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Mala Hierba

Chapter 14: CAPÍTULO VI
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About This Book

La novela sigue a jóvenes de barrios humildes que intentan mejorar su destino mientras lidian con la precariedad, las relaciones personales y las tentaciones urbanas. A través de episodios centrados en personajes como Manuel y Roberto Hasting, se retratan talleres, pensiones y oficinas, encuentros con conocidos y mecenas, y las dificultades para encontrar empleo y reconocimiento. El relato combina observación social y escenas cotidianas con reflexiones sobre la ambición, la frustración y la moral práctica que rige la lucha por la subsistencia.

CAPÍTULO III

El Parador de Santa Casilda.—La historia de Jacob.—La Fea y la Sinforosa.—La chica sin madre.—Mala Nochebuena.

Para la primavera Manuel componía con facilidad. Poco después, el tercer cajista se fué, y Jesús dijo al amo que debía de poner a Manuel en la plaza vacante.

—Pero si no sabe nada—replicó el dueño.

—¡No ha de saber! Páguele usted por líneas.

—No, le subiré el jornal.

—¿Cuánto le va usted a dar?

—Le daré ocho reales.

—Es poco. El otro ganaba doce.

—Bueno, le daré nueve; pero que no venga a dormir aquí.

El nuevo cargo emancipó a Manuel de la obligación de barrer la imprenta y salió de su cuchitril. Jesús le llevó al parador de Santa Casilda, en donde él vivía; un enorme caserón de un solo piso, con tres patios muy grandes, que estaba en la ronda de Toledo. Hubiera deseado Manuel no ir por aquellos barrios, de los que conservaba malos recuerdos; pero su amistad con Jesús le hizo quedarse allí. Le alquilaron en el parador, por ocho reales a la quincena, un cuartucho con una cama, una silla de paja rota, y una estera colgada del techo, que hacía de puerta. Cuando el viento venía del campo de San Isidro, se llenaban de humo los cuartos y los corredores del parador de Santa Casilda. Los patios del parador eran, poco más o menos, como los de la casa del tío Rilo, con galerías idénticas, y puertas numeradas.

Desde la ventana del cuartucho de Manuel se veían tres depósitos, panzudos, rojos, de la fábrica del gas, con sus soportes altos de hierro terminados en poleas, y alrededor el Rastro; a un lado, vertederos ennegrecidos por el carbón y las escorias; más lejos se extendía el paisaje árido, y sus lomas calvas amarillentas se escalonaban hasta perderse en el horizonte. Enfrente sobresalía el cerrillo de los Angeles con su ermita en la punta.

En el cuarto inmediato al alquilado por Manuel había un carpintero y su mujer que tenían una niña. Los dos se emborrachaban y pegaban a la chica de una manera bestial.

Manuel estuvo muchas veces dispuesto a entrar en el cuarto, porque suponía que aquellos bárbaros martirizaban a la niña.

Una de las mañanas que encontró a la carpintera, le dijo:

—¿Por qué pegan ustedes así a la chica?

—¿Te importa algo?

—Claro que me importa.

—¿No es mi hija? Puedo hacer con ella lo que quiera.

—Así debía haber hecho su madre con usted—le contestó—, quitarla de en medio a palos por bruja.

Refunfuñó la mujer y Manuel se fué a la imprenta.

Por la noche, el carpintero detuvo a Manuel.

—¿Qué le has dicho tú a mi señora, eh?

—Le he dicho que no debía pegar a su hija.

—Y a ti, ¿quién te mete a decir nada?

El carpintero tenía un aspecto feroz, un entrecejo abultado y un cuello de toro. Una gruesa vena le cruzaba la frente. Manuel no le contestó.

Afortunadamente para él el carpintero y su mujer se mudaron de la casa pronto.

En los cuchitriles del mismo pasillo del parador vivían también dos gitanos viejos con sus familias, los dos muy zaragateros y muy ladrones; una muchacha ciega, que cantaba flamenco en la calle, moviéndose con unas convulsiones de epiléptica, y que iba acompañada de otra chica, con la que se pegaba continuamente, y dos hermanas muy golfas, muy zarrapastrosas, pintadas, chillonas, embusteras, liosas, pero alegres como cabras.

La habitación de Jesús se hallaba bastante próxima a la de Manuel, y esta vida común de la imprenta y de la casa hizo que estrecharán más sus relaciones de amistad.

Jesús era un excelente muchacho, pero se emborrachaba con una frecuencia lamentable; tenía dos hermanas solteras, una bonita, con unos ojos verdes de gato, de facha desvergonzada, llamada Sinforosa, y la otra una pobre enclenque, torcida y escrofulosa, a quien todos le decían, implacablemente, la Fea.

A los dos meses o cosa así de vivir en el parador, Jesús, con su tono irónico peculiar, le dijo a Manuel cuando marchaban los dos a la imprenta.

—¿No sabes? Mi hermana está preñada.

—¿Sí?

—Vaya.

—¿Cuál de las dos?

—La Fea. ¿Quién habrá sido el héroe? Merece una cruz.

El cajista siguió hablando del percance y bromeando con indiferencia.

A Manuel no le parecía bien esto; al fin era su hermana; pero Jesús salió con sus invectivas contra la familia y con que uno no se debía ocupar para nada de los hermanos, ni de los padres, ni de nadie.

—Buena teoría para los egoístas—le dijo Manuel.

—La familia no es más que el egoísmo en beneficio de unos pocos y en contra de la humanidad—contestó Jesús.

—Bastante caso haces tú de la humanidad, tan poco como de tu familia—le replicó Manuel.

Por esta cuestión volvieron a discutir varias veces y llegaron a decirse cosas muy agrias y mortificantes.

A Manuel no le importaba mayormente aquello; pero le producía indignación al ver que Jesús y la Sinforosa no se compadeciesen de su hermana y la enviasen a hacer recados y la obligasen a barrer cuando la pobre raquítica no podía con su barriga, que amenazaba ser monstruosa. Por motivo de estas discusiones, hubo días en los cuales Manuel apenas cruzó unas cuantas palabras con Jesús, y se dedicó a charlar con Jacob y a hacerle preguntas acerca de su país.

A Jacob, a pesar de que según decía no le había ido muy bien en su tierra, le gustaba hablar de ella.

Era de Fez y tenía un entusiasmo grande por esta ciudad.

—La pintaba como un paraíso lleno de huertas con palmeras, limoneros y naranjos, cruzada por riachuelos cristalinos. En Fez, en el barrio de los judíos, pasó Jacob su infancia, hasta que entró al servicio de un comerciante rico, que negociaba en Rabat, Mogador y Saffi.

Jacob, con su imaginación viva y su modo de hablar exagerado, pintoresco y lleno de imágenes, daba la impresión de la realidad cuando hablaba de su país.

Pintaba el paso de las caravanas compuestas de camellos, asnos y dromedarios. Describía éstos con sus cuellos largos y su cabeza pequeña, que se balancea como la de las serpientes, con los ojos apagados que miran al cielo; y al oirle mientras peroraba se creía estar atravesando aquellos arenales blancos, en donde el sol ciega. Describía también los mercados constituídos en la confluencia de unas cuantas sendas y caracterizaba a la gente que acudía a ellos; los moros de las cabilas próximas con sus fusiles, los encantadores de serpientes, los hechiceros, los narradores de cuentos de las Mil y una noches, los médicos que sacan los gusanos de los oídos.

Y al retirarse las caravanas, al alejarse unos y otros por las sendas, jinetes en sus caballos y en sus mulas, Jacob imitaba los graznidos de los cuervos que acudían en bandadas al lugar del mercado y lo cubrían de una capa negra.

