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Los monfíes de las Alpujarras: novela original cover

Los monfíes de las Alpujarras: novela original

Chapter 62: CAPITULO IX.
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About This Book

Ambientada en la Granada de la mitad del siglo XVI, la novela narra las tensiones entre moriscos y autoridades tras la conquista, descritas mediante actos públicos, pregones y la presencia de la Chancillería, el capitán general y la Inquisición. A partir de esos escenarios colectivos se desarrolla una historia personal centrada en Yaye, cuyo amor hacia una joven vinculada a los renegados provoca vértigo moral y temor por las consecuencias sociales y religiosas. La obra alterna escenas de multitud y ceremonias oficiales con episodios íntimos y pasionales, explorando lealtades, prejuicios y el choque entre afecto y obligación, y está organizada en partes con índices y notas complementarias.

Montes, árboles, fieras,
venid, y aprendereis de mil maneras,
como, pidiendo fuerzas á los cielos,
una amante infeliz venga sus duelos.

Tras esto, siguió la representacion y siguieron los aplausos á Angélica y á Cisneros, que hacia admirablemente el papel de traidor enamorado.

Angélica fue tambien aplaudida con frenesí en la cancion y en el baile, y, por último, al oscurecer, terminado el espectáculo con gran contentamiento de todos, empezó á salir la gente.

Al salir por los corredores de los aposentos, y como Aben-Aboo, habia quedado un tanto rezagado de don Alonso y de su hija, sintió que le tiraban con impaciencia de las faldetas del jubon.

Volvióse y encontró bajo su vista la exigua figura de maese Pertiñez.

¿Qué me quereis? le dijo.

Escuchad una palabra al oído y mostrad una mano. La reina mora, la de la comedia, me ha dado para vos esta carta y esta llave: la llave por si no os lo dice en la carta, es la del corredor de su aposento: el número 13. Teneis mucha suerte, señor, mucha suerte: todas os aman.

Y el hombrecillo se escurrió, dejando en las manos de Aben-Aboo la carta y la llave.

CAPITULO VIII.

El panderete de las brujas.

A la misma hora en que el público salia de ver la comedia del corral del Carbon, esto es: al oscurecer, se abrió silenciosamente un postigo en una de las tapias de los huertos del cerro de San Miguel por la parte de la Torre del Aceituno, y salio un hombre embozado hasta los ojos: cerraron de nuevo el postigo y el bulto embozado siguió adelante por el desierto callejon que existia entonces entre las tapias de los huertos y la muralla del obispo don Gonzalo, por un portillo de la cual salió al campo y sin ser notado por los guardas adelantó á buen paso hácia la próxima falda del cerro de Santa Elena.

Tenia un no sé qué de melancólico y fantástico el paisaje á la fria luz del crepúsculo: el pendiente terreno por donde avanzaba el embozado hácia un barranco cercano, era árido seco pedregoso cubierto, acá y allá por tomillos y retamas raquíticas: mirando al frente hacia el Nordeste solo se veia la oscura masa del monte de Santa Elena y la desembocadura de un barranco que cortaba su falda por la parte del Este; pero si se miraba á la derecha el alma podia aspirar un suave consuelo con la vista de Sierra Nevada en cuyo altísimo picacho del Veleta, reflejaba aun el postrer rayo del sol tiñéndole de color de rosa; mas abajo se veia el magnífico anfiteatro de montañas, tendidas á los piés del blanco gigante, y al fin, mas cerca, la roja cordillera de la Silla del Moro, el verde y florido Generalífe, con su viejo y altísimo Ciprés de la Sultana: mas abajo los cármenes del Darro, luego las arboledas de avellanos, en fin, el profundo cauce del rio y las colinas que venian á ser por aquella parte la falda del monte de Santa Elena. A la derecha el horizonte se alejaba, la luz parecía mas diáfana, se perdian en la lontananza las colinas de viñedos, y al fin confundidas en la neblina del crepúsculo, apenas se percibian las distantes cimas de la cordillera de los Dientes de la Vieja.

Reinaba un profundo silencio y en medio de él solo se escuchaba el largo silbido del viento del invierno, que se quebraba entre los barrancos.

El embozado, sin cuidarse mucho ni de la soledad ni del frio, siguió resueltamente un paso apresurado, pero con la cabeza inclinada sobre el pecho en ademan pensativo.

Llegó al barranco y antes de entrar en él se volvió de una manera brusca y como al impulso de un sacudimiento nervioso. La luna que durante la marcha del embozado, habia aparecido sobre la nevada cima del Veleta, inundando con una dulce luz el espacio, hubiera dejado ver á quien cerca de aquel hombre hubiera estado, la terrible expresion de sus grandes ojos negros, fijos en Granada y en la Vega, que desde la altura en que aquel hombre se encontraba, se veian por completo y casi á vista de pájaro.

—Hoy huyo de tí, Granada, dijo aquel hombre extendiendo su brazo derecho hácia la ciudad como en ademan de aplazamiento; hoy me oculto como un malhechor. Pero ¡ay de tus cristianos! ¡ay de tus verdugos, cuando venga á llamar á tus puertas con las trompas de guerra de mis soldados! ¡ay de tí entonces, marqués de Mondéjar! ¡ay de tí, presidente Deza!

Dichas estas palabras que habia pronunciado descuidadamente en voz alta se volvió y al volverse encontró junto á sí un hombre que tenia un caballo del diestro y que estaba tambien embozado.

—¿Quien vá? exclamó el primero haciéndose un paso atrás y empuñando su espada.

