Segun la conversacion que habia oido en la hostería entre Andrés Cisneros y el misterioso Godinez, Angélica estaba zelosa de una mujer á quien amaba el marqués de la Guardia; aquella mujer á quien aborrecia Angélica era hija del emir de los monfíes: era Amina: Angélica habia entrado aquella tarde de una manera inesperada en el aposento de doña Inés, y la habia insultado, porque Aben-Aboo á pesar de las protestas que de haberse equivocado habia hecho la cómica, habia notado que aquellas dos mujeres se aborrecian: sin duda doña Inés no era otra que la hermosísima hija del emir, la sultana Amina, la Dama blanca de la montaña; su primo, Aben-Aboo pues, estaba loco enamorado, zeloso aun tiempo, é iba en busca del marqués de la Guardia, ansioso de esclarecer cuanto le fuera posible sus dudas, y de arrancarle insidiosamente algunas palabras con las que esperaba esclarecer sus sospechas.
Atravesaba, pues, Aben-Aboo muy de prisa el corredor medio oscuro de que hemos hablado, cuando se abrió silenciosamente una puerta, y sintió un ceceo: detúvose, y el ceceo se repitió; entonces Aben-Aboo se dirigió á donde sonaba, y á través de una puerta oscura una mano de mujer le dió un papel y cerró.
Estremecióse de placer Aben-Aboo; aquella carta no podia ser de otra que de doña Inés, de doña Inés que le habia sonreido durante la comedia; de doña Inés que se habia apoyado fuertemente en su brazo. Y si era de doña Inés aquella carta, doña Inés no era Amina, se habia verdaderamente equivocado Angélica, sus disculpas no eran fingidas; él se habia engañado tambien creyendo encontrar una intencion en el acento de aquellas dos mujeres; no, no podia ser Amina doña Inés, porque le citaba, porque una mujer no cita á un hombre jóven mas que para asuntos amorosos, y Amina no le hubiera citado porque amaba al marqués de la Guardia.
Aben-Aboo se precipitó por las escaleras, ansioso de salir de aquella casa, é ir á otro lugar donde pudiese leer el papel que acababa de recibir: al bajar por las escaleras se acordó de que en la misma calle de San Miguel, lindando con su casa, estaba la taberna del Hardon.
Atravesó el zaguan, salió, tomó la calle á la izquierda, y se metió por una puerta inmediata. Muy pronto se encontró en una sala baja, en la cual habia dos grandes rejas y un postigo que daban á un patio. Al fondo, sentado tras un mostrador y entre toneles, habia un hombre de fisonomía ruda, y enérgica, aunque franca: algunos bebedores charlaban y bebian sentados en derredor de las mesas.
Aben-Aboo se dirigió resueltamente al mostrador: al verle el que estaba al despacho, se puso de pié y clavó en el jóven una profunda mirada.
—¿En qué puedo servir á vuesamerced, caballero? dijo llevándose respetuosamente la mano á la gorra.
—¿Teneis un aposento en que pueda estar solo? dijo Aben-Aboo.
—¡Oh! si señor, y bien abrigado; seguidme si gustais.
Y tomando de un anden una palmatoria con una bugia hizo luz, y saliendo de detrás del mostrador, atravesó la taberna, y seguido de Aben-Aboo, abrió una puerta, y entrambos subieron por una estrecha escalera, y se encontraron en una reducida habitacion en que habia una mesa, algunas sillas y un barreño con fuego.
El tabernero puso la luz sobre la mesa, y dijo encarándose á Aben-Aboo.
—¿Necesitais algo mas?
—Si, necesito que me contesteis á una pregunta. ¿No sois el tabernero que estaba aquí hace seis meses?
—Ya veis que no, respondió con un severo laconismo el preguntado.
—Toméle la taberna, se fué é ignoro su paradero.
—¿Pero esta taberna no es la del Hardon?
Miró con doble profundidad el tabernero á Aben-Aboo.
—El Hardon, ó Pero Alonso, que es como le llamamos, tiene parte conmigo en la taberna, como la tenia con el otro tabernero. Ademas, la casa es suya y vive en ella.
—¿Cómo os llamais?
—Roque Garcia, para serviros.
—¿Sois morisco como el Hardon?
—Algo de morisco tengo.
—Entonces debeis conocerme; yo me llamo entre los moriscos Aben-Aboo.
—Pues no os conozco.
Mortificó un tanto esta respuesta al jóven que continuó.
—¿Pero conoceis al marqués de la Guardia?
—Tampoco conozco á ese caballero.
—Es un jóven como de veinte y tres años, muy galan, muy valiente, muy bebedor y gran jugador de dados.
—Solo conozco de esas señas á un capitan de infantería, que se llama don Juan Coloma.
Acordóse entonces Aben-Aboo, de que don Juan ocultaba su título á causa de su pobreza.
—Y bien dijo: tambien don Juan Coloma es mi amigo. ¿Y viene con mucha frecuencia á vuestra casa ese caballero?
—¡Oh! si señor, y ahora mas que nunca.
—¿Y por qué mas ahora que antes?
—Porque anda enamorado en la vecindad.
—¡Ola! ¿y de quién está enamorado?
—De una dama que vive en la casa grande inmediata.
—¿Y conoceis á esa dama?
Fijó otra nueva y profunda mirada Roque en el semblante de Aben-Aboo.
—Sábese, dijo, que el padre de esa dama es un caballero noble y rico, pero en cuanto á su hija nadie puede jactarse de haberla visto el rostro.
