De qué manera servia á quien le pagaba, Maese Barbillo.
Miróle este por un momento fijamente.
—¿Has concluido ya tus negocios? le preguntó.
—Por el momento si; pero no puedo estar mucho tiempo con vuesamerced, porque tengo que colgar la iglesia, y sacar los sillones para la Inquisicion, y qué sé yo cuántas cosas.
—Bien, siéntate.
—Estoy así bien, señor.
—Siéntate.
Barbillo se sentó.
—¿Has dicho á alma viviente lo que has hablado conmigo?
—¡Cómo, señor! ¿desconfia vuesamerced de mí?
—Desconfio de todo hombre que anda en tratos con mujeres.
—¿Y yo?
—Tú, á la socapa, tienes por novia á la morisca mejor moza de la villa.
—¿Quién ha dicho á vuesamerced tanto? exclamó con cuidado Barbillo.
—Me alegro que nada me niegues: yo sé que el ama del beneficiado Juan de Ribera, la buena Mariblanca, arde por ti, y que teneis tratado casaros.
—Algo hay de eso: pero mientras viva el beneficiado.....
—¿Quién sabe lo que el beneficiado vivirá? pero volviendo al asunto: quien tiene por novia una mujer de tan buenos ojos, y tan ladina como Mariblanca, está expuesto á ser imprudente.
—¡Quiá! ¡no señor! ya sabe vuesamerced que yo soy mucho pez, y que todas las Mariblancas y Marinegras del mundo, no me haran hacer lo que no me convenga: es verdad que la Mariblanca es una muchacha que no la hay mas garrída en la córte del rey: es verdad que he andado y ando y andaré trás ella, y que lo que mucho cuesta se aprecia mucho: pero no hay miedo que yo la diga mas de lo que la debo decir.
—Yo sé que mi cuñada doña Elvira, viene algunas veces encubierta á Cádiar, y que aunque no vea á su cuñada doña Isabel, siempre ve á Mariblanca.
—Es verdad, pero eso consiste...
—¿En qué?
—En que Mariblanca y yo, servimos á doña Elvira.
—En sus amores...
—Cierto que sí.
—¿Pero tú sabes con quién tiene sus amores?
—Ayer no lo sabia, pero hoy lo sé.
—Y... ¿quién es?
—¿Como de cuarenta y cinco años?
—Si señor.
—¿Muy blanco, muy hermoso, con el pelo negro?
—Eso es.
—¿Y sabes cómo se llama ese caballero?
—Lo que sé, es que es muy amigo del beneficiado Juan de Ribera.
—¿Y cómo le conocias de antes?
—De una manera muy sencilla: á causa de doña Elvira. Antes de conocerme á mí, doña Elvira habia conocido á Mariblanca.
—¿Y cómo conoció mi cuñada á tu novia?
—El padre de Mariblanca es morisco.
—Ya lo sé.
—Un morisco feroz.
—Es mas que morisco: es moro: es monfí: se llama Abd-el-Melik el Ferih.
—Un moro muy principal... pues bien: habeis de saber que Mariblanca se enamoró de un capitan del presidio de Andarax. De esto, hace diez años: Mariblanca tenia entonces quince: el capitan la sedujo... la deshonró... y la robó de la casa de su padre... todo esto me lo ha contado Mariblanca.
—Sigue, sigue.
—Como decia, el capitan la sacó de su casa, jurándola que seria su esposa, y la escondió, y gozó de ella cuanto quiso, y cuando se fastidió de ella, empezó á distraerse y á requebrar á otras... entonces Mariblanca le dijo, que la cumpliese su palabra, á lo que el capitan la contestó, que no podia casarse con ella porque era mora. Entonces Mariblanca se fué á buscar al beneficiado.
—¿A Juan de Ribera?
—Al mismo. Le dijo en confesion lo que la acontecia, y le pidió que la bautizase. El beneficiado la bautizó, y ella, con la partida de bautismo en la mano, volvió á Diego de Herrera y le dijo:
—Yo he dejado por tí la casa de mi padre, que si me encuentra me matará: yo te seguí, oyendo tus promesas de que te casarias conmigo: tú me has dicho que no podias casarte con una mora: ya soy cristiana: cúmpleme tu promesa.
El capitan volvió la espalda á la muchacha, que se iba quedando á trás, y que al ver este desprecio de su amante, cegó de cólera y de venganza, y echando mano á un pequeño puñal que llevaba consigo, le hirió á traicion. El capitan cayó: Mariblanca creyendo que le habia muerto, huyó, y se refugió en la iglesia, donde tomó asilo. Entonces el beneficiado, Juan de Ribera, la llevó á su casa, y antes de tomar ninguna resolucion, fué á la casa del capitan: le encontró en el lecho herido, pero no peligrosamente, y supo que el capitan no queriendo acabar de perder á una mujer á quien ya habia hecho bastante daño, habia dicho que le habian herido los monfíes. Condolióse, pues, de la muchacha el beneficiado, ó enamorado de ella, segun dicen malas lenguas, aunque Mariblanca lo niega, y la recibió por su ama, á pesar de que entonces la muchacha solo tenia diez y siete años.
Pasó mucho tiempo: Abd-el-Melik el Ferih que desque su hija huyó de su casa habia desaparecido de Cádiar sin que nadie le hubiese vuelto á ver, permaneció fuera, hasta que una noche, hace dos años, cuando Mariblanca volvia de la fuente, se encontró de repente con un monfí. Era su padre.
—¡Ah! ¡ah! ¡un encuentro endiablado! ¿Y cómo es que hasta hace dos años no se habia presentado el padre á la hija?
—El Ferih habia estado en Africa.
—¿En Africa durante ocho años?
—Sea como quiera, el Ferih no se presentó á su hija sino despues de ocho años que su hija habia huido; pero cuando la vió ante sí...
—No la maté puesto que vive; pero sin duda procuró matarla.
—Nada de eso: la miró por un momento fijamente mientras la pobre temblaba, y luego como si nunca la hubiese visto la dijo:—Sígueme muchacha.
—¿Y le siguió Mariblanca?
—¿Qué habia de hacer? estaban solos y el Ferih la miraba con los ojos mas feroces del mundo. El padre delante y la hija detrás, salieron de la villa, siguieron un sendero adelante y no se detuvieron hasta pasar la valla del cercado de una huerta. Una vez dentro el Ferih se detuvo, y señalando á su hija una casa, tras una de cuyas ventanas se veia una luz, la dijo:—Vé allí; empuja la puerta, sube unas escaleras, y cuando entrares en una habitacion, cuya puerta encontrarás tambien abierta, dirás á una dama que verás allí: el monfí me envia.—La muchacha siguió adelante hácia la casa, empujó la puerta, subió las escaleras, abrió otra puerta y se encontró en una pequeña habitacion donde habia una dama muy hermosa.
—¿Quién eres? la dijo la dama.
—El monfí me envia; contestó con voz medrosa Mariblanca.
—¿Has conocido á ese monfí? replicó la señora.
—¡Es mi padre! exclamó toda trémula Mariblanca.
—¿Y sabes por qué tu padre no ha lavado con tu sangre la deshonra que has echado sobre él?
—No lo sé, señora; dijo Mariblanca.
—Tu padre me debe la vida, repuso la dama, y en agradecimiento me ha prometido no tocar á uno solo de tus cabellos.
—¡Ah! ¡Dios se lo pague á vuesamerced, señora! exclamó Mariblanca cayendo de rodillas.
La dama se inclinó sobre ella, y sin levantarla del suelo la dijo:
—Te he salvado la vida para que me sirvas.
—¡Ah! ¡serviré á vuesamerced de rodillas! exclamó juntando las manos Mariblanca, que no podia echar de si el terror que la habia causado la súbita presencia de su padre.
—No; quiero que me sirvas de pié y con gran discrecion, levántate.
—¿Y en qué he de servir á vuesamerced?
—Conoces tú á doña Isabel de Córdoba y de Válor.
