Subieron hasta el último piso. Allí Vidal encendió una cerilla, metió la mano por debajo de la puerta, sacó una llave y abrió. Recorrieron un pasillo, y Vidal dijo a Manuel:
—Este es tu cuarto. Hasta mañana.
Manuel se despojó de sus harapos, y la cama le pareció tan blanda que, a pesar del cansancio, tardó mucho en dormirse.
TERCERA PARTE
CAPÍTULO PRIMERO
¿Será la buena?—Proposiciones de Vidal.
Al día siguiente, cuando despertó Manuel, daban las doce. Hacía tanto tiempo que la primera sensación de su despertar era de frío, de hambre o de angustia, que, al encontrarse entre mantas, abrigado, en un cuarto estrecho y de poca luz, pensó si estaría soñando.
Luego, de pronto, el recuerdo del suicida de la Virgen del Puerto le vino a la memoria; después, el encuentro con Vidal, el baile de Romea y la conversación en la buñolería con la Rabanitos.
—¿Habrá venido la buena?—se preguntó a sí mismo. Se incorporó en la cama, y al ver sus harapos colocados sobre una silla, no supo qué hacer. Si me ven vestido así, me echan—pensó; y en la vacilación volvió a meterse entre las sábanas.
Serían cerca de las dos cuando oyó que abrían la puerta del cuarto; era Vidal.
—Pero, hombre, ¿no sabes la hora que es? ¿Por qué no te levantas?
—Si me ven con eso me echan—replicó Manuel señalando sus andrajos.
—La verdad es que no puedes vestirte de etiqueta—dijo Vidal contemplando la indumentaria de su primo—. Vaya unos zapatitos de baile—añadió cogiendo por los tirantes una bota deformada y llena de barro, y levantándola cómicamente para observarla mejor—. Es de la última moda de los poceros de la villa. Y de medias nada, y de calzoncillos ídem; de la misma tela que las medias ¡Estás apañado!
—Ya ves.
—Pues no vas a estar aquí siempre; hay que salir. Yo te traeré ropa mía; creo que te vendrá bien.
—Sí, tu eres un poco más alto.
—Bueno, espera un momento.
Salió Vidal del cuarto y volvió con ropa suya. Manuel se vistió a la carrera. Los pantalones le estaban un poco largos y tuvo que darles vuelta por abajo; en cambio las botas le venían estrechas y cortas.
—Tienes el pie pequeño—murmuró Manuel—. Has nacido para señorito.
Vidal mostró su pie, bien calzado, con cierta coquetería.
—Algunas señoritas darían algo por estos pinreles verdad? A mí, una mujer que tenga mucha pata, no me gusta; ¿y a ti?
—A mí, chico, me gustan todas, hasta las viejas. Hay tan poco donde elegir... Anda, dame un periódico. Voy a envolver estas prendas.
—¿Para qué?
—Para que no las vean aquí. Esto desacredita. Las tiraré a la calle. Lo que es el que encuentre el lío puede decir que le ha caído el gordo.
Envolvió Manuel los harapos con mucho cuidado, hizo un paquete, lo ató con una guita y lo cogió en la mano.
—¿Vamos?
—Andando.
Salieron a la calle; Manuel pensaba que todo el mundo se fijaba en él y miraba el paquete que llevaba y no se atrevía a dejarlo en ninguna parte.
—Tráelo, no seas lila—dijo Vidal; y quitándoselo de la mano lo tiró a un solar por encima de la tapia.
Salieron los dos muchachos por la calle de la Magdalena a la plaza de Antón Martín y entraron en el café de Zaragoza.
Se sentaron. Vidal pidió dos cafés con media tostada.
—¡Qué aplomo tiene!—pensó Manuel.
Llegó el mozo con el servicio, y Manuel se arrojó sobre una de las tostadas con ansia.
—¡Rediez!—exclamó Vidal, mirándole de hito en hito—. ¡Qué facha de golfo tienes!
---¿Por qué?
—¿Qué sé yo? Porque la tienes.
—¡Qué se le va a hacer! Uno parece lo que es.
—Pero, ¿tú has trabajado? ¿Tú has aprendido oficio?
—Sí; he sido criado, panadero, trapero, cajista y ahora golfo, y no sé de todo eso lo que es peor.
—¿Y habrás pasado muchas hambres, ¿eh?
—¡Uf... la mar... y si fueran las últimas!
—Pues lo serán, hombre, lo serán si tú quieres.
—¿Cómo? ¿Poniéndome otra vez a trabajar?
—O de otra manera.
—Pues yo no sé cómo se puede vivir de otra manera, chico; o hay que trabajar, o hay que robar, o hay que ser rico, o hay que pedir limosna. De trabajar he perdido la costumbre; para robar no tengo agallas; rico no soy, conque me tendré que poner a pedir limosna. A no ser que caiga soldado un día de estos.
—Todo eso que dices—replicó Vidal—es una pura pamplina. ¿De mí se puede decir que trabajo?, no, ¿que robo o que pido limosna?, tampoco; ¿que soy rico?, menos... y ya ves, vivo.
—Bueno; tendrás algún secreto.
—Puede ser.
—Y ese secreto, ¿no se puede saber cuál es?
—Si lo supieses tú, ¿me lo dirías?
—Hombre... verás; si yo tuviese un secreto y tú me lo quisieras birlar, la verdad, me lo guardaría para mí; pero si tú no pensases en quitármelo, sino en vivir y no me estorbases, entonces sí, que no te quepa duda.
—Bien, eso es justo. Tú eres franco... ¡qué moler! Mira, yo por ti haría cualquier cosa, y no tengo inconveniente de ponerte al tanto de cómo vivimos nosotros. Tú eres un barbián; no eres un bruto de esos que no quieren más que matar y asesinar a las personas. Yo te digo con franqueza, ¿por qué no?, yo no soy valiente...
—Ni yo tampoco—exclamó Manuel.
—¡Bah! Tú eres templado. El Bizco mismo te tenía respeto.
—¿A mí?
—A ti.
—Como quieras. Pero voy a lo de antes. Tú y yo, yo sobre todo, hemos nacido para ser ricos; pero ha dado la pijotera casualidad de que no lo somos. Ganarlo no se puede; a mí que no me vengan con historias. Para tener algo, hay que meterse en un rincón y pasarse treinta años trabajando como una mula. ¿Y cuánto reúnes? Unas pesetas cochinas; total ná. ¿No se puede ganar dinero?, pues hay que arreglarse para quitárselo a alguno y para quitárselo sin peligro de ir a la trena.
—¿Y cómo?
—Ese es el busilis. Ahí está la cuestión. Mira: cuando yo me vine al centro desde Casa Blanca, era un descuidero, un randa. Me tuvieron sin culpa una quincena en el Abanico, en la jaula, y cuando lo recuerdo, ¡chico!, me tiemblan las carnes. Me daba más miedo que vergüenza robar, ésa es la verdad; pero ¿qué iba a hacer? Un día, que cogí unas lamparillas eléctricas de una casa de la calle del Olivo, la portera me vió, una tía vieja indecente, y se echó a correr tras de mí, gritando: «¡A ese! ¡A ese!» Yo tenía alas en los pies; figúrate. Al llegar a la iglesia de San Luis, tiré las bombillas al suelo, me colé entre la gente de la iglesia y me agazapé en un banco; no me cogieron; pero desde entonces, ¡gachó! tuve un miedo que no podía con mi alma. Pues, ya ves, a pesar del miedo, no escarmenté.
