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Los monfíes de las Alpujarras: novela original cover

Los monfíes de las Alpujarras: novela original

Chapter 72: CAPITULO XIX.
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About This Book

Ambientada en la Granada de la mitad del siglo XVI, la novela narra las tensiones entre moriscos y autoridades tras la conquista, descritas mediante actos públicos, pregones y la presencia de la Chancillería, el capitán general y la Inquisición. A partir de esos escenarios colectivos se desarrolla una historia personal centrada en Yaye, cuyo amor hacia una joven vinculada a los renegados provoca vértigo moral y temor por las consecuencias sociales y religiosas. La obra alterna escenas de multitud y ceremonias oficiales con episodios íntimos y pasionales, explorando lealtades, prejuicios y el choque entre afecto y obligación, y está organizada en partes con índices y notas complementarias.

—¿Fue una mujer que abandonásteis por Angiolina? dijo con interés Cisneros.

—No; contestó roncamente Laurenti; fue una mujer á quien maté: á quien maté á puñaladas, á pesar de que pedia á gritos la vida; la vida, no para ella, sino para el hijo que llevaba en sus entrañas.

Laurenti se estremeció de una manera visible, y calló.

—Mucho debió ofenderos esa mujer, cuando tan cruel fuísteis con ella: ¿era acaso vuestra esposa?

—Era mi hermana, contestó con acento sepulcral, horrible, tremendo como una blasfemia, reconcentrado como el rugido de un leon á quien devora la calentura.

Cisneros se puso de pié de una manera instintiva, y miró con terror á Laurenti.

—¡Matásteis á vuestra hermana! exclamó.

—Si, pero sentaos: la maté... y ya no tiene remedio: pero esa catástrofe horrible, aumentó mi amor por Angiolina: durante diez años la he seguido á todas partes encubierto, disfrazado, sirviéndola, tendiéndome á sus pies como un esclavo, procurando hacerme amar de ella, y recibiendo solo en pago, indiferencia; la indiferencia de un mal amo respecto á su criado: pero al menos no tenia zelos: si Angiolina no me amaba, al menos no amaba á nadie; pero una noche, Angiolina entró en su casa con un hombre: con la frente alta, sin recatarse de sus criados, é introdujo á aquel hombre en sus mismas habitaciones como si hubiera sido su marido. ¿Y qué creeis que hice yo?...

—¡Esperásteis á aquel hombre á la salida, y le matásteis...!

—No le maté, ese hombre vive... es el marqués de la Guardia.

—¡Ah!

—Pasé la noche sufriendo lo que ningun hombre ha sufrido jamás, pegado á una pared medianera de los aposentos de Angiolina; pegado el oído á la pared, oyendo, percibiendo cuanto Angiolina en su enamorado delirio dijo y concedió á aquel hombre.

—¿Y no le matásteis al salir?

—No, porque tuve miedo.

—¡Miedo! ¿y de qué?

—Miedo de que me aborreciese Angiolina.

—¡Ah! repitió Cisneros.

—Vos no sabeis lo que es amar: si yo la hubiera amado menos, ella hubiera sido la que hubiera muerto: pero era su esclavo, y lo soy aun.

—Y entonces, ¿de quién quereis vengaros?

—¿De quién? de el hombre que ha tenido la culpa de que Angiolina ame al marqués.

—No os comprendo.

—Angiolina jamás hubiera amado, porque era honrada: porque aun cuando ella creia no haber pertenecido á su marido, aunque no le amaba, le estaba agradecida y hubiera respetado su nombre.

—¿Por qué decis que Angiolina creia no haber pertenecido á su marido?

—Porque ese marido, el príncipe Maffei Lorenzini, era una moneda falsa, no habia tal príncipe.

—¿Pues quién era ese hombre?

—Ese hombre era yo: yo que habia tomado un disfraz impenetrable y un nombre supuesto; yo que gastando mis tesoros de bandido, sostenia el fausto con que Angiolina se presentaba en la córte como princesa.

—¡Ah! ¡sois un hombre extraordinario!

—Decia, pues, que Angiolina, por un amor vulgar nunca hubiera manchado ante las gentes el nombre de su esposo. Pero las mujeres en general vienen al mundo con un grave pecado: con el pecado de la vanidad.—Angiolina se habia acostumbrado á ser la reina de las damas de la córte por su hermosura y por su fausto: yo gastaba cuanto era necesario: el homenaje y la envidia de los caballeros y de las damas de la córte, mantenian satisfecha su vanidad; pero cuando se presentó en Madrid la sultana Amina, ó doña Esperanza, ó la hermosa duquesita, como dieron en llamarla...

—La hermosa de las hermosas, la rica entre las ricas: la altiva entre las altivas, observó Cisneros.

—Decís bien: esa fatal mujer á cuya influencia debo la amargura que tengo en el corazon.—A poco de presentarse en la córte la sultana, noté con terror que Angiolina la envidiaba.—Nadie sabe hasta donde puede llevar la envidia á una mujer, y yo lo temí todo.—En efecto, Angiolina notó que la sultana estaba enamorada; buscó el hombre de su amor, le encontró, y por una sucesion de fatales consecuencias, se hizo querida del hombre á quien amaba la sultana, pretendió robárselo... la vanidad y la envidia llevaron á Angiolina respecto al marqués, al mismo punto á que á mi me llevó mi venganza respecto á Angiolina: se enamoró perdidamente del marqués de la Guardia. Pues bien, ¿quién es la causa de que Angiolina haya contraido ese empeño?

—Indudablemente la sultana Amina; pero acaso, acaso, sin la sultana, Angiolina se hubiera enamorado del mismo modo del marqués.

—No la conoceis: el marqués la habia galanteado: y por lo mismo que el marqués estaba reputado entre las damas de la córte por un hombre irresistible, su vanidad hubiera defendido de él á Angiolina.

—¿Quién sabe?

—Sea como quiera, la causa palpable de mi desgracia es la sultana. La causa de haber ido la sultana á la córte, la ambicion del emir de los monfíes. Necesitaba, pues, no atreviéndome á saciar mi corage en Angiolina, no pudiendo, saciarle en otro: hay rabias que necesitan matar. Mi rabia se volvió al emir y á su hija. El rey don Felipe, supo que el duque viudo de la Jarilla era el emir de los monfíes: la córte supo que la hermosa hija del duque, estaba deshonrada por el amor del marqués de la Guardia: el mismo emir, en una ocasion solemne cayó á mis pies bañado en sangre, y la Inquisicion se apoderó de él: libráronle del Santo Oficio sus monfíes: pero no importa; el golpe de gracia, el golpe que acabará de hacer pedazos su corazon, que le exterminará, se lo daré yo aquí, en las Alpujarras, en medio de su ejército: golpe terrible, del cual se encargaran tales manos, que Satanás escribirá mi venganza entre las mas terribles que halla producido el odio humano.

Laurenti, calló, apoyó la cabeza entre sus manos, y quedó profundamente pensativo: Cisneros le miraba con terror.

—Ahora bien, dijo Laurenti alzando de nuevo la cabeza, despues de algunos momentos de silencio; cuento con vos para mi venganza.

—¡Conmigo! ¿y qué he de hacer yo?

—Ya habeis oido que doña Elvira de Céspedes, viuda de don Diego de Córdoba y de Válor, está en Cádiar. Lo habeis oido de boca del mismo emir de los monfíes.

—¿Y bien?

