—Os dí por la última perla hace tres meses, mil doblones.
—No me dareis por esta menos de mil quinientos.
—¡Poderoso Dios de Jacob! ¿y cómo quereis que yo os pague tanto dinero, cuando aun no tengo para hacer un mediano collar?
—¿Creeis que sea fácil encontrar perlas iguales á esa?
—Lo creo imposible y me maravilla que vos las encontreis... pero aun asi...
—¿Cuánto creeis que pagaria un rey por un hilo de tales perlas que llegase al número de cuarenta?
—¡Oh! un tal collar seria digno de la emperatriz! ¡un tal collar costaria muchos cuentos de reales.!
—Por lo mismo, señor Franz, cada perla de esas que yo os traiga os costará mas cara, hasta el punto de que para pagarme la última, no tendreis bastante con el valor de todas las joyas que teneis en vuestros armarios.
—Traédmelas y por ese solo collar, os daré todo cuanto poseo.
—¡Paciencia! ¡paciencia! no es fácil encontrar muchas de estas maravillas: se necesitan para ello muchos viajes. Asi, pues, dadme los mil y quinientos doblones y no hablemos mas.
—¡Oh no! no os daré mas que los mil.
—Entonces, dijo Calpuc, recogiendo la perla, no hacemos nada.
El aleman miró ansiosamente á Calpuc.
—Pero reparad, le dijo, que hasta ahora solo me habeis traido seis.
—Por la primera solo me dísteis doscientos doblones, y esta, os lo juro por lo mas sagrado, no la poseereis ni un maravedí menos de los mil quinientos.
Era tan seguro el acento del mejicano, expresaba una resolucion tan invariable, era de tanto valor la perla, la deseaba tan ardientemente el joyero, que abrió suspirando su fuerte caja de hierro y entregó á Calpuc un bolson de cuero lleno de oro.
—Hay teneis, le dijo, justamente la cantidad que me habeis pedido: la tenia preparada para pagar un libramiento que vence hoy.
—¡Ah! ¡un libramiento para... para el convento de luteranos de Madrid!
—¡Callad! ¡callad! y no digais tales palabras, señor Gabriel, dijo palideciendo densamente el aleman: si alguien os oyera seria cosa de dar en las manos del Santo Oficio... ya sabeis que yo soy católico, apostólico romano, puro y neto.
—¡Cuántos enemigos tiene España! dijo profundamente Calpuc, contando el dinero sobre el mostrador, mientras Franz guardaba cuidadosamente el cofrecillo de sándalo, al cual habia añadido una nueva perla.
—Todos los pueblos que conquistan y quieren llevar su religion, sus leyes y sus usos á otros pueblos, tienen necesariamente enemigos, dijo Franz. Si no fuera tan fuerte España...
—¡Ay si un dia todos los enemigos de España se uniesen bajo una misma bandera! dijo Calpuc acabando de contar el dinero.
—Si, si, en efecto: los moriscos, los judíos, los flamencos, los franceses, los italianos...
—Y los hijos de América, dijo profundamente Calpuc.
—Pues vos pareceis bastante rico, y gastais de tal manera las gruesas cantidades que os he dado en menos de un año, que bien podria creerse...
—Callad, callad, no nos oiga la Inquisicion; ni vos sois luterano ni yo intento nada contra España; vos pagais libranzas de mil quinientos doblones, porque sois mercader, y yo, porque tambien lo soy, vendo perlas y diamantes: nada mas natural, añadió el rey del desierto, levantándose y encubriendo el talego con el capotillo. Ahora, como tengo que hacer dentro de poco, tened la bondad de mandar que me den el almuerzo.
Franz y Calpuc salieron de la tienda y se perdieron en el interior de la casa.
CAPITULO X.
Del resultado que tuvieron las investigaciones de Harum.
Hacia ya algunos dias, cuando Calpuc llegó á Granada, que rondaban bultos de noche por la calle del Agua del Albaicin, á cuyo extremo estaba situado el palacio de don Diego de Válor.
Ni este ni su hermano don Fernando habian vuelto de la expedicion á que habian salido con Miguel Lopez, ni se sabia nada absolutamente por sus allegados de ninguno de los tres.
La única persona que parecia afectarse con esta ausencia, era doña Isabel de Córdoba y de Válor.
En cuanto á doña Elvira, apenas se la veia á las horas del comer y del rezar, y despues se encerraba en la habitacion de su esposo.
Doña Isabel sabia lo que significaba aquel encierro: sufria y callaba.
En cuanto á los bultos que rondaban el palacio de don Diego, forzoso nos será decir que uno de ellos era el walí Harum el Geniz, el terrible monfí, el confidente de Yaye en cuanto á las mejicanas, el que se habia encargado de seguirlas y averiguar su paradero.
Harum, cumpliendo su cometido, habia averiguado que el capitan estropeado y las dos mujeres del carro habian parado en un casaron del Albaicin, situado en la parroquia de San Gregorio el alto, y cuyo huerto lindaba con el jardin de la casa de don Diego de Válor.
El capitan y las dos damas permanecian sin duda en aquel casaron, puesto que Harum veia salir todas las mañanas al estropoado con una cesta, y volver á poco con un muchacho cargado con la cesta llena de provisiones: el capitan daba algunos maravedises al muchacho, y le despedia hasta el dia siguiente. Despues entraba en la casa, abriendo la puerta por sí mismo; no volvia á salir hasta el anochecer, y permanecia en la calle hasta cerca de la media noche.
Harum no vió jamás abiertas las ventanas de aquella casa ni de dia ni de noche, ni entrar ó salir mas persona que el estropeado.
Por consecuencia, morando allí el capitan, era probable que morase allí tambien la doncella morena y hermosa de los cabellos negros y rizados.
Harum se habia dicho:
—El poderoso emir me manda averiguar el paradero de esa doncella: luego esa doncella le interesa: es verdad que no se sabe por ahora dónde para el emir, y que le andamos buscando; pero cuando menos lo pensemos parecerá, y si para entonces le tengo yo aclarado este asunto, sin duda que no me irá mal: entre ellos median prendas, puesto que el magnífico emir me encargó con todo el empeño de un enamorado que procurase dar con ella: procuremos, pues, burlar la vigilancia de ese capitan, y ponernos frente á frente de la hermosa dama.
Harum, pues, se dedicó con toda su actividad y con toda su inteligencia al asunto que se le habia encomendado.
Dióse á espiar de la manera mas cauta del mundo al estropeado, y no solo él, sino algunos de sus muchos conocidos del Albaicin. Es de advertir que los monfíes hacian todos un doble papel: no habia ninguno de ellos que no tuviese parientes y amigos; ya fuese en las villas de la Alpujarra, ya en la ciudad de Granada. Con mucha frecuencia iban y venian á las poblaciones, y aun vivian en ellas: entonces se asemejaban á los moriscos, y como ellos tenian un nombre cristiano, y como ellos se mostraban sumisos y obedientes al rey, á su capitan general y á sus justicias: pero cuando los monfíes estaban en las poblaciones, era para espiar.
Entonces se transformaban: no parecian los terribles bandidos de la montaña, siempre bravos, siempre amenazadores, sino los vencidos sumisos que sufrian, sin quejarse y como sin pena, el dominio del vencedor; muchos de ellos, aunque todavía se permitia á los moriscos hablar en su dialecto natural y vestir su trage acostumbrado, hablaban perfectamente el castellano, y vestian como los castellanos. Harum y los veinte monfíes que habian acompañado á Yaye y Ab-el-Gewar, eran de este número. En cuanto á Harum, se llamaba entre los moriscos y por ante los castellanos Pedro el Geniz, y pasaba por hijo de un rico mercader de sedas en la Alcaicería.
Sus frecuentes y largas ausencias de Granada se justificaban por el comercio de su supuesto padre. Cuando Pedro el Geniz estaba fuera de Granada, el viejo Silvestre el Xeniz, que Dios sabe por qué habia tomado aquel apellido moro, decia á sus conocidos cuando le preguntaban por su supuesto hijo:
—Está en Florencia por raja, ó en Flandes por encajes: ha ido á Génova á contratar una partida de telas de damasco con unos mercaderes, ú otra contestacion por este estilo.
