Salió a la Ronda, ya no nevaba; algunos chiquillos se divertían tirándose bolas de nieve; subió por la calle del Aguila; la zapatería estaba cerrada. Entonces Manuel pensó en buscar a Jacob; se dirigió hacia el Viaducto, e iba distraído cuando sintió que le cogían de los hombros y le decían:
—Detén tu brazo, Abraham. ¿A dónde vas?
Era el Hombre Boa, el ilustre don Alonso.
Manuel le contó lo que les pasaba a su amigo y a él.
—No hay que apurarse; ya vendrá la buena—murmuró el Hombre Boa—. ¿Tú tienes algún sitio a dónde ir?
—Una tejavana.
—Bueno. Vamos allá; yo tengo una peseta. Con esto podemos comer los tres.
Entraron en una casa de comidas de la calle del Aguila, donde les dieron, por dos reales, un puchero de cocido; compraron pan y fueron los dos de prisa hacia el cobertizo. Comieron, dejaron algo para la noche, y después de comer, don Alonso arrancó unas maderas de una valla y logró hacer fuego dentro del cobertizo.
Por la tarde empezó a llover a torrentes; el Hombre Boa se creyó en el caso de amenizar la reunión, y comenzó a contar historias sobre historias, comenzando siempre con su eterno estribillo de «Una vez en América...»
—Una vez en América—(y esta historia es la menos insubstancial de las que contó)—íbamos navegando por el Mississipí en vapor. Os advierto que en estos vapores se puede jugar al billar; tan poco movimiento tienen. Pues bien, íbamos navegando y llegamos a un pueblo; se detiene el barco y vemos en el muelle de aquella aldea una barbaridad de gente; nos acercamos y vemos que todos eran indios, excepto unos cuantos carabineros y soldados yanquis.
Yo (esto añadió don Alonso con arrogancia), que era el director, dije a mis músicos: «Hay que tocar con brío», y en seguida, búm... búm... búm... tra... la... la... No os podéis figurar los gritos y chillidos y graznidos de aquella gente.
Cuando concluyeron de tocar los músicos se presentó delante de mí una india muy gorda, con la cabeza llena de plumas de gallo, que se puso a hacerme ceremoniosos saludos. Pregunté a uno de los yanquis:—¿Quién es esa señora?—Es la reina—me dijo—, y desea un poco más de música. Yo la saludé: ¡Muy señora mía! (haciendo elegantes y versallescas reverencias y echando un pie hacia atrás), y les dije a los de la banda: «Muchachos: un poquito más de música para S. M.» Volvieron a tocar, y la reina, muy agradecida, me saludó, poniéndose la mano en el corazón. Yo hice lo mismo: ¡Muy señora mía!
Armamos nuestro circo portátil en unas horas, y me retiré a pensar en el programa. Yo era el director.—Hay que hacer el «Indio a caballo»—me dije—; aunque es un número desacreditado en las ciudades, aquí no lo conocerán. Luego sacaré equiyeres, acróbatas, equilibristas, pantomimistas, y al último, los clauns, que darán el golpe. Al que iba a hacer el «Indio a caballo» le advertí:—Mira, tú ponte lo más parecido a ellos.—Descuide usted, señor director.—Muchachos: fué un éxito sensacional. Salió el «Indio». ¡Qué aplausos!
Don Alonso representó mímicamente el número; se agachaba, imitando los movimientos del que va a caballo; hundía la cabeza en el pecho, mirando con ojos desencajados a un punto, y hacía como si volteara el lazo por encima de su cabeza.
—El «Indio a caballo»—prosiguió don Alonso—se ganó los aplausos de los demás indios. Pa mí que ellos no sabían ni montar. Después hubo un número de acróbatas, luego otros varios, hasta que llegó la hora de los clauns. Ahora sí que va a haber jaleo—pensé yo—; y, efectivamente, no hicieron más que salir, cuando se armó un alboroto terrible. ¡Cómo se divierten!—pensaba yo—, cuando viene un mozo a decirme:—¡Señor director! ¡señor director!—¿Qué pasa?—El público entero se va.—¿Qué se va?—Nada, los indios se habían asustado al ver a los clauns, y creían que eran demonios que habían ido allí a aguarles la función. Entro en la pista, y sacó a los clauns a trompicones. Luego, para quitar a los indios la mala impresión, hice unos cuantos juegos de manos. Cuando empecé a echar cintas encendidas por la boca, ¡rediez, qué éxito! Todo el mundo se quedó asombrado; pero cuando les escamoteé unas sortijas y les saqué una pecera del bolsillo de la chaqueta con sus peces vivos, no he tenido nunca ovación mayor.
Calló don Alonso. Jesús y Manuel se preparaban a dormir, tirados en el suelo, acurrucados en un rincón. Comenzaba a llover a torrentes; el agua caía con estrépito sobre el techo de cinc del cobertizo; el viento silbaba y gemía a lo lejos.
Empezó a tronar, y no parecía sino que algún tren caía por un despeñadero de metal, por el ruido continuado y violento que hacían los truenos.
—¡Vaya una tempestad!—murmuró Jesús.
—¡Las tempestades de tierra!—replicó don Alonso—. ¡Valiente filfa! Las tempestades de tierra no valen nada. En el mar, en el mar hay que verlas, cuando el agua salta por encima de los puentes... Hasta en los lagos. En el lago Erie y en el Michigan he pasado yo tempestades tremendas, con olas como casas. Eso sí, se calma el viento y el agua queda al poco rato como el estanque del Retiro. Una vez allí en América...
Pero Manuel y Jesús, hartos de narraciones americanas, se hicieron los dormidos, y el antiguo Hombre Boa se calló desconsolado y pensó en aquellos dulces tiempos en que escamoteaba sortijas a los indios y les sacaba la pecera.
No pudieron dormir, tuvieron que levantarse varias veces y cambiar de sitio, porque entraba el agua por el tejado.
A la mañana siguiente, cuando salieron, ya no llovía; la nieve se había derretido por completo. La explanada del Mercado de Ganados hallábase convertida en un pantano; el suelo de la Ronda, en un barrizal; las casas y los árboles chorreaban agua; todo se veía negro, cenagoso, desierto; sólo algunos perros vagabundos, famélicos, llenos de barro, husmeaban en los montones de basura.
Manuel empeñó la capa, y por el consejo de Jesús, se abrigó el pecho con unos periódicos. Dieron diez reales en una casa de préstamos por la prenda y fueron los tres a comer a la Tienda-Asilo de la Montaña del Príncipe Pío.
Manuel y Jesús, acompañados de don Alonso, entraron en dos imprentas a preguntar si había trabajo, pero no lo había. Por la noche volvieron a la Tienda-Asilo a cenar. Propuso don Alonso ir a dormir al Depósito de mendigos. Salieron los tres; era al anochecer; había una fila de golfos andrajosos a la puerta del Depósito, esperando a que abrieran; Jesús y Manuel fueron partidarios de no entrar allá.
Recorrieron el bosquecillo próximo al cuartel de la Montaña; algunos soldados y algunas prostitutas charlaban y fumaban en corro; siguieron la calle de Ferraz, luego la de Bailén; cruzaron el Viaducto, y por la calle de Toledo bajaron al paseo de los Pontones.
El rincón donde habían pasado la noche anterior le ocupaba una banda de golfos.
Siguieron adelante, metiéndose en el barro; comenzaba a llover de nuevo. Propuso Manuel entrar en la taberna de la Blasa, y por la escalera del paseo Imperial bajaron a la hondonada de las Injurias. La taberna estaba cerrada. Entraron en una callejuela. Los pies se hundían en el barro y en los charcos. Vieron una casucha con la puerta abierta y entraron. El Hombre Boa encendió una cerilla. La casa tenía dos cuartos de un par de metros en cuadro. Las paredes de aquellos cuartuchos destilaban humedad y mugre; el suelo de tierra apisonada, estaba agujereado por las goteras y lleno de charcos. La cocina era un foco de infección: había en medio un montón de basura y de excrementos; en los rincones, cucarachas muertas y secas.