—¡Ah! ¡si señora! contestó Mariblanca; la conozco mucho, porque va con frecuencia encubierta, á hablar con mi señor el beneficiado.
—¿Que va á hablar con tu señor?
—Si señora: muchas veces mi señor está en la iglesia, y doña Isabel le espera; es un ángel: me habla con cariño porque soy morisca convertida...
—¿Es decir, repuso la dama, que con poco que hicieras podrias entrar y salir libremente en casa de doña Isabel?
—Si señora.
—Pues bien; es necesario que entres en su casa cuantas mas veces puedas, que observes, que veas... ademas de eso tú debes de tener un amante...
Mariblanca se turbó, tartamudeó, y al fin confesó que era mi novia.
—¡Ah! dijo la dama: un sacristan... ciertamente el amante digno del ama de un beneficiado; así todo se queda en casa: pues bien, es necesario que de noche tu amante ronde por fuera de la casa de doña Isabel, y vea quién entra y quién sale, ó quién ronda ó no.
Mariblanca prometió á la dama servirla á su placer, y salió mas muerta que viva, temiendo encontrar de nuevo á su padre; pero su padre habia desaparecido: vínose á casa del beneficiado, y mientras este dormia aquella noche su primer sueño, me contó todo lo que la habia acontecido. De esta manera fue como Mariblanca conoció á vuestra cuñada doña Elvira de Céspedes, y me ha contado tantas veces y tan al pormenor su aventura, que la sé de memoria sin que en ella falte ni un ápice.
—Me has dicho en esa relacion que doña Elvira habia salvado la vida al Ferih.
—Asi lo dijo doña Elvira á Mariblanca.
—Esto lo sabré yo por la misma parte interesada; dijo para sí Aben-Jahuar, y luego añadió alto:
—¿Y qué vísteis Mariblanca y tú?
—Mariblanca, que empezó á frecuentar, á pretexto de conocimiento y de cariño á doña Isabel, vió que estaba siempre muy triste, que hasta dentro de su casa llevaba sus lutos de viuda, aunque ha mas de veintidos años que, segun cuentan, y estando de recien casada con él, murió su marido: que ama mucho á su hijo Diego Lopez, y que es muy caritativa y muy cristiana.
—¿Y no vió nunca Mariblanca en la casa ningun hombre?
—Si señor, los parientes del difunto marido de doña Isabel.
—¿Y nadie mas?
—Nadie mas.
—¿Y tú qué vistes en tus rondaduras?
—Os diré, señor: yo he visto mucho y no he visto nada.
—Explícate.
—He visto, por ejemplo, algunas temporadas en este último año un bulto con trazas de caballero, y de caballero principal, que rondaba las bardas de la huerta donde vive doña Isabel.
—¿Rondarlas nada mas?
—Algunas veces hablaba con el esclavo de Diego Lopez, que para hablarle se ponia caballero en la tapia, y esto muy tarde.
—¿Y no pudiste entender lo que hablaban?
—Sí, sí señor; una noche por encargo de doña Elvira, que deseaba mucho saber lo que el caballero hablaba con el esclavo, me arriesgué á todo, y aprovechando la oscuridad, que era tal que no se veian los dedos de las manos, me tendí cosido contra la tierra y la barda cerca del lugar por donde solian hablar el caballero y el esclavo del señor Diego Lopez; poco despues de estar allí oí ruido entre las matas, y sentí acercarse á un hombre que se detuvo y silbó como una culebra: al silbido sentí que por dentro se acercaba una persona que trepaba á la barda, y al fin oí la voz de Alí, á quien conozco mucho, que decia:
—¿Sois vos señor?
—Sí, yo soy, contestó el de fuera: ¿qué tienes que decirme?
—He puesto la carta de vuestra señoría, sobre la mesa del aposento de mi señora; me he puesto en acecho; cuando mi señora ha entrado y visto la carta se ha puesto pálida, la ha tomado y la ha leído temblando; despues la ha ocultado, como ha hecho siempre con las otras, entre sus ropas; ya entrado el dia, me ha encontrado en el huerto, me ha mirado fijamente, como siempre que he dejado alguna carta, pero no me ha dicho nada; á Genoveva, su doncella, la ha tratado con impaciencia, y como la pobre muchacha no sospecha nada, se ha entristecido; yo por mi parte me he hecho el torpe, como si nada supiese, y ha pasado.
—¿Y nada mas? dijo el caballero.
—Sí, si señor, contestó Alí: he robado un ramo de flores del búcaro de la señora, y una de las marañas de cabello de su peinado. Ahí va todo junto: los cabellos en las flores.
—Paréceme que hubiera querido mucho mejor el incógnito, dijo Aben-Jahuar, las flores en los cabellos.
—Eso tambien creo yo, dijo Barbillo, porque el tal señor está perdidamente enamorado de doña Isabel.
—¿Y lo sabe eso doña Elvira?
—¡Pues no ha de saberlo! como que yo la escribí relatándola, sin faltar letra la conversacion que habia oido entre el hidalgo y Alí.
—¿Y no ha entrado nunca ese enamorado, casa de mi hermana?
—Nunca. Sabríalo yo, y hace algunas noches estaba tan desesperado como antaño.
—Continúa.
—Pues señor, doña Elvira quiso á todo trance saber con certeza quién era el desesperado amante de doña Isabel, y... ayer vino á Cádiar.
—Ya lo sé.
—Se ocultó en la casa que tiene de costumbre, en la Caba Alta.
—Lo sé tambien: casa de la viuda de un mudéjar.
—Eso es: con la viuda mandó llamar á Mariblanca.
—Lo sé tambien: es decir que Mariblanca fué á ver á doña Elvira, pero no sé lo que hablaron.
—Doña Elvira queria á todo trance, que yo con algunos amigos me apoderase del encubierto; anoche mismo Mariblanca me lo dijo, y como pagaba bien doña Elvira, busqué al organista y al barbero, que son dos mozos de pelo en pecho, y bien armados, esperamos á nuestro hombre por el camino por donde suele entrar en la villa; el hombre vino, pero nos aporreó: á pesar de la noche le conocí: esta mañana le ví en la sacristía.
—¿Con qué es decir que el beneficiado, anda en tratos con ese hombre?
—¿Y como si anda? y jura y perjura que es el mejor cristiano que conoce.
—Pues no tiene mucho conocimiento el beneficiado.
—¡Cómo! ¡qué! exclamó abispado, como suele decirse, Barbillo.
—Dios me entiende y yo me entiendo, y basta con que Dios y yo nos entendamos: vamos á otra cosa. Mariblanca seguirá frecuentando la casa de mi hermana.
—Ahora mas que nunca, y de tal manera la finge cariño y amistad Mariblanca, que doña Isabel ha llegado á amarla y á no poder pasar sin ella: de tal modo que la tarde que Mariblanca falta á su visita, la envia á buscar doña Isabel.
—¿Y qué sabe Mariblanca de cierta dama, que hace diez dias ha traido mi sobrino Diego Lopez á su casa?
—¡Ah! esa es otra historia. Diego Lopez ni aun se ha tomado el trabajo de disculparse con su madre.
—¡Ola! ¡Ola! ¿con qué de tal modo falta mi sobrino al respeto á mi hermana?
—Hace algun tiempo que el señor Diego Lopez está desconocido, antes era alegre y decidor; iba á todas partes, galanteaba á las mozas, y hacia finezas á Mariblanca, hasta el punto que casi, casi, llegué á tener zelos: jugaba á la pelota, tiraba la barra y era el que mejor parte llevaba en la palestrilla[23]. ¡Pero ahora! ni tiene un requiebro para las mozas, ni una palabra para sus conocidos; anda triste y mohino, pensativo y cabizbajo, y algunos pastores le han visto acechando por el sitio por donde suele pasar la Dama Blanca de la montaña.
—¡Bah! ¡bah! ¡la Dama Blanca! dijo con acento de burla Aben-Jahuar.
