LIBRO TERCERO
LA CASA DE LA CALLE DE PLUMET
I
La casa del secreto
Hacia mediados del último siglo, un presidente togado del Parlamento de París, tenía una querida, y queriendo ocultarlo, porque en aquella época los grandes señores manifestaban sus queridas, y los pequeños las ocultaban, hizo «una casita» en el arrabal de San Germán, en la calle desierta de Blomet, llamada hoy de Plumet, y no lejos del sitio que se llamaba entonces La lucha de animales.
Se componía dicha casa de un pabellón de un solo piso; tenía dos salas en el bajo, y dos cuartos en el principal; una cocina en aquél, y un gabinete de tocador en éste, y debajo del tejado un granero; este todo precedido de un jardín, con una gran verja que daba á la calle.
El jardín tenía cerca de una fanega de tierra, y era lo único que los transeúntes podían ver; pero por detrás del pabellón había un patio pequeño, y en el fondo una habitación baja, compuesta de dos piezas sobre sótano, especie de secreto destinado á cobijar, en caso necesario, un niño y una nodriza.
Dicha habitación comunicaba por la parte de detrás por medio de una puerta secreta, con un largo pasadizo, empedrado, tortuoso, á cielo abierto, entre dos elevadas tapias; cuyo pasadizo, disimulado con arte prodigioso, y como perdido entre las cercas de los jardines y sembrados á lo largo de sus vueltas y recodos, terminaba en otra puerta, también secreta, que se abría á medio cuarto de legua de allí, casi en otro barrio, á la extremidad solitaria de la calle de Babilonia.
El señor presidente entraba por allí; de tal modo, que aún los que le hubiesen espiado y seguido, y observado que iba todos los días misteriosamente á alguna parte, nadie hubiera sospechado que ir á la calle de Babilonia era ir á la calle de Plumet.
Por medio de hábiles compras de terreno, el ingenioso magistrado había podido hacer este trabajo de camino secreto en sus posesiones, y por consiguiente, sin obstáculo.
Después había dividido en pequeños trozos, para jardines y huertas, los terrenos lindantes con el pasadizo, y los propietarios de estos terrenos creían mirar una pared medianera por ambos lados, y no sospechaban ni aun la existencia de aquella vereda, que serpenteaba entre dos tapias en medio de sus platabandas y vergeles.
Sólo los pájaros veían aquella curiosidad, siendo muy probable que las currucas y gorriones del último siglo charlasen mucho á costa del señor presidente.
El pabellón era de piedra, al estilo de Mansard; artesonado y amueblado al gusto de Watteau; grotesco por dentro y pelucón por fuera; circunvalado de un triple seto de flores. Tenía algo de discreto, de elegante y de solemne, como corresponde al capricho amoroso de un magistrado.
La casa y el pasadizo, que han desaparecido ya, existían aún hace cosa de quince años.
En 1793, un calderero compró la casa para derribarla, pero no habiendo podido pagar los plazos, la nación le declaró insolvente. De modo, que la casa fué la que lo derribó á él.
Quedó después deshabitada, y fué desmoronándose poco á poco como todo edificio á que no comunica la vida la presencia del hombre.
Había continuado amueblada con los antiguos muebles, y siempre anunciada en venta ó alquiler, y las diez ó doce personas que pasaban al año por la calle Plumet eran las únicas que veían ese anuncio en un cartel amarillo é ilegible, colgado de la verja del jardín desde 1810.
Á fines de la Restauración estos transeúntes pudieron notar que había desaparecido el cartel, y que estaban abiertos los postigos del primer piso. En efecto, la casa estaba ocupada; las ventanas tenían «cortinillas», señal de que había una mujer.
En el mes de octubre de 1829 se había presentado un hombre de cierta edad, y había alquilado la casa tal como estaba, incluyendo, por supuesto, la habitación de atrás y el pasadizo que terminaba en la calle de Babilonia.
Había hecho restaurar las aberturas secretas de las dos puertas del dicho pasadizo.
La casa, como acabamos de decir, tenía casi los mismos muebles antiguos que en tiempo del presidente; el nuevo inquilino había mandado hacer algunas reparaciones, poniendo aquí y allí lo que faltaba, adoquines en el patio, baldosas en los suelos, peldaños en la escalera, planchas en los entablados y cristales en las ventanas y, últimamente, se había instalado allí con una jovencita y una criada vieja, sin el menor ruido, más bien como quien se escurre, que como quien entra dentro de su casa.
Los vecinos no chismeaban, por la sencilla razón de que no los había.
Este inquilino silencioso era Juan Valjean, y la joven Cosette.
La criada era una solterona llamada Santos, á quien Juan Valjean había sacado del hospital y de la miseria; era vieja, provinciana y tartamuda; tres cualidades que habían determinado á Juan Valjean á tomarla consigo.
Había alquilado la casa con el nombre del señor Fauchelevent, rentista.
En cuanto llevamos ya referido, el lector habrá tardado menos que Thénardier en reconocer á Juan Valjean.
¿Por qué había abandonado Juan Valjean el convento del Pequeño-Picpus? ¿Qué había pasado?
Nada extraordinario.
El lector recordará que Juan Valjean era feliz en el convento, tan feliz, que su conciencia acabó por alarmarse.
Veía á Cosette diariamente; sentía nacer y desarrollarse en él poco á poco el sentimiento paternal; cubría con su alma aquella niña, y se decía que era suya, que nadie podía quitársela, y que así sería siempre; que Cossette se haría monja, viéndose dulcemente solicitada todos los días, de modo que el convento sería siempre el universo para él y para ella; que él envejecería allí, y ella crecería, y envejecería, y moriría; y por último, ¡consoladora esperanza! que no sería posible ninguna separación.
Pero al propio tiempo que pensaba esto, vino á caer en nuevas perplejidades.
Preguntóse á sí mismo si toda aquella felicidad se componía sólo de su felicidad, ó también de la de otra persona; es decir, de la felicidad de aquella niña de quien se apoderaba, y á la que confiscaba él, viejo ya, las alegrías de la juventud.
¿No era esto un robo?
Decíase que aquella niña tenía derecho á conocer el mundo antes de renunciar á él; que privarla de antemano, y en cierto modo sin consultarla, de todos los goces, bajo el pretexto de salvarla en todas las pruebas, aprovecharse de su ignorancia y aislamiento para hacer germinar en ella una vocación artificial, sería desnaturalizar una criatura humana, y engañar á Dios.
¿Y quién sabe si Cosette reflexionando algún día sobre todo esto, y viéndose monja á su pesar, no llegaría hasta odiarle? Última idea casi egoísta y menos noble que las otras, pero que le era insoportable.
Resolvióse, pues, á abandonar el convento.
Se decidió; conoció, aunque con pesar, que no era necesario, y no tenía objeciones que hacerse.
Cinco años de encierro y de desaparición entre aquellas cuatro paredes habían destruido ó dispersado necesariamente los elementos de temor; podía volver tranquilamente á vivir entre los hombres; había envejecido y estaba muy cambiado. ¿Quién había de conocerle ya?
Y aun en el peor caso, sólo corría peligro por sí mismo, y no tenía derecho para condenar á Cosette al claustro, por la razón de que él había sido condenado á presidio.
Por otra parte, ¿qué es el peligro ante el deber? En fin, nada le impedía ser prudente, y tomar sus precauciones.
En cuanto á la educación de Cosette, estaba casi terminada y completa.
Juan Valjean, después de decidirse, sólo esperó una ocasión; y no tardó ésta en presentarse: el tío Fauchelvent murió.
