De cómo fue para la villa de Cádiar y para otras muchas en las Alpujarras, una noche muy mala la Noche-Buena de 1568.
Apenas los monfíes en un número considerable habian cargado sobre la villa, cuando aparecieron en un repecho cercano, dos bultos informes.
Iban envueltos en capas, y bajo ellas asomaban dos largos arcabuces, á juzgar por las apariencias.
—Ha llegado el momento amigo mio, dijo uno de aquellos bultos al otro: las campanas de la villa han dado sin saberlo la señal á las bocinas de los monfíes. La jornada va á ser caliente, con que preparaos, señor Cisneros.
—Tan desesperado estoy Godinez, repuso Cisneros, que me importa muy poco lo que pueda suceder. ¿Pero qué diablos vamos á hacer en la villa?
—Ya veremos: aproximémonos entre tanto y esperemos una ocasion favorable, yo os avisaré. Hasta entonces andad y callad.
Siguieron adelante Cisneros y Laurenti, vencieron el repecho, y se perdieron en un barranco.
Entre tanto, los cristianos de la villa y aun algunos moriscos, llenaban la iglesia en que se celebrara la misa del gallo.
El presbiterio estaba hecho un ascua de oro, como suele decirse: tantas luces brillaban en él.
El órgano trocando las graves notas de la música sagrada, por las ligeras y alegres de los villancicos llenaba el templo de armonía, unido á las voces de los niños de coro, y á las de algunas mujeres á quienes por gran merced habia permitido cantar en aquella ocasion el inquisidor Medrano.
Todo parecia alegre, todo tranquilo: sin embargo, habia al pié de las gradas del presbiterio cuatro soldados de la fe, con las alabardas enhiestas, dos á cada lado, y en la puerta de la iglesia habia una respetable guarda de soldados de la compañía de Diego de Herrera, mandada por un sargento.
Esto podia ser muy bien en honor del Santo Oficio, representado en Cádiar por el licenciado Molina de Medrano; pero en realidad habia algo de temor: el suspicaz miembro del Consejo de la Suprema, no habia visto sin recelo ciertas señales de agitacion en la villa, aunque recatadas, y el silencio sepulcral de aquella noche, por lo general ruidosa en las poblaciones cristianas: se habia rodeado de soldados y de alguaciles, y confiando demasiado en el terror que infundian el rey y la Inquisicion celebraba su misa tranquilo.
El corregidor por su parte, habia acudido á la iglesia rodeado de alguaciles armados, con ánimo de rondar por la villa asi que concluyese la misa, y Hurtado de Ocampo, medio borracho, decia á sus conocidos sin respeto al lugar en que se encontraba:
—No os extrañe la falta de mi cuñado, porque se ha ido á soplarle el ama al beneficiado Juan de Ribera, mientras está entretenido en la iglesia.
Unos se escandalizaban, y otros se reian; seguian entre tanto los villancicos, la misa tocaba á su fin, y el pueblo parecia tranquilo.
De repente se oyó á lo lejos una campana que tocaba apresuradamente á rebato.
Aquella campana era del convento de San Francisco: poco despues sonaron en la plaza arcabuzazos, y algunos vecinos se lanzaron despavoridos en la iglesia gritando:
—¡Cerrad las puertas! ¡cerrad las puertas, y á las armas! ¡Los monfíes estan en la villa!
Sucedió á estas palabras un alarido general y una confusion horrorosa: los mas valientes de los hombres desnudaron sus espadas: los demás y las mujeres corrian sin saber á donde, y los moriscos que habia en la iglesia se levantaron armados, y corrieron al presbiterio donde estaban aturdidos el inquisidor Medrano, el beneficiado Juan de Ribera y el licenciado Arias.
Y en medio de aquel primer tumulto, de aquella confusion, entre los disparos que sonaban en la plaza, entre los gritos de terror de los cristianos se oia gritar á los moriscos que empezaban á herir en la multitud y abrirse paso hasta el altar:
—¡Le ille Allah!
Los soldados de la fe, los alguaciles y algunos hombres esforzados se batian desesperadamente al fondo de la iglesia, en tanto que Juan de Ribera, el licenciado Arias, Molina de Medrano y maese Barbillo escapaban por la puerta de la sacristía.
Pero al entrar en ella el inquisidor se sintió cogido y al volverse vió dos ojos ardientes como dos brasas, fijos en los suyos.
—Yo soy Aben-Aboo, le dijo quien le habia cogido: yo soy quien he jurado beber tu sangre, miserable lobo, y ha llegado la hora.
Y arrastraba hácia la iglesia al inquisidor.
Ya en otro lugar hemos tenido ocasion de dar á conocer que si la crueldad era el pecado culminante del inquisidor Medrano, no tenia ni un tanto de la noble virtud que ha ceñido una aureola á la frente de los mártires del cristianismo: carecia absolutamente de valor, y por lo tanto de dignidad.
Asi es que rompió á llorar y á pedir piedad á gritos.
Pedir piedad á Aben-Aboo era lo mismo que pedir dulzura al acibar, suavidad á la zarza, agua á una roca.
Aben-Aboo seguia arrastrando al inquisidor hácia la iglesia con un gozo feroz.
Cuando Aben-Aboo asomó á la puerta de la sacristía, el espectáculo que presentaba el templo era terrible.
El combate habia cesado; todos los que habian resistido estaban por tierra: solo quedaba la matanza continua, cruel, gozada con una lentitud horrible por los monfíes.
Brillaban por todas partes las antorchas y los yataganes ensangrentados, y tenian lugar escenas repugnantes, horribles; todo género de excesos cometidos con las mujeres sobre la sangre de sus padres, de sus hermanos, de sus hijos, y de sus esposos.
Herian, los monfíes y los moriscos, mataban y despedazaban, ebrios de furor.
—No mateis á las mujeres, decia un monfí, cuyos ojos irradiaban una mirada insensata; no las mateis, afrentadlas, deshonradlas, delante de su Dios, de sus padres y de sus esposos, como ellos han deshonrado á nuestras hijas; no mateis tan aprisa: bebamos gota á gota la sangre de los castellanos; gota á gota como ellos han bebido la de nuestros padres, y la de nuestros hijos: no los mateis como mata el leon en el combate, sino como matan los clérigos en la Inquisicion. ¡Ah! ¡ah! ¡ah!
Y aquel hombre que blandia con furia un largo puñal ensangrentado, soltó una carcajada horrible, dolorosa, la carcajada de un loco.
Aquel hombre era Melik-el-Ferih.
El padre de Mariblanca.
