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Los miserables - Tomo 2 (de 2) cover

Los miserables - Tomo 2 (de 2)

Chapter 25: LIBRO SÉPTIMO LA ÚLTIMA GOTA DEL CÁLIZ
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LIBRO SÉPTIMO
LA ÚLTIMA GOTA DEL CÁLIZ

I
El séptimo círculo y el octavo cielo

Los días siguientes á los de boda son solitarios. Se respeta el recogimiento de la felicidad, y un poco también el sueño retardado. La barahúnda de las visitas y las felicitaciones no vuelve hasta más tarde. El 17 de febrero, poco después del medio día, estaba Vasco, con su paño y plumero bajo el brazo, ocupado en «arreglar la antecámara», cuando oyó un ligero golpe en la puerta.

No había tirado de la campanilla, lo cual es una discreción propia de semejante día. Abrió Vasco, y vió al señor Fauchelvent.

Introdújole en el salón, revuelto todo aún de arriba á bajo, ofrecía éste todo el aspecto del campo de batalla de las alegrías de la víspera.

¡Diantre!—observó Vasco.—Nos hemos despertado tarde caballero.

—¿Está levantado el señor?—preguntó Juan Valjean.

—¿Cómo seguís del brazo?—preguntó Vasco á su vez.

—Mejor. ¿Se ha levantado el amo?

—¿Cuál? ¿El antiguo ó el nuevo?

—El señor de Pontmercy.

—¿El señor barón?—prorrumpió Vasco como empinándose.

Los títulos sirven principalmente para los criados. Parece que les toca algo, les alcanza lo que un filósofo llamaría las salpicaduras del título, y esto les lisonjea. Mario, digámoslo de paso, republicano militante, habiéndolo probado, era barón á pesar suyo. Habíase verificado en la familia una pequeña revolución acerca de este título; Guillenormand era entonces quien abogaba por él, y Mario quien le desechaba; pero el coronel Pontmercy había escrito: Mi hijo llevará mi título, y Mario obedecía. Y luego Cosette, en quien empezaba á despuntar la mujer, estaba satisfecha de ser baronesa.

—¿El señor barón?—repitió Vasco.—Voy á ver. Le diré que está aquí el señor Fauchelvent.

—No. No le digáis que soy yo. Decidle que hay quien desea hablarle en particular, mas sin decir el nombre.

—¡Ah!—exclamó Vasco.

—Quiero darle una sorpresa.

—¡Ah!—repuso el criado, dirigiéndose á sí mismo el segundo ¡ah! como explicación del primero. Y salió. Juan Valjean se quedó solo.

Acabamos de decir que el salón estaba en desorden. Parecía que, aplicando el oído, hubiera podido oirse aún el vago rumor de la boda. Veíanse por el suelo flores de todas clases, desprendidas de las guirnaldas y de los peinados. Las bujías, apuradas hasta el cabo, añadían á los cristales de las arañas estalactitas de cera. Ningún mueble estaba en su lugar. En los rincones, tres ó cuatro sillas, aproximadas unas á otras y formando círculo, parecían como continuar una plática comenzada. El conjunto era risueño. Los restos de una fiesta encierran siempre cierta gracia. El gozo había reinado allí. En aquellas sillas desarregladas, en medio de aquellas flores ya marchitas, bajo aquellas luces apagadas, se había pensado en la dicha. El sol sucedía á los candelabros y sus rayos penetraban alegremente en la sala.

Transcurrieron algunos minutos. Juan Valjean seguía inmóvil en el sitio donde le había dejado Vasco. Estaba muy pálido. Veíanse sus ojos tan hundidos bajo las órbitas á causa del insomnio, que casi desaparecían. Las arrugas de su levita negra patentizaban que había pasado la noche sin quitársela, teniendo llenos los codos de esa pelusa blanca que deja en el paño roce del lienzo. Juan Valjean miraba á sus pies la ventana dibujada en el pavimento por el sol.

Al ruido que hizo la puerta, levantó los ojos.

Entró Mario con la cabeza erguida, la boca risueña, el rostro como inundado de luz, la frente dilatada, la mirada triunfante. Tampoco había dormido.

—¡Sois vos, padre!—exclamó viendo á Juan Valjean.—¡Y ese imbécil de Vasco, con su aire misterioso! Pero venís muy temprano. No son más que las doce y media, Cosette está durmiendo.

La palabra padre, dicha á Fauchelvent por Mario, significaba: felicidad suprema. Ya hemos indicado que siempre había existido entre ambos tibieza y embarazo, hielo que romper ó derretir. Mario se hallaba en ese punto de embriaguez en que las escabrosidades se aplanan, en que el hielo se disuelve, siendo Fauchelvent para él, como para Cosette, el padre.

Y continuó: la palabra se desbordaba en él con esa superabundancia propio de los divinos paroxismos de la alegría.

—¡Cuán satisfecho estoy de veros! ¡si supierais cuánto os echamos ayer de menos! Buenos días, padre. ¿Cómo va esa mano? Mejor ya, ¿verdad?

Y satisfecho de la buena contestación que se daba á sí mismo, prosiguió:

—Ambos hemos hablado mucho de vos. ¡Cosette os quiere tanto! Supongo que no vais á olvidar que tenéis aquí vuestro cuarto. Basta ya de la calle del Hombre Armado. No queremos que penséis en ella más. ¿Cómo pudisteis ir á habitar una calle como aquélla, malsana, ruinosa y fea, cerrada por un lado, fría, y en la que apenas se puede entrar? Vendréis á instalaros aquí, desde hoy mismo, ó Cosette se enfadará. Está dispuesta á llevarnos á todos á su gusto. Os lo prevengo. Ya habéis visto vuestro cuarto, está junto al nuestro y da á los jardines. Se ha arreglado algo que le faltaba á la cerradura, la cama está pronta; no falta sino que entréis en ella. Cosette ha mandado colocar junto á la cama una butaca antigua, forrada de terciopelo de Utrech, á la que ha dicho: Tiéndele los brazos. Cada primavera anida un ruiseñor en el grupo de acacias que hay delante de las ventanas. Allí estará dentro de dos meses. Tendréis vuestro nido á la derecha, y el nuestro á la izquierda. Por la noche cantará el ruiseñor, y de día os hablará Cosette. El cuarto tiene sol de Mediodía. Cosette arreglará en él vuestros libros, el viaje del capitán Cook, el otro de Vancouver y demás objetos vuestros.

«Creo que hay una maletita que apreciáis en mucho, á la cual he destinado un rinconcito de honor. Habéis conquistado á mi abuelo; parece que congeniáis. Viviremos todos juntos. ¿Sabéis jugar al whist? Colmaréis los deseos de mi abuelo, si lo jugáis. Vos mismo acompañaréis á paseo á Cosette los días en que tenga yo vista, la llevaréis del brazo como en otro tiempo, ya sabéis, en el Luxemburgo. Estamos absolutamente decididos á ser felices, y vos participaréis de nuestra felicidad. ¿Lo entendéis, padre? Por supuesto, hoy almorzaréis con nosotros.

—Señor—dijo Juan Valjean,—tengo que deciros una cosa. Soy un antiguo presidiario.

