LAURENT TAILHADE
ARÍSIMO. Es, ni más ni menos, un poeta. Estas palabras que se han dicho respecto a él no pueden ser más exactas: «Es un supremo refinado que se entretiene con la vida como con un espectáculo eternamente imprevisto, sin más amor que el de la belleza, sin más odio que a lo vulgar y lo mediocre.»
Como poeta, como escritor, no ha tenido la notoriedad que sólo dan los éxitos de librería, los cuales desprecia el olímpico Jean Moreas, supongo que, fuera de la razón lírica, porque recibe una buena pensión de su familia de Atenas. Como hombre, raro es el que no conozca a Tailhade en el «quartier.»
Y a propósito, ¿recuerdan los lectores lo que aconteció a este otro poeta cuando el alboroto de los estudiantes, años há? No le dieron sus versos, por cierto, la fama que los garrotazos y heridas que recibió. Poco más o menos sucede ahora con Laurent Tailhade. Sus libros, que antes solamente circulaban entre un público escogido y en ediciones de subscripción, es probable que tengan hoy siquiera sea una pasajera boga; aunque su refinamiento y su aristocracia artística no serán ni podrían ser para el gran público de los indudablemente ilustres Tales y Cuales. El cómo ve la vida Laurent Tailhade, lo explica un caricaturista de esta manera: «El poeta, vestido a la griega, toca la lira admirando un hermoso caballo salvaje. Poseído del «deus», no advierte el peligro. Resultado: Orfeo recibe un par de coces que le echan fuera de la boca toda la dentadura.»
Y Castelar a su vez, hablando de la explosión que tan maltrecho dejó al lírico: «Hallábase allí entre tantos adoradores de la belleza divorciada del bien, un escritor anarquista, el amado Tailhade, quien dijo que importaba poco el crimen cometido por Vaillant, ante la hermosura de su actitud y de su gesto al despedir la bomba, sólo comparables, añado yo, al gesto y actitud de Nerón, cuando, vestido de Apolo y llevando en las manos áurea cítara tañida por sus delicados dedos, celebraba el incendio de la sacra Ilión entre las llamas que consumían la Ciudad Eterna. Pues bien, el apologista de Vaillant y su crimen estaba en el comedor cuando estalló la nueva bomba; y efecto del estallido, cayó casi deshecho en tierra, perdiendo un ojo arrancado a su rostro por los vidrios ardientes. Al sentirse así, no dijo nada el cuitadísimo de gestos y actitudes, llevóse la mano a la herida y gritó: «¡Al asesino!» Hay providencia.»
¡El «amado Tailhade», anarquista!
El gusta de los buenos olores y de las cosas bellas y poéticas. No quiso ir al último banquete de la Pluma, porque «olía a remedios.» ¿Será anarquista el que sabe como todos que, no digamos el anarquismo sino la misma democracia, huele mal?
Tengo a la vista sus «Vitraux.» Mi número es el 226 del tiraje único de quinientos ejemplares que sobre rico papel de Holanda hizo el editor Vanier. «Vitraux» es la primera parte de «Sur Champ D’Or.» La carátula está impresa a tres tintas, rojo, violeta y negro, sobre un papel apergaminado. Y la dedicatoria que escribió ese admirador de Vaillant es la siguiente:
La Comtesse Diane de Beausaq
L. T.
Laurent Tailhade dedica a esa dama aristocrática sus versos, porque debe de ser bella, tiene un lindo nombre y el blasón es siempre bello. Y pronunció la «boutade» sobre Vaillant porque, como Castelar, se imaginó que el dinamitero había lanzado la bomba con un bello gesto. En cuanto a Nerón, era sencillamente otro poeta, muy inferior por cierto al raro de quien hoy escribo. Porque, no, no haría ni con todas las lecciones de cien Sénecas, el imperial rimador, versos a sus dioses, como estos burilados, miniados adorables versos que Tailhade ha escrito «Sur Champ D’Or» en homenaje a la religión católica... y a la mujer amada. Es un homenaje sacrílegamente artístico, si queréis; son joyas profanas adornadas con los diamantes de las custodias, labradas en el oro de los altares y de los cálices. Cierto que en los tercetos a nuestra Señora, no se muestra el resplandor sagrado de la fe que vemos en la liturgia de Verlaine; son obras inspiradas en la belleza del culto cristiano, del ritual católico.
Pero después de «Pauvre Lelian», que con fe pura y profunda y arte de insigne maestro, ha escrito prodigios de rimado amor místico, nadie ha igualado siquiera al Laurent Tailhade de los «Vitraux» en ninguna lengua, por la gracia primitiva, el sagrado vocabulario y el sentimiento de las hermosuras y magnificencias del catolicismo. Es aquí demasiado profano, es cierto, y vierte en el agua bendita un frasco de opoponax... ¿Le perdonaremos en gracia al «bello gesto?» Para escribir estos poemas ha debido recorrer los viejos himnarios, las prosas, los antiguos cantos de la iglesia; las sequencias de Notker, las de Hildegarda, las de Godeschalk y las poesías de aquel divino Hermanus Contractus que nos dejó la perla de la Salve Regina.
