunas singularidades; pero nadie las vió; uno de los interesados tenía los ojos vendados por el amor, y los demás por los seiscientos mil francos.

Cosette supo que no era hija de aquel anciano á quien había llamado padre tanto tiempo. Era sólo un pariente, y el otro Fauchelvent su verdadero padre. En otra cualquiera ocasión esto la habría molestado; pero en aquel momento inefable en que se hallaba, resultó apenas una sombra, una ligera nube que el exceso de la alegría disipó bien pronto. Tenía á Mario.

Con la aparición del mancebo, desaparecía el anciano; así es la vida.

Y luego, Cosette estaba acostumbrada hacía muchos años á ver enigmas en torno suyo; todos los que han tenido una infancia misteriosa, se hallan siempre dispuestos á renunciar á ciertos sentimientos.

Continuó, sin embargo, llamándole «padre» á Juan Valjean.

Cosette, angelical en todo, estaba entusiasmada por el señor Guillenormand. Es verdad que él la colmaba de madrigales y regalos.

Mientras Juan Valjean procuraba á Cosette una situación normal en la sociedad, y una posesión de estado inatacable, el señor Guillenormand cuidaba de la canastilla de boda. Nada le divertía tanto como manifestarse espléndido. Regaló á Cosette un vestido de guipur de Binche que venía directamente de su abuela.

«Aquellas modas renacen hoy, decía, y las jóvenes de mi vejez se visten como las viejas de mi infancia».

Vaciaba sus respetables y panzudas cómodas de laca de Coromandel, que en muchos años no habían sido abiertas. Confesemos á estos vejestorios, decía; veamos lo que tienen en la tripa. Abría con estrépito los cajones igualmente panzudos, llenos de trajes y adornos de todas sus mujeres, de todas sus queridas y de todas sus abuelas. Pequines, damascos, rasos, moarés estampados, vestidos de gro de canutillo abrillantado, pañuelos de la India bordados de un oro que puede lavarse, delfinas sin revés en piezas, blondas de Génova y de Alençon, aderezos de joyería antigua, cestillos de marfil labrado con dibujos de batallas microscópicas, baratijas, cintas: todo se lo regalaba á Cosette.

Cosette, maravillada, perdida de amor por Mario, y abrumada de reconocimiento hacia el viejo Guillenormand, soñaba con una felicidad sin límites, envuelta en rasos y terciopelos. Su canastilla de boda le parecía estar sostenida por los serafines. Su alma se elevaba á lo azul en alas de encaje de Malinas.

La embriaguez de los enamorados, ya lo hemos dicho, no podía compararse sino al éxtasis del abuelo. Había como una fanfarria continuada en la calle de las Hijas del Calvario.

Cada mañana, nueva ofrenda de antiguallas por parte del abuelo á Cosette. Todos los falbalás imaginables se expansionaban espléndidamente á su alrededor.

Un día Mario, que aprovechaba gustoso la ocasión de decir algo grave en medio de su felicidad, dijo á propósito de un incidente cualquiera:

—Los hombres de la Revolución son tan grandes, que tienen ya el prestigio de los siglos, como Catón y Foción, y cada uno de ellos parece una memoria antigua.

¡Moaré antiguo!—exclamó el viejo.—Gracias, Mario. Ésta es precisamente la idea que yo andaba buscando.

Y al día siguiente vino un traje magnífico de moaré antiguo, color de té, á engrosar la canastilla de Cosette.

El abuelo sacaba de aquellas antiguallas mucha sabiduría.

—El amor es una gran cosa, pero necesita de estos accesorios. La felicidad necesita de lo inútil; por sí sola, no es más que lo necesario, y conviene sazonarla mucho con lo superfluo. Un palacio y su corazón. Su corazón y el Louvre. Su corazón y las fuentes de Versalles. Tenga yo mi pastora, pero hagámosla duquesa. Tráiganme á Filis coronada de florecillas, pero añadámosle cien mil libras de renta. Ábrase una bucólica, y piérdase de vista bajo una columnata de mármol. Consiento en la bucólica y también en la magia de mármoles y oro. La felicidad á secas se parece al pan seco, que llena el estómago, pero no es comer. Quiero lo superfluo, lo inútil, lo extravagante, lo excesivo, lo que de nada sirve.

