LIBRO SEXTO
NOCHE CLARA
I
El 16 de febrero de 1833
La noche del 16 al 17 de febrero de 1833, fué una noche bendita. Estuvo sobre sus sombras el cielo abierto. Fué la noche de bodas de Mario y Cosette.
El día había sido delicioso.
No había sido la fiesta transparente imaginada por el abuelo; esto es, una magia con grupos de querubines y de cupidos sobre la cabeza de los novios, un casamiento digno do figurar en la decoración de un techo; pero había sido un día apacible y risueño.
La moda de los casamientos no era en 1833 lo que es hoy. Aún no había tomado Francia de Inglaterra esa exquisita delicadeza de llevarse á la mujer, de huir al salir de la iglesia, de ocultarse avergonzados con su dicha, y de combinar las maneras del banquero quebrado con las delicias del cantar de los cantares.
No se había comprendido todavía cuánta castidad y decencia hay en traquetear el paraíso en silla de posta, en entremezclar su misterio con los chasquidos del látigo, en tomar para lecho nupcial un catre de posada, y en dejar tras de sí, en la vulgar alcoba, á tanto por noche, el más sagrado de los recuerdos de la vida, confundido con la plática del mayoral de diligencias y la moza de la posada.
En la segunda mitad del siglo XIX en que estamos, no bastan ya el alcalde con su banda, el sacerdote con su casulla, la ley y Dios; se necesita para complemento el postillón de Longjumeau con chaqueta azul de vueltas encarnadas y botones de cascabel, chapa al brazo, calzón de cuero verde, galones falsos, sombrero charolado, pelo abultado y empolvado de blanco, látigo enorme, botas de montar, y sus correspondientes imprecaciones á los caballos normandos de cola anudada.
Francia, es verdad, no lleva aún la elegancia hasta arrojar, como la nobleza inglesa, sobre la silla de posta de los novios una granizada de chinelas rotas y zapatos viejos, en memoria de Churchill, luego Marlborough ó Malbruck, quién se vió atacado el día de su boda por las iras de una tía suya, ataque al que debió su fortuna.
Las chinelas y zapatos no forman todavía parte de nuestras fiestas nupciales; pero paciencia; á medida que se extienda el buen gusto, ya se llegará á ello.
En 1833, como quien dice hace cien años, no se verificaba aún el casamiento al trote.
Creíase aún en aquella época, ¡cosa rara! que el casamiento es una fiesta íntima y social; que un banquete patriarcal no perjudica á una solemnidad doméstica; que la alegría, aun siendo excesiva, con tal de no traspasar los límites del decoro, no daña á la felicidad y que, por último, es bueno y aún venerable contemplar la fusión de dos destinos, de la cual ha de salir una familia, comenzando en la casa, y que el interior doméstico tenga en adelante por testigo á la cámara nupcial.
Teníase, pues, el impudor de casarse en casa.
La boda de Mario y Cosette, siguiendo esa moda, hoy ya caducada, se efectuó en casa del señor Guillenormand.
Á pesar de lo natural y trillado del negocio matrimonial, las amonestaciones, el arreglo de papeles, la alcaldía y la iglesia, ofrecen siempre alguna complicación. No pudo estar todo listo antes del 16 de febrero.
Ahora bien; por el puro placer de ser exactos diremos, que el 16 de febrero era martes de Carnaval, lo cual dió lugar á vacilaciones y escrúpulos, particularmente por parte de la señorita Guillenormand.
—¡Martes de Carnaval!—exclamó el abuelo.—Tanto mejor. Hay un refrán que dice:
Boda de martes lardero
Produce siempre hijos buenos
«¡Celébrese pues, y sea el 16, si es que tú, Mario, no quieres que se aplace».
—No por cierto,—respondió el enamorado.
—Casémonos,—exclamó el abuelo.
El casamiento se celebró el 16, á pesar de la alegría pública. Estaba lloviendo; pero en el cielo siempre queda un rinconcito azul al servicio de la felicidad, que los amantes ven, aún cuando el resto de la creación quede bajo paraguas.
Juan Valjean había entregado el día anterior á Mario, en presencia del señor Guillenormand, los quinientos ochenta y cuatro mil francos.
Verificándose el casamiento bajo el régimen de la comunidad de bienes, el contrato de boda fué muy sencillo.
La tía Santos no era en adelante necesaria á Juan Valjean, por cuya razón Cosette se quedó con ella, elevándola al grado de doncella suya.
En cuanto á Juan Valjean, había en la casa del señor Guillenormand un bonito cuarto, expresamente amueblado para él, y Cosette le dijo con tan irresistible acento: «Padre, yo os lo ruego», que le había hecho casi prometer que iría á habitarlo.
Algunos días antes del fijado para el casamiento, ocurrió á Juan Valjean un accidente. Habíase lastimado el dedo pulgar de la mano derecha, y sin ser cosa grave, como no consintió que nadie se ocupara de ello, ni le curase, ni viese su mal, ni aun Cosette siquiera, tuvo que envolverse la mano con un lienzo, y llevar el brazo suspendido de un pañuelo.
Fuéle, pues, imposible firmar; pero lo hizo en su lugar el señor Guillenormand, como tutor sustituto de Cosette.
No conduciremos al lector ni á la alcaldía ni á la iglesia. No se sigue hasta allí á dos enamorados, y la costumbre es volver la espalda al drama desde que se le ve el ramo en el ojal al novio. Nos limitaremos, pues, á tomar nota de un incidente que, sin advertirlo la comitiva, acaeció en el tránsito de la calle de las Hijas del Calvario á la iglesia de San Pablo.
Estábase reparando á la sazón el empedrado de la extremidad norte de la calle de San Luis, la que se hallaba interceptada á partir de la calle del Parque Real; así fué que los coches de la boda no pudieron ir directamente hasta San Pablo.
Hubo que cambiar de itinerario; era lo más sencillo torcer por el boulevard.
Uno de los convidados hizo la observación de que, siendo martes de Carnaval, habría allí grande acumulación de carruajes.
—¿Por qué?—preguntó el señor Guillenormand.
—Por las máscaras.
—Perfectamente,—dijo el abuelo.—Vamos por ese lado. Estos chicos se casan; van á entrar en lo serio de la vida, y bueno es que se preparen viendo algo de máscaras.
Siguióse el camino del boulevard. En la primera de las berlinas de boda iban Cosette y la señorita Guillenormand, con el señor Guillenormand y Juan Valjean. En la segunda iba Mario, separado todavía de la novia, según costumbre. La comitiva nupcial, al salir de la calle de las Hijas del Calvario, tuvo que entrar en fila en la larga procesión de carruajes que formaban la cadena sin fin de la Magdalena á la Bastilla, y de la Bastilla á la Magdalena.
Las máscaras abundaban en el boulevard, y á pesar de que llovía por intervalos, no se amilanaban los payasos, arlequines y pierrots. Gracias al buen humor del invierno de 1833, París se había disfrazado de Venecia. Hoy no se ven ya martes de Carnaval por el estilo. Como todo lo existente no es sino un carnaval continuado, no hay ya carnavales.