Del mismo modo todos los monfíes cuando andaban entre los cristianos, tenian medios para encubrirse y burlar la vigilancia de los castellanos. Los moriscos, como todo pueblo esclavizado, estrechaban sus filas; encubrian sus conspiraciones bajo el mas profundo disimulo; se favorecian los unos á los otros; se entrometian mansamente en todas partes, y de este modo sabian á tiempo cuándo se aprestaban soldados para marchar á las Alpujarras, ó con cuánto resguardo iban las conductas de dinero que se enviaban para pagar los presidios de soldados de las villas y castillos de la montaña; asi es que casi todas aquellas tropas eran batidas por los monfíes, y casi todas aquellas conductas apresadas.
Interesados en no hacerse sospechosos los monfíes, parecian los moriscos mas reducidos y mas conformes con la dominacion castellana, llegando hasta el punto de no vestir el trage moro, de beber vino, de comer tocino y de pertenecer á cofradías religiosas. Sucedia con mucha frecuencia, que engañados por estas prácticas exteriores, el presidente de la Chancillería, el capitan general, el alcalde mayor y el corregidor, usasen como confidentes contra los monfíes, de los mismos monfíes. Estos casos se repiten en nuestros dias. Con mucha frecuencia los conspiradores sirven como polizontes á los gobiernos; esto es, cobran sueldo del gobierno, y se sirven á sí mismos.
Harum era uno de estos hombres; conocíanle en Granada altos y bajos, cristianos y moriscos, el capitan general, el buen don Luis Hurtado de Mendoza casi le tenia cariño, y le tuteaba; el presidente de la Chancillería solia citarle como ejemplo de buenos moriscos, y decia con frecuencia, que si todos fuesen como él, se podria dormir á pierna suelta sin temor á levantamientos y alborotos: y en cuanto al corregidor y al alcalde mayor, nunca dejaban de darle crédito cuando le pedian informes acerca de este ó del otro morisco que se habia hecho sospechoso.
Sin embargo Harum era uno de los walíes ó capitanes mas tremendos de los monfíes; una vez á caballo, al frente de una banda de ballesteros, y acometiendo una villa que se habia hecho merecedora de un severo castigo por parte del emir, la trataba sin compasion; caian bajo su lanza ó su espada la munjer, el niño y el anciano, como el varon mas fuerte y robusto, é incendiaba las mieses y los caseríos, sin lastimarse del hambre que aquella devastacion debia producir en comarcas enteras.
Entonces el semblante de Harum era feroz, su palabra breve y dura, su corazon inaccesible á la piedad; una vez lanzado su grito de guerra, su tremendo ¡Allah le ille Allah![8], se convertia en un tigre hambriento; poníansele ante los ojos las desdichas de su patria, y se cobraba con usura en sangre cristiana de la fingida sumision que se veia obligado á demostrar cuando vivia en las poblaciones.
En Harum habia dos hombres: el capitan monfí y el buen espía: cuando desempeñaba este último papel se transformaba: mostrábase afable, locuaz, alegre, un tanto casquivano, un mucho galanteador y de todo punto inofensivo: el amor de las mujeres servíale á las mil maravillas para averiguar muchas cosas, y para introducirse en muchos lugares, y como era jóven y galan, y sobre galan buen mozo, hé aquí que Harum representaba en el Albaicin un tercer papel, el de don Juan Tenorio.
Generalmente representaba otro cuarto papel, el de gefe de los monfíes que se encontraban como espías en Granada. Harum les daba sus órdenes, recibia sus noticias, las comunicaba, y era en fin, el ege de aquella máquina invisible, cuyos efectos sentian los cristianos sin conocer la causa que los producia.
Tal era el hombre á quien Yaye habia encargado que no perdiese de vista á la prisionera mejicana, y á quien habia encargado tambien Yuzuf averiguase el paradero del poderoso emir de los monfíes Muley Yaye-Al-Hhamar.
En cuanto al primer asunto, Harum comprendió que si rondaba mucho la casa del capitan podria inspirar sospechas al estropeado y hacer que se marchase con las dos mujeres y con mas precauciones á otra parte.
Aprovechó, pues, la ocasion de desalquilarse una vieja casucha medianera de la que ocupaba Sedeño, especie de tinglado viejo, que se levantaba como una construccion parásita, apoyada en el casaron donde vivia el estropeado.
Apenas se encontró solo en esta casucha Harum, la reconoció de alto á abajo: entraban en ella el viento y el sol por todas partes, cuando no por ventana, por rendija, lo que la hacia sumamente ventilada, cualidad inapreciable en aquella estacion, que, como sabemos era la de los calores; además un pequeño huerto de este tugurio lindaba, por un accidente casual, con los dos jardines de las casas de don Fernando de Válor y del capitan Sedeño.
Harum reconoció minuciosamente las paredes medianeras con el casaron habitado por el capitan; nada encontró en ellas que le ayudase: eran demasiado fuertes y al parecer gruesas para que pudiese abrirse en ellas una mira sin causar ruido y apercibir á los vecinos: renunció, pues, á las paredes medianeras y reconoció la cueva ó sótano: allí fue distinto: encontró la boca de una mina, pero cegada.
Harum se decidió á franquear aquella mina.
Despues reconoció las tapias del huerto y vió que con poco trabajo podia entrarse por ellas tanto al jardin de don Diego de Válor, como al de la casa habitada por el estropeado.
¿Pero á qué penetrar en este último jardin no estando en inteligencia con la hermosa morena?
Sin saber porqué, Harum cifró grandes esperanzas en la mina y se dedicó á hacerla practicable.
Desde aquella noche principió á trabajar, aunque por el momento los resultados fueron capaces de hacer desistir al mas testarudo.
La mina estaba cegada á piedra y lodo.
A pesar de esto, dedicó las noches á aquel trabajo de zapa, sin dejar por ello de aprovechar los dias en otras investigaciones.
Despues de haber trabajado en la mina con mucha precaucion para no ser sentido, desde el principio hasta el medio de la noche, se recogia al lecho y dormia hasta el amanecer; despues se ponia en la parte mas alta de su habitáculo, detrás de una rendija, á observar los dos jardines y las ventanas y galerías de las casas inmediatas.
Todos los respiraderos de la casa del capitan estaban siempre cerrados, asi como el jardin desierto: en cuanto á la casa de don Diego de Válor era distinto: veíase tanto en el jardin, como en las ventanas y galerías, el tráfago de una numerosa servidumbre; generalmente despues del amanecer, veia Harum una jóven hermosa y triste, que aparecia en los cenadores, adelantaba con paso lento, se sentaba en un banco de piedra debajo de una enramada de jazmines, y permanecia allí, pálida, inmóvil y profundamente pensativa, hasta que, entrando el dia y creciendo el calor, se levantaba, y con el mismo paso lento volvia á desaparecer por el fondo de los cenadores.
Aquella jóven era doña Isabel de Válor; la causa indudable para Harum de la pérdida de Yaye.
Se nos olvidó decir que se habian recibido unas noticias tales de la muerte de Miguel Lopez por los lacayos que habian acompañado á don Diego y á don Fernando, que doña Isabel vestia luto.
Y ahora que recordamos á Miguel Lopez, debemos añadir que ni una palabra se sabia acerca del paradero de don Diego de Válor y de su hermano don Fernando.
Aquello era una cadena de misterios.
En cuanto á doña Elvira de Céspedes, Harum no la habia visto ni una sola vez en el jardin, ni en los miradores, ni en las galerías. Sus mismos criados y su cuñada doña Isabel la veian muy poco: á las horas de comer y de las mas precisas atenciones domésticas y nada mas: despues afectando tristeza por la extraña ausencia de su marido y la falta de noticias suyas se encerraba pasando apartada de la vista de todo el mundo la mayor parte de las horas del dia.
Doña Isabel, sabia demasiado la razon del retraimiento de doña Elvira: sentia por él unos profundos zelos; lloraba cuando se encontraba sola, pero guardaba una reserva sin límites: para saber que Yaye vivia, la bastaba mirar el semblante de su cuñada; pero la observacion de aquel semblante era un tormento para doña Isabel.
Parecíala notar en los ojos de doña Elvira una segunda vida; la vida de un amor ardiente y satisfecho...
Pero volvamos á Harum.
Despues de su observacion salia á la calle y se dedicaba á nuevas investigaciones: habia procurado averiguar la procedencia del capitan; pero por mas que él y los otros monfíes que con él estaban en Granada, revolvieron é indagaron, no se pudo sacar en claro sino que el capitan era forastero y nadie le conocia.