—Burlaos cuanto querais, pero no por eso será menos cierto que anda por nuestras montañas ese duende maldito, que hace mal de ojo á los ganados, y mucho será que no se lo haya hecho al señor Diego Lopez.
—Bien, bien; pero sigue, que nuestra conversacion se va haciendo demasiado larga y tengo que hacer.
—¿Pues y yo que estoy haciendo falta ya en la iglesia? ¡Ya se ve! ¡quiere vuesamerced saber tanto!
—Quiero saber lo que sabe Mariblanca acerca de esa dama, que ha ido á vivir desde hace tres días á la casa de mi hermana.
—Esa dama es muy hermosa.
—Lo sé.
—Y muy principal.
—Lo sé tambien.
—Y gasta unos vestidos como no se han visto en las Alpujarras.
—Vamos al asunto maese Barbillo.
—Pues el asunto es, que el señor Diego Lopez se presentó en su casa el lunes en la noche, trayendo á esa dama á la grupa de su caballo, y que dijo á su madre, segun vuestra señora hermana ha dicho á Mariblanca, que era necesario que la tuviese en su compañía. La dama, que se llama, quisiera no equivocarme, doña Angélica, dijo á vuestra hermana que era viuda de no sé qué príncipe, que se encontraba sola en el mundo, que el señor Diego Lopez la habia enamorado, y que preferia vivir al arrimo de doña Isabel, á que nadie viese que siendo moza y sola la galanteaba un hidalgo jóven. Doña Isabel por amor á su hijo, y viéndose tambien sola, ha dicho en el pueblo que la doña Angélica es una parienta suya, que ha venido á vivir una temporada en las Alpujarras. ¡Pobre madre!
Callóse Barbillo, porque no tenia mas que decir.
—Toma maese, le dijo Aben-Jahuar sacando un escudo de oro de su bolsillo y dándolo al sacristan, has cantado de plano y te estoy agradecido. Ahora cuídate de no decir á alma viviente, ni aun á Mariblanca, que has hablado conmigo, y adios.
—¿Y no me encargais nada, señor?
—Será muy posible que no necesite de ti, contestó Aben-Jahuar con voz cavernosa.
—Pues lo siento mucho, don Fernando, porque teneis una manera tal de tratar á las gentes, que dan ganas de serviros de rodillas.
—Si te necesito otra vez te buscaré.
Y como al decir esto Aben-Jahuar habia demostrado con el acento y con el gesto que deseaba quedarse solo, Barbillo, despues de haberle saludado servilmente, salió.
—No gozarás ese dinero, sino lo gastas de aquí á la noche, dijo el capitan general de los moriscos: sé cuanto necesitaba saber: ahora empecemos á obrar.
Y yendo á la puerta gritó:
—Ola mesonero: mi caballo y la cuenta.
Un momento despues salia del meson y de Cádiar á un mismo tiempo.
CAPITULO XVII.
El capitan Diego de Herrera.
Los pobres moriscos de la villa estaban consternados.
En primer lugar desde el dia anterior se sabia una noticia en extremo alarmante.
El hecho á que aquella noticia se referia, era el siguiente:
Acostumbraban los escribanos y los alguaciles de la audiencia de Ujijar de Albacete, villa de las Alpujarras, ir á pasar las vacaciones de Pascuas en Granada, donde los mas de ellos tenian sus familias, y al hacer el camino, como los moriscos estaban acobardados y ellos lo sabian bien, porque eran los que los acobardaban, llevábanse á su paso, gallinas, pollos, miel, fruta y dinero, todo arrancado con amenazas, ó mejor dicho: robado.
Cinco de estos escribanos y alguaciles, entre los que iban dos ferocísimos, Juan Duarte, y Pedro de Medina, salieron de Ujijar el martes veinte y dos de diciembre llevando por guia á un morisco, é hicieron por los lugares por donde pasaron desórdenes y tropelías, con el mismo descuido que si las Alpujarras hubieran estado en perfecta tranquilidad, y no agitadas y preparándose para un alzamiento; á las noticias de estos desórdenes, salió á ellos con algunos monfíes nuestro antiguo conocido Harum-el-Geniz, y encontrándolos en una senda cerca de la villa de Poqueira les cortaron el camino y los pasaron á cuchillo, no pudiendo escapar mas que el escribano Pedro de Medina y el guia morisco, que fueron á ampararse á la villa de Orgiva. Del mismo modo los monfíes mataron y quitaron los caballos á cinco escuderos que habian salido de Motril.
Temian, pues, los moriscos, que, como en otras ocasiones, pagasen justos por pecadores, es decir, que el corregidor de Ujijar enviase al término donde aquellos fracasos habian acontecido y aun mucho mas lejos; algunas escuadras de soldados, y no pudiendo haber á los monfíes, ó no atreviéndose á ellos, extremasen sus crueldades y sus licencias con los que ninguna parte habian tenido en el caso.
Lo que en segundo lugar los tenia como suele decirse con la mosca sobre la oreja, era que se sabia de cierto que la Inquisicion iba á Cádiar á hacer su visita, y lo que en su lugar los aterraba era la llegada á la villa del capitan Diego de Herrera, y su cuñado Juan Hurtado Docampo, hombres crueles, que con cincuenta soldados y una carga de arcabuces, habian venido de Granada, causando á su paso por los pueblos agravios, cometiendo desafueros, y tratando á los naturales como cosas viles de las cuales dispone á su antojo su dueño.
Aquella mañana antes de que entrasen los dos hidalgos cuñados con su gente, sabíase en la villa, y encontrábanse en la plaza los moriscos divididos en corros, hablando animadamente: pero notábase que cambiaban, aunque con gran disimulo, de conversacion cuando pasaba junto á ellos algun alguacil del corregidor, ú otro de los castellanos de los que vivían en el pueblo con fueros y soberbia de autoridad, ya fuese por su oficio, ya por su amistad con los oficiales del rey.
Un observador hubiera notado que los moriscos trataban algo y algo terrible.
Como á las nueve de la mañana oyéronse en la parte baja de la villa pífanos y tambores, y cambió como por ensalmo la expresion de los semblantes de los moriscos, de tal modo que nadie los hubiera creido sino los mas contentos y felices hombres del mundo: poco despues entraron en la plaza con la bandera tendida los cincuenta arcabuceros, llevando delante dos pífanos y dos tambores, tras ellos Diego de Herrera y su cuñado Juan Hurtado Docampo, ginetes en dos rocines, con las espadas desnudas, y con mas fueros, autoridad é hinchazon que podia haber traido el mismo rey.
—¡Eh! ¡tú, Tomás el Ansarí! dijo el capitan Herrera á un anciano que estaba entre los moriscos y á quien conocia por haber estado antes de presidio en la villa: mis muchachos vienen cansados, necesitan buen almuerzo, buena cama, y buenas mozas: conque mira de qué modo se les aposenta, que no tengan que enojarse con vosotros.
El Ansarí, que era el xeque de la talla de Cádiar, noble anciano descendiente de la esclarecida familia de los Abencerrages, se acercó al capitan con la gorra en la mano, y le dijo con la sonrisa en los labios:
—Bien venido sea vuesamerced entre nosotros: por mi parte, mi casa y cuanto en ella tengo está para serviros y á ese honrado hidalgo que os acompaña: juro á Dios que no os ha de faltar nada y en cuanto á la tropa, yo haré de modo que á cada soldado se le aposente como si fuera un rey.
—Bien harás en eso Ansarí, porque tanto como un rey vale un soldado español, y tal andais vosotros que os importa estar bien con la gente de guerra; que nadie sabe lo que acontecerá, y ocasion podria llegar, en que sea mas útil la amistad de un soldado que la del mismo Preste-Juan de las Indias.
—Si esa ocasion llega, ya procuraremos que los buenos soldados del rey no puedan quejarse de nosotros.
Tras estas palabras Tomás el Ansarí se llevó consigo hácia su casa al capitan Herrera y á su cuñado, y los arcabuceros fueron alojados en las mejores casas del pueblo.
Al atravesar la plaza el capitan Herrera, detuvo de repente su caballo.
