LIBRO OCTAVO
DECRECIMIENTO CREPUSCULAR
I
El cuarto bajo
Al día siguiente, al anochecer, Juan Valjean llamó á la puerta cochera de la casa del señor Gillenormand. Vasco fué quien le recibió. Vasco estaba en el patio como á propósito y obedeciendo una orden. Á veces basta con decir á un criado: «Estad atento para cuando venga Fulano».
Vasco, sin aguardar á que Juan Valjean se adelantase hacia él, le dirigió la palabra:
—El señor barón me ha encargado os pregunte si deseáis subir, ó esperar aquí.
—Quedarme aquí,—respondió Juan Valjean.
Vasco, respetuoso como siempre, abrió la puerta de la sala baja, y dijo:—Voy á avisar á la señora.
La pieza en que entró Juan Valjean era un cuarto bajo, abovedado y húmedo, que servía á veces de bodega, con salida á la calle, enladrillado de baldosas encarnadas y mal alumbrado por una ventana enrejada.
No era este cuarto de los que dan mucho que hacer á los zorros, el plumero y la escoba. El polvo yacía allí tranquilo. La persecución de las arañas no estaba, en verdad, organizada. Una hermosa tela, anchamente desplegada, muy negra, adornada de moscas muertas, giraba al rededor de uno de los vidrios de la ventana. La sala, pequeña y baja de techo, estaba amueblada con una porción de botellas vacías, amontonadas en un rincón. La pared, enjalbegada de ocre amarillo, se iba desarrevocando á grandes trozos. Había en el fondo una chimenea con repisa estrecha de madera, pintada de negro. En esta chimenea había fuego; lo cual daba á entender que se había contado con la respuesta de Juan Valjean: «Quedarme aquí».
Á ambos lados de la chimenea había un sillón, y entre estos, se extendía haciendo de alfombra, una antigua esterita de pie de cama, mostrando más urdimbre que trama.
Tenía la habitación por alumbrado la llama de la chimenea y el crepúsculo de la ventana.
Juan Valjean estaba fatigado. Hacía algunos días que no comía ni descansaba. Dejóse caer en uno de los sillones.
Vasco volvió, puso sobre la chimenea una bujía encendida y se retiró, sin que Juan Valjean, con la cabeza inclinada y la barba sobre el pecho, advirtiera la presencia de Vasco ni la bujía.
De repente se levantó como sobresaltado. Cosette estaba detrás de él.
No la había visto entrar; pero había sentido que entraba.
Volvió la cabeza y contemplóla. Estaba adorablemente bella; pero lo que él contemplaba con su profunda mirada no era la belleza, era el alma.
—Padre,—exclamó Cosette,—ya yo me sabía vuestras singularidades, pero jamás me hubiera figurado que llegasen á tanto. ¡Vaya una ocurrencia! Me ha dicho Mario que sois vos quien se empeña en que le reciba aquí.
—Sí, yo soy.
—Ya me esperaba no obstante esta respuesta. Está bien. Os prevengo que voy á armar un escándalo. Empecemos por el principio. Padre, abrazadme.
Y le presentó la mejilla.
Juan Valjean permaneció inmóvil.
—No os movéis. Está visto; actitud de culpable. Pero no importa, os perdono. Jesucristo ha dicho: «Presentad la otra mejilla». Aquí la tenéis.
Juan Valjean no se movió tampoco; parecía tener los pies clavados en el suelo.
—Esto se pone serio,—dijo Cosette.—¿Qué os he hecho yo? Me creo ofendida, y me debéis una satisfacción. Comeréis con nosotros.
—He comido ya.
—No es verdad. Haré que el señor Guillenormand os reprenda. Los abuelos son los encargados de regañar á los padres. Vamos, subid conmigo á la sala enseguida.
—Imposible.
Aquí perdió Cosette un poco de terreno. Cesó de mandar y pasó á las preguntas.
—Pero ¿por qué? ¡Y habéis escogido para visitarme el cuarto peor de la casa! Esto es horrible.
—Tú sabes...
Juan Valjean rectificó:
—Ya lo sabéis, señora, soy algo raro, tengo mis manías.
Cosette chocó sus pequeñas manos una contra otra.
—¡Señora!... ¡sabéis!... ¡Otra novedad! ¿Qué significa esto?
