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Los monfíes de las Alpujarras: novela original cover

Los monfíes de las Alpujarras: novela original

Chapter 86: CAPITULO XXXIII.
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About This Book

Ambientada en la Granada de la mitad del siglo XVI, la novela narra las tensiones entre moriscos y autoridades tras la conquista, descritas mediante actos públicos, pregones y la presencia de la Chancillería, el capitán general y la Inquisición. A partir de esos escenarios colectivos se desarrolla una historia personal centrada en Yaye, cuyo amor hacia una joven vinculada a los renegados provoca vértigo moral y temor por las consecuencias sociales y religiosas. La obra alterna escenas de multitud y ceremonias oficiales con episodios íntimos y pasionales, explorando lealtades, prejuicios y el choque entre afecto y obligación, y está organizada en partes con índices y notas complementarias.

De cómo supo Yaye que su mala estrella se le hacia cada vez mas enemiga.

Volvamos al marqués de la Guardia en el punto en que despues de haber escrito su carta para el capitan general se habia quedado solo.

Era poco despues del amanecer.

El marqués estaba en un estado de exaltacion terrible.

Estaba loco.

Solo se le oia murmurar.

—¡Esperanza! ¡Mi Esperanza! ¡Mi hija!

Y despues de murmurar estas palabras revolvia en torno suyo su mirada ensangrentada y furiosa.

Abrióse la puerta del aposento, y un soldado le entregó una carta.

Aquella carta decia:

—«Caballero: ignoro por qué razon os he encontrado al frente de vuestra compañía en Cádiar, cuando es creia al lado de mi hija. Tengo derecho á que me satisfagais, y os mando que vengais á encontrarme, siguiendo al hombre que os llevará esta carta.—El emir de los monfíes.»

—¿Dónde está el hombre que ha traido esta carta? dijo el marqués, guardándosela en el bolsillo.

—Espera en el zaguan, señor, contestó el soldado.

—Hacedle entrar.

Entró un hombre de aspecto al parecer humilde, y miserable y pobremente vestido.

El marqués se quedó solo con él.

—¿Sabes quién te envia? dijo el marqués.

Irguióse el mendigo.

—Soy wali del poderoso emir de los monfíes, contestó: y me llamo Suleiman.

—¿Y te atreves á decírmelo?

—Si: tú eres tambien monfí.

—¡Yo!

—Si, tú: tú eres monfí, eres traidor.

El marqués echó mano á su espada.

—Sí, dijo Suleiman, sin inmutarse por el movimiento amenazador del marqués: eres monfí, porque eres esposo de la sultana Amina; y eres traidor, porque ayudas á los cristianos.

—¡La sultana Amina! exclamó con acento rugiente el marqués: ¡sabes tú lo que ha sido de la sultana Amina! ¡sabes si está muerta ó viva... ó tal vez peor que muerta!

Palideció profundamente Suleiman, y asió con furor un brazo del marqués.

—¿Te habrás atrevido, perro cristiano?... exclamó.

—Me la han robado, gritó el marqués, lanzando de sí á Suleiman, y con ella me han robado á mi hija.

—¡Que te han robado á la sultana Amina! ¿y quién, quién? gritó Suleiman, sin temor de ser oido: ¿sabes tú lo que hará contigo el emir, sino le das cuenta de su hija, aunque te ocultes en medio de los escuadrones del rey de España?

—¿Dónde está Aben-Aboo?

—¡Aben-Aboo! ¡el compañero en el mando del emir! exclamó con extrañeza Suleiman, porque no sabia á dónde el marqués iba á parar.

—¡Llévame, llévame á donde esté el emir! dijo el marqués: á él solo daré cuenta de lo que ha sucedido; llévame á donde esté el emir, y nada temas.

—Yo nada temo, replicó Suleiman, pero puesto que obedeces á nuestro comun señor, sígueme.

Calóse el marqués su morrion de hierro, envolvióse en una capa que le habian prestado, y siguió á Suleiman.

En cuanto este estuvo fuera de la casa, tomó todo el aspecto de un mendigo anciano y enfermo.

Bajaron torciendo por algunas callejas y salieron al campo: esto es, á la montaña.

En cuanto estuvieron en ella, Suleiman se irguió de nuevo, y siguió adelante á gran paso.

El marqués iba tras él.

Pasaron algunos barrancos, en los cuales quedaba el fango del pasado aluvíon, y al fin Suleiman empezó á trepar por un sendero escarpado, á cuyo fin se veia la entrada de una cueva.

Cuando llegaron á ella, el marqués vió que dentro se paseaba un hombre enteramente vestido á la usanza mora.

Aquel hombre era el emir.

Al sentir á Suleiman, se volvió: al ver tras él al marqués, se puso totalmente pálido, y con un ademan imperioso mandó á Suleiman que se retirase.

El monfí descendió á la carrera por el sendero.

Yaye y don Juan quedaron solos.

—¡Cómo te encuentro aquí, mi buen hijo! exclamó el emir con un acento doloroso y reconcentrado, conteniendo mal su cólera.

—Teneis razon, señor, dijo el marqués. Teneis razon en extrañar que me encuentre á vuestro lado porque debia estar muerto.

Pronunció de tal modo el marqués estas palabras, que la irritacion del emir pasó para dejar su lugar al espanto.

—¡Muerto! ¡y por qué! ¿y mi hija y tu esposa?

—No sé qué ha sido de ellas, exclamó con desesperacion el marqués.

—¡Habla! ¡habla! ¡acaba! no sé por qué veo en tus palabras, en tus miradas, los indicios de una gran desgracia.

—¡Me la han robado! exclamó con acento rugiente el jóven.

—¡Robado! ¡pero quién! ¡cómo!

—¡Quién! Diego Lopez Aben-Aboo, exclamó el marqués: sí, le reconocí, y eso que solo le ví á la luz del fuego de un arcabuzazo; pero tenia fijos en mí los ojos con una expresion infernal... y luego oí su voz ronca que gritaba: ¡embreñaos! ¡embreñaos con ella!... despues nos separó la mano de Dios: una maldita avenida por el barranco donde nos encontrabamos.

Yaye estaba aterrado, contraido, mudo, sin poder pronunciar una sola palabra.

El marqués le refirió de qué manera habian sido sorprendidos, y cómo desesperado se arrojó con su caballo á la corriente.

Despues continuó:

—Yo debí perecer: la violencia de la avenida arrastraba á mi caballo: veia pasar rápidamente á ambos costados mios las sombras informes de las rocas: encontréme de repente fuera del caballo que se habia sumergido, y me sentí sumergir: pero tambien de repente me sentí alzado y me encontré sobre el tronco de un árbol que arrastraba la avenida. Por una casualidad aquel tronco se detuvo en una roca: yo tendí los brazos á aquella roca, y encontré por casualidad las raices de un árbol: trepé... y me encontré salvo, pero me encontré solo... solo... ¿qué habia sido entre tanto de mi Esperanza?

El marqués inclinó la cabeza desesperado.

—¡Mi hija...! ¡robada por Aben-Aboo! murmuraba entre tanto sordamente el emir.

Y luego cerrando los puños, y levantando los ojos al cielo exclamó:

—¡Oh! ¡es mucho, mucho castigo! ¡es demasiado! ¡es horrible, señor!

Y luego volviéndose al marqués, continuó:

—¿Pero estas seguro?... seguro de todo punto?

—¡Oh! tan seguro estoy de ello, que donde quiera que le encuentre, he de beber la sangre de ese infame.

—Pero, exclamó desconfiando aun en el emir, tú te encontraste solo en una roca en la montaña... en un terreno que no conoces, de noche... y despues te he encontrado con tu compañía en Cádiar: tu compañía estaba en Yátor.

—La avenida me habia echado cerca de Yátor.

—¿Pero cómo pudiste conocerlo, no siendo práctico en la tierra?