—De modo, que solo el capitan Coloma nos puede decir...
—Creo que tampoco la conoce don Juan: pero helo ahí: en nombrando al ruin de Roma... me parece que le oigo gritar llamándome.
En efecto, se oian en el piso bajo desaforadas voces.
—Pues id, id, amigo, dijo Aben-Aboo, y decid al buen capitan que aquí hay un conocido suyo que le espera.
El tabernero desapareció por las escaleras.
Aprovechando aquel momento, Aben-Aboo leyó el papel que le habian dado en el oscuro corredor de su casa: el contenido era muy corto:
«Si sois discreto, guardad un profundo secreto acerca de la cita que os doy, y ningun pensamiento atrevido aventureis por ella; id á las ánimas, por el postigo de vuestra casa; yo os abriré. Doña Inés.»
Tras este billete y como no tenia tiempo que perder, sacó de la escarcela el que le habia dado con una llave Pertiñez de parte de la comedianta Angélica, y que no habia podido leer hasta entonces: decia así:
«Si sois tan cortés como bizarro, venid esta noche á las doce á la hosteria del carbon: cuando llegueis á lo alto de las escaleras abrid con la llave que os entregará maese Pertiñez la puerta, y adelantad por el corredor: mi aposento es el número 13. Yo os estaré esperando. Angélica.»
Aben-Aboo no tuvo tiempo de meditar en el contenido de estos dos billetes, porque el marqués de la Guardia se le echó encima.
Traia en las manos una guitarra, al costado una espada descomunal, y pendiente de la pretina un broquel cincelado.
—¡Ah! gracias á Dios que os hallo, exclamó; no sabia donde podria hallaros, y hubiera dado por hablaros esta noche... mi alma, porque no tengo otra cosa que daros.
—¿Y para qué me buscabais con tanto interés, don Juan?
—¡Qué diablos! necesito explicarme con vos.
—¿Explicaros conmigo?
—Si por cierto, me habeis dado zelos.
—¿Zelos yo?
—Habeis acompañado esta tarde á una mujer á quien amo, á quien adoro, por la que estoy loco.
—¿La que vive en mi casa?
—¿Cómo en vuestra casa?
—Habeis de saber que la casa grande de al lado es mia, y que la tengo alquilada á don Alonso de Fuensalida.
—¡Ah! perdonad; pero decidme: vos habreis visto el rostro á esa dama.
—Sin duda.
—¿Y es hermosa?
—Permitidme que extrañe, marqués, que me hagais una pregunta tal acerca de una mujer de quien os confesais enamorado.
—¡Ah! no lo extrañeis: sino es la que yo creo esa dama encubierta, no la he visto en mi vida.
—¡Ah! ¿creeis que sea una dama de la que habeis estado enamorado?
—No he amado á otra que á ella.
—Sin embargo, dicen que sois amante favorecido de una hermosísima mujer.
—¡Ah! de la princesa.
—No, no os hablo de princesas; sino de una comedianta.
—¡Ah! sí, de la comedianta Angélica: tanto da.
—Es verdad las comediantas lo son todo, princesas reinas... pero en fin ello es que pasais por su amante.
—Yo amo á esa por la otra. Estoy seguro de que donde quiera esté esa comedianta, estará la dama á quien amo. No sé por qué tengo esa seguridad, pero creo que el odio que se profesan las atrae, las junta.
—Os confieso que no os comprendo.
—Y yo os confieso que lo que pienso es incomprensible: no hay ninguna razon que lo justifique; se apoya en un instinto, en un impulso del corazon, que me grita: donde está la una está la otra.
—Pero ¿qué razones teneis para creer que doña Inés sea la mujer á quien amais?
—Os diré: hace algunos meses, yo, que habia dejado la córte siguiendo á la mujer que amo, mujer que me arrebataba su padre me vine á Granada: en Granada su padre fue mas astuto que yo y perdí su rastro de todo punto.
—¡Ah!
—Estaba ya desesperado, cuando una mañana, hace seis meses, al entrar á oir misa en la iglesia de san Miguel, ví salir una dama enteramente envuelta en un manto de seda. No vi ni su rostro ni su mano, ni su pié, y sin embargo me pareció reconocerla, me pareció que era ella... mi alma, á la que ando buscando desesperado: ella por su parte, al verme de improviso ante sí, hizo un movimiento marcado, un movimiento que me hizo creer que aquella dama me conocia, mas aun, que al verme habia sentido una vivísima alegría: la seguí, y ví que se entró en esa casa de al lado, en la vuestra, señor Diego Lopez. Empecé á rondar pero inútilmente. Jamás se abrió un balcon ni una reja; pregunté á la servidumbre, pero la encontré muda, incorruptible. Vine todas las mañanas á la iglesia de san Miguel, y siempre la ví á la misma hora, pero envuelta cuidadosamente en el manto, acompañada de una dueña tan encubierta como ella y de un viejo escudero. Indagué cuanto pude, y solo saqué en claro, que su padre era un rico indiano llamado don Alonso de Fuensalida, que guardaba mucho á su hija y que nadie la habia visto el rostro. Añadian aun que dentro de su casa tenia un antifaz puesto.
—Y decidme: ¿habeis visto á esa dama todos los dias en misa?
—No, todos los dias no, con frecuencia faltaba seguidos quince dias.
—Tambien, dijo para sí Aben-Aboo, faltaba con frecuencia quince dias seguidos la Dama blanca á sus paseos por la montaña.