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El autor siente una verdadera repugnancia, una repugnancia de horror, al llegar á este sangriento episodio de la historia de aquellos tiempos; porque lo que el autor va á contaros, no es el aborto monstruoso de una imaginacion calenturienta; son hechos terribles, resultado de la presion brutal de un despotismo sombrío y cruel, ejercida sobre los moriscos del reino de Granada en un espacio de setenta y seis años: durante ellos, los moriscos no habian sido tratados como hombres, sino como cosas de que disponia á su antojo el feroz conquistador: cuantas rapiñas pueden inventarse, cuantos excesos pueden cometerse, cuantas afrentas pueden inferirse, cuantos dolores pueden causarse, todo lo habian sufrido los moriscos: no se habia procurado asimilarlos por medio de la tolerancia y del tiempo al pueblo vencedor, bajo la triple faz de la religion, las leyes y las costumbres; no se habia procurado su refundicion lenta, pero segura en la gran masa del pueblo español; no se habia cuidado de aligerar el yugo, como lo exigian la fe de los tratados, la política, y para decirlo de una vez, la caridad: desde el principio, desde el dia siguiente al de la conquista de Granada se habia tendido á destruirlos: España, embrutecida, fanatizada por sus frailes, no conocia los grandes beneficios que debia á la civilizacion de los árabes y de sus descendientes los moros; si tenia industria, aquella industria era originaria de árabes; si se habia suavizado la gótica rudeza de sus costumbres, á su contacto contínuo con los árabes lo debia: si su agricultura habia mejorado; si los antes yermos campos habian sido transformados en fértiles campiñas por los canales de riego, aquellos canales los habian abierto los árabes: si sus médicos, si sus letrados sabian algo, aquellos médicos, aquellos letrados habian ido á beber la ciencia á las escuelas de Córdoba, ó la habian encontrado en los libros que de aquellas escuelas salian como otras tantas antorchas luminosas: el espíritu civilizador del pueblo árabe, se habia infiltrado de una manera profunda en el pueblo español: de ellos habia tomado este, en el lenguaje un número incalculable de voces, en sus códigos gran número de leyes; habia adoptado casi por completo sus sistemas monetario y administrativo, y hasta la denominacion de sus ministros de justicia, y de muchos de los altos cargos del Estado: al poco tiempo de la dominacion de los árabes en España, el gefe de las fuerzas marítimas de los solariegos, de los españoles indígenas, se llamaba almirante; alcalde, el juez; alcaide, el gobernador de plaza fuerte; alguacil, el encargado de las obligaciones menudas de la ley; su arquitectura, sus trages, sus armas, tomaron su bello carácter oriental que las distingue de los edificios, de los trages y de las armas de los otros Estados contemporáneos de Europa, y hasta en su religion existe, como un testimonio irrefragable de la influencia de los árabes sobre los solariegos, el misal mozárabe: ellos, con sus órdenes religiosas de los rabits y los morabithos, dieron la norma de las órdenes religioso-militares, y hasta en las diversiones públicas nos legaron las justas, las cañas, la lidia de toros: en poesía, en música, nos dieron su carácter y sus instrumentos: la buena poesía española de nuestros tiempos aun conserva el sonido cadencioso, y la forma hiperbólica de la poesía árabe, y aun conservamos la guitarra, como instrumento de placer; el timbal y el tambor como instrumentos de guerra: nuestras enseñas de honor, las banderas que nos han llevado tanto tiempo al combate y al triunfo, no son las águilas romanas; nosotros, cuando mas, hemos heredado de los romanos el estandarte, copia del lábaro; pero la bandera, y sobre todo el antiguo pendon de dos puntas de Castilla, son una copia de las divisas que ondeaban en su centro las apiñadas taifas de los sectarios del Profeta.
¿Pero á qué esforzarnos en demostrar la influencia que tuvieron y aun tienen sobre nosotros, la civilizacion y las costumbres de los árabes?
Basta pisar el territorio español para encontrar las profundas huellas del paso de aquel pueblo extinguido: el castillo, la catedral, la villa, la campiña, muestran por do quier en España la forma del pueblo árabe: su lenguaje, sus costumbres, sus cantos populares, sus fiestas, conservan aun vivo entre nosotros el espíritu de aquel pueblo, que pasó, como un meteoro, con el rápido vuelo de la conquista, desde el Yemen basta los Pirineos, dejando por do quiera las señales indelebles de su paso. Puede asegurarse, sin temor de ser desmentido, que la mitad de la sangre española es sangre árabe; en una palabra, que si fueron nuestros abuelos los solariegos descendientes de Pelayo y de Teodorimo tambien lo fueron los descendientes de los que vinieron de Oriente acaudillados por Tarik y por Muza.
¿Quereis conocer una mujer típicamente árabe? Id á Andalucía y á Valencia.
¿Quereis encontrar ese tipo en toda su pureza, en todo el esplendor de su indolente y magnifica hermosura?
Enriscaos en las Alpujarras; recorred nuestro litoral del Océano desde Huelva á Gibraltar, el del Mediterráneo desde Gibraltar á Valencia: mezclaos entre sus habitantes, escuchad su lenguaje, observad sus costumbres, estudiad sus pasiones, y habreis conocido en toda su pureza á la mujer de la raza de Oriente importada á España por los árabes.
Oid la poesía de ese pueblo.
Encontrareis el romance árabe con toda su síntesis, con toda su expansion, con todo su sentimiento: un poema de amor, de dolor, ó de esperanza en cuatro versos, en una copla; poemas no escritos, improvisados por el corazon, cantados por la felicidad, por la desesperacion ó por el deseo.
Y presenciad sus bailes, acompasados por una guitarra y acompañados por ese canto; contemplad el corto zagalejo de la que baila, con sus rayas de vivos colores; su corpiño de pana negra ceñido á un talle, á una espalda, á un pecho y á unos brazos incomparables; ved ese pañuelo de mil colores que apenas cubre una magnífica cabellera, y se anuda ligeramente bajo la barba de un semblante encantador ligeramente moreno ó deslumbrantemente blanco, cuyos ojos negros ó garzos despiden relámpagos de pasion, y cuya boca sonrie, como ayudando á los ojos en su guerra contra el corazon del que los ve sonreir y mirar; observad á ese jóven moreno que baila con ella, con su pañuelo en la cabeza, su chupa ó su chaqueta, su ancha faja encarnada, sus anchísimos zaragüelles, ó su ajustado calzon, su media y su alpargata, ó su botin labrado y su zapato blanco: observad la contera de la vaina del cuchillo, ó el extremo de las cachas de la navaja saliendo del bolsillo interno del lado izquierdo de la chaqueta: oid el repique de las castañuelas, las palmas de las gentes del corro, acompañando á la guitarra, á la copla, al baile; mirad el paisage esplendoroso que os rodea, levantad los ojos al radiante cielo que inunda de una luz fuertemente meridional el cuadro, y podreis afirmar que casi habeis visto una zambra árabe.
Tan fuertes raices habia echado en el suelo español ese pueblo, de tal manera habia mezclado su sangre de vencedor con la sangre del vencido, que la única diferencia esencial que existia entre ambos pueblos eran dos libros, por otra parte muy semejantes: quitad á los árabes de España el Koram y dadles la Biblia, ó quitad la Biblia á los solariegos y dadle el Koram, y no encontrareis mas que un solo pueblo, pero un pueblo maravilloso.
