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Los miserables - Tomo 2 (de 2) cover

Los miserables - Tomo 2 (de 2)

Chapter 8: LIBRO QUINTO CUYO FIN NO SE PARECE AL PRINCIPIO
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About This Book

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LIBRO QUINTO
CUYO FIN NO SE PARECE AL PRINCIPIO

I
La soledad y el cuartel en combinación

El dolor de Cosette, tan punzante aún y tan vivo cuatro ó cinco meses antes, había entrado en convalescencia, sin ella advertirlo.

La naturaleza, la primavera, la juventud, el amor hacia su padre, la alegría de los pájaros y de las flores, infiltraban poco á poco, día por día, gota á gota, en aquella alma tan virgen y tan joven, una cosa muy parecida al olvido.

¿Se apagaba completamente el fuego, ó se iban formando solamente capas de ceniza? El hecho es, que no sentía ya apenas nada doloroso ni abrasador.

Un día pensó de repente en Mario.

—¡Calle!—dijo.—Ya no pienso en él.

Durante la misma semana se fijó, al pasar por delante de la verja del jardín, en un lindo oficial de lanceros, con talle de avispa, brillante uniforme, mejillas de niña, sable debajo el brazo, bigotes encerados y chascás charolado. Además: pelo rubio, ojos azules, cara redonda, vana, insolente y linda: todo lo contrario de Mario.

Llevaba su cigarro en la boca.

Cosette pensó que aquel oficial pertenecía al regimiento acuartelado en la calle de Babilonia.

Al día siguiente le vió pasar otra vez, y notó la hora.

Desde aquel momento le vió pasar casi todos los días.

Los camaradas del oficial notaron que había en aquel jardín «mal cuidado» y detrás de aquella verja barroca, una linda muchacha, que estaba allí, casi siempre, cuando pasaba el bizarro teniente, el cual no es desconocido del lector, pues se llamaba Teódulo Guillenormand.

—¡Hola!—decíanle.—Hay ahí una muchacha que se fija en ti; obsérvalo.

—¡Para esto tengo el tiempo...—respondía el lancero,—si tuviera que fijarme en todas las muchachas que me miran!

Esto sucedía precisamente en los momentos en que Mario, descendiendo hasta la agonía, decíase:

—¡Si pudiese solamente volver á verla antes de morir!

Si se hubiera realizado su deseo; si hubiera visto en aquel instante á Cosette mirando á un lancero, no habría podido pronunciar una palabra; habría muerto de dolor.

¿Y de quién habría sido la culpa? De nadie.

Mario tenía uno de esos temperamentos que se sumergen en la tristeza y viven en ella.

Cosette, por el contrario, se sumergía, pero volvía á salir.

Cosette, además, atravesaba el momento peligroso, fase fatal del ensueño femenil, abandonado á sí mismo, en que el corazón de una joven aislada se asemeja á los sarmientos de la vid que así se enraman por casualidad al chapitel de una columna de mármol, como al poste de una taberna.

Momento rápido y decisivo, crítico para toda huérfana, ya sea pobre ó rica, porque la riqueza no impide una mala acción, realizándose casamientos desiguales, porque la verdadera desigualdad es la de las almas; de igual manera que más de un joven ignorado, sin nombre, sin familia y sin fortuna, es un chapitel de mármol que sostiene un templo de elevados sentimientos y de grandes ideas, existen hombres de mundo, satisfechos y opulentos que calzan botas brillantes, y hablan charolado, que si se les mira, no al exterior, sino al interior, es decir, á lo que está reservado á la mujer, no son más que un poste estúpido, obscuramente manejado por las pasiones violentas, inmundas y vinosas; es decir, el poste de una taberna.

¿Qué había en el alma de Cosette?

Una pasión calmada ó adormecida: amor en estado flotante; algo que era límpido, brillante; turbio á cierta profundidad, sombrío más abajo.

La figura del lindo oficial se reflejaba en la superficie.

¿Había algún recuerdo en el fondo? ¿Muy en el fondo?

Tal vez; pero Cosette no lo sabía.

En esto sobrevino un incidente singular.

II
Miedos de Cosette

Durante la primera quincena de abril hizo Juan Valjean un viaje.

Esto sucedía, como sabe el lector, algunas veces muy de tarde en tarde; y estaba ausente uno ó dos días á lo más.

¿Dónde iba? Nadie lo sabía, ni la misma Cosette.