Del mismo modo todos sus esfuerzos eran inútiles para dar con el emir; todos los dias, pues, á la caida de la tarde, iba á dar cuenta de sus trabajos á Abd-el-Gewar.
Esta cuenta se reducia á muy pocas palabras.
—Santo faquí, decia Harum inclinándose, ni yo ni los mios hemos podido averiguar nada acerca del paradero del poderoso emir.
Abd-el-Gewar trasmitia diariamente este breve parte verbal á Yuzuf por mano de un monfí.
Al fin un dia Abd-el-Gewar recibió la siguiente carta de Yuzuf.
«Creo que yo me encuentro mas cerca que tú de saber el paradero de mi hijo.»
Y sin embargo Abd-el-Gewar y Harum le estaban tocando, como quien dice, con la mano; le tenian enmedio, aunque á alguna profundidad debajo de tierra.
Doña Isabel, que era la única partícipe del secreto con su hermano y su cuñada, habia callado por amor á su hermano, á pesar de que sabia que Yaye era buscado con ansia... sabiendo que Yaye estaba en poder de una mujer que le amaba.
Isabel por un sin número de razones se veia obligada á callar y á sufrir.
Habia pasado cerca de un mes desde el dia del casamiento de Isabel.
Durante aquel mes ninguna noticia habia venido á desmentir la noticia de la muerte de Miguel Lopez; nada se sabia de la suerte de don Diego y don Fernando de Válor.
Un dia que doña Isabel estaba, segun su costumbre, triste y abstraida, sentada en el banco bajo la enramada de jazmines, vino á sacarla de su abstraccion el ruido de una disputa que pasaba cerca de ella. Levantó los ojos del cesped donde hasta entonces los habia tenido inclinados, y vió que uno de los lacayos de su hermano pugnaba por arrojar fuera un mendigo, que á su vez pugnaba por llegar hasta ella.
—¿Qué quiere ese hombre, Andrés? dijo doña Isabel.
—Este hombre, señora, ha aprovechado un momento en que he dejado abierto el postigo, y quiere á todo trance hablar con vos.
—¿Y qué quereis buen hombre...?
—¡Ah! ¿qué quiero...? tened caridad de mi, señora, y Dios la tendrá de vos, dijo el mendigo con un pronunciado acento extranjero.
—Dadle una limosna, Andrés, y que se vaya, dijo doña Isabel.
—Ved señora que es un gitano, dijo el lacayo, y que hacer bien á este canalla es pedir á Dios una desgracia, porque esta gente está maldita de Dios.
—¡Malditos de Dios! ¡si es verdad! ¡malditos de Dios! exclamó roncamente el mendigo: los crímenes de nuestra raza han caido sobre nosotros, y nosotros nos vemos castigados por las culpas de nuestros abuelos en nuestras cabezas y en las de nuestros hijos.
Doña Isabel se conmovió; habia en el acento de aquel hombre algo de solemne, algo de terrible, algo de ese no sé qué misterioso que revela los grandes infortunios y no el infortunio de un hombre solo, sino el de una raza entera: por mas que doña Isabel fuese cristiana de corazon, pertenecia á un pueblo oprimido y desgraciado, y de una manera precisa se le hacia simpático aquel otro hombre, que parecia pertenecer á otro pueblo tan desdichado como el pueblo moro de Granada.
Porque aquel hombre, en fin, era Calpuc, el rey del desierto, que se presentaba á doña Isabel con el extraño disfraz de mendigo.
Cuando se ha logrado interesar la curiosidad de una mujer se puede tener casi la seguridad de conseguir lo que de aquella mujer se espera.
—Dejadle que se acerque, dijo doña Isabel al lacayo.
—Pero ved que estos gitanos... insistió el criado.
—Dejadle, dejadle que se acerque, repitió doña Isabel: ¿por qué hemos de arrojar lejos de nosotros á los pobres?
Andrés se apartó de mala gana, y murmurando del paso de Calpuc.
Este se acercó á doña Isabel y la contempló en silencio algunos momentos, con una profunda expresion de lástima.
—¡Cuán hermosa sois señora, y cuán digna de ser feliz! la dijo.
—¿Y quién os ha dicho que yo soy desgraciada? contestó con cierta dureza dona Isabel quien, á pesar de todo, la sentaba muy mal que un hombre, que parecia tan miserable, la tuviese lástima.
—¡Oh! para que supieseis los motivos que tengo para compadeceros seria necesario que nadie nos escuchase.
—¿Y era esa la caridad que veníais á pedirme?
—Yo no soy mendigo, señora.
—Sin embargo vuestro aspecto...
—Haced que vuestro criado se retire un tanto: me basta con que no pueda oirnos.
Dominada hasta cierto punto doña Isabel por aquella extraña aventura, mandó á Andrés que se retirase.
Este se retiró á alguna distancia, siempre murmurando y sin quitar ojo del mejicano.
Cuando este vió que no podia ser oido la dijo:
—Os tengo lástima porque mereceis mejor esposo, y mejores parientes.
—¿Quién os ha autorizado á insultar á mi familia?
—¡Oh! ¡la desgracia!
—¿Ha causado mi familia vuestra desgracia?
—No, no ciertamente: pero los desgraciados somos hermanos y tomamos con mucha facilidad por nuestras las desgracias de los demás.
—Concluid, porque me parece que hasta ahora nada me habeis dicho que tenga que ver con la obra de caridad que esperabais de mí.
—Concluiré muy pronto: tomad.
Y sacó de entre sus andrajos una carta que entregó á doña Isabel.
Al ver el sobre de aquella carta doña Isabel dió un grito.
Habia reconocido la letra gorda, bárbara é irregular de Miguel Lopez.
El sobre de aquella carta decia:
«A mi muy querida esposa doña Isabel de Córdoba y de Válor.»
Era la misma carta que Miguel Lopez habia escrito en el subterráneo por mandato de Calpuc.
Esta carta aterró de mil maneras á doña Isabel: ella no habia deseado la muerte de Miguel Lopez, la habia temido y habia procurado evitarla: si al creerla realizada se habia afligido por ella, habia sido mas bien por la infamia que suponia en sus hermanos, que por el interés que podia causarla aquel esposo que de una manera tal se la habia impuesto: ya sabemos que el interés que podia tener doña Isabel por Miguel Lopez era negativo, y en esta parte se encontraba bien con su luto y su viudez, luto y viudez de que habia venido á sacarla con una prueba indudable Calpuc.
Doña Isabel se puso de pié de una manera nerviosa y miró con los ojos lúcidos y asombrados al mejicano.
—¡No ha muerto mi esposo! dijo.
—No, no ha muerto aun, contestó Calpuc.
—¡Es decir que está en peligro! repuso palideciendo la joven.
—No por cierto; pero sino ha muerto hoy, morirá mañana.
—No os comprendo bien ¿quereis tal vez aterrarme?
—Yo no pretenderia jamás imponer terror á un ángel, señora. Solo os he dicho lo que acabais de oir acerca de la vida de ese hombre, porque me parece que es una cabeza sentenciada: sí; estoy seguro de que Miguel Lopez morirá de mala muerte.
—¡De mala muerte! ¿y por qué?
—Porque es un malvado y al fin y al cabo los malvados caen heridos por la mano de Dios.
—¡Ah! exclamó doña Isabel; escudado con esta carta, que de una manera tan extraña me habeis entregado, me estais haciendo oir muy duras palabras.
—Ese es un aumento de desgracia que os procura vuestra familia.
—Pero, en fin, dijo doña Isabel: ¿quién ha sido causa del desgraciado suceso acontecido á mi esposo? Los lacayos que vinieron á traernos la triste nueva, nos dijeron que mi esposo y mis hermanos habian sido acometidos por los monfíes de la montaña; que mi esposo habia sido muerto y que mis hermanos habian desaparecido.
—Es cierto que los monfíes acometieron á vuestro esposo, pero fueron pagados para ello por vuestro hermano don Diego.
Doña Isabel palideció aun mas y bajó la vista ante la profunda mirada de Calpuc.
—Vuestro esposo hubiera perecido, sin duda, continuó este á no haber sido porque yo acudí en su socorro.
—Os doy las gracias, quien quiera que seais, dijo toda turbada doña Isabel.
—¡Ah! ¡si yo hubiera conocido á Miguel Lopez, le hubiera dejado morir! contestó con un acento lleno de misericordia Calpuc. Pero Dios lo ha hecho de otro modo.