Dícese que los árabes españoles tenian mucho del carácter de los solariegos.
Nosotros decimos que los solariegos habian tomado mucho, todo lo que habian podido tomar de sus enemigos, y que se parecian mucho á ellos.
Por lo mismo despues de la conquista de Granada, una política tolerante, amplia, fecunda, protectora; simplemente el religioso cumplimiento de los tratados, hubiera sido bastante para refundir á los moriscos, sin violencia, de una manera lenta, si, pero segura, en el pueblo español.
Para esto hubiera sido necesario que los hombres de la conquista hubiesen sido tolerantes é ilustrados y no eran ni lo uno ni lo otro.
Desde el último tercio del siglo XV el estado político de España habia variado completamente de faz: durante la edad media, la nobleza robustecida por las concesiones forzosas de los reyes habia llegado á hacerse prepotente: entonces no existian mas que dos poderes: la alta nobleza en la cual se refundia el alto clero, y el estado llano, ó sea las universidades como llamaban á la muchedumbre en Aragon, ó las comunidades como la llamaban en Castilla: el trono se encontraba anulado, sin fuerza propia, con una autoridad prestada entre la alta nobleza, con sus escandalosos privilegios feudales, y el estado llano con sus fueros populares y su bravio espíritu de independencia: rebelabanse de una parte los nobles por el mas fútil protesto contra la corona; negaba á esta por otra parte subsidios de nombres y dinero en las cortes el estado llano, para lo cual bastaba que la peticion real pareciese atentar, aunque remota y levísimamente á los fueros y libertades del reino: compraba el rey partidarios, en la nobleza con mercedes dispendiosas, en el estado llano con franquicias y fueros que hacian cada vez mas precaria y mas nula la autoridad real. Enrique II se vió obligado para ser rey á repartir en mercedes el patrimonio de la corona: Enrique III llegó hasta el punto de no tener un dia que comer; don Juan el II se vió obligado á pedir á su favorito dinero para comprar su jubon nuevo, y Enrique IV hubo de contemporizar con los bandos, humillarse, deshonrarse, deshonrar á su esposa, desheredar á su hija, sin librarse por eso de ser destituido é insultado en estátua por la faccion rebelde, y de ver proclamado rey á su hermano el infante don Alonso.
La corona necesitaba vengar los ultrajes que debia á la nobleza: esta habia escarnecido el poder real durante centenares de años, y habia pesado con gravamenes insoportables sobre la masa comun. Habian llegado á tal punto la ambicion, la rapiña y la corrupcion de los nobles, que era imposible que pasaran adelante: la codicia y la soberbia los habian dividido de tal modo, que bastaba dejarlos entregados á sí propios para que se destruyesen.
Al subir al trono Isabel de Castilla, su marido Fernando de Aragon, comprendió que era llegado el momento de destruir de una manera radical y para siempre el poder de la nobleza: pero era Fernando V demasiado astuto y político, para exponer á un fracaso sus proyectos de restauracion del poder real, obrando de una manera violenta, impremeditada y prematura. Necesitaba contemporizar para ganar tiempo y procurarse sus medios de combate, y contemporizó: necesitaba destruir al alto clero y á la alta nobleza, y buscó á los enemigos de aquellos dos poderes en el bajo clero y en el estado llano: el bajo clero le dió al famoso fray Francisco Jimenez de Cisneros, al fanático ermitaño del Castañar, al hombre que poseia la humildad mas vanidosa y mas soberbia de que puede encontrarse ejemplo, con una tenacidad invencible á la cual se ha dado nombre de firmeza, y con un ascetismo sistemático y feroz al cual se ha dado nombre de virtud: hombre de acero, profundamente reservado y suspicaz, dotado de alguna instruccion, pero de miras estrechas, poco previsor y extremadamente testarudo.
Fernando V vió en él un ariete y le aprovechó, le elevó gradualmente hasta ponerle á la altura de aquellos con quienes debia combatir, y le apoyó con todo el poder que le daban las circunstancias y con los elementos de fuerza de las diferentes coronas que poseia.
Fray Hernando de Talavera, y fray Tomás de Torquemada, fueron dos instrumentos poderosísimos que el bajo clero dió á los Reyes Católicos, y en cuanto al estado llano, le dió en la Santa Hermandad un ejército que debia contrapesar la prepotencia de la nobleza.
Alarmada esta, representó contra la organizacion de la Santa Hermandad, á pretexto de que con esta reorganizacion se lastimaban sus privilegios, pero ya era tarde: fuerte Fernando para la lucha, la habia empezado incorporando á la corona los maestrazgos de las órdenes militares, levantando ejércitos permanentes pagados por las ciudades, y acabando al fin por instituir la Inquisicion, tribunal terrible, con el cual, despues de amansada la nobleza á la que se habia arrancado sus banderas, esto es: sus ejércitos particulares, y sus guaridas, esto es, sus castillos que fueron desmantelados, debía contener al pueblo.
La nobleza habia muerto como poder, herida por el cetro de los Reyes Católicos: habiase apoyado la corona para vencer á la alta nobleza y al alto clero, en el estado llano y en el clero bajo, pero dándola zelos aun el poder popular, que le habia ayudado á su triunfo, se alió estrechamente con el altar, y la Inquisicion y el rey fueron ya los únicos poderes que imperaron de una manera absoluta; dependiente la Inquisicion de la corona, es verdad, pero activa, incansable, ambiciosa, tendiendo en tiempos no muy distantes al dominio universal, llenó de hogueras las plazas públicas, de víctimas los calabozos, de horror la historia: la razon fue proscrita, la discusion anatematizada, la libertad de conciencia perseguida, la familia espiada hasta en lo íntimo de sus hogares: todo fiscalizado, todo subordinado á los intereses del trono y del altar y todo empequeñecido, como debia serlo, para dar fuerza á aquellos dos astutos poderes, que habian sabido engrandecerse con los mismos elementos que les eran contrarios.
Cuando aconteció la conquista de Granada, se habia operado ya la maravillosa transformacion política de España: el gran cardenal don Pedro de Mendoza habia creado la Inquisicion, los tercios reales estaban organizados, y los altivos ricos-hombres, los que pocos años antes podian llamarse pequeños reyes, servian á sueldo bajo el estandarte real: tres años despues de la conquista, fray Francisco Jimenez de Cisneros era cardenal arzobispo de Toledo, canciller mayor de Castilla y ministro universal: fray Hernando de Talavera confesor de la reina, arzobispo de Granada, y el sombrío, el terrible dominico fray Tomás de Torquemada inquisidor general: las comunidades religiosas habian sido reformadas, la Inquisicion habia quemado millares de criaturas, Colon habia descubierto un nuevo mundo, y las prepotentes banderas españolas amenazaban á la Europa.