Juan Valjean le dirigió aquella sonrisa dolorosa á que de vez en cuando recurría.
—Habéis querido ser señora, y ya lo sois.
—Pero no para vos, padre.
—No me llaméis padre.
—¿Cómo?
—Llamadme señor Juan, Juan, si queréis.
—¿No sois ya mi padre? ¿No soy ya Cosette? ¿Vos sois el señor Juan? ¿Qué significa todo esto? ¿Qué revolución es ésta? ¿Qué ha pasado? Miradme á la cara. ¡Y no aceptáis el vivir con nosotros! ¡Y no queréis el cuarto que se os tenía destinado! ¿Qué os he hecho yo? ¿Qué os he hecho? ¡Ha de haber aquí algo que!...
—Nada.
—Pues, ¿y entonces?
—Todo sigue lo mismo.
—¿Por qué cambiáis de nombre?
—También habéis vos cambiado el vuestro.
Sonrióse entonces como antes, y añadió:
—Puesto que sois la señora de Pontmercy, muy bien puedo ser yo el señor Juan.
—Nada comprendo. Todo esto raya en lo bárbaro. Pediré permiso á mi marido para que seáis el señor Juan, y espero que no ha de consentirlo. Me causáis pesadumbre. En hora buena que se tengan manías, mas no hasta el punto de dar pena á su hijita Cosette. Malo es esto; y vos no tenéis derecho para las cosas malas, vos que sois tan bueno.
Juan Valjean no respondió.
Tomóle ella vivamente ambas manos, y con un movimiento irresistible, levantándolas al nivel de su rostro, las estrechó contra su cuello junto á la barba, lo cual es un gesto de profundo cariño.
—¡Oh!—le dijo.—¡Sed bueno!
Y prosiguió:
—Ved á lo que yo llamo ser bueno, ser amable: venid á vivir en nuestra compañía; aquí hay pájaros como en la calle Plumet; dejad ese tabuco de la calle del Hombre Armado; no me hagáis adivinar charadas, sed como los demás hombres; almorzad y comed con nosotros; sed, como os tengo dicho, mi padre.
Él apartó las manos.
—No necesitáis ya de padre; tenéis ya marido.
Cosette se incomodó.
—¡Que no necesito padre! Esto está fuera del sentido común. ¡En verdad que no sé qué he de deciros!
—Si la tía Santos estuviese aquí,—repuso Juan Valjean, como quien busca testigos para asirse hasta de un cabello,—sería la primera en convenir que siempre he obrado á mi modo. Nada hay en todo ello de particular. Siempre me ha gustado mi obscuro rinconcito.
—Pero aquí hace frío, aquí apenas se ve. Es abominable esa de quererse llamar señor Juan. Y yo me opongo á que me tratéis de vos.
—Al venir,—respondió Juan Valjean,—he visto en la calle de San Luis un gracioso mueble, en casa de un ebanista. Si yo fuese mujer y bonita, no dejaría de comprarlo. Es un tocador magnífico, de estos que llamáis de palo de rosa, tiene incrustaciones y una luna muy grande. Tiene sus cajoncitos. Es bellísimo.
—¡Oh! ¡Qué hombre tan raro!—replicó Cosette.
Y con exquisito donaire, apretando los dientes y separando los labios, sopló contra Juan Valjean. Era una Gracia copiando á una gata.
—Estoy furiosa,—prosiguió.—Desde ayer me estáis haciendo todos rabiar; estoy muy incomodada. No comprendo una palabra. Ni vos me defendéis contra Mario, ni Mario me ampara contra vos; estoy sola. Arreglo un cuarto bonitamente; á Dios mismo habría puesto en él si hubiese podido. Y me dejáis desairada con mi cuarto. Encargo á Nicolasita una buena comida, y veo despreciado mi convite. Mi padre Fauchelvent quiere que le llame señor Juan, y que le reciba en una cueva vieja y húmeda, en cuyas paredes nacen barbas y donde, por cristales, hay botellas vacías, y por cortinas telarañas. Sois un hombre muy raro, convengo en ello; tenéis este carácter; pero ¿no se ha de conceder alguna tregua á los que se casan? ¿Por qué volver tan pronto á vuestras rarezas? ¿Vais, pues, á vivir muy contento en vuestra abominable calle del Hombre Armado? ¿Y cuánto me he desesperado yo en ella? ¿Estáis resentido contra mí? Me estáis apenando en alto grado. ¡Id, pues!
