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María Luisa, Leyenda Histórica

Chapter 88: X.
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About This Book

The narrative is set in early nineteenth-century Oaxaca amid post-independence unrest, juxtaposing the hushed life of a monastery with the thunder of nearby combat. It traces a tender adolescent romance that grows within cloistered spaces and regional landscapes—hills, forests, and towns—while sketching local customs, religious observance, and civic life around a Christmas eve. Vivid descriptive passages depict the city, its people, and the convent routine; the plot culminates in a catastrophic explosion that brings a tragic, decisive end to the lovers and the sacred place.

LV.

"Para el efecto, vine á esta ciudad donde tan bondadosamente fuí recibido en el año anterior."

"Con intenciones de radicarme aquí, pensaba fundar una empresa explotadora de filones auríferos y al mismo tiempo dedicarme al cultivo del nopal que alimenta á la grana siempre valiosa en los mercados extranjeros."

"Habiendo explorado y elegido esto bello país, regresé á México resuelto á vender mis bienes y trasladarme con María Luisa para que inmediatamente Ud. bendijera nuestra unión; pero Dios dispuso todo de otra manera."

"A mi vuelta encontré á María ligeramente aliviada y me manifestó que ya no se curaría porque el médico le había dirigido solicitudes bochornosas, de lo cual me consideré como el único responsable por tenerla tan aislada."

"Sin embargo de haber pedido una licencia ilimitada para separarme de la Corte de Justicia, un día me llamó el Presidente de la República y creyendo que yo conocía el Gabinete de Madrid por haber vivido en España, me confió el encargo diplomático de proseguir las negociaciones entabladas para que aquella nación reconociera oficialmente la independencia de México."

"Yo no me consideraba capaz de llenar semejante misión, pero no pude rehusarla y pedí que me acompañasen personas honorables y experimentadas en asuntos internacionales."

"Pronto dispuse el viaje y ofrecí á María Luisa que inmediatamente después de mi vuelta, vendríamos á Oaxaca."

"Ella sollozando me suplicó que la llevara, lo cual era imposible dada mi posición social, el rango que tenía y mi resolución inquebrantable de no vivir á su lado hasta el día que pudiera presentarla en el mundo como mi esposa legítima."

LVI.

"Yo no sé cómo son las grandes borrascas, porque sólo he sufrido en el mar dilaciones y calmas eternas."

"La embarcación que me conducía se detuvo mucho tiempo en Cuba por enfermedad de su capitán, luego en otros puntos por falta de viento y provisiones y hasta después de cuatro meses llegué al puerto deseado."

"Ya estaba yo aburrido de vivir sobre las olas, pero no quise desembarcar ni permitir que lo hiciera mi comitiva, sin previo aviso á las autoridades de Cádiz, para que me recibieran con las formalidades acostumbradas, en honra de la Nación que representaba."

"Indudablemente hubiera yo sido víctima de un desaire si no le hubiese ocurrido visitar el buque á un comerciante amigo mío, que luego me comunicó lo que había pasado en México durante mi larga travesía, según noticias llevadas por otros barcos más afortunados, que salieron de Veracruz después y llegaron á Cádiz antes que el mío."

"La última revolución que ha conmovido este país donde por desgracia todavía no se constituye un buen orden político, cambió, como Ud. sabe, la forma y el personal del gobierno, quedando interrumpidas las negociaciones con España."

"Como era natural, ya no quise anunciarme ni desembarcar y acordé mi regreso en el mismo buque para el día siguiente."

LVII.

"Mi corresponsal de Cádiz me entregó varias cartas de México que confirmaban la inutilidad de mi viaje, quedando por consecuencia, el Ministro plenipotenciario convertido en simple pasajero."

"Ciertamente no me disgustó mucho aquel percance por los vivos deseos que tenía de volver á mi patria."

"Entre otras recibí una larga carta de María, que con gracioso tipo de letra, principiaba de esta manera:—Aunque te sirviera de rodillas toda la vida, no te pagaría lo que has hecho por mí...... terminando con esta frase lisonjera, si bien repetida en vano por muchas mujeres:—Siempre te será fiel tu María Luisa."

"Las flores viven con las miradas del sol y mueren al contacto venenoso de un insecto; así el corazón del hombre se colma de felicidad por una palabra de cariño y se ahoga con una gota de amargura."

"Esto último sucedió al mío con la lectura de otra de aquellas cartas; era de un Sr. López á quien había vendido las dos casas contiguas á mi jardín, de las que una vendió él á María Luisa."

"Aquel sugeto creyendo que permanecería yo largo tiempo en Europa, me pedía un certificado de que la casa de María Luisa soportaba de la otra cierta servidumbre de aguas, lo cual había dado lugar á disputas entre ambos propietarios."

"Desde luego consideré la solicitud del Sr. López como una pretensión inútil, porque cuando yo contraté con él hice constar que existía tal servidumbre, y al trasladar el dominio á María, ratificaron ambos aquella imposición; pero el final de la carta me puso frío y colérico; así decía:—Doy á Ud. tanta molestia, porque á causa de este asunto estoy soportando malos tratamientos de un joven, que se titula hermano de la señora que me compró la casa y para mí es enteramente desconocido."

"¡Dios mío! exclamé, ¡María tiene un hermano, es joven y se ingiere en los asuntos de su casa!"

"La pasión de los celos es el cáncer del corazón, aparece un punto negro, luego se extiende, corroe y mata; ¡es el furioso cerbero que parece dormido en silenciosa calma, pero no deja de oir el paso de una pluma ni de una sombra!"

"Hacía poco tiempo que sin motivo fundado, mantenía yo, respecto á la conducta de María una terrible lucha con la duda, peor aún que la lucha por la vida."

"¿Esta carta—me preguntaba yo—trae una impertinente solicitud ó es un aviso que con mucho tacto me manda el Sr. López? ¿Tiene María Luisa un hermano que yo no conocía ó me es infiel y más aún las gentes lo saben? ¿Esa mujer me oculta sus desórdenes bajo la careta audaz de la hipocresía? ¿Y yo que la he preferido á todas las cosas de la tierra, recibiré de su propia mano un bofetón en público? No, tal vez algún amante despechado quiere perderla y por eso la calumnia."

"Estas ideas pasaron como relámpagos quemándome la frente durante mi viaje de regreso, que por fortuna ó por desgracia no duró mucho tiempo."

LVIII.

"Turbado por muchas dudas, oprimido por pensamientos tiranos y sin comunicarme con mis compañeros de legación, que me consideraban mohino por el fracaso diplomático, pasaba las noches velando sobre cubierta y los días encerrado en mi camarote."

"Cuando llegué á México, sin pensar más en mi embajada, lo primero que hice fué dirigirme á la casa del Sr. López para pedirle, de una manera disimulada, la explicación de la terrible sospecha que me había hecho concebir; pero hasta hoy no sé si aquella carta me fué dirigida por algún amigo prudente ó el mismo López se apresuró á darme sin responsabilidad, un grito á tiempo para que cuidara de mi honor; el caso fué que aquel sugeto, con marcada extrañeza, me dijo que nada había escrito y mostrándome su firma distinta de la que tenía la carta, protestó que ningún disgusto había sufrido por la casa que vendió."