Juan Valjean pidió audiencia á la reverenda priora, y le dijo que, habiendo recibido á la muerte de su hermano una modesta herencia que le permitía vivir sin trabajar, pensaba dejar el servicio del convento y llevarse á su nieta; pero como no era justo que Cosette, no pronunciando los votos, hubiese sido educada gratis, suplicaba humildemente á la reverenda priora le permitiese ofrecer á la comunidad una suma de cinco mil francos como indemnización de los cinco años que allí había pasado Cosette. Así salió Juan Valjean del convento de la Adoración Perpetua.
Al abandonar aquella casa, llevó en sus brazos, sin querer entregarle á ningún mozo, el baulito cuya llave tenía siempre consigo.
Aquel baulito traía inquieta á Cosette por el olor embalsamado que despedía.
Debemos consignar que el baulito no se separó nunca de él; siempre le tenía en su cuarto. Era lo primero, y alguna vez lo único que trasladó en sus mudanzas.
Cosette se reía, y llamaba al baulito el inseparable, diciendo: «Me da celos».
Juan Valjean, por su parte, no salió al aire libre sin experimentar una profunda ansiedad.
Descubrió la casa de la calle de Plumet, y se quedó con ella; además estaba en posesión del nombre del último Fauchelvent.
Al propio tiempo alquiló otras dos casas en París, con objeto de llamar menos la atención que viviendo siempre en el mismo barrio; de poder ausentarse á la menor inquietud que sintiese, y de no encontrarse desprevenido, como la noche en que se escapó tan milagrosamente de Javert.
Estas otras dos casas eran dos edificios feos y de pobre aspecto, en dos barrios muy separados uno de otro; uno en la calle del Oeste, y otro en la del Hombre-Armado.
Iba de cuando en cuando, ya á la calle del Hombre Armado, ya á la del Oeste, á pasar un mes ó seis semanas con Cosette sin llevarse á la tía Santos.
Le servían los porteros, y pasaba por un rentista de las cercanías que tenía un apeadero en la ciudad.
Aquella gran virtud necesitaba tres domicilios en París para escapar de la policía.
II
Juan Valjean guardia nacional
Por lo demás, y francamente hablando, Juan Valjean vivía en la calle de Plumet, donde había arreglado su existencia del modo siguiente:
Cosette con la criada ocupaba el pabellón, tenía la alcoba principal de entrepaños pintados, el gabinete de molduras doradas, el salón del presidente adornado de tapicería y grandes sillones, y el jardín.
Había mandado colocar en el cuarto de Cosette una cama, con colgadura de damasco antiguo de tres colores, y una hermosa alfombra de Persia, antigua también, comprada en la calle de Figuier Saint-Paul, en casa de la tía Gaucher; y para corregir la severidad de estas magníficas antiguallas de prendería, había combinado con ellas todos los muebles graciosos y elegantes de las jóvenes, el estante, el armarito con libros dorados, el pupitre, la cartera con papel secante, el costurero incrustado de nácar, el neceser sobredorado, y el tocador con servicio de porcelana del Japón.
Grandes cortinajes de damasco de fondo rojo de tres colores, iguales á los de la cama, colgaban sobre las ventanas del primer piso; en el bajo había colgaduras de tapicería.
Durante el invierno estaba la casita de Cosette caldeada de arriba abajo.
Él ocupaba la especie de portería que había en el fondo del patio, con un colchón sobre una cama de tijera, una mesa de madera blanca, dos sillas de paja, un jarro de loza, algunos libros en una tabla, y su predilecta valija en un rincón. Allí nunca había lumbre.
Comía con Cosette, y se ponía pan moreno para él en la mesa.
El día que entró la tía Santos la dijo:
—La señorita es el ama en esta casa.
—¿Y vos, señor?—había replicado la tía Santos estupefacta.
—Yo soy mucho más que el amo, soy su padre.
Cosette en el convento había aprendido la ciencia doméstica, y llevaba la cuenta del gasto que era muy modesto.
Todos los días Juan Valjean sacaba á Cosette á pasear dándole el brazo.
La conducía al Luxemburgo, á la alameda más solitaria, y los domingos á misa, siempre á Santiago de Haut-Pas, porque estaba muy lejos.
Como aquél era un barrio pobrísimo, daba muchas limosnas, y los menesterosos le rodeaban en la iglesia, lo que le había valido el título que Thénardier le había dado al dirigírsele por escrito: Al señor bienhechor de la iglesia de Santiago de Haut-Pas.
Iba gustoso en compañía de Cosette á visitar á los pobres y á los enfermos.
En la casa de la calle de Plumet no entraba ningún extraño; la tía Santos llevaba las provisiones, y Juan Valjean traía por sí mismo el agua de una fuente cercana del boulevard.
Guardaban la leña y el vino en un espacio medio subterráneo, tapizado de conchas, que estaba cerca de la puerta de la calle de Babilonia, y que había servido en otro tiempo de gruta al señor presidente; porque en tiempo de las Locuras y de las Casitas no había amor sin gruta.
En la puerta excusada de la calle de Babilonia había una de esas cajas buzones que sirven para recoger cartas y periódicos; pero como los tres habitantes del pabellón de la calle de Plumet no recibían ni periódicos ni cartas, utilizaban esta caja, mediadora en otro tiempo de amorcillos y confidente de un golilla almibarado, para los avisos del cobrador de contribuciones, y las papeletas de guardia; porque el señor Fauchelvent, rentista, era guardia nacional; no había podido escapar á las apretadas mallas del censo de 1831.
El empadronamiento municipal había llegado en aquella época hasta el convento del Petit Picpus, especie de concha impenetrable y santa, de donde Juan Valjean había salido venerable á los ojos del alcalde del distrito, y por consiguiente digno de montar la guardia.
Juan Valjean se ponía el uniforme y entraba de guardia tres ó cuatro veces al año, y lo hacía con gusto, porque el uniforme era para él un verdadero disfraz que le mezclaba con todo el mundo, dejándole sin embargo solitario.
Juan Valjean acababa de cumplir los sesenta años, edad de la exención legal, pero no aparentaba más de cincuenta; y por otra parte no tenía deseo alguno de librarse de su sargento mayor y andar en discusiones con el conde de Lobau. No tenía estado civil; ocultaba su nombre, ocultaba su edad, ocultaba su identidad, lo ocultaba todo; y, como hemos dicho, era un guardia nacional de buena fe.
Toda su ambición consistía en asemejarse á cualquiera que pagase sus contribuciones.
El ideal de este hombre era, en lo interior, ser ángel, y en el exterior, contribuyente.
Hagamos notar aquí alguna cosa: cuando Juan Valjean salía con Cosette, se vestía como hemos dicho, y parecía un militar retirado.
Cuando salía solo, que era comúnmente por la noche, iba siempre vistiendo blusa y pantalón de obrero y una gorra que le ocultaba el rostro.
¿Era esto precaución ó humildad?
Ambas cosas á la vez.
Cosette estaba acostumbrada ya al aspecto enigmático de su destino, y apenas notaba las rarezas de su querido padre.
En cuanto á la tía Santos, veneraba á Juan Valjean y le parecía bien todo lo que hacía.
Un día el carnicero, que había visto á Juan Valjean, le dijo: «¡Vaya un hombre particular!» Y ella respondió: «Es un santo».
Ni Juan Valjean, ni Cosette, ni la tía Santos entraban ó salían más que por la puerta de la calle de Babilonia; de modo que á no verlos por la verja del jardín, era difícil adivinar que vivían en la calle de Plumet.
Esta verja estaba siempre cerrada, y Juan Valjean había dejado inculto el jardín para que no llamase la atención.
Pero en esto tal vez se engañaba.
III
Foliis ac Frondibus
Aquel jardín, completamente abandonado hacía más de medio siglo, había llegado á ser extraordinario y hermoso.
Los transeúntes de hace cuarenta años se paraban á contemplarle, sin sospechar los secretos que se escondían detrás de sus verdes y frescas espesuras.