Laurent Tailhade es buen latinista, y ha versificado imitando a Adam de Saint-Víctor.
Ejemplo:
Amor nunc foveamur:
Per te, virgo, virginemur.
Sus «Vitraux» son comparables a los de las antiguas catedrales. En ellos la Virgen conversa ingénuamente con el encantador serafín:
Passementent ses longs habits
De moire antique et de tabis.
Glissent comme un rayón d’hiver
Sur sa cotte de menu-vair.
Mystère de ses yeux d’azur
Eblouis du pardon futur!
Par qui le front sera lavé
De l’antique Adam réprouvé.
Pain mistique, pain sans levain,
Font scellé de l’Amour divin!
Dont le soleil oriental
N’adombre pas le feu natal...!
La letanía continúa magnífica y preciosamente encadenada. Delicado, perfumado con mirra celeste, su «Hortus Conclusus» resuena con el eco de un himno en la fiesta de la purificación:
Ligustra et alba lilia.
Candor sed horum vincitur
Candore casti pectoris.
Siempre la Reina Virgen, la «Mère Marie» de Verlaine—¡y de todos los que sufren!—aparece radiante, vestida de sol, la Hija del Príncipe que cantó el Profeta. Todos los bálsamos de consolación brotan de ella: todos los perfumes: el del olibán, el del cinamomo, el del nardo de la Esposa del Cantar de los Cantares.
Un soneto litúrgico hay que no puedo menos que reproducir. Para él no habría traducción posible en verso castellano.
Es este:
Sous l’auréole et la chasuble de drap d’or
Où s’irisent les clairs saphirs du Labrador,
Je veux emprisonner vos grâces enfantines.
¡Maître-autel qu’ont fleuri les roses de matines!
Coupe lustrale des ivresses libertines,
Vos yeux sont un ciel calme ou le désir s’endort.
¡Lin des etoles, chœur des froids catéchuménes!
¡Inviolable hostie oferte à nos espoirs!
Et s’exhale, avec la vapeur der encensoirs,
Dans un parfum de nard, de cinname et de myrrhe.
Imaginaos un enamorado que fuese a las santas basílicas a arrancar los mejores adornos para decorar con ellos la casa de su querida. Podría citar exquisitas muestras de este volumen admirable; pero sería alargar mucho estas apuntaciones. He de observar, sí, algo de su poética. Hay en ella mezcla de Decadencia y de Parnaso. Algunas veces se pregunta uno: ¿es esto Banville? Prueba:
Où Benserade apprend ses rondeaux aux Follets,
Où Puck avec Trilby, près des lacs violets,
Débitent des fadeurs, en adorables poses.
Y el «Menuet d’automne», es un espécime de la poética modernísima. Pero en todo se reconoce la distinción, la aristocracia espiritual y la magnífica realeza de ese «anarquista.»
Cierto es que es éste el anverso de la medalla: la faz del inmortal Apolo.
En el reverso nos encontramos con una cara conocida, ancha y risueña, con la cabeza de un bonachón y pícaro fraile que nos saluda con estas palabras: ¡Buveurs très illustres, et vous, verolés très précieux!...» Laurent Tailhade ha renovado a Rabelais en sus escasamente conocidas «Lettres de mon Ermitage.» Después, su risa hiriente y sonora se ha derramado en una profusión de baladas que le han acarreado un sinnúmero de enemigos. En este terreno es una especie de León Bloy rimador y jovial. Quisiera citar algún fragmento de las cartas o de las baladas; ¿pero cómo serán ellas cuando en las revistas que se han publicado se ven llenas de lagunas y de puntos suspensivos? Con un tono antiguo y bufonesco, burla a sus contemporáneos, empleando en sus estrofas las palabras más brutales, obscenas o escatológicas. Sus baladas son el polo opuesto de sus «Vitraux.» Esas baladas se conocieron en las noches literarias de la «Plume» u otras semejantes, y hoy pueden verse en un elegante volumen ilustrado por H. Paul. Nombres de escritores, asuntos políticos y sociales, son el tema. Ya despelleja a Peladan,
Quand Peladan coiffé de vermicelle...,
ya pone en berlina a Loti, o a Bonnetain, o a Barres, o a Jean Moreas; ya la emprende con el senador Bérenger, de pudorosísima memoria; ya toma como blanco al burgués y alaba la terrible locura de Ravachol o de Vaillant.
Allá en el fondo de su corazón de buen poeta, hallaréis honrada nobleza, valor, bravura y un tesoro de compasión para el caído. Exactamente lo mismo que en el fulminante Bloy.
Como conferencista ha traído un escogido público a la Bodiniére. Su figura es apropiada a la elocuencia, y sus gestos son bellos, en verdad.
