De cómo el marquesito dió una prueba de que estaba perdidamente enamorado de Amina, pensando en casarse con ella.
Cuando el marqués tuvo noticias de aquel doble asesinato, se le heló la sangre, á impulsos de un terror mortal. Aquel tremendo duque que de una manera tan sangrienta habia sellado los labios de las dos personas que habian encubierto su deshonra (porque para el marqués era indudable que, á pesar de sus precauciones, el duque lo sabia todo), seria capaz de tomar, respecto á su hija, una resolucion terrible.
Don Juan, al aterrarse por Amina, ni aun habia pensado que él podia verse en peligro. Amina, solo Amina, era el cuidado que comprimia su alma: porque aquel terrible burlador que en tantos dolores mujeriles se habia gozado, sentia al fin el amor; pero ese amor violento, exclusivo, que nos obliga á anteponer una mujer á todo otro amor, á todo otro interés, aun á nosotros mismos: ¿qué mas podremos decir cuando digamos que don Juan habia prometido solemnemente á Amina ser su esposo, y que al prometerlo habia pensado cumplir rígidamente su promesa?
Cuando su tio le oyó decir que iba á pedir por esposa su hija al duque, palideció y sintió un terror mucho mayor que el que habia sentido su sobrino al saber la muerte de los encubridores de sus amores con Amina: una vez casado el marquesito, estaba, segun las leyes del reino, emancipado de su tutela: esto importaba muy poco á don César de Arevalo, pero importábale muchísimo primero verse obligado á rendir cuentas de unos bienes que habia explotado sin precaucion alguna, y despues cesar en el manejo de aquellas rentas, que aunque casi agotadas, aun podian dar buenos rendimientos.
Don César acusó de loco á su sobrino: púsole ante los ojos desde el primero hasta el último de los inconvenientes del matrimonio: recordóle los muchos maridos que él mismo habia modificado, y, á propósito, la hipocresía, el talento y la astucia satánica de las mujeres para engañar á sus maridos, respecto á lo cual apelaba á la experiencia propia del marquesito: apuró toda la infame lógica de los libertinos; apeló á las armas del ridículo; al egoismo, á todos los elementos enemigos del matrimonio. Su sobrino le dejó hablar, y cuando el tio, creyendo que habia causado en el marquesito un magnífico efecto su perorata, hubo concluido, el jóven pronunció con un aplomo que daba á conocer lo irrevocable de su resolucion:
—Me caso.
—Pues yo os digo que no os casareis.
—Me casaré.
—Yo no os daré mi consentimiento.
—Me le dará el rey.
—El duque no os dará su hija.
—Se la robaré.
—No teneis poder para ello.
—Lo veremos.
—Lo veremos.
Y tio y sobrino se separaron altamente disgustados el uno del otro.
Y es el caso que aquella frase de su tio: «el duque no os dará su hija» habia impresionado sobremanera al jóven, causándole una triple herida en su amor, en su vanidad, en su voluntad. Cabalmente las mismas palabras le habia dicho Amina, cuando en un arrebato de pasion la habia dicho el jóven estrechándola en sus brazos:
—Te juro por lo mas sagrado ser tu esposo.
—Mi padre no os dará mi mano, habia respondido Amina suspirando.
—¿Y porqué? la habia preguntado anhelante el marqués.
La hermosa duquesita solo habia contestado con otro suspiro.
Don Juan habia jurado que la duquesita seria su esposa á pesar de los cielos y de la tierra.
Irritado, pues, por la coincidencia de la observacion de su tio con la de Amina, tomó una resolucion heróica.
Fuese en derechura á la casa del duque, y se hizo anunciar.
Inmediatamente fue introducido.
Al ver á Yaye experimentó por primera vez ese sentimiento de respeto hácia todo lo que concebimos superior á nosotros. Ya hemos dicho que Yaye, á pesar de sus cuarenta y mas años, de sus desgracias, de su lucha, se conservaba vigorosamente jóven, como en los dias en que enamoraba por caridad á doña Isabel de Válor. El marquesito concibió perfectamente que el duque de la Jarilla, á quien no conocia, fuese padre de Amina, y que á no ser su hija, pudiera haber sido muy bien su esposa, sin que el mundo hubiera encontrado nada de repugnante en aquel enlace: Yaye en fin, representaba una de esas juventudes vigorosas que á despecho de los años se estacionan; una de esas juventudes que han perdido la expresion irreflexiva y confiada del adolescente, adquiriendo el grave aspecto de experiencia del hombre. El marqués de la Guardia se sintió, pues, dominado, y perdió mucho del valor audaz de que iba provisto.
—¿Tengo la honra, dijo inclinándose cortesmente, de hablar al señor duque de la Jarilla?
—Efectivamente, caballero, dijo Yaye indicándole con la mas perfecta cortesanía un asiento.
—Perdonad lo indiscreto de mi pregunta, dijo el marqués sentándose; nunca os he visto; solo conocia vuestro nombre.
—¡Qué quereis! aunque vivo en la córte ando muy retirado de ella: solo he venido á Madrid por mi hija; no por buscarla un buen marido, como hacen muchos, porque será difícil, muy difícil que mi hija se case; sino porque no se fastidie en un rincon de nuestras montañas.
—¿Decís que es muy difícil que vuestra hija, la hermosísima duquesa de la Jarilla se case? dijo don Juan con cierto acento de proteccion, creyendo que lo que establecia para el duque la dificultad de que su hija se casase, era la circunstancia de haber estado una noche perdida en la córte, circunstancia que sabia todo el mundo: ¿y podria preguntaros, sin parecer indiscreto, por qué es muy difícil que se case doña Esperanza?
—Sí por cierto; y como me habeis hecho la pregunta, voy á contestaros; entre mis caprichos tengo el de que mi hija sea reina.
—¡Reina! exclamó atónito el marqués.
—Si por cierto, mi hija no se casará sino con un rey.
El marquesito miró fijamente al duque, y de tal modo, que Yaye le dijo, como contestando á aquella mirada:
—Ni me chanceo ni estoy loco: mi hija si se casa, se casará con un rey.
—¿Estais enteramente decidido á ese empeño?
—De todo punto.
—¿Y contais con que vuestra hija?...
—En mi familia, caballero, las mujeres, ni oyen, ni ven, ni entienden: obedecen cuando la voz de su padre las manda: por consecuencia, mi hija piensa como yo, enteramente como yo.
—Permitidme que lo dude.
—Dudad cuanto querais.
—Permitidme que os recuerde que soy el marqués de la Guardia.
—Sí, sí, ya sé que sois voluntarioso y valiente, y que amais á mi hija.
—¡Cómo! ¿os ha dicho ella?...
—Sé que venís á pedírmela por esposa.
—Y cuando lo hago, es creyéndome autorizado....
—¡Por su amor!
—Hace tres noches me lo juraba entre mis brazos, dijo el audaz jóven, sin medir las consecuencias de su dicho.
—Bien podrá ser, caballero, dijo Yaye sin alterarse en lo mas mínimo: bien podrá ser: y es mas; cuando mi hija os dijo que os amaba, no mentia, y porque os amaba habeis sido su amante, su amante de una noche: porque os amaba con toda su alma: hay cosas que son fatales: Dios lo quiso.—Pero lo que yo os puedo asegurar, es que mi hija no quiere ser vuestra esposa.
—¡Señor duque!
—No os irriteis, caballero: ya veis que os hablo mesuradamente, á pesar de que soy un padre engañado, injuriado: á pesar de que habeis envenenado el corazon de mi hija. No os irriteis, y adios. Obrad como mejor os parezca; decid por todas partes que habeis obtenido la suprema felicidad de la posesion de mi hija.
—¡Señor duque!
—Haced lo que querais: decid lo que querais. De la misma manera que os he recibido hoy, os recibiré mañana: siempre con indulgencia; siempre como si fuerais mi hijo. ¿Y sabeis, añadió el duque levantándose lentamente y dando un paso hácia el marqués, sabeis por qué no os hago pedazos, como pudiera romper una copa de vidrio?
El marqués fijó una mirada intensa, altanera, en la profunda mirada de Yaye, que continuó.
—No os mato, como maté á los dos miserables que os ayudaron en vuestra infamia.... porque.... Dios no quiere..... porque..... porque, en fin, mi hija os ama de tal modo, que vuestra muerte la mataria y..... yo, por muy criminal que haya sido, no quiero matar á mi hija.