—¿Quien ha de ser, contestó el otro con acento un tanto seco, sino quien te está esperando yerto de frio hace una hora?

—¡Ah! ¿eres tu Diego Alguacil? exclamó el primer embozado: de poco desesperas, en empresa nos metemos en que tenemos que esperar mucho, sufrir mucho.

—Entonces bien; pero ahora es distinto: ahora cada instante vale una perla: un descuido puede costarte la pérdida de tus esperanzas.

—¡Cómo! exclamó con cuidado el otro: ¿pues qué sucede?

—Aben-Aboo está en Granada.

—¡En Granada Aben-Aboo! ¿y qué quiere aquí mi amado primo? ¿pretende acaso, suscitarme dificultades?

—Todo está preparado para esta noche: se ha guardado un gran secreto pero la venida inesperada de Aben-Aboo, cuando estaba descuidado en las Alpujarras, demuestra que entre nosotros hay traidores.

—¡Traidores! exclamó con sarcasmo el primer embozado: ¡es verdad! hace mucho tiempo que viven entre nosotros: allí ha vivido el primer traidor de nuestro pueblo... y señalaba la distante Alhambra; allí en medio de un vergonzoso silencio, firmó las capitulaciones que entregaban á Granada á sus verdugos los cristianos. Pero el Altísimo fue justo, y el traidor, el miserable, el cobarde Boabdil, fué á morir allá, al otro lado del mar, defendiendo una corona agena, él, que no supo defender la suya.

—No es hora de largas pláticas, dije el otro: monta á caballo y marcha al Panderete de las brujas.

—Te confieso que voy con repugnancia á ese lugar maldito.

—Te espera en él la Dama blanca.

—¡Oh! ¡la Dama blanca de la montaña! es verdad. Adios.

—No te olvides, de que á las doce debes estar en la taberna de San Miguel.

—No lo olvidaré. Adios.

Y el segundo embozado se rebozó y se alejó y se perdió en el descenso del monte hácia la cerca de don Gonzalo.

El otro montó á caballo, le arrimó las espuelas y á buen paso, ya al trote ya al galope, adelantó por un sendero, estrecho pero llano, que en direccion al Norte orlaba la falda del monte de Santa Elena.

Muy pronto llegó al camino de Guadix y al mismo sitio donde ahora se levanta una venta ó parador; atravesó el camino, descendió por un sendero mas estrecho, bajó á un barranco, le recorrió, trepó á una loma y subiendo asi y bajando los repechos de algunas colinas, llegó al fin á un terreno practicable y llano, que se perdía en medio de viñedos.

Despues de haber recorrido por él una distancia como de tres tiros de arcabuz, detuvo su caballo al pié de una colina árida y cónica, que parecia un lunar, una escrescencia maldita en medio de la vigorosa vegetacion que le rodeaba. Aunque de poca altura la colina, el sendero que conducia hasta la cima era escarpado, y no se veia en todo la colina ni una mata, ni un arbusto, ni aun una retama.

—¡El Panderete de las brujas! dijo el ginete con cierto terror supersticioso.

Y aquel hombre, que de una manera tan hostil habia hablado de los cristianos, se santiguó de la manera mas cristiana del mundo, despues de lo cual hechó pié á tierra, y adelantó hácia la colina llevando el caballo del diestro.

Pero á penas habia andado algunos pasos, como si hubiera salido de la tierra, se levantó de detrás de una peña una sombra blanca; aquella sombra, que parecia un hombre, ó aquel hombre que parecia una sombra, llevaba la misma armadura y demás ropas, que usaban los ginetes moros del tiempo de la conquista de Granada.

—Poderoso, señor, dijo aquel hombre dirigiéndose al incógnito, no te cuides de tu caballo: yo te le guardaré.

Sintió el embozado vergüenza de demostrar miedo, y aunque el lance se le hacia extraño y desagradable, entregó su caballo á aquel bulto blanco y sin decirle una palabra siguió adelante.

Apenas se habia aventurado por el escarpado sendero que conducia á la cumbre, se levantó de un costado otra sombra blanca, y sin decirle una palabra, siguió delante de él á gran paso. Las pisadas de aquel hombre crugian como si hubiera ido armado de punta en blanco.

Una vez allí, el incógnito, por la misma razon que antes, esto es por disimular el miedo, continuó hácia la subida de la colina, pero no sin llevar la mano derecha á la empuñadura de su espada, ni sin invocar fervorosamente el nombre de Dios.

A poca distancia apareció una tercera sombra que siguió á la segunda en silencio.

—¡Será hoy sábado! pensó con terror el embozado: pero instantáneamente desechó este terrible pensamiento: era domingo, dia en que las brujas no podian tener conventículo.

A medida que adelantaba en el ascenso se iban levantando de entre las peñas y quebraduras que flanqueaban el sendero, nuevas sombras: cuando llegaron á la cumbre el encubierto habia contado veinticuatro.

La figura de la cumbre justificaba el nombre de la colina: era enteramente redonda y perfectamente plana, como la superficie de un pandero; en cuanto á su calificacion de Panderete de las brujas la justificaba el ser pública voz y fama que en aquel lugar se reunian todos los sábados á celebrar sus conventículos las brujas residentes en diez leguas á la redonda.

En medio de la cumbre habia un casuco arruinado y desvencijado, en donde segun fama, los demonios levantaban su trono á Lucifer, siempre que se celebraba una de aquellas negras, misteriosas y reprobadas festividades, en cuyo trono se sentaba el espiritu de las tinieblas, disfrazado bajo la forma de un macho cabrío.