—Sí, si, habeis hecho muy bien en salvarle y os repito que os estoy profundamente agradecida.
—Nada me agradezcais. He obrado como debe obrar un hombre temeroso de Dios.
—Vos no sois mendigo, segun me habeis dicho, dijo doña Isabel, fijando profundamente sus grandes ojos de gacela en Calpuc.
—En verdad que no, señora, pero me era preciso adoptar un disfraz cualquiera, para acercarme á vos sin inspirar sospechas. Por lo mismo y para no inspirarlas debemos concluir nuestra conversacion, que se va haciendo larga. Segun recordareis, vuestro esposo os ruega me entregueis la sortija que os dió en arras de su casamiento con vos.
—¿Y os urge recibir esa sortija? dijo doña Isabel.
—No, no ciertamente. Podré esperar hasta esta noche.
—¡Esta noche! ¿y dónde creeis que podreis verme esta noche?
—Aquí, en este mismo sitio, cuando todos esten recogidos en la casa, y podamos hablar sin ser sentidos de nadie.
—¡Eso es imposible! ¡yo sola, de noche, con un hombre á quien no conozco!
—¿Recelais de mí despues de haber leido la carta de vuestro esposo?
—No, no desconfio. Perdonad un vago recelo en una mujer que ha sido muy desgraciada. Me pareceis leal y consiento en recibiros.
—¿A qué hora?
—Despues de las ánimas.
—Despues de las ánimas estaré en el postigo del jardin.
—A esa hora y confiando en vuestro honor, os abriré.
—Adios, pues, señora, y hasta la noche.
—Hasta la noche: adios.
Y Calpuc se separó de doña Isabel, lanzó una profunda y ansiosa mirada á las ventanas de la casa en que vivia el capitan Sedeño, y que se veian por cima de la tapia medianera de los dos huertos, y al verlas cerradas exhaló un profundo suspiro.
Despues salió por el postigo, pasando junto al lacayo Andrés, al que ni siquiera saludó.
—¡Oh! será necesario avisar al alcalde para que prenda á ese hombre si vuelve á venir, murmuró el lacayo; tiene muy mala traza: por mi parte y á no ser por la señora, yo le hubiera echado á palos.
—Ese hombre es un desgraciado, Andrés, dijo doña Isabel, y debemos compadecer y ayudar á los desgraciados.
Doña Isabel se alejó y entró por el cenador, mientras Andrés murmuraba cerrando el postigo del huerto:
—¡Un desgraciado! quiera Dios que su venida á esta casa no nos cause alguna desgracia.
La escena que acabamos de referir pasó cabalmente á la hora en que Harum, desde su casucha, hacia su atalaya matutina á los dos huertos del capitan estropeado y de don Diego de Válor.
—¡El cazador de la montaña! dijo al reconocer á Calpuc ¡el hombre á quien protege el poderoso emir! ¿Por qué viene aquí ese hombre y disfrazado de mendigo á hablar con doña Isabel de Córdoba y de Válor? Será necesario avisar á Ab-del-Gewar.
Pero antes, añadió, es necesario que concluyamos nuestra tarea de la mina: por un milagro de Dios el capitan Sedeño está fuera. Xariz y Athar, que le han seguido, me han dicho que ha tomado á caballo el camino de la montaña. No se sale asi á la gineta sino para tardar algunos dias. Esta es la ocasion mas propicia: pues puños y adelante.
Y dejándose ir con la agilidad de un gato por unas escaleras perláticas, descendió á los pisos bajos, que estaban casi llenos de montones de tierra y escombros, que habia sacado Harum de la mina: encendió una linterna; tomó una piqueta, y se metió por un estrecho pasaje que habia abierto á pico.
A trechos se veia la antigua mina árabe en toda su anchura y altura, capaz de contener un hombre á caballo, porque la mina solo habia sido cegada á trechos: si Harum hubiese tenido una brújula y un plano del terreno, hubiera conocido que aquella mina en vez de prolongarse en direccion á la casa ocupada por el capitan estropeado, se extendia hácia la de don Diego de Válor.
Sea como quiera, á poca distancia se detuvo Harum delante de una pared que cerraba la mina, y dejó la linterna en el suelo.
—Hice bien, dijo, en no seguir anoche mi trabajo cuando encontré esta pared que sin duda comunica con la cueva de la casa del capitan; era ya muy avanzada la noche; la caída de los escombros por esotra parte debe producir un gran ruido y era exponerse á que se malograse mi plan. Sin embargo, como puede suceder que sin que yo lo sepa haya en la casa alguien que guarde á la hermosa doncella de las trenzas negras, bueno es ir prevenidos: llevo un excelente puñal... y sobre el corazon; que no es flojo ni asustadizo, una buena cota á prueba. Adelante pues. Cúmplase lo que está escrito, y que el Dios Altísimo y Unico me proteja.
Y levantando la piqueta descargó un formidable golpe sobre la pared, que fue suficiente para que no necesitase dar el segundo: aquella pared era un simple tabique traspasado por la humedad, que se derrumbó, produciendo apenas, por lo reblandecido de los materiales, un ruido sordo y opaco.
Quedó abierto un boqueron practicable: Harum tomó la linterna, saltó sobre los escombros, y se encontró en una mina mas ancha y enteramente desembarazada, que se prolongaba á la derecha y á la izquierda del boqueron donde habia entrado.
—¡Por Satanás! dijo el monfí: me encuentro en un pasaje que conduce á dos puntos distintos y que no tiene apariencias de estar cegado. Meditemos. La mina por donde me he abierto paso hasta aquí está casi en línea recta; la casa del alférez está á la izquierda: la de don Diego de Válor á la derecha, pues señor: tomemos á la izquierda: esto no impide que despues de reconocer el terreno tomemos á la derecha. Acaso, acaso, descubra yo mas de lo que he creido: adelante pues.
Y tomó con una gentil audacia la mina adelante, á la parte de la izquierda.
A poco que anduvo tropezó con una escalera y trepó por ella: á la altura de cincuenta peldaños encontró una puerta, bien conservada y que parecia estar en uso.
Un impulso de alegría inundó el alma del monfí: pero aquel impulso no le hizo ser imprudente. Acercó el oido á la puerta y escuchó. Nada absolutamente se oia tras ella: permaneció escuchando algun tiempo mas, y ningun ruido alteró el silencio: entonces acercó la luz de la linterna á la puerta y la examinó minuciosamente.
Era de roble, y provista de una cerradura tan fuerte, que para violentarla hubiera sido preciso causar gran ruido.
Harum suspiró.
—Es preciso procurarse una llave maestra, dijo: acaso, acaso, será prudente esperar hasta la noche; durante el dia reconoceré por fuera el terreno. Indudablemente esa puerta me ha de llevar hasta la mujer á quien me ha encargado que busque el emir. Ademas será prudente traer conmigo mejores armas.
Harum bajó de nuevo las escaleras y se aventuró en la mina; pero abstraido en los pensamientos que le inspiraba la aventura en que se habia empeñado, pasó junto al boqueron por donde habia penetrado en la mina, y siguió en direccion de la casa de don Diego de Válor.
Pero de repente Harum se detuvo: habia escuchado el rumor de dos voces, una de hombre, otra de mujer, que hablaban sin recato y como si no temiesen ser escuchados. Harum adelantó con precaucion, y notó que las dos voces salian de un aposento abierto en la mina, por cuya puerta salia, proyectándose sobre el pavimento de la mina, un rayo de luz: el monfí adelantó aun mas y pudo percibir perfectamente lo que hablaban el hombre y la mujer que estaban en el aposento.
La voz del hombre hirió su oido de una manera particular, como si le fuera muy conocida, y al fin la reconoció y exclamó con asombro:
—¡El emir! ¡encerrado en un subterráno con una mujer!
Harum no supo por el momento qué hacer.
—Si, si, está ahí; pero yo no debo escucharle, ¡no! ¡el siervo no debe descubrir los secretos del señor! ¡seria hacerle traicion! ¡pues bien! ¡me ocultaré, observaré cuando salga esa mujer! y entonces... ¡oh! entonces me presentaré á él y le diré: señor, ¡vuestro padre os busca desesperado! ¡si estais cautivo, yo os traigo la libertad! ¡si estais libre, volved un momento, señor, junto á vuestro padre, junto á vuestros leales monfíes...! despues... despues tiempo os quedará para el amor.
