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Los miserables - Tomo 2 (de 2) cover

Los miserables - Tomo 2 (de 2)

Chapter 27: LIBRO NOVENO SUPREMA SOMBRA, SUPREMA AURORA
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About This Book

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LIBRO NOVENO
SUPREMA SOMBRA, SUPREMA AURORA

I
Piedad para los desgraciados, é indulgencia para los dichosos

¡Es la felicidad una cosa terrible! ¡Cómo se contenta uno! ¡Cuán bastante se la considera! ¡Cómo, estando en posesión del falso objeto de la vida, la felicidad, se olvida el verdadero objeto, el deber!

Digámoslo, sin embargo: sería un error el acusar á Mario.

Mario, como hemos dicho, antes de casarse, no había hecho ninguna pregunta al señor Fauchelvent, y después temió hacérsela también á Juan Valjean. Pesóle la promesa á que se dejó arrastrar, y acusóse repetidas veces de haber otorgado aquella concesión al desesperado. Limitóse, pues, á alejar poco á poco de su casa á Juan Valjean, y á borrar, en lo posible, su recuerdo del alma de Cosette. Procuró, en cierto modo, colocarse siempre entre Cosette y Juan Valjean, seguro que de esa suerte, no percibiéndole ella, dejaría de pensar en él. Era más que la desaparición, era el eclipse.

Mario hacía lo que creía necesario y justo. Suponía que para alejar á Juan Valjean, sin dureza, pero también sin debilidad, le asistían poderosas razones como las que se han visto, y otras además que luego se verán.

La casualidad le puso en contacto, durante los trámites de un pleito que había defendido, con un antiguo empleado en la casa de Laffite, y adquirió, sin buscarlas, misteriosas noticias, las cuales no pudo, en verdad, profundizar por respeto mismo al secreto que se le había confiado y la peligrosa situación de la persona de Juan Valjean. Creía en aquella coyuntura, tener un grave deber que cumplir: la restitución de los seiscientos mil francos á alguien, que él se ocupaba en buscar lo más discretamente posible. Entre tanto, se abstenía de tocar para nada aquel dinero.

Cosette no estaba en tales interioridades; pero sería duro condenarla también.

Existía de Mario á ella una poderosa corriente magnética, que la obligaba á ejecutar como por instinto y casi maquinalmente los deseos de Mario.

Sentía, con referencia al «señor Juan», un deseo de Mario, y se conformaba con él. Su marido no necesitaba decirle nada; ella sufría la presión vaga, pero clara, de sus intenciones tácitas, y obedecía ciegamente. En este caso, su obediencia consistía en no acordarse de lo que Mario olvidaba, y hacíalo sin el menor esfuerzo. Ignorando ella misma por qué, y sin que deba acusársela por ello, su alma se había hasta tal punto confundido con la de su marido, que lo que se cubría de sombra en el pensamiento de Mario, obscurecíase también en el de Cosette.

No vayamos demasiado lejos, sin embargo; en lo que concierne á Juan Valjean, aquel olvido, aquella extinción, no eran sino superficiales. Cosette estaba más bien aturdida que olvidada. En el fondo, amaba ella mucho á aquel á quien por tanto tiempo había llamado padre; pero amaba más á su marido. Esto era lo que había falseado algo la balanza de su corazón, inclinado á un lado solamente.

Acontecía á veces que Cosette hablaba de Juan Valjean como admirándose de no verle volver, y Mario la tranquilizaba, diciendo: «Está ausente, supongo. ¿No dijo que iba á emprender un viaje? Cierto, pensaba Cosette. Tal era su costumbre de desaparecer así, pero nunca por tanto tiempo». Dos ó tres veces envió á Nicolasita á la calle del Hombre-Armado, á informarse de si el señor Juan había vuelto de su viaje; y Juan Valjean hizo que se respondiese que no.

Cosette no inquirió ya más; pues para ella en la tierra no había ya sino una necesidad, Mario.

Debemos decir por otra parte, que Mario y Cosette habían estado también ausentes. Habían ido á Vernón. Mario había llevado á Cosette á visitar el sepulcro de su padre.

Mario había sustraído poco á poco de su esposa á Juan Valjean; y Cosette se había dejado llevar por él.

Además, eso que muchos llaman con harta dureza, en ciertos casos, ingratitud de los hijos, no es siempre tan reprochable como se cree. Es la ingratitud de la naturaleza. La naturaleza, ya lo hemos dicho, «mira hacia delante». La naturaleza divide á los vivos y venidos. Los que se van dirígense á la sombra, y á la luz de los que vienen. De ahí cierto desvío que es, por parte de los viejos, fatal, y la de los jóvenes involuntario. Este desvío, insensible al principio, se aumenta lentamente como á toda separación de ramas, que, sin desprenderse del tronco, se van alejando. ¿Es culpa suya? La juventud va donde está la alegría; á las fiestas, á la claridad y á los amores; la vejez á su término. No se pierden de vista, pero no existe ya el abrazo. Los jóvenes sienten el frío de la vida; los viejos el de la tumba. No acusemos, pues, á las pobres criaturas.

II
Últimas palpitaciones de la lámpara sin aceite

Un día Juan Valjean bajó la escalera, dió tres pasos en la calle, se sentó en un guarda cantón, el mismo donde Gavroche, en la noche del 5 al 6 de Junio le había encontrado caviloso; permaneció allí algunos minutos, y volvióse á subir. Ésta fué la última oscilación del péndulo. Al día siguiente no salió de casa, y al otro día no se levantó de la cama.

La portera que le guisaba su parco alimento, algunas coles ó patatas con un poco de tocino, miró en la cazuela de barro, y exclamó:

—¡Pero no comisteis nada ayer, buen hombre!

—La cazuela está llena del todo.

—Sí comí, respondió Juan Valjean.

—Ved la jarra del agua. Está vacía.

—Lo cual prueba que habéis bebido, no que hayáis comido.

—Es igual,—exclamó Juan Valjean.—No tenía ganas más que de agua.

—Eso se llama sed; y cuando no se come al mismo tiempo, se llama calentura.

—Comeré mañana.

—Ó el día de la Trinidad. ¿Por qué no hoy? ¿Pues qué, puede decirse: comeré mañana? ¡Dejarme toda la cazuela sin haber tocado á ella! ¡Y mis coles que estaban tan ricas!

Juan Valjean tomó la mano de la vieja, y le dijo con cariñoso acento:

—Os prometo comerlas.

—Me tenéis enfadada,—respondió la portera.

Juan Valjean no veía casi á otra criatura humana que aquella buena mujer. Hay calles en París por donde nadie pasa, y casas á donde nadie va. La calle y casa donde vivía Juan Valjean eran de este número.

De cuando salía aún, había comprado á un calderero por unos pocos sueldos un pequeño crucifijo de cobre, que colgó de un clavo frente á su cama. Siempre se ve el Calvario con gusto.

Se pasó una semana sin que Juan Valjean diese un paso por su cuarto. Estaba siempre acostado.

La portera le había dicho á su marido:

—El buen hombre de arriba no se levanta, ni come ya; no tirará mucho. ¡Las desazones le matan! No hay duda. Nadie me quitará de la cabeza que su hija ha hecho un mal casamiento.

El portero replicó con el acento de la soberanía conyugal:

—Si es rico, que llame á un médico. Si no es rico que no lo llame. Si no tiene médico, se morirá.

—¿Y si lo tiene?

—Se morirá también,—dijo el portero.

La mujer se puso á escarbar con un cuchillo viejo la yerba que nacía en lo que llamaba ella su embaldosado, y mientras tanto murmuraba entre dientes:

—¡Qué lástima! ¡Un viejo tan aseado! Es blanco como un pollo.

Divisó hacia el cabo de la calle á un médico de barrio que acertaba á pasar por allí, y se tomó el trabajo de rogarle que subiese.

—En el segundo piso,—le dijo.—No hay más que entrar. Como el buen hombre no se menea ya de su cama, la llave está siempre por la parte de afuera. No tenéis más que entrar.

El médico vió á Juan Valjean y le habló.

Cuando bajó, le preguntó la portera:

—¿Y bien, doctor?

—Muy malo está el enfermo.