Hay un retrato de «Dom Juniperien»—pseudónimo suyo, en el «Mercure»—que le representa sentado en una vieja silla monástica, vestido con su hábito de religioso, la capucha caída. La frente asciende en una ebúrnea calva imponente; sobre el cuello robusto se alza la cabeza firme y enérgica; los ojos escrutadores brillan bajo el arco de las cejas; la nariz recta y noble se asienta sobre un bigote de sportman, cuyas guías aguzadas denuncian la pomada húngara. De las obscuras mangas del hábito salen las manos blancas, cuidadísimas, finas, regordetas, abaciales.
Fué de los primeros iniciadores del simbolismo. Vive en su sueño. Es raro, rarísimo. ¡Un poeta!
FRA DOMENICO CAVALCA
O tengo conocimiento de que se haya traducido a nuestra lengua ningún libro del «primitivo» Fra Domenico Cavalca, en cuyas obras en prosa y en verso brilla la luz sencilla y adorable, la expresión milagrosa de las pinturas de un Botticelli. Al menos, Estelrich, que es, en lo moderno, quien mejor se ha ocupado en su magnífica Antología, de las traducciones de obras italianas en idioma español, no cita en las noticias bibliográficas de su obra el nombre del fraile Cavalca, de cuyas producciones dice Manni, citado por Francisco Costero, hablando de las «Vite scelte dei santi padri», que son merecedoras de todo encomio, «non solamente pel fatto di nostra favella, ma exiandio per la materia stessa di erudizione, di buon costume, di ottimi esempli, di antichi riti e di profonda, sovrana dottrina fornita e ripiena»: Costero le coloca en el rango de primer prosista de su tiempo, apoyado en Barretti, y en la mayor parte de los críticos modernos.
Si la pintura «primitiva» ha dado vuelo a la inspiración de los prerrafaelitas, la poesía, la literatura trecentista y quatrocentista, resuena también en el laud de Dante Gabriel Rosseti, en la lira de Swinburne. En Francia ha inspirado a más de un poeta de las escuelas nuevas. Verlaine, Moreas, Vielli Griffin,—quien con su Oso y su Abadesa ha escrito una obra maestra,—son muestra de lo que afirmo. Ese mismo Laurent Tailhade, ese mismo poeta de las baladas anárquicas, ha escrito antes sus «Vitraux», en los cuales hallaréis oro y azul de misal viejo, sencillas pinceladas de Fra Angélico. Hay un tesoro inmenso de poesía en la gloriosa y pura falange de los místicos antiguos.
Cuando en nuestra Bolsa el oro se cotiza duramente, cuando no hay día en que no tengamos noticia de una explosión de dinamita de un escándalo financiero o de un baldón político, bueno será volar en espíritu a los tiempos pasados, a la Edad Media.
He aquí a Cavalca, dulce y santo poeta que respiraba el aroma paradisíaco del milagro, que vivía en la atmósfera del prodigio, que estaba poseído del amor y de la fe en su Señor y rey Cristo. Antes que él, Fra Guittone d’Arezzo pedía en un célebre soneto a la Virgen, que le defendiese del amor terreno y le infundiese el divino; y el inmenso Dante, en medio de sus agitaciones de combatiente, ascendía por las graderías de oro de sus tercetos, al amor divino, conducido por el amor humano.
Eran los antiguos místicos prodigiosos de virtud; sus grandes almas parece que hubiesen tenido comunicación directa con lo sobrenatural; de modo que el milagro es para ellos simple y verdadero como la eclosión de una rosa o el amanecer del sol. ¡Y qué artistas, qué iluminadores! En la tela de la vida de un anacoreta, de un solitario, os bordan los paisajes más ideales, las flores más poéticamente sencillas que podáis imaginar. La caridad, la fe, la esperanza iluminan, perfuman, animan las obras. Es el tiempo del imperio de Cristo. Para aquellos corazones únicos, para aquellas mentes de excepción, la cruz se agiganta de tal manera que casi llena todo el cielo. El Padre mismo y la Paloma blanca del Espíritu están en el resplandor del Hijo. Y la Madre, la emperatriz María, pone con su sonrisa una aurora eterna en la maravilla del Empíreo.
La hagiografía fué en aquellos siglos ocupación de las mejores almas. Fra Domenico, si dejó escritos religiosos y teológicos, y vulgarizó más de una obra desconocida, si fué poeta en sus serventesios y laudes, lo que le ha señalado un puesto único en la literatura mística universal, son las «Vidas»; aunque ellas no sean originales sino arreglos y versiones. «Le Vite de Santi Padri» furono scritte parte de San Gerolamo, parte da Evagrio del Ponto e da Sant’ Atanasio, e Fra Domenico Cavalca le tradusse del latino», dice Costero. Pero hay tal encanto, tal ingenua gracia y tal animación en ese italiano antiguo; es tan nítido y suave el estilo de Fra Domenico, que la obra pasa a ser suya propia. No conozco las otras traducciones suyas de obras diversas, como el «Pangilingua» o «Suma de Vicios», de Guillermo de Francia, u otras de que habla Costero: Un diálogo y una epístola de San Gregorio, las «Ammonizione» de San Jerónimo a Santa Paula, un libro de Fra Simone de Cascia, el «Libro de Ruth», y «Tratado de Virtudes y Vicios.»