Pintaba el efecto que causaba ver treinta o cuarenta bereberes a caballo, con melenas largas, armados de espingardas, y que, al pasar un judío, escupían en el suelo; la vida sin seguridad; por los caminos, gentes sin ojos y sin brazos, castigados por la justicia, pidiendo limosna en nombre de Muley Edris, y durante el invierno, el paso peligroso de los ríos, los anocheceres en la puerta del aduar, mientras se preparaba el cus-cus, tocando el guembrí y cantando canciones soñolientas y tristes.

Un sábado, Jacob le convidó a Manuel a comer en su casa.

Vivía el judío en el barrio de Pozas, en una casucha de una callejuela próxima al paseo de Areneros.

La casita aquella tenía un aspecto extraño, algo oriental. Una o dos mesas bajitas de pino; jergones pequeños en vez de sillas, y colgando de las paredes trapos de color y dos guitarrillos de tres cuerdas.

Manuel conoció al padre de Jacob, un viejo melenudo que andaba por casa con una túnica obscura y una gorra, a su mujer Mesoda y a una niña de ojos negros llamada Aisa.

Se sentaron todos a la mesa; el viejo pronuncio unas cuantas palabras gravemente en una lengua enrevesada, que Manuel supuso sería una oración en judío, y comenzaron a comer.

La comida tenía gusto a hierbas aromáticas fuertes, y a Manuel le pareció que mascaba flores.

En la mesa, el viejo, en el castellano extravagante en que hablaba toda la familia, contó a Manuel las peripecias de la guerra de Africa; en su narración Prim, el señor Juan Prim—como decía él—tomaba proporciones épicas. Jacob debía de respetar profundamente al viejo y le dejaba perorar y hablar de Prim y del Eterno; Mesoda muy tímida sonreía y se ruborizaba por cualquier cosa.

Después de comer, Jacob descolgó de la pared uno de los guitarrillos de tres cuerdas y cantó varias canciones árabes acompañándose de uno de aquellos instrumentos primitivos.

Manuel se despidió de la familia de Jacob y prometió visitarla de cuando en cuando.


Una noche de otoño, al volver Manuel del trabajo, después de un día entero en que Jesús no apareció por la imprenta, al entrar en el parador se encontró en el pasillo que conducía a su cuarto con un grupo de comadres, que hablaban de Jesús y de sus hermanas.

La Fea había parido; estaban en su cuarto el médico de la Casa de Socorro y la señora Salomona, una buena mujer que se ganaba la vida asistiendo enfermos.

—¿Pero qué ha hecho Jesús?—preguntó Manuel al oir los dicterios de las mujeres contra el cajista.

—¿Qué ha hecho?—contestó una de las comadres—, pues ná, que ha resultao que vivía amontonao con la Sinfo, que es una pécora más mala que un dolor, y Jesús y ella se habían entregao a la bebida, y la zorrona de la Sinfo le quitaba el jornal que ganaba la Fea.

—Eso no puede ser verdad—replicó Manuel.

—¿Qué no? Si lo ha dicho el mismo Jesús.

—Pues la otra no es muy decente tampoco, que digamos—añadió una de las mujeres.

—Tanto como la que más—replicó la comadre oradora—. Se lo ha contao tó al médico de la Casa de Socorro. Una noche en que no había pasao gracia divina por su cuerpo, porque Jesús y la Sinfo se habían llevao tóos los quisquis, fué la Fea y, para remediar el hambre, bebió un trago de aguardiente y luego otro, y con la debilidá que tenía se quedó borracha. Vinieron la Sinfo y Jesús, y los dos cargados, y la muy zorra, viéndola en la cama a la Fea, la dijo, dice: Anda, que la cama la necesitamos nosotros para... (haciendo un ademán desvergonzado). Ya me entienden ustés, y va y pone a su hermana a la puerta. La Fea, que no sabía lo que se hacía, salió a la calle, y uno del Orden, al verla curda, la lleva a la delega y la mete en un cuarto obscuro, y allí algún tío...

—Que estaría también curda—dijo un albañil que se detuvo a oir la relación.

—Pues ná...—añadió la comadre.

—Si llega a haber luz, pa mí que no hay nada, porque el compadre, al ver la cara de la socia se asusta—añadió el albañil siguiendo su camino.

Manuel se separó del grupo de comadres y se asomó a la puerta del cuarto de Jesús. Era un espectáculo desolador; la hermana del cajista, pálida, con los ojos cerrados, echada en el suelo sobre unas esteras, cubierta con telas de sacos, parecía un cadáver, el médico la fajaba en aquel momento; la señora Salomona vestía el recién nacido; un charco de sangre manchaba los ladrillos.

Jesús, arrimado a la pared en un rincón, miraba al médico y a su hermana, impasible, con los ojos brillantes.

El médico pidió a las vecinas que trajeran un colchón y unas sábanas; cuando llegaron estas cosas pusieron el colchón sobre el petate, de tablas, y colocaron con cuidado a la Fea. Estaba la pobre raquítica como un esqueleto; su pecho era liso como el de un hombre y, a pesar de que no debía tener fuerzas para moverse, cuando le pusieron el niño a su lado, cambió de postura e intentó darle de mamar.

Manuel, al notarlo, miró a Jesús con ira.

Le hubiera pegado con gusto, por permitir que su hermana estuviera así.

El médico, cuando concluyó su trabajo, cogió a Jesús, lo llevó al extremo de la galería y habló con él. Jesús se hallaba dispuesto a hacer todo lo que le dijeran; daría el jornal entero a la Fea, lo prometía.

Luego, cuando se fué el médico, Jesús cayó en manos de las comadres, que le pusieron como un trapo.

El no negó nada. Al revés.

—Durante el embarazo—dijo—ha dormido en el suelo sobre la estera.

Todas las comadres cementaron indignadas las palabras del cajista. Este se encogía de hombros estúpidamente.

—¡Mire usté que estar la pobre infeliz durmiendo sobre la estera mientras que la Sinfo y Jesús se estaban en la cama!—decía una.

Y la indignación se acentuó contra la Sinfo, aquella golfa indecente, a la que juraron dar una paliza morrocotuda. La señora Salomona tuvo que interrumpir la charla, porque no dejaban dormir en paz a la parturienta.

La Sinfo debió sospechar algo, pues no se presentó en el parador. Jesús, ceñudo, sombrío, con las mejillas encendidas y los ojos brillantes, en los días posteriores, iba de su casa a la imprenta sin hablar una palabra. Manuel sospechó si estaría enamorado de su hermana.

Durante el sobreparto, las mujeres de la vecindad cuidaron con cariño a la Fea; exigían el jornal entero a Jesús, quien lo daba sin inconveniente alguno. El recién nacido, encanijado e hidrocéfalo, murió a la semana.

La Sinforosa no apareció más por el parador; según se decía se había lanzado a la vida.


El día de Nochebuena, por la tarde, llegaron al parador tres señores vestidos de negro. Un viejecillo de bigote blanco y ojos alegres; un señor estirado de barba entrecana y anteojos de oro; y otro que parecía secretario o escribiente, bajito, de bigote negro, que taconeaba al andar e iba cargado de papeles. Dijeron que eran de la Conferencia de San Vicente de Paúl, visitaron a la hermana de Jesús y a otras personas que vivían en rincones y tabucos de la casa.

Detrás de aquellos señores vestidos de negro fueron Manuel y Jesús, que no hacían más que dormir en el parador, no conocían la vecindad, así que anduvieron por su casa como por una extraña.

—¡Hipócritas!—decía el albañil a voz en grito.

—Pero, hombre. ¡Cállese usted!—exclamó Manuel—que le van a oir.