El límite de los sonidos agudos perceptibles puede traspasar perfectamente el alcance del espíritu como de la materia. Estas palabras: Soy un antiguo presidiario, al salir de los labios de Fauchelvent y al entrar en el oído de Mario, iban más allá de lo posible. Mario no entendió. Parecióle que acababan de decirle algo, pero no supo qué. Quedóse con la boca abierta.

Entonces advirtió que el hombre que le hablaba estaba espantoso. En su feliz enajenamiento no había notado hasta aquel instante aquella terrible palidez.

Juan Valjean desató el pañuelo negro que sostenía su brazo, quitóse el envoltorio de la mano, descubrió el dedo pulgar, y mostrándosele á Mario:

—No tengo nada en la mano,—dijo.

Mario contempló el dedo.

—Ni he tenido jamás nada,—repuso Juan Valjean.

No se veía, en efecto, señal ni herida alguna.

Juan Valjean prosiguió:

—Convenía que no asistiese yo al casamiento, y me he alejado cuanto he podido. He supuesto esta herida para evitar una falsedad, para no introducir nulidad alguna en los contratos matrimoniales, para no tener que firmar.

Mario tartamudeó:

—¿Y qué quiere decir todo esto?

—Quiere esto decir,—respondió Juan Valjean,—que he estado en presidio.

—¡Me estáis volviendo loco!—exclamó Mario aterrado.

—Señor de Pontmercy,—dijo Juan Valjean,—he estado diez y nueve años en presidio por robo. Luego me condenaron á cadena perpetua, también por robo, como reincidente, y á la hora presente soy un simple escapado de presidio.

Mario hubiera querido retroceder ante la realidad, rechazar el hecho y resistir á la evidencia; pero era preciso ceder á ella. Empezó á comprender, y como sucede siempre en casos semejantes, traspasó el límite de la comprensión. Tembló por la repugnancia que sintió interiormente; estremecióse con la idea que atravesó su espíritu. Entrevió para sí, en el porvenir, un destino disforme.

—¡Decidlo, decidlo todo, todo!—exclamó.—¡Sois padre de Cosette!

Y retrocedió dos pasos con un indecible movimiento de terror.

Juan Valjean levantó la frente en actitud tan majestuosa, que pareció crecer hasta el techo.

—Es necesario que me creáis, señor; aunque el juramento de los presidiarios no sea admitido en juicio.

Permaneció silencioso un momento, y luego, con cierta autoridad soberana y sepulcral, añadió, articulando lentamente y apoyando las sílabas una á una:

—...Debéis creerme. Padre de Cosette, ¡yo! delante de Dios, no. Señor de Pontmercy: Yo soy un aldeano de Faverolles. Ganábame la vida podando árboles. No me llamo Fauchelvent; me llamo Juan Valjean. Ningún parentesco me une á Cosette. Tranquilizaos.

Mario balbuceó:

—¿Y quién me prueba?...

—Yo. Puesto que yo lo digo.

Mario miró á aquel hombre. Estaba lúgubre y sereno. La mentira no podía salir de semejante calma. Lo glacial es sincero. La verdad se sentía en aquella frialdad de tumba.

—Os creo,—dijo Mario.

Juan Valjean inclinó la cabeza como quien acepta el testimonio, y continuó:

—¿Qué soy yo para Cosette? Un pasajero. Hace diez años que ignoraba su existencia. La quiero mucho, es cierto. Cuando uno, ya viejo, ha visto crecer á esos pequeñuelos, es natural quererlos. Los viejos se creen abuelos de todos los niños. Paréceme que podéis suponer que hay en mí algo parecido á un corazón. Era huérfana. No tenía padre ni madre. Necesitaba de mí. Por eso me he consagrado á amarla. Los niños son tan débiles, que el primero que llega, aún siendo un hombre como yo, puede servirles de protector. He cumplido ese deber con respecto de Cosette. No creo que tan poca cosa merezca llamarse una buena acción; pero si lo es, tomad nota de que la he hecho yo. Registradla como una circunstancia atenuante.

«Hoy Cosette se separa de mí; nuestros dos caminos se alejan, y en lo sucesivo ya no puedo hacer nada por ella. Cosette es la señora de Pontmercy. Su providencia ha cambiado. Y Cosette gana en el cambio. Perfectamente. En cuanto á los seiscientos mil francos, no me habléis de ellos, pero me anticipo á vuestra pregunta. Se trata de un depósito. ¿Cómo se hallaba en mis manos ese depósito? Poco importa. Lo devuelvo y no se me puede exigir más. Completo la restitución diciéndoos mi verdadero nombre. Esto es interés mío. Me conviene que sepáis quién yo soy».—Y Juan Valjean fijó la vista en Mario.

Lo que Mario experimentaba era tumultuoso é incoherente. Ciertas ráfagas del destino producen oleajes parecidos en nuestra alma.

Todos tenemos momentos de turbación en que las ideas se dispersan, y decimos lo primero que se nos ocurre, que no es siempre lo más oportuno. Hay revelaciones súbitas que no se pueden resistir, y que embriagan como un vino funesto.

Mario estaba admirado con la situación nueva que se le presentaba, hasta el punto de hablar á aquel hombre casi reprochándole amargamente su confesión.

—Pero, en fin,—exclamó,—¿por qué me decís todo eso? ¿Qué es lo que os obliga á ello? Podíais haberos guardado el secreto. Nadie os denuncia, persigue ni hostiga. ¿Qué razón os mueve á hacer así, sin más ni más, semejante revelación? Acabad. ¿Qué más hay? ¿Con qué fin hacéis semejante confesión? ¿Á qué objeto?

—¿Á qué objeto?—respondió Juan Valjean con una voz tan baja y tan sorda, que se hubiera dicho hablaba consigo mismo, mas bien que con Mario.—¿Qué objeto mueve en realidad al presidiario para venir á deciros: soy un presidiario? En verdad que es ello cosa rara. Es por honradez. Sabéis lo que hay de malo en ello, es un hilo que tengo en el corazón, y me tiene sujeto. Esos hilos nunca resultan más sólidos que cuando uno es viejo. Toda la vida se deshace en torno de ellos y lo resisten. Si hubiera podido arrancar ese hilo, romperle, desatar el nudo ó cortarle, irme lejos, muy lejos, estaba salvado; bastábame partir. Hay diligencias en la calle de Bouloy. Sed muy felices, podía haber dicho, y marcharme. He probado de romper ese hilo, he tirado, y ha resistido, y no se ha roto. Me arrancaba con él el corazón. Entonces dije: no es posible que viva en otra parte. Debo quedarme. Pero tenéis razón, soy un imbécil; ¿por qué no quedarme buenamente? Me ofrecéis un cuarto en vuestra casa; la señora de Pontmercy me quiere mucho; ha dicho á ese sillón: «¡Tiéndele los brazos!». Vuestro abuelo desea mi compañía, congeniamos, habitaremos todos en la misma casa, comeremos juntos, daré el brazo á Cosette... á la señora de Pontmercy, perdonad la costumbre; tendremos un techo, una mesa, un hogar para todos, la misma chimenea en invierno, el mismo paseo en verano. ¡Magnífica perspectiva! ¡Qué feliz existencia! Viviremos en familia. ¡En familia!

