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Los miserables - Tomo 2 (de 2) cover

Los miserables - Tomo 2 (de 2)

Chapter 7: LIBRO CUARTO SOCORROS DE ABAJO QUE PUEDEN SER SOCORROS DE ARRIBA
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LIBRO CUARTO
SOCORROS DE ABAJO QUE PUEDEN SER SOCORROS DE ARRIBA

I
Herida exterior, curación interna

La vida de ambos volvíase sombría gradualmente.

No les quedaba ya sino una distracción que en otro tiempo había sido su felicidad, era ésta: llevar pan á los que tenían hambre, vestido á los que tenían frío.

En estas visitas á los pobres, en que Cosette acompañaba á su padre con frecuencia, encontraba algunos restos de su antigua expansión; y á veces, cuando el día se había aprovechado, cuando habían socorrido muchas miserias, y reanimado y vuelto el calor á muchos pequeñuelos, Cosette estaba un poco alegre por la noche.

En esa época fué cuando hicieron la visita al chiribitil de Jondrette.

Al día siguiente á aquella visita, presentóse Juan Valjean en el pabellón, tranquilo como siempre; pero con una grande herida en el brazo izquierdo, muy inflamada, muy virulenta, que parecía una quemadura, y que explicó de cualquier manera.

Aquella herida le tuvo más de un mes con calentura y sin salir de casa; no quiso ver á ningún médico, y cuando Cosette le instaba, le decía: «Llama al médico de los perros».

Cosette le curaba por mañana y tarde con un cuidado tan celestial y manifestándose tan satisfecha de serle útil, que Juan Valjean sentía renacer toda su antigua alegría, y desvanecerse sus temores y sus ansiedades, y contemplaba á Cosette diciendo: «¡Oh, bendita herida! ¡Oh, bendito mal!».

Cosette viendo enfermo á su padre, había abandonado el pabellón, y había vuelto á tomar afición á la casita y al antepatio.

Pasaba casi todo el día al lado de Juan Valjean, y le leía los libros que quería, casi siempre descripciones de viajes.

Juan Valjean renacía; su felicidad revivía con rayos inefables; el Luxemburgo, el rondador desconocido, la frialdad de Cosette: todas aquellas nubes de su alma se disipaban.

Y acababa por decirse: «No pasaban de ser todo ilusiones mías; soy un viejo loco».

Su felicidad era tal, que el horrible encuentro de los Thénardier, acaecido en el desván de Jondrette tan inesperadamente, había pasado por él como un soplo que se desliza.

Había conseguido escapar; su pista estaba perdida; ¿qué le importaba lo demás?

Sólo pensaba en ello para compadecer á aquellos miserables.

—Están ya presos, y por lo tanto imposibilitados de hacer daño,—se decía él;—pero ¡qué lástima de familia! ¡qué desgracia!

En cuanto á la repugnante visión del portillo de Maine, Cosette no había vuelto á hablar de ella.

En el convento, sor Santa Matilde había enseñado de música á Cosette. Cosette tenía la voz de una avecilla con alma, y algunas noches, en el humilde cuarto del herido, cantaba tristes canciones que complacían á Juan Valjean.

Llegaba la primavera; el jardín estaba tan admirable en esta estación, que Juan Valjean dijo á Cosette:

—No bajas nunca; quiero que pasees por él.

—Como queráis, padre,—contestó Cosette.

Y por obedecer á su padre, volvió á pasear por el jardín, casi siempre sola, porque, como hemos dicho, Juan Valjean, que probablemente temía ser visto por la verja, no paseaba casi nunca.

La herida había sido una diversión.

Cuando Cosette vió que su padre padecía menos, y que se iba curando y parecía feliz, sintió un contento que apenas echó de ver, tan dulce y naturalmente se presentaba.

Era el mes de marzo, crecían los días, desaparecía el invierno, que se lleva siempre consigo alguna parte de nuestras tristezas; vino después abril, esa aurora del estío, fresca como toda aurora, alegre como la infancia, llorosa alguna vez como un niño recién nacido.

La naturaleza en este mes tiene resplandores llenos de encanto, que pasan del cielo, de las nubes, de los árboles, de las praderas y de las flores al corazón del hombre.

Cosette era muy joven aún para que esta alegría de abril, semejante á ella, no la penetrase.

La obscuridad fué desapareciendo de su espíritu insensiblemente y sin sospecharlo.

En la primavera hay alguna luz en las almas tristes, así como á medio día hay claridad en los sótanos. Cosette misma no estaba ya tan triste.