—Se escuchaba á lo lejos el ladrido de algunos perros, y se veian algunas luces inmóviles entre la oscuridad; yo me dirigí adonde se escuchaban aquellos ladridos, adonde brillaban aquellas luces, y me encontré en Yátor. Entonces busqué á mi teniente Cristóval de Belorado, y le mandé reunir la gente, con la cual me encaminé á Cádiar, adonde llegué despues de la media noche. Yo sabia que Aben-Aboo era vecino de Cádiar, que tenia allí á su madre, y no sé por qué, estaba seguro de encontrar en Cádiar á Aben-Aboo. Y no me engañé. ¿Por qué huyeron los monfíes?

—¡Huyeron!... porque yo no queria que tú murieses; porque yo los mandé retirar: pero en estos momentos, en el punto en que tú has salido de Cádiar, en el momento en que no puedes correr peligro, mis monfíes habrán envestido de nuevo la villa, y no dejarán ni uno solo de tus soldados vivos.

—¿Y para qué quiero yo vivir?

—¿Para qué? si es cierto lo que dices, ¿por qué quieres morir y no vengarte?

—¿Y no me habeis impedido vos mi venganza?

Yaye se estremeció: el hombre que habia robado á su hija, era su hermano; el hombre de quien con tanta justa causa queria vengarse el marqués de la Guardia, era su hijo.

La fatalidad ó la justicia de Dios eran con él inexorables: él habia matado al padre del marqués de la Guardia creyéndole corruptor de su esposa, y el hijo del difunto marqués habia seducido á su hija: su hija habia enloquecido al príncipe don Carlos, le habia hecho traidor á su padre, y Felipe II se habia visto obligado á prenderle, á procesarle y acaso á matarle: Amina habia enloquecido tambien á Aben-Aboo, y le habia hecho traidor á su padre, rebelde, inobediente, feroz. Acaso Yaye, como Felipe II, se veria obligado á matar á su hijo por el bien de su pueblo. Acaso en medio de todo aquello podia haber horrorosos crímenes: el incesto, el fratricidio acaso: Amina, Aben-Aboo y Aben-Humeya ignoraban que eran hermanos, y los dos hermanos amaban á su hermana y estaban zelosos entre sí.

El emir estaba consternado: la mas terrible desesperacion le torturaba el alma, la vida se le habia hecho de todo punto insoportable, y un remordimiento voraz le roia las entrañas.

—¿Dónde te robaron tu esposa? dijo al fin dirigiéndose al marqués.

—En un barranco, cuando caminábamos bien de prisa, porque segun decian, teniamos que atravesar una rambla peligrosa.

—¿Y estábais ya cerca de esa rambla?

—Si señor.

—¡Ah de abajo! gritó el emir asomándose á la boca de la cueva.

Poco despues subió Suleiman.

—Que se reunan al momento cuarenta monfíes, y mi caballo.

Poco despues el emir cabalgaba en el fondo del barranco y Suleiman, á quien habia hablado algunas palabras Yaye, dijo al marqués.

—Sígueme, señor.

El marqués miró á Yaye.

—Síguele, síguele, hijo mio, dijo el emir: él te llevará á lugar seguro.

El marqués siguió á Suleiman y Yaye siguió adelante con su gente, á gran paso, salvando todo género de obstáculos, por lo mas áspero de la montaña.

De repente los monfíes que iban de descubierta, se detuvieron y se encararon las ballestas que llevaban armadas.

—¿Quién va? gritó el que iba mas adelante.

—¡Allah le ille Allah! gritó una voz muy conocida del emir.

—¡Harum! exclamó Yaye haciendo saltar hácia adelante su caballo, al escuchar aquella voz.

—¡Ah, poderoso señor! exclamó desesperado el wazir.

—Nuestra hija nos ha sido arrebatada, gritó Calpuc.

—Y mi sobrino ha perecido, dijo todo desencajado don César de Arévalo.

—Y sobre todo, dijo para su capote Peralvillo, que estaba entre los recien encontrados; hemos pasado una muy mala Noche-buena con el agua á la rodilla y dando diente con diente.

El emir desmontó y se apartó á un lado con Calpuc, Harum y don César.

—¿Con qué es verdad? dijo.

—Si, si, verdad es, dijo Calpuc: una horrible verdad. ¿Pero quién te lo ha dicho?

—Basta que yo lo sepa, dijo el emir.

—¿Y sabeis tambien, poderoso señor, quiénes han sido los ladrones? ¿Sabeis quién puede haberlos pagado?

—¡Qué! ¿no habeis podido vosotros conocer á los robadores?

—Eran piratas berberiscos, dijo Harum.

—Corsarios berberiscos eran, repitió Calpuc.

—Si, si, unos horribles berberiscos, con bonetes encarnados, añadió don César de Arévalo.

—¿Pero no sabeis que los monfíes que han ido á Granada con Farax-Aben-Farax, llevaban muchos vestidos berberiscos y bonetes colorados para hacer creer á los de Granada que habian venido á ayudarnos los africanos?

—¡Ah! exclamó como quien encuentra una difícil solucion Harum. Ya decia yo. Farax-Aben-Farax debia ya de estar en marcha para Granada cuando sucedió la desgracia.

—¿Y qué importa? ¿No pudiste conocer á ninguno de los robadores?

—No señor.

—¿Y por qué no los perseguísteis?

—Nos lo impidió la tempestad, nos vimos encerrados entre de tres torrentes, dijo Harum.

—Y tan verdad es esto, dijo entristecido don César, que mi sobrino, que se arrojó á la corriente para perseguir á los infames, fue arrastrado por las aguas sin que se sepa qué ha sido de él. Es necesario que averigueis lo que ha sido de mi sobrino, poderoso emir.

—¿Qué me hablais de vuestro sobrino, cuándo he perdido á mi hija? exclamó Yaye; y luego volviéndose á Harum dijo: es necesario batir en derredor la montaña: los ladrones no deben estar lejos: deben haberles cortado el paso otros barrancos. Conmigo, caballeros, conmigo, y que nos proteja Dios.

En vano el emir registró por aquella parte todos los barrancos, quebraduras y escondrijos de la montaña: nada se encontró.

Yaye se volvió desesperado.

No le quedaba otro recurso que ir á encontrar frente á frente á Aben-Aboo.

Cuando volvió á Cádiar encontró á los monfíes al mando del Ferih enteramente apoderados de la villa.

Su pronostico al marqués de la Guardia se habia cumplido.

Cercada por todas partes y abrumada por el número la valiente compañía de arcabuceros, habia sucumbido toda, á excepcion del marqués de la Guardia de quien estaba apoderado Yaye, y del soldado que el marqués habia enviado al capitan general de Granada.

La poblacion presentaba un aspecto horrible.

No se veia en las calles mas que sangre y cadáveres; en la plaza estaba amontonado un botin sangriento, y algunas casas que habian sido incendiadas ardian aun.

La atalaya y la huerta que habian servido de habitacion á Aben-Aboo, estaban desiertas: doña Isabel de Válor y Angiolina Visconti habian desaparecido.

Cuando Yaye hizo buscar á doña Elvira de Céspedes no pudo darse con ella, y solo quedaban en la villa algunos moriscos aterrados y los monfíes triunfantes.

Cuando Yaye preguntó por Aben-Aboo y por Aben-Jahuar el Zaquer, le dijeron que habian marchado á la taha de Jubiles.

Aben-Humeya habia marchado tambien á la taa de Válor.

Yaye envió dos de sus walíes con órden terminante de que se presentaran Aben-Humeya y Aben-Aboo.

Pero Aben-Humeya contestó con altivez que era rey de Granada y que no obedecia á nadie, y Aben-Aboo no pudo ser encontrado.

Yaye conoció que era llegada para él la hora de la expiacion.

Entre tanto don César de Arévalo esperó en vano á que pareciese su sobrino, y cuando, no teniendo que hacer en las Alpujarras, se despidió del emir y se fué con Peralvillo á Granada, supo con horror que el capitan general habia recibido una carta del marqués de la Guardia, fechada en la madrugada del primer dia de Pascua, en que le participaba que con su compañia habia batído los monfíes y ocupado la villa de Cádiar.

Todo el mundo, incluso don César de Arévalo, dió por cosa cierta, cuando se supo el degüello de la compañía por los monfíes, que el marqués de la Guardia habia perecido víctima de su lealtad al rey.