"Hallé á María Luisa con perfecta salud; pero estaba distraída y descontenta; me acusaba de ingratitud por no haberla llevado á España y conteniendo suspiros que apenas salían á sus labios, se manifestaba sin gusto y sin sosiego en mi presencia."

"Sus ojos estaban agitados por el llanto, su casa no me pareció tan arreglada como antes, el teclado del piano tenía polvo y sobre las mesas no encontré libros ni señales de labor alguna."

"Al preguntarla por la causa de aquel cambio, me dijo, entre misteriosas reticencias y afables rodeos, que yo tenía la culpa porque difería nuestro casamiento é insistió en que cuanto antes deberíamos tomar una determinación, pues ya estaba sintiéndose desesperada."

LIX.

"Como yo la amaba locamente, todo lo disimulé y resolví venir á Oaxaca para preparar una casa, pero ya no tenía yo calma, los celos me devoraban."

"Contemplando aquella mujer tan hermosa y tan querida miraba levantarse, á pesar mío, entre ella y yo, una á una burlándose de mí, las siluetas de los hombres que habían habitado su corazón y pensaba en los recuerdos y las perpetuas inquietudes que debería encontrar bajo la almohada del lecho conyugal."

"Empecé á desconfiar de todos los que pasaban por la casa de María Luisa, de los que la servían y aun de los que la miraban, creyendo en mi celoso aturdimiento, que nadie podía verla sin amarla porque había nacido para enloquecer los corazones."

"Me acostumbré á pasar de día y de noche por su casa para ver si me engañaba, pero sus balcones permanecían á toda hora cerrados y no entraba en la casa persona que me inspirase desconfianza."

"Por un instinto secreto, lo que más me mortificaba al pasar todos los días, era ver parado en la puerta de una panadería que estaba frente á la casa de María Luisa, un joven como de quince años, de moreno rostro y baja estatura, ojos negros muy vivos y cabellera rebelde y abundante."

"Preocupado por mis celos, me figuraba que aquel muchacho veía con insistencia los balcones de María Luisa y que al mirarme, bajaba la frente cuando no había podido esconderse antes de que yo pasara junto á él."

"Habiendo comunicado mis sospechas á María, me dijo con voz dulce y burlona:—No seas bobo; ese muchacho que se llama Luis y todos le dicen Lucho, es hijo del panadero que vive frente á esta casa y pronto debe casarse con una joven que yo conozco."

"Todo lo creí, pero no dejaba de sufrir temiendo constantemente que alguien llegara á imponerse de lo que me pasaba y reírse á expensas de mi honra."

"¡Oh! Ciertamente yo era un bobo y no sólo para María Luisa, sino también ante el tribunal de la opinión pública, como pude conocerlo por varios incidentes harto desagradables que ocurrieron poco después."

LX.

"Una mañana saliendo de casa para concurrir á las bodas de uno de mis criados que quise apadrinar, me detuvo cierta vendedora de alhajas proponiéndome un collar de perlas:—No lo compro, señora,—la dije,—porque no tengo á quién regalarlo.—¡Cómo no ha de tener Ud!—-me contestó con acento animado y un tanto malicioso, añadiendo:—¿Y la novia de quien es Ud. padrino? ¿Y la Señorita María Luisa?"

"No supe qué contestar y continué mi camino."

"Más tarde, todos los convidados al casamiento bailaban y reían excepto yo; pero no queriendo aparecer disgustado ante aquellas buenas gentes que tanto me obsequiaban, invité para bailar á una joven de alegre fisonomía y talle muy ancho, que se hallaba sentada junto á mí."

"La niña no era fea y yo, por hablar algo, la dije:—Es Ud. la joven más graciosa que hay en esta reunión."

"Inmediatamente me contestó con mal reprimida coquetería:—Y la mora no es graciosa?"

"Si aquella muchacha me hubiera dado una bofetada en vez de contestarme como lo hizo, no hubiera sufrido tan fuerte alteración."

"A cada paso recibía pruebas flagrantes de que María Luisa no procuraba cumplir las condiciones que le puse y sobre las que había insistido muchas veces con ruegos y hasta con lágrimas."

"Alegando una ocupación me retiré de aquel baile para ir á soportar otros golpes no menos dolorosos."

LXI.

"Por casualidad encontré al Doctor con quien ya no quería curarse María Luisa y le ofrecí acompañarlo para poder preguntarle capciosamente, si ya no visitaba enfermos por el barrio donde tenía yo mi jardín, porque hacía tiempo que no lo veía pasar."

"—En efecto,—me contestó:—mi clientela no es de aquel rumbo; en días pasados curaba yo por allí á una joven, que no era muy apta para seguir el método único que pudiera sanarla. Entre las mujeres hay enfermedades que no pueden curarse mientras estén casadas."

"Este aviso inesperado me llevó al colmo de la admiración. ¡María era vista por un doctor en medicina como mujer casada!"

"Cuando entré á mi casa, ya ni me causó impresión la lectura de una carta de Carolina, en la que me decía con una modestia digna de ella, que sabiendo tenía yo á quien querer, me libraba de mi palabra y se despedía de mí para siempre, porque iba á marchar con mi tío á su hacienda mientras podía entrar en un convento."

"Entonces comprendí que todo lo había perdido, hasta el honor."

"Padre, los hombres cuando aman como yo he amado se vuelven ciegos, sordos é imbéciles."

"A pesar de todo hacía esfuerzos para disculpar á María y dispuse inmediatamente mi viaje á esta ciudad porque me sofocaba la atmósfera de México."

"Ya estaba concluida la venta de mis propiedades y remitido á Ud. su valor; solamente las casas de María quedaron á su disposición para que las poseyera desde Oaxaca y pudieran serle útiles en cualquiera evento de la suerte."

LXII.

"A mi apoderado dejé una casa pequeña para que cuando le diese aviso, la entregara á Mariano, el único sirviente que me quedaba; también remití un libramiento de mil pesos al viejo Sebastián Gutiérrez, mi criado de la niñez, que vivía en Michoacán solo y enfermo."

"La casa de mi habitación y el jardín fueron vendidos al Sr. López, que convino en recibirlos basta que definitivamente dejara yo la capital."

"Llegada la hora, ocupé un asiento en la diligencia que sale diariamente para Puebla."

"El frío de la mañana y los tumbos del coche despertaron á tres pasajeros que ya estaban colocados en la testera cuando yo subí."

"Al amanecer pude verlos bien y me parecieron unos jóvenes de familias decentes, que se hallaban enardecidos y despeinados como si hubieran pasado una noche de orgía."

"En los coches de posta, lo mismo que en los buques, Ud. habrá visto que muy pronto se familiarizan los compañeros de viaje."

"Pues bien, aquellos sugetos me hablaron con cierta llaneza que á la verdad me disgustó porque yo no sabía quiénes eran."

"En el acto me contaron que uno de ellos era de Puebla y los otros iban á pasar con él las fiestas de Navidad."

"Los tres hablaban sin parar, salpimentando su conversación con las palabras más ríspidas del idioma; yo apenas les contestaba, porque desde luego comprendí que eran vagos de oficio y viciosos de profesión."

"A cada golpe de la diligencia lanzaban imprecaciones terribles y cuando nos detuvimos en una venta para tomar el desayuno que les ofrecí, volvieron al coche provistos de una botella con aguardiente, asegurando que aquello era un gran remedio para los contratiempos del camino."

