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María Luisa, Leyenda Histórica

Chapter 128: L.
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About This Book

The narrative is set in early nineteenth-century Oaxaca amid post-independence unrest, juxtaposing the hushed life of a monastery with the thunder of nearby combat. It traces a tender adolescent romance that grows within cloistered spaces and regional landscapes—hills, forests, and towns—while sketching local customs, religious observance, and civic life around a Christmas eve. Vivid descriptive passages depict the city, its people, and the convent routine; the plot culminates in a catastrophic explosion that brings a tragic, decisive end to the lovers and the sacred place.

XV.

"Por fortuna, junto á la panadería y casi frente á los balcones de María Luisa, estaban construyendo una casa, en cuya obra me coloqué de segundo maestro."

"Como trabajaba diariamente sobre los andamios, podía ver con facilidad la casa de María, medir su altura y conocer los lugares por donde pudiera entrar á matarla."

"De noche continuaba pasando para ver quién entraba y salía de la casa, pero siempre veía la puerta cerrada."

"Discurrí conquistar la confianza del sereno encargado de cuidar la calle, quien, como era joven y paseador, me dejaba su capote y su linterna; yo hacía la guardia pasando y repasando por la calle ó fingiéndome dormido en la puerta de María Luisa."

"Disfrazado de aquel modo pude notar que á las once de la noche salía de su casa el panadero y cuando nadie pasaba, se dirigía á la de María Luisa, franqueando la puerta con su llave; casi siempre no salía de allí hasta poco antes del amanecer."

"Convencido de la verdad dejé de hacer mis guardias algunas noches, porque me dediqué á sacarle filo á un gran puñal que me vendieron en la mercería donde compraba herramienta para la obra."

"El extranjero á quien lo pedí me dijo:—¿Para qué quiere Ud. este cuchillo de monte, tío Sebastián?—Y yo creyendo que en la cara me había conocido mis intenciones, le contesté:—Para cortar dos cabezas de viga que ya estorban en los andamios.—Esto servirá mejor para cortar dos cabezas de gente.—replicó. Entonces salí corriendo de la tienda como si me hubiera robado el cuchillo."

"Después de algunas noches de trabajo, mi arma ya tenía filo por ambos lados y cortaba como navaja de barba; sentía yo por ella mucho cariño y la guardaba debajo de mi almohada mientras dormía."

"Por fin, una noche que salió la criada de María Luisa y no cerró la puerta, entré cautelosamente á la casa y me oculté tras de los macetones que había en el patio."

"Cuando dieron las diez sentí que bajaron á echar la llave y apagaron los faroles."

XVI.

"Pasado un rato llegó el hombro aquel y después de correr el pasador, se dirigió á la escalera en medio de la obscuridad con la firmeza del que sabe por donde anda."

"Yo me quité los zapatos para no hacer ruido y subí tras él tocando los escalones con las manos porque nada veía."

"Cuando llegó á empujar la puerta de la sala ya íbamos casi juntos y no me había sentido; la puerta se abrió y pude ver á María sentada en un sillón cerca del piano."

"El joven se precipitó hacia ella que iba á pararse tendiéndole los brazos; entonces le dí tal puñalada por la espalda que lo arrojé sobre María; ella cayó en el sillón dando un grito, él rodó muerto á sus piés y yo corrí persuadido de que á los dos había traspasado el puñal."

"Con la llave que había quedado puesta por dentro, cerré la puerta de la calle y me oculté tras de los escombros de la casa donde trabajaba; pero luego sentí mucho miedo y corrí para la mía."

"Por supuesto que nada dormí porque me parecía que ya me buscaba la justicia."

"En cuanto amaneció me dirigí á la obra hipócritamente y subí á los andamios para ver lo que sucedía en la otra casa; mas todo se hallaba en silencio."

"Poco después miré con gran sorpresa, que salió al balcón la madre del joven que yo había matado."

"Me figuré que habiendo quedado herido, estaría curándolo su mamá; pero la Señora se divertía muy tranquila con los que pasaban por la calle y su semblante no denotaba cuidado alguno."

XVII.

"No pudiendo ya sufrir la curiosidad que me agitaba y el viento frío de la mañana, dejé mi trabajo y entré á la panadería con pretexto de comprar pan."

"—¿Ya sabe Ud. lo que pasa, maestro Sebastián?—me dijo el dependiente."

"—¿Qué, ha pasado algo?—le pregunté mirándome la ropa, pues en aquel momento advertí que pudiera tener alguna mancha de sangre."

"El muchacho me contestó:—Que la maldita mujer, esa que vive enfrente, hacía tiempo que llevaba relaciones con el hijo del patrón y anoche lo asesinó; pero ya se la llevaron á la cárcel. Ud. dirá: cerca de la media noche salió al balcón diciendo á gritos que había entrado un hombre para robar y matar á todos; pero eso no es cierto; las criadas han declarado que nadie pudo entrar porque habían cerrado con llave. Ya la esposa del maestro está en posesión de la casa; dice que se la tomará en pago de los daños y perjuicios."

"El pan que yo comía se me detuvo tanto en la garganta que ya no pude hablar y salí de la tienda."

"Como tenía frío y miedo, fuí á tomar un vaso de aguardiente y seguí trabajando."

"Estaba yo poniendo la última piedra de la cornisa superior; desde allí pudo ver á la señora panadera entrar y salir al balcón y andar por las piezas como si estuviera en su casa."

"De repente bajó y parada en la puerta de la panadería, empezó á decir muchas maldiciones contra María Luisa."

"A todas sus conocidas que pasaban las detenía para contarles lo que llamaba el caso, las invitaba á que viesen la casa que ya consideraba suya, ponderándoles el valor de sus muebles y decía manoteando:—Afortunadamente me ha quedado una buena finca porque para eso tiene uno hijos."

XVIII.

"Indignado contra la infame á quien más preocupaban los espejos y candiles que la muerte de su hijo, me ví tentado de aplastarla tirándole un trozo de cornisa, pues precisamente la puerta de su tienda quedaba al pié de un andamio."

"En esos momentos sentí que la bebida ya estaba descomponiéndome y al voltearme para oir mejor lo que decía la panadera, puse un pié en el vacío y caí sobre aquella mujer, sin hacerle gran daño por pura casualidad."

"Al verme tirado dijo gritando:—¡Jesús me valga! ¡Otro muerto! ¡Hoy es el juicio final!"

—¡Justicia de Dios!—Murmuró el Padre José moviendo la cabeza.

"Yo no perdí completamente los sentidos,—continuó Sebastián,—miraba y oía sin poder hablar ni moverme y soportaba fuertes dolores en un brazo y una pierna."

"Ya ve Ud., Padre, que Dios me castigó tan pronto como lo merecía."

"Mientras bajaban mis compañeros á socorrerme, pasó una señora que me conocía y habló por mí á la panadera diciendo:—¡Pobre maestro Sebastián! ¿No quiere Ud. que lo llevemos á su casa mientras vienen por él?"

"¡No lo permita Dios!—Contestó la mala mujer apretándose la cabeza,—si acaba de morir mi hijo y no quiero estorbos en mi casa nueva. ¿No ve Ud. que se mancharían las alfombras?"

"Inmediatamente me condujeron al hospital."