—El emir ha recomendado al Ferih con un acento particular esa dama.

—¿Y bien?

—Es necesario que vayais á verla.

—¿Y con qué pretexto?

—Por ejemplo: vos conoceis á Aben-Humeya.

—Mucho: como que el tal está tambien enamorado de Angiolina, y travó amistad conmigo para aproximarse á ella por mi medio.

—Pues bien, presentaos á doña Elvira, y decidla: que habiendo escapado su hijo de Granada, y sabiéndose que los moriscos piensan sublevarse, acudís á ella para que por su mediacion, os admita su hijo á su servicio.

—Pero no veo lo que en eso pueda convenirme.

—Esta es una de las primeras mallas de una red, en que os juro se cogeran tantas cosas, contribuyendo vos á ello, que el rey de España os perdonará por lo de marras, y os dará cuanto querrais.

—Pero Angiolina...

—No hay que pensar en ella... ni os ama, ni me ama; esa será otra de las buenas presas que queden en la red: no pudiendo obtener á Angiolina, os importa abriros un camino para volver á la córte: vos fuera de Madrid vivís como el pez de mar en agua dulce: estais mareado: procurad, pues, enmendar vuestra mala suerte, y para eso servidme: yo necesito ser una doble persona: vos sois alentado y astuto, y me convenís.

—¡Qué diablos! dijo Cisneros, mas perdido que estoy no puedo estarlo: haré cuanto querais.

—Y no hareis nada que no sea en provecho vuestro: preparaos, sin embargo, y fortaleceos, porque la empresa es dura y llena de peligros.

—Entre peligros ando hace mucho tiempo, y de todos ellos me ha sacado después de Dios, mi buen aliento.

—Pues por lo pronto, hemos convenido en lo que debemos convenir: esta tarde nos pondremos en camino, y esta noche entraremos en Cádiar. Con que si teneis sueño, que bien podrá ser, segun lo que habeis trasnochado y andado por cerros, dormid, que yo os llamaré cuando sea hora.

Cisneros que comprendió que aquel terrible y misterioso Godinez, que se habia convertido en su señor, no tenia mas ganas de hablar, y sintiéndose por otra parte cansado, se metió en el alhami ó alcoba que Laurenti le habia dicho era su aposento y se acostó, y á poco se durmió.

Laurenti, cuando le oyó roncar, se levantó, fué á un rincón donde tenia su maleta, la abrió, sacó de ella una cartera, y volviendo á sentarse junto á la mesa, sacó de la cartera unos papeles y se puso á meditar sobre ellos con profunda y terrible atencion.

CAPITULO XIX.

El exámen de doctrina cristiana.

A las once de aquel mismo dia, el inquisidor Molina de Medrano, acompañado del licenciado Juan de Ribera, del guardian de San Francisco, de algunos clérigos y frailes, del corregidor, del capitan Diego de Herrera y de algunos castellanos viejos vecinos de Cádiar, entró en la iglesia.

Quedaron fuera, Juan Hurtado Docampo, con los arcabuceros, los timbales y los alguaciles de la Inquisicion.

Desde el momento en que el inquisidor Molina de Medrano entró en la iglesia, una campana empezó á tañer un toque lento y acompasado.

Aquel toque llevó el terror á los oídos de todos los moriscos, porque aquel toque era la voz que les llamaba á la iglesia para ser examinados de doctrina cristiana.

Cuando resonaba la campana tañendo de aquel modo, todos los moriscos tenian obligacion estrecha, bajo severas penas, de acudir á la iglesia, sucediendo muchas veces, que el terror hacia dejar el lecho á los mismos enfermos.

Apenas empezó el toque, de todas las casas de la villa empezó á salir gente que se encaminó á la iglesia.

Bien pronto esta se encontró llena de una multitud vestida en su mayor parte con el pintoresco trage árabe, notándose solo que las mujeres no llevaban albornoz ni nada que las cubriese el rostro.

No era aquel un pueblo cristiano, que lleno de fe y por su libre y espontánea voluntad acude al templo y se arrodilla ante los altares: era un pueblo que iba allí llamado por una campana inexorable que parecia decirles con su lúgubre son:—El que no acuda será condenado:—todos estaban de pié, apilados hácia el fondo de la iglesia, vista desde el presbiterio, dejando vacio un gran espacio entre las sillas que á los piés del altar mayor ocupaba el inquisidor Molina de Medrano, teniendo á su derecha al beneficiado Juan de Ribera, á su izquierda el sacristán Barbillo, que tenia en las manos un papel en que se fijaban de una manera medrosa las miradas de los moriscos, y detrás de su silla, los clérigos de la iglesia, el guardian y los padres graves del convento de San Francisco, y por último, los familiares y alguaciles del Santo Oficio. Ademas, y para no perdonar intimidacion ni aparato, á derecha é izquierda del presbiterio, en su primer escalon habia dos soldados de la fe con las alabardas al hombro.

En el espacio que quedaba libre entre el presbiterio y el semicírculo demarcado por la primera fila de los moriscos, habia algunas personas arrodilladas: eran estas personas, dona Isabel de Córdoba y de Válor; Aben-Aboo, su hijo, Angiolina Visconti, Mariblanca, Tomás el Ansarí, y algunos otros cristianos viejos, alguaciles y oficiales castellanos, y moriscos ricos, conocidos por todo el mundo como convertidos de buena fe.

Todas estas personas que estaban arrodilladas, parecian buenas cristianas por su actitud recogida y tranquila, en contraposicion de los moriscos que estaban de pié al fondo de la iglesia, y cuyos semblantes, no solo se mostraban disgustados, sino hostiles.

Angiolina Visconti por su parte, al ver de improviso ante sí al inquisidor Molina de Medrano, palideció y se cubrió instintivamente el semblante con el manto. Molina de Medrano habia fijado en ella una mirada penetrante, y hasta cierto punto amenazadora: esto consistia, en que Molina la habia conocido el año anterior, en razon á las actuaciones del proceso fulminado por el Santo Oficio contra Yaye, y en razon á pasar Angiolina en la córte por esposa del príncipe Lorenzini Maffei, á quien se atribuia la herida que habia entregado al emir de los monfíes al Santo Oficio. Angiolina habia desaparecido de Madrid por el mismo tiempo de la fuga de Yaye, y esta circunstancia y la de encontrar á la princesa en las Alpujarras, llenaron de alegria la negra alma del inquisidor, que creyó haber encontrado un precioso hilo, que podia llevarle á una rehabilitacion de la influencia del Santo Oficio que tan mal parada habia quedado en el asunto de Yaye. Disimuló sin embargo Molina de Medrano, y Angiolina, comprendiendo que era peor mostrar miedo, que afrontar con valor aquella situación, descubrió de nuevo el rostro, y acercándose á doña Isabel, la dijo con recato:

—Es necesario que no digais que soy vuestra parienta, sino que he venido á parar á vuestra casa.

Doña Isabel miró con turbacion á Angiolina.

Molina de Medrano se apercibió de todo esto.

Despues de algunos momentos en que el inquisidor estuvo comtemplando con su mirada de buho á los moriscos que tenia ante sí, se levantó, y con voz tonante y acento enérgico y duro, les manifestó el objeto de su visita: que su magestad el católico rey de las Españas, y el Santo Tribunal de la Inquisicion, estaban indignados contra ellos, por la tibieza de su fe, y por la tenacidad con que conservaban sus trages y sus malas y reprobadas costumbres, contra los mandamientos de su magestad; que el rey y la Inquisicion le enviaban para poner remedio á todo aquello; que estaba decidido á obrar con un vigor saludable, y que iba á examinarlos en el acto de doctrina cristiana.




