—¡Indecente!—gruñó la gorda.
El hombre con facha de gitano se acercó a Manuel para decirle que aquella señora (la Justa) estaba faltando a la suya y que él no podía permitir esto. Manuel comprendía que tenía razón; pero, a pesar de esto, contestó insolentemente al hombre. Vidal se interpuso, y después de muchas explicaciones por una y otra parte, se decidió que allí no se había faltado a nadie y se arregló la cuestión. Pero la Justa estaba con humor de pelea y se trabó de palabras con uno de los organilleros, desvergonzado por razón de oficio.
—Calla, ¡leñe!—gritó Calatrava, dirigiéndose a la Justa—, y tú calla también—dijo al organillero—, porque si no te voy arrimar un estacazo.
—Vamos nosotros adentro—indicó Vidal.
Pasaron las tres parejas a un cobertizo con mesas y bancos rústicos y un barandado de palitroques que daba al Manzanares.
En medio del río había dos islas cubiertas de un verdín brillante, y entre éstas unas cuantas tablas que servían de paso desde una orilla a otra.
Trajeron la comida, pero la Justa no quiso comer, y a las preguntas que le hicieron no contestó; y luego, sin saber por qué, empezó a llorar amargamente entre las burlas de la Flora y de la Aragonesa. Luego se tranquilizó y quedó alegre y jovial.
Comieron allá opíparamente y salieron un momento a bailar a la carretera al son del organillo. Manuel creyó ver pasar varias veces al Bizco por delante del merendero.
—¿Será él? ¿Qué buscará por aquí?—se preguntó.
Al anochecer volvieron las tres parejas adentro, encendieron luz en un cuarto y mandaron traer aguardiente y café. Hablaron durante largo rato. Calatrava contó con verdadera delectación horrores de la guerra de Cuba. Había satisfecho allí sus instintos naturales de crueldad, macheteando negros, arrasando ingenios, destruyendo e incendiando todo lo que se le ponía por delante.
Las tres mujeres, sobre todo la Aragonesa, le escuchaban con entusiasmo. De pronto, Calatrava calló pensativo, como si algún recuerdo triste le embargara.
Vidal tomó la guitarra y cantó el tango del Espartero con un gran sentimiento; después tarareó el de La Tempranica con mucha gracia, cortando las frases para dar más intención y poniendo la mano en la boca de la guitarra, para detener a veces el sonido. La Flora marcó unas cuantas posturas jacarandosas, mientras Vidal, echándoselas de gitano, cantaba:
Luego fué Marcos Calatrava el que cogió la guitarra. No sabía puntear como Vidal, sino que rasgueaba suavemente, con monotonía. Marcos cantó una canción cubana, triste, lánguida, que daba la nostalgia de un país tropical. Era una larga narración que evocaba los danzones de los negros, las noches espléndidas del trópico, el sol, la patria, la sangre de los soldados muertos, la bandera, que hace saltar las lágrimas a los ojos, el recuerdo de la derrota... algo exótico y al mismo tiempo íntimo, algo muy doloroso, algo hermosamente plebeyo y triste.
Y Manuel sentía al oir aquellas canciones la idea grande, fiera y sanguinaria de la patria. Y se la representaba como una mujer soberbia, con los ojos brillantes y el gesto terrible, al lado de un león...
Después, Calatrava entonó, acompañándose del rasguear monótono de la guitarra, una canción de insurrectos muy lánguida y triste. Una de las coplas, que Calatrava cantaba en cubano, decía:
No sabía Manuel por qué, pero aquella reunión de cosas incongruentes que se citaban en el canto le produjo una tristeza enorme...
Afuera anochecía. A lo lejos la tierra azafranada brillaba con las últimas palpitaciones del sol, oculto en nubes incendiadas como dragones de fuego; alguna torre, algún árbol, alguna casucha miserable rompía la línea del horizonte, recta y monótona; el cielo hacia Poniente se llenaba de llamas.
Luego obscureció; fué ennegreciéndose el campo, el sol se puso.
Por el puentecillo de tablas, tendido de una orilla a otra, pasaban mujeres negruzcas, con fardeles de ropa bajo el brazo.
Manuel experimentaba una gran angustia. A lo lejos, de algún merendero, llegaba el rasguear lejano de una guitarra.
Vidal salió del cobertizo.
—Ahora vengo—dijo.
Un momento... y se oyó un grito de desesperación. Todos se levantaron.
—¿Ha sido Vidal?—preguntó la Flora.
—No sé—dijo Calatrava dejando la guitarra sobre la mesa.
Rumor de voces resonó hacia el río. Se asomaron todos al balcón que daba al Manzanares. En una de la islillas verdes dos hombres luchaban a brazo partido. Uno de ellos era Vidal; se le conocía por el sombrero cordobés blanco. La Flora, al conocerlo, dió un grito de terror; poco después los dos nombres se separaron y Vidal cayó a tierra, de bruces, en silencio. El otro puso una rodilla sobre la espalda del caído y debió asestarle diez o doce puñaladas. Luego se metió en el río, llegó a la otra orilla y desapareció.
Calatrava y Manuel se descolgaron por el barandado del cobertizo y se acercaron por el puente de tablas hacia el islote.
Vidal estaba tendido boca abajo y un charco de sangre había junto a él. Tenía clavada la navaja en el cuello, cerca de la nuca. Calatrava tiró del mango, pero el arma debía de estar incrustada en las vértebras. Después Marcos hizo dar al cuerpo media vuelta y le puso la mano en el pecho sobre el corazón.
—Está muerto—dijo tranquilamente.
Manuel miró al cadáver con horror; las últimas claridades de la tarde se reflejaban en sus ojos, muy abiertos. Calatrava puso al cadáver en la misma posición en que le había encontrado. Volvieron al merendero.
—¡Hala!, vamos—dijo Marcos.
—¿Y Vidal?—preguntó la Flora.
—Ha espichado.
La Flora comenzó a chillar; pero Calatrava la agarró violentamente del brazo y la hizo enmudecer.
—Vaya... ahuecando—dijo; y con gran serenidad pagó la cuenta, cogió la guitarra y salieron todos del merendero.
Había obscurecido; a lo lejos, Madrid, de un pálido color de cobre, se destacaba en el cielo azul, melancólico y dulce, surcado en el Poniente por grandes fajas moradas y verdosas: las estrellas comenzaban a lucir y a parpadear con languidez; el río brillaba con reflejo de plata.
Pasaron silenciosos el puente de Toledo, cada uno entregado a sus pensamientos y a sus temores. A final del paseo de los Ocho Hilos encontraron dos coches; Calatrava con la Aragonesa y la Flora entraron en uno; la Justa, y Manuel en otro.
CAPÍTULO V
El calabozo del Juzgado de guardia.—Digresiones.—La declaración.
Al día siguiente de la muerte de su primo, Manuel compró con ansiedad los periódicos; contaban todos lo pasado en el merendero; las señas de cada uno de los comensales venían claras; se había identificado el cadáver de Vidal, y se sabía que el asesino era el Bizco, un pájaro de cuenta, procesado por dos robos, lesiones y presunto autor de una muerte cometida en el camino de Aravaca.
