LA PATRIA DE DON QUIJOTE
I
Cuando en 1905 un joven escritor (romántico y con el pelo largo) hizo un viaje por la Mancha siguiendo la ruta de Don Quijote, ignoraba que muchos años antes, en 1848, otro joven escritor (con el pelo largo, romántico) había realizado, en parte, el mismo viaje. Hasta hace poco no ha sabido de las andanzas del primer viandante el segundo deambulador. Quien viajó en 1848 fué J. Giménez Serrano. Colaboraba este escritor en el Semanario Pintoresco; en esta Revista publicó sus impresiones. Las publicó en los números correspondientes al 16 de Enero, 30 del mismo mes, 6 de Febrero, 2 de Abril y 23 de igual mes. Cinco son, por tanto, los artículos publicados. Llevan el título de Un paseo á la patria de Don Quijote. Extractaremos lo más interesante de ellos. Giménez Serrano—según él mismo nos dice—hizo el viaje á pie; llevaba como guía á un labriego de la propia tierra manchega. Era joven Giménez Serrano; también nos cuenta él mismo—incidentalmente—que usaba melenas. Se trata, pues, al parecer, de un mozo romántico que, enamorado del inmortal caballero, llega hasta emprender una peregrinación á los principales lugares de su vida y andanzas.
El joven viajero amaba á Don Quijote y ansiaba la realidad. Deseando añadir un comentario al libro de Cervantes, este mozo, en vez de revolver crónicas, papelotes y libracos, emprendió sencillamente un viaje por la Mancha. Creemos que debieran imitar en esto á Giménez Serrano los eruditos que, teniendo á mano la cantera viva, ahí á las puertas de Madrid, se dan de calabazadas para encontrar en los libros lo que se puede hallar en la realidad. «Desprecié el antiguo método—dice nuestro autor—, y antes de todo me propuse visitar la patria de Don Quijote, recorrer las calles de su lugar, seguir el camino de sus primeras y más famosas aventuras, recoger las populares tradiciones y apurar cuanto allí se supiese de las desgracias del manco de Lepanto y de lo que pudo dar origen á su riquísima historia.» El autor, además de sus impresiones literarias, nos ofrece algunos croquis que ha ido trazando á lo largo de su viajata. Curiosos son, en sus toscos grabados en madera, los dibujos de la venta en que se supone fué manteado Sancho, de la iglesia de Argamasilla, de la casa llamada de Medrano (en que la leyenda supuso prisionero á Cervantes; leyenda que todavía se da como hecho positivo en 1912 en el Diccionario Enciclopédico Pal-las), de la iglesia del Toboso. «Deseo—dice Giménez Serrano—dar una base á los ilustradores del Quijote para que no sigan urdiendo disparatadas fantasías. Bien que con ello—añade el autor—no harían mas que seguir á las Academias y á otros no menos sabios editores.» En efecto; nada más absurdo y disparatado que las ilustraciones puestas por la Academia á su edición monumental del Quijote. ¿Cómo teniendo estos señores la Mancha al alcance de la mano dieron en esas estampas una tan estrambótica representación de España?
