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Los miserables - Tomo 2 (de 2) cover

Los miserables - Tomo 2 (de 2)

Chapter 9: LIBRO SEXTO EL NIÑO GAVROCHE
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LIBRO SEXTO
EL NIÑO GAVROCHE

I
Endiabladuras del viento

Desde 1823, mientras que el bodegón de Montfermeil se obscurecía y desaparecía poco á poco, no en el abismo de una bancarrota, sino en la cloaca de las pequeñas deudas, los Thénardier habían tenido otros dos hijos, varones ambos. Con estos eran cinco, dos hembras y tres varones; lo cual era mucho.

La Thénardier se había desembarazado de los dos últimos, cuando eran aún pequeñitos, con una felicidad singular.

Hemos dicho desembarazado, y realmente ésta es la palabra, porque en aquella mujer no había más que un fragmento de naturaleza; fenómeno del que hay otros ejemplos.

Como la mariscala de Lamothe Houdancourt, la Thénardier sólo era madre para sus hijas.

Allí terminaba su maternidad.

Su odio al género humano empezaba en sus hijos; por el lado de éstos su maldad estaba, por así decirlo, cortada á pico, y su corazón tenía en este lugar una lúgubre escarpadura.

Como ya hemos visto, detestaba al mayor, y execraba á los otros dos.

¿Por qué? Porque sí.

El más terrible de los motivos, y la más indiscutible de las respuestas: Porque sí.

—No necesito una manada de chicos,—decía la tal madre.

Expliquemos cómo los Thénardier habían llegado á librarse de sus dos últimos hijos, y hasta á sacar provecho de ellos.

Aquella muchacha Magnon, de quien hemos hablado en otro lugar, era la misma que había conseguido sacar una pensión al buen señor Guillenormand para los dos hijos que tenía.

Vivía en el muelle de los Celestinos, en el ángulo de la antigua calle del Almizcle, que ha hecho lo posible por cambiar en buen olor su mala fama.

Muchos recordamos la gran epidemia del garrotillo que devastó hace treinta años los barrios ribereños del Sena en París, y de que la ciencia se aprovechó para experimentar en gran escala la eficacia de las insuflaciones de alumbre, tan útilmente reemplazadas hoy por la tintura externa de yodo.

En aquella epidemia la Magnon perdió en un mismo día sus dos hijos, pequeños aún, uno por la mañana y otro por la tarde.

Esto fué un gran golpe, porque aquellas criaturas eran muy necesarias á su madre; representaban ambas diez y seis duros al mes.

Estos diez y seis duros eran pagados exactamente en nombre del señor Guillenormand, por su procurador Barge, ujier ó alguacil retirado, que vivía en la calle del Rey de Sicilia.

Muertos los niños, la pensión quedaba enterrada.

La Magnon buscó un expediente.

En aquella tenebrosa masonería del mal, de que formaba parte, se guarda el secreto, y se prestan todos mutuo auxilio.

La Magnon necesitaba dos hijos, la Thénardier los tenía, y precisamente del mismo sexo, y de la misma edad.

Buen acomodo para la una, y una buena colocación para la otra.

Los hijos de la Thénardier se convirtieron en hijos de la Magnon.

Ésta se mudó del muelle de los Celestinos á la calle Clocheperce. En París la identidad que liga á un individuo á sí mismo se rompe de una calle á otra.

El estado civil, no advertido por nada, no reclamó, y la sustitución se hizo del modo más fácil del mundo.

Sólo la Thénardier exigió, por el préstamo de sus hijos, dos duros al mes, que la Magnon prometió, y aun pagó.

No hay que decir que el señor Guillenormand continuó pagando.

Cada seis meses iba á ver á los niños, y no notó el cambio.

—Señor,—le decía la Magnon,—¡cómo se os parecen!

El señor Guillenormand se encogía de hombros sonriendo.

Thénardier, que encontraba fáciles todos los disfraces, aprovechó esta ocasión para convertirse en Jondrette.

Sus dos hijas y Gavroche apenas habían tenido tiempo de notar que tenían dos hermanitos.

En cierto grado de miseria se apodera del alma una especie de indiferencia espectral, y se ve á los seres como larvas.

Las personas más allegadas aparecen á veces como vagas formas de la sombra, que apenas se distinguen del fondo nebuloso de la vida, confundiéndose fácilmente en lo invisible.

La noche del día en que había hecho entrega de sus dos hijos á la Magnon, con voluntad expresa de renunciar á ellos para siempre, la Thénardier había tenido, ó aparentado tener, un escrúpulo, y había dicho á su marido:

—¡Pero esto es abandonar á estas criaturas!

Thénardier, magistral y flemático, cauterizó el escrúpulo con esta sentencia:

—¡Juan Jacobo Rousseau hizo todavía más!

La madre pasó entonces del escrúpulo á la inquietud.

—¿Y si la policía nos persiguiese? Dime, amigo, ¿es esto permitido?

Thénardier respondió:

—Todo es permitido. Nadie verá en esto más que una trasparencia. Por otra parte, en muchachos que no tienen un sueldo, á nadie le importa mirar muy de cerca.

La Magnon era una especie de elegante del crimen. Se vestía con esmero.

Compartía su habitación, amueblada de una manera afectada y miserable, con una astuta ladrona inglesa afrancesada.

Esta inglesa, naturalizada parisiense, recomendable por sus buenas relaciones, íntimamente ligada á las medallas de la Biblioteca y á los diamantes de la actriz Mars, fué después célebre en los anales judiciarios. Llamábanla la señorita Miss.

Los dos niños que, por decirlo así, cayeron en suerte á la Magnon, no tuvieron de qué quejarse.

Recomendados por los diez y seis duros, estaban cuidados como todo lo que es explotado; no estaban mal vestidos ni mal alimentados; se les trataba como á unos «señoritos», mejor por su falsa madre que por la verdadera.

La Magnon se hacía la señora, y no hablaba en germanía delante de ellos.

Así pasaron algunos años.

Thénardier auguraba bien.

Un día que la Magnon le entregaba sus diez francos mensuales, le dijo:

—Será preciso que «el padre» les dé educación.

Pero de repente, aquellos dos pobres niños, bastante protegidos hasta allí, aun por su mala suerte, fueron lanzados bruscamente en la vida y obligados á empezar á recorrerla.

Un arresto en masa de malhechores como la de la covacha de Jondrette, que necesariamente había de complicarse con requisitorias y prisiones ulteriores, es un verdadero desastre para esa horrible contra-sociedad oculta, que vive bajo la sociedad pública; una aventura de ese género arrastra tras sí toda clase de derrumbamientos en ese mundo sombrío.

La catástrofe de los Thénardier produjo la catástrofe de la Magnon.

Un día, poco tiempo después que la Magnon hubo dado á Eponina el billete relativo á la calle Plumet, se verificó en la calle Clocheperce una repentina visita de la policía; la Magnon fué presa, lo mismo que la señorita Miss, y toda la vecindad, que era sospechosa, tuvo que pasar por la redada.

Los dos chiquitines estaban jugando en aquel momento en un patio, y no vieron nada de la catástrofe.

Cuando volvieron hallaron la puerta cerrada y la casa vacía.

Un zapatero de un portal de enfrente les llamó, y les dió un papel que su «madre» había dejado para ellos.

En el papel había escritas unas señas: Barge, recaudador de rentas, calle del Rey de Sicilia, número 8.

