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Los Recursos de la Astucia

Chapter 40: XII. LA ENCERRONA
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About This Book

Un narrador retrospectivo reúne anécdotas y episodios que retratan intrigas políticas, rivalidades y la vida cotidiana en pueblos y ciudades, centrando la narración en la figura de un personaje astuto y en quienes le rodean. Alternan descripciones de lugares y costumbres con relatos de maniobras, enfrentamientos y pequeños episodios personales, como la insistente atención de un joven hacia una muchacha y escenas en casas humildes. El tono combina ironía y observación crítica, mostrando cómo la astucia y la voluntad influyen en situaciones públicas y privadas a través de episodios vinculados por la memoria del narrador.

—¿Y cómo fué?

—Pues pasábamos por aquí cuando la vimos dormida en el agua. Nos acercamos á ella, y yo dije: Atadme de la cintura y me acercaré. Llevábamos un arpón pequeño. Al llegar á la ballena di un salto desde la lancha sobre ella, y con todas mis fuerzas le clavé el arpón. La sacudida que dió fué terrible: yo estuve más de cinco minutos dando vueltas en la espuma, hasta que me llevaron á la lancha, que iba volando arrastrada por la ballena. Cuando me di cuenta de cómo íbamos dije: Cortad la cuerda. Pero no quisieron. Así fuimos yo no sé cuanto tiempo, hasta que la cuerda se rompió, y desapareció la ballena.

Al concluir su narración, el Arranchale se echó á reir. El Lobo, aunque no le entendía, se rió también. Nación refunfuñó diciendo á Aviraneta que aquel salvaje podía hablar un idioma comprensible y no aquella jerga endiablada.

Aviraneta no hizo caso de las murmuraciones del francés, y siguió hablando con el Arranchale, cuya alegría era comunicativa.

Llegaron á Orio, en donde los tomaron por gentes del ejército de la Fe; alquiló Aviraneta un coche, con un caballo, y tomando primero la carretera de la costa hasta Zarauz, y luego abandonándola por Cestona, Azpeitia y Elgoíbar, llegaron de noche á Vergara.

Se encontraron en las proximidades de esta villa á trescientos hombres, mandados por Mac Crohon, que habían salido de Bilbao custodiando un convoy que debían conducir á San Sebastián. Al saber por Aviraneta que los franceses estaban en España, Mac Crohon decidió retirarse, y marchar en busca de don Gaspar de Jáuregui.

En Vergara, como en todos aquellos pueblos, los absolutistas estaban entusiasmados con la entrada de los franceses: decían que se iba á restaurar la pureza de la fe y la unidad de la patria, y pensaban pedir el restablecimiento de la inquisición.

En la región vascongada pululaban las partidas realistas: Quesada, O'Donnell, Zabala, Altalarrea, alias Francho Berri, Juan Villanueva (Juanito el de la Rochapea), Fernández el (Pastor), Castor Andechaga y el cura Gorostidi maniobraban en Vizcaya, Guipúzcoa y Navarra.

Jáuregui, Oraá, López Campillo y Chapalangarra luchaban contra ellos.

El 9 de Abril, don Vicente Quesada, desde su cuartel general de Zumárraga, anunciaba la entrada en España de las tropas de Angulema.

Al día siguiente de llegar á Vergara, Aviraneta y sus satélites aparejaban el cochecito y salían en dirección de Vitoria.

Llegaron á esta ciudad, y Aviraneta se presentó en el Gobierno civil. No estaba el jefe político, Núñez de Arenas; y Aviraneta habló con un partidario liberal llamado Mantilla, venido de Murcia, á quien las tropas del Trapense fusilaron en Julio de 1823.

Mantilla quitó toda esperanza á Aviraneta de que Vitoria pudiera defenderse. Se entregaría al momento. En los pueblos, la Milicia Nacional no quería que se hiciera la recluta; así que no había esperanza alguna de tener hombres con qué resistir.

Aviraneta salió de Vitoria, se detuvo en Miranda y en Haro, y el día 15 de Abril estaba en Logroño.


VIII.
DON JULIAN SANCHEZ

El Gobierno español había intentado organizar sus fuerzas, y había puesto todos sus prestigios en el mando de los cuerpos de ejército: Mina, en Cataluña; Ballesteros, en las provincias vascas; O'Donnell, en Castilla la Nueva; Morillo, en Galicia, y Villacampa, en Andalucía.

De estos cinco hombres, de quien se esperaba mucho, O'Donnell, eterno tránsfuga, abandonó la causa constitucional escribiendo una carta á Montijo, en la que se manifestaba enemigo de las Cortes; Ballesteros y Morillo capitularon; Villacampa no hizo nada, y únicamente Mina tuvo en jaque á los franceses, y llevó la campaña con brío y con fuerza.

Cierto que tenía él mejor ejército; que sus compañeros eran constitucionales entusiastas, y que todos lucharon hasta el fin, excepto el general Manso, que se pasó al enemigo.

De los caudillos sueltos, Torrijos, Chapalangarra, Jáuregui, Valdés, Campillo y algunos otros fueron también intrépidos campeones de la libertad.

Entre los generales de la Independencia, don Julián Sánchez, el Salamanquino, estaba en Logroño.

Tenía á sus órdenes dos batallones: uno de Infantería de línea, y otro de Milicia activa; éste era el provincial de Logroño, mandado por don Joaquín Cos-Gayón. Había también un cuerpo de voluntarios, á las órdenes del coronel don Eugenio Arana.