En tales circunstancias, los moros de Granada habian rendido pleito homenaje á los Reyes Católicos: esto es, se habian confesado sus vasallos.
La tiranía y el fanatismo dominaban de consuno: el altar empezaba á predicar el derecho divino de los reyes, y la corona apoyaba fuertemente el exclusivismo de Roma: continuaban en ejercicio muchas de las bárbaras leyes de la edad media, y los jueces de una parte, los inquisidores de otra, y el elemento militar por último, empezaron á pesar sobre la antigua tolerancia que tan amplia habia sido en Castilla y sobre las libertades públicas que no podian ser compatibles con la autoridad real tal cual se queria que esta autoridad fuese.
El primer acto de intolerancia de los Reyes Católicos, fue la expulsion de los judíos.
Treinta mil familias industriosas salieron de España á consecuencia de aquella medida hija del fanatismo religioso.
Dado este golpe á los judíos se reparó en los moriscos.
El feroz fanatismo de los preclaros varones que sustentaban el pendon de la fe en España, encontró que era una cosa muy dura que los vencidos siguiesen en la practica de su religion, de sus leyes y de su dialecto nacional, en el uso de sus trages y en la práctica de sus costumbres.
Empezáronse á violar las capitulaciones de la conquista de una manera curva, casuística: encontróse que habia entre los moriscos una clase de gente llamada elches, esto es, descendientes de cristianos que en otro tiempo habian abjurado el catolicismo abrazando la religion musulmana.
A estos se les mandó convertirse.
No obedeciendo, se empezó á ejercer con ellos la fuerza.
El resultado de esta abierta infraccion de los tratados, produjo una insurreccion.
Esta insurreccion dió pretexto para extender á los moriscos las prescripciones que se habian hecho á los elches.
Entonces empezó el martirio lento, horrible de los moriscos de Granada.
El aspecto amenazador de los moriscos, obligó á los reyes á que enviasen allá á Cisneros.
Partióse este de Alcalá de Henares, donde se encontraba erigiendo su colegio, que despues fue Universidad, y llegó á Granada donde se encontraban los Reyes Católicos; la primera providencia del grande hombre fue quemar cuantos manuscritos árabes le vinieron á las manos, destruyendo con ellos un caudal inapreciable de ciencia, y apagando con las llamas del fanatismo luminosas noticias que nos hubieran servido en gran manera para esclarecer la confusion que reina en la historia de los árabes españoles.
Empezáronse á seguida los trabajos de la conversion de una manera ruda y tenaz: en vez de apelarse á la mansedumbre evangélica se apeló al terror: al que resistia el bautismo se le prendia, se le encerraba con un fraile fanático, y no se perdonaba medio, hasta que aterrada la víctima pedia á voces el bautismo.
Crecia con esto el descontento, huian á centenares de las poblaciones los moriscos y se iban á la montaña haciéndose monfíes, y entregándose, irritados por la tiranía de los vencedores, á los mas graves excesos contra los cristianos.
La lucha era sorda, sostenida: habíanse bautizado todos los moriscos de Granada y la mayor parte de los de las Alpujarras, pero si bien ostensiblemente profesaban el catolicismo, seguian siendo moros en secreto.
Si iban á misa los dias de precepto, era porque los parrocados estaban facultados á imponerles multas y aun prision por la falta de asistencia.
Si confesaban, jamás decian la verdad.
Los giumas (viernes), dias consagrados por el Koram, se encerraban en sus casas, hacian las abluciones y se consagraban á la oracion á puerta cerrada.
Del mismo modo y tambien á puerta cerrada, trabajaban los dias de fiesta prescritos por el rito católico.
Inmediatamente despues de ser bautizados sus hijos, les lababan con agua caliente la cabeza, para quitarles el crisma y el santo oleo, los circuncidaban, celebraban segun sus usos la fiesta de las buenas hadas, y les ponian el imprescindible sobrenombre árabe.
Cuando se casaba una doncella, al volver á su casa, la quitaban los vestidos castellanos con que se habia visto obligada á ir á la iglesia, la vestian ropas moriscas y hacian las bodas, con leilas, zambras y banquetes segun sus costumbres.
Solo aprendian la doctrina católica los que tenian necesidad de casarse, porque para ello sufrian un exámen prévio, y aun muchos se disculpaban con no saber la lengua.
Llenos de odio y ansiosos de venganza por la tirania de que eran víctimas, recibian á los monfíes, y aun á los turcos y piratas berberiscos en sus alquerías y les avisaban de cuándo podian sorprender recuas de castellanos para robarlos, hacerlos cautivos ó matarlos.
Aterrados los castellanos por esta asechanza sorda, por este peligro contínuo, unian su voz á las declamaciones de los frailes, y el trono y la Inquisicion se propusieron estremar el rigor contra ellos, y destruirlos si necesario fuese.
Entonces se promulgó el famoso edicto del emperador don Carlos, de que dimos cuenta á nuestros lectores en el principio de este libro.
Viéronse los pobres vencidos atacados á un tiempo en su industria, en sus haciendas, en sus costumbres, y lo que era peor, vejados, tratados vilmente, con una injusticia notoria, con una crueldad siempre en aumento, sin que se oyesen sus quejas, sin que se diese castigo á los que los ofendían y vieron con temor empadronados sus hijos desde la edad de tres años, hasta la de quince, porque no sabian lo que querian hacer con ellos.
Haciáseles pagar los alguaciles y las guardias que servian para oprimirlos; se les obligaba á tener las casas abiertas; se les exigian tributos onerosos; se prendia á las mujeres que iban por la calle con los rostros cubiertos; se les arrebataban sus hijos y los llevaban á los hospicios por el mas leve pretexto, y en vano eran sus quejas, porque los clérigos mandaban á nombre de Dios, y Felipe II era tan sombría y fanáticamente cruel como los clérigos.
No se pensó ni un solo momento en que los moriscos constituian una parte considerable de la poblacion de España, ni en que por su industria y sus riquezas, eran un gran elemento de prosperidad pública.
Los funestos reyes de la casa de Austria todo lo posponian, todo lo olvidaban á trueque de que no hubiese en sus Estados una sola persona que no fuese católica; manía lamentable, fanatismo ignorante que han dado al trono y al clero español de aquel tiempo y aun de los tiempos subsiguientes, un carácter odioso y repugnante: ciega brutalidad que ha costado á España torrentes de sangre, que ha retrasado su civilizacion, que nos ha debilitado, atacando nuestra poblacion y nuestra riqueza, comprometiéndonos en guerras desastrosas, colocándonos á retaguardia de las demás naciones de Europa: fatales resultados de la estrecha alianza del trono y del altar: de los reyes de derecho divino y del clero omnipotente y sanguinario, sostenido por el infame tribunal de la Inquisicion.
El rey y el fraile, al destrozar entre sus garras á los que se atrevian á rebelarse contra su despotismo, destrozaban á España: el terror hacia callar al derecho, el desuso del derecho, le puso en olvido, y el pueblo tan libre otros dias, vino á ser la troje hollada por los dos fatales elementos reunidos.