Sólo una vez, en uno de sus viajes, le había acompañado ésta en coche hasta la esquina de un callejón sin salida, en cuya esquina había leído: Callejón de la Planchette.

Allí se había apeado, y el coche había regresado con Cosette á la calle de Babilonia.

Generalmente Juan Valjean hacía estos viajes cuando faltaba dinero en casa.

Juan Valjean estaba, pues, ausente; al marcharse había dicho: «Volveré dentro de tres días».

Por la noche, Cosette estaba sola en la sala.

Para matar el fastidio había abierto el piano y empezado á cantar, acompañándose ella misma, el coro de Euryanthe: ¡Cazadores perdidos en los bosques! que es quizá lo más bello que existe en música.

Cuando hubo acabado se quedó pensativa.

De repente creyó oir que andaban por el jardín.

No podía ser su padre, porque estaba ausente; ni la tía Santos, porque se había acostado.

Eran las diez de la noche.

Se dirigió á la ventana de la sala que estaba cerrada, y aplicó el oído.

Le pareció que oía el paso de un hombre que andaba suavemente.

Subió con rapidez al primer piso, á su cuarto, abrió un ventanillo que había en el postigo, y miró al jardín.

La luna estaba en su cuarto lleno alumbrando como el día.

No había nadie.

Abrió la ventana.

El jardín estaba absolutamente silencioso; y lo que se veía en la calle, desierto como siempre.

Cosette pensó haberse engañado; había creído oir aquel ruido, y todo era un alucinamiento producido por el sombrío y prodigioso coro de Weber, que abre ante el espíritu abismos insondables, que aparecen trémulos á la vista como un bosque vertiginoso en que se oye el crujido de las ramas muertas bajo el paso inquieto de los cazadores, casi envueltos en el crepúsculo.

Y no pensó más en ello.

Además, Cosette no era de naturaleza asustadiza.

Había en sus venas algo de la sangre de gitana y aventurera de desnudos pies.

Recuérdese que era mejor alondra que paloma, y tenía su fondo de valor y de energía.

Al día siguiente, más temprano, á la caída de la noche, se estaba paseando por el jardín, y en medio de los confusos pensamientos en que estaba sumergida, creyó oir claramente un ruido semejante al de la víspera, como de alguna persona que anduviera en la obscuridad bajo los árboles, y no muy lejos de ella; pero ella se decía que nada se asemeja tanto á los pasos sobre la yerba como el roce de dos ramas que se separan por sí mismas, y no hizo caso; además, no veía nada.

Salió de la «maleza»; tenía que atravesar un espacio alfombrado de menuda yerba para llegar á la gradería del pabellón.

La luna, que acababa de aparecer á sus espaldas, proyectó su sombra delante de ella, sobre aquella alfombra, en cuanto salió de la espesura.

Cosette se paró aterrorizada.

Al lado de su sombra, la luna proyectaba claramente sobre el césped otra sombra singularmente espantosa y terrible; una sombra que llevaba sombrero redondo.

Parecía la de un hombre que estuviese de pie junto á la espesura y á pocos pasos detrás de Cosette.

Permaneció un minuto sin poder hablar, ni gritar, ni moverse, ni volver la cabeza.

Pero al fin, reuniendo todo su valor, se volvió resueltamente.

No había nadie.

Miró al suelo; la sombra había desaparecido.

Entró nuevamente en la espesura, registró valerosamente todos los rincones, llegó hasta la verja, y no encontró á nadie.

Quedóse verdaderamente helada. ¿Había sido también aquello una alucinación? ¡Cómo! ¡Dos días seguidos! Una alucinación, pase; ¿pero dos?

Lo que la inquietaba sobre todo, era el que la sombra no fuera seguramente un fantasma, porque los fantasmas no llevan sombrero redondo.

Al día siguiente volvió Juan Valjean.

Cosette le refirió lo que había creído ver y oir.

Esperaba que su padre la tranquilizaría y que encogiéndose de hombros, le diría: «Eres una loquilla».

Juan Valjean se puso pensativo.

—Puede no ser nada,—dijo.

Separóse con algún pretexto, y se fué al jardín. Cosette observó que examinaba la verja con mucha atención.

Por la noche se despertó; esta vez estaba segura de oir pasos cerca de la escalinata, por bajo de su ventana, y la abrió.

En efecto, en el jardín vió á un hombre con un garrote en la mano.

Iba ya á gritar, cuando la luna iluminó el rostro del hombre. Era su padre.