—¿Volviste a coger otras lámparas?
—No, verás. Estaba en el patio de Apolo con aquella florera que tanto la odiaba la Rabanitos. ¿Te acuerdas?
—Era muy interesada la chica aquella. Pues estaba allá, cuando veo a un señor gordo, de chaleco blanco, que estaba de palique con unas golfas. Había mucha gente; me acerco a él, cojo la cadena, tiro suavemente hasta sacar el reloj del bolsillo, doy la vuelta a la anilla y la hago saltar. Como la cadena era bastante pesada, había el peligro de que, al soltarla, le diera al señor en la barriga y le hiciese comprender que le habían afanado; pero en aquel momento dieron unas palmadas, la gente comenzó a entrar en el teatro a empellones, yo solté la cadena y me escabullí. Iba escapado por frente a San José a meterme por la calle de las Torres, cuando siento que me cogen del brazo. ¡Chico, me entró un sudor...!—Déjeme usted—dije yo—. Calla, si no llamo a uno del Orden (Yo me callé)—. Te he visto como limpiabas el reloj a ese pimpi.—¿Yo?—Tú, sí. Tienes el reloj en el bolsillo del pantalón; conque no seas memo y anda a tomar una copa a la taberna del Brígido—. Vamos—pensé yo—; este es un vivo que viene a la parte. Entramos en la taberna y allí el hombre me habló claro.—Mira—me dijo—, tú quieres prosperar de cualquier manera, ¿no es verdad?; pero le tienes asco al Abanico, y lo comprendo, porque tú no eres tonto; pero, bueno, ¿cómo quieres prosperar? ¿Qué armas tienes tú para luchar en la vida? Tú eres un cimbel, que no conoce la sociedad ni el mundo. Mañana vienes a mi casa; yo te llevaré a un bazar de ropas hechas, compras un traje, un sombrero y un baúl y te recomendaré a una casa de huéspedes buena; te haré ganar dinero, porque, que te conste que ganar dinero, cuando se está en un sitio donde lo hay, es lo más mollar de la vida. Ahora dame ese reloj; a ti te engañarían.
—¿Y le diste el reloj?
—Sí. Al día siguiente...
—Te quedarías de boqueras...
—Al día siguiente estaba yo ganando dinero.
—¿Y quién es ese hombre?
—Marcos Calatrava.
—¿El Cojo? ¿El amigo del repatriado?
—El mismo. Conque ya sabes; lo que me dijo a mí él te lo digo yo a ti. ¿Quieres entrar en la combi?
—¿Pero qué hay que hacer?
—Eso depende del negocio... Si tú aceptas, vivirás bien, tendrás una buena hembra... peligro no hay... conque tú dirás.
—No sé qué decirte, chico. Si hay que hacer una granujada, casi casi prefiero vivir así.
—Hombre, eso depende de lo que tú llames granujada. ¿A engañar le llamas granujada? Pues hay que engañar. No hay otra cosa: o trabajar o engañar, porque lo que es regalarte el dinero, que te conste que no te lo han de regalar.
—Sí, es verdad.
—¡Pero si es que eso lo tienes en todo! Negociar y robar es lo mismo, chico. No hay más diferencia que, negociando, eres una persona decente, y, robando, te llevan a la cárcel.
—¿Crees tú...?
—Sí, hombre. Es más, creo que en el mundo hay dos castas de hombres: unos, que viven bien y roban trabajo o dinero; otros, que viven mal y son robados.
—¡Sabes que me parece que tienes razón!
—Y tal... No hay más que comer o ser comido. Conque tú dirás.
—Nada, se acepta. Otra Sociedad como la de los Tres.
—No compares, que aquello no hay que recordarlo. Aquí no hay un Bizco.
—Pero hay un Cojo.
—Sí, pero es un Cojo que vale un riñón.
—¿Es el jefe de la partida?
—Te diré, chico... yo no lo sé. Yo me entiendo con el Cojo, el Cojo se entiende con el Maestro, y el Maestro no sé con quién se entiende; lo que sé es que arriba, arriba, hay gente gorda. Una advertencia te tengo que hacer: tú ves, oyes y callas. Si te enteras de algo, me lo dices a mí; pero fuera, ni una palabra. ¿Comprendes?
—Comprendido.
—Aquí todo es cuestión de habilidad y de mucha pupila. Si marchamos bien, dentro de unos años se puede uno encontrar viviendo bien, hecho una persona decente... al pelo.
—Y oye: ¿tú has entrado ya en quintas?—preguntó Manuel—; porque yo maldito si lo sé.
—Yo sí; estoy rebajado. Debes de arreglar eso; si no te van a coger por prófugo.
—¡Pse!
—Se lo diremos al Cojo.
—¿Cuándo le veremos?
—Dentro de un momento estará aquí.
Efectivamente, poco después el Cojo entraba en el café. Vidal le indicó lo que había propuesto a su primo en breves palabras.
—¿Servirá?—preguntó Calatrava mirando atentamente a Manuel.
—Sí, es más listo de lo que parece—contestó riendo Vidal.
Manuel se irguió con un sentimiento de amor propio.
—Bueno; ya veremos. Por ahora no tiene que hacer gran cosa—repuso el Cojo.
Se pusieron inmediatamente Calatrava y Vidal a tratar de sus asuntos, y Manuel entretuvo el tiempo leyendo un periódico.
Cuando concluyeron de hablar, salió Calatrava del café, y quedaron nuevamente solos los dos primos.
—Vamos al Círculo—dijo Vidal.
El Círculo estaba en una calle céntrica. Entraron; en el piso bajo había billares y algunas mesas de café.
Se sentó en una de ellas Vidal, llamó en un timbre, y a un mozo que apareció le dijo:
—Dos cubiertos.
—Van.
—Oye—añadió Vidal—: desde que entres aquí, ni una palabra; ni me preguntas ni me dices nada. Lo que tengas que saber yo te lo diré.
Comieron los dos; Vidal charló de teatros, de casinos, de cosas que Manuel no conocía, y éste estuvo callado.
—Vamos a tomar café arriba—dijo Vidal.
Junto al mostrador había una puerta y de ella subía una escalera de caracol, muy estrecha, hasta el entresuelo. A la terminación de la escalera se topaba con una puerta de cristales esmerilados. La empujó Vidal, y pasaron a un corre dor a cuyos lados se veían mamparas forradas de verde.
Al final del pasillo, sentado en una mesa, escribía un hombre; contempló a Vidal y a Manuel y siguió escribiendo. Vidal abrió una puerta, empujó una pesada cortina y pasaron los dos.
Se encontraron en una sala con tres balconcillos a la calle y otros tres a un patio. Hacia el lado de la calle había una mesa verde grande con dos escotaduras, una frente a otra, en los lados largos; hacia el patio se veía una mesa más pequeña, iluminada por dos lámparas, alrededor de la cual se agrupaban treinta o cuarenta personas. Había un gran silencio; no se oía más que las palabras de los dos croupiers y el ruido que hacían al recoger con el rastrillo las monedas colocadas sobre el tapete verde.