El primer paraje quijotesco que visita nuestro autor es la venta de que queda hecha mención. Se halla situada á una media legua hacia el sudeste de Fuente del Fresno. Dista como veinticinco leguas de Madrid y cuatro y media de Consuegra. Antes este lugar era muy pasajero; dejó de ser frecuentado á causa de la desviación de un importante camino. Antiguamente llamábase esta venta del Cuadrillero; á últimos del siglo XVIII la tomó á su cargo de un rumboso sevillano: enjalbegó éste sus muros, y desde entonces llevó el nombre de Casa blanca. Traspuesto el portal, á la izquierda se veían las escaleras, «que daban al derribado camaranchón donde prepararon aquella famosa y maldita cama que sirvió de potro para que le bizmasen al hidalgo manchego los cardenales que en su cuerpo habían labrado las villanas estacas de los yangüeses». (Advertencia: cuando Giménez Serrano visita la venta, ésta se halla casi derruída; su techo lo componían unas faginas de carrizo; habitaba en ella un labriego). Á la derecha, entrando, estaba el corral; unos poyos rodeaban el hogar de la cocina. «En los poyos que rodeaban el hogar—dice el autor—leyó el cura la novela de El curioso impertinente, tan dramática como buena y bien razonada, y, para mayor ilusión mía, sobre un arcón, en aquel lado, vi un recio cuaderno que era nada menos que la Historia de los doce pares.» Preguntó el autor al viejo habitador del mesón la causa de llamarse éste del Cuadrillero. Contestóle el viejo con una larga historia de un episodio sangriento de la guerra civil, que, en verdad, no tenía conexión con el apelativo de la venta. Ahorramos el relato al lector. De aquel trágico lance resultó el incendio de la venta. Y éste es uno de esos antiguos y hoy derruídos mesones—sin techos, con las paredes ahumadas—que ahora contemplamos en nuestras peregrinaciones por las quebradas andaluzas ó por los llanos de Castilla; ruinas que nos hacen pensar un momento en un drama que desconocemos; ruinas inseparables del paisaje solitario y yermo de las campiñas castellanas.
El autor sigue su viaje. Es verano; el sol inunda el campo manchego. «La tierra, seca con los ardores del estío, comenzaba á hervir, según la enérgica expresión de los segadores.» Sudoroso, jadeante, llega Giménez Serrano á un ameno vallecillo. «Tres alcores sembrados de encinas, alfombrados de enebros, jara y oloroso romero, rodeaban aquel voluptuoso apartamiento de los montes, y al pie de la más gallarda de las colinas, al amor de los blancos pobos, murmuraba una fuentecilla que se derramaba en un reducido lecho de menudísimas guijas de colores, cercado por una corona de musgo y mastranzos. Tan cristalina y transparente era la superficie de aquel nacimiento, tan verdes sus márgenes, que compararse pudiera con un espejo de acero por marco de esmeraldas guarnecido.» (De acero el espejo, porque de acero los había antaño.) En tan apacible lugar dice el autor que reposó Don Quijote después de haber sudado buscando inútilmente á la pastora Marcela; allí hidalgo y escudero, echada mano á las alforjas, tuvieron un sobrio yantar. Con tristeza abandona el autor este grato lugar. Eran las dos de la tarde. «Una ligera neblina del color del hierro candente velaba los últimos términos del horizonte, que cambiaba á cada paso como en todas las travesías de montaña. Al torcer de un recodo vi sobresalir allá en la hondura la copa de un ciprés.» Se encaminó el viajero hacia aquel lugar y vió que la tierra estaba cubierta de astillas. «Unos leñadores acababan de cortar otros cuatro cipreses que antes daban compañía al que ahora descollaba solitario.» Aquel paraje debía de ser el lugar en que se desarrolló la triste aventura del pastor Crisóstomo. Parecían indicarlo así «la quebrada que á la izquierda se veía, el tajo cortado, al pie del cual alzaba su copa el ciprés que allí me habia traído». El viajero continúa su peregrinación en busca de las ventas de Puerto Lápice.