Las alamedas rebozaban de gente y las ventanas de curiosos. Veíanse cubiertas de espectadores las azoteas que coronan los peristilos de los teatros. Además de las máscaras, se veía el desfile, tan propio del martes de carnaval como de Longchamp, de vehículos de todas clases, berlinas, carrozas, calesas, cabriolés, marchando en orden, rigurosamente pegados unos en otros por los reglamentos de policía, y como encajados en los carriles de un camino de hierro. Los que ocupan tales vehículos son á la vez actores y espectadores. Algunos municipales cuidaban de mantener en la parte baja de los boulevares las dos interminables filas paralelas, que se movían en sentido contrario, y vigilaban para que nada perturbase la doble corriente de aquellos dos arroyos de carruajes, subiendo y bajando, uno hacia la Chaussée d'Antin, otro hacia el arrabal de San Antonio.
Los carruajes blasonados de los pares de Francia y embajadores, caminaban por el centro de la calzada, yendo y viniendo libremente. Igual privilegio disfrutaban ciertas comparsas magníficas, en particular la del Buey Gordo.
En medio de aquella alegría parisiense, Inglaterra hacía chasquear su látigo; la silla de posta de lord Seymour, hostigada por cierto sobrenombre populachero, pasaba metiendo mucho ruido.
En la doble fila, á lo largo de la cual galopaban los municipales de á caballo como perros mastines, había muchas modestas berlinas de familia, atestadas de tías y abuelas, mostrando á las portezuelas graciosos grupos de niños disfrazados, pierrots de siete años y pierrotillas de seis, encantadoras criaturas que sentían ya cómo formaban oficialmente parte de la alegría pública, penetrados de la dignidad de su arlequinada con la gravedad de verdaderos funcionarios.
De cuando en cuando sobrevenía un obstáculo en la procesión de los vehículos, deteniéndose una ú otra de las dos filas laterales, hasta que desaparecía el tropiezo. Un solo carruaje atrancado bastaba á paralizar toda la línea. Luego se ponían otra vez en marcha.
Los coches de la boda estaban en la fila que iba hacia la Bastilla, por la parte derecha del boulevard. Á la altura de la calle de Pont aux Choux hubo una parada. Casi al mismo tiempo, en la parte opuesta, la otra fila en dirección á la Magdalena se detuvo también. Había allí entonces en aquella fila un carruaje lleno de máscaras.
Estos carruajes, ó mejor dicho, estas carretadas de máscaras, son harto conocidas de los parisienses. Si llegasen á faltar en un martes de Carnaval, ó en el día de Piñata, se despertaría la malicia, y diríase: Algo hay escondido. Probablemente va á cambiar el ministerio.
Atascamiento de Casandras, de Arlequines, de Colombinas, cabeceando á los vaivenes del carro por encima de la gente de á pie, todos igualmente grotescos, desde el turco hasta el salvaje. Hércules sosteniendo marquesas y verduleras que obligarían á Rabelais á taparse los oídos, como las Bacantes hacían bajar los ojos á Aristófanes; pelucas de hilaza, trajes de punto imitando carne de color de rosa sucio, sombreros con cintajos y verduras, anteojos, tricornios de Janot, encasquetados en cabezas sin seso, gritos á la gente de á pie, brazos en jarras, posturas atrevidas, hombros desnudos, rostros embadurnados, impudeces deslenguadas; es decir, un caos de desvergüenzas paseado por un cochero cubierto de flores manoseadas; ésta es la institución del Carnaval.
Grecia necesitaba la carreta de Tespis y Francia necesita el carruaje de alquiler de Vadé.
Todo puede parodiarse, incluso la parodia. La saturnal, esa gesticulación de la belleza antigua, va aumentándose progresivamente hasta llegar al martes de Carnaval; y la bacante, en otro tiempo coronada de pámpanos, inundada de sol, mostrando un seno de mármol en una semidesnudez divina, hoy día, apoltronada bajo los harapos húmedos del Norte, ha acabado por convertirse en repugnante mojiganga.
La tradición de los carros de máscaras se remonta á los tiempos más antiguos de la monarquía. En las cuentas de Luis XI se asignan al baylío del palacio «veinte sueldos torneses para tres coches enmascarados callejeros». En nuestros días, esas comparsas bulliciosas de criaturas se dejan conducir en alguna antigua calesa, sobre cuyo imperial se agrupan, cuando no abruman con su tumultuoso hacinamiento, algún landó oficial descubierto. Veinte ocupan un carruaje para seis. Encarámanse en el pescante, en las bigoteras, en los resortes de la cubierta, en la lanza; hasta llegan á horcajar en los faroles. Están de pie, sentados, con las piernas cruzadas ó colgando. Las mujeres ocupan las rodillas de los hombres. Desde lejos, se ven por encima del innumerable hormiguero de cabezas, estas pirámides de furiosos; formadas sobre carrozas, montañas de alegría en medio de aquella barahúnda.
Collé, Panard y Piron han salido de ellas enriquecidos de germanía, y ellos son los que escupen desde su cúspide sobre el pueblo todo el catecismo de la desvergüenza.
Aquel carruaje desmesurado, al parecer, por su cargamento, tiene cierto aire de conquista. Bullicio adelante, batahola detrás. En él se vocifera, se grita, se aúlla, se salta, se patalea en el colmo de la dicha; ruge la alegría, resplandece el sarcasmo, se esparce la jovialidad como una púrpura; dos rocines tiran de esta apoteosis de la farsa: es el carro triunfal de la Risa.
Risa harto cínica para ser franca; risa, en efecto sospechosa. Esta risa tiene una misión; la de probar á los parisienses la verdad del carnaval.
Tales carruajes impúdicos, en los que se adivina cierto cúmulo de tinieblas, hacen meditar al filósofo. Hay algo allí del gobierno. Tócase con el dedo cierta afinidad misteriosa entre los hombres públicos y las mujeres públicas.
Como de tantas torpezas amontonadas resulte un total de alegría; como escalonando la ignominia sobre el oprobio, se engolosine al pueblo; como el espionaje, sirviendo de cariátida á la prostitución, divierta á la chusma; como la muchedumbre se recree viendo pasar sobre las cuatro ruedas de un carruaje á ese monstruoso montón viviente, de oropel andrajoso, mitad basura y mitad resplandor, el cual canta y ladra, á la vez que palmotee al contemplar esa gloria formada de todas las vergüenzas; y pensar que no hay fiesta para las multitudes si la policía no saca á pasear por media de ellas mismas, ésas, á modo de hidras de la alegría con veinte cabezas.
Es ello muy triste. Pero ¿qué remedio? Esos carros de fango, adornados de cintas y flores, son insultados y amnistiados por la risa pública. La risa de todos es cómplice de la degradación universal. Ciertas fiestas malsanas desagregan al pueblo y le convierten en populacho; y el populacho, como los tiranos, necesita bufones. El rey tiene á Roquelaure, y el pueblo á Payaso.