Uniase á esto una magistratura inmoral, un ejército compuesto de aventureros, una nobleza degradada, que se arrastraba á los piés de la Inquisicion y del trono, y un pueblo degradado tambien, que todo lo sufria en silencio, ó que, por mejor decir, por resultado de su degradacion y de su envilecimiento, no sufria nada.
En los tiempos de la dominacion austriaca, un español, en siendo esclavo sumiso, y católico fanático, era cuanto podia ser: un leal vasallo del rey, y un hijo obediente de la Iglesia.
La literatura y las artes, sufrieron, como era preciso, la suerte del país: se vieron marcadas con el sello realista monástico, que se imprimia en todo, y apenas dieron á conocer alguno que otro rasgo tímido de independencia; nuestros mejores artistas, nuestros mas aventajados escritores, no brillaron como hubieran brillado de seguro, bajo un gobierno digno de hombres que hubieran sabido serlo: la mezquindad de la época los hacia mezquinos: los mataba.
En todas las empresas de la casa de Austria, exceptuando las de Carlos V, se ve, no la política, no la sagacidad, sino la tenacidad y la ignorancia: Felipe II desangró y debilitó la nacion en empresas descabelladas aconsejadas por el fanatismo, y una de estas empresas que pudo traer fatalísimos resultados, no solo para España, sino tambien para Europa, fue la de la conversion de los moriscos, no solo bajo el punto de vista religioso, sino tambien bajo el de las costumbres.
La rebelion de las Alpujarras motivada por la crudeza con que quiso llevarse á cabo la sumision completa de los moriscos, fue de tanta trascendencia, como que refiriéndose á ella en el principio de su historia de la guerra de Granada, dijo Hurtado de Mendoza, autor contemporáneo, y tanto, como que tomó personalmente parte en aquella guerra:
«Veráse una guerra al parecer tenida en poco, y liviana dentro en casa, mas fuera estimada y de gran coyuntura; que en cuanto duró tuvo atentos, y no sin esperanza, los ánimos de príncipes amigos y enemigos lejos y cerca.»
Mas adelante el mismo autor confiesa las graves circunstancias en que se encontraba España al estallar la rebelion de las Alpujarras, en las siguientes líneas:
«... Los Estados de Flandes, desasosegados por el príncipe de Orange, eran recien pacificados por el duque de Alba. Mas, puesto que las fuerzas del rey, y la experiencia del duque capitan, criado debajo de la disciplina del emperador, testigo y parte de sus victorias, bastasen para mayores empresas; todavía lo que se temia de parte de Inglaterra, y las fuerzas de los hugonotes en Francia, algunas sospechas de príncipes de Alemania y designios en Italia, daban cuidado; y tanto mayor, por ser la rebelion de Flandes por causas de religion comunes con los franceses, ingleses y alemanes, y por quejas de tributos y gravezas comunes con todos los que son vasallos, aunque sean livianas y ellos bien tratados.»
Por las citas anteriores, se vé que en aquellos tiempos habia quien veia claro, y que solo el rey y los clérigos estaban ciegos por su fatal locura religiosa.
Y esta ceguedad, esta monomanía feroz por exterminar todo lo que no era católico, como si el catolicismo no fuese una religion altamente afecta á la discusion y á la libertad, hacen comprender hasta qué punto serian vejados, tiranizados, martirizados los moriscos por aquel doble despotismo, por aquella tenaz ferocidad, por aquella cólera sagrada, por decirlo asi; por aquella intemperancia de mando, por el odioso sic voleo sic jubeo del tirano.
Y esta ferocidad, esta carencia total de miras políticas, ya que no de sentimientos humanitarios, habian hecho precisa, inevitable la rebelion de los moriscos, porque cuando llega á un limite dado la miseria humana, la desesperacion suple con ventaja al valor, y la sed de venganza produce horribles catástrofes, á vueltas de sublimes rasgos de heroismo.
Y cuando un pueblo ha sido insultado, robado, azotado, herido en sus mas intimas afecciones cuando se han visto holladas las canas de los ancianos, separada la esposa del esposo, el hijo de los padres; cuando las sospechas han bastado como si hubiesen sido evidencias para imponer castigos atroces; cuando se han desoido una y cien veces las súplicas humildes; cuando el que manda se ha mantenido inflexible en el mandato cruel; cuando esto sucede, no hay pueblo cobarde, lo arrostra todo, prefiere la muerte aunque sea horrorosa, al martirio lento, continuado, dia por dia, hora por hora, minuto por minuto, y como se lanza á la pelea enloquecido por la desesperacion, excitado por la sed de venganza, se entrega respecto á sus enemigos á las mismas crueldades, á los mismos horrores, á los mismos crímenes de que ha sido víctima.
Los pueblos cuando se insurreccionan en nombre de su derecho, ponen siempre en práctica la tremenda ley del Talion.
Por eso antes de condenar los horrores de una revolucion, es necesario meditar á sangre fria las causas que la han motivado.
Hemos creido necesaria la antecedente digresion, para que nuestros lectores no crean ficciones de una fantasia salvaje, los hechos que vamos á continuar relatándoles.
No los inventamos: únicamente los ordenamos y los trascribimos con la historia á la vista, apoyándonos en su testimonio.
CAPITULO XXVII.
Continúa el asunto interrumpido en el anterior.
La iglesia de la villa de Cádiar, era teatro de una orgía de sangre.
Melik-el-Ferih, enloquecido por el reciente recuerdo de la desastrada muerte de Alida, y por la dolorosa causa que habia motivado aquella catástrofe, estaba ébrio de sangre y sediento de venganza.
Aben-Aboo, con la mirada sangrienta como un lobo, arrastraba desde la sacristía al presbiterio, asido por el cuello al inquisidor Molina de Medrano que tropezaba embarazado por sus largos y rígidos ornamentos pontificales.
Al ver Melik-el-Ferih aquel grupo á la viva luz de las cien velas que aun ardian en el tabernáculo, saltó del monton de cadáveres en que habia subido, y se lanzó hácia el presbiterio, pero antes de llegar á él tropezó en un muerto y cayó.
Al levantarse vió ante sí una mujer pálida, de rodillas, mirándole de una manera ansiosa, y procurando ocultar entre sus brazos, entre sus ropas, á una criatura.
Aquella mujer para salvar á su hija se habia acurrucado entre los muertos, y solo se habia alzado al ver caer junto á ella el monfí.
Melik-el-Ferih contempló á la madre y á la hija con una mirada tal, en que habia tan feroz, tan cruel alegría, que la pobre madre se estremeció.
—¡No la mateis! gritó: no mateis á mi hija: mi hija no os ha hecho ningun daño.
—¿Y qué daño habia hecho mi hija á los cristianos? gritó el Ferih mezclando á sus palabras una carcajada insensata.
