Se encontraba aburrido de esperar, cuando apareció Mingote en el cuarto; se plantó delante de Manuel, agitó su junquillo en un rápido molinete, dió un golpe en el brazo al muchacho; se paró, se tiró a fondo, y gritó:
—¡Ah! ¡pillo! ¡bandido! ¡infame!
—¿Qué pasa?—dijo asustado Manuel.
—¿Qué pasa? ¡Tunante! ¿Qué pasa? ¡Miserable! Que eres el hombre de la suerte lisa; que ya tienes un porvenir, que ya tienes un empleo.
—¿De qué?—-preguntó el muchacho.
—De hijo.
—¿De hijo? No comprendo.
Mingote se cuadró, miró al techo, hizo un saludo con el bastón como un profesor de esgrima con el florete, y añadió:
—¡Vas a pasar por hijo de toda una baronesa!
—¿Quién, yo?
—Sí. No te podrás quejar, perillán. Desde el arroyo subes a las alturas aristocráticas. Hasta título puedes llegar a tener.
—Pero ¿es verdad?
—Tan verdad como que yo soy el hombre de más talento de toda Europa. Conque anda, futuro barón, arréglate, ráscate la mugre, cepíllate, quita el barro a esas alpargatas inmundas que llevas y ven conmigo a casa de la baronesa.
Manuel quedó ofuscado; no comprendía bien de qué se trataba; pero no creía que el agente se tomase el trabajo de corretear por las calles únicamente por el gusto de embromarle.
Estuvo en seguida en disposición de acompañar a Mingote. Salieron los dos a la calle Ancha de San Bernardo, bajaron por la de los Reyes a la de la Princesa y siguieron después por esta calle hasta detenerse en un portal, en donde entraron.
De aquí pasaron por un corredor a un patio espacioso.
Una serie de galerías con filas simétricas de puertas de color de chocolate circundaban el patio.
Llamó Mingote en una de las puertas de la galería del segundo piso.
—¿Quién es?—preguntó desde dentro una voz de mujer.
—Soy yo—contestó Mingote.
—Voy, voy.
Se abrió la puerta y apareció una mulata, en chanclas, seguida de tres perros de lanas, que ladraron con furia.
—¡Quieto, León? ¡Quieto, Morito!—gritó la mulata con un tono muy lánguido—. Pasen, pasen.
Entraron Manuel y Mingote en un cuarto ahogado, con una ventana al patio. Las paredes del cuarto, desde cierta altura, se hallaban casi cubiertas por ropas de mujer que formaban como un zócalo de trapos alrededor de la habitación; en la falleba de la ventana colgaba una camisa descotada, sin mangas, con puntillas y lazos azules marchitos, que mostraba cínicamente un manchón obscuro de sangre.
—Esperen un momento. La señora está vistiéndose—advirtió la mulata.
Al poco tiempo salió de nuevo y les indicó que pasaran al gabinete.
La baronesa, una señora rubia vestida con una bata clara, estaba sentada en un sofá, con un gran aspecto de languidez y desolación.
—¿Otra vez por aquí, Mingote?
—Si, señora, otra vez.
—Siéntense ustedes.
El tabuco era un cuarto estrecho y sin luz, ocupado por muchos más muebles de los que buenamente cabían en él. Amontonados en poco trecho se veían una consola antigua con un reloj de chimenea encima; unos sillones ajados, en los cuales la seda, antes roja, había quedado violácea por la acción del sol; dos retratos grandes al óleo, y un espejo biselado grande con la luna rajada.
—Le traigo a usted, baronesa—dijo Mingote—; el chico del que hemos hablado.
—¿Es éste?
—Sí.
—Yo creo que le conozco a este chico.
—Sí; yo también la conozco a usted—dijo Manuel—. Yo estaba en una casa de huéspedes de la calle de Mesonero Romanos; la patrona se llamaba doña Casiana; mi madre era la criada.
—Toma. Es verdad. Y tu madre, ¿qué hace?—preguntó la baronesa a Manuel.
—Murió ya.
—Es huérfano—saltó diciendo Mingote—. Libre como el pájaro en la selva, libre para cantar y para morirse de hambre. En esta misma situación llegué yo a Madrid hace ya bastante tiempo, y, es original, extraño, verdaderamente extraño, me gustaría volver a aquella época.
—Y tú, ¿cuántos años tienes?—preguntó la baronesa al muchacho sin hacer caso de las reflexiones del agente.
—Diez y ocho.
—Pero, oiga usted Mingote—dijo la baronesa—, el chico no tiene la edad que usted me decía.
—Eso es lo de menos. Nadie dirá que tiene más de catorce o quince. El hambre no deja crecer los productos de la naturaleza. Deje usted de regar a un árbol, deje usted de alimentar a un hombre...
—Y diga usted—y la baronesa interrumpió impaciente a Mingote para hablarle en voz baja—, ¿le ha dicho usted para qué es?
—Sí; si no lo hubiera averiguado en seguida. A un chico de éstos, que ha rodado por ahí; no se le engaña como a un hijo de familia. La miseria enseña mucho, baronesa.
—Dígamelo usted a mí—repuso la dama—, que cuando pienso en la vida que he llevado y en la que llevo ahora, me asombro. Indudablemente, Dios me ha dado una naturaleza privilegiada, porque me acostumbro con facilidad a todo.
—Usted siempre podrá llevar una buena vida si quiere—replicó Mingote—. ¡Oh! Si yo hubiera sido mujer, ¡qué carrera!
La baronesa volvió la cabeza con un gesto de disgusto.
—No hablemos de eso.
—Tiene usted razón; ya, ¿para qué? Ahora desarrollaremos el nuevo plan estratégico. Yo iré preparando las pruebas del estado civil del muchacho. Usted, ¿quiere quedarse con él?
—Le puede servir a usted para los recados. Sabe escribir bastante bien.
—Nada, nada, que se quede.
—Entonces, mi señora baronesa, hasta uno de estos días en que traeré los papeles. Señora... a sus pies.
—¡Ay, qué ceremonioso! ¡Adiós, Mingote! Acompáñale, Manuel.
Fueron los dos hasta la puerta. Allí el agente puso sus dos manos en los hombros del muchacho.
—Adiós, hijo mío—le dijo—, que no se te olvide, si alguna vez llegas a ser barón de veras, que todo me lo debes a mí.
—No se me olvidará; descuide usted—contestó Manuel.
—¿Te acordarás siempre de tu protector?
—Siempre.
—Conserva, hijo mío, esa piedad filial; un protector como yo es casi tanto como un padre; es..., iba a decir, el brazo de la Providencia. Me siento enternecido... Ya no soy joven. ¿Tienes ahí, por casualidad algunos cuartos?
—No.
—Es un contratiempo molesto—y Mingote, después de hacer un molinete con su bastón, salió de casa.
Manuel cerró la puerta y volvió al cuarto de puntillas.
—¡Chucha! ¡Chucha!—gritó la baronesa; y al aparecer la mulata que les había abierto la puerta a Mingote y a Manuel, le dijo, señalando a éste que se hallaba confundido y sin saber que hacer:
—¡Jesú! ¡Jesú!—gritó la mulata—. ¡Si es un golfo! ¿Pero qué ocurrensia le ha dado a la señora de traer este granuja a casa?
Manuel, ante un exabrupto así, aunque dicho con la más melosa y la más lánguida de las pronunciaciones, quedó paralizado.
—Le estás azorando—exclamó la baronesa riendo a carcajadas.
—Pero su mersé está loca—murmuró la mulata.
—Calla, calla; ¿para qué tanto alborotar? Prepárale agua y jabón y que se limpie.
Salió la mulata, y la baronesa contempló a Manuel atentamente.
—¿De modo que te ha contado ese hombre lo que vienes a hacer aquí?
—Sí, algo me ha dicho.
—¿Y estás conforme?
