—Ved que cuanto mas os revele, mas grave será el peso del secreto que habeis de guardar, so pena de vuestra vida.
—No importa. Hablad.
—Mi padre se llamaba Andrea Alberti.
Dió otro paso atrás Visconti. Laurenti habia pronunciado el nombre de otro terrible gefe de bandidos.
—No os asombre esto, dijo Laurenti; hace mas de dos siglos que mi familia viene reinando de generacion en generacion sobre la campiña de Roma. El padre educa al hijo, y el hijo hereda al padre; nada mas natural.
—¡Pero la madre de Fioreta!...
—Aumentemos la suma del secreto si os place. La madre de Fioreta era una dama romana.
—Su nombre.
—Lo ignoro yo mismo. Mi padre al encargarme de la suerte de Fioreta, me dijo solamente: su madre era una mujer casada; una hermosa é ilustre dama. Yo la juré guardar como un depósito sagrado su honor, y muero con su secreto. Pero á mas de guardar su honor, la juré proteger á nuestra hija y hacerla feliz. Fioreta puede elegir libremente el claustro ó el matrimonio, pero si eligiese este último estado, no será su esposo sino quien sea bastante valiente y arrojado para partir con nosotros los peligros. Ahora, bien, caballero Visconti, ¿amais bastante á Fioreta para abandonar por ella vuestro baston de mando, vuestra hermosa banda de coronel, y cambiar vuestro nombre de caballero en un nombre de bandido?
—¿Es esa vuestra resolucion irrevocable?
—Es la voluntad de mi padre, á la que no faltaré en una sola palabra.
—Pues os juro que Fioreta será mia á pesar vuestro.
—Peor para los dos si eso sucede, dijo lacónicamente Laurenti.
—Adios, pues, rey de la campiña de Roma.
—Adios, señor coronel de los suizos del papa: pero escuchad antes una palabra: me conoceis y todos los dias me estrechais la mano y me pedis por la salud en la córte de su Santidad. Adonde jugais, concurro; en donde bebeis, bebo; lo que hableis resonará en mis oidos, porque soy uno de vuestros mayores amigos. He observado, que hasta ahora no habeis hablado ni una sola palabra con nadie acerca de vuestras pretensiones hácia Fioreta, y que no habeis mostrado ni una sola carta suya. Seguid siendo prudente. Os lo aconsejo, en ello os va la vida. Adios.
—Esperad.
—¿Qué quereis?
—Me habeis dicho que os conozco.
—Es cierto.
—¿Que sois uno de mis mayores amigos?
—Por tal me teneis.
—¿Que concurris á donde concurro?
—Es verdad.
—Sin embargo, yo no conozco vuestra voz.
—Mi voz se desfigura al pasar por el hueco de mi antifaz de hierro.
—Aclaradme.....
—Ni una palabra mas; adios.
—Esperad.
—Adios.
—¡Por san Paolo mi patron, que yo os haré esperar y daros á conocer! dijo Visconti desnudando su espada y acometiendo rápidamente á Laurenti.
Este se hizo atrás de un salto, y lanzó un fuerte silbido.
Instantáneamente, aparecieron saliendo de detrás de cada árbol una multitud de hombres cubiertos con antifaces y armados de arcabuces.
Aquellos hombres rodearon al coronel de los suizos del papa.
—Guiad á ese caballero hasta la salida del bosque, dijo Laurenti á sus bandidos, perdiéndose en la espesura. Hasta mañana, caballero Visconti.
Vióse este obligado á ceder, y rodeado de los bandidos, llegó hasta la salida del bosque, y desde allí ganó la vía Apia y entró en Roma.
En vano durante muchos dias buscó Visconti entre sus numerosos amigos, uno que le presentase ni el mas ligero indicio del terrible bandido romano. Creyó al fin, que aquello habia sido una amenaza y una burla, y dejó de desconfiar de los que le rodeaban.
En cuanto á Fioreta, su amor, ó por mejor decir, su empeño, se aumentó en proporcion á las dificultades. Habian cambiado una y otra carta, pero en ninguna de las suyas habia indicado Visconti á Fioreta lo que sabia acerca de su orígen.
Si las dificultades irritan al hombre, puede decirse que irritan infinitamente mas á la mujer. El amor de Fioreta se exaltó, y concedió á Visconti lo que siempre se habia negado á concederle: esto es, hablar con él en las altas horas de la noche por las ventanas de su casa. Visconti, despues de su primera entrevista de este género con Fioreta, esperó que se revelase de cualquier modo, sino la venganza, la cólera del terrible Laurenti: pero pasaron muchas entrevistas del mismo género, y ni recibió una sola carta, ni el mas leve aviso.
Visconti empezó á burlarse para sus adentros del Rey de la campiña, y le despreció del todo cuando, enteramente rendida Fioreta, le concedió lo último que podia concederle: su posesion completa. Todas las noches, una escala llevaba á los brazos de Fioreta al afortunado Visconti, y el terrible bandido, el hermano protector, permanecia mudo.
Sin embargo, un dia, encontró Visconti sobre la mesa, y sin que nadie la hubiera llevado, otra carta que contenia las frases siguientes:
«Todo lo sé. Gozad en secreto de vuestra felicidad, y haced feliz á mi hermana, pero, ¡ay de vos si por un accidente natural, ó por una villanía vuestra, se hace pública su deshonra! ¡ay de vos, y ay de ella! Laurenti.»