La musa de Cavalca, dice De Sanctis, es el amor. Respira, en efecto, amor todo aquello que brota de su pluma: el absoluto amor de Dios. La ternura rebosa en la vida de Santa Eugenia, que tanto entusiasmó a escritora como la Franceschi Ferrucci. En la de San Pablo, primer ermitaño, flota un ambiente de deliciosa fantasía. No creo equivocarme si digo que Anatole France ha leído a nuestro autor para escribir imitaciones tan preciosas como la «Leyenda» y «Celestín» de su «Etui de nacre.» Las creaciones del paganismo alternan con las figuras ascéticas. Pinturas hay de Fra Domenico que tienen toda la libertad de la inocencia, y que en boca de un autor moderno serían demasiado naturalistas. En la vida de San Pablo es donde se cuenta el caso de aquel mancebo que, tentado para pecar, por una «bellísima meretriz», sintiéndose ya próximo a faltar a la pureza, se cortó la lengua con los dientes y la arrojó sangrienta a la cara de la tentadora.
El viaje de San Antonio en busca de su hermano en Cristo, Pablo, que habitaba en el Yermo, es página curiosísima.
Allí es donde vemos afirmada la existencia real de los hipocentauros y de los faunos. El Santo peregrino encuentra a su paso un «mezzo uomo e mezzo cavallo», que conversa con él y le da la dirección que debe seguir para encontrar al eremita. Luego un sátiro, un «uomo piccolo, col naso ritorto e lungo, e con corna in fronte, e piedi quasi come di capra», le ofrece dátiles y le ruega que interceda por él y sus compañeros con el nuevo Dios, con el triunfante Cristo.
Para Fra Domenico, que era un digno poeta, la existencia de esos seres fabulosos es cosa indiscutible e indudable. Más aun, da en su apoyo citas históricas. «De estas cosas, dice, no hay que dudar, por creerlas increíbles o vanas; porque en tiempo del emperador Constantino, un semejante hombre vivo fué llevado a Alejandría, y después, cuando murió, su cuerpo fué conservado «(insalato)» para que el calor no le descompusiese, y llevado a Antioquía, al emperador, de lo cual casi todo el mundo puede dar testimonio.»
Pero nada como la odisea de los monjes Teófilo, Sergio y Elquino, cuando se propusieron, para edificación de la gente, narrar y escribir las admirables cosas que Dios les había hecho ver, en su viaje en busca del Paraíso terrenal. Esto se ve en la vida de San Macario. Habiendo renunciado al siglo, entraron a un monasterio de Mesopotamia de Siria, del cual era abad y rector Asclepione. El monasterio estaba situado entre el Eufrates y el Tigris. Teófilo un día en medio de una mística conversación, propuso a sus dos nombrados hermanos en Cristo ir en peregrinación por el mundo, «hasta llegar al lugar en que se junta el cielo con la tierra.» Partieron todos juntos, y la primera ciudad que encontraron después de muchos días de caminar fué Jerusalém, en donde adoraron la santa cruz y visitaron los lugares santos. Estuvieron en Belén, y en el monte de los Olivos. Después se dirigieron a Persia, el cual imperio recorrieron. Luego van a la India, y empiezan para ellos los encuentros raros, los peligros y las cosas extranaturales. Les rodean tres mil etiopes, en una casa deshabitada en la cual habían entrado a orar; les cercan de fuego, para quemarles vivos; oran ellos a Cristo; Cristo les salva; les encierran para darles muerte de hambre; Dios les saca libres y sanos. Pasan por montes obscuros, llenos de víboras y fieras. Caminan días enteros y pierden el rumbo. Un bellísimo ciervo llega de pronto y les sirve de guía. Vuelven a encontrarse solos, en un lugar lleno de tinieblas y de espantos: una paloma se les aparece y les conduce. Encuentran una tabla de mármol con una inscripción referente a Alejandro y a Darío. En la cual tabla miran escrita la dirección nueva que deben tomar. Cuarenta días más de peregrinación y caen rendidos de cansancio. Llaman a Dios, y adquieren nuevas fuerzas. Se levantan y ven un grandísimo lago lleno de serpientes que parecían arrojar fuego, «y oímos voces, dice la narración, salir estridentes de aquel lago, como de innumerables pueblos que gimiesen y aullasen.» Una voz del cielo les dijo que allí estaban los que negaron a Cristo.
Hallaron después a un hombre inmenso—una especie de Prometeo—encadenado a dos montes, y martirizado por el fuego. Su clamor doloroso «s’udiva bene quaranta miglia alla lunga...» Después en un lugar profundísimo, y horrible, y rocalloso y áspero—los adjetivos son del original—vieron una fea mujer desnuda a la cual apretaba un enorme dragón, y le mordía la lengua. Más adelante encuentran árboles semejantes a las higueras, llenos de pájaros que tenían voz humana y pedían perdón a Dios por sus pecados. Quisieron nuestros monjes saber qué era aquello, mas una voz celeste les reprendió: «Non ci conviene a voi conoscere li segreti giudici di Dio; andate alla vïa vostra.» Con esta franca indicación los buenos religiosos prosiguieron su camino. Hallan en seguida cuatro ancianos, hermosos y venerables, con coronas de oro y gemas, palmas de oro en las manos; ante ellos, fuego y espadas agudas. Temblaron los peregrinos; pero fueron confortados: «Seguid vuestro camino seguramente que nosotros estaremos en este lugar, por Dios, hasta el día del juicio.»
