De cómo la princesa y Cisneros, fueron la dama y el galan de una escena de comedia.
En una habitacion extensa, entapizada con cueros de Flandes, por cima de los cuales se mostraba á trechos la humedad de las paredes, y en un lecho en un apartado ángulo, habia un hombre con el pecho descubierto y fuertemente vendado.
Aquel hombre era el comediante Cisneros.
Sobre el vendaje se veian algunas gotas de sangre, y junto al lecho apoyada en él y mirando con sumo interés al herido, que habia vuelto enteramente en su conocimiento, estaba una mujer hermosa y deslumbrantemente vestida.
Aquella mujer era Angiolina Visconti.
Una bujía de cera perfumada, puesta en un candelero de plata, sobre una mesa de mármol, iluminaba este grupo.
El semblante de Angiolina dulce y misericordioso, era el semblante de un ángel.
Cisneros la miraba con asombro, con agradecimiento, con toda la alegría que le permitía tener su estado. De tiempo en tiempo sin embargo lanzaba un profundo gemido.
—Os sentís muy mal, amigo mio, ¿no es verdad? dijo en una de estas ocasiones la princesa.
—¡Ah, señora! dijo Cisneros: infinitamente peor me sentiria sino os tuviese á mi lado, os veo, y me parece un sueño: ¡vos, vos junto á mi! ¡acaso en vuestra casa! ¡bendita sea la espada que me ha herido!
—No digais eso, señor Cisneros; no digais eso, contesto dulcemente Angiolina; sacadme mas bien de la ansiedad en que me teneis: ¿Cómo os sentís?
—Mi herida es muy incómoda, señora; pero juraria que no es peligrosa: no respiro por ella, lo que me demuestra que no ha atravesado la cavidad; sufro porque sin duda el hierro me ha tocado alguna costilla, á lo que atribuyo el haberme desvanecido: estoy débil, pero debo de haber perdido poca sangre: esto será cosa de quince dias: quince dias en que vos estareis á mi lado, ¿no es verdad?
—¿Y cómo podeis dudar eso, señor Cisneros? ¿á qué os habia yo de haber recogido en mi silla de manos y traido á mi casa sino me interesase por vos, é interesándome por vos, cómo puedo abandonaros ni un momento?
—¡Ah! ¡me habeis encontrado! ¡habeis sido vos!
—Si, amigo mio; despues de la desgracia que os ha acontecido, ha sido para mí una felicidad el encontraros.
—¡Ah! indudablemente Dios no me ha abandonado. ¿Cómo creer que tan tarde la princesa Angiolina Visconti?...
—¡Cómo! ¿me conoceis?
—Los comediantes, señora, conocemos desde la escena á todas esas nobles personas que protejen nuestro bajo oficio dándonos oro á cambio de una habilidad escasa... yo os he visto muchas veces en el corral de la Pacheca[10] en un aposento inmediato al que generalmente ocupa la señora duquesa de la Jarilla.
Angiolina tenia mucho interés en escuchar á Cisneros, al que pensaba utilizar, y aquel interés creció en el momento en que Cisneros nombró á la mujer que ella aborrecia. Por lo mismo que tenia un gran interés creyó prudente ocultarle é interrumpiendo á Cisneros le dijo con la mayor naturalidad:
—Os suplico, amigo mio que calleis: hablais demasiado y esto, en el estado en que os encontrais, os puede ser dañoso: si mi presencia ha de haceros hablar será cosa de apartarme de vos para que reposeis.
—¡Ah! ¡no! ¡no os vayais! vuestra presencia, señora, vuestra bondad, la generosa compasion que brota de vuestras miradas, son el mejor bálsamo que se podria aplicar á mi herida, que por otra parte, os lo afirmo, es mas grande que grave: el hablar no me molesta, no me fatiga; por el contrario me distrae y me alivia: desde que os he visto, desde que he escuchado vuestra voz me siento reanimado; permaneced, pues, junto á mí, y no me priveis de la felicidad de ver el cielo en vuestro semblante.
—Ya que decís que nada os daña el hablar, de lo que me alegro en el alma, porque eso me prueba que vuestra herida no es grave, permitirme, señor Cisneros, que me ria.
—¿Que os ríais? ¿y de qué?
—De vuestro genio peregrino. Estais herido y débil, y sin embargo me requebrais, y Dios me perdone, sino me estais enamorando.
—¿Y de eso os reis? ¡Ah! ¡lo comprendo! os causa risa, una risa de desprecio el que un humilde comediante...
Cubrió una dulce seriedad el semblante de la princesa.
—Yo no os desprecio, dijo: hombres de vuestro ingenio mas que para despreciados, son para admirados: paréceme, sí, que os creeis en uno de esos pasos de amor de las comedias que tan bien representais... y eso me hace reir.
—¡Ah, señora! la palabra de amor que nace del agradecimiento no debe interpretarse de ese modo, y... luego... un cómico, por despreciado que sea, al fin es un hombre: un hombre que tiene corazon: y cuando ese hombre ha adorado largo tiempo en silencio á una alta persona, y de repente, despues de un lance en que ha sido herido y vencido, encuentra junto á sí á aquella mujer, á quien en otra ocasion no se hubiera atrevido á mirar frente á frente; cuando la imaginacion está perturbada, ¿qué mucho que ese hombre, bajo cuanto querais, cuanto querais infeliz, diga al ángel que tiene junto á sí: ¡Ah! ¡bendito sea Dios que ha hecho que deba la vida á la mujer á quien amo!
Angiolina miró gravemente, pero sin severidad ni desden á Cisneros, y le inundó con una mirada lucida, intensa, poderosa, que á pesar del estado en que se encontraba y que, como él mismo habia dicho, era mas doloroso que grave, hizo estremecer al comediante.
—¿Sabeis, señor Cisneros, que lo que me sucede es demasiado extraño? dijo despues de un momento de silencio la princesa.
—¡Extraño, señora! ¿y por qué?
—Figuraos que estoy pasando de sorpresa en sorpresa, desde hace dos horas: salgo de casa de una amiga mia, donde acostumbro á pasar algunas veladas y de repente, los criados que conducen mi silla se paran: pregunto la causa y me contestan que han tropezado con un hombre herido.
—Muy trastornado estaba yo, cuando solo ví cuatro embozados que se acercaron á socorrerme; dijo Cisneros.
—¡Ah! yo habia dejado la silla para que os condujeran á vuestra casa ó á donde indicárais y habia seguido á pié mi camino, acompañada de uno de mis criados: yo esperaba que los que habia dejado para que os socorriesen, me traerian la noticia de haberos dejado amparado: pero á poco de haber yo llegado á mi casa se me presentó uno de ellos y me dijo:
—El herido se ha desvanecido, ha perdido el habla y no sabemos á donde conducirle: en el hospital no nos abrirán á estas horas.
¡Llevaros al hospital! yo no quise enviar á ciegas á tal punto á un hombre que podia ser muy principal.
—Os engañásteis, pues, señora, dijo Cisneros.
—Y qué ¿no sois vos un hombre principal? ¿Creeis que el noble mas noble, vale para las almas que saben sentir, lo que valeis vos que arrancais dulces lágrimas ó alegre risa de los ojos ó de los labios de vuestros espectadores? ¿que vos, que sabeis ser rey y mendigo, caballero y villano, cortés y rústico, jóven y viejo? ¿que tomais todas las formas, que expresais todos los sentimientos, que obligais á un público entero á que arroje laureles á vuestros piés? ¿quereis ser mas principal? ¿cambiariais vuestro ingenio por un título de nobleza?
—Si, dijo Cisneros: aun á condicion de volverme estúpido.
—No blasfemeis de la providencia de Dios. ¿Por qué deseais ser pequeño, cuando habeis nacido grande?
—Si os parezco noble, y grande, y digno de ser amado, no me cambio por el rey mas poderoso de la tierra.
—Dejaos de locuras, y seguidme escuchando: os decia, pues, que por vos he pasado esta noche de sorpresa en sorpresa: sorpresa cuando os encontré herido; sorpresa cuando os vi sobre ese lecho y os reconocí; sorpresa cuando me habeis descubierto de una manera que puede llamarse solemne, que me conociais antes de ahora, que me habeis amado en silencio... ¡Ah, señor Cisneros! y todas estas sorpresas han sido dolorosas para mí.
—¡Dolorosas!
—Si: doloroso el veros herido; doloroso el saber que me amais porque...
—¿Por qué?