—Acontecióme por aquellos dias un suceso singular. Estando yo en mi posada, entró mi lacayo una mañana, y me entregó una caja que habian dejado para mi. Abrí la caja y encontré... ¿qué diréis que encontré?
—¿Quién sabe?
—Pues encontré tres cortes de brocado de los cuales es uno el que teneis puesto, algunas ricas joyas de hombre y quinientos doblones de oro.
—¿Decís que encontrásteis dentro de la caja el córte del justillo que llevo puesto?
—Si por cierto, y á no ser vos tan mi amigo, no os hubiera dado por nada del mundo ese justillo.
Esta confidencia del marquesito, fue un rayo de luz que empezó á esclarecer las dudas de Aben-Aboo: entonces comprendió por qué doña Inés le habia hecho preguntas, basta cierto punto extrañas é inconvenientes, acerca de la procedencia del brocado que vestia.
—Ahora os agradezco doblemente vuestro sacrificio, dijo Aben-Aboo, pero continuad.
—Para obligarme á admitir aquel regalo venia dentro de la caja un billete que contenia las siguientes palabras:
«Podeis aceptar sin reparo lo que os envio, porque teneis mi alma.»
—Era, pues, el regalo, de una dama enamorada de vos.
—¿Y quién podía ser esa dama mas que la mujer á quien adoro? ¿Cómo pudo conmoverme la vista de dona Inés encubierta sino era el amor que busco?
Don Juan inclinó la cabeza sobre el pecho como para ocultar su conmocion.
—Pero vos habeis visto á esa doña Inés, exclamó de repente el marqués levantando la cabeza y fijando una mirada entumecida en Aben-Aboo; vos me direis si es hermosa ó fea, porque si es fea, no es ella, y me interesa saberlo, porque mirad: hoy que se cumplen quince dias desde que no he visto á mi encubierta, he recibido esta brevísima carta.
Y el marqués sacó de su escarcela un papel que entregó á Aben-Aboo.
Este al abrirle palideció: estaba escrito, al parecer, por la misma mano que el billete de doña Inés que le habian entregado poco antes. Aquella carta decia:
«La constancia con que me habeis seguido me obliga; estad esta noche en la taberna próxima y me conocereis.—Quien bien os ama.
—Yo no puedo aseguraros, dijo el marqués, si esta carta esta escrita por la misma mano que escribió la que acompañaba el regalo que me hizo una dama hace seis meses antes por que aquella carta de puro guardarla se me extravió. Lo que sé deciros es que estoy loco; que la cabeza se me arde; que vine esta tarde á saludarla, frenético de alegría, aunque solo pudiese enviarla mi saludo á través de las paredes, cuando os ví salir con ella y con su padre, á quien creí reconocer, á quien creí haber hablado alguna vez: soy muy mal fisonomista, y nada tiene de extraño que si en efecto le he hablado alguna vez no recuerde su semblante: la verdad del caso es que por una parte tuve zelos de vos, y por otra me alegré porque me dije: el señor Diego Lopez es mi amigo, sabe que puede contar con mi bolsa, y con mi espada y me hablará con franqueza. ¿Amais á esa mujer?
—Hoy es el primer dia que la he visto.
—¡Ah! no importa; si es ella, con sola una vez que la hallais visto os habreis enamorado de ella para no olvidarla jamás.
—Eso piensan todos los que aman como vos, de los que conocen á su amante.
—¿No la amais, pues?
—No marqués, no, porque amo á otra; á una mujer que es vuestra querida: á la comedianta Angélica.
—¡Oh! amadla cuanto querais: yo mismo os llevaré de noche, tarde, á la puerta de su aposento. Llamaré y en vez de entrar yo entrareis vos. Pero decidme: ¿esa doña Inés es hermosa?
—No puede ser la que vos sospechais, marqués, es imposible, dijo Aben-Aboo, empezando á tender un lazo traidor al confiado don Juan, lo que demuestra que no hay amistad que no pueda romper una mujer.
—¡Ah! no sabeis si es, eso posible, dijo el marqués; contestadme: ¿es hermosa?
—Hermosísima: tan hermosa como la comedianta, mas hermosa, porque hay en doña Inés mas juventud y mas pureza.
—¡Es jóven! exclamó el marqués que alentaba apenas.
—Como de veintiun años.
—¡Ah! ¡Dios mio! ¿Morena?
—Moreno límpido, encendido, ardiente, y para concluir de una vez ojos negros y grandes, cuello incomparable, alto y puro el seno, los labios muy rojos, y la sonrisa de ángel, pero triste y apasionada.
—¡Oh! ¡es ella! añadió levantándose fuera de si el marqués: la esposa de mi alma, mi Esperanza.
—¿Estais loco? dijo Aben-Aboo, dominando sus zelos y su rabia.
—Si, si, perdonadme, amigo mio, dijo el marqués sentándose y apoyando la frente calenturienta entre sus manos; estaba hablando como si hubiera hablado con ella.
—No lo digo por eso, sino porque os equivocais: porque esa dama que vos llamais Esperanza y que yo llamo doña Inés, no puede ser vuestra esposa ni vuestra amante, porque... en fin, no puede ser.
—No, no me engaño: es ella; ni me he engañado nunca; me lo dijo el corazon desde el momento en que la vi.
—Os digo que no puede ser, insistió Aben-Aboo: para probároslo necesito revelaros un secreto.
—¿Y creeis que yo no soy bastante caballero para guardarlo?