Cuando cesaban las jugadas cambiábanse algunas observaciones entre los puntos. Luego la voz monótona del banquero decía:
—Hagan juego, señores.
Callaban todos y el silencio era tan grande que se oía el roce de las cartas entre los dedos del croupier.
—Esto parece una iglesia, ¿verdad?—murmuró Vidal—. Como dice un señor que viene aquí, el juego es la única religión que queda.
—Tomaron café y una copa.
—¿Tienes cigarros?—preguntó Vidal.
—No.
—Toma. Fíjate bien en este juego; yo me voy.
—¿Se podrá saber cómo se llama?
—Sí; el bacarrat. Oye, a las ocho en el café de Lisboa.
Vidal salió y Manuel quedó solo; miró con atención cómo iba y venía el dinero de la banca a los puntos y de los puntos a la banca. Después se entretuvo en observar a los jugadores. Era un anhelo tan grande el que sentían todos, que nadie se fijaba en los demás.
Los que estaban sentados tenían delante de ellos montones de plata y fichas y las ponían sobre el tapete. El croupier echaba las cartas francesas, y poco después pagaba o recogía el dinero puesto.
Los que estaban de pie alrededor, y de los cuales la mayoría no jugaba, parecían interesarse en el juego tanto o más que los que se hallaban sentados y jugaban fuerte.
Eran aquéllos, tipos de miseria y de sordidez horrible; llevaban chaquetas rozadas, sombreros grasientos, pantalones con rodilleras, llenos de barro.
En sus ojos brillaba la pasión del juego, y se les veía seguir la marcha de las jugadas, con los brazos cruzados sobre la espalda y el cuerpo echado hacia adelante conteniendo la respiración.
Manuel se aburría allá; miró por los balcones a la calle; vió cómo se reemplazaban los jugadores, y al anochecer salió y fué al café de Lisboa.
Cuando llegó Vidal, mientras cenaron, le expuso sus dudas acerca del juego.
—Bueno; eso en seguida lo aprendes—le dijo el otro—. Además, los primeros días yo te daré un cartoncito con la indicación de cuándo debes jugar.
—Muy bien; ¿y el dinero?
—Toma para mañana. Cincuenta duros.
—¿Son buenos?
—Enséñaselos a cualquiera.
—¿De modo que es una combina como la del Pastiri?
—Igual.
La tarde siguiente, con los cincuenta duros que le dió su primo y las indicaciones en una tarjeta, jugó y ganó veinte duros, que entregó a Vidal.
Unos días después le llamaron de un cuartel, le preguntaron el nombre en una oficina y le despacharon.
—Te han rebajado—le advirtió Vidal
—Bueno—contestó alegremente Manuel—; me alegro de no ser soldado.
Siguió acudiendo al Círculo todos los días que le indicaron, y al cabo de algún tiempo conocía el personal de la casa de juego. Había mucha gente empleada allá: varios croupiers muy atildados con las manos limpias y perfumadas; unos cuantos matones, otros medio ganchos, otros que vigilaban a los que entraban y a los ganchos.
Eran todos tipos sin sentido moral, a quienes, a unos la miseria y la mala vida, a otros la inclinación a lo irregular, había desgastado y empañado la conciencia y roto el resorte de la voluntad.
Manuel experimentaba, sin darse cuenta de ello con claridad, la repugnancia por aquel medio, y sentía obscuramente la protesta de su conciencia.
CAPÍTULO II
El Garro.—Marcos Calatrava.—El Maestro. Confidencias.
Una noche salió Manuel del Círculo, acompañado de un hombrecito con trazas de enfermo. Los dos llevaban el mismo camino; entraron en el café de Lisboa; el hombre se reunió allí con una mujer gorda y se sentó con ella, y Manuel se acercó a su primo.
—¿Qué hablabas con ese?—le preguntó Vidal al verle.
—Nada, de cosas indiferentes.
—Te advierto que es uno de la policía.
—¿Sí?
—Ya lo creo.
—Pues lo he visto en el Círculo.
—Sí, cobra allí. Le llaman el Garro. Está casado con ésa, que es la Chana, una timadora antigua. Vivía en la calle de la Visitación, en casa de María la Guerrero, cuando yo me fuí con la Violeta. La Chana entonces ya se dedicaba a perista; conocía a todos los inspectores y estaba liada con un matón que llamaban el Ministro y a quien le mataron en la calle de Alcalá. Ten cuidado con el Garro; si te pregunta algo no le digas nada; ahora, si puedes sonsacarle alguna cosa, eso sí, hazlo.
Al día siguiente el Garro volvió a reunirse con Manuel y le preguntó quién era y de dónde venía. Manuel, advertido, contó una porción de embustes con gran candor, y se hizo el engañado por Vidal y por el Cojo.
—Le advierto a usted que son dos pájaros de cuenta—le dijo el policía.
—¿Sí, eh?
—¡Uf, que se pierden de vista! El Cojo, sobre todo, es atravesado. No se meta usted con él, porque es capaz de todo.
—¿Tan fiero es?
—Ya lo creo. Yo conozco su historia, él no lo sabe. Se llama Marcos Calatrava y es de buena familia. Hace dos años cursaba Medicina.
El Garro contó toda la historia de Marcos. Al principio había sido un gran estudiante. Luego, de pronto, comenzó a frecuentar garitos, y en uno de éstos robó una capa. Tuvo la mala suerte de que le cogieran in fraganti, le llevaron a la Cárcel Modelo y estuvo allá arriba dos meses. Al año siguiente tomó la decisión de no estudiar, y como de su casa no le mandaban dinero, comenzó a manotear por garitos y chirlatas. Una navajada que le dieron en una bronca que tuvo le quitó por algún tiempo sus arrestos de matón. Cuando se puso bueno fué a ver a la superiora de las Hermanas de la Caridad de San Carlos y le pidió dinero. Quería hacerse fraile, le había herido la gracia divina; y con su manera de hablar melosa la convenció, le sacó los cuartos, y además una carta para el prior de un convento de Burgos.
Calatrava se gastó el dinero, y a los dos o tres meses estaba muerto de hambre. Entonces organizó una compañía de cómicos de la legua, a quienes explotó de una manera miserable, y al año o cosa así de recibir la carta de la superiora, en un período de hambre horrorosa, se encontró en el fondo de una maleta la carta y determinó aprovecharse de ella. Como era hombre de decisiones rápidas, no vaciló, tomó el tren sin billete, y entre los fardos de los vagones de mercancías llegó a Burgos, se presentó en el convento y entró de novicio. Al poco tiempo pidió que le enviaran por los pueblos pidiendo limosna; al principio estuvo bien, hasta se distinguió por su celo; pero después empezó a hacer barbaridades, escandalizó a las personas piadosas de las aldeas, y cuando el prior, a quien había llegado la noticia de sus fechorías, le mandó llamar y volver al convento, Calatrava, sin hacer caso, anduvo explotando los hábitos, y cuando ya iban a pescarle volvió a Madrid. A los tres o cuatro meses de estar aquí agotó todo su dinero y su crédito, y tomó la determinación de sentar plaza en Sanidad militar y marcharse a Filipinas.