—Porque yo no puedo recompensar vuestro amor.
—¡Ah! ¡no me creeis digno!
—No es eso, señor Cisneros, no es eso: es que soy casada.
—¡Ah! murmuró el comediante.
—Por lo mismo no debeis hablarme de amor.
—Perdonad....
—Si, os perdono: pero á condicion de que no volvais á decirme amores.
A pesar de esta severidad de palabra la princesa no habia retirado una de sus manos que Cisneros habia asido y que estrechaba dulcemente.
—Pero no me abandoneis; exclamó con ansiedad.
—Pues es preciso que os abandone por un momento, amigo mio, dijo la princesa; han llamado á la puerta de la habitacion: oíd, vuelven á llamar.
—Id, id, pues, señora, dijo Cisneros, llevando dulcemente la mano de la princesa á sus labios y besándola.
Angiolina solo castigó aquel atrevimiento retirando bruscamente su mano de la de Cisneros, y separándose del lecho sin pronunciar una palabra.
Cisneros vió que la princesa atravesó rápidamente la cámara y salió por una puerta del fondo.
—¡Ah! pensó Cisneros, dejando caer sobre la almohada la cabeza que habia levantado para seguir con la vista á la princesa; padezco horriblemente: mi cabeza se desvanece: siento irritada la herida: esa mujer me ha obligado á hablar: no, no ha sido ella la que me ha encontrado en la calle: los hombres que fueron á buscarme, iban sin duda enviados de intento: ¡yo no pude conocer al hombre que me hirió! los pasos en que ando con el príncipe don Cárlos son peligrosos: ¿quién sabe lo que significa el encontrarme en casa de la princesa? Esta puede ser una buena aventura, si mi herida no es peligrosa: es verdad que hace mucho tiempo que esa mujer me enamora; pero ella amaba.... estaba loca por el marqués de la Guardia.... y hace un momento que, á pesar de sus palabras decorosas, parecia enamorada de mí... ¡ah! mis pensamientos se embrollan. Es necesario que me tranquilice.... ¡Ah! ¡ah! no pensemos en nada.... esperemos.
Cisneros procuró detener su pensamiento, pero esto era imposible. La fuerza con que su pensamiento se agitaba influyó al fin de una manera poderosa en su físico y se desvaneció de nuevo.
CAPITULO XIV.
De cómo la princesa descubrió que era mas fácil su venganza que lo que habia creido.
—¿Y bien, qué has hecho? dijo Angiolina á Bempo, al que encontró en el huerto.
—He hecho cuanto he podido excelencia: el herido está en vuestro poder.
—Pero... ¿y lo demás? lo demás.... nada... ¡te me vienes con las manos vacias!
—No he podido hacer mas excelencia: el hombre á quien mandé que siguiera á la persona que saliese por el postigo de la casa del duque de la Jarilla, la siguió, pero la ha perdido en la oscuridad.
—¿Y el marqués?
—No hemos podido apoderarnos de él.
—¿Qué no habeis podido apoderaros de él cuatro hombres? ¡ah! ¡es verdad! ¡el marqués es muy valiente!
—Decid mas bien, excelencia, que le han ayudado Dios ó el diablo: ya sabeis que Bempo es valiente. Lo sabeis demasiado, Angiolina.—Y al pronunciar estas palabras que establecian cierta familiaridad entre el criado y la señora, los ojos del romano, desplomaron, por decirlo asi, una mirada tal sobre los ojos de la princesa, que aquellos ojos vacilaron por un momento en una mirada vaga, dominada.—Ya sabeis que Bempo es valiente: pues bien: el marqués, se desasió de nuestros brazos en el momento en que le creiamos sujeto; tiró de la espada y nos llevó á estocadas por delante, hasta que ganó un lugar ancho, y escapó.
—¿De modo que será necesario que en adelante desconfíe de tu valor?
—Creo que os he servido demasiado bien, excelencia, para que podais desconfiar de Bempo. Ademas creo que esta noche os he hecho un servicio, que no os hubiérais atrevido á esperar.
—Si, no esperaba ciertamente que fueras tan cobarde.
—Os he hablado de un servicio, excelencia.
—¿Te queda algo que decirme?
—Si, por cierto; y algo que daros: algo que os llenará de placer.
—Estás abusando del predominio que crees tener sobre mí, porque posees un secreto mio, Bempo, y me impacientas, y mas pareces mi señor, que mi criado.
—Bien sabeis, Angiolina, que ese secreto no ha salido de mi pecho, y en cuanto á lo de impacientarse, no sé cuál de los dos se impacienta mas. Pero concluyamos. Cuando acometimos el marqués, en el momento en que este, con una vigorosa sacudida, se libertó de nuestras manos, dejó caer al suelo un papel que le habia dado cierta dama: yo tuve tiempo de recoger el papel, mientras el marqués se defendia, ó, mejor dicho, obligaba á defenderse á mis tres camaradas: ese papel está aquí.
Y Bempo entregó á Angiolina un papel arrugado.
—¿Y qué esto? dijo la princesa.
—Leedlo, excelencia, leedlo y comprendereis cuanto vale el papel que os entrego. Vale mas que el marqués para vos: mucho mas, porque ese papel es vuestra venganza.
—¡Mi venganza!
—Sí, porque ese papel es la deshonra pública de la duquesa de la Jarilla: deshonra confesada por ella misma: una revelacion terrible escrita de su mano.
Angiolina abandonó el huerto, palpitante de ansiedad y entró en una habitacion donde habia luz, se acercó á ella y leyó ávidamente el papel.
Bempo la habia seguido, y al escuchar el grito de suprema alegría de la princesa exclamó con acento profundo.
—Satanás ha querido, que Bempo te sirva mejor de lo que esperabas.
—¡Ah, Bempo, Bempo! ¡yo te amo! exclamó Angiolina arrojándose en los brazos del lazzaroni arrastrada por el horrible agradecimiento de su venganza satisfecha.
Bempo la separó de sí asida por los hombros y la dijo con acento indefinible, posando en ella una indefinible mirada.
—Os engañais, señora; vos no amais á Bempo: Bempo no se llama marqués de la Guardia.
Y volviendo la espalda á la princesa salió lentamente de la habitacion.
—¡Ah! dijo Angiolina viéndole alejarse: ¡tienes zelos! ¡zelos como yo! ¡pues bien, sírveme para mi venganza, aunque despues te vengues de mí!
Luego atravesó un corredor, entró en la cámara donde estaba Cisneros, que parecia aletargado, y se sentó en silencio junto al lecho.
CAPITULO XV.
De cómo se conjuraba todo contra el emir de los monfíes.
Al dia siguiente, muy temprano, ó por mejor decir, al salir el sol de aquel mismo dia, se notaba un gran tráfago en la casa del duque viudo de la Jarilla.
Algunos criados se ocupaban en cargar cofres á la zaga de un enorme coche de camino, y algunos lacayos armados á la gineta sacaban de las caballerizas fuertes caballos: las lanzas de estos hombres se veian en un ángulo del patio, y del arzon posterior de cada caballo, pendia un largo arcabuz.
Todo parecia indicar que se preparaba un viaje.
La casa estaba en movimiento de arriba á abajo, á pesar de que aun no eran las cinco de la mañana, lo que nada tenia de nuevo, puesto que en la casa de Yaye, todos inclusa Amina, tenian la costumbre de levantarse muy temprano.
Pero ninguna mañana como aquella, habia llamado la jóven á sus doncellas para que la peinasen y ataviasen á tales horas. Amina estaba sentada delante de un magnífico tocador, pálida y profundamente pensativa, y dos doncellas se ocupaban en trenzar sus largos cabellos, mientras otras preparaban un hermoso traje de camino.
Ni una palabra se habló durante el atavio de Amina entre esta y sus doncellas: al fin, cuando el tocador hubo concluido, la jóven dijo á una de sus sirvientas:
—Doña María; traed todos mis vestidos de córte y de casa.
La doncella á quien Amina se habia dirigido, salió.
—Doña Ana, añadió Amina, dirigiéndose á otra doncella; traed un cofrecito que encontrareis en mi retrete.
Salió la otra doncella.
Poco despues, casi todos los sillones del aposento, estaban cubiertos por magníficos trages, y sobre la mesa del tocador se veia abierto un cofrecillo lleno de joyas.
Amina se volvió á sus doncellas, y las dijo:
—Amigas mias, vamos á separarnos, sabe Dios por cuánto tiempo.
