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Los valores literarios

Chapter 50: I
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About This Book

Conjunto de ensayos que examinan los valores literarios desde una postura crítica y moderna, contraponiendo la continuidad de lo antiguo con la necesidad de someterlo a examen; ofrece lecturas sobre Cervantes y su Quijote, destacando la relación entre la obra y la realidad manchega, la diferencia entre las dos partes y la sutileza estilística de la segunda; aborda el papel de los comentaristas, la representación social en episodios como las burlas de los duques y la gobernabilidad ejemplar de Sancho, y propone reflexiones sobre técnica, modernidad y la importancia de vincular la obra literaria con su paisaje y su actualidad.

UN IDEÓLOGO DE 1850

I

El ideólogo á que nos referimos es don Ramón de la Sagra. Sobre La Sagra encontramos indicaciones biográficas en el Manual de biografía y bibliografía de los escritores españoles del siglo XIX, publicado por Ovilo y Otero en París, librería de Rosa y Bouret, en 1859. Como no nos proponemos hacer un trabajo biográfico de La Sagra, ni escribir un estudio crítico de sus obras, nos limitaremos á unas breves notas sobre su persona y sus libros. Nació La Sagra en 1798; fué varias veces diputado; figuró en las Cortes de 1854; desempeñó la cátedra de Botánica en la isla de Cuba; realizó numerosos viajes por Europa y América. Era La Sagra lo que hoy llamamos un «europeo». Profesó las más avanzadas ideas progresistas. «Hoy las ha modificado—escribe Ovilo—, lo cual le ha valido algunas censuras.» Los libros, folletos y publicaciones de distinta índole que La Sagra dió á luz son innumerables. Según vemos en el Manual citado, existe un Tratado cronológico de los escritos de La Sagra; pero sólo abarca este tratado las publicaciones de 1822 á 1845. Muchas más deben de existir; con lo cual bien podemos imaginar que don Ramón de la Sagra ha sido uno de los escritores más prolíficos, fecundos y caudalosos que podemos imaginar.

Á La Sagra le interesaba todo y escribía de todo. Escribió sobre botánica, geografía, ciencia económica, sistemas penitenciarios, política, industria, agricultura. En el libro de Otero, al copiar éste un juicio de don Manuel Colmeiro sobre La Sagra, dice el autor: «El doctor Colmeiro que, como nosotros, no supone tanto mérito, tantos servicios, ni tanta ciencia en este laborioso é infatigable escritor...» Se deduce de estas palabras que La Sagra era, no un investigador original, sino simplemente un vulgarizador, un viajero y un lector que luego iba exponiendo en libros y en artículos lo que por el mundo había visto. Y juntamente con esto, no cabe, ni hay para qué negar, que La Sagra poseería un deseo sincero de mejoramiento social, de adelanto y de progreso respecto á España.

En resolución: La Sagra ha sido, con mayor ó menor originalidad y con mayor ó menor desinterés, un precursor de los hombres que, más tarde, hacia 1898, trabajaron en favor de una política de regeneración española. Hemos hablado de desinterés porque, registrando, tiempo atrás, periódicos de la época, hemos hallado ataques á empresas industriales de La Sagra; y entre las obras citadas por Ovilo figura una Vindicación de una apreciación injusta de un proyecto de ley presentado á las Cortes Constituyentes el 14 de Diciembre de 1854, seguido de algunas reflexiones sobre el estado fisico y económico de España. No decimos nada ni en pro ni en contra de La Sagra; lo que queremos evitar es toda incauta apología. Hoy existen hombres que, vanagloriándose de las más modernas ideas y de los móviles más altruístas, se mezclan á empresas y gestiones que no merecen beneplácito. Si ahora pudiéramos contemplar á un escritor de 1960 escribiendo un artículo sobre estos hombres y desplegando en él la más candorosa pompa apologética, seguramente que, por lo menos, sonreiríamos.

Nos proponemos ahora tan sólo hablar de algunas originales ideas que nuestro autor expuso en un breve folleto. Se titula el opúsculo Aforismos sociales; lleva por subtítulo: Introducción á la ciencia social. En Madrid y en 1849 se publicó el librito, y en la portada se lee la siguiente indicación: «Edición hecha sobre la cuarta publicada en Bruselas en 1848». El ejemplar del folleto que poseemos va encuadernado en volumen juntamente con otro opúsculo de La Sagra escrito en francés y titulado Revolution économique: causes et moyens. Del mismo año del folleto español es este francés; en París se vendía en la librería de Capelle «et chez l’auteur, 27, rue Lamartine». Los Aforismos sociales resumen la ideología de La Sagra (como hoy otros aforismos, los publicados recientemente por Gustavo Le Bon, resumen la política, la sociología y la psicología social de este escritor, también multiforme, abundante y diverso).

Las máximas que nos presenta La Sagra son en número de 300. En varios capítulos está dividida la obra.