Un médico de regimiento, viendo a Marcos tan servicial y tan listo, trató de ayudarle a terminar la carrera, y le colocó de interno en el Hospital militar de Manila.
Inmediatamente, Calatrava empezó a robar de la botica del Hospital medicamentos, vendajes, aparatos, todo lo que podía, para venderlo; le despacharon de allá; pidió la absoluta y se dedicó a cobrar el barato en los chabisques de Manila. Como era tan quisquilloso, pronto allí se le hizo la vida imposible, y entonces recurrió a un Círculo de militares y consiguió que se hiciera una colecta para él, y con el dinero vino a España.
En Madrid volvió a encontrarse apurado, y como no era de los que se ahogan en poca agua, se alistó en el batallón de Voluntarios que iba a Cuba. Marcos se distinguió por su valor en muchas acciones, ascendió pronto a sargento, cuando una bala le atravesó la pierna y tuvieron que cortársela en el Hospital de la Habana; y el hombre volvió a España, ya sin porvenir y con un retiro ridículo.
Aquí anduvo fingiéndose agente de la policía secreta, rodando por las calles, hasta que encontró un socio y se dedicó con él al timo del entierro, que, a pesar de lo divulgado que está, suele dar resultados entre los estafadores. Formó en una época una sociedad de espadistas y criadas de servir para desvalijar las casas; falsificó billetes; luego no hubo engaño ni timo que no intentase; y como tenía una inteligencia clara y despierta, estudió metódicamente todos los procedimientos conocidos de estafa; calculó el pro y el contra de cada uno de ellos, y encontró que todos tenían grandes quiebras.
Al último—concluyó diciendo el Garro—, se encontró con el Maestro, que se ha retirado, y yo no sé de dónde han cogido dinero para estos garitos; el caso es que lo tienen.
—¿Hay más de un Círculo de éstos?—preguntó Manuel.
—Abierto al público no hay más que éste; pero tienen la casa de la Coronela, en donde se juega mucho más. Allá está todas las noches el Maestro. ¿No ha ido usted a aquella, casa?
—No.
—Ya le llevarán. Si tiene usted dinero que perder, entre Vidal y el Cojo ya le llevarán. Luego la Coronela, como mete a la hija a bailarina, va a abrir un salón.
—Esa Coronela, ¿es cubana?—preguntó Manuel.
—Sí.
—La conozco, y conozco también a un amigo suyo que se llama Mingote.
El policía miró con cierta reserva a Manuel.
—Puede usted decir—le dijo—que conoce usted lo peorcito de Madrid. Mingote está ahora con Joaquina la Verdeseca. Tienen una casa de citas elegante. Van señoras y dejan su retrato. Este Mingote fué el que organizó aquel baile célebre. Se pagaba un duro la entrada, y al final se rifaba una señorita. La hija de la querida de Mingote.
Unos días después de esta conversación, Manuel, al salir del Círculo y encontrarse con Vidal, sintió la necesidad de hablarle del malestar que experimentaba con aquella vida. Vidal estaba también aquella noche de humor triste, e hizo lamentables confidencias a Manuel.
Fueron a un teatro, pero no había gente; entraron en un café, y después de pasear con una noche horrible de frío, Vidal propuso que entraran a tomar algo en casa de la Concha, en la calle de Arlabán.
Manuel no quería, porque no tenía ganas de comer ni de nada; pero a remolque entró en la taberna. Hacía dentro mucho calor, y esto les reanimó a los dos; se sentaron y Vidal pidió unas copas y luego unas chuletas.
—Hay que olvidar—dijo después de dar estas disposiciones.
Manuel hizo un gesto de desaliento y vació un vaso de vino que llenó Vidal.
Después contó lo que le había dicho el Garro. Su primo le escuchaba atentamente.
—No sabía la historia de Calatrava—dijo al concluir Vidal.
—Pues historia por historia—repuso Manuel—. Dime tú: ¿Quién es ese Maestro?
—El Maestro... es un coloso. ¿Tú has leído Rocambole?
—No.
Vidal quedó un poco parado; la figura de Rocambole, sin duda, le parecía la más a propósito para comparar al Maestro.
—Bueno; pues figúrate tú un hombre como el Cojo, ¿sabes?, pero muchísimo más listo que él; un hombre que imita todas las letras, que sabe cuatro o cinco idiomas, que tiene una serenidad como nadie, que viste la blusa lo mismo que la levita, que habla con una señora y parece un caballero, y habla con una golfa y parece un chulo; y une a esto que es una especie de payaso, que toca el acordeón, imita el tren, gesticula, se ríe de todo el mundo. Y luego, ¡chiquillo!, le ves medio llorando porque ha visto un viejo medio desnudo por la calle o le ha pedido limosna una golfilla.
—¿Y cómo se llama?
—¡Qué sé yo! Cualquiera lo sabe. Algunos dicen que han conocido a su padre y a su madre, pero no es verdad. Yo he pensado si será hijo natural de algún personaje, pero no lo creo del todo, porque si hubiera sido así, sería chocante que le prendieran, como le prendieron, cuando tenía diez y siete años.
—Pronto empezó.
—Sí; le prendieron sin culpa. El era empleado de uno que había hecho una estafa, y lo metieron en el Saladero con su principal. Esto lo cuenta él mismo. Un día parece que fué el juez a tomar declaración a un preso, y estando el escribiente copiando la declaración, le dió un mal y tuvieron que llevarle a casa. El juez preguntó al alcaide si no tenía algún preso que supiera escribir al dictado, y el alcaide llamó al Maestro. Este se sentó en la silla, miró los papeles y se puso a escribir. El juez, al terminar la declaración, echa una mirada a los autos y queda asombrado. No se conocía dónde había empezado a escribir el Maestro y dónde había acabado el escribiente; la letra de uno y otro eran iguales.
—¡Qué tío!
—Cuando contaba el Maestro esto, decía que si aquel juez no hubiera sido un estúpido, él no hubiera terminado mal; pero al juez lo único que se le ocurrió fué decir que aquel chico era peligroso y que había que tener con él mucho ojo. El Maestro, que vió que extremaban la vigilancia con él por el motivo de haber hecho un favor, claro, se indignó. Luego, en el Saladero, conoció a un falsificador célebre, y entre los dos, desde la misma cárcel, le sacaron a un francés cuarenta mil duros por el registro del entierro.
—¡Qué bárbaros!
—Dieron cinco o seis golpes por el estilo. Al fin cayeron en que eran ellos dos y se les formó causa de nuevo. Le preguntaban a uno:—¿Quién ha sido el que ha escrito esto?—Yo, contestaba; le preguntaban al otro:—¿Quién ha sido el que ha escrito esto?—Yo, contestaba también. No podían saber cuál de los dos era. Entonces al juez se le ocurrió meterles a cada uno de ellos en un cuarto y hacerles escribir la carta por la que habían venido a saber que estaban preparando un entierro; y, ¡chico!, los dos escribieron igual, con la misma letra y con los mismos borrones. Figúrate tú qué maña tendrá este hombre, que algunas veces, cuando ha habido bailes y banquetes en el Palacio Real, ha falsificado la invitación, se ha puesto un frac y allá se ha marchado, alternando con duques y marqueses.