—Pero, señora, dijo una doncella, donde quiera que vuecelencia vaya, necesitará de nuestros servicios.
—Mi viaje es largo, y la vuelta dudosa; dijo tristemente la jóven: en los lugares á donde voy, tengo ya preparada mi servidumbre.
Guardó un momento silencio Amina, y luego continuó:
—Estoy satisfecha de vosotras; me habeis servido bien, y quiero dejaros un recuerdo mio.
—¡Ah, señora! demasiado profundo nos los deja vuecelencia, con sus bondades, dijo conmovida doña María.
—Ahorremos las lágrimas, dijo Amina, procurando ocultar bajo una sonrisa su conmocion, y aprovechemos el tiempo. Aunque nobles, sois pobres; y siendo yo rica, no quiero, cuando voy á separarme de vosotras, acaso para siempre, que quedeis sujetas á otra servidumbre, no tan blanda quizá, como la que me habeis prestado. Mis ropas y las joyas que uso diariamente, son vuestras. Aceptadlas, mas bien como el recuerdo de una amiga, que como el don de una señora.
Y Amina, en medio del asombro de las doncellas, repartió entre ellas sus trages y las joyas que contenia el cofrecillo.
Cuando estuvo concluido el reparto, Amina abrió el cajon de su tocador, y sacó de él cuatro pesadas bolsas de oro.
—Tomad, las dijo, dando á cada una una bolsa: este es vuestro dote.
—¡Ah, señora! ¡cuánta bondad!—
—¡Cómo podremos olvidaros!—
—¡Qué noble y qué grande sois! exclamaron las doncellas.
—Basta ya: tomad doña María: bajo esta llave, en un cofre que ha quedado en mi retrete, encontrareis una cantidad en oro, que repartireis á las criadas, y adios: mi confesor, á quien he mandado llamar, me espera.
—¿Y no volveremos á ver á vuecelencia?
—Acaso no nos veamos en la tierra, pero podremos vernos en el cielo.
Y Amina abrazó y besó en la boca á cada una de aquellas hermosas jóvenes, que mas que sus sirvientas habian sido sus compañeras, y se separó de ellas. Quedáronse las cuatro llorando, y Amina salió, conteniendo sus lágrimas; atravesó algunas habitaciones, y entró en una cámara donde la esperaba un anciano religioso de Atocha.
—Frai Miguel, dijo la jóven adelantando hácia el sillon donde el anciano estaba sentado, y arrodillándose á sus piés: adsolvedme de un pecado que no os he confesado hasta hoy por pudor, y bendecidme por la última vez.
—¡Bendecirte por la última vez hija mia! exclamó el anciano, pálido y turbado: ¡absolverte de una falta que no me has confesado por pudor! ¿qué falta es esa, Esperanza?
Un padre no hubiera mostrado mas severidad ni mas interés, que el anciano religioso en aquella pregunta.
—¡Soy madre! dijo entre sollozos y ocultando su rostro entre sus manos Amina.
El buen sacerdote alzó los ojos y las manos al cielo, y sus labios trémulos murmuraron una oracion, brotaron lágrimas á sus ojos, y luego poniendo sus dos manos temblorosas sobre la cabeza de Amina, la dijo con voz cobarde, por decirlo asi:
—¿Sabe tu padre esa falta, hija mia?
—La sabe y me envia lejos; muy lejos de la córte para ocultar mi deshonra.
—¿Y tu padre te ha perdonado?
—Mi padre, como yo, se conforma humildemente con la voluntad de Dios.
—Y... ¿no tiene reparacion esa falta?
—Ni mi padre ni yo lo sabemos, padre mio.
—Que te perdone Dios, pobre Esperanza, como tu padre y yo te perdonamos, exclamó el religioso profundamente: yo, ministro del Altísimo, te adsuelvo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y os bendigo á tí y á tu hijo.
Despues de haber hecho descender su perdon y la bendicion de Dios sobre la cabeza de la jóven, el anciano religioso se cubrió el rostro con las manos.
—¡Oh, que desgracia! exclamó: ¡que desgracia, Dios mio! ¡una casa tan ilustre, una criatura tan caritativa, tan noble, tan religiosa mancillada, por el mundo! ¡Oh! ¡que Dios tenga misericordia para el causador de tantos males! ¡Que Dios le perdone, porque bien ha menester de su perdon!
—¿Oh! ¡sí, padre! ¡rogad, rogad á Dios por él! ¡pedid á Dios que no olvide jamás á la pobre mujer que tanto le ama!
—Pero ese hombre... ¿por qué no es ese hombre tu esposo?
—Os suplico padre que no hablemos mas de esto: voy á marchar y tengo que haceros antes un sagrado encargo.
—¡Un sagrado encargo!
—Sí; pienso hacer una donacion á la santa casa de religiosos de Nuestra Señora de Atocha.
—La casa de Atocha es rica, á Dios gracias, hija mia; destina mas bien esa donacion á los pobres.
—Es que no he olvidado á los pobres, dijo Amina: tomad padre, tomad esta carta; por ella mi padre os entregará tres mil doblones: los mil son para la santa casa de Atocha: los dos mil restantes para que los distribuyais entre necesitados.
El anciano tomó aquella carta conmovido, y exclamó:
—¡Ah! ¡eres buena cristiana y virtuosa, hija mia, Dios te protejerá!
—¡Ay padre! ¡harto mas que otros que son muy desgraciados, necesito yo de la proteccion de Dios!
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Entre tanto y en otro aposento de la misma casa, pasaba una escena enteramente distinta de las sencillas que acabamos de consignar.
Aquel aposento era la misma cámara donde la noche antes habia recibido el emir de los monfíes al príncipe don Carlos.
Yaye se paseaba meditabundo y mostrando en lo contraido de su semblante, una terrible irritacion interna.
Con él, sentado en un sillon, habia otro personaje á quien hemos perdido de vista desde la primera parte de nuestro libro.
Aquel hombre era el rey del desierto, Calpuc.
La vejez se mostraba ya en sus canas y en las arrugas de su semblante, pero se conservaba en la apariencia fuerte y robusto.
Acababa de llegar de las Alpujarras, llamado por Yaye el dia anterior, y en el momento en que le presentamos á nuestros lectores, estaba silencioso y pensativo.
—Todo me sale mal, dijo Yaye, parándose de repente: parece que Satanás anda metido en mis asuntos: este viaje de Amina me contraría, y sin embargo es necesario: dentro de poco la deshonra la saldrá á la cara.
—Has querido luchar con la astucia, al mismo tiempo que con las armas, dijo Calpuc, y ante tu fuerza de voluntad se han puesto los inconvenientes de la vida. La fatalidad nos persigue, Yaye.
—Mi hija tiene un corazon de mujer.
—Tuya es la culpa: ¿por qué la has puesto al paso del mundo tan hermosa y tan incitante? Todo lo has sacrificado á tu ambicion, Yaye: sacrificaste primero á la pobre doña Isabel de Válor; luego á mi hija, á mi pobre Estrella; despues á la hija de mi hija, á mi pobre Esperanza.
—Si; todo eso y mas he sacrificado: pero lo he sacrificado á mi patria.
—Tienes el grave defecto de dar á tus pasiones el pretesto de grandes pensamientos. ¿Qué has conseguido con presentarte en la córte de Castilla encubierto con el título que debiste á tu casamiento con mi hija?
—He conocido que España es un gigante enfermo, un gigante que se hará pedazos, que no tiene fuerzas para resistir á todos los enemigos que le acometen á un tiempo. He logrado rebelar al príncipe contra el rey.
—Lo que no pasa de ser un horrible crímen.
—Tratándose de mis enemigos en nada reparo: todos los medios de destruirlos son buenos para mí: además, encubierto entre los cristianos, he logrado introducir mi gente y mi oro entre ellos: mis monfíes están en todas partes: en la servidumbre de palacio; bajo las banderas del rey, en España, en Flandes, en Italia, en Francia, en Africa, en América; los hugonotes tienen cuanto oro y cuantos avisos han menester; los flamencos empiezan á corresponder á mis esperanzas, excitados por mis emisarios y por mi oro, hasta el punto de que Felipe II, creyendo poco fuerte la autoridad de su hermana la infanta doña Margarita de Parma, envie á los Paises Bajos al duque de Alba: el mando feroz de este capitan brutal, acabará la obra que yo he empezado; la guerra crece en Méjico, y los moriscos de Granada estan ya en el caso de jugarlo todo á un envite: la insurreccion general contra España amenaza, y los enemigos del opresor universal crecen: es verdad que he perdido la paz del corazon; que he enlodado á mi hija: pero, Calpuc, el dia de la venganza se acerca: Felipe II está herido de muerte.