El pánico de la Justa y de Manuel fué grandísimo; temían que les considerasen complicados en el crimen, que les llamasen a declarar; no sabían qué hacer.
Después de pensar mucho, decidieron como lo más cuerdo mudarse de casa e ir por los alrededores. Anduvieron la Justa y Manuel buscando habitación, y la encontraron al fin en una casa de la calle de Galileo, próxima al Tercer Depósito, en Vallehermoso.
La casa era barata, tres duros al mes; tenía dos balcones, que daban a un gran descampado o solar en donde tallaban los canteros grandes piedras. Este solar hallábase limitado por una cerca de pedruscos sueltos, residuos del corte de piedras, y en medio tenía una barraca en donde vivía el guarda con su familia.
Entraba en las habitaciones el sol desde que salía hasta que se ocultaba. Fuera por el terror producido por la muerte trágica de Vidal o por un impulso íntimo, Manuel sintió en su alma bríos para comenzar una vida nueva: buscó trabajo y lo encontró en una imprenta de Chamberí. Era muy violento para él estar encerrado todo el día en la imprenta; pero la misma violencia que tenía que hacer le animaba a perseverar. La Justa, en cambio, se aburría, se hallaba continuamente malhumorada y triste.
A la semana de esta vida ejemplar, un sábado, al volver a casa Manuel, se encontró con que no estaba la Justa. La esperó toda la noche, inquieto; no apareció.
Al día siguiente, cuando vió que no volvía, se echó a llorar. Comprendió que le abandonaba. Era el despertar de un sueño hermoso; había llegado a creer que al fin se emancipaban los dos de la miseria y de la deshonra.
Los días anteriores le había oído a la Justa quejarse de dolores de cabeza, de falta de apetito; pero no sospechaba aquella resolución, no creía que le iba a abandonar así, tan fríamente.
¡Y se sentía tan solo, tan miserable, tan cobarde otra vez! Aquel cuarto inundado de sol, que antes lo había encontrado alegre, ahora le parecía triste y sombrío. Miró desde el balcón las casas lejanas, con sus tejados rojos. En lontananza se extendía Madrid, envuelto en el ambiente limpio y claro, bajo un sol de oro. Algunas nubes blancas pasaban lenta y majestuosamente, desplegando sus fantásticas formas.
Familias de artesanos endomingados pasaban en grupos; se oían vagamente notas alegres de los organillos.
Manuel se sentó en la cama pensativo. ¡Cuántos buenos proyectos, cuántos planes acariciados en la mente no habían fracasado en su alma! Estaba al principio de la vida y se sentía sin fuerzas ya para la lucha. Ni una esperanza, ni una ilusión le sonreía. El trabajo, ¿para qué? Componer y componer columnas de letras de molde, ir y venir a casa, comer, dormir, ¿para qué? No tenía un plan, una idea, una aspiración. Miraba la tarde del domingo alegre, inundada de sol, el cielo azul, las torrecillas lejanas...
Embebido en vagos pensamientos, no oyó Manuel que llamaban a la puerta, cada vez más fuerte.
—¿Será la Justa?—pensó.—No puede ser.
Abrió la puerta con la vaga esperanza de encontrarla. Delante de él se presentaron dos hombres.
—Manuel Alcázar—le dijo uno de ellos—, quedas detenido.
—¿Por qué?
—El juez te lo dirá; ponte las botas y anda para adelante.
—¿Me van a atar?—preguntó Manuel.
—Si no haces tonterías, no. ¡Hala!, vamos.
Bajaron los tres a la calle y salieron al paseo de Areneros.
—Tomaremos el tranvía—dijo uno de los polizontes.
Entraron; venía atestado de gente y fueron los tres en la plataforma. Al llegar a la plaza de Santa Bárbara bajaron, y, cruzando dos o tres calles, aparecieron frente a las Salesas; de aquí torcieron una esquina, se metieron en un portal, atravesaron un pasillo largo, y al final de éste hicieron entrar a Manuel en un calabozo y cerraron por fuera.
Dicen que la soledad y el silencio son como el padre y la madre de los pensamientos profundos. Manuel, en medio de la soledad y el silencio, no encontró ni la idea más insignificante en su caletre. Por no encontrar, no encontró ni siquiera en el mundo de los fenómenos un sitio donde sentarse, lo cual no tenía nada de extraño, porque no había ni una mala silla ni una mala banqueta en el calabozo. Se sentía abatido y cansado, y se dejó caer en el suelo. Así permaneció algunas horas; de pronto, una claridad pálida brilló sobre la puerta, en un montante.
—Han encendido luz—se dijo Manuel—. Habrá obscurecido.
Poco después se oyó un estrépito de voces y de lloros.
—Ande usted, que si no le va a salir peor cuenta—decía una voz grave.
—Pero si yo no he sido, señor guardia, si yo no he sido—replicaba una voz suplicante—; déjeme usted ir a casa.
—¡Por Dios! ¡Por Dios!, que yo no he sido.
—Adentro.
Se oyó el ruido que hizo el hombre al entrar empujado en el calabozo, después el cerrar violento de la puerta. La voz suplicante siguió clamando con pesada monotonía:
—Yo no he sido... Yo no he sido... Yo no he sido.
—Pues señor, ¡vaya una lata!—se dijo Manuel. Si está toda la noche así, me va a divertir.
Las lamentaciones del vecino fueron aminorando poco a poco y debieron terminar en silencioso llanto. Se oía en el corredor los pasos rítmicos de alguno que iba y venía.
Manuel trató de buscar desesperadamente una idea en su cerebro, aunque no fuese más que para entretenerse con ella, y no encontró nada; lo único que pudo sacar en conclusión es que se había lucido.
Tal carencia de ideas le condujo como de la mano a un sueño profundo, que quizá no duró más que un par de horas, pero que a él le parecieron un año. Se despertó derrengado, con la cintura dolorida; no había perdido en el sueño la idea de que se hallaba encerrado, pero fué para él tan reparador el corto momento de descanso, que se encontró fuerte, dispuesto a cualquier cosa.
Tenía en el bolsillo aún el dinero que le habían dado en la imprenta. Llamó discretamente a la puerta del calabozo.
—¿Qué quiere usted?—le dijeron de afuera.
—Quisiera salir un rato.
Salió al pasillo.
—¿Podría traerme alguno un café?—preguntó a un guardia.
—Pagándolo...
—Claro que pagándolo. Que me traigan un café con tostada y una cajetilla.—Entregó al guardia dos pesetas.
—Ahora van—dijo éste.
—¿Qué hora es?—preguntó Manuel.
—Las doce.
—Si no fuera porque tengo que estar en ese rincón, le invitaría a tomar café conmigo; pero...
—Aquí fuera lo puede usted tomar. Con un café hay para los dos.
Vino un mozo con el café y los cigarros. Tomaron el café, fumaron un pitillo, y el guardia, ya conquistado, le dijo:
—Llévese usted un banco de estos para dormir.