Visconti era un hombre que no temia al cielo ni al infierno, y esta amenaza lo irritó: acontecia ademas, que, como su amor hácia Fioreta no habia sido mas que deseo y empeño, satisfecho el deseo, hastiado de la pobre jóven, necesitó satisfacer su vanidad de libertino, publicando su victoria sobre aquella mujer que habia resistido las pretenciones de los hombres mas peligrosos. Esta vanidad infame fue desarrollándose en él, y al fin, un dia, en una casa de juego, con ocasion de ponderar un nuevo enamorado los desdenes de Fioreta, dijo:
—¿Qué apuesta quereis hacer conmigo, señores, acerca de esa mujer?
—¿Pretendeis acaso haceros amar de ella? dijo un jóven caballero muy amigo de Visconti, llamado Marco Antonelli.
—No, no pretendo hacerme amar de ella, dijo Visconti, porque es mi querida.
—¡Vuestra querida! exclamaron asombrados los circunstantes.
—¡Vuestra querida! exclamó soltando la carcajada Marco Antonelli.
—Os reis de un modo muy impertinente amigo mio, dijo Visconti picado por la hilaridad de Antonelli.
—¿Pues no quereis que me ria? Mientras no nos presenteis pruebas de vuestro dicho me reiré.
—Es que pudiera suceder......
—No debe suceder nada dijo, sin afectarse en lo mas mínimo Antonelli; si esa mujer es vuestra querida, no merece ser la causa de un rompimiento entre dos amigos, y si no lo es, mereceis en castigo de vuestra mentira que nos riamos de vos.
—Y si presento la prueba.
—Me comprometo á perder quinientos escudos romanos, dijo Antonelli.
—Y yo otros tantos.
—Y yo.
—Y yo.
—Y yo, exclamaron todos los que estaban presentes.
Visconti, salió y volvió poco tiempo despues con las cartas de Fioreta que arrojó sobre la mesa, entre los dados y las botellas.
Examináronse aquellas cartas; ellas probaban que Fioreta amaba á Visconti; pero en ninguna de ellas habia una sola prueba de que fuese su querida.
—Y bien, dijo Antonelli sin perder su jovialidad: aun no habeis ganado un solo escudo: estas cartas prueban que sois mas afortunado que otros: y digo prueban, porque no quiero haceros el agravio de creer que estas cartas sean falsas; pero de ser amado á poseer á la mujer que nos ama, hay una diferencia incalculable. Asi, pues, la apuesta queda en pié hasta que nos probeis que es vuestra querida Fioreta.
—Una palabra señores. Ahora está la luna en creciente y las noches son muy claras: ¿sabeis alguno de vosotros donde vive Fioreta?
—Todos lo sabemos.
—Sabeis á donde caen las ventanas de sus habitaciones.
—Todos la hemos visto alguna vez en ellas.
—Pues bien: si esta noche á las doce, al hacer yo una señal veis que se abre una ventana de las habitaciones de Fioreta; si la veis á ella misma salir á aquella ventana, y arrojarme una escala; si despues me veis trepar por ella, recibirme Fioreta en sus brazos, retirarse la escala y cerrarse silenciosamente la ventana ¿creereis.....?
—Creeremos que Fioreta es vuestra querida, y os envidiaremos Visconti; pero habreis ganado la apuesta.
—Si, si, habreis ganado la apuesta dijeron todos.
En efecto aquella noche se hizo la prueba: los amigos de Visconti ocultos en la sombra, le vieron entrar en las habitaciones de Fioreta. Al dia siguiente todo el mundo supo en Roma que Fioreta era la querida de Paolo Visconti.
Sin embargo el terrible bandido de la campiña permaneció mudo: pasaron dias y dias hasta uno en que tuvo lugar un acontecimiento que heló la insolente risa de la infamia, en los labios del seductor de Fioreta.
El suceso á que me refiero pasó de la manera siguiente:
Era una hermosa tarde de mayo. Angiolina Visconti habia expresado á su padre el deseo de dar un paseo por la campiña; Visconti hizo preparar una carroza, se disculpo con su hija por no acompañarla, y Angiolina salió de Roma, acompañándola solo en el exterior el cochero y dos lacayos.
Caminaban lentamente por la via Apia: Angiolina, cuya alma aspiraba ya ese amor vírgen que es el sueño de la adolescencia de las mujeres, Angiolina inocente y pura, miraba con delicia el hermoso cielo de Italia, perdiéndose tras los horizontes azules, y la árida campiña por medio de la cual arrastra su turbia corriente el Tiber.
Descendia el sol al Occidente; el dia iba perdiéndose en ese poético tinte del crepúsculo vespertino tan bello y tan diáfano en la primavera de los paises meridionales, y una dulce melancolía inundaba el alma de la jóven, cuando la carroza se detuvo de repente y uno de los criados asomó á la portezuela.
—Si adelantamos mas excelencia, dijo el lacayo, se nos echará la noche encima antes de que lleguemos á la ciudad, y no es prudente......
—Seguid, seguid, dijo la jóven, que de lo que menos se acordaba entonces era del terrible Laurenti ni de los bandidos.
La carroza siguió adelante: muy pronto, traspuesto enteramente el sol, empezó la noche á invadir el opuesto horizonte. Angiolina entonces sintió un vago temor y mandó al cochero que se volviera.
Volviéronse en efecto. Roma se veia á lo lejos perdida tras la vaporosa neblina, y quedaba mucho camino que andar para llegar á la ciudad.
El cochero azotó á los caballos que partieron al galope: á pesar de esto era ya de noche y quedaba mucho espacio para llegar á los arrabales.
De improviso el coche se detuvo, y antes de que Angiolina pudiera preguntar la razon, se abrió la portezuela y entro un hombre, vestido enteramente como los aldeanos de la campiña, y cubierto el rostro con un cumplido antifaz: aquel hombre llevaba á la cintura un puñal y un par de pistolas.
Angiolina solo tuvo tiempo para oir que aquel hombre decia:
—¡Al bosque!
Y se desmayó.