—Nunca hemos pensado del mismo modo; si hubieras seguido mis consejos, no hubiéramos sido mas afortunados de lo que lo somos respecto al tirano que nos oprime; pero al menos tendríamos la conciencia tranquila: no hubiéramos cometido crímenes, Yaye; no hubiéramos sacrificado á las dos prendas de nuestra alma.
—Si, siempre hemos pensado de distinto modo; por lo mismo lo mejor es que no hablemos mas de tales asuntos. Lo que haya de suceder será. Vamos á lo que importa. Todas nuestras joyas, todo nuestro oro, gran parte de nuestro tesoro, en fin, ha sido encerrado en cofres, y va á partir con Amina. Para defenderla á ella y á esas riquezas, te acompañarán treinta de mis mas bravos monfíes con nombre y traje castellanos; el wali que mande á esa gente y que te acompañará bajo el aspecto de mayordomo, es el Partal: ya conoces su valor de leon y sus fuerzas de toro. Es ademas muy leal. Vais, pues, perfectamente asegurados mi hija y tú. Cuando llegues á Granada, aunque allí no tenemos palacio, tengo ya preparada una hermosa casa que pertenece á Aben-Aboo...
—¡Aben-Aboo... ¡pobre jóven! exclamó Calpuc.
—No hablemos ni una palabra de eso, exclamó con irritacion Yaye; Dios lo quiso... ó Satanás. La pobre Isabel ha quedado reducida á muy poco; jamás he logrado que acepte nada de mi mano, y su hijo que ha perdido la mayor parte de los bienes de... su padre Miguel Lopez, se ve hoy obligado á alquilar á los nobles que van á Granada su casa junto á San Miguel: yo he tomado esa casa. En ella puedes vivir con Amina todo el tiempo que pueda encubrirse su estado: despues, cuando sea necesario, la llevarás á mi alcázar de las Alpujarras, del que no saldrá hasta que pueda salir, si es que Dios quiere sacarla salva de esa dura prueba. Yo permaneceré en la córte todo el tiempo que sea posible, y no iré allá sino para desplegar mi bandera y embestir decididamente con el cristiano. He hecho cuanto he podido hacer. Dios hará lo demás. Ahora silencio, siento que Amina se acerca.
En efecto, poco despues se abrió una puerta, y Amina entró en la cámara de su padre.
Venia profundamente tranquila.
—Estoy dispuesta, padre mio, dijo.
—Si, abreviemos cuanto sea posible lo doloroso de esta separacion, dijo Yaye besándola en la frente: tu abuelo está dispuesto á acompañarte y todo está preparado.
—¡Ah, padre mio! exclamó Amina cayendo de rodillas; ¡perdonadme y bendecidme de nuevo, por si no nos volvemos á ver!
—¿Quién piensa en no volvernos á ver? exclamó Yaye levantando á su hija: ¿ni por qué he de negarte yo mi perdón ni mi amor, cuando lo que es, ha sido porque Dios ha querido que sea? Yo te amo y procuraré hacerte feliz, Amina; pero es preciso que luchemos aun. Es preciso que nos separemos.
Amina se arrojó sollozando en los brazos de su padre. Calpuc miraba con un dolor profundo aquella escena.
—Vamos, tranquilízate, dijo Yaye: adivino lo que no te atreves á decirme. Yo velaré por don Juan, yo le amaré como á un hijo, á pesar de que me ha hecho mucho daño. Ahora enjuga tus lágrimas, tranquilízate y vamos.
Amina hizo un violento esfuerzo sobre sí misma, y logró aparecer mas tranquila: entonces Yaye fué á una de las puertas de la cámara.
—¡Ola, Partal! dijo:
Presentóse un hombre como de treinta años, vestido de camino á la usanza de los hidalgos castellanos.
—Baja y haz montar á la gente, le dijo Yaye. No olvides lo que te he encargado.
—No lo olvidaré, magnifico señor.
—Vé, nosotros te seguimos.
Cuando Calpuc, Yaye y Amina, bajaron al patio, encontraron montados á los lacayos y la servidumbre, silenciosa y triste agolpada á la puerta: se habia hecho amar la jóven de tal modo por todos, que su partida causaba un sentimiento general.
Sus doncellas, que la habian esperado en las escaleras, la siguieron hasta la carroza: el anciano religioso fray Miguel, estaba esperándola humildemente á la puerta. Un círculo de curiosos, aunque era muy temprano, se agolpaba en la calle para presenciar aquella faustosa marcha.
Repitiéronse los abrazos, las lágrimas de las doncellas y las demostraciones de afecto de la servidumbre; Amina entró en la carroza con Calpuc: poco despues el pesado carruage se puso en marcha escoltado por los lacayos.
El duque se apartó con un movimiento brusco de la puerta, y se perdió en el interior de su palacio; las doncellas saludaron con sus pañuelos á Amina, que asomaba la cabeza por la portezuela, y antes de que aquella cabeza se ocultase, el anciano fray Miguel la envió su última bendicion, y se alejó todo lloroso y en paso tardo hácia su convento de Atocha.
CAPITULO XVI.
Continuan las contrariedades del emir.
Al entrar en su cámara parecióle á Yaye que habia quedado solo en el mundo; con su hija se alejaban por una parte su amor, por otra los proyectos que mas habia acariciado: Yaye habia arrojado á Amina al paso del mundo como un hermoso instrumento tentador: habia logrado irritar la locura de que hacia tiempo era víctima el príncipe don Carlos, y valiéndose de su ambicion y de su empeño por Amina, habia logrado lanzarle de lleno en la senda de la rebeldía.
Yaye esperaba con razon, que huyendo el príncipe á Flandes, poniéndose al frente de los flamencos revelados, creándole un partido aun dentro de la misma España, porque nunca faltan ambiciosos que ayuden á los príncipes rebeldes; habia esperado, decimos, que Felipe II, demasiado ocupado en reprimir rebeldías, no pudiese acudir con fuerzas bastantes al reino de Granada, donde, en el momento preciso, debia levantarse por los moriscos el estandarte de su emancipacion. Contaba con sus monfíes, fuertes, acostumbrados al peligro y á la fatiga, y bastante numerosos para poder apoderarse en un dia de la desatendida Granada: una vez dueños de la ciudad, levantado el trono de la Alhambra, desplegado el pendon de Islam sobre las torres de la alcazaba, degollados ó cautivos los cristianos, enteramente reconquistadas las Alpujarras y la Vega, era de esperar que el ambicioso Selim II, sultan del imperio de Oriente, y sus tributarios el rey de Argel, y los reyes de Fez y de Marruecos, se apresurarian á enviar á las costas de las Alpujarras sus galeotas piratas henchidas de taifas de turcos, y de los indomables hijos de las razas bereberes. Habia momentos en que Yaye soñaba que, rey de Granada, avanzaba al frente de un innumerable y feroz ejército, sobre las ciudades de Andalucía, que todo cedia á aquella inundacion de hombres, que salvaba los desfiladeros que separan á Andalucía de Castilla, y que arrojándose sobre esta como una tromba, se llevaba por delante villas y ciudades, hasta ir á poner el estandarte del Profeta en una sola campaña, sobre las torres de la catedral de Toledo.
Y como el que es ambicioso nunca lo es á medias; como el hombre de accion confia mas de lo que debiera en sus propios recursos y en su fuerza de voluntad, Yaye, creyéndose un héroe, como Tarie-ebn-Ziak, ó como Abd-el-Rajman-ebn-Moavia, ó como Almanzor, tendia su soberbia vista á la inmensidad del porvenir, y no creía descabellado, el que, como en tiempos antiguos, volviese á ser España bajo su espada el poderoso califato de Occidente; que tal vez llegaria á conquistar la Europa, y llevar sus banderas vencedoras á Constantinopla, tornándose de este modo en conquistador de los que le hubiesen ayudado, y despues revolver sobre el Africa, sujetarla bajo su mano, y hacer del mediterráneo un lago de su imperio.