Por la mañana salieron de la casa. El día se presentaba húmedo y triste; a lo lejos, el campo envuelto en niebla. El barrio de las Injurias se despoblaba, iban saliendo sus habitantes hacia Madrid, a la busca, por las callejuelas llenas de cieno; subían unos al paseo Imperial, otros marchaban por el Arroyo de Embajadores.
Era gente astrosa: algunos, traperos; otros, mendigos; otros, muertos de hambre; casi todos de facha repulsiva. Peor aspecto que los hombres tenían aún las mujeres, sucias, desgreñadas, haraposas. Era una basura humana, envuelta en guiñapos, entumecida por el frío y la humedad, la que vomitaba aquel barrio infecto. Era la herpe, la lacra, el color amarillo de la terciana, el párpado retraído, todos los estigmas de la enfermedad y de la miseria.
—Si los ricos vieran esto, ¿eh?—dijo don Alonso.
—Bah, no harían nada—murmuró Jesús.
—¿Por qué?
—Porque no. Si le quita usted al rico la satisfacción de saber que mientras él duerme otro se hiela y que mientras él come otro se muere de hambre le quita usted la mitad de su dicha.
—¿Crees tú eso?—preguntó don Alonso mirando a Jesús con asombro.
—Sí. Además, ¿qué nos importa lo que piensen? Ellos no se ocupan de nosotros; ahora dormirán en sus camas limpias y mullidas tranquilamente, mientras nosotros...
Hizo un gesto de desagrado el Hombre Boa; le molestaba que se hablara mal de los ricos.
Salió el sol; un disco rojo sobre la tierra negra; luego, en las escombreras de la Fábrica del gas de encima de las Injurias comenzaron a llegar carros y a verter cascotes y escombros. En las casuchas de la hondonada, alguna que otra mujer se asomaba a la puerta con la colilla del cigarro en la boca.
Una noche, el sereno de las Injurias sorprendió a los tres hombres en la casa desalquilada y los echó de allí.
Los días siguientes, Manuel y Jesús—el titiritero había desaparecido—se decidieron a ir al Asilo de las Delicias a pasar la noche. Ninguno de los dos se preocupaba en buscar trabajo. Llevaban ya cerca de un mes vagabundeando, y un día en un cuartel, al siguiente en un convento o en un Asilo, iban viviendo.
La primera vez que Jesús y Manuel durmieron en el Asilo de las Delicias fué un día de Marzo.
Cuando llegaron al Asilo no se hallaba abierto aún. Aguardaron paseando por el antiguo camino de Yeseros. Se internaron por los campos próximos, en los que se veían casuchas miserables, a cuyas puertas jugaban al chito y al tejo algunos hombres y pululaban chiquillos andrajosos.
Eran aquellos andurriales sitios tristes, yermos, desolados; lugares de ruina, como si en ellos se hubiese levantado una ciudad a la cual un cataclismo aniquilara. Por todas partes se veían escombros y cascotes, hondonadas llenas de escorias; aquí y allí alguna chimenea de ladrillo rota, algún horno de cal derruído. Sólo a largo trecho se destacaba una huerta con su noria; a lo lejos, en las colinas que cerraban el horizonte, se levantaban barriadas confusas y casas esparcidas. Era un paraje intranquilizador; por detrás de las lomas salían vagos de mal aspecto en grupos de tres y cuatro.
Por allá cerca pasaba el Arroyo Abroñigal, en el fondo de un barranco, y Manuel y Jesús lo siguieron hasta un puente de ladrillo llamado de los Tres Ojos.
Volvieron al anochecer. El Asilo estaba ya abierto. Se encontraba a la derecha, camino de Yeseros arriba, próximo a unos cuantos cementerios abandonados. El tejado puntiagudo, las galerías y escalinatas de madera, le daban aspecto de chalet suizo. En el balcón, en un letrero sujeto al barandado, se leía: «Asilo Municipal del Sur». Un farol de cristal rojo lanzaba luz sangrienta en medio de los campos desiertos.
Manuel y Jesús bajaron varios escalones; en una taquilla, un empleado que escribía en un cuaderno les pidió su nombre, lo dieron, y entraron en el Asilo. La parte destinada a los hombres tenía dos salas iluminadas con mecheros de gas, separadas por un tabique, las dos con pilares de madera y ventanucas altas y pequeñas. Jesús y Manuel cruzaron la primera sala y entraron en la segunda, en donde a lo largo, sobre unas tarimas, había algunos hombres. Se tendieron también ellos y charlaron un rato...
Iban entrando mendigos, apoderándose de las tarimas, colocadas en medio y junto a las columnas. Dejaban, los que entraban, en el suelo sus abrigos, capas llenas de remiendos, elásticas sucias, montones de guiñapos, y al mismo tiempo latas llenas de colillas, pucheros y cestas.
Los parroquianos pasaban casi todos a la segunda sala.
—Aquí no corre tanto el aire—dijo un viejo mendigo que se preparaba a tenderse cerca de Manuel.
Unos cuantos golfos de quince a veinte años hicieron irrupción en la sala, se apoderaron de un rincón y se pusieron a jugar al cané.
—¡Qué tunantes sois!—les gritó el viejo mendigo vecino de Manuel—. Hasta aquí tenéis que venir a jugar, ¡leñe!
—¡Ay, con lo que sale ahora el arrugado!—replicó uno de los golfos.
—Cállese usted, ¡calandria! Si se parece usted a don Nicanor tocando el tambor—dijo otro.
—¡Granujas! ¡Golfos!—murmuró el viejo con ira.
Manuel se volvió a contemplar al iracundo viejo. Era bajito, con barba escasa y gris; tenía los ojos como dos cicatrices y unas antiparras negras que le pasaban por en medio de la frente. Vestía un gabán remendado y mugriento, en la cabeza una boina y encima de ésta un sombrero duro de ala grasienta. Al llegar, se desembarazó de un morral de tela y lo dejó en el suelo.
—Es que estos granujas nos desacreditan—explicó el viejo—; el año pasado robaron el teléfono del Asilo y un pedazo de plomo de una cañería.
Manuel paseó la vista por la sala. Cerca de él un viejo alto, de barba blanca, con cara de apóstol, embebido en sus pensamientos, apoyaba la espalda en uno de los pilares; llevaba una blusa, una bufanda y una gorrilla. En el rincón ocupado por los golfos descarados y fanfarrones, se destacaba la silueta de un hombre vestido de negro, tipo de cesante. En sus rodillas apoyaba la cabeza un niño dormido, de cinco a seis años.
Todos los demás eran de facha brutal; mendigos con aspecto de bandoleros; cojos y tullidos que andaban por la calle mostrando sus deformidades; obreros sin trabajo, acostumbrados a la holganza, y entre éstos algún tipo de hombre caído, con la barba larga y las guedejas grasientas, al cual le quedaba en su aspecto y en su traje, con cuello, corbata y puños, aunque muy sucios, algo de distinción; un pálido reflejo del esplendor de la vida pasada.
La atmósfera se caldeó pronto en la sala, y el aire, impregnado de olor de tabaco y de miseria, se hizo nauseabundo.
Manuel, se tendió en su tarima y escuchó la conversación que entablaron Jesús y el mendigo viejo de las antiparras. Era éste un pordiosero impenitente, conocedor de todos los medios de explotar la caridad oficial.
A pesar de que andaba siempre rodando de un lado a otro, no se había alejado nunca más de cinco o seis leguas de Madrid.
—Antes se estaba bien en este Asilo—explicaba el viejo a Jesús—; había una estufa; las tarimas tenían su manta, y por la mañana a todo el mundo se le daba una sopa.