El hombre del portal les dijo:

—Ya no vivís ahí. Id allá. Está muy cerca. La primera calle á la izquierda. Preguntad el camino con este papel.

Los chicos se fueron, el mayor conduciendo al menor, y llevando el papel que debía guiarlos en la mano. Tenía frío; sus deditos hinchados se cerraban mal, y apenas sostenían el papel.

Al dar la vuelta de la calle Clocheperce, se lo arrancó una ráfaga de viento, y como caía la noche, el chiquillo no pudo encontrarle.

Comenzaron, por lo tanto, á vagar al azar por las calles.

II
Donde el pequeño Gavroche saca partido de Napoleón el Grande

La primavera en París suele ser interrumpida por brisas ásperas y rudas, que le dejan á uno, no precisamente helado, pero sí aterido de frío; estas brisas, que entristecen los más hermosos días, causan el mismo efecto que aquellos soplos de aire glacial que penetran en un cuarto templado, por las rendijas de las ventanas ó por las puertas mal cerradas.

Parece que la sombría puerta del invierno se ha quedado entreabierta, y deja penetrar el aire.

En la primavera de 1832, época en que apareció la primera gran epidemia de este siglo en Europa, aquellas brisas fueron más acres y punzantes que nunca; era que estaba medio abierta una puerta más fría aún que la del invierno; era la puerta del sepulcro.

Sentíase en las tales brisas el aliento del cólera.

Bajo el punto de vista meteorológico, estos vientos fríos tenían de particular que no excluían una fuerte tensión eléctrica; y estallaron en aquella época frecuentes tempestades acompañadas de relámpagos y truenos.

Una tarde en que estas brisas soplaban rudamente, de modo que parecía haber vuelto el mes de enero, y las gentes se habían vuelto á poner los abrigos, el niño Gavroche, temblando siempre alegremente de frío bajo sus harapos, estaba de pie y como en éxtasis delante de una peluquería de los alrededores del Olmo de San Gervasio.

Llevaba un pañuelo de lana de mujer, sacado de no sabemos dónde, el cual había habilitado de tapa-bocas; parecía que estaba admirando profundamente una figura de cera escotada y adornada con flores de azahar, que daba vueltas en el escaparate, mostrando su sonrisa á los transeúntes entre dos quinqués; pero en realidad observaba la tienda para ver si podía «birlar» del escaparate una pastilla de jabón, que iría á vender enseguida por dos sueldos á un «peluquero» de las afueras.

Muchos días almorzaba con una de aquellas pastillas, y llamaba á este género de trabajo, para el cual tenía cierto talento, «hacer la barba á los barberos».

Contemplando, pues, la novia de cera y flechando á la vez la pastilla, decía entre dientes:

—Martes. No es martes. ¿Es acaso martes? Quizá es martes. Sí, martes es.

Nunca se ha sabido á qué se refería este monólogo.

Si por casualidad se refería á la última vez que había comido, hacía ya tres días, porque era viernes.

El barbero en su tienda, templada por una buena chimenea, afeitaba á un parroquiano, y dirigía de cuando en cuando una mirada de soslayo á aquel enemigo, á aquel pilluelo helado y descarado que tenía las dos manos en los bolsillos, pero el espíritu evidentemente desenvainado.

Mientras que Gavroche examinaba la figura, el escaparate y los jabones de Windsor, dos niños, de estatura desigual, vestidos con esmero y menores que él, uno como de siete años, y otro de cinco, hicieron girar tímidamente el picaporte y entraron en la tienda pidiendo algo, una limosna quizá, con un murmullo lastimero, que parecía más bien un gemido que una súplica.

Hablaban ambos á la vez, y sus palabras eran ininteligibles, porque los sollozos ahogaban la voz del menor, y el frío hacía temblar los dientes del mayor.

El barbero se volvió con rostro airado, y sin abandonar la navaja, empujando al mayor con la mano izquierda, y al pequeño con la rodilla, los echó á la calle y cerró la puerta, diciendo:

—¡Venir á enfriarnos para nada!

Los dos niños volvieron á emprender su marcha llorando.

Á todo esto había sobrevenido una nube, y comenzaba á llover.

Gavrochillo, corrió detrás de ellos, les alcanzó, y les dijo:

—¿Qué os pasa, muchachos?

—No sabemos dónde dormir,—respondió el mayor.

—¿Y es eso todo? ¡Vaya una gran cosa! ¿Y lloras por eso? ¡Tontuelos!

Y tomando, á través de su superioridad algo burlona, cierto acento de tierna autoridad y dulce protección, añadió:

—Monigotes, veníos conmigo.

—Sí, señor,—prorrumpió el mayor.

Y los dos niños le siguieron, como hubieran podido seguir á un arzobispo, dejando de llorar.

Gavroche les hizo subir por la calle de San Antonio en dirección de la Bastilla.

Y al tiempo que se alejaba, dirigió una mirada indignada y retrospectiva á la peluquería.

—No tiene corazón ese bacalao,—murmuró;—es un inglesote.

Una muchacha, que vió marchar á los tres en fila y Gavroche á la cabeza, soltó una ruidosa carcajada.

Esta risa era una falta de respeto al grupo.

—Buenos días, señorita Ómnibus,—díjole Gavroche.

Y un instante después, acordándose del peluquero, añadió:

—He equivocado la bestia; no es un bacalao, sino una serpiente. Peluquero, ya buscaré un herrero y haré que te ponga un cascabel en la cola.

Aquel peluquero, le había vuelto agresivo, y apostrofó, saltando un arroyo, á una portera barbuda y digna de encontrar á Fausto en el Brocken, la cual tenía su escoba en la mano.

—Señora,—le dijo,—¿salís vos con vuestro caballo?

Y al mismo tiempo salpicó de lodo las botas charoladas de un transeúnte.

—¡Bribón!—exclamó el transeúnte furioso.

Gavroche asomó la nariz por sobre el tapa-bocas.

—¿Se queja el señor?

—¡De ti!—dijo el transeúnte.

—Se ha cerrado el despacho,—dijo Gavroche,—y ya no admito reclamaciones.

Entretanto, como seguían subiendo la calle, descubrió bajo una puerta cochera á una mendiga de trece á catorce años, helada, y con un vestido tan corto, que apenas le llegaba á la rodilla.

La chica empezaba á ser ya grandullona para ello.

El crecer suele jugar esas malas pasadas; el vestido se hace corto, precisamente en el momento en que la desnudez se hace indecente.

—¡Pobre chica!—dijo Gavroche. Ni pantalones lleva. Toma esto, al menos.

Y quitándose el pañuelo de lana que le abrigaba el cuello, lo echó sobre los demacrados y amoratados hombros de la pobre, con lo que el tapa-bocas volvió á ser pañuelo.

La chicuela le contempló asombrada, y aceptó el pañuelo sin decir nada.

En cierto grado de infelicidad, el pobre en su estupor no llora ya el mal que siente, ni agradece tampoco el bien que recibe.

Hecho esto:

—¡Birr!—dijo Gavroche, estremeciéndose más que san Martín, quien al menos se quedó con la mitad de su capa.

Después de este ¡birr! redobló con furia el turbión. Malos cielos hay que castigan las buenas acciones.

—¡Ah!—exclamó Gavroche.—¿Qué significa esto? Llueve otra vez. Buen Dios, si esto sigue así, retiro mi abono.

Y siguió su camino.