Cuando volvió en sí se encontró en un lecho en un aposento densamente oscuro. Un hombre la estrechaba entre sus brazos. Aquel hombre prevaliéndose de su desmayo la habia deshonrado.
Angiolina notó con terror, con el terror del pudor, que estaba medio desnuda.
Gritó, quiso resistirse, arrancarse de los brazos de aquel hombre, pero aquel hombre la retuvo entre ellos y la dijo con un acento terrible:
—Vuestro padre ha deshonrado á mi hermana, y yo empiezo á vengarme deshonrándole en su hija.
Roma entera supo, por los criados á quien Laurenti habia dejado en libertad, que Angiolina Visconti, la noble hija del señor coronel de los suizos del papa, habia sido robada por los bandidos de la campiña.
Visconti sintió en medio del corazon la venganza de Laurenti; salió á la campiña, le llamó á voces en el mismo lugar donde habia hablado con él algunos meses antes; pero nadie respondió á las voces del desolado padre, que al fin era padre Visconti. Pidió licencia al papa para revolver con sus suizos la campiña y no logró ver un solo bandido. A los quince dias, perdida casi la esperanza, se fué á buscar su último consuelo junto á Fioreta y la dijo.
—Es necesario que nos casemos: tu hermano sin duda nos escucha: pues bien yo acepto todas sus proposiciones: si; yo acepto todas tus proposiciones Laurenti, seré bandido, verdugo, si quieres, pero vuélveme mi Angiolina.
—Vuélveme tú la honra de mi hermana, dijo una robusta voz á tiempo que se abrió una puerta y apareció un hombre.
Fioreta dió un grito agudísimo y se desmayó.
Visconti dió un paso atrás helado de espanto.
El hombre que tenia delante pidiéndole la honra de su hermana era uno de sus mayores amigos.
—¡Marco Antonelli! exclamó.
—No, Laurenti el bandido, Laurenti, que se venga, destrozándote el corazon, deshonrando á tu hija, como tu se lo has destrozado, desonrrando á su hermana: ahora defiéndete, infame, defiéndete por que entre nosotros se ha colocado tu infamia y no puede haber mas que odio y sangre entre los dos.
Al dia siguiente se encontró junto al Coliseo el cadaver de Paolo Visconti atravesado á estocadas, y sobre él un cartel en que se leia en letras enormes:
«Laurenti, hermano de la hermosa Fioreta ha hecho este cadáver.»
La casa en que habia vivido Fioreta estaba completamente abandonada.
¿Y sabeis vos príncipe, dijo Yaye, mirando profundamente á Lorenzini Maffei lo que se hizo de la pobre Fioreta?
—¡Qué! ¿no lo sabeis? dijo con la mas ingénua curiosidad el príncipe; pues ved ahí que falta á vuestra historia una noticia esencialísima.
—Lo que fue de Fioreta no lo sabe nadie, porque Laurenti á nadie se lo dijo.
—¿Y como, como, dijo el príncipe con una curiosidad creciente; como fue á parar Angiolina al convento donde yo la conocí en Nápoles?
—Se ignora tambien, porque á nadie lo ha dicho tampoco Laurenti. Pero lo que se sabe de seguro, es, que al fin, por una traicion de uno de los bandidos de Laurenti, fue descubierta su guarida, exterminada su cuadrilla de malhechores y el....
—¿Y el?...
—Hay quien cree que acaso quedó entre los cadáveres de los bandidos que murieron defendiéndose, porque no se le oyó nombrar mas en las inmediaciones de Roma.
—Pues habeis burlado mis esperanzas, duque, en cuanto á la historia del bandido. Debia ser curiosa.
—Pues voy á contárosla en dos palabras: el bandido está ciegamente enamorado de Angiolina que no le conoce: el bandido sigue á Angiolina por todas partes bajo el nombre de Andrea Bempo: Andrea Bempo no es otro, pues, que Laurenti, nombre fecundo en disfraces, y que sabe variar de rostro como de vestido y de edad como de lenguaje: que unas veces se llama Bempo, otras don Diego de Zayas, y pasa por caballero español, como en Roma bajo el nombre de caballero romano pasaba por Marco Antonelli: Laurenti, en fin, esposo enamorado de Angiolina, esposo despreciado por Angiolina, que se llama el príncipe Lonrenzini Maffei.
Mudáronse instantáneamente al oir estas palabras, la mirada, la actitud y la expresion del príncipe; irguióse, centellearon sus ojos, temblaron de cólera sus lábios y se puso de pié buscando un objeto entre su justillo de terciopelo.
El duque no se movió de su sillon.
El príncipe, ó Laurenti, ó Bempo, aquel singular personaje, en fin, sea que le dominara la imperturbabilidad de Yaye sea que fuese demasiado valiente para cometer un asesinato, sea por otra causa cualquiera, retiró la mano de su jubon entreabierto, y se sentó de nuevo.
—¿Con que lo sabes todo? exclamó con acento convulso por la cólera: con que sabes, que esa mujer á quien elegí en mal hora para instrumento de mi venganza, me esclaviza, se burla de mí, me trata como un perro cuando me cree Bempo, y me deshonra creyéndome el príncipe Lorenzini Maffei! ¡Oh! no importa: yo sé tambien que tú, bandido como yo, emir de los Monfíes de las Alpujarras estás herido en el corazon, deshonrado en tu hija, como yo estoy herido en el corazon, deshonrado en mi esposa, por un mismo hombre, por el marqués de la Guardia. ¡Oh! secreto por secreto monfí; y puesto que necesitamos vengarnos....
—¿Y que culpa tiene el marqués de la Guardia, dijo imperturbable el duque de que le haya amado mi hija, de que le haya amado Angiolina?