—¿Conque ni la razon del honor, ni la de la sangre, ni ese amor que ella me profesa y que no es mayor que el que yo siento por ella, os hacen desistir de vuestro extraño propósito?
—Por muy extraño que ese propósito os parezca, me afirmo en el.
—¿Y sacrificareis á vuestra ambicion vuestra hija?
—Mi hija piensa como yo. Quiere ser reina.
—¿Y me ama?
—Vais á juzgar por vos mismo. ¡Ola!
Al llamamiento del duque, se abrió una mampara y apareció un criado.
—Decid á la señora duquesa que la espero, dijo Yaye.
Algunos momentos despues, se oyeron en una habitacion inmediata, pasos de mujer, acompañados del crugir de un trage de seda; se levantó el pestillo de una puerta, y al fin, Amina se presentó en la cámara de recibo de su padre.
Al ver al marqués se puso letalmente pálida, retrocedió un paso, ahogó un grito, y se llevó involuntariamente la mano sobre el corazon, como si hubiese recibido en él un golpe de muerte: despues quedó inmóvil, fijando en el marquesito una mirada intensa, fascinada, insensata.
Yaye se acercó á ella, la asió de una mano, y llevándola junto al marqués, la dijo:
—El señor marqués de la Guardia, nos hace la honra de solicitar tu mano, hija mia. Antes de contestar quiero que sepas cual es mi voluntad: esta se reduce, á que se cumpla la tuya. Poco importa que yo acoja de buen ó mal grado los deseos del señor marqués: yo te juro, por la memoria de tu madre, que si quieres ser esposa de don Juan, lo serás. Ahora puedes responder al señor marqués.
—Don Juan, dijo Amina que se habia sobrepuesto á su alteracion, y cuya palidez mate era la única señal que conservaba de la emocion que habia causado en ella la inesperada vista del marqués: yo os agradezco con toda mi alma, el que os hayais acordado de mí para hacerme vuestra esposa; jamás olvidaré que habeis venido á ofrecerme lo que indudablemente me haría muy felíz; vuestro nombre y vuestra fé; pero yo no puedo aceptar.
—¡Que no podeis! ¡es decir que!....
—No quiero: contestó con firmeza Amina, completando la frase de don Juan.
—Ya lo oís, señor marqués; habeis obligado á mi hija á que para evitar todo género de interpretaciones, os diga claramente y sin rodeos, que no quiere ser vuestra esposa.
Dicho esto, Yaye llevó á su hija á la puerta por donde habia entrado, la besó en la frente, y despues que hubo salido, se volvió al lado del marqués que estaba mudo de asombro y de cólera.
—Ahora, señor don Juan, dijo el emir sentándose de nuevo, permaneced cuanto tiempo querais en mi casa; pero os suplico que no me hableis mas del asunto que os ha traido á ella. Seria un empeño inútil. Solo os diré algunas palabras: el paso que acabais de dar, me reconcilia con vos: fullero de amor, habeis contraido una mala deuda; pero despues habeis reflexionado, y habeis venido lealmente á pagar con lo que únicamente podiais pagar una deuda de tal género, con vuestro nombre: yo os lo agradezco: yo os perdono.... á pesar de que me habeis causado una herida que siempre brotará sangre.
—Hay otro modo de pagar esas deudas, señor, dijo el marqués conmovido.
—¿Cuál? contestó con amargura Yaye.
Don Juan desnudó su daga y la entregó por el pomo al duque que la tomó con indiferencia; luego el marqués dobló una rodilla, y dijo con voz resuelta:
—Tomad mi sangre, señor.
—¿Para qué quiero yo vuestra sangre, niño? respondió con voz opaca el emir; vos habeis sido una fatalidad que se ha puesto sobre mi camino: á vos mismo os ha traido á ese camino la fatalidad: respetémosla entrambos: quedaos vos con vuestro amor y vuestro remordimiento: dejadme con mi dolor y con mi rabia: tomad vuestra daga: yo no necesito para nada vuestra sangre: idos ó quedaos; pero no hablemos mas de esto.
Y levantó al marqués y le puso por sí mismo la daga en la vaina.
Don Juan lloraba por la primera vez de su vida: lloraba silenciosamente, como pudiera haber llorado una mujer desesperada.
—¡Oh! á pesar de vuestra fama de libertino, teneis corazon, dijo conmovido Yaye.
Hubo un momento de solemne silencio.
Yaye tomó entrambas manos al jóven.
—¡Con que tanto amais á Esperanza! le dijo.
—¡Ah señor! exclamó el jóven: ella es la esperanza de mi vida, acaso la salvacion de mi alma.
—Pues, bien, pensad en vuestra Esperanza, dijo el emir.
Iluminóse con una intensa expresion de alegría el semblante del jóven marqués.
—¡Ah señor! exclamó: ¿renunciareis al fin, de llevar á cabo vuestro extraño empeño?
—No, no por cierto: mi hija, vuestra Esperanza se casará con un rey: esto no quiere decir otra cosa, sino que será necesario haceros rey.
Causó tal impresion aquella nueva extravagancia en el ánimo del marqués, que miró fijamente al duque, temiendo habérselas con un loco; pero en los ojos de aquel, brillaba la mas fria razon.
Don Juan temió volverse loco si permanecia un momento mas en aquella casa, y salió delirante, frenético, sin despedirse del duque.
Este se quedó murmurando:
—¡Fatalidad! ¡la mano que mató al padre, no debe matar al hijo!
CAPITULO VI.
Del medio que eligió el marquesito de la Guardia para irritar el amor de Amina.
Ciertamente era necesario un obstáculo de gran monta para detener en su carrera al voluntarioso don Juan.
Acostumbrado á que todo se rendiese á sus deseos, era un torrente cuyo curso se hacia cada vez mas rápido, y sus aguas mas turbias: al fin habia encontrado una roca en su camino; la habia enlodado, la habia manchado, la habia hecho temblar; pero la roca era demasiado fuerte para que la corriente la arrastrase y saltase por cima de ella, dejándola enterrada en el fango; aquella roca era el amor de Amina contrapuesto al torrente de las pasiones del marqués.
Hasta entonces solo habia encontrado cortesanas que le provocaban y le sonreian, abriéndole sus brazos, ó virtudes fáciles que cedian en el momento en que se veian combatidas por la exigente voluntad del jóven. Esto en cuanto á las mujeres. En cuanto á los hombres, como el marqués era demasiado terrible, diestro y valiente para que le temiesen los mas esforzados, nuestro jóven campaba entre ellos por su respeto, puesto que el que no le rodeaba para explotarle, le evitaba para no verse comprometido en un lance desastroso.
Don Juan Coloma, favorecido por las mujeres, respetado por los hombres, considerado en todas partes por su rango, por su fortuna y por su belleza, no podia haber sido hecho esclavo, sino por la hermosa duquesita, por aquella otra singularidad femenina, por aquel hermosísimo misterio viviente, contra cuyo desden se estrellaban los empeños de los mas libertinos, y contra cuya pureza se mellaba el diente de acero de la murmuracion femenil.
El marqués, que como hemos dicho, antes de conocer á Amina, se habia sentido arrastrado hácia ella por un impulso instintivo; que al verla se habia enamorado en un solo momento, como jamás se habia enamorado de otra mujer; que al poseerla habia comprendido que aquella niña magnífica en el cuerpo y el alma, era una parte de su ser, que no podia vivir sin ella, que la luz de sus ojos eran su luz, y el aliento perfumado de su boca su vida; se vió sujeto cuando mas libre se creia, y de tal modo, que como hemos visto, habia dado el paso, en él extraño y casi milagroso de pensar en el matrimonio.
Don Juan se habia transformado de repente, de señor en siervo, de burlador en burlado, de opresor en oprimido; se habia modificado dejando de ser lo que era, para convertirse en un ser enteramente distinto: este milagro lo habia hecho el amor, que es la pasion que conocemos con mas dominio sobre el corazon humano, y Amina habia sido el instrumento de que el amor se habia valido.
Es necesario tambien tener en cuenta que no se necesitaba menos para dominar al soberbio don Juan.