Y formalizándose de repente, clavó la vista en Juan Valjean, añadiendo:
—Esto es demostrar que no queréis que sea yo feliz.
La ingenuidad, sin saberlo, penetra á veces en lo más hondo. Estas palabras, sencillas para Cosette, eran profundas para Juan Valjean. Cosette quería solo arañar, y destrozaba.
Juan Valjean palideció.
Permaneció un instante sin responder; luego con acento indescriptible y hablando consigo mismo, murmuró:
—Su felicidad era el único fin de mi vida. Dios puede hoy echarme de este mundo. Cosette, eres dichosa, y mi misión ha terminado.
—¡Ah! ¡Me habéis tuteado!—exclamó Cosette.
Y saltó á su cuello.
Juan Valjean, desvanecido, la estrechó contra su pecho, pareciéndole casi que la recobraba.
—¡Gracias, padre!—le dijo Cosette.
Semejante arrebato iba á volverse doloroso para Juan Valjean.
Desprendióse dulcemente de los brazos de Cosette, y tomó su sombrero.
—¿Qué es eso?—preguntó Cosette.
Juan Valjean respondió:
—Me retiro, señora; os están aguardando.
Y desde el umbral de la puerta añadió:
—Os he tuteado. Decid á vuestro esposo que no me volverá á suceder. Perdonadme.
Y Juan Valjean se fué, dejando á Cosette estupefacta con tan enigmática despedida.
II
Otro paso atrás
Al día siguiente á la misma hora volvió Juan Valjean.
Cosette no le hizo ya preguntas, ni se mostró admirada, ni dijo que sentía frío, ni habló más de la sala; evitó también llamarle padre, ni señor Juan; dejando que la tratase de vos y que la llamase señora solamente.
Había en su semblante menos alegría. Casi estaba triste y lo habría estado, si le hubiese sido posible.
Probablemente había tenido con Mario una de esas conversaciones en que el hombre amado dice lo que quiere, y sin explicar nada satisface á la mujer amada. La curiosidad de los enamorados no acostumbra á salirse de los límites de su amor.
La sala baja estaba un poco más decente. Vasco había suprimido las botellas y Nicolasita las arañas.
Todos los días que se iban sucediendo conducían allí á la misma hora á Juan Valjean; no tuvo éste valor para tomar las palabras de Mario de otro modo que á la letra. Mario, por su parte, para no tener que asistir, se ingenió de manera que siempre se encontraba ausente á las horas en que iba Juan Valjean. Las personas de la casa se acostumbraron á aquel nuevo capricho del señor Fauchelvent. La tía Santos contribuyó á ello, repitiendo que el señor había sido siempre así. El abuelo decretó que era «muy original». Y esto basta. Además, á los noventa años no son posibles ya nuevas relaciones; todo es juxtaposición; un recién venido es una molestia. No hay sitio para él, todos los hábitos están adquiridos.
El señor Guillenormand se alegró de verse desembarazado de «aquel señor», de aquel Fauchelvent ó Tranchalvent, y añadió: «Esos tipos extravagantes son muy comunes. Hacen toda clase de rarezas, y sin el menor motivo. El marqués de Canaples era peor aún, pues compró un palacio para vivir en las buhardillas. Son apariencias fantásticas que dan á ciertas gentes».
Nadie entrevió la siniestra realidad. ¿Ni quién había de ir á adivinar tal cosa? Hay pantanos de éstos en la India; el agua ofrece un aspecto extraordinario, inexplicable, que se estremece sin impulsarla el viento, que se agita cuando debiera estar en calma. Se ven los borbotones sin causa en la superficie, no se distingue la hidra que se arrastra en el fondo.
Muchos hombres tienen también un monstruo secreto, un mal que alimentan, un dragón que los roe, una desesperación que anida en su obscuridad. Individuo hay que se parece á los demás individuos, va y viene, y nadie sabe que lleva en su seno un terrible dolor parásito que le está devorando con sus mil dientes, el cual vive dentro del miserable, á quien mata. Nadie sabe que aquel hombre es un abismo. Está estancado, pero profundo. De vez en cuando se nota cierta conmoción incomprensible en la superficie. Fórmase una onda misteriosa, que se desvanece y vuelve luego á aparecer. Una burbuja de aire sube y revienta. Aquella cosa, insignificante al parecer, es terrible. Es la respiración del animal desconocido.