Más de un individuo reflexivo dejó penetrar varias veces en aquella época sus ojos y su pensamiento indiscreto al través de los hierros de aquella antigua verja en forma de cadena torcida, movediza, sostenida por dos pilares verdosos y enmohecidos, y coronada caprichosamente por un frontón de indescifrables arabescos.
Había en un rincón un banco de piedra y una ó dos estatuas cubiertas de musgo; algunos encañados, deshechos por el tiempo, se pudrían contra la pared; no había calles ni céspedes, sólo abundaba la grama.
Había desaparecido la jardinería, habiendo reaparecido la naturaleza.
Abundaba la mala yerba, admirable fortuna para un pobre rincón de tierra.
Los alelíes nacían faustosos y espléndidos.
Nada contrariaba en aquel jardín el esfuerzo sagrado de las cosas hacia la vida; nada impedía su venerable desarrollo.
Los árboles se habían inclinado hasta las zarzas, y las zarzas habían subido hasta los árboles; la planta había trepado, la rama se había encorvado; lo que se arrastra por el suelo buscaba lo que se extiende por el aire, lo que flota en el viento se había inclinado hacia lo que vive entre el musgo; troncos y ramas, hojas y fibras, tallos y zarzas, sarmientos y espinas se habían mezclado, atravesado, enlazado, confundido; la vegetación, en un estrecho y profundo abrazo, había celebrado y realizado, á la vista del Creador satisfecho, en aquel espacio de trescientos pies cuadrados, el santo misterio de su fraternidad, símbolo de la fraternidad humana.
Aquello no era ya un jardín; era una maleza colosal; es decir, una cosa impenetrable como un bosque, poblada como una ciudad, temblorosa como un nido, sombría como una catedral, olorosa como un ramillete, solitaria como una tumba, y viviente como la muchedumbre.
En la primavera, aquel enorme matorral, libre dentro de sus cuatro tapias y de su verja, entraba, como todo, en el sordo trabajo de la germinación universal; temblaba al salir el sol casi como un ser animado que aspira los efluvios del amor cósmico y que siente la savia de abril subir y bullir en sus venas; y sacudiendo al viento su prodigiosa cabellera de verdura sembrada en la tierra húmeda, en las rotas estatuas, en la desvencijada escalinata del pabellón, y hasta en el empedrado de la calle desierta, las flores en estrellas, el rocío en perlas, la fecundidad, la belleza, la vida, la alegría, los perfumes.
Al mediodía refugiábanse allí mil blancas mariposas, y era un espectáculo sublime ver revolotear en copos, y á la sombra, aquella viviente nieve del estío.
Allí, entre las alegres tinieblas de verdor, una multitud de voces inocentes hablaban dulcemente al alma, y lo que dejaba de decir el gorjeo de los pájaros, lo completaba el zumbido de los insectos.
Por la noche, un vapor de meditación se desprendía del jardín, envolviéndolo en un manto de bruma; una tristeza celestial y tranquila le cobijaba; el perfume embriagador de las madreselvas y jazmines salía de todas partes como un veneno exquisito y sutil; oíanse los últimos cantos de los petirrojos y de las nevatillas, durmiéndose bajo las ramas; manifestábase la intimidad sagrada del pájaro y el árbol. De día las alas prestan alegría á las hojas; por la noche las hojas dan protección á las alas.
En el invierno, la maleza estaba negra, mojada, erizada, temblorosa, y dejaba ver parte de la casa al través de su seco ramaje.
En vez de flores en las ramas, y en lugar de rocío en las flores, distinguíanse los largos hilos de plata de los caracoles sobre el frío y espeso tapiz de las amarillentas hojas; pero siempre, bajo cualquier aspecto, en cualquier estación, en primavera, en invierno, en verano y en otoño, aquel pequeño cercado respiraba melancolía, contemplación, soledad, libertad, ausencia del hombre, presencia de Dios. La antigua verja cerrada parecía decir: «Este jardín es mío».
En vano el empedrado de París se extendía á su alrededor; en vano se veían á dos pasos los palacios clásicos y espléndidos de la calle de Varennes, cerca de la iglesia de los Inválidos, y no lejos de la Cámara de los Diputados; en vano las carrozas de la calle de Borgoña y Santo Domingo rodaban fastuosamente por las cercanías; en vano los ómnibus amarillos, negros, blancos y rojos se cruzaban en el crucero próximo; todo esto no impedía que en la calle de Plumet existiera el desierto.
La muerte de los primitivos propietarios, el trascurso de una revolución, el hundimiento de las antiguas fortunas, la ausencia, el olvido, cuarenta años de abandono y de vacío al rededor, habían bastado para reproducir en aquel lugar privilegiado los helechos, los gordolobos, la cicuta, las aquileas, las yerbas altas, las grandes plantas rastreras de anchas hojas y de verde pálido, los lagartos, los escarabajos, los insectos bulliciosos y veloces, para hacer salir de las profundidades de la tierra y reaparecer entre aquellas cuatro paredes, cierta grandeza hosca y salvaje; y para que la naturaleza, que desconcierta los mezquinos trabajos del hombre, y que donde se manifiesta, se manifiesta por completo, lo mismo en la hormiga que en el águila, se desarrollase en un mezquino jardinillo parisiense con tanta rudeza y majestad como en un bosque virgen del Nuevo Mundo.
En efecto; nada hay pequeño, bien lo saben todos aquéllos en quienes la naturaleza penetra profundamente.
Aunque la filosofía no puede de un modo absoluto, ni circunscribir la causa, ni limitar el efecto, el pensador cae en un éxtasis sin fondo cuando contempla los diferentes modos de descomposición de las fuerzas que convergen todas hacia la unidad.
Todo trabaja para todo.
El álgebra se aplica á las nubes; la irradiación del astro aprovecha á la rosa, y ningún pensador se atreverá á decir que el perfume del espino es inútil á las constelaciones.
¿Quién puede calcular el trayecto de una molécula?
¿Sabemos acaso si no se crean nuevos mundos por medio de la caída de granos de arena?
¿Quién conoce el movimiento de flujo y reflujo recíproco de lo infinitamente grande y de lo infinitamente pequeño, el eco tonante de las causas en los precipicios del ser y las avalanchas de la creación?
El arado es un insectillo importante; lo pequeño es grande, lo grande es pequeño; todo está en equilibrio en la necesidad; aterradora visión para el espíritu.
Hay entre los seres y las cosas relaciones de prodigio; en este inagotable conjunto, desde el sol hasta al pulgón, ninguna cosa desprecia á la otra; cada una de ellas tiene necesidad de las demás.
La luz no lleva á la región azul los perfumes terrestres sin saber lo que hace, y la noche reparte convenientemente la esencia estelar á las dormidas flores.
Todas las aves voladoras llevan atado á la pata el hilo de lo infinito.
La germinación se sirve igualmente del estallido de un meteoro, como del picotazo de la golondrina, para romper el huevo; conduciendo á la par el nacimiento del último gusano y el advenimiento de Sócrates.
Donde acaba el telescopio empieza el microscopio. ¿Cuál de los dos tiene mayor alcance? Escoged.
Un poco de moho es una pléyade de flores; una nebulosa es un hormiguero de estrellas.
Es igual, y más inaudita todavía, la promiscuidad de las cosas de la inteligencia con los hechos de la sustancia.
Los elementos y los principios se mezclan, se combinan, se unen, se multiplican unos para otros, hasta el punto de hacer terminar el mundo material y el mundo moral en la misma luz.
El fenómeno está perpetuamente replegado en sí mismo.