Manuel cargó con uno y se echó a la larga. El día anterior, libre, se encontraba débil y caído; en aquel momento, preso, se sentía fuerte. Los proyectos se amontonaban en su cabeza, pero no podía dormir.
El cansancio físico consume las fuerzas y excita el cerebro; la imaginación aletea en la obscuridad como los pájaros nocturnos; como ellos, también se refugia en las ruinas.
Manuel no durmió, pero soñó y proyectó mil cosas: unas lógicas, la mayoría absurdas. La luz del día, al entrar vaga por el montante de la puerta, desechó sus ideas sobre el porvenir y pensó en lo inmediato.
Le irían a llevar ante el juez. ¿Qué iba a contestar? Idearía un plan: una casualidad le había llevado al puente del Sotillo; no conocía a Calatrava; pero, ¿y si le careaban con ellos? Se iba a embarullar. Lo mejor era decir la verdad y atenuarla en todo lo que pudiera, para favorecer su causa: le conocía a Calatrava por su primo; le veía de cuando en cuando en el Salón; él trabajaba en una imprenta...
Estaba ya decidido a seguir este plan, cuando entró un guardia:
—Manuel Alcázar.
—Servidor.
—Anda, al despacho del juez.
Siguieron los dos un largo pasillo y llamaron en una puerta.
—¿Da usía su permiso?—dijo el guardia.
—Adelante.
Pasaron a un despacho con dos grandes ventanas por donde se veían los árboles de la plaza. Delante de la mesa estaba el juez sentado en un sillón de alto respaldar. Frente a la mesa había un armario de estilo gótico lleno de libros. Un escribiente entraba y salía llevando montones de papeles debajo del brazo; el juez le hacía alguna que otra pregunta y firmaba de prisa.
Cuando terminó, el guardia, con la gorra en la mano, se acercó al juez y le indicó, en pocas palabras, quien era Manuel. El juez echó una mirada rápida sobre el muchacho, y éste, en aquel momento, pensó:
—Hay que decir la verdad; si no, me la arrancarán y será peor.
Con esta decisión se sintió más tranquilo.
—Acérquese usted—le dijo el juez.
Manuel se acercó.
—¿Cómo se llama usted?
—Manuel Alcázar.
—¿Cuántos años tiene?
—Veintiuno.
—¿Qué oficio?
—Cajista.
—¿Jura usted decir verdad en todo aquello que le sea preguntado?
—Sí, señor.
—Si así lo hace, Dios se lo premie, y si no, se lo demande. ¿Qué hizo usted el día del crimen?
—La noche antes, Vidal y yo, con dos mujeres, fuimos a ver cómo fusilaban a un soldado; después, por la mañana, dormí un rato, y a las once fuí con una mujer al merendero del puente del Sotillo, en donde nos habíamos citado con Vidal.
—¿Qué parentesco tenía usted con el muerto?
—Era su primo.
—¿Riñó usted alguna vez con él?
—No, señor.
—¿Cómo ha vivido usted hasta el día en que murió Vidal?
—He vivido del juego.
—¿Qué hacía usted para vivir del juego?
—Jugaba el dinero que me daban, en el Círculo de la Amistad, y entregaba las ganancias unas veces a Vidal, otras a un cojo que se llama Calatrava.
—¿Qué cargos desempeñaban en el Círculo Vidal y ese cojo?
—El Cojo era secretario del Maestro, y Vidal secretario del Cojo.
—¿Cómo se llama el Cojo?
—Marcos Calatrava.
—¿Por quién le conoció usted al Cojo?
—Por Vidal.
—¿En dónde?
—En la taberna del Majo de las Cubas, que está en la calle Mayor.
—¿Cuánto tiempo hará de esto?
—Un año.
—¿Quién le llevó a usted al Círculo de la Amistad?
—Vidal.
—¿Conoce usted a un sujeto apodado el Bizco?
—Sí, señor.
—¿De dónde le conoce usted?
—De que era amigo de Vidal, cuando chico.
—¿No era amigo también de usted?
—Amigo, no; nunca he tenido simpatía por él.
—¿Por qué?
—Porque me parecía malo.
—¿Qué entiende usted por esto?
—Lo que entiende todo el mundo; que tenía malas entrañas y martirizaba al que era más débil que él.
—¿Usted tiene una querida?
—Sí, señor.
—¿Es una mujer pública?
—Sí, señor—tartamudeó Manuel, temblando de dolor y de ira.
—¿Cómo se llama?
—Justa.
—¿Dónde vive?
—No sé; se marchó de mi casa anteayer.
—¿Dónde la conoció usted?
—En casa de un trapero, en donde yo estuve de criado.
—¿Cómo se llama ese trapero?
—El señor Custodio.
—¿Fué usted el que impulsó a su querida a prostituirse?
—Yo no, señor.
—Cuando la conoció usted, ¿era ya mujer pública?
—No, señor. Cuando la conocí era modista; un hombre la sacó de su casa; luego, cuando la ví por segunda vez, era ya pública.
Al decir esto, a Manuel le temblaba la voz y las lágrimas pugnaban por salir de sus ojos.
El juez le contempló fríamente.
—¿Quién propuso ir al merendero del puente del Sotillo?
—Vidal.
—¿Vió usted al Bizco rondar por los alrededores del merendero?
—Sí, señor.
—¿No le chocó?
—Sí, señor.
—¿Tenía usted noticia de que el Bizco había matado a una mujer en el camino de Aravaca?
—Eso me dijo Vidal.
—Después de este crimen del Bizco, ¿había hablado usted alguna vez con él?
—No, señor.
—¿Nunca?
—No, señor.
—Tenga cuidado con lo que dice—y el juez clavó su mirada en Manuel—. ¿No habló usted, después de la muerte de la mujer, nunca con el Bizco?
—No, señor—y Manuel sostuvo con energía la mirada del juez.
—¿No le chocó el que el Bizco rondara el merendero?
—Sí, señor.
—¿Cómo no le comunicó usted la noticia a Vidal?
—Porque mi primo me había dicho que no le hablara del Bizco.
—¿Por qué?
—Porque le daba miedo. Yo, sabiendo esto, no quise asustarle.
—Cuando vió usted que iba a salir, ¿cómo no le advirtió usted que podría estar el Bizco?
—No se me ocurrió.
—¿Qué hizo usted cuando oyó el grito dado por Vidal?
—Salí al balcón del merendero con las tres mujeres y con el Cojo, y desde allá vimos a Vidal y al Bizco en la islilla, que peleaban.
—¿Cómo conoció usted que eran ellos?
—Por el grito de Vidal, y además porque llevaba un sombrero cordobés blanco.
—¿Qué hora sería cuando sucedió esto?
—No sé a punto fijo. Estaba anocheciendo.
—¿Cómo conoció usted al Bizco?
—No le conocí; pensé que era él.
—¿Llevaba dinero Vidal?
—No lo sé.
—¿Cuánto duró la lucha?
—Un momento.
—¿No tuvieron ustedes tiempo de ir en su socorro?
—No, señor. A poco de asomarnos al balcón, cayó Vidal al suelo, y el otro se metió en el río y se fué.