París es la gran ciudad loca, siempre que deja de ser la gran ciudad sublime. El carnaval forma parte en él de la política. París, confesémoslo, se deja divertir de buen grado, aunque sea con la infamia. No pide á sus señores, cuando los tiene, sino una cosa: que le den el cieno pintarrajado. Roma tenía igual humor. Amaba á Nerón; Nerón era un histrión titánico.
La casualidad hizo, como dijimos antes, que uno de esos disformes grupos de mujeres y hombres enmascarados, acoplado en una ancha calesa, se detuviese á la izquierda del boulevard, mientras la comitiva nupcial se paraba á la derecha. De una á otra parte del boulevard, el carruaje de las máscaras alcanzó á ver frente á frente al de la novia.
—¡Toma!—dijo una máscara,—es una boda.
—Una boda fingida,—observó otro.—Nosotros somos la verdadera.
Y demasiado lejos para poder interpelar á los novios, temerosos por otra parte de llamar sobre sí la atención de los municipales, las dos máscaras dirigieron la vista á otra parte.
Toda la carretada de mascarones tuvo á poco que habérselas con la multitud, que empezó á chiflarla, manera de acariciar de la muchedumbre; y los dos máscaras que acababan de hablar, entablaron junto con sus compañeros una lucha de denuestos contra el gentío, en la que se agotaron todos los proyectiles del repertorio de plazuela para responder á las enormes bocanadas del pueblo; entablándose entre las máscaras y la chusma un terrible tiroteo de metáforas.
Entretanto, otras dos máscaras del mismo carruaje, un español de narices descomunales, semblante de viejo arrugado y enormes bigotes negros, y una rabanera flaca y muy joven, con careta de terciopelo, habíanse fijado en los novios, y durante aquella granizada de insultos, tuvieron su diálogo en voz baja.
Este diálogo era sofocado por el tumulto.
Como la lluvia había mojado al carruaje, y además el viento de febrero nada tiene de apacible, la rabanera descotada que hablaba con el español, al par que iba riéndose, tiritaba y tosía.
He aquí el diálogo:
—Dime.
—¿Qué, daron[8]?
—¿Ves aquel viejo?
—¿Qué viejo?
—Aquél que va en el primer roulotte[9] de la boda, á este nuestro lado.
—¿El que lleva el brazo recogido en un pañuelo negro?
—Sí.
—¿Y qué?
—Estoy seguro de conocerle.
—¡Ah!
—Que me cercenen el colabro, y que no en mi vioc vousaille, tonorge mi mezig, si no colombo yo aquel pantino[10].
—¡Hoy sí que París tiene parisienses!
—¿Puedes agacharte y ver la novia?
—No.
—¿Y al novio?
—En ese carruaje no va ningún novio.
—¡Pues no!
—Al menos que sea el otro viejo.
—Procura ver á la novia; agáchate más.
—No puedo.
—Lo mismo da. Estoy seguro de conocer á ese viejo que se duele de la pata.
—¿Y qué más tienes conociéndole?
—¡Quién sabe! ¡Á veces...
—Para nada me cuido yo de viejos.
—¡Le conozco!
—Conócele cuanto quieras.
—¿Cómo diablos asiste á la boda?
—También asistimos nosotros.
—¿De dónde vienen?
—¿Yo qué sé?
—Oye.
-¿Qué?
—Debieras hacer una cosa.
—¿Cuál?
—Bajar de nuestro carruaje y filar[11] la boda.
—¿Para qué?
—Para saber adónde van y de quién se trata. Despacha; date prisa en bajar, fée[12] mía, tú que eres joven.
Pero yo no puedo dejar el carruaje.
—¿Por qué?
—Estoy alquilada.
—¡Por vida de!...
—Cobro mi jornal de rabanera de la prefectura.
—Es verdad.
—Si dejo el coche, el primer inspector que me vea me detendrá. Ya lo sabes.
—Sí, lo sé.
—Hoy estoy alquilada á Pharos[13].
—Sin embargo, este viejo me amuela.
—¡Sí! ¿Te amuelan los viejos? Y esto que no eres una muchacha.
—Está en el primer carruaje.
—¿Y qué?
—En la roulotte de la novia.
—¿Y luego?
—Luego ha de ser el padre.
—¿Y eso qué me importa?
—Te digo que es el padre.
—Oye.
—¿Qué?
—Yo no puedo salir sino enmascarado. Aquí estoy de escondidas, nadie sabe quién soy. Pero mañana ya no habrá máscaras; es miércoles de ceniza; y corro el riesgo de caer[14]. Es preciso que me vuelva á mi escondite. Pero tú eres libre.
—No mucho.
—Más que yo, siempre.
—Bien. ¿Y luego qué?
—Que procures saber dónde va la boda.
—¿Adónde va?
—Sí.
—Yo lo sé.
—¿Adónde va, pues?
—Al Cuadrante Azul.
—Entonces no es por este lado.
—¡Pues bien! á la Rapée.
—Ó á otra parte.
—Como que es libre. Las bodas son libres.
—No basta. Te digo que es preciso procures averiguar qué boda es ésa, qué papel juega en ella este viejo, y dónde viven los novios.
—¡Pues no es ello cosa de cada día! Es un milagro eso de encontrar ocho días después á una boda que ha circulado por París el martes de Carnaval. ¡Un alfiler en un pajar! ¿Es esto posible?
—No importa; sin embargo, hay que intentarlo. ¿Entiendes, Azelma?
Las dos filas continuaron de nuevo por ambos lados del boulevard su movimiento en sentido inverso, y el carruaje de los mascarones perdió de vista el coche de la novia.
II
Juan Valjean continúa con el brazo en cabestrillo
¿Á quién le es dado realizar sus sueños? Debe haber para ellos sin duda elecciones en el cielo; nosotros, sin saberlo, somos los candidatos, y los ángeles votan. Cosette y Mario fueron elegidos.
Cosette en la alcaldía y en la iglesia estuvo radiante y encantadora. La tía Santos, ayudada de Nicolasita, la había aderezado.
Sobre una falda de tafetán blanco llevaba puesta la de guipur de Binche, realzando su belleza un velo de punto de Inglaterra, un collar de perlas finas, una corona de azahares; todo esto era blanco, y entre esta blancura Cosette irradiaba. Era la delicadeza del candor dilatándose y transfigurándose á la luz. Podía decirse que era una virgen dispuesta á convertirse en diosa.
Los hermosos cabellos de Mario estaban lustrosos y perfumados; entreveíanse acá y allá bajo el espesor de los rizos, algunas líneas pálidas; eran las cicatrices de la barricada.
El abuelo, soberbio, con la cabeza erguida, magnífico, amalgamando más que nunca en su traje y en sus maneras toda la elegancia del tiempo de Barras, conducía á Cosette. Reemplazaba á Juan Valjean, quien por llevar el brazo en cabestrillo, no podía dar la mano á la novia.
Venía luego Juan Valjean, vestido de negro y sonriendo.