—Es igual,—dijo después, echando una mirada á la pobre que se arrebujaba en el pañuelo; ahí está ésa, que tiene una magnífica tela de cebolla.

Y mirando á la nube, gritó:

—¡Petardo!

Los dos niños seguían detrás de él.

Al pasar por delante de uno de esos estrechos enrejados de alambre que indican una panadería, porque el pan se pone como el oro entre rejas de hierro, se volvió Gavroche, y dijo:

—¡Ah, monigotes! ¿Se ha comido ya?

—Señor,—respondió el mayor,—no hemos comido nada desde esta mañana.

—¿No tenéis, pues, ni padre ni madre?—repuso majestuosamente Gavroche.

—Si tal, señor; tenemos papá y mamá, pero no sabemos dónde están.

—Á veces vale más eso que saberlo,—dijo Gavroche, que era todo un pensador.

—Ya hace dos horas,—continuó el mayor,—que estamos andando. Hemos buscado algo que comer en los rincones, y no hemos encontrado nada.

—Lo sé,—dijo Gavroche.—Los perros se lo comen todo.

Y continuó después de un momento de silencio:

—¡Ah! Hemos perdido á los autores de nuestros días. No sabemos qué hemos hecho de ellos. Esto no está bien, picarillos. Es muy tonto eso de perderse como personas mayores. ¡Ah! Sin embargo, es preciso aguzar.

Por lo demás, no les hizo ninguna pregunta. ¿Hay nada más sencillo que no tener domicilio?

El mayor de los dos niños, entregado ya casi por completo á la pronta indiferencia de la infancia, exclamó:

—Pero es extraño, sin embargo. Mamá nos había dicho que nos llevaría á comprar romero bendito el domingo de Ramos.

—¡Novatos!—respondió Gavroche.

—Mamá,—añadió el mayor,—es una señora que vive con la señorita Miss.

—Como suena,—replicó Gavroche.

En esto se había parado, y andaba hacía rato tentando y registrando todos los rincones que tenía en sus andrajos.

Por fin, levantó la cabeza con una expresión que quería parecer satisfecha, pero que en realidad era triunfante.

—Calma, monines. Ya tenemos con qué cenar los tres.

Y sacó de uno de sus bolsillos un sueldo.

Y sin dejar á los chicos tiempo para alegrarse, los empujó delante de sí hacia la tienda de un panadero, y puso el sueldo sobre el mostrador, gritando:

—¡Mozo! cinco sueldos de pan.

El panadero, que era el amo en persona, cogió un pan y un cuchillo.

—¡En tres pedazos, mozo!—gritó Gavroche.

Añadiendo con dignidad:

—Somos tres.

Y viendo que el panadero, después de haber examinado á los tres comensales, había tomado un pan moreno, metióse profundamente el dedo en la nariz, con una aspiración tan imperiosa como si tuviese entre los dedos un polvo de tabaco de Federico el Grande, y dirigió al rostro del panadero este apóstrofe indignado:

—¿Kek se kça?

Los lectores que crean ver en esta interpelación de Gavroche una palabra rusa ó polaca, ó uno de esos gritos salvajes que los Yoways y los Botocudos se dirigen de una orilla á otra del río, al través de las soledades, deben saber que no pasa de ser una frase que dicen todos los días ellos (nuestros lectores), y que ocupa el lugar de esta otra: «¿qué es eso?».

El panadero comprendió perfectamente, y respondió:

—¿Qué? Es pan; pan muy bueno de segunda clase.

—Pan negro, habéis querido decir,—replicó Gavroche, tranquilo y fríamente desdeñoso.—¡Pan blanco, mozo! Pan jabonado. Yo convido.

El panadero no pudo dejar de reirse, y cortando el pan blanco, quedóse mirándoles de una manera compasiva, que chocó á Gavroche.

—¡Ah, pastelero!—dijo éste.—¿Qué nos estáis midiendo?

Puestos los tres cabo á cabo, apenas medían seis pies.

Cuando hubo cortado el pan, guardóse el panadero el sueldo, y Gavroche dijo á los dos niños:

—Jamad.

Los chicos le miraron sorprendidos.

Gavroche se echó á reir.

—¡Calla! Es verdad; no entienden todavía. ¡Son tan pequeños!

Y repuso:

—Comed.

Al mismo tiempo dió á cada uno un pedazo de pan.

Y pensando que el mayor, que le parecía más digno de su conversación, merecía alguna distinción especial, y debía perder todo temor para satisfacer su apetito, le dijo, dándole el mayor pedazo:

—Echa ese cartucho en el fusil.

Había un pedazo más pequeño que los otros dos, y se quedó con él.

Los pobres niños estaban hambrientos. Gavroche lo conoció.

Mientras comían el pan con buenos dientes ocupaban la panadería, cuyo dueño, después de haber cobrado, los contemplaba de no muy buena gana.

—Volvamos á la calle,—dijo Gavroche.

Y tomaron la dirección de la Bastilla.

De cuando en cuando, al pasar por delante de las tiendas iluminadas, el más pequeño se detenía para ver la hora en un reloj de plomo, que llevaba colgado del cuello en un cordón.

—Es verdaderamente un tontuelo,—decía Gavroche.

Y después, murmuraba pensativo entre dientes:

—Es igual. Si tuviese yo monigotes, les ataría más corto.

Cuando iban ya acabando el pedazo de pan, llegaban al ángulo de aquella lúgubre calle de los Bailes, en cuyo fondo se descubre el postigo bajo y repulsivo de la cárcel de la Fuerza.

—¡Calla! ¿Eres tú, Gavroche?—preguntó alguien.

—¡Calla! ¿Eres tú, Montparnasse?,—dijo Gavroche.

Era un hombre que acababa de abordar al pilluelo, y el cual no era otro que Montparnasse, disfrazado con anteojos azules, pero no desfigurado para Gavroche.

—¡Diablo!—prosiguió Gavroche.—Lleva un pelaje color de cataplasma de harina de linaza, y anteojos azules como un médico. ¡Tienes apariencia, palabra de viejo!

—Chist,—prorrumpió Montparnasse,—no tan alto.

Y se llevó vivamente á Gavroche lejos de la luz de las tiendas.

Los dos chiquitines seguían maquinalmente cogidos de la mano.

Cuando estuvieron bajo la obscura archivolta de una puerta-cochera, al abrigo de las miradas y de la lluvia, le preguntó Montparnasse:

—¿Sabes adónde voy?

—Á la abadía de Monte á Regret[2],—le contestó Gavroche.

—¡Farsante!

Y Montparnasse añadió:

—Voy á buscar á Babet.

—¡Ah!—exclamó Gavroche;—ahora se llama Babet.

Montparnasse bajó la voz:

—No ella, sino él.

—¡Ah! ¡Babet!

—¡Sí! ¡Babet!

—Yo le creía á la sombra.

—Salió á la luz,—respondió Montparnasse.

Y contó rápidamente el pilluelo que aquella misma mañana Babet había sido trasladado á la Conserjería; y se había escapado, tomando la izquierda en vez de tomar la derecha en el «corredor de instrucción».

Gavroche admiró esta habilidad.

—¡Vaya un saca muelas!—dijo.

Montparnasse añadió algunos pormenores sobre la evasión de Babet, y concluyó diciendo:

—¡Oh! No es esto todo.

Gavroche, mientras escuchaba había cogido un bastón que Montparnasse llevaba en la mano, y tirando maquinalmente de la parte superior apareció la hoja de un puñal.