Entonces, y no teniendo ya cosa que le detuviese en España, se fué con Peralvillo al Perú donde le llamaba su oficio de oidor de aquella real audiencia.

Desde este momento don César y Peralvillo se nos pierden: no se sabe si se ahogaron en la travesía, ó si don César se murió de viejo haciendo injusticias á los peruanos.

CAPITULO XXXII.

En que se ve que se estrechan las distancias entre nuestros personajes.

¿Qué habia sido de Angiolina Visconti y de doña Elvira de Céspedes?

Vamos á decirlo sin rodeos á nuestros lectores.

Aben-Aboo habia llevado á Angiolina á un caserío de sus parientes en la montaña donde no podia correr el menor peligro.

Doña Elvira habia sido conducida por Laurenti, medio robada, engañada, al subterráneo de la Princesa encantada.

Es tal la multitud de sucesos que se agolpan en esta parte, que se embrollan, en las viejas memorias que nos sirven de guia, que nos vemos obligados á desenredarlos y darles claridad, á dejar en suspenso la explicacion de la causa de algunos; de este número, es la razon que tuvo Laurenti para apoderarse de doña Elvira, y el por qué del consentimiento de doña Elvira á seguirle.

En cuanto á doña Isabel de Córdoba y de Válor ya hemos apuntado anteriormente que Yaye la habia puesto en seguridad en la montaña.

El marqués de la Guardia habia sido conducido por Suleiman, de órden de Yaye, al alcázar subterráneo de los emires de los monfíes.

En cuanto á Amina y su hija nada podemos decir por ahora á nuestros lectores.

Digamos algo á cerca de la rebelion, puesto que su historia nos llevará como por la mano al desenlace de los sucesos complicadísimos que vamos relatando.

Lo que habia acontecido en la villa de Cádiar la noche del 24 de diciembre de 1568 habia acontecido en todas las villas de las Alpujarras.

Los moriscos se habian rebelado enteramente apoyados en los monfíes, habian acometido á los cristianos, matado á los que no pudieron escapar, cautivando á las mujeres jóvenes, incendiando, robando, martirizando con una crueldad infinita: tan cierto es que cuanto mas dura y ferozmente ha sido tiranizado un pueblo, mas terrible, mas cruel, mas abominable es su venganza.

Ni es nuestro objeto entrar en los detalles de aquellas inhumanas carnicerías, ni nuestro carácter se presta á ello: en el relato de los acontecimientos de Cádiar de que no hemos podido dispensarnos, no hemos tenido afortunadamente necesidad de presentar niños crucificados, y acañavereados, sacerdotes á quienes se arrancaba vivos el corazon; hombres quemados á fuego lento; horrores inauditos, venganzas monstruosas, que se llevaron á cabo en casi todos los lugares de la Alpujarra, y que empañaron la causa defendida por los monfíes, haciendo de ellos innobles ladrones y repugnantes asesinos.

Yaye veia desvanecerse sus sueños: comprendia al fin que solo habia sido rey de una numerosa banda de malhechores, contenida por su espada, mientras no se habia llegado á un rompimiento decisivo, pero desbordada y alentada y puesta en insubordinacion por fatales elementos el dia del rompimiento. Alrededor de Yaye habia muchos caballeros entre ellos Harum, que conservaban la tradicional y generosa hidalguía de los antiguos árabes, pero que eran impotentes para contener el mal.

Yaye conoció que en todo se habia engañado: pero cada uno de sus engaños habia sido para él de una trascendencia terrible.

Yaye estaba desesperado.

A mas de sus desgracias domésticas, que eran bastantes para desgarrarle el corazon, veia con espanto que la guerra se habia empezado con los peores auspicios posibles.

La justicia, la opinion pública, la conciencia debian protestar y protestaban contra aquellas gentes que no cesaban de incendiar, de violar, de matar, de robar.

Los horrores se sucedian sin intermision[27].

Inmediatamente despues del alzamiento de Cádiar se alzó la taa de Poqueira; á continuacion los quince lugares ó alquerias de la taa de Orgiva; los once lugares de la de Ferreria; los veinte de la de Jubiles; los veinte de las taas de los dos Cebeles; los diez y nueve de la de Ujijar, todas estas villas y lugares, los primeros del alzamiento, lo verificaron, como Cádiar, el dia 24 de diciembre; despues y hasta el 1.º de enero del siguiente año de 1569, esto es: en el espacio de seis días se rebelaron los lugares de la tierra de Adra, las taas de Veria, Andarax, Dalias, Lucha, Marchena, Rio Boluduy, las tierras de Salobrena y Almería y el marquesado del Zenete: es decir: todas las Alpujarras y parte de la Axarquía de Málaga y de la provincia de Almería.

Un número considerable de cristianos asesinados, cuyo número no seria exagerado determinándolo en diez mil, habian sido el terrible reto, lanzado por los moriscos al rostro de Felipe II; una oleada de sangre que estremeció á España, y que hizo se fijasen en ella las miradas de Europa; sombrío relámpago de una insurreccion comprimida hacia mucho tiempo, y que al fin estallaba salvaje en todo el esplendor de su horrorosa venganza.

Encontró esta rebelion al marqués de Mondéjar sin gente y sin pertrechos: afortunadamente la tentativa de los monfíes sobre Granada habia fracasado: si por un acaso, por una combinacion mejor meditada, el estandarte de Mahoma llega á tremolar sobre las torres de la Alhambra, España se hubiera encontrado de repente acometida por un enemigo formidable: Africa entera se hubiera lanzado á los puertos españoles ocupados por los turcos y el ambicioso sultan de Constantinopla, el guerreador y terrible Selín II hubiera encontrado en España su campo de batalla contra la cristiandad.

¿Quién sabe lo que pudo haber sido de Europa, por la imprevision de Felipe II, por lo antipolítico de su opresor fanatismo, por su ciega confianza en las fuerzas del clero y de las gentes de justicia? En el reino de Granada, como en todo país recien conquistado, se necesitaba un gobierno justo y benévolo para atraer, un ejército respetable para reprimir. Nada de esto habia; se azotaba al vencido, se le provocaba, se le excitaba á la rebelion, y no se tenia ningun medio represivo.

Asi es que el marqués de Mondéjar no supo que hacer en los primeros momentos; urgia ir á apagar el terrible incendio de las Alpujarras y no contaba con fuerzas para ello: temia una acometida sobre la ciudad y no encontraba los medios de defensa: tenia los enemigos dentro de la casa, esto es: los moriscos del Albaicin, porque, aunque reprimidos y al parecer leales, porque no veian aun en los monfíes bastante apoyo para rebelarse, se rebelarian en el momento en que supiesen que un ejército turco venia en su ayuda; todo esto era inminente: urgia guarnecer la ciudad, y atravesando á todo trance por medio de las rebeladas Alpujarras, cubrir las costas.

En este conflicto el marqués de Mondéjar apeló á la antigua usanza de Castilla, apellidó guerra: hizo llamamiento de gente á las ciudades y señores de Andalucia, con arreglo á la antigua obligacion de los concejos: puso banderas para el enganche de soldados aventureros, buscó cuantas armas, pertrechos y provisiones pudo, gran parte con su propio caudal y parte con la ayuda de los mas principales señores del reino de Granada, y como todos estos esfuerzos no bastasen para tanta empresa, escribió á Felipe II, manifestándole lo grave del suceso, y pidiéndole con urgencia capitanes, hombres y dinero.

Entre tanto la ciudad estaba profundamente desasosegada: las noticias que se sabian cada dia de las Alpujarras, y los que venian de ellas aterrados y acaso maltratados y heridos, exagerando aun lo terrible de la rebelion, eran una continua ocasion de alarmas falsas: veíanse de repente correr los vecinos sin saber á donde con los arcabuces afianzados y las espadas desnudas; y volver á su casa despavoridos, solo por el pensamiento del peligro que no existia: todo era turbacion y miedo: desconfiaban los unos de los otros: las mujeres corrian á los templos á rogar á Dios, y las principales señoras se acogieron á la Alhambra, como lugar mas fuerte, siendo infinito el número de las familias que abandonaron á Granada: no se veian por todas partes mas que casas vacias y tiendas cerradas: los clérigos y los frailes en rogativas, y todos ansiosos por la venida de gentes de guerra.