"Allí por desgracia, ví el cadáver del joven que había matado; estaba en el corredor, tendido sobre una mesa de piedra muy limpia y para más tormento mío, me colocaron en una sala cuya puerta se abría frente á la piedra, por lo que no dejaba yo de ver al muerto."

XIX.

"Pronto llegó el médico seguido de varios estudiantes, que sin hacer aprecio de mis quejidos, rodearon al cadáver y le introdujeron un fierro en la herida; hablaron muchas palabras de medicina y dijeron que el puñal de María Luisa debería ser más que un sable."

"Después platicaron iniquidades de aquella pobre mujer y refirieron otros hechos de su mala conducta que yo no sabía."

"Respecto al muerto aseguraron, que á pesar de ser criollo, estaba bien formado y que había sido un tonto."

"Después de hacer pedazos al muerto y cuestionar sobre cada intestino y cada ojo que le sacaban, lo pusieron en una tabla para llevarlo al panteón, sin que su familia se viera por allí."

"Yo había recobrado el habla, pero volví á perderla cuando aquellos señores llegaron á martirizarme; todos me apretaban el brazo roto; unos decían que sería preciso cortarlo y otros que no."

"Ya tenían puestos junto á mí muchos fierros, que me horrorizaron porque algunos eran como mi puñal, cuando sonó una campana y se fueron diciendo que volverían después de cátedra."

"Tres meses viví en el hospital desesperándome con mis dolores y oyendo diariamente que iban á cortarme las piernas y un brazo."

"Mi consuelo único era el dueño de la casa donde había trabajado, que me remitía un peso cada semana."

"Los remordimientos me hacían padecer más que la enfermedad; todas las noches creía ver al muerto sentado en mi cama y la sombra de D. Carlos que pasaba junto á mí reprochando mi maldad."

El mendigo se vió precisado á suspender su narración para secar el llanto que involuntariamente derramaba y luego prosiguió:

"Por fin se contentaron los doctores con dejarme la pierna encogida y el brazo seco."

XX.

"Luego que salí del hospital, fuí á dar las gracias á mi protector, diciéndole que ya no recibiría lo que me daba porque tenía con qué vivir, lo cual no era cierto, pero me avergonzaba de aceptar aquel socorro, pues no me había inutilizado en su servicio, sino por la embriaguez y la malignidad."

"Solo, enfermo y mutilado, no me quedó más recurso que tomar este oficio de limosnero en que voy acabando mi pobre vida."

"Al encontrarme entre los grupos de mendigos que ciertos días se apiñaban en las puertas de los ricos, recordaba la época en que mi amo era un niño y yo iba con él á repartir la limosna."

"Entonces me entristecía mucho, deseando con todo mi corazón llegar á Oaxaca, siquiera para ver á D. Carlos y morir."

"A efecto de obtener lo que debiera gastar en el viaje, me resolví á pedir mucho, comer poco y guardar todo lo que me dieran en monedas."

"Sentía frío y temblor de cuerpo cuando pasaba por la casa de María y de pronto no quise tomar informes de su situación; mas para poder dar á D. Carlos alguna noticia, si me la pedía, me atreví á preguntar en la cárcel por la prisionera, diciendo ser su tío."

"El alcaide me dijo que había salido en libertad, pero estaba muy enferma; entonces una de las presas oyendo mis preguntas, gritó tras de la reja:—¿Quién? ¿La matona? Buena alhaja de sobrina tiene Ud.; después que quiso darse importancia con nosotras, porque somos pobres, como todo se paga en esta vida, cuando se le acabó su riqueza y tuvo tal enfermedad que ni se puede decir, nos pedía por amor de Dios que le pasáramos un vaso de agua."

"Yo estaba confundido y el alcaide agregó:—En efecto, se fué muy enferma y pobre, pues una de sus casas la dejó á la familia del difunto para que retirara su acusación y la otra tuvo que venderla para pagar las costas del juicio. Además, ella dijo que lo restante se lo tomó no sé quién; el caso es que ahora tiene que andar pidiendo limosna."

XXI.

"Al salir de allí rogué á Dios no permitiera que llegase á ver á María, considerándome responsable de tanta desgracia; mas no tardé mucho en hallarla porque siendo ambos limosneros debíamos encontrarnos en el mismo camino."

"Cierto día, entrando en una de las casas donde me socorrían, la ví que llegaba cojeando."

"Estaba muy negra, sucia, encalvecida y más inválida que yo; tenía los ojos hundidos, demasiado salientes los huesos de la cara y á cada paso que daba repetía una queja ó una maldición."

"En la frente y á un lado de la boca mostraba unas llagas muy feas como si le saliera por el rostro la lepra de su alma corrompida."

"Con el rebozo hecho pedazos y llevando en el brazo un canasto también roto, exhalaba un aire pestilente al grado de que los mismos mendigos huían de ella y la llamaban por sus antecedentes La matona."

"Despreciada por las mismas gentes despreciables, era tan infeliz, que yo aborreciéndola, llegué á sentir compasión al verla que apenas podía recoger lo necesario para vivir."

"Un día busqué al señor que me había favorecido en el hospital y volví á pedirle el peso de cada semana, diciéndole que había otro más desgraciado que yo á quien quería socorrer. Aquella limosna se la enviaba á la pobre María con otro mendigo porque yo no quise mirarla de cerca."

XXII.

"Cuando la veía sentada en la puerta de una iglesia ó en la esquina de un portal, causando asco y sufriendo que todos huyeran de su lado, se me figuraba una de esas viejas aves de rapiña que después de haber chupado la sangre de animales incautos, viven abandonadas sobre una roca y se mueren de hambre en los muladares."

—¡Castigo del cielo!—Exclamó el Padre, y el mutilado tomando aliento, concluyó:

"Como María es joven y solamente por los pesares y la enfermedad estaba consumida, muy pronto se reparó cuando ya tuvo algo con que alimentarse y vestirse."

"Al poco tiempo noté que sus llagas desaparecieron, se le compuso el color, le creció el cabello y dejó de pedir limosna."

"Ya no quise saber más de aquella pobre mujer y me disponía para venir á buscar á D. Carlos, cuando una tarde al pasar por la taberna que hay frente al cuartel de caballería, oí la voz de María Luisa y me detuve."

"La desdichada disputaba con un soldado borracho que la decía insolencias é intentaba pegarle forcejeando con otros que se lo impedían."

"Luego conocí que aquel hombre tenía para ella derechos de marido ó de verdugo, porque cuando se calmó, le dijo María:—Vámonos á mi casa para que no estés aquí escandalizando.—Y salió con él tomándole el brazo."

"Lo que llamaba su casa era una accesoria que no distaba del cuartel. Sentado yo en la banqueta, no lejos de la puerta, tuve por última desgracia que oir ruidos de llanto y golpes, que salían de aquel cuarto; luego se abrió la puerta y el soldado bárbaro salió á la calle arrastrando de las trenzas á la infeliz, que daba gritos y golpeaba el suelo con la frente."

"Entonces ocurrieron algunos hombres de la pulquería y del cuartel."

"Un jefe mandó al soldado á la cárcel y unos borrachos cargaron con María Luisa en dirección al hospital."

"¿Para qué deseaba yo más venganza? Había visto á la desgraciada bajar de sus salones á los calabozos, luego comer de limosna, después vivir en un cuartel y al fin caminar para el hospital."

XXIII.