Mariblanca.

Despues de esto, se volvió á maese Barbillo que continuaba con su papel en ristre, y le dijo.

—Id llamando á los vecinos, uno por uno, desde el mas alto, hasta el mas bajo, sin dejar nombre que en el padron se encuentre, hasta los niños de siete años.

Maese Barbillo, se caló las antiparras, arrojó una mirada sobre el papel, y dijo:

—¡Doña Isabel de Córdoba y de Válor, viuda de Miguel Lopez!

Levantóse doña Isabel de donde estaba arrodillada, y se acercó tranquila, pero pálida, al inquisidor.

—¿Sois vos esa doña Isabel á quien ha llamado el sacristan? dijo Molina con voz áspera.

—Yo soy, contestó doña Isabel.

—¿Cuánto tiempo hace que os habeis bautizado?

—El tiempo que cuento de vida.

—¡Ah! ¿sois cristiana desde la cuna?

—Lo es mi familia desde la conquista de Granada.

—¡Lástima que tan noble familia se olvide de sus obligaciones para con Dios y para con el rey! Vos debeis ser parienta de don Fernando de Válor.

—Soy su tia, hermana de su padre.

—¿Y sabeis que don Fernando de Válor anda huido?

—Sé que tuvo contestaciones en el cabildo de Granada, y que por resultas de ellas, ha desaparecido.

—¿Conoceis los misterios de la Religion Católica Apostólica Romana?

—¡Oh! si señor, y los adoro.

—¿Qué teneis que decir de esta mujer? preguntó el inquisidor volviéndose con una ruda grosería al beneficiado.

—Esa señora, dijo Juan de Ribera, es un modelo de piedad, y de caridad cristiana.

—¿De modo que no hay necesidad de examinarla?

—Vuestra señoría puede hacerlo si gusta, y yo me alegraré mucho, porque conozca vuestra señoria á una excelente cristiana.




El inquisidor Molina de Medrano.

—Apartaos, pero no os vayais de la iglesia, dijo Molina de Medrano.

Doña Isabél fué á sentarse en un escaño.

—Seguid, dijo el inquisidor á Barbillo.

—Diego Lopez Aben-Aboo, dijo el sacristan; hijo de Miguel Lopez, difunto, y de doña Isabel de Córdoba y de Válor.

Adelantó Aben-Aboo.

—Soy cristiano desde que nací, como mi madre, dijo con impaciencia el jóven, sé la doctrina cristiana desde el principio hasta el fin, y soy bueno y leal vasallo de su magestad.

—Pero sois soberbio y poco respetuoso; nadie os ha preguntado.

—Preguntad cuanto querais.

—¿Es cristiano como su madre este mozo? dijo el inquisidor volviéndose á Juan de Ribera.

—Oye misa, y cumple con los preceptos de la Iglesia.

—¿Está instruido?

—Si señor.

—¿Da escándalos?

—No señor.

—¿Cumple las pragmáticas de su magestad?

—Si señor.

—¿Y respeta su justicia?

—Nunca ha sido preso ni aun reprendido.

—¡Sois primo hermano de don Fernando de Válor! le dijo con voz tonante el inquisidor.

—Su primo soy, contestó Aben-Aboo.

—¿Y sabeis donde para vuestro primo?

—Mi primo vive en Válor, y yo en Cádiar. Apenas nos tratamos.

—Bien, retiraos, pero no os vayais de la iglesia.

Aben-Aboo, fué á sentarse junto á su madre.

—Seguid, dijo el inquisidor á Barbillo.

—Doña Angélica, forastera, que vive en casa de doña Isabel de Córdoba y de Válor, su parienta.

Adelantó Angiolina, y posó una mirada serena y altiva en el inquisidor.

—¡Ah! ¡ah! hénos aquí otra vez frente á frente, señora princesa, dijo con sarcasmo Molina de Medrano: por cierto que no esperaba yo volver á ver á vuecencia tan lejos de la córte y entre tales parientes.

—Yo no tengo aquí ningun pariente, contestó con altivez Angiolina; aquí no hay ningun Visconti. Pero como soy viuda...

—¡Ah! ¿ha muerto el señor príncipe?

—Si señor: mi salud requeria el aire de las montañas, y lo repito, como soy viuda y jóven, al venir á parar casa de mi buena amiga doña Isabel, convinimos en que pasaria por su parienta.

—Es extraño que os hayais venido á tomar los aires en una tierra por donde anda sin duda vuestra antigua amiga la duquesa de la Jarilla con su noble padre, y donde ademas se encuentra otro vuestro grande amigo, el señor marqués de la Guardia.

—Creo que no sean estas cosas para tratadas en un templo, dijo con altivez Angiolina.

—Teneis razon, estos asuntos deben tratarse en otra parte; por lo mismo, tened la dignacion de esperar, señora, á que yo concluya la importante comision que traigo. Seguid, añadió el inquisidor, mientras Angiolina se retiraba al escaño donde estaban sentados doña Isabel y Aben-Aboo.

—Mariblanca, morisca, que antes de convertirse se llamaba Alida, hija de Melik el Ferih.

Adelantó Mariblanca con su resplandeciente hermosura y su bello trage de montañesa alpujarreña.

—Mariblanca es mi ama desde que se bautizó, dijo el beneficiado, y cuando digo que es mi ama, añado que es buena cristiana y buena doncella, que de otro modo no la tendria yo conmigo.

—¿Y cuánto tiempo hace que se bautizó esta... doncella?

—Hace diez años.

—¿Y qué edad teneis, moza?

—Veinticinco años, señor.

—¿Es decir, exclamó severamente Molina de Medrano, que tomásteis por ama, una doncella morisca de quince años, garrida y hermosa?

—Estaba abandonada... su padre la habia abandonado.

—Debísteis evitar el tenerla en vuestra casa.

—Hícelo por caridad.

—Idos á vuestros quehaceres, muchacha, dijo el inquisidor, y procurad ser en lo sucesivo tan cristiana y tan honrada como lo habeis sido hasta ahora.

Mariblanca saludó al inquisidor, salió, y dijo al pasar, al capitan Diego de Herrera, que estaba en la puerta de la iglesia.

—Que no te olvides de que te espero esta noche Diego.

—Esa muchacha está loca por mí, dijo el capitan, acariciándose el vigote.

Entre tanto, Barbillo habia llamado á Tomás el Ansari, morisco bautizado.

Adelantó humildemente el anciano.

Examinóle minuciosamente Molina de Medrano, pidió informes de él al beneficiado, y cuando estuvo convencido de su cristiandad y buenas costumbres, le pidió por su familia.

—Estoy solo en el mundo, señor, contestó el xeque; mi esposa murió, mis hijos han muerto, y dos nietos pequeñuelos que me quedaban, han sido llevados á Castilla para criarlos en los hospicios del rey.

—Su magestad quiere que todos sus vasallos sean buenos católicos, y ha mirado por el alma de vuestros nietos.

—Dios se lo pague á su magestad, señor, contestó el Ansari.

Y se retiró.

—¡Malicatulzarah![24] dijo el sacristan.

Adelantó una hermosísima mujer, muy jóven, como de veinte años, vestida con el trage morisco, y llevando de la mano un niño como de ocho años, y una niña como de siete, igualmente vestidos á la morisca.