—¿Y qué?—replicaba el vecino—. ¡Qué me oigan! Son unos hipócritas. ¿A qué vienen aquí a echárselas de caritativos? A hacer el paripé, a eso vienen esos tíos; estos jesuítas farsantes. ¿Qué leñe quieren saber? ¿que vivimos mal? ¿que estamos hechos unos guarros? ¿que no cuidamos de los chicos? ¿que nos emborrachamos? Bueno, pues que nos den su dinero y viviremos mejor, pero que no se nos vengan con bonos y con consejos.

Entraron los tres señores en un tabuco de un par de metros en cuadro. En el suelo, sobre un montón de paja y de harapos, había una mujer hidrópica, con la cara hinchada y entontecida.

En una silla, a la luz de una candileja, cosía una mujer joven.

Desde el pasillo Manuel pudo oir la conversación que tenían adentro.

El viejecillo del bigote blanco preguntó con su voz alegre qué es lo que le pasaba a la mujer, y una vecina que vivía en un cuarto próximo contó un sin fin de miserias y dolores.

La hidrópica sobrellevaba sus desdichas con resignación extraordinaria.

Se cebó la desgracia en ella y fué cayendo y cayendo hasta llegar a aquella situación tan triste. No encontró una mano amiga, y sus únicos favorecedores fueron un carnicero y su mujer, antiguos criados de su casa a quienes había ayudado a establecerse en mejores épocas. La carnicera, que además era prestamista, solía comprar en el Rastro mantones y pañuelos de Manila, y cuando tenían algo que zurcir o arreglar se los llevaba a la hija de la hidrópica para que los compusiera.

Esto, la antigua criada se lo pagaba a la hija de sus amos con un montón de huesos, y a veces, cuando quedaba satisfecha de su trabajo le daba las sobras de su comida.

—¡Moler con la generosidad de la carnicera!—dijo el albañil, que escuchaba la narración de la vecina.

—También la gente del pueblo—repuso Jesús en broma, recordando una frase de zarzuela—tiene su corazoncito.

Los señores de la Conferencia de Paúl, después de oir tan conmovedora relación, dieron tres bonos a la hija de la hidrópica y salieron del cuarto.

—Ya es feliz esta mujer—murmuró Jesús irónicamente—; tenía que morirse mañana y se muere pasado. ¿Para qué quiere más?

El albañil murmuró:—Me parece.

El secretario, el de los papeles, recordó un caso análogo al de la hidrópica, y lo llamó curioso y extremadamente interesante.

Cuando los tres señores salían de un pasillo para desembocar en otro, una vieja les llamó y habiéndoles de usía les pidió que la acompañaran y les llevó alumbrándoles con una bujía a un caramanchón o agujero negro abierto debajo de una escalera. Sobre un montón de trapos y arropada en un mantón raído, había una chiquilla delgada, esmirriada, la cara morena y flaca, los ojos negros, huraños, y brillantes. A su lado dormía un chico de dos o tres años.

—Yo quisiera que usías—dijo la vieja—la metieran a esta chica en un asilo. Es huérfana; su madre, que con perdón, no llevaba muy buena vida, murió aquí. Ella se ha metido en este agujero y nadie la puede echar, y roba huevos, pan, todo lo que puede, unas veces en una casa, otras en otra, para dar de comer al rorro. Yo quisiera que usías consiguieran que la llevaran a un asilo.

La chiquilla miró con sus ojos grandes, espantados a los tres señores, y agarró de la mano al chico.

—Esta niña—dijo el secretario, el de los papeles—, tiene por su hermano un cariño verdaderamente curioso e interesante, y yo no sé si no sería cruel separarlos.

—Estaría mejor en un asilo—añadió la vieja.

—Ya veremos, ya veremos—replicó el señor anciano—. Se fueron los tres.

—¿Cómo te llamas tú?—le preguntó Jesús a la chica.

—¿Yo? Salvadora.

—¿Quieres venir a vivir conmigo con tu chico?

—Sí—contestó sin vacilar la niña.

—Bueno, pues vamos, levántate. La Fea se va a poner más contenta—dijo Jesús como para dar una explicación de su rasgo—. Si no la van a separar de su crío y es una barbaridad.

La chica cogió al niño en brazos y acompañó a Jesús. La Fea debió recibir a los dos abandonados con gran entusiasmo. Manuel no presenció la escena porque en el pasillo le detuvo un muchacho joven:

—¿No me conoces?—le preguntó, encarándose con él.

—Sí, hombre... El Aristón.

—El mismo.

—¿Vives aquí?

—Ahí en el Corral.

El Corral era uno de los patios del parador, y daba a ese infecto Rastro que va desde la Ronda a la fábrica del gas. El Aristón seguía con su necromanía; no le habló a Manuel más que de muertos, entierros y cosas fúnebres.

Le dijo que iba a los camposantos los domingos; pues él consideraba como un deber el cumplir esa Obra de Misericordia que manda enterrar a los muertos.

En el curso de la conversación, el necrómano insinuó la idea de que si el rey se muriera se le haría un entierro admirable; pero que a pesar de esto, él se figuraba que el entierro del Papa sería más suntuoso.

Cruzaron el necrómano y Manuel varios pasillos.

—¿A dónde me llevas?—le preguntó Manuel.

—Si quieres venir, verás un muerto.

—¿Y qué vas a hacer junto a ese muerto?

—Voy a velarle y a rezar por él—dijo el Aristón.

En un cuartucho iluminado por dos velas puestas en dos botellas, había un hombre muerto, tendido en un jergón...

De lejos llegaba rumor de panderetas y de cánticos; de cuando en cuando una voz chillona de vieja borracha, cantaba a voz en grito:

«Ande, ande, ande
la marimorena;
ande, ande, ande,
que es la Nochebuena.»

En el cuarto del muerto, en aquel instante, no había nadie.

CAPÍTULO IV

La Navidad de Roberto.—Gente del Norte.

A la misma hora, Roberto Hasting marchaba a casa de Bernardo Santín, envuelto en su abrigo. La noche estaba fría, apenas transitaba nadie por la calle, los tranvías pasaban de prisa resbalando por los railes con un zumbido suave.

Roberto entró en la casa, subió al último piso y llamó. Abrió la puerta Esther y pasó adentro.

—¿Y Bernardo?—preguntó Roberto.

—No ha venido en todo el día—contestó la ex-institutriz.

—¿No?

—No.

Esther, envuelta en un chal, se sentó ante la mesa. El cuarto, la antigua galería fotográfica, estaba iluminada con un quinqué de petróleo. Todo denunciaba allí la mayor miseria.

—¿Se han llevado la máquina?—preguntó Roberto.

—Sí, esta mañana. Tengo el dinero guardado en este cajón. ¿Qué me aconseja usted que haga, Roberto?

Roberto paseó de un lado a otro del cuarto, mirando al suelo; de repente se detuvo ante Esther.

—¿Usted quiere que le hable con entera franqueza?

—Sí, con entera franqueza; como hablaría usted con un camarada.

—Pues, bien, entonces yo creo que lo que debe usted hacer es, no sé si el consejo le parecerá a usted brutal...

—Diga usted.

—Lo que creo que debe usted hacer es separarse de su marido.

Esther calló.

—Ha caído usted en manos, no de un infame, ni de un canalla, pero sí en manos de un desgraciado, de un pobre imbécil, sin talento, sin energía, incapaz de vivir e incapaz de comprender a usted.

—¿Y qué voy a hacer?

—¿Qué? Volver a su vida pasada, a sus lecciones de piano y de inglés. ¿Es que le sería a usted dolorosa la separación?

—No, al revés; puede usted creerlo, no siento el menor cariño por Bernardo; me inspira lástima y repulsión. Es más, no lo he querido nunca.