Al pronunciar esta palabra Juan Valjean se anubló su semblante, cruzó los brazos, fijó la vista en el suelo como si quisiese abrir á sus pies un abismo, y exclamó con voz que parecía el estallido de una tempestad:

—¡En familia! No; yo no tengo familia. La vuestra no es mía, yo no pertenezco á la familia de los hombres. En las casas en que reina la intimidad, estoy de más. Hay familias, es verdad, pero no para mí. Yo soy el infeliz; vivo fuera. No sé si he de dudar de haber tenido padres. El día en que he casado esa niña, todo ha concluido; la he visto dichosa; la he visto unida al hombre á quien ama, y junto á ellos un buen anciano; una pareja de ángeles, rodeados de todas las alegrías; en esta casa, he dicho: Tú no debes entrar.

«Era fácil mentir, no cabe duda, engañaros á todos, seguir llamándome el señor Fauchelvent. Mientras ha sido en bien de ella, he podido mentir; pero ahora, en abono mío, no debo hacerlo. Bastaba con callarme, y todo marchaba como hasta aquí. Me preguntáis: ¿qué es lo que me obliga á hablar? Una cosa singular; mi conciencia. Y sin embargo, ¡era tan fácil callarme! He pasado la noche esforzándome en persuadirme de ello. Vos me interrogáis como un profesor, y por cierto que lo que acabo de deciros da este derecho. Pues bien, sí; he pasado toda la noche buscando razones; se me han ocurrido algunas excelentes, he hecho cuanto ha estado de mi parte, creedlo.

«Pero hay dos cosas en que no he acertado; ni á romper el hilo que me tiene sujeto por el corazón, amarrado y fijo aquí, ni á hacer callar á alguien que me habla bajo cuando estoy solo. Por esto he venido esta mañana á confesároslo todo ó casi todo. Hay lo inútil, que sólo á mí me concierne, y esto me lo guardo para mí. Lo esencial ya lo sabéis. Así, pues, he tomado mi misterio; y os lo he traído, y he rasgado mi secreto ante vuestros ojos. No era resolución ésta muy fácil de adoptar; así que, como os digo, toda la noche he estado luchando conmigo mismo. ¡Ah! Vos creéis que yo no me he dicho que no era esto como el proceso Cbampmathieu; y que con callar mi nombre no infería daño á nadie, y el nombre de Fauchelvent me lo había dado el mismo Fauchelvent agradecido por un servicio que le había prestado, así es que yo podía muy bien conservarle, y ser muy feliz en ese cuarto que me ofrecéis, que sin molestar á nadie, podría estar en mi rinconcito, y que mientras vos tendríais á Cosette, tendría yo la satisfacción de estar bajo del mismo techo.

«Así hubiera tenido cada cual su felicidad proporcionada. Con seguir siendo Fauchelvent todo se arreglaba; sí, todo, excepto mi alma. Al rededor mío, alegría; en el fondo de mi alma obscuridad. No basta ser dichoso, es preciso estar satisfecho. Así habría yo seguido siendo Fauchelvent, y ocultando mi verdadero rostro en presencia de vuestras expansiones, yo habría encerrado un enigma, y en medio de vuestro claro día habría yo tenido mis tinieblas, y sin preveniros siquiera, habría introducido buenamente el presidio en vuestro hogar, me habría sentado á vuestra mesa con la idea de que, á saber quién yo era, me arrojaríais de ella, y me habría dejado servir por unos criados que, de saberlo, habrían exclamado: ¡Qué horror! ¡Yo había de irme á codear con quien tiene derecho á rechazarme; yo había de haber escamoteado vuestros apretones de mano! ¡Había de haberse dividido el respeto en esta casa entre cabellos blancos venerables y cabellos blancos infamados! ¡En vuestras horas más íntimas, cuando todos los corazones se hubiesen creído abiertos hasta el fondo unos para otros, cuando hubiésemos estado los cuatro juntos, vuestro abuelo, vosotros dos y yo, habría habido ahí un desconocido! ¡Y compartiendo vuestra existencia, mi único cuidado debiera ser el de no levantar jamás la tapa de mi terrible pozo! ¡Yo, un muerto, me impondría á vosotros que sois la vida! Equivaldría á condenaros conmigo. ¡Vos, Cosette y yo seríamos tres cabezas con el gorro verde! ¿No os estremece esto?

«No siendo en verdad sino el más infeliz de los hombres, habría llegado á ser el más monstruoso. ¡Cometer todos los días el mismo crimen! ¡Mentir todos los días! ¡Tener todos los días sobre mi cara el mismo velo de noche! ¡Comunicaros todos los días, uno tras otro continuamente esta parte de la afrenta mía, á vosotros mis queridísimos, mis inocentes hijos! ¿Callarse es muy sencillo? ¿Nada cuesta guardar silencio? No, no es sencillo. Hay silencios que mienten. ¡Y mi mentira, y mi fraude, y mi indignidad, y mi cobardía, y mi traición, y mi crimen, yo los habría bebido gota á gota, yo los habría escupido y vueltos á beber, yo habría concluido á media noche para volver á empezar á medio día, y mis buenos días habrían mentido, y mis buenas noches habrían mentido, y de esa suerte habría yo dormido, y de esa suerte habría comido mi pan, y habría mirado á Cosette á la cara, y habría respondido á su sonrisa de ángel con la sonrisa del condenado, y habría sido un hipócrita abominable!

«Y todo, ¿para qué? Para ser feliz. ¡Para ser feliz yo! ¿Tengo derecho acaso para ello? Yo estoy fuera de la vida, señor mío».

Juan Valjean se detuvo. Mario seguía escuchando. Semejantes encadenamientos de ideas y de angustias no pueden interrumpirse. Juan Valjean bajó de nuevo la voz, pero el sonido de la voz no era ya sordo, era siniestro.

—¿Me preguntáis por qué hablo? cuando nadie me denuncia, me persigue, ni hostiga. ¡Sí! ¡Estoy denunciado, hostigado, perseguido! ¡Sí! ¿Por quién? Por mí. Yo mismo me cierro el paso, y me arrastro, y me empujo, y me paro, y me ejecuto; y cuando uno se tiene preso á sí mismo, bien preso está».

Y asiéndose de su propia levita fuertemente, y tirándola hacia Mario:

—¿Veis este paño?—dijo.—¿No os parece que tiene cogido el cuello de esta levita sin temor de que se le escape? ¡Pues bien! Existe otro puño que agarra más fuertemente: la conciencia. Para ser feliz, señor mío, se necesita no comprender nunca el deber, porque en cuanto se le comprende es implacable. Diríase que castiga por comprenderle, pero no; antes bien recompensa, pues nos coloca en un infierno, donde sentimos á Dios junto á nosotros. Y en cuanto se nos desgarran las entrañas, está uno en paz consigo mismo.

Y con dolorido y triste acento añadió:

—Señor de Pontmercy, esto está fuera del sentido común; yo soy un hombre honrado; degradándome á vuestros ojos es como me elevo á los míos. Otra vez me ha sucedido ya; pero aquello fué menos doloroso; no fué, puede decirse, nada. Sí, un hombre honrado. No lo sería, cuando por mi culpa hubieseis continuado estimándome; ahora que me despreciáis, sí, lo soy. Tengo la fatalidad de que, no pudiendo jamás poseer sino una consideración robada, esa consideración me humilla y agobia interiormente; necesitando el desprecio ajeno para el respeto propio, entonces me elevo. Soy un presidiario que obedece á su conciencia. Ya sé yo que es ello muy singular. Pero, ¿qué remedio? Es así. He contraído compromisos conmigo mismo, y los estoy cumpliendo. Hay encuentros que nos ligan; hay casualidades que nos arrastran por el camino del deber. ¡Ah, señor de Pontmercy, me han sucedido tales cosas en la vida!