Amina reunia cuantas cualidades puede reunir una hija de Eva para ser codiciada: juventud, riqueza, ilustre cuna, elevacion de ideas y un no sé qué dominador que se exhalaba de su mirada irresistible, de la enérgica y vigorosa hermosura de sus formas, de su continente, de sus maneras, de su palabra, de su acento. Era, en fin, un conjunto irresistible de cualidades tentadoras, ante las cuales hubiera caido, no don Juan, que cuando mas, era soberbio, sino el santo mas santo, con toda la terrible fortaleza de la humildad, que es la primera de las fuerzas que conocemos.
Don Juan se sintió humillado; pero al ser humillado se sintió engrandecido; porque no era una afrenta lo que le humillaba; no el desprecio público; no las desesperadoras consecuencias de la pobreza: lo que le humillaba dominándole, porque para él todo dominio era humillante, era el amor, esa noble y ardiente pasion, que á todo se sobrepone y que dominándolo todo, todo lo engrandece. Amina se habia apoderado del alma del marqués, le habia hecho gozar por un momento de un cielo para despeñarle despues á la tierra y decirle:—No pasarás de ahí.
Y don Juan, queriendo desplegar las poderosas alas para alzarse á aquel cielo, conoció que sus alas se habian quemado; que era un ángel rebelde, caido entre el lodo, y solo aspiró lo nauseabundo, lo fétido de aquel lodo, cuando quiso levantarse á otra region mas pura, y no pudo; cuando lleno de amor y de esperanza, regenerado, despierto del sueño de impureza que habia dormido desde su infancia, oyó una voz terrible, la de la mujer amada, que le decia con ese acento que demuestra una resolucion irrevocable:—No quiero ser vuestra esposa.
¿Acaso Amina rechazaba por dignidad al hombre que habia abusado de la ocasion, de la situacion, de uno de esos momentos decisivos, en que la fatalidad coloca á la mujer mas pura? Pero don Juan sabia que de la misma manera instintiva, por decirlo asi, que el amaba á la hermosa duquesita, era amado de ella. ¿Acaso aquel padre que parecia tan terrible, tan valiente, que todo lo sufria, que todo lo confesaba, que se burlaba de una manera inconcebible de la opinion pública, tendria por objeto irritar la pasion en su alma en provecho de su hija? Pero él se habia presentado decidido, resuelto á ser esposo de la duquesita y se le habia rechazado. ¿Seria que efectivamente padre é hija estuviesen locos ó fuesen tan soberbios, que aspirasen á un trono? ¿Y qué trono podia ser este? ¿El de España? ¿El que ocupaba el tremendo, el frío, el calculador Felipe II?
Esto era un absurdo, un sueño insensato, y sin embargo, pensó en ello el marqués de la Guardia, á pesar de lo monstruoso del pensamiento.
¿Acaso se contaria con el príncipe de Asturias?
Don Carlos de Austria tenia en aquella sazon veinte y dos años. Contábanse de este príncipe en los círculos íntimos de la córte, vicios repugnantes, acciones indignas de un caballero, severos castigos impuestos al príncipe por el rey. Sin embargo, estos castigos en nada habian influido respecto á las viciosas inclinaciones del príncipe. Las damas de la reina se veian á cada paso obligadas á quejarse de las tenaces solicitudes de don Carlos, y aun de atrevimientos de mayor monta. Las gentes de su servidumbre, maltratadas y aterradas, desaparecian del cuarto del príncipe, huyendo de su ferocidad. Su ayo, sus gentiles-hombres, sus caballerizos, á trueque de no irritarle, encubrian sus nocturnas salidas de palacio, y el rey se veia obligado á cerrar los ojos y los oidos á muchas cosas, para no verse en la dura necesidad de castigarlas; para no dar el escándalo de reducir á una prision rigorosa al heredero inmediato de la corona.
Solo habia un hombre que gozaba por entero de la amistad y de la confianza del príncipe: este hombre era el famoso comediante Cisneros.
Pero si Yaye, conociendo el carácter voluntarioso del príncipe, y contando con la maravillosa hermosura de su hija, habia pensado en ponerla por este medio en el trono de las Españas, era necesario deducir como consecuencias de este pensamiento, sucesos horribles.
En primer lugar, suponer que un soberano de la casa de Austria consintiese en el casamiento de su hijo con una grande de España, y cuando este soberano se llamaba Felipe II, hubiera sido contar con un imposible, con un milagro. Si él se casaba secretamente... esto era tambien imposible, porque los ojos y los oidos de Felipe II, segun don Juan creia, alcanzaban á todas partes; pero contando con la maldad de que tantas pruebas habia dado don Carlos de Austria, no era descabellado suponer que el príncipe se rebelase contra su padre, procurase destronarle, y al sentarse en el trono, impusiese á la altiva nacion española una reina sacada de entre la nobleza, y sin otros títulos á la corona que el capricho del príncipe.
Estos proyectos podian muy bien caber en la cabeza enferma de don Carlos (que, segun opiniones muy autorizadas, era víctima de una feroz monomanía), ¿pero cómo suponer, sin injuria para el duque de la Jarilla y para su hija, que se prestasen á tales proyectos? Siendo asi, el duque era un traidor, un infame, y doña Esperanza una miserable prostituta; porque la mujer, que sobreponiendo su ambicion á su amor, se casa con un rey porque quiere ser reina, es una prostituta que vende su cuerpo y su alma por un trono.
Don Juan cerró con disgusto, con horror, los ojos de su alma á estas suposiciones, y sin embargo, aquellas sospechas crueles, le perseguian, le torturaban, magullaban, por decirlo asi, su orgullo; le hacian probar unos zelos crueles, y con ellos la terrible pasion que siempre los acompañan: la venganza.
Don Juan necesitó salir á todo trance de aquella terrible duda, y para salir de ella, poner de claro en claro cuanto habia de misterioso en el duque viudo y en la duquesa de la Jarilla.
Por la primera vez pensó don Juan en presentarse en el alto círculo de la córte: hasta entonces le habian separado de ella sus libres costumbres. Don Juan aborrecia la sujecion aunque solo fuese en la forma. Nada le placia mas que ese género de reuniones, donde se puede estar con el sombrero puesto, y entre tendido y sentado, con la palabra suelta, en entera libertad de hacer y de decir; las casas de juego, las mancebías, las tabernas, los nidos de las damas galantes, habian sido hasta entonces sus lugares favoritos. Amina le hizo ver que habia un mundo aparte, en el cual se respiraba mas fácilmente; en que lo bello era realmente bello; en que, si habia vicio, estaba rígidamente oculto por apariencias de virtud. Don Juan comprendió que se puede ser malo pareciendo bueno, y viceversa. En una palabra: repetimos lo que ya hemos dicho: el amor de Amina, comparado con los amores que hasta entonces habia probado, le habia hecho sentir el olor del lodo de que hasta entonces habia estado circuido. Asi es que una repulsion natural le separó de su antigua sociedad y le hizo acercarse sin repugnancia á aquel otro círculo decoroso de que hasta entonces habia estado alejado.
No hay que decir que fue acogido con un completo éxito, porque esto se comprende, teniendo en cuenta los antecedentes del marqués. En la córte tambien, aunque bajo la máscara de una refinada hipocresía y con formas convenientes, encontró don Juan, hechiceras cortesanas, ojos que, aprovechando el descuido de otros ojos, le miraban chispeantes y ricos de promesas; opulentas y nobilísimas herederas que le sonreian diciéndole harto claro que era un marido codiciable: las altas cortesanas distinguieron á don Juan del mismo modo que las cortesanas aventureras. Toda la diferencia estaba en las formas.
Don Juan notó que tambien en la córte habia cieno; pero cubierto de césped y flores: es cierto que el que confiado aventuraba la planta sobre aquel florido césped, se hundia hasta el cuello; pero se guardaba bien de decirlo, por razones de conveniencia social: cada cual explotaba en su provecho los filones riquísimos que se ocultaban bajo aquel cesped. Pero don Juan fue prudente.
En vez de revolcarse á diestro y siniestro por aquel lodo, se echó á buscar entre él una víctima que le ayudase, sin saberlo, en sus proyectos: una amante beneficiosa, en una palabra: cuando se ha llegado á la intimidad con una alta dama, se saben cosas que no solo no se hubieran creido posibles, sino que ni probables, respecto á ciertas gentes. Ademas, don Juan, siguiendo esta línea de conducta, tenia dos objetos: frecuentaba las primeras casas de la córte, veia en ellas á Amina, la hablaba, gozaba, viendo representada la influencia de su amor en la densa palidez que cubria el semblante de la hermosa duquesita, y sobre todo, aumentaba su amor y le mantenia vivo con el punzante aguijon de los zelos. El corazon de la mujer que ama nunca se engaña, y Amina sabia distinguir entre cien mujeres á la favorita del marqués.