Tomada esta leal resolucion, Harum se volvió atrás, buscó el boqueron, le encontró, se sentó sobre los escombros y apagó la linterna, para que no pudiese denunciarle su luz.
CAPITULO XI.
Hasta donde habia llegado doña Elvira, arrastrada por su amor á Yaye.
Harum obraba sin duda hidalgamente y como convenia á un buen vasallo, en no escuchar lo que su señor hablase; pero el autor comprende que no estan en el mismo caso sus lectores, y va á introducirlos en aquel aposento vedado para Harum.
Aquel aposento era el mismo donde don Diego de Válor y su mujer doña Elvira de Céspedes, habian ocultado á Yaye, á causa del accidente que le habia producido la noticia del casamiento de doña Isabel.
Desde aquel momento al en que le presentamos de nuevo á nuestros lectores, habia pasado, como hemos dicho, un mes.
Yaye estaba completamente restablecido y se paseaba lentamente por la estancia.
Doña Elvira estaba sentada en un sillon, contemplando con ansiedad al jóven, que estaba hermosísimo.
—¿Con que esa es vuestra postrera resolucion? dijo doña Elvira.
—Mi resolucion decidida, contestó el jóven con acento severo.
Por algunos momentos doña Elvira, á quien pareció contrariar la respuesta de Yaye, guardó silencio, impaciente é irritada.
—¿No os he dado bastantes pruebas de mi amor, dijo al fin con altivez, para que consintais en lo que deseo, en lo que ansío... en lo que debia llenaros de orgullo, porque lo que yo ansío, lo que yo deseo, es ser vuestra, enteramente vuestra?
—¿Y no lo sois, señora? dijo dominándose Yaye, y procurando dar á su acento la dulzura del amor, ¿no soy yo vuestro?
—Si, aquí, entre el mas profundo misterio, en las entrañas de la tierra; cuando nadie mas que yo está á vuestro lado, cuando á nadie veis mas que á mi. Vos no me amais, Yaye... vos al decirme amores habeis mentido... si, habeis mentido... vos no amais mas que á vuestra ambicion... y despues de vuestra ambicion á mi cuñada doña Isabel, á pesar de que mi cuñada se casó con otro sabiendo que vos la amábais.
Yaye hizo un movimiento como para contestar, pero guardó silencio.
—Si, ella sabia que vos la amábais, y os pospuso á un hombre feroz, brutal, casi á un bandido... en cambio yo... yo os amo desde que os vi: cuando por una sucesion de circunstancias extrañas os tuve en mi poder, cuando yo sola podia veros, yo sola podia hablaros, mi alma se abrió á la esperanza y á la felicidad... despues vos habeis sabido engañarme, enloquecerme... me habeis hecho la mas feliz de las mujeres... ¡oh! ¡si! porque no hay en el mundo una felicidad semejante á la que vos me habeis hecho probar... ¡pero despues...!
El jóven se acercó á doña Elvira y la asió una mano.
—Escuchad, señora, la dijo: mi corazon os pertenece... es verdad que yo amaba á vuestra cuñada, ó que creia amarla...
—¡Que creiais amarla! exclamó con ansiedad doña Elvira.
—Si, que crei amarla, porque mi afecto hácia ella mas que amor era empeño, un empeño como yo los concibo: tenaces, terribles, voluntariosos... la noticia de su casamiento causó en mí un efecto inesplicable... porque mi empeño se desvanecia, caia vencido ante el empeño de una mujer... no recuerdo lo que me aconteció... solo recuerdo que desperté un dia de un profundo letargo, calenturiento, dolorido, cansado en el cuerpo y en el alma... miré en torno mio y os vi anhelante, con las manos cruzadas, mirándome de una manera tal, que aun no he podido olvidar aquella mirada, hermosa y dulce como la de un ángel... yo no os conocia... vos tampoco me dijísteis quien érais... yo no os lo habia preguntado, porque no tenia voluntad mas que para miraros, ni corazon mas que para sentir vuestra hermosura y vuestra misericordia: pasábais junto á mi largas horas reclinada sobre mi lecho, mis manos en vuestras manos, mi mirada en vuestra mirada, confundiéndose nuestros alientos: llegó un punto en que... nos confundimos en uno; nos unimos, fuimos un solo ser que sentia una misma felicidad, que se embriagaba en sí mismo: yo os crei mi ángel, mi espíritu estaba aun perturbado... nada recordaba... habia vuelto á la vida... á una vida vigorosa, á una vida nueva... para mí este aposento, donde jamás entra la luz del dia, era un eden y era un eden por vos. Vos lo sabeis, señora: no podeis dudarlo: yo enloquecia bajo vuestras miradas, yo desfallecia de amor con vuestras caricias... ¿ha podido jamás un hombre pertenecer de una manera mas completa á una mujer?
—¡Ha sido un sueño! ¡un hermoso sueño! dijo doña Elvira, cuyos ojos se arrasaron de lágrimas, ¡un sueño que no se ha desvanecido sino haciéndome pedazos el corazon!
—¿Por qué me despertásteis? ¿por qué avivásteis mi memoria que la enfermedad habia entorpecido? ¿Por qué me dijísteis: tú eres Yaye-ebn-Al-Hhamar, emir de los monfíes de las Alpujarras?
—¡Ah! ¡la ambicion ha matado en vos al amor!
—No por cierto: el emir, el poderoso emir de los creyentes que luchan en las montañas de las Alpujarras por el Islam, os hubiera asido de la mano, os hubiera presentado á los suyos y les hubiese dicho: hé aquí mi esposa; hé aquí vuestra señora; pero vos no os detuvísteis en vuestras revelaciones: me dijísteis: yo soy casada, lo que equivalia á decirme: somos adúlteros.
—¡Ah! exclamó doña Elvira.
—Y no bastaba esto: me dijísteis soy esposa de don Diego de Córdoba y de Válor, lo que equivalia á decirme: somos infames, porque don Diego de Córdoba es pariente mio por parte de mi madre, como que mi madre era hermana del padre de don Diego.
—¿Y qué importan todos los parentescos, todos los vínculos, cuando se ama como yo os amo?
—Doña Elvira el crímen siempre es el crímen, y no es puro el placer en el fondo de cuya copa se encuentra el remordimiento: yo soy inocente: el Altísimo lo sabe: acababa de salir de una enfermedad terrible cuando os vi á mi lado; me encontraba en una situacion extraña; yo os creia una hurí enviada por Dios para consolarme, porque yo no os conocia: lo que ha sucedido entre nosotros ha sido fatal; pero en el momento en que he conocido que nuestros amores ofendian á Dios y á los hombres, me he detenido, he vuelto atrás en la senda de la perdicion en que habia entrado sin saberlo...
—¡Porque no me amais! ¡porque os habeis burlado de mí! exclamó con violencia doña Elvira.
—No os amo porque no debo amaros, señora; no os amo, porque perteneceis á otro hombre; porque me habeis engañado...
—¡Porque amais á mi cuñada doña Isabel!
—Para que yo no ame á doña Isabel basta el que sea como vos una mujer casada.
—¡Oh! si en vez de ser yo quien soy, fuera doña Isabel, no reparariais tanto en ofender á Dios y á los hombres, exclamó con despecho doña Elvira... y luego... ¡si doña Isabel fuese viuda... viuda y... vírgen...!
Yaye, á pesar del dominio que tenia sobre sí mismo, palideció de una manera marcada.
—¡Oh! ¡si! ¡la amais! ¡la amais! exclamó con rabia doña Elvira, notando la conmocion de Yaye, la amais y me despreciais por ella... ¡pues bien! ¡sabedlo...! ¡os lo voy á revelar todo...! apenas Miguel Lopez habia entrado en nuestra casa de vuelta de la ceremonia... mi esposo, no sé por qué, le llevó consigo, sin darle ni aun tiempo de despedirse de doña Isabel: Miguel Lopez, mi esposo, mi cuñado don Fernando y cuatro lacayos, partieron para las Alpujarras: al dia siguiente volvieron los lacayos trayendo la noticia de que Miguel Lopez habia sido asesinado por los monfíes y que mi esposo y mi cuñado habian desaparecido.
—¡Asesinado Miguel Lopez por los monfíes! exclamó Yaye, en cuya imaginacion surgió una sospecha: ¿y se ha confirmado esa muerte?