En Logroño, como en casi todas las demás ciudades, los oficiales del ejército regular se sentían desalentados, y únicamente los voluntarios tomaban la defensa de la Constitución con calor.

Arana trabajaba con todo el entusiasmo posible: había pedido fusiles al parque, había formado una compañía Sagrada, había instado al Ayuntamiento á que publicase bandos llamando á los que debían ingresar en la Milicia Nacional, y á que se reforzaran las murallas de Logroño con las losas de la iglesia, suprimida, de San Blas.

Aviraneta, con el Lobo, Arranchale y Nación, llegó á Logroño y se presentó en seguida á Arana. Había un cabo de la Milicia Nacional, Pedro Iriarte, que era navarro, y Arana lo puso á las órdenes de Aviraneta.

Iriarte se distinguía por su entusiasmo: era silencioso, trabajador y liberal acérrimo.

Además de la Milicia de Arana, estaba en Logroño un pequeño grupo de guerrilleros que formaba la partida del Hereje, que procedía de los pueblos de la orilla del Ebro.

La partida del Hereje se distinguía por su radicalismo. El nombre del Hereje tenía su historia. Este jefe había estado de barquero en una barca del Ebro, trasladando gente. Cobraba dos cuartos por cabeza, y un día fué un vendedor de santos con una cesta llena de éstos, y pasó la barca.

—¿Cuánto es?—le preguntó al llegar á la otra orilla al barquero.

El Hereje contó todos los santos que llevaba, y dijo:

—A dos cuartos por cabeza, son catorce cabezas: veintiocho cuartos.

El vendedor protestó, y dijo que una cabeza de santo no podía pagar como una de persona, y añadió que no pagaba. El Hereje cogió la cesta con los santos, y la tiró al río. Desde entonces le vino el apodo.

El Hereje era hombre pequeño, moreno, canoso, muy vehemente y atrevido.

Su partida no tenía buena fama, porque entre los que la formaban había gente que experimentaba gran inclinación por los bienes ajenos.

En períodos normales, la partida del Hereje había estado varias veces suprimida por el capitán general; pero en aquel momento era indispensable aprovecharse de todos los recursos de que se pudiera echar mano, y la partida del Hereje tenía libertad de acción.

Aviraneta, Arana y el Hereje intentaron inflamar el espíritu público, y se convocó á una reunión de nacionales, que no tuvo gran resultado. Todo el mundo estaba desalentado, cansado.

Al día siguiente, Aviraneta y Arana fueron á ver al brigadier don Julián Sánchez. Don Julián Sánchez era hombre alto, rubio, de ojos azules. Ya no recordaba el antiguo garrochista, brioso y hercúleo.

A pesar de su fortaleza, era tipo de hombre distinguido, fino, cara melancólica, nariz corva y frente ancha y despejada.

Sánchez dijo que cumpliría las órdenes del general Ballesteros, quien le había mandado que resistiera, y cuando no pudiera más, se retirara hacia Soria.

La frialdad é indiferencia de don Julián le preocupó á Aviraneta. La mayoría de los militares no sentían con entusiasmo la causa liberal. Don Julián Sánchez no era ya el guerrillero arrebatado y valiente. Ya no se podía decir de él, como en una canción popular de la guerra de la Independencia:

Cuando don Julián Sánchez
monta á caballo
se dicen los franceses:
"Ya viene el diablo".

Don Julián no tenía por entonces ningún aire de diablo: más parecía un buen burócrata, apagado y tranquilo.

Aviraneta y Arana se despidieron del brigadier, y pensaron en las providencias que se podían tomar.

Aviraneta era partidario de hacer saltar el puente de Logroño; pero Arana creía que quizás la parte reaccionaria del pueblo se exasperaría y les atacaría. Además, no había pólvora sobrante para hacer esto.

El puente tenía dos puertas, y se dispuso defenderlas con barricadas. Se hicieron dos parapetos, mal cimentados y sin gran resistencia, que se fortificaron con cuerdas y alambres.

Todo el mundo tenía la impresión del fracaso, y de que el enemigo entraría en la ciudad.

Algunos ilusos esperaban; dos mil hombres podían hacer algo.

Cierto que escaseaban las municiones, pero aprovechadas bien había posibilidad de detener á los franceses muchos días.

Al saberse la aproximación del enemigo, don Julián Sánchez comenzó á preparar, con los pocos medios que disponía, la defensa de Logroño.

Envió á la fuerza que mandaba Cos-Gayón á que tomara posiciones cerca del Ebro, se apoderara de las barcas, é impidiera el paso de los franceses por los vados.

El brigadier quedó para defender el interior de la ciudad con el batallón de Infantería de línea y los milicianos.

El día 17, las tropas del mariscal de campo, conde de Vittré, de la división del vizconde de Obert, se presentaron en los alrededores de la ciudad.

El día 18, por la mañana, el conde de Vittré envió un parlamentario á Sánchez, quien no lo quiso recibir.

Poco después, el primer batallón francés de ligeros del 20 de línea tomó posiciones, y empezó á tirotearse con los españoles.

Estos contestaron al fuego con ardor, y contuvieron á los franceses durante toda la mañana y parte de la tarde.

Comenzaban los voluntarios y milicianos á entusiasmarse con la defensa cuando se supo, con asombro, que el batallón de Milicia activa provincial de Logroño, mandado por Cos-Gayón, y enviado por Sánchez á las orillas del Ebro, alejándose de la capital y dejándola abierta por varios puntos se retiraba á Fuenmayor con ochocientos hombres y noventa jinetes.

La voz de traición corrió entre la tropa, y el desaliento cundió rápidamente por las filas constitucionales.