En las grandes trasformaciones cósmicas, la vida universal va y viene en cantidades desconocidas, arrastrándolo todo en el invisible misterio de los efluvios, empleándolo todo, no perdiendo ni el delirio de un sueño, sembrando un germen animal aquí, desmenuzando un astro allá, oscilando y serpenteando, haciendo de la luz una fuerza y de la imaginación un elemento, diseminado é indivisible; disolviéndolo todo, excepto ese punto geométrico que se llama el yo; refiriéndolo todo al átomo-alma; desarrollándolo todo en Dios; acumulando y agregando, desde la más alta hasta la más inferior, todas las actividades en las negruras de un mecanismo vertiginoso; relacionando el vuelo de un insecto con el movimiento de la tierra; subordinando, ¿quién sabe? aunque no sea más que por la identidad de la ley, la evolución del cometa en el firmamento al vértigo del infusorio en la gota de agua.
Máquina hecha de espíritu. Engranaje enorme, cuyo primer motor es el mosquito, y es el zodíaco su última rueda.
IV
Cambio de reja
Parecía que aquel jardín, creado en otros tiempos para ocultar los misterios libidinosos, se había trasformado, trocándose en abrigo natural de misterios castos.
Ya no había mecedoras, cenadores cubiertos, ni grutas; había una magnífica sombra que caía como un velo por todas partes.
Pafos se había convertido en Edén.
Cierto remordimiento había purificado aquel retiro; era un ramillete que ofrecía sus flores al alma.
Aquel jardín de coquetería, tan comprometedor en otro tiempo, había entrado en la virginidad y en el pudor.
Un magistrado ayudado por un jardinero, un buen hombre que creía ser la continuación de Lamoignon, y otro buen hombre que creía ser la continuación de Lenôtre, le habían contorneado, tallado, encuadrado, compuesto y aderezado para la galantería; la naturaleza se lo había apropiado después; le había llenado de sombra y arreglado para el amor.
Había también en aquella soledad un corazón dispuesto.
El amor no tenía que hacer más que manifestarse; tenía allí un templo compuesto de verdor, de yerba, de musgo, de suspiros, de avecillas, de suaves tinieblas, de ramas agitadas, y un alma llena de dulzura, de fe, de candor, de esperanza, de aspiración y de ilusiones.
Cosette había salido del convento niña casi; llegaba apenas á los catorce años, y estaba «en la edad crítica».
Ya sabemos que exceptuando los ojos, parecía más bien fea que hermosa; no tenía, sin embargo, ninguna facción desgraciada; pero era delgada, sosa, tímida y atrevida á la vez; en fin, una niña grande.
Su educación estaba terminada; es decir, le habían enseñado religión y sobre todo, devoción; «historia»; es decir, lo que se llama así en los conventos; geografía, gramática, los participios, los reyes de Francia, algo de música, delinear una nariz, etc.; pero por lo demás lo ignoraba todo; esto es un encanto, pero al mismo tiempo un peligro.
No debe dejarse el alma de una joven tan completamente á obscuras, porque más adelante se producen en ella imágenes demasiado bruscas y demasiado vivas, como en una cámara obscura. Debe iluminársela suave y discretamente, mejor con el reflejo de la realidad, que con su luz directa y penetrante. Media luz suave, útil y graciosamente austera, que disipe los temores pueriles y evite las caídas.
No hay más que el instinto materno, intuición admirable en que entran los recuerdos de la virgen y la experiencia de la mujer, que sepa cómo y de qué manera debe ser esta semiluz.
Nada puede suplir ese instinto.
Para educar el alma de una joven, todas las monjas del mundo no valen una madre.
Cosette no había tenido madre; había tenido muchas madres, en plural.
En cuanto á Juan Valjean, poseía toda la ternura, todos los cuidados posibles; pero no era nada más que un viejo que nada sabía.
Ahora bien; en esta obra de la educación, en este grave asunto de la preparación de una niña para la vida, ¡cuánto saber se necesita para luchar contra esa gran ignorancia que se llama inocencia!
Nada prepara á una joven para las pasiones como el convento; el convento encamina el pensamiento á lo desconocido.
El corazón replegado en sí mismo se socava no pudiendo dilatarse, y se profundiza no hallando expansión.
De ahí provienen las suposiciones, las conjeturas, los bosquejos novelescos, el deseo de aventuras, los castillos en el aire, los edificios enteros creados en la obscuridad interior del espíritu: sombrías y secretas moradas, donde las pasiones encuentran pronto donde alojarse luego que, abiertas las rejas, se les permite entrar.
El convento es una compresión que, para triunfar del corazón humano, necesitaba durar toda la vida.
Cosette, al salir del convento, no podía hallar nada más grato ni más peligroso que la casa de la calle de Plumet, la cual era la continuación de la soledad con el principio de la libertad; un jardín cerrado, pero una naturaleza vigorosa, rica, voluptuosa, llena de perfumes; los mismos sueños que en el convento, pero viendo á los jóvenes; una reja, pero una reja que daba á la calle.
Sin embargo, repetimos, cuando entró en esta casa no era más que una niña. Juan Valjean le entregó aquel jardín inculto.
—Haz ahí lo que quieras,—la dijo.
Esto entretenía á Cosette, que ponía en movimiento todas las flores y todas las piedras, buscando «animalejos»; jugaba mientras llegaba el tiempo de meditar; amaba aquel jardín por los insectos que encontraba bajo sus pies, entre la yerba, en tanto que llegaba el tiempo de amarle por las estrellas que pudiera ver por entre las ramas sobre su cabeza.
Además, amaba á su padre, es decir, á Juan Valjean, con toda su alma, con una sencilla pasión filial, que hacía del buen viejo un compañero siempre deseado y siempre querido.
El lector recordará que el señor Magdalena leía mucho; Juan Valjean continuaba haciendo lo mismo; había llegado á hablar bien; tenía la secreta riqueza y la elocuencia de una inteligencia humilde y verdadera que se ha cultivado expontáneamente.
No le había quedado más aspereza que la justamente precisa para sazonar su bondad; era un ingenio rudo y un corazón suave.
En las alamedas del Luxemburgo, en sus paseos, en sus conversaciones con Cosette, hacía largas explicaciones de todo, tomadas, ya de lo que había leído, ya de lo que había sufrido.
Cuando Cosette le escuchaba, sus miradas erraban vagamente.
Este hombre sencillo tenía el pensamiento todo entero de Cosette, del mismo modo que aquel jardín inculto bastaba á su vista.
Cuando había perseguido á las mariposas, se acercaba á él sofocada y le decía:
—¡Ah, cuánto he corrido!
Y él la besaba en la frente.
Cosette adoraba al buen hombre, y siempre iba detrás de él; donde estaba Juan Valjean, allí estaba su felicidad.
Como Juan Valjean no habitaba ni en el pabellón ni en el jardín, Cosette se encontraba más á gusto en el patio empedrado que en el recinto lleno de flores; y en el cuartito amueblado con sillas de paja, mejor que en el gran salón cubierto de alfombras y de sillones tapizados.
Juan Valjean le decía algunas veces sonriendo, ante la dicha de verse importunado:
—¡Pero vete á tu cuarto! ¡Déjame solo un rato!
Cosette entonces le reñía, dirigiéndole una de esas reprensiones tan tiernas y llenas de gracia, cuando las dirige una hija á su padre:
—Padre, tengo mucho frío en vuestro cuarto. ¿Por qué no ponéis aquí una alfombra y una estufa?
—Hija mía, ¡hay tantos que valen más que yo, y que no tienen siquiera techo que les cobije!
—Entonces, ¿por qué tengo yo lumbre en mi cuarto y todo lo que me hace falta?
—Porque tú eres mujer y niña.
—-¡Bah! ¿Pues qué, los hombres deben sufrir el frío y pasarlo mal?
—Ciertos hombres.