Aben-Aboo esperaba esta respuesta, y se apresuró á contestar:
—Para que no creais que dudo, de vuestra, hidalguia, voy á deciros el verdadero nombre de esa dama. Olvidadle despues é id á buscar con mas fruto vuestra perdida Esperanza, á quien tanto amais. Esa dama tan encubierta es una mora.
—¡Y bien! dijo el marqués con fijeza.
—Esa mora es sultana.
—Y esa sultana, insistió el marqués, es mi esposa ante Dios y mi conciencia.
—Pero... ¿sabeis la que decís...? tartamudeó Aben-Aboo.
—Esa dama á quien yo llamo Esperanza, es hija del emir de los monfíes de las Alpujarras; ya veis que no me habeis revelado secreto alguno.
Aben-Aboo al escuchar estas palabras hizo crugir la silla en que se sentaba: todas sus dudas habian quedado esclarecidas por la revelacion del marqués; habia sentido revolverse en su alma pasiones terribles, salvajes; los zelos, la envidia, el odio; pero ninguna de estas furiosas oleadas de su alma salió á su semblante.
Entonces un pensamiento siniestro cruzó por su alma: sintió ansia mortal contra el marqués, pensó en embriagarle y en asesinarle cuando lo hubiese conseguido, y desplegando la funesta astucia, y la intencion mortífera de que mas tarde se sirvió en la rebelion de las Alpujarras, revistió su semblante de la mas engañadora alegría, y tendiendo la mano al marqués exclamó:
—¡Oh! ¡pues me alegro, me alegro con toda mi alma, don Juan! porque amando vos á la sultana Amina, como la amais, ¡sois de los nuestros!
—Soy enteramente de ella. Ya sé que sois morisco, señor Diego Lopez, dijo con altivez el marqués, y que sois de los mas ilustres. Pues bien: si mañana me dice Esperanza... ó Amina, como querais; «¡Defiende mi corona!» seria traidor á Dios, traidor al rey, perderia mi alma, pero empuñaria el estandarte de la rebelion por los moriscos, y os llevaria al combate.
—¡Que nos llevariais al combate! exclamó Aben-Aboo, cuya alma acabó de ennegrecerse; sois digno del amor de la sultana; sois digno de la corona que ese amor puede ceñir á vuestra cabeza: ¡oh, don Juan! permitid tambien que dé rienda á la locura de mi alegría y que os abrace: ¿con que al fin todos somos unos? ¿todos hermanos?
Y Aben-Aboo se arrojó en los brazos del marqués que le estrechó en ellos con efusion, porque se sentia feliz y el que es feliz, no odia, no sospecha, no desciende á las miserias del mundo.
—Pero Esperanza no me sujetará á tal prueba, dijo el marqués sentándose de nuevo; Esperanza sabe que soy capaz de sacrificarlo todo por ella, pero no me pedirá el sacrificio. Y sin embargo, y ahora recuerdo cuando ví á su padre: un dia que fuí á pedírsela, en Madrid el año pasado, me dijo estas palabras que no he podido olvidar: «Mi hija solo se casará con un rey; pero no importa: si es preciso os haremos rey.»
El alma de Aben-Aboo se decidió al crimen; sin embargo dijo con un acento natural y amigable:
—¡Oh! pues, si el emir se propone haceros rey lo sereis.
—¡Dios me libre de ambicionar tal cosa!
—Pero decidme don Juan, ¿si habeis hablado una vez al emir cómo no le habeis reconocido al verle en Granada?
—Ya os dije que solo tenia de ese caballero un recuerdo muy confuso, como que hace muy cerca de dos años que le hablé y eso solo una vez y en una ocasion en que estaba muy turbado.
—Lo comprendo, dijo Aben-Aboo: y recayendo en su traidor pensamiento de embriagar al marqués para matarle sin ruido añadió: pero lo que no comprendo bien, es que vos, que sois tan bebedor...
—¡Ah! es verdad: es necesario que brindemos juntos por mi felicidad.
—No: bebed vos solo: ya sabeis que soy morisco: sabed ademas que solo soy cristiano en el nombre, y que el Koran me veda el vino y las bebidas espirituosas.
—Sea como vos querais; pero en cuanto á mí necesito templar bebiendo y cantando mi alegría. ¡Ola, Roque! ¡Roque de Satanás! mis dos botellas, añadió levantándose y asomando la cabeza á la puerta de la escalera.
Apareció á poco Roque, con dos botellas y un vaso; estaba pálido de una manera notable, y miró de un modo singular al marqués.
Después salió.
El marqués se entregó á una alegría que podremos llamar lúgubre, en la que habia mucho de locura, mucho de sufrimiento; habia encontrado, al fin, á Esperanza, á la que habia buscado largo tiempo en vano, y un presentimiento oscuro, de que no se apercibia, daba á su contento el aspecto lúgubre y aterrador de que hemos hablado. Bebia á grandes tragos, y con una frecuencia tal, como si hubiera querido ahogar en vino lo que de una manera incomprensible, comprimia su alma.
Pero cantaba, rasgueaba la guitarra, bebia y abrumaba á preguntas sobre Amina á Aben-Aboo, que le contemplaba con ansiedad, esperando ver los primeros síntomas de la embriaguez.
Ya habia despachado el marqués una botella, y ni el mas ligero asomo de embriaguez habia aparecido en su semblante.
Destapó la segunda, llenó el vaso y le apuró de un trago.
—¿A qué sabe este vino? dijo: ese Roque se descuida: este vino sabe á húmedo.