—Yo sí, señora.
—Vamos, eres un filósofo. Me parece bien; ¿y qué has hecho hasta ahora?
Manuel contó su vida, fantaseando un poco, y entretuvo a la baronesa durante algún tiempo.
—Bueno, no cuentes eso a nadie, ¿sabes?... y vete a lavarte.
CAPÍTULO IV
La Baronesa de Aynant, sus perros y su mulata de compañía.—Se prepara una farsa.
Poco trabajo, poca comida y ropa limpia; estas condiciones encontró Manuel en casa de la baronesa, condiciones inmejorables.
Por la mañana, la obligación consistía en pasear los perros de la baronesa, y por la tarde, en algunos recados. A veces, los primeros días, experimentaba la nostalgia de su vida bohemia. Unos cuantos tomos de novelones por entregas que le prestó niña Chucha, mitigaron su afán de corretear por las calles y le transportaron, en compañía de Fernández y González y Tárrago y Mateos, a la vida del siglo XVII, con sus caballeros bravucones y damas enamoradas.
Niña Chucha, habladora sempiterna, contó a Manuel, en varios folletines, la vida de su amita, como llamaba a la baronesa.
La baronesa de Aynant, Paquita Figueroa, era una mujer original. Su padre, un rico señor cubano, la envió a los diez y ocho años, acompañada de una tía, a que conociera Europa. En el vapor, un joven flamenco, rubio y blanco, elegante como un tipo de Van Dyck, le hizo la corte; la muchacha le correspondió con todo el entusiasmo de los trópicos, y al mes de llegar a España, la cubana se llamaba la baronesa de Aynant, y marchaba con su marido a vivir a Amberes.
Pasó la luna de miel, y el flamenco y la cubana se convencieron, al comenzar la vida tranquila, de que no congeniaban: el flamenco era entusiasta de la vida tranquila y metódica, de la música de Beethoven y de las comidas aderezadas con manteca de vaca; a la cubana, en cambio, le entusiasmaba la vida desordenada, el corretear por las calles, el clima seco y ardiente, la música de Chueca, las comidas ligeras y los guisotes hechos con aceite.
Estas divergencias de gustos en cosas pequeñas, amontonándose, espesándose, llegaron a nublar completamente el amor del barón y de su esposa. Esta no podía oir con calma las ironías tranquilas y frías que su marido dedicaba a los boniatos, al aceite y al acento de la gente del Sur. El barón a su vez se molestaba oyendo hablar a su mujer con desprecio de las mujeres grasientas que se dedican a atracarse de manteca. La supremacía del aceite o de la manteca, enredándose y mezclándose con asuntos más importantes, tomó tales proporciones que los cónyuges llegaron a un estado de exaltación y de odio tal, que se separaron; y el barón quedó en Amberes dedicándose a sus aficiones artísticas y a sus tostadas de manteca y la baronesa vino a Madrid, donde pudo entregarse a la alimentación frugívora y aceitosa con delicia.
En Madrid, la baronesa hizo mil disparates; trató de divorciarse para volverse a casar con un aristócrata arruinado; pero cuando tenía presentada su demanda de divorcio, supo que su marido estaba gravemente enfermo, y al saberlo, en seguida abandonó Madrid, se presentó en Amberes, cuidó al barón, le salvó, se enamoró otra vez de él y tuvieron una niña.
En esta segunda época de su amor los dos cónyuges echaron un velo sobre la cuestión capital que los dividía; la baronesa y el barón hicieron mutuas concesiones, y la baronesa iba a terminar en una buena dama flamenca cuando quedó viuda.
Volvió a Madrid con su hija, y pronto sus instintos levantiscos se despertaron; su cuñado, tutor y tío de la niña, le pasaba un tanto al mes, pero esto no le bastaba. Un amigo de su padre, un señor don Sergio Redondo, comerciante riquísimo, le ofreció la mano; pero la baronesa no la acepto y prefirió la protección de aquel señor a ser su mujer. Pronto le engañó con cualquiera, y en plena trapisonda vivió durante doce años.
En medio de sus prodigalidades, de sus locuras y de sus caprichos, la baronesa tenía un fondo moral y apartaba a su hija por completo del mundo en que ella vivía; la puso interna en un colegio de monjas, y todos los meses, el primer dinero que encontraba, era para pagar el colegio de la niña. Cuando ésta terminase su educación, la llevaría a Amberes y viviría con ella, resignándose a ser una señora respetable.
Niña Chucha gruñía y se incomodaba con las ocurrencias de su amita, pero terminaba siempre obedeciéndola.
Manuel encontrábase en aquella casa en el paraíso; no tenía nada que hacer, y se pasaba las horas muertas fumando, si había qué, o paseando por la Moncloa, acompañado de los tres perros de la baronesa.
Mientras tanto Mingote laboraba. El plan de Mingote era explotar a don Sergio Redondo, amigo del padre de la baronesa y antiguo protector de la dama. Esta, con su instinto de mujer enredadora y trapisondista, manifestó a su antiguo protector que, de sus relaciones, tenían un hijo; después, que el hijo había muerto, y luego, nuevamente, que el hijo vivía.
A todas estas afirmaciones y negaciones acompañaba la dama una petición de dinero, a la cual don Sergio accedía; hasta que al último, escamado, advirtió a la baronesa que no creía en la existencia de aquel hijo. La baronesa le acusó de ruin y miserable y don Sergio contestó haciéndose el sueco y cerrando su caja.
¿Cómo averiguó Mingote estos hechos? Indudablemente no fué la baronesa la que se los contó, pero él logró averiguarlos; y como su imaginación era fecunda, se le ocurrió proponer a la baronesa el buscar un chico, proveerle de papeles falsos y hacerle pasar por hijo de don Sergio.
La baronesa, que no entendía de leyes y creía que el Código era una red puesta para cazar a los descamisados, le pareció aquello una jugada productiva y excelente. Mingote exigió una participación en el negocio, y la baronesa le prometió que le daría todo lo que quisiera. Desde aquel momento, Mingote se dió a buscar un chico que reuniera las condiciones necesarias para darle el cambiazo a don Sergio, y cuando encontró a Manuel lo llevó inmediatamente a casa de la baronesa.
A la semana de estar allí, Manuel tenía ya los papeles que le identificaban como Sergio Figueroa. Entre Mingote, don Pelayo, el escribiente y un amigo de éstos, llamado Peñalar, los falsificaron con un arte exquisito.
—¿Y ahora qué hacemos?—preguntó la baronesa.
Mingote quedó pensativo. Si la baronesa le escribía a don Sergio, éste, probablemente, ya escamado, podía acoger con duda la especie. Había, pues, que encontrar un procedimiento indirecto, darle la noticia por otra persona.
—¿Qué le parece a usted si fuera un confesor?—preguntó Mingote.
—¿Un confesor?
—Sí. Un cura que se presentase en casa de don Sergio y le dijese que en secreto de confesión le había usted dicho...
—No, no—interrumpió la baronesa.—¿Y dónde está ese cura?
—Iría Peñalar disfrazado.
—No. Además don Sergio sabe que soy poco devota.
—Un maestro de escuela quizá sería mejor.
—¿Pero piensa usted que va a creer que me confieso con un maestro?
—No, el plan varía. El maestro va a ver a don Sergio y le dice que tiene un niño en su escuela, un prodigio de talento, pero cuya madre no le atiende. Un día le pregunta al prodigio:—¿Cómo se llaman tus padres, niño? Y él dice:—Yo no tengo padres; mi madrina se llama la baronesa de Aynant. Entonces él, el pedagogo viene a ver a usted y usted le contesta que está en una mala situación y que no puede pagar el colegio del chico, y que su padre, un señor acaudalado, no quiere ni conocerlo siquiera. El pedagogo evangélico le pregunta a usted repetidas veces el nombre del padre desnaturalizado; usted no se lo quiere decir, pero al último le arranca a usted el nombre de ese ser cruel. El pedagogo sublime dice:—Yo no puedo permitir el abandono de ese niño, de ese prodigioso niño, de ese extraordinario niño, y toma la determinación de ir a ver al padre de la criatura... ¿Eh? ¿Qué le parece a usted?
—La trama no está mal urdida, ¿pero quién va a hacer de maestro de escuela? ¿Usted?
—No, Peñalar. Viene pintiparado para el caso. Ha sido pasante en un colegio; ya lo verá usted. Hoy mismo le busco y le traigo aquí. Mientras tanto, arregle usted a Manuel. Que tenga cierto aspecto de colegial. En el tiempo que yo estoy fuera, no estaría de más que le enseñara usted algo de la ciencia, las primeras preguntas y respuestas de la doctrina, por ejemplo.
Siguiendo las indicaciones de Mingote, la baronesa ordenó a Manuel que se peinara y se acicalara; luego buscaron para él un traje de marinero y un cuello grande y blanco; pero por más que le adornaron y le escamondaron no se consiguió darle un aspecto regular de hijo de familia; siempre trascendía a golfo, con sus ojos indiferentes y burlones y la expresión de la sonrisa entre amarga y sarcástica.
A las dos horas, Mingote estaba de vuelta en casa de la baronesa, con un hombre negro, de aspecto clerical. El hombre, apellidado Peñalar, habló con gran énfasis; luego, cuando le propuso Mingote el negocio, abandonando el tono enfático, discutió las condiciones de cobro y el tanto por ciento que le correspondería a él.
Vaciló en aceptar el trato por ver si obtenía mayores beneficios; pero viendo que Mingote no cedía, aceptó.
—Ahora mismo que venga el chico conmigo.
Peñalar se cepilló las mangas de la levita negra, se echó el pelo hacia atrás, y tomando de la mano a Manuel, le dijo con un tono verdaderamente evangélico:
—Vamos, hijo mío.
Don Sergio Redondo tenía un almacén de harinas en la plaza del Progreso.
Llegaron a la plaza y entraron en el almacén.
—¿Don Sergio Redondo?—preguntó Peñalar a un viejo de boina.
—No ha bajado aún al despacho.
—Esperaré; dígale usted que hay aquí un caballero que desea verle.
—Bueno; ¿quién le digo que le espera?
—No, no me conoce. Adviértale usted que se trata de asuntos de familia. Siéntate, hijo mío—añadió Peñalar, dirigiéndose a Manuel con una voz y una sonrisa de pura cepa evangélica.
Se sentó Manuel y Peñalar paseó su mirada por el almacén con la calma y la tranquilidad del que tiene la seguridad y la conciencia de sus actos.
No tardó en aparecer el viejo de la boina.
—Pasen ustedes al despacho—y empujó una mampara negra con cristales rayados—. Ahora viene el señor—añadió.
Peñalar y Manuel entraron en un cuarto iluminado por una ventana con rejas y se sentaron en un sofá verde. Enfrente se levantaba un armario de caoba con libros de comercio, en medio una mesa de escribir llena de cajoncitos y a un lado de ésta una caja de valores con botones dorados.
El cuarto trascendía a comerciante implacable; se comprendía que aquella jaula debía de encerrar un pajarraco de mala catadura. Manuel se sintió amilanado. Peñalar quizá experimentó también un momento de debilidad, pero se creció, se atusó el pelo, colocó bien los lentes sobre su nariz y sonrió.
No tardó mucho en aparecer don Sergio. Era un viejo alto, de bigote blanco, con una mirada suspicaz lanzada de través por fuera de sus antiparras. Vestía levita larga, pantalones claros; en la cabeza llevaba un gorro griego de terciopelo verde, con una gran borla que le caía hacia un lado. Entró sin saludar, miró con desagrado al hombre y al muchacho, que se levantaron; quizá creyó que había descubierto el objeto de la visita, porque con voz seca, autoritaria y sin invitarles a que se sentaran, preguntó a Peñalar:
—¿Qué quería usted, caballero? ¿Era usted el que tenía que hablarme de un asunto de familia? ¿Usted?
Otro cualquiera hubiera sentido ganas de estrangular al viejo, Peñalar no; los casos difíciles eran los de su incumbencia, los que a él más le gustaban. Comenzó a hablar sin desconcertarse con las miradas inquisitoriales del comerciante.
Manuel le escuchaba lleno de admiración y de espanto. Veía que el comerciante iba cargándose de cólera por momentos. Peñalar hablaba impertérrito.
El era una pobre alma cautiva, un sentimental, un idealista ¡oh!, dedicado a la enseñanza de la juventud, de esa juventud en cuyo seno se guardan los gérmenes regeneradores de la patria. El sufría mucho, mucho; había estado en el hospital; ¡un hombre como él! conocedor del francés, del inglés, del alemán, que tocaba el piano, un hombre como él, emparentado con toda la aristocracia del reino de León, un hombre que sabía más teología y teodicea que todos los curas juntos.
¡Ah! Esto no lo decía para vanagloriarse; pero él tenía derecho a la vida. Gómez Sánchez, el ilustre histólogo, le había dicho:
—Usted no debe trabajar.
—Pero tengo hambre.
—Pida usted dinero.
Y por eso algunas veces pedía.
Don Sergio, en el colmo del asombro, ante aquel chorro de palabras, no intentó interrumpir a Peñalar; éste se detuvo, sonrió con dulzura, notó que la fuerza de la costumbre había llevado su discurso al tema constante del por qué pegaba sablazos, y comprendiendo que su elocuencia le arrastraba por un camino extraviado, bajó la voz y continuó en tono confidencial:
—Esta vida atrae de tal modo, a pesar de sus impurezas, ¿no es verdad, don Sergio?, que no puede uno desprenderse con indiferencia de ella. Y eso que yo creo que la muerte es la liberación, sí, yo creo en la inmortalidad del alma, en el dominio absoluto del espíritu sobre la materia. Antes no, lo confieso—sonriendo más dulcemente aun—, antes era panteísta y conservo no sé si de aquella época el entusiasmo por la naturaleza. ¡Oh, el campo!, ¡el campo es mi delicia!; muchas veces recuerdo aquellos versos del mantuano:
—¿A usted le gusta el campo, don Sergio? Sí le debe de gustar, con el talento que usted tiene.
La cólera de don Sergio, que iba agrandándose con la verbosidad incoherente de Peñalar, estalló en esta frase corta:
—El campo me revienta.
Peñalar quedó parado, con la boca abierta.
—Señor mío, señor mío—añadió el comerciante, levantando la voz iracunda—, si usted tiene mucho tiempo que perder, a mí no me pasa lo propio.
—No le he expresado a usted aún el motivo de mi visita—, dijo Peñalar y se quitó los lentes y se preparó a limpiarlos con el pañuelo.
—No, ni hay necesidad; me lo figuro, me lo figuro muy bien. Yo no doy limosnas.
—Caballero, señor don Sergio—y Peñalar se levantó con las gafas en la mano y paseó por el cuarto su mirada oscura de cegato—, está usted en un profundo error. No vengo a pedir una limosna, no son esos mis hábitos. Nadie podrá decirlo, vengo—y se caló los lentes con resolución—a cumplir un deber sagrado.
—Concluyamos. ¿Qué deber sagrado es ese? ¡Qué! Basta de farsas. La charlatanería me revienta.
—Permítame usted que me siente. Estoy fatigado—murmuró Peñalar con voz desfallecida—. ¿No nos oye nadie?
Don Sergio le miró como una hiena; Peñalar pasó por su ancha frente el pañuelo lleno de agujeros; luego, dirigiéndose a Manuel, que seguía sumido en el mayor estupor, le dijo:
—Haz el favor, mi querido niño, de salir un momento y esperarme.
Manuel abrió la puerta del despacho y salió al almacén. Esta maniobra produjo un movimiento de extrañeza en don Sergio.
—Yo, caballero—dijo Peñalar al verse solo con el comerciante—, estoy dedicado a la enseñanza de la juventud.
—¿Que es usted maestro? Lo he oído.
—Estaba de pasante en el colegio del Espíritu Santo, cuando se me ocurrió establecerme por mi cuenta.
—Y ha perdido usted el dinero; bueno. ¿Y a mí todo eso qué me importa?—gritó don Sergio, golpeando la mesa con un libro.
—Perdone usted. Entre mis alumnos tengo este muchacho que acaba de salir de aquí, y que es un prodigio, un niño de unas facultades extraordinarias. Al notar la claridad de su inteligencia y la energía de su voluntad, me interesé por él; le pregunté por su familia, y me dijo que no tenía padre ni madre, y que una señora le había recogido en su casa.
—Espere usted, don Sergio. Fuí a ver a esa señora protectora suya, que es una baronesa, y la dije:
—El muchacho a quien usted protege es digno de las mayores atenciones y de que se haga algo por su educación.
—Su madre no tiene dinero y su padre que es rico, no hace nada por él—me contestó la baronesa.
—Dígame usted quién es su padre y le iré a ver.
—Es inútil—replicó—, porque no conseguirá usted nada de él; se llama don Sergio Redondo.
Al decir esto, Peñalar se levantó, y contempló con la cabeza erguida a don Sergio, como el ángel exterminador puede mirar a un pobre réprobo. Don Sergio palideció profundamente, sacó el pañuelo, se frotó los labios, carraspeó. Se comprendía que estaba turbado.
Peñalar observó al viejo atentamente, y viendo que aminoraba en sus arrogancias, se sintió cada vez más evangélico y más moral.
—La baronesa—añadió—me dijo, y perdone la inquebrantable sinceridad mía, me dijo que era usted un egoísta y un hombre sin corazón; yo, a pesar de esto—sonriendo dulcemente y sintiéndose ya superevangélico y supermoral—pensé: Mi deber es ir a ver a ese caballero. Por eso he venido. Ahora usted hará lo que su conciencia le dicte. Yo he cumplido con la mía.
Después de este párrafo, Peñalar nada tenía que decir y con la sonrisa de todo el martirologio en los labios cogió el sombrero, saludó ceremoniosamente y se acercó a la puerta.
—¿Y ese niño es el que estaba aquí?—preguntó en voz baja y vacilante don Sergio.
—El mismo.
—¿Y dónde vive esa mujer, esa baronesa?—exclamó el comerciante.
—Yo no puedo decirlo. Se lo preguntaré; si ella me lo autoriza, vendré con la contestación.
Y Peñalar salió del despacho.
—Vamos, hijo mío—le dijo a Manuel.
Y con altivo y noble continente, con la cabeza erguida, salió de casa, llevando de la mano a su querido discípulo, a aquel niño portentoso tan poco apreciado por sus padres.
CAPÍTULO V
Vida y milagros del señor de Mingote.—Comienza la dulce explotación de don Sergio.
Según los mejores historiógrafos madrileños, el conocimiento de la baronesa de Aynant con Bonifacio de Mingote databa de dos años a la fecha.
Una de las muchas veces que la baronesa se encontraba en la necesidad de buscar dinero, avisó a un prestamista de la calle del Pez. En lugar del prestamista se presentó su dependiente, el propio Mingote, y se arregló el negocio entre los dos. Desde entonces don Bonifacio frecuentaba la casa de la baronesa. ¿Quién era Don Bonifacio? ¿Cómo era don Bonifacio?
Hay bimanos que producen una extraordinaria curiosidad. En la historia natural del hombre son como esas especies de monotremas entre aves y mamíferos, asombro de los zoólogos. A esta clase de bimanos interesantes pertenecía Mingote.
Era este Mingote hombre de unos cincuenta años, bajo, grueso, de bigote pintado, con la cara carnosa, la nariz pequeña y roja, la boca cínica, las trazas de agente de la policía o de zurupeto. Vestía de una manera presuntuosa, le encantaba llevar una cadena gruesa en el chaleco y diamantes falsos, como garbanzos de grandes, en la pechera y en los dedos.
Mingote había ejercido todos los oficios que un hombre puede ejercer no siendo persona decente: prestamista, policía, jefe de clac, zurupeto de la Bolsa, agente de quintas, curial, revendedor, gancho...
Manuel pudo ir conociéndolo a fondo. Era maestro en todas las artes del engaño, ingrato, procaz, cobarde con los valientes, valiente con los cobardes, petulante y vanidoso como pocos, amigo de atribuirse las heroicidades y los méritos ajenos y de repartir entre los demás los defectos propios.
Manuel notó que la baronesa solía hablar siempre mal de Mingote, cuando se hallaba ausente, y, sin embargo, cuando le escuchaba lo hacía con gusto; sin duda al oirle admiraba la sutileza y la finura de las malas artes de aquel pícaro.
Al cabo de algún tiempo de oirle su charla desvergonzada repugnaba.
La preocupación de Mingote era ocultar su natural cínico, pero el cinismo suyo, por su fuerza de expansión, le salía fuera del alma, apuntaba en sus ojos y en sus labios y fluía libremente en sus palabras.
—Pierden el tiempo los que me insultan—decía tranquilamente—; a sinvergüenza no me gana nadie.
Y tenía razón. A veces se daba cuenta del mal efecto producido por alguna arlequinada suya, y se esforzaba entonces en presentarse como un Roldán o un Cid de la corrección; pero al poco rato, por entre su coraza de puntilloso caballero aparecía la garfa del truhán.
—En cuestiones de honor no admito distingos—decía el hombre cuando se sentía hidalgo—; usted me dirá: el honor es una martingala. Es verdad. Pero yo tengo esta desgracia; soy caballeresco por temperamento.
Mingote comulgaba en las ideas anárquico-filantrópico-colectivistas, algunas de sus cartas terminaba poniendo: Salud y Revolución Social, lo cual no era obstáculo para que intentase unas veces establecer una casa de préstamos, otras una casa de citas o algún otro honrado comercio por el estilo.
Había hecho aquel exprestamista una porción de ignominias con los compañeros de la dinamita y del ácido pícrico, sacándoles dinero, ya para dar un golpe y comprar bombas, ya para escribir un diccionario libertario en donde él, Mingote, desmenuzaría con su análisis formidable, más formidable que los más furiosos explosivos, todas las ideas tradicionales de esta estúpida sociedad.
Cuando Mingote hablaba de su diccionario, su desdén por la existencia, su mirada de iluminado, su melancólica actitud de hombre no comprendido, todo indicaba al genio de las revoluciones.
En cambio, al contar y especificar sus éxitos de agente de anuncios y de negocios, surgía el hombre moderno, el struggle for lifeur de la almoneda y de la casa de préstamos, de la droguería y de la perfumería.
—Yo—solía decir—hice la almoneda de la Chavito, yo le vendí la cuadra al marqués del Sacro-Cerro y el monte a la vizcondesa. Yo he lanzado el cataforético Pipot; el pectoral de sampagnita salvaje Alex; la pasta manícura de Chiper; la cataplasma eléctrica de Pirogoff; la harina pépsica de Clarckson; la auditina de Well; el corazón artificial de Tomás y Gil; el emplasto sudorífico de Rocagut, y, sin embargo, se ha hecho el vacío a mi alrededor.
Mingote suponía que Madrid entero se confabulaba contra él para no dejarle prosperar; pero él esperaba el momento bueno en que les daría en la cabeza a sus enemigos.
Sus mayores ilusiones se basaban en sus minas, que, a pesar de ser admirables, no tenía inconveniente en venderlas en lotes de poco dinero. Constantemente llevaba en el bolsillo piedras, envueltas en papeles de periódico, de sus minas de aquí y de allá.
—Esta—y Mingote mostraba un pedrusco—es de mis minas del Suspiro del Moro. ¡Qué muestra! ¿Eh? Es admirable. ¿Es verdad? De hierro... casi puro. Noventa y nueve y medio por ciento de hierro mineralizado. Esta otra es de calamina. Sesenta y ocho por ciento. Hay medio millón de toneladas.
Cuando se le descubría la mentira, no sólo no se incomodaba, sino que se echaba a reir.
La baronesa celebraba con carcajadas los proyectos de Mingote.
—Pero si no tiene usted minas, ¿cómo las va usted a vender?—le preguntaba.
—¡Ah!, no importa—replicaba Mingote—; se inventan; es lo mismo. En seguida que le demos el golpe a don Sergio, nos dedicamos a los negocios. Demarcamos una mina; depósito: trescientas, cuatrocientas pesetas, lo que sea; llevamos al terreno minerales de otra parte, y en seguida hacemos acciones: «Sociedad anónima del coto Prosperidad»; capital: 7.000.000 de pesetas; alquilamos una casa, ponemos una hermosa plancha de cobre con letras en la puerta y un criado con una librea azul: cobramos las acciones, y ya está hecho el negocio.
¿Creía Mingote en sus fantasías? Ni aun él lo sabía de cierto; aquel hombre se hallaba desconocido a sí mismo. Allá, dentro de su alma, encerraba la idea de un hado adverso que le impedía prosperar, por ser un sinvergüenza; porque habilidad tenía de sobra; sabía como nadie recibir a un acreedor y no pagarle; sabía adular y mentir; pero, a pesar de su mentir constante, era crédulo para los embustes ajenos como nadie.
Creía en las sociedades secretas, en la masonería, en los h∴ y en otra porción de mojigangas por el estilo.
En el peligro y en las situaciones graves, a pesar de la cobardía extraordinaria del exprestamista, no le abandonaba nunca su ingenio; el soltar una gracia constituía para él una necesidad, y probablemente, empalado, con la soga al cuello, o en las gradas del patíbulo, temblando de miedo, hubiera tenido que decir, entre castañeteos de dientes y convulsiones, alguna cosa chusca.
Reñía con todo aquel a quien no necesitaba, por cosas fútiles; vociferaba en los tranvías y teatros con cobradores y acomodadores, levantaba el bastón a los golfos, trataba desdeñosamente a todo el mundo, hacía proposiciones indecorosas a las mujeres delante de sus maridos o de sus padres, y a pesar de esto no recibía más que raras veces las bofetadas o los palos que otro cualquiera en su lugar recibiera.
Vanidoso y petulante, él mismo se reía de su petulancia. Cambiaba la sonrisa en gesto amenazador y el gesto amenazador en sonrisa; a veces sentía cierta especie rara y cómica de pudor y se ruborizaba, pero no se desconcertaba nunca.
El exprestamista, a pesar de que su tipo no era nada agradable, tenía grandes éxitos con las mujeres. Se dedicaba a la ancianidad. Su táctica era rapidísima y expedita; a la primera semana ya pedía dinero.
Contaba las queridas a pares, cada una con dos o tres pequeños Mingotes. Con ellas el exprestamista había organizado un servicio de mendicidad maravilloso por medio de cartas, y como la agencia producía cada vez menos, gracias al dinero que traían las mujeres, vivían ellas, el gran Mingote y los pequeños Mingotes. Cuando le preguntaban por aquellas mujeres, el exprestamista decía que constituían su servidumbre.
Este era Mingote, el maravilloso y peregrino Mingote, auxiliar y colaborador de la baronesa de Aynant.
El mismo día en que Manuel y el sublime pedagogo contaron los detalles de la visita a don Sergio, la baronesa y Mingote se pusieron en campaña. La baronesa alquiló un gabinete por unos días a una patrona del principal.
—¿Pero para qué hace usted eso?—la preguntó Mingote—. Cuanto en peor situación la vea a usted il vecchio será más espléndido.
—Yo le creía a usted más listo, Mingote—replicó fríamente la baronesa—. Si don Sergio me viera en este cuartucho indecente, me daría una limosna; de otro modo, ya veremos. Además déjeme usted a mí dirigir mis asuntos.
Mingote calló confundido. Indudablemente allí tenía que aprender.
La baronesa arregló el cuarto alquilado con gusto, mandó coser y planchar una de sus batas, y vistió a Manuel y hasta le dió polvos de arroz, con gran desesperación del chico. Todo preparado, Mingote escribió a don Sergio, il vecchio Cromwell, como le llamaba él, una tarjeta con la firma de Peñalar, dándole las señas de la casa.
La baronesa y Manuel esperaron a que llegara il vecchio. A media tarde se oyó el ruido de un coche que paraba a la puerta.
—Este es—dijo la baronesa. Miró por las rendijas de la persiana—. Sí, es él—añadió, y se tendió en el sofá y cogió un libro.
Bien vestida y ataviada resultaba apetitosa; una jamona rubia de buen ver.
—Mira es mejor que te metas en ese otro cuarto—dijo la baronesa a Manuel señalándole una alcoba—; le diré que estás estudiando.
Manuel, a quien el papel que le designaron no le agradaba, se escabulló en la alcoba. Había entre ésta y el gabinete una puerta de cristales, con sus correspondientes cortinas. Manuel encontró el observatorio muy cómodo, y se puso a mirar por los visillos; le interesaba ver cómo se desenvolvía la baronesa y manejaba los hilos de aquella trapisonda, en los cuales podía quedar enredada al menor descuido.
Cuando la criada de la casa de huéspedes fué a anunciar la visita de don Sergio, la baronesa se hallaba ya posesionada de su papel. Il vecchio pasó gravemente, saludó; la baronesa hizo un gesto de asombro al verle, luego con un ademán de languidez y de contrariedad le indicó que podía sentarse.
Il vecchio Cromwell se sentó; Manuel pudo observarle con calma. Estaba pálido y tenía un color calcáreo.
—Vaya un papá feo que me he echado—se dijo Manuel.
La baronesa y don Sergio comenzaron a hablar en voz baja. No se oía lo que hablaban. El calcáreo anciano pasó la mirada por el cuarto, observó los muebles, indudablemente extrañado de ver el gabinete tan elegante.
Luego siguió hablando con calor; la baronesa le escuchaba lánguidamente, sonriendo con cierta amable y bondadosa ironía. Manuel pensó que no le faltaban al viejo más que unos cuernecitos y unas patas de cabra para representar, en unión de la baronesa, un grupo que él había visto unos días antes en un escaparate de la carrera de San Jerónimo, cuyo título era «La Ninfa y el Sátiro». Manuel creyó que el viejo se iba a arrodillar y le dieron ganas de gritarle ¡fuera Cromwell!
Continuaba el viejo hablando de una manera insinuante, cuando se fué animando y comenzó a accionar con violencia.—Ese abandono del muchacho es incalificable—decía.
—¡Incalificable!
—Sí, señora.
—Pero usted, ¿qué derechos tiene para hablar?
—Tengo derechos. Sí, señora.
La baronesa pareció asombrada de aquellas palabras, y replicó con vaguedades y excusas; luego se indignó y levantándose del sofá con un gallardo ademán y tirando el libro al suelo acusó al iracundo Cromwell de todo lo malo que podía ocurrir al niño. El tenía la culpa de todo por ser un avaro y un miserable.
Replicó a esto el terrible vecchio, en tono brusco, diciendo que para las mujeres livianas y gastadoras todos los hombres eran avaros.
—Si usted ha venido aquí—interrumpió la baronesa—a insultar a una mujer porque está sola, no lo consentiré.
Entonces vinieron las explicaciones del calcáreo anciano, el sincerarse, el ofrecerse...
—No necesito de usted para nada—contestó la baronesa arrogantemente—. No le he llamado a usted.
El marrullero vecchio juró y perjuró que no había ido allá más que a ofrecerle todo lo que necesitara y a pedir que le dejara costear los gastos de los estudios del muchacho. También deseaba verle un momento.
La baronesa se dejó convencer; pero advirtió al calcáreo que el niño creía que sus padres habían muerto.
—No, no tenga usted cuidado, Paquita—exclamó il vecchio.
Llamó la baronesa al timbre, y preguntó a la criada con indolencia:
—¿Está en casa Sergio?
—Sí, señora.
—Dígale usted que venga.
Entró Manuel confuso.
—Este señor quiere verte—dijo la dama.
—Ya sé, ya sé que eres un estudiante muy aprovechado—murmuró il vecchio.
Manuel levantó los ojos con el mayor asombro. Don Sergio dió unos golpecitos en la mejilla nada sonrosada del muchacho. Manuel quedó mirando al suelo, y se marchó, al darle la baronesa el permiso para salir.
—Es muy huraño—dijo la baronesa.
—Yo era igual a su edad—repuso don Sergio.
La dama sonrió maliciosamente. Manuel volvió a la alcoba y siguió observando la actitud de los dos; la baronesa se lamentaba de su falta de recursos; Cromwell se defendía como un león. Al terminar la conferencia, el calcáreo sacó su cartera y dejó unos billetes sobre el velador.
La baronesa le acompañó hasta la puerta.
—¿De modo, Paquita, que está usted contenta?—la dijo antes de marcharse.
—¡Contentísima!
—¿No siente usted que haya venido a verla?
—¡Ay, don Sergio! Me ha tenido usted muy abandonada. ¡Cuando es usted el único amigo de mi pobre padre!
—Sí, es verdad, Paquita, es verdad—murmuró il vecchio acariciando entre las suyas una de las manos regordetas de la baronesa.
Y bajó las escaleras, deteniéndose a cada instante para saludar a la dama.
—Jesús, qué lata de viejo—murmuró ella dando un portazo—. ¡Manuel, Manolito, has estado muy bien! Hecho un héroe. ¿Has visto? Il vecchio Cromwell, como dice Mingote, ha dejado mil pesetas. Mañana mismito nos mudamos de casa.
Al día siguiente, muy de mañana, la baronesa y Manuel se echaron a la calle a buscar cuarto. Después de mucho corretear y de andar con la cabeza descoyuntada de tanto mirar hacia arriba, encontraron un tercer piso en la plaza de Oriente, que a la baronesa le encantó. Costaba veinticinco duros al mes.
—A niña Chucha le va a parecer caro, pero yo lo alquilo—dijo la baronesa.
Y llamó en el primer piso en donde vivía el administrador y habló con él y pagó la casa por adelantado.
El mismo día se hizo la mudanza y Manuel trajinó con entusiasmo, llevando trastos de un lado a otro y colocándolos en la nueva casa en el sitio que designaba niña Chucha.
Como la casa quedaba vacía y la baronesa tenía algunos muebles guardados en casa de una amiga cubana, unos días después fué a verla para pedírselos. No apareció en todo el día ni aun a cenar, y volvió a la noche muy tarde. Niña Chucha y Manuel la esperaron. Al llegar a casa, venía con los ojos más brillantes que de ordinario.
—La coronela no me ha querido dejar venir—murmuró—; he cenado en su casa, luego he ido con sus chicas a Apolo y me han acompañado hasta aquí mismo.
No pudo Manuel comprender qué tendría esto de extraño para la baronesa, y se asombró bastante al oirle contestar a los reproches de niña Chucha, balbuceando y riéndose a carcajadas de una manera insubstancial. Hubiese jurado Manuel que al salir del comedor la baronesa había dado un traspiés, pero con el sueño no se enteró bien y se abstuvo de comentarios.
Al día siguiente, poco antes de la hora de comer, estaba niña Chucha en la calle cuando llamaron a la puerta. Abrió Manuel. Era el calcáreo.
—Hola, estudiante—dijo—. ¿Y doña Paquita?
—En su cuarto—contestó Manuel.
Llamó don Sergio en la puerta con los nudillos y repitió varias veces:
—¿Se puede?
—Pase usted, don Sergio—dijo la baronesa—y abra usted las ventanas.
Entró el viejo en el cuarto tropezando con los bultos desparramados por el suelo y abrió el balcón.
—Pero, Paquita ¿todavía en la cama?—preguntó en el colmo de la estupefacción—. Eso no es sano.
—¡Oh! si viera usted cómo he trabajado—replicó la baronesa desperezándose—. Ayer me acosté rendidita, y hoy para las cinco estaba ya trabajando; pero de tanto trajinar se me ha levantado un dolor de cabeza que me he tenido que acostar otra vez.
—¿Para qué trabajas tanto? No te conviene.
—Es que hay que hacer las cosas; luego, en esta casa no ayudan. Chucha no hace más que leer novelas; a Sergio no le voy a poner a andar como un mozo de cuerda, y yo sola tengo que hacerlo todo. Espero que otro día seré más feliz y tendrá usted el gusto de presenciar lo buena chica que soy y cómo sigo sus consejos al pie de la letra.
—Bueno, Paquita, bueno. Sigues siendo una chiquilla.
La baronesa, para demostrar que era verdad esto, hizo unos cuantos arrumacos a Cromwell, y después, en tono indiferente, le pidió cincuenta pesetas.
—Pero...
—Si ya sé que me va usted a reñir. No crea usted que he gastado todo el dinero, ni mucho menos. Es que la verdad, un billete de quinientas pesetas no quiero cambiarlo, y como tengo que pagar una cuentecilla...
—Vaya, ahí va—. Y don Sergio, con una sonrisa que quería ser amable, sacó la cartera del bolsillo y dejó un papel azul sobre la mesilla de noche; luego le pareció poco galante dar lo que le habían pedido y dejó otro.
La baronesa puso el candelero encima de los dos billetes, y después acurrucándose entre las sábanas, con voz soñolienta, murmuró:
—¡Ay, don Sergio, me vuelve el dolor de cabeza!
—Pues cuídate, hija, cuídate y no trabajes tanto.
Don Sergio salió de la alcoba, luego de cerrar el balcón, y se encontró con niña Chucha que volvía de la calle.
—No debes dejar que trabaje tanto tu ama—le dijo secamente—; se pone enferma.
La mulata contempló sonriendo al viejo.
—Bueno, señó—dijo.
—Y el muchacho, ¿qué hace?
—Etá estudiando—contestó niña Chucha con malicia, y lo mostró con los codos sobre la mesa del comedor y la cabeza entre las manos.
Efectivamente, estaba devorando una novela por entregas de Tárrago y Mateos.
CAPÍTULO VI
Kate, La niña blanca.—Los amores de Roberto.—El pundonor militar.—Las cucas.—Disquisiciones antropológicas.
Al mes de instalados en la nueva casa llegaron las fiestas de Navidad, y como en los colegios había vacaciones, la baronesa fué en busca de su hija al del Sagrado Corazón, y volvió con ella en coche.
Niña Chucha se encargó de informar a Manuel y de darle detalles de la hija de la baronesa.
—Es una cantimpla, ¿sabe?, una niña blanca y sosa que parece una muñeca.
Manuel la conocía, pero no sabía si ella se acordaría de él; en los años que no la veía se había hecho una muchacha preciosa. No recordaba en su tipo a su madre; aunque rubia como ella, debía de parecerse al padre. Era blanca, de facciones correctas, ojos azules claros, de cejas y pestañas doradas y el pelo rubio, sin brillo, pero muy bonito.
Al llegar a casa, niña Chucha hizo grandes demostraciones de cariño a la colegiala; Manuel fué reconocido por ella, lo que le produjo gran satisfacción.
La hija de la baronesa se llamaba Catalina, sus parientes de Amberes la llamaban Kate, pero la baronesa generalmente la decía la Nena.
Con la llegada de Kate las costumbres variaron en la casa; la baronesa abandonó sus excursiones nocturnas y contuvo sus ligerezas de palabra. En la mesa, con una sonrisa triste, escuchaba las historias de colegio que contaba su hija, sin poner interés en lo que oía.
No armonizaban los caracteres de las dos. Kate tenía la comprensión lenta, pero profunda; en cambio su madre poseía la sutileza y el ingenio del momento. La baronesa, a veces, se impacientaba al oirla, y decía entre cariñosa y enfadada:
—¡Ay, qué Nena más sosita tengo!
Desde la llegada de Kate, niña Chucha y Manuel no le acompañaban en el comedor a la baronesa; esto a Manuel no le molestaba, pero a la mulata sí, y atribuía estas disposiciones a Kate, a quien consideraba como una muñeca blanca, orgullosa, fría y de poco corazón. Manuel, que no tenía motivo alguno de antipatía por Kate, la encontró muy llana, muy amable, aunque con poca vivacidad.
Por aquellos días de fiestas de Navidad, madre e hija salían de casa con mucha frecuencia a compras, y les acompañaba generalmente Manuel, que volvía cargado con paquetes.
Un día de Año Nuevo, en que la baronesa, Kate y Manuel fueron al Teatro de Apolo a ver Los sobrinos del Capitán Grant, notó Manuel que Roberto Hasting iba a alguna distancia detrás de ellos. Al salir les siguió; la muchacha se hizo la desentendida.
Al día siguiente estaba nevando, y Manuel vió a Roberto que paseaba por la plaza de Oriente, al parecer muy entretenido.
Encontró Manuel un pretexto para salir de casa, y al momento Roberto se acercó a él.
—¿Estás en su casa?—le preguntó apresuradamente.
—Sí.
—Tienes que darle una carta.
—Bueno.
—A la tarde te la traeré. Se la das, y me dices qué cara pone al recibirla. No me contestará, ya sé que no me contestará, pero tú se la darás, ¿verdad?
—Sí, hombre, descuide usted.
Efectivamente, a la tarde Roberto siguió paseando por entre la nieve, bajó Manuel, cogió la carta y subió en seguida a casa.
Kate se divertía arreglando en aquel momento su armario. Tenía guardadas mil chucherías en varias cajitas; en unas, medallas; en otras, estampas, cromos, regalos del colegio y de su familia. Sus libros de rezos estaban llenos de recordatorios y de estampitas.
Manuel, con la carta de Roberto en el bolsillo, se acercó a la muchacha como un criminal. La Nena enseñó a Manuel todas sus riquezas, éste se sintió orgulloso. Manuel apenas se atrevía a tocar las medallas, las alhajas, las mil cosas que guardaba Kate.
—Esta cadena me la regaló mi tío—decía la colegiala—. Esta sortija es de mi abuelo. Este pensamiento lo cogí en Hyde-Park, cuando estuve en Londres con mi tío.
Manuel la escuchaba sin decir palabra, avergonzado de tener la carta en el bolsillo. La Nena siguió enseñando nuevas cosas. Los juguetes de su niñez aun los conservaba; en su armario todo estaba clasificado con el mayor orden, cada cosa tenía su sitio. En algunos libros prensaba pensamientos y hierbas que luego copiaba y pintaba con una caja de acuarelas.
Manuel hizo dos o tres veces un esfuerzo para hablar de Roberto, pero no se atrevió.
De pronto, después de carraspear mucho, balbuceó:
—¿Sabe usted?
—¿Qué?
—Roberto... aquel estudiante rubio de la otra casa... el que ayer estaba en el teatro... me ha dado una carta para usted.
—¿Para mí?—. Y las mejillas de Kate tomaron un tono rosado y sus ojos brillaron con más vivacidad que de ordinario.
—Sí.
—Pues dámela.
—Tome usted.
Manuel entregó la carta y Kate la escondió rápidamente en el pecho. Concluyó de arreglar su armario, y poco después se encerró en su cuarto. A los dos días, Kate le envió a Manuel con una carta para Roberto, y Roberto en seguida con otra para Kate.
Un día Kate fué con Manuel a su colegio, en donde había un nacimiento, y a la ida y a la vuelta le acompañó Roberto. Hablaron los dos muchísimo. Roberto contó sus proyectos. Manuel pensó en que esto del amor es una cosa extraña. Para él no dijo Roberto nada que valiera la pena de oirse, y, sin embargo, Kate le escuchó con el alma en un hilo.
Roberto fué para Kate el colmo de lo respetuoso. Le habló con una gravedad tranquila, sin echárselas de jacarandoso ni de listo; ella le escuchó atenta.
Manuel fué confidente de Roberto y de Kate. Era la muchacha de un candor y de una inocencia inmaculadas, tenía una falta de comprensión para cosas de malicia extraordinaria. Manuel sentía verdadera sumisión ante aquella naturaleza aristocrática y elegante, tenía un sentimiento de inferioridad que en nada le molestaba.
La Nena le contó a Manuel las cosas que había visto en París, Bruselas, Gante; le habló de los parques de Londres, le deslumbró. En cambio, Manuel le contó a Kate detalles de la vida pobre madrileña, que a la colegiala le producían el más profundo asombro; las cuevas, las tabernas, los descampados; le habló de los chicos que se escapaban de sus casas e iban a dormir a los rincones de las iglesias, de los que robaban en los lavaderos; le describió las tiendas-asilos...
Manuel tenía cierta gracia para contar sus impresiones; exageraba y rellenaba con fantasías imaginadas los vacíos dejados por la realidad. La Nena le solía escuchar muy intrigada.
—¡Oh, qué miedo!—solía decir; y sólo el pensar que aquella gente miserable de que Manuel hablaba podía rozarse con ella, le hacía estremecer.
Sentía la niña una repugnancia profunda por la gente de la calle; no quería salir los domingos por no andar entre hombres de blusa y soldados. Le parecía que la gente del pueblo debía ser mala. Desde que se encendían los faroles no le gustaba salir de casa.
Las conversaciones solían tenerlas al anochecer en un gabinete que daba a la calle, desde donde se veía la plaza de Oriente, como un bosque, y el Palacio Real en cuyas cornisas se posaban cientos de palomas que de día revoloteaban en bandadas. Como fondo se veía la Casa de Campo y el horizonte que se enrojecía al caer de la tarde...
Pasado el día de Reyes, Kate volvió al colegio, y en la casa se restablecieron las antiguas costumbres y reinó el habitual desorden.
La primera salida nocturna que hizo la baronesa fué acompañada por Manuel a casa de su amiga cubana. Salieron la baronesa y Manuel después de cenar. La cubana vivía en la calle Ancha. Llamaron en la casa; les abrió un criadito con librea azul y galones dorados, y entraron, por un corredor, en una sala muy iluminada adornada con lujo barato y chillón. En medio había un aparato eléctrico con siete u ocho bombillas, un sofá grande con flores, dos sillones dorados al lado de una chimenea y sobre el mármol de ésta un reloj en forma de bola, un barómetro como un martillo, un termómetro como un puñal y otra porción de cosas con formas absurdas. Por todos lados se veían fotografías.
No había allí más que unas cuantas mujeres de mal aspecto, que se levantaron humildemente. La baronesa se sentó, y al poco rato entró la cubana, una mujer ordinaria y brutal, vestida con un traje muy llamativo y con brillantes gruesos en las orejas y en los dedos. Tomó de la mano a la baronesa y se sentó en un sofá junto a ella. Se veía que quería halagarla. Era la coronela una mujer, más que vulgar, bestial; tenía la mandíbula prominente, los ojos pequeños, negros y la boca con una expresión de crueldad. Había en su aspecto algo lúbrico inquietante y amenazador, se figuraba uno que aquella mujer debía tener vicios extraños, que era capaz de cometer crímenes.
Manuel, en un rincón, se puso a mirar un álbum de fotografías puesto sobre un velador.
La mujer del coronel, a quien la baronesa había conocido de sargenta en Cuba, dijo que pensaba que su niña menor, Lulú, debutara en un Salón, de bailarina, y le estaban dando las últimas lecciones.
—Pero, ¿de verdad?—preguntó la baronesa.
—Sí, sí; Mingote hizo la contrata, y se ha encargado de los últimos toques, como dice él. ¡Ay, qué hombre tan gracioso! Está ahora con unos amigos en el comedor. Vendrá en seguida. Mingote ha traído un poeta que ha hecho un monólogo para la niña graciosísimo. Se llama Instantáneas. Es un nombre modernista, ¿verdad?
—Ya lo creo.
—Es una muchacha que va a sacar fotografías a la calle y se encuentra con un pollo que se le acerca y le propone hacer una reproducción o un grupo, y ella contesta; «¡Ay, no me toque usted el chasis!» Es bonito, ¿verdad?
—Precioso—dijo la baronesa mirando a Manuel y riéndose.
Las demás mujeres, fregonas distinguidas a juzgar por su aspecto, movieron la cabeza en señal de asentimiento, y sonrieron de un modo triste.
—¿Tiene usted mucha gente en la sala?—preguntó la baronesa.
—Todavía no ha venido nadie. Mientras tanto que baile la niña un poco para que usted la vea.
Dió la coronela un grito por el corredor, y apareció Lulú, vestida con falda llena de lentejuelas y el pelo cortado y rizado. Estaba incomodada porque no encontraba una pulsera, y chillando con una vocecilla agria.
—Advierte a ésos—le dijo la coronela—de que estás aquí.
Salió la niña con el recado, y al poco rato entraron en la sala el coronel, señor respetable, de barba blanca, que cojeaba e iba apoyado en el brazo de Mingote; detrás de éstos un joven flaco, de bigote rubio, con las mejillas rojas; el poeta, según advirtió la baronesa, y un melenudo, el profesor de piano, que venía llevando del brazo a la hija mayor de la casa, una mujer guapetona, blanca y rubia, que parecía escapada de un cuadro de Rubens.
—Primero, ¿qué va a ser? ¿el monólogo o el baile?—preguntó la coronela.
—El monólogo, el monólogo—dijeron todos.
—Vamos a ver. Silencio.
El poeta, borracho a juzgar por el brillo de sus ojos y el color de sus mejillas, sonrió amablemente.
La chiquilla comenzó a recitar muy mal, con voz de gallito ronco, una porción de brutalidades en verso, capaces de llevar el rubor a las curtidas mejillas de un carabinero. Cada barbaridad de aquellas terminaba con el estribillo de ¡Ay, no me toque usted el chassis!
Al terminar, el coronel dijo que le parecían los versos un poco así... un poco, vamos, demasiado libres y miró a todos pidiendo su opinión. Se discutió el punto acaloradamente. El amo de la casa presentó sus argumentos, pero la réplica de Mingote fué decisiva.
—No, coronel—concluyó diciéndole el exprestamista exaltado—, es que usted siente de una manera excesiva el pundonor militar. Usted lo mira esto como militar.
La baronesa contempló asombrada a Mingote y no pudo contener la risa.
El coronel explicó confidencialmente a Mingote por qué las ideas militares acerca de la honra necesariamente tenían que ser más rígidas que las de los paisanos, por la disciplina, la ordenanza, y sobre todo por el uniforme.
Después del monólogo, el melenudo se puso al piano y la niña comenzó a bailar el tango. En este punto se presentaba también una cuestión que dilucidar y la coronela quería que se resolviera al momento. La cosa no era para menos. Hay una parte en el tango verdaderamente grave y trascendental; es ese movimiento de caderas que el público llama científicamente bisagra. La coronela preguntaba:—¿Cómo tiene Lulú que hacer esta parte del tango, o sea la bisagra? ¿Dándole todo lo que ello pide o velándolo un poco?
A la baronesa no le parecía bien que el tango fuera tan exagerado; un poco de aquel movimiento no estaba mal. La coronela y Mingote protestaron, y afirmaron que el público pide siempre, por más emocionante, la bisagra.
El coronel, a pesar de su pundonor militar, opinaba que el público, efectivamente, pedía bisagra, y que un poco más o menos de zarandeo era cosa de material.
Mingote entonces, para enseñar a la niña cómo debía hacer aquel movimiento, se levantó y se puso a mover las caderas de un modo grotesco. La niña repitió la suerte sonriendo, pero sin calor. Entonces la coronela dijo al oído de la baronesa que sólo el hombre podía enseñar a la mujer la gracia de aquel movimiento. La baronesa sonrió discretamente.
En aquel momento el criadito galoneado entró y dijo que estaba Fernández. Fernández debía de ser persona de importancia porque la coronela se levantó al momento y se dispuso a salir.
—Anda, dale la ruleta—dijo el coronel a su esposa—-y que enciendan las luces en la sala. ¿Qué?—añadió el buen señor—, ¿quiere usted que hagamos una vaquita, baronesa?
—Ya veremos; coronel. Primeramente intentaré la suerte sola.
—Bueno.
Bailó otro tango Lulú y al poco rato apareció la coronela.
—Ya pueden ustedes pasar—dijo.
Las viejas fregonas se levantaron de sus asientos, y cruzando el corredor entraron en una sala grande con tres balcones. Había dos mesas allí, una de ellas con una ruleta, la otra sin nada.
Las tres viejas, la baronesa, el coronel y sus dos hijas se sentaron en la mesa de la ruleta, en donde estaban ya sentados el banquero y los dos pagadores.
—Hagan juego—dijo el croupier con una impasibilidad de autómata.
Giró la bola blanca en la ruleta, y antes de que se parara, el croupier dijo:
—¡No va más!
Los dos pagadores dieron con su rastrillo en los paños, para impedir que se siguiera apuntando.—No va más—repitieron al mismo tiempo con voz monótona.
Fué entrando gente poco a poco y se ocuparon las sillas colocadas alrededor de la mesa.
Al lado de la baronesa se sentó un hombre de unos cuarenta años, alto, fornido, ancho de hombros, de pelo crespo negrísimo y dientes blancos.
—Pero hijo, ¿tú aquí?—dijo la baronesa.
—¿Y tú?—replicó él.
Era aquel hombre primo en segundo o tercer grado de la baronesa y se llamaba Horacio.
—¿No decías que te acostabas invariablemente a las nueve?—preguntó la baronesa.
—Y es una casualidad que haya venido aquí. Es la primera vez que vengo.
—Bah.
—Créeme. ¿Hacemos una vaca, prima?
—No me parece mal.
Reunieron el dinero de ambos y siguieron jugando. Horacio apuntaba según las órdenes de la baronesa. Tenían suerte y ganaban. Poco a poco se iba llenando el salón de un público abigarrado y extraño. Había dos aristócratas conocidos, un torero, militares. De pie se apretaban algunas señoras con sus hijas.
Manuel vió a la Irene, la nieta de doña Violante, al lado de un señor viejo con el pelo engomado, que jugaba fuerte. Tenía los dedos llenos de sortijas con piedras grandes.
Sentados en un diván hablaban cerca de Manuel un hombre viejo, de barba blanca, muy pálido y demacrado, con otro joven lampiño de aire aburrido.
—¿Usted se retiró ya?—decía el joven.
—Sí; me retiré porque no tenía dinero; si no hubiera seguido jugando hasta que me hubieran encontrado muerto sobre el tapete verde. Para mí esta es la única vida. Yo soy como la Valiente. Ella me conoce, y me suele decir algunas veces: —¿Hacemos una vaca, marqués?—No le daría a usted mala suerte—le contesto yo.