El Santo Oficio de la Inquisicion, como era natural y forzoso (y perdónennos nuestros lectores si por un momento les detenemos en la prosecucion de la aventura en que se hallaba tan misteriosamente empeñado el incógnito). El Santo Oficio decimos, no habia podido escuchar con indiferencia rumores tan alarmantes á la pureza de la religion y de las costumbres de los dominios de la cristianísima España, y se habia trasladado, representado por un exorciente, un maestro en teología, un familiar y algunos soldados, en el lugar sobre que recaia una tan grave acusacion pública. Desde el momento la esterilidad de aquella colina en medio de unos campos tan fértiles, lo escabroso de la subida, y, sobre todo, lo ennegrecido, aportillado, feo y verdaderamente infernal, en cuanto al aspecto de aquel casucho medio arruinado, hicieron concebir á los delegados del Santo Oficio, grata esperanza de descubrir un filon de brujos y brujas con las cuales hacer un magnífico auto de fe en que la justicia de Dios resplandeciese, tostándolos á fuego lento: pero fuese que las brujas estuviesen avisadas, ó que les diese en las narices el olor á tizon del Santo Oficio, ó que el vulgo se hubiese engañado, como es mas verosimil, hallaron que la casa estaba abandonada, y desmoronándose lentamente, sin visos de haber tenido habitantes hacia muchos años. No satisfechos aun, esperaron á un sábado y á la hora de las doce en punto, con la intencion, como quien dice, de sorprender al infierno, república terrible contra la que, á pesar de su formidable poder, no tenia medio alguno la Inquisicion y aunque llevaron dobles exorcizadores, y calificadores, y aspersadores, nada hallaron en sábado que lo mismo que habian visto de los demás dias de la semana: la luna clara y diáfana alumbraba en paz el Panderete de las brujas y ni estas parecieron, ni se vió una sola hoguera, ni la mas ligera señal de ceniza, ni aun siquiera el mas leve olor á azufre ni á demonio: sin embargo de esto recelando la Inquisicion que las brujas hubiesen conocido de antemano su ida y se hubiesen abstenido de concurrir por no ser cogidas in fraganti, repitieron sus visitas diferentes sábados: pero siempre encontraron el mismo resultado: soledad y silencio, y algun paredon menos, arruinado por las lluvias ó por los vientos.

Limitóse, pues, la Inquisicion, á garantir el lugar calumniado de todo acto contrario á la religion, bendiciéndole y gastando en él una caldereta de agua bendita, y celosa de que en su jurisdiccion no hubiese lugar manchado con fama tan nefanda, condenó con terribles censuras, excomuniones y castigos á todo el que se atreviese á llamar de allí en adelante á aquella colina el Panderete de las brujas. A pesar de esto, el vulgo siguió en su tema, creyó únicamente que el diablo se habia burlado de la Inquisicion, y siguió, aunque recatadamente y en voz baja, dando su nombre maldito á la colina, nombre que se ha conservado por tradicion hasta nuestros dias; puesto que aquel lugar se llama hoy y se llamará mañana, y probablemente pasado mañana tambien, el Panderete de las brujas.

Conocido el lugar de la escena, sus antecedentes y la razon de su nombre, volvamos al embozado.

Sostenido por el orgullo mas que por el valor adelantó hácia la casa arruinada á cuya puerta desguarnecida se agrupaban los veinte y tres fantasmas que le habian precedido hasta allí; se detuvo á alguna distancia de ellos y dijo con voz serena:

—Ignoro quiénes sois y vuestras intenciones; pero aquí me llama un empeño, y no veo á la persona que busco. Está acaso en esas ruinas.

—Pasad, poderoso señor, dijo uno de aquellos hombres haciendo al mismo tiempo señal á sus compañeros que abrieron una estrecha calle.

El embozado pasó y se encontró en un espacio lóbregamente oscuro.

No sabiendo á dónde encaminarse se detuvo.

—Seguid, seguid adelante, señor, dijo uno de los hombres que estaban á la puerta, y cuando hayais andado diez pasos volved á vuestra diestra mano.

El incógnito siguió forzando su valor artificial por decirlo asi; á los diez pasos se volvió á la derecha y vió al fin de una galeria, el resplandor de la luna que iluminaba de lleno un patio cubierto de escombros, en medio de los cuales se levantaba una sombra blanca de mujer, de pié é inmovil; mas allá todo era sombra y aquella forma gentil, se destacaba sobre ella, con el mismo prestigio fantástico que si hubiera tenido tras sí la eternidad.

El embozado adelantó con el corazon violentamente agitado; la Dama de la montaña, porque sin duda era ella, se le presentaba de la manera mas extraña del mundo.

El incógnito adelantó hácia la sombra y se detuvo al entrar en el patio.

—Acercaos, don Fernando, acercaos, dijo con una voz sonora, grave y afectuosa la mujer vestida de blanco; estais haciendo esperar á una dama.

—Perdonad, dijo don Fernando, adelantando mas y descubriéndose con suma galantería, accion que dejó ver á la luz de la luna que su frente era noble y altiva: perdonad; pero la situacion en que me encuentro...

—Cubríos, don Fernando, y sentaos: necesitamos hablar durante un largo espacio y no es justo ni quiero, que sufrais al descubierto el frio de la noche ni que os fatigueis.

Y señaló á don Fernando el brocal de un pozo cegado, sentándose al mismo tiempo en el.