—¡Rediez!—dijo Manuel admirado—. ¿Y el compañero del Saladero vive?
—No; creo que murió en América.
—¿Ha estado allá también el Maestro?
—En todas partes; ha recorrido medio mundo, y en cada sitio ha dejado diez o doce falsificaciones.
—¿Será rico?
—Sí, seguramente.
—¿Y qué hace con el dinero?
—Chico, yo no lo sé. No le gustan las juergas, no tiene queridas. El Cojo me dijo una vez que el Maestro tenía una hija educándose en Francia y que le dejaría una fortuna.
—¿Y dónde vive ese hombre?
—Vive hacia Chamberí; allí creo que se pasa los días leyendo y tocando la guitarra y besando el retrato de su hija.
—Sería curioso saber lo que hace.
—No lo hagas; a mí me entró la misma curiosidad. Un día le ví salir de un juego de bolos de los Cuatro Caminos. «Vamos a ver lo que hace este punto», me dije; fuí al otro día y lo encontré. Estaba muy alegre, jugando, hablando, accionando; parecía que no me había conocido. Al día siguiente el Cojo me dijo:
—No vuelvas donde estuviste ayer, si no quieres reñir conmigo para siempre. Comprendí la advertencia y no he vuelto.
Era curiosa la vida, pura y sencilla, de aquel hombre, metido en combinaciones de estafas y de engaños. Manuel escuchaba a su primo como quien oye un cuento.
—¿Y la Coronela?—le preguntó.
—Nada... una pendona. Fué la querida de un relojero, que se hartó de ella porque es una tía ordinaria, y luego se lió con ese militar. Es una tía sucia y mala.
—Es mala, sí. Desde el primer día que la ví me lo pareció.
—¿Mala? Es una loba y tiene furor... ¿sabes? Hace ignominias. Antes, cuando algún señorito seguía a alguna de sus hijas, le hacía subir a su casa, y allá le decía que con sus hijas nada, pero con ella sí. Ahora va a los cuarteles. Es una tía de lo más indecente... Pero lo que está haciendo con el hijo es todavía peor.
—¿Pues qué hace?
—Nada. Que por entretenerse, le visten de chica y le pintan, y ya no le llaman Luis, como se llama él, sino Luisita la Ricopelo.
—¡Cristo!—murmuró Manuel dando un puñetazo en la mesa—. Eso es demasiado. Hay que denunciar eso.
—Calla, que viene gente—advirtió Vidal.
Tres hombres y una muchacha se sentaron en la mesa de al lado de la taberna.
Uno de ellos era un viejo teñido, con la cara llena de arrugas blandas y el aire de un cinismo repugnante; el otro tenía el tipo de un peluquero, patillas de hacha muy repeinadas y el pelo rizado; el tercero, calvo, con la nariz roja y las barbas deshilachadas y amarillas presentaba el aspecto del joven decrépito.
La muchacha era muy bonita; tenía la nariz afilada, los labios finos, el pelo negro, separado en dos bandas; llevaba una capa de color perla con cuello de plumas, la mantilla prendida en el moño, que encuadraba su rostro y caía sobre el pecho.
En su cara latía una continua nerviosidad y una expresión sarcástica; no paraba un momento de moverse, y cuando escuchaba, accionaba y movía nerviosamente los labios.
Tenían todos las mejillas rojas y los ojos brillantes. El hombre de las barbas hacía preguntas y más preguntas a la muchacha, y ésta contestaba con gran descoco.
Manuel y Vidal se pusieron a escuchar.
—¿De veras eres partidaria del amor libre?—decía el de las barbas.
—Sí
—¿No quisieras casarte?
—Yo, no.
—Es una mujer indiferente—interrumpió el de las patillas—; no comprende esas cosas de cariño.
—Bah, no lo creo.
—Lo que tiene la pobre es que es muy... bruta—murmuró el viejo con voz aguardentosa.
—¿Y tu mujer?—preguntó ella agitándose en la silla y mirando al viejo con los ojos fríos y burlones. La muchacha aquella daba la impresión de una avispa o de un bicho con aguijón. Se agitaba en el asiento cuando iba a decir algo, pinchaba, y quedaba ya tranquila y satisfecha por un momento.
El viejo masculló una serie de blasfemias. El de las barbas rojas siguió preguntando a la muchacha:
—¿Pero tú no has querido a nadie?
—Yo no; ¿para qué?
—Si te digo que es fría como el mármol—murmuró el de la facha de peluquero.
—Cuando le conocí a éste—añadió ella riéndose y señalando al de las patillas—tenía un hombre que me había puesto un cuarto, y la patrona de la casa pasaba por mi madre. Además, tenía otros amigos; pues ya ves, ninguno notó nada.
—Es terrible—exclamó el de las barbas llenando un vaso de vino y vaciándolo—; no nos quieren, y nosotros suponiendo siempre que tienen corazón. Pero de veras, dime de veras: ¿no has querido nunca a nadie?
—A nadie, a nadie.
—¡Si te digo que es fría como el mármol!—repitió el hombre con facha de peluquero—. ¡Si supieras las majaderías que hice yo por ella! Preguntaba tímidamente en la portería; pasé un mes sin atreverme a hablarla; y luego, al conseguirla, supe que era una mujer a quien se dice: «¿Mañana estás libre a tal hora?» «Sí.» «Pues mañana nos veremos.»
—Como quien avisa o un afinador de pianos—repuso el de la barba, encontrando no se sabe qué relación entre los hombres y los pianos—. Es terrible—añadió; y después, con un arrebato de ira, golpeó la mesa con el puño e hizo tambalearse los vasos.
—¿Qué te pasa?—preguntó el viejo.
—Nada. Había que destruir esta cochina humanidad. Me siento anarquista.
—Bah, yo creo que te sientes borracho—interrumpió el de las patillas.
—¡San Dios! Porque tú seas un indecente burgués dedicado a los negocios...
—Si tú eres más burgués que yo.
El hombre de la nariz roja y de la barba amarilla se calló indignado; luego, dirigiéndose a la muchacha, con voz iracunda, la dijo:
—Dile a este imbécil que cuando habla un hombre de talento él debe callar. La culpa la tenemos nosotros, que le otorgamos la beligerancia.
—¡Pobre hombre!
—¡Idiota!
—Si eres más pesado que un artículo tuyo—gritó el de las patillas—; y todavía, si esa soberbia de que haces gala la sintieras, estaría bien; pero si no la sientes; si eres un pobre desgraciado que te reconoces a ti mismo imbécil; si te pasas la vida aburriéndonos, recitándonos artículos que ya has publicado y que ni siquiera son tuyos, porque los coges de cualquier parte...
La palidez del de las barbas hizo callar a su contrincante, y siguieron los tres hablando en tono tranquilo.
De pronto el viejo se puso a chillar.
—Pues no será una persona decente—decía.
—¿Por qué no?—replicaba la mujer.