"Uno de ellos, el de Puebla, alto, pálido y delgado, á quien los otros daban el nombre de Pancho, hablaba de política, de literatura y reuniones aristocráticas."

"Los otros, según su propio dicho, eran tahures y además, muy prácticos para conquistar corazones de niñas y bolsillos de tontos."

"Aquellos tres hombres que manejaban á la perfección el dialecto de la canalla, comenzaron á contar sus hazañas en pleitos y amores, maltratando reputaciones y publicando con descaro las miserias de la sociedad lo mismo que sus propias debilidades."

LXIII.

"Nada hay tan despreciable como el cínico que para vergüenza de la especie humana, inventando hechos infames y repitiendo epigramas punzantes, parece complacerse con recoger las basuras de la sociedad y después de hartarse con ellas arroja los restos á la cara del que tiene delante."

"Aquellos corazones gangrenados no sabían lo que es amar ni sentir los instintos del honor."

"Cuando llegaron al capítulo de las mujeres casadas, yo no pude contenerme y con expresión un tanto airada, les dije:"

"—Hombres, eso es inicuo; las mujeres por sí no son tan malas, nosotros somos el origen de sus faltas; si resisten las calumniamos y si sucumben las envilecemos. Todos deberíamos procurar la regeneración de la mujer caída, siquiera disculpando lo que no podemos remediar."

"—Las mujeres tienen instintos depravados.—exclamó uno de aquellos libertinos."

"—La mujer—repliqué yo—tiene hambre y sed de justicia."

"El de Puebla me interrumpió bostezando:"

"Licenciado: todo eso es quimera, teoría, ilusión. Si Ud. pudiese hacernos el milagro de resucitar reputaciones de mujeres perdidas, aunque fuera en pocos ejemplares, yo le daría el título de abogado de imposibles; pero no se canse Ud.; La cabra tira al monte."

"—Y si quiere una muestra; voy á dársela:—dijo otro de aquellos deslenguados:—¿Conoce Ud. á la mora?"

"—No, Señor,—le contesté amostazado y con el fuerte acento del que dice, cállese Ud."

"Aquel truhán encendido por el aguardiente que acababa de agotar y sin fijarse en mi semblante, me habló de esta manera:"

"—Esa muchacha que ha dado tanta guerra, es alta, morena y de provocador atractivo; pero muy desordenada; en un baile de candil, donde la encontré hace poco, me contaron que un compañero de Ud., abogado muy rico, á quien yo no conozco, tuvo la feliz ocurrencia de recoger á la hipócrita cortesana; le compró casas, la tiene con gran lujo y ya está recibiendo el premio de su simplicidad."

"—Ese Señor ha de llamarse Juan.—insinuó el otro tahúr."

"—Y apellidarse Lanas.—añadió el de Puebla."

"—Pues bien,—agregó el primero:—ese abogado Juan Lanas ó Juan Tonto, tiene á la mora como si fuera una gran cosa; dicen que la quiere de veras y la visita pocas veces; pero mientras él estudia las Siete Partidas ó baila en los salones de la aristocracia ella se marcha á las fiestas de los pueblos muy bien acompañada, concurre á los bailes públicos y forma en su casa reuniones que no son muy católicas; por supuesto que todo es á costa del Sr. D. Juan. No hace mucho tiempo que la visitaba con frecuencia un capitán de artillería y ahora pasa con ella largas horas un joven panadero que vive frente á su casa; es casi un niño; puedo apostar á que fué conquistado por ella; el muchacho, aunque guapo, es muy bisoño. ¿No le parece á Ud. que eso es una infamia imperdonable?"

"Yo sentí que me ahogaba, pero era preciso disimular."

LXIV.

"El hombre aquel concluyó:—Puede Ud. preguntarle todo esto al médico que la visita cuando se declara enferma...... y si no...... aquí está Pancho que da noticia de aquel magnífico lecho de marfil, adornado con una imagen de la Virgen para mengua de Murillo que la pintó y del mentecato que la pagaría muy cara."

"El Pancho hizo una señal de afirmación; yo al oir nombrar el casto lecho de mi madre, creí hundirme en el fondo del carruaje como en un abismo y dejé caer la cabeza con la pesadumbre de aquella verdad tan espantosa como tardía."

"Experimenté náuseas y dolores insufribles que despertaron por un momento la compasión de aquellos hombres."

"Les dije que el movimiento del coche me había mareado y dispuse regresar en el acto."

"Habiéndose detenido la diligencia en una posta, bajé seguido de Mariano y me despedí de aquellos fatales compañeros."

"Al partir el carruaje asomó la cabeza por la portezuela el que se llamaba Pancho y haciéndome con la mano una señal de despedida, me dijo:—Si ve Ud. al Sr. Lanas, dele memorias mías."

"En cuanto me ví solo mandé pedir un coche á la finca que está cerca de aquel lugar y es propiedad de un amigo mío."

"¿Qué haría? ¿Para qué regresaba? Yo no podía saberlo."

"La idea del suicidio apareció en mi mente acalorada como un recurso salvador."

"Luego dispuse ir á matar á María, matar al otro y después matarme yo; pero al mismo tiempo reflexionaba en el oprobio que caería sobre mi nombre, y más que todo, en los derechos del honor y los deberes de la conciencia."

"¡Yo que había colmado á María Luisa de respetos, de confianza y de dinero, consagrándole mi amor de niño, mis ilusiones de hombre y mi vida entera, despertaba de repente burlado, vendido, vilipendiado, con el honor puesto en ridículo y mi juventud perdida para siempre! ¿Quién pudiera creerlo?"

LXV.

"En un momento de lucidez pensé que yo tenía la culpa de todo y me hice estas preguntas:—¿Con el lujo y la vaguedad de una vida ociosa semejante á la que tienen las odaliscas de un serrallo es como se prepara á una mujer pura ó no, para que llegue á ser buena esposa y buena madre? ¿Por qué no tuve á María Luisa oculta y respetada en mi casa desde el día que la saqué de la cárcel?"

"Yo infatuado con una honradez convencional é interesada, quise volver ángel á una mujer pública con el solo poder de mi riqueza y mi mandato."

"Los hijos de Adán cometemos diariamente la misma imprudencia de nuestro primer padre, acusando á la mujer porque obedece á la serpiente de la seducción, sin atender á que cuando lucha con tan poderoso enemigo la dejamos sola para que se defienda, no más con su inocencia y su debilidad."

"Ud., Padre, que dirige los corazones é ilustra las conciencias en la cátedra de la sabiduría y en el tribunal de Dios, dígale á la sociedad, que para ser buena tiene que ser justa."

"La madre forma el corazón del hombre, pero el hombre, ante todo, debe cuidar la educación de su hija."

"En esta época de transición en que vivimos, mucho se habla de ciencias y progresos, de libertad individual y derechos comunes, pero poco se piensa en los deberes domésticos y las obligaciones morales del pueblo."

"Descuidamos á la hija y á la hermana, entregándolas desde muy temprano en los colegios á manos extrañas sin haber cimentado su educación, y luego las presentamos al mundo, procurando verlas embellecidas más con alhajas que con virtudes, para que realicen un enlace fecundo en comodidades materiales."

"A la esposa, que se adquiere ó casi se compra como mueble de lujo, al principio se le adora, luego se le engaña, y al fin se abandona para que rece en la iglesia ó sufra en el hogar."

