LIBRO SEGUNDO
EPONINE
I
El campo de la Alondra
Mario había asistido al inesperado desenlace de la emboscada que había dado á conocer á Javert; pero apenas hubo Javert abandonado la casa, llevándose sus presos en tres coches de alquiler, Mario salió también. No eran más que las nueve de la noche, y se dirigió á casa de Courfeyrac.
Courfeyrac no era ya el imperturbable habitante del barrio latino; se había mudado á la calle de la Vidriería «por razones políticas»; aquel barrio era uno de los que servían entonces de asiento á la Revolución.
Mario dijo á Courfeyrac:
—Vengo á dormir á tu casa.
Courfeyrac sacó uno de los dos colchones de su cama, le extendió en el suelo y dijo:
—Ahí tienes dónde.
Al día siguiente, á las siete de la mañana, Mario volvió á la casucha, pagó el alquiler y lo que debía á la tía Bougón, hizo cargar en un carretón de mano sus libros, su cama, su mesa, su cómoda y sus dos sillas, y se fué sin dejar las señas de su nueva habitación; de modo que, cuando Javert volvió por la mañana para preguntar á Mario sobre los sucesos de la víspera, no encontró más que á la tía Bougón, que le respondió:
—¡Se ha mudado!
La tía Bougón quedó convencida de que Mario era cómplice en parte de los ladrones presos por la noche.
—¿Quién lo hubiera creído?—decía á las porteras del barrio.—¡Un joven que tenía el aire de una señorita!
Mario había tenido dos razones para mudarse tan deprisa.
Primera, por el horror que sentía hacia aquella casa en que había visto de tan cerca, y en todo su desarrollo, lo más repugnante y feroz: una fealdad social más horrible aún que el rico malvado; el malvado pobre.
Segunda, porque no quería figurar en el proceso que se seguiría probablemente, y verse obligado á declarar contra Thénardier.
Javert creyó que el joven, cuyo nombre había olvidado, había tenido miedo y había huido, ó no vuelto quizá aún á su casa en el momento de la emboscada. Hizo, sin embargo, algunos esfuerzos para encontrarle, mas no le dieron resultado.
Pasóse un mes, y luego otro.
Mario seguía en casa de Courfeyrac. Había sabido por un pasante de abogado, visitante habitual de las antesalas de la Audiencia, que Thénardier estaba incomunicado, y mandaba cada lunes, al alcaide de la cárcel de la Fuerza, cinco francos para su mujer.
Mario, no teniendo ya dinero, pedía los cinco francos á Courfeyrac; era la primera vez en su vida que pedía prestado.
Aquellos cinco francos periódicos eran un doble enigma para Courfeyrac que los daba, y para Thénardier que los recibía.
—¿Á quién se los mandará?—pensaba Courfeyrac.
—¿De dónde pueden venirme?—se preguntaba Thénardier.
Mario estaba desconsolado. Todo había vuelto á desaparecer por escotillón.
No veía nada delante de sí; su vida estaba sumergida en aquel misterio, donde vagaba á tientas.
Había visto muy de cerca, durante un momento, en aquella obscuridad, á la joven á quien amaba, al viejo que parecía su padre, á aquellos seres desconocidos que eran su único interés y su única esperanza en este mundo; y en el momento en que había creído poder asirlos, se los había arrebatado un soplo desvaneciéndolos como sombras.
Ni un rayo de certidumbre y de verdad había resultado de aquel choque horrendo. No había coyuntura posible.
No sabía ni aún el nombre que creyó antes saber. Seguramente no era el de Úrsula, y el de la Alondra era un apodo.
¿Y qué pensar del viejo? ¿Se ocultaba, en efecto, de la policía?
El obrero de cabellos blancos que Mario había encontrado en las cercanías de los Inválidos, se le venía á la memoria. Antes le había confundido su aparición hasta dudar de ella; pero ahora era probable que este obrero y el señor Leblanc fuesen la misma persona. ¿Se disfrazaba, pues?
Aquel hombre tenía su parte heroica y su parte dudosa. ¿Por qué no había gritado en su auxilio? ¿Por qué había huido? ¿Era el padre de la joven? ¿Era realmente el hombre que Thénardier había creído conocer? ¿Podía haberse equivocado Thénardier?
Estas preguntas eran otros tantos problemas sin resolución. Pero nada de esto amenguaba los encantos angelicales de la joven del Luxemburgo.
¡Punzadora desgracia! Mario sentía apasionado su corazón, y anublados sus ojos. Se veía impulsado y atraído, y no podía moverse; todo se había desvanecido, excepto el amor, y aún del amor mismo había perdido los instintos y las iluminaciones súbitas.
Ordinariamente, esa llama que nos quema nos alumbra también un poco, dándonos cierta claridad útil exteriormente.
Estos sordos consejos de la pasión, Mario no los escuchaba ya; nunca se decía: ¿Si yo fuese allí? ¿Si probase á hacer esto?
Aquella joven, á quien no podía ya llamar Úrsula, estaba evidentemente en alguna parte; pero nada indicaba á Mario por qué lado debía buscarla.