En esto, á media tarde, otra compañía francesa de ligeros del 21 de línea intervino en el ataque. Destacaron los franceses dos piezas de artillería, que rompieron el fuego contra la primera puerta del puente, destrozándola, y al poco rato un pelotón de zapadores, acercándose, la hundía á martillazos y destruía la trinchera. Sostúvose un momento desde la plaza el fuego, pero cesó de nuevo; y entonces un cornetilla francés, subido á los hombros de un tambor mayor, escaló la segunda puerta y la abrió.

Pronto los cazadores ligeros despejaron el puente; los constitucionales españoles comenzaron á retirarse hacia la parte alta del pueblo, cuando el general Vittré mandó al primer escuadrón de la Dordogne diera una carga contra los españoles.

Sánchez, rodeándose de sus tropas, había formado el cuadro para resistir el primer ataque de los de la Dordogne, y lo resistió bravamente. Como los franceses tenían una superioridad de fuerzas enorme, el general mandó al coronel Müller, de los húsares del Bajo Rhin, que atacara por segunda vez. La caballería cargó con furia cuesta arriba; las tropas de Sánchez se desordenaron, y el propio don Julián cayó herido de una lanzada en el costado y fué hecho prisionero.

Aviraneta estuvo á punto de ser derribado y fué alcanzado por una lanza, que le rompió el pantalón y le hizo un rasponazo en la pierna.

—Al camino de Soria—gritó el Hereje á Aviraneta.

Aviraneta, el Lobo, algunos otros milicianos y los de la partida del Hereje se defendieron en las esquinas de la calle del Mercado, disparando contra los franceses; al coronel Arana se le distinguía por su pelo blanco, entre sus milicianos, gritando y accionando, rojo de ira. Aviraneta y los del Hereje tuvieron que escapar subiendo á la parte alta del pueblo. Aviraneta vió á Arranchale y á Nación montados á caballo, dispuestos á huir. Aviraneta y el Lobo se acercaron á ellos, montaron en sus mismos caballos y tomaron la carretera de Islallana.

A la media hora de salir de Logroño se encontraron con varios milicianos, y media docena de hombres de la partida del Hereje.

Aviraneta quería reunirse con las fuerzas constitucionales; pero, al preguntar en el camino si habían pasado por allí soldados, le dijeron que no.

Según unos, el grueso de los liberales había tomado en su retirada hacia Rivaflecha. Otros creían que se había dirigido á Soria, por los montes.

Se hizo de noche. Aviraneta decidió detenerse en un sitio de fácil defensa y aprovisionamiento, y esperar allí al Hereje.

Se formó una patrulla, compuesta de veinte hombres, y en el camino quedó reducida á doce. A la luz de la luna pasaron Islallana y entraron en esa zona teatral y decorativa de la Sierra de Cameros.

Al pie de estos montes, desnudos y pelados, corría un río claro y espumoso.

Antes de Torrecilla de Cameros se detuvieron; mandaron á uno por provisiones al pueblo, y Aviraneta dispuso ocupar unas rocas que, como trincheras naturales, dominaban el camino.

Se pasó la noche allí, y á la mañana siguiente Aviraneta se encontró con que de los doce hombres del piquete, más de la mitad habían desaparecido. El coronel Arana no llegaba, y en vista de esto Aviraneta dijo que cada cual hiciera lo que le pareciese mejor. Aviraneta y el Lobo compraron por diez duros, cada uno, dos caballos que llevaban los milicianos fugitivos, y que querían deshacerse de ellos.

Al día siguiente se supo que las tropas constitucionales huían á la desbandada.

Cos-Gayón dijo años más tarde que se había retirado á Fuenmayor con el batallón de Milicia activa, siguiendo las órdenes del general Ballesteros y que había sido atacado por los franceses que le dispersaron sus fuerzas.

Sin embargo, todo el mundo creyó que había obrado de acuerdo con los realistas, pues luego de la supuesta derrota, Cos-Gayón se retiró hacia Pedro Manrique; volvió á Logroño, y unas semanas más tarde el Gobierno absolutista le nombraba gobernador de Vitoria.


IX.
AVIRANETA EN EL CONVENTO

Aviraneta dijo que él pensaba marchar á Aranda, y después á Valladolid, á reunirse con el Empecinado.

El Arranchale, Nación, el Lobo y un muchacho riojano de la partida del Hereje, á quien llamaban el Estudiante, decidieron seguirle.

Dejaron la calzada de Cameros, que se abre entre grandes masas de tierras rocosas, horadadas por el agua, coloreadas de rojo y amarillo, pasaron por delante de la cueva Lúbriga, donde se detuvieron un momento, y tomaron después á campo traviesa. No se sabía el espíritu que tendrían los pueblos por allí, y no era muy prudente entrar en ellos.

Dos ó tres veces se comisionó al Estudiante para que comprara pan y algunas viandas, y se hizo la comida en el campo.

—Oiga usted, capitán—dijo de pronto el Estudiante.

—¿Qué hay?—preguntó Aviraneta.

—¿Usted cree que no podremos entrar en estos pueblos con seguridad?

—No; seguramente que no. Sabrán que los franceses han tomado Logroño y los realistas estarán alborotados.

—Pues yo sé un sitio donde estaremos seguros.

—¿En dónde?

—En un convento de monjas. Tenemos que desviarnos una hora de camino.

—¡Bah! No importa.

—Entonces vamos allá.

Se puso el Estudiante á la cabeza del grupo y los demás marcharon tras él.