—¿Cómo os atreveis á presentaros asi en la iglesia, y delante de mí? dijo el inquisidor á la pobre joven que temblaba.

—¡Ah, señor! somos pobres y no tenemos dinero para comprar vestidos castellanos.

—¿Que sois pobres, y vestis sayas de lana fina, y gastais cadena de oro y arracadas de plata?

—Estas joyuelas eran de mi madre y las conservo por su amor.

—¿Y esos niños?

—Son mis hijos.

—¡Vuestros hijos!

—Si señor, soy casada.

—¡Casada! ¿pero qué edad teneis?

—Veinte años.

—¿Y esos hijos, son hijos de vuestro esposo?

—¡Oh! ¡si señor!

—¿Pero á qué edad se casan estas gentes? exclamó escandalizado el inquisidor.

—Las castellanos pueden casarse á los doce años, señor, observó la morisca.

Irritóse el inquisidor.

—Hablad cuando os pregunten, dijo.

La morisca bajó los ojos, y calló.

—¿Vive vuestro marido?

—Si señor: todo el mundo le conoce en la villa: es tejedor de sedas.

—¿Y por qué no ha venido á la iglesia?

—Está gravemente enfermo, dijo maese Barbillo, y por eso no le habia nombrado.

—Que vayan al momento por él cuatro alguaciles del Santo Oficio, y uno de la villa para que los guie.

—¿Pero no ois, señor, que mi pobre Adel está enfermo de peligro?

Irritóse mas con esta réplica Molina de Medrano, y gritó lleno de cólera, sin tener en cuenta el sagrado lugar en que se encontraba:

—Los enfermos y los sanos, los altos y los bajos, todos vendrán aquí: es necesario limpiar los dominios del rey de la mala yerba, y si los muertos pudieran oir y contestar, á los muertos sacaria yo de la tumba, cuanto mas á los enfermos de sus lechos. Dios y el rey lo mandan.

—Pero si mi Adel muere, ni vuestro Dios, ni vuestro rey, me le volverán, exclamó desesperada Malicatulzarah.

—Id ministros, id, exclamó en el colmo de su cólera el inquisidor: traedme acá ese descreido. Y tú, tú la de vuestro Dios y vuestro rey, como si no fuesen tambien tu Dios y tu señor, mira como me contestas, porque si no te encuentro instruida en los misterios de nuestra santa religion, si no te retractas de tus blasfemias, me apodero de tí en nombre del Santo Tribunal de la Inquisicion.

La jóven no temblaba: tenia fija una mirada lúcida, altiva, terrible, en Molina de Medrano, que en vano queria dominarla con su mirada de lobo hambriento.

—Empecemos por tus hijos: si eres buena cristiana les habrás enseñado á rezar: di el padre nuestro muchacho.

—No lo sé, contestó el niño, estrechándose contra el zagalejo de su madre.

—¡Ah! ¡no sabes el padre nuestro! ¡no sabrás tampoco cuántas son las personas de la Santísima Trinidad!

—¡Le ille Allah! contestó el niño en árabe con voz sonora.

—¿Qué quiere decir este muchacho? exclamó el inquisidor.

—¡No hay otro Dios, que Dios el Altísimo y Unico y Mahoma su profeta! dijo una voz débil desde el centro de la multitud, pero que á pesar de su debilidad, resonó clara y distinta en el templo.

Molina de Medrano se puso de pié, y gritó:

—¿Quién es el blasfemo...?

—Has preguntado lo que ha querido decir mi hijo, contestó adelantando apoyado en un viejo, un hombre como de treinta años, demacrado, pálido, vacilante, y á todas luces gravemente enfermo: al verle Malicatulzarah corrió á él, seguida de sus hijos, y ayudó al anciano á llevar al jóven hasta el presbiterio.

Era toda una familia que se presentaba ante la Inquisicion: el abuelo decrépito, el hijo enfermo, la mujer hermosa y desesperada, y los hijos pequeñuelos asombrados y temblando por lo que veian.

—Tus alguaciles han ido á buscarme, dijo, pero yo estaba allí entre mis hermanos: yo esperaba que fueses un hombre de caridad, pero eres un lobo, y vengo á que me despedaces con los mios, antes que el miedo haga renegar á mi esposa del Dios de nuestros abuelos.

—Es decir que te confiesas moro.

—Moro soy y moros son los mios, y moros moriremos confesando al Dios Altísimo y Unico.

—¿Estan bautizados? dijo el inquisidor con una intencion de hiena dirigiéndose al beneficiado.

—Si señor, bautizados estan, pero siempre han sido flojos cristianos, contestó todo trémulo el beneficiado.

—Nunca hemos sido cristianos, ni lo son los que tienes delante: ninguno... ninguno ha dejado de ser moro: hemos doblado la frente de miedo, hemos mentido y Dios nos castiga: pero ha llegado la hora: ó nosotros ó vosotros.

—Morireis como mueren los herejes contumaces, gritó Molina de Medrano. Llevaos ese hombre, esa mujer y ese viejo, y encerradlos en la cárcel.

—¡Y mis hijos! exclamó con un grito indefinible Malicatulzarah, viendo que los alguaciles la arrebataban sus pequeñuelos.

—Quien no es cristiano no tiene hijos, gritó Molina de Medrano: estos niños son hijos del rey.

Malicatulzarah palideció, un destello terrible, un destello de sangre lució en sus ojos, y antes de que nadie pudiera evitarlo, se avalanzó al inquisidor, y le estrechó el cuello con entrambas manos.

Era la leona que defendia sus cachorros.

Pero instantáneamente la infeliz lanzó un grito agudísimo, soltó el cuello de Medrano y cayó de espaldas exclamando:

—¡Vengadme, hermanos, vengadme!

Uno de los soldados de la fe la habia herido con su alabarda en el costado izquierdo en el momento en que se arrojó sobre el inquisidor.

La sangre corria sobre el pavimento: una exclamacion de horror habia salido de todas las bocas: Adel arrojado sobre su esposa lloraba á gritos: lloraban los niños, el viejo levantaba las manos y los ojos al cielo en un ademan de blasfemia, y aterrados los moriscos, temiendo que la maldicion de Dios cayese sobre aquel lugar de sangre, se precipitaron por la puerta de la iglesia.

Solo quedaron allí Aben-Aboo, que miraba de una manera letal al inquisidor, doña Isabel y Angiolina, pálidas como la muerte; Tomás el Ansari, impasible, Barbillo atortolado, el beneficiado confuso, los soldados feroces, y Molina de Medrano mirando fascinado, á aquel hombre y aquellos niños que se retorcian sobre el cadáver de su esposa y de su madre, y el viejo morisco detrás de este grupo pidiendo justicia al cielo por la sangre que corria á sus piés.

—Llevaos esa gente... lleváosla, exclamó Medrano, el templo está impuro, y es necesario purificarle: no podemos permanecer aquí.

Y Molina de Medrano como si hubiera sentido miedo de permanecer en aquel sitio salió.

Doña Isabel corrió á aquella pobre familia, pero Aben-Aboo y el Ansari se interpusieron.

—Nada podemos hacer por ellos, dijo el Ansari: idos á vuestra casa señoras; idos, y procurad olvidar lo que habeis visto.

Doña Isabel salió llorando seguida de Angiolina que iba profundamente preocupada.

El Ansari y Aben-Aboo las seguian.