—¿Qué es lo que tiene?

—Todo y nada. Es un hombre que, según las apariencias, ha perdido una persona querida. Y de eso se muere.

—¿Qué os ha dicho?

—Me ha dicho que se sentía bien.

—¿Volveréis, doctor?

—Sí, respondió el médico. Pero, sería preciso que le viera otro además de mí.

III
Encuentra pesada una pluma quien pudo levantar la carreta de Fauchelvent

Una tarde Juan Valjean, apoyándose con trabajo en el codo, se irguió y tomó la mano; no se encontró el pulso. Su respiración era breve, y se interrumpía á cada instante. Supo que estaba débil como nunca. Entonces, bajo el peso sin duda de alguna preocupación suprema, hizo un esfuerzo, se incorporó del todo y se vistió. Púsose su antiguo traje de obrero pues, no saliendo ya, lo prefería. Tuvo que hacer muchos altos al vestirse; y, sólo para entrarse las mangas de la chaqueta, sudó copiosamente.

Desde que vivía solo, había colocado la cama en la antesala á fin de ocupar todo lo menos posible aquella habitación desierta.

Abrió la maleta y sacó de ella el ajuar de Cosette.

Lo extendió sobre la cama.

Los candeleros del obispo estaban en su lugar sobre la chimenea. Tomó de un cajón dos velas de cera, y las puso en los candeleros. Después, aunque todavía faltaba mucho para anochecer, era en verano, encendió las velas. Á veces, vense así, á la mitad del día, hachas encendidas en las habitaciones donde hay difuntos.

Cada paso que daba al ir de un mueble á otro, le extenuaba, y se veía obligado á sentarse. No era aquella fatiga ordinaria que gasta la fuerza para renovarla luego; era el resto de los movimientos posibles; era la vida aniquilada agotándose en abrumadores esfuerzos que no han de reproducirse ya.

Una de las sillas en que se dejó caer estaba colocada enfrente del espejo, tan fatal para él y tan providencial para Mario, donde había leído sobre el papel secante la carta de Cosette al revés. Se miró en aquel espejo y no se reconoció.

Tenía ochenta años; antes del casamiento de Mario representaba solamente cincuenta; de manera que aquel año le había valido por treinta. Las arrugas de su frente no eran las arrugas de la edad; eran la señal misteriosa de la muerte. Veíase allí la cavidad de su implacable garra. Colgaban las mejillas, el cutis de su rostro tenía aquel color terroso que podía hacer creer que ya la tierra de la fosa estaba sobre él; los dos ángulos de la boca se hundían como en las máscaras que los antiguos esculpían sobre las tumbas. Miraba al vacío en ademán de reproche; hubiérasele podido tomar por uno de esos grandes seres trágicos que tienen que quejarse de alguien.

Hallábase en tal situación, última fase del abatimiento en que ya no corre el dolor; que está, por así decirlo, coagulado; hay sobre el alma como un cuajo de desesperación.

La noche había llegado. Arrastró trabajosamente una mesa y el sillón viejo junto á la chimenea, poniendo sobre la mesa una pluma, tintero y papel.

Después de esto sintió un desvanecimiento. Cuando recobró el sentido, tenía sed, y no pudiendo levantar el jarro, le inclinó penosamente hacia su boca, y bebió un trago.

Volvióse enseguida hacia la cama, y sentado siempre, porque no podía sostenerse de pie, clavó los ojos en el vestidito negro y en todos aquellos queridos objetos.

Semejantes contemplaciones duran horas que parecen minutos.

De improviso sintió un temblor, conoció que le entraba el frío mortal; apoyó los codos en la mesa alumbrada por los candeleros del obispo, y tomó la pluma.

Como ni la pluma ni la tinta habían servido hacía mucho tiempo, los puntos de la primera estaban encorvados, y la segunda estaba seca; fuéle preciso levantarse y poner algunas gotas de agua en el tintero; lo que no pudo ejecutar sin pararse y sentarse dos ó tres veces; y luego tuvo que escribir con el revés de la pluma. Á cada paso se enjugaba el sudor de la frente.

Temblábale la mano. He aquí las cortas líneas que escribió lentamente:

«Cosette, yo te bendigo. Voy á explicártelo todo. Tu marido ha tenido razón en darme á entender que debía marcharme; si bien existe algún error en lo que ha creído, ha tenido razón. Es un hombre excelente. Ámale siempre mucho cuando yo ya no exista. Señor de Pontmercy, amad siempre á mi querida niña. Cosette encontrará este papel y con él, lo que quiero decirte: Vas á ver los guarismos, si tengo fuerzas para recordarlos. Atiende: el dinero que tienes, es tuyo y muy tuyo. Mira de qué modo. Vas á comprenderlo perfectamente. El azabache blanco viene de Noruega, el azabache negro viene de Inglaterra, los abalorios negros vienen de Alemania. El azabache es más ligero, más precioso, más caro. En Francia pueden hacerse imitaciones como en Alemania. Se necesita un yunque pequeño de dos pulgadas cuadradas, y una lámpara de espíritu de vino para ablandar el lacre. En otro tiempo se hacía el lacre con resina y negro de humo, y costaba cuatro francos la libra. Á mí se me ocurrió hacerlo con goma laca y trementina, costando así solos treinta sueldos á lo más. Los pendientes se hacen con vidrio violado, que se pega por medio de ese lacre á una monturita de hierro negro. El vidrio ha de ser de color violeta para la joyería de hierro, y negro para la de oro. España la compra en gran cantidad. Es el país del azabache...».

Aquí se interrumpió; cayósele la pluma de los dedos; le acometió uno de esos sollozos desesperados que subían, atropellándose, de las profundidades de su ser; el infeliz se cogió la cabeza entre ambas manos y empezó á meditar.

—¡Oh!—exclamaba allá en sus adentros (en gritos lastimeros, de Dios sólo oídos).—Todo acabó ya. No la veré más. Es una sonrisa que ha pasado sobre mí. Voy á sepultarme en la noche sin volverla á ver. ¡Oh! ¡Un minuto, un instante; oir su voz, tocar su ropa, mirarla, á ella, al ángel mío! ¡Y luego morir! La muerte no es nada pero ¡morir sin verla es horrible! Me sonreiría, me diría alguna palabra... ¿Puede esto perjudicar á nadie? ¡Ay, no, jamás; todo se acabó, todo! Heteme para siempre solo. ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡No la volveré á ver!

En aquel momento llamaron á la puerta.

IV
Botella de tinta que sólo blanquea

Aquel mismo día, ó mejor dicho, aquella misma tarde, en el momento de levantarse Mario de la mesa y entrar en su gabinete para examinar unos autos, le entregó Vasco una carta, diciéndole que la persona que la había escrito aguardaba en la antesala.

Cossette había cogido del brazo al abuelo, y daba una vuelta por el jardín.

Hay cartas, como ciertos hombres, que tienen mala sombra. Papel basto, plegado grosero; son misivas que desagradan solamente el verlas.

La carta presentada por Vasco era de esta especie.

Mario la tomó y sintió que olía fuertemente á tabaco. Nada despierta un recuerdo como un olor. Mario reconoció aquel tabaco. Miró el sobre: Al señor barón de Pontmercy. En su casa.

Conocido el tabaco, le fué muy fácil conocer la letra. Puede decirse que el asombro desprende relámpagos. Uno de esos relámpagos iluminó á Mario.

El olfato, misterioso auxiliar de la memoria, acababa de hacer revivir en él todo un mundo. Era aquél el mismo papel, igual la manera de doblarlo, idéntico el color de la tinta blanquizca, la letra conocida, y sobre todo el mismo tabaco. Veía en ello el desván de Jondrette.

Luego, ¡extraño capricho del azar! una de las dos pistas que tanto había buscado, la misma por la cual había hecho últimamente tantos esfuerzos, y que creía perdida para siempre, venía por sí misma á ofrecérsele.