La ambicion es una embriaguez, y nada tiene de extraño que el que se embriaga sueñe delirios: y hasta cierto punto no eran delirios los de Yaye: un poco de fortuna para ayudar á su genio, y sus sueños podian realizarse: el pueblo árabe se desarrolló y dominó en una considerable extension del globo bajo el espíritu de la conquista; el Koram la prescribe: Dios, segun los musulmanes, les habia dado la espada para llevar adelante el conocimiento de Dios Altísimo, y Unico sobre todas las tierras de los infieles; el pueblo árabe fue indomable, fuerte, mientras se le condujo al combate, y solo empezó á desmembrarse, á corromperse, á decaer, cuando, halagado por el templado clima de España, trocó sus tiendas de piel de camello en suntuosos alcázares; cuando, en una palabra, se estableció: Yaye lo sabia demasiado: se lo habia enseñado la historia de las generaciones de ocho siglos y Yaye se decia: yo no pararé, yo no reposaré mientras haya tierras que conquistar bajo el sol: si el valiente pueblo árabe ha desaparecido, queda en pié el pueblo moro, resplandece el imperio turco y el Dios Altísimo y Unico se adora en la tercera parte del mundo; el Koram da el supremo poder al vencedor; pues bien, yo venceré porque quiero vencer.
Pero Yaye no habia contado con los acontecimientos, ni se habia conocido á sí propio: una tras otra contrariedad vinieron á demostrarle lo colosal de la empresa que habia embestido; vió que tras largos afanes, sus monfíes estaban en el mismo estado y con la misma fuerza que á la muerte de su padre; que aquella niña, de quien habia pensado hacer uno de los mas poderosos instrumentos de sus proyectos, se habia roto, por decirlo asi, al ponerse en contacto con el mundo, vulgarizándose, como todas las mujeres, por el amor; que si bien habia logrado empeñar por medio de ella al príncipe de Asturias en un camino de perdicion, aquel príncipe era loco, débil, voluntarioso, la persona menos á propósito para poder apoyar en ella de una manera firme una empresa de importancia; comprendió, en fin, que habia cometido crímenes estériles; se sintió humillado delante de sí mismo, con la conciencia manchada, con el porvenir incierto, y por esto cuando entró en su cámara, le pareció que se encontraba solo en el mundo, abandonado del cielo y de la tierra, mientras Satanás le sonreia y le mostraba con un dedo horrible la espantosa página donde estaban consignados sus desaciertos, muchos de los cuales eran horribles crímenes.
Yaye se hallaba en un estado de exaltacion espantoso: sus ojos, escandencidos, dejaban ver una expresion feroz: ardia en ellos la fiebre y la rabia de la impotencia. Las figuras de los tapices flamencos que adornaban la cámara, parecian agitarse, revolverse, cambiar de forma: parecíale que de en medio de un infernal torbellino, salian dos damas, hermosas aun, pero pálidas y con los ojos enrogecidos por un llanto continuo: la una resignada y paciente, la otra iracunda y vengativa; cada una de ellas llevaba de la mano un hermoso mancebo y se le mostraba: Yaye, horrorizado, cerraba los ojos por no verlos, y sin embargo, á través de sus párpados cerrados los veia: cada uno de aquellos mancebos tenia impreso en la frente el estigma de fuego de una ambicion insensata; alrededor de la cabeza de cada uno de aquellos mancebos, habia una señal lívida, inflamada, como la que pudiera haber dejado en ellas el círculo candente de una corona: alrededor del cuello amoratado de aquellos mancebos, habia un dogal: en sus manos un puñal rojo y humeante. Tras aquellos mancebos conducidos por sus madres, marchaba una turba furiosa: mujeres, hombres, niños, ancianos, todos agitaban las cadenas de que iban cargados, todos miraban á Yaye, y todos le decian:
—¡Tu ambicion nos ha hecho esclavos! ¡por tu ambicion nos vemos hambrientos, desnudos, desesperados, sin padres, sin hijos, sin esposos, lanzados del pueblo que nos vió nacer, vendidos como bestias, robados, degradados!¡has querido ser rey y nos has impulsado pensando en tu ambicion, solo en tu ambicion, á una empresa en que necesariamente debiamos ser vencidos! ¡maldito, maldito, maldito seas!
Yaye veia todo esto en el fondo de su conciencia: un sentido íntimo, ese sentido misterioso, esa prodigiosa intuicion que tenemos en el fondo de nuestro espíritu y que nunca nos engaña, le decia con el severo y horrible acento de la verdad que marchaba hácia un lago de sangre; por eso los objetos, en los cuales se fijaba su vista, tomaban formas, cuerpo, color, vida fantástica; su conciencia le traia su pasado y le presagiaba su porvenir; porvenir horrible, henchido de desgracias y de horrores, entre los cuales debia desvanecerse la última esperanza de los restos vencidos del pueblo moro español.
Yaye queria en vano arrojar de sí el remordimiento y el presentimiento, que le acometian implacables: en vano queria atribuir aquellos pensamientos, aquellas visiones á la perturbacion de su espíritu, causada por el dolor de haber visto á su hija alejarse de él, por necesidad, para encubrir su deshonra, con la frente baja y manchada, con el corazon ardiente y desgarrado. Cuanto mas pugnaba Yaye, por arrojar de sí aquella terrible pesadilla que le combatia despierto, mas y mas se condensaba aquella pesadilla y le acometia y le estrechaba. Hubo un momento en que, de en medio de aquel horrible caos de fantasmas acusadoras, salió una mujer envuelta en un sudario, desmelenada, lívida, anhelante: aquella mujer, á pesar de su horrible estado y de su palidez cadavérica, era muy hermosa; aquella mujer, ó por mejor decir, su recuerdo, hizo lanzar un grito de espanto á Yaye, porque aquella mujer era su esposa, Estrella, la hija de Calpuc.
—¿Y qué has hecho, qué has hecho de mi hija, gritaba aquel fantasma acusador? ¡Tu desamor me secó las fuentes de la vida, y tu ambicion ha muerto á mi hija, matándola el alma! ¡Yaye-ebn-Al-Hhamar! ¿qué has hecho de mi Esperanza?
—¡Afuera, afuera, horribles visiones! exclamó Yaye clavándose las uñas en la frente como si hubiera querido arrancarse de ella aquel infierno, ¡afuera! Yo he heredado la venganza de tres generaciones!, yo he bebido mezclada con lágrimas, la sangre de mi padre: yo escucho continuamente, despierto y dormido, en la soledad y en medio del mundo los gemidos de dolor, y siento correr como un rio, las lágrimas de millares de esclavos que todo lo esperan de mí. ¿Qué importa que vosotros hayais caido? ¿que tú, Estrella, hayas sucumbido, esposa abandonada, madre sin hija? ¿qué importa que Amina haya bebido toda la hiel que cabe en su corazon? yo marcho hácia adelante, poderoso y terrible como el huracan, y como el huracan no me detengo ante nada. ¡Mi ambicion! ¡me acusais de ambicioso! ¡y sin embargo, mi ambicion es vuestro poder, vuestra libertad y vuestra gloria, porque yo nada puedo ser sin vosotros!
Y mucha fuerza de voluntad tenia indudablemente Yaye dentro de su alma, porque logró dominar el vértigo, sus ojos perdieron su sangriento color y su expresion de tigre, dominóse, hizo callar la voz de su conciencia y los latidos de su corazon, y su semblante volvió á mostrarse impasible y frio como el de una estátua.
Solo habian quedado en su frente como huellas de la tormenta las señales amoratadas que habian impreso en ella sus dedos.
Sentóse en un sillon, respiró profundamente, como quien descansa de una larga jornada, y su pensamiento, frio ya y calculador, volvió á su eterno objeto; á su lucha contra el rey de España, y contra sus reinos: lucha encerrada hasta entonces en el pensamiento de Yaye, pero que debia algun dia pasar inmensa y aterradora, al terreno de los hechos, al campo de batalla.
Pero parecia que la fatalidad perseguia á Yaye: la fatalidad preñada de sangre y crímenes que le perseguia, y que se le presentó de repente cuando menos lo esperaba, en la persona de Harum-el-Geniz, del valiente wali, su leal secretario; el que durante veinte años le habia servido con una fidelidad á toda prueba; el que poseia todos sus secretos, el que adivinaba todos sus dolores.
Abrió silenciosamente la puerta de la cámara, y adelantó hácia el emir, sacándole de su distraccion con el ruido de sus espuelas de alferez castellano.
Miróle profundamente Yaye, y en la expresion grave y triste de Harum, comprendió que le traia un asunto importante.
—¿Qué me quieres? le dijo: no recuerdo haberte llamado.