—¡Ah!—prorrumpió, rechazando vivamente el puñal,—has traído tu gendarme disfrazado de paisano. Montparnasse guiñó el ojo.

—¡Caramba!—añadió Gavroche.—¿Vas á agarrarte con los corchetes?

—No lo sé,—respondió Montparnasse con aire indiferente.—Siempre es bueno llevar un alfiler por si acaso.

Gavroche insistió:

—¿Qué vas á hacer esta noche?

Montparnasse tomó de nuevo el tono grave, y dijo mascando las sílabas:

—Negocios.

Y cambiando bruscamente de conversación:

—¡Á propósito!

—¿Qué?

—Una aventura que me pasó el otro día. Figúrate que me encuentro á un individuo; me regala un sermón y la bolsa. Meto ésta en la faltriquera, y un minuto después registro en la faltriquera, y ya no había nada.

—Más que el sermón,—añadió Gavroche.

—Pero, y tú,—repuso Montparnasse,—¿adónde vas ahora?

Gavroche le señaló sus dos protegidos, y dijo:

—Voy acostar á estos chicos.

—¿Acostarlos á dónde?

—En mi casa.

—¿Cómo en tu casa?

—En mi propia casa.

—¿Tienes tu casa?

—¡Vaya si la tengo! Estoy domiciliado.

—¿Y dónde?

—En el elefante,—dijo Gavroche.

Montparnasse, aunque de carácter poco asustadizo, no pudo contener una exclamación:

¡En el elefante!

—¿Y qué? ¡Sí, en el elefante!—respondió Gavroche.—¿Kekçaa?

Esta es otra palabra de una lengua que nadie escribe y que todo el mundo habla. Kekçaa significa: ¿Y por qué no?

La profunda observación del pilluelo volvió la calma y el buen sentido á Montparnasse, quien pareció tener ya mejor concepto respecto á la habitación de Gavroche.

—¡En rigor!—dijo.—Sí, el elefante. ¿Y se está bien allí?

—Muy bien,—respondió Gavroche. Allí, en verdad, no hay aires colados como debajo de los puentes.

—¿Y cómo entras?

—Entrando.

—¿Hay entonces algún agujero?—preguntó Montparnasse.

—¡Cáspita! Pero no se debe decir. Entre las patas delanteras. Los soplones no lo han visto aún.

—Y tú trepas. Ya comprendo.

—Un cambio de mano, cric, crac, y está hecho; luego nadie.

Después de un momento de silencio, añadió Gavroche:

—Para estos pequeñuelos buscaré una escalera.

Montparnasse se echó á reir.

—¿Dónde diablos te has encontrado esos mochuelos?

Gavroche respondió con sencillez:

—Son unos monigotes que me ha regalado un peluquero.

Entre tanto, Montparnasse se había quedado pensativo.

—Me has conocido con facilidad,—murmuró.

Sacó del bolsillo dos objetos pequeños, que no eran más que dos cañones de pluma rodeados de algodón, y se introdujo uno en cada ventana de la nariz.

Esto le transformaba la nariz por completo.

—Eso te cambia,—dijo Gavroche.—Así estás menos feo. Deberías ir siempre de ese modo.

Montparnasse era un guapo mozo; pero Gavroche era un burlón.

—Sin que te rías,—dijo Montparnasse,—¿qué tal te parezco?

Había variado el timbre de su voz.

En un momento, Montparnasse se hallaba desconocido.

—¡Oh!... Haznos el «polichinela»,—exclamó Gavroche.

Los niños, que no habían oído nada hasta entonces, y que estaban ocupados en meterse los dedos en la nariz, se aproximaron al oir este nombre y miraron á Montparnasse con un principio de alegría y de admiración.

Desgraciadamente, Montparnasse estaba pensativo.

Puso la mano en el hombro de Gavroche, y le dijo, acentuándolas bien, estas palabras:

—Oye lo que te digo, muchacho; si me encontrase en la plaza con mi dogo, mi daga y mi diga, y vinieses á prodigarme diez buenos sueldos, me dignaría ganarlos, porque no soy el jueves lardero.

Esta frase extraña produjo en el pilluelo un singular efecto.

Volvióse con presteza, miró á su alrededor con sus ojuelos brillantes, y descubrió á algunos pasos un agente de policía que estaba de espaldas.

Gavroche dejó escapar un «¡Ah, entiendo!» que reprimió enseguida, y dijo sacudiendo la mano de Montparnasse:

—Pues bien, buenas noches, me voy á mi elefante con mis monines. Por si acaso alguna noche me necesitas, ven á buscarme allí. Vivo en el entresuelo, no hay portero; preguntarás por el señor Gavroche.

—Está bien,—contestó Montparnasse.

Y se separaron, dirigiéndose Montparnasse hacia la Grève; y Gavroche hacia la Bastilla.

El pequeñuelo de cinco años, arrastrado por su hermano, que era arrastrado á su vez por Gavroche, volvió varias veces la cabeza para ver marcharse á «Polichinela».

La frase enigmática con que Montparnasse había avisado á Gavroche la presencia de un agente de policía, no contenía más secreto que la asonancia dig repetida algunas veces de diverso modo.

Esta sílaba dig, no pronunciada aisladamente, sino mezclada artísticamente con las palabras de una frase, quiere decir: Alerta, que no se puede hablar con libertad.

Había, además, en las palabras de Montparnasse una belleza literaria que no observó Gavroche: la frase mi dogo, mi daga y mi diga, locución de la germanía ó jerigonza del Temple, que significa mi perro, mi puñal y mi mujer, muy usada entre los pillos y granujas del gran siglo en que escribía Molière y dibujaba Callot.

Hace veinte años se veía aún en el ángulo sudeste de la plaza de la Bastilla, cerca del remanso del canal formado en el antiguo foso de la cárcel ciudadela, un extraño monumento que se ha borrado ya de la memoria de los parisienses, y que merecía haber dejado alguna huella, porque era una idea del «miembro del instituto, general en jefe del ejército de Egipto».

Decimos monumento, aunque no era más que un maniquí; pero este maniquí, boceto prodigioso, cadáver grandioso de una idea de Napoleón, á la que dos ó tres vendavales sucesivos habían empujado y llevado cada vez más lejos de nosotros, habíase hecho ya histórico, y había tomado un carácter definitivo, que contrastaba con su aspecto provisional.

Era un elefante de cuarenta pies de alto, construido de madera y mampostería; tenía encima su torre, que parecía una casa, pintada primitivamente de verde por un pintor de brocha gorda, y después de negro por el cielo, la lluvia y el tiempo.

En aquel ángulo deshabitado y descubierto de la plaza, la ancha frente del coloso, su trompa, sus colmillos, su torre, su enorme grupa, sus cuatro pies semejantes á otras tantas columnas, dibujaban por la noche en el cielo estrellado un perfil sorprendente y terrible.

No se sabía lo que significaba; era una especie de símbolo de la fuerza popular; era una cosa sombría, enigmática é inmensa; era un fantasma poderoso y visible, y de pie, al lado del espectro invisible de la Bastilla.

Pocos extranjeros visitaban aquel edificio; ningún transeúnte se fijaba en él.

Caía ya en ruinas; en cada estación, los pedazos de yeso que se desprendían de sus costados, le producían llagas feísimas. «Los ediles», como se dicen en jerigonza elegante, le habían olvidado desde 1814.