Don Fernando fue perdiendo poco á poco su terror; y es que es muy difícil sentir terror junto á una buena moza. Lo era la encubierta (y decimos la encubierta porque tenia sobre el rostro un antifaz de seda blanco) de una manera exagerada. El celoso antifaz no impedia que se viesen su boca, su barba y su cuello; cada una de estas partes era perfecta, y de una morbidez incitante: anchos y redondos sus hombros, alto y puro en las formas su seno, sobre el que descansaba uno como amuleto, pendiente de un collar que, sin duda por un contraste caprichoso, era negro como el ébano; esbelto y gentil su talle, del cual descendia en ancha plegadura, la flotante y vaporosa falda de brocado blanco, larga hasta tocar sobradamente el suelo: sus manos eran manos de dama, y la parte de sus brazos que se veia entre una nube de encages de Flandes habian logrado fijar las miradas de don Fernando á pesar de lo extraño de la aventura.

Se nos olvidaba decir que á través de las dos averturas del antifaz, brillaban dos ojos negros y de enorme tamaño, fijos de una manera tenaz y profunda en don Fernando, y que, escapados sin duda de entre la toquilla y el antifaz, se veian algunos rizos sedosos, pesados brillantes y negrisimos.

De aquella mujer se exhalaban á mas que su natural perfume, los que estaban de moda en aquel tiempo entre las damas, lo que sino podia tomarse como indicio de su alto linaje, bastaba á demostrar que aquella mujer estaba muy sobre el vulgo, y que nada tenia de alma del otro mundo.

A esto podria contestársenos que nadie mejor que el diablo, cuya mas grata ocupacion es tentar á los mortales, podia tomar las formas de una mujer tentadora, por hermosa, por rica y por galana. Pero nosotros creemos que á ellas para ser diablos las basta ser mujeres y que de todo es capaz el Arcángel rebelde menos de convertirse por un solo momento en mujer.

—Sé, y por ello os disculpo, don Fernando, dijo la Dama blanca cuando se hubieron sentado, qué cosas os han sucedido hoy, despues de concertada nuestra vista, que os obligan á recataros y á huir de la luz del dia.

—Sabeis...

—Si, sé por ejemplo, que esta mañana por descuido ó por intencion os entrásteis en el cabildo con la daga en la cintura.

—¿Y quién os lo ha dicho señora?

—¡Bah! ¿acaso no lo sabe todo el mundo en Granada? Nadie ha extrañado el suceso: se os conoce, por altivo y valiente, y se comprende bien que cuando otro regidor os advirtió de vuestro olvido le contestáseis de una manera violenta.

—Se me acusaba de una falta que no habia cometido.

—Es costumbre, segun dicen, que los veinticuatros, antes de entrar en cabildo, dejen á la puerta sus armas.

—Yo tengo privilegios...

—Que alegásteis con demasiada dureza.

—Eso podrá decir el corregidor que se atrevió á llamarme desleal y á mandar que me llevasen preso.

—El corregidor, vasallo fidelísimo de su magestad el rey de España é Indias, tiene motivos para llamaros traidor. El presidente Deza ha podido decir, por ejemplo, que andais en conspiraciones, que alentais á los moriscos para que se rebelen...

—¿Y quién ha dicho eso al presidente...? su nombre señora si lo sabeis... el nombre del traidor.

—Se lo he dicho yo...

—¿Vos...?

—Yo precisamente no, pero sí un escrito mio, en que le recordaba vuestras continuas denuncias á las Alpujarras...

—En ellas está mi señorio de Válor.

—Sin embargo le hice reparar en lo mucho que favorecíais á los moriscos: que de contínuo recibiais visitas recatadas de Bartolomé de Barredo, de Diego Alguacil, de los principales promovedores de motines que tiene Granada...

—¡Ah! ¡Diego Alguacil os lo ha revelado todo!

—Para contestaros será necesario que me contesteis á la pregunta que voy á haceros. ¿Sabeis quién soy?

—Diego Alguacil me ha dado cita para esta noche á este sitio á nombre de la Dama blanca de la montaña.

—¿Y sabeis quién es la Dama blanca de la montaña?

—¿Lo sabe alguien señora? dijo con anhelo don Fernando. ¿Sabe alguien acaso si la aparicion divina que hace algunos meses y con mucha frecuencia, recorre las montañas de Cádiar, ya bajo la blanda luz del alba, ya bajo los plateados rayos de la luna, es un espíritu ó una realidad, la sombra de la sultana Zoraya como creen muchos, ó Amina, la hermosísima hija de mi noble tio el emir de los monfíes de las Alpujarras, Yaye-ebn-Al-Hhamar? ¿Conoce alguien al emir?

Su brazo se siente, pero su rostro no se ve. ¿Conoce alguien á mi prima Amina?

Dicen que es hermosa como un lucero y pura como el sol.

—¿Y quién os ha dicho eso?

—Algunas veces he ido á la montaña á ponerme al paso de la Dama blanca á vuestro paso señora; siempre me ha detenido un monfí: «no paseis adelante» me ha dicho y cuando le he preguntado quién era esa Dama blanca me ha dicho: «Esa dama es la niebla.»

La Dama blanca se echó á reir.

—¿Os reís? exclamó picado don Fernando.

—Me rio porque los monfíes son ingeniosos. En efecto la niebla por la mañana y por la noche, vista de lejos orlando las cumbres de las montañas puede tomar formas muy caprichosas: puede parecer ya una dama ya un monstruo. ¿No creeis que el vulgo es muy propenso á dar forma y nombre á lo que al acercarnos á ello desaparece?

—Pero el vulgo, respecto á vos no se ha engañado, porque os tengo delante de mí, con vuestra divina apostura, y vuestras vestiduras de sultana.