—¡Juro á Dios que no la hubiera conocido! exclamo mirando á una moza que pasaba á la sazon y que se detuvo á su voz y clavó una penetrante mirada en el capitan; ha crecido y está hecha una reina: será preciso volver á travar conocimiento con esta muchacha.
Aquella muchacha era Mariblanca, que despues de haber mirado por un momento el capitan, siguió su camino haciendo un mohin de desprecio.
—¿Conoces á esa prenda? dijo el capitan al Ansarí, siguiendo adelante.
—Es Mariblanca, contestó lacónicamente el xeque.
—Cuando yo se la quité á su padre para hacerla mia, repuso con desvergüenza el capitan, se llamaba Alida.
—Entonces era mora.
—Es verdad: recuerdo que por casarse conmigo se bautizó.
—Y entonces la pusieron María: despues como es blanca como la nieve, han dado en llamarla Mariblanca.
—¿Y se ha casado?...
—Es ama del licenciado Juan de Ribera, beneficiado de la iglesia de la villa.
—¡Ah! ¡ah! ¡querida de un clérigo!... bien... pues mira aposenta á mi cuñado en tu casa, que yo voy á aposentarme en la del beneficiado.
—Como guste vuesamerced, dijo el Ansarí.
Diego de Herrera, como quien conocia el pueblo, se fué derecho á la casa del beneficiado.
Cuando llegó á ella no habia nadie mas que el niño de coro que servia á Mariblanca, porque en cuanto al clérigo solo se dejaba servir por la jóven.
Era demasiado persona un capitan de infantería española en aquellos tiempos y en tales circunstancias, para que un vecino, y mucho menos un niño, se opusiese á su voluntad. El capitan metió por sí mismo el caballo en la cuadra donde el beneficiado tenia su mula; entróse como por su casa en las habitaciones interiores, y en la mejor se echó sobre un ancho mueble, especie de sofá que el beneficiado, hombre cómodo si los habia, tenia para su regalo, y clavó sus espuelas en el damasco de los almohadones, sin importársele de ello un ardite.
—¿Dónde está tu amo? dijo el capitan al niño de coro que le habia seguido absorto.
—Está en la iglesia, señor, contestó aturdido el muchacho.
—¿Y no hay quien me dé de almorzar?
—No, no señor, contestó mas aturdido el muchacho: la señora Mariblanca está fuera.
—¿Quién está ahí? dijo una voz sonora y fresca á la puerta del aposento.
El muchacho por toda respuesta señaló al capitan que estaba echado sobre el sofá una pierna sobre la otra, y desceñido el talabarte.
—¡Ah! dijo Mariblanca, de la manera mas natural y aun con alegría, con la alegría de quien ve al cabo de mucho tiempo de ausencia á una persona á quien ama: ¡bien venido sea el señor capitan!
El muchacho se habia ido: Mariblanca y Diego de Herrera estaban solos.
Reconozcamos á estas dos personas.
Era ella una mujer como de veinte y cuatro á veinte y cinco años, pero con el brillo de una juventud extremada, alta de frente, ancha de hombros, un tanto largo el cuello, prominente el pecho, delgado el talle, y gallardamente pronunciadas las caderas; era muy blanca, hasta el último punto que puede ser blanca una mujer; levemente sonrosada en las mejillas y los labios húmedos y muy rojos: tenia los cabellos muy negros y muy abundantes: las cejas y las pestañas negrísimas y espesas; los ojos garzos; torneados el cuello, los brazos y las piernas, y muy pequeños y muy gruesecitos los piés y las manos: era una de esas moriscas cuyo tipo se conserva aun en las Alpujarras, que enamoran á una piedra, que derriten con su mirada el hielo, y que desesperarian á un pintor.
Vestia al uso del pais, y su corto zagalejo dejaba ver las deliciosas extremidades en que se sustentaba: se nos olvidaba decir que era alta y robusta, y que en sus ojos, en su boca y en la actitud de su cabeza, habia algo de duro, altivo y fiero, que en vez de perjudicarla aumentaba su hermosura, porque asociaba á ella la idea de la fuerza, del valor y de la dignidad.
Diego de Herrera era un hombre de cuarenta años; alto, robusto, membrudo, con picaresco semblante de soldado, curtido por el sol, por el aire, y por el polvo y el humo de las batallas; procacidad en los ojos, cinismo en la expresion de la boca, audacia en sus maneras, y rudeza y sabor soldadesco en todo su conjunto; todo como cubierto, velado y dulcificado por cierto espíritu de nobleza de raza, que hacia comprender que se trataba de un noble, aventurero y soldadote eso sí, pero de pur sang.
—¿Sabías tú que yo vivia en esta casa, Diego? dijo Mariblanca, posando en el capitan una mirada entumecida, no sabemos si por el odio, pero que podia haberlo sido del mismo modo por el amor.
—¿Pues si tú no vivieras en esta casa vida mia, á qué habia yo de haber venido á ella?
—Pues has tardado en venir, contestó Mariblanca.
—¿Qué quieres? En primer lugar el soldado es del rey en cuerpo y alma, y es necesario ir á donde nos manda su magestad, sin que nos duelan prendas del alma: ademas que la última vez que nos vimos me trataste de un modo que no demostraba que tuvieses muchas ganas de volverme á ver.
—Te dí de puñaladas.
—Pero no me mataste, como me estas matando con tus ojos.
Y el capitan se sentó en el sofá, y echó á un lado el talabarte con la daga y la espada.
Mariblanca se habia acercado, y habia apoyado una mano en el hombro del capitan.
—¿Es verdad que mis ojos te matan? le dijo.
—¡Ah, diablo! me parece que respiro con dificultad, Alida, repuso el capitan rodeando con sus dos manos su cintura.
—A veces el tiempo que pasa hace milagros, dijo con un leve sarcasmo la jóven.
—Sí, si por cierto; el tiempo que pasa, cuando pasa como ha pasado por tí, hace el milagro de convertir á una niña bonita en una moza como tú ¡cien rayos! ¿sabes que seria capaz por tí de matar á todos los clérigos del mundo?
—¿Y por qué?
—¿No eres ama de un beneficiado?
—¡Y bien!
—Ama y manceba...
—Son dos cosas distintas...
—¿De veras?
—Te lo juro.
—Si se pudiera creer eso...
—La que dió de puñaladas al amante que la engañaba, no es mujer de tener mas que un amante.
—¡Oh! ¡oh! si yo llego á creer eso...
Y el capitan trajo hácia sí con tal fuerza á Mariblanca, que aunque esta era fuerte, no pudo evitar que la diese un sonoro beso en el cuello.
Mariblanca, sin embargo, saltó atrás y quedó libre.
—Estas son locuras, dijo.
—¡Cómo! exclamó el capitan: ¿no quieres ser mi mujer?
—No digo eso: sino que venir á esta casa, y despues enamorarme en ella, son locura sobre locura.
—¿Pues qué he de hacer?
—Ven á verme esta noche.
—¿Esta noche?
—Sí.
—¿A hablarte por la reja? no me acomoda.
—Toma: dijo Mariblanca yendo á una espetera y tomando una llave.
—¿Y para qué esto?
—Para que entres esta noche en el huerto por el postigo.
—Hace mucho frio para estar al sereno.
—Al huerto da la ventana de mi aposento.
—¡Ah! eso es distinto. Pero es el caso, que yo no daré con ese postigo.
—Pues es muy fácil; mira (y Mariblanca señaló al huerto que se veía por una puerta del fondo): ¿ves aquella higuera?
—Sí.
—Sus ramas salen fuera de la tapia.
—Sí.
—Junto á esa higuera, está el postigo.
El capitan tomó la llave y la guardó en el bolsillo de sus gregüescos.
—¿Y á qué hora he de venir, luz de mis ojos?
Quedóse un instante meditando Mariblanca.
—Esta noche es noche de Navidad, dijo al fin.
—Es verdad, repuso el capitan.
—A las doce dirá la misa del Gallo el señor Juan de Ribera.