Por la mañana, hacia las diez, después de almorzar, cuando había conseguido llevar á su padre un cuarto de hora al jardín, y pasear al sol por delante de la escalinata, sosteniéndole el brazo enfermo, no se apercibía de que se reía fácilmente y que era dichosa.

Juan Valjean satisfecho, la veía reponerse sonrosada y fresca.

—¡Oh, bendita herida!—repetía por lo bajo.

Estaba agradecido á los Thénardier.

Al estar curado de su herida, había vuelto á sus paseos solitarios y crepusculares.

Sería un error creer que se puede pasear de este modo, solo, por las regiones deshabitadas de París, sin toparse con alguna aventura.

II
La tía Plutarco no se apura mucho para dar la explicación
de un fenómeno

Una noche, el niño Gavroche no había comido; recordó que tampoco había cenado el día anterior; lo cual se le hacía muy pesado.

Tomó, pues, la resolución de hacer la prueba de cenar.

Se fué á rondar más allá de la Salpetrière, por lugares desiertos, donde se encuentran las gangas; donde no hay nadie, suele encontrarse algo. Y así pasando, llegó hasta unas casuchas que le parecieron ser el pueblecillo de Austerlitz.

En una de esas anteriores excursiones había visto allí un antiguo jardín, frecuentado por un anciano y una anciana, y en el cual había un manzano regular.

Al lado del manzano había una especie de frutera mal cerrada, de donde se podía hacer saltar alguna manzana.

Una manzana es una cena; una manzana es la vida.

La que perdió á Adán podía salvar á Gavroche.

El jardín daba á una callejuela solitaria sin empedrar y orillada de malezas, esperando las edificaciones, y separado por un seto.

Gavroche se dirigió hacia el jardín; encontró la callejuela, reconoció el manzano, identificó la frutera, y examinó el seto; un seto no es más que un salto.

Iba declinando el día; la callejuela estaba desierta: la hora era magnífica.

Gavroche iba á saltar; mas se detuvo de repente.

Se oía hablar en el jardín, y Gavroche se puso á mirar por entre los cañizos del seto.

Á dos pasos de él, al pie del seto al otro lado, precisamente en el punto en que hubiera caído al dar el salto que proyectaba, había una piedra tendida, que servía de banco; en este banco estaba el viejo del jardín, y delante, de pie, la vieja.

La vieja murmuraba; Gavroche, que era poco discreto, escuchó:

—¡Señor Mabeuf!—decía la vieja.

—¡Mabeuf!...—pensó Gavroche.—Me choca ese nombre.

El viejo, interpelado, no se movía. La vieja repitió:

—¡Señor Mabeuf!

El viejo, sin levantar la vista, respondió:

—¿Qué hay, tía Plutarco?

—¡Tía Plutarco!—pensó Gavroche.—Otro nombre chocante.

La tía Plutarco volvió á hablar, y el viejo tuvo que aceptar la conversación.

—El casero no está contento.

—¿Por qué?

—Se le deben tres plazos.

—Dentro de tres meses se le deberán cuatro.

—Dice que os mandará á dormir á otra parte.

—Iré.

—La hortelana quiere que se le pague; ya no fia leña. ¿Con qué vais á calentaros este invierno? No tendremos lumbre.

—Basta el sol.

—El carnicero nos niega ya el crédito, y no quiere dar más carne.

—Está bien. Digiero mal la carne; es muy pesada.

—¿Y qué comeremos?

—Pan.

—El panadero quiere que se le dé algo á cuenta; y dice, que si no hay dinero, no hay pan.

—Bueno.

—¿Y qué comeremos?

—Nos quedan las manzanas del manzano.

—Pero, señor, no se puede vivir así, sin dinero.

—¡Y si no tengo!

La anciana se fué, y el anciano se quedó solo, meditando.

Gavroche meditaba por otro lado.

Era ya casi de noche.

El primer resultado de la meditación de Gavroche fué, que en vez de escalar el seto, se acurrucó debajo del matorral.

Las ramas se separaban un poco en la parte baja de la maleza.

—¡Calla!—exclamó interiormente.—¡Una alcoba!

Y se agachó.

Estaba casi recostado en el banco del señor Mabeuf; oía casi respirar al octogenario.

Y entonces, para comer, trató de dormir.

Sueño de gato, sueño de un solo ojo.

Gavroche dormitaba espiando.

La blancura del cielo crepuscular blanqueaba la tierra, y la calleja formaba una línea pálida entre dos filas de arbustos oscuros.

De repente, sobre esta línea blanquecina, aparecieron dos sombras.

Una iba delante, y la otra á algunos pasos detrás.

—¡Dos personas!—murmuró Gavroche.