Anduvieron cuarenta días más, sin comer. Después viene la pintura de una visión semejante a las visiones, de los fuertes profetas—Ezequiel, Isaías—, pero en un lenguaje dulce y claro, de una transparencia cristalina. No es posible dar traducidas las excelencias originales. Dicen que, en su camino, escucharon como cantar la voz de un pueblo innumerable; y sintieron al mismo tiempo perfumes suavísimos, y una dulzura en el paladar como de miel.
Gozaban todos los sentidos santamente. Como en la bruma de un ensueño, vieron un templo de cristal, y un altar en medio, del cual brotaba una agua blanca como la leche, y alrededor hombres de aspecto santísimo que cantaban un canto celestial con admirable melodía. El templo, en su parte del mediodía, parecía de piedras preciosas; en su parte austral era color de sangre; en la del occidente, blanco como la nieve. Arriba estrellas, más radiantes que las que vemos en el cielo:—sol, árboles, frutas y flores y pájaros mejores que los nuestros; y este precioso detalle: «la terra medesima e dall’ uno lato bianca come neve e dall’ altro rosa.» No concluyen aquí las maravillas encontradas por estos divinos Marco Polos. Después de verse frente a frente con una tribu extrañísima—a la cual ponen en fuga de muy curiosa manera, gritando,—Dios calma sus hambres y sedes con hierbas que brotan de la tierra como cayó el maná bíblico del cielo.
Todo cubierto de cabellos blancos, «come l’uccello delle penne», aparece ante ellos el ermitaño San Macario. Si la blancura de sus cabellos ha sido comparada con la de la nieve, no obsta para compararla con la de la leche. El retrato del solitario: «Su faz parecía faz de ángel; y por la mucha vejez casi no se veían los ojos. Las uñas de los pies y de las manos cubrían todo el cuerpo; su voz era tan sutil y poca que apenas se oía, la piel del rostro casi como una piel seca.»
Así León Bloy dibujaría una de sus viñetas arcaicas, a imitación de los viejos maestros alemanes. Macario conversa con los peregrinos, después de reconocer en ellos a hijos y ministros de Dios, y les aconseja no proseguir en su intento de llegar al Paraíso.
El mismo ha querido hacer el viaje: lo ha hecho: ¡está tan cerca aquel lugar de delicias donde vivieron Adán y Eva! veinte millas, no más. Pero allá está el querubín con una espada de fuego en la mano, para guardar el árbol de la vida: sus pies parecen de hombre, su pecho de león, sus manos de cristal. Macario recomienda sus huéspedes a sus dos leones: «Hijitos míos, esos hermanos vienen del siglo a nosotros: cuidado con hacerles ningún mal.» Cenaron raíces y agua; durmieron. Al siguiente día ruegan a Macario que les narre su vida. Nuevos y mayores prodigios.
Macario, nacido en Roma, cuenta cómo dejó el lecho de sus nupcias, la propia noche de bodas, para consagrarse al servicio de Cristo.
Guías sobrenaturales, milagrosos senderos, hallazgos portentosos; todo eso hay en la vida del anciano. También él, perdido en el monte, tuvo por compañero a un onagro maravilloso, después de ser conducido por el arcángel Rafael; muéstrale el sendero que debe seguir luego un ciervo desmesurado; frente a frente con un dragón, el dragón le llama por su nombre y le conduce a su vez, mas ya transformado en un bellísimo joven. Halló una gruta y en ella dos leones, que desde entonces fueron sus compañeros. Esos dos leones escoltaron como pajes, un buen trecho, a los peregrinos, cuando se despidieron del santo eremita.
Al tratar de los demonios y sus costumbres, en las «Vidas», Fra Domenico es copioso en detalles. Deben haber consultado sus obras los Bodin, Gorres, Sinistrari, Lannes, Sprenger, Remigius, del Río, para escribir sus tratados demonológicos. En la vida de San Antonio Abad toma el Bajísimo formas diversas: ya es una mujer bellísima y provocativa; o un mozo horrible; o surge el diablo en forma de serpiente; y fieras, leones fantásticos, toros, lobos, basiliscos, escorpiones, leopardos y osos, que amenazan al solitario en una algarabía infernal. Después en otro capítulo, explícase cómo los demonios pueden venir en forma de ángeles luminosos, y parecer espíritus buenos. San Antonio cuenta de cuantas maneras se le aparecieron: en forma de caballeros armados, o de fieras o monstruos; de un gigante y de un santo monje. San Hilarión les oye llorar como niños, mugir como bueyes, gemir como mujeres, rugir como leones. San Abraham mira a Lucifer en su celda en medio de una maravillosa luz, o en forma de hombre furioso, de niño, de una agresiva multitud. A San Macario le tienta en figura de preciosa doncella, ricamente vestida. A San Patricio le arroja a un fuego demoníaco, del cual se libra por la oración. Pero casi siempre es en forma de mujer, o por medio de la mujer que Satán incita, pues según dice con justicia Bodin: «Satán par le moyen des femmes, attire les hommes a sa cordelle.» Y es probado.