"¡Oh! Y á la infeliz que se atasca en el lodazal de la perdición, en lugar de tenderla una mano compasiva, se la desprecia como el calzado inútil ó la vil baraja que ya sirvió para el alimento del vicio."

"Y después los sabios, los filósofos, los maridos burlados y los insensatos como mis compañeros de viaje, dicen magistralmente:—Las mujeres tienen instintos depravados."

LXVI.

"Todo esto discurría yo tendido al pié de un árbol, con el corazón despedazado, cuando llegó el carruaje."

"Monté violentamente y tomando las riendas agitaba los caballos como si quisiera volver á México en alas del relámpago."

"Tuve impulsos de precipitar el coche á una barranca, pero me detuvo la consideración de que también perecerían el conductor y Mariano, quien, temiendo tal vez una catástrofe, me arrebató las riendas; yo se las abandoné inconscientemente."

"El camino era largo y llegué á México á las diez de la noche."

"En la puerta del jardín despedí al cochero y ordené á Mariano fuese á la casa, para esperarme hasta nuevo aviso."

"Como siempre guardaba una llave, no me fué difícil entrar sin ser visto."

"Hacía mucho frío y el jardín resonaba con esos murmullos de la noche que no sé de dónde salen."

"La luna casi oculta entre las nubes derramaba una claridad débil é indecisa."

"Los espacios de luz y sombra cambiados sin cesar con la oscilación de los árboles agitados por el viento, hacían figuras que me parecieron esqueletos colgados de las ramas y animales que saltaban y desaparecían."

"Corriendo en línea recta para llegar cuanto antes á la escalera que terminaba en la puerta de mi cuarto, ví aproximárseme un enorme fantasma, le acometí sin miedo y me lastimé una mano, porque no era otra cosa que el tronco de un árbol; continuando sin ver á dónde pisaba me hundí en un caño cenagoso que conducía el riego."

LXVII.

"Al subir la escalera oí una música suave y deliciosa que no me era desconocida y dije como si hablara con alguno: ciertamente soy un mentecato como me llamaron esta mañana; María Luisa está tranquila, encerrada tocando su piano y tal vez acordándose de mí cuando yo vengo á celarla y herirla sólo por el dicho de un calumniador."

"Pensé volver al coche inmediatamente, pero temí ya no encontrarlo y sintiéndome fatigado, entré á descansar en el cuarto."

"Allí era más perceptible el sonido del piano y pronto me llamó la atención el aria que oía, porque tan fácil para María Luisa, era ejecutada con torpeza ó enfado."

"No pude resistir la curiosidad de ver por el conducto de la llave lo que pasaba en la otra casa."

"Esa llave siempre la tenía puesta en la cerradura y no quise quitarla, por no hacer ruido, conformándome con ver lo que pudiera por el pequeño resquicio que dejaba."

"Por aquella puerta, como he dicho antes, entraba yo al pasillo en cuyo fondo había una para la sala y á un lado la otra que daba acceso á la alcoba."

"Cuando me incliné para observar por aquel conducto, el piano ya no sonaba."

"Aunque la puerta de la sala no estaba cerrada, sólo pude alcanzar con la vista un corto radio que abarcaba el lugar de la mesa redonda situada frente al piano."

LXVIII.

"Sobre aquella mesa, en palmatoria de metal blanco, ardía una vela de esperma y á su lado estaba una bandeja pequeña."

"Discurrí aplicar el oído cerca de la llave y pude percibir la voz limpia y sonora de María Luisa, que hablaba un poco agitada; pero no entendí lo que decía."

"El viento al pasar por aquel agujero, causaba un extraño rumor que me impedía oir bien; sin embargo, me pareció que aquel ruido se confundía con el eco de otra voz lenta, ronca é insistente que alternaba con la de María."

"Era sin disputa una voz de hombre."

"Miré otra vez y entonces apareció cerca de la palmatoria la mano temblante, mórbida y pequeña de María Luisa, que colocaba en la bandeja una copa vacía; inmediatamente otra mano más grande, más obscura, casi negra, fué á poner otra copa y luego colmó de vino las dos."

"El piano volvió á sonar con precipitado desorden y yo volví á poner el oído."

"Estaba temblando de piés á cabeza, la espina dorsal me dolía mucho por estar inclinado y mis mandíbulas chocaban fuertemente sin poderlo remediar."

"Entonces me tapé la boca con la mano y contuve la respiración para escuchar mejor."

"Los acentos de aquel hombre resonaban en la sala é iban á caer en mi oído como golpes de martillo."

LXIX.

"Oyendo y mirando alternativamente, llegó un momento en que percibí que María, esforzándose por hablar con una voz armoniosa y suplicante, clamaba:—No, No.—Y á pesar de todo estaba yo sintiendo que la amaba irresistiblemente."

"Trascurrido un largo rato en el que padecí todos los vértigos del infierno, la vela desapareció de la mesa."

"Mis ojos se cubrieron con un velo de sangre, á través del cual miré á la ingrata que risueña, despeinada, y en estado de completa ebriedad, se dirigía con negligente paso á su alcoba y tras ella, llevando la vela, el joven panadero aquel de quien tanto había yo desconfiado."

"Al llegar junto á María, la tomó del talle para sostenerla y ella luego le puso la mano en el hombro con voluptuosa languidez."

"Ante la evidencia de los hechos me sentí aterrado, las sienes me latían violentamente y queriendo ver más todavía, me aproximé tanto al horrible agujero, que toqué la llave con la frente haciendo ruido como si quisiese abrir la puerta."

"En el acto María dió un grito de espanto, el hombre se estremeció, dejó caer la vela y todo quedó en la más negra obscuridad."

"Entonces yo me erguí con penoso esfuerzo y no pudiendo continuar en pié, caí hacia atrás causando tal ruido, que sin duda lo percibieron aquellos desdichados."

"¡Ay Padre! Sólo Dios sabe lo que sufrí en aquel lugar."

Aquí desfalleció la voz de D. Carlos, mas reponiéndose á pocos instantes, continuó:

"No puedo decir cuánto tiempo estuve allí caído."

"Sólo recuerdo que en aquella hora de crisis de mi vida, hablé mucho en voz alta, lloré, lancé gritos de náufrago y suspiros de agonizante."

LXX.

"Cuando pude darme cuenta de mí mismo, ya estaba en la calle vagando al acaso."

"Es seguro que dejé abierta la puerta de mi cuarto y también la del jardín, porque después no encontré las llaves en mi bolsillo."

"Por única fortuna, en medio de la demente perturbación de mis sentidos, había tenido buen juicio para salir de aquel malhadado lugar."

"Aunque hacía mucho frío, yo experimentaba los ardores de la insolación y el sudor de mi frente rodaba mezclado con mis lágrimas."

"Presa de una febril exaltación y no sabiendo por qué calles andaba, de repente corría queriendo huir de mí mismo y luego me paraba como buscando alguna cosa que hubiese perdido."

"Como estaba la noche obscura y mi alma rodeada de tinieblas, ignoraba por dónde iba y me parecía que mis piés no tocaban el suelo."

"En una esquina tropecé con el sereno que dormía y cayendo sobre su linterna la hice pedazos."

"En el acto se levantó el soñoliento velador acometiéndome con su sable, pero al conocerme murmuró:—Dispense Ud."