—Y entre tanto tú te quedarás sola en la casa.
—Sí, porque pretextaré que estoy enferma para no ir á misa.
—Bien, muy bien: con que es decir, que esta noche á las doce.
El capitan se levantó, y se dirigió á Mariblanca con notoria intencion de abrazarla.
—Quieto, quieto, señor mio, dijo la jóven: aunque estamos solos puede entrar gente de un momento á otro. Vete. Hasta la noche.
—Sea como tú quieras, Mariblanca: adios.
El capitan se fué á la cuadra, sacó su caballo, montó en él, y fué á hospedarse casa del Ansarí murmurando por el camino:
—Está hecha una prenda de rey: y me ama: me ama aun: las mujeres no olvidan nunca á su primer amante: vive Dios que esta Noche Buena, vá á ser la mejor noche que haya pasado en toda mi vida.
CAPITULO XVIII.
El palacio encantado.
Aun no eran las once de la mañana, cuando salia de Cádiar una larga procesion, en medio de los moriscos que la miraban con un mudismo de mal agüero.
Componian esta procesion, unos cuarenta frailes entre donados y de misa, franciscanos descalzos, con sus hábitos cenicientos, sus anchas sandalias y sus estrechos cerquillos, llevando su pendon y su cruz: trás estos, iba la clerecía de la iglesia parroquial, con sus albas y sus bonetes, llevando delante estandarte y ciriales, y detrás el señor beneficiado, cubierto con una riquísima capa de coro, llevando á la derecha un diácono, y á la izquierda un subdiácono; seguia el corregidor con el escribano, y la turba alguacilesca, despues los vecinos mas ricos del pueblo, entre los que se contaba Tomás el Ansarí, y por último, el capitan Diego de Herrera, y su cuñado Juan Hurtado Docampo, vestidos de gala, llevando trás sí, al compás de la marcha de pífanos y tambores, los cincuenta arcabuceros que habian traido á la villa, no menos engalanados y empenachados.
Toda esta gente salia á recibir al señor Molina de Medrano, inquisidor de la Suprema del Santo Oficio de la general Inquisicion, que con un secretario, algunos alguaciles y un resguardo de cuadrilleros de la Santa Hermandad, esperaba aquella procesion en la venta de la Mala-noche, á un cuarto de legua de Cádiar, para entrar con ella en la villa, con la pompa, decoro y aparato que correspondian al Santo Oficio.
Llegaron á la venta los que recibian, se incorporaron á ellos los recibidos, y tomaron el camino de Cádiar, aumentándose el ruido de los pífanos y tambores de la infantería, con los clarines de los cuadrilleros y los sordos timbales del Santo Oficio.
Apenas el insigne maese Barbillo, que armado de sobrepelliz y sotana, atalayaba desde la torre de la iglesia el camino, vió que los que iban, se habian reunido á los que venian, cuando, satisfaciendo la impaciencia de los monaguillos, les mandó echar las campanas á vuelo.
Aquel alegre toque, penetró como una amenaza terrible en las casas de los moriscos del pueblo: los hombres miraron con temor á sus mujeres como si las viesen por la última vez, y estas abrazaron llorando á sus pequeñuelos.
¡La Inquisicion se acercaba!
Sin embargo, esta consternacion, este dolor eran un delito, y debian quedar ocultos en el fondo del hogar: fuera era necesario, no solo mostrar el semblante alegre, sino tambien salir engalanados al encuentro de la Inquisicion.
Esta, con las gentes que la acompañaban, entró al fin en el pueblo; pero apenas habia entrado, cuando de una breña cercana se levantó un hombre.
Aquel hombre era el emir de los monfíes.
Llevaba Yaye el mismo trage castellano, con que aquella mañana habia hablado á Juan de Ribera, con el nombre de don Alonso de Fuensalida.
Junto á él, oculto en las quebraduras, estaba su caballo.
Silbó Yaye, y un momento despues saltaron por las rocas del barranco dos hombres.
Era el uno su wazir, Harum-el-Geniz, el otro, brabío, terrible, casi salvaje, era el tremendo Ferih de los Berchules.
—Al momento, Harum, al momento, dijo Yaye: vé y ordena á Farax-aben-Farax, que con los seis mil hombres que le he entregado, marche sobre Granada: que procure llegar á ella á la media noche; que levante el Albaicin con unos pocos, mientras con los restantes enviste la Alhambra. Que ponga, en fin, en ejecucion cuanto le tengo ordenado. Vé.
Harum partió.
Yaye se volvió al Ferih, y le señaló á Cádiar que se levantaba delante de ellos sobre su vericueto.
—¿Oyes? le dijo.
—¡Los infieles estan alegres! contestó el Ferih.
—Allí vive tu hija, la hija que te ha deshonrado; allí está el que deshonró á tu hija: es necesario que te vengues, Melik.
—Hace mucho tiempo que estoy esperando mi venganza.
—¡Allí tambien está doña Elvira de Céspedes!
—¡Ah, señor! el amor que os tiene esa dama, os puede ser funesto: ¿porqué en estos momentos supremos no satisfaceis ese amor? ¿ignorais que Aben-Jahuar-el-Zaquer, es un traidor?
—No importa: una cabeza mas que cortar.
—Es que Aben-Humeya y Aben-Aboo, son sus sobrinos.
Estremecióse Yaye al escuchar el nombre de sus hijos, y repitió sin embargo.
—No importa: escúchame bien: en Cádiar tenemos ahora mismo un inquisidor infame, un beneficiado hipócrita y cruel, un capitan de infantería aventurero y asesino; una compañía de arcabuceros, un convento de frailes; un corregidor, y una bandada de alguaciles: cerca á la redonda á Cádiar: que no pueda salir ninguno de esas gentes; que cada breña, cada piedra, cada mata, oculte á un monfí.
—Cercaré la villa, señor, y no saldrá ni una mosca de ella.
—Pero cércala bien: con gente sobrada, y de modo que nadie pueda verla.
—Asi lo haré, señor.
—Solo dejarás pasar por el camino de Yátor, al beneficiado Juan de Ribera, y al sacristan Barbillo.
—¿No sabeis, señor, que ese Barbillo es el amante con que ahora se entretiene mi infame hija?
—El beneficiado y el sacristan volverán á Cádiar: cuenta Ferih con que les acontezca algo en el camino.
—¿Y si fuese con ellos alguna otra persona?
—La dejarás tambien pasar.
—Muy bien, señor.
—Vete y espérame en la rambla Roja.
El Ferih desapareció entre las breñas.
El emir desató su caballo de un espino, y siguió una rambla abajo.
Las campanas de la iglesia de Cádiar seguian repicando.
Yaye se perdió entre las quebraduras.
Entonces, de una breña que estaba próxima al lugar donde habian hablado Yaye, Harum y el Ferih, salieron dos hombres.
El uno tenia una capa gris, y el otro una capa negra.
Eran los mismos que habia estado mirando Aben-Aboo desde la ventana del meson del Cojo.
Eran el comediante Andrés Cisneros, y Laurenti ó Bempo ó Godinez, como quieran nuestros lectores.
—¿Habeis oido? dijo Laurenti á Cisneros.
—Si por cierto, dijo el comediante todo trémulo, y me parece que estamos en muy mal lugar.
—Yo os creia mas valiente.
—¿Podeis pedirme mas valor? Por esa mujer he hecho lo que no hubiera hecho por ninguna. Desde que me dijisteis que no la perdiese de vista, desde el domingo por la mañana, la he observado: en acecho estaba cuando entró en su aposento Aben-Aboo, y me dieron tentaciones de entrar y de matarle allí mismo.
—Hubiérais hecho muy mal.
—Los zelos son malos consejeros.
—Vos no debeis tener zelos de esa mujer.
—¿No los teneis vos?
—¡Yo! lo que la tengo es odio. Ademas, no hay que tener zelos. Ella no ama mas que á un hombre, y ese hombre no la ama.
—¿Y á pesar de eso, huye con otro hombre?
—Por vengarse.
