—Sí. Si no, no me dejan en libertad, ¿Qué iba a hacer?
—Negarte.
—¿Y pudrirme en la cárcel?
—Y pudrirte en la cárcel, mejor que hacer a un amigo una charranada así.
—El Bizco no es amigo mío.
—Pero lo fué, por lo que tú dices.
—Amigo, no...
—Compañero de golfería, vamos.
—Sí.
—¿De modo que te has hecho polizonte?
—¡Hombre!... Además, el muerto era mi primo.
—¡Cualquiera se fía de ti!—añadió sarcásticamente el cajista.
Manuel se calló. Pensó que había hecho mal en comprometerse. El Bizco era un bandido; pero a él no le había hecho nunca daño, era la verdad.
—Lo malo es que no puedo volverme atrás—dijo Manuel—ni escaparme, porque ese Ortiz vendría aquí y sería capaz de llevar a tu hermana y a la Salvadora a la cárcel.
—¿Por qué?
—Porque ellas le han dicho que respondían de mí.
—¡Quiá, hombre! Le dicen que estuviste aquí, que te dijeron que no te se olvidara el hacer lo de los demás días, y que no saben nada más, sencillamente.
—¿A ti qué te parece?—preguntó Manuel, indeciso, a la Fea.
—Haz lo que quieras; yo creo que Jesús ya sabrá lo que dice, y que a nosotras no nos pueden hacer nada.
—Hay otra cosa—advirtió Manuel—: que yo no puedo vivir escondido mucho tiempo; tendré que trabajar para comer, y me cogerán.
—Yo te llevaré a una imprenta que conozco—replicó Jesús.
—Pero pueden sospechar. No, no.
—¿Prefieres ser un charrán?
—Voy a hacer una cosa: ir ahora mismo a ver a uno que lo puede arreglar todo.
—Espera un momento.
—No, no; déjame.
Salió Manuel decidido a hablar con el Cojo o con el Maestro. Fué a la carrera al Círculo. Le dejaron pasar; subió al piso primero, y al hombre que solía estar en la puerta de la sala de juego, le preguntó:
—Y el Maestro, ¿está en la secretaría?
—No; el que está es don Marcos.
Llamó Manuel a la puerta y pasó adelante. Calatrava estaba en una mesa con un empleado contando fichas blancas y rojas. Al ver a Manuel le miró fijamente:
—¿A qué vienes tú aquí? ¡Soplón!—exclamó—. Aquí no haces falta.
—Ya lo sé.
—Estás despedido. El jornal no lo esperes.
—No; no lo espero.
—Entonces, ¿a qué vienes aquí?
—Vengo a esto. El Garro, el polizonte amigo de usted, me puso en libertad con la condición de que ayudara a coger al que mató a Vidal, y a mí me hacen ir y venir a todas horas, y ya me he hartado de eso, y ya no quiero hacer de polizonte.
—Pues mira, de todo eso, a mí... Prim.
—No, porque si yo no aparezco por casa del cabo, a quien me confió el Garro, me cogerán y me llevarán a la cárcel.
—Bueno; allá aprenderás a no mover la sin hueso.
—No; allá lo que haré será declarar cómo se estafa en este Círculo a la gente...
—Tú estás loco. Tú quieres que te dé dos garrotazos.
—No; yo quiero que le diga usted al Garro que no me da la gana de perseguir al Bizco, y, además, que le mande usted que no me persiga; conque ya sabe usted lo que tiene que hacer.
—Lo que voy a hacer es darte dos patadas ahora mismo, ¡soplón!
—Eso lo veremos.
Se acercó el Cojo a Manuel con el puño cerrado y le largó un puñetazo; pero Manuel tuvo la habilidad de agarrarle de la mano, y empujándole para atrás, le hizo perder el equilibrio y cayó sobre la mesa y la derribó con un estrépito formidable. Se levantó Calatrava furioso y se fué hacia Manuel; pero al ruido entraron algunos mozos y los separaron. En esta situación, apareció el Maestro en la puerta de la secretaría.