"Me alejé de allí como si estuviera loco; no sabiendo qué hacer, tomé el camino de Oaxaca."

"Y aquí estoy, Padre, con mis dolores y mis remordimientos. Ahora, Ud. castígueme ó avísele á la justicia; pero que no lo sepa D. Carlos; ya he pensado que no soy digno de llegar á su presencia; sólo quiero verlo de lejos y morir donde él está. Ud. que es bueno pídale á Dios que me perdone."

Estas últimas palabras las pronunció Sebastián hincado, gimiendo y bajando la frente hasta tocar las rodillas del anciano prelado.

Después de largo rato en que hablaron con voz muy baja, dijo el Padre al afligido pordiosero:—Vaya Ud. en paz; yo creo que no estará lejos el día que pueda permitirle abrazar á D. Carlos; entre tanto quedará Ud. bajo la protección del convento.

El pobre inválido se levantó sereno y consolado, como el paralítico de la Piscina cuando escuchó la voz del cielo que le dijo: Levántate y anda.

Desde aquel día quedó Sebastián como mandadero del monasterio; pero sin poder pasar adentro, comunicándose únicamente con el Padre José.

D. Carlos apenas se dejaba ver por el claustro, pasaba como una sombra, su acento sólo se oía en la iglesia cuando exhalaba plegarias y quejidos arrancados de la profundidad de su tristeza.

Vivía más retraído que nunca, pensando solamente cómo distribuiría su fortuna en provecho de los necesitados.

Esta idea pudo realizarse con oportunidad durante las plagas que asolaron á Oaxaca por aquel tiempo.

XXIV.

Un día llegó Sebastián muy agitado y dijo al Padre José palideciendo:—El cólera está en México, acaban de contármelo.

—Ya era tiempo.—contestó el Guardián con su habitual serenidad.

Y no pasaron muchos días sin que llegara el azote de Dios á las fronteras de Oaxaca.

Según los datos adquiridos por un sabio de aquella época, la peste salió de la India Oriental á principios del siglo y empleó diez y seis años para recorrer una extensión de cinco mil kilómetros de Norte á Sur y catorce mil seiscientos de Oriente á Poniente, invadiendo con sus horrores mil cuatrocientas poblaciones y arrebatando cuarenta millones de individuos.

Como un conquistador irritado, atravesando mares y montañas, llegó á México el mensajero de la muerte, armado con su terrible guadaña y seguido por un ejército invisible de microbios devoradores.

El cielo se cubrió con nubes color de plomo, la atmósfera saturada de gases mortíferos estaba tibia y amarga, el hombre inclinó la frente con pánica tristeza bajo tan inmenso castigo y la eternidad abrió sus puertas para recibir á las víctimas.

El cólera-morbo, como chispa eléctrica, pasaba de un pueblo á otro haciendo destrozos; terrible mónstruo arrojado sobre un rebaño indefenso, atropellaba, hería, devoraba y desaparecía, para volver acaso más hambriento.

En ocasiones acometía sólo al más cobarde olvidando al valiente ó pasaba sin dañar á los pequeños llevándose á los poderosos; cuando parecía saciarse y adormecerse, despertaba repentinamente para matar al que había dejado herido.

XXV.

Cuando el cólera se apareció en la infeliz Antequera, por todas partes se veían semblantes pálidos y puertas cerradas.

Los cobardes y los creyentes iban temblando á la casa del médico y á la casa de Dios, mientras que los espíritus fuertes se ocultaban en las suyas para temblar también.

Las campanas tocaban á muerto con triste clamoreo.

El Viático era llevado de puerta en puerta; muchas casas quedaron deshabitadas, en otras sólo se oía rezar el oficio de agonizantes y en las bocacalles reuníanse los cortejos fúnebres para seguir el camino del panteón.

Tres golpes de una campanilla y el eco de una voz imperiosa que gritaba: El carro, anunciaban á los pobres el penoso deber de abandonar en un inmundo carretón los cadáveres de sus padres ó de sus hijos para que fuesen arrojados y confundidos en la fosa común de los coléricos.

Las boticas y las iglesias estaban llenas de gente y la voz del púlpito recordaba el juicio de Dios.

Los viciosos se arrepentían, los deudores pagaban y los infieles pedían perdón.

Los padres de familia como generales en día de batalla, veían caer á su lado y morir uno á uno todos sus hijos, hasta que rodaban ellos mismos heridos mortalmente.

Dos amigos se aplazaban en la noche para verse al día siguiente y antes del amanecer estaban en la eternidad.

Los médicos iban y venían pudiendo trabajosamente acudir á los llamamientos de todas partes y los agentes de policía eran pocos para contar las víctimas.

El primer caso de cólera que se supo en el monasterio fué el de Sebastián, que albergado en la casa de un amigo del Padre José, pudo salvarse, aunque su enfermedad fué muy larga por haber sido también atacado de fiebre á causa de sus alucinaciones y remordimientos.

XXVI.

Desde luego el anciano Guardián dejó su autoridad en manos de otro Padre, y D. Carlos, aunque cansado y enfermo, consumó un sacrificio más, resolviéndose á salir de su retiro con riesgo de que conociera el mundo su existencia y sus desgracias.

Los dos amigos organizaron un plan de servicio y protección á los coléricos.

El departamento más amplio del monasterio, quedó convertido en hospital y una botica recibió los fondos suficientes para despachar las medicinas que pidiesen los pobres.

Sin temor al contagio, el joven y el anciano andaban día y noche por los barrios más distantes visitando á los infelices apestados.

El Padre llevaba un libro, y su compañero una caja con medicinas; el primero daba consuelos y esperanzas; el segundo remedios y monedas; el uno hablaba de Dios y de la eternidad y el otro prometía á los moribundos recoger á sus padres decrépitos y á sus hijos abandonados.

El religioso era visto por el pueblo como enviado de la Providencia, y el Padre Félix, como todos le llamaban, fué declarado un médico excelente.

El nuevo hospital se llenaba con los enfermos que recogían sus activos fundadores y los que iban de todas partes, resultando sorprendentes las curaciones debidas á los cuidados y los gastos que se prodigaban.

Los pobres, los huérfanos, los enfermos y los miedosos que aun no estaban atacados de la peste, ocurrían en grupos al convento como lugar de refugio.

XXVII.

A toda hora y de todas partes, incluyendo las casas de los ricos, eran llamados aquellos ministros de la beneficencia, no siempre para curar el mal inevitable, pero sí para decir una palabra consoladora en el umbral de la tumba.

Así trascurrieron algunas semanas y el cólera seguía, pero la cólera del cielo no estaba satisfecha; la ciudad culpable necesitaba para su expiación otra pena más, que no fué tan grande pero igualmente aterradora.

Vino la guerra con sus venganzas y sus horrores; ese vértigo de sangre y de furor, esa lucha insensata con que Dios ha castigado á la descontenta humanidad, desde los tiempos de Caín y de sus hijos.

Un cañonazo disparado del cerro de la Soledad, al anochecer de un día lluvioso, anunció que había llegado la hora de la matanza.

Cerrábanse las puertas de las tiendas y las casas, hombres y mujeres corrían para ocultarse donde les era posible, los clarines tocaban generala, los empleados civiles y militares se dirigían al fuerte de Santo Domingo y prontamente quedaron las calles desiertas y los mercados vacíos.