—Porque no. Será carpintero, basurero, o ladrón, o hijo de mala madre, porque una persona decente no sé a qué se va a levantar por la mañana.
Cenaron Manuel y Vidal. Poco después se levantaron la muchacha y sus tres acompañantes.
—Ahora va uno a casa—murmuró el de las barbas rojas en tono lúgubre—, arregla la cama, se mete uno dentro, se enciende un pitillo, bebe un vaso de agua, orina y se duerme uno. La vida es repugnante.
Al salir los cuatro a la calle Vidal fué detrás de ellos.
—Voy a enterarme quién es ella—le dijo a Manuel—. Hasta mañana.
—Adiós.
CAPÍTULO III
La Flora y la Aragonesa.—La Justa.—La inauguración del Salón París.
Al día siguiente, Vidal dijo a su primo que se había enterado quién era la muchacha. Se llamaba Flora, vivía en la calle del Pez y solía acudir a una tienda de modas de la calle del Barquillo, casa de trato disimulada. Vidal esperaba hacer la conquista de la Flora.
Ya iba adelantando en su intento, cuando Calatrava, que estaba satisfecho de Manuel y de Vidal, les invitó a los dos un domingo por la tarde a ir a una casa de la calle del Barquillo, en donde encontrarían mozas guapas e irían con ellas a los Viveros. Aquella tarde fué terrible de emociones para Manuel. Fueron Calatrava, Vidal y Manuel en coche a la tienda de modas, y les hicieron subir a un saloncillo regularmente amueblado. Al poco rato llegó Flora, acompañada de una mujer alta, de ojos negros y cara cetrina, verdaderamente hermosa, la cual produjo un gran entusiasmo en Calatrava.
—Esperemos que venga otra—dijo Vidal.
Esperaron charlando. Se oyó ruido de pasos en el corredor, se levantó una cortina y apareció una mujer. Era la Justa, más pálida, con los ojos más negros y la boca roja. Manuel la miró sobrecogido; ella volvió la espalda, y trató de salir.
—¿Por qué quieres marcharte?—preguntó Vidal.
La muchacha nada replicó.
—Bueno, vamos—dijo Calatrava.
Salieron del salón y bajaron las escaleras; en el coche que estaba esperando montaron Vidal con la Flora y Manuel con la Justa, y en otro coche Calatrava y la mujer alta de ojos negros; se dirigieron hacia la Puerta del Sol, y después, por la plaza de Oriente, a la Bombilla.
En el coche, Vidal y Flora hablaron por los codos; la Justa y Manuel estuvieron callados.
La merienda fué para los dos triste; al terminarla, Vidal y Calatrava desaparecieron; la Justa y Manuel quedaron en la mesa sin saber qué decirse. Manuel sentía una tristeza dolorosa, el aniquilamiento completo de la vida.
Al anochecer, las tres parejas volvieron a Madrid y cenaron en un cuarto del café Habanero.
Hubo confidencias entre todos ellos; cada uno contó su vida y milagros, menos la Justa, que calló.
Calatrava y Vidal querían saber cómo sus amadas habían entrado en la vida irregular que llevaban.
—Yo entré en la vida—dijo la Flora—porque no veía otra cosa en mi casa. No he conocido padre ni madre; viví hasta los quince años con mis tías, que eran golfas como yo. Sólo que eran más alegres que yo. La mayor tenía un chico, y lo dejaba en el cajón de la cómoda, que había convertido en cama. No tenían trajes, y para salir era necesario que una se quedara en casa, y las botas y las enaguas de una servían para la otra. Cuando se encontraban sin dinero, escribían a una señora que tenía casa de compromiso, acudían a la cita, y volvían con el dinero tan contentas. A mí me querían meter en un taller, y dije yo: «No; para trabajar, prefiero ser golfa»; y me lancé a la vida.
La otra mujer, alta y hermosa, habló con cierta amargura. La llamaban Petra la Aragonesa.
—Yo—dijo con voz grave—fuí deshonrada por un señorito; vivía en Zaragoza, y entré en la vida. Como mi padre vive allí, y es carpintero, y también mis hermanos, para no darles esta vergüenza pensé venir a Madrid, y nos arreglamos una compañera y yo para hacer el viaje juntas. Teníamos cada una más de diez duros cuando llegamos a Madrid. En la estación tomamos un coche, paramos en un café, comimos y nos echamos a andar por las calles. En una rinconada, creo que estaba por la plaza de los Mostenses, en una callejuela que no sabría decir adónde cae ni qué nombre tiene, vimos una casa con las ventanas iluminadas y oímos el sonido de un organillo. Entramos; dos chulos se pusieron a bailar con nosotras, y nos llevaron a una casa de la calle de San Marcos.
Al día siguiente, cuando me levanté, aquel hombre me dijo: «Anda, trae el dinero que llevas y vamos a comer aquí mismo.» Yo dije que nones. Después salió un señor y nos enseñó la casa, que estaba muy bien puesta, con divanes y espejos, y nos ofreció unas copas y pasteles y nos invitó a quedarnos allá. Yo no quise tomar nada, y me fuí. La otra le dió todo el dinero que tenía al chulo, y se quedó. Luego, el hombre aquel la sacaba el dinero y la pegaba.
—¿Y vive todavía en la casa tu compañera?—preguntó Vidal.
—No; la traspasaron a una casa de Lisboa por cuarenta y cinco duros.
—¿Para qué fué?
La Aragonesa se encogió de hombros.
—Es que las mujeres de la vida son muy bestias—dijo Vidal—; no tienen entendimiento, ni conocen sus derechos, ni nada.
—¿Y tú?—preguntó Calatrava a la Justa.
La muchacha se encogió de hombros y no desplegó sus labios.
—Esta será alguna princesa rusa—dijo con sorna la Flora.
—No—replicó la Justa secamente—; soy lo que eres tú, una tía.
Concluyeron de cenar y cada pareja se fué por su lado. Manuel acompañó a la Justa hasta la calle de Jacometrezo, en donde vivía.
Al llegar al portal, Manuel iba a despedirse, esquivando su mirada; pero ella le dijo: «Espera.» Les abrió el sereno, le dió ella diez céntimos, el vigilante le entregó una cerilla larga después de encenderla en su linterna, y comenzaron a subir la escalera. A la luz de la cerilla, la sombra de los dos se alargaba y se achicaba con alternativas al reflejarse en las paredes. En el tercer piso abrió la Justa una puerta con un llavín y pasaron los dos adentro, a un cuarto estrecho con una alcoba. La Justa encendió un quinqué de petróleo y se sentó; Manuel hizo lo mismo.
Nunca Manuel se había sentido tan miserable como aquella noche. No comprendía para qué la Justa le había hecho subir a su casa; se encontraba cohibido ante ella, y no se atrevía a preguntarle nada.
Después de algunas palabras indiferentes que cambiaron, Manuel la dijo:
—¿Y tu padre?
—Bueno.
De pronto la Justa, con una brusca transición, empezó a llorar. Debía de sentir un gran deseo de contar a Manuel su vida, y lo hizo sollozando, con palabra entrecortada.