—¡Oh! ¡y cuánto tarda la noche, dijo el Ansari!

—¡Juro á Dios beber la sangre de ese clérigo! dijo con la voz ronca y trémula Aben-Aboo.

CAPITULO XX.

De cómo fue el casamiento del marqués de la Guardia.

Hacia tres dias que el marqués de la Guardia se impacientaba á causa de la situacion en que se veia colocado.

Veamos en la situacion en que se encontraba el marqués.

Esta se reducia á estar encerrado en una casa desconocida para él, no ver á otra persona viviente que á su criado Peralvillo que le servia, y á un esclavo negro que le procuraba alimentos.

La casa en que se encontraba el marqués estaba construida á la morisca, bellamente amueblada, y con cuantas comodidades se conocian en aquellos tiempos.

En esta casa ocupaba el marqués un recibimiento, una cámara y un retrete con alcoba y mirador á un jardin.

En este retrete habia ademas una chimenea siempre provista de fuego.

El jardin, que se veia desde el mirador, era muy bello, ó debia serlo cuando sus árboles estuviesen verdes y no despojados como entonces por el invierno, y cuando la nieve y la escarcha no cubriesen su cesped.

Sobre las tapias, que estaban revestidas por espalderas de jazmines silvestres, solo se veia á lo lejos la cumbre de una montaña distante, y sobre aquella cumbre una atalaya.

Mas allá se veia una estrecha línea azul oscura.

Era el horizonte del Mediterráneo.

Tres dias antes, esto es, el martes siguiente al domingo en que bebió en casa del Hardon el vino aquel que le adormeció, despertó don Juan con la cabeza un tanto pesada, y vió con admiracion suya á su lado á Peralvillo, que tenia los ojos hinchados como de haber dormido mucho.

—¿Que es esto, Peralvillo? dijo don Juan incorporándose en el lecho en que se encontraba vestido: ¿nos hemos mudado?

—Sin duda, señor: dijo restregándose los ojos Peralvillo, que tenia todas las trazas de un lacayo de capa y espada de aquellos tiempos: pero yo no conozco al dueño, ni sé cuánto pagamos por la casa.

—¿Pero dónde estamos?

—Eso mismo os pregunto yo señor: ¿dónde diablos nos han traido?

—¡Cómo traido! pues qué, ¿no hemos venido nosotros?

—Indudablemente: puesto que estamos aquí, hemos venido, pero no por nuestro pié: cuando haya pasado algun tiempo y recordeis como yo...

—¿Y qué has recordado?

—Por mi parte recuerdo que yendo por la calle de Elvira á punto de oscurecer un domingo, me he encontrado á un sargento amigo mio—¿A dónde vais, señor Peralvillo, me ha dicho?—Voy á entretener el ocio por esas calles, le he contestado.—Lo mismo ando yo, me ha dicho...

—¿Pero qué tiene que ver el sargento y tu conversacion con él, con lo que nos sucede? dijo impaciente el marqués.

—Y tanto como tiene: figuraos que el sargento me convidó á ir á la taberna, para dar tiempo á que volviesen del jubileo dos beatas amigas suyas.

—¡Ah! ¡te llevó á una taberna!

—Si señor, comimos, bebimos... yo noté que el vino tenia cierto sabor... y despues no noté nada.... porque me dormí.

—¡Como yo! dijo el marqués.

—Pues ved ahí que no entiendo para qué diablos hayan de habernos aletargado.

—Pero en fin, ¿hace mucho tiempo que has despertado tú?

—Hará una hora: halléme en un colchon á los piés de otra cama mas alta; primero nada recordé; despues fuí recordando; me levanté y os ví en la cama dormido: os moví para despertaros, pero ¡bah! estabais como un tronco: llamé... y como si hubiéramos estado en un desierto: examiné nuestro alojamiento, que solo tiene cuatro piezas, aunque muy ricas, eso sí, y hallé sobre una mesa una carta cerrada con sobrescrito para vos.

—¡Una carta! exclamó el marqués: ¡dame, dame!

Peralvillo salió y entró de nuevo en la alcoba con la carta.

El marqués rompió la nema, abrió la carta y Peralvillo, que observaba el semblante de su amo para ver el efecto que en él producia la carta, le vió palidecer, temblar, levantarse luego trasportado de alegria y exclamar:

—¡Es de ella, de ella!

—¿Pero quién es ella, señor, quién es ella? ¿acaso el duende negro de la calle de San Miguel que nos trae de cabeza?

—Ya sabes que no quiero que se me pregunte, Peralvillo, contestó el marqués.

—Es verdad, señor, pero la situacion en que nos encontramos...

El marqués no contestó: se habia acercado á una vidriera y estaba absorto en la lectura de la carta.

Peralvillo se calló, y se puso á pasear por la cámara con las manos atrás.

Hé aquí lo que el marqués leia:

«Don Juan de mi corazon: al fin mi padre se compadece de nosotros; al fin consiente en que sea tu esposa. Para que nos unamos, mi padre te ha robado de Granada, valiéndose del medio de aletargarte: yo te escribí para que fueras á la taberna donde has sido aletargado. Nada te importe donde estás. Nada te importe que pasen algunos dias antes de que me veas. Nada te faltará. Tu criado estará contigo para servirte. Un esclavo de mi padre te proveerá de cuanto quieras; pero nada preguntes á ese esclavo, porque nada te contestará. Quien tanto confía en tí que ya se llama tu esposa.—Esperanza de Cárdenas.»

Luego por bajo se leia:

«Nuestra hija sabe ya dar besos, y te se parece tanto, que aunque quisiera olvidarte no podria.»

El marqués leyó diez veces esta carta, la guardó y volvió á sacarla otras tantas, y al fin cuando ya Peralvillo se habia sentado cansado de dar paseos, el jóven se dirigió á él.

—Tengo apetito, le dijo, y almorzaria de buena gana.

—Y yo tambien, señor. Pero en esta casa no he visto la cocina.

—No importa, llama.

—Es que ya he llamado, y nadie me ha respondido. Mucho será que el duende negro no nos haya encantado, señor.

El marqués aplicó un puntapié á Peralvillo.

Miróle este dolorosamente y salió de la cámara, se dirigió á la puerta de la antecámara y dijo:

—¡Ah de casa! Mi señor, que es un señor muy impaciente, y que trata de una manera dolorosa á sus criados cuando tiene hambre, pide de almorzar.

Oyéronse pasos tras de la puerta, luego una llave en la cerradura de esta, abrióse y apareció un negro atlético, que hizo retroceder dos pasos á Peralvillo.

—Se va á servir al momento al señor, dijo el negro en buen castellano, y desapareció volviendo á cerrar la puerta.

—Paréceme, señor, que estamos metidos en una mala aventura, dijo Peralvillo: no me gusta nada ese tizon de dos piés que acaba de hablarnos.

—Tienes el defecto de ser el hablador mas incorregible del mundo, Peralvillo, dijo el marqués que preocupado con su pensamiento, queria quedarse á solas con él, y devorar su alegría.

Peralvillo comprendió la situacion en que se encontraba su amo y se calló.

Poco despues acudió á la puerta de la antecámara donde habia sonado la llave, y vió que el negro entraba trayendo por sí solo una enorme mesa, cubierta y servida.

—Os ayudaré amigo mio, dijo Peralvillo que deseaba á todo trance hacerse un conocimiento.

—No hay necesidad, dijo el negro, entrando con la mesa en la cámara.