—Entonces, ¿por qué se casó usted con él?

—Qué sé yo. La fatalidad, el consejo pérfido de una amiga, el no conocerle; fué una de esas cosas que se hacen sin saber por qué. Al día siguiente estaba arrepentida.

—Lo creo. Yo cuando supe que Bernardo se casaba, pensé: Será alguna aventurera que quiere legitimar su situación con un hombre; luego, cuando la fuí conociendo a usted, me pregunté: ¿Cómo ha podido esta mujer engañarse con un hombre tan insignificante como Bernardo? No hay explicación. Ni dinero, ni talento, ni energía. ¿Qué le ha impulsado a una mujer ilustrada, de corazón, a casarse con un tipo así? Nunca me lo he podido explicar. ¿Es que creyó usted ver en él un artista, un hombre, aunque pobre, dispuesto a trabajar y a luchar?

—No, me hicieron ver todo esto. Para que comprenda usted mi decisión, tendría que contarle mi vida, desde que llegué a Madrid con mi madre. Vivíamos las dos modestamente con una pequeña pensión que nos mandaba un pariente de París. Yo había concluído de estudiar en el Conservatorio y buscaba lecciones. Tenía dos o tres de piano, y una de inglés, con lo que sacaba bastante para mis gastos. En esta situación se puso enferma mi madre, perdí mis lecciones para atenderla y me ví en una situación angustiosísima. Luego cuando murió, me encontraba sola en una casa de huéspedes, asediada por hombres que me hacían proposiciones indignas a todas horas; correteando por las calles para encontrar una plaza de institutriz; verdaderamente desesperada. Crea usted que hubo días en que sentí la tentación de suicidarme, de echarme a la mala vida, de tomar una resolución extrema para no tener ya que pensar. En esta situación un día leo en un periódico que una señora inglesa que se hospedaba en el hotel de París quería una señorita de compañía que conociera bien el español y el inglés. Me presento en el hotel, espero a la señora y ésta me recibe con los brazos abiertos y me trata como a una hermana. Puede usted comprender mi satisfacción y mi gratitud. Nunca he sido ingrata; si en aquella época mi protectora me hubiera pedido la vida se la hubiese dado con gusto. Créalo usted. Esta señora era aficionada a pintar y acostumbraba ir al Museo; yo solía acompañarla. Entre los que copiaban en el Museo había un joven alemán, alto, rubio, amigo de mi protectora, que comenzó a hacerme el amor. Yo le encontraba petulante y poco simpático. Cuando mi protectora notó que el pintor me galanteaba, se incomodó mucho y me dijo que era un perdido, un canalla cínico; hizo un retrato horrible de él, lo pintó como un egoísta depravado. Yo, que no sentía gran simpatía por el alemán, escuché los consejos de mi protectora y le manifesté al pintor claramente mi desprecio. A pesar de esto, Oswald, así se llamaba, insistía, cuando apareció allí Bernardo. Creo que conocía algo al alemán, y un día habló con nosotras. Entonces mi protectora hizo, sin que yo lo advirtiera, una labor contraria a la que había hecho con Oswald; me alabó a Bernardo a todas horas, me dijo que era un gran artista, de un talento superior, de una sensibilidad exquisita, un corazón de oro; me dijo que me adoraba. Efectivamente, recibí cartas de él encantadoras, llenas de sentimientos delicados, que me conmovieron. Ella, mi protectora, facilitó nuestras entrevistas, excitó mi imaginación, me impulsó a este matrimonio desdichado, y viéndome casada se fué de Madrid. A las dos o tres semanas de matrimonio, Bernardo me confesó riendo que las cartas que me había escrito se las había dictado Fanny.

—¿Fanny dice usted?—preguntó Roberto.

—Sí; ¿la conoce usted?

—Creo que sí.

—Estaba ella enamorada de Oswald. Había hecho para impedir que Oswald me galantease una gran perfidia. Después de salvarme de la miseria, me ha llevado a una situación aun peor que aquélla en que me encontró. Abusó de la confianza ciega que en ella tenía. Pero me vengaré, sí, me vengaré. Fanny está aquí con Oswald. Los he visto. Le he escrito a él citándole para mañana.

—Ha hecho usted mal, Esther.

—¿Por qué? ¿Se juega así con la vida de una persona?

—¿Qué adelantará usted con eso?

—Vengarme; ¿le parece a usted poco?

—Poco. Si ha conservado usted cariño por Oswald, es otra cosa.

—No, yo no. No le quiero; pero no dejaré a Fanny sin castigar su perfidia.

—¿Llegaría usted al adulterio por la venganza?

—¿Y quién le ha dicho a usted que llegaría al adulterio? Además, en mí sería un derecho, no una falta.

—Haría usted además desgraciado a Oswald.

—¿No me han hecho desgraciada a mí?

Esther se hallaba presa de una gran excitación.

—¿Cree usted que mañana vendrá Oswald a esta casa?—le preguntó Roberto.

—Sí, creo que sí.

—Esta protectora de usted, ¿es alta, delgada, con ojos grises?

—¡Sí!

—Es mi prima.

—¿Su prima de usted?

—Sí. Le advierto a usted que es muy violenta.

—Lo sé.

—Que es capaz de atacarle a usted en cualquier parte.

—Lo sé también.

—¿Ha pensado usted con calma en su resolución? Como comprenderá usted, un hombre a quien se le cita y se le dice: «—Si no le correspondí a usted fué porque me engañaron respecto a usted, y me dijeron que era usted lo que no era», ese hombre no puede resignarse a oir tranquilamente esta confidencia.

—¿Y qué va a hacer?

—Buscará una compensación. Nadie se resigna a ser un instrumento de venganza ajena. Usted perturba la tranquilidad de ese hombre.

—¿No perturbaron la mía?

—Sí; pero vengar la perfidia de Fanny en su amante, no me parece justo.

—No me importa. Sólo una cosa me haría olvidar mi venganza.

—¿Cuál?

—El que le pudiera ocasionar a usted algún perjuicio. Usted ha sido bueno para mí—murmuró Esther ruborizándose.

—No, a mí ningún perjuicio puede ocasionarme, pero a usted sí. Fanny es colérica.

—¿Quiere usted venir mañana?

—Pero yo, ¿con qué derecho voy a intervenir?

—¿No es usted amigo mío?

—Sí.

—Entonces venga usted.

Fué Roberto al día siguiente por la tarde. Bernardo estaba, según su costumbre, fuera de casa; Esther se hallaba muy excitada. A las cuatro llegó Oswald. Era un joven rubio, encarnado, chato, con los ojos rojos, muy alto y con el pelo largo. Pareció sufrir una gran decepción al encontrar solo a Roberto. Hablaron. A Roberto, Oswald le pareció un pedante insoportable. Tomó la palabra para decir, en un tono de dómine, que no podía aguantar a los españoles ni a los franceses. Iba a escribir un libro, el Antilatino, considerando los pueblos latinos como degenerados, que deben conquistar cuanto antes los germanos. Le indignaba que se hablara de Francia. Francia no existía; Francia no había hecho nada. Francia tenía a su alrededor la muralla de la China. Como ha dicho Bjorson, desde hace mucho tiempo, el mundo tiene como el mejor músico a Wagner; como el mejor dramaturgo, a Ibsen; como el mejor novelista, a Tolstoi; como el mejor pintor a Bocklin; sin embargo, en Francia se sigue hablando de Sardou, de Mirbeau y de otros imbéciles por el estilo. Los escritores originales de París plagian a Nietzsche; los músicos latinos han copiado y saqueado a los alemanes; la ciencia francesa no existe, ni la filosofía, ni el arte. El hecho histórico de Francia era una completa ilusión. Toda la raza latina era una raza despreciable.