—Está bien; ¿qué pasó después?
—El Cojo y yo nos descolgamos por el barandado, saltamos al río y nos acercamos a la isla. El Cojo le cogió la mano a Vidal y dijo: «Está muerto.» Luego volvimos los dos al merendero y nos fuimos.
El juez se volvió al escribiente:
—Luego le leerá usted la declaración, y que la firme.
Llamó al timbre y apareció el guardia.
—Que siga incomunicado.
Manuel salió del despacho, erguido. Le habían llegado al alma algunas de las frases del juez, pero estaba satisfecho de su declaración; no le habían llegado a embrollar.
Entró de nuevo en el calabozo y se tendió en el banco.
—El juez quiere hacerme cómplice del crimen. O ese juez es muy bruto o muy malo. En fin, esperemos.
Al medio día abrieron la puerta del calabozo y entraron dos hombres. Uno era Calatrava; el otro el Garro.
—Chico, acabo de leer en un periódico cómo te han prendido—dijo Calatrava.
—Ya ve usted, aquí me tienen.
—¿Has declarado?
—Sí.
—¿Qué has dicho?
—Toma, ¡qué voy a decir!, la verdad.
—¿Has hablado de mí?
—No que no. He hablado de usted, del Maestro y de todos.
—Rediós, ¡qué bestia eres!
—No; que voy a pudrirme yo aquí, sin culpa, mientras los demás se pasean por la calle.
—Merecías estar aquí siempre—exclamó Calatrava—, por panoli, por boceras.
Manuel se encogió de hombros. Consultáronse con la mirada Calatrava y el Garro, y salieron del calabozo.
Volvió Manuel a tenderse. A media tarde se abrió de nuevo la puerta y entró el guardia. Llevaba un puchero, pan y una botella de vino.
—¿Quién me manda esto?—preguntó Manuel.
—Una muchacha que se llama Salvadora.
Se enterneció Manuel con el recuerdo, y como el enternecimiento no le quitó el apetito, comió abundantemente y se tendió en el banco.
CAPÍTULO VI
Lo que pasaba en el despacho del juez.—La Casa de Canónigos.
Unas horas después el juez recibió tres cartas urgentes. Las abrió e hizo sonar inmediatamente un timbre.
—¿Quién ha traído estas cartas?—preguntó el juez de guardia.
—Un lacayo.
—¿Hay por ahí algún agente?
—Está el agente Garro.
—Que pase.
Entró el agente y se acercó a la mesa del juez.
—En estas cartas—le dijo éste—se hace referencia a la declaración que ha prestado ese muchacho preso. ¿Cómo alguien puede saber la declaración que ha dado?
—No lo sé.
—¿Ha hablado ese muchacho con alguno?
—Con nadie—dijo tranquilamente el Garro.
—En esta carta, dos señoras a quienes el ministro no puede negar nada, le piden a él, y él me pide a mí, que eche tierra a este asunto. ¿Qué interés pueden tener estas señoras en ello?
—No sé. Si supiera quiénes son, quizá...
—Son la señora de Braganza y la marquesa de Buendía.
—Sí, entonces sé de qué se trata. Los dueños del Círculo en donde estaba empleado el muchacho, tienen interés en que no se hable de la casa de juego. Uno de los dueños es la Coronela, que habrá hablado a esas señoras y esas señoras al ministro.
—¿Y qué relación tiene la Coronela con estas señoras?
—La Coronela presta dinero. Esta señora de Braganza firmó en falso con el nombre de su marido, y el documento lo guarda la Coronela.
—¿Y la marquesa?
—Lo de la marquesa es otra cuestión. Ya sabe usted que, últimamente, su querido era Ricardo Salazar.
—¿El ex diputado?
—Sí, un golfo completo. Hace uno o dos años, cuando las relaciones de Ricardo y la marquesa estaban todavía recientes, la marquesa recibía de vez en cuando una carta en la que le decían: «Tengo una carta de usted dirigida a su amante, en la que dice usted esto y esto (cosas íntimas bastante fuertes). Si no me da usted mil pesetas, enviaré la carta a su marido.» Ella, asustada, pagó tres, cuatro, cinco veces, hasta que por consejo de una amiga, y de acuerdo con un delegado, prendieron al hombre que iba con la carta. Resultó que era un enviado del mismo Ricardo Salazar.
—Sí.
—¡Vaya un caballero!
—Cuando riñeron la marquesa y Ricardo...
—¿Al descubrirse el enredo de la carta?
—No, eso se lo perdonó la marquesa. Riñeron porque Ricardo exigía dinero que la marquesa no pudo o no quiso darle. Salazar debía tres mil duros a la Coronela, y ésta, que no es tonta, le dijo: «Deme usted las cartas de la marquesa y no me debe usted nada.» Ricardo se las dió, y la marquesa ha quedado entregada de pies y manos a la Coronela y a sus socios.
El juez se levantó de su silla y paseó lentamente por el despacho.
—Hay además—dijo—un besalamano del director de El Popular, en que me ruega que no prospere este asunto. ¿Qué relación hay entre el garito y el propietario del periódico?
—Que es socio. En el caso que se descubriera el garito, el periódico haría una campaña fuerte contra el gobierno.
—¡Quién hace justicia de este modo!—murmuró el juez, pensativo.
El Garro contempló al juez irónicamente.
Se oyó el timbre del teléfono, que resonó durante largo tiempo.
—¿Da usía su permiso?—preguntó un escribiente.
—¿Qué hay?
—De parte del señor ministro, si se ha despachado el asunto conforme a sus deseos.
—Que sí, dígale usted que sí—contestó el juez malhumorado. Luego se volvió hacia el agente—. Este muchacho preso, ¿no tiene participación ninguna en el crimen?
—Absolutamente ninguna—contestó el Garro.
—¿Es primo del muerto?
—Sí, señor.
—¿Y conoce al Bizco?
—Sí, ha sido amigo suyo.
—¿Podría ayudar a la policía a capturar al Bizco?
—De esto yo me encargo. ¿Se le pone en libertad al preso?
—Sí. Necesitamos coger al Bizco. ¿No se sabe dónde anda?
—Andará escondido por las afueras.
—¿No hay algún agente que conozca bien los rincones de las afueras?
—El mejor es un cabo de Orden público que se llama Ortiz. Si quiere usted escribirle al Coronel de Seguridad que ponga a Ortiz a mis órdenes, el Bizco, antes de ocho días, está en la cárcel.
Llamó el juez a un escribiente, le mandó escribir una carta, y se la entregó a Garro.
Salió éste del despacho del juez e hizo que abrieran el calabozo de Manuel.
—¿Hay que declarar otra vez?—preguntó el muchacho.
—No; vas a firmar la declaración y quedas libre. Vamos.
Salieron a la calle. A la puerta del Juzgado vió Manuel a la Fea y a la Salvadora, pero ésta no tenía un aspecto tan severo como de ordinario.
—¿Estás ya libre?—le dijeron.
—Así parece. ¿De dónde sabíais que estaba preso?
