El peregrino y el ermitaño.
Un dia de invierno del año de 1568, domingo por cierto á 19 de diciembre, despertó Granada, la que llaman los poetas paraiso oriental, jardin de amores, alcázar de perlas, castillo fuerte y contentamiento de la vida; despertó, decimos, tan envuelta en nieblas, que no parecia sino dueña mogigata y pudibunda, ú honesta desposada, que sale á la calle la mañana siguiente de sus bodas, y se cubre con su rebocillo en el breve tránsito de la casa nupcial á la iglesia. Lo cierto del caso es, y nos dejamos de peligrosas figuras, que tal y tan espesa era la niebla, que apenas se lograban ver los objetos á diez pasos de distancia; que algo mas allá los árboles parecian fantasmas y que, por último, algun espacio mas allá nada absolutamente se veia mas que el fondo perdido, vago y flotante de las extremidades de las nubes que tocaban á la tierra y la inundaban con una lluvia menuda, espesa y fria como la nieve.
Corria, otro si, un vientecillo tan sutil y helado que los traginantes y demás gente de camino que iban por el de las Alpujarras á Granada, tenian gran cuidado de llevar calados los chapeos hasta los ojos y subidas las mantas, capas ó capotes hasta las narices, requisito sin el cual se exponian á convertirse en carámbanos, á beneficio de un aire colado y á pesar del cual se les helaba el aliento á la salida de las narices, escarchándose sobre los mostachos de quien los tenia: era, en fin, una de esas homicidas mañanas de invierno contra las cuales no hay mejor defensa que el lecho y una habitacion herméticamente cerrada y convenientemente caldeada.
Si fuera preciso que nuestros lectores nos acompañasen en cuerpo y alma, en una mañana tal y con tal frio, al lugar en que es necesario que nos apostemos para esperar á ciertas personas, estamos seguros que del infinito número de lectores que han de tomar en sus manos este libro, solo quedaria alguno de esos calaveras á quienes nada pone espanto, y que estan siempre dispuestos á correr una aventura, siquiera sea en el infierno, ó algun desesperado cansado de la vida, y á quien fuese indiferente morir de pulmonia, de pasmo ó á mano airada. Pero, afortunadamente, tanto nuestros lectores como nosotros, no tenemos necesidad de otra cosa que de trasladar nuestra atencion, entidad moral é incorpórea, agena por lo tanto al frio ó al calor atmosférico, á la ermita de san Sebastian, antigua mezquita de moros, convertida despues de la conquista de Granada por el celo religioso de nuestros abuelos en santuario y hoy (vicisitudes de la suerte) por el espíritu mercantil y codicioso de nuestra época, en taberna.
Sin embargo, y decimos esto de paso; sin embargo de que el humo del aceite del figon y de los cigarros de los borrachos, ha ennegrecido el interior de aquel pequeño edificio cuadrado, á pesar de que un innoble hacecillo de sarmientos se mueve al impulso de las auras del Genil sobre el venerable arco árabe de la antigua mezquita, como en muestra de que allí puede embriagarse todo el que quiera por algunos maravedises, aquel edificio, envilecido por los hombres, conserva los gloriosos recuerdos de haber acampado junto á él los ejércitos de Castilla y de Aragon, el mismo dia en que se entregó Granada á los Reyes Católicos, que, rodeados de su córte, de sus prelados y de sus mas grandes capitanes, vieron desde aquel punto ondear sobre la distante torre de la Alcazaba de la Alhambra los tres pendones de Castilla, de la fe y de las órdenes militares: una lápida antigua, incrustada en el lado oriental de la ermita que conserva en una sencilla inscripcion estos gloriosos recuerdos históricos, forma un enérgico contraste, es casi una protesta, contra el hacecillo de sarmientos y las impuras bacanales de rameras y gente perdida, cuotidianos concurrentes del garito, y una voz muda, pero severa, que acusa ante el buen patricio, ante el hombre de corazon y ante el extranjero, la incuria de los que no han sabido defender del envilecimiento, aquel depósito de tan nobles tradiciones, aquel santuario donde se ha elevado entre el humo del incienso del altar, el homenaje de adoracion y alabanza del hombre á su Criador.
Pero dejando el tono declamatorio que sin saber cómo, nos ha inspirado el recuerdo de la mezquita-templo-taberna, situémonos junto á ella y veamos si llegan las personas á quienes esperamos.
Inútil es decir que en aquellos tiempos la ermita de san Sebastian era una verdadera ermita, con su fraile-lego-sacristan, su esquilon colgado entre dos postes sobre la puerta, su rejilla de hierro abierta en ella, y su lámpara siempre encendida delante del altar, que se veia á través de la rejilla.
Acababa de amanecer, ó por mejor decir, de esclarecerse la luz del dia, harto empañada por la niebla, cuando de entre esta y ya cerca de la ermita, se destacó un bulto, primero informe, y perfectamente perceptible poco despues; componian el bulto un hombre y un asno; vestia el primero, que venia cabalgando en el segundo, un hábito de peregrino; esto es: sombrero de anchas alas, fatigadas por enormes conchas, muceta igualmente conchuda, túnica de buriel y bordon con la consabida calabacilla pendiente de su extremo superior; era el segundo un sesudo y robusto jumento de las Alpujarras, enjaezado con jáquima y albarda á la morisca; esto es: enriquecidas ambas con flecos de estambre y seda de colores á que llaman alhamares de la tierra, y adornada la cabeza con un penacho voluminoso, cuya tiesura contrastaba de una manera original con lo abatido y lacio de las enormes orejas del jumento, abatidas por el frio y por la lluvia.