El Estudiante era un joven vivo de movimientos, de estos tipos de señoritos de pueblo conquistadores y jactanciosos. Tenía los ojos negros y los ademanes petulantes. Llevaba un pañolito rojo en el cuello y una rosa, cuyo tallo mordía entre los dientes.

La mañana era de sol; el viento, frío y sutil, se metía en los huesos.

Al llegar á algún grupo de casas, la patrulla lo rodeaba sin acercarse.

Pasaron por delante de varias aldeas destacadas en el campo verde, con un color amarillo de miel ó de pan tostado, y las dejaron sin intentar entrar.

Al caer de la tarde llegaron al pueblo indicado por el Estudiante. Era grande, ruinoso, colocado en un alto, con casas amarillentas y pardas, alrededor de una iglesia enorme. De lejos parecía un montón de trigo rojizo levantado sobre la masa cenicienta y plateada de la sierra.

Se decidió que Aviraneta y el Estudiante entraran en el lugar, y que el Arranchale, Nación y el Lobo quedaran cerca de un abrevadero con los caballos.

Aviraneta y el Estudiante subieron por una rampa á la plaza del pueblo. Era ésta espaciosa, cuadrada.

En aquel instante no había en ella nadie.

Uno de los lados de la plaza lo cerraba la Iglesia, una de esas fachadas inmensas de estilo jesuítico del siglo XVII, con dos torres altísimas y grandes remates barrocos.

Otro de los lados lo formaba un viejo palacio abandonado, con una soberbia arcada sostenida por columnas de piedra amarillo rojiza.

Tenía este palacio magníficas rejas platerescas, balcones de hierro florido y grandes escudos. Las ventanas y contraventanas eran de cuarterones, pintadas con un rojo y un verde, desteñidos por el tiempo y la humedad, que tenían unos tonos de nácar. Algunos huecos de la casa estaban tapiados por dentro con paredes de ladrillo aspilleradas.

En medio de la plaza había una fuente de cuatro caños, con un gran pilón redondo.

El ruido del agua en la taza de piedra era el único que resonaba en aquel momento en el pueblo.

Aviraneta y el Estudiante entraron por una calle de casas grandes, ruinosas, tostadas por el sol, con aleros artesonados, y salieron á una plazuela ó encrucijada de la que partía una rambla pedregosa y en cuesta.

A un lado de esta rambla había un edificio de ladrillo con una torre baja y un campanario rematado por una cruz y una veleta con un gallo. Era el convento.

Se acercó el Estudiante á una puerta pequeña y verde, abrió el picaporte, pasó él y tras él Aviraneta; recorrieron un pasillo enlosado y un patio con tiestos de geranios y claveles y llamaron en otra puerta, de la que salió una mujer flaca, atezada y sonriente.

—Ave María Purísima.

—Sin pecado concebida.

—Hola, señora Benita. Buenas tardes. ¿Cómo está usted?

—Bien, ¿y usted?

—Bien; ¿podré hablar con Sor Maravillas?

—Sí; creo que sí.

Entraron en una habitación larga, obscura que olía á cerrado, con dos bancos largos de nogal y el torno en el fondo.

Se avisó á Sor Maravillas, y el Estudiante pasó al torno y habló con la monja, y se dedicó á echarla piropos con cierta petulancia y afectación de Tenorio. Aviraneta oía la risa de Sor Maravillas.

Luego el Estudiante le contó que había venido con un amigo y que deseaba que les permitieran pasar la noche á los dos en casa de la señora Benita. La señora Benita era la guardiana.

—Ya se lo diré á la superiora—dijo Sor Maravillas.

Poco después volvió diciendo que podían quedarse.

El Estudiante piropeó de nuevo á la monjita y el torno se cerró.

—Ahora quédese usted aquí—dijo el Estudiante—yo iré á buscar á ésos, encontraré sitio para meter los caballos y vendremos todos.

Salió Aviraneta del zaguán á un patio, y precedido de la señora Benita subió á un cuarto alto con un balcón corrido.

Aviraneta, como hombre acostumbrado desde chico á vivir con gente de iglesia, sabía tratarla, y habló á la señora Benita como si hubiera sido el capellán de la comunidad. La señora Benita quedó convencida de que era un santo varón y le estuvo explicando cómo vivían las monjas y las rentas que tenían.

Había ya obscurecido; la señora Benita tomó su cena y se fué á dormir. Aviraneta, esperando á sus compañeros, se asomó al balcón corrido de madera. La luna aparecía sobre un monte iluminando el pueblo de paredones blancos y de tejados completamente negros; abajo se veía el jardín de las monjas con un estanque cuadrado donde brillaban las estrellas; á lo lejos, la sierra se destacaba con todas sus piedras, como una muralla sombría que estuviera á pocos pasos.

A Aviraneta le vino á la imaginación el contraste de la España, tal como era, soñolienta, inmutable, con la agitación política de los últimos años; agitación que seguramente no había conmovido más que la superficie del país.

A las nueve apareció el Estudiante con el Lobo, Nación y el Arranchale. Traían comestibles y vino; habían dejado los caballos en una cuadra.

Comieron, y después de comer se prepararon para dormir; no había más que un catre con dos colchones.

Los extendieron en el suelo é intentaron tenderse los cinco, pero no tenían espacio. Nación comenzó á refunfuñar.

—Aquí debe haber un desván muy hermoso—dijo el Estudiante.

Salieron á la escalera, subieron de puntillas y se encontraron con que la puerta estaba cerrada.

—¿No se podría entrar por otra parte?—preguntó Aviraneta.

—Por el tejado quizás.

—Veamos cómo.