Abrió con avidez la carta, y leyó:

«Señor barón:

«Si el Ser Supremo me hubiese dado el talento necesario, habría podido ser el barón de Tenard, miembro del Instituto (Academia de Ciencias); pero no lo soy. Llevo únicamente el mismo nombre que él: ¡feliz yo si este recuerdo me recomienda á la excelencia de vuestras bondades. El beneficio con que me honréis será recíproco. Poseo un secreto concerniente á cierto individuo, y cuyo individuo os concierne á vos. El secreto está á vuestra disposición, pues deseo tener el honor de seros útil. Os proporcionaré el medio sencillo de arrojar de vuestra honorable familia al tal individuo, que no tiene derecho alguno para estar en ella, siendo como es la señora baronesa de muy elevada alcurnia. El santuario de la virtud no podría cobijar por más tiempo al crimen, sin abdicar.

«Espero en la antesala las órdenes del señor barón.

«Soy con la mayor consideración».

La carta iba firmada: «Tenard».

Esta firma no era falsa, sino únicamente un poco abreviada.

Por lo demás, el estilo, vago y ampuloso, y la ortografía, completaban la revelación. El certificado de origen era evidente. No cabía duda alguna posible.

La emoción de Mario fué profunda. Después del movimiento de sorpresa, experimentó un movimiento de felicidad. Si lograba encontrar luego al otro á quien buscaba, á su salvador, ya no le quedaba nada que apetecer.

Abrió un cajón de su papelera, tomó algunos billetes de banco, los guardó en el bolsillo, volvió á cerrar y tiró de la campanilla. Vasco entreabrió la puerta.

—Que pase,—dijo Mario.

Vasco anunció.

—El señor Tenard.

Entró un hombre.

Nueva sorpresa para Mario. El hombre que entraba le era perfectamente desconocido.

Este hombre, además de viejo, tenía abultada la nariz, la barba dentro la corbata, anteojos verdes, dobles con pantalla de tafetán, el pelo peinado sobre la frente hasta el nacimiento de las cejas, como la peluca de los cocheros de la aristocracia inglesa, canoso y completamente vestido de negro, negro bastante raído, pero aseado; del bolsillito del pantalón le salía una cadena con sellos, llavecitas y otras baratijas, haciendo suponer un reloj. Llevaba en la mano un sombrero viejo. Iba un poco encorvado, y la curvatura de su espalda se aumentaba con la profundidad del saludo.

Lo que á primera vista chocaba era que el frac de este personaje, demasiado ancho, aunque cuidadosamente abotonado, no parecía hecho para él. Aquí es necesario una digresión breve.

Vivía en París, en aquella época, calle de Beautreillis, cerca del Arsenal, en un cuartucho obscuro, un judío ingenioso, cuya profesión era convertir á un tunante en hombre honrado; pero no por mucho tiempo, lo cual hubiera podido ser incómodo al tunante. El cambio se hacía á la vista, por uno ó dos días, á razón de treinta sueldos diarios, por medio de un traje que se pareciese todo lo posible á la honradez de los demás hombres. Aquel alquilador de vestidos se llamaba el Cambiante, nombre que le habían dado los rateros parisienses á falta de otro. Poseía un vestuario completo, adecuado en lo posible á las diferentes clases de personas. Tenía sus especialidades y categorías. De cada clavo de su almacén pendía, gastada y ajada, alguna condición social: aquí la ropa del magistrado, allí la del cura, más allá la de banquero, en un rincón el uniforme de militar retirado, en otro el traje del literato, más lejos el del hombre de Estado.

Era el tal individuo el guarda ropero del inmenso drama que la truhanería representa en París.

Su casucha era el entrebastidor de donde salía el robo y volvía á entrar luego la estafa.

Llegaba á ese vestuario un bribón andrajoso, depositaba treinta sueldos, y escogía, según el papel que se proponía representar aquel día, el traje á propósito; y al bajar la escalera era ya, el bribón, alguien.

Al día siguiente, la ropa era fielmente devuelta; y el Cambiante, que lo confiaba todo á los ladrones, no era jamás robado.

Aquellos trajes tenían un inconveniente, y era que no estando hechos para los que los llevaban, «no les sentaban mucho»: para unos resultaban estrechos, para otros anchos, y á nadie se amoldaban.

Cualquier tunante que excediese de la estatura media, ó que fuese demasiado grueso ó demasiado flaco, no podía estar bien embutido en los trajes del Cambiante, quien sólo había previsto la talla común de los hombres.

Tomó la medida de la especie en el primero que le vino á mano, quien no resultó ser grueso ni delgado, alto ni bajo. De ahí las dificultades de adaptar los vestidos á los parroquianos. ¡Tanto peor para las excepciones!

El traje de hombre de Estado, por ejemplo, negro de arriba abajo, y apropiado por lo tanto, habría sido anchísimo para Pitt y harto estrecho para Castelcicala. El vestido de hombre de Estado se hallaba designado como sigue en el catálogo del Cambiante; no hacemos más que copiar:

«Frac de paño negro, pantalón de cuero lana negro, chaleco de seda, botas y camisolín».

Al margen decía: antiguo embajador; había esta nota, que también transcribimos:

«En una caja por separado: una peluca convenientemente rizada, anteojos verdes, colgantes de reloj, y dos cañoncitos de pluma de una pulgada de largo, cubiertos de algodón».

Todo esto correspondía al hombre de Estado, antiguo embajador.

Hallábase todo este vestido, si puede decirse así, extenuado; las costuras blanqueaban; por uno de los codos asomaba ya en principio el forro; faltábale además al frac uno de los botones del pecho, falta poco importante, pues debiendo estar siempre la mano del hombre de Estado bajo el frac y sobre el corazón, tenía por empleo disimular el botón.

Si Mario hubiese estado familiarizado con las instituciones ocultas de París, habría reconocido enseguida, sobre las espaldas del visitante, que Vasco acababa de introducir, el frac del hombre de Estado descolgado de la percha del Cambiante.

La contrariedad de Mario, al ver entrar otro individuo que el que esperaba, se volvió en desgracia para el recién llegado.

Examinóle de pies á cabeza, mientras que el personaje se inclinaba desmesuradamente, preguntándole con sequedad:

—¿Qué se os ofrece?

El hombre respondió con cierto amable saludo que hubiera podido creerse ser la cariñosa sonrisa de un cocodrilo:

—Paréceme imposible que no haya yo tenido el honor de haber visto al señor barón en sociedad. Puede que fuese, tal vez, hace algunos años, en casa de la señora princesa de Bagratión, y en los salones de su señoría el vizconde Dambray, par de Francia.

Es siempre táctica artera de los tunantes aparentar conocer á alguien á quien no se conoce.

Mario escuchaba con atención á aquel hombre, espiando el acento y el gesto; pero su contrariedad crecía: aquélla era una pronunciación gangosa, absolutamente diferente del sonido de voz agrio y seco que esperaba. Se hallaba desorientado por completo.

—No conozco—dijo,—ni á la señora princesa de Bagratión, ni al señor vizconde Dambray. En mi vida he puesto los pies en ninguna de estas casas.

La respuesta era brusca; sin embargo, el personaje, cortés á pesar de todo, insistió:

—¡Entonces ha debido de ser en casa de Chateaubriand donde os he visto! Conozco mucho á Chateaubriand. Es muy afable. Algunas veces me dice: «Pero, Tenard, amigo mío, ¿no me acompañaréis á beber una copa?». La frente de Mario se iba poniendo cada vez más severa y prorrumpió:

—Nunca he tenido el honor de ser recibido por el señor Chateaubriand. Abreviemos. ¿Qué es lo que queréis?

El hombre ante aquel tono más duro, saludó más profundamente.

—Señor barón, dignaos escucharme. Hay en América, en un país por el lado de Panamá, un pueblo que se llama la Joya. Este pueblo se compone de una sola casa. Esta gran casa consta de tres pisos, y está edificada con adobes secados al sol; cada fachada del cuadrado tiene quinientos pies de largo, y cada piso entra adentro doce pies sobre el piso inferior para dejar delante de sí una azotea que da la vuelta al edificio; hay en el centro un patio, donde se encuentran los víveres y las municiones; en lugar de ventanas, troneras; en lugar de puerta, escalas; escalas para subir del suelo á la primera azotea, y de ésta á la segunda, y de la segunda á la tercera; escalas para bajar al patio interior; en vez de puertas en los cuartos, trampas; en vez de escaleras á las habitaciones, escalas; por la noche se cierran las trampas, se retiran las escalas, asoman trabucos y carabinas por las troneras, y no queda medio alguno de entrar; de día casa, de noche ciudadela; ochocientos habitantes: tal es este pueblo.