—Señor Fauchelvent,—decía el abuelo,—éste es un gran día. Voto por el fin de las aflicciones y pesadumbres. En lo sucesivo, no debe haber tristeza en parte alguna. ¡Pardiez! decreto que reine la alegría. El mal no tiene derecho de existir. Es una vergüenza á la verdad para el azul del cielo que haya hombres desgraciados. El mal no proviene del hombre que, en el fondo, es bueno. Todas las miserias humanas radican en el infierno, dicho por otro nombre las Tullerías del diablo. ¡Vaya! ¡También me permito soltar hoy frases demagógicas! Lo que es yo, no tengo ya opiniones políticas; que todos los hombres sean ricos, es decir, felices; con esto me contento.
Cuando al terminar las ceremonias, después de haber pronunciado delante del alcalde y del sacerdote todos los sí necesarios, después de haber firmado en los registros de la municipalidad y de la sacristía, después de haber cambiado los respectivos anillos, después de haber estado de rodillas codo con codo bajo el yugo de moaré blanco, entre nubes de incienso, llegaron asidos de la mano, admirados y envidiados de todos, Mario de negro, y Cosette de blanco, precedidos del pertiguero con charreteras de coronel, sonando con su alabarda en las baldosas, en medio de dos hileras de maravillados concurrentes; llegaron, decimos, al pórtico de la iglesia, abiertas las puertas de par en par, dispuestos á subir al coche, ya todo terminado; Cosette no alcanzaba todavía á creerlo. Fijábase en Mario, en el gentío y en el cielo; parecía como temerosa de despertar. Su atónito é inquieto semblante resultaba aún más embelesador.
Para la vuelta, entraron juntos en el mismo carruaje, sentándose Mario al lado de Cosette, y enfrente el señor Guillenormand y Juan Valjean. La señorita Guillenormand retiróse á ocupar el segundo carruaje. «Hijos míos,—les decía el abuelo,—heteos hechos ya el señor barón y la señora baronesa, con treinta mil libras de renta». Cosette, arrimándose cuanto pudo á Mario, acarició su oído con este cuchicheo angelical: «¡Es verdad pues! ¡Me llamo Mario; soy tu señora!».
Aquellos dos seres irradiaban. Hallábanse en el momento supremo irrevocable, en el deslumbrante punto de intersección de toda la juventud y de toda la alegría. Realizábanse los versos de Juan Provaire. No sumaban cuarenta años entre los dos.
Representaban la sublimidad del matrimonio; aquellas dos criaturas eran dos lirios.
No se miraban uno á otro; se contemplaban. Cosette entreveía á Mario en una gloria, y Mario entreveía á Cosette en un altar. Y sobre aquel altar y en aquella gloria, mezclándose ambas apoteosis, en el fondo, y sin saber cómo, detrás de una nube para Cosette y en un fulgor para Mario, estaba lo ideal, lo verdadero, el cumplimiento del ósculo y del sueño, el tálamo nupcial.
Todos los tormentos pasados se trocaban para ellos en embriaguez. Parecíales que los pesares, los insomnios, las lágrimas, las angustias, los terrores y la desesperación, transformados en caricias y rayos de luz, hacían aún más deliciosa la hora de delicias que se aproximaba, y que las tristezas se habían vuelto tan serviciales, que servían el tocado á la alegría.
¡La desdicha servía de aureola á su felicidad! ¡La prolongada agonía de su amor remataba en una ascensión!
El encanto mismo inundaba aquellas dos almas, nuncio de voluptuosidad en Mario y de pudor en Cosette. Decíanse por lo bajo: «Iremos á ver juntos nuestro jardín de la calle Plumet». Los pliegues del traje de Cosette caían sobre Mario.
Semejante día es una mezcla inefable de divagaciones y certidumbres. Al lado de la posesión se forman suposiciones. Se tiene todavía delante de sí bastante tiempo para adivinar.
¡Encierra este día la inefable emoción de que al medio día se piense en la media noche! Las delicias de aquellos dos corazones rebosaban sobre la multitud, comunicando alegría á los transeúntes.
En la calle de San Antonio, delante de San Pablo, se paraba la gente para ver á través de los cristales del coche, temblar los azahares sobre la cabeza de Cosette. Entraron luego en la calle de las Hijas del Calvario.
Mario, sin separarse de Cosette, subió con aire de triunfo y radiante la misma escalera por donde le habían subido moribundo. Los pobres, agolpados delante de la puerta y repartiéndose las limosnas, los bendecían. En todas partes había flores. La casa no estaba menos perfumada que la iglesia; después del incienso, las rosas. Creían oir voces en el infinito; tenían á Dios en el corazón; el destino se les presentaba como una techumbre de estrellas; sobre su cabeza divisaban la luz del sol naciente. De repente sonó el reloj.
Mario se fijó en el gracioso brazo desnudo y algo rosado de Cosette que se entreveía vagamente al través de los encajes del vestido; Cosette, advirtiendo la mirada de Mario, ruborizóse hasta el blanco de los ojos.
Habían sido convidados muchos antiguos amigos de la familia Guillenormand, y todos se apresuraban en derredor de Cosette, llamándola á porfía señora baronesa.
El oficial Teódulo Guillenormand, ya capitán, había venido de Chartres, donde se hallaba de guarnición, para asistir á la boda de su primo Pontmercy. Cosette no le conoció.
Y él por su parte, acostumbrado á parecer lindo á todas las mujeres, no se acordaba más de Cosette que de otra cualquiera.
—¡Qué bien hice en no creer aquel cuento del oficial de lanceros!—decía para sí Guillenormand.
Cosette no había demostrado nunca más cariño á Juan Valjean, estando así al nivel del viejo Guillenormand; mientras éste expresaba su alegría por medio de aforismos y máximas, ella exhalaba el amor y la bondad como un perfume. La dicha quiere dichoso á todo el mundo.
Para hablar á Juan Valjean, hallaba inflexiones de voz del tiempo de su niñez, y le acariciaba con su sonrisa.
Habíase dispuesto el banquete en el comedor.
Un alumbrado esplendente como el sol, es el sazonamiento indispensable de las grandes alegrías. Los dichosos no aceptan la bruma ni la obscuridad; no consienten en estar entre sombras. Noche, sí; tinieblas, no. Á falta de sol es menester crear uno.
El comedor estaba hecho un ascua de alegría. Colgaba en el centro, por encima de la mesa blanca y resplandeciente, una araña de Venecia de almendras chatas y con toda clase de matices de color; azules, violados, rojos y verdes, destacándose en medio de las bujías. Alrededor de la araña, candelabros; en la pared, cornucopias con grupos de tres y cinco velas. Espejos, cristalería, vajilla, porcelana, loza, servicio, orfebrería, plata, todos los ramos, con tal profusión, que donde no había una luz había una flor.
En la antecámara, una flauta, dos violines y un violoncello, ejecutaban á la sordina cuartetos de Haydn.
Juan Valjean se había sentado en una silla del salón detrás de la puerta, cuya hoja casi le ocultaba. Algunos momentos antes de sentarse á la mesa, Cosette, como por una corazonada, fué á hacerle una gran reverencia, extendiendo con ambas manos la falda de su vestido de novia, y preguntóle con picaresca mirada:
—¿Estáis contento, padre?
—Sí,—dijo Juan Valjean,—estoy contento.
—Bien; reíos entonces.