"Yo sin contestarle seguí andando apresuradamente."

LXXI.

"Después no sé por qué calle miré abrirse y cerrarse luego la puerta de una pulquería de donde salieron varios hombres."

"A poco andar noté que uno de ellos me seguía; yo me detuve para que se acercara y él me pidió un socorro.—No tengo, le dije con enfado y seguí andando; mas él insistió diciéndome que no había comido; entonces recordé que yo tampoco había probado alimento alguno desde la noche anterior y continué mi camino; pero como aquel hombre no me dejaba, le dí tan fuerte golpe sobre la frente, que cayó al suelo lejos de mí."

"En el acto se me acercaron sus compañeros y la ronda que casualmente pasaba por allí."

"El jefe de la policía se puso á mis órdenes, yo señalando al herido mandé que fuera conducido á la cárcel."

"¡Un día, como juez, torcí la ley á favor de María Luisa y aquella noche, como Ministro, vulneré la justicia en mi propia causa mandando encarcelar á un infeliz después de haberlo ensangrentado! ¿Y todo por qué......? Porque estaba loco."

"Quiso Dios que me arrepintiera de mi ferocidad; en el momento llamando á los guardas, dispuso que dejaran libre á mi pobre víctima y le mandé algún dinero."

LXXII.

"Después de mucho andar y desandar, fatigado por la fiebre y el delirio, me senté en una puerta temblando de frío y entonces advertí que no tenía sombrero, por haberlo tirado cuando caí junto al sereno."

"Abrumado por ideas insensatas y padeciendo una especie de agonía, pedí la muerte, llamé al abismo y lamenté no tener con qué matarme."

"Desde luego mi evocación desesperada no me pareció tan inútil, porque interrumpiendo el silencio de aquella triste noche, resonaron cerca de mí fuertes golpes de martillos y rechinos de cerrojos; acto continuo se abrió una gran puerta frente al lugar donde yo estaba, dejando ver el interior de una casa como antro infernal donde vagaban sombras siniestras en torno de una hoguera y corrían hombres feroces profiriendo maldiciones, arrastrando cadenas y llevando por todas partes hachones incendiarios."

"Una hilera de gigantescos é inquietos animales se dibujaba en la pared no lejos de las llamas, y en el fondo del gran patio un mónstruo desmesurado, negro con grandes ojos de fuego, me veía sin moverse."

LXXIII.

"Nada más á propósito para mi estado de locura, como aquella cueva misteriosa que me atraía de una manera irresistible."

"Penetré á ella con ardor demente y llegando cerca del mónstruo, me ví en la indefinible situación de los sonámbulos cuando al despertar, dudan de lo que ven confundiéndolo con lo que han soñado y les parece al mismo tiempo todo ilusión y todo realidad."

"Estaba yo en el patio de la Casa de Diligencias, donde varios cocheros, á la luz de una fogata, preparaban la salida del carruaje con grande algazara, porque un tronco de potros nuevos no quería sujetarse al tiro."

"En el instante formé mi plan, pagué un asiento y subí al vehículo que me había parecido un animal del infierno, el cual partió con furiosa rapidez."

"¡Ojalá—decía yo—que esos caballos brutos azoten la diligencia en una esquina y se acabe todo! Mas si esto no sucede, aun me queda el recurso de precipitarme desde lo alto de aquellas rocas acantiladas que se alzan en el camino de Tehuacán á Oaxaca, ó hundirme en un remanso del río de Quiotepec."

"Poco después me embargó un pesado sueño; pero concluyamos: en Puebla ya me aguardaba la litera que tuvo Ud. la bondad de remitirme."

"Con la sola esperanza de morir continué mi viaje, trayendo la desastrosa resolución de suicidarme en este lugar consagrado á la virtud, pues calculaba locamente que aquí á nadie comprometería, mientras que si lo efectuaba en el camino, podrían ser culpados de mi desaparición los inocentes conductores de la litera."

LXXIV.

"Ud. sabe lo demás, Padre mío, á Ud. debo la vida. Le ruego nuevamente que me perdone lo que hice y lo que haga, porque la calma que ahora siento, por desgracia, no es paz, es tregua solamente."

"Bajo este hábito protector aun se subleva mi corazón."

D. Carlos calló y después de unos instantes dijo con emoción profunda:

"Sí Padre. ¡Aquella mujer era mi vida y no puedo olvidarla porque no puedo morir!"

"Este amor insensato es un fuego deletéreo, un elemento corrosivo que me martiriza sin consumirme. Ya oprimido de invencible tristeza ó agobiado por tenaz misantropía quiero huir de mí mismo y á veces pido y lloro en el templo como si me hubieran robado la última esperanza de mi salvación."

Su voz se ahogó en un sollozo y arrojándose en los brazos del anciano, apenas pudo decirle:—¿Que hago, Padre? ¿Qué hago?

El sabio Guardián que conocía maravillosamente el corazón humano, abrazó al pobre joven y permaneció en silencio esperando únicamente la acción de la Providencia.

Era ya de noche cuando los dos amigos abandonaron aquel lugar; alejándose trémulos y mudos, fueron á perderse como dos sombras á través de una calle de álamos que terminaba en la escalera del claustro.

TERCERA PARTE.

I.

El Padre José con sus atenciones y consejos había logrado salvar á su amigo de las garras de la muerte, pero muy pronto se persuadió de que no podría curarse la fiebre de su alma.

Ni el prestigio de la virtud, ni los consuelos de la religión eran bastantes para conjurar las tempestades que se alzaban en la conciencia de D. Carlos; su corazón estaba herido de muerte.

La persuasiva elocuencia de aquel anciano que leía en el fondo de las almas, se estrellaba en el loco excepticismo del joven esclavizado y consumido por la eterna melancolía de su pensamiento.

Se asombraba el Padre José de los estragos causados por aquel infortunio que destruía violentamente una existencia tan estimable.

Condolido de sus inmensos dolores, aprovechaba toda oportunidad para recordar al joven abogado, cómo había podido triunfar de sus pasiones oponiendo el perdón al agravio; haciéndole admirar la sublimidad de la virtud y el poder de los sacrificios que á veces no consuelan, pero siempre honran, terminaba de esta manera:—El amor es una quimera inagotable, que ha hecho derramar muchas lágrimas á la humanidad, ya como el ángel que abre las puertas de la gloria ó como una sierpe que se enrosca en el corazón. Nuestro deber principal es saber sufrir. El hombre ultraja pero el tiempo castiga y Dios perdona á todos, Él sólo sabe su hora providencial en que descansan los corazones oprimidos y nunca se olvida de recompensar al que ha satisfecho sus deberes.

II.

Mas todo era en vano; D. Carlos, insensible á los discursos del Padre José, con el corazón frío y lastimado, guardaba silencio y sólo algunas veces, alzando su frente melancólica, respondía con estos conceptos, ya repetidos ó modificados según la intensidad de su abatimiento:—La experiencia es inútil para dirigir las pasiones. ¿De qué sirve remover las cenizas de un corazón que no puede revivir? Me estremezco sintiendo hasta qué grado de miseria puede bajar el espíritu del hombre cuando pospone el pensamiento de la divinidad al profano amor de la criatura. Yo creí que calmado el dolor vendría la indiferencia, después el olvido y el descanso; pero el amor es más grande que la muerte. A veces creo que el cielo me ha quitado la razón. De nada me ha servido acogerme á la sombra del claustro. Cuando la vida ya no tiene vaguedad no hay porvenir. La fuerza del deber y la voz de la conciencia no consiguen más que prolongar las agonías de mi alma. Estoy pasando días inútiles sobre la tierra. Mi corazón fundido en lágrimas oculta un inquieto fuego que me devora y devoraría todo lo que amo y todo lo que aborrezco. Quisiera beber hasta el fondo en la copa del olvido y no sé qué hacer ni Ud. podría decírmelo porque eso es el secreto de Dios.