—El marqués no la ama, exclamó con sarcasmo Laurenti; el marqués la ha tomado por instrumento para dar zelos á tu hija.... y lo ha conseguido....
—Escucha Laurenti, dijo Yaye levantándose y asiendo á Bempo de un brazo con la fuerza de un gigante. Estás en mi poder.
—¿En tu poder yo? exclamó el bandido pretendiendo en vano desasirse.
—A donde quiera que vayas, donde quiera que te ocultes allí te encontrará mi mano. No lo pruebes, por que serias vencido en la prueba. En cualquier terreno que elijas te haré pedazos si te niegas á servirme.
—Yo no he servido á nadie mas que á esa mujer...
—A quien no debiste deshonrar, á quien no has debido servir.
—Tú has prostituido tu hija al príncipe don Cárlos: tú te has visto obligado á apartarla de la córte, para que la córte no sepa tu deshonra.
—¡Laurenti! exclamó el duque echando á su vez mano á su daga.
—¡Laurenti es siempre el indomable rey de la campiña de Roma! contestó sin inmutarse el bandido: Laurenti desprecia el furor del emir, como antes el emir de los monfíes ha despreciado el furor de Laurenti.
Yaye dejó la daga, soltó á Laurenti y se sentó de nuevo en el sillon.
—Quiero que me digas, como has sabido mi nombre, exclamó despues de unos instantes de silencio, recobrando enteramente su calma.
—En Granada hay muchas personas que saben la interesante historia de la hija y de la nieta del duque de la Jarilla: como en Roma hay otras que saben la historia de Paolo Visconti: ademas como hubo un bandido que vendió en Roma á Laurenti, hubo tambien en Granada un monfí que vendió al emir de las Alpujarras... Habian pagado á peso de oro, ó por mejor decir el alcalde de casa y córte que habia tomado la declaracion del monfí traidor, prefirió vender aquella declaracion enriqueciéndose, á servir al rey denunciando al falso cristiano, al falso duque: pero el juez se quedó con copia de la declaracion por si alguna vez necesitaba algun dinero, y se la vendió á Laurenti el bandido, que sabe andar sin perderse por un laberinto y llegar al fin, solo con que coja el cabo de un hilo: esa declaracion existe.... y acaso acaso esté á estas horas en poder del rey.
Yaye se puso letalmente pálido, sus ojos inyectados de sangre rodaron en sus órbitas y desnudó su daga: pero en aquel momento un resplandor vivísimo le cegó y luego... luego no sintió nada...
Cuando volvió en sí, se encontró en un lecho: sintió una pesadez inexplicable en la cabeza, se llevó las manos á ella y encontró un vendaje: revolvió los ojos en torno suyo y se encontró en un calabozo; movióse y sintió que sus piés estaban sujetos por un par de grillos. Vió junto á sí un hombre de aspecto rudo y quiso preguntarle: pero se sintió débil, y las palabras se ahogaron en su garganta.
Aquel hombre pareció comprender el deseo de Yaye y le dijo como si este le hubiese hecho una pregunta:
—Habeis sido herido en vuestra casa de un pistoletazo en la cabeza por el príncipe Lorenzini Maffei, segun han declarado vuestros criados; el príncipe ha desaparecido: estais preso en el Santo Oficio por hereje, sacrílego y traidor al rey y si no moris de la herida, morireis quemado en auto público del Santo Oficio de la general Inquisicion.
Yaye á falta de voz, dió á aquel hombre con una expresiva mirada las gracias por su noticia, y luego, encerrándose en su pensamiento, exclamó en el fondo de su alma:
—¡Satanás se ha conjurado contra mí!
CAPITULO XVIII.
Complicaciones.
Algunos dias despues de los acontecimientos que dejamos relatados estaba Madrid profundamente conmovido en sus dos círculos cortesanos, el alto y el bajo; algunas noticias extraordinarias habian ido circulando de boca en boca, agravándose mas, á medida que se sucedian.
Primeramente, la hermosa duquesita habia desaparecido de la córte sin despedirse de nadie, y sin que nadie supiese á donde habia ido.
En segundo lugar el hidalgo don César de Arévalo, tutor del marquesito de la Guardia, andaba desolado por calles y plazas, tabernas y garitos, mancebías y palacios, en busca de su sobrino que tambien se habia perdido. Ayudábale en su árdua empresa Peralvillo, lacayo favorito y confidente del marqués, mozo despierto y de puños, á quien no hemos tenido ocasion de citar hasta ahora, y señalado con un profundo chirlo en la cara, pero no por eso feo, ni desgraciado, respecto á ciertas princesas de vida airada. Ni el tio ni el lacayo habian podido ponerse sobre el rastro del marquesito.
Ademas de esto y de que los acontecimientos que vamos á relatar, fueron los que mas impresion causaron en la córte, el mismo dia de la salida de Amina de Madrid, á la hora de la audiencia, apareció fijado en la mampara de la antecámara pública de palacio, un papel en forma de carta, escrito, al parecer, por una mujer, con señales de haber estado arrugado, y vestigios de lágrimas en que se leian estas palabras:
«Don Juan de mi alma: hay cosas que el pudor impide á una mujer revelarlas ni aun á su mismo esposo, pero es preciso que sepas que alienta en mis entrañas un hijo de nuestro amor. Tu Esperanza.»
Por debajo estaba, pegado asimismo, otro papel escrito tambien al parecer por otra mujer, en que se leia en letras gordas:
«La esperanza de este don Juan, es la hermosa duquesita de la Jarilla, y el alma de esta Esperanza es el marquesito de la Guardia.»
El escándalo era soberano y debia retumbar de una manera imponderable: antes de que un ugier arrancase estos dos papeles y los entregase al gentil hombre de cámara de servicio, ya se habian sacado cien copias por los curiosos, y ya aquellos curiosos se habian esparcido por Madrid, llevando consigo el escándalo.