«¿Por qué tantas precauciones? Porque el país es peligroso, porque está lleno de antropófagos. Entonces ¿por qué van á él? Porque es un país maravilloso. Allí se encuentra oro».

—¿Y adónde vais á parar contando eso?—interrumpió Mario, quien de la contrariedad pasaba á la impaciencia.

—Á esto, señor barón. Yo soy un antiguo diplomático fatigado. La civilización antigua me clava sus dientes, y quiero probar cómo se pasa la vida entre salvajes.

—¿Y luego?

—Señor barón, el egoísmo es la ley del mundo. La aldeana proletaria que trabaja á jornal, vuelve la cabeza cuando pasa la diligencia; la aldeana propietaria que cultiva su campo, no la mira siquiera. El perro del pobre ladra tras el rico; el perro del rico ladra tras el pobre. Cada cual para sí. El interés: tal es el objeto de los hombres. El oro: tal es su imán.

—¿Qué más? acabad.

—Quisiera ir á establecerme á Joya. Somos tres; tengo mi esposa y una hija soltera, niña lindísima. El viaje es largo y costoso, y necesito algún dinero.

—¿Y qué tengo yo que ver en ello?—preguntó Mario.

El desconocido sacó el cuello fuera de la corbata, ademán natural de los buitres y replicó sonriendo de nuevo:

—¿No habéis leído mi carta, señor barón?

Había algo de verdad en ello. El hecho es que el contenido del escrito había pasado desapercibido para Mario. Se había fijado sólo en la letra, sin atender á la carta. Apenas recordaba lo que decía. Pero hacía un momento había despertado en él cierta idea, al oir esta frase: «Mi esposa y una hija soltera».

Tenía clavada sobre el desconocido su mirada penetrante. Un juez no habría escudriñado mejor á un reo. Casi casi le espiaba. Limitóse á responder:

—Sed explícito.

El desconocido metió ambas manos en los bolsillos del pantalón, irguió la cabeza sin enderezar la espina dorsal, pero examinando por su parte á Mario con la mirada verde de sus anteojos.

—Vaya, pues, señor barón, seré explícito. Tengo un secreto que venderos.

—¿Un secreto?

—Un secreto.

—¿Que me concierne?

—Un poco.

—¿Qué secreto es éste?

Mario continuaba examinando más y más al individuo mientras le escuchaba.

—Empiezo gratis,—dijo el desconocido.—Vais á ver cómo es interesante lo que digo.

—Hablad.

—Señor barón, tenéis un ladrón y un asesino en vuestra casa.

Mario se estremeció y dijo:

—¿En mi casa? No.

El desconocido, imperturbable, pasó el codo por la superficie del sombrero, y continuó:

—Asesino y ladrón. Advertid, señor mío, que no hablo de hechos antiguos, atrasados, caducos, que pueden ser borrados por la prescripción ante la ley, y por el arrepentimiento ante Dios. Hablo de hechos recientes, de hechos presentes, de hechos ignorados aún de la justicia.—Y continuó:—Este hombre ha penetrado en vuestra confianza y casi en vuestra familia, bajo un nombre falso. Voy á decir su nombre verdadero, y á decíroslo de balde.

—Ya escucho.

—Se llama Juan Valjean.

—Lo sé.

—Voy á deciros, también de balde, quien él es.

—Decid.

—Un antiguo presidiario.

—Lo sé.

—Lo sabéis desde que he tenido el honor de decíroslo.

—No. Lo sabía ya.

El tono frío de Mario, su doble réplica de lo sé, su laconismo refractario al diálogo, despertaron en el desconocido cierta cólera sorda. Asestó á Mario, á hurtadillas, una mirada furiosa, que se apagó enseguida; pero por rápida que fuese, era una de aquellas miradas que se reconocen cuando se las ha visto una vez; no se le escapó á Mario. Ciertas llamaradas no pueden saltar sino de ciertas almas; la pupila, ese respiradero del pensamiento, las arroja fuera, y no las encubren los anteojos; ¡ponedle un cristal á la boca del infierno!

El desconocido prosiguió, sonriendo:

—No me permitiré desmentir al señor barón. En todo caso, debéis apreciar que estoy bien enterado. Ahora, lo que voy á comunicaros, únicamente lo sé yo, yo solo, é interesa á los bienes de la señora baronesa. Es un secreto extraordinario, y que está en venta. Os lo ofrezco antes que á nadie. Barato: veinte mil francos.

—Conozco ese secreto, como conozco los demás,—dijo Mario.

El personaje conoció la necesidad de rebajar algo de su precio.

—Señor barón, dadme diez mil francos y hablo.

—Os repito que no tenéis nada que revelarme. Sé lo que me queréis revelar.

Los ojos de aquel hombre despidieron un nuevo relámpago. Luego exclamó:

—Es indispensable, sin embargo, que coma hoy. Os digo que es un secreto extraordinario. Señor barón, voy á hablar. Hablo. Dadme veinte francos.

Mario se le quedó mirando.

—Conozco vuestro secreto extraordinario; y como sabía el nombre de Juan Valjean, sé también vuestro nombre.

—¿Mi nombre?

—Sí.

—No es difícil, señor barón. He tenido el honor de escribiros y decíroslo. Thénard.

—...dier.

—¿Cómo?

—Thénardier.

—¿Quién decís?...

Como se eriza en el peligro el puerco-espín, se hace el muerto el escarabajo, y la guardia veterana se forma en cuadro, aquel hombre se echó á reir.

Después sacudió de un papirotazo una mota de polvo sobre la manga de su frac.

Mario continuó:

—Sois igualmente el obrero Jondrette, el comediante Fabantou, el poeta Genflot, el español Álvarez y la señora Balizard.

—¿La señora qué?

—Y habéis tenido un tabernucho en Montfermeil.

—¡Un tabernucho! Jamás.

—Yo os digo que sois Thénardier.

—Lo niego.

—Y que sois un miserable. Tomad.

Mario sacó de su bolsillo un billete de banco, y se lo arrojó á la cara.

—¡Gracias! ¡Perdón! ¡Quinientos francos! ¡Señor barón!

Y el hombre, admirado, saludaba, cogiendo el billete, y examinándolo.

—¡Quinientos francos!—repetía absorto, y balbuceó á media voz:—¡Un cucurucho de veras!

Luego exclamó bruscamente:

—Pues bien, sea. Afuera estorbos.

Y con la prontitud de un mono, echándose hacia atrás el pelo, arrancándose los anteojos, sacando de la nariz y escamoteando los dos cañoncitos de pluma de que hemos hablado, y que figuran también en otra página de este libro, quitóse el rostro como se quita cualquiera el sombrero.

Sus ojos se inflamaron; la frente, desigual, surcada, abultada á trechos, atrozmente arrugada por lo alto, se mostró al descubierto; la nariz volvió á ser aguda como pico de ave; y reapareció el perfil feroz y sagaz del hombre de rapiña.

—El señor barón es infalible,—dijo con voz clara y sin ganguear ya;—soy Thénardier.

Y enderezó su corcovada espalda.

Thénardier, pues, era él en efecto, se había quedado singularmente sorprendido, y hasta se hubiese turbado, á ser de ello capaz.

Quiso producir asombro, y era él quien se asombraba de verse descubierto. Pagábanle aquella humillación con quinientos francos, y la aceptaba á todo evento; pero no por eso dejaba de estar menos aturdido.

Veía por primera vez á aquel barón de Pontmercy y á pesar de su disfraz, este barón le reconocía y le conocía á fondo. Y no sólo estaba aquel barón enterado de la historia de Thénardier, sino que parecía estarlo también de la de Juan Valjean. ¿Quién era, pues, aquel joven, casi imberbe, tan glacial y generoso, que sabía los nombres de las gentes, que sabía todos sus nombres, que les abría su bolsillo, que desconcertaba á los bribones como un juez, y los pagaba como un imbécil?