—Podía haberse engañado el vulgo.

—¡Ah y cuanto me ha hecho sufrir esa blanca aparicion!... porque yo preguntaba siempre que un monfí me detenia: «¿es por acaso esa dama la hija de vuestro emir?» y el monfí me contestaba: «bien pudiera serlo, porque la sultana Amina, segun dicen los que la conocen, es hermosa como una huri.» Y siempre que el monfí decia esto, suspiraba, porque teneis el privilegio de ser amada antes de ser conocida.

—Segun eso, ¿creeis que yo sea la sultana Amina?

—Lo creo, señora, lo creo, porque me lo está diciendo á voces el corazon.

—Pues bien, no os engañais, yo soy vuestra prima Amina, la hija del emir Yaye-ebn-Al-Hhamar, la sultana de los monfíes de las Alpujarras.

—¿Y para qué me habeis llamado? exclamó alentando apenas don Fernando.

—Mi padre, que tiene muchos motivos para ser severo con vos, no ha querido hablaros, y me envia á vos como intermediaria.

—¡Ah!

—Sí, es preciso que sepamos si podeis ser proclamado rey de Granada.

—Los moriscos me elegiran esta misma noche por su rey, dijo con un acento impaciente y un tanto duro don Fernando: hay una profecía...

—Sí, sí, sabemos la superchería de que se ha valido vuestro tio Aben-Jahuar el Zaquer, comprando á cierto faquí embustero, que pasa por santo entre los moriscos de Granada, á fin de haceros triunfar de las pretensiones que tiene á la corona de Granada nuestro primo Aben-Aboo, lo sabemos todo: mi padre está enojado con vos por vuestra conducta licenciosa, pero os ama, del mismo modo que ama á Aben-Aboo; al fin y al cabo entrambos sois sus parientes. Mi padre, pues, ha dejado correr los sucesos, pero como la rebelion de los moriscos de Granada no puede hacerse sin la ayuda de los monfíes de las Alpujarras, como sin esa rebelion ninguna esperanza tendriais de ser rey, como mi padre el emir no tiene mas descendiente que yo... una mujer...

—¿Ha pensado tal vez en ceñirme una doble corona dándome la del amor al hacerme vuestro esposo?

—Eso no puede ser, primo, contestó dulcemente Amina.

—¡Ah! no me amais.

—Ni puedo amaros.

—¿Que no podeis amarme....?

—No, porque soy casada.

—¡Casada! exclamó con asombro don Fernando. ¡Casada! ¿y con quien?

—¿Qué os importa eso? ¿No sois vos tambien casado?

—Pero casado con una cristiana á quien puedo repudiar.

—¡Repudiar á la pobre Isabel, á la madre de vuestro hijo!

—Los reyes prima.....

—¡Aun no sois rey y ya quereis cometer los crímenes de los reyes!

—¡Ah! vos que os habeis casado sin duda con algun poderoso príncipe musulman, vos que en todo habeis sido afortunada...

—¡Ah! que he sido afortunada en todo. Pedid á Dios, primo, que vuestro corazon no vierta el llanto de sangre que ya ha vertido el mio; pedid á Dios que os haga mas venturoso de lo que yo he sido. ¡Casada con un príncipe musulman! Si tal fuere mi esposo, ¿seriais vos rey de Granada?

—Y si nuestro casamiento es imposible, dijo con una cólera mal encubierta don Fernando, ¿para qué me habeis llamado, señora?

—Si nuestro casamiento es imposible, no es imposible el de nuestros hijos.

Don Fernando marchaba de sorpresa en sorpresa.

—¡El de nuestros hijos! exclamó.

—Si, de la misma manera que vos teneis un hijo, yo tengo una hija.

—Explicaos, explicaos mejor, señora.

—Voy á explicarme. Pero primero quiero haceros algunas preguntas. ¿Sabeis de quien desciendo?

—Dícese que descendeis de Boabdil.

—¡Oh! no ha querido Dios que yo descienda de traidores. Si en vez de ocupar el trono de Granada Boabdil, cuando la acometieron los reyes de Castilla y Aragon, le hubiera ocupado mi padre, Granada no seria esclava de los cristianos, sino la poderosa reina de Occidente, altiva con su poder y su hermosura.

—¿Quienes han sido, pues, vuestros abuelos? dijo con cierto sarcasmo don Fernando.

—Mi sangre viene de las sangres mas ilustres del mundo. Oid. Cuando Granada era todavía una ciudad musulmana, el rey Abul-Hacem, el viejo, prendió en la frontera á una doncella. Aquella doncella era hija bastarda del condestable de Castilla, el poderoso, el invencible don Alvaro de Luna. Despues de la desastrada muerte de aquel magnate, su hija bastarda, habida en una judia, doña Judid de Sotomayor, en fin, fue cautivada por los ginetes del rey Muley-Hacem, y conducida á una torre de la Alhambra. Aquella torre se llamó desde entonces la torre de la cautiva. Vió el rey á la castellana, se enamoró de ella, y fuese por amor ó por violencia, doña Judid fue suya. Un año despues, la cautiva murió dando á luz un niño. Aquel niño fue años adelante, el caudillo mas valiente de Granada, porque aquel niño, que tenia en sus venas la valiente sangre de dos héroes, se llamó el emir Muza-ebn-Abil-Guzan, hermano bastardo del rey Boabdil. ¿Y sabeis don Fernando lo que se hizo del emir Muza, despues de la conquista de Granada?