Juan Valjean hizo aún otra pausa, tragando la saliva con esfuerzo, como si sus palabras tuviesen un sabor amargo, y luego prosiguió:

—Cuando siente uno tal horror de sí mismo, no tiene derecho para hacer á los demás, sin saberlo, partícipes de su horror, para comunicarles su peste; no tiene derecho para hundirles en su precipicio sin que ellos se aperciban; no tiene derecho para cubrirlos con la chaqueta roja del presidio, para entorpecer solapadamente con su miseria la felicidad del prójimo. Es odioso acercarse á los que están sanos, y tocarlos en la sombra con su úlcera invisible. En vano Fauchelvent me prestó su nombre; no tengo el menor derecho para llevarle; él pudo dármelo, yo no puedo admitirlo. Un nombre es otro yo... Ya veis, señor mío, que he pensado un poco, y he leído otro poco, aunque no sea más que un aldeano; y ya veis igualmente que sé explicarme como debo, y darme cuenta de las cosas, según la educación que yo mismo me he procurado. Pues bien; sustraer un nombre y cubrirse con él no es de hombre honrado. Tan ladrón es el que toma letras del alfabeto, como el que roba un bolsillo ó un reloj. ¡Ser una firma falsa de carne y hueso, ser una llave falsa viviente, y entrar en casa de los hombres de bien destrozando la cerradura; no poder mirar nunca cara á cara, ser siempre infame interiormente! ¡No, no! y mil veces no. Vale más sufrir, manar sangre, llorar, arrancarse la piel de la carne con las propias uñas, pasar las noches en convulsiones de agonía, torturándose el pecho y el alma. Por eso he venido á contaros lo que acabáis de oir. Así, sin más ni más, como habéis dicho.

Respiró dolorosamente, y lanzó todavía esta última frase:

—En otro tiempo, para vivir, robé un pan; hoy no quiero vivir robando un nombre.

—¡Para vivir!—interrumpió Mario.—¿Acaso necesitáis de este nombre para vivir?

—¡Ah! Yo me entiendo,—respondió Juan Valjean, alzando y bajando la cabeza lentamente muchas veces seguidas.

Hubo unos momentos de silencio. Los dos callaban, sumergido cada cual en un abismo de pensamientos. Mario se había sentado junto á una mesa, y apoyaba el ángulo de la boca en uno de sus dedos doblado.

Juan Valjean iba y venía. Detúvose delante de un espejo, y se quedó inmóvil. Luego, como respondiendo á un razonamiento interior, dijo, mirando aquel espejo, donde él no se veía:

—¡Es lo cierto que ahora me siento aliviado!

Púsose nuevamente á pasear, dirigiéndose al otro extremo de la sala. En el instante de volverse, notó que Mario le miraba andar. Entonces le dijo con un acento indescriptible:

—Arrastro un poco la pierna. Ya comprenderéis ahora por qué.

Volvióse por completo, y continuó:

—Y á pesar de todo, señor mío, figuraos que nada he dicho, que sigo siendo Fauchelvent, que vivo en esta casa, que soy de la familia, que tengo mi cuarto, que salgo á almorzar en vuestra compañía por la mañana en zapatillas y bata, que por la noche vamos los tres al teatro, que acompaño á la señora de Pontmercy á pasear á las Tullerías y á la plaza Real; en una palabra, que estamos juntos y me creo vuestro igual. El día menos pensado, estoy yo aquí, estáis vosotros hablando conmigo, riendo, y de repente ois una voz que grita este nombre: ¡Juan Valjean! Y he aquí que la mano espantosa de la policía sale de la sombra y me arranca bruscamente la careta.

Callóse de nuevo; Mario se había levantado estremecido.

Juan Valjean añadió:

—¿Qué decís á eso?

El silencio de Mario era la respuesta.

Juan Valjean continuó:

—Ya veis que he tenido razón en no callarme. Sí, sed dichoso, vivid en el cielo, sed el ángel de otro ángel, habitad el sol y contentaos con eso, y sin cuidaros de qué manera un pobre condenado se desgarra el pecho para cumplir con su deber. Tenéis en vuestra presencia, señor mío, un hombre bien miserable.

Mario cruzó lentamente la sala, y cuando estuvo cerca de Juan Valjean, le tendió la mano; pero, como la de éste no se alargase á tomarla, hubo de aproximarse él.

—Mi abuelo tiene amigos,—le dijo;—yo haré que obtenga un indulto.

—Es inútil,—respondió Juan Valjean.—Me creen muerto, y esto basta. Los muertos no están sujetos á la vigilancia de la policía. Se les deja pudrir tranquilamente. La muerte es lo mismo que el indulto.

Y retirando su mano, que retenía Mario, añadió con cierta dignidad inexorable:

—Por lo demás, no he de cumplir sino con mi deber: he aquí el único amigo á quien recurriré. No necesito otro indulto que el de mi conciencia.

En este momento entreabrióse suavemente la puerta al otro extremo de la sala, y apareció la cabeza de Cosette en la abertura. Sólo se distinguía su cándido semblante; estaba admirablemente despeinada, y tenía los párpados hinchados aún de haber dormido. Hizo el movimiento de un pájaro que saca la cabeza fuera del nido; miró primero á su marido, luego á Juan Valjean, y les gritó riendo, con esa sonrisa que sólo se ve en el fondo de una rosa:

—Apostaría á que estáis hablando de política. ¡Qué barbaridad! ¡En vez de estar conmigo!

Juan Valjean se estremeció.

—¡Cosette!—balbuceó Mario.

Y se detuvo. Hubiera podido créerseles culpables á uno y otro.

Cosette, con aspecto radiante, seguía mirándolos. Brotaban de sus ojos como destellos del paraíso.

—Os he cogido infraganti,—dijo Cosette.—Acabo de oir á través de la puerta á mi padre Fauchelvent que decía: «La conciencia... Cumplimiento de mi deber...». ¡Esto es política! Y yo no quiero que se hable de política en este día. No es del caso.

—Te engañas, Cosette,—respondió Mario.—Hablábamos de negocios. Buscábamos el medio mejor de colocar tus seiscientos mil francos.

—No es esto todo,—interrumpió Cosette.—Y sino, ahora vengo yo. ¿Me queréis aquí?

Y traspasando resueltamente la puerta, entró en el salón. Llevaba puesto un gran peinador blanco, de mil pliegues, de holgadas mangas, que partiendo del cuello le caía hasta los pies. En los dorados cielos de las antiguas pinturas góticas hay ángeles graciosísimos vestidos como ella.

Contemplóse de pies á cabeza en un espejo de cuerpo entero, y prorrumpió con una expresión de éxtasis inefable:

—Había un rey y una reina. ¡Oh! ¡Qué contenta estoy!