Pero no era esto solo.
Aquellos dos carteles fueron entregados al rey que despachaba á la sazon con el cardenal Espinosa.
Felipe II leyó letra por letra los dos escritos, meditó algun tanto sobre ellos, y luego dijo posando una mirada glacial en el cardenal secretario:
—Que se averigue á todo trance quién ha puesto estos carteles en palacio, y averiguado y probado que sea, que le ahorquen secretamente sin distincion de clase ni persona.
El cardenal dió las órdenes oportunas, y á poco volvió trayendo un pliego en las manos.
—¿Qué es eso? preguntó el rey.
—Se ha encontrado este pliego en una de las habitaciones bajas del alcázar, donde han debido arrojarle por una reja, con sobre á vuestra magestad.
Tomó el rey el pliego.
Sobre su nema se leia en letra exactamente igual á la que habia esclarecido de una manera tan infame la carta de Amina al marqués:
«Al católico y justiciero rey de las Españas.»
El pliego era voluminoso.
Contenia las pruebas que contra Yaye poseia la princesa Angiolina: la historia del casamiento del emir con Estrella, la muerte del anterior marqués de la Guardia, la declaracion del monfí traidor, y ademas la para el rey terrible revelacion de que su hijo el príncipe don Cárlos le hacia traicion conspirando contra su persona.
«Y tenga en cuenta vuestra magestad, concluia la carta, que el hombre de quien se trata, es poderoso, rico, mas rico que vuestra magestad, y que si vuestra magestad tiene en su córte un ejército, en la córte, tiene tambien ese hombre un ejército de monfíes disfrazados.»
Solo por el cuidado con que don Felipe leyó aquel proceso, que tal lo parecia el contenido del pliego, pudo traslucir Espinosa que se trataba de un asunto de gran importancia: el rostro del rey habia permanecido impasible. Despues que los hubo leido y releido, dobló de nuevo aquellos papeles, los puso bajo su libro de devociones, y dijo al cardenal:
—Que me llamen con urgencia al marqués de los Velez.
Despues se puso á hojear algunos memoriales, y cuando volvió el cardenal le dijo:
—Sigamos en el despacho de Indias.
Rey y secretario siguieron en el despacho.
Como á las once del dia un gentil hombre anunció á don Luis Fajardo, marqués de los Velez, que fue introducido.
El rey despidió al cardenal y se quedó solo con el marqués, á quien ni miró ni dijo una sola palabra.
El rey escribia.
—Tomad y cumplid inmediatamente esta órden, adelantado, dijo el rey entregando al marqués de los Velez el papel en que habia escrito.
Don Luis hincó una rodilla para tomar el papel, alzóse despues, saludó profundamente al rey y salió.
Al llegar á la antecámara, el marqués de los Velez se detuvo, y ocultando la órden en el hueco de su gorra, la leyó; decia asi:
«El rey.—A nuestro muy leal vasallo don Luis Fajardo, marqués de los Velez, adelantado en el reino de Murcia.—Haceos acompañar de nuestra órden de un alcalde de casa y córte y de un secretario. Tomad, asimismo de nuestra órden, treinta alabarderos y un alférez de nuestra guardia suiza; id con esta gente á la casa de don Juan de Andrade, duque viudo de la Jarilla, grande de España, y prendedle muerto ó vivo. Mandad al alcalde en nuestro real nombre, que haga inventario de los papeles del duque, y de cuanto hubiere en su casa, que la desocupe, que selle los armarios, cajones y puertas, y que ponga un cartel en la puerta en que se conmine con pena de la vida al que pretendiere penetrar en dicha casa. Preso que sea el duque, le conducireis á la cárcel del Santo Oficio, que tiene en nuestra córte la Inquisicion del arzobispado de Toledo, y mandareis, so pena de la vida, que nadie hasta nuestra órden comunique con el preso. Del cumplimiento de esta me respondeis como vasallo.—De nuestro alcázar de Madrid á los cinco dias del mes de julio de 1567.—Yo el rey.
El marqués de los Velez palideció primero, arqueó las cejas, y despues se encogió de hombros, y sobre la marcha empezó á cumplimentar la órden del rey.
A las doce en punto, llegaba acompañado de un alcalde de casa y córte, de un secretario, de algunos alguaciles y de un alférez y cincuenta alabarderos suizos á la casa de Yaye. Cercóla á la redonda, tomó las salidas y se hizo anunciar á Yaye de órden del rey.
Pero encontró la casa en la mayor consternacion: los criados iban de acá para allá, y no sabian que hacerse; al fin vino á sacarse en claro, que aquella mañana habia entrado á visitar al duque un caballero que decia llamarse el príncipe Lorenzini Maffei, que despues de largo tiempo que el duque y el príncipe estaban encerrados, se habia oido un tiro en la cámara del duque; que el príncipe habia desaparecido en el primer momento de sorpresa, y que acababan de encontrar al duque en su cámara, sin conocimiento y con la cabeza atravesada de un tiro.
El marqués se hizo conducir hasta Yaye de órden del rey; en vista del deplorable estado del emir, se llamaron doctores, y estos declararon que tal como se encontraba el herido era expuestísimo para su vida, el que se le trasladase á ninguna parte. El marqués de los Velez fue con estas noticias al rey, pero el rey mandó que se curase en su casa al duque, y que despues, fuese cual fuese su estado, se le condujese de la mejor manera posible á la cárcel del Santo Oficio. Asimismo mandó que se prendiese al príncipe Lorenzini Maffei.
Hízose á Yaye la primera cura, sin que volviese en sí, despues de lo cual fue puesto en una silla de manos y llevado á la prision.