Y allí estaba en su rincón, triste, enfermo, ruinoso, rodeado de una empalizada consumida, y manchada á cada instante por cocheros borrachos; muchas grietas le cruzaban el vientre; de la cola le salía un madero, y entre sus piernas crecían altas yerbas; y como el nivel de la plaza se elevaba hacía treinta años alrededor por ese movimiento lento y continuo que levanta insensiblemente el piso de las grandes ciudades, estaba en un hoyo, pareciendo que la tierra se hundía bajo su peso.

Era inmundo, despreciado, repugnante y soberbio: feo á los ojos del habitante, melancólico á los ojos del pensador.

Tenía algo de la basura que se va á barrer y algo de la majestad que se va á decapitar.

Como ya hemos dicho, por la noche cambiaba de aspecto.

La noche es el verdadero centro de todo lo que es sombra.

Desde la caída del crepúsculo, el viejo elefante se transfiguraba; tomaba una figura tranquila y temerosa, en la formidable serenidad de las tinieblas.

Como pertenecía á lo pasado, le convenía la noche; la obscuridad sentaba bien á su grandeza.

Este monumento, rudo, abultado, pesado, áspero, austero, casi deforme, pero seguramente majestuoso, y lleno de cierta gravedad magnífica y salvaje, ha desaparecido para dejar reinar en paz la especie de estufa gigantesca, adornada con su cañón que ha reemplazado á la sombría fortaleza de nueve torres, como reemplaza la clase media al feudalismo.

Es cosa muy sencilla que una chimenea sea el símbolo de una época, cuyo poder está contenido en una marmita.

Esta época pasará, va pasando ya; se principia á comprender que si puede haber fuerza en una caldera, no puede haber poder más que en un cerebro; ó en otros términos, que lo que mueve y arrastra al mundo no son las locomotoras, son las ideas.

Uncid las locomotoras á las ideas; está bien, pero no toméis al caballo por el jinete.

En fin; el hecho es, volviendo á la plaza de la Bastilla, que el arquitecto del elefante había hecho con yeso una cosa grande, y el arquitecto del cañón de chimenea ha conseguido únicamente hacer con bronce una cosa pequeña.

Este cañón de chimenea, que ha sido bautizado con el pomposo nombre de Columna de Julio; este monumento, hijo de una revolución abortada, estaba rodeado todavía en 1832 de una inmensa camisa de madera, que por nuestra parte echamos de menos, y de una vasta empalizada de tablas, que acababa de aislar al elefante.

Hacia este rincón de la plaza, apenas iluminado por el reflejo de un lejano farol, se dirigió el pilluelo con los dos «monigotes».

Permítasenos detenernos aquí un instante, y recordar que estamos entre la simple realidad; que hace veinte años los tribunales correccionales juzgaron por delito de vagancia, y desperfectos de un monumento público, á un muchacho que había sido sorprendido durmiendo en el interior del elefante de la Bastilla.

Consignado este hecho, sigamos refiriendo.

Al llegar cerca del coloso, Gavroche comprendió el efecto que lo infinitamente grande podía producir en lo infinitamente pequeño, y dijo:

—¡Muñecos, no tengáis miedo!

Después entró por el hueco de la empalizada en el recinto que ocupaba el elefante, y ayudó á los niños á pasar la brecha.

Los dos niños, algo asustados, seguían á Gavroche sin decir una palabra, y se entregaban á aquella pequeña providencia harapienta que les había dado pan y les había prometido albergue.

Había en el suelo una escalera de mano, que servía de día á los trabajadores de una obra inmediata.

Gavroche la levantó con singular vigor, y la aplicó contra una de las patas delanteras del elefante.

Hacia el punto en que terminaba la escalera, se distinguía un agujero negro en el vientre del coloso.

Gavroche enseñó la escalera y el agujero á sus huéspedes, y les dijo:

—Subid y entrad.

Los dos chiquillos se miraron aterrorizados.

—¡Tenéis miedo, monigotes!—exclamó Gavroche.

Y añadió:

—Vais á ver.

Agarróse al pie rugoso del elefante, y en un abrir y cerrar de ojos, sin dignarse hacer uso de la escala, llegó á la rendija; entró por ella como una culebra que se desliza por una hendidura, desapareció, y un momento después, los dos niños vieron aparecer vagamente una forma blanquecina y pálida; era su cabeza, que asomaba al borde del tenebroso agujero.

—¡Eh!—gritó.—¡Subid ahora, muñequillos! ¡Ya veréis qué bien se está aquí!

—Sube tú,—añadió, dirigiéndose al mayor;—yo te daré la mano.

Los chicos se dieron con los hombros; el pilluelo les infundía miedo y confianza á un tiempo, y luego llovía muy fuerte.

El mayor se arriesgó, y el pequeño, viendo subir á su hermano, y que se quedaba solo entre las patas de aquel enorme animal, estuvo á punto de llorar; pero no se atrevió.

El grande subía temblando por los peldaños de la escalera; Gavroche mientras tanto le animaba con las exclamaciones de un maestro de armas á sus discípulos, ó de un carretero á las mulas:

—¡No tengas miedo!

—¡Así, así!

—¡Adelante!

—¡Pon ahí el pie!

—¡Daca la mano!

—¡Valiente!

Y cuando estuvo á su alcance le cogió repentina y vigorosamente por el brazo, y le atrajo á sí.

—¡Ya te has colado!—le dijo.

El chiquillo había pasado el agujero.

—Ahora,—dijo Gavroche,—aguardad. Caballero, tenga usted la bondad de sentarse.

Y saliendo por la rendija como había entrado, se deslizó con la agilidad de un tití por la pata del elefante, cayendo de pie sobre la yerba, cogió el pequeñuelo de cinco años por mitad del cuerpo, y le plantó en medio de la escalera.

Después empezó á subir detrás de él, gritándole al mayor:

—Yo le empujo: cógele tú.

En un instante fué subido el chiquillo, empujado, arrastrado, metido por el agujero sin que tuviese tiempo de darse cuenta de nada; Gavroche, que entró detrás de él, pegó una patada á la escalera, que cayó sobre la yerba, dió entonces una palmada y gritó:

—¡Ya estáis aquí! ¡Viva el general Lafayette!

Pasada esta explosión, añadió:

—¡Cominillos, estáis en mi casa!

Gavroche estaba, en efecto, en su casa.

¡Oh utilidad increíble de lo inútil! ¡Caridad de todo lo grande! ¡Bondad de los gigantes!

Aquel monumento desmesurado, que había contenido un pensamiento del emperador, se había convertido en la jaula de un pilluelo.

El muñeco había sido adoptado y abrigado por el coloso.

Los burgueses endomingados que pasaban los días de fiesta por delante del elefante de la Bastilla, decían midiéndole con la vista al nivel de su cabeza con cierto desprecio:

—¿De qué sirve eso?

Pues servía para proteger del frío, de la escarcha, del granizo y de la lluvia, para librar del aire del invierno, para preservar del sueño sobre el lodo que produce la fiebre, y del sueño sobre la nieve que produce la muerte, á un pequeño ser sin padre ni madre, sin pan, sin ropa, sin asilo.

Servía para recoger al inocente que la sociedad rechazaba.

Servía para remediar en algo una falta pública.

Era una cueva abierta para el que encontraba cerradas todas las puertas.