Juan Valjean sonrió.
Poco después anunciaba Vasco que estaba servida la sopa.
Los convidados, precedidos del señor Guillenormand, quien daba el brazo á Cosette, entraron en el comedor, y se fueron colocando, según el orden establecido, alrededor de la mesa.
Figuraban en ella dos grandes sillones colocados á derecha é izquierda de la novia, el primero para Guillenormand y el segundo para Juan Valjean. Sentóse Guillenormand, pero el otro sillón quedó vacío.
Buscóse con la vista al señor Fauchelvent.
No estaba allí.
Guillenormand preguntó á Vasco:
—¿Sabes dónde está el señor Fauchelvent?
—Señor,—respondió Vasco,—precisamente acaba de salir, encargándome de deciros, que molestado un poco por su mano enferma, lo cual le impedía sentarse á la mesa con el señor barón y la señora baronesa, rogaba se le dispensase, que vendría mañana á primera hora.
Aquel sillón vacío enfrió un poco la efusión del banquete nupcial: pero ausente Fauchelvent, allí estaba Guillenormand, y el abuelo brillaba por dos. Dijo que Fauchelvent hacía bien en acostarse temprano, si la mano le molestaba, y que aquello no era sino «pupa». Esta declaración bastó. Por otra parte, ¿qué es un punto obscuro en medio de una inundación de alegría? Cosette y Mario se encontraban en uno de esos momentos egoístas y bienaventurados en que todas las facultades se encuentran en la percepción de la felicidad. Y luego, al señor Guillenormand se le ocurrió una buena idea: «¡Pardiez! Ya que está vacío ese sillón pasa tú, Mario. Tu tía, aunque tenga derechos sobre ti, te lo permitirá. Ese sillón es para ti. Es de ley y de gracia. Fortunato junto á Fortunata».
Aplauso general de toda la mesa.
Mario ocupó junto á Cosette el sitio destinado á Juan Valjean; y las cosas se arreglaron de manera que Cosette, triste al principio por ausencia de Juan Valjean, acabó por ponerse contenta. Desde el momento que era Mario quien le reemplazaba, Cosette no hubiera echado de menos á Dios mismo.
Y puso ella su lindo pie, calzado de raso blanco, sobre el pie de Mario.
Ocupado ya el sillón, no se echó ya de menos al señor Fauchelvent; y cinco minutos después, la risa y el júbilo reinaban de un extremo á otro de la mesa con toda la animación del olvido.
Á los postres, el señor Guillenormand, de pie con una copa de vino champaña en la mano, á medio llenar para que el temblor de sus noventa y dos años no la hiciera desbordar, brindó por los novios.
—No os librareis por cierto de dos sermones,—exclamó.—Por la mañana habéis tenido el del cura; vais á tener esta noche el del abuelo. Atended, pues: voy á daros un consejo: Adoraos. Yo no amontono giros y circunloquios, voy derecho al blanco: ¡Sed felices! No hay en la creación otros sabios que los tortolitos. Los filósofos dicen: «Moderad vuestra alegría». Pero yo digo: «Dad rienda suelta á la alegría. Sed apasionados como diablos; sed incansables». Los filósofos desbarran. Yo quisiera hacerles tragar de nuevo toda su filosofía.
«¿Pueden sobrar por ventura nunca en la vida los perfumes, los capullos de rosa entreabiertos, los ruiseñores cantando, las hojas verdes ni las auroras? ¿Puede estar nunca de más el amor? ¿Puede ser jamás excesivo el amor mutuo? ¡Cuidado, Estela, que eres demasiado linda! ¡Alerta, Nemoroso, que eres demasiado bello! ¡Disparates! ¿Es nunca demasiado embelesarse, demasiado halagarse, excesivo quererse? ¿Pueden ser nunca jamás desmedidas las dichas ni la vida?
«Moderar la alegría. ¡Mucho que sí! ¡Abajo los filósofos! La sabiduría es el júbilo. Regocijaos; regocijémonos todos. ¿Somos dichosos porque somos buenos, ó somos buenos porque somos dichosos? ¿El famoso diamante Sancy (cienseis) se llama así por haber pertenecido á Harley de Sancy, ó porque pesa ciento seis quilates? No lo sé; abundan en la vida estos problemas; pero lo que importa es poseer el Sancy y la felicidad. Seamos dichosos, sin escudriñar.
«Obedezcamos ciegamente al sol. ¿Qué es el sol? Es el amor; y quien dice amor, dice mujer. ¡Ay! ¡ay! he aquí una potencia absoluta, la mujer. Preguntadle á ese demagogo de Mario si no es esclavo de esa tiranuela de Cosette. ¡Y de buena gana, cobardón! ¡La mujer! No hay ningún Robespierre que la resista. La mujer reina. Ya no soy realista de otra realeza. ¿Qué es Adán? El reino de Eva. Para Eva no hay 89.
«Hubo el cetro real coronado de una flor de lis, el cetro imperial coronado de un globo, el cetro de Carlo-Magno que era de hierro, el cetro de Luis el Grande que era de oro; torciólos la Revolución entre su pulgar y su índice como pajuelas; todo acabó, todo se quebró y rodó por el suelo: ya no hay cetros; pero ¡sublevaos contra ese pañolito bordado que huele á pachulí! Me gustaría verlo. Probad. ¿Por qué es tan sólido? Porque es un trapo.
«¡Ah! ¡Sois el siglo XIX! ¿Y qué? Nosotros éramos del siglo XVIII, ¡tan bárbaros como vosotros! No creáis haber cambiado mucho el universo, porque vuestro galanteador se llame el cólera morbo, y vuestro verdugo se llame la cachucha; en el fondo siempre habrá que amar á las mujeres. Os desafío á que salgáis de aquí. Esos diablillos son nuestros ángeles. Sí; el amor, la mujer y el beso; éste es el círculo de que os desafío á salir. Por mi parte, de buena gana volvería á entrar en él. ¿Quién de vosotros ha visto elevarse en el infinito, apaciguándolo todo á sus pies, contemplando las ondas como una mujer, á la estrella Venus, á la gran coqueta del abismo, la Celimena del océano? ¡El océano! ¡Terrible Alcestes! Pues bien; en vano se alborota; aparece Venus, y hace que sonría. La fiera salvaje se somete. Así somos todos. Cólera, tempestad, rayos, espuma, todo sube hasta el techo. Entra una mujer en escena, es una estrella que se eleva; ¡á tierra todo el mundo! Mario se batía hace seis meses, y hoy se casa. Perfectamente. Sí, Mario, sí; Cosette; tenéis razón. Sed osados el uno para el otro; haceos el amor, haced que estallemos de rabia los que no podemos imitaros; idolatraos. Tomad en vuestros picos todas las briznas de felicidad que hay en la tierra, y arreglaos un nido para toda la vida. ¡Pardiez! ¡que amar y ser amado, no es ningún milagro cuando se es joven! No os figuréis haberlo inventado vosotros. También yo he soñado, también yo he divagado, también yo he suspirado, también yo he tenido límpida el alma.