Este habia tenido tacto: para dar zelos á Amina habia elegido una mujer notabilísima por su hermosura, por su juventud, por su clase y por sus singularidades.
Esta mujer era veneciana, y se llamaba la princesa Angiolina Vizconti. Una de las tres singularidades de la córte de Felipe II en aquellos dias, como dijimos al principiar esta segunda parte.
No le fué tan fácil á don Juan, como habia creido, la conquista de la princesa, por mas que esta hubiera distinguido al marquesito desde sus primeras vistas. Frecuentó su trato don Juan, la galanteó de una manera delicada y ella se dejó galantear hasta cierto punto; pero cuando don Juan se lanzó al fin á una declaracion decisiva, la princesa le contestó con la dignidad mas dulce y graciosa del mundo:
—No puedo aspirar á la felicidad de ser vuestra, caballero, porque soy casada.
Don Juan, respecto á las mujeres de cierta clase, no tenia absolutamente experiencia; creyó que en la princesa italiana habia encontrado una virtud á prueba de bomba, como diriamos en nuestros dias, y obstinado, por lo mismo que habia encontrado resistencia, se empeñó en el sitio de la durísima belleza, y para sostenerle con mas probabilidades de éxito pidió informes á sus amigos.
Esto equivalia á reconocer las obras avanzadas de la plaza.
—Os habeis metido en una empresa diabólica, amigo mio, le dijo el marqués del Vasto, á quien don Juan abrió su pecho. Nada conseguireis de la princesa.
—¿Y por qué razon, amigo don Alonso? repuso el marqués.
—Por la sencilla razon de que en cuatro años que lleva en la córte, ninguno de los muchos apasionados de esa dama, ha podido jactarse de poseerla.
—¡Ah! ¡ah!
—Ya veis: es la mas hermosa de las damas que tenemos presentes. (Se encontraban los interlocutores en un ángulo de un salon de la casa del duque del Infantado).
—Os engañais, don Alonso, hay otra mas hermosa que ella.
—Ya se sabe, ya se sabe, que la hermosa duquesita es la primera en la córte, antes que la reina en hermosura y discrecion, y despues de la reina en riqueza; pero prescindiendo de ese portento, Angiolina es un prodigio; ved qué cabellos, qué frente, qué ojos... qué todo. Pues bien: lo que mas hace codiciable á esa mujer, no es su hermosura, sino la situacion especial en que se encuentra: ya sabreis que es la llamada la casada-vírgen.
—¡Bah! siempre he tenido eso por una exageracion ó por una burla.
—Pues no es ni burla ni exageracion.
—¿Sabeis algo acerca de esa singularidad?
—¡Bah! lo sabe todo el mundo.
—Perdonad; yo formo parte del mundo, y no lo sé.
—Pues vais á saberlo, para que todo el mundo lo sepa.
—Os escucho.
—Angiolina Vizconti, como lo demuestra su apellido, es veneciana.
—Pues no pasan por muy virtuosas las hijas de la serenísima república.
—La princesa se ha criado en Roma.
—No son tampoco vestales todas las romanas.
—Sea como quiera, Angiolina quedó huérfana á los diez y seis años. Su padre, Paolo Vizconti, fue encontrado en una de las calles de Roma, cosido á puñaladas. Sola y sin amparo Angiolina, salió de Roma, pasó á Toscana, y entró en un convento en Lierna. Conocióla por un accidente en el cláustro, el príncipe romano Maffei Lorencini; comprendió que Angiolina no tenia vocacion al cláustro, en el que solo habia entrado por necesidad, y se propuso hacer con ella una obra de misericordia. La habló, la pidió su mano, y aunque el príncipe no era ni jóven ni hermoso, Angiolina prefirió el mundo al lado de un esposo poco agradable, al cláustro junto á monjas menos agradables que el príncipe. Aceptó y se casó con él. Entonces Maffei, en vez de entrar con ella en la cámara nupcial, la dijo:
—Entrásteis por necesidad en el cláustro, y no quiero que por necesidad os sacrifiqueis á un hombre que no puede agradaros. En vez de ser vuestro marido seré vuestro padre. Sois libre, pues; libre para todo menos para manchar mi nombre, lo que estoy seguro que ni aun siquiera os pasará por el pensamiento. Soy viejo, no tengo parientes: os he nombrado mi heredera: vos sois jóven, y dentro de poco sereis viuda, libre, y princesa.
—El señor Maffei Lorencini fue un héroe, dijo don Juan.
—No ha sido menos heroina la princesa. A pesar de que su esposo pasa la vida viajando, hasta tal punto que nadie le conoce; á pesar de que, por lo mismo, Angiolina está enteramente libre, ha guardado de tal modo la honra del príncipe, que ha causado la desesperacion de cuantos han tenido la desgracia de enamorarse de ella. Cuéntase (el marqués del Vasto bajó la voz), que su magestad ha deseado tambien á la princesa, y que ha salido tan mal parado como todos los demás.
—¿Estais seguro de que esa mujer no es bastante discreta para recatar á un amante?
—¡Bah! es una mujer fria, altiva, orgullosa; está enamorada de sí misma. Solo se la ha conocido una pasion.
—¿Cuál?
—La de la envidia, y esta no se la conoció hasta que se presentó en la córte la hermosa duquesita.
—¡Ah! exclamó profundamente don Juan.
—Ya se ve: la pobre princesa era el sol de la córte, la reina de la hermosura, hasta que se presentó ese nuevo sol, esa doña Esperanza, que la ha eclipsado.
—Os doy un millon de gracias por las noticias que me habeis dado de la princesa, dijo don Juan, impaciente por poner en práctica un pensamiento brillante que habia concebido.
—Pues dadme dos millones de gracias por el consejo que voy á daros, añadió el marqués del Vasto. Si no quereis sentenciaros á un sufrimiento inútil, no volvais á pensar en la princesa.
Estrechó don Juan la mano de su noble amigo, y aprovechando la ocasion de haberse desocupado una silla colocada por acaso entre Amina y la princesa, fué á sentarse en ella.
El pensamiento que habia concebido el marqués, era el siguiente: siendo cierto que la princesa envidiaba á la duquesita, debia aborrecerla. Si don Juan lograba que doña Esperanza se mostrase enamorada de él hasta el punto de que lo notase la princesa, era asunto concluido: no solo era suya la princesa, sino que tendria sumo cuidado en procurar hacer conocer á la duquesita que la habia robado el corazon del hombre de su amor.
Don Juan no pensaba mal. Uno de los mejores medios para conquistar á la mujer mas dificil, es servirse de sus pasiones.
CAPITULO VII.
La una por la otra.
Habíase sentado el marquesito entre las dos rivales, en una disposicion de espíritu muy favorable para conseguir su intento. Habíase colocado entre dos polos opuestos, cada uno de los cuales tenia sobre él una atraccion poderosa. Si bien estaba seriamente enamorado y mas que seriamente empeñado por Amina, la princesa le impresionaba fuertemente, y su hermosura aunque, de todo punto distinta de la de la jóven sultana, excitaba sus deseos.
Procuraremos describir la hermosura de la princesa, para que nuestros lectores puedan juzgar si estaba don Juan impresionado con razon por ella.
Era alta, esbelta, de formas redondas, de seno turgente y de cuello mórvido, cuya blancura era transparente; su cabeza, de una forma magestuosa, parecia fatigada por el peso de una cabellera negra densa y brillante; tenia la frente despejada y serena, las cejas anchas, dulcemente arqueadas y negrísimas; negros los ojos, rasgados, resplandecientes, sombreados por largas y espesas pestañas, que no sabemos si servian para amortiguar el brillo de su mirada ó para aumentar su fuego con el contraste de su sombra; era densamente pálida, lo que aumentaba su blancura, y, como en muestra de que aquella palidez no era enfermiza, sus labios tenian un color rojo vivísimo, puro, fresco, como el de los granos de una granada: las formas de su cabeza, de su semblante, de su cuello, de sus hombros, de su seno, de sus brazos, de sus manos y de su talle, mostraban el puro y rígido contorno, la magestuosa armonía, la extremada belleza de la estatuaria griega, de los buenos tiempos en que los griegos robaron á la naturaleza sus mas bellas y puras formas para animar con ellas el mármol.