En el primero se estudia el orden social antiguo; en el segundo, la emancipación del pensamiento; en el tercero, la sustitución de un nuevo principio de orden social; en el cuarto, el orden por la fuerza; en el quinto, la teoría del orden social racional; en el sexto y último, las condiciones y medios para la organización social racional. Un resumen y conclusiones cierran el folleto.

En el breve prólogo de la obra nos dice el autor que estos aforismos constituyen «parte de los teoremas» cuya demostración larga, minuciosa, equivaldría á hacer el estudio de la humanidad. La Sagra ha hecho cristalizar en ellos todo su pensamiento. Persigue también otro propósito: el de «impedir que la calumnia ó la ignorancia le coloquen en alguna de las escuelas en que se dividen las opiniones reinantes». La Sagra desea ser conocido «no tal cual le suponen, sino tal cual es»; es decir—añade el mismo La Sagra—, como «hombre observador y lógico». (Hombre observador y lógico no así como se quiera, impreso en el mismo tipo en que va impreso lo demás, sino estampado ostensiblemente, con versalitas: Hombre Observador y Lógico... Repasando los periódicos á que hemos aludido antes, periódicos de mil ochocientos cuarenta y tantos, tenemos bien presente el haber visto que uno de ellos llamaba sabihondo, humorísticamente, á La Sagra.)

El autor, al publicar esta edición castellana de su libro, nos advierte también que el trabajo ha sido redactado pensando en otros pueblos; otros pueblos «más adelantados y, por consiguiente, más distantes de la época antigua». En esas naciones se hallan muy debilitadas las creencias individuales; hállase también la fe social «totalmente extinguida, es decir, enteramente eliminada de la legislación». Muy lejos de ese estado «fatal» nos hallamos nosotros los españoles; «pero—añade La Sagra—conduce á él la doctrina y la práctica del progreso». Esta última frase es altamente significativa. ¿Qué concepto del progreso va á exponernos La Sagra? Él, un hombre avanzado, moderno, científico, ¿va á lanzarnos por el camino de esas sugestionadoras paradojas que, hablando del progreso (del progreso y sus ilusiones) han proclamado también, bien mirados por los tradicionalistas, otros espíritus igualmente modernos y científicos de estos días? Sí, algo hay aquí, aparte de la antinomia de Comte, creador del positivismo y de una nueva religión; algo hay aquí de Sorel, de Le Bon y de otros...

II

Expongamos algunas de las ideas de don Ramón de La Sagra; nos limitamos sencillamente al papel de expositores. No presentaremos tampoco sistematizadas las ideas del autor (para eso, léase el libro); indicaremos puntos de vista, consideraciones, observaciones. Vivimos—dice La Sagra—en un tiempo en que la opinión es quien reina y legisla. «El reinado de la opinión tiene por resultado la anarquía, porque la opinión es variable por esencia.» El sufragio universal es la consecuencia lógica de este régimen de opinión; pero, imperando las mayorías, ¿á quién podrán apelar las minorías? (No olvide el lector que estamos en 1849; la originalidad de estos juicios consiste precisamente en haberse formulado en esa época en que eran novísimos... y ahora también. No dejaremos, de cuando en cuando, de ir recordando la fecha de este librito.) «El sufragio universal, considerado como base del derecho, es, en realidad, la negación del derecho.» Con el sufragio universal, el derecho queda sometido á la fuerza: á la fuerza de la mayoría. Se somete el derecho á una voluntad general, universal, y de ella se le hace depender. No se tiene en cuenta que actualmente la humanidad no posee todavía «una voluntad racional é incontestable». Por eso todo voto es la expresión de un interés pasional.

Como no existe todavía una dirección racional en la sociedad, el voto del sufragio no puede adaptarse á esa orientación. «Se llama ley lo que resulta de la decisión de intereses más ó menos numerosos, ó de los que son bastante fuertes para hacerse admitir como generales.» Las pasiones, los intereses, las razones individuales fingen someterse á una supuesta voluntad general; esa voluntad general, expresión del sufragio, flor de la democracia, no es mas que un agregado de voluntades unidas por un interés que les es común. Y esta artificiosa voluntad general se convierte en autoridad con el auxilio de la fuerza. «De consiguiente, bajo el imperio de las mayorías no reina el derecho fundado en la razón social y universalmente reconocida, sino la fuerza resultante del número ó de la intriga.»

El despotismo moderno se apoya en las mayorías; ese despotismo no es mas que fuerza privada del prestigio de la fe. «Hallándose fundada la autoridad moderna en la opinión, resulta contestable; y en una época de libre discusión es necesariamente contestada». La supremacía del número, como base de la autoridad, se halla en pugna con la razón; forzosamente la investigación moderna ha de discutirla y combatirla. En la esencia misma de este régimen de mayorías se encuentra el origen del espíritu revolucionario. El espíritu revolucionario, inseparable del régimen de mayorías, se manifiesta en actos ilegales ó legales. «En la revolución llamada legal domina el voto; en la revolucionaria domina la fuerza. Pero como en ambos casos son las pasiones las que dan el impulso, resulta que la fuerza da la victoria, suponiendo que tiene los votos en su apoyo.»