Toda su vida se resumía á la sazón en dos palabras; una incertidumbre absoluta en una bruma impenetrable.
Aspiraba siempre á volver á verla; pero ya no lo esperaba.
Para colmo de desgracia volvía á visitarle la miseria; sentía ya cerca de sí, por detrás, un soplo glacial.
Durante estos tormentos, y desde hacía algún tiempo, había abandonado su trabajo; y nada es más peligroso que la interrupción del trabajo; es una costumbre que se pierde. Costumbre fácil de perder y difícil de adquirir nuevamente.
Cierta cantidad de meditación fantástica es buena, como á narcótico y en discreta dosis; adormece alguna vez las fiebres dolorosas de la inteligencia que trabaja, y produciendo en el espíritu un vapor suave y fresco, que corrije los contornos demasiado ásperos del pensamiento puro, llena aquí y allá vacíos é intervalos, une las masas y difunde los ángulos de las ideas.
Pero mucha cantidad de esos ensueños fantásticos sumerge y ahoga.
¡Desgraciado el obrero de espíritu que se deja caer por entero desde el pensamiento á semejante ensueño! Cree que volverá á subir fácilmente, y se dice que al fin y al cabo es lo mismo pensar que soñar. ¡Error!
El pensamiento es el trabajo de la inteligencia; la meditación fantástica es la voluptuosidad. Reemplazar aquel por ésta, es confundir un veneno con un alimento.
Recuérdese que Mario había empezado por ahí. Había sobrevivido la pasión y acabado de precipitarle en las quimeras sin objeto y sin fondo.
No salía de casa sino para soñar. Costumbre perezosa, abismo tenebroso y malsano.
Á medida que el trabajo disminuía, las necesidades crecían. Esto es una ley.
El hombre en el estado de meditación, es naturalmente pródigo y muelle: el espíritu espaciado no puede tener una vida concreta. Hay en este modo de vivir una mezcla de bien y de mal, porque si la molicie es funesta, la generosidad es sana y buena. Pero el hombre pobre, generoso y noble que no trabaja, está perdido; se le agotan los recursos, y surgen las necesidades.
Pendiente fatal, en que los más honrados y firmes son arrastrados como los más débiles y viciosos, y que llega á uno de estos dos abismos el suicidio ó el crimen.
Á fuerza de salir para ir á meditar, llega un día en que se sale para tirarse al agua.
El exceso de meditación crea los Escousse y los Lebrás.
Mario bajaba esta pendiente á paso lento, fijos los ojos en aquella á quien ya no veía.
Lo que acabamos de decir parece extraño, y es sin embargo verdadero.
El recuerdo de un ser ausente se ilumina en las tinieblas del corazón, y cuanto más completamente va desapareciendo, más brilla: el alma desesperada y obscura ve esta luz en su horizonte como una estrella nocturna interior.
Todo el pensamiento de Mario era ella, no pensaba en otra cosa; conocía confusamente que su traje viejo se quedaba inservible, que su traje nuevo se hacía viejo, que sus camisas se gastaban, que se rozaba su sombrero, que se descosían sus botas; es decir, que se agotaba su vida; y decía: «¡Si pudiese verla solamente antes de morir!».
Sólo una idea grata le quedaba: que ella le había amado, que su mirada se lo había dicho, que ella no sabía su nombre; pera conocía su alma, y tal vez en el lugar en que estaba, por más que pudiese ser misterioso, le amaba todavía.
¿Quién sabe si ella pensaba en él, como él en ella?
Á veces, en esas horas inexplicables que tiene todo corazón que ama, no encontrando más que razones dolorosas, y sintiendo, sin embargo, un temblor desconocido de alegría, decíase: «Estos son sus pensamientos que vienen á mí». Y después añadía: «Mis pensamientos llegarán á ella tal vez del mismo modo».
Esta ilusión que Mario deshacía enseguida, conseguía sin embargo infundir en su alma rayos de luz, que se asemejaban alguna vez á la esperanza.
De cuando en cuando, sobre todo á esa hora de la noche que más entristece á los pensadores fantásticos, estampaba sobre un cuaderno, en que no había sino esto, lo más puro, lo más impersonal, lo más ideal de los sueños, con que el amor llenaba su cerebro; á esto llamaba él «escribirle».
Pero no debe creerse que su razón estaba desordenada. Al contrario, había perdido la facultad de trabajar y de moverse con firmeza hacia un fin determinado; pero tenía más que nunca perspicacia y rectitud.
Mario seguía viendo con luz clara y real, aunque singular, lo que pasaba á su vista, incluso los hechos ó los hombres más indiferentes; en todo adivinaba la verdad con una especie de abatimiento noble y desinteresadamente cándido. Su juicio, casi desprendido de la esperanza, se mantenía elevado y dominaba.
En esta situación de ánimo, nada se le escapaba, nada le engañaba, y descubría á cada instante el fondo de la vida, de la humanidad y del destino.
¡Dichoso, aun en medio del dolor, aquel á quien Dios ha dado un alma digna del amor y del infortunio! El que no ha visto las cosas de este mundo y el corazón de los hombres á esta doble luz, no ha visto nada verdadero ni sabe nada.