Dicho esto, hizo un gran saludo á Mario y á Juan Valjean.

—Ya lo veis,—continuó,—vengo á colocarme á vuestro lado en un sillón; dentro de media hora almorzaremos y hablaréis cuanto queráis; ya sé yo que los hombres tienen que hablar, seré muy discreta.

Mario la tomó del brazo, y la dijo amorosamente:

—Estamos hablando de negocios.

—Á propósito,—respondió ella,—he abierto mi ventana, y acaba de llegar al jardín una bandada de pierrots (gorriones). Pájaros, no máscaras. Que, si hoy es miércoles de ceniza para nosotros no lo es para ellos.

—Te repito que estamos hablando de negocios; anda, hija mía, déjanos un instante. Hablamos de números y te aburrirías.

—¡Qué corbata más bonita te has puesto, Mario! Estáis muy coquetón, señor mío. No, no me aburriré.

—Te aseguro que sí.

—Que no. Puesto que sois vosotros. No os comprenderé, pero escucharé. Cuando se oye á quien bien se quiere, no se necesita comprender lo que dicen. Estar juntos, es todo lo que quiero, aquí me quedo ¡Vaya!

—¡Cosette mía! Imposible.

—¡Imposible!

—Sí.

—Está bien,—repuso Cosette.—¡Os habría dicho tantas cosas! Que el abuelito duerme todavía; que la tiita ha ido á misa; que la chimenea del cuarto de papá Fauchelvent rebota el humo; que Nicolasita ha llamado al fumista; que la tía Santos y Nicolasa han reñido ya; que Nicolasa se ríe de cómo tartamudea la tía Santos. Pues bien; no sabréis nada de todo esto. ¿Con que, imposible? También yo gritaré: ¡Imposible! ¿Quién perderá en el juego? Ea, amiguito mío, Mario mío, deja que me quede.

—Te juro que necesitamos estar solos.

—¿Soy yo alguien por ventura?

Juan Valjean no decía una palabra. Cosette se volvió hacia él.

—Lo primerito que quiero, padre, es que me abracéis. ¿Cómo os calláis así, en vez de poneros de mi parte? ¡Vaya un papá singular! ¡No veis cuán desgraciada soy en mi nuevo estado! Mi marido me pega. Ea, un abrazo y un beso, prontito.

Juan Valjean se acercó.

Cosette se volvió hacia Mario.

—¿Veis? os hago una mueca.

Enseguida presentó su frente á Juan Valjean.

Juan Valjean dió un paso hacia ella.

Cosette retrocedió, exclamando:

—¡Qué pálido estáis, padre! ¿Os duele mucho el brazo?

—Ya está curado,—dijo Juan Valjean.

—¿Habéis dormido mal?

—No.

—¿Estáis triste?

—No.

—¡Vaya! Un abrazo. Y si os sentís bien, si dormís bien y estáis contento, no os reñiré.

Y de nuevo le presentó su frente.

Juan Valjean besó aquella frente, donde brillaba un reflejo del cielo.

—Sonreid.

Juan Valjean obedeció. Su sonrisa fué la de un espectro.

—Ahora defendedme de mi marido.

—¡Cosette!—exclamó Mario.

—Enfadaos, padre. Decidle que debo quedarme: que delante de mí se puede hablar de todo. ¡Con que, se me cree tan tonta! ¡Es ello tan gran cosa! ¡Negocios, colocar dinero en un banco! ¡Vaya un misterio! Los hombres dan importancia á cualquier tontería. Quiero quedarme aquí. Esta mañana estoy muy bien; Mario, mírame.

Y con un encogimiento de hombros adorable y cierto aire de despique, fijó los ojos en Mario.

Prodújose como un relámpago entre aquellos dos seres. Poco importaba que no estuviesen solos.

—¡Te amo!—dijo Mario.

—¡Te adoro!—dijo Cosette.

Y cayeron irresistiblemente uno en brazos de otro.

—Ahora,—repuso Cosette arreglando un pliegue de su ancho peinador con cierto ligero ademán de triunfo, ahora me quedo.

—Esto no,—replicó Mario en tono suplicante.—Tenemos que terminar cierto asunto.

—¿Aún no?

Mario dió á su voz una inflexión grave.

—Te aseguro, Cosette, que es imposible.

—¡Ah! ¡Hacéis gala de vuestra voz de hombre! ¡Está muy bien! Ya me voy. Padre, no me habéis apoyado. Señor marido, señor papá, sois un par de tiranos. Se lo voy á contar al abuelito. Si creéis que he de volver á deciros tonterías, os equivocáis. Tengo mi orgullito también. Ahora la mía. Ya veréis cómo sois vosotros los que os vais á fastidiar sin mí. Voyme cargada con toda la razón.

Y se fué.

Dos segundos después la puerta se abrió de nuevo; su fresca y sonrosada mejilla asomó por entre las dos hojas, y Cosette gritó:

—Estoy furiosa.

Volvióse á cerrar la puerta, y renacieron las tinieblas.

Fué aquello como un rayo de sol descarriado, atravesando sin imaginarlo las sombras de la noche.

Mario se cercioró de que la puerta estaba bien cerrada.

—¡Pobre Cosette!—murmuró.—Cuando sepa...

Á estas palabras, Juan Valjean tembló de pies á cabeza, fijando en Mario sus ojos extraviados.

—¡Cosette! ¡Ay! Sí, se lo vais á decir todo; justo. No había yo pensado en ello. Se tienen fuerzas para una cosa, y faltan para otra. Os lo ruego, señor mío. Os conjuro por lo más sagrado; dadme vuestra palabra de no decirle nada. ¿No basta que vos lo sepáis? Nadie me ha obligado á delatarme, lo he hecho de buen grado; me delataría á todos, al universo entero, ¿qué me importa? ¡Pero á ella! Ella no sabe lo que es esto y se espantaría. ¡Cómo! ¡un presidiario! Sería menester explicárselo y decirle: «¡Es un hombre que ha estado en presidio!». Un día vió ella pasar la cuerda... ¡Oh, Dios mío!

Y enseguida se dejó caer en un sillón, ocultando el rostro entre ambas manos.

No se le oía; pero, por el movimiento de sus hombros se conocía que lloraba. Llanto silencioso, llanto terrible.

Existe en el sollozo algo de sofocación. Dióle una pequeña convulsión, se inclinó hacia atrás contra el respaldo como para respirar, dejando caer sus brazos, y pudiendo ver Mario su rostro bañado en llanto, le oyó decir tan bajo, que su voz parecía salir de un abismo sin fondo:

—¡Oh! ¡Quisiera morir!

—Serenaos,—dijo Mario;—guardaré vuestro secreto para mí solo.

Y menos enternecido quizá de lo que debiera, pero obligado hacía una hora á familiarizarse con aquella revelación horrible, viendo gradualmente el presidiario superponerse ante sus ojos á Fauchelvent, cautivado poco á poco por aquella realidad lúgubre, y conducido por la pendiente natural de la situación á medir la distancia que acababa de interponerse entre aquel hombre y él, añadió Mario:

—Me es imposible dejar de deciros algo sobre el depósito que tan fiel y honradamente me habéis entregado. Es un acto de probidad. Justo es que se os dé la recompensa. Fijad vos mismo la cantidad, y os será contada. No temáis en hacerla subir mucho.