El Estudiante indicó por dónde se podía ir.

Aviraneta explicó al Arranchale lo que decía. Este, con su agilidad de simio, salió al balcón corrido, se subió por uno de los postes de los extremos, escaló el tejado y volvió al poco rato diciendo que había un camaranchón magnífico.

Nación no se decidió al escalo. Aviraneta y el Lobo siguieron al Arranchale y salieron á un desván grande, con columnas de madera, que tenía unas figuras de monumento de Semana Santa en un rincón entre ristras de ajos y de cebollas y grandes calabazas.

Durmieron admirablemente en un montón de paja; por la mañana, al despertarse, abrieron la puerta del sobrado y fueron al cuartucho en donde estaban el Estudiante y Nación.

Todos, menos el Estudiante y Aviraneta, se trasladaron al desván, y decidieron pasar unos días allá para descansar.

El Estudiante llevó á Aviraneta á la botica á que le curaran el rasponazo que tenía en la pierna.

La botica, un sitio de un par de metros en cuadro, miserable, ahogado, olía á humedad. El boticario era un viejo bajito, gordo, rojo, con el vientre piriforme y los ojos pequeños y malignos. Por lo que dijo el Estudiante, aquel boticario no debía saber una palabra de farmacia, porque su mujer, una vieja flaca y triste, con una venda negra en un ojo, hacía los récipes.

Le pusieron á don Eugenio unas hilas con ungüento en la herida y le vendaron la pierna.

Por la tarde, Aviraneta y el Estudiante visitaron á las monjas en el locutorio. Había ocho ó diez, todas de aire enfermizo y triste, menos Sor Maravillas, muchacha aún de buen aspecto, de ojos negros, brillantes, y cara ojerosa.

La historia de Sor Maravillas era tragicómica.

Había ido al convento de niña con su tía, que era la Superiora, y de oír á todas las monjas que la vida del claustro era la mejor, decidió profesar. Al comunicárselo á su tía la Superiora, ésta dijo que no, que antes su sobrina tenía que ver el mundo y sus grandezas y sus complicaciones, y un día de Agosto sacaron á la muchacha del convento en compañía de la señora Benita y la hicieron dar una vuelta por el pueblo desierto, polvoriento, abrasado por el calor. Sor Maravillas volvió de prisa al convento diciendo que el mundo no le ilusionaba.

Aviraneta habló con las monjas con la mayor amabilidad y después se retiró en compañía del Estudiante.

Al marcharse la señora Benita, Aviraneta y el Estudiante entraron en el desván; Nación, el Arranchale y el Lobo, habían dado por una escalera interior con la despensa de las monjas y habían sacado jamón, bacalao, queso y dulce, y lo estaban devorando.

El Estudiante se alarmó porque dijo que la falta se la iban á atribuir á él; Nación le contestó con desprecio, y Aviraneta decidió que debían marcharse.

Se dispuso salir á media noche á buscar los caballos y por la madrugada dejar el pueblo.


X.
DE NÁJERA Á ARANDA

No conocía el Estudiante muy bien el camino, ni Aviraneta tampoco, y en vez de marchar en línea recta á Salas, aparecieron á media mañana en Nájera.

Entraron Aviraneta y el Estudiante en el pueblo, y un linternero chato, de ojos negros y brillantes, pequeño, aceitunado, que trabajaba en una tiendecilla obscura de la calle Mayor, con quien entablaron conversación, les dió todos los informes que le pidieron. Les tomaron á los cinco por una avanzada del ejército de la Fe, y les trataron bien. Comieron en un cuarto de una posada, bajo de techo, con baldosas rojas y un balcón que daba á un pedregal, cruzado por el río Najerilla, y después de comer, se encaminaron hacia Santo Domingo de la Calzada.

A media tarde se detuvieron á descansar en la plaza de Alesanco. Una nube de chiquillos apareció al ver los caballos. Vino el alguacil á preguntarles qué pensaban hacer allí, y Aviraneta le dijo que se iban á marchar en seguida.

Un maestro de escuela, viejo, medio ciego, el único liberal del pueblo, salió al encuentro de los forasteros.

Se sentaron Aviraneta y él en un tronco de árbol que había al borde de los arcos de la casa del Ayuntamiento. El maestro tenía un gran entusiasmo por la libertad, y le temblaban las manos al hablar del liberalismo. Quiso traer á Aviraneta un mapa de la provincia, y se fué á buscarlo. Aviraneta quedó solo. Enfrente veía un caserón grande y unas casuchas de adobes, en cuyos tejados nacían verdaderos prados verdes. Vino el maestro con su mapa, se lo dió á don Eugenio, y éste y la compañía salió del pueblo.

El viento era fuerte y frío. Después de beber un trago, en un ventorro, se lanzaron en dirección de Santo Domingo de la Calzada, adonde llegaron de noche; durmieron en un parador de las afueras.

Al día siguiente, con un hermoso sol, dejaron Santo Domingo. Durante mucho tiempo estuvieron viendo su gran torre, alta y amarilla, hasta que en la revuelta del camino la perdieron de vista.

Al mediodía llegaron á Ezcaray, pueblo bastante grande, con una hermosa plaza, y siguieron camino de Salas.

Tardaron muchas horas en llegar á Salas; aquí tenía el Lobo un mesón amigo donde hospedarse, y pudieron descansar.


Poco después de salir de Salas les sorprendió un temporal de lluvia y viento que duró varios días.