«Acuérdome de haber visto en la catedral de Estrasburgo un reloj, tan alto como una casa de tres pisos, que señalaba la hora, que tenía la bondad de señalar la hora; pero cuyo aspecto no indicaba que tal fuese su misión; y el cual, después de haber sonado las doce del día ó de la noche, medio día, la hora del sol, media noche, la hora del amor, ú otra hora cualquiera, daba la luna y las estrellas, la tierra y el mar, las aves y los peces, Febo y Febé, y una caterva de cosas que salían de un nicho, y los doce apóstoles, y el emperador Carlos V, y Eponina, y Sabino, y con esto y además un montón de muñequillos dorados tocando la trompeta; sin contar, por supuesto otras mil alegres campanillas que repetían sus sones á cada instante sin saberse por qué. Y al lado de todo esto, ¿qué vale la simple muestra de un reloj que sólo marca las horas? Opino, pues, como el gran reloj de Estrasburgo, y le prefiero al cucú de la Selva Negra».

El señor Guillenormand desbarraba especialmente al tratarse de la boda, y todo el ajuar del siglo XVIII hallaba cabida en sus ditirambos. Siguió perorando:

—Vosotros ignoráis el arte de las fiestas. En estos tiempos no se sabe pasar un día alegre. El siglo XIX es un siglo blanducho; fáltale el vigor del exceso. Ignora lo que es rico; ignora lo que es noble. En todo es mondo y lirondo. La clase media es insípida, incolora, inodora é informe. Sus mujeres no tienen otro sueño al establecerse, como ellas dicen, que un lindo gabinete recién alhajado con muebles de palo santo y cortinajes de calicot. ¡Paso! ¡Paso! Que el señor Hormiguita se casa con la señorita Ahorrillos. Suntuosidad y esplendor. Han pegado un luis de oro á un cirio bendito.

«Tal es la época actual. ¡Ay! Dejadme que huya á la otra parte de los Sarmatas.

«¡Ah! desde 1787 predije que estaba perdido todo el día que vi al duque de Rohan, príncipe de León, duque de Chabot, duque de Montbazon, marqués de Soubise, vizconde de Thouars, y par de Francia, ir á Longchamps en calesín.

El resultado no podía ser otro. En este siglo se hacen negocios, se juega á la Bolsa, se gana dinero, y se es miserable. Se acicala y barniza la superficie; cada cual procura prenderse bien los alfileres, lavarse, jabonarse, restregarse, afeitarse, peinarse, charolarse, alisarse, frotarse, cepillarse, limpiarse exteriormente, aparecer irreprochable, liso como un guijarro, brillante, aseado, y al propio tiempo, ¡por el alma de mi dama! en el fondo de la conciencia no hay más que fiemo y cloacas capaces de hacer retroceder á una vaquera que se suene con los dedos. Concédoles á estos tiempos este mote: «Limpieza sucia». Mario, no te enojes por ello; permíteme hablar. Yo no digo mal del pueblo, ya lo ves; al contrario, se me llena la boca con tu pueblo; pero no tomes á mal que vapulee un poco á la clase media. ¡Oh! pertenezco á ella, y «quien bien quiere bien castiga».

«Y dígote, lo repito, hoy se casa la gente, pero no sabe casarse. Sí, es verdad; sí, echo de menos la gentileza de las costumbres antiguas. Todo lo echo de menos; aquella elegancia, aquella caballerosidad, aquellos modales corteses y alegres, aquel gracioso lujo que cada cual lucía, la música formando parte de la boda, sinfonía arriba, tamboril abajo, las danzas, los rostros acoplados en la mesa, los madrigales alambicados, las canciones, los fuegos artificiales, las risas francas, el diablo y su comitiva, los grandes lazos de cintas. Echo de menos la liga de la novia; esta liga que es prima hermana del ceñidor de Venus. ¿Sobre qué gira la guerra de Troya? ¡Pardiez! sobre la liga de Elena. ¿Por qué combaten? ¿Por qué el divino Diómedes rompe en la cabeza de Merioneo el gran casco de bronce de diez puntas? ¿Por qué Aquiles y Héctor se alancean? Porque Elena ha dejado que París le ate la liga.