Volvió, pues, á acostarse, pensando:

—¡Está inquieto, en realidad!

Juan Valjean pasó aquella noche y las dos siguientes en el jardín, y Cosette le observó por el ventanillo.

La tercera noche la luna estaba en su cuarto menguante, y salía más tarde. Sería como la una; Cosette oyó una carcajada, y la voz de su padre, que la llamaba:

—¡Cosette!

Saltó de la cama, se puso una bata, y abrió la ventana.

Su padre estaba en el jardín en el césped.

—Te despierto para tranquilizarte,—la dijo.—Mira; aquí tienes la sombra del sombrero redondo.

Y le enseñó sobre el césped una sombra que se proyectaba á la luz de la luna, y que parecía, en efecto, la de un hombre con sombrero redondo.

Era la silueta producida por el recortado de un tubo de chimenea de hierro con chapitel, que se elevaba por encima de un tejado vecino.

Cosette se echó á reir también; se borraron todas sus lúgubres suposiciones, y á la mañana siguiente, cuando almorzaba con su padre, se chanceó sobre el siniestro jardín visitado por las sombras de los tubos de chimenea.

Juan Valjean se tranquilizó completamente, y Cosette no se paró á examinar si el cañón de chimenea estaba en la misma dirección que la sombra que había visto ó había creído ver, y si la luna estaba en el mismo punto del cielo.

No se interrogó acerca de la singularidad de un cañón de chimenea, que teme ser sorprendido en flagrante delito, y se retira cuando ven su sombra; porque la sombra había desaparecido cuando Cosette se volvió, y Cosette creía estar segura de ello.

La joven se tranquilizó por completo.

La demostración le pareció evidente, y creyó que era un efecto de imaginación, lo mismo que los pasos de alguno que anduviese por el jardín por la tarde ó la noche.

Sin embargo, algunos días después ocurrió un nuevo incidente.

III
Enriquecido con comentarios de la tía Santos

En el jardín y cerca de la verja que daba á la calle, había un banco de piedra, guardado por una cerca de carpintos, de las miradas de los curiosos, pero hasta el cual podía llegar el brazo de un transeúnte á través de la verja y del follaje.

Una tarde del propio mes de abril, había salido Juan Valjean; y Cosette después de haberse puesto el sol, se había sentado en dicho banco.

El viento penetraba por entre los árboles; Cosette meditaba; una tristeza, sin objeto, iba apoderándose poco á poco de ella; esa tristeza invencible que produce la tarde, y que proviene tal vez del misterio de la tumba entreabierta á esa hora.

Fantina estaba quizá en aquella sombra.

Cosette se levantó, dió lentamente una vuelta por el jardín, andando sobre la hierba inundada de rocío, y diciéndose á través de la especie de sonambulismo melancólico en que estaba sumergida:

—Debe una calzar chanclos ciertamente para andar por el jardín á estas horas; es fácil constiparse.

Después volvió de nuevo al banco.

En el momento en que iba á sentarse, observó en el sitio que había ocupado una gran piedra, que no estaba antes.

Cosette miró pensativa aquella piedra, preguntándose qué significaba.

Pero de repente, la idea de que aquella piedra no se había ido sola al banco, de que alguno la había puesto allí, de que un brazo había pasado á través de la verja; esta idea, decimos, se le presentó, y le dió miedo; un miedo verdadero esta vez, porque la piedra estaba allí, y no era posible dudar; no la tocó; huyó sin atreverse á mirar detrás de sí; se refugió en la casa; cerró enseguida los postigos con barras y la puerta-vidriera de la escalinata con cerrojos, y preguntó á la tía Santos:

—¿Ha vuelto mi padre?

—Todavía no, señorita.

(Ya hemos dicho de una vez para siempre que la tía Santos era tartamuda. Permítasenos no ortografiar sus palabras como tal; nos repugna la notación musical de una enfermedad).

Juan Valjean, como hombre pensativo y paseante nocturno, solía retirarse bastante tarde por la noche.

—Santos,—dijo Cosette,—¿tenéis cuidado de cerrar bien por la noche las ventanas, las que dan al jardín, al menos con barras, y de poner bien los pasadores de hierro en los anillos?

—¡Oh! podéis estar tranquila, señorita.

La tía Santos no dejaba de hacerlo, y Cosette lo sabía bien; pero no pudo menos de añadir:

—¡Qué desierto está esto!