El campo estaba cubierto de brezos, que empezaban á florecer. Cruzaron por Acinas, aldehuela que tiene cerca una peña con restos de castillo, y llegaron á Huerta del Rey. Decidieron guarecerse en el pinar, en una tenada de pastores, porque Aviraneta no tenía gran confianza en la gente de aquel pueblo.

Entre el Arranchale y Nación robaron un cordero, lo mataron y lo asaron.

Dejaron al mediodía el pinar de Huerta, y siguieron su marcha.

Enfrente se veía Somosierra nevada. Pasaron por delante de Quintanarraya, y al llegar cerca de Coruña del Conde el cielo comenzó á obscurecer y á ponerse morado; el viento levantó remolinos de hojas secas y de polvo en el camino, y empezó á granizar con una enorme violencia.

Se guarecieron los cinco en un soportal de una casa del pueblo, y cuando cesó el granizo siguieron adelante.

Pasaron por Peñaranda de Duero, Vadocondes y Fresnillo, y llegaron á Aranda por la noche.

El Lobo llevó al Estudiante y á Nación á su antigua casa, y Aviraneta á la suya al Arranchale.

Aviraneta se lavó, se mudó de ropa, y salió á la calle.

Habló un momento con el relojero suizo y con el farmacéutico, y marchó después á ver á Diamante.

—Viene usted á tiempo—le dijo éste.

—Pues, ¿qué pasa?

—Que iba á marcharme del pueblo. La Milicia nacional de todo el partido de Aranda está deshecha, y no hay quien la organice. Unos la han abandonado y se han pasado á los realistas; otros se han marchado á sus casas; el Lobo y dos ó tres más han ido á reunirse con el Empecinado.

—Sí, ya lo sé. ¿Y Frutos?

—Ese está con los feotas. Ya tienen preparado el batallón de voluntarios realistas, y mandan en el pueblo como si estuvieran en el poder. El teniente de realistas va á ser don Narciso de la Muela; el corregidor, don Manuel del Pozo, y el regidor primero, Frutos.

—¿De manera que aquí no podemos hacer nada?

—Nada, porque nadie nos obedece. Yo he intentado restablecer la disciplina: imposible.

—Entonces, vámonos.

—Cuando usted quiera—dijo Diamante—¡Antes si pudiéramos hacer una barrabasada aquí! Podíamos trincar á los jefes realistas, y fusilarlos.

—No, no vale la pena—dijo Aviraneta—. Una gota más ó menos en el mar no es cosa. Lo que hay que hacer es marcharse rápidamente. ¿No quedan caballos de la Milicia?

—Sí; cuatro ó cinco.

—¿Hay armas?

—Ninguna. Todas se las han llevado los realistas.

—Pues avise usted á los milicianos amigos, y mañana, á la mañana, si es posible, saldremos todos para Valladolid.

—Esperaremos. Mandaré el recado de día y sin que nadie se entere. Ahora si los feotas vieran movimiento se alarmarían y quizás nos atacaran.

—Entonces, mañana avíseme usted cuando podamos salir.

—Bueno.

Hablaron Aviraneta y Diamante de los acontecimientos del pueblo y de la proximidad de la invasión francesa, y se separaron.


XI.
EL ESPÍA DE ROA

Hasta las doce de la mañana Aviraneta y Diamante no estuvieron preparados para salir. A Diamante le acompañaban tres milicianos: uno era Valladares, el otro un exclaustrado voluntario de un convento de Peñaranda, á quien llamaban el Fraile, y que era tipo de mala catadura, y el tercero un cómico, que por dedicarse á representar entremeses y sainetes de tendencia liberal en los teatrillos de los pueblos y cantar canciones de circunstancias había tenido que alistarse entre los milicianos y huir de todos los lugares donde le conocían.

El Cómico era un viejecillo grotesco, flaco, estrecho, sin dientes, con la nariz en punta, los ojos hundidos, la barba mal afeitada y blanca y anteojos. Era de esos cómicos malos que en todas partes parecen actores menos en el teatro: hablaba como un pedante consumado.

Su compañero el Fraile, más repulsivo, era un hombre grueso y grasiento, con la cara ancha, de blancura mate, tachonada de pústulas; ojos negros y unas barbas negrísimas, que parecían de alambre, con algunos hilos de plata. Este hombre, pesado y adiposo, tenía á veces movimientos de mujer, y una mano blanca y sin huesos.

Su conversación, mezcla de frases frailunas y de lugares comunes del liberalismo de la época, era de lo más desagradable que pudiera imaginarse.

Con los cuatro que llegaron con Diamante se reunieron nueve hombres á caballo. Diamante y el Lobo llevaban sable; los demás no tenían armas. Pasaron por Villalba, y luego, cruzando el monte de la Ventosilla, tomaron todos el camino de Valladolid. Aviraneta pensaba que les sería posible hacer las diez y siete ó diez y ocho leguas que hay de Aranda á Valladolid en dos jornadas; pero no contaba con lo imprevisto, y lo imprevisto fué que á tres de los caballos sacados de Aranda se les cayeron las herraduras y comenzaron á marchar al paso, cojeando.

A media tarde, un poco antes de llegar cerca de Roa, se les acercó un aldeano montado en un macho.

—¿Por aquí no podríamos herrar estos caballos?—le preguntó el Estudiante.

—Sí; ahí mismo, en Roa, que está á un paso.

—¿Hay que entrar en el pueblo?—dijo Aviraneta.

—No; el herrador tiene la fragua en la misma carretera.

Se acercaron á Roa. Se veía el pueblo rodeado de sus viejas murallas, con sus cubos de piedra y sus restos de un castillo.