—¡Bah! os habreis engañado tal vez, dijo Aben-Aboo.
—¿Qué es engañarme? dijo el marqués, llenando de nuevo el vaso y apurándole hasta la mitad. Este vino está echado á perder. ¡Eh! ¡Roque! ¡Roque!
Pero Roque no podia oirle, porque la voz del marqués se habia hecho ronca; ademas se iba poniendo densamente pálido; Aben-Aboo sin saber qué pensar de aquello, miraba al marqués con asombro.
—¡Oh! ¿qué es esto? añadió don Juan, llevándose las manos á la frente: la casa se me anda alrededor. ¡Ah! ¿qué... es... esto?
Y como al impulso de una sospecha terrible, se levantó, dió un grito, y cayó de nuevo, pálido como un cadáver sobre la silla.
—¡Oh! ¿le habrán envenenado...? exclamó con terror y con alegria al mismo tiempo Aben-Aboo. Tal vez le mate el amor de Amina. Le han citado á esta taberna... acaso el emir se deshace de una manera tan buena como cualquiera otra, de un amante de su hija, de un amante peligroso...
Y siguió contemplando al marqués que pugnaba en vano por hablar y por levantarse. Sus ojos se cargaban; su semblante palidecia mas y mas, y al fin, su cabeza cayó inerte sobre la mesa.
—¡Oh! esto está concluido, dijo con una feroz alegria Aben-Aboo: el amor de Amina le ha costado la vida.
Aben-Aboo, se levantó, se acercó á él, tomó la luz, levantó la cabeza del jóven y la examinó atentamente: entonces notó con rabia, que el marqués no estaba muerto, sino dormido: respiraba con facilidad, y la palidez habia desaparecido. Aben-Aboo puso la mano sobre el pecho de don Juan, y notó que su corazon latia naturalmente.
—¡Oh! no era un veneno, exclamó; sin duda se le ha adormecido con la intencion de conducirle misteriosamente, sin que pueda darse cuenta del lugar, á los brazos de Amina.
Y la sombría mirada de Aben-Aboo, y la letal palidez que cubrió instantáneamente su semblante, demostraron que luchaba con un horrible pensamiento.
—Y bien, dijo; estoy solo con él; le tengo en mis manos; no puede haber lucha ni gritos; aquí hay un misterio que no comprendo, y en el cual está envuelta Amina; y luego... este hombre es peligroso; el emir ama demasiado á su hija; el marqués ha dicho, si, lo recuerdo bien, que cuando le pidió la mano de Amina, le dijo que era necesario que fuese rey... que podria ser rey. ¡Oh! ¡y el marqués es valiente! ¡el emir poderoso! Dios me entrega este hombre para que impida con su muerte una traicion que nos perderia.
Aben-Aboo salió; fué á la puerta de la escalera, escuchó, miró al oscuro fondo de una manera insensata, y luego, despues de un momento de vacilacion, en que pasaron por su rostro las mas horribles expresiones, se arrancó la daga de la cintura, y se arrojó sobre el marqués.
Pero cuando creia asegurado el golpe, cuando iba á descargarle sobre el corazon de don Juan, sintió que una mano, formidable por su fuerza, detenia la suya y le arrancaba la daga.
Volvióse rugiente de cólera, y vió ante sí á Roque.
—Los que quieren ser reyes, dijo profundamente, no deben ser asesinos.
—¡Ah, traidor! exclamó Aben-Aboo: tú sirves al emir de los monfíes.
—Y bien, ¿qué? contestó el tabernero, con una calma glacial.
—Tú sabias, que esa dama encubierta por quien te pregunté, era la sultana Amina.
—Y bien, ¿qué? repitió con doble calma Roque.
—Tú no eres lo que pareces.
—¡Yo soy monfí! exclamó Roque con acento feroz.
—¡Ah! ¡tú eres monfí! ¡esclavo de un hombre que nos tiende lazos traidores, que mantiene amistades con los cristianos, y nos suscita peligros!
—No sé quien haya podido revelarte que don Alonso de Fonseca y su hija doña Inés, son el poderoso Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar, y la noble sultana Amina; pero no importa, Aben-Aboo: la suerte está echada: muy pronto la sangre del combate correrá en la montaña, y acaso en la ciudad: importa poco que hayas descubierto el secreto: y oye... guárdate: porque si te atreves á levantarte contra el emir, eres hombre muerto.
—¿Me retas?
—Te aconsejo.
—¿Y si yo te castigase y diese muerte al castellano que puede ser la causa de nuestra ruina? exclamó Aben-Aboo, echando mano á su espada.
—Aunque yo solo basto para reducirte á la razon; una sola voz mia, haria caer sobre tí mil puñales.
—¡Ah! los monfíes ¡siempre astutos y traidores! exclamó Aben-Aboo, trasportado de rabia; ¡los monfíes en todas partes!
—Vete; y olvida lo que aquí ha pasado, dijo con altívez Roque; es lo mejor que puedes hacer. Pronto empezaran á venir los moriscos que elegiran por rey de Granada á tu primo Aben-Humeya, y debes evitar que te encuentren aquí.
—¡Si; adios! exclamó trémulo de cólera Aben-Aboo: ¡pero hay del emir! ¡hay de Aben-Humeya! ¡hay de tí!
—¡Y hay de tu cabeza! contestó con desprecio el monfí.
Aben-Aboo, salió rugiendo; bajó como una avalancha las escaleras, y salió á la calle, rebozóse, y se puso en un soportal, en acecho de su casa y de la taberna.