—Lo hemos leído en el periódico—contestó la Fea—, y a ésta se le ocurrió traerte la comida.
—¿Y Jesús?
—En el Hospital.
—¿Qué tiene?
—El pecho... ya está mejor... Pasa luego por casa. Vivimos en el callejón del Mellizo, cerca de la calle de la Arganzuela.
—Bueno.
—Adiós, ¿eh?
—Adiós y muchas gracias.
Dieron el Garro y Manuel la vuelta a la esquina y entraron en un portal con dos leones de bronce y subieron una corta escalera.
—¿Qué es esto?—preguntó Manuel.
—Esta es la Casa de Canónigos.
Recorrieron un pasillo con mamparas negras, y en un cuarto en donde escribían dos hombres, el Garro preguntó por el Gaditano.
—Ahí fuera debe estar—le dijeron.
Siguieron adelante. Pululaban por los pasillos hombres que iban y venían de prisa; otros, quietos, esperaban. Eran éstos obreros desharrapados, mujeres vestidas de negro, viejas tristes con el estigma de la miseria, gente toda asustada, tímida y humilde.
Los que iban y venían llevando carpetas y papeles bajo el brazo, todos o casi todos tenían un continente altivo y orgulloso; era el juez que pasaba con su birrete y su levita negra, mirando con indiferencia a través de sus gafas; era el escribano, menos grave, más jovial, que llamaba a uno y le hablaba al oído, entraba en la escribanía, dictaba, firmaba y volvía a salir; era el abogado joven que preguntaba por la marcha de sus pleitos; era el procurador, los curiales, los escribientes, los pinches.
Y empujando al rebaño de humildes y de miserables hacia el matadero de la Justicia, aparecían el usurero, el polizonte, la corredora de alhajas, el prestamista, el casero...
Todos se entendían con los pinches y escribientes, los cuales les arreglaban sus asuntos; daban carpetazo a los procesos molestos, arreglaban o empeoraban un litigio y mandaban a presidio o sacaban de él por poco dinero.
¡Qué admirable maquinaria! Desde el primero hasta el último de aquellos leguleyos, togados y sin togar, sabían explotar al humilde, al pobre de espíritu, proteger los sagrados intereses de la sociedad haciendo que el fiel de la justicia se inclinara siempre por el lado de las monedas...
El Garro encontró al Gaditano, a quien buscaba, y le llamó:
—Oye, tú has tomado la declaración a este chico, ¿verdad?
—Sí.
—Pues haz el favor de poner que no sabe quién le mató a su primo; que supone que sea el Bizco, y nada más. Y luego decreta su libertad.
—Bueno. Pasad a la escribanía.
Entraron en un cuarto estrecho, con una ventana en el fondo. En una de las paredes largas del cuarto había un armario y encima una porción de cosas procedentes de robos y de embargos, entre ellas una bicicleta.
Entró el Gaditano, sacó del armario un legajo y se puso a escribir rápidamente.
—Que es primo del muerto y que supone que el autor del hecho de autos es un sujeto apodado el Bizco, ¿no es eso?
—Eso es—dijo el Garro.
—Bueno, que firme aquí... Ahora aquí... Ya está.
Se despidió el agente del Gaditano, y Manuel y Garro salieron a la calle.
—¿Ya estoy libre?—preguntó Manuel.
—No.
—¿Por qué no?
—Te han dejado libre con una condición: que ayudes a buscar al Bizco.
—Yo no soy de la policía.
—Bueno, pues escoge: o ayudas a buscar al Bizco, u otra vez vas al calabozo.
—Nada; ayudaré a buscar al Bizco.
CAPÍTULO VII
La Fea y la Salvadora.—Ortiz.—Antiguos conocidos.
Salieron los dos por la calle del Barquillo a la de Alcalá.
No me vuelven a coger, pensó Manuel; pero luego se le ocurrió que tan tupida y espesa era la trama de las leyes que resultaba muy difícil no tropezar con ella aunque se anduviese con mucho tiento.
—Y no me ha dicho usted todavía por quién me dejan libre—exclamó Manuel.
—¿Por quién te han puesto libre? Por mí—contestó Garro.
—Manuel no contestó.
—Y ahora, ¿dónde vamos?—preguntó.
—Al Campillo del Mundo Nuevo.
—Entonces tenemos camino largo.
—En la Puerta del Sol tomaremos el tranvía de la Fuentecilla.
Efectivamente, así lo hicieron. Bajaron en el sitio indicado y tomaron por la calle de la Arganzuela. Al final de esta calle, a mano derecha, ya en la plaza que constituye el Campillo del Mundo Nuevo, se detuvieron. Pasaron por un largo corredor a un patio ancho con galerías.
En la primera puerta abierta entró Garro y preguntó con voz autoritaria:
—¿Vive aquí un cabo del Orden que se llama Ortiz?
Del fondo de un rincón obscuro, en donde trabajaban dos hombres, cerca de un hornillo, contestó uno de ellos:
—¿A mí qué me cuenta usted? Pregúnteselo usted al portero.
Los dos hombres estaban haciendo barquillos. Tomaban de una caldera, llena de una masa blanca como engrudo, una cucharada y la echaban en unas planchas que se cerraban como tenazas. Después de cerradas las ponían al fuego, las calentaban por un lado y por otro, las abrían, y en una de las planchas aparecía el barquillo como una oblea redonda. El hombre, rápidamente, con los dedos, lo arrollaba y lo colocaba en una caja.
—¿De manera que no saben ustedes si vive o no aquí Ortiz?—preguntó de nuevo Garro.
—Ortiz—dijo una voz del fondo negro, en donde no se veía nada—. Si, aquí vive. Es el administrador.
Manuel entrevió en el agujero negro dos hombres tendidos en el suelo.
—Pues si es el administrador—dijo el que trabajaba—, hace un momento estaba en el patio.
Salieron Garro y Manuel al patio y el agente vió al guardia en la galería del piso primero.
—¿Qué hay? ¿Quién me llama?
—Soy yo, Garro.
Bajó el guardia con rapidez, y apareció en el patio.
—¡Ola, señor Garro! ¿Qué le trae a usted por aquí?
—Este muchacho es primo de ese que han matado en el puente del Sotillo; conoce al agresor, que es un randa conocido por el Bizco. ¿Quieres encargarte de la captura?
—Hombre... Si me lo mandan...
—No, la cuestión es si tienes tiempo y quieres hacerlo. Yo llevo una carta aquí del juez para tu coronel, pidiéndole que te encargues tú de la captura. Ahora, si no tienes tiempo, dilo.
—Tiempo hay de sobra.
—Entonces ahora voy a dejar la carta a tu coronel.
—Bueno. ¿Habrá alguna propinilla, eh?
—Descuida. Aquí está el chico; no le sueltes, que te acompañe.
—Está bien.
—¿No hay más que decir?
—Nada.
—Pues adiós, y buena mano derecha.
—Adiós.
El Garro salió de la casa y quedaron frente a frente Manuel y Ortiz.
—Tú no te separas de mi lado hasta que cojamos al Bizco, ya lo sabes—le dijo el cabo a Manuel.