—Pues bueno; vendré aquí con tanta frecuencia, que os veréis obligado á encender lumbre.
También solía decirle:
—Padre, ¿por qué coméis pan tan malo como ése?
—Porque sí, hija mía.
—Pues bien, si vos lo coméis también lo comeré yo.
Y entonces, para que Cosette no comiese pan negro, Juan Valjean comía pan blanco.
Cosette sólo recordaba confusamente su infancia.
Rezaba mañana y noche para su madre, á quien no había conocido.
Los Thénardier habían quedado en su memoria como dos figuras repugnantes que se le hubiesen aparecido en sueños; recordaba que había ido «un día por la noche» á buscar agua á un bosque; creía que muy lejos de París; le parecía que había empezado á vivir en un abismo, y que Juan Valjean la había sacado de él.
Al pensar en su infancia, sentía lo mismo que si recordase un tiempo en que no hubiera habido á su alrededor más que cienpiés, arañas y serpientes; y cuando meditaba sobre todas estas cosas por la noche, antes de dormirse, como no tenía seguridad de ser hija de Juan Valjean, pensaba que el alma de su madre se había trasladado al cuerpo de aquel hombre, y había ido á vivir á su lado.
Cuando él se sentaba, ella apoyaba su cabeza en sus blancos cabellos, y dejaba caer silenciosamente una lágrima, diciéndose: «¡Tal vez este hombre es mi madre!».
Cosette, por más que esto parezca extraño, en su profunda ignorancia de niña educada en un convento y siendo, por otra parte, la maternidad una cosa completamente ininteligible para la virginidad, había concluido por figurarse que había tenido la menor cantidad de madre posible.
No sabía ni aún el nombre de esta madre; siempre que preguntaba sobre el particular, Juan Valjean guardaba silencio; y si repetía su pregunta, respondía con una sonrisa. Una vez insistió, y la sonrisa concluyó por una lágrima.
Este silencio de Juan Valjean cubría con un velo opaco á Fantina.
¿Era esto prudencia? ¿Era respeto? ¿Era temor de entregar este nombre á otra memoria que no fuese la suya?
Mientras Cosette había sido niña, Juan Valjean había hablado con gusto de su madre; cuando llegó á ser joven, le fué imposible hablarle de ella.
Creyó que no debía atreverse á tanto.
¿Hacía esto por Cosette ó lo hacía por Fantina?
Experimentaba una especie de terror religioso ante la idea de hacer penetrar aquella sombra en el pensamiento de Cosette, y de introducir entre el destino de ambos la tercera persona de la difunta. Cuanto más sagrada era para él esta sombra, más temible le parecía; pensaba en Fantina, y se sentía subyugado por el silencio.
Veía vagamente en las tinieblas algo que se parecía á un dedo sobre una boca.
Todo aquel pudor que había tenido Fantina, y que durante su vida había salido de ella violentamente, ¿había vuelto después de su muerte á posarse sobre ella, á velar indignado por la paz de aquel cadáver, y á guardar fieramente su tumba?
¿Juan Valjean experimentaba, sin saberlo, la presión de ese pudor?
Nosotros, que creemos en la muerte, no pertenecemos al número de los que rechazarían esta explicación misteriosa.
De ahí la imposibilidad de pronunciar, aún para Cosette, este nombre: Fantina.
Un día le dijo Cosette:
—Padre, esta noche he visto á mi madre en sueños; tenía dos grandes alas. Mi madre debe haber sido, en vida, casi una santa.
—Por el martirio,—respondió Juan Valjean.
Juan Valjean, por otra parte, era dichoso.
Cuando Cosette salía con él, se apoyaba en su brazo, orgullosa y feliz en toda la plenitud del corazón.
Juan Valjean, á todas estas demostraciones de una ternura tan exclusiva y tan satisfecha hacia él, sentía su pensamiento anegarse en delicia.
El pobre hombre se estremecía inundado de alegría angelical; creía que aquello duraría toda la vida, y se decía que verdaderamente no había padecido bastante para merecer tan brillante porvenir, y dando gracias á Dios en las profundidades de su alma, por haber permitido que fuese amado de tal modo, por aquel ser inocente, un miserable.
V
La rosa descubre que es una máquina de guerra
Un día Cosette se miró al espejo por casualidad, y se dijo: ¡Toma! pareciéndole que era bonita; lo cual la turbó singularmente.
Hasta entonces no había pensado en su figura.
Se veía en el espejo, pero no se miraba.
Y además, había oído decir muchas veces que era fea.
Á lo cual sólo Juan Valjean decía con amabilidad: ¡No! ¡No!
Sea como fuese, lo cierto es que Cosette se había creído siempre fea, y había crecido en esta creencia con la fácil resignación de la infancia.
Pero he aquí que de un golpe, su espejo le decía como Juan Valjean: ¡No! ¡No!
En toda la noche no pudo dormir.
—¡Si yo fuese bonita!—pensaba.—¡Cómo me gustaría ser bonita!
Y se acordaba de aquellas de sus compañeras cuya hermosura causaba efecto en el convento, y se decía: «¡Cómo! ¡Seré yo como fulanita!».
Al día siguiente se miró también al espejo; pero no por casualidad, y dudó.
—¿Dónde tenía yo la cabeza?—se dijo.—¡No; soy fea!
Había dormido mal; tenía los ojos encendidos, y estaba pálida.
El día anterior no había tenido gran alegría al creer en su belleza, pero entonces experimentó gran tristeza al no creer ya en ella.
No se miró más, y por espacio de más de quince días trató de peinarse y vestirse vuelta de espaldas al espejo.
Por la noche, después de comer, solía bordar en el salón ó hacer alguna laborcilla de convento, y Juan Valjean leía á su lado.
Una vez alzó los ojos de su labor, y quedó sorprendida al observar la manera inquieta con que su padre la miraba.
Otra vez, yendo por la calle, le pareció oir á uno, á quien no pudo ver, que decía detrás de ella:
—¡Linda muchacha, pero mal vestida!
—¡Bah!—pensó ella.—No lo dice por mí. Yo soy fea, y voy bien vestida.
Llevaba entonces su sombrero de felpilla y su vestido de merino.
Un día, por fin, estando en el jardín, oyó á la tía Santos que decía:
—Señor, ¿no habéis observado qué guapa se va poniendo la señorita?
Cosette no oyó la respuesta de su padre, pero las palabras de la tía Santos la produjeron una conmoción, un desasosiego indefinible.
Dejó el jardín, subió á su cuarto, corrió al espejo, al que hacía tres meses que no se miraba, y lanzó un grito.
Acababa de deslumbrarse á sí misma.
Era linda y graciosa; no podía menos de ser del parecer de la tía Santos y del espejo.
Su talle se había formado, su cutis había emblanquecido, sus cabellos se habían vuelto lustrosos; un fulgor desconocido se había encendido en sus ojos azules.
Adquirió completa conciencia de su belleza, en sólo un minuto, como cuando penetra de lleno la luz del día. Los demás lo notaban, la tía Santos lo decía, á ella se había referido evidentemente el transeúnte; ya no podía dudarlo.
Bajó al jardín creyéndose reina, oyó cantar á los pájaros; era verano, miró al cielo dorado, al sol en los árboles, á las flores en las matas, conmovida, loca, entre una embriaguez inefable.
Juan Valjean, por su parte, experimentaba una profunda é indefinible opresión de corazón.
Era que, en efecto, desde hacía algún tiempo, contemplaba con terror aquella hermosura, que se presentaba cada día más brillante en la simpática fisonomía de Cosette; aurora de alegría para todos, y lúgubre para él.
Cosette había sido bella mucho antes de descubrirlo.