—Gracias, señor mío,—respondió Juan Valjean con dulzura.

Permaneció pensativo un momento, pasando maquinalmente la yema del dedo índice por la uña del pulgar: luego levantando la voz:

—Todo ha concluido,—dijo,—ó poco menos. Una sola cosa me queda.

—¿Cuál?

Juan Valjean experimentó como una suprema vacilación, y sin voz, casi sin aliento, balbuceó:

—Ahora que ya lo sabéis todo, ¿creéis, señor mío, vos que sois el dueño, que no debo yo ver más á Cosette?

—Sería lo más acertado,—respondió fríamente Mario.

—No volveré á verla,—murmuró Juan Valjean.

Y se dirigió hacia la puerta.

Puso la mano en el picaporte, cedió el pestillo, entreabrióse la puerta lo bastante para pasar. Juan Valjean se quedó un segundo inmóvil, luego cerró de nuevo y se volvió hacia Mario.

No estaba ya pálido, sino lívido. No tenía ya lágrimas en los ojos, sino una especie de luz trágica. Su voz había adquirido una calma extraña.

—Si me lo permitís, señor, vendré á verla. Os aseguro que lo deseo muchísimo. Sin eso, sin la necesidad de ver á Cosette, no os habría hecho esta confesión. Hubiera partido sencillamente... Pero queriendo permanecer en el punto en que habita Cosette, y continuar viéndola, he debido honradamente decirlo todo, seguid vos la ilación de mi razonamiento que es fácil de comprender, ¿no es cierto? Hace ya nueve años largos que la tengo á mi lado; nuestra primera habitación fué aquella casucha del boulevard; luego el convento, enseguida junto al Luxemburgo. Allí la visteis por primera vez. Recordaréis aquel sombrero de felpa azul. Después nos trasladamos al barrio de los Inválidos, donde había una reja y un jardín á la calle Plumet. Desde mi habitación en un patio interior la oía tocar el piano. Tal ha sido mi vida. El uno sin el otro, jamás. Nueve años y algunos meses ha durado esto. Era yo para ella un padre, y se creía mi hija. No sé si me explico bastante bien, señor de Pontmercy: pero os aseguro que me sería difícil marcharme ahora y no volverla á ver, no hablarle más, quedarme sin nada en este mundo. Si no ha de pareceros mal, vendría yo de vez en cuando á ver á Cosette. No lo haría con gran frecuencia; no permanecería mucho tiempo. Podríais mandar que me recibiera en la salita del cuarto bajo. Yo entraría por la puerta trasera, la de los criados; pero esto causaría extrañeza quizá. Valdrá más, creo, entrar por donde entra todo el mundo. ¡Ay, sí, señor mío! Deseo mucho ver alguna que otra vez á Cosette, tan pocas cuantas queráis. Poneos en mi lugar; no tengo más que ella en la tierra. Y luego, hay que ser cautos; si yo no volviese ya más, esto produciría mal efecto, parecería muy raro. Así, lo que puedo hacer es venir al anochecer.

—Vendréis todas las tardes,—dijo Mario,—y Cosette os aguardará.

—¡Cuán bueno sois, señor!—exclamó Juan Valjean.

Mario le saludó; la felicidad acompañó hasta la puerta á la desesperación, y aquellos dos hombres se separaron.

II
Obscuridades que puede contener una revelación

Mario estaba trastornado.

La especie de antipatía que había sentido siempre hacia el hombre junto al cual veía á Cosette, estaba ya explicada. Había en aquel personaje cierto no sé qué enigmático de que su instinto le advertía.

Era aquel enigma la más repugnante de las vergüenzas: el presidio. El señor Fauchelvent era el presidiario Juan Valjean.

Hallar bruscamente semejante secreto en medio de su dicha, equivalía á descubrir un escorpión en un nido de tórtolas.

¿La dicha de Mario y de Cosette iba á estar condenada á semejante testigo? ¿Era ello un hecho consumado? ¿Formaba parte de su casamiento la aceptación de aquel hombre? ¿No había remedio?

¿Se había unido Mario al mismo tiempo con aquel escapado de presidio?

Aunque se ciña una doble corona de luz y de alegría, por más que se saboreen los instantes más dichosos de la existencia en amor correspondido; sacudimientos de esta especie harían estremecer forzosamente al mismo arcángel en su éxtasis, y al mismo semidiós en su gloria.

Como sucede siempre con los cambios repentinos y bruscos como aquél, preguntábase Mario si no tendría algo que echarse en cara. ¿Le había faltado la adivinación? ¿Le había faltado la prudencia? ¿Se había aturdido involuntariamente? Tal vez un poco. ¿Se había metido, sin bastante precaución para explorar los alrededores, en aquella aventura amorosa, cuyo término había sido su casamiento con Cosette? Reconocía,—y así es como por una serie de confesiones sucesivas de nosotros mismos sobre nuestra propia conciencia, la vida nos va corrigiendo poco á poco—reconocía, decimos, el lado quimérico y visionario de su naturaleza, especie de nube interior propia de muchas organizaciones, y que en los paroxismos de la pasión y del dolor se dilata por el cambio de temperatura del alma, é invade al hombre entero hasta el punto de convertirle en una conciencia inundada de bruma. Hemos indicado ya más de una vez ese elemento característico de la individualidad de Mario.

Recordaba que en la embriaguez de su amor, durante las seis ó siete semanas de éxtasis que había pasado en la calle Plumet, ni siquiera habló á Cosette del drama del caserón del Cuervo, donde la víctima se aferró tan extrañamente en el silencio durante la lucha, y en la evasión después. ¿Por qué no le había ocurrido hablar de ello á Cosette tratándose de una cosa tan reciente y horrorosa? ¿Cómo se concibe que no le hubiese nombrado siquiera á los Thénardier, sobre todo el día que se encontró con Eponina? Casi sentía dificultad para explicarse á la sazón su silencio de entonces. Dábase cuenta de él, sin embargo, recordando su aturdimiento, su embriaguez por Cosette, el amor absorbiéndolo todo, aquel arrobamiento de ambos en lo ideal, y quizá también con la cantidad imperceptible de razón mezclada en aquel estado violento y embelesador del alma, un vago y sordo instinto de ocultar y abolir en su memoria aquella horrible aventura, cuyo contacto temía, en la que no quería representar papel alguno, á la que se sustraía, no pudiendo ser narrador ni testigo sin ser acusador.

Por otra parte, aquellas pocas semanas habían pasado como un relámpago, sin conceder espacio más que al amor.

En fin, pesado, considerado y examinado todo, resultaba que aún en el caso de haber referido á Cosette la emboscada del caserón del Cuervo, de haberle hablado de los Thénardier, cualesquiera que hubiesen sido las consecuencias, aún en el caso de haber descubierto que Juan Valjean era un presidiario, ¿habría por esto cambiado él, Mario? ¿Habría por esto cambiado ella, Cosette? ¿Habría él retrocedido? ¿La habría adorado menos? ¿Habría dejado de casarse? No.

¿Habría, pues, cambiado en algo cuanto había hecho? No. Nada, pues, tenía que lamentar, nada que reprocharse. Todo estaba bien. Existe un Dios para esos beodos que se llaman enamorados. Mario ciego, había seguido el camino que hubiese elegido con la vista clara. El amor le había vendado los ojos. ¿Para llevarle adónde? Al paraíso.