Thénardier, como sabemos, aunque vecino un tiempo de Mario, no le había visto nunca, cosa frecuente en París; había, sí, oído vagamente hablar á sus hijas de un joven muy pobre, llamado Mario que vivía en la casa, y á quien escribió, sin conocerle, la carta de que está ya enterado el lector.

Ninguna relación podía existir en su mente entre aquel Mario y el barón de Pontmercy.

Y en cuanto al nombre de Pontmercy, recuérdese que en el campo de batalla de Waterloo no había entendido más que las dos últimas sílabas, respecto á las cuales había siempre conservado el legítimo desdén que se tiene á lo que no pasa de ser una mera acción de agradecimiento.

Por lo demás, su hija Azelma, á quien encargó buscase la pista de los novios del 16 de febrero, y sus propias investigaciones personales, le habían hecho conocer muchas cosas, y desde su fondo de tinieblas había logrado coger más de un hilo misterioso. Á fuerza de industria consiguió descubrir, ó por lo menos adivinar por inducciones, quién era el hombre que había encontrado cierto día en la Gran Cloaca. Del hombre le costó poco trabajo llegar al nombre.

Sabía que la baronesa de Pontmercy era Cosette, pero, en este punto se proponía ser discreto; porque ¿quién era Cosette? Ni él mismo lo sabía con certeza. Entreveía algún nacimiento bastardo: la historia de Fantina le había parecido siempre ambigua, pero ¿qué sacaría hablando? ¿Hacer que le pagasen su silencio?

Él tenía ó creía tener algo en venta que valía mucho más; y según todas las apariencias, aquello de ir á decir al barón de Pontmercy, sin el apoyo de la menor prueba: «Vuestra esposa es bastarda», no había de traer otro resultado que la punta de la bota del marido sobre los riñones del indiscreto revelador.

En la imaginación de Thénardier, su conversación con Mario no estaba empezada todavía. Había tenido que retroceder, que modificar su estrategia, dejar una posición, cambiar de frente; pero nada esencial se hallaba aún comprometido; y tenía ya quinientos francos en el bolsillo. Además, tenía algo decisivo que decir, y aun contra aquel barón de Pontmercy, tan bien enterado y tan bien armado, se sentía con bríos. Para hombres del temperamento de Thénardier, todo diálogo es un combate.

¿Cuál era su situación en el duelo que iba á empeñarse? No sabía á quién hablaba, pero sí sabía de lo que él hablaba. Pasó así rápidamente esta revista interior de sus fuerzas, y después de haber dicho: Yo soy Thénardier, quedó esperando.

Mario estaba también pensativo. Al fin tenía delante de sí á Thénardier, al hombre que tanto había deseado encontrar; y podía, por lo tanto, hacer cumplido honor á la recomendación del coronel Pontmercy.

Humillábale que aquel héroe debiera algo á aquel bandido, y que la letra de cambio girada contra él desde el fondo de la tumba por su padre, estuviese todavía en descubierto. Imaginaba también, en la situación compleja de su espíritu respecto á Thénardier, que se le presentaba la coyuntura de vengar al coronel de la desgracia de haber sido salvado por semejante tuno. De todos modos, estaba satisfecho; por fin, iba á librar de tan indigno acreedor á la sombra del coronel, y parecíale que iba á librar también de la prisión, por deudas, la memoria de su padre.

Al lado de este deber había otro; el de averiguar, si era posible, el origen de la fortuna de Cosette. La ocasión parecía brindársele. Tal vez Thénardier supiese algo. Tal vez fuese útil sondear el interior de aquel hombre.

Por ahí comenzó.

Thénardier, después de guardarse en el bolsillo el «cucurucho de veras», miraba á Mario con una dulzura casi tierna.

Mario rompió el silencio.

—Thénardier, os he dicho vuestro nombre. Ahora, este vuestro secreto que veníais á revelarme, ¿queréis que os lo diga? Yo tengo también mis noticias, y vais á ver que estoy mejor enterado que vos. Juan Valjean, como habéis dicho, es asesino y ladrón. Es ladrón porque robó á un rico fabricante, siendo la causa de su ruina, al señor Magdalena. Es asesino, porque dió muerte al agente de policía Javert.

—No comprendo señor barón,—dijo Thénardier.

—Yo haré que me comprendáis. Oíd. Vivía en un distrito del Paso de Calais, por los años de 1822, un hombre que había tenido algo que ver antiguamente con la justicia, y el cual, bajo el nombre de Magdalena, se había elevado y rehabilitado. Este hombre era un justo en toda la extensión de la palabra.

«Con una industria, la fabricación de abalorios negros, labró la fortuna de todo un pueblo. Por su parte, aunque secundariamente, y en cierto modo por casualidad, reunió también una riqueza considerable. Era el padre de los pobres. Fundaba hospitales, abría escuelas, visitaba los enfermos, dotaba á las jóvenes, sostenía á las viudas, adoptaba á los huérfanos: era una especie de tutor del país. Se negó á admitir una cruz, y le nombraron alcalde. Un presidiario cumplido estaba en el secreto de cierta condena en que había incurrido en otro tiempo aquel hombre; le denunció, fué causa de que le prendiesen, y se aprovechó de su prisión para venir á París y hacer que el banquero Laffite (lo sé por el mismo cajero) le entregase, en virtud de una firma falsificada, una suma de más de medio millón de francos, que pertenecía al señor Magdalena. El presidiario que robó al señor Magdalena es Juan Valjean. En cuanto al otro hecho, nada tenéis que decirme que yo no sepa. Juan Valjean mató al agente Javert de un pistoletazo. Yo, que os estoy hablando, estaba allí presente».

Thénardier miró á Mario con ese ademán soberano del hombre derrotado que se repone para conseguir la victoria, y vuelve á ganar en un minuto todo el terreno perdido.

Mas no tardó en reaparecer su sonrisa; el inferior respecto al superior debe disimular modestamente el triunfo.

Thénardier se limitó á decir á Mario:

—Señor barón, nos hemos extraviado.

Y apoyó esta frase, haciendo girar con un expresivo molinete los pendientes del supuesto reloj.

—¡Cómo!—repuso Mario.—¿Lo dudáis? Se trata de hechos.

—Ó de quimeras. La confianza con que me honra el señor barón me impone el deber de decírselo así. Ante todo, la verdad y la justicia. No me gusta ver que se acuse á nadie injustamente. Señor barón, Juan Valjean no ha robado al señor Magdalena, ni Juan Valjean ha matado á Javert.

—¡Mucho asegurar es ello! ¿Y cómo no?

—Por dos razones.

—¿Cuáles? hablad.

—He aquí la primera: no ha robado al señor Magdalena, puesto que el señor Magdalena es el mismísimo Juan Valjean.

—¿Qué estáis diciendo?

—Y segunda: no ha asesinado á Javert, puesto que quien mató á Javert, es Javert mismo.

—¿Qué queréis decir?

—Que Javert se suicidó.

—¡Probádmelo! ¡Probádmelo!—gritó Mario fuera de sí.

Thénardier repitió, midiendo su frase á la manera de los antiguos alejandrinos:

—El agente de policía Javert fué encontrado ahogado debajo de una banca en el Pont au change.

—¡Pero, probádmelo!

Thénardier sacó del bolsillo del pecho un gran rollo de papel gris que parecía contener varios pliegos doblados de diferentes tamaños.

—Tengo mi expediente en regla,—dijo con calma.

Y añadió:

—Señor barón, en interés vuestro, he tratado de conocer á fondo á Juan Valjean. Repito que Juan Valjean y el señor Magdalena son un hombre mismo, y que Javert no tuvo otro asesino que Javert; y cuando así os lo digo, es porque tengo pruebas. No pruebas manuscritas; lo escrito es sospechoso, lo escrito es complaciente, sino pruebas impresas.

Y así diciendo, entresacaba Thénardier de su legajo dos números de periódicos ya amarillos, ajados y oliendo fuertemente á tabaco.

Uno de aquellos números, roto por los dobleces y casi deshaciéndose en pedazos cuadrados, parecía mucho más antiguo que el otro.

—Dos hechos, dos pruebas,—dijo Thénardier.