El tal Ortiz, afamado como perseguidor de granujas y de bandidos, era un tipo de criminal completo; tenía el bigote negro y recortado las cejas salientes y unidas, la nariz chata, el labio superior retraído, que dejaba mostrar los dientes hasta su nacimiento; la frente estrecha y una cicatriz profunda en la mejilla.
Vestía de paisano, traje obscuro y gorra. En su figura había algo de lo agresivo de un perro de presa y de lo feroz de un jabalí.
—¿No me va usted a dejar salir?—preguntó Manuel.
—No.
—Tenía que ver a unas amigas.
—Aquí no hay amigas que valgan. ¿Quiénes son ellas?, algunas golfas...
—No; son las hermanas de un cajista compañero mío, que fueron mis vecinas en el parador de Santa Casilda.
—¡Ah!, pero ¿tú has vivido allí?
—Sí.
—Pues yo también. Las conoceré.
—No sé; son hermanas de un cajista que se llama Jesús.
—La Fea.
—Sí.
—La conozco. ¿Dónde vive?
—En el callejón del Mellizo.
—Aquí mismo está. Vamos a verla.
Salieron de casa; calle de la Arganzuela arriba estaba el callejón del Mellizo, próximo al matadero de cerdos. No había en el callejón que en su principio tenía empalizadas a ambos lados y estaba obstruído por grandes losas puestas unas encima de otras, más que una casa grande en el fondo. Delante de la casa, en un patio grande, trajinaban algunos cañís con mulas y pollinos en las galerías asomaban gitanas negras y gitanillas de ojos brillantes y trajes abigarrados.
Preguntaron a un gitano por la Fea y les indicó el número 6 del piso segundo.
En la puerta del cuarto, un letrero, escrito en una cartulina, ponía: «Se cose a máquina».
Llamaron y apareció un chiquillo rubio.
—Este es el hermano de la Salvadora—dijo Manuel.
Se presentó la Fea en la puerta y recibió a Manuel con grandes extremos de alegría y saludó a Ortiz.
—¿Y la Salvadora?—preguntó Manuel.
—En la cocina; ahora viene.
El cuarto era claro, con una ventana por donde entraban los últimos rayos del sol poniente.
—Debe ser muy alegre este cuarto—dijo Manuel.
—Entra el sol desde que sale hasta que se marcha—contestó la Fea—. Queremos mudarnos, pero no encontramos cuarto parecido a éste.
Respiraba aquello tranquilidad y trabajo; había dos máquinas de coser nuevas, un armario de pino, sillas y macetas en la ventana.
—¿Y Jesús, en el hospital?
—En la clínica de San Carlos—dijo la Fea.
No quería ser gravoso a la familia; y aunque la Salvadora y ella le hubieran cuidado en casa, a él se le había metido en la cabeza ir al hospital. Afortunadamente, se encontraba ya mucho mejor y le iban a dar el alta.
En esto entró la Salvadora. Estaba muy arrogante y muy guapa. Saludó a Manuel y a Ortiz y se sentó a coser a la máquina.
—¿Te quedarás a cenar con nosotras?—le preguntó la Fea a Manuel.
—No, no puedo; no me dejan.
—Si vosotras me aseguráis—saltó diciendo Ortiz—que cuando le avise a este hombre vendrá, aunque sean las dos de la mañana, le dejo libre.
—Sí, pues se lo aseguramos a usted—dijo la Fea.
—Bueno, entonces me voy. Mañana a las nueve en punto en mi casa. ¿Estamos?
—Sí, señor.
—Con exactitud militar.
—Con exactitud militar.
Se fué Ortiz y quedó Manuel en el cuarto de las dos costureras.
La Salvadora, muy desdeñosa con Manuel, parecía ofenderse porque éste le miraba con cierta complacencia al verla tan guapa. Enrique, el hermano de la Salvadora, estaba fuerte y muy gracioso; jugó con Manuel y le contó, en su media lengua, una porción de cosas de su hermana y de su tía, como le llamaba a la Fea.
Después de cenar y de acostar al chico, pasaron al cuarto de una bordadora de la vecindad y Manuel se encontró con dos antiguos amigos suyos: el Aristas y el Aristón.
El Aristas había olvidado sus entusiasmos de gimnasta y se había hecho capataz de periódicos.
Corría medio Madrid llevando el papel de un puesto a otro, y le había sustituído al Aristón en su cargo de comparsa. Por la mañana repartía periódicos, repartía entregas, repartía prospectos; por la tarde solía pegar anuncios y por la noche iba al teatro. Tenía una actividad extraordinaria, no paraba nunca; organizaba funciones, bailes; representaba los domingos con una compañía de aficionados; sabía de memoria todo el Don Juan Tenorio, El puñal del godo y otros dramas románticos; tenía tres o cuatro novias y a todas horas hablaba, peroraba, disponía y manifestaba una alegría sana y comunicativa.
El Aristón, algo más moderado en su necromanía, estaba de ajustador en una fábrica y tenía un buen sueldo. Manuel se encontró muy agradablemente entre sus antiguos amigos.
Vió, o creyó ver al menos, que el Aristón galanteaba a la Fea y le llamaba repetidas veces Joaquina, como era su nombre. La Fea, al verse galanteada, se ponía hasta guapa.
Manuel, de noche, fué a su casa a la calle de Galileo. No había vuelto la Justa. El Aristas le encontró trabajo en una imprenta de la Carrera de San Francisco.
CAPÍTULO VIII
La pista del Bizco.—Las afueras.—El ideal de Jesús.
Al día siguiente, después de trabajar en la imprenta, Manuel, a las nueve de la noche, estaba en casa de Ortiz.
—Así me gusta—le dijo el cabo—, con puntualidad militar.
Ortiz se armó de un revólver que metió en el cinto, de un bastón que sujetó al puño con una correa y de una cuerda; entregó un garrote a Manuel y salieron los dos.
—Vamos por estos cafetines—dijo el guardia a Manuel—, y tú mira bien si está el Bizco.
Hablaron mientras subían por la calle de la Arganzuela.
Ortiz era un polizonte enamorado de su profesión. Su padre lo había sido también, y el instinto de persecución era en ellos tan fuerte como en los perros de caza.
Ortiz, según contó, estuvo de carabinero en la costa de Málaga, en lucha siempre con los contrabandistas, hasta que vino a Madrid y entró en el Orden público.
—He hecho más servicios que nadie—dijo—; pero no me ascienden porque no tengo recomendaciones. A mi padre le pasó lo mismo; él cogió más ladrones que toda la policía de Madrid junta, y nada, no pasó de cabo. Luego le colocaron en la ronda de las alcantarillas, y tuvo cada trifulca allá abajo...; pero aquél no llevaba revólver, ni garrote, como yo, sino su trabuco. Era un guerrero.
Pasaron por delante de una taberna y entraron, bebieron su copa de vino, y Manuel recorrió con la mirada la gente reunida alrededor de las mesas.
—No hay nada de lo que buscas—dijo el tabernero al policía.