Peralvillo quiso aprovechar la entrada del negro para ver lo que se ocultaba tras la puerta de la antecámara, que habia quedado abierta, pero al encaminarse á ella, se cerró.

—Vamos, dijo Peralvillo volviéndose: cartas que no se sabe quien las ha traido; negros que sirven sin permitir que nadie les ayude; puertas que se cierran por sí mismas: decididamente estamos encantados.

Cuando entró en la cámara, el marqués, que siguiendo las instrucciones que le daba en la carta Amina, no habia dicho al esclavo una sola palabra, se sentaba á la mesa.

—Ponme vino, y trínchame esas perdices Peralvillo, dijo el marqués.

Peralvillo se quitó los puños, se levantó las bocamangas, y se puso á trinchar las perdices.

—Y estan asadas con aceite, y soberbiamente asadas, dijo: ¿sois vos el cocinero, amigo? añadió volviéndose al negro.

Este hizo un movimiento afirmativo con la cabeza.

—Pues podiais servir en las cocinas de su magestad, á quien por noticias de un galopin á quien yo conocia, sé que gustan mucho las perdices asadas con aceite.

Una mirada del marqués hizo callar á Peralvillo, que puso delante de su amo la fuente de plata con las perdices trinchadas, y le sirvió vino en una enorme copa de oro.

Despues, y no atreviéndose á hablar por temor al marqués, se puso á contemplar el servicio.

—¡Cáspita! dijo para sí: del ramillete de su magestad no saldria una mesa mejor servida: todo esto es regio: ¿y de dónde diablos han sacado esas flores? decididamente estamos encantados y encantados por duendes reales.

—Otro plato, Peralvillo, dijo el marqués.

—¿Qué quereis? ¿carne, cecina ó pescado?

—Dame de ese salmon.

Sirvió Peralvillo.

Poco despues el marqués se levantó de la mesa.

—Yo os aconsejaría señor, que comieseis de estos mariscos, de estas ensaladas y de estas confituras.

—Come de lo que quieras como si estuviese empezado Peralvillo, dijo el marqués conociendo la intencion de su lacayo: come y déjame en paz.

—¿Pero dónde he de comer, señor?

—En esa mesa.

—Pero...

—No hay otra.

El negro adelantó y se acercó á Peralvillo.

—Fuera teneis vos mesa servida.

—¡Ah! exclamó Peralvillo estremeciéndose, porque esperaba encontrar fuera una olla podrida y un gigote, cuando ya se habia consentido á gozar del excelente almuerzo del marqués.

Salió, pero en la pequeña mesa que encontró en la antecámara, solo vió un cubierto de plata, una copa de vidrio y algunos platos.

—¡Pero y la comida! exclamó pálido Peralvillo.

—Tomad de aquí lo que querais, dijo el esclavo con cierto acento de superioridad.

Volvió la cabeza Peralvillo y encontró tras si al negro que habia traido consigo la mesa del marqués.

—¡Ah! esto es distinto, dijo: mi amo está desganado pero yo no lo estoy... estas perdices, despues esas ostras, luego aquella ensalada de truchas, despues unas confituras y dos botellas de vino: perfectamente. Hemos concluido, camarada.

—Cuando vuestro señor necesite algo llamad, dijo el negro.

—Se llamará, amigo.

—Y en cuanto á vos no seais curioso, porque os pudiera pesar.

—Y decidme, ¿durará mucho este encierro? dijo Peralvillo con la boca llena.

—No lo sé.

—Y mientras estemos aqui, ¿comeremos del mismo modo?

—Probablemente.

—¡Y cuáles son las horas de comer en esta casa?

—Las que vuestro señor quiera.

—Bien, ¿pero y si mi señor no tiene ganas de comer?...

—Pedid vos.

—Y si...

—Sois el lacayo mas hablador del mundo.

—Lo que no quita para que seamos buenos amigos.

—Yo no os conozco.

—Pues conozcámonos. ¿Hay doncellas en esta casa? no me pesaria conocer á las doncellas.

—Quedad con Dios; dijo el esclavo abriendo la puerta.

—Vaya con Dios vuesamerced, contestó empinándose una botella Peralvillo.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Sin ningun nuevo accidente, comiendo cuando querian, durmiendo por entretenimiento, y fastidiándose mas de lo que hubieran querido, pasaron amo y criado, desde el anochecer del martes veintiuno de diciembre, hasta el medio dia del viernes veinticuatro.

Apunto que el sol señalaba el medio dia natural en un cuadrante, situado en el mirador que daba sobre el jardin, apareció de improviso en la cámara el esclavo negro, y presentó al marqués inclinándose profundamente, una carta en una bandeja de oro.

Tomó el marqués la carta, la abrió, y vió con suma sorpresa, que era de su tio don César de Arévalo, de quien hacia mucho tiempo que no tenia noticias.

La carta era brevísima.

«Mi amado sobrino decia: os estoy esperando con suma impaciencia; tengo muchas cosas que deciros, y una grave comision que desempeñar con vos. Seguid al dador de esta y me vereis.—Vuestro tio.—Don César de Arévalo.»

—En esta carta me dicen que os siga, dijo el marqués al esclavo.

—Y yo tengo órden de guiar al señor á donde le esperan, contestó el esclavo.

—¿Es decir que salimos de nuestro encierro? dijo Peralvillo.

—Vos no, repuso el esclavo, y salió precediéndo al marqués, despues de lo cual cerró la puerta.

Peralvillo se quedó durante algun tiempo mirando aquella puerta con desesperacion, y luego se entró en la cámara, tomó de un rincón, donde solia ocultarlas, una botella, se la empinó, y despues fué á tenderse de una manera heróica en la cama de su amo.

Este entre tanto, guiado por el esclavo, habia llegado á otra cámara á cuya puerta le salió al encuentro un hombre que se arrojó entre sus brazos.

Era su tio.

Despues de los primeros apretones, el marqués dijo á don César:

—¿Qué significa esto?

—¡Cómo! ¿no sabeis lo que esto significa?

—No por cierto, mi buen tio, porque esperaba no volveros á ver tan pronto.

—Creo que te casas.

—Eso sospecho.

—¡Cómo! ¿pues no lo sabes de cierto?

—Hace tres dias que he tenido el primer indicio.

—¿Indicio no mas?

—Nada mas, tio.

—Pues te casas de veras, sobrino: digo, á no ser que no quieras casarte, en lo que harias ciertamente muy mal.

—Si es con doña Esperanza de Cárdenas, me caso.

—¿Pues con quién habia de ser, sino con su excelencia la hermosa duquesa de la Jarilla?

—Ved tio, que el rey confiscó ese titulo.

—Si, pero le ha devuelto á la duquesa.

—¿Pero y el proceso contra su padre?

—El emir de los monfíes es una cosa, y su hija la duquesa de la Jarilla, es otra. ¿Qué culpa tiene la duquesa, de que su padre sea enemigo del rey, y le haya provocado y se le haya ido de entre las manos?

—Si; pero ya sabeis que en el mundo en que vivimos pagan justos por pecadores: y al menos el título y la grandeza del duque...