Faltando la unidad espiritual, psicológica, que antiguamente daba la religión al agregado social, y no habiendo sido esa orientación reemplazada por otra, la autoridad y el poder se hallan en quiebra. «En el día todo poder inspira desconfianza; toda autoridad se pone en duda; todo mandato sugiere oposición.» La sumisión á la ley, al dictado jurídico, á la regla moral, supone que lo que se ordena ha de ser razonable, justo. «Pero ¿quién califica los actos como justos ó injustos? La opinión de cada individuo. Por consiguiente, las órdenes de la autoridad son calificables para la humanidad entera.» El desorden será permanente. El orden sólo se establecerá cuando quede determinado de un modo absoluto lo que la razón debe dictar y cuando cada ciudadano pueda conocerlo.

Lo que al presente se llama libertad no es mas que anarquía, desorden. Las sociedades libres son eminentemente anárquicas. «La causa, pues, del sentimiento revolucionario se halla en el principio mismo que sirve de base á la autoridad moderna.» «La sociedad antigua reposaba sobre la fe; la sociedad moderna reposa sobre la opinión, y la dominación por la opinión es esencialmente anárquica.» (Esta es una de las ideas fundamentales de La Sagra; él ve la sociedad antigua como formada toda de una pieza, compacta, solidaria, gracias al aglutinante, digámoslo así, de la unidad espiritual que proporcionaba la religión, y hoy ve, por el contrario, fraccionado en mil fragmentos el todo social, merced á la diversidad de opiniones que luchan, se oponen é imponen unas á otras. Queda, por encima de todo esto, el sufragio, la voluntad general; pero el sufragio es una ficción y no logra cohesionar las fuerzas sociales ni dar una dirección lógica y racional á la humanidad.) Escritores antiguos y modernos—continúa La Sagra—han combatido el principio de las mayorías como base del derecho moderno. Sin embargo, sólo ese principio sobrevive á la muerte de la fe. «Esto procede de que hasta ahora no ha sido posible sustituir á la destruída autoridad de derecho divino más que la autoridad del número.»

Reina universalmente la anarquía: en el sistema industrial, en el intelectual, en el moral, en el social. La dominación por la riqueza ha reemplazado á la antigua dominación por el privilegio. «La antigua dominación era compensada por la revelación, que declaraba meritorios en otra vida los sufrimientos de los desgraciados explotados en ésta. La dominación moderna no da á la explotación que ejerce más motivo que la fuerza sin consuelo alguno.» El desorden y la incongruencia social irán siendo mayores de día en día. Ese progreso del mal llegará á hacer comunes á todas las clases los sufrimientos que ahora afligen á las masas proletarias. Se hará preciso buscar entonces el remedio á males que á nadie excluirán. El vínculo social que hoy falta sólo puede darlo la ciencia. (Esta es otra de las ideas fundamentales de La Sagra; de La Sagra, que escribe, repitámoslo, en 1849. Un año antes escribía Renán su libro El porvenir de la Ciencia: pensamientos de 1848, libro que no fué publicado hasta 1890.) «Hasta el día—añade La Sagra—la ciencia no ha llegado más que al período materialista, que es la negación del espiritualismo.»

«Para la humanidad—añade nuestro autor—no puede haber mas que dos géneros de existencia: ó por la fe ó por la ciencia. El reinado social de la fe ha desaparecido; es preciso, pues, que el de la ciencia aparezca ó que la humanidad se extinga.» Nos hallamos á la hora presente en un estado de conturbación espiritual y de desorientación. No puede darse un período de más aguda crisis; en la historia de la humanidad no habrá acaso época tan angustiosa como ésta. «En resumen: el despotismo es imposible y la libertad es anárquica.» De este modo podemos caracterizar los tiempos que alcanzamos. Es decir, que el elemento necesario para la marcha (la libertad) es origen de perturbación y de desorden; y por otra parte, el factor que pudiera remediar y encauzar el mal (la autoridad) se ha hecho imposible. ¿Cómo resolver este formidable, trágico conflicto?

Tales son, sumariamente, las ideas de don Ramón de La Sagra. Sencillamente, somos expositores. Y lo somos porque para la historia del pensamiento español durante el siglo XIX nos parece interesante no olvidar á este divulgador de ideas, cualquiera que sea nuestra opinión sobre él. Un hombre que en 1849 ha proclamado la religión de la Ciencia: ése es La Sagra. La religión de la Ciencia como ideal para la humanidad, como socializadora de la humanidad. La fe en la Ciencia acabará con la anarquía producida por las opiniones diversas y pugnantes.