—Es verdad,—dijo la tía Santos.—La asesinarían á una sin tener tiempo para decir ¡uf! con eso de no dormir el señor en casa. Pero no temáis nada, señorita: cierro las ventanas como si fuese una fortaleza. ¡Ah, mujeres solas! ¡Esto hace temblar! Figuraos que entran hombres en el cuarto por la noche, y le dicen á una: «¡Cállate!» y empiezan á cortarle la cabeza. No es tanto la muerte, porque al fin se muere una, y sabe demasiado que se ha de morir; pero es una cosa horrible sentir que os pone esa gente la mano encima. ¡Y luego sus puñales! ¡Oh, qué mal deben cortar, Dios mío!

—¡Callad!,—dijo Cosette,—cerradlo todo bien.

Atemorizada del melodrama improvisado por la tía Santos, y quizá también por el recuerdo de las apariciones de la otra semana, no se atrevió á decirle: «Id á ver la piedra que han puesto en el banco», de miedo de volver á abrir la puerta del jardín, y de que entrasen los «hombres».

Hizo cerrar por todas partes las puertas y ventanas, hizo que la tía Santos registrase la casa desde la cueva al granero: se encerró en su cuarto, echó los cerrojos, miró debajo de los muebles y debajo de la cama; se acostó y durmió mal.

Toda la noche estuvo viendo la piedra, grande como una montaña, y llena de cavernas.

Cuando salió el sol,—es propio del sol naciente hacernos reir de todos nuestros terrores nocturnos, y la risa que produce es siempre proporcionada al miedo que se ha tenido,—al salir el sol, decimos, se despertó Cosette, pensó horrorizada en su sueño, y se dijo: «¿Qué he estado soñando? ¡Lo mismo es esto que los pasos que me parecía haber oído la otra semana de noche en el jardín! ¡Lo mismo que la sombra del cañón de chimenea! ¿Voy á volverme ahora cobarde?».

El sol que entraba por las rendijas de los postigos, y coloreaba de púrpura las cortinas de damasco, la tranquilizó de tal manera, que todo se borró en su imaginación, incluso la piedra.

—No había piedra ninguna en el banco, como no había ningún hombre con sombrero redondo en el jardín. He soñado lo de la piedra como lo demás.

Vistióse; bajó al jardín; corrió al banco y sintió un sudor frío.

La piedra estaba allí.

Pero aquello no duró más que un momento; el miedo de noche es curiosidad de día.

—¡Bah!—dijo:—veamos lo que es.

Y levantó la piedra, que era bastante grande.

Debajo había algo que parecía una carta.

Era un sobre de papel blanco; Cossette lo cogió, y vió que no tenía ni dirección escrita por un lado, ni oblea por el otro; pero aunque estaba abierto no estaba vacío.

Entreveíanse papeles dentro.

Cosette lo examinó; ya no tenía miedo, ni curiosidad, sino un principio de impaciencia.

Sacó del sobre lo que contenía, que era un cuadernillo de papel, de hojas numeradas, en cada una de las cuales tenía algunas líneas que parecieron á Cosette de bonita y elegante letra.

Cosette buscó un nombre, pero no lo había; buscó una firma, tampoco la había.

¿Á quién iba dirigido aquello?

Á ella probablemente, puesto que una mano había depositado aquel paquete en su banco.

¿De quién venía aquello?

Una fascinación irresistible se apoderó de ella; trató de separar los ojos de aquellos papeles que temblaban en su mano; miró al cielo, á la calle, á las acacias llenas de luz, á las palomas que volaban sobre un tejado próximo, y después su vista cayó rápidamente sobre el manuscrito, y se dijo que debía leer lo que contenía.

He aquí que leyó:

IV
Un corazón bajo una piedra

La reducción del universo á un solo ser, la dilatación hasta Dios de un solo ser, he aquí el amor.


El amor es la salutación de los ángeles á los astros.


¡Qué triste está el alma cuando está triste por el amor!


¡Qué vacío como el de la ausencia del ser que por sí solo llena el mundo! ¡Oh! ¡Cómo es verdad que el ser amado se convierte en Dios! Se comprendería que Dios tuviese celos, si el Padre de todo no hubiera hecho evidentemente la creación para el alma, y el alma para el amor.


Basta una sonrisa vislumbrada á lo lejos bajo las alas de un sombrerito de crespón blanco con adornos de lila, para que el alma entre en el palacio de los sueños.


Dios está detrás de todo; pero todo oculta á Dios. Las cosas son negras, las criaturas son opacas. Amar á un ser es hacerle transparente.