«El amor es un niño de seis mil años. El amor tiene derecho á una gran barba blanca. Matusalén es un niño al lado de Cupido. Hace sesenta siglos que el hombre y la mujer salen, amándose, de todos sus apuros. El diablo, como maligno, se ha puesto á aborrecer al hombre; y el hombre, que es más maligno aún, se ha puesto á amar á la mujer; de lo cual ha resultado ser mayor el bien que ha conseguido, que el mal que le ha hecho el diablo. Esta fineza fué encontrada ya en el Paraíso terrenal. La invención, amigos míos, es vieja, y sin embargo conserva toda su novedad. Aprovechaos. Sed Dafne y Cloé, mientras llega el tiempo de que seáis Filemón y Baucis. Portaos de manera que, cuando estéis juntos, nada os falte, y que Cosette sea el sol para Mario, y Mario el universo para Cosette. Cosette, que la sonrisa de tu marido sea el buen tiempo; Mario, que las lágrimas de tu mujer sean la lluvia, y que no llueva jamás en vuestro hogar. Habéis robado á la lotería el buen número, el amor en el sacramento; tenéis el premio gordo, guardadlo bajo llave, no lo derrochéis; adoraos, y no os cuidéis de lo demás.
«Creedme. El sano juicio os habla por mi boca, y el sano juicio no puede mentir. Sed religiosamente el uno para el otro. Cada cual tiene su manera de adorar á Dios. ¡Diantre! ¡El mejor modo de adorar á Dios, es amar á la mujer! ¡Yo te amo! Tal es mi catecismo. Todo el que ama, quien quiera que sea, es ortodoxo.
«El juramento de Enrique IV coloca la santidad entre la francachela y la embriaguez. ¡Por la pechuga de San Gris! Mi religión no tiene nada que ver con tal juramento. Se olvida la mujer, y esto me asombra tratándose con un jurador como Enrique IV. Amigos míos, ¡viva la mujer! Soy viejo, según se dice, pero es admirable como me siento dispuesto á ser joven. Quisiera ir á oir las zampoñas de los bosques. Me embelesa ver á los muchachos que aciertan á ser lindos y dichosos. Me casaría de buena gana si encontrase con quien; es imposible imaginar que Dios nos haya criado para otra cosa: idolatrar, arrullar, galantear, ser palomo, ser gallo, picotear á los enamorados desde la mañana hasta la noche, mirarse en su mujercita, erguirse, triunfar, hinchar la papada: he aquí el objeto de la vida. Así pensábamos nosotros en hacerlo cuando éramos jóvenes. ¡Ah, virtud pintada! ¡y qué preciosas mujeres había entonces! ¡Qué caras! ¡Qué pimpollos! Allí sí que era yo devastador.
«Amaos, pues. Para no amarse, yo no sé de qué serviría la primavera; por mi parte, rogaría á Dios que encerrase las maravillas que nos pone de manifiesto, que nos privase de ellas, que volviese á su caja las flores, las aves y las mujeres guapas.
«Hijos míos, recibid la bendición de este buen viejo».
La noche se pasó rápida, gozosa y alegremente. El soberano buen humor del abuelo dió tono á la fiesta, y todos trataron de corresponder á aquella cordialidad casi centenaria. Se bailó un poco, se rió mucho; fué una boda inocente. Hubieran podido convidar á ella al viejo bonachón. Y en verdad que estaba allí representado en la persona del señor Guillenormand.
Hubo bullicio y luego silencio.
Desaparecieron los novios.
Poco después de las doce, la casa del señor Guillenormand se trocó en templo.
Aquí nos detenemos. En el umbral de las noches de boda hay un ángel en pie, sonriendo, con el dedo sobre los labios.
El alma se anega en la contemplación ante ese santuario, donde se celebra el amor.
Debe haber resplandores sobre tales moradas. El goce que encierran debe escaparse á través de las piedras de los muros, convertido en claridad, é irradiar vagamente en las tinieblas. Es imposible que esta fiesta sagrada y fatal no eleve un rayo celeste al infinito. El amor es el crisol sublime donde se verifica la fusión del hombre y de la mujer; el ser uno, el ser triple, el ser final, la trinidad humana sale de él. Ese nacimiento de dos almas en una ha de ser forzosamente una emoción para la sombra. El amante es sacerdote; la virgen enajenada se asombra. Y algo de ese gozo llega hasta Dios. Donde hay realmente matrimonio, es decir, amor, entra el idealismo.
Un lecho nupcial es un fulgor de aurora en las tinieblas. Si fuese dado á la pupila de carne percibir las visiones terribles y agradables de la vida superior, es probable que veríamos las formas de la noche, los desconocidos alados, los caminantes azules de lo invisible, inclinarse, en multitud de cabezas sombrías, alrededor de la casa luminosa satisfechos, benditos, mostrándose unos á otros, á la virgen esposa dulcemente asombrada, y ostentando el reflejo de la felicidad humana en sus rostros divinos. Si en tan suprema hora, deslumbrados los esposos por el deleite, y creyéndose solos, escuchasen, oirían en su cuarto un aleteo confuso. La dicha perfecta implica la solidaridad de los ángeles. La obscura y reducida alcoba tiene todo el cielo por techo.
Cuando dos bocas, consagradas por el amor, se aproximan para crear, es imposible que sobre aquel beso inefable no se realice un estremecimiento en el misterio inmenso de las estrellas.
Estas felicidades son las verdaderas. No existe el goce fuera de estos goces. El amor es el único éxtasis. Todo lo demás llora.
Amar ó haber amado, esto basta. No pidáis nada luego. No se puede encontrar otra perla en los piélagos tenebrosos de la vida. Amar es el cumplimiento del más alto deber.
III
La inseparable
¿Qué había sido de Juan Valjean?
Inmediatamente después de haberse reído, cediendo á la graciosa intimación de Cosette, aprovechó Juan Valjean un instante en que nadie le miraba, y salió á la antecámara. Era la misma sala en la que, ocho meses antes, había entrado cubierto de cieno, de sangre y de polvo, trayéndole el nieto al abuelo. El antiguo revestimiento de madera estaba adornado con guirnaldas de hojas y flores; los músicos estaban sentados en el mismo canapé en que había dejado á Mario.
Vasco, vestido de negro, con calzón corto, medias y guantes blancos, estaba colocando coronas de rosas alrededor de los platos que iban á servirse. Juan Valjean le mostró su brazo en cabestrillo, y se marchó después de encargarle explicase el motivo de su ausencia.
Las ventanas del comedor daban á la calle. Juan Valjean permaneció de pie algunos minutos, inmóvil entre la obscuridad, bajo aquellas ventanas radiantes. Estaba escuchando. El confuso ruido del banquete llegaba hasta él. Oía la voz alta y magistral del abuelo, los violines, el retintín de los platos y los vasos, las carcajadas y, en medio de todo aquel alegre rumor, distinguía la dulce y regocijada voz de Cosette.
Dejó la calle de las Hijas del Calvario, y se volvió á la calle del Hombre Armado.