Roberto no contestó a esto y observó atentamente a Oswald. ¡Le parecía tan absurdo, tan pedantesco aquel nombre largo, a quien citaba una mujer y hablaba de sociología!

Entró Esther. La saludó el alemán muy gravemente, y le preguntó de sopetón el motivo de la cita. Esther nada dijo; Roberto, discretamente, salió del taller y comenzó a pasear por el corredor.

—¿Sabe Fanny que ha venido usted aquí?—dijo Esther a Oswald.

—Sí, creo que sí.

—Me alegro.

—¿Por qué?

---Porque vendrá también ella.

—¿Tiene algo que ver en este asunto?

—Sí. ¿Hace tiempo que vive con usted?

—Sí, ya hace tiempo.

Callaron los dos y esperaron sin hablarse en una situación embarazosa. De pronto se oyó un campanillazo formidable.

—Aquí está ella—dijo Esther, y abrió la puerta.

Penetró Fanny en el estudio. Venía pálida, descompuesta.

—¿No me esperabas?—preguntó a Esther.

—Sí, sabía que vendría usted.

—¿Qué le quieres a Oswald?

—Nada, quiero decirle qué clase de mujer es usted; quiero contarle sus perfidias nada más. Usted ha cometido conmigo, que me fiaba en usted como en mi madre, una acción villana; usted me ha vendido. Me dijo usted que Oswald había engañado una mujer para abandonarla después.

—¡Yo!—dijo con asombro el pintor.

—Si, usted; ella me lo contó; me dijo también que usted era un pintor despreciable y sin talento.

Fanny, asombrada, desprevenida, no contestó una palabra.

—Durante el tiempo que usted y yo nos tratamos—siguió diciendo Esther dirigiéndose a Oswald—no dejó ocasión de hablar mal de usted, de insultarle; decía que usted quería seducirme; le pintaba a usted como un malvado, como un canalla, como un hombre repugnante...

—¡Mientes, mientes!—gritó Fanny con voz chillona.

—Digo la verdad, sólo la verdad. Yo entonces creí que sus consejos eran por mi bien, por el cariño que me tenía; después ví que había cometido conmigo la perfidia más grande, más inicua que se puede cometer, valiéndose del ascendiente que tenía sobre mí.

—Pero usted me escribió una carta—dijo Oswald.

—Yo, no.

—Sí, una carta en que contestaba con burlas a mis palabras.

—No, yo no he escrito esa carta, la escribiría Fanny, que quería a todo trance apartarle a usted de mí.

—¡Oh! Ha matado mi vida—exclamó Oswald de un modo enfático, y se sentó junto a la mesa y apoyó la frente en su mano; luego se levantó de la silla y comenzó a pasear de un ladro a otro del cuarto.

—Esta es la verdad, la pura verdad—afirmó Esther—, y quería que la supiera usted, y delante de ella, que no podrá desmentirme. A mí me ha hecho desgraciada, pero ella no gozará tranquilamente de su perfidia.

—¡Ha matado mi vida!—repitió Oswald con su tono enfático.

—Ella. Ha sido ella.

—Te mataré—gritó Fanny con voz ronca, agarrando de los brazos a Esther.

—¿Pero ahora sabe usted que lo que ha dicho de mí es mentira?—preguntó Oswald.

—Sí.

—Ahora ¿podrá usted oirme?

—Ahora, ja... ja...—rió Fanny—; ahora tiene un amante.

—No es cierto—exclamó Esther.

—Sí lo es, viene todos los días a verte. Es uno rubio. No lo puedes negar.

—¡Ah! Estaba aquí hace un momento—dijo Oswald.

—No es mi amante, es un amigo.

—¿Pero por qué le has llamado a Oswald—gritó Fanny con rabia—. ¿Es que le quieres?

—¡Yo, no!; pero quiero enseñarle a usted que no se juega con la vida de los demás, como usted jugó con la mía. Me engañó usted; ya me he vengado.

—Te mataré—volvió a gritar Fanny, y agarró del cuello a Esther.

—¡Roberto! ¡Roberto!—clamó Esther asustada.

Apareció éste en el taller, cogió a su prima del brazo y violentamente la hizo separarse de Esther.

—¡Ah! ¿Eres tú, Bob?—dijo Fanny serenándose inmediatamente—; has venido a tiempo, iba a matarla.

La entrada de Roberto apaciguó un tanto los ánimos; se sentaron los cuatro y hablaron. Discutieron el caso como si se tratara de un problema de ajedrez. Fanny quería a Oswald. Oswald estaba enamorado de Esther, y Esther no sentía inclinación alguna por el pintor. ¿Cómo iban a arreglarse? Nadie cedía; además, hablando se perdían en laberínticos análisis psicológicos que no conducían a nada. Había obscurecido; Esther encendió el quinqué y lo colocó sobre la mesa. La discusión continuaba en frío; Oswald hablaba monótonamente.

—Sé tú el árbitro—dijo Fanny a Roberto.

—Yo, con que cada uno vaya por su lado creo que resuelven su conflicto. Pero fuera del perjuicio moral, tú, Fanny, has producido a Esther un perjuicio material grandísimo.

—Estoy dispuesta a indemnizarla.

—Yo nada quiero de usted—exclamó Esther.

—No; perdone usted—dijo Roberto—, perdone usted que tercie en este asunto. Tú, Fanny, tienes una gran fortuna, una alta posición social; Esther, en cambio, se encuentra, por tu causa, con su porvenir truncado, tiene que ganar su vida, y tú no conoces lo que es esto; pero yo, que lo conozco, sé lo amargo y lo triste que es. Esther podía haber vivido tranquilamente; por tu culpa se ve así.

—Ya he dicho que estoy dispuesta a indemnizarla.

—Yo he dicho también que no quiero nada de usted.

—No; usted debe dejarme a mí arreglar este asunto, Esther. ¿Mañana podré verte, Fanny?

—Toda la tarde te esperaré.

—Está bien; trataremos de este asunto.

Fanny se levantó para salir; saludó ligeramente a Esther y tendió la mano a su primo.

—¿Sin rencor?—le preguntó Roberto.

—Sin rencor—afirmó ella dando una sacudida violenta a la mano de Roberto.

Oswald salió sombrío y humillado con Fanny. Esther y Roberto quedaron solos en el taller.

—¿Sabe usted una cosa?—dijo Roberto riendo.

-¿Qué?

—Que no hubiera usted ganado gran cosa casándose con Oswald en vez de casarse con Bernardo... Adiós, hasta mañana.

—Me abandona usted, Roberto—murmuró Esther con melancolía.

—No; vendré mañana a ver a usted.

—No quiero estar en esta casa. Lléveme usted de aquí, Roberto.

—¿No le parece a usted peligroso?

—¿Peligroso? ¿Para quién? ¿Para usted o para mí?

—Para los dos quizá.

—¡Oh! para mí no. Quisiera salir de aquí, no ver a Bernardo, que no me moleste.

—No le molestará ya más.

—Lléveme usted de aquí a cualquier parte.

—Mire usted, Esther; yo soy un hombre que va por la vida en línea recta. Es mi única fuerza; tengo orejeras como los caballos y no me desvío de mi camino. Mis dos aspiraciones son hacer una fortuna y casarme con una mujer; todo lo demás es para mí una tardanza en conseguir mis fines.

—¿Y yo entro en todo lo demás?

—Sí, porque si no me desviaría de mi camino.

—Es usted inflexible.