—Mi cuñada, vuestra hermosa doña Isabel, lleva luto por ella... ¡y está tan hermosa con su luto...!
—¡Asesinado Miguel Lopez por los monfíes! repitió profundamente Yaye.
—¡Oh! ¡ya se ve! existia un antiguo contrato entre vuestro padre y el padre de mi esposo; segun él, vos y doña Isabel debiais uniros para salvar ciertos intereses encontrados: no sé por qué, obligado acaso por la fatalidad, mi esposo entregó su hermana á Miguel Lopez... pero llegásteis vos... os encerrásteis con mi esposo... yo escuché vuestra conversación... y Miguel Lopez fue sentenciado...
—Os juro que yo no he tenido parte alguna, ni aun con la voluntad, en ese asesinato.
—Si, si: bien sé que el único autor de ese delito es don Diego de Córdoba, mi esposo, pero sé tambien que su delito es inútil, porque no os casareis con doña Isabel, os lo juro.
—Ya os he dicho, continuó dominándose Yaye, que en el momento en que doña Isabel ha pertenecido á otro hombre he dejado de amarla.
—Es que doña Isabel no ha pertenecido á nadie, exclamó con una malignidad indescribible doña Elvira, ni aun á su hermoso Yaye, á quien ama con toda su alma... me habeis llamado adúltera porque el amor me ha arrojado en vuestros brazos: ¿y creeis que no seria tambien adúltera doña Isabel, vuestra virtuosa doña Isabel, si vos la hacias oir una sola palabra de desesperacion..? ¡oh! ¡las mujeres cuando amamos no reparamos en nada...! ¡el amor ha sido creado por Dios para que le sienta única y exclusivamente la mujer!
Yaye se contenia visiblemente: notábase, á pesar de su profunda reserva, no solo que no amaba á doña Elvira, sino que le inspiraba aversion.
Doña Elvira aspiraba perfectamente el sentimiento que se filtraba, por decirlo asi, del semblante del jóven, le comprendia y se irritaba.
—Mi casamiento, dijo fue el resultado de una apuesta, y he sido muy desgraciada: yo amaba á mi esposo y á fuerza de humillaciones he llegado á aborrecerle: yo debia vengarme de él tarde ó temprano; pero no he sido una mujer impura que se prostituye solamente por venganza: era necesario que mi corazon al vengarse aspirase otro amor... os ví... os amé, os he amado largo tiempo en silencio... y al fin... por casualidad, mi mismo esposo os puso en mis manos: he velado junto á vos anhelante, viendoos entre la muerte y la vida y despues de haberos salvado me he creido amada y vengada de las injurias que como mujer debia á mi esposo... vos me despreciais ahora Yaye... pues bien yo me vengaré... os juro que sereis mi esclavo, que no volvereis á ver la luz del sol.
—La pasion, una pasion que no comprendo bien os extravía, señora, dijo Yaye con una profunda calma: vos no teneis ningun derecho para privar á un hombre de su libertad.
—Si, si, es verdad: yo debo dejaros libre para que corrais á arrojaros á los piés de doña Isabel, para que podais decirla, ¡eres viuda...! ¡sé mi esposa...! ¡y yo entre tanto... deshonrada...! ¡perdida...! ¿que creeis que seria de mí si durante una larga ausencia de mi esposo diese á luz un hijo?
Yaye se estremeció.
—Y estoy segura... ¡oh! ¡si! ¡os amo tanto! ¡he sido tan feliz! ¡oh Dios mio! ¡Dios mio! al menos aunque él me desprecie... si me queda una prenda de su amor, seré feliz... muy feliz... y esa felicidad... de seguro me la ha concedido Dios.
—Dios no querrá que vuestra insensata pasion os haya llevado á tal punto señora. Dios no querrá que tengais un doble remordimiento... por el esposo y por el hijo: en cuanto á mí soy inocente, bien lo sabeis; si fuerais libre os haria mi esposa, os lo repito os lo juro.
—¿Me haríais vuestra esposa si yo fuese libre? observó acentuando cada una de estas palabras doña Elvira.
—Cuidad lo que haceis, señora, dijo Yaye.
—¡Qué! dijo doña Elvira con sarcasmo; ¿creeis que yo seria capaz de matar á mi marido por ser vuestra?
—Os lo confieso, aunque me cuesta violencia el confesároslo: os creo capaz de todo.
—Pues bien, dijo con una calma glacial doña Elvira: esperadlo todo de mí. Todo, hasta la venganza.
—Habeis elegido muy mal camino, señora, dijo Yaye con acento frio: ya os lo he dicho antes de ahora: sois impotente contra mí: os he suplicado que me pongais en libertad, que me dejeis volver entre los mios, y os habeis negado á ello á pretexto de que no volveria á veros. En efecto, una vez fuera de esta prision en que la casualidad me ha arrojado, no volveriais á verme sino por otra casualidad..... porque el deber me manda apartarme de vos. Jamás hubiera yo incurrido en el crímen que hemos consumado, sino en un estado casi de insensatez, en un estado en el cual no pertenecen al hombre sus acciones.
—¡Es decir, que teneis remordimiento de haberme poseido! exclamó con una soberana altivez doña Elvira.
—Sí, respondió con firmeza Yaye, hasta el punto que puedo tenerlos, porque os lo repito, mis actos, acabado de salir de una enfermedad terrible que habia afectado mi razon, no son mios: son los actos de un insensato..... pero no insistiendo mas en esto os intimo por última vez para que me dejeis en libertad de ir á donde me convenga, puesto que ningun derecho teneis para retenerme á vuestro lado.
—¡Jamás! exclamó doña Elvira.
—Pues bien, señora, dijo Yaye adelantando hácia doña Elvira, que retrocedió hácia la puerta; por mas que me cause repugnancia el ejercer con vos una violencia, hareme yo mismo libre, sobrevenga el escándalo que quiera.
Y adelantó aun mas hácia doña Elvira.
—¡Ah! ¡no!... exclamó esta: vos sereis caballero... vos no querreis emplear la fuerza contra una dama.
Yaye se detuvo á esta invocacion á su honor.
—Solo os suplico, dijo doña Elvira que mediteis en mi amor, en mi desesperacion: ¡sino os volviera á ver..! ¡qué! ¿tanto os costaria, sino podeis ser mi amante, ser mi amigo?
—¿Me jurais, señora, sacarme de aquí?
—Os lo juro.
—Pues bien: cumplid vuestro juramento.
En aquel punto doña Elvira que gradualmente se habia acercado á la puerta, la ganó de un salto, y antes de que Yaye pudiera evitarlo la cerró, corriendo los cerrojos.
—Sí, sí, dijo doña Elvira desde detrás de la puerta: tú saldrás de aquí Yaye, pero muerto de hambre, ó entregado enteramente á mi: yo te lo juro.
Y se alejó lanzando una insensata carcajada que retumbó en la mina.
Luego se escucharon por algun tiempo sus pasos precipitados; despues todo quedó envuelto en el mas profundo silencio.
CAPITULO XII.
De cómo Dios premió la constancia de Yaye.
Yaye quedó mudo de asombro y de cólera en el centro de la estancia.
Las últimas palabras de doña Elvira tenian una muy fácil explicacion.
«Tú saldrás de aquí muerto de hambre ó entregado enteramente á mí.»
Esto queria decir que doña Elvira pensaba valerse de algun brebaje para aletargar al jóven y conducirle á un lugar mas seguro; brebaje que solo podria evitar Yaye sentenciándose á morir. Era aquel el último límite á donde podria llegar el empeño de una mujer.
Yaye conoció que doña Elvira le tenia enteramente en su poder: la habitacion en que se encontraba, aunque ricamente alhajada, y cubierta de tapices, por lo reducido de su extension, por lo deprimido de su bóveda, por lo fuerte de su puerta, en que se veia un ventanillo, indicaba haber sido en otro tiempo destinada para encierro. Por aquel ventanillo podia doña Elvira introducirle alimentos preparados para producirle un estado de letargo, sin que Yaye pudiese usar de la menor violencia con ella. Yaye, pues, sacudió con fuerza la puerta; pero esta era muy fuerte, encajaba perfectamente y nada consiguió: metió el brazo por el ventanillo, y probó si alcanzaba á los cerrojos: esto tambien era inútil: los cerrojos estaban fuera del alcance de su brazo: su espada y su daga, cuyos gavilanes acaso le hubieran servido para alcanzar á los cerrojos, habian desaparecido: Yaye comprendió que si esperaba mucho tiempo, doña Elvira comprendería que los cerrojos no bastaban para asegurar á su prisionero, y buscaria otros medios de seguridad.