Pero aquel paraíso debía estar rodeado en lo sucesivo de una cerca infernal.

La antigua repulsión de Mario por aquel hombre, por aquel Fauchelvent convertido en Juan Valjean, estaba á la sazón llena de horror.

En este horror, digámoslo también, había cierta compasión y aún cierta sorpresa.

Aquel ladrón, reincidente y todo, había restituido un depósito. ¿Y qué depósito? Seiscientos mil francos. Y siendo el poseedor único del secreto, pudo muy bien habérselo guardado ó no entregarlo todo.

Por otra parte, había revelado espontáneamente su propia situación. Y á esto no le obligaba nadie. Si se sabía quién había sido, por él era.

Había en aquella confesión otra cosa sobre la aceptación de la humillación, la del peligro. Para un condenado, la máscara no es máscara, es un abrigo. Un hombre falso es la seguridad, y él había renunciado á un falso nombre. Podía, siendo presidiario, ocultarse para siempre en el seno de una familia honrada; y había resistido á la tentación. ¿Por qué? Por escrúpulo de conciencia. Él mismo lo había explicado con el irresistible acento de la sinceridad.

En suma, quien quiera que fuese aquel Juan Valjean, era incontestablemente una conciencia que despertaba. Había en él cierta misteriosa rehabilitación comenzada, y según todas las apariencias, hacía mucho tiempo que este escrúpulo dominaba á aquel hombre. Tales accesos de lo justo y de lo bueno no son propios, á la verdad, de naturalezas vulgares. El despertar de la conciencia indica grandeza de alma.

Juan Valjean era sincero. Esta sinceridad visible, palpable, irrefragable, evidente hasta por el dolor que le causaba, hacía inútiles las averiguaciones, y daba autoridad á todo cuanto decía aquel hombre.

Había en esto, para Mario, una inversión extraña de situaciones. ¿Qué se desprendía del señor Fauchelvent? La desconfianza. ¿Qué surgía de Juan Valjean? La confianza.

En el misterioso balance que Mario pensativo formaba de aquel Juan Valjean, comprobaba el activo y el pasivo, queriendo llegar á un resultado; pero todo ello aparecía como en una borrasca.

Esforzándose Mario en deducir una idea clara de aquel hombre, y persiguiéndole, por decirlo así, en el fondo de su pensamiento, le perdía y no le volvía á encontrar sino en una bruma fatal.

El depósito restituido honradamente, la probidad en la confesión, eran una acción buena; esto producía como un claro que se abría en una nube, mas la nube se ennegrecía nuevamente.

Por turbios que fuesen los recuerdos de Mario, alguna sombra le alcanzaba todavía.

¿Qué venía á ser en definitiva aquella aventura del desván de Jondrette? ¿Por qué á la llegada de la policía, aquel hombre, en lugar de querellarse, había huido?

Mario encontraba entonces la respuesta: porque aquel hombre era un reo sentenciado y prófugo.

Otro enigma: ¿Por qué había ido aquel hombre á la barricada?

Porque al presente Mario veía aparecer distintamente aquel recuerdo á impulso de sus emociones, como la tinta simpática al fuego. Aquel hombre estaba en la barricada; mas no combatía. ¿Qué había ido á hacer allí?

Ante semejante pregunta surgía un espectro, y daba esta respuesta: Javert.

Mario recordaba perfectamente en aquella hora la fúnebre visión de Juan Valjean arrastrando fuera de la barricada á Javert atado, y oía aún detrás del ángulo de la callejuela Mondetour el horrible pistoletazo. Existía verosímilmente, algún odio entre el espía y el presidiario. El uno molestaba al otro; y Juan Valjean había ido á la barricada por vengarse. Llegó tarde. Probablemente sabía que Javert había caído prisionero. La venganza corsa ha penetrado en ciertas inferioridades, y allí es ley, tan sencilla, que no asusta á las almas medio convertidas al bien; y los tales corazones opinan que un criminal, en vía de arrepentimiento, puede tener escrúpulo de robar y no de vengarse. Juan Valjean había matado á Javert; esto parecía evidente.

Última pregunta, á la cual no encontraba respuesta, sin embargo de sentirla como una tenaza: ¿Por qué la existencia de Juan Valjean había corrido tanto tiempo unida á la de Cosette?

¿Qué significaba la obra sombría de la Providencia al poner aquella niña en contacto con semejante hombre? ¿Se forjan en el cielo cadenas para dos, y Dios se complace en aceptar el ángel junto al demonio? ¿Puede habitar un mismo cuarto en el misterioso presidio de las miserias, la inocencia y el crimen? En este desfile de condenados que se llama el destino humano, ¿pueden pasar tocándose dos frentes, la una cándida y la otra formidable; la una bañada por completo de los divinos matices del alba, y la otra pálida para siempre con el fulgor del eterno relámpago? ¿Quién había podido determinar aquel enlace inexplicable? ¿Por qué clase de prodigio se había establecido semejante comunidad de vida entre la niña celestial y el viejo presidiario?

¿Quién había podido atar el cordero al lobo, y cosa más incomprensible aún, el lobo al cordero?... Porque el lobo amaba al cordero; porque el ser feroz adoraba al ser débil; porque, durante nueve años, el ángel había tenido por punto de apoyo al monstruo. La infancia y la adolescencia de Cosette, su nacimiento á la luz, su virginal desarrollo hacia la vida y la libertad, habían encontrado abrigo en aquella solicitud disforme.

Aquí las cuestiones se deshojaban, por así decirlo, en innumerables enigmas; los abismos se abrían en el fondo de los abismos, y Mario no podía inclinarse hacia Juan Valjean sin vértigo. ¿Quién era, pues, aquel hombre precipicio?

Los antiguos símbolos genesíacos son eternos; en la sociedad humana, tal cual hoy existe, y hasta el día que la cambie una claridad mayor, habrá siempre dos hombres; superior el uno, inferior el otro: el que se dirige al bien es Abel, y Caín el que se hunde en el mal. ¿Quién era entonces aquel Caín tierno? ¿Quién era aquel bandido, absorto religiosamente en la adoración de una virgen, velando por ella, educándola, custodiándola, dignificándola y envolviéndola á ella él, impuro, de pureza?

¿Qué significaba aquella sentina venerando aquella inocencia, hasta el punto de no dejar en ella mancha alguna? ¿Qué significaba aquel Juan Valjean dirigiendo la educación de Cosette? ¿Qué venía á ser aquella figura tenebrosa dedicándose exclusivamente á preservar de toda sombra y de toda nube la aparición de un astro?

Éste era el secreto de Juan Valjean, como era también el secreto de Dios. Ante ese doble secreto, Mario retrocedía. En cierta manera, el uno le tranquilizaba respecto del otro. Dios, en esa ventura, se patentizaba tanto como Juan Valjean. Dios tiene sus instrumentos, y se sirve del que más le acomoda, porque no es responsable ante los hombres. ¿Sabemos nosotros como obra Dios?