—Ya veo que no, tío Pepe—contestó Ortiz, y sacó dos monedas para pagar.
—Está pago—replicó el tabernero.
—Gracias. ¡Adiós!
Salieron de la taberna y llegaron a la plaza de la Cebada.
—Vamos al café de Naranjeros—dijo el polizonte—; aunque por aquí no es fácil que ande ese pájaro, pero muchas veces, donde menos se piensa...
Entraron en el café; no había más que un grupo de personas hablando con las cantaoras. Ortiz, desde la puerta, gritó:
—Eh, Tripulante, haz el favor.
Se levantó un joven con aire de señorito y se acercó a Ortiz.
—¿Tú conoces a un randa a quien llaman el Bizco?
—¿Anda por estos barrios?
—No, por aquí no.
—¿De veras?
—De veras que no. Estará hacia abajo; puede usted creerme.
—Te creo, hombre, ¿por qué no? Oye, Tripulante—añadió Ortiz agarrando del brazo al muchacho—: Ojo ¿eh? que te vas a caer.
El Tripulante se echó a reir, y poniéndose el dedo índice de la mano derecha en el párpado inferior y guiñando el ojo, murmuró:
—¡La pista!... ¡Y que no aluspia uno, camará!
—Bueno; pues estate al file por si acaso. Mira que te se conoce.
—Descuide usted, señor Ortiz—replicó el muchacho—; se filará.
Salieron el guardia y Manuel del café.
—Este es uno de ful, listo como un condenado. Vamos hacia abajo; quizá que el Tripulante tenga razón.
Llegaron a la ronda de Toledo. La noche estaba hermosa, estrellada; brillaban algunas hogueras a lo lejos; de la chimenea de la Fábrica del Gas salía una humareda negra, como la espiración poderosa de un monstruo. Pasaron por la calle del Gas, iluminada, para contrastar su nombre, con faroles de petróleo, y bajaron, rasando Casa Blanca, a las Injurias. Cruzaron por una callejuela y se encontraron de manos a boca con el sereno.
Ortiz le dijo a lo que iban, le dió las señas del Bizco; pero el sereno les advirtió que allí no había ninguno de aquellas señas.
—Preguntaremos si ustedes quieren.
Entraron los tres por un pasillo estrecho a un patio, con el suelo lleno de barro. Salía luz por la ventana de una casa y se asomaron a mirar. A la luz de un cabo de vela, colocado en un vasar de madera, se veía un viejo haraposo sentado en el suelo. A su lado dos muchachos y una chiquilla, cubiertos de andrajos, dormían.
Salieron del patio y recorrieron una callejuela.
—Aquí hay una familia que no conozco—dijo el sereno, y llamó en la puerta con la contera del chuzo. Tardaron en abrir.
—¿Quién es?—dijo de adentro una voz de mujer.
—La autoridad—contestó Ortiz.
Abrió una mujer envuelta en harapos y sin camisa. El sereno entró y pasaron Manuel y Ortiz dentro; apestaba allí de un modo atroz. En un camastro hecho de trapos y papeles, dormía una mujer ciega. El sereno metió el chuzo por debajo de la cama.
—Ya ven ustedes, aquí no está.
Salieron Ortiz y Manuel de las Injurias.
—Ahí en las Cambroneras vivió el Bizco durante algún tiempo—dijo Manuel.
—Entonces no hay que buscarle por ahí; pero no importa, ¡hala que hala!—repuso Ortiz—. Vamos allá.
Cruzaron por el paseo de Yeserías; brillaban las luces de los faroles a los lados del puente de Toledo; alguna vena estrecha del río los reflejaba en su agua negra. Hacia Madrid, de las chimeneas de la Fábrica del Gas salían llamaradas rojas como dragones de fuego. Se oían a lo lejos los silbidos de un tren; en la dehesa del Canal los árboles torcidos destacaban su silueta negra en el ambiente obscuro de la noche.
Se encontraron en las Cambroneras al sereno y le preguntaron por el Bizco.
—Yo hablaré mañana a Paco el Cañí y lo sabré. ¿Dónde nos vemos mañana?
—En la taberna de la Blasa.
—Bueno. Allí iré a las tres.
—Volvieron a pasar el puente y entraron en Casa Blanca.
—Veremos al administrador—dijo Ortiz. Entraron en un portal, y a un lado de éste, en un cuarto por cuya puerta entornada salía luz, llamaron. Un hombre en mangas de camisa salió al portal.
—¿Quién es?—gritó.
Ortiz se dió a conocer.
—Aquí no está ese—contestó el administrador—. Estoy seguro; tengo todos mis inquilinos apuntados en este cuaderno y los conozco.
De Casa Blanca, Ortiz y Manuel se dirigieron hacia las Peñuelas y Ortiz echó un largo párrafo con el sereno. Después recorrieron algunas tabernas del barrio, en donde había gente, a pesar de tener las puertas cerradas.
Al pasar por la calle del Ferrocarril, el sereno señaló el sitio donde se había encontrado descuartizada a la mujer del saco. Hablaron Ortiz y el sereno de este y otros crímenes cometidos allá cerca, y se despidieron.
—Este sereno es un barbián—dijo Ortiz—; ha acabado con los matones de las Peñuelas a garrotazos.
Era ya tarde después de la visita a las tabernas, y Ortiz estimó que podrían dejar la campaña para el día siguiente. Se quedó él en el Campillo del Mundo Nuevo, y Manuel, atravesando medio Madrid, se fué a su casa.
Por la mañana temprano marchó a la imprenta, y al advertir que por la tarde no podía ir le despidieron.
Manuel fué a comer a casa de la Fea.
—Me han despedido de la imprenta—dijo al entrar.
—Habrás ido tarde—saltó la Salvadora.
—No, sino que Ortiz me dijo ayer que esta tarde tenía que ir con él, y lo he advertido en la imprenta y me han despedido.
—Si hasta que esté arreglado eso no puedes empezar a hacer nada—dijo la Fea.
La Salvadora sonrió irónicamente y Manuel sintió que se le enrojecía la cara.
—No, no lo creas si no quieres, pero es verdad.
—Si yo no te he dicho nada, hombre—replicó burlonamente la Salvadora.
—Ya sé que no me has dicho nada, pero te reías.
Manuel salió de casa de la Fea irritado, fué a buscar a Ortiz, y reunido con él, bajó a las Injurias.
Hacía un día de sol espléndido, una tarde templada. Se sentaron a la puerta de la taberna de la Blasa. En una callejuela que se veía enfrente, dormían los hombres tumbados a las puertas de sus casas; las mujeres correteaban de un lado a otro con las haraposas faldas recogidas, chapoteando los pies en la alcantarilla mal oliente que corría por en medio de la calleja como un arroyo negro. Alguna de aquellas mujeres llevaba la colilla en la boca. Las ratas, grandes, grises, corrían por encima del barro, y algunos chicos desnudos las perseguían a palos y a pedradas.