En vez de seguir adelante por el enlodado y difícil camino que siguiendo por la márgen izquierda del Genil, sobre que está situada la ermita, conduce al cercano puente y á la ciudad, el peregrino tocó suavemente con la extremidad de su bordon el lado derecho de la cabeza del asno, y este se dirigió en derechura á la puerta de la habitacion del ermitaño, adherida por la parte del rio á la ermita.
Es de advertir que el peregrino no se habia descubierto ni santiguado al pasar junto á la cruz de piedra situada delante de la ermita, irreverencia notabilísima en aquellos tiempos, y que hacia sumamente sospechoso á quien tal desacato se permitia: ello es verdad que nadie podia haberlo visto, porque en la pequeña área en que podian ser perceptibles los objetos á causa de la niebla, no habia otra persona que el irreverente, ni otro testigo que el asno, y aun este, por su posicion natural, no podia notar la falta, y caso de que la hubiera notado, ya sabemos hasta donde llegan el silencio y la discrecion de un borrico.
Apeóse el peregrino cuando el animal hubo de detenerse, no pudiendo pasar adelante á causa de la interposicion del muro de la ermita, y acercándose aquel á la puerta de la habitacion del ermitaño, dió en ella y consecutivamente tres fuertes golpes con el herrado cuento de su bordon.
Contestó inmediatamente tras de la puerta una voz nasal y característica, verdadera entonacion frailuna y untuosa, á cuyo sonido contestó el peregrino en dialecto extranjero gutural y acentuado:
—¡Al-jandul-illah![15]
—¡Le ille-Allah![16] contestó inmediatamente con entonación devota y enérgica una voz robusta y varonil, al mismo tiempo que se abría la puerta y dejaba ver un ermitaño robusto de cuerpo, de barba bermeja, cútis cobrizo y ojos negros y centelleantes, envuelto en un hábito ceniciento de franciscano descalzo.
Miráronse frente á frente ermitaño y peregrino y el primero dijo al segundo:
—Yo esperaba á un hombre que pronunciara á mi puerta el nombre de Dios.
—Yo soy ese hombre, contestó el peregrino.
—¿Ha llegado el dia hermano? dijo el ermitaño.
—Se acerca la hora, contestó el peregrino.
—Muéstrame una señal para que pueda creerte.
—Déjame entrar en tu casa, dijo el peregrino, viendo que el ermitaño cubria recelosamente la estrecha entrada.
Apartóse el ermitaño, y el peregrino tirando del ronzal del asno, le introdujo en un reducido patio en cuyo centro existia aun la pequeña fuente de ablucion de la mezquita, y al fondo bajo un parral en esqueleto, una preciosa puerta árabe minuciosamente labrada y orlada de inscripciones cúficas, con leyendas del Koram.
El ermitaño cerró inmediatamente la puerta exterior: entonces el peregrino se quitó el sombrero, levantó una de sus conchas, y arrancó de ella un pequeño pergamino cuidadosamente enrollado, que habia estado adherido con cera á la parte interna de la concha, le desenrolló y le mostró al ermitaño.
Este leyó lentamente el contexto del pergamino, que consistia en algunas líneas de pequeños y hermosos caracteres africanos, escritos con tinta roja.
—¿Cómo te llamas? dijo el ermitaño mirando profundamente al peregrino.
—Abul-Hhassan, contestó aquel.
—¿Por dónde se camina hacia la luz hermano? replicó el ermitaño.
—Por las tinieblas, contestó el peregrino.
—Bien venido seas, hermano, dijo el ermitaño tomando la mano derecha del peregrino y llevándola á la frente, muestra de aprecio y de amistad entre los moros, recibida por ellos de los árabes.
—Que el Altísimo y Unico te pague tu buena acogida hermano, contestó el peregrino.
—Entra y conforta tus miembros, Abul-Hhassan, dijo el ermitaño; por acá tenemos el invierno crudo, y vienes sin duda de tierra donde el sol es siempre ardiente.
—Vengo de Argel.
—¿Y qué noticias traes?
—Malas, muy malas; dijo el peregrino sentándose en un taburete junto á un hogar en que habia fuego.
—¿Malas noticias dices que traes?
—El dey Aluch-Alí, desconfia de nosotros.
—¡Que desconfia de nosotros! y bien: tiene razón: hasta tal punto sufren los moriscos las tiranías y las afrentas con que los afligen los castellanos, que debe creerlos cobardes, y lo son, si, por la santa Kaaba. ¿Por qué no imitan á los monfíes de la montaña?
—Pero el dia de la venganza y del exterminio se acerca, exclamó con energía Abul-Hhassan.
—¿Y qué haran los moriscos solos, rodeados por todas partes de soldados, de alguaciles y de inquisidores?
El peregrino sonrió con desden.
—El pueblo de Dios, dijo con solemnidad, vive entre los infieles; parece sumiso y resignado; pero se agita en silencio, y está en todas partes; en las casas de los magnates cristianos, sufriendo sus insolencias y comiendo el pan de la servidumbre con la frente baja, la mirada tranquila, la sonrisa en los labios; en los conventos, vistiendo el sayal del fraile cristiano; bajo las banderas del rey impío, vistiendo el coselete del soldado; nuestras hijas sonrien al castellano y le enamoran, mostrándole el rostro descubierto y dominándole con su hermosura; en nuestras casas entran descuidados, y en sus templos penetramos nosotros encubiertos; tú mismo pasas por santo entre ellos, eres sacristan de esta santa mezquita profanada, y ninguno desconfia de tí; yo, cuando paso por los caminos del infiel, con mi bordon de peregrino, les pido caridad en nombre de su dios, y con la máscara de mendigo penitente, paso entre ellos, que me respetan y llenan mi bolsa con sus limosnas. ¿Quieres mas? Llegará un dia en que el vencido, humillado hoy, envilecido, doblegado ante su señor, se levante con el puñal en una mano y la tea en la otra, cuando menos lo esperen los cristianos; cuando esten mas confiados por nuestra humildad y nuestro sufrimiento, y ese dia ha llegado ya.