Y alargó á Mario los dos periódicos desdoblados.

El lector los conoce ya. Uno, el más antiguo, era un número de la Bandera Blanca del 25 de julio de 1823, cuyo texto ha podido verse en la segunda parte de este libro, el cual establecía la identidad de Magdalena y Juan Valjean.

Era el otro periódico un Monitor del 15 de julio de 1832, en que constaba el suicidio de Javert, añadiendo que resultaba de un informe verbal del mismo Javert al prefecto, que, hecho prisionero en la barricada de la calle de la Chanvrerie, había debido la vida á la magnanimidad de un insurrecto que, teniéndole bajo su pistola, en vez de levantarle la tapa de los sesos, había disparado al aire.

Mario leyó.

Había allí evidencia, certeza perfecta, prueba irrefragable; aquellos dos periódicos no se habían impreso expresamente para apoyar los asertos de Thénardier; la nota publicada en el Monitor había sido comunicada oficialmente por la prefectura de policía. Mario no podía dudar.

Las noticias del dependiente de Laffitte eran falsas, y él, él mismo se había equivocado.

Juan Valjean, engrandecido de súbito, salía de la nube. Mario no pudo contener un grito de alegría.

—¡Entonces ese desgraciado es un hombre admirable! ¡Entonces ese caudal era verdaderamente suyo! ¡Es Magdalena, la providencia de toda una comarca! ¡Es Juan Valjean, el salvador de Javert! ¡Es un héroe! ¡Es un santo!

—Ni héroe ni santo,—contestó Thénardier,—sino asesino y ladrón.

Añadiendo con el tono del que empieza á sentirse con cierta autoridad:

—Procedamos con calma.

Ladrón, asesino; estas palabras que Mario creía desaparecidas, y que surgían de nuevo, cayeron sobre él como una ducha de nieve.

—¡Todavía!—exclamó.

—Siempre,—contestó Thénardier.—Juan Valjean no robó á Magdalena, pero es un ladrón; no ha muerto á Javert, pero es un asesino.

—¿Habláis acaso—repuso Mario,—de aquel miserable robo de hace cuarenta años, expiado, como resulta de estos mismos periódicos, por toda una vida de arrepentimiento, de abnegación y de virtud?

—Digo asesinato y robo, señor barón, y repito que hablo de hechos recientes. Lo que tengo que revelaros, absolutamente desconocido, es inédito. Y quizá encontréis en ello el origen del caudal hábilmente ofrecido por Juan Valjean á la señora baronesa. Digo hábilmente, porque no prueba torpeza de parte suya eso de introducirse, por medio de semejante donativo, en una casa respetable, participando de sus comodidades, y al propio tiempo ocultar su crimen, disfrutar de lo robado, encubrir su nombre y crearse una familia.

—Pudiera interrumpiros,—observó Mario;—pero continuad.

—Señor barón, voy á decirlo todo, dejando la recompensa á vuestra generosidad. Este secreto vale oro macizo. Vos me diréis, ¿por qué no te has dirigido á Juan Valjean? Por una razón muy sencilla. Sé que se ha desapropiado... y desapropiado en favor vuestro, combinación que me parece ingeniosa; pero ya no posee un sueldo, y él me enseñaría sus manos vacías; y como necesito algún dinero para emprender mi viaje á Joya, os prefiero á vos que lo tenéis todo, á él que nada vale ya. Estoy algo fatigado, permitidme que tome una silla.

Mario se sentó y le indicó que podía sentarse.

Thénardier se arrellanó en una silla de tapicería, recogió los dos periódicos, los envolvió en el rollo, y marcando con la uña la Bandera Blanca, dijo á media voz:

—¡Éste sí que me ha costado trabajo de encontrar!

Cruzó luego ambas piernas y se arrellanó de espaldas, en actitud propia del que se cree seguro de lo que dice. Entrando luego en materia, continuó gravemente y acentuando la frase:

—Señor barón, el 6 de junio de 1832, hace apenas un año, el día del motín, se encontraba un hombre en la Gran Cloaca de París, por el lado donde la alcantarilla desemboca en el Sena, entre el puente de Jena y el de los Inválidos.

Mario acercó bruscamente su silla á la de Thénardier. Éste notó el movimiento, y continuó con la lentitud de un orador que es dueño de su auditorio, y que siente las palpitaciones del adversario á cada una de sus palabras.

—Ese hombre, á fuerza de esconderse, por razones ajenas á la política, había elegido la alcantarilla por domicilio, y tenía una llave de la reja.

Era, repito, el 6 de junio; podían ser como las ocho de la tarde. El hombre oyó ruido en la alcantarilla; por lo que, muy sorprendido, se acurrucó poniéndose á espiar. Era ruido de pasos; alguien caminaba por entre las tinieblas, adelantándose hacia aquel lado. Cosa extraña: haber otro que él en la alcantarilla. La reja de salida no estaba lejos, y la escasa luz que entraba por ella le permitió reconocer al recién venido, y ver que llevaba algo á cuestas. Andaba casi doblado. Y aquel hombre que de aquel modo caminaba encorvado, era un antiguo presidiario, y lo que llevaba sobre sus hombros era un cadáver. Flagrante delito de asesinato, si le hubo jamás.

«En cuanto al robo, el mismo hecho lo estaba diciendo; no se mata de balde á ningún hombre.

«El presidiario iba á arrojar aquel cadáver al río. Conviene advertir que, antes de llegar á la reja de salida, el presidiario, que venía de lejos por lo interior de la alcantarilla, debió forzosamente tropezar con un hundimiento espantoso, donde parece que hubiera podido dejar el cadáver; pero al día siguiente los poceros, trabajando en aquel hundimiento, habrían descubierto al hombre asesinado; lo cual no entraba sin duda en los cálculos del asesino. Prefirió atravesar el cenagal con su carga, y sus esfuerzos debieron ser horrorosos. Es imposible arriesgar más por completo la vida; no comprendo como acertó á salir de allí vivo».

La silla de Mario se acercó más aún, y Thénardier aprovechó este segundo movimiento para respirar á sus anchas. Luego prosiguió:

—Señor barón, una alcantarilla no es el Campo de Marte. Allí todo falta, hasta sitio. Así es que cuando la ocupan dos hombres, es preciso que se encuentren. Esto fué lo que sucedió.

«El domiciliado y el transeúnte tuvieron que darse los buenos días, sin ganas por parte de uno ni otro. El transeúnte dijo al domiciliado: 'Ves lo que llevo á cuestas, es preciso que salga de aquí; tienes la llave, dámela'. El presidiario era hombre de extraordinarias fuerzas, y no había medio de resistirle. Sin embargo, el que poseía la llave parlamentó, únicamente para ganar tiempo. Examinó al muerto; más sólo pudo averiguar que era joven, de buena apostura, aire de persona rica, y que estaba completamente desfigurado por la sangre. Y así hablando, halló medio de desgarrar y arrancar, sin que lo advirtiese el asesino, un pedazo de faldón de la levita del hombre asesinado. Pieza de convicción, ¿entendéis? medio para descubrir la pista y probarle al criminal su crimen. Guardóse en el bolsillo la pieza de convicción; después de lo cual abrió la reja, dejó salir al presidiario con su estorbo á cuestas, volvió á cerrar la reja y se puso en salvo, no cuidando de seguir el desenlace de la aventura, y sobre todo no queriendo estar allí cuando el asesino arrojase al asesinado al río.

«¿Me comprendéis ahora? el que llevaba el cadáver era Juan Valjean, el que tenía la llave os está hablando en este momento; y el pedazo de levita...».

Thénardier acabó la frase sacando del bolsillo y sosteniendo á la altura de los ojos, cogido entre sus dos pulgares y sus dos índices, un girón de paño negro rasgado, y lleno de manchas obscuras.

Levantóse Mario, pálido, respirando apenas, con la vista fija en el pedazo de paño negro; y sin pronunciar una palabra, sin apartar los ojos de aquel harapo, retrocedió hacia la pared, con la mano derecha extendida detrás de sí, buscando á tientas una llave puesta en la cerradura de una alacena, cerca de la chimenea.

Encontró la llave, abrió la alacena é introdujo el brazo sin volver el rostro ni separar su pupila asustada, del harapo que Thénardier tenía desplegado.