—¡Ah! ¡teneis una hija! dijo la infeliz: pues bien, por la vida de vuestra hija, no mateis á la mia.
—¡Por la vida de mi hija! exclamó el Ferih.
Y sus ojos rodaron de una manera espantosa en sus órbitas.
La infeliz madre dió un grito horrible.
El Ferih la habia arrebatado la pobre criatura asida por el cuello, y la habia abierto de una sola puñalada: despues habia arrojado aquel miserable despojo palpitante á los piés de la madre, y de un salto se habia puesto en el presbiterio y asido al inquisidor Molina de Medrano.
—¡No le mates! ¡no le mates! exclamó Aben-Aboo: una puñalada es poco castigo para este infame lobo: ¡no le mates, Ferih!
—¡Matarle! no por cierto... ya verás... ya verás... la noche es nuestra, y es necesario que nos divertamos... vamos á divertirnos mucho...
El solo anuncio de aquella diversion, de que sin duda iba á ser él el protagonista, despegó la carne de los huesos del inquisidor.
El Ferih entre tanto habia acercado uno de los tres sillones del presbiterio, y le habia puesto sobre el altar.
—Siéntate ahí, dijo el Ferih: te ponemos en un trono... no tienes por qué quejarte te vamos á adorar, faquí de los cristianos: vamos sube: ¿no quieres ser rey?
—No puedo subir, soy viejo; exclamó llorando el inquisidor: tened compasion de mi.
—¡Ah! ¿no puedes subir? dijo Aben-Aboo, por eso no quede: échamelo acá, Ferih, añadió desde el altar á donde habia subido de un salto.
El Ferih asió por la cintura al inquisidor y le levantó: Aben-Aboo le asió por el cuello le puso sobre el altar y le sentó rudamente en el sillon.
Desde aquel momento puede decirse que Molina de Medrano no vió ni sintió mas que un terror pánico: todo daba vueltas en derredor suyo, pero cubierto de una niebla densa, azul, inpura, y el miserable temblaba, pero de una manera exclusivamente orgánica.
—No basta, no basta eso: dijo el Ferih: es necesario asegurarle en su trono.
Y volviéndose hácia el fondo de la iglesia donde continuaban el degüello y las crueldades, tocó por tres veces la bocina.
Cesó la matanza y un numeroso grupo de monfíes adelantó hasta el presbiterio, y se pusieron á reir y á señalar con ademanes grotescos al inquisidor.
—¡Ah, valientes mios! dijo el Ferih: ved á este respetable señor encaramado en su silla, vestido de oro y rodeado de luces, ni mas ni menos que como los ídolos que han querido que adoremos: pero este trono es todavía poco resplandeciente.
—Es verdad, si, es verdad.
—Aumentemos el resplandor de su trono.
—Pongamos fuego al altar.
Y algunos adelantaron blandiendo sus antorchas.
—Esperad: esperad, dijo Aben-Aboo: ¿no veis que tanto resplandor puede parecerle demasiado y hacerle huir de una gloria de que se creerá indigno? es necesario que se vea obligado á recibir nuestros homenajes. Buscad cuerdas, y sino las halláreis, vengan las de vuestras ballestas.
—Dice bien.
—Asegurémosle en su trono.
—Que no pueda escapar.
—Como no pueden escapar los sentenciados por la Inquisicion.
—Como no pudo escapar mi padre, á quien vi revolverse como una sabandija por entre las llamas.
—Ni mi madre á quien quemaron porque decian que era bruja.
—¡Allah Ahbar! (Dios es grande).
—¡Allah Galib! (Dios es vencedor).
—¡Allah Rahman! (Dios es misericordioso).
Y sin saber de donde, salieron á plaza cordeles, y en medio de un tumulto espantoso de carcajadas y silbidos, el inquisidor fue fuertemente atado á la silla, y la silla no menos fuertemente atada á las columnas del tabernáculo.
Volvieron á avanzar los implacables monfíes con las antorchas.
—Esperad, esperad: aun no es tiempo: traed acá á cuantos cristianos encontreis.
Extendiéronse los monfíes por la iglesia, y á poco volvieron trayendo á empellones como unas veinte personas entre hombres, mujeres y niños.
—Pocos son, dijo Aben-Aboo: pero ahí veo á mi buen amigo Lope Gutierrez, corregidor de la villa. ¿Eh? ¿que te parece de esto?
El corregidor tan feroz antes, cuando mandaba, cuando se creia fuerte, rompió á llorar.
—Yo no os he hecho ningun daño, dijo: yo era mandado; me lo mandaba el rey.
—¿Y te mandaba el rey, dijo una morisca jóven y hermosa, saliendo de entre la multitud, que para obligar á una mujer á ser tuya, la amenazases con ahorcar su padre, y vender por esclavos á sus hermanos?
—Yo no he hecho eso... yo no he hecho eso, os lo juro.
—¿Me conoces? exclamó la morisca arrancando una antorcha á un monfí, acercándola á su semblante, y acercándose al mismo tiempo al corregidor Lope Gutierrez, que retrocedió.
La morisca le miraba con los ojos dilatados escandescidos como los de una bacante.
—¿Me conoces al fin Lope Gutierrez? repitió la morisca; tú me deshonraste, y no bastó mi sumision á tus deseos: poco tiempo después á pretexto de que eran monfíes ahorcaste á mi padre, y echaste á galeras á mis hermanos.
—¡Ah! ¡no! ¡no! exclamó el corregidor.
—Ese miserable me abofeteó á pretexto de que no me habia quitado el sombrero en su presencia, echó á galeras á mi hijo porque tomó la defensa de su anciano padre, mi pobre esposa murió al verse separada en su ancianidad de su hijo, y despues me vi reducido á la indigencia: mis bienes, unas escasas tierrecillas habian sido confiscadas: ¡vengadme, hermanos!
—Ese miserable mató á mi amante porque no quise ser su manceba.
—Ese hombre deshonró á mi hija.
—Ese hombre es nuestro, exclamaron las mujeres apoderándose de él, y sacándole arrastrando de la iglesia.
—Hé aquí un buen exámen de doctrina cristiana, dijo Aben-Aboo volviéndose al inquisidor que no le oia. Dejad, dejad á esas buenas muchachas que despachen á su gusto al señor corregidor: no lo querais todo para vosotros. ¿Quién es aquel que se esconde detrás de esotro que está tan cabizbajo?
—El cabizbajo es el alguacil Truchuela, un bribon que merece ser desollado vivo: el que se esconde es el escribano Diego de Angulo.
—¡Ah! ¿con que sois vos el escribano que no tenia mas placer que fulminar procesos para engordar con las costas perdiendo hombres? ¿y vos maese Truchuela el alguacil que prendia con perro á los moriscos?...
Rompieron á dar alaridos los dos acusados.
—Colgad de los piés á esos dos perros, dijo Aben-Aboo.