Como el Padre José había conseguido la paz del corazón á costa de infortunios, no perdonaba medios para curar á D. Carlos; pensó, de acuerdo con el médico, llevarlo fuera de la ciudad, porque respirando el aire puro del campo y viendo nuevos horizontes, era de esperar que serían menos frecuentes las agitaciones de su alma.

Para el efecto preparó una estratagema piadosa y comprometedora.

Era costumbre en aquel convento enviar á los pueblos cercanos, en ciertas épocas del año, una comisión formada de dos miembros de la comunidad para conseguir limosnas que ayudaban á sostener los gastos del culto.

En días señalados partían los colectores á sus expediciones; uno de ellos, el más respetable, iba en una mula y el otro á pié; ambos llevaban rosarios, cruces y reliquias para corresponder á los donantes; á pocos días volvían con la mula cargada de comestibles y algún dinero, dispuestos á emprender un nuevo viaje.

III.

Aquella comisión era nombrada por el Guardián y desde que lo fué el ilustrado Padre José, agregó á la colección de rosarios algunos libros de lectura y doctrina para los niños.

En ese año, con gran sorpresa de toda la comunidad, el buen Guardián se nombró á sí mismo invitando á D. Carlos para que lo acompañara.

El enfermo bajó la frente y obedeció.

Cuando los colectores salieron de la ciudad, ninguno de los dos pensó en hacer uso de la mula, lo cual hubiera sido imposible porque iba cargada con un fardo que contenía, sin contar con las reliquias, una regular cantidad de ropas, libros y medicamentos, así como también algún dinero puesto por D. Carlos, á quien parecía precisarle que se agotara su capital en obras de beneficencia.

El prelado iba por delante dirigiendo la carga y á veces leía en su breviario; D. Carlos tras él meditaba y sufría.

Era la primavera, el sol de la mañana brillaba sobre la frente de los viajeros, las montañas cubiertas de verdor, los campos sembrados con plantas de diversos climas y los caminos guarnecidos por doble hilera de árboles frutales, ofrecían sombra, frescura, mirajes y armonías.

IV.

El bondadoso padre se afanaba por levantar las fuerzas de D. Carlos con el ejercicio del camino, los buenos alimentos y la contemplación de la naturaleza.

Como el objeto de aquel viaje consistía en impartir la caridad más que en solicitarla, dispusieron apartarse de los caminos nacionales y de los lugares muy concurridos para visitar solamente las pequeñas poblaciones y las cabañas de los pobres donde son más notables las necesidades y se pueden curar mejor los dolores del pueblo.

Cuando veían en la orilla del camino algún mendigo pidiendo limosna, le daban un pan y un vestido; pero si estaba enfermo lo conducían al pueblo inmediato para que fuese curado á sus expensas.

En algunos lugares que veían mujeres infelices cargadas de familia, inmediatamente les daban cartas para que sus hijos fuesen recibidos y educados en el convento; mas si entre aquellas criaturas encontraban alguna que llevara el nombre de María, experimentaba D. Carlos estremecimientos invencibles y tomaba datos de la familia y el lugar á que pertenecía, para dotarla y tenerla bajo su protección.

Aquellos agentes de la caridad disfrazados de frailes mendicantes, llegaban á las habitaciones de los labradores, se detenían en la puerta invocando el nombre de Dios y la paz entre los hombres y presentaban en silencio una alcancía que las mujeres besaban con veneración.

Después de recibir los respetos del pobre y el óbolo de la viuda, dejándoles en cambio, libros, cruces y bendiciones, continuaban su marcha; pero cuando bajo aquel techo de paja veían algún pobre viejo ó un recién nacido, regresaba D. Carlos á manifestar, que si algo había dejado él ó su compañero lo cedían en provecho del más necesitado, y se retiraba con presteza.

Eso quería decir que intencionalmente habían puesto alguna cantidad de monedas en la cuna del inocente ó en el lecho del anciano.

V.

Al medio día se alojaban al pié de un árbol ó bajo alguna de esas enramadas portátiles donde se reunen los trabajadores del campo á comer y pasar la siesta; allí gustaban el banquete de la hospitalidad que aquellas pobres gentes les ofrecían con insistencia.

Terminada la comida, el Padre les leía el libro de las bienaventuranzas y D. Carlos les hacía regalos que los dejaban admirados.

Un momento después, los dos amigos desaparecían en el próximo bosque ó en un desfiladero dejando la paz y la instrucción en el alma de sus huéspedes como aquellos misteriosos caminantes que habiendo comido en la tienda de Abraham, le anunciaron la felicidad de sus descendientes.

Al caer la tarde iban á pedir un albergue á la choza del guardamonte, situada en la cumbre de una colina ó á la cabaña del pastor, que humeaba en medio de las florestas.

En todas partes hallaban cariños, atenciones y desventuras humanas.

El padre de familia se descubría la cabeza con respeto ante los misioneros y desocupaba su habitación para cedérsela, ofreciéndoles la mejor estera que tenía; las mujeres preparaban la cena y los niños se lavaban la cara para ir á besar la mano del venerable religioso que los acariciaba con paternal dulzura.

Mientras cenaban, el anciano sacerdote sentado á la luz del hogar, en medio de la familia, oía sus quejas, alentaba sus esperanzas y les contaba las historias de Ruth y de Tobías.

Cuando ya la lumbre iba extinguiéndose y los niños estaban dormidos en el regazo de sus madres, ofrecía un libro ó un vestido al jefe de la casa, y á su esposa dinero y consejos para la familia.

Por último, les daba su bendición y se retiraba para hablar con Dios en la montaña ó para buscar á D. Carlos que pocas veces figuraba en aquellas escenas porque, saciado de amargura, prefería vagar en los bosques ó permanecer inmóvil á orillas de un torrente siguiendo el profundo curso de sus sueños.

VI.

Antes del amanecer, los dos viajeros dejaban aquel hospitalario techo, bien así como esas parejas de aves acuáticas, que por las tardes del estío llegan á las granjas, pasan la noche anunciando con sus cantos la abundancia de las cosechas y al salir el sol alzan su vuelo para no volver jamás.

Cuando tenían necesidad de pasar por algún pueblo de importancia se dirigían á la iglesia donde el piadoso ministro bautizaba á los niños aconsejando la paz y la fraternidad mientras D. Carlos andaba en busca de los enfermos y los pobres.

Su salida tenían que hacerla furtivamente para no escuchar las aclamaciones de la gratitud é impedir que los detuvieran con súplicas y lágrimas.

La fama de su amable indulgencia, sus medicinas y beneficios de toda especie, circuló por muchos pueblos de indígenas.