Las primeras que llegaron fueron las de Alcalá y Loja: una compañía fué por órden del marqués á Restabal, pueblo inmediato á las Alpujarras, para poner en salvo á los cristianos viejos, sus familias y haciendas; otras dos compañías se estacionaron en Durcal para impedir á los enemigos el paso á la ciudad, y el capitan don Diego de Quesada con una bandera de infantería y una corneta de caballos fué á ponerse sobre el puente de Tablate, lugar estrecho á la entrada de las Alpujarras.

El presidente Deza por su parte, queriendo emular con el marqués de Mondéjar, escribió á don Luis Fajardo, marqués de los Velez, adelantado en el reino de Murcia y capitan general de la provincia de Cartagena, excitándole á que con sus gentes, y las de sus parientes y amigos, acometiese á los rebelados de las Alpujarras por la parte del rio de Almería: á lo que se prestó hidalgamente el marqués de los Velez, levantando banderas y empezando á reunir gente.

La misma incertidumbre, la misma perplejidad de que estaban poseidos el capitan general, el presidente de la Chancillería y el corregidor de Granada, se habia apoderado de las cabezas de la rebelion.

Yaye estaba aturdido; Aben-Aboo, oculto; Aben-Jahuar, receloso; Aben-Humeya, desalentado; al ver el poco efecto que habia hecho en los moriscos de la ciudad y de la Vega el alzamiento, no sabia qué partido tomar: y entre tanto la turba multa, esto es: los monfíes, los moros gandules (entre monfí y morisco) y los moriscos rebelados, se entregaban á la matanza, al saqueo, al incendio y á toda clase de licencias, haciendo de la guerra una empresa de bandidos, desprestigiándola, haciéndola odiosa. El mismo aspecto repugnante y brutal que habia tomado la rebelion, la reconcentró en la montaña, sin poder pasar mas adelante; hizo que Selin II mirase con poco calor la ayuda de aquella empresa, que el dey de Argel, Aluch-Ali, mas ocupado de presas y piraterías que de este asunto, y mas siendo tan dudoso el de los moriscos, contestase á sus peticiones de socorro de una manera vaga, y que solo el rey de Fez, descendiente de los Xerifes, que por su religiosidad veia en la sublevacion de las Alpujarras una guerra santa, fuese con ellos mas esplícito.

Pero lo que sobraba al Xerife de buenos deseos, le faltaba de fuerzas: temia exponer sus naves en el mar contra las galeras de España, y aplazó su socorro; limitóse solo, á formar una alianza con el dey de Argel, y á ayudar indirectamente á los moriscos, distrayendo las fuerzas marítimas de España en una empresa contra Túnez y Biserta.

Si estaban divididos y empeñados en una vieja rivalidad, el presidente don Pedro de Deza y el capitan general don Iñigo Lopez de Mendoza, no estaban menos divididos los gefes de los moriscos.

Aben-Humeya desalentado andaba errante de villa en villa; el emir de los monfíes se ocupaba mas de sus asuntos particulares que de la guerra; Aben-Aboo, conspiraba contra el emir, y contra Aben-Humeya, y Aben-Jahuar le alentaba, previendo el dia en que, quedándose solo Aben-Aboo pudiese vencerle haciéndole á su vez traicion y apoderándose de todo.

De parte de los cristianos faltaban fuerzas: de parte de los moriscos conciencia: la lucha se habia reducido desde el principio empequeñeciéndose á una guerra de montaña que podia durar mas ó menos, pero sin otro horizonte por el momento, sin otros augurios que los de una sucesion de sangrientas escaramuzas sin resultado de una parte ni de la otra.

España tenia su poder y sus ejércitos: los moriscos sus breñas inaccesibles, y su brabío y feroz espíritu su independencia; pero España podia, como lo hizo mas adelante, aislar el incendio é impedir que por la agregacion de nuevos elementos se extendiese.

La balanza, pues, estaba igual al empezarse la guerra: entrambas partes se temian: entrambas estaban recelosas: entrambas contaban con temor las fuerzas probables que podria poner en accion la parte contraria.

Porque ni los moriscos apreciaban bien las dificultades casi insuperables que tenia que vencer España, distraida en otras empresas para levantar enormes ejércitos, ni los cristianos sabian las tambien insuperables dificultades con que contaban los moriscos para procurarse una eficaz ayuda de sus correligionarios de Africa.

Desalentado Aben-Humeya, se salió un dia solo de Lanjaron, resuelto á pasar á Africa abandonando la empresa, y no atreviéndose ya en razon al estado de las cosas á demandar perdon del rey de España.

Encontráronle unos monfíes atravesando un barranco, á pié triste, cabizbajo, llevando el caballo del diestro.

Aquel encuentro fue para él decisivo; fue, puede decirse, una prision: desde entonces Aben-Humeya, á pretexto de lealtad estuvo vigilado, pusiéronle casa real á usanza de los antiguos reyes de Granada: le casaron con tres moriscas principales, una del Albaicin, otra del rio Almanzora, y otra de Tabernas: procuráronle un pequeño harem con las mas bellas de las cristianas que habian robado en las villas y lugares entrados á sangre y fuego, y le obligaron á desnudar la espada y á dirigir la guerra.

Dividió los moriscos y los monfíes en dos ejércitos: el uno ocupó el camino de Orgiva, entre Granada y la entrada de las Alpujarras al Levante de Almería, al Poniente de Salobreña y Almuñecar, y al Norte de Granada. El otro ejército adelantó sobre Granada, poniéndose sobre Durcal, pero habiendo sido rechazado despues de una noche de combate dudoso (4 de enero de 1569) por las gentes de las compañías de Lorenzo de Avila y de Gonzalo de Alcántara, que fueron socorridas por el marqués de Mondéjar, que con dos mil infantes y cuatrocientos caballos se habia puesto sobre la villa del Padul, se retiraron del centro de las Alpujarras al Laujar, barrio inmediato á Válor el Alto, y allí se hicieron fuertes y sentaron sus reales.

En tal estado se encontraba la guerra de Granada al empezar el año de 1569.

CAPITULO XXXIII.

En que el autor deja la historia para tomar otra vez la novela.

Aben-Jahuar y Aben-Aboo, habian abandonado, no sin razon la escena pública, por decirlo asi.

La noche del 24 de diciembre del año anterior, esto es, aquella terrible noche en que la esterminadora venganza de los monfíes habia caido sobre Cádiar: en el momento en que el marqués de la Guardia al frente de sus soldados, cargaba sobre los enemigos y llamaba á Aben-Aboo ansioso de matarle: cuando el emir al ver en peligro al marido de su hija mandó retirar á los monfíes, Aben-Jahuar al parar junto á la embocadura de una oscura calleja habia asido á su sobrino de un brazo y le habia arrastrado consigo.

—¿A dónde me lleváis? dijo el jóven.

—Sigue, sigue aprisa, dijo Aben-Jahuar: es preciso huir del peligro.

—¿Pero qué peligro nos amenaza? esta es una retirada falsa, sin duda, para sacar á esos perros de la plaza.

—Los cristianos no son en estos momentos nuestro peligro. El peligro está entre nosotros. Nuestro peligro es el emir de los monfíes.

—¿Nos hará acaso traicion?

—No me entiendes. El emir no puede hacer traicion á los moros. El emir matará hasta el último de esos cristianos, pero será cuando no esté entre ellos su hijo, el duque de la Jarilla.

—¡Ah!

—El emir llamará al duque, le robará, si es necesario, para salvarle, y cuando el duque de la Jarilla, esto es, el esposo de Amina hable con el emir, eres hombre perdido.

—¡Ah!

—Fuiste muy imprudente cuando nos apoderamos de Amina, te olvidaste de ponerte el antifaz. El resplandor aunque momentáneo de los disparos de las escopetas de nuestros hombres, bastó para que el marqués, que estaba cerca de ti en el barranco, te reconociera.

—Acaso os equivoqueis: con la turbacion del lance, con una noche tan oscura...

—El duque...

—Me martirizais con llamar duque á ese hombre.