—Sí, una sopa de agua—replicó otro mendigo joven, melenudo, flaco y tostado por el sol.
—Bueno, pero calentaba las tripas.
El hombre decente, disgustado, sin duda, de encontrarse entre la golfería, tomó al chico entre sus brazos y se acercó al lugar ocupado por Jesús y Manuel y terció en la conversación contando sus cuitas. Dentro de lo triste, era cómica su historia.
Venía de una capital de provincia, dejando un destinillo, creyendo en las palabras del diputado del distrito, que le prometió un empleo en un ministerio. Se pasó dos meses detrás del diputado y se encontró al cabo de ellos en la miseria y en el desamparo más grandes. Mientras tanto, escribía a su mujer dándole esperanzas.
El día anterior le habían despachado de la casa de huéspedes, y después de correr medio Madrid y no encontrando medio de ganar una peseta, fué al Gobierno civil y pidió a un guardia que les llevara a su hijo y a él a un Asilo.—No llevo al Asilo sino a los que piden limosna—le dijo el guardia.—Yo voy a pedir limosna—le contestó él con humildad—, puede usted llevarme.—No, pida usted limosna y entonces le cogeré.
Al hombre se le resistía pedir; pasaba un señor, se acercaba con su hijo, se llevaba la mano al sombrero, pero la petición no salía de su boca. Entonces el guardia le había aconsejado que fuera al Asilo de las Delicias.
—Pues si le llegan a coger no adelanta usted nada—dijo el de los anteojos—; le hubieran llevado al Cerro del Pimiento y allá se hubiese usted pasado el día sin probar la gracia de Dios.
—Y luego, ¿qué hubieran hecho conmigo?—preguntó la persona decente.
—Echarlo fuera de Madrid.
—Pero, ¿no hay sitios por ahí para pasar la noche?—dijo Jesús.
—La mar—contestó el viejo—, por todas partes. Ahora, que en el invierno se tiene frío.
—Yo he vivido—añadió el mendigo joven—más de medio año en Vaciamadrid, un pueblo que está casi deshabitado; un compañero mío y yo encontramos una casa cerrada y nos instalamos en ella. Vivimos unas semanas al pelo. Por las noches íbamos a la estación de Arganda; con una barrena hacíamos un agujero en un barril de vino, llenábamos la bota y después tapábamos el agujero con pez.
—¿Y por qué se fueron ustedes de allí?—preguntó Manuel.
—La Guardia civil nos sitió y tuvimos que escaparnos por las ventanas. Maldito si yo no estaba cansado ya de aquel rincón. A mí me gusta andar por esos caminos, una vez aquí, otra vez allá. Se encuentra uno con gente que sabe, y se va uno ilustrando...
—¿Y usted ha andado mucho por ahí?
—Toda mi vida. Yo no puedo gastar más que un par de alpargatas en un pueblo. Me entra una desazón cuando estoy en el mismo sitio, que tengo que echar a andar. ¡Ah! ¡El campo! No hay como eso. Se come donde se puede; el invierno es malo, ¡pero el verano! Se hace uno una cama de tomillo debajo de un árbol y se duerme uno allá tan ricamente, mejor que el rey. Luego, como las golondrinas, se va uno donde hace calor.
El viejo de las antiparras, desdeñando lo que decía el vagabundo joven, indicó a Jesús los rincones que había en las afueras.
—A donde suelo ir yo cuando hace buen tiempo, es a un camposanto que hay cerca del tercer Depósito. Allá hay unas casas donde iremos esta primavera.
Manuel oyó confusamente el final de la conversación y se quedó dormido. A media noche se despertó al oir unas voces. En el rincón de la golfería dos muchachos rodaban por el suelo y luchaban a brazo partido.
—Te daré dinero—murmuraba uno entre dientes.
—Suelta, que me ahogas.
El mendigo viejo, que se había despertado, se levantó furioso, levantó el garrote y dió un golpe en la espalda a uno de ellos. El caído se irguió bramando de coraje.
—Ven ahora, ¡cochino! Hijo de la grandísima perra—gritó.
Se abalanzaron el uno sobre el otro, se golpearon y cayeron los dos de bruces.
—Estos granujas nos están desacreditando—exclamó el viejo.
Un guardia restableció el orden y expulsó a los alborotadores. Volvió a tranquilizarse el cotarro y no se oyeron más que ronquidos sordos y sibilantes...
Por la mañana, aun antes de amanecer, cuando se abrieron las puertas del Asilo, salieron todos los que habían pasado allí la noche y se desparramaron al momento por aquellos andurriales.
Manuel y Jesús siguieron la calle de Méndez Alvaro. En los andenes de la estación del Mediodía brillaban los focos eléctricos como globos de luz en el aire negro de la noche.
De las chimeneas del taller de la estación salían columnas apretadas de humo blanco; las pupilas rojas y verdes de los faros de señales lanzaban un guiño confidencial desde sus altos soportes; las calderas en tensión de las locomotoras, bramaban con espantosos alaridos.
Temblaban las luces mortecinas de los distanciados faroles de ambos lados de la carretera. Se entreveían en el campo, en el aire turbio y amarillento como un cristal esmerilado, sobre la tierra sin color, casucas bajas, estacadas negras, altos palos torcidos de telégrafo, lejanos y obscuros terraplenes por donde corría la línea del tren. Algunas tabernuchas, iluminadas por un quinqué de luz lánguida, estaban abiertas... Luego ya, a la claridad opaca del amanecer, fué apareciendo a la derecha el ancho tejado plomizo de la estación del Mediodía, húmedo de rocío; enfrente la mole del Hospital general, de un color ictérico; a la izquierda el campo yermo, las eras inciertas, pardas, que se alargaban hasta fundirse con las colinas onduladas del horizonte bajo el cielo húmedo y gris, en la enorme desolación de los alrededores madrileños...
CAPÍTULO VII
La Casa Negra.—Incendio.—Fuga.
Cerca de la estación se alargaba una fila de coches; los cocheros habían hecho una hoguera. Se calentaron un momento Jesús y Manuel.
—Tenemos que ir a ese pueblo—murmuró Jesús.
—¿A cuál?
—A ese que está deshabitado, según ha dicho ese hombre. A Vaciamadrid.
—Bueno.
Llegaba un tren en aquella hora, y Manuel y Jesús se colocaron a la puerta de la estación, a la salida de los viajeros, con la idea de ganarse unos cuartos llevando alguna maleta.
Manuel tuvo la suerte de tomar un bulto de un señor y llevárselo a un coche. El señor le dió unas perras.
Manuel y Jesús subieron al Prado. Iban por delante del Museo, cuando vieron un simón y detrás del coche, corriendo a todo correr, a don Alonso, con un traje haraposo lleno de agujeros.
—¡Eh!, ¡eh!—le gritó Manuel.
Don Alonso miró hacia atrás, se detuvo y se acercó a Jesús y Manuel.
—¿Adónde iba usted?—le preguntaron.
—Detrás de ese coche para subirle el baúl a casa a ese caballero; pero estoy cansado, ya no tengo piernas.
—¿Y qué hace usted?—le preguntó Manuel.
—¡Pse!... Morirme de hambre.
—¿No viene la buena?
—¿Qué ha de venir? Napoleón se hizo la pascua en Uaterlú, ¿verdad?, pues mi vida es un Uaterlú continuo.
—¿A qué se dedica usted ahora?
—He estado vendiendo libros verdes. Aquí debo tener uno—añadió mostrando a Manuel una cartilla, cuyo título era: Las picardías de las mujeres la primera noche de novios.
—¿Es bueno esto?—preguntó Manuel.
—Así, así. Te advierto que hay que leer un renglón sí y el otro no. ¡Yo, dedicado a estas cosas! ¡Yo, que he sido director de un circo en Niu Yoc!