En seguida el marqués de los Velez, se presentó en la casa del príncipe Lorenzini; salióle al encuentro Angiolina que se mostró profundamente admirada de que un caballero tan galante como don Luis Fajardo fuese á visitarla al frente de la justicia, y acompañado de un tan respetable resguardo de alabarderos reales.
—El rey lo manda, hermosa señora, dijo con galantería el marqués, y me veo en la dolorosa pero imprescindible necesidad de prender á vuestro esposo.
—Pues os desafío á que le prendais, dijo riendo Angiolina: aunque trajerais con vos, señor don Luis, todos los ejércitos de su magestad, seria imposible prenderle.
—¡Imposible porque le guardais vos! dijo sosteniendo su galanteria el marqués.
—Yo soy muy débil guarda contra el rey, dijo Angiolina, pero la imposibilidad de que prendais á mi esposo consiste..... en que no está en España.
—¡Oh! ¿no está en España el señor príncipe?
—No, no por cierto; está en Venecia, donde procura porque la república me devuelva los bienes que en otro tiempo confiscó á mi padre.
—¡Ah! ¿con que el señor príncipe está en Venecia?
—Ni mas ni menos, y en prueba de ello, ved, ved una carta que acabo de recibir de él.
—¡Ah! basta vuestro dicho, señora, dijo el marqués rechazando noblemente una carta que Angiolina habia tomado de encima de una mesa. Ademas, no conozco la letra ni aun la persona de vuestro esposo.
—Se le conoce muy poco ó nada, señor marqués; mi esposo es un hombre extraordinario. Yo apenas le conozco; hace seis años que nos casamos y despues de la ceremonia solo permaneció un dia á mi lado; despues me envió á España; sucesivamente ha venido á visitarme dos veces al año, y eso por un solo dia; emplea el tiempo en viajar y en escribirme con suma frecuencia cartas amorosas; eso lo sabe todo el mundo en Madrid; se sabe tanto, que me llaman de pública voz la casada doncella..... y ¿qué ha hecho, ó qué dicen ha hecho el príncipe para que el rey quiera prenderle?
—Se le acusa de haber dado muerte al duque viudo de la Jarilla.
—¡De haber dado muerte al duque de la Jarilla! exclamó palideciendo profundamente Angiolina, y dejando su acento y su aspecto ligero y galante; pero eso es imposible, don Luis; imposible de todo punto; puedo probar que mi esposo está ahora mismo en Venecia, á no ser que haya venido corriendo postas como esta carta. Deben haberse equivocado; alguien debe haber tomado el nombre de mi esposo para cometer ese asesinato.
—¿Es el príncipe un caballero como de cincuenta años?
—Sí.
—¿Un tanto encorbado?
—Sí.
—¿Con los cabellos entrecanos, largos y rizados?
—Exactamente, exclamó con asombro Angiolina.
—¿Usa anteojos verdes?
—Sí, si señor, porque tiene débil la vista.
—¿Ademas la nariz un tanto gruesa y encarnada?
—No hay duda, esas son las señales de mi esposo.
—Señales que ha dado uno de los criados del duque al alcalde de casa y córte que me acompañaba, y que escritas traigo conmigo. Mirad, princesa, mirad.
El marqués sacó de su limosnera un papel doblado que desplegó y entregó á Angiolina.
—Si, si, dijo esta cada vez mas turbada, con sus señas; pero os juro, don Luis, por mi honor, que no he visto al príncipe, que no le esperaba, y por lo tanto que no está en mi casa.
—Os creo señora, os creo, dijo el marqués guardando de nuevo el papel que le devolvió Angiolina: vuestras palabras rebosan ingenuidad, pero me veo en el doloroso compromiso...
—¡De prenderme...! exclamó trémula y conmovida la princesa.
—¡Oh! ¿quien piensa en eso? dijo el marqués: ¿quien podrá haceros cargo de un delito que no habeis cometido? solo he querido decir al hablar de compromiso, que no puedo escusarme de registrar vuestra casa, para asegurarme y asegurar al rey con testimonio de escribano que no se encuentra en ella el príncipe.
—¡Ah! eso es distinto: podeis registrar cuanto gusteis, don Luis, pero antes de que registreis tengo que haceros una advertencia.
—Advertidme cuanto gusteis.
—En estos momentos hay en mi casa un hombre herido.
—¡Un hombre herido...!
—Si por cierto: el comediante Andrés Cisneros, á quien encontré muy tarde abandonado en la calle cuando volvia de casa de una amiga: pero ya he dado parte de ello al alcalde del barrio, el herido ha declarado, y sino ha sido trasladado ya á su casa, es porque el estado de su herida no lo permite.
—¡Ah! en ese caso nada temais, señora; por el contrario, esta bella accion añadirá nuevo brillo á vuestra ardiente caridad, que tanto conoce la córte. Ahora bien, como hace ya algun tiempo que estamos solos, y espera fuera la justicia, permitidme que para evitar enterpretaciones...
—Si, si, don Luis, registrad cuanto gusteis, voy á mandar que os abran mis criados todas las puertas.
Procedióse al registro, revolvióse la casa de alto á abajo desde los desvanes hasta los sótanos; abriéronse los muebles huecos, se tentaron las paredes y el príncipe no pareció: no podia haberse escapado porque el marqués de los Velez habia mandado cercar la casa antes de entrar en ella. Solo se encontró á Cisneros herido; pero Angiolina lo habia previsto todo, habia dado parte á la justicia, Cisneros, que habia declarado de una manera que apartaba toda responsabilidad de la jóven, prestó nueva declaracion ante el alcalde de casa y córte que acompañaba al marqués de los Velez, y cuando se le pidió el nombre de quien le habia herido, respondió que no le conocia, lo que era verdad, porque no habia tenido ni tiempo, ni luz la noche antes, para reconocer al marqués de la Guardia en su adversario.