Ciertas costumbres extrañas: al llegar á la hora en que los demás se marchan, el ocultarse cuando los otros se dejan ver, el cubrirse en todas ocasiones con la capa que podría llamarse de color de pared, buscar el paseo solitario, preferir la calle desierta, no mezclarse en las conversaciones, evitar las multitudes y las fiestas, aparentar que se está bien y vivir pobremente, tener, aunque rico, la llave de la casa en el bolsillo y la vela en la portería, entrar por la puerta excusada, subir por la escalera secreta; todas estas singularidades insignificantes, es decir, ondas, burbujas, círculos fugitivos en la superficie, provienen muchas veces de un fondo formidable.
Se pasaron así muchas semanas. Poco á poco entró Cosette en una vida nueva: las relaciones que crea el matrimonio, las visitas, los cuidados de la casa, las diversiones, estos grandes deberes. Las diversiones no eran costosas; reducíanse á una sola: estar con Mario. La principal ocupación de Cosette era salir con él y no separarse de su lado. Ambos sentían un placer cada vez mayor en pasearse asidos del brazo, á la luz del sol, en plena calle, á la vista de todo el mundo, los dos solos.
Cosette experimentó una contrariedad. La tía Santos no pudo llevarse bien con Nicolasita; el choque de dos solteronas es imposible, y se marchó. El abuelo seguía contento y satisfecho; Mario defendía alguno que otro pleito y la tía Guillenormand vivía agradablemente en la nueva familia una vida lateral que parecía bastarle. Juan Valjean hacía todos los días su visita.
Desaparecido el tuteo, el vos, el señora, el señor Juan, todo esto le hacían parecer otro á los ojos de Cosette. El cuidado que él mismo había puesto en desapegarla de él, iba produciendo su resultado. Ella estaba cada vez más alegre, pero menos tierna. Sin embargo, Cosette seguía siendo siempre la misma queriéndole mucho, y él lo sabía.
Un día le dijo ella de súbito: Érais mi padre, y habéis dejado de serlo; fuísteis mi tío, y no lo sois tampoco: érais el señor Fauchelvent, y ahora sois el señor Juan. ¿Quién sois pues realmente? Nada de esto me agrada. Si no supiera cuán bueno sois, os tendría miedo.
Él continuaba viviendo en la calle del Hombre Armado, no pudiendo resolverse á dejar el barrio en que habitaba Cosette.
Al principio no permanecía al lado de Cosette sino unos cuantos minutos, y luego se iba.
Poco á poco se fué acostumbrando á prolongar sus visitas, como si aprovechase la autorización de los días que crecían también. Llegaba más pronto y se despedía, más tarde.
Un día se le escapó á Cosette llamarle «padre». Un relámpago de alegría iluminó el ya continuamente sombrío rostro de Juan Valjean. Pero advirtió que debía llamarle Juan.
—¡Ah! es verdad,—dijo ella riéndose,—señor Juan.
—Esto es,—dijo él, volviendo la cabeza para que ella no le viese enjugarse los ojos.
III
Recuerdan el jardín de la calle Plumet
Esta fué la última vez. Después de aquel resplandor, vino la completa extinción.
Nada de familiaridad, nada de buenos días acompañados de un beso, nada de repetir esta palabra tan profundamente dulce: «¡Padre mío!». Por su propia súplica y complicidad, veíase sucesivamente despojado de todas sus dichas, y su mayor miseria consistía en que, después de haber perdido á Cosette por completo en un solo día, le era preciso perderla entonces nuevamente en detalle.
La vista acaba por acostumbrarse á la luz de una cueva. En suma, tener diariamente una aparición de Cosette le era suficiente. Toda su existencia se concentraba en aquella hora. Sentábase á su lado, la contemplaba silenciosamente, ó le hablaba de los años de su infancia, del convento y de sus amiguitas de entonces.