—Pero envuelto en nieblas: me parece muy pronto Abul-Hhassan.
—Dentro de pocas horas esas nieblas se habran deshecho ante la luz del sol; nos espera un hermoso dia, hermano.
—¿Y por qué si tienen los moriscos tantas esperanzas los abandona el dey de Argel?
—Su guerra con los venecianos, á que le lleva su fidelidad hacia el supremo emir de los creyentes, Selim II, á quien Dios prospere, le tiene sin naves y sin dinero; hoy no nos podria dar ni una sola fusta, ni un solo soldado, ni una sola dobla. Esperémoslo todo del sultan, del sublime Selim. Entre tanto nos ayuda el emir de los monfíes de las Alpujarras.
—Ya, ya lo he visto por el pergamino que me has entregado.
—Si unidos á los monfíes de la montaña logramos apoderarnos de Granada y poner en armas la tierra desde Almería á Gibraltar; si vencidas, como es de esperar, las armadas de Venecia, puede el sultan enviarnos sus galeones, y sus taifas, que haran innumerables las taifas berberíes, España volverá á ser nuestra como lo fue en tiempos de Muza y de Tarik, y ¡ay entonces de la infame Europa! la palabra de Dios llevada adelante por las espadas del Islam, llenará la tierra desde el Oriente á las mas altas regiones del Occidente, mas allá de los grandes mares, y desde el Mediodia al Septentrion; hasta los eternos hielos.
—Cúmplase la voluntad de Allah.
—Y se cumplirá, asi está escrito: ¿no crees tú en lo que revelan esas palabras de luz que se llaman estrellas?
—La carta que me has dado dice que eres sabio y astrólogo: solo Dios sabe lo oculto, y él lo revela á sus escogidos. ¡Cúmplase la voluntad de Dios!
Hubo un momento de silencio.
—¿Quién te ha dicho que me busques? preguntó al cabo el ermitaño que no confiaba mucho en Abul-Hhassam.
—El emir de los monfíes.
—¿Y dónde has visto al emir?
—En las Alpujarras.
—¿Cuánto tiempo hace?
—Dos dias.
—Y nada mas te ha dicho el magnífico emir al enviarte á mí.
—Si me ha dicho: busca al Julaní que vive encubierto en la mezquita de Al-Morabethin[17] y á quien los cristianos llaman el hermano Pablo; desde la mezquita hasta la casa de su hermano el Hardon en el Albaicin hay una larga mina, cuya entrada por la mezquita sabe él solo: no es prudente que tú, hombre de Dios, andes á la luz del dia por Granada, ni te aposentes en las posadas públicas; en la ciudad hay gente que te conoce y que sabe que andas oculto desde el levantamiento de las Guajaras. Toma este escrito: mediante él, el Julaní te abrirá la puerta de la mina, y por bajo de Granada, llegarás á casa del Hardon. Esto me dijo el emir al darme el escrito que te he entregado.
—Tú eres el faqui, dijo aun con recelo, pero mas tranquilo el Julaní, que hace algunos años dijiste que las estrellas te habian revelado el nombre del escogido por Dios para ser rey de Granada.
—Sí es verdad, yo soy Abul-Hhassam el faqui.
—¿Y quién debe ser rey de Granada? dijo con sarcasmo el Julaní.
—Hubo un tiempo en que yo creí leer de una manera clara su nombre en el eterno libro del firmamento.
—¿Y era ese nombre el de Aben-Aboo, el hijo de doña Isabel de Córdoba y de Válor?
—Si, ese era el nombre que creí leer; pero despues las estrellas me han dicho: «espera solo un momento antes de que el pueblo de Granada se levante armado contra sus opresores y podrás saber ese nombre.»
—¿De modo que?...
—Esta noche á las doce, sabré quién ha de ser rey de Granada.
—Que Dios te ilumine para bien de su pueblo santo faqui, dijo el Julaní con acento de amenaza. Entre tanto, y como tu permanencia aquí no es prudente, ven.
El Julaní se levantó y llevó al faqui á un ángulo de la estancia donde estaba la humilde tarima de penitente, que le servia como complemento de su apariencia cenobítica; la apartó y debajo de ella quedó descubierta una trampa cerrada con un candado: sacó el Julaní una llave de la manga de su hábito, levantó la compuerta y quedó descubierta una trampa.
Abul-Hhassam fue á descender por ella.
—Espera, dijo el Julaní; es necesario que todo lo que ha venido contigo desaparezca.
Y salió al patio, asió el ronzal del jumento, tiró de él, le introdujo en la habitacion y le hizo descender por la trampa: siguióle Abul-Hhassam, y poco despues marchaban por un pasadizo llano, á cuyos costados habia algunas puertas, iluminado por una lámpara pendiente del techo.
—¡Daruh! exclamó el Julaní cuando estuvieron en el pasadizo.
Poco despues por una de las puertas laterales apareció un hombre jóven, robusto y de aspecto feroz, vestido exactamente como los monfíes de la montaña.
Este hombre examinó atentamente á Abul-Hhassam, y volviéndose al Julaní le dijo.
—¿Qué me quieres walí?
—Lleva este asno á la caballeriza, ponle pienso como á nuestros caballos y vuelve.
Daruh tomó el ronzal del asno, y desapareció con él por una puerta inmediata.