Era necesario encontrar una manera de descorrer aquellos cerrojos, y franquear cuanto antes aquella puerta. Una vez fuera, Yaye pensaba ocultarse en la oscuridad en la mina, y sorprender á doña Elvira cuando volviese.
Pero no se le ocurrió medio en lo humano: comprendió que estaba seriamente preso, y á merced del fatal amor de doña Elvira.
La única esperanza que le quedaba era que sobreviniese en aquellos momentos don Diego de Córdoba y de Válor.
¿Pero quién sabia lo que habia sido de don Diego?
Empezaba Yaye á desesperarse, cuando oyó en la mina unos pasos marcados de hombre: era la primera vez, despues que habia vuelto á la razon en aquel calabozo, que oia tales pisadas: supuso que doña Elvira le enviaria algun hombre pagado para intimidarle, y esto le irritó. Los pasos se acercaban y al fin se detuvieron junto á la puerta.
Yaye escuchó en silencio: el que se habia detenido junto á la puerta nada dijo durante algunos segundos.
Al fin se escucharon estas palabras pronunciadas por una voz contenida:
—¿Estais solo, señor?
—¿Qué es eso? ¿Quién me llama señor? dijo Yaye acercandose al ventanillo de la puerta.
—Soy yo, señor; vuestro fiel escudero; el walí Harum-el-Geniz.
—¡Oh! ¡me he salvado! exclamó Yaye; mira si puedes descorrer los cerrojos, mi buen Harum.
—¡Oh! ¡sí, poderoso señor! he aquí la puerta de par en par.
En efecto, la puerta se abrió.
—¿Quién te ha traido aquí Harum? ¿por dónde has entrado? le preguntó Yaye.
—Me ha traido un mandato de vuestro noble padre; en cuanto al lugar por donde he entrado, venid señor y lo vereis.
Harum á quien las circunstancias hacian mas entrometido con el jóven emir que lo que lo hubiese sido en otra ocasion, tomó la bujía que ardia sobre la mesa y salió seguido de Yaye.
Al llegar al boqueron se detuvo, y le mostró al jóven.
—Hé aquí por donde he entrado, señor. Por esa mina adelante, pronto muy pronto, vuestra grandeza verá la luz del sol.
Y siguió por la mina precediendo al jóven emir.
Cuando este se encontró en las habitaciones superiores, cuando vió el cielo, las nubes, el sol, los árboles, la Alhambra, á lo lejos la alta cumbre de la Sierra-Nevada, en lontananza y á los pies de la sierra la extendida vega con sus lejanas montañas azules, respiró como quien se siente aliviado de un peso enorme.
—¿De qué manera quieres que te recompense el emir? exclamó con alegría volviéndose á Harum.
—¡Ah, señor! dijo el monfí; me basta con ser vuestro secretario de confianza en la paz; vuestro escudero en la guerra: á vuestro lado siempre, porque teneis enemigos, señor; todos los reyes los tienen y mi única ambicion es serviros de escudo.
—Aunque me has servido algun tiempo no recuerdo de qué tribu eres, dijo con la gravedad de un rey Yaye.
—De la tribu Zeneta, señor, contestó con orgullo Harum.
—Vienes, pues, de una raza bastante esclarecida, walí, para que puedas estar continuamente á mi lado, dormir á los piés de mi lecho, y llevar tu caballo tras el mio en el combate. Te concedo lo que me has pedido.
—¡Ah! ¡señor! ¡magnífico señor! exclamó Harum arrojándose á los piés de Yaye.
—Alza y escucha: ¿cuántos dias han pasado desde aquel en que yo llegué á Granada?
—¿Quereis decir, señor, desde el dia en que me mandásteis que siguiese sin perder de vista á la hermosa morena de los ojos de luz?
—¡Ah! ¡la princesa mejicana! exclamó perturbado bajo aquel recuerdo Yaye.
—Pues ha pasado un mes, cabalmente desde aquel dia, señor.
—¡Cuántas variaciones en un mes en la vida de un hombre! exclamó el jóven emir. Y se quedó profundamente pensativo.
—Perdonadme, señor, dijo Harum, si os advierto, que estando en estos corredores nos pueden ver desde las ventanas y desde el jardin de la próxima casa de don Diego de Córdoba y de Válor.
—¡Ah! ¡es esa la casa de don Diego de Córdoba! dijo Yaye mirando al frente: pero de improviso se puso pálido y lanzó una exclamacion desde el fondo de su alma.
—¡Ah! ¡doña Isabel!
En efecto, la jóven habia atravesado lentamente y con su severo traje de luto, un corredor de la casa vecina y habia desaparecido.
—¿Vive doña Isabel en la casa de su hermano don Diego? dijo con voz apagada por la conmocion Yaye.
—Si señor, todos los dias por la mañana la veo sentada en aquel banco de piedra que hay al pié de aquella enramada de jazmines. Pero retirémonos de aquí si os place, señor, y si quereis observar la casa de don Diego, yo os llevaré á un lugar desde donde podais ver sin ser visto.
Yaye conoció que la observacion de Harum era prudente, y le siguió á un aposento cercano en el que habia una ventana con celosía y desde donde se descubria lo mismo que desde el corredor, las dos casas y los dos huertos del capitan estropeado y de don Diego de Válor.
—¿Acostumbra doña Isabel á dejarse ver? preguntó Yaye.
—Solo por la mañana, señor, y en el lugar que os he marcado.
—¿Has hablado alguna vez con ella?
—Nada me habiais encargado acerca de doña Isabel, señor.
—Es verdad. Y dime: ¿que ha sido de Miguel Lopez?
—Se le cree muerto.
—¿Se sabe quién ha mandado su muerte?
—Creese que sea cosa de don Diego de Válor.
—¡Infame! murmuró Yaye: pero... me han dicho que ha muerto á manos de unos monfíes.
—Es verdad: segun me ha dicho Dalhy que ha ido dos ó tres veces á la montaña durante este mes, don Diego sobornó á Reduan, que vivia como ventero junto á Orgiba y á otros seis: vuestro poderoso y justiciero padre, señor, mandó ahorcar al dia siguiente á Reduan, y á los otros seis, en la encina muerta de la Rambla de los Gamos.
—¿De modo que en esta muerte nada ha tenido que ver la justicia de mi padre?
—Ha sido un asesinato y nada mas.
—¿Y qué se han hecho don Diego y don Fernando de Válor?
—Los tiene presos vuestro padre hasta que vos parezcais.
—¿Y mi buen ayo Ab-del-Gewar?
—Está inconsolable por vuestra pérdida y nos hace revolver la tierra á mí y á los veinte monfíes que tengo á mis órdenes.
—Pues hasta que yo te lo mande, es necesario que á nadie digais que he parecido.
—Muy bien, señor.
—A nadie, ¿lo entiendes?
—Si señor.
—Además, es necesario que procures introducirte con la servidumbre de don Diego de Válor, á fin de que yo pueda hablar con doña Isabel.
—Las tapias son fáciles de escalar, señor... y yo mismo...
—Componte como puedas, pero no cometas ninguna imprudencia.
—¡Oh! en cuanto á imprudencias seria la primera que cometiese: por no ser imprudente no puedo daros ya noticias positivas acerca de la dama morena que me mandásteis seguir.
—¡Cómo! ¿sabes donde para?
—Muy cerca de nosotros, ahí, en esa otra casa cuyo huerto linda con el de don Diego y cuyas celosías estan tan cerradas.
—¿Y no has tenido medio de amparar á esa desdichada?
—Tengo medio de penetrar hasta su habitacion; pero necesitaba proveerme de cierta herramienta.
—¡Ah! ¡forzar puertas! dijo con repugnancia Yaye: ¡exponerse á pasar por un ladron!
—La puerta que yo forzaré es tan reservada, como que da á un extremo de la mina donde está la habitacion en que os han tenido cautivo.
—Pues bien, cuanto antes liberta á esas desdichadas mujeres, pónlas bajo el amparo de la justicia, devuelve á la jóven la joya y...
—¿Y por qué no habeis de hacer vos todo eso señor? sino me engaño paréceme haberos oido decir que esa dama es una princesa.