Era, en fin, la princesa Angiolina, una de esas bellezas reinas, que no se ven sin admiracion, que no se recuerdan sin deseo.
Tenia ademas, y como si la naturaleza hubiera querido dulcificar ese no sé qué de severo, de casi duro, de las formas enérgicamente correctas, el atractivo meridional de las venecianas, su sonrisa sensual é incitante, y la mirada lánguida, velada, dulcísima. Esto, se entiende, en los momentos en que Angiolina parecia feliz y tranquila, que cuando, por efecto de su envidia y de su rivalidad hácia Amina, rivalidad hasta entonces puramente de posicion, sufria y luchaba, el semblante de la princesa tenia toda la siniestra, sombría y terrible expresion del angel caido.
Y no sabemos cuando estaba mas hermosa: si cuando sonreia tranquila, ó cuando sus ojos mostraban la funesta expresion del odio y de la envidia.
Ello era verdad que Angiolina era una de esas mujeres de alma terrible, de las cuales un hombre prudente se aparta para no morir de deseos siendo desdeñado, ó devorado por un amor frenético, exigente y zeloso, siendo amado.
Sobre todo esto, ya lo hemos dicho, era tan vigorosa, tan fresca, tan pura, la juventud de la princesa, que, contando ya veinte, y seis años, á penas representaba veinte.
Cuando se presentó por primera vez en la córte de las Españas con su viejo marido el príncipe Lorencini Maffei, causó una sensacion profunda.
Y eso que en aquellos tiempos, en que la preponderancia española no tenia rival en Europa, la córte de las Españas era muy concurrida de gente noble y rica de todas las partes del mundo, y eran muy comunes en ella las mujeres hermosas; encontrábanse á cada paso, en las iglesias, en los paseos, en los saraos, ya flamencas de carne delicada y ojos azules; ya italianas de mejillas morenas y aterciopeladas, pelinegras y ojinegras; ya inglesas blancas, como la espuma del mar, y con cabellos de oro; ya indias doradas, con su hermosura semisalvaje por lo extremadamente enérgica; ya francesas galantes y espirituales etc. Esto por lo relativo al extranjero, que en cuanto á lo relativo al interior, al género de casa, la córte era una admirable y variada exposicion de fidalgas vascongadas, montañesas, asturianas y gallegas, con su candor y su nítida blancura; de andaluzas y estremeñas con su mirada volcánica; de valencianas y murcianas con sus tentadores encantos y sus felices disposiciones para las intrigas amorosas; de aragonesas y catalanas con su hermosura altiva y tirante, por decirlo asi, y su acento enérgico y duro; de toledanas (de ellas nos libre Dios) con su gracejo y travesura, y por último de las hijas de Madrid, con su profunda experiencia en galanteos, y sus artes y sus aliños que suplen á la hermosura. El aficionado, pues, tenia una coleccion completa donde elegir, puesto que, ademas de las blancas, las trigueñas, las morenas y las doradas, no faltaban algunas incitantes hijas del Africa, negras como el ébano y hermosas, con arreglo á su tipo, que servian de doncellas esclavas, en la mayor parte de las casas de la nobleza.
Difícil era, por lo tanto, que una mujer por hermosa que fuese, brillase, se destacase, se hiciese notable entre una pleyada tal de bellezas. Sin embargo, á su aparicion en la córte, Angiolina alcanzó un éxito ruidoso; hubo por ella apuestas, desafios y empeños, y se hicieron codiciables una mirada suya, una sonrisa ó una inclinacion de cabeza algo expresivas.
Si Angiolina hubiese cedido al amor de alguno de sus innumerables galanteadores, indudablemente se hubiera vulgarizado, dejando de ser un empeño; pero su firmeza, lo extraordinario de su situacion como casada-vírgen, y las exageraciones que con relacion á ella se citaban, la sostuvieron sin rival en el trono de la hermosura, hasta la aparicion de Amina en la córte, que fue una singularidad de mas monta.
Llevábala ventaja Amina, en juventud, en hermosura, en riqueza y en singularidad de historia, puesto que todo el mundo sabia que era hija de una mejicana y de un hidalgo oscuro (que por tal se tenia á Yaye); conociase en razon de los pleitos que una poderosa familia habia sostenido contra Estrella, la historia de esta, y era tan romancesca, tan singular aquella historia, que no podia menos de dar un gran prestigio á Amina.
Por otra parte Yaye habia entrado en la córte, asombrándola con su inmenso fausto: Amina eclipsaba en riqueza de trages y joyas á las mas altivas grandes de España y se ponderaban los tesoros de la duquesita. Angiolina se presentaba, es verdad, siempre que la ocasion lo requeria, con un nuevo y rico trage; pero siempre las perlas y la pedrería eran las mismas; no habia podido comprarse un palacio, ni aun amueblar como hubiera convenido á su rango su enorme casaron alquilado, y en cuanto á lo demás, no habia logrado aventajar, ni aun igualar, á muchas de las riquísimas y faustosas señoras de la córte.
Esto y su rivalidad con Amina, eran los únicos sinsabores que amargaban el corazon de la princesa: por lo demás, tenia un excelente marido, ó mejor dicho, esposo, que comunmente se encontraba viajando, que venia á hacerla una brevísima visita de año en año, y que la dejaba enteramente entregada á sí misma y dueña de sus acciones, libertad de que, segun fama pública, no habia abusado en lo mas leve la princesa.
Tal era la mujer de que habia pensado valerse el marqués de la Guardia para excitar los zelos de Amina: la mujer de quien, hasta cierto punto, podia decirse que estaba enamorado, acaso solo porque habia resistido á sus deseos.
La casualidad, que tantas veces hace que se encuentren reunidos, y mano á mano, dos enemigos irreconciliables, habia hecho que Amina y la princesa se encontrasen demasiado próximas aquella noche en la casa del duque del Infantado, y la casualidad hizo tambien que se encontrase vacío el único sillon que las separaba, en el que se sentó don Juan.
Cuando un hombre que vale tanto como el marqués valia, se encuentra colocado entre dos mujeres con las cuales tiene antecedentes, y mucho mas cuando estas dos mujeres son rivales, se establece una situacion especial que generalmente es fecunda en consecuencias.
Amina, que antes de llegar el marqués, se habia mostrado indiferente y altiva con la princesa, al saludar don Juan á esta, se puso pálida; al sentarse el jóven se la comprimió el corazon, y sus ojos se fijaron con ansiedad en el semblante de Angiolina, que contestaba sonriendo al saludo del marqués.
Este y la princesa notaron la turbacion y el anhelo de Amina, y entrambos, cada cual por lo que le convenia, se propusieron forzar la situacion. Don Juan tomó familiarmente, como un hombre que está autorizado para ello, el abanico de plumas de la princesa, y á propósito de su mérito y de su riqueza, sostuvo con ella una conversacion llena de galanteos, de intenciones, de dobles sentidos. El rostro de Amina se nubló; su altivez rugió poderosamente dentro de su alma, y las oleadas de aquella tempestad salieron á su rostro, tanto mas determinadas cuanto la jóven luchaba por ocultarlas: don Juan dejó que Angiolina gozase de su triunfo, que lo saborease, esperando una ocasion propicia para amargar aquel triunfo, para empeñar, en una palabra, á la princesa: aquella ocasion no tardó en presentarse: algunos músicos, con guitarras y arpas, que acababan de entrar, rompieron tocando uno de los bailes de la época.
Entonces el marqués se volvió á Amina, y mirándola de una manera tal que parecia decir: «á vos, sola á vos amo,» la invito á bailar.
Amina entregó su mano á don Juan, se levantó en un movimiento nervioso, y clavó una humillante mirada de triunfo en la princesa, que la contestó con otra mirada de amenaza.
Amina y el marqués se lanzaron en el baile: la princesa se negó á todos los que llegaron á invitarla; cada vez que Amina pasaba, reclinada entre los brazos del marqués, envuelta en el torbellino de la danza, lanzaba una mirada rápida, fugitiva como un relámpago, pero llena de insultos, á la princesa: cada una de estas miradas ennegrecian mas, por decirlo asi, el alma de Angiolina y hacia asomar á su semblante las oscilaciones de una lucha interna y poderosa; al fin el semblante de la princesa tomó una expresion glacial, profunda: la expresion de una resolucion decidida; y cuando, terminada la danza, el marqués volvió con Amina y se sentó de nuevo junto á la princesa, esta se apresuró á decirle:
—Cuento con vuestra cortesanía, don Juan.
—Quien os ha ofrecido su corazon, señora, contestó el marqués, está siempre dispuesto á serviros.
—Pues bien, repuso Angiolina; me siento mal; hace calor; estas luces me sofocan; este ruido me aturde; necesito salir de aquí; respirar el aire libre; mis criados aun no habrán venido; es temprano. ¿Quereis acompañarme, señor marqués?
Don Juan se levantó, saludó á Amina, y dió el brazo á la princesa.
Amina sintió que el corazon se la rompia al recibir la mirada indescribible con que Angiolina se despidió de ella: comprendió cual era la resolucion de la princesa, y tuvo impulsos de levantarse y disputarla la posesion de don Juan: pero existe una ley tiránica que encadena á la mujer que tiene dignidad: la ley de su dignidad, y Amina permaneció aniquilada en su asiento, mientras el marqués y la princesa salian juntos, causando con su salida uno de esos sordos escándalos, que se hacen por un momento dueños exclusivos de la sociedad en donde pasan; que se comenten de mil maneras, y sostienen durante ocho dias la conversacion de todos.
—¿Quereis que pida una litera? dijo el marqués cuando estuvieron en el zaguan.
—No, contestó Angiolina con un acento poderosamente incitante: por nada del mundo trocaria el placer de apoyarme en vuestro brazo.
El alma de don Juan se sonrió, cediendo á un impulso de vanidad: habia conseguido su objeto: Angiolina era su instrumento, y un instrumento muy bello por cierto: sin embargo, temió perderlo todo por precipitacion y se mantuvo en los límites de la mas profunda reserva.
—Ved, dijo, que aun son las noches frias; que estais muy sofocada.
—Por lo mismo necesito respirar libremente, y luego... la noche esta hermosísima... no recuerdo otra noche mas hermosa.
—¿Qué camino quereis que elijamos para que vayais á vuestra casa?
—¿Para que vayais? Contestó la princesa subrayando con su intencion particular estas palabras. ¡Qué! ¿en el caso de querer yo ir á mi casa, no venís vos tambien?
—¡Qué no vais á vuestra casa, señora! ¿pues á dónde quereis que os acompañe?
—No quiero que me lleveis; quiero llevaros yo. ¿No quereis que os sirva de guia?
—Indudablemente que guiándome vos, no puedo ir mas que al cielo.
—¿Quién sabe?
—Pero os suplico que mediteis, que nuestra salida del sarao se ha notado; que vuestra dignidad requiere mi pronta vuelta que ademas, he notado que alguien nos sigue.
—¿Y qué me importa? ¿Qué os importa á vos?... Sigamos: mirad que noche tan hermosa; mirad que luna: vaguemos por las calles al aire libre... y que nos sigan en buen hora.
—Creo señora que estais enferma; vuestra voz tiembla de un modo singular; os estremeceis toda.
—Si, si, estoy enferma: por lo mismo sigamos, aspiremos el fresco viento de la noche.
Y la princesa tiraba de don Juan, que se hacia el reacio exprofeso.
Empezaron á rodear calles y en silencio: ella creia haber dicho bastante; él se habia propuesto que ella lo dijese todo.
Con el andar y con el fresco de la noche volvieron la calma y la razon á Angiolina.
—Qué pensareis de mi don Juan, le dijo.
—¿Qué quereís que piense? dijo don Juan.
—¿Que qué quiero que penseis? pero eso no es una respuesta: no se trata de lo que yo quiero, sino de lo que pensais vos.
—Pienso que he tenido la fortuna de que volvais la vista á mi, cuando habeis necesitado de alguno que os acompañe.
—¿Y pensais que yo hubiera pedido á cualquier otro que me acompañase?
—Creo que respecto á vos me encuentro en el mismo caso que cualquiera de vuestros conocidos.
—Pues os habeis engañado.
—¿Ocupo yo en vuestro corazón un lugar distinto que los demás?
—¡Oh! ¡si!
Y aquel ¡oh! ¡si! de la princesa equivalia á decir: yo os amo.
Don Juan se hizo el torpe.
—Pues no tengo motivos para creer... dijo.
—¿Os habeis propuesto, don Juan, que yo lo diga todo? observó con suma impaciencia la princesa.
—¡Pero si vos, señora, me habeis dicho ya cuanto teniais que decirme!
—¿Y qué os he dicho?
—Que no podeis amarme.
—Pues... ya que me obligais á ello... será preciso decíroslo. Cuando contesté á vuestra demanda de amor que no podia amaros, me engañé.
—¡Ah señora!
—Cuando os ví, vuestra primera mirada me causó extrañeza. Casi me ofendió.
—¡Ah! me comprendisteis mal.
—No don Juan; acostumbrado, sin duda, á tratar con ciertas mujeres, sois demasiado audaz. Sin embargo de que me ofendió vuestra confianza en vos mismo, no pude menos de recordaros... luego deseé volver á veros: os ví y sentí algo misterioso por vos: como no he amado nunca, no comprendí que os amaba: cuando me pedisteis amor os contesté poniéndoos delante mis deberes, y os los puse de buena fe: pero esta noche he conocido que os amo con toda mi alma... porque he tenido zelos.
—¡Zelos! ¡zelos vos y por mí! exclamó don Juan afectando la mas perfecta admiracion.
—Si; zelos de una mujer á quien, no sé por qué, aborrezco: de una mujer que os ama... que está loca por vos... de la duquesa de la Jarilla.
—¡Ah! ¡zelos infundados!
—¡Vos no la amais! exclamó con ansia la princesa.
—Os juro que á nadie amo mas que á vos; que he galanteado á muchas mujeres; pero que vos sois la primera á quien amo.
—¡Oh! ¡que feliz seré si llego á creer en lo que me decis!
—¿No os he dado bastantes pruebas?
—Si, creo que me amais, porque necesito creerlo; porque yo no creia amaros y al conocer que os amaba otra mujer se me ha desgarrado el corazón: entonces me decidi á ser vuestra, á ser vuestra para siempre.
—Creo señora, que no meditais bien lo que decis: que estais irritada.
—Si, he meditado lo que digo: he medido con una sola mirada mi destino respecto á vos, y esa mirada me ha dicho: serás suya, serás su esclava, pero solamente suya.
—¿Y vuestro esposo?
—Solamente vuestra.
—¿Pero no considerais?
—Nada considero. Si muero por vos moriré contenta.
—¿Pero el mundo?...
—¿Y qué me importa el mundo? ¿qué me importa que ese mundo diga señalandome con el dedo: esa, la altiva, la orgullosa, la invencible, es al fin la querida del marqués de la Guardia: ha caido como todas? el nombre de querida vuestra será mi orgullo.
—Pero puede evitarse que el mundo sepa...
—¡Evitar yo que el mundo sepa que os amo! ¡que soy vuestra querida! no; yo no soy hipócrita, ni encuentro condiciones para el amor: ó amar ó no amar: ó todo ó nada. Esta noche vais á venir á mi casa y vais á entrar en ella por la puerta principal, dándome el brazo, delante de mis criados, como si fuerais mi esposo: nada de misterios: suceda lo que quiera: si mi esposo me mata... bien: si me arroja de sí... me iré con vos; si vos me abandonais... me meteré en un convento á llorar y orar por vos. Estoy decidida y nadie me hará volver atrás.
¿Sentia la princesa lo que decia con toda su exageracion, con todo su ardor, ó era que comprendia que todo aquello era necesario para vencer á la hermosa duquesita?
Entrambas cosas: Angiolina era una mujer exagerada: habia contraido un empeño por el marqués y aborrecia á Amina.
Por su parte don Juan no pudo menos de exclamar en el fondo de su alma al ver la posicion en que se habia colocado la princesa.
—¡Mi adorada Esperanza es mía!
Despues don Juan y la princesa siguieron hablando como dos amantes locos, hasta que llegaron á la casa de la princesa á cuya puerta principal llamó el marqués.
Abrió el portero: el zaguan estaba debilmente alumbrado y Angiolina pidió luces.
Luego la precedieron, alumbrándola con antorchas, dos pajes que se asombraban de que su señora llegase á aquellas horas á pié, y acompañada de un caballero jóven y buen mozo, que continuaba dándola el brazo hasta dentro de su casa y que penetraba con ella en sus habitaciones particulares.
Angiolina despidió desde allí á los pajes, é introdujo á don Juan en una preciosa cámara donde la esperaban dos doncellas que se asombraron al ver al marqués.
—La cena, dijo la princesa quitándose el manto.
La cena fue servida, y cuando se hubo terminado la princesa despidió sus doncellas hasta el otro dia.
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Para completar este capítulo réstanos decir lo que pasó sotto voce en el palacio del duque del Infantado.
Algunos caballeros jóvenes, que habian extrañado la temprana salida de la princesa acompañada de don Juan, se propusieron averiguar hasta donde pudiesen el resultado de aquella aventura, y uno de ellos fue comisionado para seguir á la pareja.
El seguidor volvió una hora despues con la estupenda noticia de que la princesa y el marqués, distraidos en una animada conversacion, habian vagado á la ventura por las calles, y de que, por último, la princesa habia entrado en su casa por la puerta principal, arrastrando consigo al marqués de la Guardia: esta noticia corrió de oido en oido hasta que llegó á los de Amina.
La pobre joven no necesitaba esta noticia confirmadora de sus zelos; en la mirada que la habia fulminado Angiolina al salir del sarao, habia comprendido que la robaba su amante.
Pero por fuertes que sean nuestras convicciones, siempre es un golpe terrible su funesta confirmacion. Amina se sintió verdaderamente enferma, y, como siempre sus criados la esperaban, se trasladó á su casa.
Al dia siguiente el leal Harum se presentó al emir.
—La noble sultana Amina le dijo, me ha mandado que averigue la historia de una princesa italiana llamada Angiolina Visconti.
Quedóse por un momento Yaye pensativo.
—Pues bien, dijo al fin: vete á Roma y procura poner de claro en claro la historia de Pedro Visconti, coronel que fue de lo suizos del papa. Sigue el hilo, gasta oro, ejercita tu ingenio y trae las noticias que de esa mujer encuentres, á la sultana.
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Por una coincidencia singular, cuando el marqués de la Guardia se despidió, bien entrado el dia, de la princesa, esta salió de su retrete, atravesó algunas habitaciones y en una de ellas se detuvo y dió dos palmadas.
Al punto, y como lanzado por una máquina, apareció entre el tapiz de una puerta un hombre.
Aquel hombre era jóven; como de treinta y cuatro á treinta y cinco años, y hermoso, con la hermosura meridional del tipo romano: sus ojos tenian algo de lo sesgado y duro de la mirada del bandido de la campiña de Roma: llevaba calada sobre los negros y rizados cabellos una gorra de paño, revuelta una capa parda al cuerpo, entre cuyos pliegues asomaba la enorme empuñadura de una espada de gabilanes; por cima de aquella capa se veian su hombro y su brazo derecho, ancho el uno y robusto el otro, vestidos por la manga de un jubon de terciopelo verde tomado de oro; el otro hombro y el otro brazo estaban envueltos por la capa, y bajo el corto extremo de esta, se veian dos piernas perfectamente contornadas, ceñidas por unas calzas de grana y dos piés de excelente forma, calzados por zapatos de ante.
La princesa, anticipando su palabra á la de este hombre, que por su parte permaneció impasible, le dijo con acento familiar:
—Sígueme, Bempo.
Bempo la siguió por una sucesion de habitaciones apartadas y desamuebladas, y entró con ella en un retrete donde habia algunos cofres.
Abrió uno la princesa, buscó en él, sacó un estuche y del estuche un brazalete de perlas y diamantes y le entregó á Bempo.
—¿Para qué es esto? dijo aquel singular personaje.
—Para que lo vendas, contestó la princesa.
—¿Y qué he de hacer con el dinero?
—Ir á Granada: necesito que busques allí noticias de la duquesa de la Jarilla, de su padre, de su madre, de sus abuelos: que averigues dia por dia la historia de su familia: esto no te será difícil, por que ha existido un pleito ruidoso acerca de la posesion del ducado de la Jarilla, y se han hecho muchas pruebas é informaciones. Nada te importe gastar: el valor de esta joya es considerable: lo que quiero son noticias acerca de la duquesa y pronto.
—¿Y cuando he de partir?
—Mañana.
Al dia siguiente salieron Harum el monfí para Roma: Bempo para Granada.
CAPITULO VIII.
Zelos italianos.
Habian pasado cuatro meses desde el jueves santo y dos desde que el marquesito era amante público de la princesa. Angiolina habia demostrado al marqués que sus protestas de amor no habian sido vanas: no recataba de nadie el amor que le tenia, demostrándoselo delante de las gentes, con la expresion, con la mirada, por cuantos medios puede demostrarlo una mujer.
Amina lo veia, sufria, callaba, ocultaba bajo la mas profunda reserva sus dolores, pero por mucho que fuese su dominio sobre su corazon, habia momentos en que el despecho la vendia; gentes hubo que, recogiendo estos descuidos, mejor dicho: estos momentos de desesperacion, se encargasen de decir á todo el mundo que la hermosa duquesita estaba enamorada del marqués.
—Hé ahí un mancebo afortunado, decia alguno; las dos mujeres mas hermosas de la córte le aman; la una es su querida y la otra desea serlo.
Y seguia la murmuracion y el odio entre las dos rivales.
Harum habia vuelto de Roma trayendo consigo la historia de Angiolina.
Bempo habia vuelto tambien de Granada trayendo un mamotreto.
Al leer la princesa los papeles que le entregó el italiano se extremeció de placer: pero aquel placer era el de la venganza.
Porque la princesa tenia zelos: hacia mucho tiempo que el marqués no era ya para ella el amante frenético... hacia mucho tiempo que faltaba dias enteros de su lado: Angiolina le habia hecho seguir y sabia que todas las noches, al mediar, iba el marqués á rondar los balcones del palacio de la duquesa.
Angiolina, pues, que habia devorado su rabia, cuando tuvo en sus manos un instrumento vengador, se apresuró á aprovecharle.
Esperó á que don Juan se la presentase á la hora de costumbre, esto es, al oscurecer.
Entró don Juan confiado y alegre. Angiolina le asió de una mano.
—Ven, le dijo, necesito hablarte donde nadie pueda escucharnos.
El marqués siguió á la princesa algo interesado por este exordio.
La princesa le llevó á un retrete apartado.
Cuando estuvieron en él, Angiolina cerró las puertas de las habitaciones contiguas y despues las del retrete.
—¿A qué tanto misterio, Angiolina? la dijo el marqués: ¿no has cifrado tu orgullo en que todo el mundo sepa que eres mi amante?
—Si, contestó pálida de zelos la princesa; pero no quiero que nadie sepa que he sido vilmente engañada.
—¡Que yo te he engañado!
—¡Si! ¡no me amas!
—¡Que no te amo! exclamó afectando la mayor sorpresa el marqués, ¿pues por quién estoy loco?
—Voy á decírtelo: por esa mujer á quien llaman en la córte, no sé por qué, la hermosa duquesita.
—¡Bah! y ¿puedes tú tener zelos de doña Esperanza? ¿tu la mujer mas hermosa del mundo?
—Zelos, si, zelos terribles, porque se vengaran. ¡Herirme en el corazon, abandonarme, y todo por una especie de aventurera!
—La pasion te ciega: quieres mal, no sé por qué, á la duquesa de la Jarilla, y la prueba está en que la niegas lo que nadie la ha negado: lo ilustre de su cuna.
—Si, ciertamente: es hija de una esclava y de un bandido.
—¡Ah! ¡perdona, Angiolina! ¡nada de eso sabia yo!
—Puedo contarte su historia: su madre doña Estrella de Cárdenas era conocida en Granada con el nombre de la hermosa indiana, y gozaba allí de la fama que, por extravagancia, ha obtenido en la córte su hija: doña Estrella era morena, con ese horrible color moreno dorado de las Indias, que las hace semejantes á una naranja con forma humana.
—¡Ah! ¿crees que la duquesita es hija de una india?
—No es que lo creo, tengo la prueba de ello.