Una tarde, era uno de los primeros días de abril, caliente ya, aunque fresco todavía, en el momento de la alegría del sol, los jardines que circuían las ventanas de Mario y de Cosette sentían la emoción del despertar, el espino apuntaba su flor, una joyería, el alelí, extendía sus diamantes por sus vetustos muros, las campánulas rosas sonreían en las hendiduras de las piedras, las velloritas y francesillas empezaban á asomar graciosamente entre la yerba, debutaban las mariposas blancas del año, mientras el viento, ese trovador de las bodas eternas, ensayaba en los árboles el preludio de la gran sinfonía auroral que los antiguos poetas llamaban la nueva estación. Mario dijo á Cosette: «Hemos dicho que iríamos á hacer una visita á nuestro jardín de la calle Plumet. Vamos, pues. No seamos ingratos». Y extendieron hacia allí su vuelo como dos golondrinas en busca de la primavera. Aquel jardín de la calle Plumet les hacía el efecto del alba. Ellos habían ya dejado tras sí una parte de la vida que podríamos llamar la primavera del amor.
La casa de la calle Plumet pertenecía aún á Cosette, por no haber terminado el tiempo del arriendo. Fueron, pues, á aquel jardín y á aquella casa. Allí los recuerdos del pasado les hicieron olvidar el presente.
Al anochecer, á la hora de costumbre, Juan Valjean fué á la calle de las Hijas del Calvario.
—La señora ha salido con el señor, y aún no ha vuelto,—le dijo Vasco.
Sentóse sin decir una palabra, y esperó una hora. Cosette no volvió. Bajó él la cabeza y se marchó.
Estuvo Cosette tan embriagada, con aquel paseo á «su jardín», y tan gozosa de haber «vivido todo un día en el pasado», que la tarde siguiente no habló de otra cosa. Ni siquiera se le ocurrió que no había visto á Juan Valjean.
—¿Cómo fuisteis?—le preguntó Valjean.
—Á pie.
—¿Y cómo habéis vuelto?
—En un coche de alquiler.
Juan Valjean observaba hacía algún tiempo la estrechez en que vivían los esposos, y esto le mortificaba. La economía de Mario era severa y Juan Valjean tomaba esta palabra en su sentido absoluto. Aventuró, pues, una pregunta:
—¿Cómo no tenéis coche propio? Una bonita berlina no os costaría más de quinientos francos mensuales. Sois ricos.
—No sé,—respondió Cosette.
—Lo mismo que con la tía Santos,—continuó Juan Valjean.—Se ha ido, y no la habéis reemplazado. ¿Por qué?
—Basta con Nicolasita.
—Pero os hará falta una doncella. Particularmente no tenéis quien os sirva.
—¿No tengo á Mario?
—Deberíais tener casa propia, criados, carruaje, palco en el teatro. Nada de esto estaría de más. ¿Por qué no aprovechar el ser ricos? La riqueza completa la dicha. Cosette nada respondió.
Juan Valjean no abreviaba sus visitas, lejos de eso. Cuando es el corazón el que se desliza, no hay medio de pararse en la pendiente.
Cuando quería prolongar su visita y hacer olvidar la hora, escogía por plática el elogio de Mario; le encontraba bello, noble, valeroso, discreto, elocuente, bueno. Cosette encarecía, y Juan Valjean volvía á empezar sin que se agotase el asunto. Mario: esta palabra era inagotable; había volúmenes enteros en estas cinco letras. Así lograba Juan Valjean permanecer largo tiempo.
¡Le era tan dulce ver á Cosette y olvidarlo todo á su lado! Única medicina de sus males. Más de una vez ocurrió que Vasco tuvo que repetir este recado: «El señor Guillenormand me manda recordar á la señora baronesa que la mesa está servida».
Cuando esto sucedía, Juan Valjean entraba en su casa muy pensativo.
¿Había, pues, algo de verdad en aquella comparación de la crisálida que se le había ocurrido á Mario? ¿Era, en efecto, Juan Valjean una crisálida persistente y obstinada en visitar á su mariposa?
Un día se quedó aún más tiempo de lo acostumbrado. Al día siguiente notó que no habían encendido la chimenea.
—¡Calle!—pensó.—No hay lumbre.
Y se dió á sí mismo esta explicación: «Es muy natural. Estamos en abril, y han cesado los fríos».
—¡Dios mío! ¡Qué frío se siente aquí!—exclamó Cosette entrando.