Lo que se presenta con especial y primitiva gracia en las «Vite» son las adorables figuras de las santas. Semejan imágenes de altar bizantino, de vidrieras medioevales; la virgen Eufrasia; Eugenia, mártir; Eufrosina que vivió en un monasterio con hábito masculino, como murió Palagia; María Egipciaca, dulce pecadora que va a Dios y resplandece como una estrella en el cielo de la santidad; Reparada, que cambia en agua fría el plomo derretido y entra al horno ardiente y sale intacta.
Al acabar de leer la obra de Fra Domenico Cavalca siéntese la impresión de una blanda brisa llena de aromas paradisíacos y refrescantes. Hay algo de infantil que deleita y pone en los labios a veces una suave sonrisa.
Todas las literaturas europeas tienen esta clase de escritores—hagiógrafos o poetas,—por desgracia hoy demasiado olvidados e ignorados.—Raro es un Rémy de Gourmont que resucite y ponga en maravilloso marco las bellezas del latín místico de la Edad Media, por ejemplo. No son muchos—no digo entre nosotros; eso es claro—los que conocen joyeles como las «Secuencias» de santa Hildegarda, y otros tesoros de poesía mística antigua. Alemania posee el «Barlaam» y «Josaphat», el cántico de San Hannon, etcétera. Tieck intentó que la poesía alemana de su tiempo se abrevase en las límpidas aguas de Wackenroder y otros autores de su tiempo. Fué un precursor de Dante Gabriel Rossetti, del prerrafaelismo; y sufrió por sus intentos más de una picadura de las abejas de Heine.
EDUARDO DUBUS
OS violines también se callan, los violines que tocaban tan vigorosamente para la danza, para la danza de las pasiones; los violines se callan también. Estas palabras de la «Angélica» de Heine, escucháis al entrar al parque solitario en donde la fiesta tuvo sus luces y sus cantos.
Eduardo Dubus es un raro poeta, poeta que enguirnalda con rosas marchitas el simulacro de la Melancolía.
Vamos allá al recinto abandonado... ya pasó la hora de la partida; ya las barcas van lejos; ya las marquesas, los caballeros galantes, los abates rosados van lejos. Callaron los violines y partieron, con su dulce alma harmoniosa... Los violines, silenciosos, van ya lejos...
Cent violons mignons, d’une grâce ancienne,
Vêtus de bleu, de rose, et de noir plus souvent
Viennent jouer parfois, on dirait pour le vent,
Des musiques de la couleur de leur coutume,
Mais on pleurent de folles notes d’amertume,
Que la Fée, une fleur au lèvres, sans émoi,
Ecoute longuement se prolonger en moi,
El dont je garde souvenir, pour lui complaire,
Et maint joyau voilé d’ombre crépusculaire,
Qu’orfèvre symbolique et pieuse sortis
A sa gloire,
Quand les violons sont partis.
Si vuestra alma pone el oído atento, en las fiestas de ensueños del poeta, oiréis los maravillosos sones de los violines: los azules cantan la melodía de las dichas soñadas, los alcázares de ilusión, las babilonias de pálido oro que vemos a través de las brumas de los vagos anhelos; los rosados dicen las albas de las adolescencias, la luz adorable del orto del amor, la primera sutil y encantada iniciación del beso, las palomas, las liras; los negros, ¡oh los negros! son los reveladores de las tristezas, los que plañen los desengaños, los que sollozan líricos de profundis, los que riman la historia de los adioses, en una enternecedora lengua crepuscular. Todos ellos mezclan a sus sones divinos la nota melancólica; todos a su «gracia antigua», agregan como una visión de desesperanza: así escucha el Hada, una flor en los labios...
La aparición de Ella, es semejante a una de las deliciosas visiones de Gachons, ese discípulo prestigioso de Grasset, rosa suave, violeta suave, un poniente melancólico; la Mujer surge intangible; no es la Mujer, es la Apariencia; sus ojos son adoradores de los sueños, enemigos de las fuertes y furiosas luces; aman las neblinas fantásticas; buscan las lejanías en donde crece el sublime lirio de lo Imposible. Luego la contemplamos en un jardín hesperidino:
Qui n’ont jamais vibré sous les soleils torrides,
Elle va le regard éperdu vers les nues.
Sous le grand nonchaloir des ramures funèbres,
Reflète indolement la rêverie hautaine
Des lis épanouis dans les demi ténébres.
Seule dans sa pensée eut la gloire d’écrire,
Et le ciel, d’une paix divine lui renvoie
L’écho perpétuel de son chaste sourire...
Es una misteriosa y pura figura de primitivo: su paso es casi un imperceptible vuelo; su delicadeza virginal tiene el resplandor albísimo de una celeste nieve... Etcétera...