Sin embargo, Thénardier continuó diciendo:

—Señor barón, me asisten grandes razones para creer que el joven asesinado era un extranjero opulento, atraído por Juan Valjean á una emboscada, y portador de una suma enorme.

—¡El joven era yo, y aquí está la levita!—gritó Mario, arrojando en el suelo una vieja levita negra, completamente manchada de sangre.

Luego, arrancando el girón de manos de Thénardier, se inclinó sobre la levita y aplicó al faldón roto el pedazo arrancado. Lo desgarrado se adaptaba exactamente, y el girón completaba la levita.

Thénardier estaba petrificado, y dijo para sí: «Me aplastó».

Levantóse Mario tembloroso, desesperado, radiante.

Metió la mano en su bolsillo, y se dirigió furioso hacia Thénardier, presentándole y casi apoyando sobre su rostro el puño lleno de billetes de quinientos y de mil francos.

—¡Sois un infame, un embustero, un calumniador, un malvado! Veníais á acusar á este hombre, y le habéis justificado; queríais perderle, y solo habéis conseguido glorificarle. ¡Vos sois el ladrón! ¡Vos sois el asesino! Á vos, Thénardier, á vos, Jondrette, os he visto yo mismo en la casucha del boulevard del Hospital. Y sé de vos lo suficiente para mandaros á presidio, y más alto aún, si quiero. ¡Tomad esos mil francos, gran canalla!

Y arrojó un billete de mil francos á Thénardier.

—¡Ah! ¡Jondrette, Thénardier, vil impostor! ¡Que os sirva esto de lección, chalán de secretos, mercader de misterios, desenterrador de tinieblas, miserable! ¡Tomad otros quinientos francos, y salid de aquí! Waterloo os protege.

—¡Waterloo!—murmuró Thénardier, guardándose los quinientos francos junto con los mil primeros.

—¡Sí, asesino! Allí salvaste la vida á un coronel...

—Á un general,—dijo Thénardier, levantando la cabeza.

—¡Á un coronel!—replicó Mario colérico. Yo no daría un ochavo por un general. ¡Y venís aquí á cometer infamias! Os digo que habéis cometido todos los crímenes. ¡Salid! ¡Quitaos de mi vista! Sed feliz al menos, es cuanto deseo. ¡Ah, monstruo! He aquí otros tres mil francos. Tomadlos, y partid mañana mismo para América, con vuestra hija, porque vuestra mujer ha muerto, despreciable embustero. Yo vigilaré vuestra partida, bandido, y en el momento de salir os daré todavía veinte mil francos. ¡Id á que os ahorquen á otra parte!

—Señor barón, respondió Thénardier, inclinándose hasta el suelo, gratitud eterna.

Y salió de la casa, sin comprender una palabra, atónito y contento de verse dulcemente abrumado bajo sacos de oro, y de aquella tormenta que descargaba sobre su cabeza en billetes de banco.

Herido por el rayo y satisfecho, ¡cuánto hubiera sentido Thénardier estar al abrigo de un para rayos contra semejantes descargas!

Concluyamos de una vez con este personaje, y digamos cuál fué su paradero.

Dos días después de los sucesos que vamos refiriendo, salió, gracias á Mario, para América, bajo un nombre supuesto, y en compañía de su hija Azelma, provisto de una letra de cambio de veinte mil francos sobre Nueva York.

La miseria moral de Thénardier, del caballero fingido, era irremediable; fué en América lo que había sido en Europa. El contacto de un hombre perverso basta á veces para bastardear una buena acción, haciendo salir de ella una cosa mala. Con el dinero de Mario, Thénardier se hizo negrero.

En cuanto Thénardier estuvo en la calle, corrió Mario al jardín donde Cosette estaba paseando todavía.

—¡Cosette! ¡Cosette!—la gritó.—¡Ven! ¡Ven pronto! Marchemos. ¡Vasco, un coche! Ven, Cosette. ¡Ay, Dios mío! ¡Él es quién me había salvado la vida! ¡No perdamos un minuto! Ponte el chal.

Cosette le creyó loco, pero obedeció.

Mario no respiraba; llevaba la mano al corazón para comprimir los latidos, iba y venía á grandes pasos, abrazaba á Cosette.

—¡Ay, Cosette!—la decía.—¡Soy un desgraciado!

Estaba desalentado; comenzaba á entrever en aquel Juan Valjean una grande y sombría figura. Aparecíasele una virtud inaudita, suprema y dulce, humilde en su inmensidad. El presidiario se transfiguraba en Cristo; semejante prodigio deslumbraba á Mario. No sabía precisamente lo que veía, pero sí que era grande.

Á los pocos minutos un coche estuvo delante de la puerta.

Mario hizo subir á Cosette, y se precipitó enseguida dentro.

—Cochero,—dijo,—calle del Hombre Armado, número 7.

Partió el coche.

—¡Ah, qué felicidad!—exclamó Cosette.—Á la calle del Hombre Armado. No me atrevía á hablarte de ella. Vamos á ver al señor Juan.

—¡Á tu padre, Cosette! Tu padre, más que nunca. Ahora adivino, Cosette. Me dijiste no haber recibido la carta que te mandé con Gavroche. Cayó sin duda en sus manos, y fué á la barricada para salvarme. Como en él es una necesidad el ser un ángel, de paso salvó á otros también; salvó á Javert. Me arrancó de aquel abismo para entregarme á ti. Me llevó sobre sus hombros por dentro de la horrible cloaca. ¡Ah! Soy un monstruo de ingratitud. Cosette, después de haber sido él tu providencia, fué la mía. ¡Figúrate que había allí un espantoso hundimiento, para ahogarse mil veces, para ahogarse en cieno, Cosette! ¡Y lo atravesó conmigo á cuestas! Yo estaba desmayado, no veía, no oía, no podía saber nada de mi propia aventura. Vamos á traérnosle á casa, á tenerle con nosotros, que quiera ó no; no ha de volver á separarse de nuestro lado. ¡Con tal que esté! ¡Con tal que le encontremos! Pasaré el resto de mi existencia venerándole.

«Sí, así debió ser; ya lo ves, Cosette. Á él fué á quien entregaría mi carta Gavroche. Todo se explica... ¿Comprendes?».

Cosette no entendía una palabra.

—Tienes razón,—le dijo.

Entre tanto el coche iba corriendo.

V
Noche tras de la cual se encuentra el día

Al golpe que oyó sonar en la puerta, volvióse Juan Valjean.

—Adelante,—dijo débilmente.

Abrióse la puerta, y aparecieron Cosette y Mario.

Cosette se precipitó en el cuarto.

Mario permaneció en el umbral, de pie y apoyado contra el quicio de la puerta.

—¡Cosette!—exclamó Juan Valjean.

Y se incorporó en la silla, con los brazos abiertos y trémulos, lívido, siniestro, con una alegría inmensa en los ojos.

Cosette, sofocada por la emoción, cayó sobre el pecho de Juan Valjean, exclamando:

—¡Padre!

Juan Valjean, fuera de sí, tartamudeaba:

—¡Cosette, ella! ¡Vos, señora! ¡Eres tú! ¡Ay, Dios mío!

Y sintiéndose estrechar entre los brazos de Cosette, exclamaba:

—¡Eres tú! ¡Sí, tú eres! ¡Me perdonas, entonces!

Mario, bajando los párpados para contener sus lágrimas, dió un paso, y murmuró entre sus labios contraídos convulsivamente para no dar salida á los sollozos:

—¡Padre mío!

—¡Y vos también, vos me perdonáis!—dijo Juan Valjean.

Mario no acertó á encontrar palabras para contestar, y Valjean añadió:

—Gracias.

Cosette se quitó el chal y el sombrero, arrojándolos sobre la cama.

—Esto me molesta—dijo.

Y sentándose sobre las rodillas del anciano, apartó sus cabellos blancos con un movimiento adorable, y le besó la frente.

Juan Valjean, extasiado, la dejaba hacer.

Cosette, no comprendiendo aquello sino muy confusamente, redoblaba sus caricias, como si quisiese pagar la deuda de Mario.