Tomó para volverse las calles de San Luis, Culture Sainte Cathérine y Blancs Manteaux, y aunque era el curso más largo, era el mismo que tenía la costumbre de seguir hacía tres meses, evitando así el tropel de transeúntes y los barros de la calle Vieille du Temple, cuando desde la calle del Hombre Armado iba todos los días con Cosette á la calle de las Hijas del Calvario.
Este camino que había recorrido con Cosette excluía para él todo otro itinerario.
Juan Valjean entró en su casa. Encendió su vela y subió.
La habitación estaba vacía. Ni siquiera había en ella la tía Santos. Las pisadas de Juan Valjean producían en los cuartos mayor ruido que ordinariamente. Todos los armarios estaban abiertos. Penetró en el cuarto de Cosette.
No había sábanas en la cama. La almohada de cutí, sin funda y sin guarniciones, estaba colocada sobre los cobertores doblados al pie de los colchones, cuya tela se veía, y donde ya nadie había de acostarse. Los pequeños objetos femeninos pertenecientes á Cosette habían desaparecido, quedando únicamente los muebles grandes y las cuatro paredes. La cama de la tía Santos estaba igualmente desaparejada. Una sola cama hecha, parecía esperar á alguien: era la de Juan Valjean.
Juan Valjean miró las paredes; cerró algunas puertas de los armarios, pasando del uno al otro cuarto.
Luego entró en el suyo, dejando la vela sobre una mesa.
Había sacado el brazo del cabestrillo, y se servía de la mano derecha como si nada tuviese en ella.
Acercóse á su cama; y sus ojos, fuese por casualidad, fuese de intento, se fijaron en la inseparable, que había dado celos á Cosette; en la maleta de que no se separaba jamás. El 4 de junio, al llegar á la calle del Hombre Armado, la había colocado en un velador junto á su cabecera. Dirigióse al velador con cierta excitación, sacó una llavecita del bolsillo y abrió la maleta.
Fué sacando de ella poco á poco los vestidos con que diez años antes había dejado Cosette á Montfermeil; primero el vestido negro, después el pañolito negro, enseguida los zapatos fuertes de niña que casi habrían podido servir todavía á Cosette, tan breve era su pie; el jubón de bombasí tupido, el refajo de punto, el delantal con bolsillos y las medias de lana. Estas últimas, donde se veía señalada aún la forma de una pierna infantil, eran poco más largas que la mano de Juan Valjean. Todo aquello era negro, y era él quien había llevado á Montfermeil aquellos vestidos para Cosette.
Á medida que los sacaba de la maleta, los iba dejando sobre la cama. Pensaba y recordaba. Era en invierno, en un mes de diciembre harto frío, ella tiritaba medio desnuda, apenas cubierta de harapos, con sus pobres y amoratados piececitos metidos en unos malos zuecos. Él, Juan Valjean, le había hecho dejar aquellos andrajos y ponerse aquel traje de luto. La madre debió regocijarse en su tumba al ver á su hija enlutada por ella, y sobre todo, al verla vestida y abrigada. Recordaba aquel bosque de Montfermeil, que había atravesado en compañía de Cosette: recordaba la crudeza del tiempo que hacía, los árboles sin hojas, las ramas sin pájaros, el cielo sin sol. Así y todo, aquello había sido un embeleso. Ordenó cuidadosamente las ropitas sobre la cama, el pañuelo junto á la saya, las medias cerca de los zapatos, y el jubón junto al zagalejo, contemplándolas una tras otra, y diciendo para sí: «Así era ella; llevaba su gran muñeca en brazos, había guardado su luis de oro en el bolsillo de este delantal, se reía, é íbamos los dos asidos de la mano; no contaba en el mundo más que conmigo...».
Aquí, su venerable cabeza blanca cayó sobre el lecho; su corazón, constantemente estoico, estalló abismando, por así decirlo, su faz en los vestidos de Cosette, y si alguien hubiese pasado á la sazón por la escalera, habría podido oir perfectamente su horroroso llanto.
IV
Immortale jecur
La antigua y formidable lucha, de la que hemos visto ya diferentes fases, vuelve á empezar.
Jacob no luchó con el ángel más que una noche. ¡Ay! ¡Cuántas veces hemos visto á Juan Valjean luchando en medio de las tinieblas, cuerpo á cuerpo con su conciencia, y luchando perdidamente contra ella!
¡Lucha inaudita! ¡En ciertos momentos el pie se desliza; en otros se hunde el suelo!
¡Cuántas veces aquella conciencia, precipitándose furiosa hacia el bien, le había estrechado y abrumado! ¡Cuántas veces la verdad le había puesto la inexorable rodilla sobre el pecho! ¡Cuántas veces, derribado á fuerza de luz, le había pedido perdón! ¡Cuántas veces esa luz implacable, encendida en él y sobre él por el obispo, le había deslumbrado violentamente cuando más deseaba cegar!
¡Cuántas veces, en lo más crudo de la pelea, se había vuelto á enderezar, asido de la roca, apoyado en el sofisma, arrastrado entre el polvo, tan pronto derribando á los pies su propia conciencia, tan pronto derribado por ella! Cuántas veces, después de un equívoco, después de un razonamiento traidor y especioso del egoísmo, había oído á su conciencia irritada gritarle al oído: «¡Zancadilla! ¡Miserable!». ¡Cuántas veces su pensamiento refractario había agonizado convulsivamente bajo la evidencia del deber!
Resistencia á Dios. Sudores fúnebres. ¡Cuántas heridas secretas, que solamente él sentía manar!
¡Cuántos desgarros en su lamentable existencia! ¡Cuántas veces se había levantado nuevamente ensangrentado, quebrantado, lacio, iluminado, desesperado el corazón y serena el alma! ¡Sintiéndose vencedor siendo vencido! Y después de haberle dislocado, atenaceado y deshecho su propia conciencia, de pie, formidable, luminosa, tranquila, le decía: «Ya puedes ir en paz».
Pero ¡Ay! ¡Qué paz tan lúgubre al salir de tan sombría lucha!
No obstante, aquella noche, comprendía Juan Valjean que empeñaba su postrer combate.
Una sola cuestión se le presentaba dolorosa.
Las predestinaciones no son siempre directas; no se desarrollan en línea recta ante el predestinado; tienen sus callejones sin salida, sus laberintos, sus travesías obscuras y sus encrucijadas alarmantes en su multitud de vías. Juan Valjean había hecho alto en lo más peligroso de todas aquellas encrucijadas.
Había llegado al supremo empalme del bien y del mal. Tenía esta tenebrosa intersección á la vista. Como le había sucedido en otras peripecias dolorosas, dos caminos se abrían delante de él: uno tentador, otro horroroso. ¿Cuál de ambos elegir?
El que aterraba, le era aconsejado por el misterioso dedo indicador que todos percibimos cuando fijamos la vista en la sombra.
Juan Valjean tenía que escoger una vez más entre el puerto terrible y la sonriente emboscada.
¿Es, pues, verdad que el alma puede curar y no la suerte? ¡Terrible cosa, un destino irremediable!