Y así podría seguir, violineando poema en prosa, para encanto de los snobs de nuestra América ¡que también los tenemos! si no debiese presentar como se lo merece, en la serie de los Raros, a este poeta Dubus, que es ciertamente admirable, y en el mismo París, como no sea en ciertos cenáculos literarios, muy escasamente conocido.
León Deschamps compara la cara de Dubus a «la máscara de Baudelaire joven», lo cual quiere decir que era de un hermoso tipo, si recordáis la impresión de Gautier; era joven y vigoroso, «un grand enfant rêveur, pervers pas mal et fantasque joliment.» Del retratito pintado con humor y cariño por su amigo el jefe de «La Plume», se ve que había en el lírico envainado un fantasista, y en el soñador un terrible, que quería a toda costa espantar a los burgueses. No hay que olvidar que los peores enemigos de las «gentes», se han hallado siempre entre los hombres jóvenes y cabelludos que besan mejor que nadie las mejillas, muerden las uvas a plenos dientes y acarician a las musas, como a celestiales amadas y ardientes queridas. Era así Dubus.
No se adivinaría tras su faz, al melancólico que deslíe los pálidos colores de sus ensueños, en los versos exquisitos que rimaba, cuando los violines habían ya partido...
Quería tener fama en «Francisco I», en el «Vachette», en todo el barrio de ser morfinómano y no había visto nunca, dicen sus íntimos, una Pravaz; de ser pornógrafo y era casto, tan casto en sus versos, como un lirio de poesía; de mal «sujeto», y era un excelente muchacho. Su Maga le protegía; su Maga le enseñaba la más dulce magia; su Maga le enseñaba los melodiosos versos, las músicas de sus enigmáticos violines...
Henri Degrou—otro perfecto desconocido—nos ha contado de él cómo apenas tenía diez años de vida artística; que comenzó en el «Scapin» de Vallette con Denise, Samain, Dumur, Stuart Merril, que luego juntando dos cosas horriblemente antagónicas, poesía y política, fué conferencista revolucionario en la sala Jussieu; y se batió en duelo; periodista clamoroso y aullante en el «Cri du Peuple», en la «Jeune Republique» y en la escandalosa «Cocarde» de boulangística memoria; poeta en el «Chat Noir», con Tinchant y Cross, y compañero constante de la parvada mantenedora de las «revistas jóvenes», entre las cuales brotaron dos que hoy son lujo intelectual del alma nueva de Francia, y a las que no nombro por ser muy conocidas de los «nuevos.»
Hízose luego Dubus pontífice o cosa así de una de esas religiones de moda más o menos indias o egipcias; budhista, kabalista, o lo que fuese, lo que buscaba su espíritu era huir de la banalidad ambiente, hallar algo en que refugiarse, sediento de ensueños y de fábulas, enemigo del bulevar, de Coquelin y de la «Revue de Deux Mondes», uno de tantos «des Esseintes», en fin.
Cuando la publicación de su libro-bijou, «Quand les violons sont partis»,—libro especial, defendido de los hipopótamos callejeros porque era de subscripción y no se vendía en las librerías,—los pocos, los que le comprendieron, le saludaron como a uno de los más ricos y brillantes poetas de la nueva generación.
Ni desconyuntó el verso francés; ¡y era revolucionario y simbolista! ni mimó a Mallarmé; ¡y era decadente...! ni ostentó la escuadra de plata y la cuchara de oro de los impecables albañiles del Parnaso; ¡y era parnasiano! Lo único que le denunciaba su filiación era un cierto perfume de Baudelaire; pero un Baudelaire tan sereno y melancólico...
Al comenzar vimos cómo era el alma del poeta, es decir, la mujer, la inspiración. Simboliza Dubus en ella a la reina de un soñado país que se desvanece, de un reino hechizado que se borra, que se esfuma:
Enveloppés de leur linceul de décadence,
Où tante joie est travestie de Mort qui danse,
Et l’Amour en vieillard, dont les doigts mécontents,
Brodent, sans foi, sur une trame de mensonge
Des griffons prisonniers dans des palais de songe.
En ella, como en un altar, se verifican todos los sacrificios, se queman todos los inciensos. Se miran, como a través de una gasa diamantina, o más bien, de clara luz lunar, los jardines de su vida, su primavera, en un estrecimiento de oro; o es ya su perfil, el perfil de una emperatriz bizantina—algo como la Ana Commeno que pinta Paul Adam—sus deseos y sus ensueños, bajeles-cisnes que parten a desconocidos países de amor, en busca de nuevos ardores, de nuevos fuegos: y mirad la transformación: cómo la mujer intangible marchita ahora con sólo su aliento las corolas frescas; cómo estremece de asombrado espanto los blancores liliales con sólo la visión de sus crueles e imperiales labios de púrpura, la roja violadora de lises.
La segunda parte del libro está precedida de un son de siringa de Verlaine;
En toda obra de poeta joven actual se ve necesariamente pasar la sombra del Capripede.