—Es que el padre de doña Esperanza era duque viudo: que tu presunta esposa, estaba en posesion de su título y de su grandeza: que se han hecho muchas informaciones y muchas probanzas, se ha gastado mucho dinero, y el Consejo de su Magestad, ha declarado: primero: que doña Esperanza de Cárdenas, es descendiente legítima de los duques de la Jarilla; segundo: que es cristiana desde su nacimiento, y muy piadosa, y muy honrada, y muy pura; tercero: que si bien su padre es rebelde y moro y traidor al rey, su hija no le ha ayudado en sus conspiraciones, ni ha alentado los amores del difunto príncipe don Carlos, á quien continuamente ha rechazado; cuarto: que por lo mismo no puede imponérsela pena alguna, debiéndosela, por lo tanto, restituir sus bienes y preeminencias como grande de España, exigiéndola, sin embargo, juramento de fidelidad al rey. Por último, y en atencion á las rebeldías de su padre, se la ha declarado mayor de edad, librándola de toda tutela; se la ha puesto en posesion de su título, su grandeza y sus bienes, y se la ha concedido licencia para casarse... con mi amado sobrino, el señor marqués de la Guardia, capitan de infantería de los ejércitos de su Magestad, y el mayor loco, que despues de mí he conocido ni espero conocer.

—Pero tio, esas noticias son tales, que no debeis ofenderos, si dudo de que os encontreis en completo uso de razon.

—Carta canta, dijo don César, yendo á una maleta que estaba sobre la mesa, y sacando de ella un promontorio de papeles: y á los desconfiados como vos, no hay cosa como darles con la prueba en las narices.

Y desatando el legajo, sacó de él un pliego de papel sellado, moreno, granugiento, escrito con letra gorda, y autorizado al fin, por la firma de tres escribanos de cámara, y el sello de la Chancilleria de Valladolid.

Devoró el marqués el contenido de aquel pliego: era la restitucion hecha por el rey á la excelentísima duquesa de la Jarilla, grande de España, de su título y grandeza, y todos sus bienes que le habian sido confiscados.

—¿Y ahora crees, sobrino, dijo don César?

—Creo tio; pero me parece que sueño.

—Lee este otro documento, añadió don César, dando al marqués un segundo pliego, autorizado del mismo modo que el primero.

El rey declaraba en él mayor de edad, á la duquesa de la Jarilla, y aprovaba su casamiento con el marqués de la Guardia, indultando á entrambos de la pena en que habian incurrido, por haberse casado sin su licencia en la villa de Yátor en las Alpujarras, el dia 30 de setiembre de 1567.

—Pero tio, dijo el marqués con asombro, aquí se me dá por casado desde hace mas de un año, y vos solo me habeis dicho que se nos concedia licencia para casarnos.

—Tanto da: yo decia que te se daba licencia, porque me consta que no te has casado: pero cuando hay mucho dinero para hacer probanzas falsas...

—¿Pero quien ha andado en eso...? el emir no puede haber sido, porque hace mas de un año que vive de incógnito fuera de la córte.

—¡Ah! en eso hemos andado el abuelo de la duquesa y yo.

—¡El abuelo de la duquesa! ¡pues no le conozco!

—¡Cómo! ¿no conoces al abuelo materno de la duquesa, rey del desierto de Méjico, cristiano, vasallo de su magestad, y el hombre mas rico de España?

—Pues no le conozco, tio.

—Bien puede ser: á los enamorados, generalmente les basta con conocer á la mujer que les enamora. Pero eso no quita, que á los muchos y buenos doblones del megicano se deba el buen resultado de vuestro negocio: porque desengáñate, sobrino: aunque el rey es demasiado caballero, y altivo, y celoso de su autoridad para doblegarse por todo el oro del mundo, sus consejeros, los que andan á su lado, no piensan del mismo modo: título de Castilla, del Consejo de su magestad, ha habido, que ha desempeñado sus rentas con lo que le ha producido este negocio, y oidor que por la primera vez se ha visto dueño de una razonable cantidad de oro. Y lo que es mas extraño; la Inquisicion, la tremenda Inquisicion, ha cedido por la gracia del dinero.

—¿Pero qué tenia que ver la Inquisicion...?

—¡Ahí es nada! La Inquisicion, que habia preso al emir de los monfíes, á quien no pudo quemar, por la sencilla razon de que el emir se les fué como una anguila de entre las manos, le ha seguido la vareta, como dicen los curiales, le ha sentenciado en rebeldia, le ha quemado en estátua, ha declarado infames á sus hijos hasta la cuarta generacion, y les ha sentenciado á llevar de por vida, el Sambenito; porque la Inquisicion como sabes muy bien...

—Si, lleva su castigo á los hijos y á los nietos de los que sentencia.

—Pues para que la Inquisicion quite el Sambenito á tu esposa, y la declare buena y limpia cristiana, ha sido necesario empezar por regalar una vajilla de oro y mas de diez alhajas riquísimas al inquisidor general, don Fernando Valdés, que estaba terriblemente irritado, y con razon, contra los monfíes. Como que hicieron con su venerable persona una herejia, y le causaron del susto una enfermedad que puso al pobre señor muy al cabo. Ademas, fue necesario deslumbrar á los inquisidores de la Suprema... todo esto invirtiendo un tesoro.

—¡Oh! ¡y cuántos sacrificios!

—De que tú eres la causa, sobrino, y por los que debes amar mucho á tu mujer.

—Pero tio, si yo la adoro.

—¡Milagro!

—Un milagro causado por la hermosura y por el alma de Esperanza. ¡Ah! os juro tio, que no merezco tanta felicidad. Y sin embargo, esa felicidad será amargada.

—¡Amargada! ¿y por qué?

—Yo quisiera que mi Esperanza fuera pobre, muy pobre, y de una muy humilde cuna.

—¡Bah! sobrino, tú estás loco: como parece mejor una bellísima rosa, ¿á la luz de la luna, ó á los rayos del sol? ¿en un tiesto miserable, ó en un magnífico jarron de oro?

—Si, pero podrá creer que me caso...

—¡Por interés! ¡bah! tus rentas son considerables, sobrino.

—¡Mis rentas! ¡si estan empeñadas hasta el cuello, segun me dijísteis vos hace mas de un año en una carta dentro de la cual, me enviásteis la provision de la compañía que mando!

—Es mucha verdad: pero tambien lo es, que los usureros que cobraban tus rentas, me vinieron á ver uno trás otro, me dieron muchas y rendidas gracias por haberles pagado...

—¿Pero les pagásteis vos?

—¡Yo! ¿de dónde ni cómo? Los sacos y las buenas presas, han andado por el cielo en el poco tiempo que he estado en los Paises Bajos, y aunque hubiéramos entrado en Gante, á saco mano, no hubiera tenido con mi parte ni la centésima de la cantidad que se necesitaba para el tal desempeño.

—¿Con que es decir...?

—Que las escrituras de todas tus haciendas estan allí desempeñadas.

El marqués que era noble, generoso y altivo, alzó los ojos al cielo, y suspiró con impaciencia y pena.

—¡Como ha de ser! dijo: ella es primero.

—Y aun hay mas. Tu esposa, á mas de sus riquezas propias que son inmensas, trae su dote; un tesoro por parte de su padre, y otro por parte de su abuelo, en buenos doblones de oro, y alhajas.

Tornó á lanzar su mirada de blasfemia al cielo don Juan.

—¡Tú estás loco, sobrino! le dijo don Juan: cuando una mujer que tanto vale se casa contigo...

—Se casa tal vez por cubrir su honor... y yo necesito su alma, su alma entera.