—¡Tus caballos! ¡tus caballerizas! exclamó con asombro el faquí.
—Si por cierto: estamos preparados: en un solo momento los monfíes de las Alpujarras saldran de debajo de la tierra armados y cabalgando como en tiempos de Boabdil.
—A quien Dios maldiga.
—Si; maldígale Dios: fue un traidor.
Apareció entonces Daruh.
—Guia á este hombre de Dios, le dijo el Julaní señalando al faquí, á casa del Hardon en el Albaicin.
—¡Qué! ¿de esta entrada corren muchas minas al interior?
—Tantas Abul-Hhassam, que si Daruh no te acompañase te perderias en su laberinto. Pero á Dios: no puedo faltar mucho tiempo de la mezquita: que Dios te guie y te ilumine, faquí.
—Que la proteccion del Dios Altísimo y Unico esté sobre tí, hermano.
Habia un ligero acento de amenaza en las palabras con que se habian despedido el wali y el faquí.
Daruh encendió una lámpara, y echó por la mina adelante precediendo al faquí.
El Julaní permaneció un momento inmóvil y pensativo.
—El emir lo quiere, dijo al fin; pero hace algun tiempo no eran esas sus intenciones: ¿le habrá engañado ese astrólogo embustero? ¿Quién sabe? Que Dios ilumine al magnífico emir.
Despues de estas palabras el Julaní subió, cerró la trampa, puso sobre ella la tarima, y tomando de sobre una mesa en que habia un crucifijo y una calavera, un cepillo de cobre, salió á la ermita, abrió su puerta y se puso en ella exclamando de tiempo en tiempo con voz compungida, y haciendo sonar algunas monedas que contenia el cepillo:
—¡Hermanos caritativos! ¡ayudad con vuestras limosnas al culto de esta santa ermita!
CAPITULO III.
La recua, el carro y el ginete.
El sol habia salido, y haciendo honor á los pronósticos de Abul-Hhassam, la niebla se habia disipado, contribuyendo á ello, un fuerte viento del Norte que habia arrojado las nubes hácia Sierra-Nevada, en cuya cima se agrupaban, como sirviéndola de turbante.
El golpe de vista que se gozaba desde la ermita de san Sebastian era bellisimo: una ciudad maravillosa, Granada, iluminada por los primeros rayos del sol de la mañana, aparecia, extendiéndose su anfiteatro desde el puente de Genil hasta la encumbrada Alhambra que recortaba sobre el purísimo y radiante azul del cielo, sus torres y sus muros almenados, y sobre estos y entre aquellos, los verdes cipreces de los adarves de la torre de la Vela de la Alcazaba, el bello palacio del emperador Carlos V, y la iglesia de santa María. Has cerca las torres Bermejas, con sus robustas defensas; el cerro de los Mártires, cubierto de cármenes, y estos cármenes cubiertos de verdura, á pesar de la estación, merced al verdor eterno de los laureles, los naranjos, los cipreces y los nopales. Mas abajo los muros, siguiendo las inflexiones de las colinas; la Puerta del Sol, las torres de la ribera de los Molinos, la puerta de Bib-Lachar, el Cuarto Real, la puerta, la del Rastro, de Bib-Ataubin, la Real, de Bib-Arrambla, hasta perderse á lo lejos entre las calles de la ciudad nueva; y dentro de los muros, cubriendo las colinas, casas blancas como tórtolas en su nido, entre las que brotaban cipreces y laureles, y los campanarios de las parroquias y de los conventos, y de las capillas; y todos aquellos capiteles relumbrando, todas aquellas casas frescas y galanas, todo aquel verdor desmintiendo al invierno y aquellos castillos pesando sobre las cumbres; todo visto á través del dorado vapor producido por la luz matinal del sol naciente, y á la derecha la Sierra-Nevada con su turbante de nubes, su blanco manto y su anfiteatro de montañas; á la izquierda la extendida vega y las distantes y azules cordilleras; cerca el murmurante y claro Genil; en torno la tierra empapada por la lluvia exhalando un tenue vapor bajo los rayos del sol; todo aquello, repetimos, era una magnífica poesía, escrita la mitad por la mano de Dios, la otra mitad por la mano del hombre.
El camino de las Alpujarras, ó como ahora se dice, de Armilla, se hacia mas concurrido á medida que avanzaba el dia; hermosas y robustas aldeanas, la mayor parte moriscas, montadas á las ancas de sus pollinos, por temor de manchar con el lodo, sus encarnados zagalejos, llevando en los serones hortalizas ó en los capachos gallinas y corderos, pasaban alegres entonando el lánguido fandango, é interrumpiéndole de tiempo en tiempo para animar su cabalgadura; oíase sin interrupción el zumbido de los cencerros de las recuas, que conducían á la ciudad los variados frutos de las ricas Alpujarras, y de tiempo en tiempo pasaba tambien algun hidalgo, ginete en su cuártago con el arcabuz en el arzon y la espada al cinto; toda esta gente, las aldeanas que saltaban de una manera hechicera de las ancas de sus asnos; los arrieros que se separaban de su recua; el hidalgo que dejaba momentáneamente el camino, se dirigian á la ermita, se descubrian, se santiguaban, y dejaban caer media blanca, ó moneda de mayor valía, en el cepillo del ermitaño.
Unos decian al dar la limosna:
—¡Dios le guarde santo ermitaño!
Otros:
—Dios nos ayude hermano.
A los primeros contestaba el Julaní:
—Dios se lo pagará en el cielo.
A los segundos.
—Dios tendrá misericordia de nosotros.
Los primeros eran cristianos viejos: esto es, vencedores.
Los segundos eran moriscos: esto es, vencidos.