—Sí; pero lo soy también conmigo mismo. Usted se encuentra en una situación difícil. Se ha casado usted con un hombre hace un año, no enamorada de él, es cierto, pero creyendo que era un hombre leal, trabajador, a quien llegaría usted a querer; ese hombre ha resultado un miserable embrutecido, depravado, sin sentido moral. Se siente usted ofendida en su orgullo de mujer, de mujer enérgica y buena, yo lo comprendo. Quiere usted encontrar una tabla de salvación.

—Y usted me dice fríamente: Yo no puedo ser el que te salve; yo tengo otras aspiraciones, yo no me fijo si en mi camino hay gente que agoniza porque nadie le entiende, yo sigo adelante.

—Es verdad; yo sigo adelante. ¿Es que sería mejor lo que otro cualquiera, lo que un hombre galante, haría en mi posición? ¿Aprovecharse de su desconcierto, y hacer que usted fuera mi querida, y luego, después, dejarle a usted abandonada? Yo tengo mi conciencia. Quizá sea rectilínea como mis aspiraciones; es así.

—No hay salvación; mi vida está aniquilada—murmuró Esther con la mirada brillante.

—No; hay el trabajo. No todos los hombres son mezquinos y miserables; luchar, ¡si esa es la vida!; vale más la inquietud, el ajetreo continuo, la alternativa continua de placeres y dolores que no el estancamiento.

Esther se enjugó una lágrima con el pañuelo.

—Adiós; trataré de seguir sus consejos—y tendió su mano.

Roberto la tomó, y con su aire de caballero se inclinó y la besó.

Iba a marcharse, cuando ella murmuró con angustia, con la voz de un niño que implora:

—¡Oh, no se vaya usted!

Roberto volvió.

—Yo no le desviaré de su camine—exclamó Esther—. Lléveme usted de aquí. No, no me quejaré; seré como una hermana; como una criada, si usted quiere. Haga usted de mí lo que quiera, pero no me abandone. Cualquiera se aprovecharía de mi debilidad y sería peor para mí.

—Vamos—murmuró Roberto emocionado—. ¿No le va usted a avisar a Bernardo?

Esther cogió un papel de cartas y escribió con letras grandes; «No me esperes; no vuelvo». Luego se puso el sombrero nerviosamente y se acercó a Roberto que esperaba a la puerta.

—Pero si no quiere usted acompañarme no lo haga usted, Roberto. Por compromiso, no—dijo Esther con los ojos llenos de lágrimas.

—Ha dicho usted que sería mi hermana, vamos—repuso él con cariño. Ella entonces se refugió en su pecho; él, apartando con la mano los rizos de la frente, la besó con dulzura.

—No, así no, así no—exclamó Esther temblando, y agarrando a Roberto por las muñecas le presentó los labios.

Roberto perdió la cabeza y los besó frenético. Esther se abrazó a su cuello; un sollozo largo de dolor y de deseo le hizo temblar de la cabeza a los pies.

—¿Vamos?

—Vamos.

Salieron de casa.

Unas horas después, Bernardo Santín, con la carta de su mujer en la mano, murmuraba:

—¿Y mi padre? ¿Qué va a ser de mi pobre padre?

CAPÍTULO V

Paro general.—Juergas.—El baile del Frontón. La iniciación del amor.

La hermana de Jesús aceptó con gran entusiasmo a los dos huérfanos recogidos por el cajista el día de Nochebuena, y la Salvadora y el chiquitín entraron a formar parte de la familia.

Tenía la Salvadora un genio huraño y despótico, una afición a limpiar, a barrer, a fregar, a sacudir, que a Jesús y a Manuel les fastidiaba; le gustaba ordenar y disponer; todo lo que tenía de esmirriada lo tenía de enérgica. Ella dispuso llevar la comida a Jesús y a Manuel, porque gastaban mucho en la taberna, y al medio día, con un cesto que abultaba más que ella, iba a la imprenta. En tres meses de ahorros, la Fea y la Salvadora compraron en una casa de empeños una máquina de coser nueva.

—La chica esta no nos va a dejar vivir—decía Jesús.

La vida del cajista se había normalizado; no se emborrachaba; pero, a pesar de los cuidados de su hermana y de la Salvadora, estaba cada vez más sombrío y más tétrico.

Un día de invierno en que habían cobrado el jornal, al salir de la imprenta, Jesús le preguntó a Manuel:

—Oye, ¿no estás tú cansado de trabajar?

—¡Pse!

—¿No te da asco esta vida tan igual y tan monótona?

—¿Y qué le vas a hacer?

—Cualquier cosa preferiría yo a esto.

—¡Si estuvieras solo como yo!

—La Fea y la Salvadora se arreglan ya para vivir—dijo Jesús—. En la primavera—añadió—tenían que hacer los dos un viaje a pie por los caminos, trabajando un poco en cada lado y siempre viendo pueblos nuevos. Sabía que en el Ministerio de la Gobernación daban un socorro, que consistía en dos reales por cada pueblo por donde se pasara. Si lograban ellos el socorro, inmediatamente debían marcharse.

Charlando de estas cosas iban por la plaza del Progreso, cuando pasó por delante de ellos una estudiantina tocando un alegre pasodoble. Empezaba a nevar; hacía mucho frío.

—¿Vamos a cenar hoy bien?—dijo Jesús.

—En casa nos estarán esperando.

—¡Que esperen! Un día es un día. Vamos a estar ahí toda la vida pensando en ahorrar dos perras gordas. ¡Ahorrar!, ¿para qué?

Volvieron sobre sus pasos, recorrieron la calle de Barrionuevo y en la de la Paz entraron en una taberna y dispusieron la cena. Mientras cenaban hablaron del viaje proyectado con entusiasmo. Brindaron una porción de veces. Manuel nunca había estado tan alegre. Se encontraba decidido, con alientos para explorar el Polo Norte.

—Ahora hay que ir al baile del Frontón—murmuró Jesús con voz estropajosa a los postres—. Allí encontraremos unas golfas y, ¡venga juerga!, y la imprenta pa el gato.

—Eso es—repetía Manuel—, ¡al baile! Y al cojo que le den morcilla. ¡Anda, tú!

Se levantaron, pagaron, y al pasar por la calle de Carretas entraron en una taberna a tomar dos copas.

Tropezando con todo el mundo llegaron a la calle de Tetuán, y allí se empeñó Jesús en que debían de tomar otras copas; entraron en una taberna y se sentaron. El cajista tenía rabia por beber, estaba pálido y desencajado; Manuel, en cambio, sentía arder su sangre y las mejillas le echaban fuego.

—Anda, vamos—le dijo a Jesús; pero éste no podía levantarse. Manuel vaciló en quedarse allí o en salir a la calle; pero se decidió por marcharse y dejó a Jesús dormido, con la cabeza echada sobre la mesa de la taberna.

Manuel salió a la calle tambaleándose; los copos de nieve, danzando ante sus ojos, le mareaban. Llegó a la Puerta del Sol. En la esquina de la Carrera de San Jerónimo vió una muchacha que se detenía a hablar con los hombres. La confundió primero con la Rabanitos, pero no era ella.

Esta tenía la cara abotagada y erisipelada.

—Tú, ¿qué haces?—le dijo Manuel bruscamente.

—¿No lo ves? Vender Heraldos.

—¿Y nada más?

Ella bajó la voz, que era ronca y quebrada, y añadió:

—Y jugar.

Manuel estaba con el corazón palpitante.

—¿No tienes novio?—la dijo.

—No quiero chulos.

—¿Por qué no?

—Pa que la quiten a una el dinero que gana y la harten, además, de palos. Sí, sí...

—¿Cuánto quieres por venir conmigo?

—¡Ay, qué guasa! ¡Si tú no tienes una perra!

—¿Qué no?

—Vaya que no.