Sólo se oía el ruido de las armas de algún ayudante de órdenes, que pasaba violentamente y el andar precipitado de los que conducían al campo santo el ataúd de algún colérico, no de otro modo que si huyera la muerte de la muerte misma.

Poco después dejóse ver desde las azoteas el ejército sitiador, que compuesto de algunos batallones, avanzaba sobre la ciudad por el lado del Oeste, compacto, silencioso y brillante como una gran serpiente de colores con escamas de acero.

XXVIII.

Las revoluciones que no tienen por objeto libertar á un pueblo, son abortos de la falsa política y el malestar de la sociedad.

En su infancia las naciones lo mismo que los individuos, cometen lamentables locuras; detestan hoy lo que adoraron ayer y vuelven á pedirlo para después abandonarlo.

Como resultado de las desgracias inseparables á la emancipación de los pueblos, se forman partidos poderosos é intransigentes, que de más ó menos buena fe defienden sus principios con encarnizamiento, y de la terrible contienda entre las ideas y las pasiones, á veces resultan inocentes las víctimas é inocentes los verdugos, pero casi siempre se menoscaban las costumbres ó la integridad nacional.

En la noche de las revoluciones aparecen militares ávidos de gloria, y políticos sin experiencia que se precipitan desde la cumbre de las teorías, proclamando excelentes principios los cuales puestos en práctica suelen producir consecuencias funestas; entonces la civilización se atrasa y se empequeñecen los destinos de la patria.

Y más todavía; por una inevitable fatalidad, como esas rocas incandescentes que salen de los volcanes, surgen del caos revolucionario espíritus fogosos y extraviados, que ateos en política ó fanáticos en religión, destruyen las mismas instituciones por las que arriesgan su vida.

Ellos y no el pueblo son los que con afán turbulento hacen chocar las ideas contra los hechos y representan dramas salvajes de pasiones y miserias, en cuyo desenlace aparece la libertad salpicada de sangre y heridas mortalmente las creencias de los corazones.

XXIX.

En aquella época el ilustre poeta Lamartine pintaba el estado político y social de la Francia en estos términos:

"...... Al principio no fué más que un combate; bien pronto siguió una ruina; el polvo de esta lucha y de esta ruina lo ha obscurecido todo y no se ha sabido ni por qué, ni en qué terreno, ni bajo qué bandera se combatía. Se ha hecho fuego como en la obscuridad de la noche, contra los amigos y contra los hermanos; las reacciones han seguido á la acción; los excesos y los crímenes han mancillado á los partidos de todos colores; los hombres han abandonado con horror la causa que el crimen suponía servir y que la perdía como las pierde todas; se ha pasado de un exceso á otro y los movimientos tumultuosos no se han comprendido mejor que las vicisitudes de la batalla. Todo era confusión y desorden; todo era triunfo y derrota, entusiasmo y desaliento."

Esta era también la situación convulsiva y tumultuaria de México.

El pueblo que había obtenido su libertad improvisando héroes y ofreciendo mártires, ansioso de luz y de progreso, se levantó en actitud revolucionaria sin saber cómo constituirse.

Lleno de odio por lo antiguo y amor á lo desconocido, pidiendo derechos y olvidando deberes, llegó á los límites del despotismo después de haber desgarrado sus libertades.

XXX.

Los elementos sociales permanecían confundidos, todos los ciudadanos querían mandar y nadie obedecer.

Corazones mezquinos y cabezas extraviadas, conducían á las ciegas multitudes por falsos caminos en busca de ideales impracticables.

Adoptábanse todas las formas posibles é imposibles para dirigir al pueblo, desde el gobierno de hecho emanado de un motín, hasta el imperio absoluto y desde la constitución más liberal, hasta el reinado del terror.

Dos partidos iracundos se habían retado á muerte; uno queriendo cambiar el régimen estacionario del pasado, reclamaba derechos y reformas; el otro, cansado por una libertad tempestuosa, pedía un gobierno central, como el náufrago que se agarra de una tabla de su bajel despedazado.

Cuando uno de los contendientes poseía la Capital, dictaba leyes y hacía tratados internacionales, mientras el otro, merodeando en los Departamentos, asechaba tenazmente á su enemigo para derribarlo y ser derribado á su vez.

Por una parte la reacción conservadora y por otra el enciclopedismo revolucionario, dividieron largo tiempo la nación y deshonraron los dogmas políticos que defendían.

Entonces hasta los hombres pacíficos, las mujeres y los niños tenían un partido que proclamaban con energía, distinguiéndose por sus odios y aun por el color de sus vestidos.

XXXI.

Los dos bandos presenciaban indiferentes las agonías de la patria llevando sus disputas hasta el pié del altar, y por una monstruosa é increíble anomalía ¡Triste es decirlo! el uno en nombre de la religión asesinaba y el otro predicando el progreso retrocedía.

Mas no debemos culpar de un modo absoluto á los hombres de ayer, que por otra parte, muchos de ellos ofrecían talentos superiores y bien merecen el respeto de la generación actual.

En aquella época de hierro y de sangre la nación mexicana cometió grandes locuras porque no sabía qué hacer ni de qué asirse, careciendo de la experiencia que la vieja Europa llegó á conseguir después de muchos siglos de combate.

Aun no había sonado la hora en que de las llamas y los escombros de aquellos incendios surgieran hombres extraordinarios como el coloso de Paso del Norte, que grabó en la frente de los reyes el sagrado lema de que "El respeto al derecho ajeno es la paz."

Tampoco brillaba en la escena política el bizarro caudillo que hoy protege los destinos de su patria, el Edipo mexicano nacido bajo el cielo de Antequera y predestinado para destruir la esfinge de la revolución.

En aquel año funesto una parte del Estado de Oaxaca desconoció al gobierno de la Capital.

Los promovedores de aquella borrasca civil clamaban contra el Presidente de la República, protestando que ya no era posible soportar el peso de su autocrática tiranía, y aquel magistrado, no queriendo perder tan bello territorio, movió sus tropas con el propósito de sofocar lo que él llamaba desenfrenada rebelión.

XXXII.

Las fuerzas expedicionarias, ufanas con la esperanza que se inspira á sí mismo un cuerpo disciplinado cuando cae sobre una provincia rebelde, ocuparon la parte baja de la ciudad y tendieron su línea de operaciones en las calles que la dividen de Oriente á Occidente, abriendo fosos y alzando barricadas.

Al mismo tiempo sus enemigos encerrados en el inexpugnable convento de Santo Domingo, con su fama de valientes y haciéndose la ilusión de marchar en triunfo á la Capital, estaban resueltos á todo.

Las avanzadas se aproximaron al grado de poder insultarse arrojando alaridos de fiera; las piezas de artillería se pusieron frente á frente y empezó el combate de hermano contra hermano.

Un fuego nutrido de fusilería resonaba sin cesar por todas partes infestando el aire, y los cañonazos disparados de Santo Domingo enviaban muy lejos la destrucción y la muerte.

Al mismo tiempo el cólera continuaba diezmando la población.

El soldado que no rodaba al golpe de la metralla caía herido por la peste.

La mujer hambrienta que se había salvado del cólera é iba buscando el pan de sus hijos, debería morir atravesada por una bala fratricida.