Hacia ya mas de una hora que el fingido ermitaño pedia para el culto de la ermita, y agitaba el cepillo que era enorme, y que sucesivamente iba produciendo su sonido mas ronco, y haciéndose mas pesado, cuando se oyó un cencerro mucho mas sonoro que los que habian pasado hasta entonces, acompañado del sonido de muchas campanillas, y desembocó por el camino una recua de poderosos burros que venian al trote, excitados por sus arrieros.
Pero lo que tenia de extraño esta recua, ademas de la riqueza y de la variedad de los penachos y los caireles con que venian engalanados los jumentos, era que para cada uno de ellos venia un hombre, y que estos hombres eran jóvenes, robustos, bien encarados y gallardos; vestian ni mas ni menos, como los traginantes de las Alpujarras; quien los hubiera contado, hubiera visto que llegaban á veinte y dos, y que tras ellos, ginete en un macho, sobre una vistosa enjalma, venia un hombre de mas edad y respeto, y al parecer como capataz ó mayoral de aquella gente; en cada asno detrás de la carga, que era abultada, aunque no de un peso excesivo, á juzgar por lo desembarazado y fácil del trote de los jumentos, se veia un largo arcabuz, y en cuanto al que hacia cabeza de aquellos hombres, llevaba sujetos al cinto dos pedreñales y una daga, en el talabarte una espada y á mas de esto dos arcabuces pendientes á los costados de la parte posterior de la enjalma.
Estos veinte y dos jumentos, sonoros con su cencerro y sus cascabeles, pasaron como una exhalacion por delante de la ermita, no sin que el Julaní los mirase de una manera profunda, no á los burros, sino á cada uno de los hombres que llevaban á las ancas, ni sin que todos estos hombres mirasen con profunda atención al Julaní. En cuanto al capataz de aquella gente, se desvió del camino, enderezó su mulo á la ermita, se descubrió respetuosamente al pasar por delante de la cruz; pero con un tanto de tiesura y como quien lo hace de mala gana, y parando junto al falso ermitaño, que acortó el trecho, saliendo al encuentro del que llegaba, cepillo en ristre, el ginete se inclinó y echó en el cepillo un doblon de á ocho.
Aquella enorme limosna, que trocada en cobre hubiera llenado veinte cepillos, era sin duda una seña, puesto que el Julaní dijo palideciendo y mirando fijamente al ginete, que era un hombre como de cuarenta y seis años.
—¿Con que ha llegado la hora?
—Si, contestó el otro.
—Tú eres el walí, Harum-el-Geniz, exclamó el Julaní mirando fijamente al otro.
—Si, si por cierto, y vengo bien disfrazado cuando solo me has reconocido por la voz.
—Buena barba y buenas cejas traes. ¿Y esos valientes que han pasado con la recua son de los nuestros?
—Si, son de la taha de Cádiar. Pero vamos á lo que importa. Tras mí viene un carro de mulas resguardado por cuatro de nuestros mejores hermanos; dentro de poco estará aquí y entrará una persona que viene en el carro á orar en la ermita: deja ya de pedir y espera dentro; ya suenan las campanillas de las mulas del carro, y mi buena recua va lejos. Adios.
Y apretando las espuelas al mulo, partió al galope al mismo tiempo que el Julaní se metia en la ermita.
Poco despues apareció en el camino un carro que adelantó á buen paso; tiraban de él cuatro mulas, al cabezon de una de las cuales iba asido un zagal jóven y ágil: en la delantera iba un mayoral fornido, y la entrada del carro iba cubierta por una doble cortina de cuero.
Detrás y á poca distancia armados con lanzas á la gineta, venian cuatro lacayos de buen aspecto, y lo bien costeado y lujoso del carro, el valor de las mulas y de los caballos de la servidumbre, y las libreas de estos, todo demostraba que quien de tal modo hacia su viaje, era una persona principal.
El carro se dirigió á la ermita y cuando estuvo cerca de ella paró, uno de los lacayos echó pié á tierra, tomó de la zaga una escalerilla de madera, la apoyó contra la delantera, y el mayoral abrió las cortinas que cerraban la entrada: entonces salió una persona con trage negro de caballero, y apoyándose ligeramente en el hombro del lacayo, que á pesar del frio tenia el sombrero en la mano, saltó al suelo casi sin tocar los travesaños de la escalerilla, pasó junto á la cruz, se quitó devotamente la gorra y entrando en la ermita se arrodilló delante del altar.
La estatura de esta persona era mediana para hombre y aventajada para mujer, y decimos para mujer, por que por la redondez de sus formas, por lo mórvido de su cuello, que se veia en parte entre una rica gorguera de Cambray y un cumplido antifaz de terciopelo que cubria su semblante; por lo brillante y sedoso de sus largos rizos, muy reparables entonces, puesto que los nobles llevaban los cabellos exageradamente cortos; por la altura de su pecho, por la pequeñez de sus manos, por mil indicios, en fin, de delicadeza y de hermosura femenil, se comprendia que aquella persona era una mujer disfrazada de hombre.
Sus ropas eran ricas, y como hemos dicho, enteramente negras, y de terciopelo; únicamente su capotillo era de riquísimo paño de Segovia, forrado de armiños; llevaba espada y daga; pero no pequeñas como pudieran suponerse pendientes de la cintura de una mujer, sino tales como pudiera haberlas usado un capitan de los tercios de Italia, aunque de gran riqueza y primor en sus empuñaduras; últimamente, sus botas de gamuza adobada estaban armadas de espuelas de oro y (cosa extraña) pendiente de un cordon de seda negro, llevaba sobre el pecho una plaquita de oro, en que estaba esmaltada la cruz de Santo Domingo, distintivo usado por los familiares del Santo Oficio de la Inquisicion.