Juan Valjean balbuceaba:

—¡Cuán simple es el hombre! Yo creía no volverla á ver. Figuraos, señor de Pontmercy, que en el momento en que habéis entrado me estaba yo diciendo: «Todo acabó. Ahí están sus vestiditos; soy un miserable, no veré más á Cosette». Todo esto me decía yo en el momento mismo en que estabais vosotros subiendo la escalera. ¡Qué torpe! ¡Se necesita ser estúpido para no contar con la bondad de Dios! Dios dice: ¿crees que te van á abandonar, torpe? No. Eso no será así. Sí; hay un buen hombre que ha menester de un ángel. Y el ángel viene; y uno vuelve á ver á su Cosette; ¡vuelve á ver á su pequeña Cosette! ¡Ay! ¡Qué desgraciado era!

Estuvo un instante sin poder hablar; luego continuó:

—Ciertamente, yo necesito ver á Cosette un ratito de cuando en cuando. Al corazón le hace falta un hueso que roer. Sin embargo, conocía que estaba de sobra, y me decía interiormente: «Ellos no necesitan de ti; quédate en tu rincón; nadie tiene derecho á eternizarse». ¡Ah! ¡Bendito Dios! ¡Vuelvo á verla!

«¿Sabes, Cosette, que tu marido es un guapo mozo?

«¡Oh! llevas un bonito cuello bordado. Perfectamente. El dibujo me gusta. Lo ha elegido tu esposo, ¿verdad? Y luego, será menester que te compres cachemires. Señor de Pontmercy, dejadme que la tutee. No será por mucho tiempo».

Y Cosette, á su vez, le respondía:

—¡Qué picardía habernos dejado así! ¿Dónde habéis estado? ¿Por qué os ausentasteis tanto tiempo? Antes vuestros viajes apenas duraban tres ó cuatro días. He mandado á Nicolasita, y la respondían siempre: «Está fuera». ¿Desde cuándo habéis vuelto? ¿Por qué no nos habéis avisado? ¿Sabéis que estáis muy cambiado? ¡Ah, qué padre más malo! ¡Estar enfermo y no saberlo nosotros! ¡Mira, Mario, toca su mano qué fría está!

—¡Habéis venido también! ¡Con que, es decir, señor de Pontmercy, que me perdonáis!—repitió Juan Valjean.

Al oir de nuevo estas palabras dichas por Juan Valjean, Mario dió libre rienda á todos los sentimientos que se agolpaban en su corazón:

—Cosette, ¿no oyes? ¡Insiste en pedirme perdón! ¿Y sabes lo que me ha hecho, Cosette? Me ha salvado la vida. Más aún; me ha dado á ti. Y después de haberme salvado, después de haberte dado á mí, ¿qué ha hecho de sí mismo? Se ha sacrificado. Tal es ese hombre. Y á mí, el ingrato, á mí el olvidadizo, á mí el desapiadado; á mí el culpable, me dice: «¡Gracias!». Cosette, toda mi vida, pasada á los pies de este hombre, no sería bastante expiación. ¡Aquella barricada, aquel albañal, aquel pozo, aquella cloaca, todo lo atravesó por mí, por ti, Cosette! Me llevó á través de todas las muertes que apartaba de mí, y que aceptaba para él. Ese hombre reúne todos los bríos, todas las virtudes y todos los heroísmos. ¡Cosette, ese hombre es un ángel!

—¡Chist! ¡Chist!—murmuró por lo bajo Juan Valjean. ¿Á qué viene todo eso?

—¡Pero vos!—exclamó Mario, con una cólera no desprovista de cierta veneración. ¿Por qué no lo habéis dicho? Es también culpa vuestra. ¡Salva la vida á las gentes, y lo oculta! Y además, bajo pretexto de quitarse la máscara, ¡va á calumniarse! Esto es horrible.

—He dicho la verdad,—respondió Juan Valjean.

—No,—replicó Mario; la verdad, es la verdad toda, y vos no lo habéis dicho todo. Vos fuisteis Magdalena, ¿por qué callarlo? Habíais salvado á Javert, ¿por qué no decirlo? Yo os debía la vida, ¿por qué no lo dijisteis tampoco?

—Porque pensaba como vos, y conocía que teníais razón, que era preciso que yo me fuese. Si os hubiera referido lo de la alcantarilla, me habríais hecho permanecer á vuestro lado. Debía, pues, callarme. Hablando, todo se echaba á perder.

—¿Echábase á perder, qué?—repuso Mario.—¿Creéis que vais á quedaros aquí? Si venís con nosotros. ¡Ay! ¡Dios! ¡Cuando pienso que sólo por casualidad he sabido todo esto! Sí, sí, os llevamos con nosotros. Formáis parte de nosotros mismos. Sois su padre y el mío. No pasaréis un día más en esta horrible casa. No esperéis estar mañana aquí.

—Mañana,—dijo Juan Valjean, no estaré aquí, pero tampoco estaré en vuestra casa.

—¿Qué queréis decir?—replicó Mario. Es que no os permitimos ya más viajes. Ya no os apartaréis de nosotros. Nos pertenecéis, y no os soltamos.

—Y lo que es ahora va de veras,—añadió Cosette.—Abajo tenemos un coche. Yo os llevo conmigo. Y, si es menester, emplearé la fuerza.

Y sonriendo, hizo ademán de levantar al anciano en sus brazos.

—Allí está, como siempre, vuestro cuarto en nuestra casa,—prosiguió ella.—¡Si supiérais qué hermoso se ha puesto ahora el jardín! ¡Cuántas flores! Las calles están enarenadas con arena del río, con sus conchitas violeta. Comeréis de mis fresas. Yo soy quien las riego.

«Y ya no más señora, ni señor Juan; viviremos en república, todos nos hablaremos de tú. ¿No es esto, Mario? Se ha cambiado el programa. ¡Padre, si supiérais! ¡He tenido una pena!... Había un petirrojo anidado en un agujero de la pared, y un pícaro gato se lo ha comido. ¡Mi pobre petirrojo, que sacaba la cabecita de un agujero para mirarme! He llorado; vaya si he llorado; y de buena gana habría matado al gato. Pero ahora ya nadie llora; todos ríen, todos son felices. Vais á veniros con nosotros. ¡Cómo se alegrará el abuelo! Tendréis vuestro cuadro en el jardín y lo cultivareis á vuestro modo. Veremos si vuestras fresas valen tanto como las mías. Y después, haré yo todo lo que queráis, y luego, vos me obedeceréis á mí.

Juan Valjean la escuchaba sin oir.

Percibía la música de su voz, más bien que el sentido de las palabras, en tanto que una de aquellas lágrimas, que son perlas sombrías del alma, germinaba lentamente en sus ojos.

Y murmuró:

—La prueba de que Dios es bueno, es la que tengo aquí.

—¡Padre mío!—dijo Cosette.

Juan Valjean continuó:

—No hay duda que sería delicioso vivir juntos. Allí hay árboles llenos de pájaros. Me pasearía con Cosette. Es grato estar reunidas las gentes, y darse los buenos días, y llamarse en el jardín, y estarse viendo desde por la mañana. Cultivaríamos cada cual un rinconcillo. Ella me daría sus fresas yo le daría á coger mis rosas. Sería silencioso, pero...

Se detuvo, y añadió después dulcemente:

—No hay remedio.

La lágrima no cayó, volviendo de nuevo en la órbita, y Juan Valjean la reemplazó con una sonrisa.

Cosette tomó las dos manos del anciano entre las suyas.

—¡Dios mío!—exclamó.—Vuestras manos están aún más frías. ¿Os sentís malo? ¿Os duele algo?

—¿Yo? ¡No!—respondió Juan Valjean.—Me siento bien. Pero...

Paróse.

—¿Pero qué?

—Me voy á morir desde luego.

Cosette y Mario se estremecieron.

—¡Morir!—exclamó Mario.

—Sí: pero no es nada,—dijo Juan Valjean.

Respiró, sonrió y repuso:

—Cosette, tú estabas hablando; continúa, háblame más. ¿Con que murió tu petirrojo? ¡Habla, que oiga yo tu voz!

Mario, petrificado, contemplaba al anciano.