El hijo del carnicero, después de sacarla del taller, la había deshonrado y la había contagiado una enfermedad horrorosa; después la abandonó y se fué de Madrid. Entonces ella no tuvo más remedio que marcharse al hospital. Cuando fué su padre a San Juan de Dios y la vió boca arriba con unos tubos de goma en las inglés abiertas, creyó que la iba a matar, y con voz rabiosa le dijo que para él su hija había muerto. Ella se echó a llorar desconsolada; una vecina que estaba en una cama de al lado, le dijo: «¿Por qué no te echas a la vida?» Pero ella no hacía más que llorar. Cuando la dieron el alta fué a ver a la maestra del taller y no la quiso recibir. Entonces, ya a la noche, salió dispuesta a todo. Estaba en la calle Mayor, cuando se le acercó un hombre que llevaba un bastón en la mano, y le dijo: «Anda para adelante.» Fueron calle abajo, y aquel hombre la hizo entrar en el Gobierno civil, subieron hasta el último piso y pasaron por un corredor obscuro a un cuarto con luz eléctrica, lleno de mujeres, que hablaban y reían con los empleados. Al cabo de algún tiempo, un señor empezó a leer una lista y se fueron marchando las mujeres. No quedaron más que veinte o treinta de las más zarrapastrosas y sucias. A todas las hicieron bajar unas escaleras y las encerraron en una cueva.
—Allí pasé una noche desesperada—concluyó diciendo la Justa—; al día siguiente me llevaron a reconocimiento y me dieron cartilla.
Manuel no supo encontrar ni una frase de consuelo, y al ver su frialdad la Justa se repuso de su emoción. Siguieron hablando. Después Manuel contó su vida tranquilamente: los recuerdos se engarzaron unos con otros, y hablaron y hablaron sin cansarse; de pronto la llama del quinqué vaciló un momento, y con un suave estallido se apagó.
—También es casualidad—dijo la Justa.
—No; que no tendría petróleo—repuso Manuel—. Bueno, yo me voy.
Se registró los bolsillos; no tenía fósforos.
—¿No tienes cerillas?—preguntó ella.
—No.
Manuel se levantó y fué tanteando; tropezó con la mesa; luego con una silla y se detuvo.
La Justa abrió el balcón que daba a la calle y Manuel pudo ver algo y dirigirse hacia la puerta.
—¿Tienes la llave de la casa?—dijo.
—Y entonces, ¿cómo voy a salir?
—Tendremos que llamar al sereno.
Salieron los dos al balcón; la noche estaba fría, muy estrellada. Esperaron a que se viera el farolillo del sereno.
La Justa se acercó mucho a Manuel; éste le pasó el brazo por el talle. Luego no hablaron más; cerraron el balcón y huyeron en la obscuridad hacia la alcoba.
Había que aceptar las cosas tal como venían, Manuel prometió a la Justa que si encontraba algún medio de ganar honradamente unos cuartos, la sacaría al momento de aquella vida, y la Justa lloró emocionada sobre el hombro de Manuel. A pesar de los hermosos planes de regeneración que idearon aquella noche, Manuel no intentó nada; lo único que hizo fué ir a vivir con la Justa. A veces los dos sentían una repugnancia grande por la vida que llevaban, y reñían y se insultaban por cualquier motivo, pero en seguida hacían las paces.
Todas las noches, mientras Manuel dormía en aquel cuchitril, de vuelta de la casa de juego, llegaba la Justa cansada de rodar por cafés, colmados y casas de citas. A la luz lívida del amanecer, sus mejillas tenían un color sucio y su sonrisa era muy triste.
Algunas veces iba tambaleándose, completamente borracha, y al entrar en la casa y al subir las escaleras sola, sentía un miedo y un remordimiento grandes. El amanecer le producía como un despertar de la conciencia.
Al llegar al cuarto, abría la puerta con el llavín, entraba y se acostaba junto a él, sin despertarle, temblando de frío.
Manuel se iba acostumbrando a aquella vida y a sus nuevas amistades; no se atrevía a intentar un cambio de postura por pereza y por miedo. Algunos domingos por la tarde, la Justa y él marchaban de paseo a los Cuatro Caminos y a la Puerta de Hierro, y cuando no reñían hablaban de sus ilusiones, de un cambio de vida que vendría para ellos sin esfuerzo, como una cosa providencial.
Durante este invierno los dueños del Círculo instalaron en la planta baja en donde antes estaba el café, el Salón París, y en la lista de las bellezas sensacionales que habían de exhibirse aparecieron las bailarinas y cupletistas de más nombre: las Dalias, Gardenias, Magnolias, etc. Además, como gran atracción, se anunció el debut de Chuchita, la hija de la Coronela. Esta trataba explotar a su niña como empresaria y como madre. El día de la presentación la madre hizo que la clac ocupara todas las localidades. Vidal, el Cojo y Manuel se acomodaron en las primeras filas de sillas en calidad de alabarderos.
—Aplaudirán ustedes, ¿eh?—preguntó la Coronela.
—Descuide usted—dijo Calatrava—; y al que no le guste, mire usted qué argumento le traigo—y mostró su garrote.
Después de un magnetizador salió Chuchita en medio de una salva de aplausos. Bailó sin gracia ninguna, y al terminar su canción y de bailar un tango sacaron al escenario una gran cantidad de guirnaldas de flores y de otros regalos. Cuando concluyó la sección en que trabajaba la Chuchita, se reunieron Manuel y Vidal con unos periodistas, entre los cuales había dos amigos de Alex el escultor, y fueron juntos a dar la enhorabuena al padre de la Chuchita.
Llamaron al sereno y entraron en la casa. La criada les hizo pasar al cuarto del Coronel. Este, metido en la cama, fumaba tranquilamente. Entraron todos en la alcoba.
—Que sea enhorabuena, mi Coronel.
El hombre del pundonor militar recibía los plácemes sin notar la sorna que aquello significaba.
—¿Y cómo ha estado? ¿Cómo ha estado?—preguntaba el padre desde su cama.
—Muy bien; al principio un poco tímida, luego se soltó.
—Si las bailarinas son como los militares: en cuanto llegan al terreno se crecen.
Celebraron todos, periodistas y demás golfería, la frase, con risas burlonas, se despidieron del Coronel y volvieron de nuevo al Salón París.
La Coronela, Chuchita y la hermana de ésta, la rubia, acompañadas las tres de un señor senador, de un periodista y de un torero de fama, se preparaban para cenar en un gabinete del Círculo.
Según se decía, Chuchita manifestaba una inclinación decidida por el torero, y la Coronela, no sólo no la disuadía, sino que había llamado al torero para que el debut de la Chuchita fuera para ella del todo agradable...
La apertura del Salón París dió ocasiones a Manuel y a Vidal de nuevos conocimientos.
Este se había hecho amigo del hermano de la Chuchita, que alcahueteaba por el teatro, y el chiquillo llevó a Vidal y a Manuel a los cuartos de las bailarinas.
Cuando la Justa se enteró de las amistades de Manuel le armó un escándalo tremendo. La Justa se había propuesto hacer la vida de Manuel insoportable, y tan pronto le insultaba y le decía que era un chulo que vivía a sus expensas, como se manifestaba celosa. Cuando armaba un escándalo de estos, Manuel, resignado, se encogía de hombros, y la Justa, sumida momentáneamente en la mayor desesperación, se tiraba larga en el suelo y quedaba inmóvil, como muerta. Luego se le pasaba el arrechucho, y tan tranquila.