La primera sombra parecía ser un viejo encorvado y pensativo, vestido más que sencillamente, que andaba lentamente á causa de la edad, y que salía á pasear á la luz de las estrellas.

La segunda era recta, firme, pequeña.

Regulaba su paso al de la primera; pero en la lentitud voluntaria de la marcha se descubría la esbeltez y la agilidad.

Aquella sombra tenía cierto no sé qué de esquiva é inquieta, con todo el contorno de lo que entonces se llamaba un elegante; el sombrero era de buena forma, la levita negra, bien hecha, probablemente de buen paño, y ajustada al talle.

Levantaba la cabeza con cierta gracia robusta, y por debajo del sombrero se entreveía en el crepúsculo el pálido esbozo de un adolescente.

Este esbozo llevaba una rosa en la boca.

Esta segunda sombra era muy conocida de Gavroche; era Montparnasse.

En cuanto á la otra, no hubiera podido decir sino que era un pobre viejo. Gavroche se puso al momento en observación sin desamparar su sitio.

Uno de los dos tenía evidentemente proyectos sobre el otro; y Gavroche estaba muy bien situado para ver el resultado.

La alcoba se había trocado muy á su gusto en escondrijo.

Montparnasse de caza, á semejante hora y en aquel sitio, era muy peligroso.

Gavroche sentía que su corazón de pilluelo se conmovía de lástima hacia el buen viejo.

Pero ¿qué hacer? ¿Intervenir? ¿Había de socorrer una debilidad á otra?

Sería únicamente dar motivo para que se riese Montparnasse.

Gavroche no dejaba de conocer, que para aquel temible bandido de diez y ocho años, el viejo primero, y el niño después, se reducía á dos bocados.

Mientras que Gavroche deliberaba, tuvo lugar el ataque, brusco y repugnante.

Ataque del tigre contra el onagro, de la araña contra la mosca.

Montparnasse de improviso tiró la rosa, saltó sobre el viejo, le agarró del cuello, le acogotó, y se encabritó sobre él.

Gavroche apenas pudo ahogar un grito.

Un momento después, uno de aquellos hombres estaba debajo del otro, rendido, jadeante, forcejeando, con una rodilla de mármol sobre el pecho.

Sólo que no había ocurrido lo que Gavroche esperaba.

El que estaba en tierra era Montparnasse; el que estaba encima era el pobre viejo.

Todo esto sucedía á pocos pasos de Gavroche.

El viejo había recibido el choque, y le había rebotado tan terriblemente, que en un abrir y cerrar de ojos el agresor y la víctima habían cambiado de papel.

—¡Vaya un inválido valiente!—pensó Gavroche.

Y no pudo estarse de batir palmas; pero fué un aplauso perdido, porque no llegó hasta los combatientes, que estaban absortos y aturdidos, uno por otro, y mezclando sus alientos en la lucha.

Vino el silencio.

Montparnasse dejó de forcejear, y Gavroche se dijo:—«¡Estará muerto!».

El viejo no había pronunciado una palabra, ni lanzado un grito. Enderezóse, y Gavroche oyó como decía á Montparnasse:

—Levántate.

Montparnasse se levantó, pero el viejo no le había aún soltado. Montparnasse tenía la actitud humillada y furiosa en un lobo que hubiese sido dominado por un cordero.

Gavroche miraba y escuchaba, haciendo esfuerzos para duplicar ojos y oídos.

Se divertía extraordinariamente.

Fué recompensado en su ansiedad de espectador, pudiendo coger al vuelo este diálogo; que tomaba en la obscuridad cierto acento trágico.

El pobre viejo preguntaba, y Montparnasse respondía:

—¿Qué edad tienes?

—Diez y nueve años.

—Eres fuerte y de buena figura. ¿Por qué no trabajas?

—Porque me aburre.

—¿Qué eres?

—Haragán.

—Habla formalmente. ¿Puedo hacer algo por ti? ¿Qué quieres ser?

—Ladrón.

Hubo un momento de silencio. El viejo parecía estar profundamente pensativo; seguía inmóvil sin soltar á Montparnasse.

De cuando en cuando, el joven bandido, vigoroso y ágil, sentía sobresaltos de fiera cogida en una trampa.

Daba una sacudida, intentaba la zancadilla, retorcía sus miembros, trataba de escaparse.

El viejo aparentaba no notarlo, teníale cogidos ambos brazos con una sola mano, con la indiferencia soberana de una fuerza absoluta.