Las ventas de Puerto Lápice se hallan en el camino de Madrid á Andalucía. «Si no miente un editor famoso, distan quince leguas de Aranjuez y veintiséis de Bailén.» «Situadas en el puerto que forman las cordilleras que ocupan el centro de la curva elíptica trazada por la unión del Giquela y el Valdespino, rodeadas de colinas con boscaje, son el teatro más á propósito, como decía Don Quijote, para meter las manos hasta los codos en esto que llaman aventuras. Apenas se anda por estas tierras una vara sin oir trágicas escenas de la última guerra, robos, acometimientos, incendios. El viajero arriba al mesón, come y se tiende en una pétrea cama, dispuesto á dormir. Mas fué en vano su propósito: los viandantes reunidos en la posada armaron tal trapatiesta y baraúnda, que hizo imposible el sueño. He aquí la curiosa y archiespañola lista de los viajeros del mesón: «cuatro estudiantes de la tuna, tres de los cuales eran descabezados rapistas; un cedacero con gran provisión de sonajas; cuatro alegres napolitanos, calderero el uno y santi boniti los otros; dos pañeros de Fortuna; un abaniquero de viejo; dos gitanos cantadores de la viña de Cádiz y un respetable coro de mayorales y mozos que así destripaban un zaque de vino y rascaban el vientre de una vihuela ó de un tenor malagueño, como entonaban por el eco de los panes calientes y de la castiza seguidilla manchega». (¡Oh, abaniqueros de viejo y apañadores! ¡Oh, vosotros, pañeros de Fortuna, famosos pañeros de Fortuna, cuyos pregones largos he oído tantas veces en las silenciosas, limpias y blancas callejuelas de los pueblos levantinos!)
De Puerto Lápice se traslada Giménez Serrano á Villalta. En la llanura de Villalta nos dice el autor que aconteció la temerosa aventura del vizcaíno. De Villalta pasamos á Montiel. Por estos campos hizo Don Quijote su primera salida. «Frente de mis ojos se alzaban las sombrías ruinas del castillo de Montiel.» Más á lo lejos se columbraban las casas de la Torre de Juan Abad, de la que era señor Quevedo, y en donde el gran satírico enfermó para ir á morir á Villanueva de los Infantes. Prosigue el viajero su camino y llega á Argamasilla de Alba.
II
Nuestro buen Giménez Serrano—jóven romántico y con melenas—llega á Argamasilla de Alba. Se llama también este pueblo Lugar Nuevo; la denominación de Alba procede de haber reedificado esta villa el duque de ese título. Argamasilla «se halla situada en una extensa llanura y rodeada de huertas, molinos harineros y quinterías y alamedas. Su cielo es limpio, despejado y sereno». (Un poco paradisíaca es tal sumaria descripción de los aledaños argamasillescos. Una huerta cerrada, un cortinal, hay á las puertas de la villa; macizos de álamos se yerguen aquí y allá, á lo largo del Guadiana. Y las uniformes llanas tierras paniegas se extienden hasta la remota lejanía del horizonte.) Cuando el duque de Alba elevó la nueva población, los moriscos la ocuparon en su mayor parte. «Como eran tan industriosos y frugales, la tierra de migajón y fácil el regadío, se hizo opulenta la villa, y tanto, que en su lengua la llamaban ellos Río de la Plata.» El viajero penetra por sus calles mal arrecifadas; las casas están construídas con tierra apisonada; constan de un solo piso; ciento ochenta, poco más ó menos, componen la villa; no llegarán á mil cuatrocientos los habitantes. «En la plaza no hay árboles ni fuentes, y las casas todas, exceptuando algunas que ostentan en sus portadas escudos de armas, son de miserable aspecto.» «Lo mal blanqueado de sus paredes—añade el autor—, el polvo con que las cubre el viento solano de la llanura, sus desvencijadas puertas y la desigualdad de los tejados y techumbres, dan á este lugar, como á otros muchos de la Mancha, un aspecto monótono y salvaje que repugna y entristece.» (La melancolía de la Mancha procede de la llanura inmensa y gris. Hay en los pueblos unas paredes largas y blancas, nítidas, con una ventanita angosta en toda su extensión, y entre las dos paredes, en la calleja silenciosa y desierta, se otea allá á lo lejos la mancha verde de los trigales y la mancha azul del cielo. Una campanada sonora, muy de tarde en tarde, rasga el silencio.)