Parecía que el viejo y miserable mastodonte, invadido por los gusanos y por el olvido, cubierto de verrugas, de mataduras y de úlceras, vacilante, carcomido, abandonado, condenado; especie de mendigo colosal que pedía en vano la limosna de una mirada benévola en medio de aquella explanada, había tenido lástima de aquel otro mendigo, del pobre pigmeo que andaba descalzo, sin techo bajo el cual cobijarse, soplándose los dedos, vestido de harapos, alimentándose de desperdicios.

Véase de qué servía el elefante de la Bastilla.

Aquella idea de Napoleón, despreciada por los hombres, había sido acogida por Dios.

Lo que sólo hubiera sido ilustre, se había hecho augusto.

El emperador habría necesitado para realizar lo que meditaba, el pérfido, el bronce, el hierro, el oro, el mármol; á Dios le bastaba aquella vieja trabazón de tablas, vigas y yeso.

El emperador había tenido un pensamiento digno del genio; con aquel elefante titánico, armado, prodigioso, elevando su trompa, llevando su torre, y haciendo salir de todas partes á su alrededor aguas alegres y vivificantes, quería formar la encarnación del pueblo. Dios había hecho una cosa más grande; alojaba allí á un niño.

El agujero por donde Gavroche había entrado era una rendija visible apenas por fuera, porque estaba oculta, como hemos dicho, bajo el vientre del elefante; y era tan estrecha, que sólo gatos y chiquillos pudieran pasar por ella.

—Empecemos,—dijo Gavroche,—por decir al portero que no estamos en casa.

Y penetrando en lo obscuro, con la seguridad del que conoce su casa, tomó una tabla y tapó el agujero.

Gavroche volvió á internarse en la obscuridad.

Los niños oyeron el chirrido del palito azufrado sumergido en la botellita fosfórica.

Las cerillas con fósforo no se conocían aún; el eslabón Fumade representaba en aquella época el progreso.

Una claridad súbita les hizo cerrar las ojos; Gavroche acababa de encender una de esas sogas impregnadas de resina que se llaman hachas de viento.

El hacha, que despedía más humo que luz, hacía confusamente visible lo interior del elefante.

Los dos huéspedes de Gavroche miraron en torno suyo, y experimentaron algo semejante á lo que sentiría quien se viese encerrado en el gran tonel de Heidelberg, ó más bien, lo que debió experimentar Jonás en el vientre de la ballena bíblica.

Se les aparecía un esqueleto gigantesco y los envolvía.

En lo alto, una gruesa viga obscura, de la cual partían de distancia en distancia macizas viguetas cintradas, figuraba la columna vertebral con las costillas; estalactitas de yeso colgaban como vísceras, y de un lado á otro vastas telarañas hacían el efecto de polvorosos diafragmas.

Veíanse aquí y allí, en los rincones, grandes manchas negruzcas, que parecían dotadas de vida, y que se agitaban rápidamente con movimiento brusco y asustadizo.

Los pedazos caídos del dorso del elefante sobre el fondo del vientre habían llenado la concavidad, de modo que se podía caminar sobre ellos como sobre un tablado.

El menor de los niños se arrimó á su hermano, y dijo á media voz:

—¡Qué obscuridad!

Esta frase llamó la atención de Gavroche.

El aspecto petrificado de los dos niños hacía necesaria una explosión:

—¿Qué estáis diciendo?—exclamó.—¡Cómo se entiende! ¿Es cosa de burlas? ¿Nos hacemos los descontentos? ¿Necesitáis acaso las Tullerías? ¿Seréis unos majaderos? Decídmelo. Os prevengo que no pertenezco al batallón de los torpes. ¡Ah ya! Eso es que sois los pinches del mostacero del papa.

Un poco de aspereza, es conveniente á los miedosos; les alienta.

Los niños se arrimaron á Gavroche.

Éste, paternalmente enternecido de su confianza, pasó de «lo grave á lo dulce», y dirigiéndose al más pequeño:

—Bestia,—le dijo, pronunciando la injuria en tono cariñoso;—lo obscuro está en la calle. En la calle llueve, aquí no llueve; en la calle hace frío, aquí no hay un soplo de viento; en la calle hay gente, aquí no hay una alma; en la calle no hay luna siquiera, aquí hay una luz; ¡por vida de!...

Los dos niños empezaron á mirar aquella habitación con menos miedo; pero Gavroche no les dejó tiempo para contemplarla.

—Listos,—dijo.

Y los empujó hacia lo que podríamos llamar el fondo del cuarto.

Allí estaba su cama.

La cama de Gavroche era completa; es decir, tenía un colchón, una manta y una alcoba con cortinas.

El colchón era una estera de paja; la manta un pedazo de tejido de lana gris muy caliente, y casi nuevo.

Veamos ahora lo que era la alcoba.

Tres rodrigones bastante largos, metidos sólidamente entre el cascote del suelo; es decir, del vientre del elefante, dos delante y uno detrás, y unidos por una soga en su vértice, de modo que formaban una pirámide.

Esta pirámide sostenía un enrejado de alambre de latón colocado por cima, y artísticamente aplicado y amarrado con ataduras de alambre de hierro, de modo que nada podía pasar entre él y el suelo.

El enrejado no era más que un pedazo de esas alambreras de que se hacen las pajareras en los corrales.

La cama de Gavroche estaba colocada bajo el enrejado como en una jaula.

El conjunto parecía la tienda de un esquimal.

Ese enrejado es el que hacía las veces de cortina.

Gavroche apartó un poco las piedras que le sujetaban por delante, y se separaron así los dos paños, que caían uno sobre el otro.

—¡Muñecos, á cuatro patas!—dijo Gavroche.

É hizo entrar con precaución á sus huéspedes en la alcoba; entró luego detrás de ellos, arrastrándose; volvió á acercar las piedras, y así quedó herméticamente cerrada la abertura.

Los tres se echaron sobre la estera.

Por pequeños que ellos fueran, ninguno podía estar de pie en la alcoba.

Gavroche seguía teniendo el cabo de vela en la mano.

—Ahora,—les dijo,—sornad. Voy á suprimir el candelero.

—Señor,—preguntó el mayor de los dos hermanos á Gavroche, indicando el enrejado,—¿qué es esto?

—¿Eso?—dijo Gavroche gravemente.—Es para las ratas. ¡Sornad!

Pero se creyó obligado á añadir algunas palabras para instruir á aquellas criaturas, y continuó:

—Estas son cosas del Jardín Botánico. Eso sirve para los animales feroces. Allay un almacén lleno. Nay más que subir una pared, saltar por una ventana, y pasar una puerta, y se obtiene todo lo que se quiere.

Y mientras así hablaba, arropaba con una punta de la manta al más pequeño, el cual dijo pasi sí:

—¡Oh, qué bueno es esto! ¡Qué caliente!

Gavroche dió una mirada de satisfacción á la manta.

—También es esto del Jardín Botánico,—dijo.—Se la he tomado á los monos.

Y enseñando al mayor la estera en que estaba acostado, estera muy espesa y admirablemente trabajada, añadió:

—Esto era de la jirafa.

Después de una pausa, prosiguió:

—Los animales tenían todo esto, y yo se lo he cogido. Por eso no se han enfadado. Les he dicho: «Es para el elefante».

Después de otra pausa, continuó:

—Se salta la tapia, y se la pega uno al gobierno. Velay.