La meditación del viejo duró un buen espacio; después, mirando fijamente á Montparnasse, levantó suavemente la voz, y le dirigió, entre aquella obscuridad en que se encontraban, una especie de alocución solemne, de que Gavroche no perdió ni una sílaba:

—Hijo mío, tú entras por pereza en la más laboriosa de las existencias. ¡Ah! ¡Tú te declaras haragán! Pues prepárate á trabajar.

«¿Has visto una máquina terrible llamada el laminador? Es preciso tener mucho cuidado, porque es una cosa tan poco ruidosa como feroz; si te coge el faldón de la levita, se lleva todo el cuerpo.

«Esta máquina es la ociosidad.

«Detente, mientras estás á tiempo, y sálvate.

«De otra manera todo se acabó; dentro de poco estarás entre las ruedas; y una vez cogido, no esperes ya nada.

«¡Ea, á trabajar, perezoso; ya no hay descanso! La mano de hierro del trabajo implacable te ha cogido.

«Ganar tu vida, tener una tarea, cumplir un deber; ¿no quieres esto? ¿Te desagrada ser como los demás? Pues bien; serás distinto. El trabajo es la ley; el que la rechaza disgustado, le tiene por suplicio. No quieres ser obrero, serás esclavo.

«El trabajo sólo te deja por un lado para cogerte por otro; no quieres ser su amigo, serás su negro; rechazas el honrado cansancio de los hombres, sufrirás el sudor de los condenados.

«Donde los demás canten, tú gruñirás.

«Verás de lejos trabajar á los demás hombres, y te parecerá que descansan.

«El labrador, el segador, el marinero, el herrero, se te aparecerán en la luz como los bienaventurados de un paraíso.

«¡Qué irradiación la del yunque!

«Guiar una carreta, atar las mieses, ¡qué felicidad!

«El buque en libertad entregado á los vientos, ¡qué delicia!

«¡Y tú, perezoso, cava, arrastra, rueda, anda! ¡Tira de tu cabestro, animal de carga, en el tiro del infierno!

«¡Ah! ¿No hacer nada es tu único objeto? Pues bien; no pasarás una semana, ni un día, ni una hora sin humillación.

«No podrás hacer nada sino con angustia; tus músculos crujirán á cada instante; lo que para los demás sea blanda pluma, será dura roca para ti.

«Las cosas más sencillas estarán para ti llenas de dificultades; la vida en tu derredor se convertirá en monstruosa.

«Ir, venir y respirar serán para ti otros tantos trabajos terribles. Tu pulmón te hará el efecto de un peso de cien libras.

«Venir acá antes de ir allá será un problema de difícil resolución.

«Todo el que quiere salir de su casa, no tiene que hacer otra cosa que empujar la puerta, y ya está fuera.

«Tú, si quisieres salir, tendrás que perforar una pared.

«Para salir á la calle, no tiene cualquiera que hacer más que bajar la escalera; pero tú romperás las sábanas, harás con sus tiras una cuerda, pasarás por la ventana, te suspenderás colgado de este hilo sobre un abismo, de noche, en medio de la tempestad, en medio de la lluvia, en medio del huracán; y si la cuerda no alcanza, sólo encontrarás un medio de bajar: tirarte.

«Tirarte á ciegas, en el precipicio, de una altura cualquiera, abajo, á lo desconocido; ó bien te subirás por un cañón de chimenea, con peligro de quemarte; ó te deslizarás por un conducto de letrina, con peligro de asfixiarte.

«Y no te hablo de los agujeros que hay que ocultar, de las piedras que hay que quitar y poner veinte veces al día, ni de los yesones que hay que esconder debajo del jergón.

«Se presenta una cerradura; cualquiera lleva en el bolsillo una llave hecha por un cerrajero. Tú, si quieres pasar adelante, estás condenado á hacer una obra maestra espantosa; cogerás una moneda de cobre, la cortarás en dos placas, y ¿con qué herramientas?

«Tendrás que inventarlas; eso te corresponde.

«Después ahondarás lo interior de estas placas, cuidando de no tocar á la superficie; abrirás alrededor la muesca de un tornillo, de modo que se ajusten exactamente una á otra, como una caja á su tapa, y que atornilladas no se sospeche nada.

«Para los vigilantes, porque estarás vigilado, esto será sólo una moneda de cobre; para ti será una caja. ¿Y qué meterás en esa caja? Un pedacito de acero; un muelle de reloj, al que habrás hecho dientes, y será una sierra.

«Con esta sierra, de la longitud de un alfiler, y oculta en una moneda de cobre, deberás cortar el pestillo de la cerradura, la barra del cerrojo, el asa del candado, el hierro de la ventana y el grillete de la pierna; y hecha esta obra prodigiosa, realizados estos milagros de arte, de industria, de habilidad y de paciencia, si se llega á saber que eres tú el autor, ¿cuál será tu recompensa? El calabozo.