Meditó un tanto Yaye.
—Bien, dijo: tiempo sobrado tendremos de pensar en ello. Por ahora búscame una casa segura donde pueda vivir sin ser notado: despues trae una litera cerrada dentro de la cual me trasladaré á mi nueva vivienda, y sobre todo, Harum, un profundo secreto.
El monfí despues de haber recibido algunas otras instrucciones de Yaye, salió de la casa murmurando, mientras se alejaba á buen paso:
—El emir es mi señor único y absoluto desde que el noble Yuzuf renunció en él su poder y su corona. El, solo él, Muley-Yaye-ebn-Al-Hhamar, es nuestro señor, á quien debemos obedecer ciegamente, so pena de traicion. ¿Pero qué pensará hacer el emir?
Dos horas despues salia una litera cerrada del casuco que habitaba Harum: aquella litera entró poco despues en una linda casita de la calle de las Tres Estrellas en el Albaicin.
CAPITULO XIII.
De cómo la caridad era una virtud peligrosísima para el poderoso emir de los monfíes Muley-Yaye-ebn-Al-Hhamar.
Llegó la noche, y por cierto, lóbrega y tempestuosa.
Poco despues del oscurecer algunos hombres, como en número de doce, envueltos en largas capas, se extendieron por las calles de San Gregorio el alto y sus circunvecinas y se ocultaron en los dinteles de las puertas.
Al poco tiempo otros dos hombres, embozados tambien hasta los ojos, llegaron á la puerta de la casucha habitada por Harum, y uno de ellos abrió la puerta: el que le seguia entró.
El que habia abierto la puerta lanzó un silbido prolongado, entró y cerró.
Poco despues un embozado, llegó á la puerta y llamó: abriéronle y un hombre que tenia una linterna en la mano, le introdujo en una habitacion del piso bajo. Sucesivamente llamaron y entraron otros cinco hombres.
Cuando estuvieron todos dentro, el hombre que les habia abierto les dijo:
—Seguidme.
Aquel hombre era Harum.
Los seis hombres que habian entrado y estaban desembozados, mostraban los semblantes mas angulares y fatídicos del mundo, bajo las anchas alas de sus sombreros gachos, y las espadas de mas voluminosa empuñadura y mas largos y torcidos gavilanes que podian darse, pendientes de los talabartes: ademas, cada uno de estos hombres, llevaba sujetos á la cintura una daga buida, y dos largos pedreñales ó pistolas.
Aquellos seis hombres eran monfíes escogidos entre lo mas duro y valiente de todas las taifas de monfíes de las Alpujarras.
Aquellos seis hombres siguieron á Harum, que los llevó en derechura á la mina que ponia en comunicacion la casa ocupada por el capitan estropeado, con el palacio de don Diego de Válor.
Cuando estuvieron allí, Harum los extendió por la mina y les dió la consigna siguiente:
—Las dagas en las manos. Si sobrevienen gentes por cualquiera de los dos extremos, se las detiene, y se avisa con un silbido. Si oponen resistencia, obrad como quienes sois. Atencion y silencio.
Volvió á salir por el boqueron, y poco despues apareció con un hombre enteramente encubierto, y tomó la direccion de la escalera que conducia á la casa del capitan.
—Espera, le dijo el hombre que le seguia: ¿se va por aquí al aposento donde he estado preso?
—No señor, contestó Harum, se va por la parte opuesta.
—Pues llévame allá: tengo curiosidad de saber lo que allí puede haber sucedido.
Harum se volvió y condujo á Yaye al lugar indicado.
Al entrar en él notó el jóven que algunos objetos que antes estuvieron sobre la mesa, estaban rotos y esparcidos por el suelo; levantadas las ropas del lecho, como si alguien hubiese buscado algo bajo él y los sillones tirados por el suelo.
Yaye lo comprendió todo; aquellos eran los vestigios del furor impotente de doña Elvira al verse burlada.
—¡Ah! ¡ya lo sospechaba yo! dijo con acento sentido el jóven, porque sin saber por qué, le lastimaba la desesperacion de doña Elvira.
Yaye en su foro interno atribuyó aquel sentimiento á caridad.
Salió de aquella especie de calabozo, y pasó, perfectamente cubierto el rostro con un antifaz, por delante de los seis monfíes, que inmóviles y silenciosos como estátuas, estaban apoyados de espaldas contra la pared á lo largo de la mina.
Treparon por las escaleras que subian hasta la puerta, delante de la cual, por falta de una llave maestra, se habia detenido aquella mañana Harum.
No sucedió entonces lo mismo: el walí, transformándose en ladron, sacó un instrumento de hierro de entre su talabarte, lo introdujo en la cerradura, y sin causar ningun ruido y con gran facilidad, descorrió el fiador, que era de resorte: entonces la puerta giró sobre sí misma sin ruido, y pudo notarse que por la parte de delante, era una verdadera puerta secreta disimulada en la tapicería.
El lugar en que habian desembocado Yaye y Harum era una cámara extensa y sombría, cuyos tapices representaban asuntos de la historia antigua: aquellas gigantescas figuras de fuerte colorido, parecian fantasmas, destacándose débilmente sobre el fondo oscuro, y la alta ensambladura de pino, ennegrecido por el tiempo, acabada de dar á la cámara en aquella situacion y á aquella luz un tinte sombrío.
Los muebles que la alhajaban eran ricos, pero antiguos, y en un ángulo se veia un voluminoso lecho de nogal tallado, intacto, con las cortinas de damasco rojo entreabiertas. Junto á un armario cerrado habia un arnés de guerra limpio y sencillo, y acá y allá, en las paredes, sobre los tapices, algunas excelentes armas, tales como espadas, arcabuces y pistolas.
—Este debe ser el dormitorio del capitan Alvaro de Sedeño, dijo Harum en voz baja á Yaye, y es por cierto para él una fortuna el estar ausente; de otro modo nos hubiera sido preciso estropearle mas. Pero aquí hay tres puertas: esta casa es demasiado grande y yo no la conozco; pues bien, adelantemos á la ventura.
Y se dirigió á una puerta pequeña situada á los piés del lecho, que estaba cerrada, y que abrió Harum valiéndose de la llave maestra.
A juzgar por la facilidad con que Harum manejaba aquel instrumento, cualquiera le hubiese tomado por un ladron de oficio.
Una vez franqueada aquella puerta, nuestros dos exploradores se encontraron en un corredor estrecho, de techo bajo y paredes blanqueadas: siguieron adelante, pero al llegar á la parte media del corredor, les detuvo un gemido de dolor.
—¡Misericordia de Dios! dijo Yaye profundamente afectado; mucho me engaño si ese no es el gemido de un moribundo.
—Y si el moribundo no es una mujer, dijo Harum juzgando por otro segundo gemido.
Apenas habia pronunciado el monfí estas palabras, cuando se oyó una voz timbrada por el dolor, pero juvenil y sonora, que exclamó:
—¡Ah! ¡madre mia! ¡pobre madre mia!
Yaye hizo á Harum una indicacion de que no se moviese, y él solo adelantó hácia una puerta entreabierta, situada en el fondo del corredor.
Yaye miró al interior; la sangre retrocedió de sus extremidades á su corazon, y permaneció inmóvil, mirando y escuchando con toda su alma y sin atreverse á pasar adelante.
¿Qué era lo que habia visto Yaye que asi le interesaba y asi le conmovia?
Vamos á presentarlo á continuacion á nuestros lectores.
Era una cámara tan sombría y extensa como la primera por donde habian pasado Yaye y Harum.
Una lámpara puesta sobre una mesa de mármol, bajo un gigantesco espejo de acero, iluminaba debilmente aquel gran espacio, alcanzando apenas á dejar ver de una manera informe las figuras gigantescas de la tapicería. Una chimenea de mármol, enorme, sostenida por cariátides y con ornamentacion del gusto del renacimiento, se veia al fondo limpia y desprovista de fuego en razon á la estacion, lo que daba á la cámara algo de frio y de extraño: á un lado habia un lecho enorme, semejante al que hemos descrito anteriormente; pero aquel lecho no estaba abandonado; por el contrario, en él estaba una enferma.
Arrojada sobre el lecho, asiendo las manos de la enferma, y llorando y besándola alternativamente, habia una jóven vestida de blanco de extraordinaria esbeltez.