No le escucharon sordos ni remisos, porque media docena de monfíes asieron del alguacil y del escribano, y los colgaron cabeza abajo de la verja de una capilla.
Los miserables gritaban de una manera horrorosa.
—Ponedles mordazas, gritó uno.
Poco despues aquellos hombres dejaron de gritar.
—¿Qué mujer es aquella exclamó el Ferih que está detrás de aquellos dos soldados castellanos?
—Yo soy doña María de Cáceres, dijo aquella mujer que era bastante hermosa, y que lloraba silenciosamente adelantando hácia el presbiterio.
—¿Quién tiene que quejarse de esa mujer? dijo Aben-Aboo que se habia constituido en único juez de un tribunal ejecutivo.
Nadie contestó.
—Ya lo veis, nadie tiene que quejarse de mí, contestó con acento sereno doña María.
—¿Y por qué lloráis? ¿creeis que los moros somos tan infames como los castellanos? ¿creeis que nosotros sentenciamos á los inocentes solo por el placer de verter sangre?
—Lloro, dijo doña María, porque he visto muchas desdichas.
—¿Qué pretendeis hacer con esa mujer? dijo una de las moriscas que volvían de dar fin del corregidor. Esta cristiana es nuestra.
—¿De qué teneis que acusarla? dijo Aben-Aboo.
—¡Acusarla! ¡por el contrario, tenemos mucho que decir en su favor!
—Es caritativa.
—Es buena.
—Ha dotado á muchas doncellas.
—Ha remediado muchas desdichas.
—Es la madre de los infelices.
—Una sola condicion y os libro, dijo Aben-Aboo.
—¿Y qué condición es esa?
—Abrid los ojos al conocimiento de la santa ley del Dios altísimo y único.
—¡Qué reniegue de Jesucristo! exclamó con horror doña María.
El Ferih que desde que habia empezado este diálogo habia templado su ballesta y armado en ella una jara, se echó de repente la ballesta al rostro, y exclamó disparándola sobre doña María:
—Mi hija tambien era inocente y ha muerto.
Doña María cayó sin exhalar un gemido.
—¡Oh! ¿qué has hecho? exclamó horrorizado á pesar de su ferocidad Aben-Aboo.
—Estamos perdiendo el tiempo, gritó el Ferih: yo he sido encargado por el emir de hacer justicia en la villa de Cádiar... ¡ea mis valientes! acabad con esos perros... y tú clérigo, tostador de criaturas de Dios, añadió volviéndose al inquisidor que continuaba alelado por el miedo, muere como debes morir.
Y tomando una antorcha de manos de un monfí, se encaminó al altar.
—¡Detente, Ferih! exclamó una voz poderosa, terrible, llena de autoridad y de mando en el fondo de la iglesia.
El Ferih quedó inmóvil en el lugar en que se encontraba cuando resonó aquella voz: los monfíes que habian empezado de nuevo la matanza, se detuvieron tambien.
Entre tanto un hombre armado como los caballeros moros del tiempo de la conquista, con corona en la cabeza é insignias de califa, adelantó evitando pisar los cadáveres, pero sin poder evitar teñir sus piés de sangre.
Detrás de él ondeaba un estandarte rojo, en cuyo centro se veian las armas de Granada, y tras el estandarte seguia un escuadron cerrado de monfíes.
Aquel hombre era el emir Yaye-ebn-Al-Hhamar.
—¿Qué es lo que estais haciendo? exclamó: ¿es esto lo que yo te he mandado hacer Ferih: es esto lo que conviene hacer á un caballero Aben-Aboo?
Ni el Ferih, ni Aben-Aboo, contestaron: pero se levantó un sordo murmullo entre los monfíes que estaban en la iglesia á la llegada del emir.
—¿Quién se atreve á murmurar, cuando su señor habla? exclamó con voz tonante Yaye, revolviendo en torno suyo una mirada amenazadora: ¿hay alguno que se atreva á levantar la voz, ni los ojos, ni un solo dedo, cuando habla su emir?
Nadie contestó: nadie se movió.
—¿Qué es lo que miro en rededor mio? exclamó creciendo en su cólera Yaye: ¡mi vista solo encuentra cadáveres!
—Cadáveres de castellanos, señor, contestó humildemente Aben-Aboo.
—Pero entre esos cadáveres hay viejos, niños y mujeres: doncellas que han sido violadas, madres delante de cuyos ojos se han degollado los niños de pecho. ¿Quereis acaso igualar y aun exceder las crueldades de los castellanos? ¿Pensais acaso que porque este es un lugar de idolatria, no está presente en él el Dios altísimo y único?
—¡Señor! murmuró Aben-Aboo.
—¡Basta! exclamó Yaye: los que se precian de valientes no se ensangrientan en los débiles: los que se precian de justos no sacrifican inocentes: los que se creen buenos muslimes deben temer á Dios, á Dios que escribe en el libro de su justicia la sentencia de los asesinos con la sangre de los débiles.
—Hemos sufrido cuantas desdichas, cuantas crueldades, cuantas humillaciones puede sufrir un hombre, dijo el Ferih.
—Los crímenes agenos, deben inspirarnos horror, no deseo de imitarlos: repuso el emir: ademas, si hemos de triunfar es necesario que sepamos obedecer. ¿Qué te habia ordenado yo Ferih?
Melik no contestó.
—Te dije, cerca la villa, que no salga de ella un cristiano...
—Degüella y mata, me dijiste.
—Si, pero degüella y mata á los clérigos, á los ministros de justicia, y á los soldados: pero sé justo y clemente con los que no han cometido otro delito que no ser moros como nosotros.
—¿Qué estas hablando de justicia y de clemencia, emir, á quien como yo ha visto su hija deshonrada; á quien la ha visto morir á consecuencia de las infamias de los castellanos; á quien la ha mirado espirar, gritando de dolor entre sus brazos y pidiéndole venganza? ¡Mi hija! ¡mi pobre Alida queda allá muerta entre las breñas, y me pides templanza á mi, á quien despedazan la rabia y el dolor!
Y el Ferih rompió á llorar como una mujer.
Hubo algunos momentos de solemne silencio, durante el cual solo se oyeron los gemidos de los que espiraban á consecuencia de sus heridas.
—Desatad ese clérigo que está en el altar, dijo el emir.
Pareció reanimarse á estas palabras Molina de Medrano.
—Ved, señor, dijo Aben-Aboo, que este es el miserable que causó esta mañana la muerte de la infeliz Malicatulzarah y de su esposo Adel: ved señor que es un lobo sediento de sangre.
—Ese hombre debe morir, y morirá, pero no de la manera horrible, cruel con que ellos matan á sus víctimas.
El inquisidor habia sido bajado del altar y se arrastraba á los piés de Yaye, en cuyo semblante fijaba una mirada entumecida por la atonía.
—Yo os conozco... señor... yo os conozco... tartamudeó.
Y se asió á las ropas talares de Yaye.
Yaye se inclinó.