Juan Valjean había trabajado en Cosette, contribuyendo un poco á formar su alma; esto era incontestable. ¿Y qué? El obrero podía ser horrible, pero la obra resultaba admirable. Dios produce sus milagros como mejor le parece. Había construido aquella embelesadora Cosette, empleando en ello á Juan Valjean. Le plugo escoger á tan extraño colaborador. ¿Qué cuentas le podemos pedir? ¿Es la primera vez que el fiemo ayuda á la primavera á hacer la rosa?

Mario se respondía á sí mismo, y calificaba de buenas sus respuestas. No había osado insistir con Juan Valjean sobre los puntos que acabamos de indicar, y esto sin confesarse á sí mismo que no se atrevía. Adoraba á Cosette; la poseía; Cosette era espléndidamente pura. Esto le bastaba. ¿Para qué otra aclaración? Lo tenía todo. ¿Qué podía desear? ¿Acaso todo no es bastante? Los negocios personales de Juan Valjean no le incumbían.

Al inclinarse á la sombra fatal de aquel hombre tomaba acta de aquella declaración solemne del miserable: «No soy nada de Cosette. Hace diez años que ignoraba que ella existiese».

Juan Valjean era un pasajero, como él mismo había dicho. Pasaba, pues, y quien quiera que fuese, su misión había concluido.

Mario le sucedía en cumplir las funciones de providencia al lado de Cosette. Cosette había encontrado en las regiones etéreas á su igual, á su amante, á su esposo, á su celestial compañero. Al remontarse Cosette á las alturas, alada y transfigurada, dejaba tras de sí en la tierra su crisálida vacía y repugnante: Juan Valjean.

En cualquier círculo de ideas que girase Mario, siempre se reproducía cierto horror á Juan Valjean. Horror sagrado quizás, porque, como hemos indicado, presentía un quid divinum en aquel hombre. Sin embargo, por más atenuaciones que buscase, le era preciso siempre acabar por aquello de, es un presidiario; es decir, el ser que, en la escala social, carece hasta de sitio, por hallarse más abajo del último escalón. Después del último de los hombres, viene el presidiario. El presidiario no es, por así decirlo, hermano de los demás vivientes. La ley le ha destituido de toda la cantidad de humanidad que puede quitar á un hombre.

Mario en las cuestiones penales admitía, aunque demócrata, el sistema inexorable, y tenía acerca de los que la ley toca, todas las ideas de la ley. No había aceptado aún, preciso es decirlo, todos los progresos. No era todavía capaz de distinguir entre lo escrito por el hombre y lo escrito por Dios; entre la ley y el derecho. No había examinado y pesado el derecho que se arroga el hombre de disponer de lo irrevocable y de lo irreparable. No se rebelaba contra la palabra vindicta.

Parecíale muy natural que ciertas infracciones de la ley escrita fuesen seguidas de penas eternas, y aceptaba de esas ideas, salvo avanzar más tarde infaliblemente, pues su índole era buena y compuesta en el fondo de progreso latente.

En medio, pues, de esas ideas, aparecíale Juan Valjean disforme y repulsivo. Era el réprobo, era el presidiario. Esta palabra era para él como el eco de la trompeta del juicio final; y después de haber contemplado un buen espacio de tiempo á Juan Valjean, su último gesto fué volver la cabeza, exclamando interiormente: Vade retro.

Mario, debemos reconocerlo, é insistir en ello, aún interrogando á Juan Valjean hasta el punto de que éste le dijera: Me estáis confesando, no le había dirigido, sin embargo, dos ó tres preguntas decisivas.

No porque no se le hubiesen ocurrido, sino por miedo. ¿El desván de Jondrette? ¿La barricada? ¿Javert?

¿Quién sabe adónde habrían llegado las revelaciones? Juan Valjean no parecía hombre capaz de retroceder. ¿Y quién sabe si Mario, después de empujarle, no hubiera querido retenerle?

¿No nos ha sucedido á todos, que en circunstancias supremas, nos hayamos permitido hacer una pregunta, taparnos luego los oídos para no oir la respuesta? Esos temores los sienten muy particularmente los enamorados. No es prudente interrogar á un cuerpo descubierto todas las situaciones siniestras; especialmente cuando al lado indisoluble de nuestra propia vida se encuentra fatalmente unido á ellas. De las explicaciones desesperadas de Juan Valjean podía brotar alguna luz siniestra. ¿Y quién sabe si esa horrible claridad no se extendiera hasta Cosette, esparciendo una especie de fulgor infernal sobre la frente de aquel ángel? Las chispas de un relámpago son también rayo. La fatalidad participa de esas solidaridades, en que la huella del crimen se graba en la inocencia misma por la sombría ley de los reflejos colorantes. Las imágenes más puras pueden conservar eternamente la reverberación de una vecindad horrible. Con razón ó sin ella, Mario había tenido miedo. Sabía ya demasiado, prefiriendo antes aturdirse que despejarse.

Desatinado llevaba entre sus brazos á Cosette, cerrando los ojos por no ver á Juan Valjean.

Este hombre era la noche, noche positiva y terrible. ¿Cómo atreverse á inquirir el fondo? Es espantoso interrogar á la sombra. ¿Quién sabe lo que va á responder? El alba podría quedar obscurecida para siempre.

En semejante estado de ánimo, era para Mario una perplejidad dolorosa pensar que aquel hombre tuviera el roce más insignificante con Cosette.

Aquellas formidables preguntas, ante las cuales había retrocedido, y de las que hubiera podido surgir una decisión implacable y definitiva, se las echaba en cara por no haberlas hecho.

Creíase harto bueno, harto generoso, ¿y por qué no decirlo? harto débil; debilidad que le había arrastrado á una concesión imprudente. Se había dejado conmover, lo cual era un error, puesto que debía pura y simplemente haber rechazado á Juan Valjean.

Juan Valjean era el fuego que habría debido alejar, desembarazando su casa de aquel hombre.

Indignábase contra sí; indignábase contra el brusco torbellino de emociones que le había aturdido, cegado y arrastrado. Estaba descontento de sí mismo.

¿Qué hacer entonces? Las visitas de Juan Valjean le repugnaban profundamente. ¿Á qué objeto aquel hombre en su casa? ¿Qué hacer? Esta reflexión le aturdía, no queriendo profundizar, no queriendo ahondar, no queriendo sondarse á sí mismo. Había prometido; se había dejado llevar hasta prometer; Juan Valjean contaba con su promesa; y hay que cumplir la palabra, aunque sea á un presidiario, y sobre todo á un presidiario á quien se da. Sin embargo, su principal deber era para Cosette.

En suma, sentíase poseído de una repulsión que le dominaba todo, que le sublevaba.

Mario resolvía este confuso encadenamiento de ideas en su cerebro, pasando de una á otra, y excitado por todas. De ahí una turbación profunda.

No le fué fácil ocultar aquella turbación á Cossette; pero el amor es un talento, y Mario lo tuvo.

Por lo demás, dirigió, sin objeto aparente, algunas preguntas á Cosette, cándida como es blanca una paloma, y sin recelar nada; hablóle de su infancia y de su juventud, y convencióse más y más de que todo lo que puede tener un hombre de paternal y respetable, lo había aquel presidiario derramado sobre Cosette.

Todo lo que Mario había entrevisto y supuesto era una realidad. Aquella siniestra ortiga había amado y protegido á aquel lirio.