«Con la liga de Cosette haría Homero la Ilíada. Introduciría en su poema un viejo bobalicón como yo, y le llamaría Néstor.

«Amigos míos, en otro tiempo, en el dulce tiempo de mis mocedades, los casamientos se celebraban sabiamente; primero un buen contrato de boda, y luego una comilona suculenta. En cuanto salía Cuyaceo entraba Camacho, porque, ¡diantre! el estómago es un bicho agradable que pide lo que le es debido, y quiere tener también su boda. Se cenaba de lo lindo; se tenía al lado una buena moza sin tocas ni griñones más que para velar moderadamente su garganta. ¡Oh! ¡Y qué bocas tan risueñas; y cómo reinaba el gozo en aquellos tiempos! La juventud era un ramillete; todo joven remataba con una rama de lilas ó un ramo de rosas; el guerrero se trocaba en pastor; y si por casualidad era capitán de dragones, encontraba la manera de llamarse Florián. Se procuraba aparecer bello; abundaban los bordados y brillaban los colorines. El burgués lucía como una flor; el marqués brillaba como un diamante. No se gastaban trabillas; no se usaban botas. Se iba rozagante y lustroso, satinado y adamascado, aéreo, gracioso, remilgado; lo cual no impedía llevar espada al lado. También tiene el colibrí su pico y sus uñas.

«Era el tiempo de las Indias galantes. Delicadeza y magnificencia: tales eran las dos mitades de aquel siglo. Y ¡vive Dios! que nos divertíamos en grande.

«Hoy día se es más serio. El burgués es avaro, la burguesa gazmoña. ¡Desdichado siglo es el vuestro! Seríais capaces de expulsar á las Gracias por demasiado descotadas... ¡Ay! Se oculta la hermosura como si fuera fealdad. Desde la revolución, á todo se le pone pantalones, hasta á las bailarinas; una bailadora debe ser grave, vuestros rigodones son doctrinarios. Hay que aparecer majestuosos. No es bien visto quien no lleva la barba metida dentro de la corbata. El ideal de un mozalbete de veinte años que se casa, consiste en parecerse al señor Royer-Collard. ¿Y sabéis lo que se consigue con esa majestad rara? Empequeñecerse.

«Tened previsto que la alegría no es solamente alegre, sino grande. Pero, al menos, sed enamorados alegrillos; ¡qué diablo! ¡Casaos, cuando os caséis, con la fiebre, y el atolondramiento, y el bullicio, y la batahola de la felicidad! En la iglesia la gravedad, pase. Pero después de la misa, ¡caramba! sería menester hacer revolotear un sueño fantástico en derredor de la novia.

«El casamiento debe ser quimérico y real; debe pasear en ceremonial desde la catedral de Reims hasta la pagoda de Chanteloup. Me horrorizan las bodas prosaicas. ¡Por vida de!, ese día al menos, subíos al Olimpo; sed dioses. ¡Ah! pudiendo ser silfos, juegos y risas y argiráspidas, no sois más que mezquinos galopos. Amigos míos, todo recién casado debe ser un príncipe Aldobrandini. Aprovechad ese minuto, único en la vida, para volar al empíreo con los cisnes y las águilas, aunque hayáis de caer otra vez al día siguiente en el prosaísmo de las ranas. No andarse en economías con el himeneo; no le escatiméis sus esplendores; no regateéis el día de su brillo. La boda no es el igual de casa. ¡Oh! Si yo obrase á gusto mío, ¡cuán galano lo dispondría! ¡cómo se oirían trinar los violines entre los árboles!

«He aquí mi programa; mi programa azul celeste en campo de plata. Mezclaría en la fiesta las divinidades campestres; convocaría las dríadas y las nereidas. La boda de Anfititre, una nube de rosa, ninfas con graciosos peinados y enteramente desnudas, un académico dedicando coplas á la diosa, y una carroza tirada por monstruos marinos.