—¡Quiá, no!—dijo Juan Valjean.
—¿Sois vos entonces quien le ha dicho á Vasco que no encienda lumbre?
—Sí. Casi estamos ya en el mes de mayo.
—¡Pero si se enciende fuego hasta junio! Y en esta cueva se necesita encenderlo todo el año.
—Me ha parecido que era inútil.
—¡Otra de las vuestras!—respondió Cosette.
Al día siguiente no faltaba la lumbre; pero los dos sillones estaban colocados en el extremo opuesto de la sala, junto á la puerta. ¿Qué significa esto? pensó Juan Valjean.
Tomó los sillones, y los puso en el sitio de costumbre, junto á la chimenea.
Esto le reanimó, é hizo prolongar la conversación más de lo acostumbrado. Cuando se levantó para irse, le dijo Cosette:
—Mi marido me dijo ayer una cosa muy graciosa por cierto.
—¿Qué es ello?
—Díjome: «Cosette, tenemos treinta mil libras de renta; veinte y siete tuyas, y tres de la pensión de mi abuelo». Yo le respondí: «Hacen treinta». Y él replicó: «¿Tendrías el valor necesario para vivir sólo con las tres mil?». Yo contesté: «Sí, y aún con nada estando contigo». Luego le pregunté: «¿Por qué me dices eso?». Y él respondió: «Nada, por saberlo».
Juan Valjean no supo qué decir. Cosette aguardaba probablemente alguna explicación suya; pero él la escuchó con esquivo silencio. Volvióse á su calle del Hombre-Armado, yendo tan profundamente absorbido, que equivocó la puerta, y en lugar de entrar en su casa entró en la casa vecina. Hasta después de haber subido dos pisos no advirtió su error, y volvió á bajar.
Su espíritu se enajenaba en conjeturas. Era evidente que Mario tenía alguna duda acerca del origen de los seiscientos mil francos, y que temía alguna procedencia impura; ¿quién sabe? Tal vez había descubierto que aquel dinero venía de él, de Juan Valjean, y vacilaba ante una fortuna sospechosa, y le repugnaba aceptarla, prefiriendo quedar pobres, él y Cosette, á ser ricos con dinero mal adquirido.
Además Juan Valjean comenzaba vagamente á comprender que le despedían.
Al día siguiente sintió al entrar en la sala baja como un sacudimiento. Los sillones habían desaparecido. Ni siquiera había una silla.
—¿Qué es esto?—exclamó Cosette al entrar.—¡No hay sillones! ¿Dónde están los sillones?
—Se los han llevado,—respondió Juan Valjean.
—¡Esto es ya demasiado!
Juan Valjean balbuceó:
—Soy yo quien ha dicho á Vasco que se los llevase.
—¿Por qué?
—Porque no voy á estar más que unos minutos.
—No es ello una razón para estar de pie.
—He creído que Vasco necesitaba los sillones para el salón.
—¿Para qué?
—Tendréis á no dudarlo visitas esta noche.
—Á nadie esperamos.
Juan Valjean no pudo decir una palabra más.
Cosette se encogió de hombros.
—¡Hacer que se lleven los sillones! El otro día mandasteis que no encendieran lumbre. ¡Sois un hombre muy singular!
—Adiós,—murmuró Juan Valjean.
No dijo: «Adiós, Cosette»; pero no tuvo fuerzas para decir: «Adiós, señora».
Salió abrumado por completo.
Había comprendido por fin.
Al día siguiente no fué. Cosette no lo notó hasta al anochecer.
—¡Vaya!—exclamó.—No ha venido hoy el señor Juan.
Sintió como un peso ligero en el corazón, pero apenas lo notó, pues se distrajo con un beso de Mario.
Al día siguiente tampoco fué á verla Juan Valjean.
Cosette apenas se fijó en ello; pasó bien la velada, durmió perfectamente toda la noche, como tenía de costumbre, y solo al levantarse pensó en ello. ¡Era tan dichosa!
Envió á Nicolasita á casa del señor Juan para saber si estaba enfermo, y por qué no había ido la víspera. Nicolasita llevó esta respuesta: «Que el señor Juan no estaba enfermo, sino muy ocupado. Que iría luego. Lo más pronto posible. Por lo demás que iba á hacer un corto viaje, de los que, como sabía la señora, tenía de costumbre de cuando en cuando. Que no debía incomodarse ni pasar el menor cuidado por él.