—Pues bien: el marqués de la Guardia, es valiente y sereno, y no hay en él, por grande que sea el peligro, turbacion que le impida ver pronto, y bien; tú eras el que estabas turbado...

—Yo no soy cobarde.

—Pero tenias ansiedad por apoderarte de Amina: por lo mismo no pudiste oir lo que yo oi; el marqués te llamó por tu nombre y te apellidó infame, ladron y asesino. Poco despues la avenida del barranco le arrastró; yo di la cosa por concluida... porque ¿quién habia de pensar que el marqués se salvase? Sin embargo, se ha salvado: el emir le ha visto entre los soldados que combatian en Cádiar, y no ha mandado retirar al verle sino para salvarle. Le salvará, lo sabrá todo. ¿Qué piensas tú responder al emir cuando te pregunte por Amina? ¿puedes entregarle su hija?

—¡Ah! exclamó Aben-Aboo.

—Anda, pues, mas de prisa, sobrino; es necesario que nos perdamos: que no puedan dar con nosotros.

—¿Pero no considerais que perdernos ahora, es perdernos para siempre?

—Es que estaremos poco tiempo perdidos.

—No os entiendo; ¿creeis que mañana no me preguntará Yaye por su hija?

—Dentro de algun tiempo no podrás temerle.

—Explicaos, explicaos, tio, porque no os entiendo.

—Hablemos, pues, sin rodeos. Es necesario que muera el emir.

—¡Que muera! pero no es tan fácil matarle.

—Tú le matarás.

—¡Ah! sois mas sanguinario y mas cruel que yo.

—Conozco la necesidad. Y entre matar y morir, prefiero matar.

—Pero mi pobre madre... mi pobre madre que le ama.

—Tu madre le amaba antes de casarse con tu padre.

—¡Tio! ¡tio! ved lo que decís.

—Yaye debió casarse con tu madre; el casarse con ella costó la vida á tu padre.

—Harto lo sé, dijo roncamente Aben-Aboo: me lo ha dicho Angiolina, que no sé por qué, aborrece al emir.

—Le aborrece porque el emir es padre de Amina, y Amina ha robado á Angiolina Visconti, que este es su verdadero nombre, el hombre á quien amaba, porque la princesa ama con toda su alma al marqués de la Guardia.

—Parece que Satanás habla por vuestra boca. ¿No sabeis que estoy enamorado de esa mujer?

—Por lo mismo mata al emir, para poder matar despues al marqués de la Guardia.

—¿Olvidais que el emir me ha proclamado su sucesor, y su compañero en el mando? ¿que los monfíes me miran ya como su señor?

—Pues mejor, mucho mejor; los monfíes no tienen necesidad ninguna de saber que tú has matado al emir, y cuando él haya muerto, tú serás el rey único y absoluto de esos valientes. Con ellos, y alguna habilidad, puedes dar de través con Aben-Humeya, y quedar único rey de Granada.

—Me aconsejais que atraviese un lago de sangre.

—Cuando se buscan coronas, los cadáveres se pisan.

—Si al menos el emir hubiera tenido una parte directa en el asesinato de mi padre... pero quien le mató fue vuestro difunto hermano... por mas que ha hecho Angiolina no ha podido hacerme ver claro que el emir tomase parte alguna en aquel crímen. Vos, que en aquella ocasion acompañábais al verdadero asesino...

—¿Quién te ha dicho que mi hermano fue el autor de esa muerto? Monfíes fueron los que la mataron.

—Probadme que asesinó á mi padre...

—¡Le matarás, sobrino, le matarás!... y para ello te ayudará tu madre.

—¡Mi madre! ¡mi madre que tanto le ama!

—Te ayudará sin saberlo: pero adelante sobrino, adelante, que ya viene el dia.

—¿Pero dónde nos ocultaremos?

—¿Dónde? en el lugar donde murió tu padre.

—¡Ah! exclamó Aben-Aboo.

En efecto, el dia se entraba por el Oriente á buen andar, y á buen andar tambien Aben-Jahuar y Aben-Aboo, se perdieron entre las quebraduras de la montaña.

CAPITULO XXXIV.

De cómo puede parecer feliz y aun serlo á medias un desgraciado.

En vano, como sabemos, habia pretendido Yaye apoderarse de Aben-Aboo.

Aben-Aboo no parecia.

Del mismo modo Angiolina Visconti, doña Elvira de Céspedes y Aben-Jahuar habian desaparecido.

En vano Yaye apuró cuantos recursos tenia en su mano para descubrir su paradero.

Los monfíes no pudieron dar con ellos.

Entonces Yaye desesperado se volvió á buscar consuelo á la única persona que podia dárselo: á doña Isabel de Córdoba y de Válor.

Pero para que esta pudiera darle aquel consuelo, era preciso que fuese feliz.

Para esto era preciso engañarla hasta cierto punto.

Y decimos hasta cierto punto, porque una de las cosas que Yaye necesitaba hacer para que la felicidad de doña Isabel fuese una verdad, era bautizarse y casarse legitimamente ante la Iglesia Católica con ella.

Y la conversion de Yaye no era una mentira.

Fuese que la desgracia continuada y terrible hubiese creado en su corazon una ardiente necesidad de consuelo; que hubiese llegado á ese caso extremo en que el corazon humano se levanta al cielo, buscando en Dios la resignacion y la fuerza, y que el Dios del islamismo no pareciese á Yaye tan grande, tan misericordioso, tan inagotable de consuelos, como el Dios que, todo caridad, se humanizó, y lavó con su sangre las culpas de los hombres; fuese que su amor hácia doña Isabel influyese en él bajo el punto de vista religioso, Yaye se habia convertido; Yaye habia dejado hacia mucho tiempo de rogar al dios de Mahoma, para levantar su espíritu á Jesús crucificado: Yaye era cristiano de corazon.

Acaso tambien consistió en que del islamismo al cristianismo no hay mas que un solo paso; creer en un misterio altamente poético: en la maternidad de una vírgen.

Acaso tambien, perdida la ambicion y el odio que ciegan, habia comprendido Yaye lo que antes habia comprendido Amina: que la religion cristiana es una religion eminentemente grande, racional, conveniente, como por su esencia divina lo es, y no puede dejar de serlo: acaso influyó en él el pensamiento de que habia atribuido injustamente á la religion mas dulce, mas caritativa, mas pacífica, las crueldades, la intolerancia y el fanatismo que solo pertenecian á los vicios y á los errores de los hombres.

Yaye, como todo hombre dotado de un gran espíritu y de una alta inteligencia, habia discutido y combatido mucho en su pensamiento, y no se convirtió al cristianismo, sino cuando su razon le dijo que debia convertirse.

Si Yaye hubiese pensado del mismo modo veintidos años antes, acaso hubiese sido feliz; y lo que es indudable, no hubiera llenado su conciencia de remordimientos.

Perdido todo, familia, patria, porque Yaye desde el momento en que empezó la guerra, la vió vencida; desesperado hasta el último punto, buscó su consuelo en la embriaguez: porque lo único que podia ya embriagarle era el amor de doña Isabel.

Yaye la habia llevado la misma noche de la sangrienta catástrofe de Cádiar á su heredad de Yátor.

Un respetable número de monfíes aseguraba de todo peligro al último tesoro de Yaye.

El emir no habia dejado de verla un solo dia, ni de tranquilizarla acerca de su hijo: Yaye habia guardado un profundísimo secreto acerca de la terrible posicion en que se encontraba colocado respecto á Aben-Aboo.

Porque si Yaye hubiera revelado á doña Isabel que su hijo se habia apoderado de su hermana; que probablemente habria cometido, sin saberlo, uno de estos dos horribles crímenes: el fratricidio ó el incesto, hubiese desgarrado el corazon de aquella pobre mujer que tanto habia sufrido, que habia olvidado todas sus penas desde el momento en que habia visto á Yaye en la senda de la salvacion y del honor, profesando el cristianismo y desenvainando su espada en defensa de un pueblo oprimido, y que se habia quitado su luto, llevado veintidos años, cuando habia desaparecido el luto de su corazon.