—Yo tengo—murmuró Manuel con jactancia—cinco duros, para tirarlos y tú no me sirves a mí para nada.

—Y tú a mí ni pa la limpieza.

—Oye—añadió Manuel, y agarró a la muchacha del brazo y le dió un empellón.

—Vamos, ¡quita, asaúra!—gritó ella.

—No quiero.

—Pues no eres tú nadie. A ver si no te andas con tientos aquí, ¿eh?

—Si quieres te convido a café—y Manuel hizo sonar el dinero en su bolsillo.

La muchacha vaciló, dió los números del periódico que llevaba en la mano a una vieja, se ató el pañuelo al cuello y fué con Manuel a una buñolería de la calle de Jacometrezo. Un perrillo de color de canela les siguió.

—¿Este perro es tuyo?

—Sí.

—¿Cómo se llama!

—Sevino.

—¿Y por qué le llamas así?

—Porque se presentó en casa sin que nadie lo trajera.

Entraron en la buñolería. Era un local largo, con columnas, en cuyo fondo estaba la cocina, con su caldero grande para freir buñuelos. Dos luces de gas, con mecheros envueltos en fundas blancas, iluminaban con luz triste las paredes y las columnas cuadradas, recubiertas de azulejos blancos con dibujos azules. Se sentaron Manuel y la muchacha en una mesa próxima a una puerta que daba a un callejón.

La muchacha habló por los codos mientras mojaba trozos de una ensaimada agria en la jícara de chocolate. Se llamaba Petra, pero la decían Matilde porque era más bonito. Tenía diez y seis años y vivía en la calle del Amparo en un sotabanco. Se levantaba a las dos; para cuando ella se levantaba, su madre ya tenía arreglada la casa. No salía hasta el anochecer; vendía una mano de Heraldos y diez Corres, y luego... lo que se terciase. Entregaba todo el dinero que ganaba a su madre, y cuando ésta suponía algún engaño le daba unas cuantas tortas.

Manuel, mientras sorbía con gravedad una copa de aguardiente, oía, sin comprender apenas lo que le hablaban.

Era la chica fea de veras. Llevaba la cara empolvada. A Manuel, luego de observarla atentamente, se le ocurrió que parecía un pez enharinado a quien espera la sartén. Hacía muchos visajes al hablar y movía los párpados, abultados y blancos, que se cerraban sobre los ojos saltones.

La muchacha siguió charlando de su madre, de su hermano, de un tío de un puesto de periódicos, que prestaba un duro a los chicos que vendían el Blanco y Negro por la mañana, y que por la noche le tenían que devolver el duro y una peseta más, y de otra porción de cosas.

Mientras hablaba Manuel recordó que Jesús había dicho algo de un baile, aunque ya no recordaba dónde.

—Vamos a ese baile—dijo.

—¿A cuál? ¿Al del Frontón?

—Sí.

—Hale.

Salieron de la buñolería. Seguía nevando; por unas callejuelas desiertas llegaron al juego de pelota; los dos arcos voltaicos de la puerta iluminaban fuertemente la calle blanca. Manuel tomó los billetes; dejaron él la capa y ella el mantón en el guardarropa y entraron.

Era el Frontón un amplio espacio rectangular, con una de las dos paredes largas pintada de azul obscuro y marcada a trechos con rayas blancas y números. En la otra pared larga estaban las gradas y los palcos.

Dos grandes mamparas verdes cerraban los testeros del juego de pelota. Arriba, en el alto techo, entre el armazón de hierro, diez o doce puntos brillantes de arco voltaico, no recubiertos por globos de cristal, centelleaban de un modo deslumbrador.

Aquel local ancho y pintado de obscuro parecía un taller de máquinas desocupado.

Algunas busconas de bajo vuelo, ataviadas con mantones de Manila y flores en la cabeza, mostraban su busto en los palcos. Se sentía frío.

Cuando la charanga comenzó a tocar con estrépito, la gente de los pasillos y del ambigú salió al centro a bailar, y poco a poco se formó una corriente de parejas alrededor del salón. No había más que media docena de máscaras. Se generalizó el baile; a la luz fría y cruda de los arcos voltaicos se veía a las parejas dando vueltas hombres y mujeres, todos muy graves, muy estirados, tan fúnebres como si asistieran a un entierro.

Algunos hombres apoyaban los labios en la frente de las mujeres. No se sentía una atmósfera de deseos, de fiebre; era un baile de gente apagada, de muñecos con ojos de aburrimiento o de cólera. A veces algún gracioso, como sintiendo la necesidad de demostrar que se estaba en un baile de Carnaval, se tiraba al suelo o gritaba desaforadamente; había un momento de confusión; pero se restablecía pronto el orden y se formaba de nuevo la corriente.

Manuel sentía ganas de hacer locuras; se levantó y se puso a bailar con la muchacha. Esta, incomodada porque no llevaba el compás, se sentó. Manuel quedó desconsolado e hizo lo mismo. Pasaban parejas por delante de ellos; las mujeres pintarrajeadas, con los ojos sombreados y la expresión encanallada en la boca roja por el carmín; los hombres con aspecto petulante y la mirada agresiva.

Estos rompían con cólera las serpentinas que echaban desde los palcos y que se les enredaban al pasar.

Un negro borracho, sentado cerca de Manuel, saludaba el paso de alguna mujer guapa, gritando con una voz aniñada:

—¡Olé ahí! ¡Vaya caló!

—Adiós, Manolo—oyó Manuel que le decían. Era Vidal, que bailaba con una máscara elegante, muy ceñido a ella.

—Vete a verme mañana—dijo Vidal.

—¿A dónde?

—A las siete de la noche en el café de Lisboa.

—Bueno.

Vidal se perdió con su pareja en el remolino de gente. Cesó la música de tocar en un intermedio.

—¿Vamos?—preguntó Manuel a la muchacha.

—Sí, vamos.

Manuel temblaba de emoción al pensar que llegaba el momento trágico. Tomaron las prendas en el guardarropa y salieron.

Seguía nevando; la luz de los globos eléctricos de la puerta del Frontón iluminaba la calle, cubierta de una capa blanca de nieve. Atravesaron Manuel y la muchacha la Puerta del Sol de prisa, subieron por la calle de Correos y en la de la Paz se detuvieron en un portal abierto, iluminado por la claridad, entre confidencial y misteriosa, que daba un farol grande con una luz muy triste.

Empujaron una puerta de cristales, y en la escalera obscura desaparecieron...

CAPÍTULO VI

La nieve.—Otras historias de don Alonso. Las Injurias.—El Asilo del Sur.

Al día siguiente pasó Manuel toda la mañana durmiendo a pierna suelta. Cuando se levantó eran más de las tres de la tarde.

Llamó en el cuarto de Jesús. Estaban la Fea en la máquina y la Salvadora sentada en una silla pequeña, descosiendo unas faldas; el chiquitín jugaba en el suelo.

—¿Y Jesús?—preguntó Manuel.

—¡Tú lo sabrás!—contestó la Salvadora con una voz colérica.

—Yo... me separé de él...; luego me encontré un amigo...—Manuel se esforzó en inventar una mentira—. Quizá esté en la imprenta—añadió.

—No, en la imprenta no está—replicó la Salvadora.

—Le buscaré.

Salió Manuel avergonzado del parador de Santa Casilda; se dirigió al centro y preguntó en la taberna de la calle de Tetuán por su amigo.

—Aquí estuvo—contestó el mozo—hasta que se cerró la taberna. Luego se fué, hecho un pepe, no sé a donde.

Manuel volvió al parador, se metió en la cama con intención de ir al día siguiente a la imprenta; pero también se levantó tarde. Sentía una inercia imposible de vencer.