—Ya vendrá la buena.
—Hace unas noches salí tambaleándome, muerto de necesidad, y me fuí a una Casa de Socorro, porque ya no podía más.—¿Que tiene usted?—me preguntó uno.—Hambre.—Eso no es enfermedad—me dijo. Entonces me eché a pedir limosna, y ahora voy al anochecer al barrio de Salamanca, y allá, a las señoras que van solas las digo que se me ha muerto un hijo, que necesito un par de reales para comprar velas. Ellas se horrorizan y me suelen dar algo. He encontrado también un rincón donde dormir. Está por allá, hacia el río.
Comieron los tres el rancho sobrante en el cuartel de María Cristina, y por la tarde el Hombre Boa fué a su centro de operaciones del barrio de Salamanca.
—Peseta y media he sacado hoy—les dijo a Manuel y a Jesús—. Vamos a cenar.
Cenaron en el parador de Barcelona, de la calle del Caballero de Gracia, y después el resto lo emplearon en aguardiente.
Luego fueron al rincón encontrado por don Alonso, una casa en ruinas, próxima al puente de Toledo. La llamaban la Casa Negra; no quedaba de ella más que las cuatro paredes, cortadas a la altura del primer piso.
Ocupaba el centro de una huerta; tenía un cañizo sobre el cual sobresalían unas cuantas vigas negruzcas, derechas, como las chimeneas de un pontón.
Entraron los tres en la casucha. Cruzaron el patio, saltando por encima de escombros, tejas, maderas podridas y montones de cascote. Recorrieron un pasillo. Don Alonso encendió un fósforo, que mantuvo en el hueco de la mano. Vivían allí clandestinamente unas familias de gitanos y unos cuantos mendigos. Algunos habían hecho sus camas con paja y trapos; otros dormían apoyándose sobre cuerdas de esparto; sujetas a las paredes.
Don Alonso tenía su rincón y llevó allí a Manuel y a Jesús.
El suelo era húmedo, de tierra; quedaban algunos tabiques de la casa en pie; los agujeros del techo estaban obturados con haces de caña, cogidos en el río, y pedazos de estera.
—¡Qué moler!—dijo don Alonso al tenderse—; siempre hay que andar buscando rincones. ¡Quién pudiera ser caracol!
—¿Para qué?—le preguntó Jesús.
—Aunque no fuera más que para no pagar la casa de huéspedes.
—¡Ya vendrá la buena!—dijo irónicamente Manuel.
—Esa es la esperanza—replicó el Hombre Boa—. Mañana quizá ha cambiado nuestra suerte. Tú no sabes lo que es la vida. El destino para el hombre es como el viento para la veleta.
—Lo malo es—murmuró Jesús—que la veleta nuestra, cuando no señala hambre, señala frío, y siempre miseria.
—Mañana puede variar.
Con estas halagüeñas ilusiones se durmieron los tres. Despertó Manuel al amanecer; la luz del alba entraba por los agujeros del cañizo que hacía de techo, y con aquella luz pálida el interior de la Casa Negra ofrecía un aspecto siniestro.
Dormían todos mezclados, arremolinados en un amontonamiento de harapos y de papeles de periódicos. Algunos hombres buscaban las mujeres en la semiobscuridad, y se oían sus gruñidos de placer.
Cerca de Manuel una mujer con aspecto de idiotismo y de miseria orgánica, sucia y llena de harapos, mecía un niño en los brazos. Era una mendiga aun joven, una pobre criatura vagabunda de esas que recorren los caminos sin rumbo ni dirección, a la gracia de Dios.
Por entre el astroso corpiño mostraba el pecho lacio y negruzco. Uno de los gitanillos se deslizó junto a ella y le agarró el pecho con la mano. Ella dejó el niño a un lado y se tendió en el suelo...
Un día de Abril, por la madrugada, el frío era tan espantoso dentro de la Casa Negra, que hicieron en medio una hoguera; crecieron las llamas, y cuando menos se esperaba prendió el cañizo. Inmediatamente se generalizó el fuego. Estallaban las cañas al arder; pronto una inmensa llamarada se levantó en el aire.
Escaparon todos despavoridos; Manuel, Jesús y don Alonso salieron de prisa por el paseo de los Pontones hacia la Ronda.
En la noche obscura brillaba el techo incendiado como una gran antorcha; pronto se apagó y quedaron sólo chispas, que saltaban y volaban en el aire.
Los tres marcharon por la Ronda; allá lejos se veían líneas alargadas de faroles de gas, y a trechos núcleos de luces como islas brillantes en medio de la obscuridad. En la Ronda solitaria se oía muy de tarde en tarde el paso precipitado de algún transeúnte y los ladridos lejanos de los perros.
Se le ocurrió a Manuel ir a la taberna de la Blasa. En vez de tomar por el paseo Imperial, entraron en las Injurias por una callejuela iluminada con faroles de petróleo, que pasaba al lado de la Fábrica del Gas.
Humos negros y rojos salían de las altas chimeneas; las panzas redondas de los gasómetros se acercaban al suelo, y alrededor de ellas se levantaban los soportes, que en la obscuridad producían un efecto extraño.
No estaba abierta la taberna de la Blasa. Tiritando de frío siguieron andando los tres por la Ronda de Toledo; pasaron frente a una fábrica, cuyas ventanas vertían una luz violenta de arco voltaico en la negrura de la noche.
En medio de aquel silencio, la fábrica parecía rugir y echaba borbotones de humo por la chimenea.
—No debía haber fábricas—dijo Jesús con una indignación súbita.
—¿Y por qué?—preguntó don Alonso.
—Porque no.
—¿Y de qué va a vivir la gente? ¿Qué se va a hacer la industria si no hay fábricas?
—Que se haga la pascua como nosotros. La tierra debe dar para que vivamos todos—añadió Jesús.
—¿Y la civilización?—preguntó don Alonso.
—¡La civilización! Bastante nos sirve a nosotros la civilización. La civilización es muy buena para el rico; ¡lo que es para el pobre!...
—¿Y la luz eléctrica?, ¿y los vapores?, ¿y el telégrafo?
—Pero, ¿usted los utiliza?
—No; pero los he utilizado.
—Cuando tenía usted dinero. La civilización está hecha para el que tiene dinero, y el que no lo tiene que se muera. Antes el rico y el pobre se alumbraban con un candil parecido; hoy el pobre sigue con el candil y el rico alumbra su casa con luz eléctrica; antes, si el pobre iba a pie, el rico iba a caballo; hoy el pobre sigue andando a pie y el rico va en automóvil; antes el rico tenía que vivir entre los pobres; hoy vive aparte, se ha hecho una muralla de algodón y no oye nada. Que los pobres chillan, él no oye; que se mueren de hambre, él no se entera...
—No tiene razón—dijo don Alonso.
—Casi nada...
Siguieron oyéndose los ladridos lejanos de los perros. Hacía cada vez más frío. Pasaron por la Ronda de Valencia y por la de Atocha.
Se destacó el Hospital general, con su sombría mole y sus ventanas iluminadas por luces mortecinas.
—Ahí siquiera no se debe tener frío—murmuró el Hombre Boa con tono jovial, que sonaba a dolorida queja.
Comenzaba a clarear; iba disipándose el vaho gris de la mañana; por el camino pasaban carros de bueyes; las gallinas cacareaban a lo lejos...
CAPÍTULO VIII
Las cuevas Del Gobierno civil.—El repatriado. La sopa del convento.
Algunas veces, Manuel, Jesús y don Alonso iban a dormir a las iglesias. Una noche que se habían tendido los tres en una capilla de San Sebastián, llena de bancos, el sacristán les hizo salir y les entregó a una pareja de Orden público. Don Alonso trató de demostrar a los guardias que era una persona, no sólo decente, sino importante; mientras él peroraba, Jesús se escabulló por la plaza de Santa Ana.