—¿Y por vengarse, ha hecho lo que yo la he visto hacer?
—¿Y qué la habeis visto hacer vos?
—He dicho mal, no lo he visto: lo he sentido.
—¿Pero qué habeis sentido?
—Ya os he dicho, que cuando salieron del corral del Carbon los seguí; que cuando salieron de la ciudad los seguí tambien, pagando á los guardas de la puerta del Rastro, para que me dejasen salir como á ellos; que los seguí por el camino, á pesar de que el caballo de ese maldito morisco, andaba mas deprisa de lo que yo hubiese querido; que cuando ellos han entrado en una venta del camino, me he esperado fuera, sin comer, descansando solo el tiempo que han tardado en salir: pues bien, durante esa larga jornada, he sentido en medio del silencio de la noche...
—¡Algun beso!...
—Besos ardientes: besos de enamorados.
—Y bien, ¿no os ha besado tambien Angiolina?
—Si.
—¿No se ha mostrado tan amorosa con vos delante de las gentes, como os han dicho se han mostrado con Aben-Aboo las mozas de las ventas á quienes habeis preguntado, cediendo á vuestros ridículos zelos?
—Si, si; es verdad que hasta que apareció en Granada el marqués de la Guardia, todos me han creido amante de esa mujer.
—Sin embargo nada habeis obtenido de ella.
—Es verdad.
—Y os ha mantenido continuamente en una falaz esperanza.
—Es verdad.
—Pues de la misma manera, aunque todo el mundo la crea enamorada de Aben-Aboo, aunque Aben-Aboo, que si no la ama ya, la amará con toda su alma, se crea amado por ella, os lo afirmo, os lo afirmo yo que la conozco desde hace diez años: Angiolina, que solo ama al marqués, será fiel á sus amores, se vengará del marqués, le matará si es posible: matará si puede á la sultana Amina, á cuantos encuentre ante sus zelos y su rabia: pero guardará puro su amor á ese hombre: vos no conoceis á Angiolina, añadió suspirando Laurenti: no, no la conoceis: si ella me hubiera amado, que bien pudiera haber sido si yo.... pero en fin, no hablemos de esto: hay dolores que hierven en mi corazon, silenciosos, terribles; que se agitan dentro de él, que luchan, que solo conoce esa mujer... no hablemos mas de este asunto: pero vos necesitais vengaros...
—Si... con toda mi alma.
—Yo tambien.
—Pues á vengarnos hemos venido á las Alpujarras, á vengarnos del marqués de la Guardia.
—Nuestra venganza es injusta, dijo moviendo tristemente la cabeza Cisneros.
—¡Oh! yo odio á ese hombre: yo la aborrezco á ella: á él porque ella le ama, á ella porque le ama á él. Pero andad mas de prisa, Cisneros; ¿no habeis oido al emir mandar á sus monfíes que cerquen á Cádiar á la redonda?
—Y es muy posible que si los monfíes nos encuentran y nos prenden, y nos presentan al emir, no podamos dar cima á nuestros proyectos.
—Si me seguís á buen andar yo os juro que no daran con nosotros.
—La primer contra que tenemos es que no conocemos el terreno.
—Vos no; yo si, y os sirvo de guia.
—¿Que conoceis vos las Alpujarras?
—Conozco la parte que necesito conocer.
—Yo creia que nunca habiais venido á ellas.
—Yo presentía que los sucesos me habian de traer á ellas alguna vez, siguiendo á Angiolina, y procuré que me fuesen familiares.
—No sé cuando habeis podido...
—Yo necesito muy poco tiempo para conocer un terreno: como que he sido bandido...
—¡Ah! exclamó Cisneros, mirando con un asombro temeroso á Laurenti, que á cada momento crecia en proporciones fatídicas ante sus ojos.
—Si; he sido bandido, y famoso y terrible: me han perseguido y jamás han podido dar conmigo: basta con que yo vea la estructura de un país para que comprenda sin equivocarme las ventajas que puedo sacar de él. Y sino juzgad, juzgad por vos mismo: ¿no me habeis encontrado junto á vos en las Alpujarras cuando menos lo esperabais?
—¿Y cómo habia de esperarlo? Yo creia que os quedábais en Granada al frente de la compañía.
—¡Que se la lleve el diablo! vos os vinísteis siguiendo á una mujer; yo me vine siguiendo á un hombre.
—¡Al marqués de la Guardia! ¿estará acaso en las Alpujarras?
—En las Alpujarras se encuentra, aunque es muy posible que no lo sepa.
—¿Y dónde está?
—¿Para qué quereis saberlo? Dejaos guiar de mí, no me pregunteis mas de lo que yo quiera deciros, y sobre todo andad mas de prisa. Porque conozco el terreno os aguijo; hasta que salgamos de esta humbria estamos en peligro.
—Es que resbalo sobre el hielo.
—Si no os sentís con fuerzas para la empresa en que os habeis metido volveos.
—No, no; os seguiré... os seguiré á donde querais.
—Pues bien, seguidme, y por ahora callad; entramos en un terreno nevado, y la nieve ahogará el ruido de nuestros pasos.
—Pero el que pueda oirnos nos puede ver.
—Son dos cosas distintas: pueden oirnos sin vernos: callemos, pues, ya que no podemos hacernos invisibles.
Cisneros siguió en silencio á Laurenti, que á gran paso, por entre pinares lóbregos y estrechos y ásperas quebraduras, alejándose constantemente hácia el Este, anduvo sin parar durante tres horas.
Cisneros le seguia con gran fatiga; al fin en un barranco granítico de altísimas cortaduras que á nada se parecia mas que á una profunda grieta abierta en las rocas, se sentó sobre una piedra exclamando:
—Señor Godinez, yo no puedo mas: si la jornada es mas larga seguid vos solo; en cuanto á mí suceda lo que quiera, y aunque me esponga á ser cogido por los monfíes aquí me quedo.
—Descansad cuanto querais, contestó Laurenti, porque no pasaremos de aquí: este es un escondrijo tan bueno, como que no hay un solo natural de las Alpujarras que se atreva á pasar junto á él, ni en cuatro tiros de arcabuz á la redonda: mirad bien: este es un agujero; ni hay en él arena, ni yerba, ni musgo, la roca pelada, negra y calcárea, únicamente: ni aun las águilas se atreven á anidar en ella: ¿veis ese pico, esa roca informe que se levanta allá abajo, sola y escueta, y cuya parte superior remeda groseramente una cabeza humana desgreñada?
—Si que la veo.
—Pues bien, los naturales pretenden que esa roca ha sentido alguna vez, que ha sido una mujer hermosa...
—Consejas de los montañeses.
—Yo os contaré esa conseja en otra ocasion: ahora solo os diré el nombre de esa roca.
—¿La bruja maldita, acaso?
—No, la princesa encantada. Pues bien, esa princesa nos va á servir de abrigo y refugio, y al lado de un buen fuego y despues de un excelente almuerzo, podremos hablar largamente de nuestros asuntos, puesto que tenemos de plazo hasta la noche.
—¿Y dónde encontraremos ese fuego y ese almuerzo?
—En las faldas de la princesa; conque, levantaos y vamos, que estando parados se hace mas sensible el frio de este aire maldito que zumba entre las cortaduras.
Laurenti se dirigió á la princesa encantada: siguióle Cisneros, dieron la vuelta á la enorme roca, y el comediante vió, que sobre algunas escabrosidades que remedaban bastante bien el repliegue de la falda de una estátua sobre su pedestal, habia una estrecha y negra grieta por la cual apenas cabia un hombre.
Laurenti y Cisneros subieron á ella, recorrieron un pasadizo estrecho y tortuoso, y se encontraron en un espacio densamente lóbrego.
—¿Y qué diablos vamos á hacer aquí á oscuras?
—Esperad, esperad un momento: este es mi palacio en el cual no falta nada.
—¡Ah! ¡teneis el don de hacer milagros!
—Bien podeis decirlo: solo hace tres dias que he descubierto este escondrijo y ya está habitable.