Por un resto admirable de humanidad en ambos partidos, convinieron aquellos asesinos disciplinados, en no hacer fuego sobre los indefensos transeuntes que corrían buscando á los médicos; éstos, para distinguirse, iban á caballo de día, y de noche portaban una linterna.

Sin embargo de aquellas precauciones, no faltaron víctimas del deber y de la caridad; varias veces los cadáveres llevados al panteón recibieron balazos á través de su féretro, como si no hubiera sido certero el golpe que la muerte les había dado en el corazón.

XXXIII.

El Padre José y su noble compañero, llegaron á convertir el monasterio en casa de asilo y hospital de sangre.

A riesgo de ser traspasados por las balas, recogían heridos, enterraban muertos é iban á todas partes donde había rastro de sangre ó lamentos de agonía.

Ellos no eran adictos á partido alguno, miraban á los jefes como ministros de la cólera de Dios y á los soldados como ciegos instrumentos de justo castigo.

En honor de la verdad es preciso decir que ambos misioneros eran respetados y queridos por las dos facciones; tenían paso franco en las trincheras y los cuarteles, porque el ejercicio del bien goza privilegios de honor entre amigos y enemigos, desarmando la malignidad del corazón humano aun entre las hordas de salvajes.

Viendo que se prolongaba tanto aquella crisis terrible, los dos amigos intentaron conjurarla, para lo que tuvieron un mismo pensamiento.

El veterano de la Independencia creía ver la sombra de Morelos horrorizándose con tantos desastres y el joven abogado sentía desfallecimientos al contemplar el suicidio de su patria.

Seguro el uno con el prestigio de su pasado glorioso y el otro de su genio diplomático, y confiados ambos en las consideraciones que gozaban en los dos partidos, se dirigieron á sus jefes para proponerles una suspensión de hostilidades, en la cual se procuraría el avenimiento más honroso para ellos y benéfico á la población.

Los jefes opuestos eran hombres de buena voluntad, peleaban defendiendo el ideal que para ellos representaba la causa de los buenos y á la vez ya no querían más derramamiento de sangre.

XXXIV.

Por una y otra parte hubo consejos de guerra, para los que fueron invitados el sacerdote y el jurisconsulto.

Uno les hablaba de la paz, la prosperidad y la honra de la nación, conviniendo en que sería necesaria una reforma en las costumbres y las leyes; el otro pedía libertades, progresos, decretos generosos é instituciones benéficas.

Probaron que la política debe consistir en hacer á los pueblos dichosos y pidieron en nombre de la patria moribunda, que se suspendiese la guerra mientras podía redactarse una constitución general fundada en los principios del progreso y la justicia, que aboliendo los fueros, los privilegios y las antiguas preocupaciones detuviera el terrible huracán de la demagogia.

Aquel proyecto de libertades y derechos iguales para todos, de impulso al trabajo y respeto al pensamiento ajeno, alentaría el patriotismo desfallecido, dándole á México crédito, prosperidad y orden social.

El nuevo plan cuyo primer artículo daba una amnistía general, debería ser enviado al Presidente de la República para que lo sometiera á la discusión de un congreso nacional convocado al efecto, y entre tanto, los cuerpos beligerantes conservarían sus puestos.

Aquella solución no podía ser más benéfica y consoladora; pero no parecía sino que un espíritu de vértigo habíase apoderado de todos los corazones.

El egoísmo, esa eterna dolencia del espíritu humano, ha sofocado muchas veces el sentimiento de la patria.

La sociedad de aquel tiempo pasaba por una época de turbulencia y de pasión en que no era practicable más ley que la despótica voluntad de los fuertes.

Aunque la iniciativa de D. Carlos fué acogida con entusiasmo por los políticos de buena fe y por los militares honrados, que con gusto depusieron sus armas ante la magistratura del talento, entre sitiados y sitiadores se hallaban muchos hombres de secta y de partido, espíritus mezquinos y corazones ambiciosos, esclavos de su interés personal, quienes no queriendo hundirse en su antigua nulidad y aspirando á un premio por la sangre derramada, se opusieron á todo con declamaciones y razonamientos sin lógica y sin ejemplo.

XXXV.

Funcionarios improvisados que no querían perder sus empleos, sargentos de un día y generales del día siguiente, traficantes de mezquina política y sanguinaria codicia, intimidaron á los jefes, alucinaron á la tropa con la promesa del saqueo y todo arreglo se hizo imposible.

Declaradas inútiles las negociaciones, alzóse otra vez la bandera de la muerte y tronó el cañón de las barricadas.

El Padre José y su ilustrado colaborador volvieron á tomar las vendas de los heridos y el libro de los agonizantes.

Aquellos hombres abnegados que sin particular interés pusieron la mano entre la boca de los fusiles y la vida de los ciudadanos, se habían adelantado medio siglo con sus ideas.

No era la tolerancia, la transacción, ni el olvido del pasado lo que podía pedirse por entonces.

En el momento supremo de una revolución, el que trata de adelantarse es arrebatado por la avalancha y el que se atrasa tiene que hundirse en el surco que aquella forma cuando resbala por la montaña.

El premio que alcanzaron los generosos mediadores fué la maledicencia de algunos partidarios encarnizados.

Gibelinos para los güelfos y güelfos para los gibelinos, éstos llamaron retrógrado y fanático al Padre José, y muchos de los otros, impío á D. Carlos de Miranda. ¡Fanático el que hablaba en nombre de la humanidad! ¡Retrógrado al que había derramado su sangre por la libertad de un pueblo extraño! ¡Impío el que curaba las heridas de sus enemigos!

Así es el mundo.

Una noche se advirtió que habían cesado los fuegos, sólo se oía el alerta de los centinelas y el ruido del carro de la muerte que pasaba cargado de cadáveres; de tiempo en tiempo, un cañonazo disparado de Santo Domingo recordaba que no había terminado la carnicería.

XXXVI.

El Padre Guardián se había ocultado para rezar en una capilla que se abría en la iglesia, junto al presbiterio.

Repentinamente oyó los golpes continuos del bastón de Sebastián que lo buscaba.

El viejo limosnero había sanado del cólera, pero estaba muy débil todavía y sólo se ocupaba en pasar recados al Guardián.

—Padre, Padre, le dijo acercándose, acaban de contarme que ya están levantando el campo las tropas de México; asomado al postigo he visto pasar grupos de soldados en desorden; unas mujeres iban compadeciendo á los heridos que han quedado abandonados en el cuartel.

—Vamos á traerlos.—dijo con viveza el religioso levantándose y ambos salieron de la capilla.

—Lo había yo dicho.—murmuraba suavemente el Padre José.—En esa horrible lucha de las ideas y los cañones, era preciso que triunfaran las ideas.

En aquel momento se oyó á lo lejos una fuerte detonación, luego el ruido espeluznante que producen las granadas al pasar como si una gran serpiente corriera silbando por los aires, y después una luz rápida y fosfórica inundó la iglesia.

El edificio se estremeció, los cristales de las ventanas y las estatuas de los altares cayeron en pedazos, una nube de polvo y de humo se alzó del suelo y las lámparas se apagaron.

Era que había entrado una granada por la linterna de la capilla y cayendo en el mismo punto de donde se había levantado el Padre José, hundióse en el pavimento; al estallar hizo una excavación en forma de sepulcro.

Sebastián huyó aterrado y D. Carlos llegó á reunirse con el Padre, que sin sentir alterada la serena paz de su alma, contemplaba el lugar donde había corrido el peligro de recibir al mismo tiempo la muerte y la sepultura.

Un momento después los dos se dirigieron al cuartel con el farol de la contraseña.

La noche estaba fría y silenciosa, el aire parecía repetir las quejas de los heridos y al mismo tiempo se oían rumores como de tropa que marchaba.

A no ser por algunos disparos de fusil que sonaban á lo lejos, se hubiera dicho que la ciudad estaba en la más profunda calma.

XXXVII.

El cuartel distaba mucho del convento y tuvieron que detenerse varias veces para ser reconocidos por algunas guerrillas que protegían la marcha de los fugitivos y evadirse de otros soldados ebrios que decían blasfemias, disparando sus armas al aire.

En el zaguán del cuartel tropezaron con algunos cuerpos muertos que habían sido arrastrados allí por falta de tiempo para sepultarlos.

El silencio reinaba en aquel edificio abandonado, un hedor de sangre y de pólvora infestaba las obscuras galerías cuyas paredes húmedas ofrecían, á varios trechos, rótulos infamatorios escritos con carbón.

Leños, municiones y fusiles rotos, estaban esparcidos por el suelo y del fondo de un corredor salían murmullos y gemidos.

Al entrar en la pieza obscura donde se oían aquellos lamentos, D. Carlos que llevaba el farol, distinguió en el suelo un bulto informe cubierto con una jerga sucia y agujereada; era el cadáver de un sargento joven, rubio y grueso que acababa de morir; tenía las manos ensangrentadas y en su rostro quedaba impreso el último gesto de la agonía.

D. Carlos se inclinó sobre el cadáver para tocarle la frente y cerciorarse de que no le quedaba un resto de vida, mientras el Padre se había dirigido al fondo de la pieza porque le pareció escuchar un quejido.—Venga Ud. con la luz,—dijo á D. Carlos—aquí está una mujer agonizando.

En aquel suelo húmedo, sobre una estera inmunda, teniendo por almohada un rollo de harapos, estaba tendida una joven luchando con las convulsiones del cólera.

Pálida y bella, casi desnuda, con el pelo destrenzado y la cabeza vuelta hacia atrás, lanzaba por todas partes miradas moribundas.

Parecía una flor marchita en la mañana de su vida, una paloma muerta y pisoteada en el fango.

XXXVIII.

D. Carlos aproximó la luz cuanto pudo; entonces la enferma tuvo un estremecimiento, lanzó un grito de terror y cubriéndose el rostro con las manos exclamó:—¡Dios mío! ¡El muerto! y quedó desmayada.

A la vez D. Carlos tiró el farol gritando:—¡María Luisa! ¡María Luisa!

La pieza estaba completamente obscura.

En el arrebato del momento, el amante de María se arrojó sobre ella para estrecharla en sus brazos, pero el anciano lo detuvo diciéndole con voz terrible:

—Valor, amigo mío, lo que aquí precisa es un médico, vaya Ud. á traerlo porque esta mujer se muere.

El joven obedeció maquinalmente, corrió como un loco en las tinieblas pisando los cadáveres tendidos en el corredor y se lanzó á la calle.

A esa hora las tropas de Santo Domingo bajaban haciendo fuego sobre las trincheras para posesionarse con precaución de la plaza desocupada.

D. Carlos se dirigía precipitadamente á la casa de su médico y cuando algún centinela le gritaba:—¿Quién vive?—ó le marcaba el alto, él respondía con penoso acento:—¡Un médico! ¡Un médico!—y continuaba su carrera.

Hubo un momento en que no escuchó la voz de unos soldados que lo llamaban y sólo se apercibió de ello al sentir en el rostro varios golpes de piedras y tierra desprendidas de la pared por una bala que le habían disparado.

El plomo desvió su dirección quizás porque la muerte se compadeció de tan inmenso dolor.

XXXIX.

Entre tanto el Padre José había encendido el farol y la enferma volvió de su paroxismo.

Aquel prudente anciano, que sabía demasiado la historia de María Luisa, pudo penetrar en las tinieblas de su corazón para consolarla y sostenerla.

Ella pensó que á la última hora de su vida se aparecía la sombra de D. Carlos acusándola ante Dios y ante los hombres.

Bañada en lágrimas contó al Padre cómo había rodado de abismo en abismo y cómo fué tan ingrata con aquel hombre virtuoso que tanto la había querido y perdonado, hasta quedar esclava del sargento que yacía muerto cerca de ella.

Después de un rato de angustiosa fatiga, el enfriamiento del cólera se apoderó de su corazón y con acento suplicante dijo:—Padre, le ruego que por caridad, llame á el alma de Carlos y en mi nombre, pídale perdón.

Al punto dejó caer su lánguida cabeza como la flor que rueda por el suelo cuando un vil gusano ha llegado á morder su tallo vacilante.

Su agonía fué tranquila y momentánea.

El Padre no quiso decirle que D. Carlos existía; poniendo entre sus manos un pequeño crucifijo, pronunció en su oído palabras de salvación.

La pobre mujer volvió á balbucear el nombre de D. Carlos y murió.

XL.

El infatigable Guardián salía de aquella sala en busca de otros moribundos cuando llegó D. Carlos con el médico; mientras éste se dirigía al salón de los heridos, el Padre fué á encontrar á su amigo, le señaló el cielo y lo abrazó exclamando:—¡Es la voluntad de Dios!

—¡Murió!—dijo D. Carlos con voz ronca y vibrante.

Era media noche; la soledad, las tinieblas y la muerte dominaban en el cuartel abandonado.

Apenas se oía en medio de aquel silencio augusto, el aleteo de algunas aves nocturnas atraídas por el olor de la sangre, y las quejas lamentables que salían del obscuro departamento de los heridos como de un antro de dolores.

Callado, inmóvil, lleno de profundo estupor, con la cabeza inclinada y el corazón aterido, permanecía D. Carlos mirando el cadáver como si se dejara llevar por un sueño que le presentase todos los recuerdos de su vida, desde cuando María Luisa era niña y le pedía socorro, hasta el día en que la dejó seguir su propio destino.

Aquel techo negro que parecía tapizado de cortinas fúnebres, aquel cuerpo inanimado, rígido, casi desnudo y bello todavía, semejando una de esas estatuas yacentes obscurecidas por los siglos en los sepulcros antiguos; un amante desolado llorando á sus piés, otro cadáver más allá en la actitud de la desesperación y el sacerdote orando á la luz de la moribunda lámpara, formaban un cuadro tristísimo y solemne.

XLI.

El Padre José, respetando el dolor de D. Carlos, se retiró á seguir su oración en la obscuridad; de tiempo en tiempo alzaba la voz para repetir alguna de estas lamentaciones del libro de Job:

"¡Dios mío! Tú sólo sabes los límites del infinito y eres dueño de la vida y de la muerte...... Tú me la diste y tú me la quitaste...... Bendito sea tu santo nombre."

Habiendo dado el sabio religioso algunos consejos á su amigo, refiriéndose á María Luisa terminó:—Era una mujer de grandes pasiones.

—¡Era un ángel que Lucifer arrastró al mundo y el mundo le cortó las alas!—replicó D. Carlos con desesperación.

A pesar de las huellas que deja el cólera en el semblante de sus víctimas, en los labios de la muerta parecía vagar una sonrisa; sus manos apretaban con fuerza el crucifijo; diríase que su pecho palpitaba al contacto de aquella prenda de redención.

Mas en su mejilla se advertía una cicatriz honda y obscura, era el estigma indeleble, que como un cauterio imprime el vicio con sus besos de fuego.

Después de unos instantes de angustioso silencio, D. Carlos alzó la frente diciendo con amarga expresión:

—Padre: ¿Ahora qué hacemos?

—Vamos á darle una sepultura digna de su postrer arrepentimiento,—contestó el anciano envolviendo el cadáver en su propia capa.

Entonces D. Carlos, ardiendo todavía en aquella pasión que lo había subyugado siempre, se arrojó sobre el cuerpo de María, lo abrazó por primera vez, como si quisiera deshacerlo ó inspirarle nueva vida y poniéndolo sobre su hombro derecho, salió de aquel triste lugar precedido por el Padre que llevaba el farol.

XLII.

Las calles estaban desiertas, el aire gemía tristemente y las estrellas temblaban en el firmamento que revestido de un azul obscuro y profundo, parecía un gran sudario salpicado de lágrimas.

El convoy fúnebre, compuesto de la desgracia, la virtud y la muerte, pasaba silencioso entre las sombras.

El Padre iba por delante diciendo en voz baja los salmos penitenciales y alumbrando á su amigo que apenas podía caminar con aquella carga tan pesada y tan querida.

María Luisa gravitaba sobre D. Carlos aun después de la muerte.

Su mejilla dura y helada tocaba el cuello ardiente del joven y su hermosa cabellera movida por el viento, acariciaba el rostro de D. Carlos, como para enjugar su llanto en señal de póstuma é inútil gratitud.

Él caminaba oprimiendo sobre su corazón el cuerpo de María Luisa y el Padre á veces detenía su marcha para alumbrar mejor y contemplaba con asombro aquel tardío himeneo de la muerte con el infortunio.

Cuando llegaron al convento, el Guardián abrió la iglesia con una llave que siempre llevaba y D. Carlos corrió á depositar el cadáver de su amada en la capilla de la Virgen que lo había salvado del suicidio, quedando mudo é inmóvil reclinado en el altar.

XLIII.

El Padre salió de la capilla y regresando luego con la pala y el azadón del jardinero, acabó de abrir un sepulcro en el mismo lugar donde pocas horas antes había estallado la granada.

¡Triste destino el de aquella mujer excepcional, que después de haber pasado su vida en la constante anarquía de las pasiones, hubo de hallar un sepulcro en el hueco que abriera el proyectil de la revolución!

En medio de un silencio absoluto y con religiosa veneración pusieron ambos el cadáver en su lecho de tierra.

D. Carlos colocó en el rostro de María su pañuelo mojado con lágrimas.

La tierra cubrió aquella fatal belleza; su amante cayó de rodillas murmurando una oración y el Padre se retiró.

Al punto una fuerte ráfaga de viento entró por las vidrieras rotas y apagó la lámpara del altar.

El desdichado joven, como si temiera que le robasen los despojos de su amor que había ocultado en el secreto de la tumba, no quiso salir de la capilla.

Detenido por una fuerza sobrenatural, permaneció allí veinticuatro horas en vigilia solitaria y dolorosa.

Sus recuerdos y sus pensamientos chocaban y se confundían en aquella tumba, como los restos del buque despedazado se adhieren á la roca donde los lleva la tempestad.

XLIV.

Al anochecer del día siguiente, el Padre José compadecido de tanto dolor y temiendo que la debilitada existencia de D. Carlos se agotara con el sufrimiento, quiso ir á pedirle ó mandarle, si era necesario, que se retirase á descansar; pero hasta la media noche sus múltiples atenciones le permitieron dirigirse á la capilla.

Después de orar un momento, fué adonde se hallaba D. Carlos postrado con la frente sobre la tierra y los brazos extendidos.

Inútilmente le habló, le tocó el hombro y le movió la cabeza creyendo que dormía; D. Carlos Félix de Miranda, por fin gozaba de la eterna paz, había muerto de dolor abrazando el sepulcro de aquella mujer tan querida, tan ingrata y tan funesta.

Él lo había dicho: la vida de María era su vida.

El anciano sacerdote que debería tener un cuerpo de hierro para resistir tantas fatigas y un corazón de oro para padecer y amar como él sufría y amaba, tomó en sus brazos el cuerpo de su amigo, lo tendió al pié del altar y dió gracias al cielo por haber quitado del mundo aquel pobre hombre que ya no podía vivir con una llaga tan grande abierta en el corazón.

Luego se dirigió al pórtico de la iglesia donde Sebastián dormía y lo despertó.

El pobre viejo desde que cargaba tantos remordimientos, no podía dormir bien, por lo que se levantó muy asustado murmurando:

—Mande mi padre.

—Sebastián,—le dijo el religioso con triste acento:—ahora ya puedo permitirte que veas y abraces á tu amo,—y lo invitó á entrar en el templo.

El mendigo lo siguió aturdido.

XLV.

Aquel gallego de corazón duro, envejecido en el indiferentismo de la vida material, aquel asesino que sabía matar á sangre fría, dió un grito de horror al ver que D. Carlos estaba muerto, se irguió con desesperado esfuerzo y soltó su bastón diciendo:—¡Mi amo! ¡Mi padre! ¡Mi hijo!—luego llorando se dejó caer y besó los piés del cadáver.

Pasado un breve rato, dijo el Guardián:—Es preciso darle un sepulcro ignorado como él me lo pidió.

Con los útiles que en la noche anterior habían quedado tras de un altar, cavaron una sepultura junto á la de María Luisa.

Antes de colocar el cuerpo en la fosa, el Padre José le quitó del cuello la medalla que María le había dado cuando era niña y la entregó al mendigo, que la besó llorando.

Por último, tomó el padre la mano del cadáver, la estrechó fuertemente é invocando el espíritu de Dios sobre aquellas dos tumbas se retiró.

Sebastián cubrió la sepultura de su amo y cada paletada de tierra que arrojaba, iba mezclada con su llanto.

Al otro día ofreció el Padre José un sacrificio ante los sepulcros de aquella pareja infortunada y cuando se proponía descansar de tantas impresiones, le avisaron que lo buscaba el Secretario del Gobierno.

XLVI.

Aquel religioso septuagenario, que como el Apóstol de Corinto, había sido varias veces proscrito, encarcelado, herido y sentenciado á muerte, así como también querido y venerado por ciudades enteras, aun debía soportar un golpe más en castigo de ajenos delitos.

Pero la paz inmaculada de su conciencia no se alteraba con las ingratitudes ni las aclamaciones ni los golpes de fortuna.

En tantos años de pruebas y combates adquirió una filosofía profunda y elevada; todos los sobresaltos de su vida los consideraba dirigidos por la mano de Dios.

Si se hubiese ilustrado entre los sabios de la antigua Grecia, sin duda hubiera sido jefe de una escuela fatalista.