—Los historiadores moros, dicen, que no queriendo ser testigo de la deshonra y de la destruccion de su patria, desapareció antes de la rendicion de Granada, y añaden que no se volvió á saber de él.

—Es verdad, Muza desapareció, pero seguido de sus valientes ginetes y de sus esclavos, se ocultó en las montañas de las Alpujarras desconocido para todo el mundo, y fue el primer emir de los monfíes. Sabeis ya mi ascendencia paterna, oid mi ascendencia materna: mi madre era hija del rey del desierto de Méjico, descendiente de los ascendientes del emperador Motezuma.

—¡Ah! no puede negarse que vuestra descendencia es ilustre; pero, ¿por qué no vanagloriaros tambien de que vuestro abuelo era hermano de mi abuelo? ¿por qué no decir con orgullo que teneis sangre de los Abderramanes?

—Sabéislo vos que sois mi pariente, y con vos estoy hablando. Ahora bien, el derecho de mi padre al trono de Granada, es incontestable.

—¿Y por qué no le reclama? dijo con altivez don Fernando.

—Mi padre quiere robustecer con la alianza al pueblo moro de Granada, en vez de debilitarle con la desunion. Mi padre renuncia en vos todos sus derechos, pero con algunas condiciones.

—¿Y esas condiciones?

—Estan escritas en este pergamino, firmadas y selladas por mi padre.

—Pero es imposible leer: la luz de la luna no basta.

—Tendremos cuanto hayamos menester: seguidme.

Amina se levantó, y se encaminó con paso seguro por el oscurísimo espacio que poco antes tenia á sus espaldas: don Fernando la siguió: poco despues, Amina empujó una puerta, y se encontraron en un aposento ennegrecido y ruinoso. En el centro de él, habia una mesa con tapete, sobre la que se veian dos bujias, y un tintero de plata: á uno y otro lado de la mesa habia un sillon. Sentóse en uno de ellos Amina y en el otro don Fernando.

—Véamos esas condiciones, dijo este.

—Esperad un momento: quiero cortaros toda evasiva, demostrándoos que sois casado con Isabel de Rojas, y que teneis de ella un hijo que se llama Ben-Yaschem.

—Hablad: quiero probar si vuestro padre está bien informado.

—Mi padre sabe todo lo que le conviene saber, primo. Vais, pues, á juzgar: vuestro padre, mucho tiempo antes de que vos nacíeseis, fue preso por el capitan general de Granada; esto hace mas de veintidos años. Durante la prision de vuestro padre, os dió á luz vuestra madre doña Elvira de Céspedes: acusado vuestro padre de la muerte de su cuñado Miguel Lopez, esposo de vuestra tia doña Isabel de Válor, y padre de nuestro primo Aben-Aboo, murió en la prision á que habia sido condenado de por vida.

—Mi padre fue víctima de una traicion oscura, exclamó con calor don Fernando; y ¡ay del traidor si alguna vez llego á descubrirle! ¡ay de su sangre!

—En efecto, hay mucho de misterioso en algunos sucesos de nuestra familia, misterios que mi padre no ha podido descubrir á pesar de su poder. La verdad del caso es, que vuestra madre os amaba demasiado para daros una buena crianza, y que vuestro tio don Fernando de Válor, que ahora lleva el nombre de Aben-Jahuar, os pervirtió desde vuestros primeros años. A los catorce, perdonad lo que voy á deciros primo, á los catorce años erais ya un pequeño libertino. Por entonces conocísteis en el Albaicin una doncella que tenia vuestra misma edad, os enamoráisteis de ella, y ella se enamoró de vos. Pero el padre de Isabel de Rojas, que ella era, tenia demasiado interés en haceros su yerno, y guardó tanto á su hija, que vos á trueque de poseerla, os casásteis con ella, por ante la iglesia católica, sin que lo supieran, ni vuestra madre ni vuestro tio, porque aquel casamiento fue secreto. Si el padre de Isabel hubiera vivido, aquel matrimonio no hubiera tardado en ser público: pero el padre de Isabel murió antes de que su hija diese á luz el fruto de sus amores, y quedó sola Isabel: vos la abandonásteis don Fernando, abandonásteis á vuestro hijo...

—Y quien os ha dicho, prima...

—En vano buscais una disculpa, la conciencia os acusa: por lo demás, y á pesar de que Isabel haya callado y sufrido, porque cree que no habeis abandonado á su hijo...

—Cada vez os comprendo menos.

—Ya se vé: mi padre ha acudido secretamente á las necesidades de esa desgraciada, á la que nada absolutamente falta, mas que el amor de su esposo: mi padre ha hecho de modo que Isabel cree que atendeis á su subsistencia y á la de vuestro hijo, y vuestra pobre esposa se cree desgraciada, y sufre, pero os cree caballero y os respeta.

—¡Ah! exclamó don Fernando.

—Por lo demás, las pruebas de vuestro casamiento con Isabel de Rojas y las de la legitimidad de vuestro hijo Ben-Yaschem, existen. Mi padre ha contado con ello, y teniendo vos un hijo y yo una hija, ha creido que todas las diferencias que podrian mediar entre nosotros por causa del derecho á la corona de Granada, pueden salvarse por estas capitulaciones. Leedlas, primo, y firmadlas ó rechazadlas, pero contestadme definitivamente, para que mi padre pueda obrar en consecuencia.

Don Fernando desenrolló el largo pergamino que Amina le entregaba, y vió que estaba escrito primorosamente en árabe: su contenido era el siguiente:

«En el nombre de Dios Altísimo y misericordioso, dador de la vida y de la muerte, estas son las capitulaciones de alianza entre el emir de los monfíes de las Alpujarras, el fuerte y vencedor, y el elegido de Dios Muley Aben-Humeya, rey de Granada.