El alma que ama y padece, se encuentra en un estado sublime.
Por lo demás, sucedíanse los días, y nada nuevo se presentaba; parecíale solamente que el espacio sombrío que debía atravesar se iba limitando á cada momento, y creía entrever ya distintamente el borde del principio sin fondo.
—¡Qué!—se decía.—¿No volveré á verla?
Cuando se sube la calle de Santiago y se deja á un lado la barrera, siguiendo luego un poco á la izquierda el antiguo boulevard interior, se llega á la calle de la Salud, después á la de Glacière, y poco antes de llegar al arroyo de los Gobelinos, se encuentra una explanada, que es en toda la ronda larga y monótona de las tapias de París, el único sitio donde el pintor Ruysdael se atrevería á sentarse.
No se sabe ciertamente cómo definir la gracia que de él se desprende; un prado verde atravesado de cuerdas tendidas, en que secan al aire algunos pingajos; una quinta edificada en tiempo de Luis XIII, con su gran empizarrado interpolado de buhardillas; empalizadas rotas, un poco de agua que corre entre algunos álamos; mujeres, risas y voces; en el horizonte el Panteón, el árbol de los Sordo Mudos, el Val de Grâce, negro, achaparrado, fantástico, divertido, magnífico, y en el fondo el severo remate cuadrado de las torres de Nuestra Señora.
Como aquel sitio no vale la pena de ser visto, nadie le visita. Apenas le atraviesa cada cuarto de hora una carreta ó un traginero.
Llegó un día que los paseos solitarios de Mario le llevaron á este terreno cerca de aquel arroyuelo. En tal día hubo una rareza en el boulevard, un transeúnte.
Mario, gratamente sorprendido por el encanto casi salvaje del sitio, preguntó al transeúnte:
—¿Cómo se llama este sitio?
El transeúnte respondió:
—El campo de la Alondra.
Y añadió:
—Aquí fué donde Ulbach mató á la pastora de Ivry.
Pero después de la palabra Alondra, Mario no había oído nada más.
En el estado de ensueño hay congelaciones súbitas que produce una sola palabra. Todo el pensamiento se condensa bruscamente alrededor de una idea, y no es ya capaz de ninguna otra percepción.
La Alondra era el nombre que en las profundidades de la melancolía de Mario había reemplazado á Úrsula.
—¡Toma!—dijo en el estupor irracional propio de esos apartes misteriosos.—Este es su campo. Aquí sabré dónde vive.
Aquello era absurdo, pero irresistible.
Y desde entonces fué todos los días al campo de la Alondra.
II
Formación embrionaria de los crímenes en la incubación
de las cárceles
El triunfo de Javert en la casucha de Cuervo había parecido completo, pero no lo había sido.
En primer lugar, y ésta era su principal inquietud, Javert no había encontrado al preso.
El asesinado que se evade es más sospechoso que el asesino; y es probable que este personaje, tan preciosa captura para los bandidos, no hubiera sido peor presa para la autoridad.
Además, Montparnasse se había escapado de Javert; era preciso esperar otra ocasión para echar la garra á aquel «lechuguino endiablado».
En efecto; había encontrado Montparnasse á Eponina, que estaba acechando bajo los árboles de la alameda, se había ido con ella, prefiriendo ser Nemorino con la hija, á ser Schinderhanes con el padre.
Y lo había acertado, porque estaba libre.
En cuanto á Eponina, Javert la había hecho «trincar», lo que era un mediano consuelo, enviándola á hacer compañía á Azelma en las Magdalenas.
En fin, en el trayecto de la casucha de Cuervo á la cárcel de la Fuerza, uno de los principales presos, Claquesous, se había perdido.
Nadie sabía cómo había sucedido esto; los agentes y los polizontes «no comprendían nada».
Se había convertido en humo, se había deslizado por entre las cuerdas, se había escapado por las rendijas del carruaje, que estaba roto, y había huido.
No sabían qué decir, sino que, al llegar á la cárcel, Claquesous había desaparecido.
Había en ello algo de magia ó de policía.
¿Se había derretido Claquesous en las tinieblas, como un copo de nieve en el agua?
¿Había habido connivencia con los agentes?
¿Pertenecía este hombre al doble enigma del desorden y del orden público?
¿Era concéntrico en sus evoluciones á la infracción y á la represión?
¿Tenía esta esfinge las manos en el crimen y los pies en la autoridad?
Javert no aceptaba estas combinaciones, y se hubiera enfurecido ante tales compromisos; pero en su ronda había otros inspectores más iniciados quizá que él, á pesar de ser subordinados suyos, en secretos de la prefectura, y Claquesous era tan malvado, que podía ser un buen agente de policía.
Estar en relaciones tan íntimas de escamoteo con la noche, es cosa excelente para el bandolerismo y admirable para la policía. Hay, en efecto, bribones de esa especie de dos filos.
Pero fuese lo que fuere, lo cierto es que Claquesous extraviado no fué vuelto á encontrar.
Javert pareció más irritado que asombrado.
En cuanto á Mario, «ese pazguato de abogado que había tenido miedo probablemente», y cuyo nombre había olvidado Javert, era poco importante. Por otra parte, á un abogado se le halla siempre. Pero, ¿era siquiera abogado?
Había empezado la sumaria.
El juez que la instruía había creído conveniente no poner incomunicado á uno de los hombres de la banda de Patrón Minette, esperando que cantase. Este hombre era Brujón, el cabelludo de la calle del Petit-Banquier. Se le había dejado suelto en el patio de Carlomagno, sin que se apartasen de él un momento los ojos de los vigilantes.
Este nombre de Brujón es uno de los recuerdos de la cárcel de la Fuerza.
En el patio repugnante, llamado por el vulgo el Edificio Nuevo, por la Administración el patio de San Bernardo, y por los ladrones la cueva de los Leones, sobre aquella tapia cubierta de escamas y de lepra, que subía por la izquierda hasta la altura de los tejados, cerca de una puerta vieja de hierro, enmohecida ya, que conducía á la antigua capilla del palacio ducal de la Fuerza, convertida en dormitorio de bandidos, se veía aún hace doce años una especie de castillo, groseramente dibujado en la piedra con la punta de un clavo, y debajo esta firma:
BRUJÓN, 1811
El Brujón de 1811 era el padre del Brujón de 1832.
Este último, á quien apenas hemos podido entrever en la emboscada de la casucha de Cuervo, era un zagalón muy astuto y muy listo, de aspecto encogido y lastimero.
Á causa de aquel aspecto entrecortado le había escogido el juez, creyéndole más útil en el patio de Carlomagno, que incomunicado en el calabozo.
Los ladrones no interrumpen el ejercicio de su profesión, aunque estén en manos de la justicia.
No se incomodan por tan poca cosa, y estar preso por un crimen no impide comenzar otro crimen; son como los artistas que tienen un cuadro en la exposición, y no por esto dejan de trabajar, en alguna obra nueva en su taller.
Brujón aparentaba haberse quedado estupefacto con la prisión.
Se le veía muchas veces horas enteras en el patio de Carlomagno, de pie, cerca del tragaluz del cantinero, contemplando como un idiota la sórdida lista de los precios de la cantina, que empezaba:
Ajos, 62 sueldos. Y concluía: Cigarros cinco sueldos. Ó se pasaba el tiempo tiritando, rechinando los dientes, diciendo que tenía calentura, y preguntando si estaba vacante alguna de las veintiocho camas de la sala de los calenturientos.
De pronto, hacia la segunda quincena de febrero de 1832, se supo que Brujón el atontado había mandado hacer á los mozos de la cárcel, no bajo su nombre, sino bajo el nombre de tres de sus camaradas, tres comisiones distintas, las cuales le habían costado en total cincuenta sueldos, gasto exorbitante, que llamó la atención del inspector de la cárcel.
Hiciéronse averiguaciones y consultando la tarifa de encargos clavada en la pared de la sala de los detenidos, se llegó á saber que los cincuenta sueldos se descomponían así: tres encargos; uno al Panteón, diez sueldos; otro, á Val de Grâce, quince sueldos; y otro á la barrera de Grenelle, veinticinco sueldos. Este último era el precio más alto de la tarifa.
Ahora bien: precisamente en el Panteón, en Val de Grâce, y de la barrera de Grenelle estaban los domicilios de los tres rateros más temibles de la ronda: Kruideniers, llamado Bizarro, Glorieux, presidiario cumplido, y Barre Carrosse, sobre quienes se dirigió por este incidente la mirada de la policía.
Creyóse adivinar que estos hombres estaban afiliados á la banda de Patrón-Minette, de la cual habían sido puestos á la sombra los dos jefes Babet y Gueulemer.
Supúsose que los recados de Brujón, enviados, no á una casa, sino á personas que esperaban en la calle, debían ser avisos para algún crimen tramado.
Había además otros indicios; echóse la garra á los tres vagos y se creyó haber desvanecido la maquinación de Brujón, cualquiera que fuese.
Como una semana después de tomar esas medidas, una noche, un vigilante de ronda que recorría el dormitorio inferior del Edificio Nuevo, al tiempo de echar en el buzón de contraseñas su contraseña, es decir, la pieza de metal con su número, que sirve para indicar que el inspector cumple el servicio exactamente, de modo que cada hora cae en los buzones de las puertas de los dormitorios una contraseña; un inspector, decimos, vió por la rejilla del dormitorio á Brujón sentado, escribiendo algo en la cama á la luz de la lámpara.
El inspector entró; encerróse á Brujón durante un mes en un calabozo, pero no se le pudo coger lo que había escrito.
La policía no supo más.
Lo cierto es que al día siguiente, tiraron un postillón desde el patio de Carlomagno al Foso de los Leones, por encima del edificio de cinco pisos que separaba los dos patios.
Los presos llaman postillón á una bolita de pan artísticamente amasada, que se envía á Irlanda, es decir, por encima de los tejados de la cárcel de un patio á otro. (Etimología: por encima de Inglaterra, de una tierra á otra, á Irlanda).
Al caer, pues, la bolita en el patio, el que la recoge la abre, y encuentra un billete dirigido á algún preso de los de allí. Si en efecto es un preso el que la coge, le da su destino, y si es un carcelero ó uno de los presos secretamente vendidos, que se llaman «borregos» en las cárceles, y «zorros» en los presidios, el billete es llevado á la alcaldía, y luego á la policía.
Esta vez el billete llegó á su destino, aunque en aquel momento el que debía recibirle estaba en el apartado; era nada menos que Babet, uno de los cuatro jefes de Patrón Minette.
El postillón contenía un papel arrollado, en el cual estaban escritas estas dos líneas:
—Babet. Se puede hacer negocio en la calle Plumet. Una verja en un jardín.—Esto era lo que había escrito Brujón durante la noche.
Á pesar de los registradores y registradoras, Babet encontró medio de hacer llegar el billete desde la Fuerza á la Salpetrière á una «buena amiga» que allí tenía, y que estaba encerrada.
Ésta á su vez trasmitió el billete á otra conocida suya, á una tal Magnon, muy vigilada por la policía, pero no presa aún.
Esta Magnon, cuyo nombre ha visto ya el lector, tenía con los Thénardier relaciones que explicaremos más adelante, y podía yendo á ver á Eponina, servir de puente entre la Salpetrière y las Magdalenas.
Pero sucedió precisamente en aquel momento, que faltando pruebas en la sumaria formada contra Thénardier respecto á sus hijas Eponina y Azelma, fueron éstas puestas en libertad.
Cuando Eponina salió, la Magnon, que la esperaba á la puerta de las Magdalenas, le dió el billete de Brujón á Babet, encargándole que alumbrase el negocio.
Eponina fué á la calle Plumet, reconoció la verja y el jardín, observó la casa, espió, acechó, y algunos días después llevó á Magnon, que vivía en la calle Clocheperce, un bizcocho, que Magnon trasmitió á la querida de Babet en la Salpetrière.
Un bizcocho en el tenebroso simbolismo de las prisiones, significa: no hay nada que hacer.
Tan bien salió todo, que menos de una semana después, Babet y Brujón, al encontrarse en el camino de ronda de la Fuerza, yendo uno «á la instrucción» y viniendo el otro de la misma:
—Y bien,—preguntó Brujón,—¿la calle P?
—Bizcocho,—responde Babet.
Así abortó este feto de crimen, engendrado por Brujón en la Fuerza.
Este aborto tuvo, sin embargo, consecuencias completamente extrañas al proyecto de Brujón, que ya se verán.
Muchas veces se cree uno anudar un hilo, y ata otro.
III
La aparición del señor Mabeuf
Mario no iba á ver á nadie; solamente algunas veces solía encontrar al señor Mabeuf.
Mientras Mario descendía gravemente por estos lúgubres peldaños, que podrían llamarse la escalera de las cuevas y de los lugares sin luz, donde se oye á los dichosos caminar por encima, el señor Mabeuf por su parte descendía también.
La Flora de Cautereiz no se vendía ya absolutamente.
Los experimentos sobre el añil no habían dado resultado ninguno en el pequeño jardín de Austerlitz, que estaba mal situado; allí sólo podía cultivar algunas plantas raras que necesitan humedad y sombra. Pero no por esto se desanimaba.
Había podido lograr un rincón de tierra en el Jardín Botánico, bien situado para hacer «á su costa» los ensayos sobre el añil, para lo cual había llevado las láminas de su Flora al Monte de Piedad.
Había reducido su almuerzo á dos huevos, y dejaba uno de ellos á su vieja criada, á quien no había pagado el salario hacía quince meses. Muchas veces, su almuerzo era su única comida.
Ya no se reía con su natural risa infantil; se había vuelto huraño, y no recibía visitas.
Mario hacía muy bien en no ir á verle.
Algunas veces, á la hora en que el señor Mabeuf iba al Jardín Botánico, se encontraban el viejo y el joven en el boulevard del Hospital; no se hablaban; solamente se saludaban tristemente con la cabeza.
¡Triste cosa por cierto! Hay momentos en que la miseria rompe hasta la amistad. Antes eran dos amigos; ahora eran dos transeúntes.
El librero Royol había muerto.
El señor Mabeuf no conocía más que sus libros, su jardín y su añil: éstas eran las tres formas que había tomado para él la felicidad, el placer y la esperanza; esto le bastaba para vivir, y se decía: «Cuando haya hecho mis bolitas azules seré rico; sacaré mis láminas del Monte de Piedad, volverá á estar de moda mi Flora con el charlatanismo, pondré anuncios en los periódicos, y compraré, ya sé yo dónde, un ejemplar del Arte de navegar, de Pedro Medina, con grabados en madera, edición de 1559».
Entretanto trabajaba todo el día en su sembrado de añil, y por la noche volvía á su casa para regar el jardín y leer sus libros.
El señor Mabeuf contaba entonces muy cerca de los ochenta años.
Una noche tuvo una singular aparición.
Había vuelto á su casa mucho antes de anochecer. La tía Plutarco, cuya salud se quebrantaba, estaba enferma y acostada.
El señor Mabeuf había comido un poco de carne, que quedaba sin roer de un hueso, y un pedazo de pan que había encontrado en la mesa de la cocina, y estaba sentado en un recantón tumbado, que le servía de banco, en el jardín.
Junto á este banco había, según la moda de los antiguos huertos, una especie de cajón alto, hecho de listones y tablas muy estropeadas ya, que era jaula de conejos en la parte inferior y frutero en la superior.
No tenía conejos en la jaula; pero aún conservaba algunas manzanas en el frutero, restos de la provisión del invierno.
Se había puesto á hojear y á leer, con ayuda de los anteojos, dos libros de los que estaba apasionado y que, cosa rara á su edad, le tenían pensativo.
Su natural timidez le hacía á propósito para aceptar ciertas supersticiones.
El primero de estos libros era el famoso tratado del presidente Delancre:
De la inconstancia de los demonios.
El otro, que era un volumen en cuarto de Mutor de la Rubaudière:
Sobre los diablos de Vauvert y los gobelinos de la Bièvre.
Este último librote le interesaba tanto más cuanto que su jardín había sido uno de los sitios antiguamente frecuentados por los gobelinos.
El crepúsculo empezaba á blanquear los objetos más elevados, y á ennegrecer los que están bajos.
Al propio tiempo que leía mirando por encima del libro que tenía en la mano, el señor Mabeuf contemplaba sus plantas, y entre otras, un rododendro magnífico, que era uno de sus encantos.
Los cuatro días últimos de bochorno, de viento y de sol, sin una gota de lluvia, habían hecho encorvar sus tallos, inclinarse los botones y caer las hojas.
Era preciso regar; el rododendro, sobre todo, estaba triste.
Mabeuf era de esos hombres para quienes las plantas tienen alma.
El anciano había trabajado todo el día en su sembrado de añil, y estaba rendido de cansancio; se levantó, sin embargo, dejó los libros en el banco, y se dirigió encorvado y con vacilante paso al pozo; pero cuando cogió la soga no pudo ni aún tirar para desengancharla.
Entonces se volvió dirigiendo una triste mirada al cielo que se iba cubriendo de estrellas.
La noche tenía esa serenidad que disminuye los dolores del hombre bajo una alegría lúgubre, eterna y desconocida, y anunciaba que iba á ser tan árida como el día.
—¡Estrellas por todas partes!—pensaba el anciano.—¡Ni una pequeña nube! ¡Ni una lágrima de agua!
Y dejó caer la cabeza sobre el pecho que había levantado un momento. Luego volvió á levantarla, y miró al cielo, murmurando:
—¡Una lágrima de rocío! ¡Un poco de piedad!
Trató de nuevo de desenganchar la soga del pozo, pero no pudo.
En aquel momento oyó una voz que decía:
—Señor Mabeuf, ¿queréis que os riegue yo el jardín?
Y al mismo tiempo sintió como el ruido de un animal salvaje que corre, viendo salir de entre los matorrales una especie de muchacha demacrada, que se puso delante de él mirándole desenvueltamente. Parecía, más que un ser humano, un aborto del crepúsculo.
Antes que Mabeuf, que se asustaba fácilmente, hubiese vuelto de su asombro, aquel ser, cuyos movimientos tenían en la obscuridad cierto atrevido desenfado, había desenganchado ya la soga, sumergido y sacado el cubo, y llenado la regadera.
El buen hombre veía esta aparición que llevaba los pies desnudos y un zagalejo completamente destrozado; veía, decimos, cómo corría por las calles del jardín derramando la vida á su alrededor. El ruido de la regadera en las hojas encantaba al señor Mabeuf. Le parecía que el rododendro era ya feliz.
Vaciado el primer cubo, la muchacha sacó otro, y después un tercero; así regó todo el jardín.
Andando así por entre los árboles en que aparecía su perfil enteramente negro, agitando sobre sus largos y angulosos brazos su desgarrada pañoleta, tenía cierto aspecto de murciélago.
Cuando hubo acabado, se aproximó á ella el señor Mabeuf con lágrimas en los ojos y le puso la mano en la frente:
—Dios te bendiga,—dijo;—eres un ángel, pues tienes cuidado de las flores.
—No,—respondió ella;—soy el diablo, pero es igual.
El anciano exclamó sin esperar ni oir la respuesta:
—¡Qué lástima que yo sea tan desgraciado y pobre, que no pueda hacer nada por ti!
—Algo podríais hacer,—dijo ella.
—¿Qué?
—Decirme dónde vive el señor Mario.
El viejo no entendió.
—¿Qué Mario?
Y alzó su vidriosa mirada como buscando algo que hubiera desaparecido.
—Un joven que venía aquí hace algún tiempo.
El señor Mabeuf había ya hecho memoria, y contestó:
—¡Ah! sí... Ya sé lo que quieres decir. ¡Espera! Mario... el barón Mario de Pontmercy. ¡Pardiez! Vive... ó por mejor decir, no vive ya... Vaya, no sé.
Y así diciendo, se había encorvado para sujetar una rama del rododendro.
—Espera,—continuó;—ahora me acuerdo. Pasea mucho el boulevard, por la parte de la Glacière, calle Croulebarbe, Campo de la Alondra. Si vas por allí, no será difícil que le encuentres.