CAPÍTULO IV
Un fusilamiento.—En el puente del Sotillo. El Destino.
Una noche de Agosto salían del teatro Eldorado Manuel, Vidal, la Flora y la Justa, cuando dijo Vidal:
—Hoy fusilan a un soldado. ¿Queréis que vayamos a ver?
—Sí, vamos—contestaron la Flora y la Justa.
Hacía una noche hermosa y templada.
Subieron la calle Alcalá y entraron en Fornos. A eso de las tres salieron del café y en una manuela se dirigieron al lugar de la ejecución.
Dejaron el coche frente a la Cárcel Modelo.
Era demasiado temprano. Aún no había amanecido.
Dieron vuelta a la cárcel metiéndose por una callejuela como una zanja abierta en la arena, basta salir a los desmontes próximos a la calle de Rosales. Tenía el edificio de la Cárcel Modelo, visto desde aquellos campos desolados, un aspecto imponente; parecía una fortaleza envuelta en la luz azul y espectral de los arcos voltaicos. Los centinelas daban de vez en cuando un alerta largo, que producía una terrible impresión de angustia.
—¡Qué triste es esta casa!—murmuró Vidal. ¡Y cuánta gente habrá ahí encerrada!
—Pse... que los maten—replicó la Justa con indiferencia.
Pero Vidal no sentía este desdén, y se indignó con la frase de la Justa.
—¿Pa qué roban?—replicó ésta.
—Y tú, ¿por qué...
—Yo para comer.
—Pues ellos también para comer.
La Flora recordó que de chica había visto la ejecución de la Higinia. Había ido con la hija de la portera de su casa.
—Allí estaba el patíbulo—y señaló el centro de una tapia frente a la capilla—. En los desmontes hormigueaba el gentío. Vino la Higinia vestida de negro, apoyada en los Hermanos de la Paz y Caridad; debía de estar ya muerta de espanto; la sentaron en el banquillo, y un cura con una cruz alzada se puso delante de la Higinia, la ató el verdugo con unas cuerdas por los pies, sujetándola las faldas; luego le tapó la cara con un pañuelo negro, y poniéndose detrás de ella dió de prisa dos vueltas a la rueda, en seguida le quitó el pañuelo de la cara y quedó la mujer tan raída sobre el palo.
—Después—terminó diciendo la Flora—la otra chica y ella tuvieron que echar a correr, porque los guardias civiles dieron una carga.
Vidal, al oir tan minuciosas descripciones, palideció.
—Estas cosas me matan—dijo poniéndose una mano sobre el corazón.
—¿Para qué has querido venir?—le preguntó Manuel—. ¿Quieres que volvamos?
—No, no.
Salieron a la plaza de la Moncloa. En una esquina de la cárcel había un grupo grande de gente. Estaba amaneciendo. Una franja de oro se formaba en el horizonte. Por la calle de la Princesa subía un escuadrón de artillería; presentaba un aspecto extraño a la luz vaga del amanecer. Se detuvo el escuadrón frente a la cárcel.
—A ver si nos dan la entretenida y lo fusilan en otra parte—decía un vejete, a quien la idea de madrugar y no presenciar la ejecución debía parecer en extremo desagradable.
—Hacia San Bernardino es donde lo fusilan—anunció un golfo.
Todos echaron a correr. Efectivamente, debajo de unos desmontes próximos al paseo de Areneros formaban los soldados el cuadro. Había un público de cómicos, trasnochadores, coristas, prostitutas, subidos en coches simones, y una turbamulta de golfos y de mendigos. El espacio despejado era extensísimo. Vino un furgón gris y entró en medio del cuadro a la carrera; bajaron tres figuras que parecían muñecos; los de a los lados del reo llevaban sombrero de copa. No se veía bien al soldado.
—¡Bajad las cabezas—decían los del público, los que estaban atrás—, que veamos todos!
Se destacaron ocho soldados de caballería con fusiles cortos y se pusieron delante del reo; se conoce que no quedaron bien de frente, porque, moviéndose de lado, como un animal de muchas patas, anduvieron algunos metros. El sol brillaba en la arena amarilla del desmonte, en los cascos y correajes de los soldados. No se oyó voz de mando; los fusiles apuntaron.
—¡Bajad las cabezas!—gritaron otra vez con acento irritado los que se hallaban colocados en tercera y cuarta fila.
Sonó una detonación sin fuerza; poco después se oyó otra.
—Es el golpe de gracia—murmuró Vidal.
Todo el público echó a andar hacia Madrid; se oyó estrépito de tambores y cornetas. El sol brillaba en los cristales de las casas. Iban Manuel, Vidal y las dos mujeres por el paseo de Areneros, cuando oyeron otra detonación.
—Se conoce que no había muerto—añadió Vidal más pálido.
Estaban los cuatro preocupados.
—¿Sabes?—dijo Vidal—. Se me ha ocurrido una cosa para quitar la mala impresión de esto: ir a merendar esta tarde.
—¿Adónde?—preguntó Manuel.
—Hacia el río. Recordaremos nuestros buenos tiempos. ¿Eh? ¿Qué te parece?
—Muy bien.
—¿La Justa no tendrá nada que hacer?
—No.
—Bueno. Pues, entonces, al medio día estamos todos en el merendero de la señora Benita, que está cerca del Embarcadero y del puente del Sotillo.
—Ahora vamos a dormir un rato.
Lo hicieron así. A las doce salieron Manuel y la Justa, y fueron al merendero; todavía no había llegado nadie.
Se sentaron los dos en un banco; la Justa estaba malhumorada. Compró diez céntimos de cacahuets y se puso a comerlos.
—¿Quieres?—le dijo a Manuel.
—No; se me meten en las muelas.
—Pues yo tampoco—, y los tiró al suelo.
—¿A qué los compras para tirarlos?
—Me da la gana.
—Bueno, haz lo que quieras.
Pasaron los dos bastante tiempo esperando, sin hablarse; la Justa, impacientada, se levantó.
—Me voy a casa—dijo.
—Yo voy a esperar—replicó Manuel.
—Anda y que te zurzan con hilo negro, ladrón.
Manuel se encogió de hombros.
—Y que te den morcilla.
—Gracias.
La Justa, que iba a marcharse se detuvo al ver que llegaban Calatrava con la Aragonesa y Vidal al lado de la Hora. Calatrava traía una guitarra.
Pasó un organillo por delante del merendero. El Cojo lo hizo parar y bailaron Vidal y la Flora, la Justa y Manuel.
Llegaron nuevas parejas, entre ellas una mujer gorda y chata vestida de un modo ridículo, que iba acompañada de un hombre de patillas de hacha y aspecto agitanado. La Justa, que se sentía insolente y provocativa, comenzó a reírse de la mujer gorda; la otra contestó con despreciativo retintín y recalcando la palabra:
—Estos pericos...
—¡La tía gamberra!—murmuró la Justa, y cantó a media voz, dirigiéndoselo a la chata, este tango.