Los enfermos iban á esperarlos por donde tenían que pasar, los dueños de las fincas inmediatas les ofrecían sus carruajes, las madres alzaban en brazos á sus hijos para que los conocieran y todos los consideraban como mensajeros de la Providencia.

Ellos á su vez, tenían que ocultarse en las selvas y en los barrancos para no ser llevados en triunfo.

Perseguidos así por las solicitudes de la miseria y las bendiciones del agradecimiento, D. Carlos sufría mucho porque en lugar del reposo y el olvido que se propuso encontrar en la soledad, se veía cargado de atenciones y aturdido por el bullicio de los que le rodeaban sin cesar.

VII.

El Guardián compadeciendo á su amigo y calculando que aquella situación produciría malas consecuencias para la salud y el crédito de ambos, un día llegó á decir á D. Carlos:—Ya no es posible la vida que llevamos; la ocupación de instruir al pueblo es el ejercicio más noble de la vida y la caridad es un oficio de ángeles; pero amigo mío, por cuanto el corazón del hombre está formado con tierra deleznable donde germinan los gusanos del pecado, el bien que vamos haciendo, quizás pudiera engendrar envidias ajenas y soberbias propias. Huyamos de aquí para ocultarnos entre las cuatro paredes de nuestra casa, que serán un baluarte contra la tentación.

Caminando de noche por sendas extraviadas volvieron á su convento.

El día que llegaron fatigados y cubiertos de polvo, á todos extrañó que no hubieran cumplido su misión porque no presentaban las importantes limosnas que otros padres habían llevado en iguales casos y aun la mula que debería cargarlas, la regalaron á un caminante porque vieron morir de cansancio á su caballo.

Pero D. Carlos tuvo cuidado de que apareciera en la colecturía del monasterio una gruesa cantidad de dinero como producto de la expedición.

Poco tiempo después, observando el Padre José que si bien D. Carlos no sanaba, por lo menos el mal había detenido sus progresos, dispuso hacer otra excursión por lugares en donde no fueran conocidos; pero ese viaje no tuvo efecto á causa de varios sucesos inesperados.

VIII.

Una tarde se había colocado el celoso Guardián en el confesionario para oir á varias señoras que lo esperaban, cuando entró en la iglesia un viejo inválido, tembloroso y macilento como si saliera de un hospital.

Iba cubierto de harapos, apoyándose difícilmente en una gruesa caña con la que golpeaba el suelo á cada paso.

Sus ojos dirigían miradas recelosas por todas partes, la barba le temblaba y su frente parecía inclinarse bajo el peso de una maldición.

Llegando al confesionario, se dejó caer de rodillas y exclamó:—¡Padre, Padre, yo quiero confesarme porque me muero de dolor y desesperación! Pero antes necesito hablar á solas con Ud. por fuera de la iglesia, para decirle muchas cosas y llorar...... y dar de gritos......

El Padre, condolido de aquel septuagenario que apenas podía hincarse, lo levantó diciéndole con persuasiva benevolencia:—Calma, hermano, calma; para todo hay remedio si confiamos en Dios.—Tomándolo del brazo, lo condujo á un rincón del atrio, en donde había unas grandes piedras y lo invitó á sentarse á su lado.

El viejo mendigo, luego que pudo calmar su agitación, habló sin más preámbulos:—Yo me llamo Sebastián Gutiérrez, fuí criado de D. Carlos Miranda cuando él era niño; ahora que estoy seguro de que vive desgraciado y enfermo en este convento, vengo á suplicar á Ud. me permita verlo, pues mi amo se encuentra así por causa de una mujer que......—Basta,—dijo el Padre José interrumpiéndole:—Todo lo sé y como no puedo negar que aquí se oculta el Sr. D. Carlos, manifiesto á Ud. que tiene la resolución de no ver más que á las personas de la casa y no quiere saber cosa alguna que pueda recordarle sus desgracias.

IX.

Después de unos instantes de silencio, en que Sebastián temblaba y palidecía, el Guardián tomando con una mano su venerable barba, añadió:—Si Ud. tiene algo que confiarme respecto á su propia conciencia......

—Sí, Padre, mi conciencia me pesa y me acusa,—clamó Sebastián con los ojos llenos de lágrimas,—Ud. puede saber lo que le habrá contado mi amo, pero no lo que ha pasado después. Yo no he sido bueno como él; queriendo vengarlo cometí un crimen y no se borra todavía de mis manos la sangre que derramé; por eso vengo á pedir á D. Carlos me perdone y me permita servirlo durante la poca vida que me queda: si Ud. no puede permitirme que le hable, déjeme siquiera que lo vea de lejos y que viva cerca de él, aquí, en la calle........ Impóngame un castigo, mándeme á la cárcel, pero escúcheme.

—Hable Ud., hable Ud.—repuso el Padre cruzando los brazos é inclinándose para oir al mendigo, cuya voz espiraba en el fondo de su pecho lastimado.

Sebastián exhalando un hondo lamento se expresó de esta manera:

"Cuando yo vine de mi tierra fuí á servir á la casa de su padre de D. Carlos, que me quiso mucho y decía que, aunque tonto, era yo muy honrado y me confiaba su dinero lo mismo que su hijo para que los cuidara."

"El día que fusilaron á mi buen Señor porque había sido General de los insurgentes, lloré por él como por mi padre y me quedé pasando trabajos con el niño; pero después la Señora me pagó muy bien; por eso D. Carlos me quería y yo también lo amaba como si fuera mi hijo, lo cuidaba mucho y cuando se fué á Europa quiso llevarme, pero no se lo permitieron."

"El niño mi amo tenía un tío muy malo y una novia muy bonita que se llamaba María Luisa."

Al pronunciar Sebastián estas últimas palabras se dirigieron ambos ancianos una mirada de inteligencia y de tristeza.

X.

El mendigo siguió hablando con más calma:

"Mientras D. Carlos estudiaba en Madrid, murió la Señora su mamá y pronto supimos que ya él se había casado y no regresaría."

"María Luisa y yo, que tanto llorábamos por la Señora y su hijo, éramos mal vistos por el tío D. Juan, quien un día me despidió de la casa por haber defendido el honor de aquella pobre muchacha."

"No pudiendo yo ir á España en busca de mi amo, como eran mis deseos, hice contrato de servir á un maestro de obras, que me llevó á Michoacán y con él aprendí el oficio de albañil."

"Allí pasé algunos años y cuando ya me sentía rendido por el trabajo y los pesares, me llamó un Señor á quien le había construido una casa y me dió mil pesos diciéndome que me los mandaba D. Carlos."

"Hasta entonces supe que mi buen amo se hallaba en México y no se había casado."

"Al verme dueño de aquella cantidad dije para mí:—¿De qué me servirá tanto dinero habiendo encontrado á D. Carlos? Voy á devolvérselo y me quedaré en su casa siquiera de portero; él me mantendrá en los últimos días de mi vejez."

"¡Ay Padre! Sólo han pasado seis meses desde el día que tomé camino para México llevando mis sesenta onzas de oro."

"Desde entonces he sufrido muchas penalidades; todavía no era cojo, ni manco, ni tan viejo como estoy ahora."

"Sin pensar en que muy pronto debería pedir limosna de puerta en puerta, entraba en la Capital muy contento porque pronto iba á ver á mi amo, cuando unos salteadores me quitaron el dinero y me dieron muchos palos."

XI.

"Desnudo y lastimado llegué á la casa de D. Carlos con la esperanza de hallar recursos y consuelos; pero en el zaguán sentí que las fuerzas me faltaban y caí al suelo escuchando á un criado que me dijo:—Esta casa es de D. José López, su antiguo dueño D. Carlos ha muerto en Oaxaca."

"En cuanto volví en mí, pensé que estaba soñando, pero seguro de la realidad, quise luego venir para ver el lugar donde había muerto mi amo y pasar cerca de su sepultura los días que me quedaban de vida; mas no tenía con que hacer un viaje tan largo por lo cual comencé á trabajar como simple jornalero."

"A pocos días supe que un Señor de Guatemala volvía para su tierra y necesitaba un criado; luego fuí á ofrecerle mis servicios que aceptó, prometiendo pagarme bien y dejarme en Oaxaca."

"La noche anterior á nuestra partida me llevó á su casa para que lo despertase temprano y luego mandó que me dieran de cenar."

"Mucho gusto y dolor tuve al mismo tiempo, mirando que la cocinera de aquella casa era la misma Josefa que servía en la de D. Carlos cuando me corrió su tío."

"Luego me conoció y me dijo llorando:—¿Qué le parece á Ud. de la muerte del niño?—y en seguida me dió cuenta de todo lo que había pasado mientras yo viví en Michoacán, comunicándome que María Luisa y los otros criados fueron despedidos, la Srita. Carolina entró en un colegio y nadie volvió á tener noticia de D. Carlos hasta después de algunos años que regresó de Madrid hecho un caballero. Cuando encontró á María Luisa, viéndola que se había desgraciado y andaba en mala vida, la recogió, la puso en una casa muy buena, la dió mucho dinero y la tenía como si fuera su hermana.—No me lo crea Ud., tío Sebastián,—añadió la Josefa en voz baja:—esto que voy á decirle lo he oído en el mercado cuando hago mis compras; unos cuentan que ya estaba D. Carlos para casarse con María, otros que se había casado en secreto con ella; el caso fué, que una noche la encontró con un hombre y al día siguiente se fué para Oaxaca donde murió, pero algunos han dicho que se mató en el camino. El mozo de su jardín y el sereno de la esquina cuentan que aquella noche anduvo corriendo en la calle, sin sombrero, como si estuviera loco y yo he oído decir al Señor de esta casa, que D. Carlos se metió á fraile, disgustado por una inconsecuencia que le hicieron en el Gobierno, pero la verdad sólo Dios la sabe."

XII.

"Cuando Josefa me decía todo ésto, sentí que me temblaban las piernas y se me movía el pelo de la cabeza."

"¡D. Carlos tan bueno y tan decente, burlado por una mujer canalla, se había muerto de pesar ó se había matado de vergüenza y hasta en la plaza se contaba su deshonra!"

"En el acto juré matar á María Luisa y á cuantos tuvieran la culpa de lo sucedido; pero ya tenía yo el compromiso de caminar al día siguiente y pensé que sería mejor venir á Oaxaca para persuadirme de que D. Carlos ya no existía ó hablar con él si era verdad que se hallaba en un convento como dijo aquel Señor."

"En esa noche nada pude dormir; después el camino me pareció muy largo y sólo pensaba en la venganza."

"Cuando me ví en esta ciudad, dejé al Señor de Guatemala y me dirigí al Panteón para buscar el sepulcro de D. Carlos, pero no lo hallé."

El viejo mendigo calló unos instantes para tomar aliento, porque le faltaba la respiración.

Las lágrimas le caían mojando sus harapos; llevándose la mano á la frente como para evocar recuerdos y detener la anarquía de sus ideas, continuó:

"El guarda del campo santo me dijo que sin duda mi amo había sido enterrado en alguna iglesia. Yo no me conformé y volví al día siguiente, pero como no sé leer, fuí antes á una escuela donde pagué porque me pusieran en un papel, repetido con diversas formas de letra, el nombre de D. Carlos Félix de Miranda."

"Varios días pasé cotejando las letras de mi papel con las de todos los sepulcros y nada conseguí; después anduve registrando los suelos de las iglesias, pero también sin resultado alguno."

"Fuí al curato, pagué porque me leyeran el libro donde apuntan á todos los que se mueren y tampoco estaba el nombre que yo pedía."

"No quise ni pensar en que mi amo estuviera enterrado fuera de la iglesia y sin lápida como sepultan á los que se matan."

XIII.

"Acordándome de lo que sabía Josefa, recorrí los conventos y como á los pobres todo les cuesta, seguí pagando á jardineros y sacristanes para que me dijeran los nombres de los religiosos."

"Cuando vine á revisar los sepulcros de esta iglesia y entré al convento, fuí recibido bien, pero al preguntar á un lego por el Sr. D. Carlos, me dijo que había prohibición de dar noticias de lo que pasaba en la casa y me ordenó que saliera."

"Desde aquel día mi corazón empezó á decirme que aquí estaba D. Carlos."

"Siguiendo á visitar conventos y buscar sepulcros, andaba yo como si estuviera loco y sentía envidia al ver muchas gentes que llegaban á la iglesia, se arrodillaban y muy pronto salían consoladas."

"Después de ocho días perdí la esperanza y me disponía para volver á México, preguntando en los pueblos del tránsito si había muerto D. Carlos en el camino; pero una tarde, al entrar en esto atrio, mire al pié del campanario un grupo de limosneros y muchachos que haciendo ruido, se agachaban y reñían.—A mí me tocó un real.—decía uno.—A mí una peseta.—contestaba el otro."

"Cuando llegue á la puerta del templo, sentí caer á mis piés un peso que recogió una pobre anciana, ésta empezó á disputar con otra que no había podido tomarlo y aquella me habló diciendo:—Ud. dirá, Señor, ésta quiere cogerse el peso habiéndolo tirado para mí un padre muy bueno que sale todos los viernes á dar limosna por el campanario."

"Antes de que acabara de hablar levanté la frente y miré que asomó la cabeza en el balcón de la torre y la ocultó luego el mismo D. Carlos."

"Entonces tuve placer y miedo creyendo que miraba á un muerto; sin saber qué haría, entré á la iglesia y me dejé caer al suelo como si estuviera ebrio."

XIV.

"¡Había encontrado á mi amo y no fué mentira lo que me contaron! ¡Era desdichado y por eso se ocultaba de todos, hasta de los pobres limosneros!"

"Sintiendo nuevamente grandes deseos de vengarlo, en esa misma noche me fuí para México."

"Luego que llegué ví á Josefa, quien me aseguró lo que antes había dicho; hablé también con el jardinero y el criado de D. Carlos; ambos me contaron cosas horribles."

"Así como el que quiere casarse pasa frecuentemente por la casa de su novia, yo hacía otro tanto con la de María Luisa."

"Ella vivía en una casa de altos muy bonita y cuando me vió pasar no pudo ó no quiso reconocerme."

"Desde luego procuré informarme de su vida, medí la altura de sus balcones y entablé amistad con sus criados, los cuales me dijeron que permanecía encerrada y tenía relaciones con el hijo del panadero dueño de la casa de enfrente."

"Pocas veces la veía y me alejaba de ella no tanto por temor de que me conociera, como por la repugnancia que me causaba."

"Siempre iba vestida de negro y cada vez la encontraba más pálida y enferma."