Nuestro viajero se apresura á visitar la casa de Medrano; durante mucho tiempo se ha creído que estuvo preso en ella Cervantes. La fachada es sencilla; las jambas y el dintel de la puerta son de piedra; sobre la puerta campea un escudo. Rejas saledizas destacan en el piso principal. De una de ellas pende un manojo de brezos: advertimiento á los transeuntes de que en aquel lugar se expende vino. Del techo sobresale un ancho alero morisco. «El portón está desvencijado y tiene por adornos gruesos clavos de hierro. Penetré por su achatado postigo, que da entrada á un portal medianamente largo y del ancho de la portada. Después está el patio, guarnecido, á la usanza árabe de cenadores, de una galería descubierta en el piso principal, sostenida por seis columnas de piedra y dos pilares de madera con capiteles labrados.» (Tipo de la casa manchega; en una casa así, pero más modesta, fué á morir Quevedo, año de 1645, en Villanueva de los Infantes, desde su Torre de Juan Abad, donde se puso enfermo. En la casa hay una galería con una barandilla de madera toscamente labrada. El zaguán es chiquito; mezquina la estancia donde expiró el gran satírico. Titubeante, exhausto de fuerzas, pálido, con la mirada triste, trágica, debió de entrar Quevedo—para no salir vivo—por este zaguán empedrado de menudos guijos.) En la casa de Medrano, puestos en el patio, lucían sus orondas barrigas las tobosescas tinajas llenas del espeso vinazo de la tierra. «En el lado de la izquierda estaba el sótano inmundo que me traía á aquella casa de aciago recuerdo.» Encendieron un candil, desembarazaron la puerta de unos canastos que la obstruían, y nuestro mozo bajó por una escalerilla de siete escalones. Se encontró Giménez Serrano en una bodeguilla lóbrega y húmeda. La llenaban esteras y trastos inútiles. «Á los rojizos reflejos de la luz huyeron los ratones que habitaban descuidados entre los trastos, y bandadas inmensas de correderas se pusieron en agitado movimiento; un olor insalubre y fétido despedía tan sucio conjunto. Aquel subterráneo está nueve pies más bajo que el nivel del patio; tiene unas cuatro varas de ancho, seis y algunas pulgadas de largo, y una bóveda de yeso lo cubre.»
Á la derecha de la entrada, en el muro, se conserva todavía un agujero donde se supone estuvo clavada la cadena que sujetaba á Cervantes. (Queda así transcrita circunstanciadamente la descripción que hace nuestro autor. Si no estuvo Cervantes en este sótano, la opinión lo ha supuesto durante mucho tiempo. Ya este lugar es definitivamente famoso. Cuando en 1905 le visitamos nosotros vimos que la puerta de la cueva estaba mellada y astillada. Nos dijeron que los viajeros extranjeros que allí aportaban se llevaban, como recuerdo, pedacitos de la madera de la puerta.)
De Argamasilla, Giménez Serrano se encamina al Toboso; de la patria de don Quijote, á la patria de Dulcinea. En el camino encuentra nuestro autor á un clérigo que marcha caballero en su mula; era natural del Toboso este cura; mas vivía en Argamasilla desde hacía cuarenta años. Los dos viandantes traban conversación. El joven escritor da cuenta al clérigo del motivo de su viaje.
—¡Ah, vamos!—exclama el cura—. Usted ¿es el joven de melenas que ha visitado esta mañana la iglesia, que ha dibujado en la plaza de Argamasilla y que ha permanecido un gran rato á solas con los ratones de la bodega de la preciosísima casa de Medrano?