El antifaz que esta persona llevaba, sin duda para no ser conocida, no era de reparar en aquellos tiempos, en que tanto los caballeros de algun estado, como las damas, usaban el antifaz cuando iban de camino con el objeto de resguardar el rostro de los agravios de la intemperie.
La incógnita estuvo algun tiempo arrodillada ante el altar y luego se levantó, miró en torno suyo, vió al Julaní que estaba relegado á un ángulo junto á un confesonario, se dirigió á él, sacó de su limosnera un pliego cerrado, se lo dió y sin decir una sola palabra salió de la ermita, y entró en el carro que seguidamente tomó á buen paso el camino del puente de Genil.
El Julaní se volvió de espaldas á la puerta y rompió la nema del pliego en la que se leia únicamente estas palabras: «Obediencia y sigilo.»
Dentro algunas líneas en caracteres africanos muy bien escritos decian: «El Señor Altísimo y Unico prospere tus bienes y te de paz y salud. Sabrás, Julaní, como esta noche á las doce, llamaran á tu puerta todos los xeques de las tahas de las Alpujarras y de la Vega; cada uno de ellos te mostrará una sortija de oro que tendrá escrito en la parte exterior el nombre de Dios. A todo el que te presente una sortija tal le introducirás por la mina, haciendo que uno de los monfíes que te acompañan le guie á casa del Hardon junto á San Miguel. A todo el que pretenda entrar sin mostrarte la sortija convenida, préndele y si resistiere mátale.—El emir.»
Guardó cuidadosamente el Julaní en su seno esta carta, fué á la puerta de la ermita, permaneció en ella con el cepillo en la mano y tan profundamente pensativo, que aconteció que mas de un viandante se acercase á él, echase una moneda en el cepillo y pronunciase la fórmula de costumbre, sin que el le contestara.
Los cristianos al verle tan abstraido decian:
—Es un santo.
Los moriscos:
—¿Qué sucederá que tan pensativo se muestra el Julaní?
Pero hubo de volver en sí de su profunda meditacion al sentirse sacudido de una manera vigorosa.
Miró y vió ante sí á un jóven como de veinte y dos á veinte y cuatro años, de altivo continente, rostro moreno y ojos negros y penetrantes: vestia á la usanza de los hidalgos castellanos, usaba el pelo corto como ellos, llevaba espada, daga y pedreñales y además, como arma defensiva una coraza blanca y limpia y tenia del diestro un magnífico caballo de raza árabe.
—Te he llamado dos veces y no me has contestado, dijo el jóven, ¿en qué diablos piensas, Julaní?
—¡Ah! es Aben-Aboo, dijo aquel conociéndole.
—Si, yo soy; ¿pero qué sucede?
—¡Suceder! ¿quién sabe? pero me parece que llega la hora.
—Lo mismo me parece á mí.
—¿Estás seguro de tus parciales, Aben-Aboo? dijo gravemente el Julaní.
—Como lo estoy de la hoja de mi espada, contestó el jóven.
—Entra dentro, Aben-Aboo, dijo el Julaní, que no es prudente, hablar largo tiempo donde alguien pueda vernos juntos.
Y diciendo esto cerró la puerta de la ermita, fué á la que daba paso desde el exterior á su habitacion, la abrió, miró con recelo al camino, y viendo que en él no habia nadie, empujó al interior del patio á Aben-Aboo que le habia seguido, tiró de su caballo, y cuando estuvo dentro cerró el postigo. Un momento despues Aben-Aboo y el Julaní estaban sentados frente á frente junto al hogar.
—¡Oh! cómo nos engañamos los mas prudentes, dijo el Julaní: te muestras muy seguro de tus parciales, y sin embargo ni aun puedes sospechar donde se encuentra ahora Abul-Hhassam. Es, ó era segun creo uno de tus mayores amigos.
—Es sabio y santo, dijo Aben-Aboo: el espíritu de Dios ilumina sus pensamientos y las estrellas hablan para él con tanta claridad como el libro de Dios para los creyentes. Abul-Hhassam está en Argel donde yo le he enviado á pedir ayuda al dey Aluch-Alí.
—Sin duda que la costa del viaje habrá concluido con las últimas doblas de la hacienda que te dejó tu padre.
—En verdad, en verdad que ando muy pobre, Julaní.
—Ya lo sospechaba yo. Tu hermosa casa de la calle de San Miguel está alquilada; ya no eres el rico hidalgo que viajaba acompañado de lacayos, ahora viajas solo como un cualquiera.
—¡Qué quieres, Julaní! ¡decretos son de Dios! pero espero recojer con usura el dinero que he sembrado.
—Creo que te engañas, dijo el Julaní. Pero creo tambien que creerás en mi amistad.
—No tengo motivos para dudar de ella. ¡Hemos recorrido tantas veces juntos la montaña! ¡juntos hemos dado muerte á tantos castellanos!
—Y yo que te he visto valiente y noble, yo que sé que como Aben-Humeya tienes derecho al trono de Granada; yo que comprendo que habria un medio para que nuestro invencible emir, pensase en tí para hacerte su heredero, yo que te amo, siento un dolor profundo al decirte que es necesario que renuncieis á la corona de Granada.
Púsose en pié de un salto Aben-Aboo.
—¡Qué renuncie á ser el caudillo de mi pueblo en la guerra que va á emprenderse contra el cristiano! ¡Que otro los lleve al combate! exclamó con voz reconcentrada y el rostro lívido de cólera. ¿Piensas acaso que yo ambiciono una corona? ¡Miseria humana! Honra y nada mas es lo que quiero. Libertar á mi patria lo que ambiciono. ¿Y quién tiene mas derecho que yo para empuñar la bandera del Islam? ¿Quién mas que yo ha trabajado, ha velado, ha sufrido, por libertar á mi patria? ¿No he expuesto mi vida? ¿No he gastado mis riquezas?