En el corredor se encontró con la Salvadora.

—¿Hoy tampoco has ido a la imprenta?—le dijo.

—No.

—Bueno, pues no vuelvas más por aquí—añadió la muchacha, encolerizada—; no necesitamos golfería. Mientras estamos ahí nosotras trabajando, vosotros de juerga. Ya te digo, no vuelvas más por aquí, y si le ves a Jesús dile esto mismo de parte de su hermana y de la mía.

Manuel se encogió de hombros y salió de casa. Había nevado todo el día; en la Puerta del Sol, cuadrillas de barrenderos y mangueros quitaban la nieve; el agua negra corría por el arroyo.

Se asomó Manuel varias veces al café de Lisboa, por si veía a Vidal; pero no lo vió, y, después de comer en una taberna, se fué a pasear por las calles. Obscureció muy pronto. Madrid, cubierto de nieve, estaba deshabitado; la plaza de Oriente tenía un aspecto irreal, de algo como una decoración de teatro; los reyes de piedra mostraban hermosos mantos blancos; la estatua del centro de la plaza se destacaba gallardamente sobre el cielo gris. Desde el Viaducto veíanse extensiones blancas. Hacia Madrid, un amontonamiento de casas amarillentas, y de tejados negros, y de torres perfiladas en el cielo lactescente, enrojecido por una irradiación luminosa.

Manuel volvió a su casa, desalentado; se metió en la cama.

—Mañana voy a la imprenta—se dijo, pero tampoco fué; se despertó muy temprano con este propósito; se levantó, se acercó a la imprenta, y, al ir a entrar, se le ocurrió la idea de que el amo le armaría un escándalo, y no entró.—Si no es ahí, encontraré trabajo en otra parte—pensó, y volviendo por sus pasos se fué a la Puerta del Sol, después a la plaza de Oriente, y por la calle de Bailén y luego la de Ferraz salió al paseo de Rosales. Estaba desierto y silencioso.

Desde allá se veía todo el campo blanco por la nieve, las obscuras arboledas de la Casa de Campo y los cerros redondos erizados de pinos negros. El sol se presentaba pálido en el cielo plomizo. Al ras de la tierra, hacia el lado de Villaverde, resplandecía un trozo de cielo azul, limpio, entre brumas rosadas. Reinaba un profundo silencio; sólo el silbido estridente de las locomotoras y los martillazos en los talleres de la estación del Norte, turbaban aquella calma. Los pasos no resonaban en el suelo.

Las casas del paseo tenían adornos blancos de la nieve en los barandados y en las cornisas; los árboles parecían aplastados bajo aquella capa blanca.

Por la tarde volvió Manuel a acercarse a la imprenta, se asomó a ella y preguntó al maquinista por Jesús.

—Menuda bronca le ha echado el amo—le contestó.

—¿Le ha despedido?

—No que no. Anda, sube tú ahora.

Manuel, que iba a subir, se detuvo.

—¿Se fué ya Jesús?

—Sí. Estará en la taberna de la esquina.

Efectivamente, allí estaba. Sentado en una mesa bebía una copa de aguardiente. Cariacontecido y triste, se entregaba a sus pensamientos sombríos.

—¿Qué haces?—le preguntó Manuel.

—¡Ah! ¿Eres tú?

—Sí; ¿te ha despedido el Cojo?

—Sí.

—¿Estabas pensando en algo?

—¡Pse!... Cuando no se tiene nada que hacer. Anda, vamos a tomar unas copas.

—No, yo no.

—Tú harás lo que te se mande. No tengo más que cuarenta céntimos, que es como no tener nada. ¡Eh, tú, chico! Echa unas copas.

Bebieron y se fueron los dos hacia el parador de Santa Casilda. Seguía nevando; Jesús, con las mejillas rojas, tosía desesperadamente.

—Te advierto que la Salvadora, la chiquita, te va a armar una chillería de dos mil demonios.—dijo Manuel—¡Vaya un genio que tiene!

—¿Pues qué quieren, que estemos toda la vida ahorrando? Yo me alegro de que la chiquita esté en casa, porque así le defiende a la Fea, que es más infeliz... Y a ti, ¿cuánto te queda de la quincena?—preguntó el cajista a Manuel.

—¿A mí? Ni un botón.

Con esta respuesta, Jesús sintió tal enternecimiento, que agarrando del brazo a su amigo, le aseguró con calurosas frases que le estimaba y le quería como a un hermano.

—Y, ¡maldito sea el veneno!—concluyó diciendo—, si yo no soy capaz de hacer por ti cualquier cosa; porque eso que me has dicho que no tienes un botón, vale más para mí que lo del héroe de Cascorro.

Manuel, conmovido por estas palabras, aseguró con voz velada que, aunque era un golfo y no servía para nada, estaba dispuesto a todo.

Para celebrar aquellas manifestaciones tan afectuosas de amistad, entraron los dos en una taberna de la calle de Barrionuevo y bebieron otras copas de aguardiente.

Cuando llegaron al parador de Santa Casilda, iban completamente borrachos. La administradora de la casa les salió al encuentro, reclamándoles a ambos el alquiler de sus cuartos. Jesús la contestó, en broma, que no le daban dinero porque no tenían. Ella les dijo que pagaban o se marchaban a la calle, y el cajista le replicó que les echara si se atrevía.

La mujer, que era de armas tomar, empujándoles por la espalda, puso a los dos en la calle.

—Rediós ¡con el sexo débil!—murmuró Jesús—. A esto le llaman el sexo débil... y a uno le ponen en la puerta de la calle... y a tomar dos duros... ¿Eh, Manuel? El sexo débil... ¿qué te parece a ti esa manera de hablar figurada?... Más débiles somos nosotros... y abusan.

Echaron a andar; no sentía ninguno de los dos el frío.

De vez en cuando, Jesús se detenía perorando; algún hombre se reía al verles pasar o algún chiquillo, desde un portal, les llamaba y les tiraba una bola de nieve.

—¿De quién se reirán?—pensaba Manuel.

La ronda estaba silenciosa, blanca, con un reguero negro en medio, dejado por los carros. Los grandes copos llegaban entrecruzándose; danzaban con las ráfagas de viento como mariposas blancas; al volver la calma, caían lenta y blandamente en el aire gris, como el plumón suave desprendido del cuello de un cisne.

A lo lejos, entre la niebla, blanqueaba el paisaje de los alrededores, las lomas redondas de curva suave, las casas y los cementerios del campo de San Isidro. Todo se destacaba más negro: los tejados, las tapias, los árboles, los faroles cubiertos de espesas caperuzas de nieve.

Y en el ambiente blanquecino, el humo negro espirado por las chimeneas de las fábricas, se extendía por el aire como una amenaza.

—El sexo débil. ¿Eh, Manuel?—siguió Jesús con su idea fija—, y a uno le ponen en la puerta de la calle... Es como si dijeran la nieve débil... porque tú la pisas... ¿no es verdad?..., pero ella te enfría... ¿y quién es más débil, tú o la nieve?... Tú porque te enfrías. En este mundo no hace uno más que eso, constiparse... Todo está frío ¿sabes?... todo... Como la nieve... la ves blanca, ¿eh?, parece buena, cariñosa... el sexo débil... pues cógela y te hielas.

Gastaron los últimos céntimos en otra copa de aguardiente, y desde entonces perdieron ya la conciencia de sus actos.


A la mañana siguiente se despertaron ateridos de frío en un cobertizo del Mercado de Ganados que había cerca del paseo de los Pontones.

Jesús tosía de una manera horrible.

—Estáte tú aquí—le dijo Manuel—. Voy a ver si encuentro algo que comer.