—En la Delegación contará todo eso—contestó el guardia a las explicaciones del Hombre Boa.
Bajaron por una calle próxima, y en un portal en donde brillaba un farol rojo, entraron y subieron por una escalera estrecha a un cuarto donde garrapateaban dos escribientes. Mandaron éstos a don Alonso y a Manuel sentarse en unos bancos, y ambos lo hicieron lo más humildemente posible.
—Usted, el viejo, ¿cómo se llama?—dijo uno de los escribientes.
—¿Yo?—preguntó el Hombre Boa.
—Sí, usted. ¿Es usted sordo o idiota?
—No; no señor.
—Pues lo parece. ¿Cuál es su nombre?
—Alonso de Guzmán Calderón y Téllez.
—¿Edad?
—Cincuenta y seis años.
—¿Estado?
—Soltero.
—¿Profesión?
—Artista de circo.
—¿En dónde vive usted?
—Hasta hace unos días...
—¿Dónde vive usted ahora?, le pregunto, imbécil.
—Ahora, pues...
—Pon sin domicilio—dijo uno de los escribientes al otro.
Después tomaron la filiación a Manuel, y éste y el viejo volvieron a sentarse sin hablar, muy intrigados con la suerte que les esperaba.
Los del orden paseaban por el cuarto, charlando; a veces se oía sonar el repiqueteo de un timbre.
De pronto se abrió la puerta y entró una mujer joven, de mantilla, con una gran inquietud en los ojos.
Se acercó a los dos escribientes.
—¿Podría ir alguno... a mi casa..., un médico...? Mi madre se ha caído y se ha abierto la cabeza.
El escribiente echó una bocanada de humo de tabaco y no contestó; después, volviéndose y mirando a la mujer de arriba abajo, dijo con una grosería y una bestialidad épicas:
—Eso a la Casa de Socorro. Nosotros nada tenemos que ver con eso—; y volvió la cabeza y siguió fumando. La mujer paseó sus ojos asustados por la Delegación; se decidió a salir, dió buenas noches, que nadie contestó, con voz desfallecida, y se fué.
—¡Cagatintas! ¡Canallas!—murmuró don Alonso en voz baja—. ¡Qué les costaba haber enviado algún guardia para que acompañara a esa pobre mujer a la Casa de Socorro!
Pasaron allí Manuel y el Hombre Boa más de dos horas, y al cabo de éstas los guardias les hicieron entrar en un cuarto, en donde se paseaba un hombre alto, de barba negra, peinado a lo chulo, con aspecto de jugador o de croupier.
—¿Qué son éstos?—preguntó el hombre con acento andaluz, haciendo brillar, al retorcerse el bigote, un brillante que llevaba en el dedo.
—Son dos que iban a dormir a la iglesia de San Sebastián—dijo el guardia—; no tienen domicilio.
—Perdone usted—dijo don Alfonso—; accidentalmente...
—Llevarlos a que pasen la quincena—dijo el hombre alto.
No dieron tiempo a don Alonso de decir nada, porque uno de los guardias le empujó brutalmente fuera del cuarto. Manuel le siguió.
Los dos guardias les obligaron a bajar las escaleras y les metieron en un cuarto obscuro, en donde, después de tantear, encontraron un banco.
—En fin, ya vendrá la buena—dijo don Alonso, sentándose y lanzando un profundo suspiro.
Manuel, a pesar de que la situación no era del todo cómica, sintió unas ganas de reir tan grandes, que no las pudo contener.
—¿Por qué te ríes, hijo mío?—preguntó don Alonso.
Manuel no supo explicar por qué se reía; pero después de reir, y de reir mucho; se quedó con un humor fúnebre.
—¡Qué diría Jesús si estuviera aquí!—murmuró Manuel—. En la casa de Dios, en donde todos son iguales, es un crimen entrar a descansar; el sacristán le entrega a uno a los guardias, los guardias le meten a uno en un cuarto obscuro. ¡Y vaya usted a saber lo que nos harán después! Yo tengo miedo de que nos lleven a la cárcel, si es que no nos ahorcan.
—No digas tonterías. Siquiera, ¡si nos dieran de comer!—murmuró don Alonso.
—En eso estarán pensando.
Serían la una o las dos de la mañana cuando abrieron la puerta del chiquero, y conducidos por dos guardias, el Hombre Boa y Manuel salieron a la calle.
—Pero, ¿adónde nos llevan?—preguntó don Alonso un poco asustado.
—Usted siga para adelante—le contestó el guardia.
—Esto es una arbitrariedad—murmuró don Alonso.
—Usted siga para adelante, si no quiere ir atado codo con codo—replicó el guardia.
Pasaron la Puerta del Sol, siguieron por la calle Mayor y se detuvieron en el Gobierno civil. A la izquierda del zaguán, por una estrecha escalera, tuvieron que bajar a una sala de techo bajo, iluminada por un quinqué, con unas tarimas altas, en donde dormían en fila diez o doce guardias de Orden público, vestidos y calzados.
De esta sala bajaron por una escalerilla a un corredor estrecho, a uno de cuyos lados había dos jaulas con grandes rejas. En una de estas hicieron entrar a don Alonso y a Manuel, y cerraron tras ellos.
Un hombre y unos cuantos chicos sé les acercaron a mirarles.
—Esto es una arbitrariedad—gritó don Alonso—. Nosotros nada hemos hecho para que se nos encarcele.
—Ni yo tampoco—murmuró un mendigo joven, a quien, según dijo, habían cogido pidiendo limosna—; luego, aquí no se puede estar.
—¿Qué pasa?—preguntó Manuel.
—Que uno de esos se ha ensuciado ahí. Está enfermo y desnudo. Debían llevarlo al Hospital. El dice que le han robado la ropa; estos chicos aseguran que se la ha jugado en la cárcel.
—Y es verdad—replicó uno de los golfos—. Hemos estado pasando la quincena allá arriba. Cuando salimos de la cárcel, al llegar a la puerta, nos volvieron a coger a todos y nos trajeron aquí.
A la luz del corredor, en el fondo de aquella jaula, se veían unos cuantos hombres en el suelo.
Echado en un banco próximo a la pared, desnudo, con las piernas encogidas, se abrigaba con una capa raída el enfermo, y al moverse dejaba al descubierto alguna parte de su persona.
—¡Agua!—murmuró con voz débil.
—Ya se la hemos pedido al sargento—dijo el mendigo—; pero no la trae.
—Esto es una salvajada—gritó el Hombre Boa—, esto es una barbaridad.
Como nadie hizo caso de don Alonso, tuvo a bien callarse.
—Ese otro—agregó el golfo riéndose y señalando a uno escondido en un rincón—tiene sífilis y sarna.
Don Alonso se abismó en su melancolía y se calló.
—¿Y qué van a hacer de nosotros?—preguntó Manuel.
—Nos llevarán a la cárcel a pasar quince días—contestó el mendigo.
—¿Y allí se come?—preguntó el Hombre Boa saliendo del fondo de su ensimismamiento.
—No siempre.
Quedaron todos silenciosos, cuando se oyó en el pasillo un murmullo de voces, que pronto se convirtió en una algarabía de gritos de mujer, de imprecaciones y de lloros.
—¡Leñe, no empuje usted!
—¡Moler con el hombre!
—Anda, anda para adentro—decía una voz de hombre.
Eran unas treinta mujeres cogidas en la calle, que encerraban en la jaula inmediata. Unas gritaban, otras gemían, algunas se dedicaban a insultar, con el repertorio de palabras más selecto, al delegado y al jefe de la Higiene.
—No queda una madre sana—hizo observar don Alonso.
Manuel creyó reconocer la voz de la Chata y de la Rabanitos. Después de encerrar a las mujeres, un sargento de Orden público se acercó a la jaula de los hombres.