Primeramente: el emir de los monfíes, Yaye-ebn-Al-Hhamar, renuncia á todos los derechos que pueda tener y tenga á la corona de Granada, en su sobrino Muley Aben-Humeya.

Segundo. Muley Aben-Humeya, se obliga por su parte, á casar su hijo único Ben-Yaschem, con Kinza, hija de la sultana Amina, hija única del emir Yaye-ebn-Al-Hhamar.

Tercero. En el caso de que por la voluntad de Dios, muriesen Aben-Humeya ó Yaye-ebn-Al-Hhamar, el que sobreviva, mandará en los dominios del otro, durante la menor edad de sus hijos Ben-Yaschem y Kinza.

Cuarto. Si alguno de estos dos muriese antes de poder contraer matrimonio, se consideran rotas y de ningun valor estas capitulaciones.

Quinto. Si el matrimonio de Ben-Yaschem y Kinza se efectuase, y tuviesen hijos, el primer hijo varon, heredará las coronas reunidas de Granada y de las Alpujarras; si no tuviesen hijo varon, estas dos coronas reunidas, pasarán al hijo segundo varon de Aben-Humeya si lo tuviere, ó en igual caso al segundo hijo varon de la sultana Amina.

Sexto. No habiendo por ninguna de las dos partes hijo varon, las coronas reunidas de Granada y de las Alpujarras, pasarán á Sidi-Aben-Aboo, primo hermano de Aben-Humeya, y sobrino de Yaye-ebn-Al-Hhamar, ó al hijo varon de Aben-Aboo, si este hubiese muerto.

Sétimo. En el caso de haber descendencia masculina por cualquier concepto de Muley Aben-Humeya, ó de Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar, Sidi-Aben-Aboo, será considerado como infante de la casa real de Granada, y se le señalará señorío bastante para que pueda vivir con arreglo á su estado.

Ultimamente. En virtud de las presentes capitulaciones, el emir de los monfíes de las Alpujarras, se obliga á ayudar con sus gentes de guerra y con sus tesoros, á Muley Aben-Humeya para reconquistar de los cristianos el reino de Granada.

Seguian la fórmula religiosa y cancilleresca, por decirlo asi, que usaban en tales documentos los moros, la fecha, el nombre de los testigos y el sello y la firma del emir.

Despues de leer don Fernando detenidamente este pergamino, miró con ansiedad á Amina.

—Sultana, la dijo: todo esto seria inútil si tu consintieses en ser mi esposa.

—Eso es imposible, dijo con impaciencia y desagrado Amina.

—¡Imposible! ¡los reyes pueden romper los vínculos del matrimonio!...

—No lo haré jamás.

—Y... ¿por qué?

—Porque amo lo bastante á mi esposo para renunciar por él una corona, y temo á Dios lo bastante para robar á una mujer y á un niño, su esposo y su padre.

—Y si yo no quisiese firmar esas capitulaciones.

—No seriais rey de Granada.

—¡Oh! ¡lo veríamos!

—Una sola palabra de mi padre, y el faquí Abul-Hasam, á quien dentro de poco consultaran los xeques del Albaicin y de la Vega, pronunciaria el nombre de mi padre en vez del vuestro.

Entróle un terror pánico á Aben-Humeya, que tenia tal idea del poder del emir de los monfíes, que todo lo temió.

—Firmaré, dijo tomando una pluma.

—Esperad, dijo Amina: es necesario que firmeis solemnemente en presencia de los wacires y de los katibs de mi padre.

Amina dió tres fuertes golpes sobre la mesa, é instantáneamente se abrió la puerta y aparecieron uno tras otro, las veintitres sombras blancas que habian precedido hasta allí á Aben-Humeya.

—Acércate, mi buen Harum, dijo Amina, y vé como firma Muley Aben-Humeya las capitulaciones que voy á leerte: escuchad tambien vosotros ancianos walies nobles secretarios de mi padre, sabios de su consejo.

Amina leyó con voz sonora las capitulaciones.

Entonces adelantó una de aquellas sombras, y dijo con autoridad á don Fernando.

—¿Te obligas á todo lo que has oido?

—Me obligo.

—¿Juras por el Dios Altísimo y Unico, guardar y cumplir estas capitulaciones?

—Lo juro.

—Pon al pié de ellas tu nombre de rey, y junto á tu nombre este sello de oro, que es el antiguo sello de los reyes de Granada.

Y el que asi hablaba, sacó un magnífico sello de entre sus ropas y le puso sobre la mesa.

Don Fernando de Válor firmó, y cuando hubo firmado, el mismo moro encubierto, sacó de una manga de su almaizar, otros tres pergaminos enrollados.

—¿Qué es eso? dijo cuidadoso don Fernando.

—Tres copias iguales de estas capitulaciones, señor, contestó el moro.

—¿Y para qué tanta copia?

—Una para vos, otra para el emir de los monfíes; otra para Sidi-Aben-Aboo.

—¡Ah! es verdad, que tambien se le incluye en las capitulaciones.

—Firmad si quereis estas otras.

Don Fernando firmó con despecho.

Entonces el mismo moro derritió cera encarnada sobre los tres pergaminos, junto al nombre de don Fernando de Válor, estampó sobre la cera en los tres el sello real de Granada, y luego firmaron como wacires, secretarios y testigos, los tres pergaminos, los veintitres moros que estaban presentes, despues de lo cual, el moro que hasta entonces habia hablado, entregó el sello real y uno de los pergaminos á don Fernando, y guardó los otros dos.