Entre tanto el monfí habia quedado profundamente pensativo en medio de la habitacion.
—No sé, dijo, por qué el emir anda con tantas contemplaciones con esos dos mozos, permite que Aben-Humeya sea rey, y me ata las manos respecto á Aben-Aboo. El emir se arrepentirá, porque esto acabará mal... muy mal... los dos son miserables y traidores: Dios quiera que no sucedan grandes desgracias: por ahora obedezcamos las órdenes de la sultana, y avisémosla de lo que aquí ha pasado.
Y asiendo del marqués, le cargó sobre sus hombros, con la misma facilidad que si hubiera sido un niño, tomó la bugía que estaba sobre la mesa, se encaminó á una puerta situada al fondo de la habitacion por la parte que lindaba con la casa habitada por el emir, y desapareció por aquella puerta con su carga.
CAPITULO X.
En que se trata de lo que pasó entre la sultana Amina y Aben-Aboo.
El joven permaneció algun tiempo observando la casa y la taberna contigua.
La calle estaba desierta y envuelta en un profundo silencio. La luna brillaba sobre ella. Al dar las diez en la iglesia del Salvador, hora en que se cerraban las tabernas, la gente que habia en la del Hardon salió, y se cerró la puerta. La calle quedó ya completamente silenciosa.
Aben-Aboo esperó algun tiempo, pero nadie apareció, á pesar de que segun las noticias del morisco, los xeques del Albaicin debian empezar á acudir á las diez. Entonces recordó Aben-Aboo que á la casa del Hardon podia entrarse por diferentes minas, algunas de las cuales conducian fuera de la ciudad.
—¡Oh! exclamó: los que han de elegir rey á don Fernando entraran por las minas, y de la misma manera habran sacado por las minas al marqués: aunque me estuviese aquí toda la noche nada descubriria... y luego... luego quién sabe por qué se ha dado ese brebaje al marqués. Acaso he supuesto lo que no existe: acaso mis zelos... tenia razon ese hombre... no se puede ver á Amina una vez sin amarla... el amor que me ha inspirado ha crecido con los zelos que el marqués me ha hecho sentir... y acaso me engañe... porque si ella amara al marqués ¿á qué haberse estado recatando de él durante dos años? pero sin embargo, la carta que le citaba esta noche á la taberna... pero á mi me ha citado tambien y de una manera mas directa, por el postigo... yo puedo saber si la sultana, esa sultana que ha estado á mi lado sonriéndome horas enteras, es la Dama blanca... y luego puede ser muy bien que me ame: que me conozca hace mucho tiempo... yo me he puesto á su paso en la montaña... tal vez solo ha tenido con el marqués una aventura galante... y sobre todo yo debo apurar hasta donde pueda este misterio... yo debo acudir á la cita de doña Inés.
Y saliendo del soportal rodeó su propia casa como quien bien la conocia, y se dirigió sin vacilar al postigo.
Detúvose un momento en él á fin de dominarse, y cuando lo hubo conseguido, cuando juzgó que en su semblante no quedaba el menor vestigio de la reciente tormenta, llamó recatadamente al postigo.
Inmediatamente aquel postigo se abrió, y Aben-Aboo lanzó un grito de sorpresa al ver ante si entre las sombras una mujer enteramente vestida de blanco y con un antifaz del mismo color sobre el rostro.
—¡La Dama de la montaña! exclamó.
—Seguidme, dijo la joven.
Aben-Aboo la siguió con el corazon palpitante: atravesó el huerto tras ella, y tras ella atravesó un corredor oscuro, subió unas escaleras, y se encontró en un precioso retrete alumbrado por dos bugías de cera que habia sobre una mesa. Sobre aquella mesa ademas habia un pergamino enrollado y una daga que Aben-Aboo reconoció con terror: era la suya, la que le habia arrebatado en la taberna el monfí.
La jóven cerró la puerta, se quitó el antifaz y apareció el semblante pálido y severo de Amina.
—¿Qué habeis pensado de esta cita? dijo Amina con acento grave.
—¿Me preguntais lo que he pensado ó lo que pienso? dijo con audacia Aben-Aboo.
—Os pregunto lo que habeis pensado, no lo que penseis ahora.
—He pensado delirios, prima.
—¡Delirios!
—Si; he pensado que Dios se compadecia de mí y me daba con vos la felicidad.
—¿Y qué motivos habeis tenido para pensar que yo?...
—Hace mucho tiempo que sin conoceros os amo.
—¡Extraño amor!
—Os he visto en la montaña...
—Creo que ya os costó un lance desagradable vuestra obstinacion en seguirme.
—Lo confieso todo... todo lo que querais que confiese... que soy la Dama blanca de la montaña, la sultana Amina, la amante del marqués de la Guardia...
Amina pronunció estas palabras con una indiferencia despreciativa.
—¡Oh! exclamó con rabia Aben-Aboo, ¿sabeis que os amo, que os he buscado con una tenacidad incansable, y os atreveis á decirme que amais á otro?
—Sino vinierais de donde venís, sino hubierais querido hacer lo que no habeis podido, yo os hubiera dicho: soy vuestra prima Amina, la que habeis seguido á la montaña con peligro de vuestra vida; en el tiempo que hoy hemos estado juntos he comprendido que me amais: yo no puedo pagar vuestro amor, porque no me pertenezco, porque mi corazon y mi vida son de otro á quíen conocí antes que á vos; pero ahora despues de lo que he hecho, despues de lo que habeis dicho, me limito á deciros: tomad vuestra daga, infante Aben-Aboo, y dedicadla á mas noble uso que á asesinar hombres dormidos.