—Tú eres Molina de Mediano...
—Si, si, pero yo obedecia al rey...
—Obedecias á un tirano...
—Por el Dios de Abraham y de Ismael que es nuestro mismo Dios... no me mateis... cautivadme... vendedme... llevadme á Africa... pero no me mateis.
—Tú has predicado el exterminio contra los que adoran al Dios de Abram, de Agar y de Ismael, y ahora pides misericordia á nombre de ese mismo Dios... suele suceder que los asesinos cuando se apodera de ellos la justicia mueran con valor: pero tú á mas de asesino eres cobarde.
—¡Perdon! ¡señor, perdon!
—Arrancadle de mi y matadle; matadle á hierro y pronto... necesitamos salir de aquí.
—¡Piedad! gritó Medrano al sentirse asido por una turba de monfíes.
Fue su última palabra: rasgado su pecho á un tiempo por veinte puñales manchaba de sangre su vestidura pontifical.
—Acabad con esos soldados, dijo el emir.
Seis soldados que habian sido apresados por los monfíes fueron inmolados en pocos segundos.
—Ahora soltad esa gente menuda.
—Nos mataran los que estan fuera señor, dijo un viejo.
—Id con ellos diez hombres, y amparadlos en las casas del ayuntamiento de la villa: asimismo llevareis á esas casas las mujeres, los viejos y los niños que encontreis.
Algunos monfíes salieron escoltando algunos cristianos que por fortuna habian escapado con vida de la iglesia.
—Rematad á esos desdichados que penan, añadió Yaye.
Pocos momentos despues, y mientras el emir hablaba acaloradamente con Aben-Aboo, fueron cesando los gemidos de los moribundos hasta dominar un silencio pavoroso.
Los monfíes que se agrupaban inmóviles tras el estandarte rojo del emir, llenando la iglesia, parecian fantasmas.
Yaye y Aben-Aboo siguieron hablando algun tiempo con gran interés.
El Ferih, doblegado al fin por su dolor estaba apoyado sobre el altar, inmóvil, insensible á todo.
Al fin Yaye se separó de Aben-Aboo, y dirigió la voz á los monfíes.
—Valientes, les dijo: al hacer lo que hemos hecho, hemos herido el rostro del tirano rey de España: hemos arrojado á sus ojos la sangre infame de sus jueces, de sus clérigos, y de sus soldados: ya no hay medio de retroceder: los ejércitos del rey de España vendrán sobre nosotros, pero vendrán tarde, porque el alguacil mayor del reino, el valiente Farax-Aben-Farax se apodera en estos momentos de Granada: Dios nos alienta y nos guia: pero no irritemos á Dios cometiendo actos de crueldad y de barbarie semejantes á los que acaban de cometerse: si apreciais en algo mi espada, si creeis que yo puedo llevaros á la victoria, no vertais mas sangre débil, no cometais mas crímenes, porque yo nunca desnudaré mi espada para ponerme al frente de infames ni de asesinos.
—¡Viva el emir! gritaron á una voz los monfíes.
—Ademas, dijo Yaye: oidme y entendedme bien: yo no soy el emir que debe mandaros.
Levantóse un murmullo de descontento que era una adulacion al emir.
—Los moriscos de Granada han elegido un rey.
—¡Viva el emir poderoso y vencedor Yaye-ebn-Al-Hhamar! gritaron los monfíes.
—Yo soy emir de las Alpujarras, únicamente, dijo Yaye: los granadinos han elegido legítimamente su rey; su rey es aliado y pariente mio. Obedeced al rey de Granada Muley-Aben-Humeya.
Pronunció con tal acento estas palabras Yaye, que los monfíes viendo en ellas un mandato gritaron:
—¡Viva el rey de Granada Muley-Aben-Humeya!
—¡Gracias, gracias, valientes muslimes de la montaña! exclamó una voz á las puertas de la iglesia; oyóse precipitado ruido de espuelas, y adelantó y abrazó á Yaye un jóven sencillamente vestido á la morisca.
Aquel jóven era Aben-Humeya.
Tras él seguia otro hombre de mas edad igualmente vestido á la usanza mora, llegó junto al emir, pero en vez de abrazarle se inclinó profundamente.
Aquel hombre era Aben-Jahuar el Zaquer.
—¿Y tu hermana? le dijo rápidamente y en voz baja Yaye.
—Está en seguridad en un cortijo de la montaña.
—¡Oh! ¡gracias hermano, gracias! Y volviéndose á los monfíes continuó en voz alta asiendo de la mano á Aben-Aboo, que era el único que vestia á la castellana: ¿Conoceis á este caballero?
—Si, si, gritaron todos.
—Es Sidy Aben-Aboo, de la raza de los Omeyas, añadieron algunos.
—Es mi pariente, añadió Yaye. Desde ahora, leales muslimes compartiré con él vuestro gobierno: obedecedle como á mí mismo: es mi compañero: aclamadle.
—¡Viva Muley Aben-Aboo!, gritaron espontáneamente los monfíes.
—Y para concluir, este otro caballero, Sidy Aben-Jahuar el Zaquer, mi pariente tambien, es el walí de los walíes[25] de Granada y de las Alpujarras.
—¡Viva Sidy Aben-Jahuar! gritaron los monfíes.
—Lo que á vosotros os he hecho saber en persona, se hará saber á las demás taifas por sus xeques. ¡La guerra empieza! constancia y valor y triunfaremos.
—¡Viva el emir!
—Pero si hemos concluido, dijo Aben-Humeya que habia oido con un profundo disgusto la espontánea aclamacion de los monfíes á su primo Aben-Aboo, si hemos concluido, bueno será, que nos preparemos á un próximo y sangriento combate.
—¿Pues qué sucede? dijo con gran calma Yaye.
—La compañía de infanteria española que estaba en Yátor, viene sobre Cádiar, dijo Aben-Humeya; y segun me han informado mis corredores viene á su frente, bramando de corage, el valiente marqués de la Guardia.
—¡El marqués de la Guardia! ¡no! ¡es imposible!
—Si es posible ó no, pronto lo veremos, dijo Aben-Humeya; entre tanto oid.
Se habian escuchado algunos distantes disparos de arcabuz. Animados por aquel socorro los cristianos que se habian refugiado á la torre de Cádiar empezaron á tocar de nuevo á rebato.
Yaye, Aben-Aboo, Aben-Humeya y Aben-Jahuar, se lanzaron fuera de la iglesia: los monfíes los siguieron á la carrera.
La iglesia quedó silenciosa, poblada solo de cadáveres, iluminada y resplandeciente, pero manchado de sangre el altar, y presentando delante de él un bulto brillante á trozos, rojo en otros.
Aquel bulto era el cadáver de Molina de Medrano, á quien cubrian aun los ornamentos pontificiales.
Por una coincidencia terrible aquel cadáver ocupaba el mismo lugar donde habia caido muerta Malicatulzarah.