«Éste es tu porvenir.

«La pereza, el placer, ¡qué precipicios! No hacer nada, es tomar un terrible partido. No lo olvides.

«¡Vivir ocioso de la sustancia social! ¡Ser inútil; es decir, ser perjudicial! Esto conduce directamente al fondo de la miseria.

«¡Infeliz del que quiere ser parásito! Será la escoria, el gusano del cuerpo social.

«¡Ah! ¡No te gusta trabajar! No tienes más que un pensamiento: beber bien, comer bien, dormir bien.

«Pues beberás agua, comerás pan negro, dormirás en una tarima con una cadena enroscada á tus miembros, cuyo frío sentirás por la noche en las carnes.

«Romperás esta cadena, y huirás.

«Bien; pero te arrastrarás entre las matas, y comerás yerbas como los animales de la selva.

«Y volverás á ser preso; y entonces pasarás los años en un profundo foso, en lo bajo de una muralla, buscando á tientas el jarro para beber, embotando en tus dientes un horrible pedazo de pan negro, que no querrían ni los perros; comiendo habas que los gusanos han roído antes que tú.

«Serás una cucaracha en una cueva.

«¡Ah! ¡Ten piedad de ti mismo, pobre niño, que mamabas aún no hace veinte años, y que tendrás madre todavía! Yo te conjuro, escúchame.

«Quieres gastar paño fino, zapatos lustrosos, pelo rizado, perfumar tu cabeza, agradar á las jóvenes, ser elegante; pues bien, te cortarán el pelo al rapé, te pondrán una chaqueta roja y unos zuecos.

«Quieres llevar sortijas en los dedos, y llevarás una argolla al cuello; y si miras á una mujer, te darán un palo.

«¡Entrarás allí á los veinte años, y saldrás á los cincuenta!

«Entrarás joven, sonrosado, fresco, con ojos brillantes, dientes blancos y hermosos cabellos, y saldrás cascado, encorvado, lleno de arrugas, sin dientes, horrible, y con el pelo blanco.

«¡Ah, pobre criatura! ¡Y cómo te equivocas, infeliz! ¡La holgazanería te aconseja mal; el trabajo más rudo es el robar.

«Créeme, no emprendas la penosa profesión de perezoso; no es nada cómodo ser bribón.

«Es más cómodo ser hombre honrado.

«Anda ahora, y piensa en lo que te he dicho.

«Pero, ¿qué es lo que me querías? ¿Mi bolsa? Aquí la tienes.

Y el viejo, soltando á Montparnasse, le puso en la mano su bolsillo, que Montparnasse tuvo un instante en la mano tomándole á peso; después de lo cual, con la misma precaución maquinal que si le hubiesen robado á él, le dejó caer suavemente en la faltriquera del faldón de su levita.

Dicho y hecho todo esto, el buen viejo volvió la espalda, y continuó paseando.

—¡Estúpido!—murmuró Montparnasse.

¿Quién era aquel viejo? El lector lo habrá sin duda adivinado.

Montparnasse, estupefacto y sin acertar á moverse, miró cómo desaparecía en el crepúsculo; pero esta contemplación le fué fatal.

Mientras el viejo se alejaba, aproximábasele Gavroche.

Gavroche, con una mirada de reojo se había asegurado de que el señor Mabeuf, dormido tal vez, seguía en el banco, y saliendo luego el pilluelo de la maleza, se arrastró en la sombra por detrás de Montparnasse, que continuaba inmóvil.

Así llegó hasta él sin ser visto ni oído; metió la mano en la faltriquera de atrás de la levita de negro paño fino, cogió el bolsillo, retiró la mano, y volviéndose á rastras, hizo una evolución de culebra en la obscuridad.

Montparnasse, que no tenía motivo alguno para estar prevenido, y que meditaba, quién sabe si por primera vez en su vida, nada advirtió.

Gavroche, en cuanto llegó adonde estaba el señor Mabeuf, tiró el bolsillo por encima del seto, y huyó á todo correr.

La bolsa cayó á los pies del señor Mabeuf.

El ruido le despertó.

Inclinóse, y recogió la bolsa. Abrióla sin darse cuenta de ello.

La bolsa tenía dos divisiones: en la una había algunos cuartos; en la otra seis napoleones de oro.

El señor Mabeuf, muy asustado, llevó aquello á su ama.

—Ha caído del cielo,—dijo á la tía Plutarco.