He aquí la cuestión que se presentaba:
¿De qué manera iba á portarse Juan Valjean con relación á la felicidad de Cosette y Mario? Él era quien había querido, quien había hecho aquella felicidad, por más que le destrozase las entrañas; y á la sazón, contemplándola, podía sentir la especie de satisfacción que sentiría un armero al reconocer la marca de su fábrica en un cuchillo, al arrancarlo humeante de su pecho herido.
Cosette tenía á Mario, Mario poseía á Cosette. Todo lo tenían, incluso la riqueza, y esto era obra suya.
Pero una vez formada, una vez existente aquella dicha, ¿qué le correspondía hacer á Juan Valjean? ¿Imponerse á ella y tratarla como si le perteneciera?
Sin duda, Cosette era ya de otro; pero ¿retendría Juan Valjean de Cosette todo lo que podía retener de ella? ¿Continuaría siendo la especie de padre, entrevisto, pero respetado, que había venido siendo hasta entonces? ¿Se introduciría tranquilamente en casa de Cosette? ¿Uniría, sin decir una palabra, su pasado á aquel porvenir? ¿Presentaríase, como asistido de su derecho, é iría á sentarse, envuelto en sombras, sobre aquel hogar luminoso? ¿Cogería, sonriendo, la mano de aquellos inocentes entre sus manos trágicas? ¿Posaría sus pies en la apacible chimenea del salón de Guillenormand, aquellos pies que arrastraban tras sí la infamante sombra de la ley? ¿Participaría él de la suerte reservada á Cosette y á Mario? ¿Aumentaría la obscuridad sobre su propia frente y las nubes sobre la de ellos? ¿Colocaría en tercer lugar, entre aquellas dos felicidades su propia catástrofe? ¿Persistiría en su silencio? En una palabra; ¿sería él, junto á aquellos dos seres dichosos, el siniestro nudo del destino?
Es preciso estar acostumbrado á los golpes de la fatalidad para atreverse á alzar los ojos cuando aparecen ciertas cuestiones en toda su horrible desnudez. El bien ó el mal se hallan detrás de este severo interrogante.—¿Qué vas á hacer?—pregunta la esfinge.
Juan Valjean poseía el hábito de la prueba, y miró fijamente á la esfinge.
Examinó el despiadado problema bajo todas sus fases.
Cosette, aquella existencia alegre, era la tabla de salvación de aquel náufrago. ¿Qué hacer? ¿Asirse á ella fuertemente ó abandonarla?
Si se asía, escapaba al desastre, tornaba á ver el sol, dejaba escurrir el agua amarga de sus vestidos y sus cabellos; se había salvado: vivía.
¿Iba á soltar su presa?
Entonces, el abismo.
Aconsejábase así dolorosamente con su pensamiento, ó mejor dicho, combatía furioso, dentro de sí mismo, tan pronto contra su voluntad, como contra su convicción.
Fué una dicha para Juan Valjean el haber podido llorar. Esto quizá le iluminó. Al principio, sin embargo, tomó la tempestad un aspecto horrible, desencadenándose con más violencia que la que le impulsó en otra época hacia Arrás. El pasado reaparecía ante él; comparaba y lloraba. Una vez abierta la esclusa de las lágrimas, retorcióse aquel desesperado.
Sentíase detenido.
¡Ay! En el pugilato decisivo entre el egoísmo y el deber, cuando se retrocede paso á paso ante el ideal inconmutable, extraviado, encariñado, exasperado, teniendo que ceder, disputando el terreno, esperando una huida posible, buscando una salida; ¡qué brusca y siniestra resistencia la del pie de una muralla detrás de nuestro pie!
¡Sentir que la sombra sagrada es un obstáculo!
¡Lo invisible inexorable, qué obsesión!
La conciencia no desiste jamás. Toma tu partido, Bruto; toma tu partido, Catón. No tiene fondo, Dios. Se arroja á ese pozo el trabajo de toda la vida; se arroja la fortuna, la riqueza, los triunfos, la libertad ó la patria; se arroja el bienestar, el reposo, la alegría. ¡Es poco, es poco aún! ¡Vaciad el vaso! ¡Inclinad la urna! ¡Es poco también! Es preciso arrojar también el corazón.
En alguna parte de la espesa bruma de los antiguos infiernos ha de haber un tonel parecido á ese pozo.
¿No es perdonable á la verdad rehuirlo? ¿Puede lo inagotable reclamar su derecho? Las cadenas sin fin ¿no son acaso incompatibles con la fuerza humana? ¿Quién vituperaría á Sísifo y á Juan Valjean porque gritasen: ¡basta!?
La obediencia de la materia está limitada por el roce: y ¿no ha de haber un límite á la obediencia del alma? Si el movimiento continuo es imposible, ¿por qué ha de exigirse la continua abnegación?
El primer paso no es nada; el último es el difícil.
¿Qué era el proceso Champmathieu al lado del casamiento de Cosette y sus consecuencias? ¿Qué valía lo de volver á presidio, comparado con volver á la nada?
¡Cuán sombrío es el primer escalón del descenso! ¡Cuán negro es el segundo!
¿Y cómo no volver entonces la cabeza?
El martirio es una sublimación; sublimación corrosiva. Es una tortura que santifica. Puede consentirse en él la primera hora, estar sentado en el trono de hierro candente, tener ceñida la corona de hierro candente, aceptar el globo de hierro candente, empuñar el cetro de hierro candente; pero falta todavía vestir el manto de llamas; ¿y no llega un momento en que la carne miserable se rebela, y entonces abdica el suplicio?
Por último, Juan Valjean entró en la calma del abatimiento.
Pesó, meditó y calculó las alternativas de la misteriosa balanza de luz y sombra.
Imponer su presidio á aquellas dos hermosas criaturas, ó consumar él mismo su irremediable sumersión.
De una parte el sacrificio de Cosette, de la otra el suyo propio.
¿Qué solución adoptó?
¿Qué determinación? ¿Cuál fué en su interior su contestación definitiva al incorruptivo interrogatorio de la fatalidad? ¿Qué puerta se decidió á abrir? ¿Qué parte de su vida resolvió cerrar y condenar? Entre todas aquellas quebradas insondables que le rodeaban, ¿cuál elegía? ¿Qué extremo aceptó? ¿Á cuál de aquellos abismos se inclinó?
Su vertiginosa divagación duró toda la noche.
Continuó allí hasta asomar el día, en la misma actitud, doblado sobre aquel lecho, prosternado bajo la enormidad del destino; ¡ay! aplastado quizá, con los puños crispados, los brazos extendidos en ángulo recto, como un crucifijo desclavado y arrojado de cara al suelo. Doce horas de una larga noche de invierno, helado, sin levantar la cabeza ni pronunciar una palabra, inmóvil como un cadáver, mientras que su pensamiento rodaba por el suelo y subía á las nubes; como la hidra unas veces, como el águila otras.
Al verle alguien en aquella actitud sin movimiento, le habría creído muerto; pero estremecíase de pronto convulsivamente, y su boca, pegada á los vestidos de Cosette, los besaba. Entonces se le veía revivir.
Pero ¿quién podía verlo, puesto que Juan Valjean estaba solo y no había allí nadie?
Quien está en las tinieblas.