Los dos niños contemplaban con cierto respeto temeroso y estupefacto aquel ser intrépido é ingenioso, vagamundo como ellos, aislado como ellos, miserable como ellos, que tenía algo admirable y poderoso, que les parecía sobrenatural, y cuya fisonomía se componía de todas las muecas de un viejo saltimbanquis, mezclados con la más sencilla y encantadora sonrisa.

—Señor,—dijo tímidamente el mayor,—¿conque no tenéis miedo á los agentes de orden público?

Gavroche se limitó á contestar:

—¡Monigote! No se dice los agentes de orden, se dice los corchetes.

El menor tenía los ojos abiertos, pero escuchaba sin decir nada.

Como estaba al borde de la estera, y el mayor en medio, Gavroche le arropó con la manta, como lo hubiera podido hacer una madre, levantó la estera bajo su cabeza con unos harapos, con objeto de que le sirviese de almohada. Después se volvió hacia el mayor:

—¿Eh? ¡Se está muy bien aquí! ¿Qué tal?

—¡Ah, sí!—respondió el mayor, mirando á Gavroche con la expresión de un ángel salvado.

Los dos pobres chiquitines, que estaban calados, empezaban á calentarse.

—¡Ah!—continuó Gavroche.—¿Por qué llorabais?

Y mostrando al pequeño á su hermano, añadió:

—Un cominillo como ése, no diré que no; pero llorar un grandullón como tú, es de torpes; parece uno un becerro.

—¡Diantre!—dijo el niño,—no teníamos absolutamente dónde cobijarnos.

—¡Caracoles!—respondió Gavroche,—no se dice cobijar, se dice empollar.

—Y además, teníamos miedo de estar solos así por la noche.

—No se dice la noche, se dice la obscura.

—Gracias, señor,—dijo el niño.

—Oye,—añadió Gavroche.—Es preciso no berrear nunca por nada. Yo cuidaré de vosotros. Ya veréis cómo nos divertimos. En verano iremos á los pozos de nieve con Navet, uno de mis camaradas, nos bañaremos en el estanque, correremos desnudos sobre las barcas delante del puente de Austerlitz. Esto hace rabiar á las lavanderas, que gritan y alborotan. ¡Si supierais qué malas son!

«Iremos á ver al hombre esqueleto; todavía vive en los Campos Elíseos; es muy flaco el tal parroquiano.

«Después os llevaré al teatro á ver á Federico Lemaitre. Tengo billetes; conozco á los actores, y aún he representado una vez en una pieza. Éramos todos monigotes como ése, y corríamos bajo una tela que era el mar. Os contrataré en mi teatro.

«Iremos á ver los salvajes. No es verdad que sean tales salvajes; llevan un vestido de punto color de rosa que imita carne, pero que les hace arrugas, y hasta en los codos se notan los zurcidos con hilo blanco.

«Después iremos á la Ópera; entraremos con los alabarderos. Los alabarderos son los que aplauden, y su cuerpo está muy bien organizado; pero yo no iría con ellos por la calle. Figúrate que en la Ópera hay quien paga veinte sueldos; pero éstos son tontos, y se les llama paganos.

«Luego iremos á ver guillotinar, os enseñaré el verdugo. Vive en la calle del Marais; el señor Sansón, tiene una caja buzón para las cartas á la puerta. ¡Ah! Se divierte uno en grande.

En aquel momento cayó una gota de sebo en el dedo de Gavroche, y le recordó las realidades de la vida.

—¡Cáspita!—dijo.—Se acabó el pábilo. ¡Atención! No puedo gastar más de dos sueldos mensuales en luz. Cuando uno se acuesta es para dormir. No tenemos tiempo para leer las novelas de Paul de Kock. Además de que la luz podría pasar por las rajas de la puerta cochera, y los corchetes no tendrían que hacer más que mirar.

—Y luego,—observó tímidamente el mayor, único que se atrevía á hablar con Gavroche y á contestarle,—podría caer una chispa en la paja, y hay que cuidar de no prender fuego á la casa.

—No se dice prender fuego á la casa,—reparó Gavroche;—se dice asar los trapos.

La tempestad arreciaba, oíase á través del redoble del trueno el turbión que azotaba el lomo del coloso.

—Aquí metidos, que llueva,—dijo Gavroche.—Me divierte ver correr el agua de la cuba por las patas de la casa. El invierno es un animal; pierde su género, pierde su trabajo, porque no puede mojarnos, y esto hace que gruña el viejo aguador.

Esta alusión al trueno, cuyas consecuencias aceptaba Gavroche en su calidad de filósofo del siglo XIX, fué seguida de un gran relámpago, tan deslumbrador, que entró por las hendiduras del vientre del elefante.

Casi al mismo tiempo resonó terriblemente el rayo, cual si hubiese caído allí.

Los dos chiquillos dieron un grito, y se levantaron con tal rapidez, que casi separaron el enrejado; pero Gavroche volviendo hacia ellos su rostro atrevido, aprovechó el trueno para lanzar una carcajada.

—Calma, niños. No conmovamos el edificio. Ése es un hermoso trueno; sea enhorabuena. Un relámpago no es un coco. ¡Bravo por el Dios bueno, caramba! Está casi tan bien hecho como en el teatro del Ambigú.

Dicho esto, arregló el enrejado, empujó ligeramente á los dos niños hacia la cabecera de la cama, apretó sus rodillas para que se estiraran bien, y exclamó:

—Puesto que Dios enciende su luz, yo puedo apagar la mía. Niños, es preciso dormir, jóvenes humanos. Es muy malo no dormir; porque os haría desternillar el gañote, ó como dicen en el gran mundo, heder el aliento. ¡Envolveos bien en la vellosa! Voy á apagar. ¿Estáis ya?

—Sí,—murmuró el mayor,—estoy bien. Tengo la cabeza como sobre pluma.

—No se dice la cabeza; se dice el troncho,—díjole Gavroche.

Los dos niños se apretaron uno contra otro.

Gavroche acabó de arreglarlos sobre la estera, les subió la manta hasta las orejas, y después les repitió por tercera vez la exclamación en lengua hierática:

—Sornad.

Y apagó el cabo de vela.

Apenas quedaron á obscuras, un temblor singular empezó á conmover el enrejado que cubría á los tres muchachos.

Era una multitud de rozamientos sordos que producían un sonido metálico. Como si garras ó dientes arañasen la alambrera.

Este ruido iba acompañado de pequeños, pero agudos gritos.

El niño de cinco años, oyendo este cencerreo por encima de su cabeza, helado de espanto, empujó con el codo á su hermano; pero éste «sornaba» ya, como le había mandado Gavroche.

Entonces el pequeñuelo, no pudiendo con el miedo, se atrevió á interpelar á Gavroche; pero en voz muy baja y conteniendo el aliento:

—¡Señor!

—¡Eh!—dijo Gavroche, que acababa de cerrar los párpados.

—¿Qué es eso?

—Ratas,—respondió Gavroche y volvió á descansar la cabeza en la estera.

Las ratas, en efecto, que pululaban á millares en el esqueleto del elefante, y que eran aquellas manchas negras vivas de que hemos hablado, habían permanecido quietas ante la luz mientras ardió la vela, pero en cuanto aquella caverna, que venía á ser su ciudad, había vuelto á la noche, oliendo lo que el narrador Perrault llama «carne fresca», se habían arrojado sobre la alcoba de Gavroche, habían trepado hasta el vértice, y mordían las mallas como si tratasen de agujerear aquella cobertera de nuevo género. El niño, sin embargo, no podía dormir.