Yaye, pues, guardó un profundo secreto acerca de aquellas horribles desgracias: del mismo modo doña Isabel, sacada á tiempo de Cádiar, no habia podido ser testigo de la ferocidad con que habian manchado la justicia de su causa los monfíes: doña Isabel creía que se habia empezado una guerra justa, noble y leal: la guerra entre el oprimido que rompe sus cadenas y el tirano que lucha por ponérselas de nuevo: doña Isabel, creyente de corazon, confiaba en que Dios, que es misericordioso y ayuda al débil y al desventurado, sea cualquiera su religion, ayudaria á los moriscos, y completando el milagro, los convertiria despues: doña Isabel lo veia todo de color de rosa, y era porque todo lo veia á través de su virtud, de su caridad y de su amor.

Una noche entró Yaye en su heredad de Yátor.

Doña Isabel estaba impaciente porque tardaba mas que otras noches: al sentirle cerca doña Isabel, se levantó de junto á la chimenea donde estaba sentada, se arrojó en sus brazos, le estrechó palpitante de pasion entre ellos, y le besó en la boca.

No extrañen esto nuestros lectores, porque Yaye y doña Isabel eran esposos.

El dia anterior un sacerdote, salvado por Yaye del furor de los monfíes, habia venido con él á la heredad.

El buen anciano, porque anciano era, demostraba ardientemente su gratitud á Yaye. Cuando Yaye le dijo que queria bautizarse, lloró de alegría: sin embargo, se informó minuciosamente de si Yaye conocia el espíritu del Evangelio, si era cristiano por su voluntad; y cuando estuvo seguro de ello, le bautizó: despues, cuando pidió que le casase con doña Isabel, se informó asimismo de la cristiandad de ella, y al fin, de una manera misteriosa, sin testigos, arrodillados á los piés del anciano sacerdote, Yaye y doña Isabel recibieron la bendicion de Dios, y se levantaron asidos de las manos, convertidos en uno por su sagrada alianza.

Inútil es creer que Yaye cuidó de que el anciano sacerdote fuese puesto fuera de peligro en Granada por los mas leales de sus monfíes.

Pero ninguno de estos supo, incluso Harum-el-Geniz, que Yaye se habia bautizado, ni mucho menos casado con doña Isabel.

Sabian si que al hacer su compañero en el mando á Aben-Aboo, debia casarse con su madre en un breve plazo.

La noche en que dijimos que Yaye habia entrado en la habitacion donde se encontraba doña Isabel, y se habia arrojado entre sus brazos, iba deslumbrantemente vestido.

Doña Isabel por el momento no reparó en ello, pero cuando se separó de él y le miró, lanzó un grito de niña, un grito de alegría y exclamó:

—¡Oh! ¡y qué hermoso y qué resplandeciente estás, rey mio!

—¡Oh! ¡no estás tú menos hermosa y resplandeciente mi sultana! contestó sonriendo de una manera melancólica Yaye.

En efecto, Yaye y doña Isabel estaban vestidos de una manera maravillosa por lo bello y al mismo tiempo por lo sencillo de sus vestiduras.

Doña Isabel llevaba por la primera vez de su vida un traje árabe: aquel traje se lo habia enviado aquel mismo dia Yaye en una caja de sándalo, y dentro de aquella caja, sobre aquel traje, habia encontrado doña Isabel un cofrecillo de ágata, y dentro de este cofrecillo una riquísima diadema de oro, perlas, rubíes, amatistas y diamantes y un collar de gruesas perlas, todas iguales, como vaciadas en un mismo molde, con un broche en que campeaba un gruesísimo brillante, rodeado de rubíes: aquellas perlas se parecian de tal modo á las que Calpuc habia vendido en otro tiempo al aleman Franz, que era de sospechar que hubiesen provenído del Nuevo Mundo: era tan rico este collar, que podia dar tres vueltas al magnífico cuello de doña Isabel, lo que significa que el collar valia un tesoro: habia asimismo en el cofrecillo dos arracadas tan grandes, que podian descansar sobre los hombros y tan cuajadas de pedrería que relumbraban como soles; últimamente, dos ajorcas ó brazaletes formados por tres filas de perlas compañeras de las del collar, y con enormes y bellos broches de pedrería; una flor de gran tamaño de diamantes, perlas y esmeraldas, destinada á servir de herrete sobre el pecho, á la túnica interior de brocado blanco y encajes que venia entre las ropas, y un ceñidor maravilloso, en el que formando arabescos, se veian todas las piedras preciosas conocidas formaban el riquísimo aderezo destinado por Yaye á su esposa.

Las ropas eran una túnica de brocado de seda y plata, formando arabescos, delicada, feble, como la tela mas sutil, ancha, flotante, que la caia hasta los piés, determinando por detrás una pequeña cola redonda: y esta túnica cerrada en la parte superior sobre el pecho por el herrete de que hemos hablado, dejando ver en su abertura, hasta el ceñidor, riquísimos encajes de Flandes; sobre esta túnica un caftan de brocado verde mar con grandes arabescos negros de terciopelo sobrepuesto; con anchas mangas perdidas; con falda hasta la rodilla, y sobre este caftan, descendiendo de la diadema, un largo veto de gasa de plata salpicada de pequeñísimas violetas de oro.

No podia ser esta traje mas sencillo á pesar de su riqueza, ni una mujer cuya hermosura, cuya expresion, cuya poesia pudiesen estar mas en relacion con la hermosura y con la riqueza del traje.

Doña Isabel, durante su juventud, es decir, antes de su desastrado casamiento con Miguel Lopez, habia sido la doncella, que por su hermosura y por la riqueza de sus trajes y joyas, se habia hecho mas reparable en el Albaicin. Su hermano don Diego la habia amado con delirio, acaso porque era la única mujer de la familia, acaso porque doña Isabel se hacia amar de todo el mundo: á pesar de sus ruinosos dispendios, don Diego, no solo no habia tocado á las ricas joyas de familia que habia heredado de su madre, como su madre de la suya, y asi sucesivamente desde la primera abuela de su raza la sultana Howara, esposa de Abd-el-Rahman-Aben-Moavia, primer califa onmiade de Occidente, sino que habia aumentado cuanto habia podido el número de aquellas joyas puramente árabes, con otras puramente del renacimiento, y sostenido una magnífica coleccion de costosísimos trajes á su hermana. Doña Isabel estaba, pues, acostumbrada á las galas y á las joyas; es mas, la agradaba porque la agradaba todo lo bello, pero habia usado de unos y otras sin afectacion y sin orgullo, y habia dejado de usarlas sin pena, desde el momento en que por sus desgraciados amores con Yaye, por su casamiento con Miguel Lopez, y por la extraña fatalidad que la habia arrojado casada y vírgen entre los brazos del hombre de su amor, habia perdido la alegría de su alma: desde entonces, y durante veinte y dos años, solo habia vestido un sencillo traje negro de lana, y una toca blanca, y lo que es mas, por amor á su hijo, y para que nada le faltase, habia vendido una á una y sin pena las admirables joyas de las sultanas y damas sus abuelas, como las que debia á su hermano, y los ricos trajes con que se habia engalanado en su tranquila juventud: doña Isabel habia vivido apartada del mundo, replegada en si misma, viviendo solo para su hijo y para su amor, que era el recuerdo de Yaye; llorando á solas con su lecho; inflamando su corazon en el candente recuerdo de la terrible felicidad que habia producido como una consecuencia maldita á Aben-Aboo, rogando á Dios con toda la pasion de su alma, porque reducido Yaye al cristianismo, pudiera abrirle sus brazos.

Aquel dia habia llegado: Yaye era cristiano: Yaye era su esposo: doña Isabel habia arrojado lejos de sí con su traje de luto el luto de su alma: como su alma se habia engalanado con todas las flores, con todos los perfumes de la felicidad, cuando recibió el rico canastillo de bodas de Yaye, al que acompañaban dos esclavas para servirla de doncellas, Doña Isabel, que habia vuelto á ser la niña, habia visto aquellas joyas y aquel traje con placer, se habia perfumado, se habia puesto aquellas galas, y se habia contemplado al espejo: entonces su alma habia sonreido, y su conciencia íntima la habia dicho:

—Eres mas hermosa que hace veinte y dos años: eres la alegría y la vida de Yaye.