Nicolasita, al entrar en casa del señor Juan, le había repetido las mismas palabras de su ama: «Que la señora la enviaba á saber por qué el señor Juan no había ido á la víspera».—Hace des días que no he ido,—dijo dulcemente Juan Valjean.
Pero la observación se deslizó en Nicolasita, que nada de ella dijo á Cosette.
IV
Atracción y extinción
Durante los primeros meses de la primavera y primeros del verano de 1833, los escasos transeúntes del Marais, los tenderos y los ociosos parados en las puertas, reparaban en un anciano decentemente vestido de negro, que todos los días, á la misma hora, antes de anochecer, salía de la calle del Hombre Armado, por el lado de la Sainte Croix de la Bretonnerie, cruzaba la de Blancs Manteaux, llegaba á la de Culture Sainte Cathérine, y una vez en la de l'Echarpe, torcía á la izquierda y entraba en la de San Luis.
Allí caminaba á paso lento, estirado el cuello, sin ver ni oir nada, fija siempre la vista en un punto invariable, que parecía ser para él una estrella y que no era otra cosa que el ángulo de la calle de las Hijas del Calvario.
Cuanto más se acercaba á aquella esquina, más brillaban sus ojos; una especie de alegría iluminaba sus pupilas como una aurora interior.
Tenía cierto aire de fascinación y de ternura, sus labios se movían como si hablasen á una persona sin verla, sonreía vagamente, y avanzaba tan poquito á poco como podía. Hubiérase dicho que, aunque deseaba llegar, lo temía.
Cuando ya no quedaban sino algunas casas entre él y la calle que así parecía atraerle, acortaba el paso hasta el punto de parecer inmóvil. La vacilación de la cabeza y la dirección fija de la pupila recordaban la aguja que busca el polo.
Pero por más que se empeñara en retardar la llegada, había de llegar forzosamente; tocaba á la calle de las Hijas del Calvario; se detenía entonces, temblaba, asomaba la cabeza con una especie de timidez sombría más allá de la esquina de la última casa, y miraba en la calle; y en aquella su trágica mirada había algo parecido al deslumbramiento de lo imposible y á la reverberación de un paraíso cerrado.
Luego una lágrima, que poco á poco se había acumulado en el ángulo de los párpados, bastante gruesa ya para caer, resbalaba sobre su mejilla, yendo á parar alguna vez á la boca, donde sentía el anciano un sabor amargo. Permanecía así algunos minutos, cual si fuera de piedra, y después se volvía por el mismo camino y con lentitud, apagándose su mirada á medida que se alejaba.
Poco á poco aquel anciano cesó de ir hasta la esquina de la calle de las Hijas del Calvario; parábase á la mitad del camino en la calle de San Luis, más lejos unas veces y otras más cerca.
Un día se quedó en la esquina de la calle de Sainte Cathérine, y desde allí miró á la de las Hijas del Calvario. Después movió silenciosamente la cabeza de derecha á izquierda, como si se negase algo á sí mismo, y retrocedió sobre sus propios pasos.
Poco después dejó de llegar siquiera hasta la calle de San Luis. En la calle Pavée sacudía la cabeza y se volvía. Después no iba ya más allá de la de Trois Pavillons; después no pasó de la de Blancs Manteaux. Parecía un péndulo cuyas oscilaciones, por falta de cuerda, van disminuyendo hasta que por fin se para.
Diariamente salía de su casa á la misma hora, emprendía el mismo camino, pero no lo acababa ya; y tal vez, sin darse cuenta de ello, le iba acortando paulatinamente, acortando sin cesar. Su semblante expresaba en todo esta única idea. ¿Para qué?
La pupila se había apagado; ya no brillaba. Las lágrimas también se habían agotado; no se acumulaban ya en el ángulo de los párpados; aquellos ojos pensativos estaban secos. El anciano estiraba siempre la cabeza hacia adelante; la barba solía moverse; daba pena de ver las arrugas de su enflaquecido cuello.
Algunas veces, cuando hacía mal tiempo, llevaba bajo el brazo un paraguas, que no abría.
Las buenas mujeres del barrio exclamaban: «Es un infeliz». Los muchachos le seguían riéndose.