El aldeano que les acompañaba era un hombre bajito, amable, rasurado, que marchaba en su macho á mujeriegas, al parecer sin ganas de entrar en conversación con los milicianos.

Le preguntaron de nuevo dónde estaba el herrador, y él dijo que les conduciría á su fragua. Efectivamente, los llevó á todos cerca de una de las puertas de la muralla, á un cobertizo ennegrecido por el humo, en cuyo fondo brillaba el fuego y sonaba un martillo. Hubo que esperar largo rato á que terminaran de herrar á un potro bravo. Un mozo con el acial revolvía violentamente el belfo del caballo hasta hacerle sangrar; otro le había echado un lazo en la pezuña, y le tenía con el brazuelo doblado. El potro luchaba furioso; pero al último, estremecido y lleno de sudor, tuvo que dejarse poner las herraduras.

Después del potro comenzaron á herrar á los caballos de los milicianos, y cuando concluyeron era ya de noche.

Aviraneta pensaba que lo mejor era seguir; pero el Fraile, Nación y los demás opinaron que, puesto que estaban allí, debían cenar.

El aldeano que les había acompañado, y que hablaba con el herrador sosteniendo su mula del diestro, les dijo que allí cerca estaba la posada del Trigueros, y á pocos pasos una cuadra, donde podían meter los caballos.

Dejaron los caballos y fueron á la posada del Trigueros.

Entraron en la cocina y rodearon el fogón donde ardía la lumbre. Aviraneta, amigo de inspeccionarlo todo, entró por el pasillo y salió á un patio y á un corral.

La posada del Trigueros era un mesón grande, sucio y á medias derruído. Todo el mundo tenía allí mal aspecto. La dueña parecía un buho con sus ojos redondos y obscuros y la nariz picuda. El patrón era un hombre mal encarado, de mirada torva dirigida siempre al suelo.

Había también una criada, una muchacha morena, con la piel de tonos de cobre. Esta muchacha tenía unos ojos negros brillantes, la boca con una dentadura blanca, fuerte, de animal salvaje, el andar de gitana y un aire entre misterioso y amenazador.

Algunos, y sobre todo el Fraile y el Estudiante, comenzaron á galantearla; pero ella, por malicia ó por indiferencia, contestaba á lo que le decían con frases que no venían á cuento.

La rivalidad entre el Fraile y el Estudiante ante la criada hizo que los dos se enzarzaran en frases ofensivas, y que el Estudiante llamara Paternidad varias veces al Fraile, y que éste quisiera tirar un plato á la cabeza del Estudiante. Aviraneta intentó cortar la disputa, pero no le reconocieron autoridad. Se cenó en la cocina, y la cena fué tan larga que se resolvió jugar una partida al monte y quedarse allí á dormir.

El patrón de la posada, el Trigueros, se acercó varias veces á la mesa donde jugaban los milicianos, mirando al suelo, y anduvo rondando junto á ella.

Aviraneta, dirigiéndose á él, le preguntó:

—Oiga usted, patrón. ¿Hay aquí tropa?

—¿Aquí tropa? A veces. ¿Es que son ustedes milicianos?

—¿Milicianos? ¿Por qué lo ha supuesto usted?

—Qué sé yo.

—¿Es usted el alcalde del pueblo?—le preguntó á su vez Aviraneta.

—Decía si eran ustedes milicianos.

—Yo decía si era usted el alcalde ó el juez.

El Trigueros comprendió que no le querían contestar, y replicó con cierta sorna amenazadora:

—Aquí se asegura que son ustedes amigos del Empecinado.

—¿Dónde es aquí?

—En el pueblo.

—¿Es que aquí le tienen mucho cariño al Empecinado?

—¿Aquí? Ninguno.

—¿Les gustará más Merino?

—Claro.

—Como cura. Es natural.

—Qué, ¿ustedes no son partidarios de los curas, verdad?

—¿Por qué no?

—¡Como dicen que son ustedes milicianos!

—¡Bah! ¡Tantas cosas se dicen!

El Trigueros, viendo que no sacaba gran partido con sus preguntas, escupiendo por el colmillo, se fué de allá.

Don Eugenio salió á la puerta del mesón. No tenía gran simpatía por Roa; sabía que aquel pueblo era muy absolutista, pero en esto no se diferenciaba de los demás. Años más tarde, cuando el capitán Abad y el corregidor Fuentenebro llevaron al patíbulo al Empecinado, Roa tomó una fama siniestra entre los liberales.

Después de jugar, los milicianos quedaron en la cocina, alrededor del fuego, bebiendo y hablando. El Estudiante y el Fraile siguieron batiéndose á sarcasmos ante la criada agitanada.

El Lobo tenía un amigo en el pueblo, á quien pensaba visitar.

Aviraneta quiso acompañarle. Salieron de la posada y se metieron en Roa. Pasaron por una de las puertas de la muralla, que tenía una imagen iluminada con dos farolillos, y por una callejuela llegaron á la plaza; luego, de aquí marcharon hasta una encrucijada, donde vivía el amigo del Lobo.

Aviraneta se despidió del Lobo y volvió á la plaza Mayor.

La noche estaba obscura. Iba marchando con gran precaución, cuando de pronto vió un grupo de sayones, con hopalandas negras; empuñando alabardas marchaban á la luz de unos faroles, y se pusieron á cantar.

Aviraneta esquivó el encuentro metiéndose en el hueco de una puerta. Aquellos sayones de las hopalandas negras, los Hermanos de las Animas, no eran para tranquilizar á nadie.

Aviraneta tomó por un callejón pedregoso.