—Hay momentos en que el siervo debe llegar hasta el señor, y decirle aunque descanse entre los brazos de la querida de su alma: levántate y despierta, toma tus armas y prepárate al combate.
Yaye se levantó como si le hubiera despedido del sillon un resorte.
—¡Al combate! ¿aquí ó allá? ¿en la córte del rey de las Españas ó entre las breñas de las Alpujarras?
—No, no, poderoso señor; no son las armas que brillan entre la polvareda del combate las que debes tomar, sino las armas que matan en silencio y de una manera segura: las armas de la venganza. No vas á luchar contra un rey poderoso, ni contra un ejército valiente, sino contra una cortesana y un bandido.
—¡Angiolina! ¡Laurenti! exclamó el emir. ¿Y de qué modo? ¿cómo me provocan esos dos miserables?..
—Anoche, ya tarde, un hombre que ha conocido á Farrix, á Abdelhamar, y á otros de los nuestros, que viven encubiertos en Madrid con nombre y trage de soldados de la compañia de ginetes de don Luis Moncada, se presentó á ellos en su casa de la Cava Baja, y pidió á Farrix que, con algunos de sus camaradas y por algun oro que les ofrecia, le acompañasen para una aventura. El oro dado por ese hombre está aquí:
Y Harum arrojó sobre la mesa del emir algunos doblones de á ocho.
—¡Y bien! ¿tenemos algo que ver en esa aventura?
—¡Oh! exclamó Harum con acento de amenaza.
—Acaba de una vez Harum, exclamó impaciente el emir.
—El desconocido, continuó Harum, llevó á Farrix y á otros tres á una casa en la cual entraron por el postigo de un huerto.
—¿Y qué casa era aquella?
—Farrix me ha llevado hasta el postigo, y he reconocido por él, que la casa donde entraron, era la de la princesa Angiolina Visconti.
—¡Ah! exclamó profundamente el emir ¿Y qué iban á hacer allí?
—De la casa sacaron una silla de manos y fueron con ella á la calleja á donde da el postigo de tu palacio, poderoso señor. De uno de los extremos de aquella calle recogieron un hombre herido, le metieron en la silla de manos y le condujeron á casa de la princesa, en la que entraron por el mismo postigo.
—¿Y qué tenemos que ver nosotros con eso?
—Es que hay mas, magnífico señor: mientras el desconocido con dos de los nuestros conducian al herido á casa de la princesa, otros dos, Farrix y Abdelamar, quedaron en un soportal frente al postigo de tu palacio, ocultos en la sombra y con encargo de observar cuanto sucediese. Poco despues volvió el desconocido con los otros dos monfíes, y se ocultó bajo el mismo soportal. Segun me habia dicho Farrix, habia luz en tu casa en un mirador, y aquel mirador, era, á no dudarlo, del aposento de la sultana Amina.
—Nada tiene de extraño que la sultana velase, preparando su partida.
—Es que hay mas que eso: antes del amanecer salió un hombre por el postigo, y despues se abrió uno de los balcones de los aposentos de la sultana, y por él se descolgó otro hombre á la calle.
Irradiaron una mirada incalificable por lo feroz, los ojos de Yaye.
—Farrix y sus compañeros mienten, exclamó.
—Si han mentido, mancillando el honor de la sultana, dijo Harum cuya mirada no se alteró, deben morir.
—¡Que mueran! ¿lo entiendes? que mueran y que mueran al momento, exclamó con voz cavernosa el emir. Pero... sigue, sigue relatando la impostura de esos miserables.
—Farrix asegura que cuando aquel hombre estuvo en la calle, una mujer vestida de blanco habló algunas palabras amorosas con el que habia descendido, y le arrojó un papel.
—¡Oh, miserables! y si era verdad ese dicho, ¿por qué no aseguraron á aquel hombre? ¿por qué no se apoderaron de aquel papel?
—Cabalmente, segun dice Farrix, esta era la intencion del que los habia conducido hasta allí, pero añade tambien, que aquel hombre era tan valiente y tan diestro que se les escapó.
—¿Y no aconteció mas?
—No señor. Los cuatro monfíes se despidieron del hombre que los habia buscado, y que les encargó el secreto, y Farrix vino á avisarme.
—Paréceme que tú has creido esa impostura, Harum, dijo el emir fijando en su confidente una mirada intensa.
—Hace tanto tiempo señor que te persigue la desgracia....
—Pero la desgracia ha respetado hasta ahora mi honra, Harum. No adivino la causa; pero deben haber comprado á esos miserables para que me hieran en lo mas profundo de mi alma... en mi hija... acaso la princesa..... pues bien.... es necesario que esos cuatro hombres no hablen.
—No hablarán, señor.
—Pero es necesario evitar escándalos. Envíalos á las Alpujarras, y avisa para que cuando lleguen...
—Muy bien, señor.
Quedó profundamente pensativo Yaye durante algunos segundos.
—Creo que la princesa Angiolina se vale para todos sus asuntos, de una especie de bandido romano.
—Si señor.
—Cuando te envié á Roma hace dos meses para que averiguases quién era esa princesa, me trajiste una relacion escrita.
—Esa relacion debe estar en tu poder, señor.
—Bien: bien: es necesario que hagas venir al momento á ese hombre que sirve á la princesa. ¿Cómo se llama?
—Andrea Bempo.
—Pues bien, procura que ese hombre venga al instante.
—Muy bien, señor.
—Vete. Y al momento, al momento, esos cuatro monfíes a las Alpujarras y un correo á caballo que les preceda.
Harum se inclinó y salió.
El emir permaneció algún tiempo como anonadado. Despues hizo un poderoso esfuerzo para salir de su atonía, se levantó en fin de la mesa, y escribió lo siguiente con mano firme:
«Señor marqués de la Guardia: os suplico que hoy mismo vengais á verme: espero que atendereis mi suplica, y no me hareis dudar, negándoos, del afecto que creo inspiraros.—El duque de la Jarilla.»
Yaye cerró esta carta y la entregó á un lacayo para que la llevase á su destino.
Dos horas despues la carta le fue devuelta cerrada, tal como la habia enviado, dentro de otra de don César de Arévalo que contenia estas solas palabras:
«Señor duque: el loco de mi sobrino no parece en ninguna parte desde ayer, y como vuestra carta para él puede ser importante, os la devuelvo temiendo que se extravíe. Vuestro mas afecto criado.—Don César de Arévalo.»
El duque arrugó en un momento de cólera aquella carta.
Luego envió cuatro ó seis de sus lacayos á que buscasen por todo Madrid al marquesito.
A las diez del dia el duque oyó pronunciar con asombro á la puerta de su cámara á uno de sus sirvientes el nombre del señor príncipe Lorenzini Maffei que venia á visitarle.
Yaye mandó que le introdujesen en su salon de recibo.
CAPITULO XVII.
Quien era el príncipe Lorenzini Maffei.
Antes de entrar en la cámara donde le esperaba su visitante, Yaye le observó detenidamente tras las vidrieras de una puerta.
Vió un hombre como de cincuenta años, un tanto encorvado, mas bien como por el exceso de una vida estragada, que por los años, que no eran excesivos: tenia el pelo entrecano, y un tanto largo y rizado según la moda de los nobles italianos: llevaba por autoridad una cadena de oro al cuello, y al costado una ligera espada de córte.
Este hombre se paseaba meditabundo á lo largo de la camara, con las manos juntas á su espalda y sosteniendo en ellas una gorra de terciopelo.
Durante algunos minutos Yaye le contempló con una mirada intensa, lúcida, dibujóse en sus labios una sonrisa de desprecio, y luego componiendo su semblante y adoptando la expresion mas impenetrable, abrió la vidriera y entró en la cámara.
Volvióse al saludo el príncipe, saludó profundamente á Yaye, y le dijo con un perfecto acento italiano, aunque en buen español:
—Os suplico, señor duque, me perdoneis si me he tomado la libertad de venir á vuestra casa, cuando ningun antecedente media entre nosotros: apenas si nos conocemos de nombre.
Yaye señaló un sillon al príncipe, que se sentó, acercó otro en el que se sentó á su vez, y prestó al príncipe una de esas atenciones que interrogan.
El príncipe no se alteró en lo mas mínimo por el silencio del duque, que era hasta cierto punto grosero, y añadió:
—Esta mañana uno de vuestros criados ha dejado en la casa de mi esposa, es decir: en mi casa, un recado vuestro para cierto Andrea Bempo. Como en mi casa no se conoce á tal sugeto; como su nombre es italiano y poco ilustre por cierto; como, ademas, al volver de Italia he encontrado en mi casa ciertas singularidades....
—¿Singularidades habeis encontrado en vuestra casa, señor príncipe? dijo acentuando fuertemente sus palabras Yaye.
—¡Oh! ¡si! llegué á Madrid anoche muy tarde, y como no me gusta incomodar á nadie ni aun en mi misma casa, me quedé en una de las posadas; pero apenas amaneció, me trasladé á mi casa... solo... me gustan las sorpresas... porque amo entrañablemente á mi esposa... que como sabreis sin duda....
—Es una de las damas mas hermosas, mas nobles y mas discretas que viven en la còrte de España.
—¡Oh, gracias! comprendereis, pues, que yo ame á mi esposa.
—¡Oh! lo comprendo demasiado, dijo Yaye con acento frio. Como que yo tambien, por mas que no se lo haya dicho, la amo... ¡oh! perdonad, pero vuestra esposa, príncipe, es muy peligrosa.
—¡Ah! ¡si! dijo con una perfecta impertinencia Lorenzini; mi esposa tiene por destino el estar siempre rodeada de adoradores... lo que me llena de orgullo, os lo aseguro; ¿pero qué deciamos?
—Deciais que os agrada sorprender á la vuelta de vuestros viajes á vuestra esposa.
—¡Ah, si! por lo tanto siempre cuido de proveerme, á hurto, como si se tratara de un ladron, de una llave de cierto postigo. Segun mi costumbre, tomé el camino de mi casa, entré en ella furtivamente; adelanté por una y otra habitacion de un piso bajo, y en una de ellas ¿qué creeis que encontré?
—Una singularidad de esas á que se exponen los maridos que gustan de sorprender á sus mujeres.
—En efecto, encontré una singularidad de bulto: un hombre herido en un lecho, según supe despues, y á mi esposa, bellamente ataviada, sentada junto á la cabecera de aquel lecho, y durmiendo sobre la almohada.
—¡Ah, ah!
—¿Y qué creereis que hice yo?
—Indudablemente os fuisteis de puntillas para no ser sentido.
—De ningun modo, desperté á mi esposa.
—Y vuestra esposa...
—Se arrojó en mis brazos como de costumbre, delirante de alegría y me colmó de caricias. Mi esposa me ama con toda su alma, pero es demasiado caritativa, y esta era la causa de la singularidad, que al principio no comprendí, pero que despues me fue explicada de la manera mas natural. Mi esposa habia encontrado á aquel hombre, al célebre comediante Andrés Cisneros, en una palabra, herido gravemente en una calle á que da vuestra casa, y le habia recogido. Esto es todo. Como despues se ha buscado en mi casa á ese Andrea Bempo, á quien no conozco; como el señor Andrés Cisneros ha sido herido cerca de vuestra casa; como estos dos sucesos podian tener relacion entre sí, me presento á vos, para serviros á fuer de hidalgo en lo que hubiereis menester.
Yaye cruzó una pierna sobre la otra, se echó atrás sobre el respaldo del sillon, y apoyando en sus brazos los codos y cruzando las manos dijo al príncipe con una sonrisa fria:
Habia en Yaye una decidida intencion de provocar al príncipe.
—¡Bah! dijo este. Estoy seguro, enteramente seguro de que no.
—Os ha engañado al casarse con vos.
—¡Bah! os afirmo que el engañado sois vos.
—Os entregó una mano deshonrada por la desgracia y por la miseria, es verdad, pero al fin deshonrada.
—¡Bah! no conoceis la historia de Angiolina... de Angiolina á la que yo saqué de un convento para hacerla mi esposa.
—Pues ved ahí; Angiolina Visconti se jacta con sus amantes, ó por mejor decir, con su único amante, de que si bien sois su esposo, no habeis sido nunca su marido.
—¡Ah! eso lo digo yo por todas partes; yo he preferido la ansiedad del deseo que no se satisface, al hastío del deseo satisfecho... y luego... ser esposo de una mujer jóven, de brillante hermosura y vírgen...
—¡Vírgen! exclamó profundamente Yaye.
—Yo gozo con lo extraordinario. Mi vida toda es una cadena de sucesos extraordinarios.
—Demasiado extraordinarios, príncipe.
—Es que vos no sabeis mi historia.
—Acaso, acaso. Acaso tambien sepa la de la princesa.
—La historia de mi esposa es muy sencilla. Una vida de diez y seis años en un convento. Despues diez años de matrimonio puro, sencillo, casto, de un matrimonio, como de seguro no ha habido, ni hay, ni habrá dos en el mundo.
—Sin embargo, hablais de las caricias de vuestra... mujer.
—Caricias de hermano y hermana. Un abrazo, un beso en la frente, hé aquí todo.
—Con que ¿segun eso, no conoceis la historia de vuestra esposa?
—Sé la verdadera, pero ignoro la que puedan atribuirla.
—Pues os voy á contar esa historia, verdadera ó falsa, y despues os contaré... la vuestra dia por dia, hora por hora.
—Os escucho, y si la historia es ingeniosa, os agradeceré el cuento... pero os pediré tambien que me reveleis el nombre de quien la ha inventado.
—Os lo diré antes, porque no me gustan las historias en cuya primera hoja no va el nombre del autor. Muchas veces por el nombre del autor se juzga de la historia, y si este nombre es bueno poco importa que la historia sea mala. El autor de las dos que voy á referiros, es el mejor autor de historias que conozco, porque su autor es Dios.
—¡Ah, Dios!
—Dios, ó lo que es lo mismo, la fatalidad.
—Pues empezad y juzguemos del ingenio de Dios.
—Permitidme: todas las historias tienen un prólogo.
—¡Ah! y esta...
—Lo tiene tambien. Este prólogo se refiere á la causa de que hayan venido á mis manos esas dos historias; la causa, ya os la he indicado: es el amor, el deseo, el empeño que me inspira vuestra esposa, ó por mejor decir, que me inspiraba cuando yo tenia dudas acerca de su procedencia.
—¿Dudas? todo el mundo sabe que es mi esposa.
—Pero nadie conocia al tal esposo. Creo que yo soy el primero que tiene la dicha de conoceros.
El príncipe se inclinó.
—Por lo mismo, dudando de si seria soltera, casada ó viuda, envié hace dos meses á Roma un sugeto muy á propósito para desenterrar historias, y provisto de oro suficiente para ello. Ese sugeto me ha traido las dos historias que vienen á ser una misma. He concluido mi prólogo y empiezo...
—Os escucho.
—¡Ah! dijo el duque, me olvidaba del título: llámase, pues, la que voy á referiros, «Historia de una venganza infame.»
Despues de estas palabras Yaye cerró los ojos como para concentrar y ordenar sus recuerdos, y el príncipe se colocó en la actitud de la mas perfecta atencion.
Yaye empezó, al fin, de esta manera:
—Nuestra historia principia en la cabeza del orbe católico, en Roma, en el verano de 1537, es decir, hace diez años.
Por aquel tiempo habia en Roma dos personas notables.
La una era un famoso bandido de la campiña á quien nadie conocia mas que por su terrible nombre: aquel nombre era Laurenti.
La otra era una dama veneciana de diez y seis años á quien conocia todo el mundo, mas que por el alto empleo que su padre desempeñaba en la córte pontificia, por su peregrina, por su maravillosa hermosura.
Esta dama se llamaba Angiolina Visconti.
Su padre, Paolo Visconti, miembro de la poderosa familia de este título, se habia visto obligado á huir de la justicia de la república de Venecia, á causa de haberse visto envuelto en cierta conspiracion de nobles contra el Estado.
Paolo Visconti habia logrado ponerse á salvo con una hija única, con Angiolina, de los esbirros de la serenísima república, pero no logró poner del mismo modo á salvo sus bienes que fueron confiscados.
Aportó á Roma, pobre pero provisto del interés que inspira todo hombre que ha luchado por la libertad de su patria, que ha sido vencido, y que vuelve las espaldas á sus hogares para no volver mas á ellos.
Aumentaba este interés la belleza y la inocencia de Angiolina, pobre desterrada en la adolescencia, que se veia envuelta en las desgracias de su padre.
Acogiósele bien por la nobleza romana, y especialmente por el papa, y con tanta mayor deferencia por este, como que Visconti era perseguido por una república con la cual no se encontraba en la mejor armonía la silla pontificia. A fin, pues, de que Paolo Visconti pudiera vivir en Roma, sino de una manera opulenta, conveniente á su clase, le concedió el papa un alto oficio militar bajo sus banderas.