Pero, desde el primer día, aquella luz inesperada que se elevaba lentamente, y envolvía por grados toda la persona de la joven, hirió la sombría pupila de Juan Valjean.
Conoció que aquello era un cambio en una vida feliz, tan feliz, que no se atrevía á alterarla en nada, por temor de perder algo en ella.
Aquel hombre, que había pasado por todas las miserias, que aún estaba manando sangre por las heridas que le había inferido el destino, que había sido casi malvado, y que había llegado á ser casi santo; que después de haber arrastrado la cadena del presidiario, arrastraba á la sazón la cadena invisible, pero pesada, de la infamia indefinida; aquel hombre á quien la ley no había perdonado aún, y que podía ser preso á cada instante, y sacado de la obscuridad de su virtud á la luz del oprobio público; aquel hombre lo aceptaba todo, lo disculpaba todo, lo perdonaba todo, lo bendecía todo, tenía benevolencia para todo, y no pedía á la Providencia, á los hombres, á las leyes, á la sociedad, á la naturaleza, al mundo, más que una cosa, ¡que Cosette le amase!
¡Que Cosette siguiese amándole! ¡Que Dios no impidiese llegar á él y permanecer en él al corazón de aquella niña! Si Cosette le amaba, ya se sentía curado, tranquilo, recompensado; era feliz. No deseaba nada más.
Si le hubieran preguntado: «¿Quieres estar mejor?» habría respondido: «No».
Si Dios le hubiera dicho: «¿Quieres el cielo?» habría respondido: «Saldría perdiendo».
Todo lo que pudiera modificar aquella situación, aunque no fuese más que en la superficie, le hacía temblar como el principio de otra cosa desconocida.
Nunca había sabido lo que era la hermosura de una mujer; pero por instinto comprendía que era una cosa terrible.
Juan Valjean miraba asustado aquella belleza que se desarrollaba cada día más triunfante y soberbia á su lado, á su vista, sobre la frente pura y temible de la joven, desde el fondo de su fealdad, de su vejez, de su miseria, de su reprobación, de su abatimiento.
Y se decía: ¡Qué hermosa es! ¿Qué va á ser de mí?
En esto estaba la diferencia entre su ternura y la ternura de una madre; lo que él veía con angustia, lo habría visto una madre con placer.
No tardaron mucho en manifestarse los primeros síntomas.
Desde el día siguiente á aquél en que Cosette se había dicho: «¡Decididamente, soy hermosa!» se esmeró en su tocado.
Recordó lo que había dicho el transeúnte: «Bonita, pero mal vestida»; soplo de oráculo que había pasado á su lado, y se había desvanecido después de haber dejado en su corazón uno de los dos gérmenes que llenan más tarde la vida de la mujer: la coquetería.
El otro germen es el amor.
Con la fe en su hermosura se desarrolló en ella el alma de la mujer.
Odió al merino y se avergonzó de la felpilla.
Su padre no la había negado nunca nada.
Enseguida aprendió la ciencia del sombrero, del vestido, de la manteleta, del calzado, de los manguitos, de la tela de viso, del color que mejor sienta; esa ciencia que hace de la mujer parisiense una cosa tan seductora, tan profunda y peligrosa.
La frase mujer espiritual ha sido inventada para designar á la parisiense.
En menos de un mes, la doncellita Cosette, en aquella soledad de la calle de Babilonia, fué una mujer, no sólo de las más bonitas, lo que es algo, sino de las «mejor puestas» de París, lo que es mucho más todavía.
Hubiese querido encontrar á «su transeúnte» para ver lo que diría y «¡darle una lección!».
El hecho es que estaba verdaderamente encantadora, y que distinguía con una mirada asombrosa un sombrero de Gérard de un sombrero de Herbaut.
Juan Valjean contemplaba estos estragos con ansiedad.
Él, que comprendía que nunca podría sino arrastrarse, andar por la tierra todo lo más, veía que Cosette iba adquiriendo alas.
Por otra parte, con sólo ver el traje de Cosette, una mujer hubiera conocido desde luego que no tenía madre.
Hay ciertas exigencias del decoro, ciertas conveniencias especiales que Cosette no observaba. Una madre, por ejemplo, le habría dicho, que una joven soltera no se viste de damasco.
El primer día que Cosette salió con su vestido y su manteleta de damasco negro, y su sombrero de crespón blanco, se cogió del brazo de Juan Valjean, alegre, radiante, sonrosada, orgullosa, esplendente.
—Padre,—le dijo,—¿qué os parezco?
Juan Valjean respondió con acento amargo, semejante al de un envidioso:
—¡Encantadora!
Fueron á paseo, como siempre, y al volver preguntó á Cosette:
—¿No piensas volver á ponerte tu vestido y sombrero, ya sabes?
Pasaba esto en el cuarto de Cosette.
La joven se volvió hacia la percha del guarda ropa donde estaba colgado su uniforme de colegiala, y exclamó:
—¡Ese disfraz! Padre, ¿qué queréis que haga de él? ¡Ah! Nunca volveré á ponerme esos guiñapos horribles. Con ese adefesio en la cabeza parezco la señora Sincholla.
Juan Valjean suspiró profundamente.
Desde aquel instante observó que Cosette, que antes deseaba siempre quedarse en casa, diciendo: «Padre, me encuentro aquí mejor con usted», quería entonces salir continuamente.
En efecto, ¿de qué sirve tener la cara linda y un traje rico, si no se han de enseñar?
Observó también que Cosette no tenía ya tanta afición al patio interior; ahora le gustaba más estar en el jardín y pasear por delante de la verja.
Juan Valjean, esquivo, no ponía los pies en el jardín; se quedaba en su patio de detrás como el perro.
Cosette, al saber que era hermosa perdió la gracia de ignorarlo, gracia exquisita, porque la belleza realzada por la sencillez es inefable, y no hay nada más digno de adoración que una inocencia deslumbradora que lleva en la mano, sin saberlo, la llave de un paraíso.
Pero lo que perdió en gracia ingenua, se lo ganó en encanto reflexivo y serio.
Toda su persona, penetrada por las alegrías de la juventud, de la inocencia y de la belleza, respiraba una melancolía espléndida.
En esta época fué cuando Mario, después de pasados seis meses, la volvió á ver en el Luxemburgo.
VI
Comienza la batalla
Estaba Cosette en su sombra, como Mario en la suya, siendo materia dispuesta para el incendio.
El destino, con su paciencia misteriosa y fatal, acercaba lentamente estos dos seres, uno á otro, ambos desfallecidos y cargados de la tempestuosa electricidad de la pasión; estas dos almas que llevaban el amor como dos nubes llevan el rayo, y que debían encontrarse y mezclarse en una mirada como las nubes en un relámpago.
Se ha abusado tanto de las miradas en las novelas amorosas, que se ha acabado por desacreditarlas: apenas se atreve hoy un novelista á decir que dos seres se han amado porque se han mirado; y sin embargo, así es como se ama, y únicamente así.
Lo restante no es más que lo restante, y viene después.
Nada hay más real que esas grandes sacudidas que dos almas se producen mutuamente al cambiar una chispa.
Á cierta hora en que Cosette dirigió, sin saberlo, aquella mirada que turbó á Mario, éste no sospechó que dirigió otra mirada, la que turbó también á Cosette.
Hacíale el mismo mal é igual bien.
Pasóse algún tiempo en que le veía y le examinaba, como ven y examinan las jóvenes, mirando á otra parte.
Mario encontraba aún fea á Cosette, cuando Cosette encontraba ya bello á Mario.
Pero como él no se fijaba en ella, el joven aquél le era bien indiferente.