El clérigo relata al literato dos leyendas ó consejas relativas á Cervantes. Se refieren las dos á una bárbara—y supuesta—venganza que en el Toboso se tomaron con un recaudador de contribuciones ó alcabalero, llamado Cervantes. Dicho Cervantes no era otro que el autor del Quijote. Habiendo llegado el alcabalero al pueblo, y hallándose durmiendo por la noche en el pajar de una casa, lo despertaron los mozos y, «medio arrastrando, con una soga á la cintura, le sacaron por las calles del pueblo». Afortunadamente, llegaron á tiempo los cuadrilleros y libertaron á Cervantes de manos de la chusma. No era otro el propósito de los mozos tobosinos sino el de llevar á Cervantes á una laguna próxima y chapuzarlo en sus cenagosas aguas. En el Toboso son peritísimos en esta operación. Cuando arriba allí algún recaudador, lo somormugen en el dicho navazo. «¡Oh, en esto de atormentar á los ejecutores ó comisionados son diestrísimos en el Toboso y con orgullo salvaje les oiréis referir mil atrocidades de las consumadas en la villa con estos pobres emisarios de la Hacienda!» (No olvide el lector que estamos en 1848. Hoy suponemos que tales prácticas habrán desaparecido.) «Muchos—añade el autor—han sido encerrados desnudos en una de las tinajas colosales que allí se fabrican; otros, después de haber bebido más de lo necesario, estimulados por los que se fingían sus camaradas, han despertado en el cementerio, vestidos de hábito y tendidos en un ataúd con sus blandones y su túmulo. Los más han sufrido palizas, y ninguno ha vuelto con sus dietas sin poderlo contar como milagro.» (¿Cómo, dado este ambiente, no había en el Toboso, en el año 1848, plaza de toros?)
Cerca del pueblo, á cosa de «dos millas» de él, vió nuestro viajero las ruinas de un parador. Por allí había también antaño un encinar: el boscaje en que Don Quijote quedó esperando en tanto que Sancho iba al Toboso á celebrar una entrevista con Dulcinea. «El Toboso ha sido pueblo de consideración, y así lo indican sus aristocráticas casas, que, aunque de pobre aliño y en ruinas, ostentan portadas de mármol, columnas, brocales y fuentes talladas, escudos sobre las puertas y labrada rejería.» En su época de esplendor había en el Toboso telares y alfarerías; de éstos salían las más admirables de todas las tinajas españolas.
«Desapareció todo esto, y un pueblo rico, industrioso, que ha contado con más de 4.000 vecinos, se halla hoy reducido á poco menos de 800, y apenas puede fabricar algunas tinajas y gloriarse con sus rábanos, que son extraordinariamente gordos, blancos y tiernos, según me han dicho.» Es mediodía; nuestro autor, después de recorrer el pueblo, se sienta en los escalones del rollo que se yergue en la plaza, y comienza á tomar un diseño de la iglesia. «Mas, en verdad sea dicho—escribe Giménez Serrano—, no se muestran en el Toboso más aficionados á los artistas que á los ejecutores, pues antes de que acabara de tantear la torre que tomó Don Quijote por palacio, vino sobre mí tal nube de piedras, que forzoso me fué dejar la obra para mejor ocasión, pues los tobosescos angelitos daban mayor impulso á los cantos de lo que á mis delicadas carnes convenía.» (¡Tate, tate con los paisanitos de Dulcinea! ¿Cómo no había plaza de toros en el Toboso?).
El colaborador del Semanario Pintoresco da por terminado su viaje. Con objeto de llevarse del Toboso un recuerdo, decide comprar un queso. No es esta operación baladí. En una nota Giménez Serrano nos dice lo siguiente: «Según nuevas por mí recogidas, han visitado muchos extranjeros estos lugares, que yo tengo el orgullo de haber descrito el primero. Entre ellos, varios ingleses compraron quesos para dar con ellos un banquete á sus amigos de Londres.» Cerremos estos artículos loando á los ingeniosos sajones; esos hombres demostraron delicadeza y buen gusto al llevarse á Londres unos quesos manchegos. Se llevaban con ellos un recuerdo de la patria de Don Quijote, y daban á la par prueba de ser unos excelentes lamizneros, puesto que si Don Quijote era el más excelso de los caballeros andantes, el queso manchego bueno es el más exquisito de todos los quesos.