Cuando Mabeuf se enderezó ya no había nadie; la muchacha había desaparecido.
Entonces tuvo miedo de veras.
—Por cierto,—dijo,—que si no viese el jardín regado, creería que había sido un espíritu.
Una hora después, al acostarse, volvió á pensar en ello, y al dormirse, en ese momento confuso en que el pensamiento, como el pájaro de la fábula que se convierte en pez para pasar el mar, toma poco á poco la forma del desvanecimiento para atravesar el sueño, decíase á sí mismo confusamente:
—En verdad que esto se parece mucho á lo que Rubaudière cuenta de los gobelinos. ¿Habrá sido uno de ellos?
IV
Aparición de Mario
Algunos días después de aquella visita de un «espíritu» al señor Mabeuf, llegó la mañana de un lunes del día en que Mario pedía á Courfeyrac cinco francos para Thénardier.
Mario se había guardado la moneda en el bolsillo, y antes de llevársela al carcelero había ido «á pasearse un poco», esperando tener ganas de trabajar á la vuelta. Era lo que hacía siempre.
En cuanto se levantaba sentábase delante de un libro y una hoja de papel para concluir alguna traducción; tenía entonces que hacer la versión al francés de una célebre querella entre alemanes, la controversia de Gans y de Savigny.
Cogía á Gans, cogía después á Savigny; leía cuatro líneas, trataba de escribir una, y no podía; veía una estrella entre sus ojos y el papel, y se levantaba de la silla, diciendo:
—Voy á salir. Esto me encauzará.
Y se iba al campo de la Alondra.
Allí veía aún más la estrella y mucho menos á Savigny y Gans.
Volvía á su casa, trataba de reanudar el trabajo, y no lo conseguía; no podía coger un solo cabo de los hilos rotos de su cerebro. Entonces decía:
—Mañana no salgo, porque así no se puede trabajar.
Y no obstante salía todos los días.
Vivía en el Campo de la Alondra más que en casa de Courfeyrac. Sus señas eran verdaderamente éstas: Alameda de la Salud, séptimo árbol, después de la calle Croulebarbe.
La mañana de que venimos hablando había abandonado el árbol y se había sentado en el parapeto del arroyuelo de los Gobelinos.
Un sol alegre penetraba por entre las brillantes hojas recién abiertas.
Pensaba en «Ella», y su pensamiento, convirtiéndose en reconvención, recaía sobre él; pensaba dolorosamente en la pereza, parálisis del alma, que se apoderaba de él, y en aquella noche, cuyas tinieblas se aumentaban por momentos ante su vista, hasta el punto de que ya no veía ni aún el sol.
Sin embargo, al través de este penoso desprendimiento de ideas diversas que no eran un monólogo; tanto se debilitaba en él la actividad, y tan escasa era su fuerza, que ni aún para desconsolarse le bastaba; al través de esa absorción melancólica le llegaban las sensaciones del exterior.
Oía detrás de sí, debajo de sí, en ambas orillas del arroyo, batir la ropa á las lavanderas de los Gobelinos y encima de su cabeza cantar los pájaros en los olmos.
Por un lado, el ruido de la libertad, del descuido feliz, del placer alado; por otro, el rumor del trabajo. Estos dos ruidos le parecían alegres, lo cual le hacía pensar profundamente, y casi reflexionar.
De repente, en medio del éxtasis que le dominaba, oyó una voz conocida, que decía:
—¡Toma! ¡Ahí está!
Levantó los ojos, y reconoció á aquella infeliz criatura que había ido una mañana á su casa, la mayor de las hijas de Thénardier, Eponina, puesto que ya sabía cómo se llamaba.
Cosa rara; estaba empobrecida y embellecida; dos pasos que parecía imposible que pudiera darlos, y sin embargo, había realizado ese doble progreso hacia la luz y hacia la desgracia.
Llevaba descalzos los pies, é iba vestida de harapos como el día que había entrado tan resueltamente en su cuarto; solamente que sus harapos tenían dos meses más; los agujeros eran mayores, y los andrajos más miserables.
Tenía la misma voz ronca, la misma frente atezada y arrugada por el aire, la misma mirada suelta, extraviada y vacilante.
Además, tenía en la fisonomía ese algo atónito y lastimero, sello particular que añade el sello de la cárcel á la miseria.
Tenía algunos restos de paja y de heno entre los cabellos, no como Ofelia por haberse vuelto loca con el contagio de la locura de Hamlet, sino porque había dormido en algún pajar.
Y á pesar de todo era hermosa. ¡Cómo eres radiante, oh juventud!
Se había parado delante de Mario con cierta alegría en su lívido rostro, y como sonriendo.
Permaneció algunos instantes como si no pudiese hablar.
—¡Por fin os he encontrado!—dijo.—Tenía razón el señor Mabeuf, ¡en este boulevard! ¡Cuánto os he buscado! ¡Si supierais! ¿Lo sabéis? He estado en la cárcel. ¡Quince días! Ya me han soltado viendo que no había nada contra mí. Además, no tenía edad de discernimiento; me faltan dos meses. ¡Oh, cómo os he buscado desde hace seis semanas. ¿Ya no vivís allí?