—¿Y como lo descubristeis? No hay senda hasta él, y siendo un lugar de maldicion para los naturales...
—Es verdad: está en el centro de una sierra, lejos de las veredas y de los pueblos; por lo mismo, yo que buscaba un lugar escondido y poco frecuentado, he dado con él.
Y entre tanto Cisneros, arrancaba chispas de un pedernal.
—¿Y como supísteis su nombre y su historia?
—¡Eh! ¡y que curioso sois amigo mio! observó Laurenti, haciendo luz en la yesca encendida con una pajuela de azufre.
—¡Diablo! exclamó Cisneros, al ver á la luz de la lámpara que habia encendido con la pajuela, Laurenti, el gran espacio en que se encontraban: nunca hubiera creido que fuese tan grande el vientre de la princesa encantada.
—Donde han dominado mucho tiempo los árabes y los moros, dijo Cisneros, se encuentran cosas muy singulares, especialmente en las montañas: los tales musulmanes son minadores como topos: ademas como andaban siempre en continuas guerras civiles, y en rebeldías contra sus emires ó reyes, necesitaban la mina para escapar en las ciudades, y en las montañas para esconderse, los antros y las grutas: venid, venid conmigo y vereis.
Y se encaminó con Cisneros á un oscuro ángulo de la caverna, y se metió por otro pasadizo.
—¡Ah! con que es decir, preguntó Cisneros, que solo hemos visto como quien dice, la antecámara.
—Menos aun, amigo mio; hemos pasado el zaguan, y estamos en las escaleras: ¿no notais que descendemos?
—Si por cierto.
—¿No reparais que por esta rampa cabe una cabalgadura?
—Si.
—Dentro de poco llegaremos á las galerías, solo que las galerías son mas estrechas que las escaleras.
—¿Qué bulto es aquel que hay allí? dijo deteniéndose Cisneros: parece un hombre echado sobre sus manos.
—Paréceme que teneis miedo, Cisneros.
—¡Yo!
—Si, y que el miedo os enturbia los ojos: lo que os parece un hombre acurrucado, no es otra cosa que un asno de las Alpujarras, que come tranquilamente su pienso.
—¿Y qué hace ese asno aquí?
—Vos supondreis, que yo no habia de reducirme á vivir en una casa completamente desamueblada siendo rico, es decir, habiendo traido conmigo oro y alhajas.
—¡Ya..!
—Habeis de saber, que cuando buscando yo un lugar apartado y seguro de tropiezos, me encontré en los alrededores de este sitio, oí una voz que me decia: á gritos:
—¡Eh! ¡amigo! ¡buen amigo! ¡deteneos! ¡no deis un paso mas! Levanté la vista al lugar de donde salia la voz y vi un pastor que en una vereda aguijaba sus cabras.
Supuse que habia cerca de mí algun peligro, y me detuve.
—Si quereis salir al camino venid para acá, me dijo el pastor.
Encaminéme á él.
Cuando llegué le pregunté, que por qué me habia detenido.
—¿Sois forastero? me dijo.
—Forastero soy, le respondí.
—Ya se conoce, repuso: si vos hubiérais estado en las Alpujarras algun tiempo, hubiérais oido hablar de la princesa encantada.
—¿Y qué princesa encantada es esa?
—Dios os libre de conocerla, me dijo, porque moririais si no os acontecia una desgracia peor.
Y entonces me relató la historia del encantamento de la princesa, que es tal, que darian de buena gana tres ducados por saberla Torres Navarro ó Lope de Rueda. Se puede hacer con ella una comedia que daria muchas ganancias. Ya os la referiré en otra ocasion.
Seguí con el pastor algun tiempo. Durante este espacio, el pastor me dijo que en el lugar donde estaba encantada la princesa habia un palacio encantado tambien, solo que en vez de estar la princesa encantada en el palacio, el palacio estaba encantado en la princesa.
—He ahi una singularidad que no he visto en ningun libro de caballerías, por mas que los tales libros están llenos de disparates.
—Eso consiste en que el vulgo tiene el privilegio de inventar los mas disparatados disparates: sin embargo, dentro del palacio encantado estamos: hemos pasado el zaguan, hemos bajado las escaleras, pasado junto á las caballerizas y nos revolvemos por los corredores.
—Pues si este ha sido palacio, tal le ha puesto el encanto que no le conociera el alarife que le construyó.
—¡Eh! hasta el fin no podemos juzgar. Aun no hemos llegado al fin. Dejadme que acabe de relataros mi conversacion con el pastor.
—¿Y decís, le pregunté, que nadie se atreve á pasar ni á tres tiros de arcabuz á la redonda junto á la sima de la princesa encantada?
—Nadie, ni los pájaros, me contestó: cuando una cabra se pierde hácia allá preferimos perderla á acercarnos en su busca al sitio maldito: y se pierden muchas, señor: yo creo que las atraen los brujos que viven en el palacio, para devorarlas.
—Mirad no hayan corrido esa voz los monfíes para tener un albergue seguro.
—Ningun monfí se atreveria á llegar al sitio á donde vos llegásteis cuando os llamé: y eso que los monfíes son valientes como demonios.
—¿Y conoceis vos á los monfíes? cuasi nadie los conoce.
—No los conocerán las justicias, ni los cuadrilleros, ni los soldados del rey: pero los pastores de la sierra es distinto: como que nos compran cabras y corderos y muchas noches duermen en nuestras majadas. Si no fueran moros y tan crueles, son buena gente: buenos mozos, gastadores, y bravos, eso sí, como lobos: á los pastores nos tratan bien: pero desdichado del pastor que dice que los ha visto...
—¿Con que tambien esos valientes monfíes tiemblan de acercarse á la sima maldita?
—Ya os digo que se dejarian coger y arcabucear por los soldados del rey antes de pasar de ciertas piedras que están puestas como señales alrededor de la síma.
—Pues os agradezco el que me hayais salvado de tal peligro.
—No habeis tenido mala suerte en que yo os vea. Ahora bien, he aquí el camino de Orgiva.
—Es que yo no iba á Orgiva, le contesté: por lo que me decís, me he perdido.
—¿Pues á donde ibais?
—A Cádiar.
—¡Diablo! pues teneis que desandar el camino, y un mal camino: atravesar el puerto que estará cerrado...
—No importa, solo que estoy cansado.
—Pues meteos en una cortijada, descansad y tomad un guia.
—No, no, prefiero otra cosa. ¿Me vendeis vuestro asno? le dije señalando el que llevaba en el hato.
—Es un jumento nuevo y de buena casta que puede cargar con una iglesia, me dijo.
—Pues mejor, asi podrá aguantar una buena jornada.
—Es que yo no le venderé en menos de diez ducados.
—No quede por eso tomad doce.
Y sacándolos del bolsillo los di al pastor.
—Vamos á aquella cortijada, me dijo; descargaré al pollino y os le llevareis.
Poco despues, y habiéndome dado el pastor las señas del camino por donde debia ir para llegar al puerto, me encontraba cabalgando en mi asno por la senda de un áspero desfiladero.
A mis piés veia la especie de embudo donde está situada la sima de la princesa encantada.
Estaba enteramente solo; descendí, llegué á las quebraduras; ví la roca á quien creen una mujer encantada, y encontré esta gruta: ¡ah! ¡á propósito! deteneos un momento Cisneros: ¿veis ese agujero abierto debajo de esa enorme roca?
—Sí.
—Pues ahí hay un barril de pólvora.
—¡Un barril de pólvora! ¿y para qué?
—En el centro de la primera gruta, me habia olvidado de deciroslo, hay otro, y otro á la entrada de la galería, junto al lugar que sirve de establo al asno. Estos tres barriles son mi defensa.
—¡Ah!
—Si, estoy ya escarmentado: si en otra ocasion hubiera tomado las mismas precauciones, mi suerte seria otra, y acaso otra la vuestra, porque entonces no hubiera venido á España con Angiolina.
—Pero no comprendo...