—¿Qué pasa?—preguntó mirando a Calatrava y a Manuel severamente—. Marcháos vosotros—añadió dirigiéndose a los demás.
Quedaron los tres solos, y Manuel explicó el motivo de la cuestión.
El Maestro, después de oirle, dijo a Calatrava:
—¿Es eso de veras lo que te ha dicho?
—Sí; pero ha venido aquí con exigencias...
—Bueno. De eso no hay que hablar. ¿De manera—añadió dirigiéndose a Manuel—que tú no quieres ayudar a la policía? Haces bien. Puedes marcharte. Yo le diré al Garro que no te moleste.
Una hora después, Manuel y Jesús habían salido de casa a dar una vuelta. Hacía una noche de calor sofocante; bajaron a la Ronda.
Hablaron. Manuel sentía una sorda irritación contra todo el mundo, un odio hasta entonces amortiguado se despertaba en su alma contra la sociedad, contra los hombres...
—De veras te digo—concluyó diciendo—que quisiera que estuviera lloviendo dinamita ocho días y bajara después el Padre Eterno hecho ascuas.
Y rabioso invocó a todos los poderes destructores para que redujesen a cenizas esta sociedad miserable.
Jesús le escuchaba con atención.
—Eres un anarquista—le dijo.
—¿Yo?
—Sí. Yo también lo soy.
—¿Tu?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde que he visto las infamias que se cometen en el mundo; desde que he visto cómo se entrega fríamente a la muerte un pedazo de humanidad; desde que he visto cómo mueren desamparados los hombres en las calles y en los hospitales—contestó Jesús con cierta solemnidad.
Manuel enmudeció. Pasaron los dos amigos silenciosos por la ronda de Segovia, y en los jardinillos de la Virgen del Puerto se sentaron.
El cielo estaba espléndido, cuajado de estrellas; la vía láctea cruzaba la cóncava inmensidad azul. La figura geométrica de la Osa Mayor brillaba muy alta. Arturus y Wega resplandecían dulcemente en aquel océano de astros.
A lo lejos el campo oscuro, surcado por líneas de luces, parecía el mar en un puerto, y las filas de luces semejaban las de los malecones de un muelle.
El aire húmedo y caliente venía impregnado de olores de plantas silvestres, agostadas por el calor.
—¡Cuánta estrella!—dijo Manuel—. ¿Qué serán?
—Son mundos, y mundos sin fin.
—No sé por qué hoy me consuela ver ese cielo tan hermoso. Oye, Jesús; ¿tú crees que habrá hombres en esos mundos?—preguntó Manuel.
—Quizá; ¿por qué no?
—¿Y habrá también cárceles, jueces, casas de juego, polizontes?... ¿Eh? ¿Crees tú?
Jesús no contestó a la pregunta. Luego habló con una voz serena de un sueño de humanidad idílica, un sueño dulce y piadoso, noble y pueril.
En su sueño, el hombre, conducido por una idea nueva, llegaba a un estado superior.
No más odios, no más rencores. Ni jueces, ni polizontes, ni soldados, ni autoridad, ni patria. En las grandes praderas de la tierra, los hombres libres trabajan al sol. La ley del amor ha sustituído a la ley del deber, y el horizonte de la humanidad se ensancha cada vez más extenso, cada vez más azul...
Y Jesús continuó hablando de un ideal vago de amor y de justicia, de energía y de piedad; y aquellas palabras suyas, caóticas, incoherentes, caían como bálsamo consolador sobre el corazón ulcerado de Manuel... Luego los dos callaron, entregados a sus pensamientos, contemplando la noche.
Una beatitud augusta resplandecía en el cielo, y la vaga sensación de la inmensidad del espacio, lo infinito de los mundos imponderables, llevaba a sus corazones una deliciosa calma...
FIN
ÍNDICE
Nota del Transcriptor: Errores obvios de imprenta han sido corregidos. Páginas en blanco han sido eliminadas.