Y doña Isabel habia llorado de felicidad, y habia esperado impaciente á su esposo, con lo mas hermoso que la naturaleza produce, sobre su hermosura, con la magnífica y pura frente ceñida por la diadema de las sultanas.

Si no alcanzais á soñar en cuerpo y en alma, una mujer tal como la que el autor ve en su pensamiento, viva, palpitante, irresistíble, al describiros á doña Isabel, debeis sentirlo porque perdeis un bellísimo sueño: y como la vida es sueño....

Pero esto es muy vulgar. Os describiremos á Yaye.

Su traje era mas sencillo que el de doña Isabel, y pertenecia á la moda de los tiempos medios de la dominacion árabe en España: una pequeña corona de oro macizo de puntas, lisa y sencilla: alrededor de la corona, una toca blanca, cuyo extremo, cayendo del lado ízquierdo de la cabeza, ondulaba sobre el pecho y venia á caer á su espalda pasando sobre el hombro derecho: una túnica ceñida de brocado verde con arabescos negros, grandes y sobrepuestos, larga hasta las rodillas, cerrada en el cuello sobre una camisa blanca y plegada, y abrochada por delante con una sola fila de botones de piedras preciosas: una faja de seda y oro ceñida á la cintura: una espada árabe con empuñadura de oro cincelada en arabescos con inscripciones cúficas esmaltadas, y un grueso brillante en el pomo: unas calzas de seda ceñidas, á grandes listas rojas y negras: unos borceguíes de tafilete verde bordados con hilo de plata, y sobre este traje una especie de toga talar negra, abierta por delante, con mangas perdidas y forrada de armiños.

Doña Isabel llevaba asido de la mano á Yaye hácia la chimenea.

—¡Oh! ¡y como tiemblas! le dijo: hace mucho frio, ¿no es verdad?

Yaye no temblaba por el frio, sino por la poderosa conmocion que le dominaba, cuando quería, acobardado por su destino, olvidarlo todo y embriagarse con el amor, con la hermosura, con el irresistible encanto de doña Isabel.

—Sí, sí, el invierno es crudo, dijo Yaye asiendo por la redonda cintura á doña Isabel, que llena de solicitud, con todas sus galas, se habia inclinado sobre la chimenea para avivar su fuego.

—Siéntate, luz de mi vida, la dijo Yaye; tengo que hablarte.

—Me dices eso de una manera demasiado séria, dijo palideciendo doña Isabel.

—Nada temas, la dijo sonriendo melancólicamente Yaye.

Y asiendo un sillon, le unió al de doña Isabel; se sentó en él y asió las manos de su esposa que le miraba con ansiedad.

—¿Por qué esa palidez, Isabel? la dijo Yaye que empezaba á embriagarse y á olvidarlo todo delante de ella. ¿Acaso no tienes una gran confianza en mí?

—Despues de Dios en nadie confio tanto como en tí, Yaye: pero desde que puedo llamarme legítimamente tuya: desde que puedo levantar mi frente tranquila y feliz, porque mi felicidad no puede avergonzarme... ¡oh! un vago cuidado se ha apoderado de mí: un recelo misterioso, que me he apresurado á arrojar de mi alma: si, si, yo te amo; no sé cómo hacerte comprender cuánto te amo: mira: lo que voy á decirte, es terrible, no debiera ser.... pero.... te amo mas... infinitamente mas, sin comparacion, ya lo creo.... te amo mas... ¡que á mi hijo! ¡que al hijo de mis entrañas!... es mas: cuando al fin Dios ha tenido compasion de mí, y te me ha dado, he comprendido que amaba á mi hijo, porque era hijo tuyo... he comprendido y me he sonrojado al comprenderlo.... que cuando durante mi viudez y mi luto, pasaba no sé cuánto tiempo bebiendo la mirada de nuestro hijo, fijos mis ojos en los suyos... era porque en la mirada de nuestro hijo hay algo de la tuya... ¡oh! no sabes cuánto me he desesperado, cuánto he vacilado cuando he recibido tus cartas; cuánto he deseado llorando estrecharte contra mi corazon: ¡oh! yo te he amado siempre asi; desde el dia en que te ví... desde el tiempo en que pasábamos tan dulces mañanas cada cual en su mirador no he olvidado nada... nada... y cuando veia que el tiempo no me hacia vieja; que á pesar de los años, porque ya estamos cerca de las puertas de la vejez, mi corazon era siempre el corazon de una niña: cuando por un privilegio sin duda, veia,—yo puedo y debo decírtelo todo, todo lo que pienso, todo lo que siento,—veia, que mis ojos eran cada vez mas brillantes, y que me hacia mas hermosa... ¡oh! ¡y cómo la modesta viuda, la que siempre tenia fijos los ojos en el suelo delante de las gentes, la que siempre estaba pálida, oh y cómo se contemplaba al espejo! ¡y cómo se coloraban sus mejillas, y cómo decia su corazon: gracias Dios mio, porque me conservas hermosa para mi Yaye! ¡haz Dios mio, que crea en tí para que yo pueda unirme á él! ¡para que pueda mirarme en sus ojos como me miro en este espejo!

Y al decir estas palabras doña Isabel, atrajo á sus labios las manos de Yaye y las besó suspirando.

Yaye estaba al fin embriagado: lo habia olvidado todo: no veia mas que á doña Isabel, y no la veia en la tierra, se creia con ella en el cielo.

Y esta embriaguez de Yaye, que era hermoso, daba tal expresion á su semblante, tal lucidez á sus ojos, que doña Isabel abria toda su alma para que la fecundase aquel amor.

—Y mira, añadió doña Isabel: si nos hubiéramos casado entonces, yo nunca te hubiera dicho esto, aunque pensaba del mismo modo; y no hubiera sido tan feliz, porque no hubiera conocido la desgracia.

Estaba tan dominado Yaye, que no contestó.

—Escucha, dijo doña Isabel inclinándose sobre su semblante, colorada de un leve rubor y con el acento ligeramente trémulo: anoche, ya tarde, dormias: yo no: la felicidad, lo inmenso de mi felicidad, no me dejaba dormir: la lámpara iluminaba blandamente tu semblante: tu sueño parecia fatigoso, tu aliento ronco: yo velé tu sueño; yo hubiera querido leer á través de tu hermosa frente tus pensamientos: yo te contemplaba enamorada y cuidadosa, me parecia que el ensueño que se habia apoderado de tí te hacia sufrir; de repente tu entrecejo se plegó de una manera terrible, tu semblante todo tomó un aspecto de amenaza, tu boca una expresion cruel, feroz, y con una voz ronca, con palabras apenas articuladas, murmuraste: ¡Amina! ¡Aben-Aboo! yo me incliné sobre tí, uní casi mis oidos á tus labios, y sentí tu aliento que abrasaba, pero no oi ni una palabra mas.

—¡Oh! dijo Yaye sonriendo, acabo de separarme de mi hija; mi hijo vela en la montaña frente al cristiano, ¡mientras yo duermo entre los brazos de su madre!

—Porque yo lo soy todo para tí, como tú lo eres para mí, exclamó con acento opaco y ardiente doña Isabel: porque olvidas entre mis brazos como yo olvido entre los tuyos... pero esos son breves momentos: algunas horas robadas á la realidad; despues nuestro mismo amor vuelve sobre nuestros hijos: ¿no es verdad?... ¿no es verdad que nos engañamos cuando creemos que los amamos menos que á nosotros mismos?... ¿cómo hemos de amarlos menos? ¿acaso no son ellos tu sangre? ¿acaso mi hijo no es un pedazo de mis entrañas? ¡Yaye! ¡Yaye de mi alma! tú, y tus hijos y yo... no somos mas que un solo corazon...! ¡no los olvidamos anegándonos en nuestro amor, porque ellos son hijos de nuestro amor!