—Bien, muy bien: pero eso pasará y quedará lo positivo: esto es, la inmensa cantidad contante y sonante del dote de tu mujer: las rentas de su título que ya son enormes, y que juntas con las del tuyo, llegan á ser maravillosas. Dentro de un año me lo dirás si es que vuelvo por España.

—¡Pues qué os vais!

—Sin duda debo parecer peligroso á los que te casan, cuando me apartan de tu lado.

—¡Pero cómo!

—Soy oidor de la real Audiencia del Perú, dijo con hueca gravedad don César.

—¿Y eso...?

—Tambien me lo han procurado los que te casan con tu mujer.

—¡Ah! ¡ah!

—Tengo órden ademas de llevarme á tu lacayo Peralvillo.

—Lleváoslo en buen hora, cada dia se va haciendo mas hablador.

—Ahora bien, y sin saber como, hé aquí que he terminado mi comision.

—¿Pero qué comision era esa?

—Darte parte de lo que sucedía, entregarte tus bienes; que ahí estan con tu ejecutoria en esas escrituras, preparándote, en fin, para que nada de esto tuviese que decirte el padre de tu mujer.

—¡Cómo! ¿está aquí el emir de los monfíes?

—Si.

—¿Pero en donde estamos?

—Ni mas ni menos que en el riñon de las Alpujarras, cerca de la villa de Yátor, en una heredad del señor don Alonso de Fuensalida.

—¡Ah! ¡el emir continúa disfrazado!

—Si, pero aunque el padre de tu mujer está encubierto, es necesario evitar que te presentes á él con ese trage de ronda. Ahí en mi maleta traigo un rico vestido de terciopelo, y un collar de Santiago: con que manos á la obra: voy á servirte de ayuda de cámara: ¿y qué mucho? casi casi, eres un especie de rey.

—¡Rey! murmuró el marqués mientras su tio le desnudaba, recordando la frase que en otra ocasion le dijo Yaye: «si habeis de casaros con mi hija, todo se reducirá á haceros rey.»

—¿En qué piensas sobrino? dijo don César? encajándole al mismo tiempo una camisa de Cambray.

—Pienso en que el padre de doña Esperanza ha cambiado mucho de intenciones.

—¡Porque te da su hija!

—Si.

—¡Bah! ama á su hija, y las mujeres son capaces... estírate mas las calzas, sobrino, y mira que grana... es de la mas rica: el jubon... sencillo... pero los herretes de diamantes valen un mundo: vamos, la daga, la espada y la gorra. El padre de tu mujer te espera, y como es un gran personaje, moro ó cristiano, lo que importa poco, no debe impacientársele: maldita arruga: suéltate el segundo herrete, sobrino: vamos, ya está bien: ¡ola!

Apareció el esclavo negro.

—Id, y decid á vuestro señor, le dijo don César, que dentro de un momento va á tener la honra de saludarle el señor marqués de la Guardia.

El esclavo salió, y tras él, don César y el marqués: atravesaron algunas habitaciones y se detuvieron en una antecámara, donde les indicó el esclavo que se detuviesen; poco despues, el esclavo que habia salido, volvió y dijo al marqués:

—Mi noble señor, espera al señor marqués de la Guardia.

—Hasta luego, sobrino, dijo don César, estrechando fuertemente la mano del marqués.

—¡Ah! no sé lo que me sucede tio, dijo don Juan, y entró por la puerta cuyo tapiz tenia levantado el esclavo.

Encontróse en una cámara magnífica. En ella con el mismo trage con que se habia presentado aquella mañana al beneficiado de Cádiar, se paseaba Yaye profundamente pensativo.

Al sentir los pasos del marqués, se detuvo, se volvió á él, y le miró con una grave benevolencia.

—¡Ah! sois vos, dijo: bien venido seais.

—¡Ah señor! dijo el marqués: disimulad mi turbacion porque...

—Sentaos, marqués, dijo Yaye con una perfecta y fácil cortesanía: sentaos, y hablemos un momento.

Sentáronse en un estrado, y Yaye asió las manos del jóven.

—¿Quereis ser mi hijo ahora, como lo queriais ser en otro tiempo?

—No puedo vivir sin ella, dijo con la voz apagada y trémula el marqués.

—Ni ella puede vivir sin vos. El Altísimo lo quiere, y no mereceria yo su ayuda sino cumpliese con placer su voluntad. Pero, prescindiendo de todas las dificultades que se oponian á este casamiento, y que ya estan vencidas, hay en medio de nosotros un terrible secreto.

Don Juan comprendió que Yaye se referia á la muerte de su padre, y bajó los ojos.

—A pesar de ese terrible secreto, señor, comprendo que debísteis tener poderosas razones para obrar de la funesta manera que obrásteis y... no hablemos mas de ello... yo no puedo aborreceros; no puedo... no... sois padre de Esperanza... ¡que me perdone Dios...!

—Tuve razon: pero decís bien... olvidemos... vos por Esperanza... yo... ¡cómo no he de amaros yo si sois la vida de mi hija!

Yaye se enjugó una lágrima.

—Pero hablemos de otros asuntos. Ha llegado para mi un momento supremo: el momento de la guerra contra España.

—Pero ¿por qué no os reducis á la obediencia del rey?...

—No hablemos de eso... Felipe y yo somos enemigos á muerte. Por lo mismo no debemos fiar en la devolucion de sus títulos y de su rango á mi hija. Felipe es un lobo: le debo un hijo, y temo que si ha accedido al dictámen de su Consejo, haciendo justicia á nuestra Esperanza, es solo para tenderla un lazo, para apoderarse de ella, para cobrarse del hijo que le he muerto. No, no debeis permanecer en España. En las aguas de Motril os espera un bergantin fletado por mí que os llevará á Venecia, á Francia, á cualquier Estado de Europa. No entreis en los dominios del rey de España mientras don Felipe viva.

—¡Pero separar de vos á vuestra hija...!

—Dios lo quiere. Dejadme, dejadme luchar con mi destino, que es terrible; yo no puedo exponer á mi hija. No quiero tampoco perderos. Permaneciendo aquí, ó tendriais que haceros monfí y lidiar contra España, ó servir á Felipe y volver las armas contra el pecho de vuestra esposa y de vuestra hija. No, no; vais á casaros, y despues... vuestra compañía está en Yátor; entregadla al teniente Velorado y tomad testimonio de ello, para que el rey no pueda llamaros nunca desertor; ya teneis su licencia para dejar la compañía: despues, escoltado por mis monfíes ireis á Motril donde os embarcareis, vos, mi hija y mi nieta: con vos irá para serviros el mas noble, el mas bravo, el mas fiel de mis walíes: el noble Harum el Geniz, y permanecerá con vosotros si asi lo quereis. Ha visto nacer á Esperanza y la ama casi tanto como yo.

—Será lo que querais, señor, dijo el marqués que estaba aturdido.

—Bien, puesto que estamos enteramente de acuerdo, id, abrid aquella puerta, atravesad un corredor y encontrareis á vuestra esposa y á vuestra hija.

Zumbaron los oidos al marqués, se nublaron sus ojos, se levantó como un ébrio, y dominado por su emocion, y sin decir una sola palabra á Yaye, corrió á la puerta que este le habia indicado.

Poco despues se oyeron dos gritos de suprema alegría, uno como de hombre, otro de mujer; besos y sollozos.

—¡Oh! era preciso, dijo el emir: Amina no puede amar ni ser amada de otro modo.

Y siguió paseándose á lo largo de la cámara.

CAPITULO XXI.