Nombróle, pues, coronel de su guardia suiza.
Entre otras ventajas, que á mas de su pingüe sueldo y de su representacion, gozaba el coronel de los suizos, eran no pequeñas, el vivir en un pequeño y bello palacio del papa junto al Coliseo y el uso de carroza y servidumbre, pagados por el tesoro pontificio.
Asi, pues, Paolo Visconti podia sostener á su hija en la posicion de una ilustre dama.
Visconti, que se habia casado muy jóven y muy jóven habia enviudado, era por los años de 1537 un hermoso caballero de treinta y cuatro años, galante como veneciano, altivo por su alcurnia y espléndido, cuanto se lo permitía su sueldo.
Los dados y los naipes habian sido con él sumamente propicios, y habia ganado enormes sumas, indemnizándose casi por este medio, de lo que le habia quitado su amor por las libertades patrias.
Asi es, que se contaba mas de una escandalosa aventura de amores, en que el coronel Paolo Vizconti habia sido el galan afortunado, y no habia marido, padre ó hermano que no le temiesen, si tenian hijas, esposas ó hermanas bellas; sin embargo, Vizconti logró salir sano y salvo de una y otra aventura arriesgada, á lo que contribuyó no poco su fama de valiente y de diestro en armas. Esto, acreciendo su soberbia, le impulsó á nuevas y cada dia mas arriesgadas empresas amatorias, hasta que, cansada la suerte de protegerle, le metió en una que debia decidir, no solo de su suerte, sino tambien de la de su hija.
Cerca del palacio que habitaba Visconti, entre este, y el Coliseo, en una linda casita de un solo piso, vivia una jóven llamada Fioreta, al solo cuidado de una anciana. Servíalas una vieja criada, y nunca se habia visto entrar en aquella casa un hombre, ni acompañarlas jamás nadie en sus breves salidas desde su casa á una iglesia próxima. Sin embargo, Fioreta, que vestia como una dama de la alta nobleza romana, era tan hermosa, tan cándida y tan jóven, que muchos nobles solicitaron sus favores, sin faltar algun miembro del sacro colegio que no hubiera vacilado en comprometer su alma, si le hubiesen mirado con amor los negros ojos de Fioreta.
Pero esta se mostraba inaccesible á los seguimientos, á las rondaduras y las músicas de sus numerosos adoradores, y habia logrado adquirir una fama de insensible, de inespugnable, que el mundo galanteador la impuso el nombre de la mujer fuerte.
Llegó esto á oidos de Visconti, del hombre irresistible, del corruptor, por decirlo asi, de Roma, y deseó conocer á la tan ponderada y rigorosa hermosura. Eran vecinos, y esto no le fue difícil. Púsose al paso de Fioreta, engalanado con su ostentoso uniforme de coronel de los suizos; la vió, se enamoró perdidamente, la siguió á la iglesia; se puso continuamente á su paso, y no tardó en conocer, que la para todos desdeñosa hermosura, era para él camino llano y abierto. Fioreta se habia enamorado de Visconti, con un amor tan puro, tan intenso, tan sublime, como era sensual y miserablemente ardoroso el de Vizconti.
Por mas que quiera guardarse á una mujer, no se guarda si ella no quiere guardarse: la iglesia á que la jóven concurria era oscura: cambiáronse billetes entre los amantes, y por ellos supo Visconti que era amado como jamás lo habia sido, y que en la existencia de Fioreta habia un misterio que realzaba el valor que ya por su hermosura tenia sobradamente la jóven. Este misterio consistia en que Fioreta no tenia padres conocidos, y ademas, en que una mano invisible y que debia ser inmensamente rica y poderosa la protegía, atendia á su subsistencia de una manera expléndida, y la procuraba cuantos goces honestos puede desear una jóven honrada. Se la habia dado una educacion de princesa; se ponderaban las preciosidades que encerraba dentro de sí la pequeña casa en que vivia; sus trajes eran riquísimos y nobles, y en las grandes solemnidades públicas, se la veia cubierta de diamantes y brocados, en una magnífica carroza dorada, tirada por cuatro caballos admirables, carroza que aparecia por sí misma, sin saberse de donde venia, y que desaparecia sin que Fioreta ni su aya supiesen á donde iba. En cuanto al cochero y los lacayos eran mudos, siempre que las dos mujeres trataron de indagar por ellos quien era aquella persona misteriosa, que de una manera tal, cuidaba de la suerte de Fioreta.
Todo esto lo supo Visconti, como he dicho, por las cartas de la jóven, y el misterio de su nacimiento, la opulencia que la rodeaba, y el desenlace problemático que podia tener aquel misterio, irritaron su curiosidad, sus deseos, y aun su ambicion. Porque no sabiendo quien era Fioreta, ¿no podia suponerse todo? ¿Y quién sino un altísimo personaje podia sostener tan ruinosos gastos?
Visconti, pues, se empeñó y quiso á todo trance, llegar á la resolucion de aquel problema. Compelió en una y otra enamorada carta á Fioreta, á que le concediese una cita, y esta al fin, se vió obligada á escribirle la lacónica carta siguiente:
«Contentaos con amarme, sin esperanza de obtenerme. Básteos saber, que yo os amo hasta el punto de no pertenecer á otro hombre, sino puedo algun dia ser vuestra. Yo no faltaré jamás á mi decoro, y me está prohibido de una manera misteriosa y terrible disponer de mi mano.—Fioreta.»
Esta carta fue un nuevo combustible arrojado al empeño de Visconti, que juró perecer ú obtener aquella dificilísima y misteriosa hermosura.
Poco tiempo despues de recibida esta carta de Fioreta, notó Visconti, que cuando seguia á la jóven á la iglesia, un hombre siempre embozado, á pesar de que era el tiempo de los calores, les seguia á alguna distancia, entraba en la iglesia, se ponia en acecho, y no desaparecia hasta que las mujeres habian regresado á su casa.
Empezaba Visconti á impacientarse con aquel espionaje descarado y tenaz, cuando un dia encontró sobre la mesa de su aposento y sin que nadie supiese por donde habia entrado, una carta concebida en estos términos.
«Sé que seguís obstinadamente á Fioreta, y que Fioreta os ama. Si la amais, será vuestra, pero para ello será necesario que deis á su hermano una muestra indudable de vuestro amor. Para conocer las condiciones bajo las cuales podreis ser su esposo, id esta noche, solo, á la vía Apia. Allí encontrareis al hermano de Fioreta.»
Inutil es decir, que Visconti no faltó á la cita.
Apenas habia entrado en la vía Apia, cuando se le presentó el misterioso embozado que se habia constituido en su espía.
El camino estaba desierto, y la luna blanqueaba las ruinas de los sepulcros romanos. El embozado hizo una seña á Visconti de que le siguiese, y este le siguió hasta un bosque cercano en el que se internaron. Allí, en lo mas oscuro del bosque, se detuvo el embozado, y, sin descubrirse, dijo á Visconti con la voz dura é imperiosa del que está acostumbrado á mandar despóticamente y ser servilmente obedecido:
—Veamos si valeis lo bastante para que yo os dé mi hermana.
—Yo me llamo Paolo Visconti, dijo con orgullo el coronel de suizos del papa.
—Sé quien sois y me convenís, como hombre valiente y arrojado: porque me convenís, os daré mi hermana, si la mereceis, y lo que vale infinitamente menos que ella, tesoros inmensos. Veamos si la amais.
—Indicadme vuestras condiciones.
—Vos me habeis dicho vuestro nombre, justo es que yo os diga el mio: me llamo Giussepo Laurenti.
Visconti dió un paso atrás asombrado: el misterio de la procedencia de Fioreta se desenlazaba de una manera inesperada. Quien protegia á la jóven, quien tenia sobre ella derechos indudables, era Laurenti, el terrible bandido; el hombre á quien la justicia del papa no habia podido castigar; el gefe de los invisibles que tenia cubierta de espanto la campiña de Roma. Esto, por otra parte, explicaba las inmensas sumas que se invertian para poner á Fioreta á mas altura que la mas rica é ilustre dama romana.
Hubo un momento de silencio.
—Paréceme que os falta valor, caballero Visconti, dijo sombriamente Laurenti.
—No, no me falta valor, pero explicadme, aclaradme: vos sois hermano de Fioreta, pero, ¿quién es vuestro padre?