—Es necesario romper á todo trance la situacion en que nos encontramos: yo era valiente cuando era desgraciado, cuando nada tenia que perder... ahora que te tengo á tí, me encuentro cobarde: el combate me estremece: se me figura que el primer arcabuz disparado por el enemigo ha de matarme: ¡Isabel! añadió gravemente Yaye: es necesario que sepas lo que eres para mí: desde anoche, luz de mis ojos, desde que he empezado á satisfacer la sed de mi corazon, nada hay ya en el mundo para mí mas que tú: he vivido soñando: he buscado lejos de tí la vida, y solo he encontrado la muerte: y cuando al fin vuelvo á vivir, la inflexible fatalidad me cierra el camino. Pues bien, estoy resuelto á todo: nada puedo hacer por mi patria, porque la patria ha muerto: la ha borrado del libro de los pueblos y de las generaciones la mano de Dios. He resuelto revelarlo todo á nuestro hijo...

—¡Ah! dijo doña Isabel cubriéndose el rostro con las manos.

—Es preciso, preciso de todo punto, dijo Yaye: y quiera Dios que mi revelacion no llegue tarde, nuestro hijo está enamorado de su hermana.

Dona Isabel se puso de pié pálida como un difunto.

—¿Y acaso tu hija le ama tambien?

—No, es peor que eso: le aborrece.

—Estamos malditos de Dios Yaye, exclamó anonadada doña Isabel.

—No, no; nuestro hijo, cuando sepa que Amina es su hermana, se horrorizará de su amor y le olvidará, le sustituirá con otro... ademas, yo no estoy seguro... necesito averiguar... probar... en esto pasará algun tiempo... y en ese tiempo te obligo á hacer un pequeño sacrificio.

—Ante todo júrame que estás seguro de que podemos salvar á nuestros hijos.

—Lo estoy, contestó Yaye.

—Pues bien, sepa Diego en buen hora que soy su madre.

—El sacrificio que acabo de indicarte, es mas sencillo. Se trataba de mi casamiento ante mi pueblo, de un casamiento aparente...

—¿Con quién?...

—Con la sultana Howara, dijo Yaye sonriendo.

—¡Casarte tú!... segun las costumbres de los moros, ese matrimonio debe consumarse, debe presentarse un testimonio á la córte... y yo... yo no puedo permitir eso... tú me has engañado de una manera infame.

Y doña Isabel se levantó con la cólera de una leona.

—Es que ese matrimonio está consumado, dijo Yaye sonriendo.

Los hermosos ojos de doña Isabel irradiaron en una expresion de agonía, de tal modo, que Yaye asustado se apresuró á decir:

—¡Isabel! ¡Isabel de mi alma! ¡la sultana Howara eres tú!

—¡Dios mio! y ¡que horrible juego! exclamó doña Isabel dejándose caer sobre el sillon.

—Toca la corona que rodea tu frente; mira la corona que ciño: ¿á qué habia yo de ceñírmela sino porque el momento de mi union contigo delante de los mios se aproxima?

—¡Pero yo no comprendo esto! ese nombre árabe...

—Es el de tu ilustre Abuela la sultana de Córdoba, la esposa del califa Abd-el-Rahman, el de la gran mujer á quien debió Abd-el-Rahman el trono que le hizo grande.

—Pero yo no quiero dejar de llamarme Isabel ni renegar de Dios.

—Ya te he dicho que es solo un casamiento aparente.

—¿Me obligaran á confesar el islamismo?

—Todos te creen morisca.

—¿No tendré que pronunciar una palabra sola contra Dios?

—No: es muy sencillo... se supone que ya está todo hecho: entregadas las arras concluido el contrato... todo se reducirá á tu presentacion; y á una fiesta de bodas.

—¡Ah! ¿es decir que solo engañamos á los hombres?

—Y los engañamos por necesidad: Dios lo sabe. Si yo no tuviese que esperar por nuestro hijo...

—¡Por nuestro hijo!...

—Si... necesito reducirle... convencerle á que nos siga. Los moriscos y los monfíes han empezado la guerra de una manera infame: como verdaderos bandidos.

—¡Oh! ¡Dios mio!

—Han incendiado, robado, degollado, exterminado: un caballero no puede desnudar con honra su espada al frente de ellos... he vivido soñando; pero no he despertado tarde... durante algunos dias los engañaremos: después nosotros, con nuestro hijo, nos acercaremos á la costa, embarcaremos nuestros tesoros y nos trasladaremos á Francia ó á Venecia, para vivir solo por nosotros mismos.

—¿Y tu ambicion?

—Mi ambicion ha sido anegada por un torrente de sangre.

—¡Oh! ¡Dios mio!

—Te juro que antes de un mes habremos arrojado esta corona que abrasa la frente, y estas vestiduras reales que oprimen el pecho. Pero es necesario dar el último paso hácia nuestra libertad.

Y Yaye se levantó y asió á doña Isabel de la mano.

—¿Es decir que es esta noche?

—Si, dijo Yaye.

—¡Que nos esperan!

—Si.

—Yo me habia puesto estas joyas y estas vestiduras por darte gusto; pero no creia...

—Si, ha llegado la hora de que los moros vean por un momento levantarse ante ellos una sultana tan hermosa y tan llena de magestad como la esposa de Abd-el-Rahman: es necesario que te aclamen, que los fascines y que contribuyas á que no desconfien de nosotros.

—Pero este terrible convenio durará poco.

—¡Oh! te juro que antes de que pase un mes habremos fijado nuestro destino.

Yaye llamó á las esclavas, y las mandó que trajesen un haike. Envolvióse en él doña Isabel á la usanza mora, y enteramente encubierta, sin que se la viesen mas que sus magníficos ojos negros, y sin mostrar de su hermosura mas que la gallardia de su cuerpo y lo magestuoso de su paso, salió de la cámara.

Aquella cámara estuvo desierta durante cuatro horas: al cabo de ellas oyóse en el exterior ruido de caballos y de gente armada, y los alegres acordes de la zambra.

Poco despues se oyeron abrir puertas en el interior, y al fin aparecieron Yaye y doña Isabel de vuelta, como á su salida, en el haike, que arrojó de sí doña Isabel.

—¡Oh! ¡cuanta magnificencia y cuanta grandeza! dijo: no sabia yo que eras tan poderoso, Yaye mio.

—Si, pero tras esa grandeza hay sangre y lágrimas dijo Yaye. Feliz aquel que en vez de nacer sobre un trono nace en una cabaña.

—Ha habido un momento, dijo doña Isabel quitándose por sí misma su diadema y sus ropas, en que aquellos ancianos de barbas blancas que llegaban uno tras otro á inclinarse delante de mi; en que aquellos fuertes soldados que de igual modo me saludaban; en que aquella música heredada de nuestros abuelos; aquellas lámparas que brillaban tan numerosas como estrellas sobre aquellas paredes de oro; aquellas esclavas que bailaban al compás de la zambra; aquel trono que tenia bajo mis piés, me fascinaron, me lucieron sentir no se qué vanidad, no sé qué sentimiento de que aquello fuera un sueño. Porque eso ha sido un sueño, ¿no es verdad? Ya no volveré á ponerme mas esa diadema: la venderé y daré su precio á los pobres: ya no volveré á ponerme mas esta túnica dorada y negra, emblema de la dignidad real: ¿no es verdad Yaye? ¿No es verdad que tu me amas del mismo modo con estas sencillas ropas castellanas?

Doña Isabel se habia puesto un trage de terciopelo negro, y se habia colocado de una manera hechicera sus trenzas; pero como era excesivamente blanca, como habia conservado las arracadas, el collar de perlas y los brazaletes, con el ancho y largo vestido negro de terciopelo, indolentemente reclinada en el divan, asomando un precioso pié calzado aun con el borceguí morisco recamado de perlas, sobre el dintel de la chimenea; apoyando en el sillon un magnífico brazo desnudo, la cabeza en la mano, y fijando en Yaye una mirada intensa y enamorada, estaba infinitamente mas hermosa que con el deslumbrante trage, con el trage de relumbron de que se habia despojado.

Yaye se levantó, se quitó la corona, la arrojó con desden sobre un sillon, se desciñó la espada, arrojó el ropon negro, se puso una loba de terciopelo que cruzó sobre su pecho, y se acercó á doña Isabel.

—¡Oh! ¡vida de mi vida! la dijo: ¡tú eres toda la felicidad que existe para mí!