Al marchar por él, en la obscuridad, vió un grupo de hombres en el fondo de una taberna que estaban hablando y discutiendo á voces. Aviraneta se paró á ver si oía algo; pero no llegaron hasta él más que fragmentos de frases sin ilación.

Luego siguió adelante, por calles y callejones, hasta salir á la posada. La idea de un vago peligro le iba sobrecogiendo. Pensó en aconsejar á los compañeros el marcharse de allí; pero no les vió.

En el pasillo de la posada del Trigueros encontró al aldeano del macho hablando con el patrón. Tanta vigilancia aumentó sus sospechas.

Preguntó á la patrona dónde tenía que ir á dormir, y ella le dijo que arriba.

Había en el piso bajo dos cuartos grandes, cada uno con dos camas, y el Fraile, el Cómico, el Estudiante y Nación se apoderaron de ellas por medio de una propina que dieron á la criada.

En el piso alto quedaba un gabinete pequeño con una alcoba; el gabinete tenía un canapé y la alcoba dos catres estrechos de tijera.

Se habían sacado los colchones de los catres; los habían tendido en el suelo en el gabinete, y estaban echados en ellos el viejo Valladares y Diamante. El Arranchale y Aviraneta disponían de la alcoba y del lienzo de los catres.

El Arranchale roncaba al entrar don Eugenio; Aviraneta quedó sentado en el camastro, en la obscuridad. Su natural prudencia de zorro se alarmaba.

Un pueblo tan hostil á los liberales, sin guarnición, con aquellas gentes misteriosas que iban y venían, ¿no haría algo contra ellos? Realmente era una torpeza el que todos se entregaran al sueño sin poner un centinela. El no tenía autoridad para despertar á la gente y dar órdenes. Aviraneta encendió con una pajuela un cabo de cera y comenzó á inspeccionar el cuarto. Salió al gabinete. La puerta cerraba mal. Volvió á la alcoba y abrió una ventana. Daba á un patio ó corralillo.

Con la corriente de aire el Arranchale se despertó:

—¿Qué hay?—dijo en vascuence.

Aviraneta le explicó sus sospechas y le indicó que le parecía conveniente ver si aquel patio tenía salida á la carretera. El Arranchale no se hizo rogar: se descolgó por la ventana y bajó.

El corral tenía una puerta á la carretera. El Arranchale cogió del suelo un palo liso, largo, de cinco ó seis metros, de esos que suelen servir de ánima para hacer los almiares, y lo acercó á la ventana.

—Sosténgalo usted—le dijo á Aviraneta.

Aviraneta lo sostuvo, y el Arranchale subió por el palo y ató la punta de éste con una cuerda de esparto en los goznes de la ventana. Hecha la maniobra, el Arranchale entró en el cuarto con tres garrotes que había cogido en el corral, y los dejó en un rincón; luego se tendió en el catre y se quedó dormido.

Aviraneta no tenía sueño. Seguía intrigado, pensando en los sayones de la noche de Roa, en la supuesta hostilidad del pueblo, en la amabilidad de aquel aldeano, en lo largo que había sido el herraje de los caballos, en los preparativos de la cena y en el mal aspecto del Trigueros.

Si se hubiera encontrado solo con el Arranchale y con Diamante, en aquel mismo momento se hubiera marchado.

Estuvo por despertarlos; pero temía que le acusasen de asustadizo y de suspicaz.

Aviraneta, preocupado con esto y deseando tener armas, cortó unas tiras del pañuelo y se dedicó á atar con gran perfección el puñal suyo y la navaja y la bayoneta de Valladares al extremo de los palos traídos por el Arranchale del patio. Cerca ya de media noche, convencido de que no pasaba nada, apagó la vela y se tendió á dormir en el catre.


XII.
LA ENCERRONA

Mientras Aviraneta y los suyos dormían en la posada de Roa se iba amontonando sobre ellos una gruesa nube próxima á estallar.

El hombre bajito que habían encontrado en el camino montado en un mulo era uno de los realistas más exaltados del pueblo. Hábilmente les había hecho perder tiempo, quedarse en la posada del Trigueros y dejar los caballos en una cuadra lejana.

Este hombre, conocido por el Zocato, porque era zurdo, fué en seguida de dejar en la posada á los viajeros á casa del jefe realista de Roa, un tal Abad. Abad llamó á sus partidarios y tuvieron una reunión. Se trataba de prender á los liberales llegados al pueblo y de quitarles los caballos, que servirían para la futura tropa de voluntarios realistas.

La gente estaba contenta con la presa, pero había muchos á quienes no satisfacía el procedimiento de encarcelar á aquellos hombres y preferían algo más violento y decisivo.

Entre estos estaban el Zocato, un lugarteniente de Abad, llamado Gregorio González y apodado el Buche, y un cura joven que se distinguía por su fervor absolutista y su odio á los impíos, á quien llamaban el Capillitas.

El Zocato, el Buche y el Capillitas hablaron á su gente, se encontraron con los de la Hermandad de las Animas y entraron en algunas tabernas á discutir y á esperar el momento.

A media noche toda la tropa, en número de ochenta ó noventa hombres, se acercaron á la posada del Trigueros cantando la Pitita y el Serení. Los jefes colocaron á los suyos en las esquinas, rodeando la casa.

Aviraneta, que estaba en el comienzo del sueño, creyó oír un rumor de gentes; pensó primero que desvariaba, pero al notar el murmullo más claro y distinto, se incorporó en el catre y escuchó.

Se oía claramente entonado á coro el estribillo de la canción que llamaban la Pitita: