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Mare nostrum

Chapter 10: VIII
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About This Book

A sweeping Mediterranean narrative follows a veteran ship captain whose life is bound to the sea’s riches and dangers, tracing early obsessions, passionate attachments, and a moral fall amid diving, commerce, and clandestine maritime peril. The text alternates vivid natural description of underwater harvests and coastal life with episodes of intimacy, betrayal, and secret maneuvering, exploring loyalty, fate, and the corrosive effects of modern conflict on private lives. Framed by mythic chapter headings, its varied scenes—from ports and churches to salons and submerged reefs—blend lyrical landscape, technical maritime detail, and human drama into a compact mosaic of seaborne existence.

Ferragut había encontrado la mujer «arreglada á su gusto» y era esclavo para siempre de su suerte. La seguiría, á través de todos los envilecimientos, hasta donde ella quisiera llevarle; cada vez con menos energía para protestar, aceptando las situaciones más deshonrosas á cambio del amor... ¡Y siempre sería así! ¡Y él, que se consideraba meses antes un hombre duro y dominador, acabaría por suplicar y llorar si ella se alejaba!... ¡Ah, miseria!...

En las horas de tranquilidad, cuando la hartura les hacía conversar plácidamente como dos amigos del mismo sexo, Ulises evitaba las alusiones al pasado y le dirigía preguntas sobre su vida actual. Le preocupaban los trabajos misteriosos de la doctora; quería conocer la parte que tomaba Freya en ellos, con el interés que inspiran siempre las acciones más fútiles de la persona amada. ¿No pertenecía él á la misma asociación por el hecho de obedecer sus órdenes?...

Las respuestas eran incompletas. Ella se había limitado á obedecer á la doctora, que lo sabía todo... Luego vacilaba, rectificándose. No; su amiga no podía saberlo todo. Por encima de ella estaban el conde y otros personajes que venían de tarde en tarde á visitarla, como viajeros de paso. Y la cadena de agentes, de menor á mayor, se perdía en misteriosas alturas que hacían palidecer á Freya, poniendo en sus ojos y en su voz una expresión de supersticioso respeto.

Únicamente le era lícito hablar de sus trabajos, y lo hacía discretamente, contando los procedimientos que había empleado, pero sin nombrar á sus colaboradores ni decir cuál era su finalidad. Las más de las veces se había movido sin saber adónde convergían sus esfuerzos, como voltea una rueda, conociendo únicamente su engranaje inmediato, ignorando el conjunto de la maquinaria y la clase de producción á que contribuye.

Se admiró Ulises de los inverosímiles y grotescos procedimientos empleados por los agentes del espionaje.

—¡Pero eso es de novela de folletón!... Son medios gastados y ridículos que todos pueden aprender en libros y melodramas.

Freya asentía. Por eso mismo los empleaban. El medio más seguro de desorientar al enemigo era valerse de procedimientos vulgares; así, el mundo moderno, inteligente y sutil, se resistía á creer en ellos. Bismarck había engañado á toda la diplomacia europea diciendo simplemente la verdad, por lo mismo que nadie esperaba que la verdad saliese de su boca. El espionaje alemán se agitaba como los personajes de una novela policíaca, y la gente no quería creer en sus trabajos, aunque estos trabajos pasasen ante sus ojos, por parecerle demasiado gastados y fuera de moda.

—Por eso—continuó ella—cada vez que Francia descubría una parte de nuestros manejos, la opinión mundial, que sólo cree en cosas ingeniosas y difíciles, se reía de ella, considerándola atacada del delirio de persecuciones.

La mujer entraba por mucho en el servicio de espionaje. Las había sabias como la doctora, elegantes como Freya, venerables y con un apellido célebre, para obtener la confianza que inspira una viuda noble. Eran numerosas, pero no se conocían unas á otras. Algunas veces se tropezaban en el mundo, se presentían, pero cada una continuaba su camino, empujadas en distintas direcciones por la fuerza omnipotente y oculta.

Le mostró retratos suyos que databan de algunos años. Ulises tardó en reconocerla al contemplar la fotografía de una japonesa delgada, jovencita, envuelta en un kimono sombrío.

—Soy yo, cuando estuve allá. Nos interesaba conocer la verdadera fuerza de ese pueblo de hombrecitos con ojos de ratón.

El otro retrato aparecía con falda corta, botas de montar, camisa de hombre y un fieltro de cow-boy. Era del Transvaal. También había andado por el Sur de África, en compañía de otros alemanes del «servicio», para sondear el estado de ánimo de los boers bajo la dominación inglesa.

—Yo he estado en todas partes—afirmó ella con orgullo.

—¿También en París?—dijo el marino.

Dudó antes de contestar, pero al fin hizo un movimiento de cabeza... Había estado muchas veces en París. La guerra le había sorprendido viviendo en el Gran Hotel. Afortunadamente, recibió aviso dos días antes de la ruptura de hostilidades, pudiendo librarse de quedar prisionera en un campo de concentración... Y no quiso decir más. Era verbosa y franca al relatar los trabajos pasados, pero el recuerdo de los recientes le infundía una reserva inquieta y medrosa.

Para torcer el curso de la conversación, habló de los peligros que la habían amenazado en sus viajes.

—Necesitamos ser valientes... La doctora, tal como la ves, es una heroína... Ríete; pero si conocieses su arsenal, tal vez te infundiese miedo. Es una científica.

La grave señora experimentaba una repugnancia invencible por las armas vulgares. Freya le conocía todo un botiquín portátil lleno de anestésicos y venenos.

—Además, lleva encima un saquito repleto de ciertos polvos de su invención: tabaco, pimienta... ¡demonios! El que los recibe en los ojos queda ciego. Es como si le echasen llamas.

Ella era menos complicada en sus medios de defensa. Tenía el revólver, arma que lograba ocultar como esconden el aguijón ciertos insectos, sin saberse nunca con certeza de dónde volvía á surgir. Y por si no le era posible valerse de él, contaba con el alfiler de su sombrero.

—Míralo... ¡Con qué gusto lo clavaría en el corazón de muchos!...

Y le mostró una especie de puñal disimulado, un estilete sutil y triangular de verdadero acero, rematado por una perla larga de vidrio que podía servir de empuñadura.

«¡Entre qué gente vives!—murmuraba en el interior de Ferragut la voz de la cordura—. ¡Dónde te has metido, hijo mío!»

Pero su tendencia á desafiar el peligro, á no vivir como los demás, le hizo encontrar un profundo encanto á esta existencia novelesca.

La doctora ya no emprendió más viajes. En cambio aumentaban sus visitantes. Algunas veces, cuando Ulises intentaba dirigirse hacia sus habitaciones, le detenía Freya.

—No vayas... Tiene una consulta.

Al abrir la puerta del rellano que correspondía á su alojamiento, vió en varias ocasiones la mampara verde de la oficina cerrándose detrás de muchos hombres, todos ellos de aspecto germánico: viajeros que venían á embarcarse en Nápoles con cierta precipitación, vecinos de la ciudad que recibían órdenes de la doctora.

Esta se mostró más preocupada que de costumbre. Sus ojos pasaban con distracción sobre Freya y el marino, como si no los viese.

—Malas noticias de Roma—decía á Ferragut su amante—. Estos mandolinistas malditos se nos escapan.

Ulises empezó á sentir la saciedad de los días voluptuosos, que se sucedían siempre iguales. Sus sentidos se embotaban con tantos placeres repetidos maquinalmente. Además, un monstruoso desgaste le hacía pensar por instinto defensivo en la vida tranquila del hogar.

Tímidamente hacía cálculo sobre su dulce reclusión. ¿Cuánto tiempo vivía en ella?... Su memoria confusa y nebulosa pedía auxilio.

—Quince días—contestaba Freya.

De nuevo insistía en sus cálculos, y ella le afirmaba que sólo iban transcurridas tres semanas desde que su vapor partió de Nápoles.

—Tendré que irme—decía Ulises con vacilación—. Me esperan en Barcelona: no tengo noticias... ¿Qué será de mi buque?...

Ella, que le escuchaba con aire distraído, no queriendo entender sus tímidas insinuaciones, respondió una tarde categóricamente:

—Se acerca el momento de que cumplas tu palabra, de que te sacrifiques por mí. Luego podrás marcharte á Barcelona, y yo... yo iré á juntarme contigo. Si no puedo ir, ya nos encontraremos... El mundo es pequeño.

Su pensamiento no llegaba más allá de este sacrificio exigido á Ferragut. Luego, ¿quién podía saber dónde iría ella á parar?...

Dos tardes después, la doctora y el conde llamaron al marino. La voz de la dama, siempre bondadosa y protectora, tomó esta vez un leve acento de mando.

«Todo está listo, capitán.» Como no había podido disponer de su vapor, ella le tenía preparado otro buque. Debía limitarse á seguir las instrucciones del conde. Este le enseñaría el barco cuyo mando iba á tomar.

Se marcharon juntos los dos hombres. Era la primera vez que Ulises salía á la calle sin Freya, y á pesar de su entusiasmo amoroso, sintió una agradable sensación de libertad.

Descendieron á la ribera, y en el pequeño puerto de la isla del Huevo pasaron el tablón que servía de puente entre el muelle y una goleta pequeña de casco verdoso. Ferragut, que la había apreciado exteriormente de una sola ojeada, corrió su cubierta... «Ochenta toneladas.» Luego examinó el aparejo y la máquina auxiliar, un motor á petróleo que le permitía hacer siete millas por hora cuando el velamen no encontraba viento.

Había visto en la popa el nombre del buque y su procedencia, adivinando en seguida la clase de navegación á que estaba dedicado. Era una goleta siciliana de Trápani, construida para la pesca. Un calafate artista había esculpido una langosta de madera subiendo por el timón. Por los dos lados de la proa se remontaba un doble rosario de cangrejos, tallados con la prolijidad inocente de un imaginero medioeval.

Al asomarse á una escotilla vió la mitad de la cala llena de cajas. Ferragut reconoció este cargamento. Cada una de las cajas contenía dos latas de esencia de petróleo.

—Muy bien—dijo al conde, que había permanecido silencioso á sus espaldas, siguiéndole en todas sus evoluciones—. ¿Dónde está la tripulación?...

Kaledine le señaló tres marineros algo viejos acurrucados en la proa y un muchacho vestido de andrajos. Eran veteranos del Mediterráneo, silenciosos y ensimismados, que obedecían maquinalmente las órdenes, sin preocuparse de adonde iban ni de quién los mandaba.

—¿No hay más?—preguntó Ferragut.

El conde aseguró que otros hombres vendrían á reforzar la tripulación en el momento de la salida. Esta iba á ser tan pronto como la carga quedase terminada. Había que tomar ciertas precauciones para no llamar la atención.

—De todos modos, esté usted pronto para embarcarse, capitán. Tal vez le avise con sólo un par de horas de avance.

En la noche, hablando á Freya, se asombró Ulises de la prontitud con que la doctora había encontrado un buque, de la discreción con que hacían su carga, de todos los detalles de este negocio, que se desarrollaba fácil y misteriosamente en la misma boca de un gran puerto, sin que nadie se percatase de ello.

Su amante afirmó con orgullo que Alemania sabía conducir bien sus asuntos. No era la doctora la que obraba tales prodigios. Todos los negociantes germánicos de Nápoles y Sicilia le habían dado ayuda... Y convencida de que el capitán iba á ser avisado de un momento á otro, puso en orden su equipaje, arreglando una pequeña maleta que le había de acompañar en la corta navegación.

Al anochecer del día siguiente el conde vino á buscarle. Todo estaba listo: el buque esperaba á su capitán.

La doctora despidió á Ulises con cierta solemnidad. Se hallaban en el salón, y dió una orden en voz baja á Freya. Esta salió para volver inmediatamente con una botella estrecha y larga. Era vino añejo del Rhin, regalo de un comerciante de Nápoles, que guardaba la doctora para una ocasión extraordinaria. Llenó cuatro vasos; y tomando el suyo, miró en torno de ella con indecisión.

—¿Dónde cae el Norte?

El conde lo señaló silenciosamente. Entonces la dama fué levantando su vaso con solemne lentitud, como si ofreciese una libación religiosa al misterioso poder oculto en el Norte, lejos, muy lejos. Kaledine la imitó con el mismo gesto de fervor.

Ulises iba á llevarse el vaso á los labios, queriendo ocultar un principio de risa provocado por la gravedad de la imponente señora.

—Haz lo mismo que ellos—murmuró Freya junto á su oído.

Y los dos brindaron mudamente, con los ojos vueltos hacia el Norte.

—¡Buena suerte, capitán!—dijo la doctora—. Volverá usted pronto y con toda felicidad, ya que trabaja por una causa justa... Nunca olvidaremos sus servicios.

Freya quiso acompañarlo hasta el buque. El conde inició una protesta, pero se contuvo viendo el gesto bondadoso de la sensible dama. «¡Se amaban tanto!... Había que conceder algo al amor...»

Bajaron los tres por las calles pendientes de Chiaia hasta la ribera de Santa Lucía. Ferragut, á pesar de su preocupación, se fijó en el aspecto del conde. Iba vestido de azul y con gorra negra, lo mismo que un yachtman que se prepara á tomar parte en una carrera de balandros. Sin duda había adoptado este traje para hacer más solemne la despedida.

En los jardines de la Villa Nazionale se detuvo Kaledine, dando una orden á Freya. No toleraba que pasase más adelante. Podía llamar la atención en el pequeño puerto de la isla del Huevo, frecuentado sólo por pescadores. El tono de la orden fué cortante, imperioso, y ella obedeció sin protesta, como si estuviese habituada á tal superioridad.

—¡Adiós!... ¡adiós!

Olvidando la presencia del testigo severo, abrazó á Ulises ardorosamente. Después rompió á llorar con un estertor nervioso. Le pareció á él que nunca había sido tan sincera como en este momento, y tuvo que esforzarse para salir del anillo de sus brazos. «¡Adiós!... ¡adiós!...» Luego marchó detrás del conde, sin atreverse á volver la cabeza, presintiendo que ella le seguía con los ojos.

En la ribera de Santa Lucía vió de lejos su antiguo hotel con las ventanas iluminadas. El portero precedía los pasos de un joven que acababa de descender de un carruaje llevando su maleta. Ferragut se acordó de pronto de su hijo Esteban. El viajero adolescente ofrecía de lejos cierta semejanza con él... Y siguió adelante, sonriendo con amargura de este recuerdo inoportuno.

Al entrar en la goleta encontró á Karl, el dependiente de la doctora, que había traído su pequeño equipaje y acababa de instalarlo en el camarote. «Podía retirarse...» Luego pasó revista á la tripulación. Además de los tres sicilianos viejos, vió ahora siete mocetones rubios y carnudos con los brazos arremangados. Hablaban italiano, pero el capitán no tuvo dudas sobre su verdadera nacionalidad.

Empezaron varios de ellos á levar el ancla, y Ferragut miró al conde como si le invitase á salir. El buque se despegaba poco á poco del muelle. Iban á retirar la tabla que servía de puente.

—Yo voy también—dijo Kaledine—. Me interesa el paseo.

Ulises, que estaba dispuesto á no sorprenderse de nada en este viaje extraordinario, se limitó á una exclamación de alegría cortés. «¡Tanto mejor!...» Ya no se ocupó de él, dedicándose á sacar el barco del pequeño puerto, dirigiendo su rumbo hacia la salida del golfo. Los vidrios de la ribera de Santa Lucía temblaron con el ronquido del motor de la goleta, máquina vieja y escandalosa, que imitaba el chapoteo de un perro cansado. Mientras tanto, las velas se tendían á lo largo de los mástiles, aleteando bajo los primeros manotones del viento.

Tres días duró la navegación. En la primera noche el capitán paladeó el voluptuoso egoísmo del descanso á solas. Ya no tenía una mujer á su lado como prolongación inevitable; vivía entre hombres... Y apreció la castidad como un placer que se le ofrecía con todos los encantos de lo nuevo.

La segunda noche, en la estrecha y maloliente cámara del patrón, se sintió desvelado por los recuerdos, que volvían á retoñar. ¡Oh, Freya!... ¡Cuándo la vería otra vez!...

El conde y él hablaron poco, pero pasaban largas horas juntos, sentados al lado de la rueda del timón, mirando el mar. Eran más amigos que en tierra, aunque se cruzaban entre ellos escasas palabras. La vida común aminoraba la altivez del fingido diplomático y hacía que el capitán descubriese nuevos méritos en su persona.

La soltura con que andaba por el buque y ciertas palabras técnicas empleadas contra su voluntad no permitieron á Ferragut más dudas sobre su verdadera profesión.

—Usted es marino—dijo de pronto.

Y el conde asintió, juzgando inútil el disimulo. Sí, era marino.

«Entonces, ¿qué hago yo aquí? ¿Para qué me han dado el mando?...» Así pensó Ferragut, sin atinar por qué buscaba su concurso este hombre que podía dirigir el buque sin ayuda ajena.

Indudablemente era un oficial de marina, y también debían proceder de una flota todos los marineros rubios que trabajaban como autómatas. La disciplina les hacía acatar las órdenes de Ferragut, pero se adivinaba que para ellos su mando no pasaba de ser una simple delegación, y que el verdadero jefe de á bordo era el conde.

La goleta pasó á la vista del archipiélago de Lípari; luego, torciendo el rumbo hacia el Oeste, siguió las costas de Sicilia desde el cabo Gallo al cabo de San Vito. A partir de aquí puso su proa al Sudoeste, yendo en busca de las islas Egades.

Debía esperar en estas aguas, donde empieza á angostarse el Mediterráneo entre Túnez y Sicilia, irguiéndose el pico volcánico de la isla Pantelaria en mitad del inmenso estrecho.

Le bastaban al conde breves indicaciones para que el rumbo seguido por Ferragut fuese con arreglo á sus deseos. Acabó por no ocultar la admiración que le inspiraba su maestría de navegante.

—Conoce usted bien su mar—dijo el conde.

El capitán se encogió de hombros sonriendo. Era verdaderamente suyo. Podía llamarle mare nostrum, lo mismo que los romanos, sus antiguos dominadores.

Como si adivinase el fondo á simple vista, mantuvo el buque en los límites del extenso banco de la Aventura. Navegaba lentamente con sólo algunas velas, cruzando y recruzando las mismas aguas.

Kaledine, al transcurrir dos días, empezó á inquietarse. Varias veces oyó Ferragut cómo murmuraba el nombre de Gibraltar. El paso del Atlántico al Mediterráneo era el mayor peligro para los que él esperaba.

Desde la cubierta de la goleta sólo se podía ver á corta distancia, y el conde trepó repetidas veces por las escalas de cuerda de la arboladura, para abarcar con sus ojos un espacio más extenso.

Una mañana gritó desde lo alto al capitán, señalándole un punto del horizonte. Debía hacer rumbo en la misma dirección. Allí estaban los que él buscaba.

Ferragut le obedeció, y media hora después fueron apareciendo, uno tras otro, dos buques prolongados y bajos de borda, que navegaban con gran velocidad. Eran como destroyers, pero sin mástiles, sin chimeneas, deslizándose casi á ras del agua, pintados de un color gris que les hacía confundirse con el mar á cierta distancia.

Se colocaron á ambos lados del velero, aproximándose á él de tal modo, que parecía que iban á aplastarlo con el encontrón de sus cascos. Varios cables metálicos surgieron de sus cubiertas para enroscarse en los palos de la goleta, aprisionándola, formando una sola masa de los tres buques, que siguieron unidos la lenta ondulación del mar.

Ulises examinó curiosamente á los dos compañeros de flotación. ¿Estos eran los famosos submarinos?... Vió en su cubierta de acero escotillas redondas y salientes como chimeneas, por las que asomaban grupos de cabezas. Los oficiales y tripulantes iban vestidos como pescadores de las costas del Norte, con traje impermeable de una sola pieza y casco encerado. Muchos de ellos agitaron en lo alto estos cascos, y el conde les respondió tremolando su gorra. Los marineros rubios de la goleta gritaron, contestando á las aclamaciones de sus camaradas de los sumergibles: «¡Deutschland über alles!...»

Pero este entusiasmo en medio de la soledad del mar, que equivalía á un canto da triunfo, duró muy poco. Sonaron pitos, corrieron hombres por las aceradas cubiertas, y Ferragut vió invadido su buque por dos filas de marineros. En un momento quedaron abiertas las escotillas, sonó un ruido de maderas rotas, y las latas de esencia empezaron á transbordarse por ambos lados. En torno del velero se pobló el agua de cajones abiertos, que se alejaban con mansa flotación.

El conde oía en la popa á un hombre vestido de tela impermeable, que era un oficial.

Relataba el paso por el estrecho de Gibraltar completamente sumergidos, viendo por el periscopio los torpederos ingleses en patrulla de vigilancia.

—Nada, comandante—continuó el oficial—; ni el menor incidente... Una navegación magnífica.

—¡Que Dios castigue á Inglaterra!—dijo el conde, llamado ahora comandante.

—¡Que Dios la castigue!—repuso el oficial, como si dijese «amén».

Ferragut se vió olvidado, desconocido por todos estos hombres que llenaban la goleta. Algunos marineros le empujaron en la precipitación de su trabajo. Era el patrón del velero, un civil falto de jerarquía al estar entre hombres de guerra.

Empezó á comprender por qué motivo le habían dado el mando del pequeño buque. El conde se quedaba. Le vió acercarse como si de repente se acordase de él, tendiéndole su diestra con una afabilidad de camarada.

—Capitán, muchas gracias. Este servicio es de los que no se olvidan. Tal vez no nos veremos nunca... Pero, por si alguna vez me necesita, sepa quién soy.

Y como si presentase á otra persona, dijo sus nombres ceremoniosamente: Archibaldo von Kramer, teniente de navío de la flota imperial... Su personalidad de diplomático no era enteramente falsa. Había servido como agregado naval en varias Embajadas.

Luego le dió instrucciones para el regreso. Podía esperar frente á Palermo. Un bote vendría en busca suya para llevarle á tierra. Todo estaba previsto... Debía entregar el mando al verdadero dueño de la goleta: un miedoso que se había hecho pagar muy caro el alquiler del buque, pero sin atreverse á poner en riesgo su persona. En la cámara estaban los papeles en regla para justificar esta navegación.

—Salude en mi nombre á las señoras... Dígales que pronto oirán hablar de nosotros. Vamos á hacernos dueños del Mediterráneo.

Continuó el desembarque de combustible. Ferragut vió á Von Kramer introduciéndose por la capota abierta de uno de los submarinos. Luego creyó reconocer en el otro sumergible á dos marineros de los que habían tripulado la goleta, los cuales fueron recibidos con gritos y abrazos por sus camaradas, metiéndose á continuación por una escotilla tubular.

La descarga duró hasta media tarde. Ulises no se había imaginado que el pequeño buque llevase tantas cajas. Cuando la bodega quedó vacía, desaparecieron los últimos marineros germánicos, y con ellos los cables que aprisionaban al velero. Un oficial le gritó que podía marcharse. Los dos sumergibles, más achatados sobre el mar que á su llegada, con los depósitos henchidos de esencia y aceite, empezaron á alejarse.

Al verse solo en la popa de la goleta, sintió una repentina inquietud.

«¿Qué has hecho?... ¿qué has hecho?», clamó una voz en su cerebro.

Pero contemplando á los tres viajeros y al muchacho que habían quedado como única tripulación, olvidó sus remordimientos. Debía moverse mucho para suplir esta falta de brazos. En dos noches y un día apenas descansó, manejando casi al mismo tiempo el timón y el motor, pues no se atrevía á emplear todas sus velas con esta escasez de hombres.

Cuando se vió, en un amanecer, frente al puerto de Palermo, que empezaba á extinguir sus luces, Ferragut pudo dormir por primera vez, dejando encargado á uno de los marineros la vigilancia del buque, que se mantenía con el velamen recogido. A media mañana le despertaron unas voces que gritaban desde el mar: «¿Dónde está el capitán?»

Vió un bote y varios hombres que saltaban á la goleta. Era el dueño, que venía á recobrar su buque para hacerlo entrar en el puerto con toda legalidad. El mismo bote se encargó de llevar á tierra á Ulises con su pequeña maleta. Le acompañaba un señor rojizo y obeso, que parecía tener gran ascendiente sobre el patrón.

—Ya estará usted enterado de lo que ocurre—le dijo, mientras dos remeros hacían deslizar el bote sobre las olas—. ¡Esos bandidos!... ¡Esos mandolinistas!...

Ulises, sin saber por qué, hizo un gesto afirmativo. Este burgués indignado era un alemán: uno de los que ayudaban á la doctora. Bastaba oírle.

Media hora después, Ferragut saltó á un muelle, sin que nadie se opusiera á su desembarco, como si la protección de su obeso compañero adormeciese todas las vigilancias. A pesar de esto, el buen señor mostraba un deseo ferviente de apartarse de él, de huir, atendiendo á sus propios asuntos.

Sonrió al enterarse de que Ulises quería salir inmediatamente para Nápoles. «Hace usted bien...» El tren partía dos horas más tarde. Y lo metió en un coche de alquiler, desapareciendo con precipitación.

El capitán, al quedarse solo, casi creyó que había soñado lo de los días anteriores.

Volvía á ver Palermo después de una ausencia de largos años. Experimentó la alegría de un siciliano desterrado al cruzarse con varios carros del país tirados por rocines con plumas y cuyas cajas pintarrajeadas representaban escenas de La Jerusalén libertada. Recordó los nombres de las vías principales, que eran los de antiguos virreyes españoles. Vió en una plaza las estatuas de cuatro reyes de España... Pero todos estos recuerdos sólo le inspiraron un interés fugaz. Le preocupaban el movimiento extraordinario de las calles, el gentío formando grupos para escuchar la lectura de los periódicos. Muchas ventanas tenían banderas nacionales entrelazadas con las de Francia, Inglaterra y Bélgica.

Al llegar á la estación supo la verdad; se enteró del suceso al que había aludido el comerciante mientras iban en el bote. ¡Era la guerra!... Italia había roto sus relaciones el día anterior con los Imperios centrales.

Ulises se sintió agitado por la inquietud al recordar lo que había hecho en pleno Mediterráneo. Creyó que los grupos populares que pasaban dando vivas detrás de las banderas iban á adivinar su hazaña, cayendo sobre él. Necesitaba alejarse de este entusiasmo patriótico; y respiró satisfecho al verse en el interior de un vagón... Además, iba á ver á Freya, y le bastaba evocar su imagen para que se desvaneciesen todos sus remordimientos.

El viaje fué largo y difícil. Las necesidades de la guerra se hacían sentir desde el primer momento, absorbiendo todos los medios de comunicación. El tren quedaba inmóvil horas enteras para dejar paso á otros trenes cargados de hombres y de material militar. En todas las estaciones había soldados en traje de campaña, banderas, muchedumbres que vitoreaban.

Cuando llegó á Nápoles, fatigado por un viaje de cuarenta y ocho horas, le pareció que el cochero se dirigía con demasiada lentitud hacia el viejo palacio de Chiaia.

Al atravesar el zaguán con su pequeña maleta, le cortó el paso la portera, gruesa comadre de pelo encrespado y polvoriento, que sólo había entrevisto algunas veces en las profundidades de su caverna.

—Las señoras ya no viven en la casa... Las señoras han partido de repente con Karl, su empleado.

Y explicaba el resto de esta huída con una sonrisa hostil y maligna.

Comprendió Ferragut que no debía insistir. La mujerona estaba furiosa por la fuga de las damas tedescas, y examinaba al marino como un presunto espía, bueno para una denuncia patriótica. Sin embargo, por honradez profesional, le avisó que la signora rubia, la más joven y simpática, había pensado en él al irse, dejando su equipaje en la portería.

Se apresuró Ulises á desaparecer. Ya enviaría alguien que recogiese sus maletas. Y tomando otro carruaje, se dirigió al albergo de Santa Lucía... ¡Qué golpe inesperado!

Al verle entrar, el portero hizo un gesto de sorpresa y de asombro. Antes de que Ferragut alcanzase á preguntarle por Freya, con la vaga esperanza de que se hubiese refugiado en el hotel, este hombre le dió una noticia.

—Capitán, aquí ha estado su hijo esperándole.

El capitán balbuceó, desorientado: «¿Qué hijo?...» El hombre de las llaves bordadas trajo el libro de viajeros, mostrándole una línea: «Esteban Ferragut. Barcelona.» Y Ulises reconoció la letra de su hijo, al mismo tiempo que se le oprimía el pecho con una angustia indefinible.

La sorpresa le dejó sin voz, y el portero se aprovechó de su silencio para seguir hablando.

Era un muchacho simpático é inteligente... Algunas mañanas le había acompañado para enseñarle lo mejor de la ciudad. Se había puesto en relación con los consignatarios del Mare nostrum, buscando por todas partes noticias de su padre. Al fin, convencido de que el capitán estaba ya de regreso á Barcelona, había partido á su vez el día anterior.

—Si llega usted doce horas antes, todavía lo encuentra aquí.

El portero no sabía más. Ocupado en cumplir los encargos de unas señoras sudamericanas, no había podido saludar al joven cuando salió del hotel. Dudaba entre hacer el viaje en un vapor inglés hasta Marsella ó ir por ferrocarril á Génova, donde encontraría buques directos para Barcelona.

Ferragut quiso saber cuándo había llegado, y el portero, elevando los ojos, se entregó á un largo cálculo mental... Al fin marcó una fecha, y el marino, á su vez, compulsó sus recuerdos.

Se dió en la frente una palmada, ruda como un puñetazo.

Era su hijo el joven que había visto entrando en el albergo cuando él marchaba á encargarse de la goleta para llevar combustible á los submarinos alemanes.


VIII

EL JOVEN TELÉMACO

Siempre que el Mare nostrum volvía á Barcelona, Esteban Ferragut experimentaba una sensación de deslumbramiento, lo mismo que si se abriese un glorioso ventanal en su existencia obscura y monótona de hijo de familia.

Ya no vagaba por el puerto, admirando de lejos los grandes trasatlánticos anclados frente al monumento de Colón ó los vapores de carga que se alineaban en los muelles comerciales. Un buque importante era de su absoluta propiedad por algunas semanas. El capitán y los oficiales pasaban el tiempo en tierra con sus familias. Tòni, el segundo, era el único que dormía á bordo. Muchos de los marineros solicitaban permiso para vivir en la ciudad, y el vapor quedaba confiado á la guarda del tío Caragòl, con media docena de hombres para la diaria limpieza.

El pequeño Ferragut podía hacerse la ilusión de que era el capitán del Mare nostrum. Se movía en el puente imaginándose que estaba arrostrando una gran tormenta; examinaba los instrumentos náuticos con una gravedad de experto conocedor; corría todos los departamentos habitables del buque, bajaba á las bodegas, que se aireaban, abiertas, en espera de carga, y finalmente se metía en el bote de servicio, desamarrándolo de la escala, para remar unas horas con más satisfacción que en los ligeros yoles del Club de Regatas.

Sus visitas terminaban en la cocina, invitado por el tío Caragòl, que le trataba con una familiaridad paternal. El joven remero estaba sudando. «¿Un refresquet?...» Y preparaba su dulce mixtura, que hacía caer á los hombres de un solo salto en las nebulosidades de la embriaguez.

Esteban tenía en mucho los «refrescos» del cocinero. Su imaginación, excitada por la frecuente lectura de novelas de viajes, le había hecho concebir un tipo de marino heroico, atrevido, galanteador, y capaz de tragarse á jarros las bebidas más incendiarias sin pestañear. El quería ser así; todo buen navegante debe beber.

Aunque en tierra no conocía otros licores que los inocentes y dulzones guardados por su madre para las fiestas de familia, una vez pisaba la cubierta del buque sentía la necesidad de líquidos alcohólicos, para hacer ver que era todo un hombre. «No había en el mundo una bebida que pudiese con él...» Y al segundo «refresco» del tío Caragòl quedaba sumido en plácido nirvana, viéndolo todo de color de rosa y considerablemente agrandado: el mar, los buques cercanos, los docks y la montaña de Montjuich, que servía de fondo.

El cocinero, al contemplarle amorosamente con sus ojos enfermos, creía haber dado un salto atrás de docenas de años y hallarse todavía en Valencia hablando con el otro Ferragut que se escapaba de la Universidad para remar en el puerto. Casi llegó á creer que había vivido dos veces.

Escuchaba las quejas del muchacho, interrumpiéndolas con solemnes consejos. Este Ferragut de quince años se mostraba descontento de la vida. Era un hombre, y tenía que vivir entre mujeres: su madre y dos sobrinas que le acompañaban haciendo encajes, lo mismo que ella había acompañado en otro tiempo á su suegra doña Cristina. Quería ser marino, y le obligaban á estudiar las materias antipáticas del bachillerato. ¿Acaso un capitán necesita saber latín?...

Deseaba terminar su vida de estudiante, para hacerse piloto y seguir las prácticas en el puente, al lado de su padre. Tal vez llegase á mandar á los treinta años el Mare nostrum ú otro buque semejante.

Mientras tanto, la atracción del mar le arrastraba lejos de las aulas, yendo á ver á Caragòl á la misma hora en que sus profesores pasaban lista á los alumnos, anotando sus ausencias.

El viejo y su protegido se recluían en la cocina con una inquietud de culpables. Pasos y voces en la cubierta alteraban su conversación. «¡Escóndete!» Y Esteban se metía debajo de una mesa ó se ocultaba en el cuartucho de las provisiones, mientras el cocinero salía al encuentro del recién llegado con una cara seráfica.

Algunas veces era Tòni, y el muchacho osaba salir, contando con su silencio. También éste le quería y aprobaba su aversión por los libros.

Si de tarde en tarde era el capitán el que venía al buque por unos momentos, Caragòl le hablaba obstruyendo la puerta con su cuerpo, al mismo tiempo que sonreía maliciosamente.

Para Esteban, las dos cosas más dignas de admiración eran el mar y su padre. Todos los héroes novelescos que desde las páginas de los libros habían pasado á alojarse en su imaginación tenían el rostro y los gestos del capitán Ferragut.

De pequeño había visto llorar algunas veces á su madre con resignada tristeza. Años adelante, al conocer con su precocidad de muchacho poco vigilado las relaciones que existen entre hombres y mujeres, presintió que todas estas lágrimas debían ser motivadas por ligerezas é infidelidades del lejano navegante.

El adoraba á su madre con una pasión de hijo único y mimado, pero no admiraba menos al capitán, excusando todas las faltas que pudiese cometer. Su padre era el hombre más valiente y más hermoso de la tierra. Así lo veía él. Y un día que, examinando los cajones de su camarote, encontró varias fotografías de mujeres llevando al pie los nombres de lejanos países, su admiración aún fué más grande. Todas debían haber enloquecido de amor por el capitán del Mare nostrum. ¡Ay! Por más que él hiciese al ser hombre, nunca llegaría á igualarse con este triunfador que le había dado la existencia...

Cuando el buque llegó á Barcelona sin su propietario de vuelta de Nápoles, el hijo de Ferragut no experimentó ninguna sorpresa.

Tòni, que era siempre de pocas palabras, las prodigó en la presente ocasión. El capitán Ferragut se había quedado allá por un negocio importante, pero no tardaría en volver. Su segundo le esperaba de un momento á otro. Tal vez hiciese el viaje por tierra, para llegar antes.

Esteban se asombró al ver que su madre no aceptaba esta ausencia como un suceso insignificante. La buena señora se mostró preocupada y con los ojos lacrimosos. Su instinto femenil le hacía presentir algo malo en el retraso de su marido.

Por la tarde, cuando la visitó, como de costumbre, su antiguo enamorado el catedrático, los dos hablaron lentamente, con palabras medidas, pero entendiéndose con los ojos durante los largos intervalos de silencio.

Llegado don Pedro á la cumbre de su carrera gloriosa con la posesión de una cátedra en el Instituto de Barcelona, visitaba todas las tardes á Cinta, pasando hora y media en su salón con exactitud cronométrica. Ni el más leve pensamiento de impureza agitó jamás al profesor. Lo pasado había caído en el olvido... Pero él necesitaba ver diariamente á la esposa del capitán tejiendo encajes entre sus dos pequeñas sobrinas, como había visto años antes á la viuda de Ferragut.

Le hacía saber los sucesos más importantes de Barcelona y del mundo entero; comentaban juntos los futuros destinos de Esteban; oía él con arrobamiento su voz dulce, concediendo gran importancia á los detalles de economía doméstica ó á las descripciones de fiestas religiosas, sólo porque era ella la que hacía tales relatos.

Muchas veces quedaban en largo mutismo. Don Pedro representaba la paciencia, el humor igual, el respeto silencioso, en aquella casa tranquila y limpia, que únicamente perdía su calma monástica al presentarse el dueño por unos días, entre dos viajes.

Cinta se había acostumbrado á las visitas del catedrático. Al marcar el reloj las tres y media presentía sus pasos en la escalera.

Si alguna tarde no llegaba, la dulce Penépole sufría una decepción.

—¿Qué le pasará á don Pedro?—preguntaba á sus sobrinas con inquietud.

Esta pregunta la hacía algunas veces extensiva al hijo; pero Esteban, sin odiar al visitante, le apreciaba en muy poco.

Don Pedro pertenecía al grupo de aquellos señores del Instituto que pagaba el gobierno para que fastidiasen con sus explicaciones y sus exámenes á la juventud. Recordaba aún los dos años que había pasado en su cátedra, como en una cámara de tormento, sufriendo el suplicio del latín. Además, era un miedoso, que siempre temía resfriarse y no osaba salir á la calle en los días nublados si le faltaba el paraguas. A él que le hablasen de hombres valientes.

—No sé...—respondía á su madre—. Tal vez estará metido en cama, con siete pañuelos en la cabeza.

Cuando volvía don Pedro, la casa recobraba su normalidad de reloj pausado y seguro. Doña Cinta, de consulta en consulta, había acabado por considerar indispensable su colaboración. El catedrático suplía dulcemente la autoridad del marido viajero: él se había encargado de representar al jefe de la familia en todos los asuntos exteriores... Muchas veces le esperaba con impaciencia la esposa de Ferragut para pedirle un consejo urgente, y él emitía su opinión con voz lenta, después de largas reflexiones.

Esteban encontraba intolerable que este señor, que no era mas que un pariente lejano de su abuela, se mezclase en los asuntos de la casa, pretendiendo dirigirle á él como un padre. Pero aún le irritaba más verlo de buen humor y con pretensiones de gracioso. Le daba rabia que llamase á su madre Penépole y á él joven Telémaco... «¡Tío latero y pesado!»

El joven Telémaco no vacilaba en sus venganzas. De pequeño interrumpía sus diversiones para «trabajar» en el recibidor, junto al perchero vecino á la puerta. Y el pobre catedrático encontraba abollado su sombrero de copa, con los pelos en desorden, ó salía llevando en las haldas del gabán varios salivazos.

Ahora el muchacho se limitaba á ignorar su existencia, pasando ante él sin reconocerle, saludándolo únicamente cuando su madre se lo ordenaba.

El día en que trajo la noticia de la vuelta del vapor sin su capitán, don Pedro hizo la visita más larga que de costumbre. Cinta derramó dos lágrimas sobre los encajes, pero tuvo que cortar su llanto, vencida por el buen sentido de su consejero.

—¿Por qué llorar y calentarse la cabeza con tantas suposiciones sin fundamento?... Lo que usted debe hacer, hija mía, es llamar á ese Tòni que es el segundo del buque. El debe saberlo todo... Tal vez le diga la verdad.

Recibió Esteban el encargo de buscarle al día siguiente, y pudo darse cuenta de la inquietud que experimentó Tòni al saber que doña Cinta quería hablarle. Salió del buque con lúgubre mutismo, como si le llevasen á sufrir tormentos mortales. Luego canturreó sordamente, lo que era en él indicio de honda preocupación.

No pudo asistir el joven Telémaco á la entrevista, pero rondó por las inmediaciones de la puerta cerrada, alcanzando á oír algunas palabras en voz más fuerte que se deslizaron por las rendijas. Su madre era la que hablaba con más frecuencia. Tòni repetía con voz sorda las mismas excusas: «No sé. El capitán va á llegar de un momento á otro...» Pero al verse fuera del salón y de la casa, estalló su cólera contra él mismo, contra su maldito carácter que no sabía mentir, contra todas las mujeres, malas y buenas. Creía haber dicho demasiado. Aquella señora tenía una habilidad de juez para extraer las palabras.

En la noche, á la hora de la cena, la madre apenas abrió la boca. Sus dedos comunicaron un temblor nervioso á los platos y los tenedores. Miraba á su hijo con trágica conmiseración, como si presintiese enormes desgracias que iban á desplomarse sobre su cabeza. Opuso un mutismo desesperado á las preguntas de Esteban, y al fin exclamó:

—¡Tu padre nos abandona!... ¡Tu padre se ha olvidado de nosotros!...

Y salió del comedor para ocultar las lágrimas que habían afluído á sus párpados.

El muchacho durmió algo intranquilo, pero durmió. La admiración que sentía por su padre y cierta solidaridad con los ejemplares fuertes de su sexo le hicieron tener en poco estos llantos. ¡Cosas de mujeres! Su madre no sabía ser la esposa de un varón extraordinario como el capitán Ferragut. El, que era todo un hombre á pesar de sus pocos años, iba á intervenir en el asunto para poner en claro la verdad.

Cuando Tòni, desde la cubierta del buque, le vió avanzar por el muelle á la mañana siguiente, tuvo tentaciones de esconderse... «¡Doña Cinta, que le llamaba otra vez para interrogarle!...» Pero se tranquilizó al decirle el muchacho que venía por su voluntad á pasar unas horas en el Mare nostrum. Aun así, quiso evitar su presencia, como si temiese algún descuido al hablar con él, y fingió trabajos en las bodegas. Luego salió del buque, yendo á visitar á un amigo en un vapor algo lejano.

Esteban entró en la cocina, llamando alegremente al tío Caragòl. Tampoco éste era el mismo. Sus ojos húmedos y rojizos miraban al muchacho con una ternura extraordinaria. Detenía repentinamente su lengua, con una expresión de inquietud en el rostro. Miraba indeciso en torno de él, como si temiese que fuera á abrirse un precipicio ante sus pies.

No olvidaba nunca los respetos debidos á todo visitante de sus dominios, y preparó dos «refrescos». Por primera vez iba á obsequiar á Esteban en esta vuelta de viaje. Los días anteriores, por inverosímil que parezca el hecho, no había pensado en confeccionar uno siquiera de sus delirantes brebajes. El regreso de Nápoles á Barcelona había sido triste; el buque tenía un ambiente fúnebre sin su dueño.

Por todas estas razones, se le fué la mano á Caragòl en la medida, prodigando la caña hasta que el líquido tomó un color de tabaco.

Bebieron... El joven Telémaco empezó á hablar de su padre cuando los vasos sólo guardaban la mitad del «refresco», y el cocinero agitó ambas manos en el aire, dando un gruñido que significaba su deseo de no ocuparse de la ausencia del capitán.

—Tu padre volverá, Estevet—añadió—. Volverá, pero no sé cuándo. Seguramente más tarde de lo que asegura Tòni.

Y no queriendo decir más, se tragó todo el resto del vaso, dedicándose á la confección de un segundo «refresco» precipitadamente, para recobrar el tiempo perdido.

Poco á poco se deshizo la prudente barrera que contenía su verbosidad, y habló con el mismo abandono de siempre; pero su flujo de palabras no arrastraba noticias precisas.

Caragòl predicó moral al hijo de Ferragut; una moral á su modo, interrumpida por frecuentes caricias al vaso.

—Estevet, hijo mío, respeta mucho á tu padre. Imítale como marino. Sé bueno y justiciero con los hombres que mandes... pero ¡huye de las mujeres!

¡Las mujeres!... No había tema mejor para su elocuencia de ebrio piadoso. El mundo le infundía lástima. Todo en él estaba gobernado por la infernal atracción que ejerce la hembra. Los hombres trabajaban, peleaban, querían hacerse ricos ó célebres, todo por conquistar la posesión de un pedazo de carne, el más inmundo y vergonzoso del cuerpo humano.

—Mira cómo será, Estevet, que hasta en los animales comestibles no hay cocinero que sepa aprovecharlo. Siempre lo arrojan á la basura... Créeme, hijo mío: no imites en eso á tu padre.

El viejo había dicho demasiado para retroceder, y tuvo que ir soltando á fragmentos todo lo restante. Así se enteró Esteban de que el capitán andaba en amoríos con una señora de Nápoles, y se había quedado allá fingiendo negocios, pero en realidad dominado por la influencia de esta mujer.

—¿Es guapa?—preguntó el muchacho con avidez.

—Guapísima—repuso Caragòl—. ¡Y unos olores!... ¡y un ruido de ropas finas!...

Telémaco se estremeció con una sensación contradictoria de orgullo y de envidia. Admiró á su padre una vez más, pero esta admiración sólo duró breves instantes. Una nueva idea se apoderó de él, mientras el cocinero seguía hablando.

—No vendrá por ahora. Conozco lo que son esas mujeres elegantes y llenas de perfumes: verdaderos demonios que enclavijan sus uñas cuando agarran y hay que cortarles las manos para que suelten... ¡Y el buque sin trabajar, como si estuviese varado, mientras que los otros se llenan de oro!... Créeme, hijo mío: en el mundo sólo esto es verdad.

Y acabó de beberse de un trago todo lo que quedaba del segundo vaso.

Mientras tanto, el muchacho seguía dando forma en su pensamiento á una idea sugerida por la dulce embriaguez. ¡Si él fuese á Nápoles para traer á su padre!...

En este momento todo le parecía posible. El mundo era de color de rosa, como siempre que lo contemplaba vaso en mano junto al tío Caragòl. Los obstáculos resultaban blandos, todo se arreglaba con prodigiosa facilidad; los hombres podían caminar á saltos.

Pero horas después, cuando su pensamiento quedó limpio de nubes seductoras, sintió miedo acordándose de su padre. ¿Cómo le recibiría al verle llegar?... ¿Qué excusa darle de su presencia en Nápoles?... Tembló evocando la imagen de su ceño fruncido y sus ojos irritados.

Al día siguiente, una repentina confianza se sobrepuso á esta inquietud. Se acordó del capitán tal como le había visto algunas veces al celebrar desde la cubierta del buque sus hazañas de remero en el puerto de Barcelona ó al comentar con los amigos la inteligencia y la fuerza de su hijo. La imagen del héroe paterno surgía ahora en su memoria con los ojos bondadosos y una sonrisa que parecía agitar como un viento dulce el bosque de sus barbas.

Le diría toda la verdad. Le haría saber que llegaba á Nápoles para llevárselo, como un buen camarada que socorre á otro en un peligro. Tal vez se irritase y le diese un golpe; pero él conseguiría su propósito.

El carácter de Ferragut renació en él con toda la fuerza de un argumento decisivo. Si el viaje resultaba absurdo y peligroso... ¡mejor! ¡mucho mejor! Bastaba esto para que lo emprendiese. Era un hombre, y no debía conocer el miedo.

Durante dos semanas preparó su fuga. Nunca había hecho un viaje importante. Sólo una vez había acompañado á su padre en una rápida excursión de negocios á Marsella. Hora era ya de que saliese á correr el mundo un hombre como él, que conocía por sus lecturas casi todos los pueblos de la tierra.

El dinero no le preocupaba. Doña Cinta lo tenía en abundancia, y era fácil encontrar su manojo de llaves. Un vapor viejo y lento, mandado por un amigo de su padre, acababa de entrar en el puerto y zarpaba al día siguiente para Italia.

Aceptó este marino al hijo de su camarada sin papeles de viaje. El arreglaría la irregularidad con sus amigos de Génova. Entre capitanes se debían estos servicios; y Ulises Ferragut, que esperaba á su hijo en Nápoles—así lo afirmó Esteban—, no iba á perder el tiempo en vano por unas formalidades oficinescas.

Telémaco, con mil pesetas en el bolsillo extraídas de un costurero que servía á su madre de caja de caudales, se embarcó al día siguiente. Una pequeña maleta sacada de su casa con lentas y hábiles astucias era todo su equipaje.

De Génova fué á Roma, y de aquí á Nápoles, con el atrevimiento de la inocencia, empleando palabras españolas y catalanas para reforzar un italiano de corto léxico adquirido en las representaciones de opereta. El único informe positivo que le guiaba en su viaje de aventuras era el nombre de albergo de la ribera de Santa Lucía que le había dado Caragòl como residencia de su padre.

Buscó á éste inútilmente durante varios días. Visitó á los consignatarios de Nápoles, que se imaginaban al capitán de regreso á su país hacía mucho tiempo.

Al no encontrarle sintió miedo. Debía estar ya en Barcelona, y lo que había empezado como un viaje heroico iba á convertirse en una fuga de adolescente travieso. Se acordó de su madre, que tal vez lloraba á aquellas horas releyendo la carta que le había dejado para anunciarle el objeto de su fuga.

Sobrevino además repentinamente la intervención de Italia en la guerra, suceso que todos esperaban, pero que muchos veían aún lejano. ¿Qué le quedaba que hacer en este país?... Y una mañana había desaparecido.

Como el portero del hotel no podía decir más, el padre, una vez pasada la primera impresión de sorpresa, pensó en la conveniencia de visitar la casa consignataria. Tal vez allí le diesen otras noticias.

La guerra era lo único interesante para los de esta oficina. Pero Ferragut, dueño de buque y antiguo cliente, fué guiado por el director hasta dar con los empleados que habían recibido á Esteban.

No sabían gran cosa. Recordaban vagamente á un joven español que decía ser hijo del capitán, pidiéndoles noticias de éste. Su última visita había sido dos días antes. Dudaba entre volver á su país por ferrocarril ó embarcarse en uno de los tres vapores que estaban en el puerto listos á salir para Marsella.

—Creo que se ha ido en ferrocarril—dijo uno de los empleados.

Otro de ellos apoyó á su compañero con rotunda afirmación, para atraerse la mirada del jefe. Estaba seguro de su partida por tierra. El mismo le había ayudado á calcular lo que le costaría el viaje á Barcelona.

Ferragut no quiso saber más. Necesitaba marcharse cuanto antes. Este viaje inexplicable de su hijo era para él un remordimiento y un motivo de alarma. ¿Qué ocurría en su casa?

El director de la oficina le indicó un vapor francés que salía aquella misma tarde para Marsella, procedente de Suez. El se encargaba de arreglar todo lo concerniente á su pasaje y de recomendarlo al capitán. Sólo quedaban cuatro horas para la salida del buque; y Ulises, después de recoger sus maletas y enviarlas á bordo, dió un último paseo por todos los lugares donde había vivido con Freya. ¡Adiós, jardines de la Villa Nazionale y blanco Acuario!... ¡Adiós, albergo!...

La inexplicable presencia de su hijo en Nápoles había amortiguado el disgusto por la fuga de la alemana. Pensó tristemente en el amor perdido, pero pensó al mismo tiempo, con doloroso titubeo, en lo que podría ver al entrar en su casa.

Poco antes de la puesta del sol zarpó el vapor francés. Hacía muchos años que Ulises no navegaba como simple pasajero. Vagó desorientado por las cubiertas entre la muchedumbre viajera. La fuerza de la costumbre le arrastró al puente, hablando con el capitán y los oficiales, que apreciaron á las primeras palabras su mérito profesional.

La consideración de que no era mas que un intruso en este sitio, la molestia de verse sobre un puente en el que no podía dar orden alguna, le hicieron descender á las cubiertas bajas, examinando los grupos de pasajeros. Eran franceses en su mayor parte que venían de la Indo China. En la proa y la popa estaban alojadas cuatro compañías de tiradores asiáticos, pequeños, amarillentos, con ojos oblicuos y una voz semejante al maullar de los gatos. Iban á la guerra. Sus oficiales vivían en los camarotes del centro del buque, llevando con ellos á sus familias, que habían adquirido un aspecto exótico con la larga permanencia en las colonias.

Ulises vió señoras vestidas de blanco haciéndose abanicar, tendidas en sillones, por sus pequeños pajes chinescos; vió militares bronceados y enjutos, con aspecto enfermizo, que parecían galvanizados por la guerra que los arrancaba á la siesta asiática, y niñas, muchas niñas, contentas de ir á Francia, el país de sus ensueños, olvidando en esta felicidad que sus padres marchaban tal vez á la muerte.

La navegación no podía ser mejor. El Mediterráneo era una llanura de plata bajo la luz de la luna. De la costa invisible llegaban tibias bocanadas de perfume campestre. Los grupos de la cubierta hacían memoria, con una satisfacción egoísta, de los grandes peligros que arrostraban las gentes al embarcarse en los mares del Norte, plagados de submarinos alemanes. Por fortuna, el Mediterráneo estaba libre de tal calamidad. Los ingleses tenían bien guardada la puerta de Gibraltar, y todo él era un lago tranquilo dominado por los aliados.

Antes de acostarse, Ferragut entró en una cámara de la cubierta alta, donde estaba instalada la telegrafía sin hilos. Le atrajo el chirriar de aceite frito que lanzaban los aparatos. El empleado, un joven inglés, se despojó de su corona de níquel con dos auriculares que cubrían sus orejas. Aburrido en su aislamiento, pretendía distraerse dialogando con los telegrafistas de los otros buques que se hallaban dentro del radio de sus aparatos. La vista de este pasajero que hablaba en inglés ofreciéndole un cigarro le arrancó á los placeres de una conversación extendida trescientas millas á la redonda.

—Todo marcha bien... Tenemos muchos compañeros de viaje.

Y fué enumerando los buques que se mantenían en comunicación con el vapor. El más próximo era el Californian, un barco inglés procedente de Malta. Había salido de Nápoles diez horas antes, también con rumbo á Marsella, y sólo le separaban unas cien millas. Los demás buques que seguían el mismo rumbo estaban situados á mayores distancias. Les era necesario mucho tiempo para aproximarse unos á otros, pero el maravilloso aparato los mantenía en incesante comunicación, como un grupo de camaradas que conversan plácidamente haciendo el mismo camino.

De vez en cuando, el telegrafista, avisado por el chisporroteo de sus bobinas, se calaba la diadema con orejeras para escuchar á los remotos camaradas.

—Es el del Californian, que me da las buenas noches—dijo después de uno de estos llamamientos—. Va á acostarse. No ocurre novedad.

Y el joven hizo un elogio de la navegación mediterránea. Había estado al principio de la guerra en otro buque que iba de Londres á Nueva York, y recordaba las noches de inquietud, los días de ansiosa vigilancia espiando el mar y la atmósfera, temiendo de un momento á otro la aparición de un periscopio sobre las aguas ó el aviso eléctrico de un vapor torpedeado por los submarinos. En este mar se podía vivir tranquilamente, como en tiempos de paz.

Ferragut adivinó que el pobre telegrafista deseaba gozar las delicias de dicha tranquilidad. Su compañero de servicio roncaba en un camarote vecino, y él sentía deseos de imitarle, inclinando su cabeza sobre la mesa de los aparatos... «¡Hasta mañana!»

También se durmió inmediatamente Ulises, luego de estirarse en la estrecha litera de su camarote. Su sueño fué de una sola pieza, lóbrego y completo, sin sobresaltos ni visiones. Cuando creía que sólo iban transcurridos unos minutos, despertó violentamente, lo mismo que si alguien le empujase. En la sombra se destacaba el vidrio redondo del tragaluz, tenuemente azul, velado por la humedad del rocío marítimo, lo mismo que una pupila lacrimosa.

Estaba amaneciendo. Algo extraordinario acababa de ocurrir en el buque. Ferragut dormía con la ligereza de un capitán que necesita despertar oportunamente. La misteriosa percepción del peligro había cortado su reposo. Sintió sobre su cabeza el pataleo de veloces carreras á lo largo de la cubierta: oyó voces. Mientras se vestía á toda prisa, pudo adivinar que el timón estaba funcionando violentamente y el buque cambiaba de rumbo.

Al subir, le bastó una ojeada para convencerse de que el vapor no corría peligro. Todo en él presentaba un aspecto normal. El mar, todavía obscuro, batía mansamente sus costados, mientras seguía avanzando con una marcha uniforme. Las cubiertas estaban limpias de pasajeros. Todos dormían en sus camarotes. Sólo en el puente vió á un grupo de personas: el capitán y todos los oficiales, algunos de ellos vestidos á la ligera, como si acabasen de ser arrancados al sueño.

Pasando ante la oficina telegráfica obtuvo la explicación del suceso. El joven de la noche anterior estaba junto á la puerta, al lado de su compañero, que ceñía ahora la diadema auricular y golpeaba la manecilla del aparato, oyendo y contestando á los buques invisibles.

Media hora antes, cuando el telegrafista inglés iba á abandonar su guardia, entregando el servicio al camarada recién despierto, una señal le había retenido en su asiento. El Californian lanzaba por el telégrafo sin hilos la llamada de peligro, el S. O. S., fórmula que sólo se emplea cuando un buque necesita socorro. Luego, en el espacio de unos segundos, la voz misteriosa había esparcido su relato trágico á través de centenares de millas. Un sumergible acababa de aparecer á corta distancia del Californian, disparándole varios cañonazos. El buque inglés pretendía escapar valiéndose de su velocidad superior. Entonces el submarino le enviaba un torpedo...

Todo esto había ocurrido en veinte minutos. De pronto se extinguían los ecos de la lejana tragedia al cortarse la comunicación. Un chirrido más fuerte en los aparatos, y ¡nada!... el silencio absoluto.

El telegrafista encargado ahora del aparato respondió con movimientos negativos á las miradas de su compañero. Sólo escuchaba los diálogos entre los buques que habían recibido igualmente el aviso. Todos se alarmaban con el repentino silencio, y torciendo su rumbo iban, como el vapor francés, hacia el lugar donde el Californian había encontrado al sumergible.

—¡Ya están en el Mediterráneo!—exclamó con asombro el telegrafista al terminar su relato—. ¿Como han podido llegar hasta aquí?...

Ferragut no se atrevió á subir al puente. Tuvo miedo á que las miradas de aquellos hombres de mar se fijasen en él. Creyó que podían leer sus pensamientos.

Un vapor de pasajeros acababa de ser echado á pique á una distancia relativamente corta del buque en que iba él. Tal vez era Von Kramer el autor del crimen. Por algo le había encargado que anunciase á sus compatriotas que pronto oirían hablar de sus hazañas. ¡Y Ferragut había ayudado á la preparación de esta barbarie marítima!...

«¿Qué has hecho?... ¿qué has hecho?», preguntó iracunda la voz mental de los buenos consejos.

Una hora después sintió vergüenza de permanecer en la cubierta. A pesar de las órdenes del capitán, la noticia se había filtrado á través de la severa consigna, circulando por los camarotes. Subían las familias enteras, asustadas de la calma que reinaba en el buque, arreglándose las ropas con precipitación, pugnando los más por ajustar á sus cuerpos los salvavidas, que ensayaban por primera vez. Los niños gemían, aterrados por la alarma de sus padres. Algunas mujeres nerviosas derramaban lágrimas sin motivo. El buque iba hacia el lugar donde el otro había sido torpedeado, y esto era suficiente para que los alarmistas se imaginasen que el enemigo permanecía aún inmóvil en el mismo sitio, esperando su llegada para repetir el atentado.

Centenares de ojos estaban fijos en el mar, espiando las ondulaciones de su superficie, creyendo ver el remate de un periscopio en todos los objetos, maderas, hierbas ó botes de lata que pasaban á flor de agua.

Los oficiales del batallón de tiradores habían ido á la proa y la popa para mantener la disciplina de su gente. Pero los asiáticos no abandonaban su apatía serena, despreciadora de la muerte. Sólo algunos miraban al mar con una curiosidad infantil, deseosos de conocer este nuevo juguete diabólico inventado por las razas superiores.

En las cubiertas reservadas á los pasajeros de primera clase, la extrañeza resultaba tan grande como la inquietud.

—¡Submarinos en el Mediterráneo!... ¿Pero es posible?...

Los últimos en despertar se mostraban incrédulos, y únicamente se convencían de lo ocurrido luego de oír los informes de los tripulantes del buque.

Vagó Ferragut como un alma en pena. El remordimiento le hizo ocultarse en su camarote. Le causaban daño estas gentes con sus quejas y sus comentarios. Luego no pudo seguir en su aislamiento. Necesitaba ver y saber, como el criminal que vuelve instintivamente al lugar donde realizó su delito.

A mediodía empezaron á marcarse en el horizonte varias nubecillas. De todas partes acudían los vapores, atraídos por este ataque inesperado.

El buque francés, que marchaba delante en la carrera de auxilio, moderó repentinamente su velocidad. Había entrado en la zona del naufragio. En las cofas de sus palos había marineros que exploraban el mar, dando indicaciones á gritos, que hacían torcer el curso del vapor. En estas evoluciones empezaron á deslizarse por sus costados los restos del trágico suceso.

Las dos hileras de cabezas asomadas á las diversas cubiertas vieron salvavidas que flotaban vacíos, un bote con la quilla en el aire, grupos de maderos pertenecientes á una balsa construida con precipitación y que no había llegado á terminarse.

De pronto, un alarido de mil bocas, seguido de un fúnebre silencio... Pasó un cuerpo de mujer tendido de espaldas sobre unos tablones. Una de sus piernas estaba metida en una media de seda gris. La cabeza colgaba por el lado opuesto, extendiendo sus cabellos rubios sobre el agua como manojo de algas doradas.

Sus pechos juveniles y firmes asomaban por la abertura de una camisa de dormir, pegada al cuerpo con impúdico moldeo. Había sido sorprendida por el naufragio en el momento que intentaba vestirse: tal vez el terror la había hecho arrojarse al mar. La muerte había contraído su rostro con un rictus horrible que dejaba los dientes al descubierto. Un lado de su rostro estaba tumefacto por un golpe.

La vió Ferragut al asomarse entre los hombros de dos señoras que temblaban apoyadas en la baranda de la cubierta. A su vez, el vigoroso marino tembló como una mujer, sintiendo que sus ojos se nublaban. ¡No podía ver esto!... Y de nuevo fué á ocultarse en su camarote.

Un torpedero italiano evolucionaba por entre los restos del naufragio, como si buscase las huellas del autor del crimen. Los vapores se detenían en sus anchos círculos de exploración para echar al agua las embarcaciones de auxilio, que iban recogiendo los cadáveres de los náufragos y los vivos próximos á desfallecer.

Ferragut, en su desesperado encierro, percibió nuevos gritos anunciadores de un suceso extraordinario. Otra vez la cruel necesidad de saber le arrastró á la cubierta.

Un bote lleno de personas había sido encontrado por el vapor. Los otros buques de auxilio tropezaban igualmente poco á poco con las demás embarcaciones ocupadas por los supervivientes de la catástrofe. El salvamento general iba á ser un trabajo breve.

Los náufragos más ágiles se veían rodeados, al pisar la cubierta, por grupos que lamentaban su desgracia, al mismo tiempo que les ofrecían líquidos calientes. Otros daban unos cuantos pasos, como si estuviesen ebrios, é iban á caer en un banco. Algunos tenían que ser izados desde el fondo del bote y conducidos en una silla á la enfermería del vapor.

Varios soldados británicos, serenos y flemáticos, pidieron, al subir, una pipa, y empezaron á fumar con avidez. Otros náufragos, ligeros de ropa, se limitaban á envolverse en una manta, iniciando el relato de la catástrofe minuciosa y serenamente, como si estuviesen en un salón. Una permanencia de diez horas en las apreturas del bote, vagando á la ventura, en espera de socorro, no había quebrantado sus energías.

Las mujeres mostraban mayor desesperación. Ferragut vió en el centro de un grupo de señoras á una jovencita inglesa, rubia, esbelta, elegante, que lloraba balbuceando explicaciones. Se había visto en una lancha, separada de sus padres, sin saber cómo. Tal vez estaban muertos á aquellas horas. Su remota esperanza era que se hubiesen refugiado en otra embarcación, siendo recogidos por cualquiera de los vapores que se mantenían á la vista.

Un dolor desesperado, ruidoso, meridional, cortó con sus alaridos el rumor de las conversaciones. Acababa de subir á bordo una pobre mujer italiana llevando un niño en brazos.

¡Figlia mia!... ¡Mia figlia!...—aullaba, con la cabellera suelta y los ojos abultados por el llanto.

Había perdido en el momento del naufragio una niña de ocho años, y al verse en el vapor francés se dirigió instintivamente hacia la proa, en busca del mismo lugar que ocupaba en el otro buque, como si esperase encontrar allí á su hija. La voz exasperada se perdió escaleras abajo. «¡Figlia mia!... ¡Mia figlia!...»

Ulises no quiso oírla. Le hacía un daño horrible esta voz, como si arañase con su estridencia el interior de su cerebro.

Se aproximó á un grupo, en el centro del cual un hombre joven, descalzo, con pantalones elegantes y la camisa abierta de pecho, hablaba y hablaba, arropándose de vez en cuando en una manta que habían puesto sobre sus hombros.

Describía con una mezcla de italiano y francés la pérdida del Californian.

Este pasajero había despertado al oír el primer cañonazo del sumergible contra el vapor. La persecución duraba una media hora. Los más audaces y curiosos estaban en las cubiertas, y creían ya segura su salvación al ver que el vapor dejaba atrás á su enemigo. De pronto, una línea negra había cortado el mar: algo así como una espina con raspas de espuma, que avanzaba vertiginosamente, formando relieve sobre las aguas... Luego, un golpe en el casco del buque, que lo había hecho estremecer de la proa á la popa, sin que ni una plancha ni un tornillo escapasen á la enorme dislocación... Después, un estallido de volcán, un haz gigantesco de humo y llamas, una nube amarillenta, de un amarillo de droguería, en la que volaban obscuros objetos: fragmentos de metal y de madera; cuerpos humanos hechos pedazos.

Los ojos del narrador brillaron con una luz de demencia al evocar sus recuerdos.

—Un amigo mío, un muchacho de mi tierra—continuó, suspirando—, acababa de apartarse de mí para ver mejor al sumergible, y se colocó precisamente en el lugar de la explosión... Desapareció de pronto, como si lo hubiesen borrado. Le vi y no le vi... Estalló en mil pedazos, lo mismo que si llevase una bomba dentro de su cuerpo.

Y el náufrago, obsesionado por este recuerdo, apenas concedía importancia á las escenas siguientes: la lucha de la muchedumbre por ganar los botes; los esfuerzos de los oficiales para imponer orden; la muerte de muchos que, locos de desesperación, se arrojaban al mar; la trágica espera aglomerados en embarcaciones que apenas sobrenadaban unos centímetros sobre las aguas, temiendo un segundo naufragio á poco que se alborotasen las olas.

Había desaparecido el vapor en unos cuantos minutos, hundiendo su proa en las aguas y luego las chimeneas, colocándose en una posición casi vertical, como la torre inclinada de Pisa, con las dos hélices volteando locas en su remate á impulsos de un estremecimiento agónico.

El narrador empezó á quedar solo. Otros náufragos que iniciaban á su vez el lúgubre relato atrajeron á los curiosos.

Ferragut contempló á este joven. Su tipo físico y su acento le hicieron adivinar á un compatriota.

—¿Es usted español?

El náufrago contestó afirmativamente.

—¿Catalán?—prosiguió Ulises, en lengua catalana.

Una nueva vehemencia oratoria galvanizó al náufrago. «¿El señor también es catalán?...» Y sonriendo á Ferragut como si fuese una aparición celeste, emprendió otra vez la historia de sus infortunios.

Era un viajante de comercio de Barcelona, y había tomado en Nápoles la ruta del mar, por parecerle más rápida, huyendo de los ferrocarriles, congestionados por la movilización italiana.

—¿Iban otros españoles en el buque?—siguió preguntando Ulises.

—Uno nada más: mi amigo, ese muchacho de que he hablado antes. La explosión del torpedo le hizo pedazos. Yo lo vi.

El capitán sintió agrandarse su remordimiento. ¡Un compatriota, un pobre joven, había perecido por su culpa!...

También el viajante de comercio parecía sufrir un tormento de conciencia. Se consideraba responsable de la muerte de su compañero. Lo había conocido en Nápoles pocos días antes, pero estaban unidos por la estrecha fraternidad de los compatriotas jóvenes que se tropiezan lejos de su país.