Don Luis Fajardo salió con la justicia: apenas se vió sola Angiolina, tocó un silvato; entonces, como una aparicion, se la presentó el bandido Laurenti, bajo la figura de Andrea Bempo, y con el mismo trage que la noche anterior.
—Has puesto la carta de la duquesita en la antecámara de la audiencia, le preguntó.
—Si, contestó Laurenti; en la misma mampara.
—¿Has puesto el pliego que te dí en lugar á propósito para que pueda llegar á las manos del rey?
—Si.
—Gracias Bempo, gracias, dijo Angiolina estrechando entre sus blancas manos una membruda mano de Laurenti.
El bandido se extremeció como si hubiese recibido un choque galvánico y retiró su mano de las de Angiolina.
—Sucede una cosa muy singular, dijo esta, y es necesario averiguar lo que en ello hay de cierto. La justicia acaba de salir de casa.
—Lo sé.
—¿Y sabes por qué ha venido á casa la justicia?
—Buscando á tu esposo.
—¿Sabes de qué le acusan?
—Si: de haber herido ó matado al duque viudo de la Jarilla, al emir de los monfíes.
—¿Pero es eso cierto?
—¿Quién sabe? El príncipe Lorenzini es un hombre extraño. Siempre he desconfiado en él. ¿Y luego quién es ese hombre?
—Lleva un ilustre nombre italiano.
—¿Pero sabeis quién es ese hombre?
—Acuérdate, Bempo, de que tu fuiste quien me aconsejaste...
—Si te aconsejé que te casarás con el príncipe, te lo aconsejé porque debia aconsejartelo; cuando te libre de mi capitan el infame Laurenti, el hombre que en medio de un misterio tenebroso te esclavizaba, te hacia sufrir su odiosa brutalidad, pudimos sostenernos durante algun tiempo con el dinero que logré sacar de las canteras que nos servian de asilo. Despues la caberna fue descubierta: me ví privado de los recursos que me proporcionaban algunos compañeros que conspiraban conmigo contra el capitan, y sobrevino la miseria, una miseria horrible: yo no sabia ningun oficio, no sabia mas que robar, y esto, encontrándome solo era dificil: nos vimos obligados á buscar un medio de vivir; entonces tú, con ese corazon fuerte que Dios te ha dado me dijiste: yo soy hermosa, se tocar el laud y cantar; viviremos como vivian los trovadores en otros tiempos: yo ganaré nuestro pan, tú me acompañaras y me defenderas. Asi recorrimos la Italia. Un dia en Nápoles, un autor de cómicos españoles te vió, y te dijo si querias formar parte de su compañía; aquello era mas cómodo y mas decente que andar por calles y plazas como mendígos sufriendo soeces injurias. Fuiste cómica, yo fuí cómico: antes de mucho teniamos fama, nos aplaudian, ganábamos dinero abundante. Otro dia en Pésaro, te vió el príncipe representar en una farsa y se enamoró de tí. Aquel hombre no te buscó como se busca á una mujer perdida: aquel hombre te dijo redondamente que si querias ser su esposa. Yo te amaba lo bastante para anteponer tu felicidad á la mia, te amaba, aunque no tenia esperanzas de ser correspondido, aunque me tratabas como un esclavo, porque conocias mi amor y abusabas de él.
—¡Ah! no, no, Bempo: es verdad que Dios no ha querido que yo te ame, que he abusado acaso de tí... pero...
—Dejemos eso, la interrumpió Laurenti; dejemos eso, porque me mortifica y no quiero pensar en ello. El príncipe, antes de casarse contigo, quiso que estuvieses algun tiempo en un convento de Nápoles, para cubrir las apariencias. A los dos meses eras su esposa, y te enviaba á España, para evitar que alguien te conociera en Italia, por donde habias andado vagando como cantora y como cómica. Yo te seguí como sigue la sombra al cuerpo, y en seis años que llevas de casada, he visto muy pocas veces al príncipe.
—¡Oh! ¡nunca he podido comprender á ese hombre! exclamó Angiolina.
—¿Y estás segura de que ese hombre tan misterioso, no sea el bandido Laurenti?
—¡El bandido Laurenti! exclamó estremeciéndose Angiolina; yo no le conozco, nunca le he visto: si sé que fue él el bandido que me robó, que me deshonró, que me obligaba á satisfacer sus deseos en medio de una eterna oscuridad, es porque tú me lo has dicho: en el aposento subterráneo en que yo estaba, no entraba otra persona que el capitan Laurenti. A mí, á pesar de la oscuridad, me parecia jóven y hermoso... muy diferente del príncipe...
—¿Y no has tenido nunca un recuerdo de amor para Laurenti? dijo él mismo con voz insegura, que Angiolina atribuyó á zelos.
—¡Yo! ¡amar yo al miserable que me robó, que me deshonró, que mató mi porvenir, que asesinó á mi padre! ¡Amarle yo! si le conociese... si le conociese, le sonreiria, sí, le colmaria de caricias, seria una vez mas suya, y... le mataria cuando estuviese dormido entre mis brazos.
—¡Ah! exclamó Laurenti...
—Y si supiera que el príncipe era él... si lo supiera, si el príncipe volviera á verme... ¡Oh! le daría ese amor que tanto desea... para matarle, Bempo, para matarle, para vengar mi deshonra, para vengar á mi padre.
—¡Ah! exclamó de nuevo y mas profundamente Laurenti.
—Pero tú, que conoces al príncipe, tú que has sido bandido de Laurenti, descubre si el príncipe es Laurenti.
—Nadie, ni el mas valiente, ni el mas allegado de sus bandidos, ha visto nunca el rostro del capitan Laurenti, eternamente cubierto con una máscara de hierro.