—Hé ahí el mal, todo el mal. Por desgracia hay entre nosotros un hombre á quien la plebe cree santo, inspirado por Dios, profeta: no será rey de Granada, sino aquel cuyo nombre salga de la boca de ese hombre. Ese hombre es el faquí Abul-Hhassam.
—Pero Abul-Hhassam...
—Abul-Hhassam sabe que has gastado tu último doblon.
—Mis parientes han hecho pasar por su mano mis riquezas para ayudar la predicacion con la caridad, para proveernos en Africa de armas y de bajeles.
—Tus riquezas han servido para aumentar las de ese embustero.
—Abul-Hhassam es un santo.
—Ha sabido parecerlo, y tanto que os ha engañado á tus parientes y á tí.
—La prueba, una sola prueba.
—Vuelvo á repetirte una pregunta que ya te he hecho: ¿dónde crees que está en estos momentos tu santo faquí?
—Ya te he contestado que en Argel.
—Hace una hora que Abul-Hhassam ha estado aquí, y ha entrado por la mina en Granada.
—Pero eso es imposible, imposible de todo punto. Ayer tarde se me mandó de órden del emir, que estuviese hoy en Granada, y yo me he apresurado á cumplir su mandato. Pero no sabia que me esperaban tan malas nuevas.
—Pues aun hay mas. En Granada se dice entre los moriscos, que Aben-Humeya será su rey, y que para evitar toda disension, casará con la hija del emir.
—¡Con la hija del emir! ¡con la sultana Amina! pero Aben-Humeya está casado con Inés de Rojas.
—La repudiará.
—¿Y su hijo?
—Le abandonará como á su madre.
—Pero esto es un tejido de infamias.
—¿Y crees tú que se pare mucho Aben-Humeya en cometerlas, si son necesarias para alcanzar el reino? Es necesario que renuncies por ahora á la corona. El emir es poderoso. Nosotros los monfíes lo podemos todo. Cuando Yaye-ebn-Al-Hhamar, proteje á Aben-Humeya, es necesario obedecer y callar. Y luego, aunque Aben-Humeya sea elegido rey, nada debe importarte; él tendrá que vencer las primeras y mas duras dificultades, y luego tú...
—¿Y qué me importa que Aben-Humeya sea elegido rey, en comparacion de la pérdida de Amina?
—¿Cómo! ¿conoces á la sultana?
—No.
—¿Y estás enamorado de ella?
—Como nos enamoramos de un misterio, tras el cual creemos encontrar un tesoro. ¿Sabes tú lo que es en las Alpujarras la sultana Amina?
—Si, sé que es un Dios.
—Todos ansían conocerla y ninguno la conoce.
—Te engañas. Hay un hombre que la conoce y que nunca se separa de ella.
—¿Y qué hombre es ese?
—Ese hombre es Harum-el-Geniz.
Despejóse la frente de Aben-Aboo de la sombría nube que la habia cubierto.
—Algunas alboradas de verano, dijo suspirando, al volver la ladera de una montaña, suelen verse en el borde del opuesto barranco, brillantes armas, tocas y almaizares; algunos ginetes armados como nuestros abuelos antes de la conquista, pasan deslumbrantes y magníficos, y entre ellos, en un palanquin cubierto con un dosel de púrpura, va una dama con vestiduras régias, cubierta con un velo: la cabalgata pasa, y con ella el palanquin y la dama, y se pierden en las cercanas quebraduras: muchos han visto este prodigio y siempre antes de la salida del sol: los naturales creen que aquellos ginetes y aquella dama son sombras de nuestros abuelos. Ninguno se atreve á seguirles por temor que aquellas sombras condenadas pierdan su alma. Pero yo un dia me lancé tras ellos al escape de mi caballo.
—¿Y qué sucedió?
—Uno de aquellos ginetes, magníficamente armado, que mostraba en su adarga el blason real de los reyes de Granada, volvió hácia mí á rienda floja, con la lanza baja, y me encontró de tal manera, que me arrojó en tierra, valiéndome para no ser herido, el buen temple de mi coselete, que es el mismo que llevo puesto: entonces aquel hombre, que llevaba calada la visera, me puso la lanza al rostro, y me dijo:
—Júrame si quieres vivir, que no volverás á seguirnos.
—Te lo juro, le contesté. Pero una sola palabra. ¿No es verdad que esa dama no es la sombra de la sultana Zoraya?
El jinete lanzó una carcajada.
—Esa dama, dije con harta imprudencia, es la sultana Amina, hija del poderoso Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar.
—Si tú no te llamases Aben-Aboo, contestó con acento irritado el caballero, el nombre que acabas de pronunciar te costaria la vida. Pero cuenta contigo Aben-Aboo; cuenta con lo que haces, con lo que dices y con lo que piensas, porque los monfíes estan en todas partes, hasta en el pensamiento de sus enemigos.