En la Edad Media, no de otro modo que Pedro el Ermitaño, hubiera podido con su fe y su valor arrojar á medio mundo sobre el otro; pero en los tiempos de positivismo, de negaciones y de dudas en que vivió, sólo era un pobre fraile que curaba enfermos y enterraba muertos, un héroe olvidado que como el santo poeta de la Arabia, luchaba con amigos y enemigos, diciendo tranquilamente á la hora de las grandes vicisitudes: "Ha de llegar el día de la compensación y aunque hubiere muerto viviré."

El alto funcionario que buscaba al Guardián era un joven abogado, correcto y elegante, que había sido educado por el mismo Padre José.

Estimábanse ambos cordialmente, el Licenciado respetaba á su maestro y siempre oía su voz como la de un oráculo.

Aquel día, sentados el uno frente al otro, tuvieron la siguiente conversación.

XLVII.

—Padre, hoy estamos de plácemes y yo me congratulo más, porque traigo para Ud. una buena noticia.

—Ciertamente debemos felicitarnos porque ya cesó el derramamiento de sangre y la peste va desapareciendo.

—Hay más todavía; el Señor Gobernador me manda participe á Ud., que acaba de salir el decreto de expulsión para los súbditos españoles; razones de alta política y necesidades de la situación han obligado á dar este paso; pero dice Su Excelencia, que como Ud. es más mexicano que español y por sus servicios hechos á la patria tiene títulos gloriosos y derechos á la gratitud nacional, será Ud. una excepción, pudiendo permanecer con nosotros.

—¿Y á qué otras personas exceptúa ese mandato?

—A ninguna, Padre, pero el Señor Gobernador quiere tener con Ud. solamente, una distinción, una......

—Una tolerancia.

—Sí, Padre.

—Siendo así, puedes manifestar á Su Excelencia que mi alma le agradece su bondadosa distinción; pero que con la mano en la conciencia rehuso ese favor. Muy doloroso me será dejar este país, porque aquí he hallado la paz del corazón y veo á todos ustedes como hermanos y como hijos, respeto la razón de estado que haya tenido el Gobierno para dictar esa determinación y tal vez los pequeños servicios que durante mi juventud presté á la causa de la libertad pudieran clamar en mi favor; pero yo no debo renegar de mi nacionalidad ni el decreto de que me hablas puede hacer mención de mi persona. Tú sabes que los efectos de una ley sólo se suspenden con otra; si yo aceptara esa tolerancia, comprometería ciertamente la honra del jefe del Estado.

—El Gobernador puede......

—Los gobernantes no pueden lo que no deben hacer. Por otra parte, hay en Oaxaca muchos españoles, que ajenos á la política, merecen toda consideración y yo no debo anteponerme á esas honorabilísimas personas. ¿Qué dirían del Gobierno y de mí los que me vieran permanecer tranquilo mientras mis hermanos caminaban al destierro? ¿Cómo vería correr las lágrimas de la viuda y de los huérfanos, disfrutando yo las comodidades del claustro?

XLVIII.

El venerable prelado calló unos instantes como reflexionando en lo que iba á decir; luego añadió con noble dignidad:

—¿Los que nos llamamos liberales y tanto hemos defendido la igualdad política del derecho hemos de practicar la desigualdad en los hechos? Para la administración que acaba de constituirse á costa de tanta sangre, no es decoroso barrenar las leyes el mismo día que las promulga. Eso sería herir el derecho ajeno y entronizar el absolutismo bajo el dosel de la república; yo creo que un gobierno prudente deberá estudiar mucho sus determinaciones antes de sancionarlas, porque los excesos de la libertad conducen al despotismo; pero en el ejercicio de su deber, le es deshonroso inclinarse ante las consideraciones de amistad y los respetos humanos.

—Sin embargo, Padre...... ¿Cómo podría Ud. caminar?...... Su salud y su edad no se lo permitirán, y además, si va Ud. á España...... sábese allí que combatió en las filas de la insurrección......

—No tengas cuidado, verdad es que ya me inclino al sepulcro; pero Dios me dará fuerzas. No sé si el gobierno de mi patria me habrá borrado de la lista de los proscritos; mas ahora pienso dirigirme á Guatemala, donde tengo hermanos que me darán un rincón para clamar á Dios y servir á los hombres; mañana partiré. No olvides manifestar al Señor Gobernador mi agradecimiento. Tú, sigue siendo bueno y acuérdate de mí.

XLIX.

El joven funcionario, conmovido ante la generosidad y el valor de aquella noble alma, insistió y suplicó en vano, hasta que bajando la frente con respeto, se despidió del religioso después de compararlo con aquel filósofo de Atenas, que llenó de bendiciones y consuelos al portador de la cicuta enviada por sus enemigos.

Era el 24 de Junio, hacía seis meses que el activo Guardián había removido y aliñado el convento para recibir á D. Carlos Félix de Miranda, y ese día, dijérase que hacía otro tanto para dejar los restos de su amigo abandonados en un rincón de la iglesia.

Preparaba su marcha y la recepción del nuevo Guardián, adornando el convento é inventariando libros, papeles, imágenes y vasos sagrados.

Concluido todo esto, se retiró á la casa que había servido á D. Carlos, huyendo de la multitud de personas que iban á procurar impedir su viaje ó á despedirse ofreciéndole ropas, monedas y lágrimas.

Antes de que amaneciera el día siguiente, tomó el bastón de peregrino con que hacía veinte años había llegado al monasterio pidiendo asilo como extranjero suplicante y entró á la iglesia llevando bajo el brazo un pequeño bulto que contenía su breviario, su pasaporte y sus cilicios.

Allí encontró á Sebastián que había velado sobre la sepultura de D. Carlos.

L.

Arrodillado el anciano religioso ante el altar de aquella Virgen que tanto amaba y de quien había recibido consuelos y milagros, se despidió de ella y oró por sus hermanos, por su patria, por la paz de México y por el alma de D. Carlos.

Luego dirigiéndose al viejo inválido, le dijo suavemente:

—Levántate, porque ya nos vamos.

—¿A dónde, Padre?—Murmuró Sebastián poniéndose en pié.

—Al destierro.—Contestó el prelado;—Tú también eres hijo de España y todos debemos obedecer á Dios y á los que gobiernan en su nombre.

Pero yo soy gallego,—insinuó Sebastián vivamente impresionado y añadió en el acto como para dar más peso á su respuesta:—¿Y cómo dejaremos á D. Carlos?

—D. Carlos ya no necesita de nosotros.—Dijo el Padre haciéndole seña de que lo siguiera, y ambos dejaron el templo.

Temiendo ser vistos y detenidos por el pueblo, que según se sabía, estaba dispuesto á impedir la partida de su bienhechor, salieron por la puerta del campo y hacia el Sur de la ciudad tomaron un camino sólo frecuentado por los pastores y los contrabandistas, en la falda del Monte Albán.

El Padre caminaba por delante rezando en voz baja; Sebastián cojeando lloraba y le seguía.

La aurora los sorprendió al llegar á la cumbre de una colina, donde la vereda desciende con dirección al Valle Grande.

Allí existe todavía una triste acacia que abre sus ramas horizontalmente, como para ofrecer al viajero la única sombra que puede hallar en ese lado de la montaña.

En aquel punto se pararon ambos de repente y volvieron la vista hacia la ciudad.

Habían oído la campana de su convento llamando á la oración.

La brisa de la mañana movía ligeramente la barba del Padre José y refrescaba la frente ardorosa de su compañero.