Habló Ortiz con la dueña de la tasca, y poco después apareció allá el sereno de las Cambroneras. Saludó a Ortiz, tomaron unas copas los dos, y el sereno dijo:
—Hablé con Paco el Cañí. Le conoce al Bizco. Dice que no anda por estos barrios. El cree que debe estar en la Manigua, en la California o por ahí.
—Es muy posible. Bueno, señores, hasta la vista—; y Ortiz se levantó y Manuel hizo lo mismo. Subieron a la glorieta del puente de Toledo, cruzaron el Manzanares y echaron a andar por la carretera de Andalucía. Por allá había ido a merendar días antes Manuel con Vidal y con Calatrava. Seguían los mismos grupos de randas en las puertas de los merenderos; algunos conocían a Ortiz y le invitaban a tomar una copa.
Llegaron a una barriada, próxima al río, de chozas míseras, sin chimeneas, sin ventanas, con los techos formados por cañizos. Nubes de mosquitos se levantaban sobre las hierbas de la orilla.
—Este es el Tejar de Mata Pobres—dijo Ortiz.
En aquellas pobres chozas se refugiaban algunos traperos con sus familias. Todos los habitantes de tan miserable aduar, escuálidos, amarillentos, estaban devorados por las fiebres, cuyos gérmenes brotaban de las aguas negras y fangosas del río. Nadie conocía allí al Bizco. Manuel y Ortiz siguieron adelante. A corta distancia de este poblado apareció otro, sobre un altonazo, constituído por casuchas con sus corrales.
—El barrio de los Hojalateros; así se llama esto—indicó Ortiz.
Era como una aldea levantada sobre estiércol y paja. Cada una de las casas, hechas con escombros y restos de todas clases, tenía su corraliza limitada por vallas de latas viejas, roñosas, extendidas y clavadas en postes. Se mezclaba allí la miseria urbana con la miseria campesina; en el suelo de los corrales, las cestas viejas, las cajas de cartón de las sombrererías, alternaban con la hoz mellada y el rastrillo. Alguna de las casas daba la impresión de relativo bienestar, y su aspecto era ya labradoriego; en sus corralizas se levantaban grandes montones de paja; las gallinas picoteaban en el suelo.
Ortiz se acercó a un hombre que estaba componiendo un carro.
—Oiga, buen amigo: ¿conoce usted por si acaso a un muchacho que se llama el Bizco?, uno rojo, feo...
—¿Acaso es usted de la policía?—preguntó el hombre.
—No; no, señor.
—Pues lo parece; pero eso allá usted. No conozco a ese Bizco—y el hombre volvió la espalda.
—Aquí hay que andar con ojo—murmuró Ortiz—, porque si se enteran a lo que venimos nos dan un pie de paliza que nos revientan.
Salieron del barrio de los Hojalateros, cruzaron el río por un puente por donde pasaba la línea del tren, y siguieron por la orilla del Manzanares.
En las praderas próximas al río, cubiertas de hierba verde y luciente, pastaban las vacas; algunos andrajosos andaban despacio, con cautela, buscando grillos.
Llegaron Manuel y Ortiz a unas casas de campo que llamaban la China; el guardia interrogó a un hortelano. No conocía al Bizco.
Se alejaron de allá, y se sentaron en la hierba a descansar. Iba anocheciendo; surgía Madrid, amarillo rojizo, con sus torres y sus cúpulas, iluminado con la última palpitación del sol poniente. Relucían las vidrieras del Observatorio. Una bola grande de cobre, del remate de algún edificio, centelleaba como un sol sobre los tejados mugrientos; alguna que otra estrella resplandecía en la bóveda de azul de Prusia del cielo; el Guadarrama, de color violeta obscuro, rompía con sus picachos blancos el horizonte lejano.
Volvieron de prisa Ortiz y Manuel. Al llegar al paseo de Embajadores era de noche; tomaron una copa en un merendero de la Manigua y echaron una ojeada por allá.
—Cena conmigo—dijo Ortiz—, y por la noche volveremos a la cacería. Hemos de registrar todo Madrid.
Cenó Manuel con el guardia y con su familia en la casa del Campillo del Mundo Nuevo. Después de cenar recorrieron casi todas las tabernas de las calles del Mesón de Paredes y de Embajadores, y entraron en el cafetín de la calle de la Esgrima. Estaba todo el local lleno de golfos; al sentarse el guardia y Manuel, se comunicaron los contertulios unos a otros la noticia. Un muchacho que estaba en una mesa próxima mostrando en un corro una sortija y una peineta, las guardó de prisa y corriendo al ver a Ortiz. El guardia notó la maniobra, y le llamó al mozo.
—¿Qué quiere usted?—preguntó éste escamado.
—Preguntarte una cosa.
—Usted dirá.
—¿Tú conoces a uno que llaman el Bizco?
—Yo no, señor.
El guardia hizo más preguntas al muchacho; debió de convencerse que no conocía al Bizco, porque murmuró:
—No sabe nadie dónde está.
Siguieron recorriendo tabernas; al pasar por la calle del Amparo, Ortiz dispuso que registraran una casa de dormir que tenía un farol rojo en uno de sus balcones.
Entraron y subieron una escalera de tablas, con los peldaños vacilantes, iluminada por un farol empotrado en la pared. En el primer piso había habitaciones para citas; en el segundo estaba el dormitorio público. Tiró Ortiz de la cadena de la campanilla y apareció una mujer astrosa, con una vela en la mano, un pañuelo blanco en la cabeza y en chanclas: era la encargada.
—Somos de la policía y queremos echar un vistazo por dentro. Si usted lo permite, entraremos.
La mujer se encogió de hombros y dejó lugar para que pasaran.
Recorrieron un corto pasillo, que terminaba en una sala larga y estrecha, con pies derechos de madera a ambos lados y dos filas de camas. En la crujía central pendía un quinqué de petróleo, que apenas iluminaba la cuadra anchurosa. El suelo, de ladrillos, se torcía hacia un lado.
Ortiz pidió la vela y fué alumbrando los rostros de los que ocupaban las camas.
Unos dormían con desaforados ronquidos; otros, despiertos, se dejaban contemplar con desdén. Por entre las cubiertas de las camas se veían espaldas desnudas, torsos hercúleos, tórax comprimidos de gente enferma...
—Y abajo, ¿hay alguien?—preguntó Ortiz a la encargada.
—En el principal, no. En los cuartos del zaguán habrá alguno.
Bajaron al portal. Una puerta conducía a un sótano húmedo. En un rincón dormía un mendigo, envuelto en harapos.
Al día siguiente de esta correría, por la tarde, al entrar Manuel en casa de la Fea, se encontró con Jesús, sentado, charlando con su hermana y la Salvadora.
Manuel sintió cierta emoción al verle. Estaba muy flaco y muy pálido. Los dos se examinaron atentamente y hablaron de su vida en el tiempo en que no se habían visto. Después pasaron a cosas del momento, y Manuel expuso su situación y el compromiso que tenía con Ortiz.
—Ya, ya me lo han dicho—advirtió Jesús—, y yo no quería creerlo. ¿De manera que a ti te dejaron en libertad a condición de que ayudases a coger al Bizco? ¿Y tú aceptas?