Sin embargo, no podía ella dejar de decirse, que tenía hermoso pelo, buenos ojos y blanquísimos dientes, un timbre de voz seductor cuando le oía hablar con sus compañeros; que vestía mal, si se quiere, pero con gracia especial, que no le parecía tonto; que toda su persona era noble, dulce, sencilla, altiva, y que, por fin, si tenía aspecto de pobre, tenía buen aspecto.
El día en que sus ojos se encontraron y se dijeron por fin, bruscamente, aquellas primeras cosas obscuras é inefables que balbucea una mirada, Cosette no las comprendió al instante.
Entró pensativa en la casa de la calle del Oeste, en que Juan Valjean, según costumbre, había ido á pasar seis semanas.
Al día siguiente, al despertar pensó en aquel joven desconocido, por tanto tiempo indiferente y glacial, que parecía entonces poner su atención en ella, y no creyó remotamente que ésta le fuese agradable.
Tenía más bien algo de cólera contra aquel bello joven desdeñoso.
Movióse en su interior un principio de guerra.
Creyó que iba en fin, á vengarse, y experimentó por esto una alegría enteramente infantil.
Creyéndose hermosa, conocía naturalmente, aunque de un modo vago, que tenía un arma.
Las mujeres juegan con su belleza como los niños con un cuchillo; y á veces se hieren.
Recuérdense las vacilaciones de Mario, sus excitaciones, sus temores. Se quedaba en su banco, y no se aproximaba, lo cual disgustaba á Cosette.
Un día dijo ésta á Juan Valjean:
—Padre, paseemos un poco por este lado.
Viendo que Mario no se le dirigía, dirigiósele ella.
En semejante caso, toda mujer se parece á Mahoma.
Y además, esto es lo raro, el primer síntoma del verdadero amor en un joven es la timidez, y en una muchacha la osadía.
Esto asombra, y sin embargo nada tan sencillo y natural.
Son los sexos que tratan de aproximarse, tomando cada uno las cualidades del otro.
Aquel día la mirada de Cosette volvió loco á Mario, y la mirada de Mario puso temblorosa á Cosette.
Mario se fué contento, Cosette inquieta.
Desde aquel día se adoraron.
Lo primero que Cosette experimentó fué una tristeza confusa y profunda; le parecía que desde aquel día al siguiente su alma se había vuelto negra; ella misma no la conocía.
La blancura del alma de las jóvenes, que se compone de frialdad y alegría, se parece á la nieve; se deshace al amor, que es su sol.
Cosette no sabía lo que era el amor. Jamás había oído pronunciar esta palabra en el sentido terrenal.
En los libros de música profana que entraban en el convento se reemplazaba la palabra amor con tambor ó pandour (panduro), lo cual daba motivo á enigmas que ejercitaban la imaginación de las grandes, como: ¡Ah, qué agradable es el tambor! ó bien: ¡la piedad no es más que panduro!
Pero Cosette había salido aún muy joven para haber pensado mucho en el «tambor».
No sabía, pues, qué nombre dar á lo que sentía.
¡Pero no se está menos enfermo por ignorar el nombre de la enfermedad!
Amaba con tanta más pasión cuanto que amaba con ignorancia; no sabía si aquello era bueno ó malo, útil ó peligroso, necesario ó mortal, eterno ó pasajero, permitido ó prohibido: amaba.
Se habría asombrado mucho si la hubieran dicho: «¿Dormís? ¡Pues eso está prohibido! ¿Coméis? ¡Pues eso está muy mal hecho! ¿Tenéis opresión y latidos de corazón? ¡Pues eso no se hace! ¿Os ruborizáis, palidecéis cuando un ser vestido de negro aparece al extremo de cierta alameda? ¡Pues eso es abominable!
De seguro no lo hubiese comprendido, y habría respondido: «¿Cómo he de tener culpa en una cosa en que no puedo nada, y ni nada sé?».
Sucedió que la especie de amor que sentía era precisamente el que más convenía al estado de su alma.
Era aquella una especie de adoración á distancia, una contemplación muda, la deificación de un desconocido; era la aparición de la adolescencia, el sueño de las noches, convertido en novela, sin dejar de ser sueño, el fantasma deseado, realizado en fin y hecho carne, pero sin nombre aún, sin culpa, sin mancha, ni exigencia, ni defecto; en una palabra, el amante lejano y envuelto en lo ideal, una quimera con forma.
Otro cualquier encuentro más palpable y más próximo hubiera asustado en aquella época á Cosette medio sumergida aún en la espesa bruma del convento.
Tenía todos los temores del niño, y todos los miedos de la religiosa confundidos.
El espíritu del convento, de que se había penetrado por espacio de cinco años, se evaporaba lentamente todavía en todo su ser, y hacía que todo temblase en derredor suyo; en semejante situación, lo que necesitaba no era un amante, no era ni aún un ser enamorado, sino una visión.
Púsose á adorar á Mario como una cosa encantadora, luminosa é imposible.
Como la extremada sencillez linda con la extremada coquetería, dirigíale sonrisas francas.
Cada día esperaba con impaciencia la hora de paseo: encontraba á Mario, sentía una felicidad indecible, y creía expresar sinceramente todo su pensamiento diciendo á Juan Valjean:
—¡Qué jardín más delicioso es el Luxemburgo!
Mario y Cosette estaban en la obscuridad el uno para el otro.
No se hablaban, no se saludaban, no se conocían; se veían; y como los astros en el cielo, separados de millones de leguas, vivían de mirarse.
Así era como iba Cosette haciéndose mujer poquito á poco, y desarrollándose bella y enamorada, con la conciencia de su belleza y la ignorancia de su amor.
Coqueta, en alto grado, por inocencia.
VII
Á tristeza, tristeza y media
Todas las situaciones tienen sus instintos.
La anciana y eterna madre naturaleza advertía sordamente á Juan Valjean la presencia de Mario; Juan Valjean temblaba allá en lo más obscuro de su pensamiento. Juan Valjean no veía nada, no sabía nada, y contemplaba, sin embargo, con obstinada atención, las tinieblas en que estaba como si sintiese por un lado algo que se erigiese, y por otro algo que se derrumbara.
Mario, avisado también, y lo que es la profunda ley de Dios, por la misma madre naturaleza, hacía todo lo que podía por ocultarse «del padre».
Pero acontecía á veces que le veía Juan Valjean.
La conducta de Mario no era del todo natural.
Tenía accesos de prudencia miope, y de simple temeridad. No se le acercaba tanto como antes; se sentaba lejos, y permanecía en éxtasis; llevaba un libro, y hacía como que leía: ¿por qué hacía tal cosa?
Antes iba con su levita vieja, y ahora llevaba todos los días la levita nueva; no podía asegurarse que no se rizase el pelo; tenía ojos picarescos, y calzaba guantes.
En una palabra, Juan Valjean detestaba cordialmente á aquel joven.
Cosette no dejaba adivinar nada.
Sin saber en realidad lo que pasaba por ella, tenía el sentimiento de que debía ocultárselo á su padre.
Había entre el gusto del tocador que había adquirido Cosette y la costumbre de usar levita nueva de aquel desconocido, un paralelismo importuno para Juan Valjean.
Era casualidad, tal vez, sin duda, seguramente, pero una casualidad peligrosa.
Jamás abría la boca para hablar á Cosette de aquel desconocido.
Un día, sin embargo, no pudo contenerse, y con la vaga desesperación que introduce de súbito la sonda en su desgracia, la dijo:
—¡Qué aire tan pedantesco tiene este joven!
Cosette un año antes, es decir, cuando era una niña indiferente, hubiera respondido:
—No, es un joven simpático.
Diez años después, con el amor de Mario en el corazón habría respondido:
—¡Sí, es un pedante insoportable! ¡Tenéis razón!
Pero en aquel momento de su vida y en el estado de su corazón, se limitó á contestar con suprema calma:
—¿Este joven?