—Señor sargento—dijo don Alonso—, que aquí hay un hombre que está malo.
—¿Y qué quiere usted que yo le haga?
—Señor sargento, si me hiciera usted un favor...—añadió Manuel.
—¿Qué?
—Que si hay algún periodista de esos que vienen a recoger noticias aquí, le diga usted que yo soy cajista en el periódico El Mundo y que me han metido preso.
—Bueno, se dirá.
No había pasado media hora, cuando volvió a presentarse el sargento; abrió la reja y se dirigió a Manuel.
—Eh, tú, el cajista. Afuera.
Salió Manuel, pasó por delante de la jaula en donde estaban encerradas las mujeres, vió a la Chata y a la Rabanitos en un grupo de viejas prostitutas, entre las que había una negra, todas horribles, y subió de prisa la escalerilla hasta la sala en donde dormía el retén de guardias. El sargento abrió el postigo, cogió a Manuel de un brazo, le arreó un puntapié con toda su fuerza y lo puso en la calle.
El reloj del Ayuntamiento marcaba las tres; lloviznaba; Manuel se metió por la calle de Ciudad Rodrigo a guarecerse en los arcos de la plaza Mayor, y como estaba cansado, se sentó en el escalón de un portal. Iba a dormirse, cuando un hombre con trazas de mendigo se sentó también allí y hablaron; el hombre dijo ser repatriado de Cuba; que no encontraba empleo ni servía tampoco para trabajar, pues se había acostumbrado a vivir a salto de mata.
—Después de todo, voy teniendo suerte—añadió el repatriado—. Cuando no me he muerto este invierno es que ya no me muero nunca.
Pasaron los dos la noche acurrucados uno junto a otro, y por la mañana fueron a la plaza de la Cebada y anduvieron merodeando por allí. El repatriado cogió unas cuantas nueces de un montón, y esto constituyó el desayuno de los dos compañeros.
Más tarde bajaron por el puente de Toledo.
—¿Adónde vamos?—preguntó Manuel.
—Aquí, a un convento de trapenses que hay cerca de Getafe, en donde nos darán de comer—dijo el repatriado.
Manuel aceleró el paso.
—Vamos de prisa.
—No sirve. Sacan la comida después de que ellos comen. De manera que, aunque corras, no adelantas nada; hay que esperar.
Entonces Manuel moderó su marcha. El repatriado era un tipo vulgar; tenía la nariz gruesa, la cara ancha y el bigote rubio. Llevaba un sombrero puntiagudo, la ropa llena de remiendos, una bufanda vieja arrollada al cuello, y en la mano un garrote.
Llegaron al convento, pasaron a la portería y se sentaron en una mesa, en donde seis o siete hombres esperaban.
—¿Tú sabes hacer versos?—preguntó el repatriado a Manuel.
—Yo, no. ¿Por qué?
—Porque hace unos días vine yo aquí con un señor que, eso sí, estaba tan muerto de hambre como nosotros, y mientras esperábamos la comida, él preguntó el nombre del rector y le hizo unos versos la mar de bonitos. Y entonces el rector le mandó entrar y le dió de comer y de beber.
—Pues es una lástima que no sepamos hacer nosotros una copla. ¿Cómo se llama el rector?
—Domingo.
—Pensó Manuel una palabra que terminara en ingo y no la encontró, y olvidó su faena cuando vino el lego con un gran caldero y lo dejó encima de la mesa.
Luego trajo cucharas de palo y las repartió entre los mendigos. De éstos, todos menos uno sacaron escudillas; el que no la tenía era un tipo repulsivo, con el labio inferior hinchado, ulceroso y saliente.
—Espere usted, compadre—dijo el repatriado antes de que metiera el otro la cuchara—. Nosotros vamos a echar el rancho en la tapa del caldero, y de allí comeremos.
—¡No sé qué tengo yo!—murmuró el mendigo.
—¿Usted? Que tiene un labio que parece un bisteck.
Comieron Manuel y el repatriado, y después de dar las gracias al lego, salieron del convento y se tendieron al sol en el campo.
Hacía una tarde de Mayo, espléndida; el sol calentaba de firme; el repatriado contó algunos episodios de la campaña de Cuba. Hablaba de una manera violenta, y cuando la cólera o la indignación le dominaban, se ponía densamente pálido.
Habló de la vida en la isla, una vida horrible; siempre marchando y marchando, descalzos, con las piernas hundidas en las tierras pantanosas y el aire lleno de mosquitos que levantaban ronchas. Recordaba el teatrucho de un pueblo convertido en hospital, con el escenario lleno de heridos y de enfermos. No se podía descansar del todo nunca. Los oficiales del ejército antes de fantásticas batallas, porque los cubanos corrían siempre como liebres, disputándose las propuestas para las cruces, y los soldados burlándose de las batallas y de las cruces y del valor de sus jefes. Luego la guerra de exterminio decretada por Weyler, los ingenios ardiendo, las lomas verdes que quedaban sin una mata en un momento, la caña que estallaba, y en los poblados la gente famélica, las mujeres y los chicos que gritaban: «¡Don Teniente, don Sargento, que tenemos hambre!» Además de esto, los fusilamientos, el machetearse unos a otros con una crueldad fría. Entre generales y oficiales, odios y rivalidades; y mientras tanto los soldados, indiferentes, sin contestar apenas al tiroteo de los enemigos, con el mismo cariño por la vida que se puede tener por una alpargata vieja. Algunos que decían: «Mi capitán, yo me quedo aquí»; y se le quitaba el fusil y se seguía adelante. Y después de todo esto, la vuelta a España, casi más triste aún; todo el barco lleno de hombres vestidos de rayadillo; un barco cargado de esqueletos, y todos los días cinco, seis, siete que expiraban y se les tiraba al agua.
—Y al llegar a Barcelona, ¡moler!, ¡qué desencanto!—terminó diciendo—. Uno que esperaba algún recibimiento por haber servido a la patria y encontrar cariño. ¿Eh? Pues nada. ¡Dios!, todo el mundo le veía a uno pasar sin hacerle caso. Desembarcamos en el puerto como si fuéramos fardos de algodón; uno se decía en el barco: «Me van a marear a preguntas cuando llegue a España.» Nada. Ya no le interesaba a nadie lo que había pasado en la manigua... ¡Ande usted a defender la patria! ¡Que la defienda el Nuncio! Para morirse después de hambre y de frío, y luego que le digan a uno: «Si hubierais tenido riñones, no se hubiera perdido la isla.» Es también demasiado amolar esto...
Iba ya inclinándose el sol cuando el repatriado y Manuel se levantaron y fueron hacia Madrid.
CAPÍTULO IX
Noche en el paseo de la Virgen del Puerto.—Suena un tiro.—Calatrava y Vidal.—Un tango de la bella Pérez.
Las noches que no hace mucho frío—dijo el repatriado—yo suelo ir a dormir a esa arboleda que hay cerca de la Virgen del Puerto. ¿Quieres que vayamos hoy?—añadió.
—Sí, vamos.
Estaban en la Puerta del Sol y fueron por la calle Mayor abajo. Hacía una noche templada de niebla, una niebla azulada, luminosa, que temblaba al soplo del viento; los globos eléctricos del Palacio Real brillaban entre aquella gasa flotante con una luz morada.
Bajaron Manuel y el repatriado por la Cuesta de la Vega y entraron en el bosquecillo que hay entre el Campo del Moro y la calle de Segovia. Algunos faroles de petróleo lucían muy pálidamente entre los árboles. Llegaron al paseo de los Melancólicos. Cerca del puente de Segovia salían llamaradas de los hornillos de una churrería instalada una barraca. Del paseo de los Melancólicos bajaron a la hondonada, y en un cobertizo se cobijaron y se tendieron a dormir. Hacía fresco; pasaban por allá algunas parejas misteriosas; Manuel se acurrucó, metió las manos en el bolsillo del pantalón, y quedó profundamente dormido.