—Pues te escucho, vida mia, porque esa historia debe ser curiosa.
—Te la contaré, y con tanta mas exactitud, como que poseo la relacion escrita y la he aprendido de memoria.
—¿Y quién ha escrito esa relacion?
—La justicia de Granada, por las dos vias que pueden hacer escribir á la justicia: la civil y la criminal: porque has de saber que el abuelo de doña Esperanza, rey ó cacique de los indios rebeldes de Méjico, ha estado encausado por crímenes, y que si el rey le ha indultado ha sido á beneficio de las muchas perlas y el mucho oro que se han distribuido entre algunas de las gentes del consejo de su magestad: como que dicen que ese indio tiene tesoros inmensos: que la justicia haya tenido que ver civilmente con esa familia, consiste en el pleito que sostuvo por la herencia del duque de la Jarilla, un sobrino de este con la princesa mejicana. Hay en el proceso declaraciones importantes del capitan general del reino de Granada don Luis Hurtado de Mendoza; del duque de la Jarilla bisabuelo materno, segun pretenden, de la doña Esperanza; unos papeles que se encontraron en la casa de un capitan de infanteria española, llamado Alvaro de Sedeño, y por último, una relacion escrita de doña Inés de Cárdenas, abuela de doña Esperanza, y esposa del cacique indio.
—Has excitado vivamente mi curiosidad, adorada mia, dijo don Juan y espero con impaciencia esa historia.
La princesa palideció letalmente, porque comprendia el verdadero interés de don Juan en conocer la historia de Amina; sin embargo, se dominó, se reclinó indolentemente en el estrado, echó la cabeza atrás, dejando enteramente descubierta su hermosa garganta y empezó de esta manera:
—Hace treinta y cinco años, en 1522, dos despues del descubrimiento y conquista de Méjico por el gran Hernan Cortés, fue enviado á aquellas remotas regiones para servir al rey bajo la autoridad del virrey de Méjico, uno de los caballeros mas principales de Castilla.
Era este don Juan de Cárdenas, duque de la Jarilla, recientemente viudo de doña Maria de Avendaño, cuya muerte le habia dejado inconsolable. De este matrimonio solo habia nacido una niña: doña Inés de Cárdenas, que en la ocasion en que su padre fue nombrado para aquel empleo contaba solo catorce años.
Amábala de tal modo el duque, que no tuvo valor para separarse de ella. Ciertamente que era un amor muy extraño el de aquel padre, que llevaba aquella hija única, aquella flor delicada, á aquellas regiones remotas, donde ardia una guerra encarnizada, y para llegar á las cuales era necesario arrostrar los peligros de mares aun no bien conocidos, y tan bravos, que imponian espanto á los mas valientes pilotos.
—¿Y sin embargo, dijo don Juan, el duque no desistió de su empeño? Los hombres de aquellos tiempos eran atroces.
—El duque, continuó la princesa con acento acerado, hizo aquel viaje por amor á su hija.
—¡Extraño amor el de ese padre!
—Lo comprenderás cuando sepas, que el duque de la Jarilla, de que nos ocupamos, habia corrido, como tú, una juventud borrascosa; que en todo género de excesos habia gastado su salud y sus rentas, y que cuando murió su esposa, no le quedaba mas que el título. Como las Indias son el tesoro donde iban y donde van á reponerse los españoles arruinados, el duque solicitó el oficio de adelantado sobre las fronteras de los rebeldes, y el rey se lo concedió.
—¡Ah! empiezo á comprender: el duque quiso volver á ser rico por amor á su hija; y por amor tambien no tuvo valor para separarse de ella.
—Cabalmente; pero habia en esto mucho de fatal. El libro santo dice que los hijos pagaran los pecados de los padres hasta la tercera y cuarta generacion.
—El libro santo es al fin un santo libro, y dice muy santas cosas, aunque harto duras, tales como las de que paguen justos por pecadores. Pero continúa, Angiolina, continúa; te confieso que me va interesando mucho tu cuento.
—Mi historia, don Juan, mi historia.
—Sea en buen hora; pero continúa.
—Despues de una larga navegacion, el duque llegó sin accidente á Méjico, y en seguida se trasladó á su adelantamiento. Hizo bravamente la guerra á los indios, y en solos dos años logró ver reunidas unas riquezas diez veces mayores que las que habia perdido. Enviada parte de aquellas riquezas á España á un mayordomo leal, las rentas del ducado de la Jarilla, fueron desempeñadas, pagadas las lanzas y medias annatas atrasadas, para lo cual bastó, como he dicho, que el duque enviase solamente una pequeña parte de las presas hechas á los indios. Todo parecia indicar al duque que se volviese, pero la codicia le cegó, y determinó seguir ejerciendo aquel su buen oficio de adelantado algunos años mas.
—Me parece, dijo don Juan, que vamos llegando al capítulo de las pérdidas.
—Efectivamente, segun la relacion sacada de los autos á que me refiero, á los dos años, tres meses y diez dias de haberse embarcado el duque para Nueva España, perdió su hija; el amor que le habia impulsado á aquella arriesgada empresa; todo lo que le quedaba en el mundo.
—Lo que demuestra que los hijos pagan los pecados de los padres.
—Doña Inés pagó los del suyo de una manera cruel. Figúrate don Juan, que durante la noche de... no recuerdo exactamente la fecha, pero esto no hace al caso... los indios acometieron el fuerte que ocupaba el adelantado, le entraron, hicieron una matanza horrible y se llevaron consigo á doña Inés.
—Preveo las consecuencias, dijo el marqués: el rey de aquellos bárbaros se casó con la hermosa castellana.
—¿Quién cuenta la historia, don Juan, dijo con impaciencia la princesa, tú ó yo?
—Perdóname, pero...
—¡Querias darme una muestra de tu penetracion! renuncia por ahora á ello, y del mismo modo á saber si el cacique se enamoró de doña Inés ó doña Inés del cacique. Hemos concluido la primera parte de mi historia.
—Pues no puede ser mas sencilla.
—De una bellota nace una encina, don Juan, y ya verás como los sucesos se complican. Voy á referirte la segunda parte que es mucho mas sencilla, como que se reduce á muy pocas palabras: el duque de la Jarilla buscó en vano á su hija, y en vano durante diez años envió al desierto indios de paz, ofreciendo un crecidísimo rescate por ella. Por último, habiendo enfermado y casi enloquecido el duque, los médicos le declararon formalmente que si no volvia á su país natal moriria sin remedio antes de seis meses.
—¿Y se volvió?
—Se volvió pensando recuperar su salud, solamente para volver á buscar de nuevo á su hija: el duque se estableció primero en la córte, y despues se vió obligado, por consejo de los médicos, á ir á buscar, no su salud, porque la habia perdido para no volverla á recobrar, sino su vida, bajo el templado cielo de Andalucía.
El duque se retiró á uno de sus Estados cerca de Guadix.
Hemos concluido la segunda parte de nuestra historia.
—Pues te confieso, adorada Angiolina, y no te ofendas por ello, que tu historia á fuerza de poco interesante, me va causando sueño.
—Espera, espera; este no es un libro de caballerías donde se suceden una sobre otra las aventuras; es una historia real y efectiva. Entremos en la tercera parte.
Era el año de 1546, veinte y cuatro años despues del dia en que el duque salió de España para Méjico y veinte y uno desde el en que le fue robada su hija por los indios.
El duque la habia buscado inútilmente durante diez años en los mismos lugares donde le habia sido robada, y debia encontrarla despues de su venida á España en Granada, pero la encontró muerta.
—¡Muerta! exclamó con asombro don Juan.
—¿Ves como mi historia se va haciendo interesante?
—¿Pero cómo fue ese encuentro? ¿Quién habia llevado allí á la hija perdida?
—Voy á entrar en pormenores: una noche, en el mismo ano de 1546, al pasar una ronda por delante de una casa del Albaicin en Granada, encontró su puerta franca, penetró en la casa y la encontró desamparada, pero en una de sus cámaras encontró el cadáver de una mujer, muerta, al parecer naturalmente, y el de un capitan de infantería española, manco y cojo, atravesado de parte á parte por una espada que aun permanecia en la herida. Preguntóse á los vecinos el nombre del dueño de aquella casa y ninguno le conocia. Entonces la justicia mandó que los cadáveres fuesen expuestos en la puerta de la parroquia.