—¿De modo que nada sabemos?
—Nada.
En aquel momento un criado entró con una carta para la princesa.
Esta notó que la letra del sobre era del príncipe.
—¿Quién ha traido esta carta? dijo preocupada por aquel inesperado accidente.
—Un hombre encubierto, que no se ha detenido, señora; contestó el criado.
—Vete.
Angiolina rompió la nema de la carta, y la leyó rápidamente.
—¡Ah! exclamó con un acento emanado del fondo de su alma; ¡abandonada! ¡abandonada otra vez á mí misma!
—¡Abandonada! ¿y de quién? exclamó Laurenti.
—¡De quién! ¡del príncipe! toma y lee.
Laurenti tomó la carta que conocia demasiado, y la leyó en voz alta.
Aquella carta decia:
«Mi adorada Angiolina: me veo en la triste necesidad de deciros, que á contar desde el dia de hoy, no puedo serviros de nada. Estoy arruinado. He muerto ademas á un hombre poderoso, al duque de la Jarilla, y me veo obligado á huir, á ocultarme, porque ese hombre tiene parientes poderosos. Volved, pues, reina mia, á vuestro oficio de cómica, y buscad otro príncipe que se case con vos...
—¡Ah! ¡yo no he leido eso! exclamó Angiolina.
—Pues aun queda mucho de la carta, que por lo visto no has leido.
—¡Ah! sigue Bempo, sigue.
Laurenti siguió.
»Buscad otro príncipe que se case con vos, lo que podeis hacer sin escrúpulo de conciencia, porque no estais casada, ni yo soy príncipe. Por lo demás, aunque vos os habeis jactado de que yo no habia obtenido la felicidad de poseeros, estais en un error. Os he poseido tanto, como que me llamo Laurenti...
—¡Ah! exclamó Angiolina.
—¡Ya lo sospechaba yo! exclamó con la mayor formalidad Laurenti.
—¡Oh! ¡sigue Bempo, sigue! exclamó irritada Angiolina.
»Como ya no tengo mis buenos bandidos, como se me han acabado las riquezas que pude salvar de mi antigua guarida, no solo no puedo daros, sino que, mientras vos cuidabais al hermoso comediante Cisneros, os he tomado los diamantes y las perlas que os habia regalado, valiéndome para ello de la llave de vuestro postigo, que siempre me acompaña. Sin embargo, os quedan las alhajas con que estabais prendida, mientras yo hacia mi último robo, con las cuales podeis vivir algunos meses.—Vuestro enamorado.—Giussepo Laurenti.»
Angiolina miró pálida y convulsa á Laurenti.
—¡Y qué hacer! ¡qué hacer Dios mio! exclamó llorando.
—Aun queda un recurso, dijo Laurenti, si sigues mis consejos.
—Por ellos me casé con ese infame.
—Ya te he dicho que yo no conocia al capitan, me ha engañado como á tí. Los consejos que te daré ahora son mas juiciosos.
—Te escucho.
—Yo te amo Angiolina, te amo con toda mi alma. En España no me conoce nadie, y seré capaz por tí de ser un hombre honrado.
—Y bien, dijo con impaciencia Angiolina.
—Sé mi esposa.
—¡Tu esposa!.... ¿y qué hemos de hacer pobres, sin apoyo..? tú no sirves para nada mas que para bandido... esto sería expuesto... yo no sé mas que representar y cantar... tú tenias zelos cuando era cómica. ¿Si no adoptamos ninguno de esos dos partidos, cómo podremos vivir?
—Te quedan bastantes alhajas de valor, y ricos trajes. Los muebles de tu casa ascienden á una buena suma...
—Pero viene un dia y otro dia, y el dinero se acaba.
—Sí... cuando el dinero no se emplea... pero podriamos vender esas alhajas, esas ropas, esos muebles; comprar unas tierras en un rincon de Asturias ó de Galicia, y vivir felices.
—¡Déjame que me vengue, y soy tuya! dijo Angiolina, levantando hácia Laurenti sus ojos cubiertos de lágrimas.
—¡Qué te vengues! ¿y de quién?
—De la duquesita de la Jarilla.
—¡Ah! ¡tú amas al marqués de la Guardia!
—Pues bien, sí, dijo Angiolina levantando la frente radiante de amor: no quiero engañarte Bempo; le amo, le amo con toda mi alma, le he entregado mi corazon vírgen, y mi cuerpo... ¡vírgen! ¡vírgen tambien! ¿Qué importa? la violencia y la fatalidad no mancillan; yo he salido pura de las manos de Laurenti, como habia caido en ellas; yo he dado á don Juan toda mi alma, todo mi amor, toda mi felicidad... y don Juan no me ama, don Juan ama á esa sultana, como que es mas noble, mas hermosa, mas rica, mas jóven, mas feliz que yo, ¡necesito completar mi venganza contra esa mujer, y despues morir! No quiero engañarte Bempo, te debo mucho; te lastima mi trato acaso duro, esa es la corteza Bempo, debajo está el corazon; yo no puedo ser tu amante, seré tu hermana: si esto no te satisface, si te he hecho desgraciado sin quererlo, déjame que me vengue, y mátame despues.
Laurenti miró de una manera profunda, severa, terrible, desesperada, á Angiolina: sus ojos se tiñeron de sangre, y puso mano á su puñal: Angiolina se creyó sentenciada, dió un grito y cayó de rodillas: Laurenti la contemplo un momento en silencio; en su semblante se pintó una lucha horrible, y luego la volvió la espalda y salió de la estancia.
Angiolina se dobló sobre sus rodillas, se cubrió el rostro con las manos, y rompió á llorar de una manera desolada.