—No, dijo Mario.
—¡Oh! Ya comprendo. Por aquello. Son muy desagradables esos lances. Os habéis mudado. ¡Calle! ¿Y por qué lleváis ese sombrero tan viejo? Un joven como vos debería llevar un buen traje. ¿No lo sabéis, señor Mario? El señor Mabeuf os llama el barón Mario de no sé cuántos. ¿Verdad que no sois barón? Los varones son viejos, van al Luxemburgo, delante del palacio, donde hay más sol y leen La Cotidiana por un céntimo. Yo estuve una vez á llevar una carta á casa de un barón así. Tenía más de cien años. Decid: ¿dónde vivís ahora?
Mario no respondió.
—¡Ah!—continuó ella.—Lleváis rota la camisa. Será menester que os la cosa.
Y añadió con acento cada vez más sombrío:
—Parece que no os alegra mucho el verme.
Mario callaba; ella guardó silencio por un momento, y después exclamó:
—Y sin embargo, si quisiera os obligaría á estar contento.
—¡Cómo!—preguntó Mario.—¿Qué queréis decir?
—¡Ah! ¡Antes me llamabais de tú!
—Pues bien: ¿qué quieres decir?
Eponina se mordió el labio; parecía dudar como presa de una lucha interior; por fin, pareció decidirse.
—Tanto peor; es igual. Tenéis el aire triste, y quiero que estéis contento. Prometedme solamente que os reiréis. Quiero veros reir y deciros: «¡Bien, así me gusta!». ¡Pobre señor Mario! Ya sabéis que prometisteis darme todo lo que yo quisiera.
—¡Sí, pero habla de una vez!
Ella miró á Mario fijamente á los ojos, y le dijo:
—¡Sé la dirección!
Mario se puso pálido. Toda su sangre refluyó al corazón.
—¿Qué dirección?
—La que me mandasteis averiguar.
Y añadió como haciendo un esfuerzo.
—Las señas... ya sabéis.
—¡Sí!—balbuceó Mario.
—¡De la señorita!
Y al pronunciar esta palabra, suspiró ella profundamente.
Mario saltó del parapeto en que estaba sentado, y le tomó violentamente la mano.
—¡Pues bien! ¡Llévame! ¡Dime! ¡Pídeme todo lo que quieras! ¿Dónde es?
—Venid conmigo,—respondió ella.—No sé bien la calle ni el número; es al otro extremo, pero conozco bien la casa; voy á enseñárosla.
Retiró entonces la mano, y dijo con un tono que habría desgarrado el corazón de un observador, pero que no llamó la atención de Mario, embriagado y conmovido:
—¡Ah! ¡Qué contento estáis ahora!
Una nube cruzó la frente de Mario.
—¡Júrame una cosa!—dijo, cogiendo á Eponina del brazo.
—¡Jurar!—dijo ella.—¿Qué quiere decir eso? ¡Calle! ¿Queréis que jure?
Y se echó á reir.
—¡Tu padre! ¡Prométeme, Eponina; júrame que no dirás á tu padre esas señas!
Eponina se volvió asombrada hacia él.
—¡Eponina! ¿Cómo sabéis que me llamo Eponina?
—¡Prométeme lo que te digo!
Ella parecía no oir.
—¡Es gracioso! ¡Me habéis llamado Eponina!
Mario le cogió los dos brazos á la vez.
—¡Pero respóndeme en nombre del cielo! ¡Atiende á lo que te digo; júrame que no dirás esas señas á tu padre!
—¡Mi padre! ¡Ah, sí, mi padre! No temáis. Está incomunicado. Y además, ¿me ocupo yo para algo de mi padre?
—¡Pero no me lo prometes!—exclamó Mario.
—¡Pero soltadme!—dijo ella, echándose á reir.—¡Cómo me zarandeáis! ¡Sí, sí; os lo prometo! ¡Os lo juro! ¡Qué me importa eso! No diré las señas á mi padre. ¿Os acomoda así?
—Ni á nadie,—prorrumpió Mario.
—Ni á nadie.
—Ahora llévame,—dijo él.
—¿Enseguida?
—Enseguida.
—Venid... ¡Oh, qué contento va!—dijo la muchacha.
Á los pocos pasos se detuvo.
—Me seguís muy de cerca, señor Mario. Dejadme ir adelante, y seguidme como si tal cosa. No hay necesidad de que se vea á un joven como vos junto á una mujer como yo.
No hay lengua que pueda expresar todo lo que encerraba esta palabra, mujer, pronunciada por aquella criatura.
Dió unos diez pasos, y volvió á pararse; Mario la alcanzó.
Dirigióle ella la palabra al soslayo y sin volver la cabeza.
—Á propósito: ¿recordáis que me prometisteis algo?
Mario registró el bolsillo. No poseía en este mundo más que los cinco francos destinados á Thénardier; los sacó, y los puso en la mano de Eponina.
Ella abrió los dedos, dejó caer la moneda al suelo, y mirando fijamente á Mario con aire sombrío:
—No es vuestro dinero lo que quiero,—dijo.