Dicho esto, revolvió su caballo, y fué á incorporarse con la dama, que desde su palanquin habia presenciado impasible mi aventura, y desaparecieron en la vuelta de la montaña. Yo me levanté, monté como pude, y volví á Cádiar. Desde entonces amo á esa mujer. Yo habia visto su apostura magestuosa, sus largas trenzas negras pendientes bajo la toquilla que la encubría: sus brazos desnudos, su talle esbelto, la incitante y lánguida actitud con que iba reclinada en el palanquin que conducian cuatro esclavos negros. Muchas veces he salido de noche de Cádiar, y á pié y solo, he ido á ocultarme en las quebraduras cercana al barranco por donde la ví pasar la vez primera y algunas otras veces, antes de la salida del sol, la he vuelto á ver, ya reclinada en el palanquin, ya á caballo, ya á pié, siempre gentil, siempre magestuosa, pero siempre encubierta. Esa mujer arroja de sí, no sé qué de voluptuoso, de bello, de magnifico, que arrebata, que enamora, que obliga por su mismo misterio á que no pueda olvidársela. Y luego esa mujer que gasta vestiduras tan deslumbrantes como las de una sultana, á quien obedecen hombres feroces, que tiene, sin duda, en alguna sima debajo de la tierra, alcázares maravillosos y tesoros inmensos, es un misterio impenetrable. Llámanla unos la hechicera, otros el espíritu del Islam, que en forma de mujer vaga por las montañas, de donde espera renazca la gloria del pueblo moro; otros la Dama blanca. Yo sé que es la sultana Amina, no sé por qué, pero lo juraria. Esa mujer, y no mi pobreza como habias pensado, es la que me obliga á retirarme de Granada, porque á donde ella esté va mi alma y yo no puedo vivir sin verla alguna vez, oculto entre las breñas.
—¿Y no conoces tú al emir? dijo profundamente el Julaní.
—Nunca le he visto; pero obedezco sus órdenes, acato su valor y le reconozco como nuestro señor.
—¿Y te obstinas en el amor de su hija?
—Es mi ambicion, es mi luz. La busco y se me huye como un misterio, como una sombra: algunas veces he creido tenerla al lado, y luego... era una pobre labriega, hermosa, sí, como son hermosas todas las hijas de las Alpujarras, pero ruda y zafia. Algunas veces he creido escuchar entre las quebraduras, una voz dulcísima que me gritaba: «¡Aben-Aboo!» y era el viento en cuyos zumbidos creia escuchar mi locura acentos humanos; era un sueño; era mi amor que cree verla en todas partes.
En aquel momento rechinó violentamente la tarima, se alzó crugiendo, impulsada por la compuerta de la mina, y apareció un hombre enteramente envuelto, á la usanza mora, en un blanco almaizar.
Al verle Aben-Aboo y el Julaní, se hicieron atrás, y el primero echó mano á la empuñadura de su espada.
—Antes imprudente y ahora loco, dijo aquel hombre cuyas palabras estaban llenas de autoridad: los monfíes estan en todas partes y á nadie temen. ¿Te has olvidado ya de la negra aventura que te aconteció, por seguir á la Dama blanca de la montaña?
—He olvidado la aventura, pero no la memoria de que fuiste generoso conmigo.
—¡Yo!
Te he reconocido en la voz. Tú fuiste el caballero que me derribó.
—Has quedado pobre por la patria, noble Aben-Aboo, dijo aquel hombre con voz solemne, has sacrificado tu amor á tus promesas. Sírvate esto para disculpar tu imprudencia. Amas ó crees amar á esa dama, olvídala. Te crees llamado á ser rey de Granada: los monfíes te daran rey.
—¿Y con qué derecho? exclamó con orgullo Aben-Aboo.
—Con el derecho de la fuerza, con el derecho de la justicia. ¿Qué habeis hecho vosotros y vuestros padres, desde el dia de la conquista? doblegaros cobardemente ante el cristiano, aprender su habla, vestir sus trages, acudir á sus templos, y murmurar en voz baja y estremecidos de espanto, en lo retirado de vuestras casas, delante de vuestras hijas profanadas y envilecidas por el vencedor: y ¿qué hemos hecho nosotros los monfíes de la montaña? no hemos cambiado con el castellano mas que hierro y sangre, odio por odio, exterminio por exterminio: hemos huido de las poblaciones impuras, y hemos hecho nuestros templos las montañas, nuestros alcázares, las grutas de los barrancos: y admírate: somos ricos, poderosos, terribles: la Chancilería se aterra á nuestro nombre, el capitan general nos teme; cuando un monfí da en manos de la Inquisicion, se apresura á entregárnoslo; por nosotros la ley alcoránica vive en las Alpujarras y el Almanzora; y por nosotros, alentais la esperanza de ser libres algun dia, vosotros, los infames habitantes de las poblaciones.
—¡Infame! ¡eso no! llama infame á quien lo sea, no á Aben-Aboo, no al enemigo irreconciliable de los cristianos.
—Eres bueno y leal, jóven: pero es necesario que no seas imprudente. Antepon tu patria á tu ambicion: y espera. Entre tanto, toma.
—¿Qué me dais aquí? dijo con orgullo Aben-Aboo: ¡un bolsillo! ¿Soy acaso un mendigo?
—El emir de los monfíes es tu pariente.
—Es verdad.
—El emir puede darte oro sin humillarte.
—Sí.
—Te ha mandado venir hoy á Granada.
—Es verdad.
—¡Y vienes sin dinero!
El jóven se sonrojó y calló.
—Guarda ese oro, jóven, guárdalo. Yo te lo entrego de órden del emir.
Aben-Aboo guardó el pesado bolsillo.
—Ahora vete: el emir te ha llamado á Granada. Cuando estés en ella, el emir te buscará.
Y señaló con un ademan de imperio la puerta á Aben-Aboo.
Este, dominado, salió, tiró de su caballo, montó en él, y se dirigió á la ciudad.
—Para unos hombres la palabra que manda, dijo el incógnito, para otros el amor, para otros la ambicion, para todos el oro. ¡Miseria humana! Cierra tu puerta Julaní, y sígueme.
El monfí cerró, y precedido del encubierto desapareció por la mina.