—¿Sabeis señora que ese hombre se jactaba de una manera insolente de que le amabais?
—Puede jactarse de ello: ademas creia hablar con un amigo.
—¿Habeis olvidado señora que ese hombre desprecia vuestros dones vendiéndolos?
—Creia hacer un servicio á un amigo.
—¿Es decir que creeis bueno y noble todo lo que proviene del marqués de la Guardia?...
—Es mí esposo, y debo respetarle... es mas, creo que solo peca de imprudente, de enamorado.
—¿Que es vuestro esposo, exclamó asombrado Aben-Aboo?
—Tomad ese pergamino y comprended por qué os llamo infante, por qué llamo mi esposo al marqués de la Guardia.
Y entregó á Aben Aboo el pergamino enrollado que estaba sobre la mesa, y que no era otra cosa que una copia de las capitulaciones concertadas entre el emir de los Monfíes y Aben-Humeya.
—¡Teneis una hija! exclamó ferozmente Aben-Aboo despues de haber leido el pergamino; ¡Aben-Humeya tiene un hijo!...
—¡Oh! nunca hubiera creido, dijo con profundo desden Amina, que la ambicion hiciese á los hombres tan miserables. Pero ved lo que haceis, Aben-Aboo, ved lo que haceis, porque os advierto que vuestra primera traicion será la señal de vuestro castigo.
—¿Para qué me habeis llamado aquí, señora?
—Mi padre os conoce, Aben-Aboo, y lo ha temido todo de vos, en los momentos en que los moriscos de Granada elijen por su señor á Aben-Humeya: procuró distraeros, os llamó á su casa con un pretexto, os retuvo á nuestro lado, y yo procuré haceros olvidar vuestra ambicion por el amor. Creyéndoos enamorado os cité para apartaros acaso de vuestra ruina, no para alentar un amor que era imposible. Pero vos habeis obrado de tal modo, que me obligais á ser con vos todo lo severa que puede ser una persona que aborrece el crímen.
—Pues os anuncio que vos sereis la causa de muchos crímenes.
—¡Yo!
—Si, vos. Primero he codiciado la corona de Granada, y me la habeis robado; despues os he codiciado á vos y os he perdido.
—¿Y qué derecho teneis á esa corona, qué derecho á mi amor?
—Mi voluntad.
—Vuestra voluntad os llevará á vuestra ruina. Haced lo que mejor os plazca, sed en buen hora mi enemigo. Ni os temo ni os desprecio. Procuraré burlar la venganza que sin duda meditais contra mi padre y contra mí. Pero os aconsejo una cosa. Recatad mucho vuestra venganza, y sobre todo no hableis con mi padre como habeis hablado conmigo. Mi padre nada sabe. Yo debia avisarle para que se precaviese de vos, pero sobre ser vos casi impotente, espero que cuando salgais del estado de delirio en que os encontrais, reflexionareis, comprendereis que en vez de odio nos debeis agradecimiento, y sereis nuestro buen pariente. Si ese momento llega, yo os tenderé mi mano, os perdonaré el mal que habeis querido hacerme, y seré vuestra hermana. Ahora salid, porque todo lo que teniamos que hablar lo hemos hablado ya.
—Adios señora, adios, dijo Aben-Aboo, con acento sombrio, adios, y no os olvideis de mi.
—A pesar de vuestras amenazas, os aconsejo que nada intenteis esta noche contra Aben-Humeya, por mas que tengais algunos parciales, ni dejeis de ver á mi padre. No deis un paso hácia adelante, sino estais seguro de que no habeis de arrepentiros, porque os lo repito, creo que mas que criminal sois loco.
La triste dulzura con que Amina pronunció estas palabras alentó á Aben-Aboo que volvió desde la puerta y se arrojó á los piés de Amina.
—¡Oh! tened compasion de mí, le dijo: teneis razon, yo no he pensado en el crímen hasta que he visto defraudadas todas mis esperanzas... pero amadme, señora, amadme, porque yo antes de ver vuestro semblante os amaba, me habia fingido en vos la hermosura de un arcángel, y al veros he visto que habia soñado poco, que sois mas hermosa, mas noble que lo que soñó mi deseo: amadme, y sea en buen hora Aben-Humeya rey de Granada: si vos sois mia, seré mas feliz que mandando sobre todos los imperios del mundo.
—¡Yo os amo! dijo Amina con una dulcísima voz de consuelo.
—¡Oh! ¡que me amais! ¿luego vuestro amor al marqués de la Guardia es mentira?
—Y es mentira tambien mi hija Kinza.
—¡Ah!
—¿Y habeis podido creer que habria sido madre sino por el amor de un hombre que hubiera llenado enteramente mi alma?
—¡Oh! y entonces... entonces... ¿cómo me amais?
—Levantad y oid: yo os amo porque una voz íntima de mi corazon me dice que os ame; pero os amo de una manera tranquila; como creo que se debe amar á los hermanos; el solo pensamiento de otro amor hácia vos, me horroriza, me repugna... ese amor no puede ser entre nosotros: mi corazon le rechazaria, aunque no amase á otro hombre.
—Pues adios, señora... adios, dijo Aben-Aboo levantándose con el semblante teñido de una palidez letal... ya que no puede haber entre nosotros amor, habrá odio... no podeis amarme... yo os juro que me aborrecereis.