Como si le mirase por primera vez en su vida.
—¡Qué torpe soy!—pensó Juan Valjean.—Cosette no se había fijado aún en él, y yo soy quien se la enseño.
¡Oh inocencia de los viejos! ¡Oh penetración de las criaturas!
Es también ley de esos frescos años de padecimientos y cuidados, de esas violentas luchas del primer amor contra los primeros obstáculos, que la joven no se deje coger en ningún lazo, y el joven caiga en todos.
Juan Valjean había empezado contra Mario una guerra sorda, que éste, con la sublime estupidez de su pasión y de su edad, no adivinó.
Juan Valjean le tendió una porción de emboscadas; cambió de horas, cambió de banco, olvidó su pañuelo, fué sólo al Luxemburgo.
Mario cayó de lleno en todos esos lazos; y á todos estos interrogantes plantados en su camino por Juan Valjean, respondió ingenuamente:
—Sí.
Entre tanto, Cosette continuaba encerrada en su aparente indiferencia y en su imperturbable tranquilidad; tanto, que Juan Valjean sacó esta conclusión: «Ese necio está enamorado locamente de Cosette; pero Cosette ni siquiera sabe que existe».
Pero no por ello era menor la agitación dolorosa de su corazón.
De un momento á otro podía sonar la hora en que Cosette empezase á amar.
¿No empieza todo por la indiferencia?
Sólo una vez cometió Cosette una falta, y le asustó.
Al levantarse del banco para marcharse después de haber estado allí tres horas, Cosette le dijo:
—¿Ya?
Juan Valjean no había interrumpido sus paseos al Luxemburgo, porque no quería hacer nada singular, y porque temía sobre todo, que Cosette notase algo; pero en aquellas horas, tan gratas para los enamorados, mientras que Cosette enviaba su sonrisa á Mario, embriagado de placer, quien permanecía completamente abstraído de todo, y no veía nada en el mundo más que aquel rostro adorado, Juan Valjean le miraba con ojos chispeantes y terribles; y él, que había acabado por no creerse capaz de un sentimiento malévolo, tenía momentos, cuando Mario estaba allí, en que creía volverse salvaje y feroz, sintiendo que se abrían y levantaban contra aquél joven las antiguas profundidades de su alma que habían alimentado en otro tiempo tanta cólera.
Le parecía que se volvían á formar en su corazón cráteres desconocidos.
¿Cómo estaba allí aquel hombre? ¿Qué iba á hacer allí? ¿Iba á dar vueltas, á escudriñar, á examinar, á probar? ¿Iba á preguntar algo? ¿Iba á dar vuelta al rededor de su felicidad para arrebatársela?
Juan Valjean añadía:
—Sí; eso es. ¿Qué viene á buscar? ¿Una aventura? ¿Qué quiere? ¡Un amorío!
¡Pues, y yo! ¡Por qué habré sido antes el hombre más miserable, y después el más desgraciado!
¿Por qué habré pasado sesenta años viviendo de rodillas; habré padecido todo lo que se puede padecer; habré envejecido sin haber sido joven; habré vivido sin familia, sin padres, sin amigos, sin mujer, sin hijos; habré dejado sangre en todas las piedras, en todos los espinos, en todos los rincones, en todas las paredes; habré sido bueno, aunque hayan sido malos conmigo, y afable aunque hayan sido duros; me habré hecho bueno, á pesar de todo; me habré arrepentido del mal que he hecho, y habré perdonado el que me han causado; y en el momento en que recibo mi recompensa, en el momento que toco al fin, en el momento que tengo lo que quiero, que es bueno, que lo he pagado y me lo he ganado, desaparecerá todo, se me irá de las manos?
¡Perderé á Cosette, y perderé mi vida, mi alegría, mi alma, porque á un necio le haya complacido venir á vagabundear por el Luxemburgo! Entonces sus ojos despedían una claridad lúgubre y extraordinaria.
No era ya un hombre que miraba á otro: era un enemigo que miraba á otro; un perro de presa que miraba á un ladrón.
El lector ya sabe lo demás; Mario continuó siendo insensato.
Un día siguió á Cosette á la calle del Oeste; otro día habló al portero, y el portero habló á Juan Valjean, diciéndole:
—Señor, ¿que querrá un joven curioso que ha preguntado por vos?
Al día siguiente Juan Valjean dirigió á Mario aquella mirada, que acabó por notar.
Ocho días después Juan Valjean se mudó, prometiéndose no volver á poner los pies, ni en el Luxemburgo, ni en la calle del Oeste, y se volvió á la calle de Plumet.
Cosette no se quejó, no dijo nada, no trató de saber el porqué; estaba ya en el período en que se teme ser descubierto y vendido.
Juan Valjean no tenía experiencia alguna de estas miserias, únicas miserias agradables, y únicas también que desconocía, lo cual fué causa de que no comprendiese la grave significación del silencio de Cosette.
Solamente observó que estaba triste, y él se puso sombrío.
Por una y otra parte dominaba la inexperiencia.
Un día hizo una prueba y preguntó á Cosette.
—¿Quieres venir al Luxemburgo?
Un rayo iluminó el pálido rostro de Cosette.
—Sí,—contestó ella.
Fueron; habían pasado tres meses; Mario no iba ya; Mario no estaba allí. Al día siguiente, Juan Valjean volvió á decir á Cosette:
—¿Quieres venir al Luxemburgo?
Y ella respondió triste y sencillamente:
—No.
Juan Valjean se sintió herido por esta tristeza, y lastimado por esta dulzura.
¿Qué pasaba en aquella alma tan joven todavía, y ya tan impenetrable? ¿Qué trasformación se estaba verificando en ella? ¿Qué pasaba en el alma de Cosette?
Algunas noches, en vez de acostarse, Juan Valjean permanecía sentado cerca de su lecho, con la cabeza entre las manos y se pasaba la noche entera preguntándose: «¿Qué hay en la imaginación de Cosette?» y pensando en las cosas en que ella pudiera pensar.
¡Oh! En aquellos momentos, ¡qué miradas tan dolorosas dirigía hacia el claustro, á aquella altura casta, á aquel jardín del convento, lleno de flores ignoradas y vírgenes encerradas, en que todos los perfumes y toda las almas subían directamente al cielo!
¡Cómo adoraba aquel Edén cerrado para siempre, de que había salido voluntariamente y descendido con tan poca previsión!
¡Cómo se lamentaba de su abnegación y de su demencia en haber vuelto Cosette al mundo, pobre héroe del sacrificio, cogido y derribado por su mismo desinterés!
—¡Cómo!—exclamaba:—«¿qué he hecho yo?».
Por lo demás, Cosette ignoraba todo esto.
Juan Valjean no tenía para ella peor humor ni más dureza; siempre el mismo semblante bueno y apacible; sus modales eran más tiernos y más paternales que nunca; si algo hubiera podido hacer que se adivinase su falta de alegría, habría sido su mayor apacibilidad.
Cosette por su parte languidecía.
En la ausencia de Mario padecía como había gozado en su presencia, singularmente, sin explicárselo.
Cuando Juan Valjean dejó de acompañarla á dar sus habituales paseos, un instinto de mujer murmuró confusamente en el fondo de su corazón, que no debía manifestar afición al Luxemburgo, y que si este paseo le parecía indiferente, su padre la llevaría á él.
Pero se pasaron días, y semanas y meses.
Juan Valjean había aceptado tácitamente el consentimiento tácito de Cosette.
Ésta lo sintió, pero era ya tarde.
El día que volvió al Luxemburgo, Mario había desaparecido; ¿qué hacer entonces? ¿Volvería á encontrarle?
Sintió oprimírsele el corazón, sin que nada bastase á dilatárselo, y cuya opresión aumentaba diariamente.