—¡Señor!—volvió á decir.

—¡Eh!—dijo Gavroche.

—¿Son las ratas?

—¡Ratones!

Esta explicación tranquilizó un poco al niño.

Había visto algunas veces ratones blancos, y no les tenía miedo.

No obstante, volvió á alzar la voz:

—¡Señor!

—¡Qué!—repuso Gavroche.

—¿Por qué no tenéis gato?

—He tenido uno,—contestó Gavroche;—traje uno, pero se lo comieron.

—Esta segunda explicación desbarató el buen efecto de la primera, y el chiquitín volvió á temblar, de modo que por cuarta vez comenzó el diálogo entre él y Gavroche.

—¡Señor!

—¡Qué!

—¿Quién fué el comido?

—El gato.

—¿Y quién se comió al gato?

—Las ratas.

—¿Los ratones?

—Sí, las ratas.

El niño, consternado de estos ratones que se comían á los gatos, prosiguió:

—¡Señor! ¿Nos comerán á nosotros esos ratones?

—¡Vaya!—prorrumpió Gavroche.

El terror del niño llegaba á su colmo; pero Gavroche añadió:

—¡No tengas miedo! No pueden entrar. Además, estoy yo aquí. Toma, coge mi mano. ¡Cállate y duerme!

Gavroche al mismo tiempo tomó la mano del pequeñín por encima de su hermano.

El niño apretó aquella mano y se tranquilizó.

El ánimo y la fuerza tienen comunicaciones misteriosas.

Volvió el silencio; el ruido de las voces había ahuyentado y asustado á las ratas; y aunque al cabo de un rato volvieron á roer el enrejado, los tres muchachos, sumergidos en el sueño, no oían ya nada.

Pasáronse las horas de la noche.

La sombra cubría la inmensa plaza de la Bastilla; un viento invernal, mezclado con la lluvia, soplaba á fuertes ráfagas; las patrullas registraban las puertas, las calles de árboles, los cercados, los rincones oscuros, buscando á los vagabundos nocturnos, y pasaban por delante del elefante; el monstruo de pie, inmóvil, con los ojos abiertos en las tinieblas para meditar como satisfecho de su buena acción, protegía contra el cielo y los hombres á las tres pobres criaturas dormidas.

Para comprender lo que sigue, es preciso recordar, que en aquella época el cuerpo de guardia de la Bastilla estaba situado al otro extremo de la plaza, y que lo que pasaba cerca del elefante no podía ser visto ni oído del centinela.

Hacia el fin de la hora que precede inmediatamente al alba, salió corriendo un hombre de la calle de San Antonio, cruzó la plaza, dió la vuelta á la gran empalizada de la columna de julio, y se deslizó por la cerca hasta colocarse bajo el vientre del elefante.

Si una luz cualquiera hubiera iluminado á aquel hombre, se habría adivinado que había pasado la noche bajo la lluvia, al verle calado hasta los tuétanos.

Cuando llegó bajo el elefante, lanzó un grito extraño é impropio de toda lengua humana, y que sólo podría reproducir un papagayo.

Repitió dos veces este grito, que sólo podemos representar ortográficamente así:

—¡Kirikikiú!

Al segundo grito, una voz clara, alegre y tierna, respondió desde el vientre del elefante:

—¡Sí!

Casi inmediatamente la tabla que cerraba el agujero se separó, y dió paso á un muchacho, que bajó por la pata del elefante, y fué á caer cerca de aquel hombre.

Era Gavroche. El hombre era Montparnasse.

En cuanto á este grito kirikikiú, era sin duda lo que el chico quería decir con: «Preguntarás por el señor Gavroche».

Al oirle, se había despertado sobresaltado; se había arrastrado fuera de su «alcoba», separando un poco el enrejado, que había vuelto á cerrar cautelosamente; después había abierto la trampa y descendido.

El hombre y el muchacho se reconocieron silenciosamente en la obscuridad.

Montparnasse se limitó á decir:

—Te necesitamos. Ven á echar una mano.

El pilluelo no pidió ninguna explicación.

—Aquí me tienes,—dijo.

Y ambos se dirigieron hacia la calle de San Antonio, de donde había salido Montparnasse, serpenteando rápidamente á través de la larga fila de carretas de los hortelanos que á dicha hora bajan al mercado.

Los hortelanos, acurrucados en sus carros entre las verduras y las legumbres, medio dormidos, envueltos hasta los ojos en sus capotes para guarecerse de la lluvia, ni miraron siquiera á aquellos extraños transeúntes.

III
Peripecias de la evasión

He aquí lo que había ocurrido aquella misma noche en la cárcel de la Fuerza.

Habíase concertado una evasión entre Babet, Brujón, Tragamares y Thénardier, aunque Thénardier estaba incomunicado.

Babet había dirigido el negocio, como se ha podido ver por las palabras de Montparnasse á Gavroche.

Montparnasse debía ayudarlos desde fuera.

Brujón, como había pasado un mes en el cuarto de corrección, había tenido tiempo, primero para tejer una cuerda y segundo para madurar un plan.

En otros tiempos, estos lugares severos en que la disciplina de la cárcel entrega al criminal á sí mismo, se componía de cuatro paredes de piedra, de un techo de piedra, de un suelo de losas de piedra, de una cama de campaña, de un tragaluz enrejado, y de una puerta forrada de hierro, y que se llamaban calabozos.

Hoy día el calabozo se considera como una cosa demasiado horrible, y se compone de una puerta de hierro, de un tragaluz enrejado, de una cama de campaña, de un suelo de losas de piedra, de un techo de piedra, de cuatro muros de piedra y se llama el cuarto de corrección.

Á eso del medio día se ve en él un poco.

El inconveniente de estos cuartos que, como se ve, no son calabozos, es dejar pensar á los seres á quienes se debería hacer trabajar.

Brujón, pues, había meditado, y había salido del cuarto de corrección con una cuerda.

Como se le consideraba muy peligroso en el patio de Carlomagno, se le trasladó al Edificio Nuevo; y lo primero que encontró allí fué á Tragamares, y lo segundo un clavo; á Tragamares, es decir, el crimen; un clavo, esto es, la libertad.

Brujón, cuyo carácter debemos pintar completamente ahora, era, bajo una apariencia de complexión delicada y una languidez profundamente estudiada, un ganapán pulido, inteligente y ladrón, de mirada agradable y sonrisa atroz.

Su mirada era el resultado de su voluntad, y su sonrisa el resultado de su naturaleza.

Sus primeros estudios en el arte se habían dirigido á los tejados; había introducido grandes progresos en la industria de los ladrones de plomo, que levantan las planchas de las azoteas y arrancan los canalones por el procedimiento llamado entre ellos de tocino gordo.

Lo que en aquel momento hacía más favorable una tentativa de evasión, era que los plomeros estaban reparando y componían parte del empizarrado de la cárcel.

El patio de San Bernardo no estaba enteramente aislado del patio de Carlomagno y del patio de San Luis.

Había por la parte más alta andamios y escalas ó, en otros términos, puentes y escaleras del lado de la libertad.

El Edificio Nuevo, que estaba lo más agrietado y ruinoso que puede imaginarse, era el punto más débil de la cárcel.

Las paredes estaban tan desgastadas por el salitre, hasta el extremo de ser necesario cubrir de un entablado las bóvedas de los dormitorios, porque solían desprenderse de ellos piedras, que caían sobre las camas de los presos.