Y Aben-Aboo que conocia las entradas y salidas de la casa como quien era su dueño, salió frenético, dejando sola y aterrada á Amina, que comprendia bien lo temible que era Aben-Aboo.
Por algun tiempo, este vagó á la ventura por calles y callejas; sin direccion fija, calenturiento, entregado á pensamientos, ó por mejor decir, á intenciones de venganza á cual mas horribles: la venganza, ese monstruo del corazon humano, no habia tomado para él formas, pero se revolvia fermentando y rugiendo en su alma.
Asi anduvo una hora: al cabo de ella, el frio que era intenso, contrapesó el ardor febril de su sangre, volvió á su pensamiento la reflexion y se rehizo. Entonces no renunció á su venganza, sino que se resignó á esperar que esta se le presentase en todo su esplendor, justificada, traida por los acontecimientos; comprendió que debia ser prudente, que cuanto mas encubriese su odio mas seguro seria su efecto, y á paso lento tomó el camino de la calle de San Miguel; cuando llegó á ella notó que estaba tan silenciosa y desierta como cuando la habia abandonado, y que no se veia el reflejo de una sola luz ni se escuchaba el mas leve rumor en la casa del Hardon.
—Habrán venido por las minas y estaran en los subterráneos, dijo suspirando, y se encaminó á la puerta principal de su casa.
Abrióle un criado que le indicó que su señor le esperaba y le condujo á su habitacion.
Yaye estaba sentado junto á una mesa, tenia quitada la venda y se le veia en el lado izquierdo de su frente una profunda cicatriz redonda.
Aben-Aboo, ya enteramente dominado adelantó y dobló una rodilla ante el emir besando una de sus manos.
—¿Qué haces, hijo mio, le dijo conmovido Yaye?
—Os rindo el homenaje que os hubiera rendido desde el primer momento, señor, si hubiera sabido quien erais.
Yaye le atrajó á sí y le besó conmovido en la frente: Aben-Aboo notó que una lágrima del emir habia caido sobre sus mejillas.
Esto que hubiese conmovido á otro, irritó á Aben-Aboo.
—¿Has visto á tu prima? le dijo Yaye haciéndole sentar á su lado.
—Si señor.
—He preferido que ella sea quien te revele lo que no te he querido revelar hasta este momento: queria retenerte junto á mí para que no hicieses una locura, pero no quise imponerte el respeto que en este momento te domina. Pero era necesario, cuando te se da un infantazgo, que tu tio y tu señor hablase contigo. Ya sé que has pensado en un puesto mas alto, pero en todos los puestos, hijo mio, encuentra un noble lugar el que es valiente, caballero, y, sobre todo, ama á su patria. Ha llegado el momento de la lucha, lucha que ya no puede dilatarse por mas tiempo. Aben-Humeya cumplirá con su deber como rey de Granada y tú como infante le ayudarás: yo os ayudaré á entrambos. No quiero ocultártelo; la lucha es terrible, arriesgada, y si sobreviene la mas leve division entre nosotros somos perdidos, y sentenciamos á nuestros pobres hermanos, ya harto oprimidos, á la esclavitud, á la muerte, á la deshonra, que es la peor de las muertes. Si hay en tí ambicion, espera y no desesperes, hijo mio. Si el cristiano nos vence, nuestra corona será la corona del martirio; si le vencemos, si, como en otro tiempo nuestros abuelos, logramos avanzar sobre las tierras del cristiano, ayudados del poder del Sultan de Constantinopla nuestro amigo, entonces Aben-Aboo, sobraran coronas en los reinos que reconquistemos.
—Solo os pido una gracia, señor, dijo hipócritamente el jóven.
—¿Cual?
—No separarme de vos, pelear á vuestro lado, llevar en el combate vuestra bandera.
—En lugar estarás, que satisfaga tu valor y tu orgullo, hijo mio. Ahora escúchame, es necesario que partas al momento á las Alpujarras.
—Eso mismo pensaba deciros, señor.
—Yo partiré mañana. Toma: esta carta mia te abrirá paso entre los monfíes que te ayudaran si necesario fuese. Tu madre vive en Cádiar, añadió conmovido el emir.
—Si señor.
—Tu madre estará inquieta.
—Mi madre me ama en extremo, señor.
—Pues bien: dí á tu madre que nada tema, que el emir de los monfíes te protege. Esto la tranquilizará.
—Muy bien, señor.
—Toma, añadió Yaye, abriendo un cajon de una mesa y sacando una repleta bolsa de oro: sé infante de Granada.
—¡Ah! ¡cuántas bondades, señor!
—Adios, vete: sobre todo prudencia y sigilo: que nada puedan sospechar los cristianos hasta el dia del alzamiento.
—Adios, señor, adios, dijo Aben-Aboo que deseaba verse libre de la influencia que ejercia sobre él el emir.
—¿Y no te despides de mi hija? dijo el emir señalando á Amina que habia aparecido en una puerta.
—¡Ah, señora, adios! dijo Aben-Aboo dirigiéndose á ella.
—Sed feliz..... y seguid mis consejos, le dijo Amina.
—¡Ah! no los olvidaré, señora.
Aben Aboo salió, y poco despues se sintió abrir la puerta exterior y las pisadas de un caballo en la calle que se alejaron hasta perderse en el silencio.
—¡Ah! exclamó Amina en un acento que no pudo oir su padre: quiera Dios que con ese hombre no nos preceda á las Alpujarras la desgracia.
Amina sentia oprimido su corazon por un presentimiento funesto.