Rumor chillón de cornetas le despertó.
—Es la guardia de Palacio—dijo el repatriado.
La claridad mortecina del alba alumbraba el cielo; palpitaba suave y gris el resplandor primero del día... De pronto resonó muy cerca el estampido de un arma de fuego; Manuel y el repatriado se levantaron; salieron del cobertizo dispuestos a huir; no vieron nada.
—Es un joven que se ha suicidado—dijo un hombre de blusa que pasó corriendo delante de Manuel y del repatriado.
Acercáronse los dos al lugar donde se oyera la detonación y vieron a un muchacho joven, bien vestido, en el suelo, con la cara llena de sangre y un revólver en la mano derecha. Nadie había por allí; el repatriado se acercó al muerto, tomó su mano izquierda y le sacó dos sortijas que llevaba, una de ellas con un brillante; luego le desabrochó la chaqueta, le registró los bolsillos, no encontró dinero y le quitó un reloj de oro.
—Vamos a escaparnos, no vaya a venir alguno—dijo Manuel.
—No—contestó el repatriado.
—Volvió a entrar en el cobertizo donde habían pasado la noche, hizo en la tierra un agujero con las uñas, enterró, envueltas en un papel, las sortijas y el reloj, y apretó la tierra con el pie.
—En la guerra, como en la guerra—murmuró después de ejecutar su maniobra con una rapidez extraordinaria—. Ahora—añadió—vuélvete a echar y hazte el dormido, por si acaso.
Poco después se oyó un murmullo de voces en la hondonada, y Manuel vió dos guardias civiles que pasaban a caballo por delante del cobertizo.
Se acercaba gente al lugar del suceso; los guardias civiles, registrando al muerto, encontraron una carta dirigida al juez, en la que indicaba que no se culpara a nadie de su muerte.
Manuel y el repatriado se unieron al grupo de curiosos.
Cuando levantaron el muerto y se lo llevaron, Manuel preguntó:
—¿Vamos a recoger eso?
—Espera que se vayan todos.
Quedó el lugar desierto; entonces el repatriado desenterró la sortija y el reloj.
—La sortija creo que es buena—dijo—. ¿Cómo lo averiguaremos?
—En una platería.
—Vete a la platería así con esos harapos y una sortija con un brillante y un reloj de oro, y es muy posible que te denuncien y te lleven a la cárcel.
—Entonces, ¿qué hacemos? Podíamos empeñar el reloj—dijo Manuel.
—También es peligroso. Vamos a buscar a Marcos Calatrava, un amigo mío a quien conocí en Cuba. Ese nos sacará del apuro. Vive en una casa de huéspedes de la calle de Embajadores.
Fueron allá, les salió una mujer a la puerta y les dijo que el tal Marcos se había mudado. El repatriado preguntó en una taberna de la planta baja de la casa.
—¡El Cojo! Sí, le conozco, ya lo creo—dijo el tabernero—. ¿Sabe usted dónde suele estar al anochecer? En la taberna del Majo de las Cubas, en la calle Mayor.
Fué para Manuel y el repatriado uno de los días más largos de su existencia; sentían un hambre horrorosa, y el pensar que con la venta de aquellas sortijas y del reloj podrían comer todo lo que se les antojara y que el miedo les impedía satisfacer su necesidad, era horrible. Se pasearon por las calles aburridos, y de cuando en cuando iban a la taberna a preguntar si había llegado ya el Cojo.
Al anochecer le vieron. El repatriado se acercó a saludarle, y los tres pasaron al interior de la taberna a un rincón a hablar. El repatriado contó el caso a Calatrava.
—Ahora mismo viene mi secretario—dijo Marcos—, y él lo arreglará. Mientras tanto, pedid de cenar.
—Pide tú—dijo el repatriado a Manuel.
Lo hizo éste así, y para que todas fueran dilaciones, el mozo de la taberna dijo que la cena tardaría algo.
Mientras charlaban el repatriado y Calatrava, Manuel se puso a observar a este último.
Calatrava resultaba un tipo raro, a primera vista casi ridículo; tenía una pierna de palo, la cara muy estrecha, muy negra y amojamada; dos o tres cicatrices en la frente, el bigote recio y el pelo crespo. Vestía traje claro, pantalón muy ancho, que se bamboleaba lo mismo en la pierna natural que en la de madera; una chaquetilla corta, más obscura que el pantalón, una corbata de color rojo y un sombrero de paja muy chiquito.
Marcos pidió con voz aguardentosa unas copas. Las bebieron y no tardó mucho en aparecer un muchacho elegante, con botas amarillas, sombrero hongo y un pañuelo de seda en el cuello.
Al verle, exclamó Manuel:
—¡Vidal! ¿Eres tú?
—Sí, chico. ¿Qué haces aquí?
—¿Le conoces a éste?—preguntó Calatrava a Vidal.
—Sí; es primo mío.
Marcos explicó a Vidal lo que quería el repatriado.
—Ahora mismo—contestó Vidal—; no tardo diez minutos.
Efectivamente; al poco tiempo volvía con dos papeletas de empeño y unos billetes. Los tomó el repatriado y fué repartiéndolos; a Manuel le tocaron cinco duros.
—Mira—le dijo Calatrava a Vidal—. Tú y tu primo os quedáis a cenar aquí; tendréis que hablar, y nosotros nos vamos a otro lado, que también tenemos que contarnos algunas cosas. Llévale a tu primo a dormir a tu casa.
Se despidieron, y Manuel y Vidal se quedaron solos.
—¿Has cenado?—preguntó Vidal.
—No; pero ya he encargado la cena. ¿Y tus padres?
—Estarán bien.
—No.
—¿Y el Bizco?
Vidal palideció profundamente.
—No me hables del Bizco—dijo.
—¿Por qué?
—No, no; le tengo un miedo horrible. ¿Tú no sabes lo que pasó?
—¿Qué?
—La muerte de Dolores la Escandalosa.
—No sabía nada.
—Sí; mataron a la vieja en una casa que llaman el Confesonario, que está hacia Aravaca. ¿Y sabes tú quien la mató?
—¿El Bizco?
—Sí, estoy seguro. El Bizco iba al Confesonario a reunirse con otros granujas.
—Es verdad. A mí me lo dijo.
—¿Has hablado con él?
—Sí; pero hace ya mucho tiempo.
—Pues sí, los periódicos que contaron el crimen dijeron que el asesino era de una fuerza extraordinaria, que la mujer había acudido allá como quien va a una cita. Era el Bizco, estoy seguro.
—¿Y no le han cogido?
—No.
Vidal quedó pensativo; se notaba que hacía esfuerzos para serenarse. Trajo el mozo de la taberna la comida; Manuel devoraba.
—!Menuda carpanta tienes tú, gachó!—dijo Vidal ya tranquilizado, sonriendo.
—¡Dios!, si tenía un hambre...
Pagó Vidal, salieron de la taberna y entraron en el café de Lisboa.
Mientras saboreaban el café, Manuel contempló a Vidal. Llevaba la cabeza muy lustrosa, la raya en medio y tufos rizados sobre las orejas. Tenía un gran aplomo en los movimientos; la sonrisa de hombre guapo, el cuello redondo, sin músculos salientes. Hablaba con simpatía, sonriendo siempre; pero sus ojos sagaces, falsos, descubrían la mentira de sus frases; no acompañaba a la afabilidad de su palabra cariñosa y de su sonrisa amable la expresión de sus ojos. En éstos no se leía más que desconfianza y cautela.
—Y tú, ¿qué haces?—preguntó Manuel, después de examinarle atentamente.
—¡Pse!... Vivo...
—Pero, ¿de qué? ¿Cómo?
—Hay negocios, chico... Luego las mujeres...
—Pero, ¿tú trabajas?