—Mis proyectos son tales, que puede suceder que me vea perseguido ya por los tercios del rey, ya por los mismos monfíes. En un extremo, al entrar en la gruta pongo fuego á la primera mecha, despues á la segunda, por último á esta.
—Pero os sentenciais á volar hecho pedazos.
—No por cierto: la explosion se efectúa siempre de abajo arriba: nunca de arriba á abajo.
—Deben ser terribles vuestros proyectos cuando de tal modo os preparais.
—Vamos adelante Cisneros y sabreis parte de esos proyectos. Os anuncio que vamos á penetrar dentro de poco en un verdadero palacio.
—¿Será verdad lo del encantamento?
—Si lo del encantamento no es verdad, estoy seguro que si estas rocas habláran podrian contarnos alguna historia, y aun historias de mucho interés.
—¿Y creeis vos que se hayan abierto exprofeso estas galerías para hacer un palacio en las entrañas de la tierra?
—No amigo mio: estas galerías se han abierto para otro objeto; esta es sin disputa una antigua mina romana, ó acaso mas antigua; á poco trabajo encontrareis sobre el terreno escorias de fundiciones de plata; mirad un pequeño fragmento.
Y Laurenti levantó del suelo una partícula de una materia gris oscura y esponjosa.
—En lo que no cabe duda, es en que algun rico bandido, ó algun señor rebelde se han aprovechado de estas y otras minas para ocultarse y de que, para hacerlas mas cómodas han construido en ellas algunas habitaciones con el bello gusto de los árabes. He aquí que llegamos á un punto en que podeis admirar esa delicada arquitectura.
En efecto tenian delante un arco árabe estucado, medianamente conservado, pero sin puerta.
—¡Ah! dijo Cisneros, esto se parece á la Alhambra.
—¡Si! el mismo adorno, el mismo primor, pero mas reducidas las habitaciones: bajad la cabeza sino quereis tropezar en el arco.
Entraron y se encontraron en una pequeña habitacion cuadrada embaldosada de marmol, estucada, con techo de bovedillas.
Al fondo habia una puerta mas alta que la anterior que daba paso á una galería, á cuyos costados habia algunas puertas, y á cuyo fin se abria otro arco, por el que se ingresaba en una gran cámara.
—Esto es muy bello, dijo Cisneros.
—Ya lo creo; es un verdadero alcázar algo deteriorado.
—Y en el que hace algun frio.
—Lo que prueba que el aire tiene comunicacion.
—¡Cómo! ¿no estais seguro de ello?
—No he tenido tiempo de recorrer la mina. Las únicas habitaciones que existen son las que habeis visto y las que corresponden á la puerta por junto á las cuales acabamos de pasar. Esta cámara, no tiene mas que una entrada y dos alcobas: mirad: el pavimento es magnífico: de mosáico aunque empolvado y sucio: mirad qué bella es la fuente del centro; lo que prueba que hay algun valle ó barranco mas abajo del nivel de esta habitacion adonde puedan ir á parar las aguas: el encañado debe estar en buen uso, porque ayer la fuente corria: Cuando salí al aire libre vi que habia llovido.
—Pues ha sido un hallazgo este escondite, dijo Cisneros, porque yo no sabia donde meterme: me conoce el emir de los monfíes, me conocen Aben-Humeya y Aben-Aboo, me conocen en fin otras muchas personas por temor de encontrarme con las cuales, he andado á salto de mata, durmiendo en los ventorrillos y aperreándome por los cerros.
—Agradecedme, pues, el que haya pensado en vos, al establecerme aquí.
—¡Como!
—Aquel es vuestro aposento, dijo Laurenti señalando uno de los alhamies ó alcobas: venid y juzgad.
Dirigiéronse allá, y Cisneros con gran asombro encontró un lecho y una pequeña mesa con algunas botellas.
—Es cuanto aquí nos hace falta, dijo Laurenti: vino que beber y lecho en que descansar.
—Y el vino es bueno, dijo Cisneros empinando una botella.
—Es de la tierra.
—Pero falta algo mas.
—¡Qué!
—Algo que comer.
—Mi olla debe estar cocida, dijo Laurenti.
—¡Diablo! sois un hombre que de nadie necesitais.
—Si tal, he necesitado de un jumento que traiga nuestras camas, nuestros víveres y nuestra leña, á mas de dos buenos arcabuces que hay en aquel rincon.
—Sois todo un hombre, señor Godinez.
—Voy á traer leña, la encenderemos, pondremos junto á ella nuestra mesa, comeremos, beberemos, y acabaremos de entendernos.
Algun tiempo despues, sentados en dos taburetes de pino, teniendo en medio una mesa, en que se veian dos botellas, un vaso y una fuente de estaño, en que humeaba una olla podrida, al lado de una hoguera que ahumaba la habitacion, comian y bebian callando, en uno de esos primeros momentos de la comida, en que solo se atiende á un apetito exigente, Laurenti y Cisneros.
—Vamos á ver, dijo el primero al segundo, sacando un enorme reloj de bolsillo: son las once del dia, hasta las cuatro de la tarde en que necesitamos ponernos en marcha, van cinco horas: en cinco horas de buena conversacion, se puede convenir en muchas cosas.
—Os digo en verdad, amigo Godinez, contestó Cisneros, que me encuentro en las Alpujarras, y metido segun creo en una grande empresa, sin que yo me dé otra razon de andar en estos pasos, mas que mi empeño por una mujer, que se ha burludo de mí, que se ha burlado, por lo que entiendo de vos, cuya historia es un misterio, y cuyo fin podrá ser desastroso. Yo he tenido amores con muy nobles y hermosas damas; he gozado del favor y de la amistad de poderosos señores; he manejado á mi antojo á un príncipe, y he jugado con mi fortuna, sin pararme nunca á considerar en qué vendrian á parar mis aventuras: nunca una mujer ha dominado mi corazon como le domina la princesa: si me hubieran dicho que por esa mujer habia yo de olvidar mis proyectos, mi conveniencia, cuanto me interesa; que me habia de ver reducido á una vida casi miserable, sin dinero, sin amistades, aislado enteramente, sujeto como un niño, y corriendo trás ella por cerros y valles, no lo hubiera creido.
—No hay burlas con el amor, dijo Laurenti: esa mujer os arrastra, os lleva consigo, os atrae, os desespera: teneis zelos: zelos mortales: teneis sed, una sed inextinguible de hacerla vuestra, y junto con esto, la rabia de veros burlado, porque esa mujer se ha burlado de vos.
—Es verdad.
—Yo tambien voy detrás de esa mujer, pero con distintas intenciones: yo la conocí por una venganza, y por una venganza me apoderé de ella: se la robé á su padre: pero cuando se toma por medio de venganza una mujer tal como Angiolina, nuestra venganza nos hiere, porque nos hace esclavos: al poco tiempo de haberme apoderado de Angiolina, la amaba; la amaba, no sabré deciros cómo, porque yo nunca habia amado, pero me parecia que el ser de ella, se habia trasladado al mio; que respiraba con su aliento, que mi corazon latia en el suyo... ¡ah! fuí muy imprudente en tomar por instrumento de una horrible venganza á Angiolina: ella me recuerda mi venganza: me la recuerda todos los días, á todas horas, porque desde que me apoderé de ella, hasta hoy (y han pasado diez años), no he dejado de verla continuamente, á excepcion de dos meses, el año pasado, que vine á Granada: siempre que la veo, tan hermosa, y al parecer tan pura y tan casta, se levanta ante mis ojos, detrás de ella, otra mujer hermosa, que en mal hora dejó de ser casta y pura: otra mujer que me mira con sus dulces ojos grandes y melancólicos y que me acusa. Nunca que miro á Angiolina, dejo de ver el espectro de esa otra desdichada: nunca veo esa figura sangrienta, sin que mi corazon se hiele y se estremezca, por mas que mi semblante continúe impenetrable: ese fantasma que vive eterno detrás de Angiolina, es mi remordimiento, mi horrible remordimiento, mi infierno.