—Id á ser rey, primo mio, dijo entonces Amina; los xeques del Albaicin y los de la Vega, estaran á las doce de la noche, en la casa del Hardon, junto á san Miguel.

—¿Y vos...?

—Yo... yo parto esta misma noche para las Alpujarras.

—¿Y no me dejareis ver vuestro rostro? exclamó desesperado don Fernando, sin reparar que le escuchaban todos aquellos hombres.

—¡Oh! no, eso jamás. Adios primo, adios. Que él os ayude en la empresa en que os vais á empeñar.

Y Amina desapareció por la puerta, dejando á don Fernando, mudo, asombrado, como presa de un sueño.

Los veintitres fantasmas desfilaron tambien, y el jóven se encontró solo: entonces se precipitó á la salida, atravesó el oscuro espacio de la casa arruinada, y salió á la cumbre del Panderete de las brujas.

Nada vió. Se precipitó por el sendero, y á nadie encontró; solo su caballo atado á una vid al lado del camino.

Volvió á trepar á la cumbre, entró en la casa esperando encontrar á alguien, y llegó á tientas al mismo aposento donde se habian firmado aquellas capitulaciones. Estaba densamente oscura. Palpó: la mesa, los libros, todo habia desaparecido. Dudando aun, buscó mas, y oyó una voz que le dijo:

—No busques, señor, porque nada encontrarás. En la calle de San Miguel te esperan, casa del Hardon.

Don Fernando lanzó un rugido de rabia, salió de nuevo de las ruinas, bajó del Panderete de las brujas, desató su caballo, montó en él, y partió como una flecha en direccion á Granada.

—¡Ella! ¡ella! ¡hermosa, rica! ¡hija del emir! ¡mi prima la sultana Amina, mi esperanza! ¡y casada! ¡casada! ¿y con quién? con algun reyezuelo de Africa. ¡Oh! ¡oh! si no tuviera en mi poder este pergamino y este sello, creeria que todo lo que me ha acontecido era un sueño.

CAPITULO IX.

De cómo por el amor se olvida la amistad.

Cuando llegaron don Alonso de Fuensalida, su hija doña Inés y Aben-Aboo á su casa, que bien podia llamarse casa de todos, cuando estuvieron en la cámara de recibo, doña Inés se inclinó graciosamente hácia Aben-Aboo y le dijo:

—Os suplico, señor Diego Lopez, que me perdoneis si os dejo solo con mi padre, necesito variar de ropas... y rezar mis devociones de costumbre. Adios.

Y sonriendo al jóven de un modo que le hizo palidecer de emocion, salió.

A su vez Aben-Aboo se inclinó tambien cortesmente ante don Alonso:

—Os suplico me perdoneis, si os dejo por un momento.

—¿Teneis alguna aventura, señor Diego Lopez? dijo don Alonso con un acento de interés y de autoridad que maravilló á Aben-Aboo.

—¡Aventura! no ciertamente; pero... quisiera ver á mi amigo.

—¿A vuestro amigo...?

—Creo haberos dicho que era mi amigo el marqués de la Guardia.

—¿Estais citado con él?

—No, pero le buscaré.

—No andeis mucho por Granada esta noche; creedme á mí que soy vuestro amigo: podreis tener malos encuentros.

—¡Oh! por eso descuidad: voy siempre bien acompañado con mi espada.

—Sé que sois valiente. Sin embargo, los encuentros que podeis tener, son de aquellos en que nada vale una espada.

—No os comprendo.

—¿No sois morisco?

—Si por cierto.

—Pues bien, de seguro que los moriscos seran vigilados esta noche por la justicia.

—¡Ah! ¿y quién os ha dicho?

—Es de suponer que suceda asi, despues de lo que ha pasado esta mañana en el Ayuntamiento con don Fernando de Válor.

—Don Fernando es un imprudente.

—Paréceme que amais poco á vuestro primo.

—Mi primo es enemigo mio.

—¡Ah! esas enemistades no deben existir entre parentescos tan cercanos.

—Vos no conoceis á don Fernando; él me provoca.

—Perdonad, señor Diego Lopez; pero necesito hablaros mucho y despacio, no os detengo ahora: id á ver á vuestro amigo... pero os lo ruego, os lo suplico, no entreis esta noche en casa de ningun morisco; no nos obligueis á hacer un esfuerzo para salvaros. ¿Cuándo volvereis de ver á vuestro amigo?

—¿Quién sabe? porque el tal marqués es un loco de atar, y estando á su lado, no hay medio de ser mas cuerdo que él. Pero no quiero pasar esta noche fuera de la casa.

—Bien; á cualquier hora que vengais os estará esperando un criado que os llevará á mi aposento.

—¿Tan importante es lo que teneis que decirme...?

—¡Oh! ¡mucho! con que id con Dios, y sed prudente.

Aben-Aboo salió lleno de confusiones; no sabia qué pensar de aquella familia con quien habia trabado conocimiento de una manera tan singular, y si se quiere tan misteriosa; por otra parte, doña Inés habia causado en él una sensación profundísima: su hermosura le habia hecho concebir deseos ardientes; la habia aspirado, la habia visto de cerca, habia estado en contacto con ella durante muchas horas, y su alma se habia saturado del tentador perfume que emanaba de la jóven: por otra parte habia sido testigo de muchas singularidades, y todas aquellas singularidades venian á anudarse en un solo punto: en la comedianta Angélica.