—Según a lo que llames trabajar.
—Hombre, quiero decir si vas a un taller...
—No.
—¿Tienes alguna querida?
—Ahora no tengo más que tres.
—¡Cristo! ¡Qué suerte! ¿Dónde las encuentras?
—Por ahí. En los teatros, en los bailes... Soy secretario del Bisturí y socio de la Paloma Azul y del Billete.
—¿Y de ahí tendrás muchas relaciones?
—¡Claro! Luego, con las mujeres todo es cuestión de labia... Algunas veces se las echa uno de incomodado y se le arrima a una un par de bofetadas...
—Tú vives al pelo... Si yo pudiera hacer lo que tú!
—¡Pues es muy fácil!... Ahora tengo una chiquilla más bonita que el mundo y que está chalada por mí. Esta cadena del reloj me la regaló ella... Pero lo más gracioso es que me anda rondando, ¿a qué te no figuras quién?
—¿Qué sé yo? Alguna marquesa.
—No, un marqués.
—¿Para qué?
—Nada, que me hace el amor.
Manuel quedó mirando asombrado a Vidal, que sonrió misteriosamente.
—¿Tú estás cansado?—preguntó Vidal.
—No.
—Entonces vamos a Romea.
—¿Qué hay allá?
—Baile y mujeres guapas.
—Vamos, sí.
Salieron del café y subieron la calle de Carretas.
Tomó Vidal dos butacas. Era domingo.
El aire en el interior del teatro estaba espeso, caliente, empañado de humo, con el vaho de cientos de personas que durante toda la tarde y la noche se habían amontonado allá. Había un lleno. Se presentó una funcioncilla estúpida, plagada de chistes absurdos y groseros, de la manera más sosa que puede imaginarse, entre las interrupciones y los gritos del público. Cayó el telón y apareció en seguida una muchacha, que cantó con una vocecilla aguda, desafinando horriblemente, una canción pornográfica sin pizca de gracia. Luego salió una pintarrajeada, vieja y fea mujerona francesa, con un sombrero descomunal; se acercó a las candilejas y cantó una larga narración, de la que Manuel no entendió media palabra y cuyo estribillo era:
Pauvre petit chat, petit chat.
Después dió unas cuantas volteretas levantando un pie hasta dar con él en el sombrero y se fué. Bajó de nuevo el telón; al poco rato volvió a levantarse y se presentó la bella Pérez, y fué saludada por una salva nutrida de aplausos. Cantó muy mal una copla, equivocándose, riéndose, y cuando terminó de cantar se ocultó entre los bastidores. El piano de la orquesta atacó con brío un tango, y la bella Pérez salió de entre bastidores con falda corta, envuelta en una capa de torero, con un sombrero cordobés sobre los ojos y fumando. Cuando el piano concluyó el preludio, ella tiró el cigarro al público de las butacas, se quitó la capa y quedó con las faldas recogidas con las dos manos hacia atrás, que dejaban el vientre y los muslos ceñidos. A las primeras notas del tango, todo el mundo calló religiosamente; un soplo de voluptuosidad corrió por la sala. Se veían los rostros encendidos, con la mirada fija y brillante. Y la bella bailaba con la cara como enfurruñada y los dientes apretados, dando taconazos, haciendo que se dibujaran sus caderas poderosas al replegarse la falda sobre sus flancos como una bandera triunfante. De aquel hermoso cuerpo de mujer salía un efluvio de su sexo que enloquecía a todos. Al final del baile colocó el sombrero sobre el vientre y tuvo un movimiento de caderas que hizo rugir a todo el teatro.
—¡Ahí la visagra!
—¡Esa tripita!
Concluyó el baile y hubo una tempestad de aplausos.
—¡Tango! ¡Tango!—gritaban todos como energúmenos.
Manuel, con los ojos brillantes, aplaudía y gritaba entusiasmado.
—¡Viva la lujuria!—vociferaba un joven al lado de Manuel.
Volvió la bella Pérez a bailar el tango. Detrás de la butaca de Manuel y Vidal, una muchacha mecía en sus brazos a una niña, con la cara llena de costras. La muchacha, señalando a la bella Pérez, decía a la niña:
—Mira, mira a mamá.
—¿Es la madre de esta chica?—preguntó Manuel.
—Sí—contestó la niñera.
Sin saber por qué, Manuel ya no se entusiasmó tanto con el baile, y hasta se figuró que en el rostro de la bailarina, tras de la capa de pintura y de polvos de arroz, se adivinaban roseolas y granos.
Salieron Manuel y su primo del teatro. Vidal vivía en una casa de huéspedes de la calle del Olmo.
Fueron los dos por la de Atocha, y en la esquina de la calle de la Magdalena se encontraron con la Chata y la Rabanitos, que les reconocieron y les llamaron.
Las dos muchachas aguardaban a la Engracia, que se había ido con un señor. Mientras tanto, reñían. La Rabanitos juraba y perjuraba que no tenía más de diez y seis años; la Chata aseguraba que iba para los dieciocho.
—¡Si se lo he oído decir a tu madre!—gritaba.
—¿Pero qué va a decir eso mi madre? ¡Cerda!—replicaba la Rabanitos.
—Pues sí que lo ha dicho, ¡so perro!
—¿Cuándo empecé yo en la vida? Hace tres años. ¿Y cuántos tenía entonces? Trece.
—¡Bah! Si tú hace diez años andabas ya golfeando por ahí—interrumpió Vidal.
La muchachita se volvió como una víbora, contempló a Vidal de arriba abajo y, con voz estridente, le dijo:
—Pa mí que tu eres de los que se agarran a la verja del Dos de Mayo y dan la espalda.
Celebraron todos el circunloquio, que demostraba las cualidades imaginativas de la Rabanitos, y ésta, ya calmada, sacó del bolsillo del delantal su cartilla, arrugada y sucia, y se la enseñó a todos.
En esta ocupación de descifrar lo que ponía la cartilla, les encontró la Engracia.
—Anda, tú, convida—le dijo Vidal—. ¿Tendrás dinero?
—¡Sí, dinero! Las amas cada vez piden más. Yo no sé lo que quedrán.
—Aunque sea a recuelo—repuso Vidal.
—Bueno, vamos.
Entraron los cinco en una buñolería.
—Este señor con quien he ido—dijo la Engracia—es un pintor, y me ha dicho que me daba cinco pesetas por hora por servir de modelo de desnudo.
A la Rabanitos le sublevó la noticia.
—¿Pero qué vas a servir tú para eso, si no tienes tetas?—dijo con su vocecilla aguda.
—No, las tendrás tú.
—No es por ponerme moños—contestó la Rabanitos—; pero estoy mejor formada que tú.
—¡Magras!—replicó la otra, y sin hacer caso se puso a hablar con Vidal. La Rabanitos le cogió a Manuel por su cuenta y le contó sus penas con una seriedad de vieja.
—Chico, estoy derrengá—le decía—, porque como una es débil y no tiene fuerza... Luego, los hombres son tan brutos... y claro, como la ven a una así, hacen lo que quieren y todo el mundo la pone a una el pie encima.
Manuel oía hablar a la Rabanitos; pero el cansancio y el sueño no le permitían darse cuenta de lo que oía. Entraron otras dos muchachas en la buñolería con dos golfos, uno de ellos de cara abultada, ojos nublados y expresión entre feroz e irónica. Los cuatro venían borrachos; las mujeres se pusieron a insultar a todos los que estaban en la buñolería.
—¿Quién son ésas?—preguntó Manuel.
—Unas tías escandalosas.
—Oye, vamos—dijo Vidal a su primo con la prudencia que le caracterizaba.
Salieron todos de la buñolería, las muchachas fueron hacia el centro y ellos por la calle del Ave María hasta la del Olmo. Abrió Vidal la puerta de su casa.
—Aquí es—le dijo a Manuel.