Es el que ha enseñado el secreto de las vagas melodías sugestivas, de aquellas palabras
que hacen que nuestro corazón «tiemble y se extrañe...» primero con la proclamación del imperio musical—de la «musique avant toute chose»—y las maravillas del matiz, en una poética encantadora y sabia; después con la sapientísima gracia de una sencillez más difícil que todas las manifestaciones que parecieron al principio tan abstrusas.
Dubus canta su romanza teniendo la visión de aquel parque verleniano en que iban las bellas, prendidas del brazo de los jóvenes amantes, soñadoras; y en donde los tacones luchaban con las faldas...
Au fond du pare desert, dans une allée
Impénétrable à la nuit etoilée:
J’aimerais bien vous égarer un soir.
Et nous vivons lèvres closes, rêvant
A la chanson languisante du vent;
Je ne verrais que vos longs yeux féeriques.
Luego las pequeñas cosas divinas del amor, en medio de los perfumes del gran bosque misterioso, las dos almas olvidadas de la tierra; vuelos de mariposa, sombras propicias...
Un madrigal accueilli d’airs moqueurs?
Nous fûmes tant les dupes de nos cœurs?
Quelle serai la fin de l’aventure?
Abates de corte, marquesas, ecos de las Fiestas galantes. Como en éstas, la expresión de un indecible «régret», y el refugio de la desolación en el ensueño.
En ritmos de Malasia continúan las lentas y vagorosas prosas de las ilusiones fugitivas, de las «reveries» crepusculares, de las laxitudes que dejan los apasionados besos idos; se oyen en el «pantum» como las quejas de un viejo clavicordio, que hubiese sido testigo de las horas de pasión, en la primavera en que florecieron las ilusiones, y que hoy rememora ¡tan tristemente! las albas amorosas que pasaron. ¿Hay algo más melancólico que el rostro de viuda de esa musa entristecida que tiene por nombre Antes?
En «Les Jeux fermés» las reminiscencias de Verlaine aparecen más claras que en ninguna. Si me favoreciese la memoria, recordaría el pasaje original del maestro. Pero los pocos lectores para quienes escribo estas líneas, podrán hacer la confrontación:
Toute blanche, comme une aubépine fleurie,
Voici la Belle-au-bois-dormant: on la marie,
Ce soir, au bien-aimé qu’elle atendit cent ans.
Et les songes épars des contes, vont sans cesse
Souriant aux petits enfants jusqu’au reveil.
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La parte siguiente la preside Mallarmé; un Mallarmé que viene desde las lejanías del Eclesiastés:
¿Los violines, los dos violines de la cuadrilla, lloran, o ríen? Es el fin del baile. La respuesta quizá la encontraríamos en «La Nuit perdue», bajo los tilos radiosos de girándulas, en donde la orquesta da al aire alegres y frívolos motivos.
Aquel mismo parque lleno de adorables visiones, y de ruidos de músicas suaves y de besos, es el lugar de la nueva escena. Al claro de la luna se inicia un amorío deleitoso y loco. Pero el éxtasis es rápido. No quedará muy en breve sino la lánguida atonía del recuerdo.
«La Mensonge d’Autunne» está escrita con la manera suntuosa y hermética de Mallarmé: apenas entrevistas apariencias, enigmáticas evocaciones, músicas sutiles y penetrantes, despertadoras de sensaciones que un momento antes ignoraba uno dentro de sí mismo.
Aurora. Ha pasado la noche de la fiesta. «El oro rosado de la aurora incendia los «vitraux» del palacio en donde se danza una lenta pavana desfalleciente, a los perfumes enervantes del aire puro.»
Un detalle:
A l’infini, dans les glaces de Venise.
¿Habéis visto un final de fiesta, cuando el alba empieza y la luz del sol va inundado el salón iluminado por las arañas y los candelabros? Los rostros cansados, las ojeras, las fatigas del cuerpo y una vaga fatiga del alma.
La musique a des sons bien étranges;
On dirait un remords qui pérore.
Les madrigaux sont morts sur tous les lèvres.
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Reste seul un bouquet qui se fane,
Pour mourir du même jour livide
Que l’espoir des danseurs de pavane.
A l’infini, dans les glaces de Venise...
Después una canción jovial cuyo final nos llevará al ineludible páramo de los desengaños; una «feerie»—para Rachilde—que sería maravillosamente a propósito para ser interpretada por Odilon Redon.
Y en los «bailes», son las alegres danzantes, las amadas, las adoradas—¡ah, crueles gatas nietzschianas!—las alegres danzantes que danzan al son de los violines y de las flautas.
Entre aromas y sonrisas y músicas, helas allí del brazo de los caballeros, de los pobres enamorados caballeros.
—Bellas nuestras, ¿queréis colocar en el lugar de las rosas, sobre vuestro corazón los corazones nuestros?
¡Ah! ellas dicen que sí, toman los corazones, se los prenden al corpiño, y ríen. Los pobres caballeros partirán y han de ver cómo las bellas danzan en la sala del baile, y cómo se desprenden los corazones de los corpiños, y cómo ellas siguen danzando,